HACIA EL NORTE DE ACAPULCO, y dentro de sus límites, las playas Caleta y Caletilla forman una bahía muy pequeña. El mar allí es manso y benévolo. Las corrientes peligrosas se hacen sentir en mar abierto, entre las playas y una isla: Roqueta, donde se alza el faro de Acapulco.
Esta historia en verdad se inicia en Caleta, que con Caletilla vio momentos de gran prosperidad en la década de los años cincuenta. Grandes hoteles, turismo internacional, los cabarés de moda se ubicaron allí. Sin embargo, cuando empezó la década de los años sesenta las celebridades y el ruido se mudaron al sur de Acapulco. Nuevos hoteles, mejores cabarés y otra generación, aún más desinhibida, prefirió las olas agresivas de la playa Condesa, balcón a la Bocana, al mar abierto. En Caleta y Caletilla sólo vacacionistas de Semana Santa. Ecos de gritos. Botes anclados.
A principios de los setenta algunos turistas adinerados y su cortejo de aventureros y codiciosos volvieron a Caleta. Playa risueña de manso oleaje. La tranquilidad. Allí ya no va nadie, hayquir. Muchos jóvenes playeros olfatearon: en Caleta se estaba creando un ambiente apropiado. Virgilio encontró allí su medio natural. Virgilio tenía veinticuatro años y se sostenía vendiendo mariguana y drogas sicodélicas en pequeñas cantidades a hippies y aventureros. Muy bajito y muy delgado, pelo chino y corto, su mirada era alegre, tan colorida como sus camisas: chi-llan-tes, una para cada día de la semana. A gifty from a lady. A veddy ole lady. Imaginativos sombreros de fieltro.
A causa de sus experiencias con las drogas sicodélicas Virgilio conoció variadísimos tipos humanos. Aprendió a adaptarse y a aceptar distintas formas de pensar (maquinación a exaltación). Trató de estar a gusto en cualquier lugar. No asombrarse de nada. No juzgar————nobody here has reached his center. No pasó por la etapa de Ferviente Misticismo (¡OM!) quizás a causa de tanta disipación entre los concurrentes, fijos y flotantes, de la playa. Le fascinaba ir a Caleta: allí encontraba personajes naturales, decadentes porque la decadencia era su meta vital e iban a ella inmejorablemente, al menos sin esa falsedad obvia (inseguridad) que sin excepción mostraban sus amistades de la ciudad de México.
Virgilio viajaba a México periódicamente para vender mariguana a sus conocidos. Entre éstos se hallaba Rafael, quien a pesar de que nunca compraba un cartón siquiera de mariguana, escuchaba con gusto cuando Virgilio ponderaba el movimiento esotérico-sexual de Caleta. La gente allá es más abierta, más groovy, tú sabes, vibra mejor. No son tan nacos como aquí. Inexorablemente invitaba a Rafael a Acapulco. Él se encargaría de llevarlo where the action is (Caleta), conocería a sus amigas, están buenísimas y cogen como ninfomaníacas biencomidas, wow!, otro ambiente, vas a descansar, y volvería a su trabajo con mejor ánimo.
De pequeño Rafael había tenido visiones en las que el futuro se revelaba, y por esa razón estudió Ciencias Ocultas en templos y asociaciones teosóficas. Las visiones no se repitieron y para conocer el futuro Rafael aprendió a leer las cartas y el café. Trabajaba en el salón de té Scorpio de la zona turística de México leyendo el café en sesiones vespertinas. Su clientela, señoras-de-clase-media-muy-maquilladas, esperaba las mismas trivialidades. El rojo es su color pero por ningún motivo lo lleve en martes porque sus tendencias agresivas se van a duplicar. Y usted tiene sus tendencias agresivas, ¿verdad? Aries clásico. Le recomiendo un anillo de amatista en la mano derecha. Una persona. Un hombre. Rubio. Sí. Un hombre rubio va a tratar de entorpecer sus planes.
Si analizar el café de esa manera causaba remordimientos a Rafael, leer el tarot era la fuente de todos sus problemas. Un legendario maestro de la escuela de Ciencias Ocultas le infundió una idea sagrada del tarot. Con el tarot no se debe jugar. Hay que interpretarlo bien porque quien lo malusa acumula karma negativo. En el tarot está compendiada la sabiduría de la qábala, posibilidades infinitas de conocimientos, Sefer Yerizá.
Como el salón de té Scorpio no se distinguía por sus atractivos salarios, para obtener algún dinero extra Rafael llevaba a cabo lecturas domiciliarias de cartas. Cuarenta pesos la sesión. Estoy desolado, lo juro, todo mundo quiere que le lea el tarot. Debe estar de moda. Les podría interpretar la baraja española o hasta la de póker, numerológicamente, pero por qué el tarot. Para impresionar a su clientela, Rafael tenía que interpretar las cartas arbitraria, subjetivamente, ignorando las combinaciones correctas, que por lo general aparecían con claridad. Bueno, sí. No lo negaré, aunque no me alegra mucho: esa carta es la muerte, pero no por fuerza la muerte física, también puede ser un deceso espiritual o, si no, ¡un cambio! De cualquier forma, encarémoslo, no es algo precisamente agradable.
