Seré amado cuando falte

Javier Marías

Fragmento

Contents
Índice
Portadilla
Índice
Nota previa
Un extraño día para la justicia
Falsos méritos
Monedas cínicas
Compañías frías
Leyenda o verdad
Para combatir una plaga
Lo inmutable
Desde fuera y cerca
El estado de la sospecha
La vida sierva
La escuela del póker
Maldad y locura
Confiscación
Yo aún diría más
Un corazón sencillo
Lo que Dolly piensa
Más días extraños
Tú a Tonga y yo a Kiribati
La penumbra de Dean Martin
Galaxias medievales
El largo adiós
Una forma de admiración
Los comprensivos
La machada
El invasor en casa
Mejor callados
Las fastidiosas víctimas
Ente Desaprensivo Abusivo Controlador
Un camarada tahúr
Breve y arbitraria guía demográfica para detectar cursis
Dublín vislumbrado
El español equivocado
Un poema
Todos los actores muertos
Demasiados para la infamia
Frívolamente
La verbena en curso
Mastuerzos de pantalón corto
El inminente lunes
En desuso por abuso
El servilismo de la risa
No era tuya
De la hipocresía e imbecilidad mundiales
Para no salirnos
Noches tantálicas
Memoria personal y viva
Del terror a la comedia
Seré amado cuando falte
Una o dos necedades
Intermediarios literarios
Los seres grabados
Descansos cobrados
No son nada
Yo me rindo
Si no han visto el río
Escrupulosos racistas
El tren de los homicidios
Noticias de mis favoritas
Vida vieja
Fuma y suma
Cuyo estólido piafar
Sospechosos de respirar
De no haber nacido
Es la causa, es la causa
Tres héroes
Mamada y mentira
Jünger y Gellhorn
Desfachateces
Un poco de vértigo
Sonreír a las sanguijuelas
Y que rompan la baraja
Pollo y Gallina
Real Madrid Republicano
La fiesta de los impostores
Los enemigos de la duda
Duele la tierra o uña
De algo pueden servir los libros
Contraespionaje a Alemania
Pánico y explotación
La historia completa
Mercadeo de pensamiento
La puñalada del decano
Mis viejas
No aguanto a Pérez-Reverte
Capulleo de verano
A la altura del Japón
Don y daño de lenguas
A los que sólo están y esperan
Música para camaleón
Dopados o descabalgados
Vengan a rescatarnos
Harakiri con decapitación
Cuando la acusación se hace condena
Ondeante y flotante
Los traicionados muertos
Gansada
Trasvase o estafa
El hombre que supo mentir
Nunca con las mismas armas
Duda
El soberbio estupefacto
Mujeres odiosas
Otro lío horrible
No todos los artistas son mamarrachos
Notas
Sobre el autor
Créditos
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Nota previa

 

 

 

 

Este libro es la prolongación literal de otro que publiqué hace dos años, Mano de sombra, en estas mismas colección y editorial. Si aquel volumen recogía ciento cuatro artículos, correspondientes a dos años de tarea, que había ido sacando en el suplemento dominical El Semanal entre el 4 de diciembre del 94 y el 24 de noviembre del 96, el presente comienza una semana después de aquel final y reúne los aparecidos entre el 1 de diciembre del 96 y el 22 de noviembre del 98, veinticuatro meses más de opiniones sin cuento.

En el preámbulo a Mano de sombra —¿por qué seré así? No me enmiendo— hice comentarios que sentaron mal a algunos críticos, varios de los cuales me lo hicieron saber en seguida por periódico interpuesto y en letra impresa. Así que dada la sensibilidad cutánea de quienes no se abstienen de practicar el piercing, el tattooing y aun el perforating sobre las pieles de sus reseñados, el scalping, el scalloping, el trepanating y el lobotomizing sobre sus cabezas y el gaslighting sobre sus maltrechas psiques (luz de gas, ya saben, algún día les pondré un buen ejemplo real), prefiero no entregarme esta vez a ese género de cavilaciones ni hacer vaticinios tentadores. Doy la recopilación a las prensas y que sea lo que George Sanders quiera desde el más allá, pues no puedo evitar ver siempre a este actor como al crítico por antonomasia, en su insuperable encarnación de Addison De Witt (debiera el gremio convertirlo en su patrón laico).

