El regreso de la serpiente emplumada (El Dios de la Guerra 2)

Graham Hancock

Fragmento

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Créditos

Título original: War God. The Return of the Plumed Serpent

Traducción: Paula Vicens

1.ª edición: noviembre 2016

© Graham Hancock, 2014

© Ediciones B, S. A., 2016

para el sello B de Blok

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-578-4

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Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

PRIMERA PARTE

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SEGUNDA PARTE

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TERCERA PARTE

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Marco temporal, localizaciones principales y lista de personajes

El dios de la guerra y la historia

Agradecimientos

Notas

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Dedicatoria

Para Santha

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PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE

20 de abril de 1519 - 12 de mayo de 1519

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1

1

Golfo de México, martes, 20 de abril de 1519, en alta mar

—Este perro se está volviendo peleón —dijo Telmo Vendabal.

—Así es —convino Pepillo.

—Parece fuerte. ¿Qué le das de comer?

—Cuando me lo dieron, leche de cabra; ahora las sobras.

—¿Cómo se llama?

Pepillo cambió el pie de apoyo, incómodo.

—Melchor, señor —murmuró.

—¿Melchor? ¿Por ese amigo tuyo negro que se hizo matar?

—Sí, señor. —Se mordió el labio y añadió—: Era valiente, señor.

—Sí, bastante, supongo, pero negro como el demonio.

Los ojillos de Vendabal, un jorobado fornido y despiadado, jefe adiestrador de perros de la expedición, brillaron calculadores.

—¿Te parece que Melchor también es valiente?

Pepillo notó que la frente se le perlaba de sudor, y no a causa del sol.

—No estoy seguro. Lo trato como a un animal de compañía.

—Animal de compañía, ¿eh? ¡Y qué más! En una expedición no hay sitio para las mascotas.

Vendabal torció la boca y se arrodilló junto al perro, un cruce de lobero y galgo, lo sujetó por la mandíbula inferior, le alzó el labio y le examinó la dentadura blanca de cachorro. Melchor gimoteó ansioso y trató de retroceder, volviendo los ojos ambarinos de mirada inteligente hacia Pepillo en una súplica muda, como si supiera que estaba atrapado.

—Tranquilo, chico —le dijo Pepillo—. ¡Quieto!

Era evidente que Melchor no estaba cómodo, pero Pepillo lo estaba entrenando para que fuera obediente y se mantuvo quieto mientras Vendabal le examinaba la boca y le pasaba un sucio pulgar por las encías. Sin embargo, cuando el jorobado deslizó la otra mano hacia los cuartos traseros y trató de agarrarle los testículos, el gemido nervioso del cachorro se convirtió en un gruñido amenazador y sus dientes destellaron en un repentino intento de mordérsela. Soltando una retahíla de juramentos, Vendabal apartó la mano y le propinó un golpe en la cabeza tan fuerte que mandó al animal gimiendo y dando tumbos por la cubierta. Luego se le acercó y le dio una patada en las costillas, arrancándole otro agónico gañido.

Instintivamente, Pepillo saltó cuando el adiestrador estaba a punto de propinarle un segundo puntapié; le puso una zancadilla y lo derribó. De inmediato se congregó un grupo de veinte o más tripulantes y soldados junto a los mástiles para observar la escena entre gritos y mofas, mientras otros se encaramaban a las jarcias para ver mejor. Rojo de ira y jadeando, Vendabal se levantó, alzó a Pepillo por las solapas y le echó una vaharada de aliento fétido a la cara.

—¡Pedazo de mierda, tu perro es mío! —le gritó—. En la próxima batalla será el primero en enfrentarse al enemigo.

—No, por favor, señor —rogó Pepillo—. Melchor no es un perro de combate. Ni siquiera viviría de ser por vos. Cuando su madre murió en la batalla de Potonchán, ordenasteis a vuestros hombres matar a toda la camada. Dijisteis que era demasiado engorroso alimentar cachorros. Don Bernal Díaz me lo dijo, señor. Fue él quien salvó a Melchor.

—Díaz, ¿eh? ¿Y dónde está ahora que lo necesitas?

—En la nave de don Pedro de Alvarado, señor, como bien sabéis, pero cuando lleguemos a tierra responderá por mí. Melchor fue un regalo suyo. ¡No podéis quitármelo! —insistió Pepillo con terquedad, notando una rabia creciente a pesar de no tocar el suelo con los pies y estar indefenso en manos del jorobado.

—¿Que responderá por ti? —vociferó Vendabal—. ¿Que responderá... por ti? ¡Yo te enseñaré lo que es responder por ti! —Cogió impulso, sin dejar de sujetarlo por las solapas con la mano izquierda, y le estampó la derecha en la cara, una, dos, tres veces.

