El desafío de Becca (El diván de Becca 2)

Lena Valenti

Fragmento

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@nikitanipone #eldivandeBecca Becca, mi marido tiene fobia a gastar. En veinte años no me ha comprado nada, y dice que es porque no tengo nada que vender. #Beccarias

Supongo que estas cosas pasan.

Y no me refiero a nacer con el aspecto de Brave la princesa valiente, y el pelo de Nina en pleno auge de Eurovisión, que es un estigma que soporto con toda la dignidad de la que soy capaz. No, no me refiero a eso. Me refiero al hecho de que nuestra vida dé un vuelco de golpe, tan repentino que ni siquiera lo hayas visto venir. Como el vuelco que ha dado la mía.

Si me pongo en situación, hace un tiempo, me dejó mi novio de toda la vida, David, justo la misma noche en que me ofrecían un programa de televisión sobre fobias. A pesar del varapalo y de que mi ánimo no estaba para tirar cohetes, acepté y me agarré a la oportunidad que me brindaba Fede como si fuera el bote salvavidas que me sacaría de la tristeza y la depresión que provoca que te rompan el corazón.

Me ha costado levantar cabeza, y lo he hecho a mi manera, aunque haya sido una de esas maneras totalmente descerebradas y suicidas. Por el camino me ha atacado un perro, me he tirado de un avión, me han electrocutado y me he acostado con el hombre más guapo de todos los tiempos.

No tengo remedio. En el proceso de ayudar a Francisco, Óscar y Fayna, me he enamorado barra obsesionado de él, del cámara de televisión más endemoniadamente guapo y borde del mundo. Sí. Ha sido así.

Axel.

Y en esta misma travesía, ese diablo de ojos verdes me ha cerrado la bocaza que tengo al demostrarme que él era mucho más de lo que yo veía, más incluso de lo que podía haber imaginado, hasta el punto de que arriesgó su vida por mí.

Por eso estoy ahora en este hospital, después de que un acosador con el rostro cubierto por una máscara de Vendetta me arrollara con su Renault blanco en Santa Cruz de Tenerife y provocara que mi coche y yo nos precipitáramos por un puente.

Caí al agua, apresada por el cinturón de seguridad… Y pensé que iba a morir.

Aún me duele la sensación de ver pasar toda mi vida por delante de mis ojos, y de saber que el único rostro que vería antes de cerrarlos para siempre sería el de Axel, tan asustado por mí como yo lo estaba.

Sé que antes de despertar en este hospital de Barcelona donde me han trasladado, soñaba, sumida en mi inconsciencia, con el agua fría del río o de lo que hubiera debajo del puente… No recuerdo si era un acueducto. Y revivía con increíble claridad el rescate de Axel.

Él me salvó. Él me ha salvado de muchas cosas de las que aún no soy consciente, y sé que me irán golpeando, como un mazo de la verdad, a medida que me vaya recuperando.

Dios. Recuerdo la sensación de tragar agua. El ardor de mis pulmones, la horrible agonía de no poder coger aire… Y recuerdo la imagen de un hombre sirena buceando como un poseso hacia mí, los dos igual de espantados.

Demostrando una valentía fuera de lo común y una capacidad pulmonar descomunal, Axel metió su cuerpo por mi ventana, que había dejado abierta para poder insultar al infractor del Renault. La misma ventana por la que se colaba el agua a mansalva y que me dejaba apresada igual que un pez en una pecera. Desabrochó mi cinturón y me sacó como pudo… Tirando de mí, arrastrándome con él, con su boca abierta en la mía para darme el oxígeno que me faltaba.

Recuerdo sus labios sobre los míos, y por un momento pensé, tonta de mí, que era una manera muy romántica de morir. Que no estaba tan mal. Pero en algún momento perdí el conocimiento. Cuando el coche cayó al agua, me di un fuerte golpe en la cabeza y perdí mucha sangre… Por eso desfallecí. Pero lo hice en brazos de mi salvador. Un salvador, por cierto, que había removido cielo y tierra para trasladarme a un hospital de Barcelona para que me cuidaran y para que mi familia pudiera estar junto a mí. Un salvador que, para mi sorpresa, es el hermano de mi jefe. Axel no solo era el cámara huraño de El diván de Becca. Axel era, para mi estupefacción, el hermano pequeño del Súper.

Y aquí estoy yo, con Fede, recién despertada de mi inconsciencia de tres días, intentando encajar las piezas de este rompecabezas.

Fede me mira incómodo como nunca lo había visto. No es un tema del que le guste hablar. Parece delicado. Mira, en eso sí se asemeja a Axel: no cuenta nada de su vida, a no ser que esté encerrado en una sala con su terapeuta.

