Años luz

James Salter

Fragmento

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Vida bebida

 

por INÉS MARTÍN RODRIGO

 

 

 

No tiendo a la grandilocuencia, ni cuando hablo ni al escribir. Intento no dejarme llevar por ella, de la misma manera que evito, en ambas circunstancias, la vital y la literaria, la nostalgia, que es como la memoria corrompida. Por eso no he dudado a la hora de comenzar estas líneas asegurando, con la certeza de la experiencia, que hay autores y libros que te cambian la vida. Semejante afirmación no busca conmover conciencias lectoras. Tampoco persuadir de que quien la escribe está en posesión de la verdad, siempre esquiva, por inaprensible, en la ficción y sus muchos derroteros narrativos. Sólo se atiene a los hechos, al menos a los míos, que es el contexto, subjetivo, desde el que siempre se escribe. En mi caso, ese autor fue James Salter (1925-2015).

Cuando lo descubrí, hace ya más de una década, en mitad de una severa convalecencia, en un artículo de opinión en el que un escritor al que sigo admirando describía el gozo de pasarse «Noches leyendo a James Salter» (así se titulaba la pieza), puso mi mundo patas arriba, y no sólo el literario. Me fiaba, con la ilusionante ceguera que comporta siempre el hallazgo, del criterio de aquel autor culto pero no pedante ni impostado. Confiaba en él, lo mismo que espero que ahora haya lectores que se fíen de mí si les digo que se adentren en el delicado universo creativo de Salter, y lo hagan empezando por Años luz. Así lo hice yo entonces, comencé leyendo aquella novela que una década después tengo la suerte de prologar, porque la vida es un puro cuento. «Sabemos que la mayoría de las grandes novelas e historias surgen de un perfecto conocimiento y de una minuciosa observación.» Son palabras de Salter, pero las hago mías, pues, como él, sospecho de los escritores que aseguran, vanagloriándose además de ello, que se lo inventan todo. No es posible, ni siquiera cosa de ciencia ficción.

La suerte a la que he hecho referencia en el párrafo anterior me acompañó aquel año, el de mi descubrimiento de James Salter. Tengo la fortuna de poder ganarme la vida mediante la grata y fértil convivencia de mis dos mayores pasiones: la literatura y el periodismo. Gracias a este último, oficio de tantas entregas y desvelos como el literario, pero más ingrato, tuve la oportunidad de conocer a aquel autor cuya lectura me había cambiado la vida. En breve me caducará el pasaporte que a mediados de diciembre de 2013 renové para poder volar hasta Nueva York y, una vez allí, coger un autobús que me llevó hasta la localidad de Bridgehampton, en los míticos Hamptons, donde Salter tenía una casa.

La noche previa a nuestra conversación, fijada por el autor a las once de la mañana en un breve intercambio de correos electrónicos que todavía conservo, en un hotel en el que yo era la única huésped, y no es una licencia literaria, terminé de leer Años luz. Recuerdo, con la misma intensidad que si lo estuviera haciendo ahora, que al cerrar la novela me puse a llorar. Soy sensible, pero no de lágrima fácil. Aquel fue un llanto sereno, no provocado por el final del libro, sea éste el que sea, sino debido a la belleza que, a lo largo de 381 páginas, había visto recreada sin que perdiera, en ningún párrafo, en ninguna frase, un ápice de luminosa intensidad. Estaba maravillada. Bendito asombro, el literario.

Dormí poco, a ratos. Fue una curiosa vigilia durante la que no paré de evocar, entre el ensueño y la noctámbula realidad, la historia contada por Salter en la novela, la de Viri y Nedra, el matrimonio Berland, su concepción y ocaso a lo largo de los años que devienen en décadas... y en fracaso. Es eso lo que narra Salter: el final de un amor que, en realidad, no se acaba mientras la vida continúa. Su prosa, adictiva y sugerente, artesanal, llena de matices, es capaz de describir, sin caer en la cursilería, la pasión que, pese a todo, desprende una ruptura amorosa. Eso sentí entonces, aquella noche, y eso he vuelto a experimentar diez años después al volver a los párrafos marcados en la novela, a los de hace una década y a los de ahora, frases que te explican a ti y a quien duerme a tu lado: «El corazón está a oscuras, sin saber, como esos animales que viven en minas y nunca han visto la luz del día. No tiene lealtades ni esperanzas; cumple su cometido.»

A la mañana siguiente, acudí a mi cita con aquel escritor que me había cambiado la vida antes de conocerlo. Todavía lo cuento con deleite. No me canso de hacerlo. Me abrió la puerta, sorprendido de que me hubiera cruzado el océano sólo para charlar con él, y me invitó a entrar. Pasamos juntos varias horas durante las que, claro, le pregunté por Años luz. «En realidad, hay dos vidas: la que aparentamos vivir y la que realmente vivimos. Es algo obvio. No creo que sea una tragedia, es la condición humana», me dijo como resumen de un libro que me llevé firmado de su casa y que conservo en mi biblioteca como el tesoro que es.