Al cuarto golpe, Pepillo, a pesar de que le pitaban los oídos, oyó un gruñido y vio pasar como un rayo una bola de pelo manchado: era Melchor, que se lanzó sobre Vendabal y le hincó los dientes en el brazo robusto y profusamente tatuado. De inmediato soltó las solapas de Pepillo, que cayó sobre la cubierta con un ruido sordo y vio, aturdido, cómo Vendabal se sacudía de encima a Melchor, tiraba al suelo al cachorro y se abalanzaba sobre él con intenciones asesinas.

—¡Alto ahí! —tronó una voz que se impuso a los gritos exaltados de los espectadores y detuvo de golpe a Vendabal—. ¡He dicho que alto!

Todos se volvieron hacia el puente, donde estaba Hernán Cortés, capitán general de la expedición, que había salido de su camarote. Desde la masacre de los mayas chontales en Potonchán,1 su cólera se había vuelto legendaria, y a Pepillo, que lo conocía mejor que nadie, no le cupo duda de que su amo estaba de mal humor. Despertarlo de su acostumbrada siesta no era nunca conveniente, pero hacerlo sin miramientos era arriesgarse a sufrir su ira.

Cubierto con solo una colorida tela de fabricación local enrollada a la cintura, Cortés se acercó descalzo a la barandilla del puente de mando para asomarse a la cubierta principal y ver a Pepillo y a Vendabal.

—¿Qué significa esto? —les preguntó.

—Este chucho bastardo me ha mordido —se quejó Vendabal, indicando a Melchor, que con el pelaje erizado y enseñando los dientes parecía dispuesto a lo peor.

De pronto, sorprendentemente, Cortés sonrió.

—Y supongo que vuestras blandas carnes jamás habían probado los dientes de un can, ¿verdad, don Telmo? Seguro que las cicatrices que lucís os las infligieron las garras de vuestras amantes celosas.

Vendabal parecía confuso.

—Pues claro que me han mordido otras veces —refunfuñó con truculencia—. ¡Un centenar! Pero ningún perro que lo haya hecho se ha librado de una paliza. Tiene que saber quién manda.

—Ya le habéis pegado a Melchor —objetó Pepillo. Se había agachado al lado de su mascota—. Ya ha aprendido la lección. Mirad, está temblando.

Cierto, Melchor temblaba, «pero no de miedo», pensó Pepillo. Un gruñido vibraba en su garganta y parecía dispuesto a saltarle otra vez encima a Vendabal.

—¿Que ha aprendido la lección? ¡Y un cuerno! —rugió este—. Este perro necesita una azotaina. Luego se unirá a los demás y se entrenará para el combate.

—¡No! —gritó Pepillo—. ¡Es mío! No podéis quedároslo.

Cortés observaba la escena desde el puente de mando. Sus facciones denotaban una extraña y cruel diversión.

—El perro se queda con mi paje, de momento —dijo por fin. Les dio la espalda y se acercó a la puerta abierta de su camarote antes de añadir, volviendo la cabeza—: Pero azotadlo, Vendabal. Por supuesto, azotadlo.

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2

Tenochtitlán (Ciudad de México), miércoles, 21 de abril de 1519, última hora de la tarde

Cuauhtémoc dio un ágil salto con elegancia y estilo, y la hoja del arma de Comehombres silbó inofensivamente bajo la planta de sus pies. Entonces, con el mismo movimiento suave, el apuesto príncipe mexica2 descargó la suya sobre la coronilla de su contrincante, deteniendo el golpe a menos de un dedo de su objetivo.

—Estás muerto, Comehombres —dijo Cuauhtémoc, muy ufano—. Te he partido en dos el cráneo. Creo que eso tan escaso que hay en el polvo, entre nosotros, son tus sesos.

Comehombres era un mal perdedor. Era la cuarta vez que le ganaba en menos de una hora de entrenamiento, así que rugió y atacó nuevamente, su espada convertida en un borrón dada la rapidez del movimiento, demasiada para el ojo humano. Sin embargo, de algún modo Cuauhtémoc la evitó, balanceando el cuerpo delgado, con cicatrices y musculoso, y agachando la cabeza mientras eludía la furiosa embestida, hasta que, de repente, sin que Tozi lo viera venir, giró, dejó pasar a su oponente y le golpeó la nuca con la hoja, reduciendo la fuerza del impacto, pero no tanto como para que no produjera un ruido sordo y derribara a su amigo, que cayó de bruces sin sentido.

Invisible, insustancial como el aire, capaz de pasar inadvertida donde y cuando lo deseara, Tozi era la silenciosa espectadora del combate. De hecho, llevaba observando a Cuauhtémoc desde que Moctezuma tramara envenenarlo, y había usado hechicería para salvarlo y que sanara de las terribles heridas recibidas en la batalla contra los tlaxcaltecas.3

Era, tenía que admitirlo, un inconveniente haberse enamorado de aquel noble príncipe, sobrino de Moctezuma, ese ser nocivo que durante los quince años de vida de Tozi había ocupado el trono del malvado Imperio mexica. Una vez aceptado lo que sentía, sin embargo, suponía que le sería más fácil lidiar con sus sentimientos.

En todo caso, cualquier tipo de relación era impensable.