Es increíble. No hay una sola característica de su físico que me recuerde a él; Fede parece diez años mayor que Axel. Tiene el pelo casi blanco, y eso le hace atractivo, un madurito a lo Richard Gere. Pero me asegura que son hermanos por parte de padre y yo quiero que me lo explique todo si eso me va a ayudar a comprender a Axel. Quiero saber toda la verdad, porque Axel me tiene el seso sorbido y es un personaje con muchas incógnitas y sombras, de esas que no me dejan dormir.

Bueno, no sé a quién quiero engañar. No son sus sombras ni sus secretos los que me tienen así. No es su halo de Rey Misterio. Es todo él. Y si Fede puede arrojar algo de luz sobre mi héroe taciturno particular, seré toda oídos.

Una vez que la enfermera y el doctor de mi caso me han explorado, hecho las preguntas pertinentes y realizado todos los controles, nos han dejado solos de nuevo. Sé que debería estar convaleciente, desorientada y perdida, y con unas ganas infinitas de dormir, eso es lo que me ha dicho el doctor. Sin embargo, aparte de la migraña que tengo, no me duele nada más, y la revelación de Fede ha sido como un chute de Red Bull.

—Tengo poco tiempo hasta que vengan tu madre y tu hermana en estampida… Tendrán muchas ganas de hablar contigo, y yo no quiero cansarte.

Me muero de ganas de verlas, pero la curiosidad me mata.

—¿Qué hay de Ingrid y Bruno? ¿Dónde están?

—Bruno tuvo que regresar a Madrid por asuntos familiares. Ingrid no deja de llamarme para saber cómo estás. Los dos estaban realmente preocupados.

—Me imagino, pobres…

—Tengo poco tiempo para poder explicarte…

—Ya, ya. Entonces, date prisa y cuéntamelo todo, Fede —le pido con premura.

—Tal vez sea mejor que te deje descansar ahora, Becca… —Se levanta con la intención de irse, mientras se mesa el pelo canoso repeinado hacia atrás—. Acabas de despertar y…

—Fede —mi voz suena dura y desesperada—, como te largues, te mato. Te lo juro.

—Pero, Becca…

—Pero nada. No me toques las narices. Han estado a punto de matarme, y el hombre que me ha rescatado no está aquí. Tú, sí. Necesito que me digas todo lo que sabes. —Mis ojos azules no dejan de mirarlo ni una sola vez. No voy a permitir que me deje con la miel en los labios. Soy la Reina de las Maras, ¿recordáis?

Él parece recapacitar y vuelve a tomar asiento en el sillón.

—¿Qué te ha explicado Axel?

—¿De qué? —pregunto.

—En general.

—¿En general? —repito, sarcástica—. Nada en absoluto. —Ni siquiera se atrevió a decirme que ya me había conocido ebria en la Caja del Amor—. No habla de sus cosas. No dice nada.

—Sí, es cierto —reconoce chasqueando la lengua—. Es muy reservado.

—No. He conocido a muertos más reservados que él. Él es…, es… inaccesible emocionalmente. Impermeable.

—Ya —admite como si lamentara reconocerlo—. Axel no es un tipo fácil.

—¿Quieres decir? —ironizo.

—Lo que te voy a contar, Becca, no puede salir de aquí. —Levanta la mirada y me traspasa con su determinación—. ¿Entendido? Te lo cuento en calidad de paciente.

—Nunca diría nada. Soy experta en guardar confidencias.

—Sí, ya lo sé. —Vuelve a pasarse la mano por el pelo, que sigue igual de tieso que antes—. ¿Por dónde empiezo?

—Si quieres, te hago yo las preguntas y tú respondes a las que puedas. —Con la mano sana juego con la sábana que cubre mis piernas. Yo también estoy inquieta.

—Dispara.

—Empieza por lo de que Axel y tú sois hermanos.

—Bueno, yo nací como hijo único. Soy un Montes —se reafirma, vanidoso—. Mi padre, Alejandro, siempre ha sido un magnate de las comunicaciones, un auténtico capo de la industria. Pero lo que tenía de capo en los negocios, lo tenía de capullo con las mujeres —admite.

—Claro —asiento atando cabos—. Alejandro. Alexander. Axel me dijo que su madre se lo puso en honor a su padre.

—Sí, así fue. Alexander Gael.

—Sí. —Sonrío con tristeza—. Tu padre es un capollo, ¿sabes?

—¿Qué? —Me mira extrañado.

Capollo… Es —muevo los brazos nerviosa—, es la unión de capo y capullo… Es un juego de palabras, un compuesto. —Ante la cara de loco de Fede, pongo los ojos en blanco y me rindo. No le hace gracia—. Da igual.

—¿De dónde coño sacas esas paridas, Becca?

—Ha debido de ser el golpe en la cabeza. Continúa.

—Bien. —Me mira raro y prosigue—: Mi padre ha tenido a su disposición un amplio abanico de mujeres. Muchas.

—De tal palo tal astilla, ¿eh, campeón?

—Yo solo busco el amor —se defiende.

—A ti el amor se te rompe rápido de tanto usarlo.

