Cuentos imprescindibles

Anton Chéjov

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

POR QUÉ NOS GUSTA CHÉJOV

Hasta que emprendí el largo y feliz viaje de leer todos los relatos de Antón Chéjov con el propósito de seleccionar los veinte que aquí se incluyen, apenas le había leído. Para un escritor de relatos, resulta espantoso admitirlo, y más aún tratándose de un escritor, como es mi caso, cuyos relatos se han visto muy influidos por Chéjov a través de mi relación con otros autores que han recibido una influencia directa de él: Sherwood Anderson, Isaac Babel, Hemingway, Cheever, Welty, Carver.

Como ocurre con muchos lectores norteamericanos que descubrieron a Chéjov en la universidad, mi experiencia con sus relatos fue repentina y breve, y se produjo prematuramente. Cuando lo leí a la edad de veinte años, desconocía su prestigio e importancia, o por qué debía leerlo (una de esas lagunas de ignorancia que intenta subsanar la enseñanza de humanidades). Sin embargo, como era propio de mi nivel de atención en aquella época, no recuerdo que nadie me dijera nada al respecto, salvo que Chéjov era un gran escritor, y que era ruso.

Y los relatos de Chéjov —en especial los más destacados—, pese a su aparente sencillez, su engañosa accesibilidad y claridad, siguen pareciéndome relativamente impenetrables para los jóvenes corrientes. En realidad, Chéjov me parece un escritor para adultos, un escritor cuya obra llega a ser provechosa, y también espléndida, cuando consigue dirigir la atención hacia sentimientos maduros, hacia complicadas reacciones humanas y casi imperceptibles alternativas morales circunscritas en dilemas mayores, cualquier parte de las cuales, si las encontráramos en nuestra compleja y precipitada vida con los demás, probablemente pasaría inadvertida incluso a la observación más sutil. El deseo de Chéjov es complicar y poner en tela de juicio nuestra impresión sobre personajes que, erróneamente, uno se creería capaz de comprender a simple vista. Casi siempre nos aborda con una gran seriedad centrada en algo que se propone hacer irreducible y accesible, y mediante esta concentración quiere insistir en que nos tomemos la vida a pecho. Tal instrucción, lógicamente, no siempre es fácil de seguir cuando uno es joven.

Mi propia experiencia universitaria consistió en la lectura del gran clásico de las antologías, «La dama del perrito» (publicado en 1899 e incluido aquí), que básicamente me causó perplejidad, si bien la franqueza y autoridad esenciales del relato me indujeron a sentir un gran respeto por lo que solo puedo describir como una luz gris de hondas emociones que emanaba del austero contenido del relato.

«La dama del perrito» trata del fortuito encuentro amoroso entre dos personas unidas en matrimonio a otras dos personas. Uno de los amantes es un aburrido hombre de negocios moscovita de mediana edad, y la otra, una ociosa recién casada de poco más de veinte años, ambos en un período de asueto marital en la ciudad balneario de Yalta, a orillas del mar Negro. Los dos entablan un breve y tórrido idilio, que al menos para el personaje principal del relato, Dmitri Gúrov, el hombre de negocios moscovita, no parece muy distinto de otros idilios de su vida. Y después de un corto y trepidante tiempo juntos, sus vacaciones concluyen de manera previsible. La joven esposa, Anna Sergéyevna, parte de regreso a su casa y a su marido en Petersburgo, mientras que Gúrov, sin planes concretos respecto a Anna, vuelve con su esposa —una mujer fríamente intelectual— y reanuda sus tediosas relaciones profesionales de Moscú.

Pero los efectos de Anna (la mismísima dama del perro, un pomerano) y de su aventura con ella pronto empiezan a contaminar y perturbar la vida cotidiana de Gúrov y a despertarle un devorador deseo, de modo que termina por urdir una mentira, marcharse de casa y viajar a Petersburgo, donde se reúne (más o menos) con la anhelante Anna, a quien encuentra en el entreacto de una obra de teatro con el expresivo título de La geisha. En las semanas posteriores a esta apasionada reunión entre los amantes, Anna establece la rutina de visitar a Gúrov en Moscú, donde —observa el narrador omnisciente— «se querían como dos seres muy próximos, muy unidos, como marido y mujer, como amigos entrañables; les parecía que era el mismo destino quien les había hecho el uno para el otro, y les resultaba incomprensible por qué él estaba casado y estaba casada ella. Eran igual que dos aves de paso, una pareja, a la que habían capturado y obligado a vivir en jaulas separadas».

Su unión, aunque abrasadora, pronto les parece condenada a seguir siendo furtiva e intermitente. Y en su secreto nido de amor del bazar Slavianski, Anna llora amargamente a causa de esa ingrata situación, mientras Gúrov, de manera un tanto imperiosa, se esfuerza por consolarla. Al final del relato, el narrador, como poniendo cara de póquer, concluye que «y parecía que un poco más y encontrarían la solución, y empezaría entonces una vida nueva, maravillosa, y para ambos estaba claro que hasta el final faltaba mucho, mucho, y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar».

Lo que yo no comprendía allá por 1964, a mis veinte años, era qué convertía en un gran relato —supuestamente uno de los más grandes jamás escritos— esta monótona sucesión de incidentes anticlimáticos. Yo sabía que trataba sobre la pasión, y que la pasión era un tema fundamental, y que, si bien Chéjov no lo describía, había sexo, y nada menos que sexo adúltero. Advertía asimismo que el efecto de la pasión era intencionadamente la pérdida, la soledad y la indeterminación, y que la institución del matrimonio quedaba mal parada. Esos eran sin duda aspectos importantes.

Pero me parecía que al final del relato, cuando Gúrov y Anna se dan cita en el hotel, lejos de las miradas de sus cónyuges, no ocurría apenas nada, o al menos yo no detectaba apenas nada. Hacen el amor (aunque entre bastidores); Anna llora; Gúrov dice nerviosamente: «Basta ya, querida mía —le decía—, has llorado y ya basta... A ver, hablemos. Algo se nos ocurrirá». Y ahí termina el relato, con Gúrov y Anna marchándose sin rumbo quién sabe dónde…, probablemente —pensé— a algún lugar que no nos resultaría muy fascinante si los acompañáramos. Cosa que no hacemos.

Allá por 1964 no me atreví a afirmar «Esto no me gusta», porque en realidad no podía decirse que no me gustara «La dama del perrito». Sencillamente no veía en el relato la razón para que a uno le gustara tanto. En clase, se estudió a fondo el párrafo inicial, que contiene la presentación —famosa por lo breve, compleja y sin embargo directa— de información significativa, temas y estrategias para prefigurar cómo se desarrollará posteriormente la historia. Por este motivo —la economía—, ese párrafo se consideró bueno. Se dijo asimismo que el final era admirable, porque no era muy dramático y no era concluyente. Pero, aparte de eso, si alguien aportó alguna razón más concreta sobre la excelencia del relato, yo no la recuerdo. En cambio, sí recuerdo claramente que pensé que el relato me superaba, y que Gúrov y Anna eran adultos (léase: enigmáticos, impenetrables) de un modo en que yo no lo era, y que sus acciones y palabras debían de revelar verdades sin precedentes sobre el amor y la pasión, solo que yo carecía de las aptitudes necesarias como lector o de la madurez necesaria como persona para reconocer dichas verdades. Seguramente al final pregoné que sí me gustaba el relato, aunque solo porque me sentía obligado a ello. Y no mucho después empecé a mantener la postura de que Chéjov era un escritor de relatos de importancia casi mística —y sin duda misteriosa—, un escritor que en apariencia contaba historias corrientes, pero que en realidad desentrañaba la verdad más sutil y, por eso mismo, más velada y trascendente. (Naturalmente, cuando la superficie de una obra literaria de reconocido valor —y de la propia vida— parece llana y uniforme, sigue siendo un útil método de investigación preguntarse si, tras una observación más detenida, no podría revelarse algo importante; y también entender que no es siempre el final de una historia el lugar donde localizar ese algo.)

