Mañana no será lo que Dios quiera

Luis García Montero

Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Citas

1. Que responda Churchill

2. La carpeta azul

3. Las bodas

4. Un respetable olor a azufre

5. Gritos en la calle

6. Sin frío en los pies

7. Bajar o subir

8. Soledad y los trenes

9. Las inquietudes

10. Entre hermanos

11. Las ruinas y París

12. Mañana no será lo que Dios quiera

13. Familiares extraños y personajes que llegan

14. Cosas que ya se saben, pero merece la pena contar

15. Cristales rotos

16. El jinete viajero

17. Las historias que acaban muy mal no se acaban nunca

18. El caballo de espadas

19. El desarrollo y la resistencia en un otoño interminable

20. En la carpeta azul

21. Paz y patria feliz

22. Los huéspedes

23. Visión sin percepciones

24. Un mal pronóstico

25. Las tarjetas de visita y los cambios de clima

26. El gran sorteo

Epílogo

Sobre el autor

Créditos

prologo cap1

1. Que responda Churchill

No sé si ustedes conocen al poeta Ángel González. Su palabra revela una mezcla de filósofo clásico y de anciano del lugar, de superviviente estoico que lo ha visto todo y lo cuenta todo, mientras pide una última copa para no dar por terminada la noche que de manera inevitable se pierde ya por la grieta rojiza del amanecer. Detrás de su barba blanca esconde un mentón demasiado corto y una vida demasiado larga. Apenas conoció a su padre, porque murió cuando él no había llegado a cumplir los dos años, por culpa de una operación caprichosa. Era cojo y necesitaba recuperar la movilidad de la rodilla izquierda para conducir. Que un hombre de más de cuarenta años se empeñase en pasar por el quirófano para comprarse un coche no dejaba de ser un capricho en aquella época. En 1927, en Oviedo, la mayoría de los profesores sesudos, o de los respetables concejales, estaban acostumbrados a cumplir con sus obligaciones y con sus ocios sin necesitar un carné de conducir. La aventura no salió bien, quedó frenada por una infección vertiginosa, y Ángel González creció huérfano de padre, sin las enseñanzas directas de uno de los mejores pedagogos asturianos de principios del siglo XX. Pero la madre y los hermanos mayores hablaban mucho de las costumbres, las ilusiones y la rectitud del fallecido. Por eso el niño conservó recuerdos vivísimos de un padre al que apenas llegó a conocer. Además de una enciclopedia Espasa, algunas fotografías y un tesoro de sugerencias morales sobre la educación y el gobierno de los hombres, Ángel heredó de su padre un mentón corto y la certeza de que los caballeros con esa peculiaridad fisiológica deben dejarse la barba para presentar en sociedad un aspecto digno.

Detrás de la barba de Ángel González, se esconde la imprudencia más precavida que pueda conocerse. Los acontecimientos de la historia lo sorprendieron desde muy pronto en lugares propicios a las grandes borrascas o a las sequías aniquiladoras. Por voluntad o por fortuna, otros individuos pasan su vida en zonas templadas, amparados por la caridad de unos elementos atmosféricos que se comportan como perros falderos. La buena lluvia, el sol suave, la brisa primaveral facilitan mucho las rutinas de la existencia. Ladran alguna vez, pero no muerden. La cuestión es que Ángel prefiere los gatos a los perros, y desde muy niño se acostumbró a que la historia se encontrara con él a la intemperie. Mientras saltaba por los árboles, las tapias y los tejados de su barrio, el viento frío del norte arrastró nubes oscuras, ramas quebradas, papeles de periódico con noticias alarmantes, revoluciones, golpes de Estado, guerras, victorias y derrotas, descargas de fusiles, tiros de gracia y horas de silencio conmovido. Tardó poco en despreocuparse del miedo familiar a los quirófanos, herencia materna en este caso, para atender a los peligros mortales que pasaban por la calle. Al segundo chaparrón, calado hasta los huesos, aprendió a quitarse los calcetines, pedir ropa seca y buscar el calor de la lumbre. Nunca renunció a habitar los lugares marcados con la tinta roja de la imprudencia. Pero suele acomodarse en ellos de forma muy precavida, moverse con tiento, sin hablar en voz alta, guardándose las lágrimas y las risas para sí mismo o para las ocasiones de extrema intimidad. No ya la felicidad, sino la supervivencia dependieron en muchas ocasiones de un silencio a tiempo.

Entre Stalin y Hitler, el cigarro puro, el sombrero y el cinismo inglés de Churchill ofrecían una forma decente de escurrir el bulto. Los alumnos del colegio Fruela jugaban a escoger nombres famosos en la historia europea de los años cuarenta. Olvidaban sus apellidos en la cartera, anotados con caligrafía redonda de las libretas y los libros, y cada cual elegía un personaje en los aires convulsos de la política internacional. Sobre la política española era mejor pasar de puntillas. Los González, los Alas, los Rodríguez, los Caballero, los Álvarez-Buylla, los Bascarán soportaban el peso de una derrota o de una victoria demasiado cercana. Mejor jugar a los bigotes de Stalin y Hitler, o a saludar el paso de la tarde con la mano y la desmayada salud de Roosevelt, o a celebrar la capacidad sentimental de resistencia con el orondo buen humor de Churchill. A ver quién llega primero a la puerta de la Catedral. Ha ganado Adolf Hitler. Vamos a encontrar a Franklin Delano Roosevelt, que está escondido en un portal de la calle Cimadevilla. A la pregunta difícil del profesor de religión, que conteste sir Winston Churchill, y ése era Angelín, que se llevaba muy bien con el profesor de religión del colegio Fruela, como los alumnos becados suelen llevarse con casi todos los profesores en los colegios de pago. Cuando el profesor de religión, por poner las cosas fáciles, preguntaba con voz condescendiente en la clase «¿Quién hizo el mundo?», los pupitres se llenaban de manos y de voces que respondían a coro: «Mi padre».