—No es verdad. Es solo que creo que lo encuentro y después resulta que no es así. A mi padre le pasa lo mismo.

—Sí, me imagino. Es curioso que busquéis el amor en mujeres de entre veinte y veinticinco años, con unas medidas particulares tanto de cerebro como de pechos.

—No nos juzgues por eso. Somos hombres. Es lo que nos gusta.

—Espero que no a todos.

—A casi todos —admite—. Aunque sea una combinación que no funcione. Yo tengo a mis espaldas varios matrimonios fallidos, y mi padre cuadruplica mis fracasos.

—¿Y Axel también es así? —pregunto, interesada.

Fede niega con la cabeza.

—Axel es fruto de una aventura que tuvo mi padre con una belga. La única mujer que mi padre admite haber querido de verdad.

Arqueo las cejas con asombro.

—Por tanto, ¿Alejandro estaba enamorado de la madre de Axel?

—Sí. Y recuerdo muy bien esa etapa. Yo tenía diez u once años, no estoy seguro… Pero sí me acuerdo de mi madre histérica por sus escarceos y por la poca discreción de mi padre. Mi madre Claudia la llamaba la «amante gitana».

—¿La amante gitana?

—Sí… Vi una foto suya en la cartera de mi padre. Era una morena de ojos muy verdes y grandes. Como una cíngara especial. Muy guapa.

«Como Axel», pienso enternecida.

—Al parecer, mi madre revisó la agenda de mi padre, o sus cartas… O contrató a un detective privado. Vete a saber. El caso es que descubrió que tenía un lío con otra mujer. No es que antes no supiera que mi padre le era infiel con otras mujeres. Siempre lo ha sabido. Y ella lo ha aceptado a cambio de la vida que tiene. Pero mamá se preocupó cuando se dio cuenta de que la gitana no solo era un capricho. Era mucho más. No sé cuánto tiempo duró su aventura, pero sí sé que mi madre lo amenazó con decir toda la verdad sobre él y hundir su reputación. Le obligó a que abandonara a la gitana.

—Y tu padre la abandonó.

—Sí. —Fede mueve la cabeza afirmativamente, sin escrúpulos—. Pasaron los años, mi padre se divorció de mi madre, porque nunca le perdonó que no le permitiera seguir con su gitana ni que le hiciera chantaje.

—Vaya por Dios… —murmuro con sarcasmo. ¿Quién podía culpar a Claudia? Una mujer despechada puede ser muy vengativa—. ¿Cómo fue capaz tu madre?

—Sé lo que estás pensando… No es que mi padre no quisiera a mi madre. Sí lo hacía…, a su manera.

—Hay muchos hombres con una manera extraña de querer.

—Pero a quien amó verdaderamente mi padre fue a la belga. Él no tuvo la culpa de casarse con la mujer que no tocaba.

—Ah, no, claro… No es culpa suya meterse en la cama de cualquiera que no sea su mujer. Tampoco era culpa de tu madre, ¿verdad? No me vengas con esas tonterías, Fede, porque provengo de una familia disfuncional con un padre al que le encanta adornar con cuernos las cabezas de su harén de mujeres.

—¿Qué puedo decir?

—Nada.

—En todo caso, es mi padre. —Sonríe disculpándole—. Él es así. Hay hombres infieles por naturaleza. —Se encoge de hombros—. No vamos a colgarlo por eso, ¿no? Hay cosas peores.

Resoplo y me recoloco sobre la cama.

—Continúa. Pasaron los años ¿y…?

—Diez años después, mi padre recibió una llamada de la gitana. Se moría y no tenía a nadie con quien dejar a su hijo, un hijo que era de él. Mi padre se trajo al pequeño Alexander Gael a nuestro domicilio, a vivir con nosotros. Mi madre no lo soportó. Consiguió un divorcio millonario y se fue de casa. —Fede sonríe presa de sus recuerdos—. Cuando Axel entró en nuestro palacete, era tan poca cosa… Muy delgado, muy moreno, con ojos de animal receloso… Sabía muy poco español, solo el que le había enseñado su madre. Pero hablaba inglés y belga, señal de que se habían esmerado en educarlo.

No me gusta imaginarme a Axel desvalido. Esa visión nada tiene que ver con quien es ahora. Tan duro como una roca y tan frío como un iceberg. Aunque a veces queme como el fuego.

Me lo imagino entrando en una casa completamente desconocida, con un padre que nunca estuvo a su lado y un hermano que, en cambio, sí lo reconoció. No debió de resultarle fácil darse cuenta de que no fue un niño deseado. Eso es en lo que pensaría. O, al menos, eso pensaría yo.

—¿Qué pensaste tú cuando lo viste llegar?

Fede se encoge de hombros.

—Yo pensé que Axel sería el primero de una larga lista de hijos por descubrir. Y me pareció divertido y entretenido tener un hermano. Fue muy aburrido crecer solo.