En 1998, lo que diría que tiene de bueno «La dama del perrito» (y quizá el lector debería detenerse aquí, leer el relato y volver después para comparar impresiones), y el motivo por el que de hecho me gusta, es primordialmente que la narración no se centra en los convencionales elementos de interés —el sexo, el engaño y el desenlace final—, sino que, mediante la precisión, el ritmo y las decisiones acerca de qué contar, dirige nuestra atención hacia esos terrenos menos abruptos de una aventura amorosa donde a nosotros, como espíritus convencionales, podría pasársenos inadvertido algún detalle importante. Con su minuciosidad y escrupulosa observación, «La dama del perrito» demuestra que los sucesos corrientes presentan trascendentes alternativas morales —acciones humanas voluntarias susceptibles de ser juzgadas buenas o malas—, y por tanto tienen consecuencias en la vida que nos conviene tomar en consideración, aun si antes de leer el relato suponíamos que no era así. Me refiero en concreto a los un tanto prosaicos sentimientos «atormentados» de Gúrov en su casa de Moscú, seguidos de la decisión de visitar a Anna; la razonable indiferencia de su esposa ante su sufrimiento, el carácter repetitivo de sus idilios, la relativa brevedad de su satisfacción una vez realizados sus deseos, y la necesidad de engañarse a sí mismo para mantener encendida una pequeña pasión. Estos son aspectos del relato que el autor desea que no pasemos por alto, y que los consideremos importantes y les prestemos la atención que merecen.

Personalmente, desde mi perspectiva de escritor, también me interesa y complace la elección por parte de Chéjov de estos personajes y esta relación en apariencia anodina para otorgarles trascendencia y tratarlos con inteligencia, gracia y cierta compasión. Y supervisándolo todo se halla la utilización quirúrgica que Chéjov hace de su perspicaz narrador como inventor y mediador de la insípida y, aun así, provocativa vida interior de Gúrov en cuanto a las mujeres: «Le parecía que su dilatada y amargada experiencia le daba derecho a llamarlas como se le ocurriera, y no obstante sin aquella “raza inferior” no habría podido vivir ni dos días. En compañía de los hombres se aburría, se encontraba raro, se mantenía taciturno y frío, pero, cuando se hallaba entre mujeres, se sentía libre…»

Por último, en «La dama del perrito», sí parece bueno Chéjov en su faceta de ironista puntilloso y divertido, que encuentra el correcto lenguaje exaltado para acompañar los en absoluto exaltados amoríos del sobrio Gúrov y la acomodaticia Anna, y pone así de manifiesto el banal prosaísmo de su amor. Sentados en lo alto de un monte con vistas a Yalta y al mar, los dos amantes se abandonan a sus ensoñaciones, mientras el narrador medita maliciosamente sobre el paisaje.

Las hojas no se movían en los árboles, chirriaban las cigarras, y el monótono y sordo rumor del mar, que llegaba desde abajo, les hablaba de paz, del sueño eterno que nos espera.

Así sonaba el mar allí abajo, cuando aún no estaban aquí ni Yalta, ni Oreanda, así seguía ahora el rumor y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estuviéramos. Y en esta inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se esconde, quizá, el secreto de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento de la vida en la tierra, del constante perfeccionamiento.

Con los años, he llegado a tener en gran consideración «La dama del perrito», y no solo como el relato gracias a cuyas sutilezas empecé a saber cómo y por qué razón me gustaba Chéjov, sino también porque, debido a su ejemplar plenitud, llegué a experimentar la literatura en el sentido que le da F. R. Leavis en su famoso ensayo sobre Lawrence: entendiéndola como el medio supremo a través del cual «sufrimos una renovación de la vida sensual y emocional y adquirimos una nueva conciencia». El modo en que Chéjov representa esta aventura amorosa en tono menor, protagonizada por personas insignificantes y respetables, más que renovar, contribuyó a dar forma a mi conciencia de lo que podían implicar las palabras «vida emocional», pero también lo que podían ocultar y —significativamente— omitir.

Ahora bien, dejando de lado esta pequeña obra maestra, ¿qué clase de conciencia nos proporciona en general la lectura de los relatos de Chéjov? (Como si escribir relatos no guardara relación con la belleza, el acierto, la contención y la insinuación, sino que fuera un arte sujeto únicamente al utilitarista precepto de Walter Benjamin según el cual «toda historia real… contiene, abierta o encubiertamente, algo provechoso…» y «el narrador es un hombre que aconseja a sus lectores...».)

Naturalmente, no existe el relato «típico» de Chéjov, una circunstancia que en sí misma debería complacernos, y que en esencia reduce a un sinsentido el cómodo término seudocrítico «chejoviano». Ya que, si bien hay muchos relatos en los que la vida cotidiana ofrece una apariencia carente de interés y estéril desde el punto de vista dramático —excepto por el hecho de que Chéjov la convierte en objeto de una intensa investigación narrativa cuyo resultado es, digamos, el descubrimiento de una inesperada cobardía emocional o una dolorosa indecisión moral (tal es el caso del famoso relato «La grosella»)—, hay otros de un dramatismo incuestionablemente elevado, e incluso fulminante, que hace temblar las ventanas, nos alarma o encoleriza, nos provoca el llanto, y luego avanzan de manera desenfrenada hacia sus desenlaces fijados como trenes de carga. En «Enemigos», un joven y angustiado esposo irrumpe en casa de un médico a altas horas de la noche y le suplica que, fiel a su juramento, vaya a atender de inmediato a su esposa agonizante. (Asombrosamente, el propio hijo del médico acaba de expirar momentos antes.) A su pesar, el médico deja de lado su dolor y cumple con su obligación. Sin embargo, cuando llega a la casa del hombre, la esposa —también asombrosamente— no está allí, porque ha huido con otro hombre. El título del relato insinúa ya el vehemente desenlace de la noche.