También mencionaba en aquel preámbulo que mi buen amigo Manuel Rodríguez Rivero, al que tanto rodríguez-venero, solía desaconsejarme publicar dos o más obras recopilatorias sin que entre ellas mediara alguna novela o libro de cuentos. Con Mano de sombra desoí su consejo. No es este lugar para dilucidarlo, pero en el supuesto de que hubiera tenido él razón, no estaría yo en modo alguno dispuesto a dársela, al menos no públicamente. En esta ocasión actúo sobre seguro, ya que la obra anterior a esta sí fue una novela, o así lo creía yo, que la llamé «falsa novela» por guardarme un poco las espaldas, las cuales quedaron aun así al descubierto para la libre práctica del darting y el knifing, y aun de los más locales navajing y rajing.

Me temo que vuelvo a exponerlas al elegir como título del volumen el de uno de los artículos que contiene. Pensé en recurrir al de otro, y llamarlo Unas cuantas necedades para anticiparme al denvesting, pero me arriesgaba con eso a ser tachado además de inexacto e impropio, mediante la irrefutable observación de que ciento cuatro son por fuerza algunas más que «unas cuantas».

Quien pese a todo quiera ver en el título definitivo alguna alusión o indirecta inconveniente, o más bien impertinente, estará pensando de mala fe, con escaso ingenio y aún menor fundamento. Pues el artículo que lo suministra refuta precisamente esa idea tan extendida entre todo tipo de gentes —«Seré amado cuando falte»—, pero sobre todo entre los escritores, que a menudo encuentran en ella asidero y consuelo para la incomprensión de sus contemporáneos. Ese y no otro es el motivo de haber elegido como epígrafe del conjunto esa frase, que resume como pocas nuestra vana esperanza, la de todos los que escribimos. Ni siquiera está libre de ella quien sí es comprendido por sus contemporáneos, pues temerá que dejen de hacerlo los venideros lectores, en cuanto él se marche. Debo confesar sin embargo otro motivo: Seré amado cuando falte es una cita de Shakespeare, a quien han recurrido mis títulos, de este modo o en paráfrasis, no menos de cuatro veces. Nunca en un libro de artículos, quiero tentar la suerte.

Es probable que el lector contemporáneo —he ahí el drama, que sólo con él puede contarse, si es que se puede— encuentre en estas piezas alguna repetición, respecto a las manos sombrías o entre ellas mismas, y me disculpo aquí de antemano. Seguro que no las habría si yo fuera más chaquetero.

Incluyo de nuevo, por último, la relación completa de los diarios con que el suplemento El Semanal se suele entregar los domingos, para que nadie se llame a engaño y pueda comprar este volumen creyendo desconocer sus textos: El Correo, El Diario Vasco, El Diario Montañés, La Verdad, Ideal, Hoy, Sur, El Norte de Castilla, La Rioja, El Comercio, Diario de Navarra, El Heraldo de Aragón, Las Provincias, Diario de Cádiz, Diario de Burgos, La Voz de Galicia, Diari de Tarragona, Diario de Jerez, Diario de León, Diario de Mallorca, Menorca, Europa Sur, Diario de Sevilla y Huelva Información, si no ha habido incorporaciones o bajas de las que no me he enterado.