—Lo adoptaste como un juguete personal.

—No, no… Axel conectó conmigo y yo me convertí en su protector. Resultó así de sencillo. La simpatía entre ambos fue fulminante. Tal vez porque sabía que los dos éramos unos desgraciados y nos reconocimos el uno al otro en nuestra desgracia.

—¿Crees que Axel necesitaba protección?

—Buf… Tener un padre como el nuestro no es fácil. Mi padre iba a ignorar al pobre chiquillo, y yo solo me encargué de que no se sintiera tan desamparado. Le protegí.

—¿Cómo fue la relación de Axel con su padre?

—Distante. Fría. Rezumaba indiferencia. Pero nunca nos faltó de nada. Siempre tuvimos lo mejor, incluso ahora, que somos tan mayores, mi padre sigue dándonos todo lo que le pedimos.

—¿Axel pide?

—Bueno, está bien, rectifico: todo lo que yo le pido. ¿Qué le voy a hacer? Soy un yuppie caprichoso y mimado.

—Materialista, es la palabra.

Fede me ignora.

—Y mi hermano y yo somos los dos únicos propietarios de Telecomunicaciones Montes y Zeppelin. El monstruo de los medios —dice con voz pragmática.

—¿Y eso te hace feliz?

—A mí, sí. Pero puede que al bueno de Axel le importen bien poco las propiedades y las acciones. De hecho, nunca ha tocado nada de lo que mi padre le dio y puso a su disposición. Tiene un rollo muy alternativo.

Que un hijo diga de su padre que su relación fue lejana y helada solo significa que les hizo falta lo más importante: calor humano. ¿Eso sería suficiente para explicar la distancia que Axel se empeñó en marcar desde el primer momento conmigo?

—Fede.

—¿Qué?

—Antes has dicho que sabías que yo podía romper la coraza de Axel y que ha sido la primera vez en mucho tiempo que lo has visto realmente preocupado por alguien.

—Ajá.

Muevo rápidamente las pestañas antes de clavarlo en su sitio con mi mirada depredadora.

—¿Acaso forzaste que Axel y yo trabajáramos juntos?

Oh, maldita sea. Por el modo que tiene de esquivar mi mirada y de sonreír nerviosamente juraría que la respuesta es afirmativa.

—Hiciste un gran trabajo conmigo, con mi terapia. Me ayudaste. Yo estoy tarado y pudiste arreglarme, así que pensé que si Axel te conocía, dado que tenías experiencia y buena mano con los Montes, también podías arreglarlo a él.

—No me lo puedo creer… —Dejo caer la cabeza y me presiono el tabique nasal. Siento que me van a estallar los ojos—. Ceporro descerebrado y manipulador…

—Becca, no te enfades. Te diste un golpe fuerte en la cabeza y aún se te puede reventar una vena…

—¿Me ofreciste El diván solo por eso, Fede? No entiendo nada. ¿Creíste que yo le quitaría el mal rollo a tu hermano? ¿Qué hay de mi profesionalidad?

—No, joder. Te lo ofrecí porque eres la mejor especialista en lo tuyo. Y precisamente por eso necesitaba que Axel trabajara contigo. Porque… Porque eres especial. Conectas con la gente como un puto enchufe, pelirroja. Y sabía que Axel y tú harías contacto. Porque él es un puto suicida que no le tiene miedo a nada. Ya lo habrás comprobado.

—Mi relación con Axel ha sido como un maldito cortocircuito, Fede —le recrimino—. No la puedo entender. Por poco me vuelvo loca. ¿Sabes lo que has hecho?

—Pero le has ayudado.

—¿Ah, sí? ¿A qué? No he solucionado sus problemas vinculantes con tu padre. Él nunca me habló de eso. Así que dime en qué le he ayudado, además de cabrearlo por desobedecerle y de hacer que se juegue el cuello por mí. Y no solo eso: por alguna razón, Axel piensa que todas las mujeres somos unas guarras, menos su madre, claro, que en paz descanse. ¿Tienen algo que ver las novias y las mujeres de tu padre en su conclusión?

Fede entrelaza los dedos pensativo y se inclina hacia delante, como si fuera a hacerme una confidencia.

—Bueno, mi hermano es un tipo que ha vivido mucho… Yo me he corrido unas cuantas juergas que han quemado más de la mitad de las neuronas de las que disponía. Y él ha vivido de otra manera. Por eso es así.

—No pienso jugar al Quién es Quién contigo, Fede —le advierto, enfadada—. No me gustan las vacilaciones. Ni me gusta que me ataquen ni que me persigan… Y resulta que me ha pasado todo esto desde que estoy con El diván. La pregunta es: si no llega a ser por Axel, ¿dónde narices estaría yo ahora?

—En la morgue.

Fede siempre tan directo. Me asquea pensar que tiene razón, pero está en lo cierto. Y eso hace que ronde otra pregunta por mi cabeza.