Asimismo, si en general se cree que el característico final de Chéjov deja a los lectores intentando aferrar en el aire las respuestas a las profundas pero ambiguas vacilaciones morales presentes en el relato —respuestas que el autor no ha ofrecido porque las consideraba demasiado intelectualmente reductivas o porque no quería—, existe a la inversa el Chéjov por completo directo que de manera sistemática nos cuenta exactamente lo que desea que sepamos. En «El beso», otro integrante asiduo de las antologías, un joven oficial de los cosacos ve trastrocada su vida por el beso que, por equivocación, le da una misteriosa mujer con quien se obsesiona de inmediato. Solo más tarde, al final del relato, el joven oficial comprende que sus esperanzas sensuales y emocionales no se verán renovadas, porque nunca encontrará a la misteriosa mujer ni el beso se repetirá. «Y el mundo entero, la vida toda, le parecieron a Riabóvich una broma incomprensible y sin objeto. Apartando luego la vista del agua y tras haber elevado los ojos al cielo, recordó otra vez cómo el destino en la persona de aquella mujer desconocida le había acariciado por azar, se acordó de sus ensueños y visiones estivales, y su vida le pareció extraordinariamente aburrida, mísera y gris.»

Y por último, si se piensa que todos los relatos de Chéjov rebosan trascendencia y severidad como la luz gris que ilumina momentáneamente al pobre y no besado Riabóvich, tenemos también al Chéjov burlesco de «Fracaso». Aquí, los expectantes padres de una desdeñosa joven casadera escuchan a través de un tabique mientras su hija es cortejada por el maestro de escuela y poeta menor Schupkin. El plan de los padres es irrumpir, en algún momento comprometedor, en la habitación como la policía, portando un icono (el padre, el viejo Péplov, cree que «una bendición con un icono es sagrada y vinculante»). Pero justo cuando el incauto Schupkin besa por fin con avidez la mano de la hija y los padres cruzan la puerta atropelladamente balbuceando sus bendiciones de pretendido valor contractual, Péplov descubre que su esposa (la en exceso ansiosa Kleopatra), en lugar de un icono, ha cogido un absurdo retrato de un autor —Lazhéchnikov— y ha frustrado así la anhelada boda. A modo de envoi del relato, el narrador nos informa discretamente de que, en el alboroto de la catástrofe, «el maestro de caligrafía aprovechó la confusión y escapó».

De hecho, es frecuente la aparición del humor en Chéjov, a menudo en momentos sorprendentes pero nunca equívocos. Al igual que en Shakespeare y en Faulkner y en Flannery O’Connor, el giro cómico no solo intensifica y actúa como contrapeso de la gravedad de un relato serio, sino que además humaniza nuestra propia familiaridad, predestinada con lo que es grave, permitiendo que salga a la luz el contexto más pleno, más real, de la vida, aun mientras nos señala un método autorizado de aceptación: la risa. (Siendo la aceptación y la obstinada continuidad de la vida temas de interés permanente para Chéjov.)

En el magistral relato largo «Relato de un desconocido», una saga de venganza, engaño moral, ofensa, absurdo y huida, Chéjov, casi en el movimiento inicial del relato, introduce una de sus características —y en este caso, asombrosamente ácida— descripciones de un personaje (en parte concebidas para deleitarnos, claro está). Y con ella, observa la casi insondable complejidad y la vileza de la especie humana, a la vez que aumenta nuestra resistencia a los actos depravados de la vida que escapan a nuestro control. Así pues, es Kukushkin, típico ciudadano de Petersburgo, concejal, cobarde adlátere del reacio y poco escrupuloso marido Orlov, quien se convierte en blanco de la virulencia del autor:

Era un hombre con maneras de lagarto. Más que andar, diríase que se arrastraba con paso menudo, balanceándose y exhalando un ¡ji, ji, ji! Al reírse enseñaba los dientes. Funcionario de misiones especiales … [y] y era pancista hasta la médula, pero de un pancismo ramplón y limosnero. Con tal de obtener cualquier crucecilla extranjera o de ver en los periódicos su nombre entre los de personajes de alto cargo asistentes a un funeral o a una misa, hubiera sido capaz de las mayores indignidades, de mendigar, de halagar o de prometer lo que fuese.

Al desmantelar la empobrecida personalidad del abyecto Kukushkin, es como si Chéjov suscribiera la antigua y cómica máxima que rige la dualidad básica de la vida: si nada es gracioso, nada llega a ser realmente serio.

En sus relatos, lejos de sucumbir a alguna forma de tipicidad o de ser reconocible por un esquema, Chéjov parece tan comprometido con el carácter variopinto de la vida que los relatos nos producen la sensación que Ford Maddox Ford debía de tener en mente cuando observó que el efecto general de la ficción «debe ser el efecto que la vida ejerce sobre el género humano» (con lo cual, según he pensado siempre, quería decir que la ficción ha de ser persuasivamente importante, profusa, irreducible en sus ambigüedades, estar colmada de placeres diversos, y estar siempre al borde de resultar irreconocible, salvo por el hecho de que nuestra inteligencia ordenadora nos impulsa fervientemente a la claridad). En Chéjov, no hay actitudes sucintas o previsibles respecto a nada: las mujeres, los niños, los perros, los gatos, el clero, los maestros, los campesinos, los militares, los hombres de negocios, los funcionarios, el matrimonio, o la propia Rusia. Y si algo puede calificarse de «típico», es su insistencia en que permanezcamos muy atentos a los matices de la vida, sus gestos íntimos y sus más nimias connotaciones morales. «La falta de amor y la infelicidad… ¡qué interesante era eso!», piensa Nadya Zelenin, de dieciséis años, en «Después del teatro» tras ver una representación de Eugen Onegin. «Hay algo hermoso, conmovedor y poético cuando uno ama y el otro se mantiene indiferente.»

De hecho, todos los relatos de Chéjov a menudo no parecen —pero por su lenguaje formal y directo— siquiera ingeniosos (aunque esa sería una falsa impresión), sino más bien la laboriosa descripción paso a paso de una precisa constelación a ras de tierra de la existencia común y corriente, representando cada relato un movimiento sutilmente diferenciado dentro de un único y prolongado gesto de la vida establecida.

Merece la pena mencionar aquí qué es exactamente lo que nos llama la atención acerca de la sutileza de Chéjov, ya que sin duda la percepción de una gran sutileza es lo que suele quedarnos a la mayoría después de la lectura de «La grosella» o «El beso», relatos donde la superficie de la vida parece rutinaria y continua, en tanto que Chéjov va iluminando sus otros territorios sumidos en la oscuridad, como un modo de inventar lo que es nuevo, fundamental o calamitoso en la existencia humana.

Una sutileza ejemplar es que aquello que los lectores aprendemos al final sobre el género humano —parte de nuestra nueva conciencia— con frecuencia se asemeja mucho a lo que podríamos averiguar sobre una persona que conocemos íntimamente. En realidad, la reacción más habitual ante algún señalado momento de descubrimiento moral en un relato de Chéjov —que lo que tal personaje ha hecho es correcto, que lo que tal otro ha pensado no lo es— casi siempre es, para consuelo nuestro, de reconocimiento más que de sorpresa, como si en el fondo supiéramos ya que la gente era así, pero hasta ese momento no hubiéramos necesitado desvelarlo. Ese es el caso en «Campesinos». En este relato, el camarero tuberculoso Nikolái Chikildéyev viaja de regreso a su pobre pueblo quizá para morir, pero también, por desgracia, para volver a experimentar la absoluta miseria y degradación de su pasado familiar, donde las palizas y las borracheras son la nota dominante. Chikildéyev en efecto muere, casi al final del relato, pasando prácticamente inadvertido a su ensimismada y revuelta parentela. Pero antes de que esto ocurra el narrador emite un grave veredicto que los lectores ya sabemos que es cierto incluso antes de leerlo, pese a que nunca lo habríamos emitido por temor a lo que pudiera significar acerca de nosotros. (Naturalmente, la intención de Chéjov es que lo admitamos, y convierte esa admisión en una de las sagaces trampas éticas del relato.)

