Los amantes de Gibraltar

Joan Brady

Fragmento

Prólogo

Prólogo

La editora ejecutiva de la revista Soltero en San Diego se sobresaltó cuando levantó la vista del montón de papeles que cubrían su escritorio y se encontró mirando su propio reflejo en la superficie de la placa de un detective de policía.

Un hombre corpulento, del tamaño de un armario, se inclinó sobre su escritorio.

—Crystal Evans —dijo, y no se trataba de una pregunta.

—Exacto —respondió ella con ese tono propio de los editores—. ¿Y usted es...?

—Detective Sloan —contestó él, como si esas dos palabras formasen una oración completa—. Departamento de Policía de San Diego —añadió—. Me gustaría hacerle un par de preguntas sobre la desaparición de una de sus colaboradoras. —Echó un vistazo al gastado cuaderno que llevaba en la mano—. Una tal Margaret Duran —prosiguió—. ¿Le dice algo ese nombre?

—Bueno, sí, claro —dijo Crystal Evans con desdén, negándose a mostrar signo alguno de sorpresa—. Es una de nuestras redactoras de temas de interés humano más populares. De hecho, le ofrecimos su propia columna, pero dijo que no podía comprometerse.

El detective trató de formular la pregunta siguiente con el tono más neutro posible.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a la señorita Duran?

Aquellas preguntas empezaban a incomodar a Crystal, que, en un intento de ponerse a la altura del detective, se levantó de la silla, pero siguió sintiéndose eclipsada por el gigante que tenía delante.

—Mire, detective Sloan, yo soy editora ejecutiva —explicó mientras esbozaba una triste sonrisa—, por lo que apenas mantengo contacto directo con nuestros redactores, sobre todo con los free-lance. Solemos comunicarnos por correo electrónico.

—Entiendo —dijo Sloan—, pero, si no le importa, me gustaría que me diera su impresión acerca de ella. Ya sabe... ¿Era sociable? ¿Dependiente? ¿Rarita? Ese tipo de cosas.

Como la consumada profesional que era, Crystal Evans iba a proporcionar información vaga o insustancial, así que dedicó unos instantes a recordar las conversaciones que había mantenido con la desaparecida.

—Bueno, que quede claro que esto es sólo mi opinión —puntualizó, prefiriendo empezar con un descargo de responsabilidad—, pero supongo que puede decirse que Margaret Duran era algo introvertida; una solitaria, más o menos. Digamos que era... distante, incluso que estaba un poco aislada del mundo, diría yo. Está claro que jamás me pareció la clase de persona que podría llevar un estilo de vida arriesgado. O sea, no se me ocurre ninguna razón por la que alguien quisiera secuestrarla o causarle daño alguno.

—Nadie está diciendo que la señorita Duran haya desaparecido en contra de su voluntad —se apresuró a aclarar el detective—. Debido a su trabajo, señorita Evans, seguro que sabe que existe una línea muy delgada entre rastrear a una persona desaparecida e inmiscuirse en la vida privada de un ciudadano honrado. Constantemente desaparece gente de forma intencionada, sobre todo personajes excéntricos, relacionados con el mundo del arte, escritores, pintores... y en especial cuando son solteros y de mediana edad. Es perfectamente legal que un adulto se aparte de la sociedad si es eso lo que desea. Nuestro departamento sólo trata de averiguar si se ha cometido algún tipo de acto delictivo. Eso es todo.

—Sí, por supuesto —repuso Crystal, adoptando una postura más flexible—. Supongo que es posible que se haya cansado de los avatares de la vida moderna; podría entenderlo perfectamente. Seguro que a todos se nos ha pasado por la cabeza alguna vez huir de esa manera, ¿no le parece, detective?

Era evidente que aquel hombre no tenía ningún interés en especular.

—Entonces, ¿cuándo fue la última vez que vio a la señorita Duran? —repitió.

Crystal Evans no pudo evitar reírse y, al hacerlo, agitó su melena impecable.

—La verdad es que no sabría decirle cuándo fue la última vez que la tuve delante —admitió—, pero, si le sirve de algo, le diré que hablé con ella por teléfono hará cosa de una semana. De hecho, se suponía que tenía que escribir un artículo de opinión para la última página de nuestro número de octubre. Creo que trataba sobre la controversia en torno a la cruz de Monte Soledad, pero...

Sin más, el detective dejó caer unos folios en el abarrotado escritorio de Crystal.

—¿Es éste el artículo al que se refiere? —le espetó.

Con un rápido vistazo a aquellas páginas ajadas y enrolladas, Crystal leyó el título en cursiva, que rezaba: El signo de la cruz. Debajo figuraba la firma de Margaret Duran. En un primer momento, cuando Crystal se dio cuenta de que el manuscrito había aterrizado en su escritorio a tiempo para figurar en el número de octubre, se sintió eufórica.

—Gracias a Dios —soltó, aliviada—. Ya había empezado a pensar que iba a tener que sustituirlo por cualquier tontería justo antes del cierre. —Entonces, tras percatarse de lo calculadoras que debían de sonar sus palabras, se apresuró a disculparse.