—¿Y de dónde ha sacado Axel todas esas habilidades de superhéroe?

Fede juega con su sello de M. A., el anillo de casado de su último matrimonio con una despampanante modelo sueca, mientras piensa en la respuesta.

—Mi hermano eligió una vida muy diferente a la que mi padre le ofrecía. Una vida opuesta a la mía.

—Pero está metido en el negocio audiovisual, ¿no?

—No es ejecutivo de producción ni director como yo. Él es solo el jefe de edición y un operador de cámara realmente bueno. Pero no hace mucho que lo es.

—¿Y qué era antes de meterse en este negocio? ¿Y por qué se metió?

Fede sonríe y se recuesta en el respaldo del sofá de mi habitación.

—Te aseguro que peleé mucho con él para que hiciera algo con su vida. A Axel le han pasado muchas cosas. Unas le han marcado más que otras. Y la suma de todas es el resultado de quien es hoy.

—¿Y qué le pasó?

—Eso no me corresponde a mí decírtelo, Becca.

—No me jodas. ¡No me has contado nada!

—Sí. —Se levanta y suspira como si se hubiera sacado un peso de encima—. Sabes más que nadie sobre él.

—No es verdad. Tú lo sabes todo.

—Pero yo no puedo hacer una mierda por él a pesar de todo lo que sé. Tú, sí.

—¿Cómo? Si ha desaparecido, si ni siquiera sé dónde está… —digo, aturdida. El cretino se ha largado y me ha dejado con las ganas.

—Conociéndolo, no tardará en aparecer. Tu agresor sigue suelto, y Axel va tras sus pasos.

—Pero ¿por qué motivo no deja de hacer de policía?

—Porque Axel no deja en manos de nadie lo que él puede solucionar por sí mismo. Venga —da una palmada—, ahora ya te dejo en paz. Tengo que irme y…

—Fede. —Intento incorporarme, pero me duelen hasta las pestañas—. No te vayas… Espera.

—Ya sabes lo que tenías que saber. Ahora, descansa.

—Pero… ¡si no me has contado nada! ¿Y mi recuperación? ¿Y El diván?

Él niega con esa cabeza de pelo blanco que tiene. Yo creo incluso que se lo tiñe a propósito.

—Tómate el tiempo que necesites. Hemos cubierto el primer trimestre con tus tres pacientes. Tú ocúpate de ponerte bien cuanto antes para volver a hacerte cargo de El diván. —Me guiña un ojo—. Hay tiempo, no tengas prisa por recuperarte. Mientras tanto, sigues cobrando y tienes todo pagado, Becca.

—Ven aquí y sigue contándome —digo a modo de advertencia—. Sit! Sit! O voy a exigir una indemnización por lo que he pasado.

—Adorable —dice, incrédulo y sonriente—. Descansa, preciosa.

Maldito. ¿Tan poco lo intimido? Pues sí que estoy mal.

—Al menos dime cómo localizar a Axel. ¿Dónde está? Quiero hablar con él.

—Nadie lo sabe. Ni siquiera yo.

—Pero tú tienes localizados todos los teléfonos de los trabajadores, ¿no?

—Axel ha desconectado el suyo. Le habrá quitado el localizador. —Se encoge de hombros—. Tendrás que esperar a que sea él quien contacte contigo, si realmente desea hacerlo. Hasta que no cace a tu acosador, no descansará. Lo conozco.

—Axel no es Batman. No puede tomarse la justicia por su mano.

—Tú no le conoces. No sabes lo que es capaz de hacer. Él… Él siempre ha sido así. Da la cara por los más débiles —afirma sin titubear.

Eso me hace sentir bien. La sensación de estar protegida, de que le importas lo suficiente a alguien como para que quiera vengarte, me reconforta.

Preferiría mil veces que fuera Axel quien estuviera conmigo, en vez de su hermano con complejo de Peter Pan. Así le daría las gracias como quiero dárselas y… lo abrazaría. Porque no quiero volver a ver la expresión en su rostro como la que puso cuando me vio caer con el coche; como si ya no hubiera esperanza ni para él ni para nadie. Y le diría: «Te dejo que seas mi héroe».

Fede ha cerrado la puerta tras él y me ha dejado sola en la habitación.

La soledad, en mi estado, hace que me sienta incómoda, débil y desubicada.

Dios. Cierro los ojos para serenarme, pero cuando lo hago, solo veo la máscara de Vendetta, y después, el rostro de Axel contorsionado por el dolor y el miedo de ver cómo mi coche se despeñaba…

No. Ni hablar. Los mantendré bien abiertos.

Y me imaginaré que la persona que pica de nuevo a la puerta de mi habitación es Axel, con un ramo de rosas y una mirada de estar loco por mí que me deja sin sentido.

Sin embargo, no es su cabeza la que aparece tras la puerta.