Y quizá no esté de más volver a advertir, para quienes no hayan leído nunca ninguno de estos periódicos —gente de Madrid o Barcelona, por ejemplo—, que las menciones que aparecen aquí y allá al «vecino» Pérez-Reverte siguen refiriéndose a una exclusiva vecindad de página, pues su sección lleva ya cuatro años —no sé si empieza a ser abusivo— precediendo a la mía en el suplemento. En el mismo sentido hay que entender las ocasionales incursiones de «Madame Mayoral» y «Madame Caso», aunque ambas nos quedan un poco alejadas en la distribución de las páginas, y así subrayan sus desdenes.

En el preámbulo a Mano de sombra me despedí diciendo que al releer todas las piezas seguidas había tenido la impresión de haber opinado demasiado. Así que imagínense ahora, tras otras ciento cuatro. No sé cómo nadie consiente, tras tanto tiempo, que le siga reventando los domingos.

 

JM

Febrero de 1999[1]

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Un extraño día para la justicia

 

 

 

Ese día del pasado mes de noviembre fue un día extraño para la justicia, creo yo. El periódico traía dos informaciones que era difícil no poner en relación. En la primera, de Madrid, el titular decía: «El jurado exculpa al joven que mató a su hermano por unos pantalones». El homicida presunto tenía diecisiete años, la víctima segura veintitrés. Habían peleado por unos pantalones y, según manifestaba el acta del jurado, «el acusado mató a su hermano con un cuchillo que sostenía firmemente en la mano derecha, pero nunca tuvo intención de causarle la muerte». Se agregaba que el fiscal no iba a recurrir la sentencia.

La segunda noticia procedía de Barcelona, y el titular rezaba así: «Absueltos dos guardias civiles por la muerte de un detenido al que patearon la cabeza». Esos dos agentes habían detenido a un individuo en Castellar del Vallès, y la sentencia consideraba probado que éste había recibido golpes y patadas de los guardias cuando lo conducían al cuartelillo tras prenderlo. El fiscal dirigió la acusación contra uno de los dos beneméritos, llamado Sánchez, como autor material; para él pedía una pena de veintisiete años y a su compañero lo consideraba encubridor. A continuación se glosaban las conclusiones de los jueces del caso, quienes daban por sentado que el fallecido había recibido varias patadas, una de ellas en la cabeza. Pero, añadían, no había prueba de que los agentes tuvieran la intención de matar al detenido, por lo que admitían que se los podría haber encontrado culpables sólo de un delito de lesiones. Sin embargo también habían desestimado esta alternativa, dado que no quedaba claro cuál de los dos guardias había golpeado al muerto (cuando aún vivía). «En consecuencia», concluían siempre según el periódico, «no se puede condenar a Sánchez ni a título de falta. Tampoco puede hacerse respecto del otro procesado pues no media la oportuna acusación». La sentencia, así pues, era libre absolución para los dos.

Yo no soy muy entendido en leyes y tengo la vaga idea de que no se puede criticar a los jueces, aunque no sé por qué no, de ser así efectivamente. Pero lo que supongo que no está castigado es mostrar perplejidad. Y no entiendo, eso es todo. No entiendo.

Por otra parte, en general no soy amigo de la severidad. Es más, ni siquiera estoy convencido —desde un punto de vista teórico— de que sea posible tal cosa como «hacer justicia». A veces pienso que es quimérico, y que la justicia, para serlo de veras, tendría que ser vista como tal por todos, acusadores y acusados, condenados y testigos. Debería «resplandecer» de tal modo que fuera siempre incontestable, hasta para quienes padecieran sus rigores, y esto no ocurre nunca. A veces me pregunto, por tanto, si es posible juzgar siquiera. Pero lo cierto es que en la práctica se juzga continuamente, y todos aceptamos ese principio o esa convención.

Y así, no entiendo. O mejor dicho, algo puedo entender la absolución del joven fratricida. Un menor de edad que tal vez esté tan arrepentido de lo que pasó que ya nunca levantará cabeza. Un momento de absurdo apasionamiento, de descontrol, un cuchillo y fuera. Mala suerte, aunque a la mala suerte también se la puede convocar o ayudar. No sé qué diablos hacia el cuchillo en su mano derecha. Me es fácil creer que nunca tuviera intención de matar a su hermano, pero lo mató. Quiero decir que el hermano no murió por sí solo. Quizá si hubiera habido pantalones para los dos... No sé.