Por mucha devoción y mucha voluntad clerical que reinase en España, una victoria era una victoria y el orgullo de los vencedores rompía las costuras por donde menos se pensara. Churchill levantaba la mano antes de que el cura empezase a gritar y a tragarse sus blasfemias, y en voz baja sugería «Dios», reestableciendo el orden nacional en el aula. Y no se trataba de responder con la seguridad de quien ha visto a Dios, porque por entonces Dios aún no se le había aparecido a Ángel González. En la vida todo se anda, pero todo tiene sus momentos, sus pasos. Eran sólo ganas de quedar bien, de ser prudente, de comportarse como Churchill. Por tradición familiar, tal y como estaban las cosas en el mundo, le hubiera apetecido llamarse Stalin, José o Pepe Stalin. Pero con un hermano fusilado, otro hermano en el exilio, y una madre y una hermana depuradas, quién era el niño temerario capaz de llamarse Stalin en el colegio Fruela de Oviedo. Resultaba más peligroso que olvidarse de Dios por una confusión paterna y bienintencionada. Así que era mejor evitar las coincidencias sospechosas, incluso en los inocentes juegos infantiles. Tampoco se podía pasar uno al enemigo, ni siquiera de broma. Hitler quedaba descartado por un asunto de dignidad familiar. Angelín, que ignoraba entonces los crímenes de Stalin, desconocía también hasta qué punto la Inglaterra de Churchill se había lavado sus manos regordetas con un pacto de no intervención durante la guerra, dejando que los alemanes y los italianos crucificasen a la República española. No habían faltado comentarios y noticias desalentadoras, pero Churchill podía ser identificado aún con un caballero, un demócrata, alguien que luchaba contra Hitler, una buena excusa para huir prudentemente de Stalin sin pasarse al enemigo.

En las leyes de la supervivencia hasta el buen humor supone una manera de guardar los secretos. Conviene mirar al viento, mantenerse callado y dejarlo pasar con su arrastre de calamidades y de golpes de fortuna. Nadie puede nada contra el azar, pero nunca está de más una barrera desde la que observar sus revueltas y sus cornadas. Quien ha vivido una guerra sabe que conviene pensar muy bien lo que se hace y lo que se dice, aunque después nada permanezca atado y seguro ante el carácter maniático del destino. En los primeros años de la República, Ángel se extrañaba cada vez que su madre interrumpía las conversaciones de sus hermanos, repletas de optimismo, estrategias y nombres de políticos. La madre se preocupaba por la amenaza de una guerra. El niño entendía el miedo a la electricidad de las tormentas, a las uñas de los incendios, a los aullidos de los lobos, al túnel del tren que pasaba por el barrio, pero no podía comprender la amenaza abstracta de la guerra. Cuando oyó en la radio de galena que unos generales se habían levantado contra el Gobierno, tampoco entendió el miedo de su madre. El mosquetón fascinante de su hermano Pedro, la disciplina firme y decidida de su militancia seguían formando parte de un reino infantil, en el que todo estaba en su sitio, y sobraba espacio para cualquier cosa, para un duro de plata, una película en el cine Toreno, el entusiasmo de un hermano heroico o la leyenda novelesca de las armas.

Sólo cuando empezó a actuar el azar, el imprevisible demonio del azar, comprendió el miedo a la guerra. Su hermana Maruja estaba una tarde asomada a la ventana, viendo a lo lejos el humo de los cañonazos que golpeaban uno de los frentes del cerco. Se salvó de milagro, por unos segundos, por un milímetro de reloj, por un golpe de fortuna, porque tuvo la suerte de apartarse de la ventana justo antes de que entrara un obús. Después de los gritos, cuando la casa se tranquilizó, la conversación de los mayores le hizo comprender al niño que la vida de Maruja no era el único milagro. La suerte quiso también que el obús traicionero no estallase aquel día dentro de la casa, un azar tan imprevisto como el invierno sin frío, el sol sin noche o el colegio sin exámenes. Vivir una guerra es ver que un obús entra a merendar en la casa y no estalla, o sentir que una bala deja un agujero redondo y perfecto en el cristal de la ventana, cruza por el salón, pasa por una de las rendijas del biombo, deja otro hueco redondo y perfecto en el cristal del aparador y se incrusta en la pared, sin herir a nadie, sin romper una taza de café, sin rozar una de las copas de la tía Clotilde.

Pero la buena suerte suele enamorarse de la mala suerte, van siempre juntas, duermen en la misma cama. La mala suerte llamó a casa de los Taibo cuando los dos hijos de doña Nieves estaban haciendo una visita. Se abrió la puerta y la muerte entró confundida entre los soldados que buscaban al tío Ignacio Lavilla. Apuntaban con sus armas y sus preguntas. ¿Ustedes quiénes son, qué hacen aquí? Vivimos en el piso de abajo, somos vecinos, estamos de visita. Las explicaciones más naturales sirven de poco cuando en la rabia de la guerra un soldado aprieta un fusil o cuando el destino tiene un mal día. Se llevaron detenidos a los hijos de doña Nieves, y al cabo de pocas horas, como represalia por un bombardeo de la aviación republicana, entraron en el sorteo macabro de la venganza, los sacaron de la cárcel y los fusilaron. Decir que no supieron nunca por qué los mataban sería una licencia de mala literatura. Los hijos de doña Nieves supieron perfectamente por qué los mataban, por qué se fusilaba en una guerra como aquélla, por qué tienen razón las madres como doña Nieves o doña María cuando temen las guerras y el azar empieza a moverse al margen de cualquier protección. Ahí sí que acierta la mala literatura, los malos poetas que escriben versos sentimentales contra las guerras y resaltan el dolor de las madres. La mala y la buena suerte actúan sin reglas, como una catástrofe rodante, imprevisible, desbocada, porque las guerras hacen inútil el instinto de protección de las madres. Ése es el abismo, el caos, el infierno. Da igual tener los calcetines mojados o secos, tomarse o dejarse la leche, correr por el túnel del tren o soportar con prudencia la cobardía y las bromas de los otros niños. Da igual el cuidado, el desayuno a su hora, la cama bien hecha, las medicinas contra la tuberculosis. Los esfuerzos son impagables, pero no dan seguridad ninguna. Se muere por cualquier cosa, porque uno se levanta tarde de una silla, por estar de visita en el piso de arriba o por una coquetería, por no mancharse los zapatos.