En una ocasión, según recuerda en El arte de la ficción (Salamandra, 2018), Salter dijo que Años luz era «como las losas gastadas de la vida conyugal: todo lo ordinario, todo lo prodigioso, todo lo que la hace plena o la amarga; se prolonga durante años, décadas, y al final da la impresión de haber visto pasar las cosas como desde la ventanilla de un tren, un prado allí, árboles, casas, pueblos oscuros, una estación de vez en cuando». En ese libro, un pequeño pero hermoso tratado sobre la escritura, Salter también explica que cuando volvió a leer la novela se dio cuenta de que era «una composición musical, entreverada, melancólica por momentos, que se hace pasar por libro. Pretende ser heroica, sobre cómo aprovechar el regalo de la vida. [...] De creer al libro, y el libro es sincero, la historia gira en torno a ese mundo denso construido sobre el matrimonio, una vida cercada por muros ancestrales. Gira en torno al recuerdo de esos tiempos».

Unos tiempos muy concretos, y reales, que transcurren en Nueva York. En 1975, James Salter publicó Años luz y ese mismo año se divorció de su primera mujer, Ann Altemus. Pero no fue en su fracaso matrimonial en el que se inspiró para escribir la novela. Los recreados en la ficción fueron Laurence y Barbara Rosenthal, amigos de Salter y de su esposa y con los que compartían vecindario en la ribera del Hudson. Quiso la causalidad que una tarde de verano el autor se cruzara en Lexington Avenue con Barbara y su hija Nadia. Salter salía de las oficinas de la editorial Random House y llevaba un ejemplar de Años luz, que ese día había llegado a las librerías. «Esto es para ti», le dijo el escritor a su amiga, y le tendió el libro.

De vuelta a casa, mientras madre e hija atravesaban en coche el puente George Washington, Nadia empezó a leer en voz alta fragmentos de la novela. Había tantos detalles que les resultaban familiares… La frase con la que arrancaba el segundo párrafo del segundo capítulo fue definitiva: «Nedra trabajaba en la cocina, se había quitado los anillos.» Era lo que Barbara siempre hacía, quitarse los anillos para cocinar. Entonces lo supo: Viri y Nedra eran Laurence y ella. Esa misma noche, leyó el libro y su marido lo hizo después. Se quedaron asombrados. No sabían si sentirse halagados o molestos. Su amigo Jim, su vecino, no les había dicho nada de la novela. Los dos matrimonios se distanciaron y, al poco tiempo, ambos acabaron divorciándose. Salter fue capaz de anticiparse al curso de la vida, la previó en la ficción, pero nada pudo hacer para cambiar el desenlace.

Cuando, en Años luz, los personajes llegan a los cuarenta, la edad que yo tengo ahora, parecen haber vivido ya lo suficiente de ese sentimiento turbador, quizá irrepetible, que los llevó a casarse y a tener dos hijas, aunque fueran circunstancias sobrevenidas. La pasión entre ellos se ha extinguido, pero no renuncian a volver a experimentarla con otra persona. Es una decisión valiente, admirable y aterradora, ese momento en el que eliges vivir tu vida, no la de los demás, no la de tu familia. Y tiene mucho que ver con las elecciones que los autores tomamos al escribir. Si no las adoptamos, corremos el mismo riesgo: dejar de vivir. Por eso Salter llevaba siempre una libreta en la que iba apuntando trozos de realidad. Sólo así pudo componer, cual partitura, Años luz, un libro hecho de versos en prosa como estos: «No hay una vida completa. Hay sólo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos escurra entre los dedos. Y, sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños, hay que ser irreflexivo como una tortuga. Hay que ser resuelto, ciego. Porque cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia, como tirar piedras al mar.»

Lo dice el narrador, en tercera persona, en uno de los últimos capítulos de la novela, en los que, pese a la proximidad del crepúsculo, el fulgor no desaparece: «Hay horas en las que uno literalmente bebe vida.» Y está en lo cierto. Cada hora leyendo a James Salter es una de vida bebida.

 

INÉS MARTÍN RODRIGO

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AÑOS LUZ

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PRIMERA PARTE

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Surcamos el río negro, sus bancos lisos como piedras. Ni un barco, ni un bote, ni una mota de blanco. El viento ha roto, agrietado la superficie del agua. Es ancho, interminable este gran estuario. El río es salobre, azul por el frío. Discurre borroso por debajo de nosotros. Las aves marinas que lo sobrevuelan giran y desaparecen. Surcamos velozmente el ancho río, un sueño del pasado. Rebasadas sus aguas profundas, el fondo empalidece la superficie, traspasamos los bajíos, las embar­caciones varadas en la playa para pasar el invierno, los ­embarcaderos desolados. Y, alados como gaviotas, nos elevamos, viramos, miramos atrás.