Durante un momento largo e incómodo, la tranquilizada editora ejecutiva y el fornido e impertérrito detective se miraron a los ojos sin pronunciar palabra.

—Si quiere saber lo que me dice el instinto, señorita Evans —declaró Sloan al fin—, sospecho que en este caso hay mucho más que en el de cualquiera de las personas que desaparecen habitualmente.

Poco sabían ambos cuánta verdad encerraban aquellas palabras.

Capítulo 1

1

El verano que desapareció Margaret Duran fue el más caluroso que se recordaba, y no sólo por las altísimas temperaturas o la bochornosa humedad. Los turistas eran los únicos a los que no parecía afectarles aquella canícula tan poco habitual. Muchos de ellos se trasladaban a San Diego cada mes de junio para escapar del sofocante calor desértico de Arizona.

«Zonies», los llamaban los lugareños, pues cruzaban la frontera estatal, con el aire acondicionado a tope, directos a la costa, para establecerse temporalmente en cualquier espacio disponible en hoteles y apartamentos de alquiler. En general, el clima mediterráneo de San Diego suponía una clara mejora frente a las temperaturas infernales que asolaban tantas otras zonas del país. De hecho, fueron estas condiciones climáticas las que suscitaron la extendida, aunque errónea, idea de que California en agosto no es muy distinta de California en enero.

Como nativa de dicho estado, sin embargo, a Margaret Duran nunca había dejado de divertirle semejante ingenuidad. Siempre le había sorprendido la incapacidad de la mayoría de los forasteros para percibir los sutiles cambios que podían apreciarse en el paisaje del sur de California a medida que iban pasando las páginas del calendario, un lánguido día tras otro. No se explicaba por qué a los demás les llevaba tanto tiempo advertir que las radiantes flores violáceas de los jacarandaes que flanqueaban las calles de la ciudad eclosionaban en todo su esplendor a finales de la primavera. Además, ¿cómo se podían pasar por alto las intensas lluvias, a veces torrenciales, y los aludes de barro característicos de los meses invernales? Por no hablar de las predecibles y dramáticas mareas altas que azotan la costa en mayo y junio, precediendo la llegada del verano, ni de los fuertes vientos de Santa Ana que soplan en el desierto a principios de otoño y suelen provocar terribles incendios en los bosques orientales que, en ocasiones, asedian peligrosamente las zonas urbanas.

Agosto era el mes en que tanto ella como su padre celebraban sus respectivos aniversarios. Ese año, Margaret cumplía, exactamente, cuarenta y cinco años. El hecho de compartir fecha de nacimiento con su progenitor siempre la había hecho sentirse un poco especial y algo más cercana a él que ninguna otra persona, lo cual no era poco, teniendo en cuenta que eran nueve hermanos.

Hacía días que Margaret había empezado a preguntarse qué pensaría su padre, de seguir con vida, claro, de la vida que ella llevaba en la actualidad. Ricardo Duran, Rick para los amigos, había muerto de algo denominado «infarto silencioso» el año en que Margaret había cumplido nueve, cuando todavía soñaba con convertirse algún día en una novelista famosa, cuando todavía daba por sentado que acabaría casándose y teniendo hijos... Cuando todavía era lo bastante joven como para creer que todo eso era posible.

A pesar de ver truncadas esas esperanzas, lo que Margaret sí podía afirmar era que su vida nunca había sido aburrida, lo cual la enorgullecía.

Todas sus hermanas y amigas habían empezado a casarse y a sentar cabeza uno o dos años después de acabar la universidad, pero ése no parecía el destino de Margaret. La triste realidad era que todos los hombres que habían pasado por las diferentes etapas de su vida le habían resultado simples y egocéntricos, por lo que la idea de contraer matrimonio con alguno de ellos siempre le había parecido onerosa y aburrida. Margaret apreciaba demasiado su libertad y su independencia como para cambiarlas por un estilo de vida convencional. Siempre había sabido que sólo un hombre de espíritu tan libre como el suyo podría captar su atención de forma permanente.

Tal vez su afán por lo extraordinario tuviera algo que ver con el hecho de haber crecido entre el caos y la atmósfera circense que generaban once personas viviendo bajo el mismo techo. El espacio había sido un lujo durante toda su infancia. Incluso permanecer cinco minutos sola en el cuarto de baño había constituido un privilegio escaso y anhelado. Margaret suponía que eso explicaba su necesidad, casi desesperada, de espacios abiertos e intimidad, además de su eterna preferencia por la cadencia del silencio frente a la cacofonía de conversaciones simultáneas y constantes.

Ya desde muy pequeña se había sentido diferente de otros niños y, a una edad atípicamente temprana, había decidido que no dejaría que nada le impidiese alcanzar todas las metas que se marcase en la vida. Ahora, sonreía al recordar el momento en que su padre le había advertido que no fuese «demasiado independiente», y cómo él no pudo evitar reírse cuando ella le preguntó si acaso eso era posible.