Lo que no entiendo en absoluto es la otra absolución, dictada además por profesionales, no por los pobres jurados que nos obligan a ser. Resulta que unos guardias pueden patear la cabeza de un detenido hasta causarle la muerte (cosa probada). Pero como no tenían intención de mandarlo al otro barrio —quizá querían hacerle algún bien—, si acaso serían culpables de un delito de lesiones. Pero como no se sabe bien cuál de los pateadores propinó la patada funesta, pues entonces ni siquiera eso y los dos a la calle, a seguir deteniendo, es decir, a seguir haciendo el bien, el de su localidad y también el de sus detenidos, es de suponer. Pero qué pasa con el fallecido, que ni siquiera sabemos qué presunto delito había cometido para que lo trincara la pareja. Su breve trato con ella le costó la vida, y desde luego no murió por sí solo. Me pregunto qué pensarían los dos muertos de este extraño día para la justicia.

 

1-XII-96

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Falsos méritos

 

 

 

Me temo que este artículo no va a caer nada bien, o, dicho al modo americano, me temo que vaya a ser de lo más impopular. Pero bueno, para repetir lo que piensa la mayoría, o lo que piensa la época por nosotros, mejor callarse y quedarse en casa sin asomar.

Hace mucho que vengo observando cómo en este mundo cambiante hay algunos falsos prestigios o valores inamovibles, que aceptan tanto la izquierda como la derecha, los religiosos como los laicos, las víctimas como los verdugos. Uno de ellos es el sufrimiento, que desde tiempo inmemorial —acaso desde el comienzo de la era cristiana— opera como una justificación en sí misma de casi cualquier reacción o acto, en ocasiones de algunos crímenes (parece como si el que mata sufriendo matara menos). Y es curioso, porque a la vez la compasión fácilmente molesta u ofende a quien la recibe, y es rechazada. «No necesito tu compasión» es una frase ya tan común y gastada que sería inadmisible encontrarla en una novela o en una película, por tópica. Y sin embargo —quizá en secreto— casi todos la procuramos, y nos sentimos justificados y hasta cierto punto impunes por haberlo «pasado mal». El amante abandonado tiende a pensar que si la fugitiva amada pudiera asistir a sus padecimientos regresaría a su lado, y a menudo cae en la contraproducente tentación de mostrárselos, de hacérselos conocer para inspirar piedad y sobre todo para crearle mala conciencia y preocupación. Ese amante se considera «mejor» si sufre indeciblemente, considera que está atravesando por una experiencia valiosa y meritoria que lo dignifica. Y en realidad, si lo pensamos un poco, no se ve por qué habría de ser así, por qué el hecho de sufrir —que las más de las veces no depende de uno mismo, sino de lo que se nos inflige sin nuestra intervención— habría de ser por sí solo positivo y ennoblecedor.

Otro tanto ocurre a nivel colectivo: hay pueblos que han sido pisoteados y perseguidos en mayor medida de lo normal a lo largo de su historia, y el ejemplo más conspicuo es el judío, contra el que se han cometido tales atrocidades que no sé cómo todavía nadie se atreve a levantar una voz contra esa comunidad (claro está que se puede decir cualquier cosa contra un judío individual si lo merecen sus actos). Pero el monstruoso sufrimiento de ese pueblo parece dar además coartada para sus posibles tropelías, como si el dolor de los antepasados sirviera de anticipado perdón. Y de nuevo no tiene sentido que lo que no fue una hazaña ni algo voluntario, ni siquiera un martirio asumido, se erija en mérito y dignidad. «Pero ha sufrido mucho» es otra de esas frases exculpatorias tan comunes y aceptadas que casi nadie se plantea lo válido de tal exculpación.