Alfonso Beaumont, el vecino representante de pollos Chispún, murió por no mancharse los zapatos. Era muy vendedor, muy simpático y muy remilgado. Se hizo alférez provisional por las urgencias del momento. No se podía vender caldo de pollo en una ciudad sitiada. Los himnos y las consignas abundaban más que los contramuslos, y, puesto a elegir, se veía mucho mejor con uniforme de militar que con un mono de miliciano. La calle Fuertes Acevedo había quedado en primera línea de fuego. Los obuses entraban por las ventanas, que cambiaron los paisajes por los frentes de batalla y las persianas por los parapetos y los colchones. Al salir del portal convenía seguir un camino preciso, pegarse a la pared, andar bajo la protección de los otros edificios y llegar a la trinchera. Un charco se cruzó en la vida del alférez Alfonso Beaumont. Por no pisar el barro, dio un salto, se salió de la ruta segura, y la mala suerte aprovechó unas décimas de segundo para apuntarle a la cabeza. Angelín sintió su muerte, Ángel recuerda su muerte, aunque la guerra iba a escribir con sangre otros apellidos mucho más cercanos. Beaumont no deja de ser un apellido más raro que González.

En un campo de batalla no hay quien pueda negociar con la suerte, nada vale. Pero siempre resulta aconsejable aprender a hablar en voz baja y saber guardar un secreto. Cuando los milicianos se acercaron a la plaza de América y hubo que irse a vivir al piso de doña Nieves, Angelín se hizo amigo de los Taibo. Amistad era entonces una palabra muy seria, uno se jugaba la vida en cada sílaba. Amistad significaba complicidad, supervivencia, confianza, pacto de silencio, compartir el hambre, saber guardar secretos, aprender las contraseñas, entrar a una casa llamando a la puerta de una forma especial y enterarse de que el tío Ignacio estaba escondido dentro de un armario. Después, ya al final de la guerra, significó también callarse por segunda vez, guardarse un secreto doble. Amaro y Paco Ignacio se pusieron blancos al ver llegar a un señor muy raro, sucio, fatigado, con una mano tapándose la cara, que entró en el portal donde ellos jugaban y subió por la escalera sin saludar. Benito Taibo, comisario del ejército republicano, volvía de la guerra.

Los padres vuelven raros cuando huyen de una derrota, y necesitan muchos besos, pero sobre todo mucho silencio, porque ya son dos los escondidos, un tío y un padre, y la amistad no significa decir vente a jugar con nosotros a la casa, sino entra en la casa, tú sí puedes entrar en la casa, eres de los míos, de los nuestros, pero cállate, no te estoy prestando un juguete sino la vida de mi padre, y la de mi tío Ignacio, no tengas un desliz, que nadie vea nunca los dibujos que te hace el tío, que nadie escuche un comentario tonto sobre alguna cosa sin importancia. Las verdades se filtran por debajo de las palabras como la luz o el miedo por debajo de las puertas. La suerte es infame y pone los oídos de cualquiera donde le da la gana, hace que las palabras inocentes se conviertan en bolas de fuego, hace que los soldados vengan a por el tío cuando están de visita los hijos de doña Nieves, y se lleva por delante a los pobres hijos de doña Nieves, y se olvida del tío en su armario. Así hasta que pasa la guerra, y la suerte empieza a hacer bromas con la paz. Nada es ya seguro, aunque siempre resulta mejor estar callado cuando se sale de casa.

Resulta mejor estar callado incluso cuando se tienen las de ganar. Las amenazas giran la cabeza y muerden los labios de quien las pronuncia muy seguro, sobrecargado de orgullo y de poder. Nadie está seguro, ni siquiera vestido de falangista, ni siquiera siendo un falangista de verdad, un camisa vieja, uno de los que no tuvo que darse prisa, correr a la tienda en busca de una camisa azul para salvar el pellejo y participar uniformado en la fiesta. Juan, el dueño de la peluquería de la calle Asturias, avisó un día a la madre de los Taibo de que un niñato de la Falange, mientras se cortaba el pelo, y se vanagloriaba del asalto a la redacción del diario Avance, había dicho que no se iba a escapar ninguno, que poco a poco irían cayendo esos periodistas, porque todo se sabe, porque acabo de saber que en esa casa de enfrente está escondido Ignacio Lavilla, el redactor jefe, y vamos a ir a por él esta noche. Lo decía muy seguro, muy orgulloso, pronosticando el futuro, la cacería nocturna, los pasos siguientes en la historia cruel de la calle. Luego no ocurrió nada, no llamaron a la puerta, pasaron los días, las semanas, y tío siguió esperando al destino dentro de su armario. El barbero contó después que el falangista, antes de dar el chivatazo, había sufrido una muerte repentina. No había caído en una acción gloriosa, no había sido reclamado por uno de los sobresaltos que escriben los argumentos tormentosos de las batallas. Sólo fue una muerte repentina, una puñetera y oportuna muerte repentina. El falangista sufrió en sus carnes el cambio de rumbo de la fortuna, y descansó en paz de la guerra que había encendido con tantas amenazas y tanto empeño. Y dejó que los demás se escondiesen en paz. El mundo está condenado a que la mala suerte de unos se convierta en la buena suerte de otros.