Con el paso de los años, Margaret acabaría haciendo de dama de honor en más bodas de las que era capaz de recordar. Siempre sonreía para la foto y hacía todo lo posible por ignorar las miradas inquisidoras y los murmullos de invitados curiosos que no cesaban de preguntar cuándo le llegaría el turno a ella.

La mayoría de las veces, había sido capaz de hacer caso omiso de tales comentarios, confiando en algo que su padre le había dicho días antes de morir: «Si sólo quedasen un hombre y una mujer sobre la faz de la Tierra —le había asegurado Rick Duran a la idealista de su hija—, y si la mujer estuviese en América del Norte y el hombre en América del Sur, ambos acabarían encontrándose, porque el instinto del ser humano para hallar a su alma gemela es así de fuerte.»

Margaret se había aferrado a esa idea como a un clavo ardiendo, y, desde aquel día, había albergado la creencia de que el amor verdadero estaba ahí fuera, en alguna parte, esperando a que tropezara con él. ¿Qué importaban los años que tuvieran que pasar hasta que los astros se alinearan para que sucediera lo que se suponía que terminaría por suceder? Hasta entonces, sin embargo, Margaret seguiría envolviendo pacientemente licuadoras, tostadoras y copas de vino que jamás se le ocurriría comprar para sí misma, y que seguiría dejando junto al resto de los regalos en una boda, tras otra, y otra.

A medida que pasaba el tiempo y que su alma gemela seguía sin aparecer, algunos amigos bienintencionados comenzaron a sugerirle las citas por Internet, alabando la eficacia y el moderno enfoque científico y tecnológico del sistema, al tiempo que blandían argumentos como «¿Por qué dejar tu futuro en manos de la casualidad?» o «Puede que vaya siendo hora de que tomes las riendas del asunto». No dejaban de señalar las ventajas de ese método para profesionales que, como ella, no disponían ni de la paciencia ni del tiempo necesarios para la tediosa tarea de encontrar pareja.

Además, siempre había alguien que conocía a alguien que conocía a alguien que había encontrado al hombre o a la mujer de sus sueños a través del ciberespacio. Según ellos, lo único que hacía falta era estar dispuesto a elaborar un listado de requisitos no negociables, introducirlo en algún portal de búsqueda de parejas y voilà! Era como programar una tostadora según tus preferencias exactas: el producto, perfecto y customizado, acabaría saltando.

Con todo, Margaret desconfiaba de la idea de dejar que un ordenador interfiriera en su destino, e incluso se sentía algo ofendida al respecto. El concepto en general le parecía calculado, demasiado simplificado y un tanto infantil. Resultaba tremendamente arrogante asumir que uno ya sabía con exactitud la clase de pareja que necesitaba. Al fin y al cabo, ¿no se suponía que una relación de pareja era algo que crecía, que cambiaba y ensanchaba los horizontes de uno mismo gracias a la presencia de otro ser humano con el que compartir la experiencia?

El pedido detallado de una pareja anulaba infinitas posibilidades que uno podía no saber que estaba buscando, pensaba Margaret. Despojaba al amor de todo romanticismo, magia e imprevisión. Y, lo que era todavía peor, alguien cobraba por ese servicio, como si el destino fuera una mercancía que una empresa pudiera afirmar poseer, controlar y/o vender.

Bueno, pues Margaret Duran no pensaba sucumbir a semejante despropósito, y le traía sin cuidado si eso la acababa convirtiendo en la última persona soltera del planeta. Estaba decidida a esperar a algo más... incluso si no llegaba jamás.

No obstante, hasta el momento, y para su desgracia, esa clase de amor verdadero y trascendental se las había ingeniado para evitarla. No sin asombro, Margaret veía como, poco a poco, iba envejeciendo y se iba convirtiendo en la peor pesadilla de cualquier chica joven y soñadora: una soltera de mediana edad que dependía exclusivamente de sí misma.

Desalentada, aunque no derrotada, volvió su atención hacia otros asuntos, en particular su trabajo como escritora, al que se aferró de tal manera que, a menudo, acabó perdida en él, y en ocasiones, consumida por él.

Mientras otras personas de su entorno se afanaban en salir con gente y entablar relaciones de pareja, Margaret se metió de lleno en su profesión. Consiguió publicar artículos en varios periódicos y revistas e, incluso, llegó a hacer un par de escapadas como escritora de viajes.

Escribir para la prensa solía ser una manera solitaria y un tanto precaria de ganarse la vida, aunque la independencia y la emoción que conllevaba eran unos alicientes irresistibles. Comparado con los trabajos de oficina aburridos y conformistas, a Margaret su oficio le iba como anillo al dedo. Le encantaba el estilo de vida un tanto desordenado que esa profesión le ofrecía, sobre todo la libertad de «fichar» en pijama. ¿Cuántos trabajos proporcionaban esa clase de impagable beneficio colateral? Ser autónoma le ofrecía la posibilidad de vestir como quisiera: con camiseta y chándal, o con tejanos, poco maquillada, descalza, y con su tosca cabellera de co

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