Es la cabeza de mi hermana Carla, con su pelo lacio y negro y su cara de modelo italiana, y después aparece la de mi madre, con sus rizos blancos y caobas y sus ojos verdes y grandes llenos de lágrimas, seguida de la de mi amiga Eli, que tiene su pelo rubio recogido en una coleta alta y sus ojos negros llenos de lágrimas.

No espero nada más.

Sonrío, abro los brazos como puedo y deseo que ellas entren y se abalancen sobre mí. Y me doy cuenta de que su amor y su cariño hacen que me sienta completa y afortunada.

En este preciso momento, no necesito nada más para sanar todas mis heridas.

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2

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@guarriorjart #eldivandeBecca #Beccarias Mi pareja tiene un desorden a nivel general. Mi casa está patas para arriba, no recoge nada. Y cuando se lo señalo me dice que es arte abstracto. ¿? #noentiendonada

Dos días después

Podría haber elegido irme a mi casa. Yo vivo en Sant Andreu, igual que mi madre. Y mi loft de dos plantas es grande, muy luminoso y es mi hogar. Allí me sentiría segura, con mis cosas, mis libros, mis distracciones, mis series… Mi pequeño búnker antiheridas.

Pero no quiero estar sola. Necesito el calor de los míos, los abrazos de mi sobrino Iván, sus regalos pokémon, los consejos de mi madre y la cháchara —la mayor parte sin sentido— de mi hermana Carla. El silencio, ahora, me pone nerviosa.

En realidad, no dejan que haga nada. Están pendientes de mí continuamente.

Tengo el brazo izquierdo en cabestrillo. No está roto, pero sufrí una pequeña luxación en la muñeca cuando el coche de mi acosador impactó contra el mío, y tengo una contusión muy fea en el antebrazo que hace que esté completamente negro. Debo estar unos días con el brazo inmóvil. Por suerte, ya no me duele la cabeza ni sufro mareos.

Pero sí tengo pesadillas, pesadillas en las que Axel me riñe y en las que el hombre Vendetta me persigue.

Sé que me voy a recuperar del todo; lo que no sé es si me va a quedar alguna secuela psicológica de esto. Por ahora no soy muy consciente… La idea de que alguien quiera hacerme daño o acabar conmigo no es fácil de asumir, menos aún cuando no soy una persona que se granjee enemigos.

Pero no importa cuál pueda ser la secuela, ni tampoco el miedo que me atenace, porque trabajaré en ello.

Ahora estamos las tres sentadas en el balancín; mi hermana y mi madre me flanquean como si fueran mis querubines protectores.

Hemos salido al jardín de la terraza para que nos dé el aire, para que yo tenga una falsa sensación de libertad, y vea la calle y esas cosas… Escuchamos cacarear a Edurne, rodeadas del aroma de las flores que copan las paredes y las barandillas, y del olor a césped. Mi madre tiene césped natural en el suelo de la terraza, moteado por piedras lisas de color gris. Le encantan los espacios feng shui.

Nos cobijamos bajo una manta polar de cuadros rojos y negros y tomamos una tacita de chocolate con bizcochos, intentando disfrutar de esa tranquilidad y del recogimiento de estar con mi familia. En mi barrio. En mi ciudad.

Carla balancea el balancín con la punta de sus pies, cubiertos por unas manoletinas negras, y da sorbos a su chocolate, pensativa, con la mirada al frente.

Me gusta verla. Contemplo su perfil y admiro lo guapa que es; tanto, que da rabia. Pero cómo la quiero a la condenada.

Las tres meditamos sobre nuestras cosas, y creo que todas esas cosas tienen que ver conmigo. Lo sé por el silencio que domina el ambiente. Porque cuando algo nos preocupa, nos callamos. Y en estos momentos no somos capaces de decir una palabra.

—¿Sabes algo de Axel? —me pregunta Carla, de golpe.

Vale. Carla sí puede.

Niego con la cabeza. Me entristece saber que Axel me ha abandonado, que no ha venido a verme ni una vez al hospital, ni tampoco me ha llamado. Me siento de nuevo como una muñeca vieja, usada, tirada… Y ni siquiera sé si tengo derecho a sentirme así. Es decepcionante sentir lo que sea que siento por él, y que sea incapaz de dar una miserable muestra de interés.

—Me gustaría conocer a ese Axel —dice mi madre—. Él te salvó.

—Sí. Me salvó, mamá —afirmo sin rodeos.

—¿No es increíble? Yo pensaba que los héroes no existían.

Sí, yo también pensaba lo mismo. Pero Axel me dejó sin argumentos.

—Es un héroe un poco esquivo —señalo ácidamente—. Ni siquiera sé dónde está… Fede cree que ha ido a buscar a mi acosador. —Centro mi atención en el poso de chocolate—. Está loco. ¿Qué piensa hacer con él si lo encuentra?