Cuando un desdichado pierde el reloj, hay siempre un afortunado que se lo encuentra. La prudencia sirve para no mancharse las manos en el barro de la propia desgracia, a veces ayuda a sobrevivir, pero no evita los arañazos de la culpa, las noches de insomnio, el sudor del tiempo negro. No es sólo el miedo, ni la angustia a la hora de pensar en lo que se viene encima, sino el pasmo, la perplejidad de verse de pronto fuera del infierno, la sorpresa de sentirse a salvo, por fin a salvo, sin motivo, pero ¿qué ocurrió?, la memoria y la duda, yo sí y aquél no, la alegría y la mala conciencia, no sé por qué yo sí y por qué tú no, por qué a ti te visitó la mala suerte y a mí la buena, y vueltas en la cama, y vueltas en la alegría y en el dolor, porque a mí no me tocó mientras a otros los estaban llamando a la ventana, a las tapias, a las curvas de las carreteras, a los lados peligrosos de la calle. Así pasan los años, como una mezcla fangosa de alegría, mala conciencia y secretos. La culpa está ahí, es inevitable, pertenece a la vida de Ángel y a la de cualquiera, forma parte de la resistencia, igual que la depresión, igual que el azar, igual que la alegría, igual que el amor al sol de invierno y a las últimas copas de la noche. No sé si ustedes conocen a Ángel González. Si lo conocen, o si tienen la paciencia de leer esta historia, podrán imaginar el cerco que la culpa impuso en sus recuerdos cuando dio por perdido el reloj Certina que le había comprado su madre.

Era el año en el que Ángel decidió buscarse la vida en Madrid. La pobreza pesaba todavía y fue un regalo a plazos. Habían pasado los años, la guerra, la infancia, la enfermedad en Páramo del Sil, las inyecciones de orosanil, los cursos de derecho en la Universidad de Oviedo, las primeras colaboraciones en la prensa. Resultaba imprescindible marcar el tiempo con un reloj nuevo en una ciudad más grande, llena de tabernas, amigos falsos, mujeres fáciles y academias para preparar oposiciones. La madre compró el reloj, y todavía estaba pagando los plazos cuando Ángel lo perdió en una aventura nocturna. Hay cojos honrados y cojos delincuentes, aunque todos vivan en silencio su desgracia. El ladrón cojo tuvo que tirarlo en un rincón cualquiera del Campo del Moro, antes de que lo detuviese el sereno. Los ladrones cojos no tardan en perder una carrera. Pero allí se quedó el reloj, Dios sabe dónde. Y seguiría marcando el tiempo hasta que se acabase la cuerda, y se quedaría mudo entre los setos, hasta que alguien lo encontrara por casualidad, y otra vez empezarían a moverse sus minutos, sus prisas, sus lentitudes y sus agujas en la muñeca de un ser alegre, visitado por la buena suerte. Quizá sea eso la memoria, o la literatura de la memoria, un reloj que sigue funcionando después de haberse perdido, una esfera en la que nos hace compañía y nos habla lo que ya desapareció. Todo pasa, pero nada termina del todo. Alguien puede encontrar unos recuerdos, observar su correa brillante entre las hojas secas del otoño, darles cuerda, hacerlos vivir en otro corazón, latir de nuevo y de verdad. Nunca se terminan de pagar los plazos de una vida, de cualquier vida. Quizá la memoria sea también eso.

No sé si ustedes conocen a Ángel González. Es posible que hayan leído sus poemas, pero muy poca gente sabe la historia de su vida. Después de sufrir su guerra, de recorrer los prados y las calles de sus quimeras infantiles, de respirar el aire espeso de una adolescencia contaminada por los himnos, las delaciones y el bacilo de Koch, comprenderán mejor el tono bajo con el que habla de las cosas altas, el humor que utiliza para acercarse a los asuntos demasiado serios. Comprenderán que se negara a creer en la existencia de Dios, incluso después de haberlo visto. Comprenderán también ese extraño fenómeno que asombra a sus amigos, una enigmática disfunción biológica que se convierte en el milagro final de todas las fiestas. Cuando bebe, a Ángel González se le sube el alcohol a los pies. Ha aprendido a mantener fría la cabeza. Por lo que pueda ocurrir... Por lo que pueda decirse o callarse... Aunque sus pasos vacilan, su voz es más clara, más sobria. Las apostillas secas de Ángel caen sobre las estupideces incautas de las borracheras.

La memoria no mantiene fría la cabeza, prefiere jugar con los recuerdos, elegir, tejer un mundo claro, volverle los forros al pasado. Los periódicos de la época confirman que entre 1925 y 1934 abundaron en Asturias los días lluviosos, las heladas y los veranos breves. Sin embargo en los primeros capítulos de esta historia van a dominar los cielos azules, las mañanas de sol, los atardeceres suaves, los pantalones cortos, y un barrio casi asaltado por el olor del campo. De día se escucha el andar tranquilo de las vacas. Por la noche, el canto de los grillos.

cap2

2. La carpeta azul

Eduardo González y María Teresa Cano, Manuel Muñiz y Adelina González, Pedro González y María Muñiz. Nombres, apellidos, más nombres, Joaquina, Ángel, Narcisa, José, y lugares como Oviedo, Riberas de Pravia, Las Regueras, San Juan de Trasmonte, Belmonte, Ondes, y una carpeta azul con muertos vivos, vivos que mueren y vivos de una muerte imposible. La historia es un correr de nombres, apellidos, paisajes, cuerpos, historias, papeles, caminos, afanes, saludos, despedidas, recuerdos y ambiciones con nuevos nombres de lugares y nuevos apellidos. Cuando Ángel González sube con paso lento a un escenario para leer sus poemas, tose, se mete en la boca un pequeño caramelo de menta que no engaña a sus pulmones de fumador, vuelve a toser, da las gracias al público asistente y comienza con unos versos de su primer libro, Áspero mundo (1956). Es, dice el poeta, algo así como su sintonía oficial:

Para que yo me llame Ángel González,

para que mi ser pese sobre el suelo,

fue necesario un ancho espacio

y un largo tiempo:

hombres de todo mar y toda tierra,

fértiles vientres de mujer, y cuerpos

y más cuerpos, fundiéndose incesantes

en otro cuerpo nuevo...