Cuauhtémoc era de sangre real, mientras que ella era bruja e hija de bruja. Él era su enemigo y sobrino de su enemigo, además. Debía usar su magia y sus artimañas para ponerlo en contra de su tío y del dios de la guerra Huitzilopochtli, el Colibrí, a quien Moctezuma servía. O eso, o traerle a Cuauhtémoc la misma ruina que planeaba traerle a Moctezuma.

Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, dios de la paz, viejo enemigo del Colibrí, estaba de camino y llegaría como estaba profetizado aquel año de Ce Ácatl, el año 1-Conejo,4 para derrocar a un rey cruel y abolir para siempre el vil culto de los sacrificios humanos al dios de la guerra. Tozi tuvo una breve sensación de remordimiento: por sus poderes mágicos y especialmente por su capacidad para hacerse invisible, había sido elegida nada menos que por el Colibrí cuando estaba ante su altar sacrificial. Su amiga Malinali,5 que había permanecido a su lado aquella noche de hacía dos meses y a la que habían liberado con ella gracias a la intervención del Colibrí, lo consideraba un gran peligro. Si el Colibrí las había librado del sacrificio a manos de su marioneta Moctezuma, eso significaba sin duda que el dios de la guerra tenía un plan para ellas y que, puesto que era un ser de pura maldad, consecuentemente solo podía salir maldad de todo aquello.

Tozi había descartado aquellas preocupaciones cuando envió a Malinali a la costa para que fuese a esperar a Quetzalcóatl. Había un plan, desde luego, un gran plan, pero no era del Colibrí. Y sin duda ella y Malinali tenían un papel en él. Tozi recordó lo que le había dicho a su amiga para tranquilizarla:

—También Moctezuma juega su papel en esto, e incluso el dios malvado y equivocado al que sirve cumplirá con el suyo.

—No sé —había respondido Malinali—. No entiendo nada.

—No necesitas entenderlo, bella Malinali. Este es el año de Ce Ácatl y solo tienes que hacer lo que te corresponde. ¿No ves que no es casualidad que tú seas maya chontal y que quienes vinieron para proclamar el regreso de Quetzalcóatl aparecieran por primera vez en la tierra de tu pueblo, en Potonchán, la ciudad donde naciste? Nada de esto es por casualidad, Malinali. Por eso ahora tienes que volver a Potonchán, sin tardanza. Tienes que partir hacia allí inmediatamente.

De este modo había mandado a Malinali en un peligroso viaje hasta su tierra natal, de vuelta con su familia, que la había vendido anteriormente como esclava a los mexicas. La había mandado a buscar al dios de la paz que regresaba. La magia de Tozi era fuerte, más fuerte que nunca, pero, aun así, no tenía ni idea de lo que le había sucedido a su amiga durante los más de sesenta días transcurridos desde entonces. Solo podía suponerlo, solo tener la esperanza de que estaba bien y de que había llevado a cabo con éxito su misión de encontrar a Quetzalcóatl y acompañarlo hasta la ciudad de Tenochtitlán para derrocar a Moctezuma.

Entretanto, el trabajo de Tozi estaba allí, con Cuauhtémoc.

Conseguir que se uniera a la causa de la Serpiente Emplumada sería una gran victoria, pero Tozi apenas podía confiar en sí misma para acercársele. De hecho, desde la última vez que se le había mostrado en su disfraz de Temaz, diosa de la medicina y la curación, el mero hecho de pensar en él la mareaba. En aquella ocasión, el príncipe la había tomado en sus brazos y la había besado en la boca. Habían probado el sabor de sus lenguas. Incluso ahora, observándolo desde el refugio de su invisibilidad, aquel recuerdo le quitaba el aliento.

Cubierto con un taparrabos de algodón blanco, Cuauhtémoc se había estado entrenando con su amigo Tecuani, al que apodaban Comehombres, en el gran patio de su casa del barrio real de Tenochtitlán. Ambos iban armados con macuahuitl, espadas de madera a las que, para entrenarse aquel día, habían quitado los filos de obsidiana, y estaban cubiertos de sudor. Sin embargo, Cuauhtémoc permanecía de pie mientras que Comehombres yacía de bruces en el suelo, con un bulto amoratado en la nuca, donde el príncipe lo había golpeado.

—Vamos —dijo Cuauhtémoc, arrodillándose a su lado—. No te he dado tan fuerte.

Silencio.

Cuauhtémoc suspiró.

—Sé que puedes oírme, Comehombres. Sé que solo finges estar muerto.

Silencio.

Cuauhtémoc se preocupó de verdad y sacudió a su amigo por los hombros, sin obtener respuesta.

—¡Despierta, Comehombres!

Cuauhtémoc se le acercó más, y entonces Comehombres, un noble fuerte y fornido de treinta años, guerrero Jaguar6 pero con la cabeza afeitada y el mechón lateral que lo identificaba como miembro de la formidable casta guerrera cuahtxic,7 atacó. Se puso encima del príncipe, al que sujetó con la espalda contra el suelo.

