1La montaña de cristal
(1592-1595)
El conquistador desposeído era Antonio de Berrío. Había llegado por primera vez a las Indias hacía dieciséis años, a la edad de sesenta, como soldado en la reserva. Nacido en 1520, el año de la marcha de Cortés sobre México, Berrío participó en muchas de las guerras que confirmaron y al mismo tiempo deterioraron la gloria española. Luchó en Siena; contra los piratas de Berbería; en Alemania; en los Países Bajos, a las órdenes del duque de Alba; en Granada, contra los rebeldes musulmanes conversos. Vio morir a dos de sus hermanos en el campo de batalla; un tercer hermano había muerto en Lepanto, la famosa victoria naval española sobre los turcos que no solucionó nada.
Berrío se casó ya mayor, a los cincuenta y tres o cincuenta y cuatro años. Su mujer era sobrina del conquistador Quesada, que capturó el tesoro de los chibchas y fundó, en la zona que abarca aproximadamente Colombia, el reino español de Nueva Granada. Quesada era rico; sus fincas estaban valoradas en catorce mil ducados anuales; poseía el título de adelantado.* Pero quería ser el tercer marqués del Nuevo Mundo, después de Cortés y Pizarro. Si lo descubría, El Do
* En adelante, aparecen en cursiva las palabras en castellano en el original. (N. de la T.)
rado sería ese tercer marquesado: era el trato que había hecho, ya anciano, con el rey de España. Su expedición duró tres años; de dos mil personas, sobrevivieron veinticinco. Quesada murió años después, desfigurado por la lepra. Sus tierras de Nueva Granada pasaron a su sobrina, y a través de ella a Antonio de Berrío. Esa era la herencia que Berrío, cuando se retiró de las guerras de Europa, fue a reclamar a las Indias, en 1580. Tenía sesenta años, pero su familia era joven. Su hija mayor tenía cinco años; su hijo, dos.
Cuando Berrío llegó a Nueva Granada descubrió que una cláusula del testamento de Quesada le exigía «con suma insistencia» que continuara la búsqueda de El Dorado. «Juzgué que no era momento de descansar», escribió cinco años más tarde. Y al cabo de trece, cuando la búsqueda había pasado a ser un modo de vida, no pudo dar otra explicación. «Las circunstancias y mi propia inclinación eran suficientes en sí mismas para convencerme de ello; y así determiné hacer los preparativos y partir en busca del mismo. Reuní una nutrida tropa y gran cantidad de caballos, ganado, municiones y otros pertrechos necesarios; y con tal equipo, que me costó mucho oro, me puse en marcha.» Pero aquellos preparativos, reflejados en una sola frase, llevaron finalmente tres años.
Berrío hizo tres viajes. El primero duró diecisiete meses; murieron varios hombres. El segundo acabó a los veintiocho meses. «Mientras me fabricaban canoas para descender por este río, un capitán se amotinó y huyó con la mayoría de sus hombres, de modo que me vi obligado a salir en su busca.» El tiempo se desvanace en la narración de Berrío, como los esfuerzos, como el paisaje mismo, y Berrío se dispone a iniciar el tercer viaje. Han pasado diez años. Tiene setenta; tiene seis hijas; su hijo ha cumplido doce y acompañará a su padre en la exploración.
Este fue el gran viaje, al que Berrío se refería una y otra vez, no por los prodigios que había visto ni por haber atrave sado un nuevo continente, sino porque a mitad de camino realizó una hazaña que a su entender le vinculaba con los héroes de la Antigüedad.
El plan consistía en bajar por el Orinoco hasta la región montañosa de El Dorado y buscar desde el río un paso por la cordillera que se consideraba guardiana de la fabulosa ciudad. Era una expedición pequeña, con menos de ciento veinte hombres, con pocos porteadores y negros. La mitad de los hombres fueron por el río en veinte canoas, a las órdenes de Berrío; la otra mitad con los doscientos caballos por la orilla del río, a las órdenes de un viejo soldado que había estado al servicio de Quesada.
Así viajaron durante un año. Las montañas no les ofrecieron ningún paso. Después llegó la estación de las lluvias. Acamparon en las orillas anegadas del Orinoco y empezaron los problemas. «Se habían perdido las canoas, y desertaron tres escuadrones de españoles, treinta y cuatro hombres en total, llevándose muchos caballos. Una enfermedad parecida a la peste mató a todos mis porteadores y a más de treinta españoles.» Para evitar más deserciones y descartar cualquier idea de regresar a Nueva Granada, Berrío ordenó que mataran al resto de los caballos. Fue el acto heroico del que, cuando acabó el viaje, no dejó de maravillarse.
Se comieron los caballos. Construyeron cuatro canoas con troncos de árbol ahuecados y bajaron por el río hasta llegar a la tierra de los caribes. Los caribes eran antropófagos. Dos veces al año, sus flotas de hasta treinta canoas subían por el río, en busca de caza; las orillas habían quedado despobladas a lo largo de trescientas cincuenta leguas, engullidas; pero los cazadores con los que se topó Berrío eran afables. Les ofrecieron comida. También le ofrecieron a Berrío servirles de guía durante una parte del camino hasta El Dorado. Le llevaron hasta la desembocadura del río Caroni, al territorio de un cacique llamado Moriquito.
Moriquito estaba resentido; mantenía contacto con los españoles de la costa nororiental. Berrío casi había vuelto a la civilización. Moriquito dijo que solo había tres jornadas hasta El Dorado, pero a Berrío no le hacía ninguna gracia tener a Moriquito encima de él. «Solo contaba con cincuenta soldados, y únicamente quince de ellos tenían buena salud. Tampoco podía abandonar las canoas, porque, si estas se perdían, todo estaría perdido.» Otros cinco hombres cayeron enfermos, y cuando estalló una pelea por la comida con Moriquito, Berrío decidió marcharse.
Lo que le preocupaba en aquellos momentos era la supervivencia, salir del Orinoco y llegar a una colonia española. Al bajar por el río encontró un fondeadero español, una catástrofe de El Dorado de hacía cincuenta años: había muerto un famoso conquistador, compañero de Cortés. Pero el jefe a cuyo territorio llegó a continuación Berrío era amigable. Tenía ochenta años de edad y era amable con todos, incluso con los caribes. Conocía bien Trinidad. Había pasado allí su adolescencia para librarse de una lucha tribal y decía que había conocido a muchos extranjeros. El estuario del Orinoco no era terreno fácil; pensaba que debía proporcionarle un piloto a Berrío.
«Seguí el Orinoco hasta el mar. Este río se divide en tantos brazos y estrechos canales que inunda una extensión de doscientas leguas de costa y más de cuarenta leguas tierra adentro. El brazo por el que yo salí da a la isla de Trinidad, que se encuentra a cuatro leguas de la tierra firme. Yo había determinado permanecer allí y colonizar la isla y reunir a mis hombres con el fin de volver a entrar en la Guayana. Pero Dios y mi destino quisieron que tan pronto como nos vimos en el mar nos separásemos. Las embarcaciones eran pequeñas, y los soldados estaban enfermos y eran inexpertos e incapaces de remar. Llegué a Trinidad con veinte hombres y allí permanecí durante ocho días, si bien todos mis hombres estaban enfermos.»
Eligió los emplazamientos para las colonias que tenía en mente: el puerto, la ciudad tierra adentro a orillas del río. Había rastros de oro en los barrancos, y el río, como a imitación de la Guayana, tenía el nombre de Caroni. «Hallé la isla densamente poblada por nativos de una raza sumamente domesticada; y la tierra, muy fértil.» Después depositó a los hombres enfermos en las canoas para el último tramo del viaje, muy peligroso, atravesando las corrientes de la Boca del Dragón hasta la isla perlífera de Margarita.