Cada vez que Rafael leía el tarot terminaba con una punzada en los intestinos, el estómago se le descomponía. Sensación creciente de estar jugando con fuego, de no poder, en breve, controlar los poderes vindicativos de los arcanos. Para solucionar el conflicto, el maestro veredictó: Rafael tenía que experimentar nuevamente las visiones que le ocurrían cuando niño. Y sugirió: Rafael debía leer el tarot, por una vez, tal como se le había enseñado. Rafael no encontraba a quién. Su clientela se horrorizaría al verse retratada en semejante espejo, lo detestaría. Y Rafael se moriría de hambre.
Flashback elemental
Para colmo de males, Rafael persistía en una etapa extraña, en la cual muchas cosas quedaban sin sentido. Despertar sin saber dónde-quién-qué. Y una dulce melancolía. Estoy solo. Mi familia allá en Torreón. Y yo solo. Más vale. Rafael tuvo relaciones con una muchacha durante siete años, hasta que ella se fue, con toda tranquilidad, a vivir a Venezuela. Adiós, me escribes ¿eh? ¡Y en Venezuela! Rafael no hallaba una compañera para toda la vida. Sospechaba que la causa podía radicar en sus dientes (su sonrisa). Durante una temporada larguísima sus incisivos superiores mutaron de un ocre dudoso a un negro capricorniano. Rafael consultó a un dentista, quien con violencia medieval le extrajo los dientes superiores y los reemplazó por unos postizos impolutos. Por desgracia, cambió la expresión de Rafael. A partir de ese momento pareció que sonreía con cierto cinismo (sexualidad), lo cual podría justificar sus continuas descargas seminales en clientes superficialmente esotéricas o en las meseras del salón de té. Creían que Rafael las inducía a algo sórdido (¡voluptuoso!). Sin embargo, Rafael aún no encontraba el amor y sólo le consolaba la idea de perfeccionarse espiritualmente (algún día): sólo así encontraría el alma gemela que necesitaba (a gritos). Y para eso debía empezar por ser honrado: el maestro tenía razón. A través de lo que el tarot revelara a otras personas, Rafael encontraría el camino para descubrirse. La ruta del Sefirot. Coïncidentia oppositorum.
Un día en que se vio con dinero extra (no mucho), consideró que debía ir a Acapulco. Virgilio era la única persona a quien podía tratar de leer el tarot a conciencia. Haría un esfuerzo enorme. No lo conocía bien, o casi nada, pero existía cierta afinidad entre ellos. Además, el mundo de Virgilio era fascinante. Mujeres que se a-cos-ta-ban a la menor provocación, mucho ruido, brisa fresca, Acapulco Gold, pieles bronceadas, lentes oscuros, sol radiante.
Pidió permiso en el salón de té Scorpio, a medianoche (luna casi llena) fue a la Estrella de Oro, compró un boleto y montó en el superexpreso de lujo. ¡De lujo! Le tocó en los asientos delanteros, tras la derecha del chofer, y soportó las luces de los vehículos que transitaban en sentido contrario, y un airecillo glacial que se colaba por la ventanilla, y el romance entre el chofer y la automoza, interrumpido en dos ocasiones en que ella ofreció un café un oranche o un chíquele a los pasajeros. Y un radiecito de transistores orinando ruidos de estática. Soportó eso y hubiera soportado más gracias a que nunca se fue de su cabeza la imagen arbitraria del sol, cielo despejado, mar tranquilo y reluciente, olas como espuma, rostros sofisticados, mujeres (¡todas altas!) con los ojos muy pintados y la piel muy bronceada y una copa (cristal cortado) con un J&B. Oh Dios. Iodhevauhe. Y la casa de Virgilio: no muy grande, pero junto al mar, con hamacas y (posiblemente) techo entejado y un jardincito (no muy grande) lleno de flores y algunas plantas de cannabis (¿sativa?).
Rafael llegó a Acapulco a las seis de la mañana. Se desentumió y su espíritu se reconfortó momentáneamente con el clima fresco. Vio con suma desconfianza a los choferes que ofrecían llevarlo en sus taxis a hoteles pensiones casas de huéspedes cuartos con baño. Quieren esquilmarme. ¡O asaltarme! Como no conozco Acapulco. ¡Cómo no conozco Acapulco! Incluso lo miraban con hostilidad, viendo en su cara un signo de pesos. No gracias, yo tengo casa aquí en Acapulco y está muy cerquita. Echó a caminar por una calle perpendicular al Malecón. La piel pegajosa. Podía oler el aire húmedo, fresco. Qué diferencia. En la ciudad de México no se ve nada a estas horas, a excepción de nubes de humo saliendo de fábricas y panaderías. Respiró profundamente. El sol aún no descendía a la calle, destellaba en lo alto de las casas. Y la temperatura, muy agradable. La calle era sinuosa, estrecha. Rafael se detuvo, alarmado. Épale, dónde estoy. La maleta pesaba ya. Revisó la calle, apenas transitada y llena de apacibilidad. Buscó en su camisa hasta obtener un trozo de papel con la dirección de Virgilio. Calle del Mar 199, Mozimba. ¿Será por aquí? Esto parece el centro. ¡Y ni un taxi, es el colmo! Qué porquería de pueblo.