—¡Ríndete, Cuauhtémoc! —le gritó—. ¡Ha llegado tu hora!

Cuauhtémoc soltó una carcajada.

—Difícilmente, querido amigo, puesto que he derramado tus sesos y te he cortado la cabeza. No creo que estés en condiciones de aceptar mi rendición.

—Pues lo consideraremos un empate —replicó Comehombres tras una breve reflexión—. Tienes que admitir que te he engañado.

—¡Que sea un empate! —dijo Cuauhtémoc, soltando otra carcajada, y los dos se levantaron y se palmearon los hombros como dos escolares después de una pelea de patio.

Todavía oculta por su invisibilidad, Tozi observaba. Las cuchilladas que Cuauhtémoc había recibido en el vientre, el cuello y el brazo hacía dos meses estaban curadas casi por completo. ¡Gracias a su magia, la de Tozi! Y había recuperado la vitalidad. ¡También gracias a su magia! Y, a fuerza de mucho ejercicio y determinación, también había recuperado la fortaleza.

Sin embargo, Tozi decidió que pronto tendría que revelarse a él de nuevo, en la figura de la diosa Temaz, la única forma en que la conocía, y a lo mejor incluso compartir de nuevo la dicha, la agitada calidez, la eterna promesa de un beso...

¡No! ¡Eso no! Aunque notara un dulce calor en las entrañas, no le permitiría tocarla. No caería en el mismo error dos veces.

No habría ningún contacto entre ellos, solo palabras.

A lo mejor aquella misma noche, cuando Comehombres se hubiera marchado y los criados se hubieran acostado, podría estar a solas con Cuauhtémoc y sumarlo a su causa.

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3

3

Tenochtitlán, miércoles, 21 de abril de 1519, en el crepúsculo

Moctezuma, sentado para la cena, escogía con desgana un bocado de aquí y otro de allá de los más de cien platos que tenía delante. Las imágenes que se agolpaban en su mente eran de las tzitzimime, las demoníacas estrellas de la oscuridad, esas monstruosas arañas que atacaban el sol al final de una era mundial, lanzándose contra él desde el cielo.

El roce prácticamente inaudible de unos pies calzados con zapatillas sobre el suelo de caoba pulida del comedor, junto con una débil perturbación del aire, anunció la llegada de su lúgubre administrador, Teudile, el séptimo señor en importancia del Imperio mexica.

Alto, demacrado, de mejillas hundidas, con las sienes y las cejas afeitadas y la melena gris sujeta en un moño, su preciada dignidad personal, incrementada por la túnica tachonada de estrellas que solo a él le estaba permitido llevar en presencia del Gran Orador, Teudile era el responsable de todas las cuestiones relativas al funcionamiento de la casa real. Durante la cena, tenía el privilegio y el honor de describirle al orador los platos y servirle lo que le apeteciera, pero esa noche, como desde hacía ya muchas, Moctezuma había prescindido de ese servicio y, sin preocuparse por las delicias del menú, había preferido comer y rumiar a solas.

—Señor, con mis humildes disculpas...

—¡Vete, Teudile! Te arriesgas al molestarme.

Con el rabillo del ojo, Moctezuma vio que el administrador se estrujaba las manos de dedos largos y finos.

—Perdonadme, señor, pero temo vuestra cólera si no consigo que prestéis atención a este asunto... —Siguió estrujándose los dedos—. Sería mejor que lo decidierais vos mismo.

La furia de Moctezuma iba en aumento, no en vano su nombre significaba «Señor Enojado». Sin embargo, se sentía aprensivo, de hecho intuía una catástrofe inminente.

—Está bien —dijo sin alzar la voz, cosa que casi nunca hacía—. Háblame de ese asunto.

El miedo de Teudile se hizo palpable.

—Señor —dijo—, en la puerta hay un pochtecatl llamado Cuetzpalli.8 Le habría echado a golpes, pero lleva vuestro sello y asegura que le dijisteis que obtuviera cierta información para vos. Dice estar en posesión de dicha información y que está seguro de que querréis oírla.

Moctezuma se puso lívido. El año anterior había convocado al tal Cuetzpalli a una reunión privada en el palacio, poco después de los primeros avistamientos de seres de piel blanca, con aspecto de hombres pero dotados de poderes sobrenaturales, que habían llegado procedentes del océano oriental en barcos que se movían solos, sin remos. Moctezuma tenía razones para temer aquellas noticias. Había muchos indicios de que aquellos seres habían venido a preparar el camino para el retorno de Quetzalcóatl, el dios de la paz, que, según la profecía, lo sacaría del trono del Imperio mexica, acabaría con los sacrificios humanos rituales que él dirigía y daría un vuelco al orden mundial existente.