Sasha y Motka y todas las niñas que se encontraban en la isba, se acurrucaron en el rincón de la estufa, tras las espaldas de Nikolái, y desde allí oían los gritos en silencio y despavoridas. Oían palpitar sus pequeños corazones. Cuando en una familia hay un enfermo ya sin esperanzas de sanar y que tarda en morirse, a veces se suceden momentos penosos en que todos los allegados desean en el fondo de su alma que muera.

¿Podemos decir, al leer esto, que es una total sorpresa que la vida y una larga relación culminen con tan lamentable noticia? Pero, por otra parte, ¿podemos decir que alguna vez hemos pensado eso en concreto?

¿O qué decir de la siguiente disquisición sobre la belleza en el relato «Las bellezas»?

Esa belleza [declara el narrador respecto a una joven] me producía una sensación un tanto extraña. No era deseo ni éxtasis ni goce lo que Masha despertaba en mí, sino una tristeza dolorosa pero grata. Era una tristeza vaga e indefinida como un sueño. Por alguna razón me compadecía de mí mismo … incluso de la propia muchacha … y tenía la impresión de que todos … hubiéramos perdido algo importante y esencial en la vida que nunca volveríamos a encontrar.

El perturbador efecto de la belleza exquisita en la vida cotidiana: pérdida, dolor, pesar. Una perspectiva muy poco halagüeña. Pero ¿quién no la ha vislumbrado de manera fugaz entre los encantos más prometedores de la belleza, y la ha apartado bruscamente de su vista?

No es que estos relatos rebosen de máximas llenas de significación. Chéjov no se distingue por la tendencia al aforismo, y por lo general prefiere hacer hincapié en el modo en que la vida lucha sin el menor heroísmo por alcanzar la normalidad, en lugar de ofrecer momentos en que la vida es excepcional o, mediante una astuta observación, se la reviste de una apariencia excepcional. Y, pese a lo repletos de experiencia de la vida que están los relatos, Chéjov también parece regular y mezclar la cantidad de complejidad que contienen, como si existieran límites al grado de significado literario que podemos tener en cuenta. Sus relatos rara vez se resuelven en desenlaces dramáticos y epifánicos. Y, eludiendo en gran medida esta estrategia, parecen remitirnos de nuevo a sus propios detalles interiores, a menudo en absoluto sensacionales. Ahí debemos reconsiderar los momentos cuyo carácter decisivo y trascendente hemos pasado por alto y posiblemente ver con mayor claridad al género humano. Por consiguiente, no solo nos conmueve que el pobre Nikolái vuelva a casa para morir y muera sin apenas dramatismo (sin dramatismo al final), sino que también nos afecta, cuando revisamos el relato, el hecho de que Chéjov —el maestro de las más sutiles distinciones humanas— haya escogido precisamente a esas personas, a esos censurables campesinos, para elevarlas a la condición de ejemplares humanos.

Puede decirse con relativa certeza que con la elección del relato como forma narrativa Chéjov optó por no representar toda la vida, no incurrir en el exceso, sino dar forma a partes discretas de la vida y centrar en estas nuestra atención y más agudas sensibilidades como método de indispensable instrucción moral; no intentar lo que, según Walter Benjamin, siempre intenta la novela: «llevar al extremo lo inconmensurable en la representación de la vida». Chéjov conmensuró sus relatos de acuerdo con la vida y con una visión de ella que podemos aceptar de una manera casi casera. Apenas nunca da a entender que la vida no merece la pena vivirla, ni nos hace sentir desorientados o demasiado en deuda con su genialidad. Por el contrario, pone su genialidad a nuestra altura y la acomoda a nuestra capacidad de comprensión, en un acto de empatía cuyo mensaje es que la vida es básicamente como la conocemos en nuestros esfuerzos por aceptarla y seguir adelante.

Todo esto puede ser solo una manera de decir que la razón por la que nos gusta tanto Chéjov, ahora al final de nuestro siglo, es que sus relatos del fin de siglo anterior nos parecen muy modernos, se ajustan mucho a nuestro tiempo y a nuestra mentalidad. Sus meticulosas anatomías de los complejos impulsos y reacciones humanos, su concepción de lo que es gracioso y patético, su lúcida atención a la vida tal como es vivida…, todo ello se corresponde de algún modo con nuestra experiencia. Tenemos la impresión de que sus relatos podrían escribirse hoy en día, publicarse en The New Yorker, y leerse con placer y avidez por su perspicacia, sin modificaciones ni notas a pie de página para explicar la época o la procedencia extranjera. Para nosotros, tan fresca adecuación al presente no solo confirma la continuidad y redentora vitalidad del impulso literario, sino que a la vez nos garantiza que formamos parte de un continuo y que somos perdurables. Cómo nos sentimos en la actualidad por la muerte de una esposa, nuestra amante casada, nuestro abogado inepto, nuestras lealtades hacia nuestros parientes abandonados, por el modo abrumador en que la vida presenta tal abundancia de subjetividad y tal escasez de verdad objetivable; exactamente así se sentían los rusos en un tiempo ya lejano, y en el que al igual que ahora un relato se consideraba una respuesta salvadora. Chéjov hace que nos sintamos corroborados, indemnizados dentro de nuestra fragilidad humana, e incluso un tanto esperanzados respecto a nuestra capacidad para afrontar la vida, poner orden y encontrar claridad.

Con Chéjov, compartimos la franqueza de la inalienable existencia de la vida; compartimos la convicción de hasta qué punto resultaría beneficioso que una mayor cantidad de sensación humana pudiera elevarse a un lenguaje claro y expresivo; compartimos la concepción de que la vida (en particular la vida con los demás) es una superficie bajo la cual debemos esforzarnos por construir un trasfondo convincente, a fin de que sea posible aferrarse a más cosas con menor desesperación, y compartimos una esperanzada intuición de que algo más de nosotros mismos —en especial esas partes que creemos que solo nosotros conocemos— puede ser susceptible de exponerse de manera clara y útil.

Este último es, de hecho, el caso del triste, dolido y abandonado Piotr Mijáilych Ivashin de «Vecinos», retratado por Chéjov en franca retirada de sus frustrados intentos por «rescatar» a su hermana Zina de los brazos de Vlásich, hombre casado y pomposo seductor. Aquí, hacia el final del relato, encontramos uno de los grandes y plenos momentos de Chéjov, cuando como lectores nos damos cuenta de que, si bien es posible que no hayamos estado exactamente aquí antes, reconocemos una situación y un conjunto de emociones que deberían servirnos de lección: revelar un sentido más agudo de cómo somos realmente en cuanto humanos, un sentido para el cual el lenguaje y la información convencionales no proporcionan gran ayuda. De ahí la necesidad de la observación literaria.