Caminó varias cuadras más, por otra callecita. Ningún vehículo transitaba por allí, sólo transeúntes cargando botes, cubetas, canastas, seviche de abulóóóóón y lapa. Rafael continuó caminando a la caza de un taxi. Muchas tiendas de ropa, cerradas. Sin darse cuenta, llegó al zócalo, donde había varios taxis estacionados. Rafael analizó cuidadosamente a los choferes, para no caer con un ladrón. Descubrió a uno de aire honesto y subió en su auto. Rumbo a Mozimba. El chofer enfiló por una callecita muy angosta y empinada. Todo se veía tan fresco, aunque el sol acariciaba las banquetas. Había más gente saliendo de todas partes. Rafael consideró que ya tenían mucho tiempo recorriendo calles. El chofer aclaró que Mozimba no estaba cerca, era rumbo a Pie de la Cuesta, en cuya carretera entraron. ¡Pero si ya estamos alejándonos de Acapulco! Es más adelante. Los montes que bordeaban la carretera se hallaban exuberantemente verdes; y el mar, sereno. Dieron muchas vueltas por la carretera y Rafael evitaba preocuparse: era claro que ya faltaba poco para llegar a la casa de su amigo. Salieron de la carretera para entrar en una callecita llena de baches que trepaba por un monte. ¿Falta mucho? Pues ya estamos en Mozimba pero no encuentro esa calle del Mar. El chofer pidió instrucciones a un peatón. Ah pues creo que es más arriba, a la derecha. No, a la izquierda. Bueno, allá arriba creo. ¡Qué ayudadota!, pensó Rafael. El motor del taxi caracoleó y petardeó ruidosamente al subir, entre más piedras y baches, hasta una intersección de cinco calles: una gran campana roja en una casa; y más allá de la falda del monte, el mar, inmenso; y en el fondo, la playa de Pie de la Cuesta: una línea dorada extendiéndose hasta el horizonte, con las olas rompiendo fuertemente con una blanca inmovilidad; una fila de árboles y palmeras inclinadas y la laguna de Coyuca, casi gris a esas horas, con las montañas azules a lo lejos. Rafael se asombró: la imagen era bellísima, reconfortante: tenía que ir allí, Dios mío, ese lugar es el paraíso. Pues a ver si por ésta le llegamos. Entraron por otra calle con agujeros de todos tamaños. El mar desapareció y sólo quedó una ladera muy verde con algunas, esparcidas, casas lujosas. Rafael volvió a inquietarse, por qué tantas vueltas. El chofer juraba no haber oído hablar nunca de ese monte del carajo. Dieron una vuelta más, ascendieron por una calle empinada y de nuevo se encontraron con la casa de la campana roja y Pie de la Cuesta en el fondo, con su belleza serena y primigenia. Ah chirrión, dijeron el chofer y Rafael. Escogieron otra calle y descubrieron una carreterita con más agujeros que asfalto, y dieron vueltas por varias cimas, y vieron el mar, y luego sólo la pared de monte, y pequeñas calles todas con agujeros y pedruscos, casas esparcidas con hermosos jardines o con jolecitos donde se asoleaban mujeres faldilargas; y de nuevo una calle empinada y se hallaron en la intersección de calles la casa con la campana roja y con Pie de la Cuesta y la laguna de Coyuca en el fondo, como una visión pacificadora. Pero Rafael apenas contenía su indignación. El chofer también se había enardecido pero más bien se hallaba intrigado: su orgullo profesional no admitía que unas calles de Mozimba le jugaran esas bromas. Arremetió con furia por otra callecita, en bajada. ¡Oiga, baje la velocidad, parecemos coctelera! El taxi cobró mayor velocidad, saltando, y el chofer, pálido, tuvo que frenar para dar una vuelta muy cerrada: la calle terminaba en una absurda glorieta junto a un mirador, de donde Pie de la Cuesta seguía viéndose radiante. Circularon la glorietita a toda velocidad y regresaron para llegar a las bocacalles anteriores. Otro camino más, lleno de agujeros. El taxi despedía nubes de polvo. Un callejón sin salida. Vuelta en u y de nuevo hacia atrás: dos calles. ¿Por aquí? A la derecha. Mejor preguntamos. Instrucciones vaguísimas que los condujeron a otra callecita embachada y enfrentada al mar. En el horizonte se había colocado una larga hilera de nubes de forma triangular: desde una pequeñita hasta otras enormes. Desde allí no se veía Pie de la Cuesta ni la laguna de Coyuca. Cuando menos lo esperaban desembocaron en una calle más o menos asfaltada que descendía peligrosamente hasta llegar a la carretera. Ya es algo. ¡Qué alivio! En la esquina encontraron a una señora que sí sabía y sí les quiso decir y finalmente dieron con Calle del Mar. El chofer quiso cuarenta pesos. ¡Usted me debería pagar por la pesadilla de estar dando vueltas y vueltas por el mismo lugar! Rafael acabó pagando veinticinco pesos que le dolieron hasta el alma. Mientras subía por una veredita llena de ramas, hacia el 199, se reprochaba haber perdido tanto dinero. Todos son unos ladrones aquí, éste fue un robo en despoblado, el imbécil debería conocer Acapulco, es su trabajo, ¿no?