El joven mercader Cuetzpalli, miembro de un poderoso gremio, el de los pochtecas, viajaba y comerciaba por el territorio maya chontal de Yucatán, en cuyas tierras aquellos seres habían pasado una corta temporada. Por tanto, estaba en una situación inmejorable para vigilar cualquier señal de su reaparición. Antes de mandarlo a Yucatán, le había dicho a Cuetzpalli: «Si se les vuelve a ver, recoge información y házmela llegar prontamente. Puedes reunirte conmigo a cualquier hora del día o la noche. No hay información más importante para la seguridad de nuestro reino.»

—Has hecho bien en molestarme. —Moctezuma suspiró, sacando a Teudile de su aprensión—. Recibiré al pochtecatl en la Casa de las Serpientes. Antes de llevarlo allí, sin embargo, llama a Namacuix y dile que me harán falta dos cautivos, ambos varones, jóvenes, para el sacrificio.

Puesto que la manifestación más conocida de Quetzalcóatl era en forma de serpiente emplumada, a Moctezuma le pareció apropiado estar entre esas criaturas para recibir, como mucho se temía, noticias del regreso de aquel dios.

La Casa de las Serpientes formaba parte del zoo real y, allí, en los fosos y los estanques que rodeaban la galería principal, había serpientes de todos los tamaños y colores, desde las más sosas de cascabel hasta las más esplendorosas corales y culebras-perico. La colección incluía Lachesis, nauyacas, crótalos cornudos, pitones enanas, Thamnophis, víboras ratoneras, corales ratoneras, boas y muchas otras especies, entre ellas varias serpientes acuáticas.

El enorme patio vallado para exponer aquellos monstruos estaba parcialmente abierto a las estrellas e iluminado de manera suplementaria por las noches con antorchas, a cuya luz revivían los murales con representaciones de serpientes dispuestas geométricamente. Ichtaka, el cuidador del zoo, y su joven ayudante todavía se afanaban por encender las antorchas cuando llegó Moctezuma. Inmediatamente se postraron, como correspondía en presencia del Gran Orador, pero este les indicó con gestos que se levantaran y les ordenó que terminaran su tarea y se retiraran.

Namacuix, el delgado fanático de mirada abrasadora, recientemente nombrado sumo sacerdote tras la misteriosa desaparición de su desleal predecesor Ahuízotl, llegó poco después, acompañado por cuatro ayudantes vestidos con túnicas negras que transportaban una plataforma de ejecución. La dejaron en el suelo, en el centro de la galería. Con ellos, custodiados por seis soldados, iban dos jóvenes cautivos tlaxcaltecas en taparrabos y con el cuerpo cubierto de tiza. Aunque drogados y dóciles, su mirada estaba cargada de miedo y horror.

Finalmente entró Teudile con un criado que llevaba dos taburetes, uno alto para que se sentara Moctezuma y uno mucho más bajo para el pochtecatl.

—¿Traigo al mercader, señor? —preguntó el administrador.

En uno de los fosos, una sinuosa boa se estaba tragando un agutí de gran tamaño. Contemplando tristemente la escena, Moctezuma captó su simbolismo. La serpiente tenía que ser Quetzalcóatl, mientras que el agutí, convertido en un bulto en el esófago de la constrictor, tenía que ser el propio Moctezuma.

—Sí —repuso—. Tráelo.

Era muy inusual que cualquiera, y menos aún un pochtecatl sucio por el polvo del camino y agotado, se sentara en presencia del Gran Orador, pero la misión de Cuetzpalli justificaba aquel honor.

Cuando el mercader hubo terminado de hacer reverencias, Moctezuma le indicó el taburete y fue directo al grano.

—¿Han vuelto los seres de piel blanca? —le preguntó.

—Lo han hecho, mi señor —dijo Cuetzpalli—. Vinieron, como la vez anterior, por el océano oriental, en barcos enormes que se mueven solos, sin necesidad de remos.

Moctezuma asintió lentamente. «Así pues —pensó—, como predijeron las antiguas profecías, mi ruina está próxima.» Le hizo una seña a Namacuix y, rápidamente, sin ceremonias, tendieron a los dos jóvenes tlaxcaltecas boca arriba sobre la plataforma, les abrieron el pecho y les arrancaron el corazón. Hecho esto, el sumo sacerdote hundió los dedos en su cavidad torácica, se acercó a Moctezuma y a Cuetzpalli y los roció abundantemente de sangre.

Siguió un breve intervalo mientras retiraban los cadáveres. Con las partes no aptas para el consumo alimentarían a los jaguares y otros carnívoros del zoo.

Los sacerdotes ayudantes y los soldados se marcharon. Solo se quedaron Namacuix y Teudile, de pie, uno a cada lado de su rey.

—Muy bien —le dijo Moctezuma al pochtecatl—. Adelante.

—Sois muy amable, señor —repuso el mercader—, pero antes de empezar tengo el deber de deciros que los sucesos que voy a contaros tuvieron lugar hace veintisiete días.

Moctezuma frunció el ceño.

—¿Veintisiete días?