Ángel González no conoció en persona a los dos hombres más importantes de su vida. La realidad está hecha de materias flexibles, que se estiran y se contraen para llenarse de ecos. No todas las presencias reales son de carne y hueso. Del mismo modo que hay personas de muerte imposible, que siguen viviendo en la casa después de desaparecer, hubo muertos que estuvieron cerca del niño, gente muy conocida a la que nunca llegó a conocer. Se sentaron en el pupitre del colegio, vigilaron los juegos, salieron al balcón cuando se proclamó la República y bajaron al sótano asustados y confusos en los bombardeos de la guerra, porque sus vidas también corrían peligro, aunque llevasen mucho tiempo muertos. Después, al crecer el niño y necesitar menos ayuda, distanciaron sus apariciones, sus saludos, sus consejos, aunque no se fueron del todo a la tumba. Pasados los años, regresan todavía en la tos de Ángel, y desayunan de vez en cuando con él, empeñados en comentar las noticias del periódico. Si te viera tu padre, repiten algunas tías con dientes de conejo cada vez que cobran vida en los sueños. Si lo viera mi padre, murmura Ángel cuando desayuna café, galletas y noticias del reino en la cafetería Kon-tiki. El ancho espacio y el largo tiempo, el mar y la tierra, los cuerpos fundiéndose en otro cuerpo nuevo dejan costumbres de lealtad o antipatía, miedos, curiosidades, admoniciones, toda una sabiduría familiar del mundo que procura adaptarse al saber impersonal de la ciencia. El tiempo y el espacio dejan también unas cuantas fotografías, imágenes de antepasados con barbas, bigotes, levitas o faldas antiguas, y una carpeta llena de documentos. Ángel González conserva una carpeta azul, muy descolorida, en la que abundan los documentos de su padre, Pedro González Cano, y de su abuelo materno, Manuel Muñiz y García, los dos muertos más importantes de su vida.

Las vidas se resumen en una secuela de papeles. El papel arde muy bien, suele decir la gente. Pero no todos los papeles arden en la hoguera del tiempo. Lo que arde de verdad es la vida humana. Hay muchos papeles que se salvan del paso de los siglos, cruzan los motines, los inventarios, las mudanzas, las catástrofes domésticas, y acaban olvidados en un archivo oficial, o en un desván, o en el cajón de una mesa, como reliquias de un pasado cada vez más remoto, convertido en legajo, en letra seca, en certificación amarilla de la nada. Los nombres pierden su corazón, y los paisajes sus olores y sus lluvias, porque lo que nunca se salva de la hoguera, lo que de verdad arde, es la vida humana, la vida de las gentes que piensan que el papel arde bien, las existencias particulares con sus declaraciones de amor, sus avaricias y sus credos. El saber familiar confirma de siglo en siglo, de cuerpo en cuerpo, de casa en casa, de muerte en muerte, que los recuerdos arden con más facilidad que los papeles.

Existe vida después de la muerte. Los muertos viven mientras pueden sentarse en los pupitres de un colegio o bajar a desayunar a una cafetería para comentar con sus hijos y sus nietos las noticias del periódico. Después desaparecen, y quedan sus papeles en una carpeta azul. Ésas son las dimensiones de la vida. Cuando se cumplen todas las muertes de una carpeta o de una historia, los documentos quedan sin corazón, sin paisajes, sin huellas sentimentales, que manchan el papel como los borrones de tinta o las raspaduras. Es entonces cuando desaparecen por fin los antepasados, los padres y los abuelos, que todavía alientan como un recuerdo vivo entre las partidas de defunción, los títulos de bachiller y las hojas de servicio. En la carpeta azul de Ángel, se guardan también muchos documentos de María Muñiz, su madre. Papeles de mujer viuda, impresos relacionados con su trabajo como habilitada de los maestros de Siero y de Cangas de Tineo, cartas a la superioridad suplicando aclaraciones sobre la muerte de uno de sus hijos, seguros contra incendios, palabras y firmas que resumen la vida de un ser lleno de amor, acostumbrado a temer y a resistir. Temía el correr de los años con sus peligros, y resistía el peso de un tiempo paralizado, irrespirable, de calmas mentirosas, porque la vida es una contradicción de atrasos y prisas. Hay épocas en las que hasta los días de fiesta pasan al acecho, con las uñas sacadas y la paciencia nerviosa del cazador que está a punto de atacar. Pero la vida de María Muñiz se mezcló mucho, se fundió muchas veces mucho, en la vida de Ángel. Así que aparecerá con frecuencia en esta historia como una de esas personas vivas de muerte imposible. Será la compañía fiel de casi todos los capítulos, desde los primeros recuerdos en el piso de la calle Fuertes Acevedo, y trabajará en sus cosas, que son siempre las cosas de los demás, esperando a que el hijo crezca, y se haga poeta, maestro, abogado, y vaya a Madrid a buscarse la vida y pierda el reloj Certina que ella misma va a regalarle. Pero conviene dejar que pasen los años. Ahora es sólo el tiempo de dos muertos, de Pedro González Cano y Manuel Muñiz y García, los muertos que más han vivido en la existencia de Ángel.