¿Y la casa de Virgilio? La veredita había terminado y frente a ella sólo había dos paredes improvisadas con ladrillos y otras dos que atestiguaban la presencia de una vieja construcción. Techo de palma. A la derecha un cubículo de ramas. ¡Ése es el baño! Ésta no es casa, es la construcción de la decadencia, oh Dios, por qué por qué, no es posible. En el aire diversos pájaros cantaban pero también se oía música. Un disco. Traffic. Seems I have to make a change of scene cause every night I have the strangest dream, imprisoned by the way it could have been, left here on my own or so it seems, I’ve got to leave before I start to scream but someone’s locked the door and took the key. Rafael se sintió terriblemente cansado.
¡Virgilio!
No hubo respuesta. You feelin alright? Rafael volvió a llamar. I’m not feelin’ too good myself. Virgilio apareció, con media dona sostenida en su boca, con aire de extrañeza, casi con temor. Abrió los ojos al máximo al ver a Rafael.
¡Rfl qubno quvniste!, exclamó Virgilio tratando de tragar el pan seco que llenaba su boca. Se acercó a Rafael y lo abrazó con efusividad. Creí que nunca me harías el honor.
Rafael sonrió débilmente, haciendo alarde de su aire fatigado, pero amigable, jovial. Le narró las inclemencias del viaje, ese radiecito de transistores. Su radito je je, bromeó Virgilio vaciando más leche en un verdadero traste colocado sobre una parrilla eléctrica. La caminata hasta el zócalo por calles laterales. Qué pendejo eres zanca. El taxi y las vueltas interminables por los mismos lugares.
¿Pero verdad que ahorita todo está out of sight? Wow! ¡Qué color, matador! ¿Quieres un fuetazo?
Rafael se negó, escandalizado: cómo tan temprano. Pero Virgilio, sin conceder importancia a nada, encendió un cigarro hecho a mano como denotaba su grosor y empezó a fumarlo alternándolo con sorbos a una taza con leche y mordidas a otra dona. Indicó una taza humeante. Híjole, ni siquiera tiene un platito. Virgilio seguía fumando el cigarro de mariguana. Caray, lleva siglos ¿o ya me horneé? Tras un titubeo, Rafael estiró la mano, sin atreverse a pedir el cigarro. Virgilio lo miró, risueño. Qué. Cómo qué. Pásame la morita. Ah. Virgilio sonrió, rió quedamente, dio una chupada más y al fin tendió el cigarro a su amigo, sin dejar de verlo. Rafael, incómodo, casi lo arrebató y lo sometió a tres fumadas intensas, casi te lo acabaste, hijo. Pues de eso se trata, ¿no? Simón y Garfunkel.
¡Pero a qué horas salimos?, exclamó Rafael al sentir el sol penetrando hasta los huesos. Calaba. Y todo estaba verdísimo en su rededor.
Desde hace rayo, hijo. Estuvimos parroteando durante el atizapán hasta que pirañas el charro. Luego te clavaste con la posteriza, pero te sacó de onda el póster de Frank Zappa cagando y dijiste que mejor nos saliéramos y te dije vámonos de una vez a la playuca y te desvestiste y te pusiste el traje de baño y tus lentes y le llegaste aquí afuera y nomás vi cómo te clavabas viendo el almendro. Te dije que esta mostaza está súper.
Virgilio sonreía
Rafael frunció el entrecejo y no respondió. Estúpido. Buscó sus lentes oscuros, ansioso, hasta que se dio cuenta de que los tenía puestos. Ah. Ya se hallaban caminando por la calle agujerada. Ca-ramba. Casi con rencor Rafael observó que Virgilio iba tan campante, como si nada. Y fumó más que yo, ¿no?, yo fumé muchísimo, casi me acabé el cigarro, ¡y en ayunas!, uf, por eso. Por eso. Virgilio sonreía mirando a Rafael mientras caminaban. Sus ojos pequeñitos. Y el pelo adherido al cráneo como de negro, pero un poco más lacio. Vestía una camisa que casi cubría el traje de baño, vestigio de unos viejos pantalones vaqueros recortados. Iba descalzo, sin sentir las piedras. A Virgilio le fascinaba mirar en los ojos de los demás. Una mirada que procuraba ser tranquila, pero con una tranquilidad lo suficientemente notoria para inquietar. Rafael detestaba que Virgilio se le quedara mirando, ¡y mientras caminaban!, sentía la obligación de sostenerle la mirada. En ese momento Virgilio sonreía, con una camaradería tan notoria que Rafael presentía aires de superioridad. Yo puedo leer en ti ignorante. Nada más aguarda a que te eche el tarot. Pensándolo bien, a Virgilio siempre le había valido un cuerno que Rafael leyera el tarot. Para Rafael era habitual ser considerado como alguien que sabe más, un casisacerdote, ¡respeto a la Palabra del Señor! Con Virgilio, al revés (Oiligriv): simplemente le valía madre. Y no sólo eso: Rafael presentía que Virgilio se creía superior a él nada más porque aguantaba mayores cantidades de mariguana y porque (según Virgilio) su medio playero era muy sofisticado, lo máximo. Realmente pobre ton-to, qué risa. Su estatura espiritual es tan mínima como su estatura física. El vicio le quitó la sensibilidad. Está muy tranquilo, cómo no, pero porque ya no siente nada le importa, nunca ha advertido la naturaleza de lo que yo hago, mi-misión.