El viaje duró dieciocho meses. Destrozó a Berrío. El examen de Trinidad, durante ocho días, supuso su último esfuerzo lúcido, logrando superar mínimamente su cansancio permanente. Lo primero de lo que se enteró en Margarita fue de que su mujer había muerto en el otro extremo del continente, en Nueva Granada. «Ocurre que he dejado en Vuestras Indias dos hijos y siete hijas [una de ellas nació después de que él se marchara] para servir a Vuestra Majestad —escribió al rey—. Yo he gastado la dote de las muchachas.»
No estaba pidiendo dinero. Quería que su hijo, de catorce años, heredase la empresa de la búsqueda y su segura recompensa. Pero el viaje también había marcado al hijo de Berrío. Su padre le envió a Caracas y Nueva Granada para conseguir más hombres y provisiones. Esperaban que volviera, pero se quedó en Nueva Granada.
El viaje de Berrío no forma parte de la leyenda de El Dorado. El Imperio español era extenso. Los informes de Berrío sobre el fracaso se perdieron muy pronto entre los archivos imperiales sin examinar, que se acumulaban en España, en Simancas. Lo único que se sabía sobre Berrío era lo que había escrito Ralegh. Cuando se recuperaron los documentos de Berrío, trescientos años más tarde, el Imperio español estaba acabado y la leyenda de El Dorado establecida: era la de Ralegh.
El gobernador de Margarita era un hombre muy joven agobiado por una familia numerosa; pero también era hospitalario. Alojó a Berrío en su casa, le prestó dinero y le prometió hombres. Dijo que se había enterado de sus dificultades en el Orinoco y que había enviado una partida de socorro una semana antes. Berrío no se esperaba tanto interés. Había decidido tiempo atrás que «los hombres nacidos en las Indias» eran «constantes solo durante tres días». Envió una carta al rey de España hablando del buen gobernador. Al mismo tiempo, el gobernador escribió al rey ofreciéndose para ir en busca de El Dorado. Según decía, Berrío era un viejo imbécil; había seguido una ruta errónea, sacrificado la mitad de sus soldados y no le había llegado la partida de socorro por pura estupidez.
Meses más tarde, la partida de socorro regresó a Margarita con trescientos esclavos indios del territorio de Moriquito. Siempre hacían falta esclavos en Margarita para las pesquerías de perlas; se agotaban rápidamente con el buceo. Los esclavos se obtenían en el continente y en Trinidad, a veces capturándolos y a veces mediante un trueque equitativo con los caciques o los cabezas de familia. Por tres o cuatro hachas, un caribe vendía a un sobrino o una sobrina; pedía un poco más por una hija. Una chica de doce o trece años podía cambiar de manos en Margarita por ciento cincuenta pesos, en una época en la que el peso equivalía a una corona inglesa.
Pero el comercio de esclavos indios era ilegal, y Berrío pensó que Moriquito, ya resentido, no permitiría que los españoles atravesaran su territorio camino de El Dorado. Berrío se quejó al gobernador y escribió al rey. Los indios no podían «ser vendidos como negros». Los indios eran súbditos del rey. No así los negros, esclavos por naturaleza. El gobernador arrestó al jefe de la partida de socorro y le dejó libre al cabo de dos días. Así se funcionaba en las Indias: hay que obedecer la ley pero no cumplirla; se obedece, pero no se cumple. Entonces Berrío vio que el gobernador, el jefe de la partida de socorro y Moriquito eran amigos y tratantes de esclavos. Había interpretado mal el resentimiento de Moriquito; se había granjeado tres enemigos.
Berrío estaba enfermo, presa de fiebres intermitentes. Le pidió al gobernador que hablara claro, que dijera si sus amigos y él querían ir en busca de El Dorado. El gobernador dijo que no. Berrío no le creyó. «Lo negó porque yo era su huésped.» El código de Berrío, con el que también interpretaba los actos de los demás, seguía siendo español, de España. Ofreció la mitad de su marquesado al gobernador a cambio de su ayuda. Colonizarían juntos Trinidad; juntos atravesarían el territorio de Moriquito hacia El Dorado. El gobernador lo rechazó: Berrío no tenía nada que ofrecer.
Berrío hizo esta oferta porque había surgido un nuevo fervor por El Dorado. Había vuelto a aparecer un hombre llamado Albujar tras dieciséis años en la selva, único superviviente de una expedición a El Dorado casi olvidada, y por las Indias circulaban diversas versiones de su aventura. Se decía que Albujar había estado a cargo de las municiones de la expedición. Las municiones hicieron explosión y Albujar fue condenado a muerte de una forma especial: le dejaron a la deriva por el Orinoco en una canoa. La expedición fue exterminada por los indios, pero a Albujar le rescataron y cuidaron. Durante dos semanas le llevaron con los ojos vendados de un poblado a otro y le exhibieron. Un día por la tarde llegó a otro poblado. Le quitaron la venda y Albujar se vio en la Gran Manoa, la ciudad del hombre dorado.
«Durante todo aquel día atravesó la ciudad, y al día siguiente desde la salida a la puesta del sol, cuando llegó al pala cio del Inca.» A Albujar le dieron una estancia de cien metros en el palacio y le agasajaron. Aprendió la lengua; según ciertas versiones, se casó con una india. Un día, el Inca preguntó a Albujar si quería quedarse o volver con los suyos. Albujar dijo que quería volver. El Inca le regaló objetos de oro como despedida y ordenó que le llevaran hasta las fronteras de su territorio. Después Albujar corrió peligro; unos indios primitivos le robaron todo el oro. Solo logró conservar unas cuentas escondidas en una calabaza: los indios creyeron que contenía comida.
Albujar podría no haber existido. Nadie le vio, y se contaba que no vivió mucho después de su regreso. Murió en Puerto Rico, esperando un barco para España. Nadie vio las cuentas de oro; quedaron a cargo de su confesor para que pagara las misas. El Dorado, que había empezado como una búsqueda de oro, se estaba convirtiendo en algo más. Se estaba convirtiendo en una fantasía del Nuevo Mundo, la Jauja de ensueño, el mundo perfecto, inviolado. Existía tal mundo, y los españoles lo habían violado. Entonces, con una sensación de pérdida que aguzaba su imaginación, los españoles empezaron a desear de nuevo emprender aquella aventura. La historia se hizo más sutil con su fracaso. Les llevó a traspasar las realidades de su vida en el monte; se perdió el sentido común.
La ciudad de Manoa estaba en la selva, pero en una región alta, fría. La comida era buena. «La gente come maíz, que no los distiende, en lugar de raíces y otros alimentos, que dan lugar a razas afeminadas.» No eran indios desnudos armados con arcos y flechas; iban vestidos. Empleaban oro acuñado, pero sus banquetes también eran espectaculares, de embriaguez. Sin embargo, solo luchaban con jabalinas, de modo que un hombre corriente del mundo exterior podía resultar extraordinario. Lejos de ser el misterio, el hombre dorado era la explicación: un descendiente del Inca que había huido de Perú.
Pero el español indianizado era una vieja historia, y la historia del regreso de Albujar al mundo, hasta Margarita y Trinidad por el Orinoco, que completaba el romanticismo de El Dorado y que entusiasmó a Berrío y a Ralegh, incluso hubiera podido ser un eco del viaje del propio Berrío.
En Caracas había un español de cierta cultura, Domingo de Vera. Oyó hablar del viaje de Berrío y de la matanza de los caballos en medio de lo desconocido. Lo consideraba «una hazaña digna de situarse junto a aquellas proezas de la Antigüedad que convirtieron a los hacedores en seres famosos, grandes, inmortales», y le enfurecía que Berrío estuviera en apuros. «Esto es lo que ocurre con las grandes acciones de los hombres vivos: calumniados por muchos, alabados por pocos y recompensados por nadie.» Vera tenía dinero. Al menos —es lo único que se sabe sobre él— tenía negros, y su mujer, joyas y sirvientes negros: en Caracas, los negros escaseaban y eran valiosos en 1592. Vera reclutó veintiocho soldados en Caracas, fue a Margarita y ofreció sus servicios a Berrío.