—Sí, gran señor. Las tierras de los mayas chontales están muy lejos de aquí. He viajado deprisa, a marchas forzadas, durmiendo poco y sin detenerme ni para comer. Me he adelantado mucho a mi caravana, avanzando únicamente con mis guardias cuahtxics para protegerme. Aun así, hemos pasado veintisiete días en el camino.

Aunque Moctezuma intentaba mantenerse tranquilo e impasible, el corazón le martilleaba en el pecho. Si habían visto a los seres de piel blanca en las tierras de los mayas chontales hacía veintisiete días, quién sabía dónde podían estar ya. Si eran verdaderos dioses, como sospechaba él, era probable que viajaran mucho más rápido que un simple mortal, en cuyo caso podrían estar cerca incluso ya de Tenochtitlán.

Esa perspectiva, ya de por sí aterradora, se volvió más horrible e inminente para Moctezuma a medida que el pochtecatl le fue contando su historia, ilustrándola con dibujos detallados hechos por su propio artista durante una gran batalla, una batalla que había tenido lugar hacía veintisiete días, en la que los mayas chontales habían tratado sin éxito de obligar a los seres de piel blanca a retroceder hacia el océano.

Moctezuma sabía que los mayas eran fieros luchadores; de hecho, su fiereza era una de las razones por las que los mexicas nunca habían intentado obligarlos a ser súbditos del imperio y rendirle tributo. Además había tantos como moscas en verano y por eso podían llevar ejércitos nutridos a la batalla; conquistarlos habría sido costoso, tanto que sus generales le habían aconsejado siempre no intentarlo.

Sin embargo, los seres de piel blanca, que no eran más de quinientos, según Cuetzpalli, ¡habían derrotado y destruido en un solo día un ejército de cuatro mil mayas chontales! Particularmente significativo era el hecho de que lo habían hecho usando xiuhcoatl, serpientes de fuego.9 El dios de la guerra Huitzilopochtli, el Colibrí, se le había aparecido a Moctezuma en sus visiones para advertírselo: los que buscaban su ruina irían armados precisamente de aquella manera.

Los jefes mayas, prosiguió Cuetzpalli, estaban absurdamente convencidos de que aquellos seres no eran dioses y de que sus xiuhcoatl no eran sino ingeniosas armas fabricadas por hombres. Después de verlos en acción, sin embargo, el pochtectl estaba seguro de que obraban poderes sobrenaturales.

—Sus serpientes de fuego rugían —dijo—, y su ruido resonaba como el trueno, tan fuerte como para robar la fuerza de un hombre y dejarlo sordo.

Además, los seres poseían no solo una sino hasta tres clases de tales armas milagrosas. La más pequeña mataba a uno o dos hombres de una sola vez, las medianas mataban con facilidad a quince, y las más grandes, a cientos.

—La descarga de la xiuhcoatl grande es terrorífica, señor. —Por el modo en que lo dijo, Cuetzpalli estaba maravillado—. Sale disparada de sus entrañas una cosa parecida a una bola de metal, acompañada de fuego y chispas abrasadoras, que viaja por el aire hasta una gran distancia. Cuando cae al suelo, rebota y rueda matándolo todo a su paso, destrozando hombres y haciéndolos desaparecer como si nunca hubieran existido. El humo es fétido, como de cieno putrefacto. Se huele desde lejos; te envuelve la cabeza y penetra incluso hasta el cerebro.

Moctezuma tenía la abrumadora sensación de que el gran peligro que llevaba años acosándolo estaba, lenta y amenazadoramente, cumpliendo su temible promesa.

Primero habían sido las señales y los augurios, las apariciones inexplicables, incoherentes y confusas, aunque no por ello menos aterradoras, desde hacía una década o más incluso. Luego, dos años antes, habían traído un extraño pájaro a su palacio. Tenía un espejo en la cresta, y en aquel espejo Moctezuma había visto criaturas de piel blanca y pelo dorado con armadura de metal, algunas con aspecto humano y otras medio humanas medio huemul, que corrían a gran velocidad. Después, hacía menos de un año, le habían llegado informes procedentes de las tierras de los mayas chontales según los cuales unos seres exactamente como aquellos que él había visto en el espejo habían aparecido en Yucatán. Más tarde, el Colibrí le había dado más noticias de ellos y le había dicho que eran maestros en metales desconocidos y que en la batalla bestias salvajes luchaban por ellos.

—Algunas criaturas los llevan más rápido que el viento, otras tienen unos dientes monstruosos y unas mandíbulas con las que despedazan a los hombres.

Ahora, testigo de la batalla que había tenido lugar hacía apenas veintisiete días, Cuetzpalli le traía dibujos de aquellas bestias salvajes, de «huemules que los llevaban sobre el lomo, a la altura de un terrado», y de otros monstruos del tamaño de jaguares a los que solo había visto de lejos pero que corrían por el campo de batalla en gran número, atrapando y devorando a los soldados mayas. Ambos tipos de bestias se desplazaban a una velocidad aterradora, sobrenatural, sobrevolando el suelo y saltando por el aire, y ambos, como los propios seres de piel blanca, llevaban armaduras de un misterioso metal reluciente como la plata pero tan fuerte que ningún arma maya era capaz de atravesarlo.