Otro falso mérito es el del amor. Quien ama se siente a menudo eufórico y «mejor» por ello. Y también ve justificadas sus acciones. Es verdad que hasta las leyes consideran como atenuante o eximente de muchos hechos punibles que hayan sido cometidos en un arrebato, llevado el sujeto por la inmensidad de su amor. Pero lo cierto es que el enamorado —ya lo dice la palabra— no depende de momentos ni accesos, sino que se halla instalado en un sentimiento que más bien se caracteriza por su persistencia y hasta obsesión. «Es que estaba muy enamorada» es otra de esas frases tan escuchadas que parece explicarlo todo, cualquier comportamiento. Conozco a bastantes mujeres —más mujeres que hombres, pero eso puede deberse sólo a mi condición de varón— que al cometer una infidelidad conyugal necesitan convencerse o creer de inmediato que se han enamorado del amante, como si eso las dignificara y salvara. Y así, se viene a ver el amor como una especie de catástrofe natural contra la que nada se puede, algo que «sobreviene» y ante lo que quedamos inermes, sin más alternativa que entregarnos y someternos a sus dictados, que a menudo implican deslealtades y traiciones —y aquí no me refiero a las conyugales, nunca las llamaría así— para con los demás. Como si en cambio las personas que obran de la misma manera, pero sin amar ni sufrir, fueran reprobables sin paliativos. Nada más falaz, y no, desde mi punto de vista, porque todas sean condenables por igual, sino porque probablemente ninguna lo sea. Es mejor admitir eso y arrostrar los propios actos que condenarlos en nuestros adentros y tener que buscarles, entonces, falsos méritos o prestigios con que salvarnos.

 

8-XII-96

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Monedas cínicas

 

 

 

Un individuo que mentía descaradamente me llamó hace poco mentiroso a mí. Me tachó de aprovechado cuando aprovecharse de mí era lo que él estaba logrando desde hacía tiempo. Me acusó de querer sacar tajada económica cuando eso era lo que pretendía él. La cosa no tiene mayor importancia dados el desahucio moral y la chulería obtusa del sujeto en cuestión, pero es una muestra más de una reciente tendencia que sin duda todos ustedes habrán observado y padecido en alguna ocasión, y que no sé si achacar a un incremento del cinismo en nuestra sociedad o a una progresiva falta de objetividad, aunque tal vez se deba más a una apropiación generalizada de ciertas palabras y a su desgaste.

Todo el mundo emplea últimamente los mismos argumentos, para defenderse y para atacar. Antaño había en las rencillas posturas diferentes, y desde ellas cada uno trataba de tener razón. O bien alguien era acusado de algo e intentaba demostrar que la acusación era injusta, pero no se esforzaba además por volver esa misma acusación contra el acusador. Por poner un ejemplo exagerado y por lo tanto claro: al terminar nuestra Guerra Civil, fueron numerosos quienes se dedicaron a denunciar a vecinos, competidores, envidiados o aun amigos, unas veces por venganza personal, otras para acumular méritos ante el régimen dictatorial que se instauró. Los acusados lo tenían mal, dado que en aquellos años la perversión de la justicia llegó a tal extremo que eran ellos quienes habían de probar su inocencia y no los acusadores su culpabilidad. Cada uno se defendía como mal podía, pero lo que era insólito era ver al inculpado volver el cargo contra el acusador y decir que era éste quien había colaborado con la República o había dado «paseos» o lo que fuese.