Vera no era de las Indias. Berrío le habló del tercer viaje y de las humillaciones del último año como huésped y subordinado en casa de su enemigo. Había sido mucho peor que todo lo que había conocido en diez años de tanto viajar. Vera juró lealtad al héroe y su empresa, y Berrío le nombró maestre de campo, en el lugar de su hijo ausente.
El primer deber del maestre de campo, y era algo urgente tras el revuelo de Albujar, consistía en pacificar y colonizar Trinidad. Berrío había elegido el emplazamiento y tenía un plan para redistribuir las tribus indias a ambos lados del golfo de Paria. Vera actuó diligentemente. El 18 de abril de 1592 Berrío dio a Vera su carta de nombramiento. Cuatro semanas más tarde, Vera desembarcó en Trinidad con sus soldados, un fraile y un notario.
En «el puerto de Cumucurape», hoy día parte de Puerto España, se tomó posesión formalmente de la isla, «frontera y punto de entrada para el río Orinoco de las muy ricas provincias de Guayana, Dorado y Manoa». Vera cortó un árbol de más de doce metros y confeccionó una cruz. Después, «quitándose el sombrero y con la debida reverencia» a la cruz, llamó al fraile para que le ayudara a izarla. Vera trazó un pequeño cuadrado junto a la cruz izada, llamando al notario para que diera fe y fuera testigo. A continuación desnudó la espada y dijo: «¡Tomo posesión de esto con la hierba y la rama! Yo corto esta yerba». Dio un tajo a las ramas de los árboles circundantes y a la hierba; levantó la espada con una mano, y la hierba y las ramas cortadas con otra.
El notario dijo que había sido testigo del acto de posesión. Con la espada aún alzada, Vera añadió: «Caballeros, tomo posesión en nombre del rey nuestro señor y de su gobernador Antonio de Berrío. Si entre vuesas mercedes hay alguien que, en nombre de algún príncipe extranjero o cualquier otra persona, deseare interrogarme por esta mi toma de posesión, que dé un paso al frente, y yo, como fiel vasallo del rey nuestro señor y maestre general de campo de su general Antonio de Berrío, me comprometo a responder, tanto armado como desarmado».
Vera habló en voz alta y clara para que nadie pudiera equivocarse con lo que decía. Repitió una y otra vez: «¿Hay alguien que me niegue?». El abanderado desplegó la bandera y los soldados gritaron: «¡Larga vida al rey y a su gobernador! Bien tomada está esta posesión y todos resistiremos aquí para defenderla de quien diga lo contrario».
A continuación —«tras lo susodicho en el día y mes susodichos del susodicho año en el susodicho puerto», según el notario— llegó el momento de tomar posesión de los indios nativos. Sirviéndose de un intérprete, les dijo a dos caciques, que habían estado observando, que había ocupado la isla y que tenía intención de construir en ella «una ciudad, o dos o más» de españoles. Los caciques no eran vasallos del rey de España; los españoles les instruirían en «todo cuanto atañe a nuestra santa fe católica»; además, les protegerían contra los ataques de los caribes. El notario pensó que los jefes daban su conformidad y Vera les hizo tocar un libro como prueba de vasallaje.
Vera y sus hombres volvieron a los botes y llegaron al río Carona pasando por la aldea india de Conquerabia. Siguieron el río, entre populosas aldeas y sembrados de maíz, caña de azúcar, patatas y algodón, hasta la aldea del cacique llamado Guanaguanare. Allí, cuatro días después de haber tomado posesión de la isla, Vera estaba preparado para fundar la ciudad de San José de Oruña, apellido de la familia de la difunta esposa de Berrío.
Vera reunió a Guanaguanare y a los indios y les dijo que había tomado posesión de ellos en nombre del rey de España y que iba a instruirlos en la fe católica. El notario pensó que los indios «se regocijaron». Vera leyó en voz alta la carta de nombramiento. En ella, Berrío hablaba de sus viajes y sufrimientos, de los cien mil dólares de oro puro que había gastado, de las seiscientas leguas que había recorrido por el Orinoco. El poblado de Trinidad, decía, era un gran servicio a Dios y al rey, e importante para el descubrimiento de El Dorado.
Vera atravesó la plaza de la nueva ciudad y dijo: «Ciudad de San José de Oruña, te fundo en el nombre del rey nuestro señor y de su gobernador Antonio de Berrío. Si alguien entre los aquí presentes estuviere en contra o tuviere pensamiento de poner impedimentos, que salga a la palestra conmigo ahora mismo». Todos los españoles dijeron que la ciudad había sido fundada con honradez y aseguraron firmemente contribuir a su defensa. Vera invocó al notario para que diera fe del acontecimiento y del emplazamiento. Se repitieron la toma de posesión con la hierba y las ramas, y el desafío, que nadie aceptó.
Vera habló a los indios. En cincuenta leguas a la redonda, ellos y sus tierras serían repartidos entre los colonos españoles. Se exaltaría la fe, se castigarían los delitos, se impondría la justicia. Ya no se llevarían más indios como esclavos a Margarita. Habría protección contra los ataques de caribes, franceses e ingleses. (En aquellos momentos, el capitán Benjamin Wood entraba en el golfo de Paria con cuatro barcos.) La plaza de la ciudad se construiría donde él, Vera, se encontraba entonces. Marcó los solares para las viviendas a los lados de la plaza. Marcó el emplazamiento de la iglesia y le puso el nombre de Nuestra Señora de la Concepción. Y al igual que Cortés al fundar Veracruz, ya en marcha hacia México, lo primero que hizo fue erigir horca y picota. Vera, al proclamar la nueva ley en la aldea de Guanaguanare, mandó que se clavase un grueso poste en el suelo, para que hiciera las veces, según dijo, de horca y picota para delincuentes y malhechores.
Ordenó al fraile que ofreciese una misa a san José, para que la suerte les fuera propicia, para que el santo intercediera ante Dios para conseguir protección, paz y crecimiento para la ciudad. Se celebró la misa; se designó todo un cabildo o concejo municipal y todo lo que se hizo aquel día fue pregonado por la nueva ciudad por Hernando, el negro que servía a Vera.
Había entre treinta y cinco mil y cuarenta mil indios en la isla, y no todos eran, según la expresión de aprobación de los españoles, «indios de paz». Vera, con sus veintiocho soldados, no podía empezar a pacificarlos; pero en Margarita, Berrío consiguió al fin algo de dinero de Nueva Granada y cincuenta reclutas; dijo que le habían costado su peso en oro. Fueron a Trinidad y Vera empezó a actuar.
El plan consistía en encontrar aliados entre los miembros de una tribu nómada y establecerlos en tierras evacuadas a ambos lados del golfo de Paria. La zona en torno a la nueva ciudad fue la primera que se pacificó y recolonizó. Vera pensaba que todo iba bien; no había hecho falta «infligir castigos ni muertes, pues los nativos, por su propio albedrío, ofrecieron paz y servicio». Vera no dijo nada sobre Guanaguanare. Cuatro años más tarde, un funcionario que fue de visita, al resumir la historia del poblado, escribió lo siguiente: «Guanaguanare se retiró a otra parte».
Pero el acto de posesión era ilegal. Trinidad no le había sido concedida a Berrío por el rey de España. Estaba concedida al gobernador de Cumaná, que acabó por hacer acto de presencia y empezó a causar problemas. El gobernador de Cumaná era tan mayor como Berrío: aguerrido marino de las Indias, tratante de esclavos indios y amigo de Moriquito. Infringía la ley y aseguraba estar dentro de la legalidad. Solo podía tratársele como se hacía en las Indias, donde había que obedecer la ley pero no siempre respetarla. Tal cosa era posible porque cada funcionario tenía un contrato distinto con el rey; podía medirse la legalidad por los logros y, por consiguiente, cada hombre tenía la fuerza que conseguía por sí mismo.