Vlásich caminaba junto al estribo derecho y Zina junto al izquierdo. Los dos parecían haber olvidado que tenían que volver a casa, aunque había mucha humedad y quedaba ya poco hasta la arboleda de Koltóvich. Piotr Mijáilych se dio cuenta de que esperaban algo de él, aunque ni ellos mismos sabían qué, y sintió por ambos una profunda piedad. Ahora, cuando marchaban junto al caballo pensativos y sumisos, tuvo la profunda convicción de que eran desgraciados y de que no podían ser felices, y su amor le pareció un error triste e irreparable. La piedad y la conciencia de que no podía hacer nada en su favor le produjo esa enervación en la que, para evitar el fatigoso sentimiento de la compasión, está uno dispuesto a cualquier sacrificio.

Aunque poco después y con mayor mordacidad aún, cuando Mijáilych empieza a tomar amarga conciencia de que ha calculado mal el amor y la pasión y de que tales errores van a ser el rasgo distintivo de su vida, el narrador de Chéjov observa:

Se sentía apesadumbrado. Cuando terminó la arboleda, puso el caballo al paso y luego, junto al estanque, lo detuvo. Sentía deseos de permanecer inmóvil y de pensar. Había salido la luna y se reflejaba como una columna rojiza al otro lado del estanque. A lo lejos retumbó el sordo estruendo del trueno. Piotr Mijáilych miraba sin pestañear el agua y se imaginaba la desesperación de su hermana, su dolorosa palidez y los secos ojos con que trataría de ocultar a la gente su humillación. Imaginó su embarazo, la muerte y el entierro de la madre, el horror de Zina... Los horribles cuadros del futuro se dibujaron ante él en la oscura superficie del agua, y entre las pálidas figuras de mujer se vio él mismo, pusilánime, débil, con la cara de quien se siente culpable...

Como lectores de literatura imaginativa, siempre vamos en pos de pistas, de señales: ¿Dónde en la vida buscar con mayor diligencia? ¿Qué no dejan pasar inadvertido? ¿Cuál es el origen de tal clase de calamidad humana, de tal clase de júbilo y placer? ¿Cómo podemos vivir más cerca de ésta y más lejos de aquella? Y para buscadores como nosotros, Chéjov es un guía, quizá el guía.

Para los escritores del siglo XX, su presencia, naturalmente, ha incidido en todos nuestros supuestos sobre qué es un tema apropiado para una narración imaginativa; sobre qué momentos en la vida son demasiado cruciales o preciosos para relegarlos al lenguaje convencional; sobre cómo deberían comenzar los relatos, y las diversas formas entre las que un escritor puede elegir para terminarlos; y, lo más importante, sobre lo inapelable que es la vida y, por tanto, lo tenaces que han de ser nuestras representaciones de ella.

Sin embargo, más que ninguna otra cosa, es el gran equilibrio de Chéjov lo que nos emociona y admira, nuestra conciencia como lectores de que relato a relato, paso a paso en la esfera de la existencia humana observable, la medida de Chéjov es perfecta. Dados los temas, los personajes y las acciones que pone en juego, automáticamente tenemos la sensación de que todo lo importante está siempre presente en Chéjov. Y por esa razón nuestras imaginaciones se ven espoleadas a saber exactamente a qué responde ese gran equilibrio, cuál es la urgencia subyacente por la que casi todos los relatos de Chéjov nos llevan a sentirnos, gozosa o dolorosamente, más asentados en la vida. Como adultos, suele gustarnos lo que nos incita a saber más, y nos sentimos halagados por una firme autoridad que primero nos inspira confianza y luego nos ofrece buenos consejos. Ciertamente da la impresión de que Chéjov nos conociera.

Por último, los relatos aquí reunidos nunca son difíciles pero a menudo exigen mucha atención; son siempre densos pero nunca ampulosos; son en ocasiones acres pero rara vez desesperanzados. No obstante, de vez en cuando, leyendo el conjunto de los relatos de Chéjov (más de doscientos veinte), he experimentado un secreto alivio cuando, aquí o allá, un relato parecía en cierto modo menor, estaba escrito posiblemente con relativo descuido, permitiéndome imaginar bajo una nueva luz al más humano de los escritores como un hombre sin la carga de una demoníaca obsesión por la obra maestra, un hombre que yo podría haber conocido, como un escritor en efecto dispuesto a introducirnos en la pensativa conciencia de los gatitos (!) y asegurarnos para nuestra tranquilidad que nada demasiado importante ocurre allí: «El gatito yace despierto, pensando. ¿En qué? … El alma de otro es oscuridad, y el alma de un gato más que otras muchas. … El destino había querido que fuera el terror de los sótanos, los almacenes y los graneros, y de no haber sido por educación … pero no nos anticipemos». («¿Quién era el culpable?»)

No más anticipación, pues. Simplemente lean estos magníficos relatos, primero por placer, y no los lean demasiado deprisa. Cuanto más se detengan en ellos, más releerán, más experimentarán y sentirán que se dirige a ustedes este gran genio, que, sorprendentemente, a pesar de la distancia y el tiempo, tuvo en común con nosotros un mundo que conocemos y consideró un gran privilegio la oportunidad de redimirlo mediante el lenguaje.

RICHARD FORD

15 de julio de 1998

cap-2

NOTA DEL EDITOR

En la selección de estos relatos no he utilizado más criterio que mi gusto e instintos de lector. No me he propuesto en modo alguno dar a conocer un tema o «abarcar» el período de mayor productividad en la vida de Chéjov, desde comienzos de la década de 1880 hasta 1902. Algunos fervientes lectores presuponen que Chéjov solo llegó a ser «Chéjov» bien entrada la década de 1890, cuando sus relatos cobraron un cariz más sombrío y grave. (Murió de tuberculosis en 1904.) Pero concentrarse exclusivamente en estos relatos tardíos ofrecería la imagen de un Chéjov más sobrio, e incluso más literario, de lo que en realidad era, y por tanto he incluido algunos más desenfadados, más caprichosos e incluso melodramáticos, de mediados de la década de 1880, todos ellos excelentes, a mi juicio. «Fracaso» y «Champagne» se encuentran entre estos, como también la magnífica fábula «Kashtanka», de 1887. En mi opinión, los relatos más graves de Chéjov —«El pabellón número 6», «La dama del perrito», «Campesinos»— solo pueden apreciarse de manera plena si se es consciente de la amplitud de la experiencia, el humor y el temperamento que él cultivó y de la que era heredero. Y a través de esta amplia experiencia podemos —para nuestro enriquecimiento— formarnos una idea del gran arco de la vida en el que eligió, y del que se derivó y floreció su genialidad.

R. F.

cap-3

Cuentos imprescindibles

cap-4

FRACASO[1]

Iliá Serguéich Péplov y su mujer Kleopatra Petrovna, de pie junto a la puerta, escuchaban ávidamente. Por lo visto, al otro lado, en la pequeña sala, tenía lugar una declaración de amor. A su hija Natáshenka se le declaraba el maestro de la escuela del distrito, Schupkin.