Hoy, en cambio —y sin que nada, por suerte, acarree la misma gravedad—, es muy frecuente que quien está en falta se anticipe y acuse a su damnificado de haberla cometido él. No sé, un amigo nos ha traicionado, ha sido indiscreto o abusivo o ha hablado mal de nosotros con quien no debía, perjudicándonos. Pues bien, no será raro que, antes de que podamos reprochárselo, ese amigo nos recrimine —alambicadamente, con algún pretexto o distorsión— habernos portado nosotros mal con él, como si el adagio futbolístico «La mejor defensa es un buen ataque» hubiera sido asumido por la totalidad de la población, y a pie juntillas. Yo leo a menudo artículos en la prensa que me dejan boquiabierto: si los escriben personas que conozco, suelo tener cierta idea de cuáles son sus actuaciones o sus manipulaciones. Y así, me encuentro con que literatos que se pasan la vida intrigando y adulando, trapicheando y calumniando, largan piezas en las que denuncian con voz altisonante las intrigas y adulaciones, los trapicheos y calumnias de que es víctima el mundillo literario. También leo declaraciones de novelistas venales en las que claman contra la venalidad de los novelistas, reseñas de críticos muy vendidos en las que hablan de los camuflados sobornos a que se prestan muchos de sus colegas, artículos de fantasmones rancios contra los «falsos prestigios», piezas de injuriosos corruptos en las que despotrican contra la corrupción y la injuria, textos llenos de falsedades en los que se tilda de falsario a quien lleve la contraria al autor, y así hasta la náusea.

Todo esto acaba anulándose, por incompatibilidad. Como con el individuo que mencioné al principio, mi acusación tendrá escaso valor si se le contrapone una idéntica de él hacia mí. Palabra contra palabra, nada más, y todo queda neutralizado, inane. No sólo es difícil saber quién lleva razón, sino que seguramente, y en esos términos, no interesa saberlo a nadie. Todo se convierte en papel mojado cuando las acusaciones son las mismas de un lado y otro y se reiteran siempre, excluyéndose quien las hace e incluyendo en ellas a casi todos los demás.

El mayor problema es que todo queda inservible. La corrupción, la venalidad, la calumnia, la mentira, la manipulación, el servilismo, el aprovechamiento pasan a ser moneda tan corriente e indiscriminada que acaban por carecer de sentido y de valor. ¿O acaso podemos tomarnos en serio a estas alturas cualquiera de estas acusaciones tan manidas? Lo más grave, me temo, es que así se consigue un salvoconducto para perpetuar todo eso, porque cuando las palabras se quedan huecas y vacías de significado, entonces suele ocurrir que lo que denominan y a veces condenan puede practicarse con mayor impunidad.

 

15-XII-96

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Compañías frías

 

 

 

Si no recuerdo mal, esta va a ser la cuarta vez que les hablo de mis vicisitudes aeroportuarias, y comprendo que no debería volar más, pero el sentido del deber y un muy oculto optimismo me llevan a hacerlo sin parar últimamente. En esta ocasión ha sido Iberia la que ha atentado contra mi integridad psíquica. Sus empleados son estupendos.

Iba a Santiago de Compostela y la gente de allí me había dado una clave para que retirara los pasajes en el aeropuerto, al que llegué con el tiempo un poco justo, pero en todo caso con más de la media hora de adelanto preceptiva para los vuelos nacionales. No iba a facturar y el billete era de preferente —muy amables los de Santiago—, por lo que apenas habría de guardar cola. Tuve la suerte de acceder pronto a una de las ventanillas pese a que, como de costumbre, funcionaba sólo la mitad de las existentes. Un empleado comprobó mi clave, pero en vez de emitir el pasaje al instante, como otras veces, lo que emitió fue un volante y me lo entregó, diciendo: «Este billete es de descuento, así que se lo tienen que emitir dos puertas más allá». Allá me fui, y me encontré efectivamente con una puerta ante la cual hacía espera un grupo de gente considerable. Mi avión salía a las seis y veinticinco y ya eran las seis, de modo que me atreví a entrar para inquirir al respecto y explicar mi caso urgente. La mujer que atendía tenía a una señora cómodamente sentada enfrente, y me indicó que me pusiera a la cola exterior. «Lo haría», respondí, «pero entonces perdería el avión, seguro. Supongo que emitir este billete, ya pagado y todo, llevará un minuto, quizá podría hacerme el favor». «De todas formas», me contestó, «tengo que acabar con esta persona, y nos queda para rato».