Berrío no rechazó las reclamaciones del gobernador de Cumaná. Se limitó a decir que Trinidad ya estaba pacificada y poblada. Lo único que necesitaba la isla para convertirse en «el más rico centro comercial de las Indias» era comerciantes de probidad y unos cuantos negros libres de impuestos, unas quinientas piezas. Pensaba que no podía entregar semejante lugar sin instrucciones directas del rey. Eso fue lo que también le escribió al rey. Después, con quince nuevos reclutas, fue a Trinidad. Contaba con más hombres que el gobernador de Cumaná; no le podían expulsar. Habrían de pasar tres años para que tuviera noticias del rey, tres años para encontrar El
Dorado: la legalidad, el tercer marquesado y «las mayores grandezas y riquezas que alberga el mundo».
Encontró la isla cualquier cosa menos tranquila. La pacificación no había ido tan bien como decía Vera. Los comerciantes ingleses estaban sembrando la discordia entre los indios y llegaban noticias de que se llevaban a algunos indios a Inglaterra para instruirlos como intérpretes. Al trasladarse de las islas norteñas a Tobago, que estaba vacía, los caribes, caníbales, representaban una amenaza para todos.
Berrío solo tenía cien hombres; no podía esperar mucho tiempo. Envió a Vera con treinta y cinco soldados al otro lado del golfo para que tomara posesión de las tierras del Orinoco y echara un vistazo. Él se quedó en San José, «viejo, inútil y sin deseos de suponer una carga para ellos».
Vera regresó al cabo de cuatro semanas. Había perdido diez hombres. Pero volvió con oro: diecisiete águilas y chacales de oro, finamente trabajados. Y volvió con algo más que oro. Según dijo, había encontrado El Dorado. Habló de una ciudad fría, a gran altura, con templos repletos de oro. Habló de un pueblo civilizado, conocedor de las artes y las ropas, que poseía un don especial para confeccionar animales de paja, «tan reales que son algo digno de ver». Eran del oeste; hacía solo veinte años que habían conquistado a los indios de la selva. Era el nuevo Imperio del Inca que había escapado, «donde hay tantos indios que ensombrecer podrían el sol, y tanto oro que en todas aquellas llanuras no cupiere».
El relato se difundió por las Indias. Los diecisiete chacales y águilas de oro pasaron a ser «cuarenta planchas del oro más puro curiosamente labradas, y espadas de Guayana, adornadas y damasquinadas con oro, plumas con guarniciones de oro y diversas rarezas»: el capitán Amyas Preston se lo oyó contar a un español que, según dijo, había hablado con Vera. Lo que circulaba por Cartagena era que se había conquistado El Dorado y que el hombre de oro había enviado como tribu to al rey de España «el retrato de un gigante todo de oro, de cuarenta y siete quintales de peso, al que los indios consideran su ídolo». Un francés que conocía Trinidad transformó los chacales y águilas en «dos millones de oro».
La legalidad o ilegalidad de su presencia en Trinidad ya no contaba. Berrío escribió al rey Felipe II de España para anunciar el descubrimiento de El Dorado. No pedía recompensa para sí mismo. Tenía el tercer marquesado; eso se había acordado mucho tiempo atrás, y al poco podría recompensar a todos sus seguidores. Pero quería algo más que dinero para los veinte hombres que habían estado a su lado durante los trece años de búsqueda, los tres viajes y las humillaciones. Quería que aquellos hombres fueran «reconocidos y honrados»; quería que doce de ellos fueran nombrados caballeros de la Orden de Santiago. Para unos hombres que pronto serían más ricos de lo que jamás hubieran podido ambicionar, una petición de honores, desde lo más remoto de San José: Berrío seguía perteneciendo a la vieja España.
Y allí no había nada. Poco exploró Vera que ya no hubiera explorado Berrío, no se enteró de nada de lo que ya no se hubiera enterado Berrío. Había oro en la Guayana, en pequeñas cantidades. Los objetos de Perú se habían extendido por América del Sur; durante cierto tiempo, Moriquito trocó «placas» de oro con funcionarios españoles de la costa. Los indios estaban en contacto. Fue Vera quien salió malparado cuando le ofrecieron oro a cambio de un hacha: «Mostróla a los soldados y después arrojóla de sí, haciendo ostentación de no contemplarla». Al descubrir los detalles de la leyenda por sí mismo, Vera pensó que estaba confirmando la verdad. Había oído hablar del hombre de oro y de la ceremonia de la doradura. Después, se enteró por los indios de la selva de las orgías de El Dorado, cuando «toman el dicho oro en polvo y embadúrnanse con él para mayor esplendor; y hasta donde los puede cubrir el oro, embadúrnan se el cuerpo con yerbas machacadas con una brillante sustancia».
El Dorado solo estaba a una jornada de viaje, según le dijeron los indios a Vera. «Nosotros dijimos que acudiríamos allá; contáronnos que estaban con sus borracheras, y que nos matarían.» Era como una prueba. La leyenda de El Dorado, un relato dentro de otro relato, un testigo en otro testigo, había pasado a ser la mejor de las ficciones, indistinguible de la verdad.
Los indios le habían dicho a Vera que se necesitarían mil hombres para tomar El Dorado. Tales tropas estaban fuera de las posibilidades de Berrío, y se decidió que Vera fuera a España con los chacales y águilas de oro como testimonio para obtener ayuda del rey.
Pero en primer lugar había que asegurar el acceso a El Dorado por el territorio de Moriquito. Vera había perdido allí diez hombres en una emboscada y había que castigar a Moriquito. El cacique fue corriendo a ver a sus amigos españoles de la costa, los tratantes de esclavos, y les pidió que le escondieran; les ofreció oro, pero fue entregado a los hombres de Berrío y ejecutado. Al tío de Moriquito le encadenaron, y durante diecisiete días «lo arrastaron de un sitio a otro, como un perro, hasta que hubo entregado para su rescate cien placas de oro y varias sartas de piedras talladas».
Tras el rigor hubo una tentativa de conciliación. Bautizaron al hijo de Moriquito; los hombres de Berrío le llamaban «don» y le trataban con gran respeto. Pero los indios, que eran «guerreros», únicamente recordaban el rigor; la facción de Berrío creada en el seno de la tribu carecía de importancia. Había que poner guarnición a la región. Las exiguas tropas de Berrío estaban divididas entre el continente y San José, en Trinidad, y era como si estuviera asediado en ambos lugares. Como decía Berrío, el diablo era el protector de aquella empresa.
El gobernador de Cumaná seguía reclamando Trinidad. Envió recado a Berrío de que tenía intención de matarle. El gobernador de Caracas se negó a consentir que Berrío reclutase más hombres en la ciudad y envió una expedición financiada por él mismo. Un súbito incendio de los pardos pastizales rodeó y consumió a los ciento setenta hombres. Dos años después, los indios de la zona le contaron a Ralegh, exagerando, que habían matado a trescientos. El joven gobernador de Margarita seguía poniendo impedimentos. Flaco consuelo fue que, una vez más, por defender Margarita contra un corsario inglés, resultara muerto. El odio de los indios, un ataque de los caníbales del norte, la incursión de un corsario: todo lo que formaba parte de los temores de Berrío. Un centenar de hombres había destrozado Margarita; en Trinidad, Berrío contaba con menos de cincuenta.