Pedro González Cano nació en Ondes, a la seis de la mañana del día 3 de noviembre de 1879. En el detalle de la hora puede haber alguna inexactitud, porque su padre, Eduardo González Álvarez, acudió al Registro Civil de Belmonte el 9 de agosto de 1898, cuando Pedro estaba a punto de cumplir diecinueve años. La prisa no actuaba con voluntad burocrática sobre las aldeas de Asturias en el último tercio del siglo XIX. Era hijo legítimo de don Eduardo, labrador, domiciliado en Ondes, y de doña Teresa Cano Fernández. La letra limpia y picuda del escribiente nos dice también que sus abuelos paternos se llamaron don Ángel y doña Joaquina, y sus abuelos maternos don José y doña Narcisa. El azar disciplinado de la carpeta azul informa de los inicios de la vida de Pedro por culpa de su muerte. Por eso aparece y desaparece en esta historia como un muerto vivo. La copia de la partida de nacimiento fue pedida por María Muñiz, su mujer, el 19 de febrero de 1927, dos días después de quedarse viuda.

Los recuerdos de Ángel permiten todavía intuir la vida bajo los sellos oficiales y las firmas historiadas de la documentación. De muy niño viajó a Ondes, una aldea cercana a Belmonte, en el Concejo de Miranda. Desde aquel viaje, reelaborado por la memoria y el vaho, imagina los primeros años de su padre en un mundo de belleza primitiva, rocas altas y casas sin luz eléctrica, sin agua corriente, rodeadas de pequeños prados en los que se cultivaba la escanda, ese trigo de los campos humildes. El paisaje estaba dominado por laderas difíciles con vacas distraídas y piedras tramposas. Un camino silvestre subía hacia el pueblecito clavado en la montaña, con dos barrios de familias muy apiñadas. Preguntó por qué estaban tan juntas las paredes y las tapias de las casas, y la tía Rogelia le explicó al niño que en aquella tierra era conveniente buscar el calor de los vecinos para sentirse a salvo de la huestia. Los difuntos iban por el monte en Santa Compaña, con cirios en la mano, advirtiendo a los caminantes más temerarios de que la noche pertenece a las almas de los muertos. Andar de día, que la noche es mía, murmura la huestia, mientras pasa fantasmal delante de los campesinos que tienen la mala suerte de cruzarse con ella.

Nadie dudaba de que las almas que van a descansar en paz tienen derecho a quedarse algún tiempo entre los vivos, y por eso se dejaba abierta una ventana de la iglesia. Entraban sin reparos, buscaban como peregrinas fatigadas un rincón en el que ir olvidándose de sus menesteres y pasaban la noche en sagrado, tranquilas y en su sitio. Los muertos son huéspedes de los vivos, pero hay muertos y muertos, como hay vivos y vivos, y algunos hablan más de la cuenta, se valen de su información privilegiada, adelantan el futuro, amenazan, anuncian la muerte ajena, o se dedican incluso al bandidaje en los montes, y se hacen siervos del diablo. No era cuestión de arriesgar, las procesiones de la huestia tienen poco que ver con los consejos pacíficos de un abuelo o de un padre, dedicados a velar por el futuro de sus descendientes. Al niño no le extrañó que las casas de Ondes se apretaran para dejar poco espacio a los fantasmas de mala voluntad. Después, su hermano Manolo le dijo que aquella superstición se la habían inventado los monjes del monasterio de Santa María de Belmonte. El clérigo que cultiva pavores recoge buenas limosnas. Puede ser, en este mundo caben tanto las almas de los muertos como los monjes torcidos. Pero a Ángel le quedó en el fondo del recuerdo el paso triste de la huestia entre las brumas de un pueblo del siglo XIX, sin luz eléctrica, sin agua corriente, sin carreteras. Allí nació su padre, allí pasó su infancia y su adolescencia, corriendo por los prados de Callega y Panasquín, por el Huerto de Trillallomba, cansado de subir montañas, de segar la escanda, de correr detrás de las vacas, o de bajar con sus hermanos hasta las orillas del río Pigüeña, llenas de espuma, juncos y veranos.

Los contratos de compraventa reunidos en la carpeta azul sugieren que Pedro González nació en una familia de labradores humildes, premiada por el buen trabajo. Los papeles hablan de una discreta prosperidad. Don Eduardo compró poco a poco casas y prados. Además de Pedro, tuvo dos hijas, Rogelia y Ángeles, y dos hijos, Ángel y Santos. El que llegó más lejos de todos fue Ángel. Consta que murió en La Habana, Isla de Cuba, en 1924. Ángeles y Santos sólo llegaron a Madrid, ciudad en la que recibieron una parte de la herencia de su hermano Ángel. Entre el papel amarillento de la burocracia y los timbres del Estado, a veces se levantan como pájaros en un secarral los detalles familiares de la vida, el aire que respiraron los personajes, sus amistades y sus domicilios, las preferencias, las lejanías. Consta, por ejemplo, que Ángeles no había aprendido a escribir. El analfabetismo, según los documentos de la época, era una costumbre muy española, arraigada sobre todo entre las mujeres y los campesinos. Además de la rúbrica imprescindible de su marido, el tío Ramón Fernández, aparece la firma de un representante legal llamado don Enrique Rodríguez. Consta también que Ángeles y Ramón confiaron en Pedro, el respetable hermano profesor de la Escuela Normal de Oviedo. Firmaron en Madrid un poder notarial para que vendiese como estimara oportuno los bienes que aún conservaban en Ondes. Don Dimas Adanes Horcajuelo, notario del Ilustre Colegio de la Corte, da fe de esta buena hermandad, a 30 de diciembre de 1926. Lo que ningún notario, ninguna firma, ningún sello podían certificar entonces es que a Pedro le quedaban apenas dieciocho días de vida. La carpeta azul, junto a documentos relacionados con prometedores negocios, esconde un recibo de la parroquia de San Juan del Real de Oviedo, por un funeral de segunda clase. Se detallan los gastos de párroco, celebrante, vestuarios, sacristán, cantores, acólitos, campanero, túmulo, cera, sillas, reclinatorios y coadjutores. En total ciento setenta pesetas pagadas por una viuda.