—¡Muerde el anzuelo! —susurró Péplov, temblando de impaciencia y frotándose las manos—. Cuidado, Petrovna; tan pronto se ponga a hablar de sentimientos, descuelga el icono y entramos a darles la bendición. Los pescaremos... La bendición con el icono es sacrosanta e inviolable... Ya no podrá escabullirse, aunque recurra a los tribunales.

Entre tanto, tras la puerta tenía lugar la siguiente conversación:

—Deje en paz su carácter —decía Schupkin, encendiendo una cerilla en sus pantalones a cuadros—. ¡A usted, no le he escrito ninguna carta!

—¡Ya, ya! ¡Como si no conociera yo su letra! —reía a carcajadas la joven, chillando afectuosamente y contemplándose sin cesar en el espejo—. ¡La he reconocido enseguida! ¡Es usted bien extraño! ¡Maestro de caligrafía, y hace una letra como una gallina! ¿Cómo enseña a escribir si usted mismo escribe mal?

—¡Hum! Esto no significa nada. En caligrafía lo importante no es la letra, lo principal es que los alumnos no se distraigan. A uno le das con la regla en la cabeza, a otro lo pones de rodillas... La letra... ¡bah! ¡No tiene importancia! Nekrásov fue escritor, y hay que ver lo mal que escribía. En la edición de sus obras completas hay una muestra de su letra.

—Una cosa es Nekrásov y otra usted... (suspiro). Con un escritor yo me casaría de buena gana. ¡Siempre me escribiría versos, me los dedicaría!

—Versos, también puedo escribírselos yo, si quiere.

—¿Y sobre qué puede usted escribir?

—Sobre el amor... sobre los sentimientos... sobre sus ojos... Los leerá y se quedará turulata... ¡Le brotarán las lágrimas! Si le escribo versos poéticos, ¿dejará que le bese la manita?

—¡Como si eso importara!… ¡Bésela si quiere ahora mismo!

Schupkin se levantó de un salto y, abriendo mucho los ojos, se precipitó sobre la manita regordeta, que olía a jabón de huevo.

—Descuelga el icono —se apresuró a decir Péplov, dando con el codo a su mujer, palideciendo de emoción y abotonándose—. ¡Vamos! ¡Venga!

Y sin esperar un segundo, Péplov abrió la puerta.

—Hijos... —balbuceó alzando la mano y parpadeando llorosos los ojos—. El Señor os bendiga, hijos míos... Vivid... fructificad... reproducíos...

—También... también yo os bendigo... —articuló la mamá, llorando de felicidad—. ¡Sed felices, queridos! ¡Oh, se lleva usted mi único tesoro! —añadió dirigiéndose a Schupkin—. Ame, pues, a mi hija, cuide de ella...

Schupkin se quedó con la boca abierta por la sorpresa y el susto. El asalto de los padres había sido tan repentino y audaz que el joven no podía pronunciar ni una palabra.

«¡Buena la he hecho! ¡Me han enredado! —pensó mudo de horror—. ¡Se te ha caído el pelo, hermano! ¡De esta no te escapas!»

Y presentó sumisamente la cabeza como si quisiera decir: «¡Me rindo, estoy vencido!»

—Os ben... os bendigo... —prosiguió el papá, y también se puso a llorar—. Natáshenka, hija mía... ponte a su lado... Petrovna, dame el icono...

Pero el padre dejó de llorar súbitamente y su rostro se contrajo de cólera.

—¡Pepona! —dijo irritado a su esposa—. ¡Cabeza de alcornoque! ¿Acaso es esto el icono?

—¡Ah, santos del paraíso!

¿Qué había sucedido? El maestro de caligrafía alzó tímidamente los ojos y vio que estaba salvado: la mamá, en su precipitación, en vez de descolgar de la pared el icono, había descolgado el retrato del escritor Lazhéchnikov. El viejo Péplov y su esposa Kleopatra Petrovna, con el retrato en las manos, estaban confusos, sin saber qué hacer ni qué decir. El maestro de caligrafía aprovechó la confusión y escapó.

cap-5

LA DESGRACIA[1]

Sofia Petrovna, esposa del notario Lubiántsev, una mujer joven y hermosa, de unos veinticinco años, paseaba lentamente por el cortafuego del bosque con el abogado Ilín, vecino suyo de veraneo. Eran algo más de las cuatro de la tarde. Sobre la franja talada se habían condensado unas nubes blancas y esponjosas; por debajo de ellas aparecían, aquí y allá, retazos de un cielo intensamente azul. Las nubes permanecían inmóviles, como prendidas en la cima de los altos y viejos pinos. No se movía una hoja, el aire era sofocante.

A lo lejos, la franja quedaba cortada por el pequeño terraplén de la línea del ferrocarril; en aquella ocasión andaba por allí, vaya a saber por qué, un centinela armado con un fusil. Inmediatamente después del terraplén, se veía el blanco edificio de una iglesia de seis cúpulas con las planchas del tejado cubiertas de herrumbre...

—No esperaba encontrarle a usted aquí —decía Sofia Petrovna mirando al suelo y moviendo con la punta de la sombrilla las hojas del año anterior—, pero ahora estoy contenta de haberle encontrado. Necesito hablar con usted seria y definitivamente. Se lo ruego, Iván Mijáilovich, si usted realmente me ama y me respeta, ¡ponga fin a sus persecuciones! Me sigue usted como una sombra, siempre me mira con ojos aviesos, me declara su amor, me escribe cartas extrañas y... ¡y no sé cuándo va a terminar todo esto! Dígame, ¿a qué puede conducir? ¡Dios mío!

Ilín callaba. Sofia Petrovna dio todavía unos pasos y prosiguió:

—Y este cambio brusco se ha producido en usted en unas dos o tres semanas, tras cinco años de conocernos. ¡No le reconozco, Iván Mijáilovich!

Sofia Petrovna miró de reojo a su acompañante. Él, entrecerrando los ojos, contemplaba atentamente las esponjosas nubes. La expresión de su rostro era iracunda, encaprichada y distraída, como la del hombre que sufre y, al mismo tiempo, se ve obligado a escuchar sandeces.

—¡Me sorprende que usted mismo no lo pueda comprender! —prosiguió Lubiántseva, encogiéndose de hombros—. Comprenda que está usted ideando un juego no muy bonito que digamos. Yo estoy casada, amo y respeto a mi marido... tengo una hija... ¿Es posible que para usted todo esto no cuente en absoluto? Además, como viejo amigo mío, conoce usted mi punto de vista sobre la familia... sobre los cimientos de la familia en general...

Ilín carraspeó con cierto despecho y suspiró.

—Los cimientos de la familia... —balbuceó—. ¡Oh, Dios!

—Sí, sí... Amo a mi marido, le respeto y, en cualquier caso, estimo la paz familiar. Antes me dejaré matar que ser la causa de la desgracia de Andréi y de su hija... Por el amor de Dios, se lo ruego, Iván Mijáilovich, déjeme en paz. Seamos, como antes, buenos amigos, acabe con todos estos suspiros y ayes que no le cuadran. ¡Decidido y zanjado! Ni una palabra más sobre el asunto. Hablemos de otra cosa.