El día es blanco como papel. Las ventanas están congeladas. Las canteras están vacías, la mina de plata inundada. El Hudson es aquí vasto, vasto e inmóvil. Una región oscura, un paraje de esturiones y de carpas. En otoño plateaba de sábalos. Los gansos dibujaban en el cielo su larga y cambiante uve. La marea sube desde el mar.

Dicen que los indios buscaban un río que «discurriera en los dos sentidos». Lo encontraron aquí. La cuña de sal penetra no menos de cincuenta kilómetros; a veces llega hasta Poughkeepsie. Aquí había lechos enormes de ostras, focas en el puerto, caza inagotable en los bosques. Este gran tajo glacial, con sus bahías nupciales, las calas de apio silvestre y arroz, el río majestuoso. Los pájaros, como signos de puntuación, cruzan en vuelo uniforme. Parece que se aproximan despacio, luego aceleran y pasan por encima como flechas. El cielo es incoloro. Atisbo de lluvia.

Todo esto era holandés. Después fue inglés, como tantas otras cosas. El río es un reflejo. Contiene sólo silencio, un frío relumbrante. Los árboles están pelados. Las anguilas duermen. El cauce es tan hondo que podrían surcarlo transatlánticos; si quisieran, dejarían pasmadas a las ciudades de tierra adentro. En las marismas hay tortugas y cangrejos, garzas, gaviotas Bonaparte. Las cloacas de las ciudades vierten más arriba. El río es sucio, pero se lava a sí mismo. Los peces, aletargados, fluyen con la marea.

A lo largo de las riberas hay casas de piedra, que ya no están de moda, y casas de madera, oreadas y escuetas. Todavía existen fincas, pervivencias de las grandes parcelas del pasado. Cerca del agua, una espaciosa mansión victoriana, de ladrillo pintado de blanco, sobrevolada por altas copas de árboles, un jardín tapiado, un invernadero derruido con herrajes a lo largo de la cubierta. Una casa junto al río, demasiado baja para el sol de la tarde. La inundaba, en cambio, la luz de la mañana, la luz del este. El mediodía era glorioso. La pintura se ha oscurecido en ciertos puntos des­nudos. Los senderos de grava se deshacen; en los cobertizos anidan pájaros.

Paseábamos por el jardín, comiendo las manzanas pequeñas y ácidas. Los árboles eran secos y nudosos. Estaban encendidas las luces de la cocina.

Un coche que regresa de la ciudad sube el sendero de entrada. El conductor entra en la casa un momento, hasta que oye la noticia: el poni se ha escapado.

Se enfurece.

—¿Dónde está? ¿Quién ha dejado el pestillo descorrido?

—Oh, Dios, Viri. No lo sé.

En una habitación con muchas plantas, una especie de solárium, hay un lagarto, una serpiente parda, una tortuga dormida. El peldaño de la entrada es alto, y la tortuga no puede escaparse. Duerme en la grava, con las patas muy juntas. Sus uñas son de color marfil, curvadas y largas. La serpiente duerme, y también el lagarto.

Viri, con el cuello de la chaqueta alzado, sube la cuesta trabajosamente.

—¡Ursula! —llama. Silba.

Ha oscurecido. La hierba está seca; cruje al hollarla. Ha sido un día sin sol. Avanza hacia los rincones alejados, la carretera, los campos contiguos, gritando el nombre del poni. Quietud en todas partes. Empieza a llover. Ve al perro tuerto que pertenece a un vecino, una especie de husky de hocico gris. Tiene el ojo cerrado por completo, cegado; hace tanto tiempo que lo perdió que se le ha recubierto de pelaje, como si nunca hubiera existido.

—¡Ursula! —grita.

—Está aquí —dice su esposa cuando él vuelve.

El poni está cerca de la puerta de la cocina, sosegado, oscuro, comiendo una manzana. Él le toca los belfos. El animal le muerde distraídamente en la muñeca. Tiene los ojos negros, brillantes, y las pestañas largas y erráticas de una mujer borracha. Su pelaje es espeso y su aliento muy dulce.

Ursula —dice. El poni gira ligeramente las orejas y luego se olvida—. ¿Dónde has estado? ¿Quién te ha abierto la cuadra?

Ursula no le presta atención.

—¿Has aprendido a abrir sola?

Le toca una oreja; está caliente, fuerte como una herradura. La lleva a la cuadra, cuya puerta está entornada. Fuera de la cocina se sacude la tierra de los zapatos.