Sin embargo, cuando subieron en un autobús urbano, ya en la carretera hacia Acapulco, con el mar refulgiendo en frente, Rafael recordó que en realidad Virgilio sí se había interesado por la naturaleza de lo que Rafael hacía (su-misión). En más de una vez había escuchado, muy atentamente, las preocupaciones esotéricas de Rafael. Virgilio le pidió (incluso) que le echara las cartas, pero Rafael no pudo reunir el valor necesario para aclarar que cobraba, de algo tenía que vivir, ¿no?, y tampoco se decidió a leerle el tarot gratis. Virgilio sólo se interesaba en las drogas, los viajes, las viejas, mmmm… De cualquier manera, Virgilio nunca había mostrado entusiasmo, efusividad o algún sentimiento humano.
Virgilio observaba el mar, en silencio, con una sonrisa apenas perceptible. Con delectación. Rafael lo vio y una emoción muy intensa, resquebrajante, le llenó el pecho. Le daban ganas de llorar, nudo en la. Ojos acuosos fijos en Virgilio quien en ese momento veía la gente transitando por la calle. Ya se estaban acercando al centro de Acapulco. Rafael quiso decir a Virgilio que iba a leerle las cartas como a nadie, honestamente, con toda su percepción…, ¡y explicándole el significado de cada símbolo y de cada posición en el tendido! Rafael sonrió y se recostó un poco en el asiento, suspirando. Advirtió que las manos ya no le sudaban y que, fuera del camión, ¡ya vamos por la Costera!, sol intenso. Vio que Virgilio alzó sus lentes oscuros para ver por encima: entrecerró los ojos.
Flashback elemental
Your inside is out
Al acercarse a la playa, Rafael se entusiasmó: pidió que bajaran en la terminal, junto al frontón, para caminar por Caletilla y Caleta. En los restorantes de Caletilla había sombra y frescor; y en la playa, poca gente: niños muy prietos que sí disfrutaban. En el puente se veían las dos playitas, tranquilas; botes con fondo de cristal esperando clientela. Muy temprano todavía, hijo. Pero la arena ya quemaba y mejor caminar con las pequeñas olas limpiándoles los pies, refrescándolos, ni María Magalena y sus aceites, ¿estarían buenos los aceites de María Magalena? ¡Hasta el visigordo con los aceites de María Magalena! Los vendedores de nieve de limón y a la vez meseros de los restorantes de Caletilla recorrían las playas de arriba abajo, sin ver (como Rafael) el monte con el viejo hotel Caleta, el mar abierto, tranquilo, y la Roqueta a lo lejos. Llegaron a un restorán ubicado en el extremo de Caleta, donde Rafael cubrió, con su toalla, la silla en que tomó asiento. En otra mesa tres turistas bebían naranjadas, con dos niños: sendas ruedas salvavidas y helados de chocolate. Dos ancianas (las cursivas son de Rafael) bebiendo algo como vodka tónic o martini seco o daiquirí o frozen daiquirí derretido. De cualquier forma, qué horas de beber, y a qué edad (tan avanzada)… Un bolero dormitaba sentado en los escaloncitos que conducían a la playa. Los meseros conocían a Virgilio, quien no perdió oportunidad para saludar a todos por su nombre: qué nalgotas Manotas, qué tales Rosales, qué pasón Salmerón, qué ha pasado Hurtado, qué ha habido Sabido, matador Óscar Villegas Borbolla alias el Marvilo buenos días. Rosales los atendió. Oye Virgilio a ver si ya pagas. Que pague qué. ¿No me debes un toleco de unas chevodias que yo pagué por ti cuando tú andabas bien erizo? ¿Yo? ¿Cuándo? Ah pues yo creía. No andes creyendo zanquita. ¿Una cervezuca? Para mí una limonada, intervino Rafael. Oye Virgilio dile a tu cuate que se aliviane y se ponga con los buchannans, cómo una limonada. Maestro Rosales agarre usted la onda de mi cuate anda hasta el gorro. Pues que se cruce. No Rosales a mi cuate no le pasa el cruce de caminos, ¿o te gusta, hijo? Claro que no, replicó Rafael (colorado). ¿Y a poco tu cuate anda hasta el gorro ahorita? Maestro Rosales, no conoces al gurú Rafael: le llega como los buenos| ¡Con medio charro de moronga hasta ve alucinaciones!, agregó Virgilio, riendo quedito. Pues águilas entonces porque ahí andan unos monigotes de la Federal. Me la pelan, consideró Virgilio, pero Rosales ya se había ido. Oye, ¿de veras hay agentes? ¿No se nos notará? Claro que no, Rafael, nadie diría que estás hasta el gorro, cualquiera diría que andas retacado de pastillas, ¿está buena la mora o no? Oye Virgilio, ¿y no que había unas muchachas sensacionales por aquí? Yo nada más veo a las ancianas de la esquina. Espérate espérate compadre, no comas ansias: apenas son las diez y media. Ninguna gente respetable llega a la playa antes de las doce, vas a ver qué forros. Pues así lo espero. Nhombre olvídate. Aquí está la serpientemplumada y bien elodia Virgilio. Gracias Rosales, eres el mejor amigo del hombre. Oye Virgilio, preguntó Rosales, ¿no hay champú de afanar un poco de material? La Francine me dijo que