—Yo sí sé lo que haría —afirma Carla sin rodeos—. Haría que se tragara sus propios huevos.

—Otra como Axel… —protesto—. No se puede ir por la vida así, Carla. —No debo regañarla, pero este tema me pone de los nervios—. Existe la ley, la policía y otros organismos para estos casos. Ese es su trabajo.

—También existen sicarios. —Carla me mira de reojo y un brillo de desafío ilumina sus pupilas mientras da un nuevo sorbo al chocolate—. Mi hermana no se toca —dice llanamente.

Yo sonrío, y el ceño de mi frente se relaja. Le paso un brazo por encima y le doy un beso en la cabeza.

—No sé quiénes os habéis creído que sois. Pero gracias.

—De nada.

—Yo también te quiero —le digo en un suspiro, algo derrengada por el panorama. Carla nos mece con más fuerza, y yo dejo caer la cabeza hacia atrás, disfrutando del vaivén—. Maldito Axel… ¿Dónde estará?

Carla vuelve la cabeza hacia mí y me estudia con muchísima atención. Sus largas pestañas se mueven arriba y abajo, y entonces abre la boca con asombro y me señala.

—¡¿Te lo has follado?!

Así. De golpe. Sin anestesia.

Mi madre ha estado a punto de escupir el chocolate, y yo ni me inmuto, ni siquiera me sonrojo. Ni tampoco lo desmiento.

Aunque debo aclarar que yo no me lo he follado. Él me ha follado a mí, como un animal, durante horas…, en dos días distintos. Muchas veces. Y me ha dejado una marca perenne en el cuerpo, y también en un rincón de mi alma.

Madre del amor hermoso… Pensar en todo lo que hizo con mi cuerpo, aún convaleciente, hace que se me despierte la patatona.

—Ha habido algo entre nosotros —admito mientras jugueteo con mi pokémon del amor entre los dedos. Es y será para siempre mi amuleto—. Pero aún no sé el qué. Aunque, visto el desinterés que parece tener por mí, creo que no ha sido nada del otro mundo para él. No ha dado señales de vida.

—¿Y para ti? —pregunta Carla. Entonces sonríe—. Uy, tienes esa cara…

—¿Qué cara?

—Una que nunca te había visto. La cara de: «No es amor lo que yo siento. Es obsesión».

—No digas tonterías.

—Esa cara te delata. —Ríe—. A ti te gusta. Normal, por otra parte. —Ya está. Mi hermana embalada—. Ese hombre está para envolverlo con un lazo de regalo todos los días. Es tan guapo, mamá, que duele verlo… —Se lleva una mano teatral al corazón—. Yo me hago guarradas viendo su foto.

—¡Carla! —exclamamos mi madre y yo, ofendidas.

Ella se echa a reír y niega con la cabeza.

—Qué aburridas sois. Era una broma. Ya sé que es tuyo, hermanita…

—No, no es mío —reculo—. Yo no poseo a las personas. Nadie posee a nadie.

—Discrepo —apunta mi hermana—. Cuando deseas y quieres a alguien, sientes que ese alguien forma parte de ti, que te pertenece. Tal vez tú no conozcas aún esa sensación porque no has sentido nada parecido todavía.

—¿Y David? —me pregunta mi madre, evaluándome, cortando de golpe la conversación sobre Axel.

—Venga, mamá. —Carla abre los brazos como si no diera crédito—. David la dejó por FaceTime, la abandonó. Ni lo nombres a ese…, ese… panolis de tres al…

—David me llamó —digo entre dientes. Me parece justo explicar que él hizo el intento de hablar conmigo. Demasiado tarde, pero lo hizo—. Quería saber cómo estaba…

—Un mes después y con el morenazo siguiéndote a todos lados, ¿cómo ibas a estar? ¡De puta madre! —suelta Carla—. Se lo dijiste, ¿no?

—¿El qué?

—Que estabas de puta madre y que ahora otro hombre ronda tus sueños.

—No le dije nada de eso. Fue una conversación sin importancia. No tuvo relevancia. —Bueno, la tuvo porque me cogí un berrinche que me llevó directamente a los brazos de Axel, pero voy a obviar ese detalle—. David y yo hemos acabado —asumo. Es curioso, porque ya no me duele como antes. Me da pena, pero no me deja hecha polvo y con ganas de cortarme las venas.

Mi madre carraspea.

—Pues… Verás, Becca…

Cuando mi madre empieza a hablar con titubeos, con las gafas resbalándole por el puente de la nariz y los ojos fijos en el suelo, sé que está a punto de decir algo que no me va a gustar nada. Y la temo.

La temo mucho.

—Puede que no te guste lo que voy a decirte.

Blanco y en botella.

—¿Qué has hecho, mamá? —Me vuelvo hacia ella, expectante y un tanto preocupada. Espero que no sea lo que me imagino.

—Cuando te ingresaron, recibí una llamada de David.