Hay luces por todas partes: una casa espaciosa, iluminada. Moscas muertas del tamaño de judías yacen detrás de las cortinas de terciopelo, hay bultos en las esquinas del empapelado, el cristal de la ventana desfigura las cosas. Viven en un aviario, en un panal. Los tejados son de pizarra gruesa, las habitaciones como comercios. Esa casa no emite ningún sonido; en la oscuridad es como un barco. Dentro, si uno aguza el oído, se oye de todo: agua, voces tenues, la lenta y medida criba del grano.

En el cuarto de baño principal, con sus tintes, esponjas, jabones de color té, libros, ejemplares de Vogue abarquillados por el agua, Viri humea, en paz. El agua le llega por encima de las rodillas; le penetra hasta el hueso. Hay alfombras en el suelo, hay una canasta llena de cantos lisos, un vaso vacío de un azul muy intenso.

—Papá —llaman las niñas desde el otro lado de la puerta.

—Sí.

Está leyendo el Times.

—¿Dónde estaba Ursula?

—¿Ursula?

—¿Dónde estaba?

—No lo sé —les responde él—. Se ha ido a dar un paseo.

Ellas aguardan a que les diga algo más. Es un narrador, un cuentista de prodigios. Escuchan a la espera de sonidos, de que la puerta se abra.

—Pero ¿dónde estaba?

—Tenía las patas mojadas —anuncia él.

—¿Las patas?

—Creo que ha estado nadando.

—No, papá, ¿qué dices?

—Intentando coger las cebollas del fondo.

—Ahí no hay cebollas.

—Ah, sí.

—¿Hay?

—Es donde crecen.

Ellas se lo explican la una a la otra al otro lado de la puerta. Es cierto, deciden. Lo esperan, dos niñitas en cuclillas como mendigos.

—Sal, papá —dicen—. Queremos hablar contigo.

Él deja el periódico y se sumerge una última vez en el abrazo del baño.

—¿Papá?

—Sí.

—¿Vas a salir?

El poni las fascina. Las asusta. Echan a correr si hace un sonido inesperado. Ursula permanece paciente, silenciosa, en su cuadra; es un animal que pasta, que come durante horas. Su hocico tiene un nimbo de pelusa fina, sus dientes son parduscos.

—Los dientes le crecen continuamente —les dijo el hombre que se la vendió. Era un borracho de ropas andrajosas—. Se van desgastando y siguen creciendo.

—¿Qué pasaría si dejara de comer?

—¿Si dejara de comer?

—¿Qué les pasaría a sus dientes?

—Aseguraos de que coma —dijo él.

La observan a menudo; escuchan su quijada. Este animal mítico, fragante en la oscuridad, es más grande que ellas, más fuerte, más inteligente. Anhelan aproximarse al poni, granjearse su amor.

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Era el otoño de 1958. Sus hijas tenían siete y cinco años. La luz se derramaba sobre el río de color pizarra. Una luz suave, la ociosidad de Dios. El puente nuevo, a lo lejos, brillaba como una afirmación, como una línea en una carta que le llama a uno la atención.

Nedra trabajaba en la cocina, se había quitado los anillos. Era alta, seria; llevaba el cuello desnudo. Cuando hacía un alto para leer una receta, con la cabeza agachada, su concentración y su aire de obediencia eran deslumbrantes. Llevaba puesto su reloj de pulsera, sus mejores zapatos. Por debajo del delantal, estaba vestida para la velada. Venía gente a cenar.

Había recortado los tallos de las flores extendidas sobre la encimera de madera y empezó a prepararlas. Delante de ella tenía unas tijeras, envases de queso de cartón muy fino, cuchillos franceses. Se había perfumado los hombros. Voy a describir su vida desde dentro hacia fuera, desde su médula, y también la casa, las habitaciones en donde la vida se congregaba, cuartos a la luz de la mañana, los suelos tapizados con alfombras orientales que habían sido de la suegra de Nedra, de color albaricoque, carmín y habano, y que por muy astrosa que fuese su apariencia parecían beber el sol, absorber su calor; libros, arreglos de flores secas, almohado­nes con colores de Matisse, objetos relucientes como testimonio, muchos de los cuales, de haber pertenecido a pueblos antiguos, podrían haber sido sepultados en tumbas para la otra vida: dados cristalinos, fragmentos de coral, cuentas de ámbar, cajas, esculturas, bolas de madera, revistas que contenían fotografías de mujeres con las que ella se comparaba.