si no le podía conseguir. ¿Francine te pidió? Yo le doy, no te apures. Tengo aceites, Rosales. ¿De cuáles? De los azulísimos, la neta son purísimos, la pura efectividad, nadana de speed, ácido puro como el de Sandoz: más puro todavía que el sunshine. No gracias zanquita yo soy de la onda peda. Entonces sacarrácate de aquí. Sacarrácale al trabajo. Rosales se fue, mientras Rafael bebía su limonada. Cuando llegaron a la playa aún se hallaba arriba, aunque a gusto. Pero cuando Rosales mencionó a los agentes, creyó: iba a desmayarse. Todo giró fugazmente, su cuerpo ardió y hasta estuvo seguro de que una de las ancianas que se emborrachaban en el fondo le hizo una seña que sólo podía traducirse como ¿cogemos? Después volvió a tranquilizarse y a advertir que en realidad ya no estaba tan high. La limonada sabía deliciosa, como ninguna antes. Caleta podía ser una playa desprestigiada pero era muy bella, qué colores, qué apacibilidad y el vientecito. Con razón todos los ricachones han vuelto aquí. A ver si puedo leer las cartas a alguno de los conocidos millonarios de Virgilio y saco un poco de dinero, no me caería nada mal. A éstos sí les podría leer el tarot de a deveras lo que les salga y lo que yo pueda entender: al fin que ni los conozco ni van a hacerse clientes míos. Así me aliviano espiritualmente, porque sigo los consejos de mi maestro; y económicamente, pues saco unas monedas. Sería espléndido regresar a México ¡con dinero! Rafael se dio cuenta de que Virgilio tenía un rato diciendo estos meseros siempre se portan así porque siempre los trato bien, ves, no cuesta nada, y les paso sus aceites de vez en cuando pero no les llegan porque se azotan. Los que sí les llegan son los gabachos. Y los vetabeles gabachos también, aunque no creas. Al rato va a venir un ruco panzoncito que se llama McMathers: una vez se empedó gacho en el Tugurius y Francine le metió un sunshine enterobioformo, matador. Cuando le prendió en serio se salió del Tiberios y a la playa: allí estuvo revolcándose hasta que llegó gente a la playa vendedores tú sabes y lancheros y todo el perradón. El ruco no podía ni hablar pero aguantó como los buenos. De vez en siglos le ha vuelto a llegar al ácido porque está esta viejita loca de que te hablé que se llama Francine: ella sí viaja y fuerte. Y como el ruco se quiere casar con Francine o no sé bien qué pedo se traen, hace todo lo que Francine quiere. Ah, puff es esa dama, la que está chupando allá en el fondo, ¿la ves? ¿La anciana? Ey. Al rato cotorreamos con ella. ¿Vamos a nadar? Fueron a nadar, no sólo a nadar: Virgilio propuso alquilar un deslizador, conozco a la encargada y me da chance de sacarlo sin importe y a mita de precio. A Rafael no le entusiasmaba la idea de subir en un deslizador porque presagiaba una quemada de piel espantosa; estaba todo blanco, como se burló Virgilio desde que lo vio en traje de baño… Hasta ahorita me estoy acordando de eso. Pero en realidad Rafael no se daba cuenta de nada, como no se dio cuenta de que por lucubrar Virgilio alquiló el deslizador (sin importe), lo botó en el mar y allí estaba Rafael, perplejo, viendo un remo sin saber qué hacer con él. Tú le das de este lado y yo déste. No hay pedro, vas a ver, tú déjame que yo haga de timón, además más para allá hay unas corrientoas que nos van a llevar a la Roqueta casi sin esfuerzo, nomás hay que salir de la bahía. Isn’t this groovy Rafael? I havva lotta friends there in México City and sometimes there’s a swell groove over there and all, but I’d just live here in Acapulco for the fuckin’ rest of my life! I think I wanna go to the States, mainly San Pancho, but just for a short trip, you know, take a trip with the Frisco heads and deal some acids and hear the bands and all that you know, but I’d come back to Acapulco sooner or later, this is my scene, man, the swingin’ scene, where the action is, wow! When was a kid | Oye habla en espapañol porque casi no te entiendo. Oh. Bueno. Pero no tatartamudees. Digo, cuando yo estaba muy chavito me escapé de mi cantera y me fui con una familia de gabachos a vivir en San Antonio pero nomás no me pasó el patín: esa familia le llegó de vacaciones a Acapulco y yo me quedé. La verdad es que ya les andaba por deshacerse de mí. Y yo me quedé aquí en Acapulco, Rafael, desde el cincuenta y ocho tú sabes, en el puro rol, el gran rolaqueo. Sí, una vez me platicaste dijo Rafael: estaba furioso: el sol le picaba por todas partes estaba seguro de que se iba a despellejar, y remar era cansadísimo. Ni sabía remar, ni quería dar una vuelta en deslizador. Y si se rema de pie, se va más rápido pero el cansancio es mayor. Y si se rema sentado hay poco remo en el aire y es pesadísimo: y las olas, aquí sí están más feas. Oye Virgilio, no nos iremos a voltear; estas