Vera se había marchado para reclutar hombres en España, pero tuvo que quedarse muchos meses en Caracas. La noticia llegó antes que él. El capitán Amyas Preston se enteró. El capitán George Popham «sorprendió» un buque español que regresaba a España y encontró copias de los documentos de Vera sobre Trinidad y las tierras del Orinoco: las diversas actas de toma de posesión, la fundación de la ciudad de Trinidad, el descubrimiento de «todas las riquezas» de El Dorado («Si hubieran de ser anotadas aquí, cuatro pliegos de papel no serían suficientes para contenerlas»). Incluso antes de que Vera volviera a España las noticias habían llegado a Londres, a oídos de sir Walter Ralegh, en Durham House, a orillas del Támesis.
Ralegh tenía cuarenta años; no hacía mucho que había abandonado la Torre de Londres, tras su primer encarcelamiento. Berrío tenía setenta y cuatro; había encontrado El Dorado al cabo de catorce años. Y no podía hacer nada sino esperar; nunca había sido más vulnerable. En su poblado de San José, unas cuantas chozas con techo de paja junto al riachuelo fangoso con el dorado nombre de Caroni, ya era como un prisionero.
Durante aquellos meses de espera, otra tragedia salpicó a Berrío, y él nunca lo supo. En junio de 1593 llegó al puerto de Paria el buque inglés Edward Bonaventure, «esperando poder repostar allí». La tripulación llevaba seis meses sobreviviendo únicamente a base de arroz; estaban famélicos. El capitán vio a los hombres de Berrío en el puerto de San José, en el emplazamiento de la aldea india de Conquerabia, y no envió un destacamento a tierra: España aún contaba. El Edward Bonaventure llevaba en el mar más de dos años. Había realizado una travesía prodigiosa, desde Inglaterra hasta las Indias Orientales, había vuelto por el océano Índico, rodeado el cabo de Buena Esperanza y cruzado el Atlántico. La última escala para aprovisionarse de agua había sido en la isla de Santa Elena, dos meses antes.
Diez hombres bajaron a tierra en el bote del buque. Santa Elena «no era un paraíso terrenal, como se cuenta». La isla estaba deshabitada, y era montañosa y tórrida. Los portugueses habían plantado unos cuantos limoneros e higueras para los marineros. Solo había un edificio, una «capilla», y cuando desembarcaron los hombres del Edward Bonaventure, en aquel edificio había alguien cantando. Dieron una patada a la puerta y vieron a un hombre desnudo. Se asustó muchísimo. Creyó que eran portugueses y que iban a matarle.
Era un sastre inglés que había salido a la mar y había caído enfermo. Le dejaron en Santa Elena, y llevaba viviendo allí, él solo, catorce meses. Se pasaba todo el día en la capilla, protegiéndose del sol. Cuando comprendió que los recién llegados eran compatriotas suyos, «el temor y el regocijo repentinos le hicieron perder el juicio, para nuestra gran aflicción». Había cuarenta pieles de cabra secándose al sol. «Por falta de vestimenta», le confeccionaron «dos trajes de piel de cabra con el pellejo hacia fuera, al modo de los salvajes de Canadá».
Seguía vivo cuando el Edward Bonaventure llegó al golfo de Paria, pero quizá hubiera muerto cuando, al cabo de ocho días, el buque con la famélica tripulación salió de nuevo por la Boca del Dragón: ya un buque fantasma, la travesía a punto de terminar en motín, demencia, misterio.
Este es el relato de Viajes, de Hakluyt. Cien años después fue a parar a Robinson Crusoe.1 En la misma narración de Hakluyt, el naufragio lo sufre un marinero en una isla de las Bermudas, pero Defoe lo situó en una isla desierta a la que solo llegaban caribes caníbales como a los que temía Berrío. Al oeste se encontraba el río Orinoco con «la gran isla de Trinidad, en el extremo septentrional de la desembocadura del río». La isla de Crusoe existía: Tobago. Existían los soldados españoles, tan vulnerables y amenazadores en la historia de Defoe: eran de la ciudad de Berrío, San José.
Realidad y ficción coinciden: Berrío vincula las dos fantasías del Nuevo Mundo. Ser el primer hombre sobre la tierra, ver los primeros brotes de la primera siembra, descargar «la primera pistola que se ha disparado desde la creación del mundo»: es uno de los aspectos de lo que había llegado a ser la búsqueda de El Dorado. Y la parte central, fundamental, de Robinson Crusoe es un monólogo: todo está en la mente. Los hombres casi siempre se encuentran lejos, actuando, pero en silencio, dedicados a lo suyo, como vistos por un telescopio.
Aquellos hambrientos soldados de Berrío: hay que salvarlos, porque los hombres tienen sentimientos por los de más hombres; pero ¿cómo obedecerán, cuando (como razona Crusoe), el único bien es la supervivencia? Tienen que firmar un contrato: se envía el mensaje. Pero entonces Crusoe se da cuenta de que no hay ni papel ni pluma en este mundo. Con semejante dificultad, irracional y específica como en una pesadilla, acaba el sueño de inocencia, ingenio y poder. Crusoe es rescatado.
Desde dentro todo eran temores, pero España aún contaba y siguió sirviendo a Berrío en Trinidad. Los buques extranjeros que iban allí eran tan cautelosos como el Edward Bonaventure. Cuando llegaron unos cuantos soldados más de Nueva Granada con el nuevo año, Berrío prefirió enviarlos a la guarnición del territorio de Moriquito. En Trinidad, en San José y en el Puerto de los Españoles, como empezó a llamarse Conquerabia, los españoles esperaban, al acecho. A veces fundían ciertas cantidades de mena local, a modo de experimento; el fraile de Berrío era el «refinador». A veces tenían que luchar contra los indios desposeídos de Guanaguanare. Los indios arauacas cumplían su tarea avisando de la llegada de barcos extranjeros al golfo de Paria, procedentes del sur. Berrío no quería meterse en líos. No trató de evitar que se llevaran a los indios a Inglaterra para que aprendieran inglés. Permitió que los buques cogieran provisiones y agua y a veces, aunque era ilegal, que comerciaran. Ningún barco español llegaba por allí. Como náufragos, Berrío y sus hombres vivían de la tierra.
Se le permitió al capitán Jacob Whiddon que desembarcara y se aprovisionara de agua y leña. Pero hizo demasiadas preguntas; husmeó un poco por el Golfo, y lo que contó, que había ido a buscar el Edward Bonaventure, era absurdo. Un día, unos indios arauacas fueron en canoa a la pinaza de Whiddon. En la canoa había perros, los perros autóctonos del Caribe que, según los primeros viajeros, no ladraban. Los indios dijeron que iban a cazar venados; invitaron a los marineros a ir de caza con ellos. Todos accedieron, «pero no pronto húbose disparado un arcabuz desde la orilla cuando los soldados de Berrío, emboscados, cogiéronlos a todos».
El incidente es confuso —la historia la cuenta Whiddon—, pero hubo muertes, y el capitán Whiddon se apresuró a regresar a Inglaterra para informar a su jefe. Entre otras cosas, sir Walter Ralegh era corsario profesional. Jacob Whiddon era su capitán en jefe. Le habían enviado a que echara un vistazo.
Ralegh planeaba un gran ataque. Quería vencer y aplastar. Estaba planeando algo más que el saqueo de San José y la búsqueda de El Dorado: un Imperio de la Guayana en el que los indios por su número y los ingleses por sus artes destruirían el poder de España en su fuente misma, las Indias. La búsqueda podía compartirla con Berrío; pero llegó más lejos que él. Si en ese momento Berrío hubiera podido explicar su objetivo, tal vez hubiera dicho que quería oro y el tercer marquesado; y quizá lo hubiera presentado como un servicio a su rey, el único que podía confirmar a un súbdito en el disfrute de la riqueza y los honores. En eso habría acabado, en un logro personal, en un vacío como la propia selva suramericana, sin ningún vínculo con nada. Ralegh podía transformar la ambición personal en una causa más grandiosa. Tenía una idea de sociedad y alianza que a Berrío, a pesar de su actitud diplomática de viejo soldado con nativos desafectos (en los Países Bajos, Granada o América del Sur), ni siquiera se le había ocurrido.