¿Quién limpia esta casa grande, quién friega los suelos? Ella, esta mujer, lo hace todo; no hace nada. Viste un jersey de color avena, esbelta como una espiga, con su pelo largo recogido, la lumbre crepitando. Lo que le preocupa de verdad es lo esencial de la vida: la comida, la ropa de cama, las prendas de vestir. Todo lo demás no significa nada; se arregla sobre la marcha. Tiene una boca grande, la boca de una actriz, emocionante, intensa. Manchas oscuras en las axilas, menta en su aliento. Es derrochadora por naturaleza. Compra obedeciendo un impulso, visita Bendel como quien visita a un amigo, reúne cinco o seis vestidos y entra en un probador sin ­molestarse en correr del todo la cortina, se la vislumbra desvistiéndose, brazos delgados, tronco menudo, bragas de bikini. Sí, friega suelos, recoge la ropa sucia. Tiene veintiocho años. Sus sueños, que todavía perduran en ella, la adornan; es confiada, serena, está emparentada con criaturas de cuello largo, con rumiantes, santos abandonados. Es precavida, difícil de abordar. Esconde su vida. Uno la ve a través del humo y de la conversación de muchas cenas: cenas campestres, cenas en el Russian Tea Room, el Café Chauveron, con los clientes de Viri, el St. Regis, el Minotaur.

De la ciudad llegaban invitados en coche, Peter Daro y su mujer.

—¿A qué hora vienen?

—A eso de las siete —dijo Viri.

—¿Has abierto el vino?

—Todavía no.

Corría el agua y ella tenía las manos mojadas.

—Ten, lleva esta bandeja —dijo—. Las niñas quieren comer junto al fuego. Cuéntales un cuento.

Durante un momento, Nedra supervisó sus preparativos. Echó un vistazo al reloj.

Los Daro llegaron en la oscuridad. Las puertas de su automóvil dieron un débil portazo. Unos instantes después aparecieron en la entrada, con la cara radiante.

—Traigo un pequeño regalo —dijo Peter.

—Viri, Peter ha traído vino.

—Dadme los abrigos.

El atardecer era frío. En las habitaciones, el aura del ­otoño.

—Es un trayecto precioso —dijo Peter, alisándose la ropa—. Me encanta ese recorrido. En cuanto cruzas el puente, estás entre árboles, en la oscuridad, la ciudad de­saparece.

—Es casi primigenio —dijo Catherine.

—Y estás en el camino hacia la hermosa casa de los Berland. —Peter sonrió. Qué aplomo, qué triunfo hay en la cara de un hombre a los treinta.

—Tenéis un aspecto magnífico los dos —les dijo Viri.

—Catherine adora de verdad esta casa.

—Yo también —sonrió Nedra.

Velada de noviembre, inmemorial, clara. Trucha de arroyo ahumada, cordero, ensalada de endivias, una botella de Margaux abierta en el aparador. La cena se sirvió deba­jo de un grabado de Chagall, la sirena sobre la bahía de Niza. La firma era probablemente falsa, pero qué más daba, como había dicho Peter, valía lo mismo que la auténtica de Chagall, incluso aún más, con aquel grado justo de descuido. Y el póster, en definitiva, era una copia entre miles, aquel ángel flotando en la noche pura, casi ninguna de ellas llevaba siquiera una rúbrica, aunque fuese fraudulenta.

—¿Te gustan las truchas? —preguntó Nedra, con la bandeja en las manos.

—No sé qué me gusta más, pescarlas o comerlas.

—En serio, ¿sabes pescarlas?

—Hay veces en que me lo pregunto —dijo Peter. Se estaba sirviendo una ración generosa—. ¿Sabes?, he pescado en todas partes. El pescador de truchas es un individuo muy especial, solitario, perverso. Nedra, están deliciosas.

Sus cabellos raleaban, y tenía la cara tersa y llena de un heredero, de alguien que trabaja en el departamento de fondos de inversiones de un banco. Sin embargo, se pasaba el día de pie, sacando Gauloises de un paquete arrugado. Tenía una galería de arte.

—Así conquisté a Catherine —dijo—. La llevé a pescar. En realidad, la llevé a leer; estuvo sentada en la orilla con un libro mientras yo pescaba truchas. ¿Alguna vez os he contado la historia de la pesca en Inglaterra? Fui a un río pequeño, perfecto. No era el Test, que es el famoso presidido durante muchos años por un hombre que se llama Lunn. Un anciano maravilloso, típicamente inglés. Hay una fotografía fantástica de él clasificando insectos con unas pinzas. Es una leyenda.

»Era cerca de una posada, una de las más antiguas de Inglaterra. Se llama The Old Bell. Cuando llegué a aquel paraje absolutamente precioso, había dos hombres sentados en la orilla, no demasiado contentos de que apareciera un intruso, pero como eran ingleses hicieron como si ni siquiera me hubiesen visto.

—Perdona, Peter —lo interrumpió Nedra—. Toma un poco más.

Él se sirvió.

—De todos modos, dije: «¿Cómo va eso?». «Hermoso día», dijo uno de ellos. «Me refiero a cómo va la pesca.» Un largo silencio. Finalmente, uno de ellos dijo: «Truchas aquí». Nuevo silencio. «Una allí, junto a esa roca», dijo. «¿De veras?» «La he visto hará una hora», dijo él. Otro largo silencio. «Grande la cabrona, además.»