Sofia Petrovna volvió a lanzar otra mirada de soslayo al rostro de Ilín. Él seguía mirando hacia lo alto, estaba pálido y se mordía, irritado, los trémulos labios. Lubiántseva no comprendía por qué se ponía furioso ni de qué se indignaba, pero su palidez la conmovió.

—No se enfade, seamos amigos... —dijo con ternura—. ¿De acuerdo? Aquí tiene mi mano.

Ilín tomó con sus dos manos la manita regordeta de ella y se la llevó, despacio, a los labios.

—No soy un colegial —balbuceó—. No me seduce en lo más mínimo la amistad con la mujer amada.

—¡Basta, basta! Decidido y zanjado. Hemos llegado al banco, sentémonos...

A Sofia Petrovna se le llenó el alma de una dulce sensación de tranquilidad: lo más difícil y vidrioso ya estaba dicho, la dolorosa cuestión estaba ya resuelta y terminada. Ahora ya podía ella respirar sin angustia y mirar a Ilín directamente a la cara. Le miró y un sentimiento egoísta de superioridad de la mujer amada sobre el enamorado le inundó el alma como una dulce caricia. Le agradaba que aquel hombre fuerte, un verdadero gigantón, de rostro viril y enojado, de gran barba negra, inteligente, culto y, según dicen, de talento, se hubiera sentado, obediente, a su lado y hubiera bajado la cabeza. Permanecieron dos o tres minutos sentados, en silencio.

—Todavía no hay nada resuelto ni zanjado... —empezó Ilín—. Usted me habla como si estuviera leyendo un librito de moral: «Amo y respeto a mi marido... los cimientos de la familia...». Todo esto lo sé sin usted, y aún puedo decirle más. Le digo con toda sinceridad y honradez que considero mi conducta delictiva e inmoral. ¿Qué más puede pedirse? Pero ¿a qué decir lo que de todos es sabido? En vez de soltar frases huecas, mejor sería que me explicara: ¿qué debo hacer?

—Ya se lo he dicho: ¡haga un viaje!

—Ya he salido cinco veces, usted lo sabe muy bien, y las cinco he vuelto a medio camino. Puedo mostrarle los billetes de los trenes directos, los conservo todos. ¡No tengo suficiente voluntad para huir de su lado! Lucho, lucho terriblemente, pero ¿para qué diablos sirvo yo, si carezco de temple, si soy débil y apocado? ¡No puedo luchar contra la naturaleza! ¿Comprende? ¡No puedo! Huyo de aquí, pero ella me retiene por los faldones. ¡Maldita, abominable impotencia!

Ilín se puso colorado, se levantó y echó a andar junto al banco.

—¡Rabio como un perro! —refunfuñó, apretando los puños—. ¡Me odio, me desprecio! Dios mío, me arrastro, como un jovenzuelo depravado, tras una esposa ajena, escribo cartas idiotas, me humillo... ¡eh!

Ilín se agarró la cabeza, carraspeó y se sentó.

—¡Y encima, su falta de sinceridad! —prosiguió con amargura—. Si está usted contra mi juego, nada bonito, ¿por qué ha venido aquí? En mis cartas le pido solo una respuesta categórica y franca: sí o no. Y usted, en vez de darme una respuesta franca, ¡se las arregla todos los días para encontrarse «casualmente» conmigo y me suelta citas de un librito de moral!

Lubiántseva se asustó y se puso como la grana. Experimentó de pronto una desazón como la que sienten las mujeres honradas cuando alguien las sorprende desnudas.

—Diríase que tiene usted sospechas de que yo trame un juego... —balbuceó ella—. Yo siempre le he dado a usted una respuesta franca y... ¡y hoy le he suplicado!

—¡Bah! ¿Acaso se suplica, en estas cuestiones? Si de buen comienzo me hubiese dicho: «¡Largo de aquí!», haría tiempo que me habría largado, pero usted no me lo ha dicho. No me ha respondido francamente ni una sola vez. ¡Extraña indecisión! Como hay Dios, o está usted jugando conmigo o...

Ilín dejó la frase sin concluir y apoyó la cabeza en los puños. Sofia Petrovna empezó a rememorar su conducta, desde el comienzo hasta el fin. Recordó que todos aquellos días no solo de hecho, sino incluso en sus más recónditos pensamientos, se había rebelado contra el galanteo de Ilín. Reconocía, sin embargo, que en las palabras del abogado había una pizca de verdad. Pero no sabía cuál era esa verdad, y por más que pensara no supo qué decir a Ilín en respuesta a su queja. Callar resultaba incómodo, y dijo, encogiéndose de hombros:

—Encima seré yo la culpable.

—No la culpo por su falta de sinceridad —suspiró Ilín—. Se lo he dicho así porque se me ha ocurrido... Su falta de sinceridad es natural y está en el orden de las cosas. Si las personas se pusieran de acuerdo y se volvieran de pronto sinceras, todo se iría al diablo.

Sofia Petrovna no se sentía con muchos deseos de filosofar, pero se alegró de que se le presentara una oportunidad para variar de conversación.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque solo son sinceros los salvajes y los animales. Dado que la civilización ha introducido en la vida la necesidad de algo tan cómodo como es, por ejemplo, la virtud de la mujer, la sinceridad está fuera de lugar...

Ilín, enojado, se puso a hurgar en la arena con el bastón. Lubiántseva le estaba escuchando sin comprender mucho de lo que él le decía, pero la conversación le gustaba. Le gustaba, en primer lugar, que un hombre de talento hablase con ella, una mujer como muchas, y que tratara de «problemas complicados», y, además, le proporcionaba una gran satisfacción observar los movimientos de aquel rostro joven, pálido, animoso y aún enfadado. Muchas cosas no las comprendía, y, sin embargo, para Lubiántseva resultaba clara aquella hermosa valentía del hombre contemporáneo, la valentía con que él, sin titubear y sin turbarse en lo más mínimo, resolvía grandes problemas y establecía conclusiones definitivas.

De pronto la mujer se dio cuenta de que le estaba admirando y se asustó.

—Perdone, pero no le comprendo —se apresuró a decir—, ¿por qué se ha puesto a hablar de la falta de sinceridad? Se lo ruego una vez más: sea un buen amigo, de buen corazón, ¡déjeme en paz! ¡Se lo pido con toda sinceridad!

—Está bien ¡seguiré luchando! —suspiró Ilín—. Lo haré de buen grado... Pero difícilmente sacaré nada de mi lucha. O me meteré una bala en la frente o... me pondré a beber de la manera más estúpida. ¡Nada bueno me espera! Todo tiene sus límites, también los tiene la lucha contra la naturaleza. Dígame, ¿cómo se puede luchar contra la locura? Si uno bebe vino, ¿cómo logrará vencer la excitación? ¿Qué puedo hacer yo si su imagen se ha clavado en mi alma y se yergue de manera obsesiva ante mis ojos, día y noche, como ahora este pino? Bueno, explíqueme, ¿qué hazaña he de llevar a cabo para liberarme de ese estado abyecto y desdichado, cuando todos mis pensamientos, deseos y sueños no me pertenecen a mí, sino a cierto diablo que ha tomado posesión de mi ser? Yo la amo, la amo hasta el punto de haber salido de mis carriles, he abandonado mi trabajo y a mis amigos. ¡Me he olvidado de Dios! ¡En mi vida había amado así!