—Sus arreos y sus armas están hechos de ese mismo metal —dijo Cuetzpalli—. Lo visten y se cubren con él la cabeza. Sus espadas son de metal, sus arcos son de metal, sus escudos y sus lanzas son de metal.

El dibujante había plasmado imágenes sobrecogedoras de los seres de piel blanca con sus extrañas bestias y su terrorífico traje de guerra. Mientras Moctezuma estudiaba los dibujos y escuchaba el relato de Cuetzpalli, cuajó en él la sospecha de que aquellos seres tenían que ser dioses como aquellos con los que trataba desde siempre. Aunque Cuetzpalli no había tenido ocasión de acercarse mucho a ellos y había presenciado la batalla desde la cima de una colina, le había preguntado a un jefe maya que había negociado con ellos durante varios días antes de que empezara el combate. Aquel jefe, llamado Muluc, se los había descrito como «muy blancos». «Tienen la cara blanca como la tiza y el pelo amarillo, aunque el de algunos es negro. Llevan barbas largas y amarillas, y bigotes amarillos», le había dicho.

La descripción encajaba perfectamente con los testimonios previos acerca del dios barbudo y de piel blanca Quetzalcóatl, cuya vuelta, profetizada hacía mucho, tendría lugar aquel mismo año, el año de Ce Ácatl. De hecho, el nombre completo de Quetzalcóatl era Ce Ácatl Quetzalcóatl. Además, según la venerable tradición, «los años del Pedernal vienen del norte, los de la Casa, del oeste; los del Conejo, del sur, y los de la Caña, del este». Los de la Caña, es decir, los de Ce Ácatl. Por tanto, tenía sentido que aquellos dioses de piel blanca, cuya descripción encajaba tanto con la de Quetzalcóatl, hubieran llegado a Yucatán procedentes del este, cruzando el océano oriental. Además, el sitio al que habían llegado y donde habían hecho aquella imponente demostración de sus poderes sobrenaturales era Potonchán, el lugar exacto desde el cual se decía que Quetzalcóatl había partido muchísimos años antes y al que había prometido regresar para derrocar a los devotos del Colibrí, el dios de la guerra que lo había expulsado.

«¡Quetzalcóatl ha vuelto! —pensó Moctezuma—. ¡Ha vuelto! Vendrá aquí, a Tenochtitlán, donde están su trono y su dosel, tal como prometió cuando se fue.»

Según la profecía, en el año de Ce Ácatl un rey sería destronado y esclavizado.

Plenamente convencido ya de que ese rey tenía que ser él, a Moctezuma le costaba cada vez más disimular el espantoso temor que le nublaba la mente y le revolvía las entrañas como una maldición mortal, encogiéndole el corazón y aflojándole las rodillas.

Aquel mismo temor, inspirado por los primeros augurios, lo había empujado hacía sesenta días a ofrecer a dos mil mujeres en holocausto en la pirámide. El sacrificio había producido el efecto deseado. El Colibrí se le había aparecido y le había prometido luchar a su lado. En compensación, Moctezuma había jurado al dios de la guerra un sacrificio incluso mayor, únicamente de vírgenes. Confiaba en poder mantener su palabra porque Coaxoch, su principal general, estaba en campaña al mando de todo un ejército complementado con cuatro regimientos de ocho mil hombres cada uno, con la única finalidad de apresar a un gran número de víctimas.

Lo que Moctezuma no sabía esa noche, sin embargo, lo que no podía siquiera imaginar, era que el ejército de treinta y dos mil guerreros de Coaxoch sería aniquilado a la mañana siguiente por una fuerza superior de tlaxcaltecas, tan completamente destruido por el rey guerrero Chicotenga, que solo tres mil desmoralizados supervivientes regresarían a duras penas a Tenochtitlán. Tampoco podría haber previsto Moctezuma la escalada de violencia que hubo poco después, mucho más cerca de Tenochtitlán, en la lucha con las fuerzas rebeldes dirigidas por Ixtlil, el desleal príncipe de Texcoco.

Este estallido había preocupado tanto a los cinco restantes ejércitos mexicas, que las incursiones en busca de más víctimas sacrificiales habían sido escasas.

En lo profundo de sus revueltas entrañas, Moctezuma sabía que no necesitaba buscar más para explicar por qué, a pesar de todos sus esfuerzos y su desesperada necesidad de seguridad y asesoramiento, el Colibrí no había reaparecido ni le había enviado ninguna señal inequívoca.

Evidentemente, el dios de la guerra se mantendría alejado hasta que recibiera el gran número de vírgenes que le había prometido. A partir de aquel momento, decidió, dedicaría cuatro regimientos de sus mejores hombres a esa sagrada tarea.

Cuando Cuetzpalli terminó su relato, Moctezuma fue amable con él.