—¿La pescaste? —preguntó ella.

—Oh, no. Era una trucha que ellos conocían. Ya sabes cómo es, has estado en Inglaterra.

—No he estado nunca en ningún sitio.

—Venga ya.

—Pero he hecho de todo —dijo ella—. Lo que es más importante. —Una amplia sonrisa sobre su copa de vino—. Oh, Viri —dijo—, este vino es maravilloso.

—Está bueno, ¿eh? Es increíble, pero hay algunas tienduchas donde encuentras buen vino, y nada caro.

—¿Dónde has comprado éste? —preguntó Peter.

—Bueno, conoces la calle Cincuenta y seis...

—Cerca del Carnegie Hall.

—Eso es.

—En la esquina.

—Tienen muy buenos vinos.

—Sí, lo sé. ¿Cómo se llama el dependiente? Hay uno en con­creto...

—Sí, uno calvo.

—No sólo sabe de vinos: conoce su poesía.

—Es fantástico. Se llama Jack.

—Exacto —dijo Peter—. Un tipo agradable.

—Viri, cuenta la conversación que oíste —dijo Nedra.

—No fue allí.

—Ya lo sé.

—Fue en la librería.

—Cuenta, Viri —dijo ella.

—Es simplemente algo que oí —explicó él—. Estaba buscando un libro y había allí dos hombres. Uno le dijo al otro —su imitación ceceante era perfecta—: «Sartre tenía razón, ¿sabes?»

—¿Ah, sí? —Viri imitó al otro—. ¿En qué?

—Genet es un santo —dijo—. Ese hombre es un santo.

Nedra se rió. Su risa era vibrante y clara.

—¡Lo haces tan bien! —le dijo.

—No —protestó él, vagamente.

—Lo imitas perfectamente —dijo ella.

Cenas en el campo, la mesa rebosante de vasos, flores, comer hasta saciarse, cenas que acababan en humo de ta­baco, una sensación de bienestar. Cenas pausadas. La conversación no se interrumpe. Su vida de pareja es especial, fervorosa, prefieren pasar el tiempo con sus hijos, sólo tienen unos pocos amigos.

—Ya ves, soy adicto a una serie de cosas —comenzó Peter.

—¿Como por ejemplo? —preguntó Nedra.

—Bueno, las vidas de pintores —dijo él—. Me encanta leer­las. —Reflexionó un momento—. Las mujeres que beben.

—¿En serio?

—Irlandesas. Les tengo mucho cariño.

—¿Beben?

—¿Beber? Todos los irlandeses beben. He estado con Catherine en cenas donde grandes damas irlandesas se han caí­do de narices sobre el plato, borrachas como cubas.

—Peter, no te creo.

—Los mayordomos no les hacen ningún caso —dijo él—. Lo llaman el punto flaco. La condesa de... ¿cómo era, querida? Aquella que nos causó tantos problemas, bebida a las diez de la mañana. Una mujer más bien morena, sospechosamente morena. Hay algunas irlandesas así.

—¿Quieres decir de tez morena?

—Negra.

—¿Cómo es eso? —preguntó Nedra.

—Bueno, como diría un amigo mío, es porque el conde tiene la polla grande.

—Sabes muchas cosas de Irlanda.

—Me gustaría vivir allí —dijo Peter.

Una breve pausa.

—¿Qué es lo que más te gusta? —inquirió ella.

—¿Lo que más? ¿Hablas en serio? Lo que más me gusta en el mundo es pasar un día pescando.

—A mí no me gusta madrugar —dijo Nedra.

—No tienes por qué madrugar.

—Creía que sí.

—Te aseguro que no.

Las botellas de vino se habían acabado. Su color, vacías, era el de las naves de una catedral.

—Tienes que ponerte botas y demás —dijo ella.

—Sólo para pescar truchas.

—Se te llenan siempre de agua y hay gente que se ahoga.

—De vez en cuando —dijo él—. No sabes lo que te ­pierdes.

Ella se llevó la mano a la nuca, como si no escuchara, se soltó el pelo y lo agitó.

—Tengo un champú fabuloso —anunció—. Es sueco. Lo compro en Bonwit Teller’s. Realmente fabuloso.

Le había hecho efecto el vino, la luz suave. Su tarea había terminado. Dejaba el café y el Grand Marnier para Viri.

Se sentaron en los sofás junto al fuego. Nedra se acercó al fonógrafo.

—Escuchad esto —dijo—. Os diré cuál es.

Comenzó a sonar un disco de canciones griegas.

—Es la siguiente —dijo ella. Aguardaron. Los asaltó la música, apasionada y plañidera—. Escuchad. Es una canción sobre una chica cuyo padre quiere que se case con uno de sus atractivos pretendientes...

Ella movió las caderas. Sonrió. Se descalzó y se sentó con las piernas recogidas debajo del cuerpo.