Sofia Petrovna, que no esperaba semejante viraje, inclinó el cuerpo, como alejándose de Ilín, y le miró, asustada, la cara. Vio las lágrimas apuntándole en los ojos, los labios trémulos, una expresión famélica y suplicante que se le había derramado por todo el rostro.

—¡La amo! —balbuceaba él, acercando sus ojos a los grandes ojos asustados de ella—. ¡Es usted tan hermosa! Sufro, aunque le juro que me pasaría toda la vida sentado aquí, sufriendo y mirándola a los ojos. Pero... ¡cállese, se lo suplico!

Sofia Petrovna, como cogida por sorpresa, comenzó a pensar deprisa, muy deprisa, con qué palabras podría detener a Ilín. «¡Me iré!», decidió, pero no había tenido tiempo aún de iniciar un movimiento para levantarse, cuando Ilín se había hincado de rodillas a sus pies... Le abrazaba las piernas, la miraba a la cara y hablaba con pasión, con ardor, con elocuencia. El miedo y el vértigo impedían a Sofia Petrovna oír las palabras del hombre; no sabía por qué, en ese momento de peligro, cuando las rodillas se le doblaban agradablemente, como en un baño tibio, la mujer buscaba con cierta malignidad viperina un sentido a sus sensaciones. La ponía furiosa que todo su ser, en vez de alzarse con la protesta de la virtud, estuviera colmado de una sensación de impotencia, de pereza y de vacío, como le ocurre al borracho a quien nada le arredra. Solo en el fondo del alma cierto lejano pedacito se burlaba malignamente como diciendo: «¿Por qué no te vas? ¿Tiene que ser así, pues? ¿Sí?»

Buscando un sentido en sí misma, no comprendía por qué no había retirado la mano a la que Ilín se había pegado como una sanguijuela, ni a qué santo se apresuraba ella a mirar, al mismo tiempo que Ilín, a derecha e izquierda por si alguien estuviera observando. Pinos y nubes permanecían inmóviles y miraban severos, a la manera de los viejos preceptores, que ven la travesura, pero se comprometen, por dinero, a no denunciarla a la dirección. El centinela se había quedado plantado, como un poste, en el terraplén y, al parecer, miraba hacia el banco.

«¡Que mire!», pensó Sofia Petrovna.

—Pero... pero ¡escúcheme! —articuló ella, por fin, con acento desesperado—. ¿A qué conducirá todo esto? ¿Qué sucederá después?

—No lo sé, no lo sé... —musitó él, agitando la mano como para liberarse de pensamientos desagradables.

Se oyó el silbido ronco y temblón de una locomotora. Este sonido frío y ajeno de la vida cotidiana sobresaltó a Lubiántseva.

—No tengo tiempo... ¡es la hora! —dijo ella, levantándose rápidamente—. Llega el tren... ¡Viene Andréi! Ha de cenar.

Sofia Petrovna se volvió, con el rostro encendido, hacia el terraplén. Primero se arrastró despacio la locomotora, tras ella aparecieron los vagones. No era el tren de cercanías, como creía Lubiántseva, sino uno de carga. Los vagones, en largo rosario, como los días de la vida humana, se extendieron, uno tras otro, sobre el blanco fondo de la iglesia, ¡parecían no tener fin!

Pero he aquí que el tren terminó de pasar y el último vagón, con los faroles y el guardafrenos, desapareció tras el follaje. Sofia Petrovna dio bruscamente media vuelta y, sin mirar a Ilín, retrocedió a toda prisa por el claro del bosque. Ya se había dominado. Roja de vergüenza, ofendida no por Ilín, no, sino por su propia falta de carácter, por la desvergüenza con que ella, una mujer virtuosa y honesta, había permitido que un extraño le abrazara las rodillas, no pensaba más que en llegar cuanto antes a su casa de veraneo, junto a su familia. El abogado apenas podía seguirla. Al dejar el claro doblando por un estrecho sendero, ella le echó una mirada tan rápida que solo le vio las rodillas polvorientas, y le hizo un signo con la mano para que no la siguiera.

Ya en su casa, Sofia Petrovna permaneció unos cinco minutos inmóvil en su habitación, mirando ora la ventana ora su mesa de escribir...

—¡Infame! —se insultaba—. ¡Infame!

A despecho de sí misma, recordaba con todos los detalles, sin ocultar nada, que todos aquellos días se había opuesto a los galanteos de Ilín, pero se había sentido inclinada a ir a su encuentro para tener una explicación con él; más aún, cuando él se había arrodillado a sus pies, Sofia Petrovna había experimentado un placer insólito. Lo recordaba todo, sin compadecerse, y, muerta de vergüenza, ganas sentía de darse unas bofetadas.

«Pobre Andréi —pensaba, procurando imprimir en su rostro una expresión lo más tierna posible al recordar a su marido—. ¡Varia, mi pobre niñita, no sabe qué madre tiene! ¡Perdonadme, queridos! Os quiero mucho... ¡mucho!»

Y, deseando probarse a sí misma que todavía era una buena esposa y una buena madre, que la corrupción aún no había atacado los «cimientos» de que había hablado a Ilín, Sofia Petrovna corrió a la cocina y se puso a gritarle a la cocinera por no haber preparado aún la mesa para Andréi Ilich. Se esforzaba en imaginarse el aspecto cansado y hambriento del marido, cómo le dirigiría en voz alta palabras de compasión y cómo le serviría con sus propias manos la cena, cosa que nunca hacía. Después fue a buscar a su hija Varia, la levantó en brazos y la abrazó con calor. La pequeña le parecía pesada y fría, pero no quería confesárselo, y se puso a explicarle cuán bueno, honesto y cariñoso era su papá.

En cambio, cuando poco después llegó Andréi Ilich, apenas le saludó. La oleada de sentimientos afectados se había desvanecido sin haberle demostrado nada; solo la había irritado y enfurecido por su falsedad. Sofia Petrovna estaba sentada junto a la ventana, sufría, se enojaba. Solo cuando los golpea la desgracia los hombres pueden comprender cuán difícil es dominar los propios sentimientos y pensamientos. Sofia Petrovna contaba, luego, que se había producido en ella «tal revoltijo, que le resultaba tan difícil entender algo como contar una bandada de gorriones en vuelo veloz». Al ver, por ejemplo, que no se alegraba de la llegada del marido, que no le gustaba la manera en que él se conducía en la mesa, llegó de súbito a la conclusión de que empezaba a odiarle.

Andréi Ilich, decaído por el hambre y la fatiga, atacó el salchichón, mientras esperaba que le sirvieran la sopa, y lo comió con avidez, masticando ruidosamente y moviendo las sienes.

«Dios mío —pensaba Sofia Petrovna—, yo le amo y lo respeto, pero... ¿por qué mastica de manera tan repugnante?»

En sus pensamientos la confusión no era menor que en sus sentimientos. Lubiántseva, como todas las personas poco experimentadas en la lucha contra los pensamientos desagradables, se aplicaba con todas sus fuerzas a no pensar en su desventura, pero cuanto m

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