Trago saliva. Se me ha quedado la boca seca.

—¿David te llamó?

—Sí.

—Si él nunca, jamás, te llama.

—Ya.

—¿Y?

—Me dijo que había hablado contigo y que quería volver a llamarte pero que no le cogías el teléfono. Estaba un poco desesperado, se le veía ansioso… y yo estaba nerviosa porque te acababan de trasladar al Hospital Clínic de Barcelona y… Bueno… Yo…

—¿Tú qué? ¿Le dijiste lo que me pasó, mamá?

Mi madre se muerde el labio inferior, me mira por encima de la montura de sus lentes y asiente con aire culpable.

—Sí. Se lo dije, Becca. Lo siento mucho.

—No, mamá. —Me apoyo en mis rodillas y suspiro agotada, llevándome la mano a la frente—. No tenía que saberlo. ¿Qué dijo?

—Él… se quedó muy callado. Lo único que contestó fue: «Estoy allí inmediatamente». Y me colgó.

—¿Cómo que estaba aquí inmediatamente? ¿Qué quiere decir eso?

—Pues que venía hacia Barcelona. Que… —Sabe que va a vacilar, que está indecisa, por eso se calla de golpe para poder soltarlo todo sin filtros—. David llegó ayer a Barna. No sé dónde se hospeda…, pero me dijo que ya estaba aquí. Y que quiere verte.

—Pero aquí… ¿dónde? ¿Acaso habéis vuelto a hablar? —Me levanto del balancín indignada.

—Sí. Él me llamó ayer de nuevo y le dije que estabas en mi casa, pero que hablaría contigo antes para saber si lo querías ver. Que dependiendo de cómo estés y de lo que tú decidas, yo le avisaría.

—¡Mamá!

—Becca, entiéndeme, no pude colgarle el teléfono… —dice intentando defenderse. Ganarse a mi madre es muy fácil. Le pones una voz temblorosa y arrepentida y te da un vaso de leche caliente.

David está aquí. El hombre que yo quería como compañero de vida, y el mismo que me dejó, que me abandonó sin más, ha venido a Barcelona para verme. David tiene en alta estima su trabajo, y me sorprende que haya hecho las maletas tan rápido para estar a mi lado. No es propio de él.

No me lo puedo creer.

—Mamá, la has liado parda —le hace saber Carla negando con la cabeza—. David ya estaba fuera de la ecuación. Nos ha costado mucho sacarlo de su cabeza. No es hombre para Becca.

—Calla ya, Carla —la reprende—. ¿Tú qué sabrás lo que necesita tu hermana? Solo lo sabe ella. Nadie más.

—Mamá, hazme caso. Becca no tiene ni idea de lo que es el amor. Sabe lo que es la comodidad, el conformismo, el cariño y la complacencia. Adora la seguridad por encima de todo, porque es lo que tenía con David. Nada más. Pero eso no es amor.

—¿Y acaso tú lo sabes? Tú tampoco es que tengas mucho éxito con los hombres.

—Eso es porque no hay ninguno demasiado bueno para mí. —Levanta la barbilla con dignidad.

—Callad ya las dos. —La cabeza me va a estallar—. No… No sé qué hacer.

—No tienes que hacer nada —contesta mi hermana—. David es tu ex. Si no quieres, no tienes por qué verlo.

—No puedo tratarle así. Ha hecho un viaje muy largo para verme… Estará preocupado. —Soy una persona empática, y mi empatía despierta para lo bueno y para lo malo. Incluso cuando sé que algo me puede afectar más de la cuenta. Como encontrarme con David.

—No vas a ir a verle, Becca. —Carla se incorpora y su altura me sobrepasa por unos pocos dedos—. No pienso dejar que lo hagas. Te conozco.

—Solo voy a verle.

—He dicho que te conozco —repite, enfadada—. Eres débil. Como la mama. Si David te llora, cederás. Y si cedes, volverás a cagarla. Te ha costado abrir los ojos y darte cuenta de que él no es el hombre de tu vida…

—No sigas —le pido—. Hasta la fecha, lo ha sido. Mi vida ha cambiado, me han pasado muchas cosas, pero le quiero, le tengo mucho cariño. Y aunque ya no estemos juntos, le debo eso. No puedo cerrarle la puerta en las narices.

Carla deja caer los hombros y hace una mueca con sus labios de loba.

—Es increíble. Qué tonta eres… —Se deja caer de nuevo en el balancín—. Haz lo que te dé la gana. Allá tú. Pero no cuentes conmigo. No pienso llevarte.

—No te lo iba a pedir —le aseguro, enfurruñada—. Llamaré a un taxi.

—No puedes salir sin compañía. Y mi madre tampoco va a ir, ¿a que no, mamá? —Carla es una nazi—. Tiene que hacer de canguro de Iván. Hoy debo adelantar trabajo en el despacho, tengo que preparar un caso muy importante. Y el niño se queda aquí

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