La visión lúcida, tridimensional del mundo y sus posibilidades, no era solo de Ralegh. Laurence Keymis, miembro del consejo de gobierno del Balliol College de Oxford, que era compañero de Ralegh, escribió lo siguiente sobre la debilidad española: «Estos vastos países de las Indias, no teniendo vínculo común de afinidad, ley, lengua ni religión, y siendo capaces por sí mismos de mantenerse sin comercio extranjero, no son tan simples como para no conocer su propia fuerza y hallar que prefieren poseer a los españoles que ser poseídos por ellos».
Además de esto, se presenta a Berrío como un hombre de otra época. En pago por su historia, los siglos de dominio musulmán y la lenta limpieza de su tierra, los españoles siguieron siendo individuos comprometidos en una guerra santa y con un anticuado código de caballería, cuyo cínico reverso, en el Nuevo Mundo, dejaba aislado a cada hombre y al final comprometido únicamente con la supervivencia personal.
A la espera del nombramiento de la reina, Ralegh empezó a mostrarse tan posesivo con El Dorado en Londres como Berrío en Trinidad. Los dos tenían sus temores. Reclamando Trinidad, el gobernador de Cumaná apareció un día en el Puerto de los Españoles con varios soldados y le pidió a Berrío que se marchara. Se fue cuando Berrío se negó; pero Berrío también se puso nervioso; pidió a sus hombres —la pesadilla de Robinson Crusoe: una vez más, los hechos enfrentados a la imaginación de Defoe— que prestaran declaración escrita de su lealtad.
Más o menos al mismo tiempo, Ralegh se enteró de que un joven cortesano inglés estaba a punto de iniciar una expedición a Trinidad y El Dorado. No era nada serio; solo por la experiencia, «ofreciendo la madurez de sus años», y en parte era idea de la reina. El joven quería ir a los Mares del Sur. La reina dijo que no; aquel viaje era demasiado peligroso para alguien de solo veinte años. Ralegh se enfureció, pero le obligaron a esperar hasta finales de año para su misión. Si algún daño les sobrevenía a los reyes indios, escribió más adelante, «adiós a todo lo bueno en adelante, ya que, si bien yo prefería el futuro con respecto a otros, y traté de ganar a los reyes para el servicio de Su Majestad en lugar de saquearlos, sé lo que harán otros».
El joven era sir Robert Dudley, hijo ilegítimo del conde de Leicester. Sir Philip Sidney era su primo carnal; su madre, tía segunda de la reina Isabel. Para el recopilador de un diccionario de biografías, en el siglo siguiente, el joven Dudley era «un perfecto caballero» al modo isabelino: «marino cabal, buen navegante, excelente arquitecto, matemático, físico, químico y todo lo demás». Cabalgaba con donaire, y era famoso por su balanceo y también famoso «por ser el primero de todos que enseñó a un perro a apostarse para coger perdices».
La vida que tan bien había empezado pronto se agriaría. Cuando, pasado cierto tiempo tras su regreso de Trinidad, fue rechazada su pretensión de legitimidad, dejó a su segunda esposa y a sus hijos y se exilió a Italia. Allí utilizó los títulos que le habían negado en Inglaterra. Se hizo católico y perseguidor de cuantos herejes ingleses pudo encontrar. Al principio mantuvo contacto con Inglaterra, enviando planos para nuevos barcos y, en una ocasión, una «Propuesta para refrenar la impertinencia del Parlamento», pero con los años pasó a formar parte de la nobleza italiana y ofreció su lealtad únicamente a Florencia.
Sus obras sobre navegación, publicadas en Italia cuando tenía setenta y dos años, estaban dedicadas al gran duque de Toscana: dedicatoria que se repite en el mapa de Trinidad y la Guayana, adornado con barcos e indios desnudos, con los topónimos en italiano (S. Gioseppe en lugar de San José): los conocimientos preservados, el carácter de la aventura abolida hacía cincuenta años, cuando la playa de una isla del Nuevo Mundo era su escenario y para sus seguidores ingleses «el único espejo de caballeros», y cuando envió a Berrío (o simuló enviarlo) un mensaje despectivo en nombre de «nuestra Graciosa Majestad la reina, a quien nuestro leal vasallaje nos obliga a defender».
Habían cambiado más cosas que las lealtades. Aquella época en Trinidad fue una época de fantasía y caballería andante, de valientes proezas poéticamente presenciadas, de retos, de búsqueda del enemigo deparado por el destino —y cuán bien desempeñaban los españoles ese papel— en un bosque extraño y rutilante plagado de peligros y de gentes salvajes.
El relato más completo de la aventura se conservó manuscrito hasta 1899. Es del capitán Wyatt, de quien no se sabe nada más. Wyatt consideraba a Dudley el mayor héroe de la caballería, y a sí mismo su escudero. Aspiraba a un estilo acorde con la aventura y su papel en ella. Una tormenta en el mar era como «un segundo diluvio en el mundo entero». El diario de Wyatt, siempre en busca de este efecto, es el primero que recoge el entusiasmo de una travesía del Atlántico hasta Trinidad: las tripulaciones que pasan el día de Navidad por debajo de Tenerife, «un día muy caluroso», los hombres «nadando de buque a buque» para darse «grandes vítores los unos a los otros»; el viaje de veintidós días; los peces voladores que se elevaban desde el mar como una bandada de alondras asustadas; el nuevo clima.
Hasta el relato de Wyatt, en estos documentos sobre Trinidad el mar era el mar, el clima estaba ausente del Nuevo Mundo, y Virginia, Terranova, el bosque pluvial de la Guayana y las Antillas formaban uno solo. Los paisajes eran convencionales. Colón había visto jardines como los de Valencia en marzo, y nadie vio más. Wyatt, desbordante de las obras de teatro que había presenciado en Londres (podía recitar partes enteras de La tragedia española, una obra nueva), se propuso escribir novelas de aventuras, pero en su entusiasmo por el mundo natural, con el asombro estallando entre sus palabras, se aprecia que el Nuevo Mundo como aventura medieval toca a su fin. Y Berrío, el enemigo antinatural en su claro del bosque, aparece doblemente aprisionado en su búsqueda.
Dudley tenía ciento cuarenta hombres y dos expertos marinos. El capitán Benjamin Wood conocía bien Trinidad. El primer piloto, Abraham Kendall, era uno de los mejores navegantes ingleses de la época. Había navegado por las Indias
Occidentales con Drake hacía nueve años y participado en la destrucción, casa por casa, que duró un mes, de la gran ciudad de Santo Domingo. Una vez, en el mismo golfo de Paria, Kendall desertó con sus dos pinazas de una expedición alrededor del mundo; la expedición acabó en los restos dispersos de un naufragio. Kendall tenía esta especie de ambigua relación con el terror; no caía demasiado bien. Se contaba que no consentía que nadie muriese a bordo de su barco. Fue Kendall quien, para evitar tal muerte, dejó al personaje robinsoniano en la isla de Santa Elena.
Con sus hombres, Dudley podría haber capturado Trinidad, pero no quería enfrentamientos. No conocía las fuerzas de Berrío, y no quería seguir contrariando a Ralegh. En realidad, había ido allí por la experiencia, para comprobar lo que se contaba sobre los indios, los españoles y el oro, y en cuanto fondeó en el golfo de Paria, cerca del lago de la Brea, envió a uno de los capitanes con «diversos caballeros» para ver si podía recoger «a alguno de los salvajes o al menos conferenciar con ellos». Cogieron a los indios. Los indios se llevaron cuchillos, abalorios, cuentas, anzuelos y hachas. Se esperaba que regresaran con oro. Volvieron con frutos secos, fruta fresca y tabaco.