Los números y las fechas parecen un camino llano, dos y tres son cinco, un año viene después de otro año. Antes de hundirnos en la carpeta azul, podríamos llegar a creer que las cifras son una herencia tranquila, un prado de veinticinco áreas que linda al norte con la geometría, al oeste con la aritmética y al sureste con la gran finca de la lógica. Pero los números y las fechas se convierten de pronto en un laberinto perturbador, amenazado por las puertas falsas y las salidas tristes. Cuidado con los números, le advertirá a Angelín pocos años después su abuelo materno, el también difunto Manuel Muñiz y García, camino del colegio. Cuidado con los números, porque pueden ser enteros, quebrados y mixtos, abstractos y concretos, homogéneos y heterogéneos, incomplejos y complejos, simples o dígitos, y compuestos o polidígitos. Gracias, abuelo. No conviene perderle el respeto a los números, sobre todo cuando se convierten en la memoria humana de una carpeta azul.

Pedro González Cano fue nombrado Profesor Provisional de Caligrafía del Instituto General de Oviedo el 29 de noviembre de 1902, con un sueldo de mil quinientas pesetas al año. Llegaba a buen puerto una historia desencadenada por una desgracia. Corriendo un día por el monte detrás de una vaca, tuvo una mala caída por culpa de una piedra tramposa y se fracturó la rodilla. Soldaron mal los huesos, quedó cojo de la pierna izquierda, incapacitado para las labores del campo, y hubo que buscar una salida honrosa en los estudios. La carrera de maestro era la tentación lógica para los muchachos que no nadaban en la abundancia, ni tenían padres con el poder de asegurar un puesto en la Administración. A la Escuela Normal Superior de Maestro de Oviedo fue Pedro en busca de un título, que consiguió sin dificultad en junio de 1902, a los veintitrés años. Había demostrado enseguida inteligencia para las matemáticas y vocación real de pedagogo, dos virtudes muy apreciables en una España que necesitaba arreglar sus cuentas con el pasado, tomarse en serio la educación futura de sus ciudadanos y salir de la miseria en la que estaba hundida. Eran dos virtudes también muy indicadas para ganarse la simpatía del director de la Escuela, don Manuel Muñiz y García, un respetado profesor de matemáticas, señor de chistera y levita, rubio, con bigote dignísimo, muy católico, pero muy liberal y querido en la ciudad, porque había enseñado a los comerciantes de Oviedo a sumar y a dividir con la publicación en 1880 de un libro titulado Cartilla métrica, o sea breve aplicación del sistema métrico decimal para uso de los establecimientos mercantiles. Desde entonces, los errores en las facturas, las cifras bailadas, los gramos de más o de menos fueron responsabilidad de cada establecimiento. En 1883, don Manuel había dado un paso más hacia la armonía ciudadana, recordando que las responsabilidades son siempre compartidas, al publicar sus Tablas prácticas para plantear el sistema métrico decimal necesario al comercio y las familias.

Manuel Muñiz vivía dentro de la Escuela Normal, en la casa destinada al director. Desde luego no era una existencia demasiado sedentaria, porque la dirección estaba sometida, como todo en España, a la ley de los turnos, los nombramientos y los ceses, hoy los conservadores y mañana los liberales, ahora Cánovas y luego Sagasta. Cuando gobernaba don Práxedes, Manuel Muñiz vivía en la Escuela; cuando ganaban las elecciones los conservadores, acusaba recibo del cese, empaquetaba sus libros, y acompañado de su hija María se iba a la calle, en busca de un domicilio extramuros del noble recinto pedagógico. No le importaba mucho. En realidad, su domicilio estaba donde estaba su hija, su única compañía, una muchacha rubia, de ojos azules, de cara agradable, y de cuerpo vistoso. María era una joven, por fortuna, más bien gordita. El padre y las tías estaban acostumbrados a obligarla a comer desde su nacimiento, cuando el médico diagnosticó una debilidad incompatible con la vida. Manuel Muñiz se empeñó en sacarla adelante. Pasaron los días, la niña resistió, se sobrepuso a las secuelas de un mal parto. Después, el padre la envió a Riberas de Pravia, para que la criasen el aire limpio y los cuidados estrictos de la tía Clotilde. Volvió feliz a Oviedo, convertida en una muchacha gordita y paciente, las dos virtudes más indicadas para llevarse bien con la tía Clotilde. María Muñiz vivió con su padre en la Escuela Normal —por entonces gobernaban los liberales—, y allí vio por primera vez a Cano, es decir al estudiante Pedro González Cano, más alto que bajo, más atractivo que guapo, más respetuoso que bromista, de pelo castaño en la cabeza y una barba discreta que servía para ocultar un mentón corto, y con una marcada cojera en la pierna izquierda.

No disimulaba Manuel Muñiz la simpatía por Cano. Cuando terminó sus estudios de Magisterio, lo propuso en nombre del claustro para una beca especial de la Excelentísima Diputación de Oviedo, que quiso celebrar así, premiando a maestros, el juramento del nuevo rey Alfonso XIII. Su graciosa majestad acababa de cumplir dieciséis años, y en su homenaje ya se repartían prebendas entre los súbditos. A Muñiz le gustaban los hombres hechos a sí mismos, pero pensó que a Cano no le vendría mal ahorrarse unas pesetas. Con motivo de esta ocasión regia, la diputación concedió a Pedro González Cano el dinero que costaba el Título de Maestro de Primera Enseñanza Superior. Así consta en una comunicación oficial del 23 de diciembre de 1902, firmada por Manuel Muñiz. Nunca des la espalda a la gente que merece ayuda, le repitió en muchas ocasiones el difunto Manuel Muñiz a su nieto Ángel. El difunto Pedro González Cano, en su condición de recuerdo vivo, también repetiría muchas veces al oído del niño que la dignidad no depende de los honores oficiales, ni del dinero librado por los bancos, sino de la honradez personal y del trabajo bien hecho. Hijo mío, no se lo digas a tu abuelo, que es muy religioso y no quiero que se moleste, pero los ateos debemos ser más honrados y más trabajadores que nadie, para demostrar que las personas decentes no necesitamos las amenazas del infierno a la hora de obrar de acuerdo con nuestra conciencia.

