La economía presidencial

Gabriel Zaid

Fragmento

El arte de la guerra electoral

EL ORIGEN DEL DESASTRE

Hay quienes hablan con nostalgia de los viejos tiempos del PRI. Olvidan los desastres del poder arbitrario, los bandazos sexenales que llevaron a México de tumbo en tumbo. Para corregir los excesos del presidente Díaz Ordaz, el presidente Echeverría cometió exceso tras exceso, a su vez corregidos por los del presidente López Portillo, a su vez corregidos por De la Madrid, y así sucesivamente.

En 1968, la economía mexicana creció 8%, con una inflación de 2%. El salario real tenía diez años de subir al 6% anual. Esto era despreciado como “desarrollismo”, frente a la miseria de millones de mexicanos. Pero del otro gran rezago: el desarrollo político (el Estado de derecho, las elecciones limpias, la rendición de cuentas de los poderes públicos a la sociedad) no se hablaba mucho. Estaba de moda suponer que la democracia era burguesa, como el desarrollismo. Lo deseable era un buen presidente (como Echeverría) que tomara en serio la Revolución Mexicana. Algunos entusiastas de Castro y el Che Guevara iban más lejos: lo deseable era un buen dictador.

La crisis de 1968 fue puramente política, originada por abusos autoritarios de la policía contra un grupo de estudiantes, y multiplicada hasta la masacre por un presidente (Díaz Ordaz) y un secretario de Gobernación (Echeverría) criminales. El contexto burocrático (las pugnas entre presidenciables) añade pequeñez a la tragedia. Antonio Ortiz Mena (secretario de Hacienda de 1958 a 1970) se creía con derecho a ser el sucesor de Díaz Ordaz, después de lograr la hazaña que bautizó como “desarrollo estabilizador”. Echeverría lo sacó de la jugada creando un problema político tal que Díaz Ordaz lo prefiriera como sucesor, para asegurar la continuidad política en peligro (la económica parecía asegurada). Y, una vez que logró la candidatura oficial, buscó apoyo en las ideas de moda para superar el “desarrollismo”. (Por una pequeñez semejante, no puso en marcha los programas sobre natalidad que proponía otro presidenciable: Emilio Martínez Manatou, secretario de la Presidencia.)

Los presidentes Luis Echeverría (1970-1976) y José López Portillo (1976-1982) tomaron el control personal de la economía mexicana para acelerar su desarrollo, y la descarrilaron. Para remediarlo, tres ex secretarios de Programación y Presupuesto llegaron a la presidencia, sucesivamente: Miguel de la Madrid (1982-1988), Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) y Ernesto Zedillo (1994-2000). Se valieron de la misma autocracia premoderna para modernizar cosas importantes (la apertura comercial, la privatización, la alternancia), pero arruinaron otras (el retorno de los magnicidios, los tesobonos, el rescate bancario). La inflación, las devaluaciones, la deuda y el crecimiento resultaron peores que en los sexenios “populistas”.

La economía presidencial: la integración de las finanzas públicas y privadas a las arbitrariedades del presidente en turno, duró cinco sexenios: de 1970 a 2000; desde la expansión acelerada hasta la quiebra del sector público. Después del criticado éxito de los dos sexenios “desarrollistas” (1958-1970) y del escandaloso fracaso de los dos sexenios “populistas” (1970-1982), los tres sexenios “neoliberales” (1982-2000), que es preferible llamar “programadores” porque la autocracia no es liberal, resultaron un fiasco.

El desastre económico acumulado no tuvo como origen los genes supuestamente ineptos, perezosos y corruptos de los mexicanos. Tampoco la adversidad, ni la maldad extranjera. Se fue gestando por una solución política que se volvió un problema económico. Frente al caos revolucionario de 1911 a 1928 (la guerra y los magnicidios de unos caudillos contra otros), se optó por comprar la paz de todos los que tuvieran capacidad de insurrección o sabotaje: se organizó la corrupción como un sistema político de reparto pacífico del queso, presidido por un Jefe Sexenal de la Revolución y Supremo Dador. Los recursos del país se fueron concentrando bajo la voluntad de un solo hombre. El gigantismo fracasado del Grupo Industrial Los Pinos fue el engendro resultante de cruzar la industria moderna con un sistema político premoderno. Todavía estamos pagando las consecuencias.

Lo mejor de industrializar (aumentar la productividad autónoma con pequeñas inversiones: máquinas de coser, bicicletas, herramientas, teléfonos celulares, microcomputadoras) puede reforzar nuestras mejores tradiciones productivas (el negocio casero, las pequeñas empresas, el desarrollo de comunidades artesanas que producen sus propios alimentos y exportan manufacturas ligeras, a la manera instituida por Vasco de Quiroga).

Lo peor de industrializar (el gigantismo, la baja productividad de las inversiones, la destrucción ecológica) puede reforzar nuestras peores tradiciones improductivas (la pompa cortesana, el centralismo, el dinero fácil, las credenciales de saber sin saber).

Desgraciadamente, prosperó lo peor. El crecimiento subsidiado de este progre

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