Uno de los indios hablaba español. Una señal de alarma; pero Dudley le preguntó si no había una mina de oro por los alrededores. El indio respondió que los llevaría allí inmediatamente. Les hizo recorrer doce kilómetros por la orilla, hasta el sitio donde los extranjeros solían excavar en busca de oro. Wyatt y sus amigos sacaron grandes cantidades de arena y marcasita. Cada hombre se puso al hombro una carga y volvieron a recorrer doce kilómetros hasta el barco.
A la mañana siguiente, Dudley ordenó a las fuerzas terrestres que desembarcaran. También él desembarcó un poco más tarde. Dispararon una salva desde el barco, y los soldados, «en respuesta al gran despliegue de artillería», soltaron una
«andanada de disparos». Marcharon hacia la mina, en tan buena formación, según pensó Wyatt, que «de habernos arremetido diez millares de indios, no nos hubiesen causado mal alguno». Wyatt había hecho una marcha de veinticuatro kilómetros el día anterior y acometía otra de doce con la armadura completa, pero lo que le preocupaba era el general.
«Habiendo así recorrido ocho largas millas por entre profundas arenas y en un día extremadamente caluroso, nuestro general, nada acostumbrado, bien lo sabe Dios, a dar un paso, encabezando la marcha, llegamos finalmente a donde estaba aquel mineral y, habiendo situado nuestro campamento en lugar conveniente y apostado a nuestros centinelas, a todos los demás asignóseles la tarea de recoger mineral. Y habiendo recogido casi al instante tal cantidad que después de que cada uno hubo cargado igual peso aun dejamos casi un cuarto de pipa, que no pudieron acarrear nuestros hombres, para entonces había tan fuerte corriente que nos vimos obligados a permanecer allí hasta la medianoche, momento en que pasó la crecida.
»En el entretanto, nuestro general, percibiendo la caída de una bruma repugnante, ordenó que se cortase una brazada de ramas y se tendiesen en el suelo, sobre las cuales acostóse por encima, sobre las cuales angarillas extendió sus insignias, y Wyatt, eligiendo a varios de entre nuestros mejores hombres, apostóse en derredor.
»Y habiendo así reposado unas horas, despertóse y, sin gran dilación, diósenos la alerta, lo cual yo atribuí más a la ignorancia de nuestros centinelas que a un ataque enemigo. Pues existe cierta especie de mosca que aparece de noche, cual si se precipitara hacia un fuego, y yo he visto cuando menos dos o tres veintenas apiñadas en los árboles, los cuales parecen como si fueran otros tantos fósforos encendidos, lo cual me convence de que dio lugar a un repentino temor de los centinelas que dieron la alarma...
»Y tras que nuestros hombres hubiesen reposado y de que en la mar empezase el reflujo, el general dio orden de que volviésemos a emprender la marcha; tras lo cual, habiéndose anunciado al son de trompetas y atambores, todos los tripulantes iniciamos la marcha. Y como que las aguas tenían una profundidad que llegaba hasta el cinto de nuestros hombres, el propio general metióse en el agua hasta la horcajadura [la cintura], cosa insólita para él, siendo cortesano, pero no impropia, siendo nuestro general en la India, con tan gran majestuosidad en su porte y tan inamovible decisión en su proceder que cuantos lo seguimos coincidimos en la idea de considerar que sin lugar a dudas demostrare ser espejo de caballeros. Pues cuando decidía alguna cosa, lo establecía con la reflexión y el consejo de los capitanes y, habiendo decidido qué debía hacerse, ordenaba ejecutarlo con tal expedición que bien hubiera podido decir, como César, veni, vidi, vici.»
Regresaron al barco entre las dos y las tres de la mañana. Un lugar en el vacío, aquel golfo; pero les concedió la teatralidad de la madrugada y el vadear a medianoche con toda la armadura. Habían corrido dos aventuras, la de las luciérnagas y la de la marea, y recogido un montón de arena. No apareció ningún español, y cuando Dudley se despertó más tarde aquel día se puso —veni, vidi, vici— a preparar una placa adecuada. Ordenó que grabasen el escudo de armas de la reina en «una lámina de plomo» y, debajo, una frase latina con la que reclamaba la isla para la reina Isabel y para sí mismo. Ya anochecía cuando se terminó la placa. Dudley le dio su espada a Wyatt y le pidió que colocara la placa en un árbol junto a la mina de oro.
Wyatt comprendió la gravedad de su misión. Fue a tierra con su compañía inmediatamente y en la oscuridad —más teatralidad— recorrieron a pie los doce kilómetros hasta la mina. Decidieron pasar la noche en los bosques junto a la playa. Eligieron un lugar donde tenían agua y leña a su alcance,
«dos grandes necesidades para todos los soldados que marchan a cualquier misión», como explicaba Wyatt. Pasaron una hora construyendo fortificaciones. Cuando quedaron convencidos de que su campamento era «invencible», apostaron centinelas y la compañía se dispuso a dormir.
Wyatt durmió bien; había recorrido sesenta kilómetros en menos de tres días. Por la mañana, se enteró por boca de los centinelas de que un perro había ladrado una vez durante la noche y que se había visto un fuego en varias ocasiones. Aquello despertó en Wyatt «ciertas sospechas sobre los exploradores de los enemigos»; y después, tras las salvas y las trompetas, pensó que había llegado el momento de tomar precauciones. Dio «dos o tres buenos disparos» y, «con el mayor sigilo posible», se internó cien pasos en el bosque. Vieron huellas de pisadas en la arena. Wyatt pensó que era donde habían estado los exploradores del enemigo durante la noche. Saberlo le dejó tranquilo; pensó que ya no hacía falta tanta precaución. Al volver al campamento, alineó a su compañía y se dirigieron «en buena formación» a la mina, donde «había de cumplirse la misión».
«En primer lugar, hicimos sonar solemnemente las trompetas hasta tres veces, nuestra compañía agrupada en derredor; en medio marchaba Wyatt, portando el escudo de la reina cubierto por un paño de seda blanca orlado de tupido encaje de plata, acompañado por el señor Wright y el señor Vincent, cada uno de nosotros con nuestras armas, y las insignias del general desplegadas, con las trompetas y los atambores delante de nosotros [...] así desfilamos hasta la cima de la montaña, hasta un árbol el cual sobresalía de los demás, donde hicimos un alto. Y tras hacerse el silencio Wyatt leyó la placa a la tropa, primero en latín, como estaba escrito, y a continuación en inglés; tras besarla sujetóla al árbol elegido a tal propósito y envió a un carpendero que situóse encima con martillo y clavos para clavarla.
»Tras haber pronunciado nosotros estas palabras, que “el honorable Robert Duddeley [sic] enviónos a tal lugar para en su nombre llevar a cabo tal honroso acto y esto con su espada, que Dios protegiera su intención, así juró restituir a cualquier caballero del mundo”. Habiendo acabado lo cual resonaron las trompetas y los atambores, y la tropa entera gritó: “¡Dios salve a nuestra reina Isabel!”, y habiendo cumplido nuestro cometido con tanta solemnidad como pudimos, procedimos a bajar de la montaña.»
Wyatt vio la oportunidad de otro servicio. Cargó a sus hombres con marcasita «a partes iguales», y así recorrieron los doce kilómetros hasta el barco.