—... pero ella no quiere. Quiere casarse con el borracho del pueblo porque le hará el amor maravillosamente todas las noches.

Peter la observó. Había momentos en que parecía que ella lo revelaba todo. En la barbilla tenía un hoyuelo claro y redondo como una perdigonada. Una señal de inteligencia, de desnudez, que ella lucía como una joya. Intentó imaginar escenas que se producían en aquella casa, pero lo distrajo la risa de Nedra. Era un desahogo, una prenda de la que se despojaba, como de unas medias ya quitadas, como de un albornoz en la playa.

Hablaron hasta medianoche sentados en los mullidos almohadones. Nedra bebía sin restricciones, tendía el vaso para que se lo llenaran. Mantenía una conversación aparte con Peter, como si fueran íntimos, como si ella lo comprendiera enteramente. Todos los cuartos y los recintos cerrados de la casa eran de Nedra, las cucharas, las telas, el suelo debajo de los pies. Era su provincia, su serrallo, donde ella podía caminar descalza, donde era libre de dormir con los brazos desnudos y el cabello suelto. Cuando dio las buenas noches, su cara parecía ya lavada, como por adelantado. El vino la había amodorrado.

—La próxima vez que te cases —dijo Catherine al volante, de vuelta a casa con su marido—, deberías casarte con una mujer como ella.

—¿Qué quieres decir?

—No te asustes. Sólo quiero decir que es evidente que te gustaría vivir toda esa experiencia...

—Catherine, no digas tonterías.

—... y yo creo que deberías hacerlo.

—Es una mujer muy generosa, eso es todo.

—¿Generosa?

—Empleo la palabra en el sentido de abundante, rico.

—Es la mujer más egoísta del mundo.

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Era judío, un judío de lo más elegante y romántico, con un asomo de fatiga en sus facciones, los rasgos inteligentes que todo el mundo envidiaba, y el cabello seco, las ropas extrañamente raídas: es decir, claramente descuidadas, un botón que falta, una mancha en el borde de un puño, el ligero mal aliento, como el de un familiar que ya no se encuentra bien. Era bajo. Tenía las manos blandas y ningún sentido del dinero, prácticamente ninguno. En eso era un albino, un fenómeno anormal. Un judío sin dinero es como un perro sin dientes. El apremio de dinero sí, lo conoció a menudo, pero su aparición era puramente fortuita, como la lluvia, que cae o no cae. Él era ajeno a todo instinto auténtico.

Sus amigos eran Arnaud, Peter, Larry Vern. Todos los amigos lo son de un modo distinto. Arnaud era su amigo más íntimo; Peter, el más antiguo.

Se entretuvo delante del mostrador, examinando rollos de tela de colores.

—¿Le hemos hecho camisas antes, señor? —preguntó una voz, una voz segura de sí misma, inmensamente juiciosa.

—¿Es usted el señor...?

—Conrad.

—El señor Daro me ha dado su nombre —dijo Viri.

—¿Cómo está el señor Daro?

—Lo recomendó a usted vivamente.

El dependiente asintió. Sonrió a Viri, la sonrisa de un colega.

Tres de la tarde. Las mesas de los restaurantes se han vaciado, el día ha empezado a apagarse. Todo está en calma, aparte de unas cuantas mujeres que merodean entre los muestrarios más distantes del comercio. Conrad tenía un ligero acento que al principio era difícil de situar. No se trataba tanto de un acento extranjero como de algo un poco especial, un sello de modales impecables. De hecho, era vienés. Había en ello una sabiduría profunda, la de un hombre que sabía ser discreto, que cenaba solo, sensata, incluso frugalmente, y que leía el periódico página a página. Tenía las uñas cuidadas y la barbilla bien afeitada.

—El señor Daro es un hombre muy simpático —dijo, mientras cogía el abrigo de Viri y lo colgaba con cuidado cerca del espejo—. Tiene una característica infrecuente. Su medida de cuello es diecisiete y medio.

—¿Es ancho eso?

—De los hombros para arriba, podría ser un boxeador.

—Tiene la nariz demasiado fina.

—De los hombros para arriba y del mentón para abajo —dijo Conrad.

Estaba tomando las medidas de Viri con delicadeza y atención femeninas, la longitud de cada brazo, el pecho, la cintura, la circunferencia de las muñecas. Anotaba cada cifra en un tarjetón impreso, un formato que explicó que existiría siempre.

—Tengo clientes de antes de la guerra —señaló—. Siguen viniendo a verme. Los martes y jueves; son los únicos días que estoy aquí.

Depositó los libros de muestras en el mostrador, y los fue abriendo como quien dobla una servilleta.

—Eche un vistazo a éstas —dijo—. Hay más, pero éstas son las mejores.

Las páginas contenían retales de telas, de color limón, magenta, chocolate, gris. Los había de rayas, batiks, algodones egipcios tan livianos que se veía a través de ellos.