Manuel Muñiz.

Tía Clotilde.

María Muñiz.

Pedro González Cano.

Aunque Pedro González Cano y Manuel Muñiz se llevaron bien, hubo algunos secretos entre ellos. La cojera de la pierna izquierda se mantuvo en una prudente dimensión fisiológica. Cano nunca cometió el error de confesarle a Muñiz que no creía en la existencia de Dios y que se sentía republicano, poco dispuesto a tomarse en serio los derechos legítimos del Rey que acababa de jurar el cargo. Para que uno y uno sean dos, o cien y cien sean doscientos, no puede haber un uno que valga más que otro uno. Así no le salían las cuentas políticas a Cano. No era ése su sistema métrico decimal. Pero como se guardó mucho de confesárselo a Muñiz, hombre de la Restauración y de la Iglesia, un día pudo casarse con su hija María. El profesor Muñiz sólo alcanzó a ver en Cano lo que en él había de buena persona, seria, honrada, hecha a sí misma. Quizá imaginó en la vida del alumno aventajado una repetición de su propia historia, la aventura esforzada del joven aldeano que llegó a la ciudad dispuesto a ganarse la vida.

Manuel Muñiz había nacido en San Juan de Trasmonte, en Las Regueras, hijo también de una familia de modestos campesinos. Muy joven se trasladó a Oviedo para trabajar de dependiente y recadero en una tienda de ultramarinos. Pasear por la ciudad, buscar un hueco en el trajín del siglo XIX, le pareció más interesante que cultivar escanda. Prefería ver cómo se cerraban los tratos en la plaza de La Escandalera, cómo se llenaban los soportales del Fontán con la agitación de los hombres, las mujeres y los puestos de madreñas, cómo olía a vida y a cuero la calle Fierro, siempre en manos de los zapateros remendones y de los herreros. A veces, sobre todo los jueves, podía encontrarse con su hermana María, que trabajaba de carretona entre Las Regueras y Oviedo. Aprovechaba entonces la ocasión de un recado para buscarla, y correr con ella a la plaza de Daoíz y Velarde, tomada por los puestos de verdura. Su blusón gris se mezclaba con los delantales anchos y con grandes bolsillos de las vendedoras. Subían después a pasear por el Fontán, entre animales y tratantes de ganado. Daba gusto contemplar a una distancia prudente los aperos de labranza, que se habían convertido en un espectáculo al dejar de ser una desalentadora cuestión personal. Daba gusto comerse con los ojos las rosquillas y los bollos de escanda traídos de Morcín. Más que el campo, Manuel apreciaba sus alegres y bulliciosas consecuencias en los mercados de Oviedo.

Al descubrir que tenía facilidad para los números y que ajustaba con rapidez pasmosa las cuentas de los ultramarinos, decidió estudiar y se hizo maestro. La carpeta azul expide ahora un título de bachiller orlado con la balanza de la ley, los instrumentos de las ciencias, los libros de la sabiduría, los utensilios de la medicina, un globo terráqueo y un filo trenzado con hojas de laurel. Lo firma don Felipe Pío de Aramburu y Zuloaga, rector de la Universidad Literaria de Oviedo, y se expide a nombre de Manuel Muñiz y García, que había demostrado sus conocimientos ante los examinadores el día 25 de junio de 1873. El dependiente de ultramarinos prosperó al ritmo vivo de la ciudad. Los ovetenses talaron el Carbayón en 1873 y abrieron la calle de José Francisco Uría, prohombre de los ferrocarriles y de las obras públicas asturianas, para extender el centro de la ciudad más allá de las viejas fronteras de La Encimada. Se trataba de acercar la ciudad al ferrocarril y de que Clarín encontrase un domicilio cómodo y un ambiente urbano propicio para escribir La Regenta. Antes de que el rey Alfonso XII visitara Asturias para celebrar que los trenes españoles fuesen capaces de subir el puerto de Pajares, antes de que se inaugurara en 1886 la Estación del Ferrocarril del Norte en Oviedo, Manuel Muñiz y García había alcanzado el título de maestro y se había convertido en un pedagogo de prestigio, sobre todo en el difícil arte de difundir el amor por los números exactos y las matemáticas entre los comerciantes, los aprendices y los escolares. Sus Nociones de aritmética al alcance de los niños iban a alcanzar una fama notable entre los maestros asturianos de varias generaciones. La décima edición, corregida y aumentada por Pedro González Cano en 1912, será la causa de los primeros éxitos escolares de su nieto Ángel en los pupitres republicanos de 1932. Los buenos difuntos le habían explicado muchas veces al oído la complejidad de los números, los trucos de un dividendo y un divisor acabados en cero, la técnica del descuento, la extensión de una fanega y el peso de un quintal.

Cuando se inauguró la Estación del Ferrocarril del Norte, Manuel Muñiz ya era también padre de una niña llamada María.

cap3

3. Las bodas

—Pero ¡cómo te vas a casar con un cojo!

—Tía, el conde de Romanones también es cojo, y mira hasta dónde ha llegado.

Pocas veces era capaz María Muñiz de enfrentarse a la tía Clotilde. Había aprendido a obedecerla de forma natural, sin entrar a discutir la justicia de sus opiniones y de sus órdenes, con la misma docilidad que demostraba Félix. Tía Clotilde era también una madre para ella, pero bajo sus palabras cariñosas y sus órdenes maniáticas se agolpaban otras fuerzas atávicas que habían tejido una red de amor, respeto y miedo ante sus caprichos sociales y sus negaciones tajantes. Tía Clotilde era, de una sola vez, la madre que no había tenido, la hermana de su madre muerta, el apoyo de su padre, la tía generosa que se había hecho cargo de una niña enfermiza, la cuidadora obsesiva de su sa

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