Al día siguiente, se les ocurrió una idea. Fueron en barco hasta donde estaba la mina. Dudley bautizó el lugar como Port Peregrine. Desde el mar, que no desde tierra, podían ver el Puerto de los Españoles «fortificado y guarnecido», que Abraham Kendall recordaba como la aldea india de Conquerabia. Kendall estaba nervioso, pero Dudley pensó que era un buen sitio para «adobar, proveer de agua y poner en buen asiento» sus barcos. Ordenó que desembarcaran las fuerzas de tierra. Wyatt tuvo que admitir entonces que las «invencibles» fortificaciones del día anterior «se habían construido precipitadamente». Las derribaron y las reemplazaron con fortificaciones «imposibles de ser asaltadas». Dudley se quedó en el barco. Fue a tierra un ratito para hablar amablemente con los «salvajes». Convenció a dos o tres para que fueran con él al barco. Un asunto peligroso para ellos: al menos uno fue retenido. También fue peligroso para Dudley: aquellos indios hablaban español y tenían nombres españoles.
A medianoche —la narración de Wyatt se interrumpe y resulta un tanto oscura—, Dudley envió un mensaje a Wyatt y los demás. Tenían que apresurarse para preparar los barcos. Los indios que hablaban español, los guías de la selva —tal como temía Kendall— y los españoles de Berrío habían esta do en contacto desde el principio. El capitán Benjamin Wood había ido a una aldea india para parlamentar; no regresó. Habría que atacar la aldea. Después de todo, habría pelea.
«Al día siguiente, el capitán Jobson decidióse a marchar a Parracou y tomar la ciudad, mas como hubiere ordenado a Wyatt que aprestara una compañía, pudimos divisar viniendo desde los riscos del bosque a dos o tres con bandera de paz, agitándola hacia nosotros de modo que fuera lícito que vinieran a hablar con nosotros. El dicho capitán Jobson otorgó y, habiendo llegado ante su presencia, pronunció las siguientes palabras: Vinie en pais ou con gero, que es lo mismo que decir en nuestra lengua “¿Venís en son de paz o de guerra?”, y entrególe una carta.»
Es así, omitiendo su nacionalidad, como aparece el enemigo español, agitando una bandera de paz y hablando como un bárbaro. La carta debía de ser de Berrío. Más adelante Dudley dijo que Berrío tenía trescientos hombres. Era una fanfarronada de Berrío, basada en los informes de sus espías indios. Berrío tenía menos de cincuenta hombres en Trinidad, divididos entre San José y el Puerto de los Españoles. Dudley envió otro mensaje a los hombres en tierra aquella noche. Tras todas aquellas marchas, tenían que ser discretos; no debían revelar cuántos eran. Si se presentaban españoles debían decirles que Dudley los despreciaba. Pero, al día siguiente, Dudley envió sus tres carabelas de vuelta a Inglaterra.
Esperaban otra carta de Berrío, quizá sobre el capitán Benjamin Wood y las condiciones de su liberación. La carta llegó dos días después, al anochecer. Los mensajeros eran dos indios; también llevaban regalos. Dudley cogió la carta. Pero, haciendo alarde del desdén que intentaba inculcar a sus hombres, se negó a hablar con los indios y a aceptar sus regalos. Al día siguiente, retiró a todos los hombres que estaban en tierra, y durante toda aquella noche un buque cargado de hombres con mosquetes permaneció junto a la costa «para abalanzarse sobre la espalda de quienesquiera atacaren el baraskado». Por la mañana —sin duda Benjamin Wood se encontraba de nuevo con ellos— estaban dispuestos a marcharse.
No obstante, hubo tiempo para otro gesto. Habían preparado otra placa de plomo. En esta constaba que Robert Dudley, inglés, hijo del conde de Leicester, había desembarcado en aquella parte de la isla, la había bautizado Port Peregrine y se había quedado allí y hecho cuanto le venía en gana sin traba ni impedimento algunos. Un solo hombre, sin la espada de Dudley, sin el acompañamiento de trompetas ni tambores, llevó la placa a tierra, la alzó —o la bajó: no llevaba carpendero— y volvió apresuradamente a las naves. Se dirigieron al sur de la isla, lejos del puerto de Berrío y de los hombres que por allí rondaban.
La aventura no había acabado. Aún tenían a Baltasar, el indio cautivo que hablaba español, y habían cogido a otro indio. Preguntaron a Baltasar por El Dorado. No quería hablar. «Amenazósele de muerte»; habló. Dijo que los llevaría a El Dorado. No hubo necesidad de presionar al otro indio; dijo que todo lo que se contaba sobre El Dorado era verdad; «los salvajes allí colgaban ricas piezas de oro en torno al cuello a modo de petos de corcel». Más adelante, Wyatt y los demás recordaron que los indios solo «habían confirmado» esto, y «por señas».
Pero fue suficiente para Dudley. Dijo que iría con Baltasar a El Dorado. Hubo cierta oposición. «Se consideraba en general sumamente impropio que persona de tal mérito y bizarría se aventurase, como ástil sin plumas, en navío tan pequeño y simple.» Dudley lo comprendió. También comprendió que a los hombres les horrorizaba quedarse al mando de Abraham Kendall; «temían» su «villanía». Kendall se negó en redondo a ir. El hombre a quien escogieron para dirigir el grupo era el mismo que había llevado la segunda placa a tierra. No le hizo ninguna gracia. Wyatt le oyó decir que «en su sueño de la noche anterior percibió claramente que se estaba ahogando».
Se llevó a «los dos maestres, al contramaestre, al ayudante de artilleros, al caporal y al primer oficial, al armero, a un carpendero, dos curtidos marineros y dos holandeses cumplidores y dispuestos», y los dos indios. Fueron a tierra firme y no se supo nada de ellos durante una semana. Wyatt y los demás «ofrecían a diario a bordo sacrificios a Dios, invocándolo con gran devoción en sus sinceras oraciones por ellos». Transcurrieron dos semanas. Kendall los dio por perdidos. Ya andaba murmurando sobre el peligro de «la corriente y el remolino» cerca de los barcos y su anterior «experiencia desastrosa con los mismos». Deseoso como siempre de cortar por lo sano, era partidario de abandonar el golfo y alejarse de los españoles de Berrío.
Baltasar había llevado al grupo que iba en busca de El Dorado a una aldea india justo al otro lado del golfo. Allí, los nativos les contaron historias sobre el oro. Después, Baltasar los llevó por un riachuelo tan obstruido con árboles caídos y detritos vegetales que durante trechos enteros tuvieron que arrastrar la barca. Mientras estaban así, «atollados», en la selva suramericana, Baltasar, «el astuto villano», huyó una noche a la espesura. «Muy pasmados» ataron al otro indio; pero no les sirvió de nada, pues descubrieron que no hablaba ni inglés ni español. Se limitaba a señalar y a decir: «Paracoa, paracoa.» Intentaba mostrarles el camino de vuelta hacia el mar, al golfo, pero no le hicieron caso.
E incluso «este pillastre, cuando creíamoslo bien sujeto, a la sazón escapóse otra noche saltando por la borda, pero habiendo crecido el río, dimos en perseguirlo de buen grado; pero no creo que pudiera volver a su tierra pues golpeóse con el ancla herrugienta». Los ríos de la Guayana, tan «hermosos, espaciosos y extensos» cuando los vieron por primera vez, con aves de un blanco, un bermellón y «un azul perfecto», de orillas «munidas naturalmente de exornaciones tan uniformes y hermosas y con frecuencia desprendiendo un agradable aroma», pasaron a ser escenario de unos esfuerzos de pesadilla, «para remar, remolcar y arrastrar el bote»; y de milagro, algo por lo que habían rezado sin cesar, se encontraron una vez más en el golfo.
Aturdidos —llevaban tres días sin agua—, se pusieron a remar en dirección contraria. Tuvieron que volver. Y entonces, cuando llegaron a donde habían dejado a Dudley y Kendall, no encontraron ningún barco. Decidieron arriesgarse a toparse con los españoles y regresaron a Port Peregrine. Allí vieron sus barcos anclados, con otro barco. El buque recién llegado era inglés, de Plymouth; su llegada, cin