—Aquí hay una buena. No, no es del todo adecuada —decidió Conrad.

—¿Y ésta? —dijo Viri. Sujetaba una tela—. ¿No sería demasiado, una camisa entera?

—Sería mejor que media camisa —dijo Conrad—. No, en serio... —Reflexionó—. Sería fabulosa.

—O ésta —dijo Viri.

—Ya veo. Le conozco desde hace unos minutos, pero veo que es usted un hombre de gustos y opiniones definidos. Sí, creo que no hay duda.

Eran como viejos amigos; un amplio entendimiento se había establecido entre ellos. Las líneas de la cara de Conrad eran las de un viudo, un hombre que se había ganado sus conocimientos. Había aplomo en su estilo, pero también respeto.

—Pruébese estos cuellos —dijo—. Voy a hacerle unas camisas maravillosas.

Viri se inspeccionó delante del espejo, luciendo diversos cuellos, largos, puntiagudos, redondeados.

—No está mal.

—No son lo bastante altos para usted —sugirió Conrad—. ¿No le importa que se lo diga?

—En absoluto. Pero hay una cosa —dijo Viri, cambiándose de cuello—. Las mangas. He visto que ha apuntado treinta y tres.

Conrad consultó la tarjeta.

—Treinta y tres —confirmó—. Correcto. El metro no se equivoca.

—No me gustan tan largas.

—No son largas. Para usted largo sería treinta y cuatro.

—¿Y treinta y dos?

—No, no. Sería gracioso —dijo Conrad—, pero ¿qué tienen las mangas que lo empujan hacia lo grotesco?

—Me gusta verme los nudillos —dijo Viri.

—Señor Berland...

—Créame, treinta y tres es demasiado largo.

Conrad invirtió el lápiz.

—Estoy cometiendo un crimen —dijo, borrando un centímetro.

—No serán demasiado cortas, se lo aseguro. No me gustan las mangas largas.

—Señor Berland, una camisa... no, no necesito explicárselo.

—Claro que no.

—Una mala camisa es como la historia de una chica guapa que es soltera y un buen día descubre que está embarazada. No es el fin del mundo, pero es serio.

—¿Y el bolsillo? Me gustan los bolsillos bastante hondos.

Conrad parecía apenado.

—Un bolsillo —dijo—. ¿Para qué demonios sirve un bolsillo? Estropea la camisa.

—No del todo, ¿no?

—Cuando una camisa tiene ya las mangas un poco cortas y, encima, un bolsillo...

—El bolsillo no está encima de las mangas. Yo me lo figuro más o menos entre ellas.

—¿Qué quiere que le diga? ¿Para qué quiere un bolsillo?

—Tengo que llevar un lápiz —dijo Viri.

—Ahí no. Ése —dijo, aludiendo al cuello que Viri se había puesto—, ese cuello es una preciosidad, ¿no le pa­rece?

—¿No me queda muy alto por detrás?

Giraba la cabeza hacia un costado para verlo mejor.

—No, no creo, pero si quiere podemos ponerlo un poco más abajo. Medio centímetro, digamos.

—No pretendo ser demasiado exigente.

—No, no —le aseguró Conrad—. Nada de eso. Sim­plemente tomaré nota... —Escribía mientras hablaba—. Los detalles lo son todo. He tenido clientes... Tuve a uno de una familia famosa en la ciudad, muy importante políticamente, que tenía dos pasiones: los perros y los relojes. Poseía muchos de los dos. Apuntaba la hora exacta en que se acostaba y se levantaba todos los días. Le hacíamos el puño izquierdo dos cen­tímetros más holgado que el derecho, para sus relojes de pulsera, por supuesto. Llevaba sobre todo Vacheron Constantin. En realidad, medio centímetro habría bastado. Su mujer, que en todo lo demás era una santa, lo llamaba Chuchi. Llevaba en sus monogramas el perfil de un schnauzer.

»También he tenido clientes del tipo... no le doy detalles, pero del tipo Lepke-Buchalter. ¿Sabe quién era?

—Sí.

—Gángsters. Bueno, usted sabe que las modas criminales muchas veces han derivado hacia la elegancia, pero lo cierto es que aquellos hombres eran clientes magníficos.

—¿Gastaban mucho dinero?

—Oh, dinero... aparte del dinero. —Conrad hizo un ademán amplio—. El dinero no se tenía en cuenta. Les agradaba tanto que alguien les prestase atención, que tratara de vestirlos correctamente. Perdone, pero ¿a qué se de­dica usted?

—¿Yo?

—Sí.

—Soy arquitecto.

Sonaba un poco flojo a continuación de reyes del crimen.

—Arquitecto —dijo Conrad. Hizo una pausa como para digerir la idea—. ¿Ha construido algún edificio por aquí?

—Por aquí no.

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