Salí confiando en que el rato no fuera excesivo, y mientras tanto pregunté a los que aguardaban si me dejarían pasar un momento, dada la premura de tiempo. «Pregunte al primero», me dijo una joven, y así lo hice. El primero, un hombre comprensivo, no tuvo inconveniente, pero dos mujeres rotundas y repeinadas se encararon conmigo: «Pero usted no es empleado, a que no», dijeron. «¿Empleado de qué?», dije yo. «De qué va a ser, de Iberia. Esta oficina es sólo para billetes de empleados de Iberia, así que no puede sacar ni retirar nada aquí». «Perdone, pero su compañero de la ventanilla es quien me ha dicho que venga aquí con este volante». La más rotunda y más feamente repeinada empezó a ofender: «No, qué le va a haber dicho, eso no puede ser». «No me lo estoy inventando», respondí, «y no tengo el menor interés en retirar aquí mi pasaje, pero es que allí no me lo emiten». «Ah no», insistía la forzuda de cabello interplanetario, «vaya allí, esto es sólo para nosotros, los empleados». Así que regresé a la ventanilla e informé al primer tipo, quien sin embargo me negó también: «Aquí servimos a los otros pasajeros, vaya donde le he dicho». Cuando volví a la puerta creí que iba a ser linchado por pilotos, azafatas y asistentes. Hubo un momento muy cómico en el que no pude detenerme, dada la angustia que ya me invadía, cuando una de las furibundas empleadas viajeras me espetó una frase misteriosa: «¿Pero qué es lo que tiene usted, un billete frío?» «Mire», le dije, «no sé lo que tengo, ni si es frío ni templado, ni qué significa eso de frío, sólo sé que a este paso, si quiero coger mi avión, voy a tener que comprar otro billete de mi propio bolsillo, y entonces seguro que será caliente. ¿Es eso lo que debo hacer?»

El comprensivo primero de la cola se escandalizó y me acompañó a una nueva tentativa en las ventanillas, ahora en otra, que dirigía una mujer. Explicamos el caso entre los dos, y ella quiso confirmación de que los de la puerta querían que ella y su ventanilla, y no ellos, emitieran mi pasaje, porque luego podían protestar. La absurda consulta llevó unos minutos más, y por fin mi billete fue emitido con desesperante lentitud. Dicho sea de paso, la cola de empleados viajeros no había avanzado nada, iría cada uno a dar la vuelta al mundo, supongo. Corrí como loco por ese aeropuerto de Barajas demencial y mal señalizado. Los que me dieron la tarjeta de embarque anunciaron que avisarían al avión de mi llegada inminente, que tuvo lugar exactamente a las seis y venticinco. Como era de esperar en un sitio en el que casi todos los vuelos salen con retraso, en esta ocasión la puntualidad había sido germánica (germánica de antes, claro está). Me quedé con cara de idiota mirando la puerta de embarque. Fui a llamar por teléfono y, para que nada faltara, Telefónica remató la faena con sus habituales «Inserte tarjeta», «Retírela», «Insértela», «Retírela», «Váyase», «Cállese». En vista de ello eché la única moneda que tenía, de quinientas pesetas, y el teléfono se la tragó muy ufano a cambio de nada. Compañías frías.

 

22-XII-96

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Leyenda o verdad

 

 

 

En 1975 no se le concedió ningún crédito. Ahora, en cambio, no sólo se lo conceden los expertos más rigurosos, sino que da lo mismo que se lo concedan o no. Al fin y al cabo a los expertos, a los estudiosos, a los historiadores, los leen cuatro gatos y medio, mientras que los periódicos, las revistas, las radios y las televisiones son seguidas por centenares de millones. Se suelta algo en ellos y ya está: más o menos se da por cierto, entre otros motivos porque son ya tantos, y tanto es lo que sueltan a diario, que no queda tiempo par

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