olitas están medio peligrosas. Estas olitas son la base, hijo, la pura baselina: indican que ya estamos cerca de la corriente de pure ol’ waterola, y entonces no vamos a tener ni que remar, ¿y sabes qué? De regreso le voy a pedir a los de las lanchas que nos remolquen con un pinche mecate y nos vamos a todo ídem, cotorreando la brisa y el solapas. Me debí haber puesto aceite para broncear, reflexionó Rafael. Ah pues allá en la Roqueta puedes comprar, digo: si hay: sí hay. Finalmente llegaron a la Roqueta, muy cansados, y si hubo una corriente que los arrastrara, Rafael nunca la sintió, todo el tiempo fue ponerse de pie, volver a tomar asiento, hacerse tonto con el remo (cómo pesaba), para que Virgilio fuese quien remara en algunos tramos (muchos); a él se le ocurrió, ¿no? Que se aguante. Cuando llegaron a la playa de la Roqueta, Rafael se echó en el agua y allí se quedó largo rato; conteniendo la respiración bajo el agua, hecho ovillo, hasta salir a tomar aire y de nuevo a hundir la cabeza: nada más eso: ni nadó ni chapoteó. Virgilio hizo amistad con un turista que tenía una tapa redonda de hule. Empezaron a jugar, tirándose la tapa, la cual salía por el aire describiendo una parábola y nunca caía donde debía: el turista y Virgilio tenían que correr desaforados para atraparla en el aire. Rafael los vio jugar en una ocasión en que emergió para tomar aire y sin darse cuenta se descubrió incómodo porque Virgilio jugaba feliz con el gringo. Qué juego tan infantil: andar corriendo tras una tapita. ¡Rafael!, ¿no juegas?, propuso Virgilio y Rafael se negó: al instante se echó un clavado y nadó vigorosamente hacia dentro, para que vieran que él también se divertía, pero cuando se detuvo y descubrió que ya no había arena donde apoyar los pies, una sombra de terror fugaz se posesionó de él: nadó a toda velocidad hacia la orilla y salió preguntándose qué me pasa estoy loco o qué. Se tiró en la arena. Virgilio pasó corriendo cerca de él para atrapar, milagrosamente, la tapa de plástico. ¡Bravo! ¡Bravo!, gritaron y aplaudieron unos niños. Tres veces más Virgilio pidió a Rafael que jugara y hasta la última éste aceptó. Jugó un rato pero se le hizo idiota: muy fatigoso, además de que la tapa, al tirarla, cortaba la piel de la mano. Échala con efecto, that’s the trick!, indicó Virgilio, el gringo rió y Rafael lo intentó pero de plano fue imposible; yo no sirvo para estas cosas, pero colóquenme ante algo espiritual, ante problemas profundos, ante mentalidades complejas y las descifro. ¡Soy un mago! Dentro de poco asombraré a todos. Leeré las almas de la gente y la gente sentirá un ligero estremecimiento solemne al estar conmigo, porque estarán con alguien que conoce los misterios y sabe descifrarlos; pero no querré descifrarlos pues los misterios no se descifran más que para uno mismo. Después de todo es bonita esta isla. Dejaron de jugar, se despidieron del turista, bebieron una yoli, nadaron otro poco, sin hablar casi y decidieron regresar. Botaron el deslizador en el mar y Virgilio sonrió nerviosamente. Vamos al muelle a ver si nos remolcan, ¿no? De nuevo a remar, o a hacerse líos con el remo (enorme). Cuando llegaron al muelle, donde había varias lanchas, Virgilio se quedó pensativo y fingió que observaba a los lancheros, para ver quién los podía remolcar. La verdad es que le avergonzaba pedir el favor, casi no lo conocían. Uh ninguno de esos cuates es cuate; digo, todos son una bola de sangrones; vamos a tener que remarle, hijo, pero nomás un rayo, vas a ver: exactamente en la mitad del camino entre la isla y Caleta hay otra corriente que nos va a llevar casi hasta allá. ¿Otra corriente? Esa vez fueron por otra parte, sin enfilar hacia la virgen sumergida sino hacia la Quebrada; qué absurdo, pensó Rafael, pero en esa ocasión sí advirtió que una corriente los iba conduciendo hacia la orilla, donde había puras rocas grises, boludas, y trozos verdes de vegetación. Las olas golpeando. Pero también se veía un hotel perdido en el litoral, con una alberca natural de agua salada y otra de agua dulce, un nivel más arriba. Varios turistas yacían en los restiradores y hasta una pareja los saludó. Rafael no contestó el saludo, ya quería llegar llegar y dejar esa porquería de deslizador. En Caleta había mucha más gente: innumerables bañistas bordeaban la orilla, chapoteando; muy pocos nadaban más adentro, cerca de las boyas amarillas. En el restorán también había mayor clientela. Desde la playa se veía un gran movimiento. La señora de los deslizadores les regresó las camisas y la toalla de Rafael. Y en el restorán, Hurtado, Salmerón, Rosales y Manotas no se detenían, muy atareados. En las mesas había de todo: muchachos bronceados, shorts muy shorts o pantalón de mezclilla recortado. Estadunidenses o extranjeros, de grandes lentes oscuros y sombreros barbas pipas puros cigarros de 100 milímetros vasos de whisky en las rocas o cocteles pletóricos de yerbas y flores shorts hotpants bermudas camisas de seda camisas floreadas bikinis tejidos encendedores de oro zapatos blancos de piel de cabra miradas enrojecidas desveladas rostros frescos de todo como en todo, veredictó Rafael al tomar asiento. Esa vez Rosales tardó más en aparecer. Qué buen paseo, ¿no?, explicó Virgilio después de pedir otra cerveza de lata. Exprimió varios limones en el triángulo donde se veía agitarse el líquido con formaciones irregulares de espuma; echó considerables cantidades de sal, bebió largamente y después abrió la boca con un ¡ahhh! mudo. Se volvió a Rafael. A ver si se descuelga una chava que se llama Leticia. Está bastante pues simón, está muy bien, y es como la chingada. Ha asaltado bancos, hijo, pistolen mano, y maneja la transa y la finanza en todos los niveles. Una vez estuvo viviendo como queen con unos cheques de hule que cambió. Nomás que le pidieron su dirección y la pendeja dio su verdadera dirección… Mira, ahí sigue Francine empedándose gacho con la otra ruca su compañebria, gorda infecta. Se llama Gladys. Wow! Bueno, pues la tira le cayó a Leticia en el departamento donde la estaba engordando con su amiga Yolanda. Pues qué crees, la pinche dama salió hecha el pedo a la cocina y se descolgó de unos pinches tubos. Estaba muy alto. Digo, como cuatro pisos o algodón así. Cámara cabrón, quién sabe cómo le hizo: yo nunca me hubiera bajado: eran unos tubitos mierdas de esos de gas estacionario. En cada piso Leticia vio si había champú de clavarse en algún cuarto, ves, pero ni chicles. ¿No quieres una cheve? No gracias, esta limonada está bien. Está bien jodida. Bueno. Total, se metió en una ventana del pinche primer piso pero la puerta principal estaba cerrada con llave y no podía salir por ningún nuevolaredo, así es que ahí se quedó. Era un departamento de soltero, ves, un chavo vivía allí. Pues Leticia se bañó y se puso del English Leather del galán y una de sus camisas y agarró una revistuca, ¡un playboy!, jia jia, y a esperar. Cuando llegó el cuate pues imagínate, la chava ésta casi encuerada y deveras está muy bien: como caída del cielo: más bien: del tubo: te doy mis respetos maese. Quién sabe qué pinche cuento le hizo y le dio las nalgas, of course, y palabra de honor que coge riquísimo, y después el cuate la llevó hasta afuera. Ah pues fíjate. En el cuarto donde llegó la tiranía se quedó la otra chava, Yolanda, para hacer el paro, pero como también tiene el pelo lacio y el ojo verde y se parecen, los tiroides creyeron que ella era Leticia y se la llevaron a la Procu. Como era domingo, la pobre Yolita se tuvo que joder hasta el lunes para que la sacaran. Le han de haber dado pira los agentes y si no, qué pendejos. ¡Ya llegó Yolanda, hijo! Ahorita la llamo. Está loquísima. Cuál cuál cuál, disparó Rafael buscando por todo el restorán, desorbitado: nada más distinguió a las dos viejecitas (creo que una se llama Francine) que seguían bebiendo, en ese momento con un señor enjaibolado, de la edad de ellas o aun mayor: barriga peligrís y traje de baño hasta las rodillas. Enjaibolado fue a otra mesa, meneando la cara con aire salomónico. ¡Yolanda! ¡Yolanda! Llegó Yolanda. Alta, pelo negro y lacio, muy bien cuidado, y blusa transparente sobre el bikini y el cuerpo muy bronceado, el cual fue revisado de arriba abajo por Rafael en una fracción de instante fugaz. Siéntate no, Yolanda, échate una cheve con los. Quiero un stinger, avisó Yolanda. Ya vas. Mira, te presento a un amigo. ¿Dónde lo conociste? En el campo. ¿Era conejo? No, era pendejo. ¡Yolanda, por favor! Mi cuate se llama Rafael y dice Francine que es el mejor mamador que ha conocido. Rafael Coloradísimo. Yolanda estiró la cabeza hacia la derecha y alzó las cejas por encima de los lentes oscuros. Y tú en qué la giras, preguntó. Digamos que mi ocupación es poco frecuente, respondió Rafael con el tono más grave de su voz: el corazón le latía irregularmente. ¿Eres mamador profesional?, curioseó Yolanda. Rafael enrojeció. Soy especialista en Ciencias Ocultas, interpreto las cartas y el café entre otras cosas. ¿Entre qué cosas?, preguntó Virgilio, pero Yolanda afirmó al mismo tiempo: pues eres un vago como todos nosotros, aquí todos le hacen a la esoteria. Bueno, yo diría que es distinto, argumentó Rafael, condescendiente. A huevo que es distinto; tú cobras, consideró Virgilio. Rafael fingió no escuchar. El interés por la esoteria que tienen todos aquí me parece muy superficial. Digo, no es lo mismo. Yo he estudiado cómo hacerlo: disciplinas muy rigurosas y mucha práctica. Rafael tragó saliva. Había palidecido y su corazón latía con mayor vigor q