—Has pasado fatigas —le dijo—. Estás agotado por el largo viaje, así que deberías ir a descansar. Cuando te necesite te llamaré. Pero tienes que saber una cosa: lo que me has dicho y me has mostrado esta noche es un secreto. No se lo cuentes a nadie. —Tras mirar a Teudile y a Namacuix prosiguió con severidad—: Nadie hablará de esto. Nadie dejará que salga de sus labios. Si alguno de los presentes cuenta algo, morirá; su viuda será ahorcada; sus hijos, despedazados contra los muros de su casa, y esta será quemada hasta los cimientos.

Cuando se levantaba para marcharse, vio la boa en el foso. Notó con interés que no había conseguido engullir al agutí, que debido a su gran tamaño le había reventado la garganta.

Ambas criaturas yacían sin vida.

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Miércoles, 21 de abril de 1519, por la noche

Cuauhtémoc estaba solo, sentado en la terraza ajardinada de su casa del barrio real de Tenochtitlán, contemplando el cielo estrellado. En la oscura profundidad de la medianoche, Mamalhuaztli, la constelación de las siete brillantes estrellas, la de los palos de fuego,10 estaba entrando en su período de invisibilidad y no volverían a verla hasta finales de verano.

Era extraño, pensó, el modo en que las estrellas iban y venían, dejándose ver ahora sí, ahora no, tan inescrutables y misteriosas como Temaz, la diosa de la curación y las medicinas, a quien él debía su asombrosa recuperación, tanto de las terribles heridas que le había infligido dos meses antes Chicotenga, el rey de la batalla de Tlaxcala, como por el cotelachi, el veneno mortal que le habían administrado mientras yacía convaleciente en el hospital real. Su tío Moctezuma, por supuesto, había negado cualquier implicación en el complot y había ordenado despellejar al médico real, Mecatl, por envenenarlo, tras lo cual le había entregado la piel a su sobrino como muestra de respeto. A pesar de ello, Cuauhtémoc y su padre, Cuitláhuac, cuya lealtad hacia Moctezuma había sido firme hasta la fecha, sabían perfectamente que era el Gran Orador quien estaba detrás del asunto.

Ah, Temaz, Temaz... Cuauhtémoc no podía creer lo enamorado que estaba. ¡Si estaba sentado allí fuera, suspirando bajo el cielo nocturno! La echaba de menos, anhelaba su dulce tacto, recordando el extraordinario calor curativo que le derramaba con los dedos en las heridas, devolviéndolo a la vida. Habían pasado más de cincuenta días desde su primer encuentro en el hospital real, cuando se le había aparecido para exponerle el complot de Moctezuma. Luego, cuando lo habían puesto a salvo en la hacienda de su padre, en Chapultepec, se había materializado en otras tres ocasiones para curarlo y hablarle de cosas imposibles: del retorno de Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, dios de la paz, quien, según ella, derrocaría a Moctezuma. Incluso en ese momento, tantos días después y a pesar de que no había vuelto a verla desde aquella última noche extraordinaria, sus palabras resonaban en los oídos de Cuauhtémoc.

—No debes, no debes de ningún modo oponerte a Quetzalcóatl. Se avecina una guerra y tienes que estar en el bando correcto. Tienes que estar de parte de la paz.

—¿La paz? —Cuauhtémoc se había quedado sinceramente desconcertado—. Soy un guerrero, mi señora. No puedo estar nunca de parte de la paz... Además, para empezar, ¿qué clase de dios de la paz recurriría a la guerra? Seguramente si desea librar al mundo de Moctezuma encontrará una manera de lograrlo por medios pacíficos.

—Moctezuma es malvado —había insistido Temaz—, y a veces el mal supera al bien. Cuando eso sucede, no es posible ignorarlo pacíficamente. Hay que combatirlo y detenerlo, y para eso ha vuelto Quetzalcóatl.

—Pues entonces Quetzalcóatl también es un dios de la guerra, como el Colibrí, nuestro dios de la guerra.

—No... ¡Sí!

—¿Qué es, mi señora? ¿Es ese Quetzalcóatl vuestro un dios de la paz o es un dios de la guerra? ¡No puede ser ambas cosas!

—¡Entonces es un dios de la guerra! Sin embargo, lucha contra el Colibrí, el gobernante malvado y la autoridad del mundo invisible que contamina cuanto toca con el mal y la oscuridad, cuya marioneta es Moctezuma; igual que Mecatl, el médico, fue la marioneta de Moctezuma en el complot para envenenarte... La pregunta que debes hacerte, Cuauhtémoc, es si vas tú también a ser una marioneta del Colibrí en el gran conflicto que se avecina, o si vas a luchar del lado del bien y la luz.

—Temaz, mi señora —le había dicho Cuauhtémoc—, si me pedís que luche contra Moctezuma, entonces os digo que estoy dispuesto a hacerlo. ¡Es un loco enclenque y, además, ha intentado asesinarme! Pero si me pedís que combata contra el Colibrí, mi señora..., bueno, eso es una cosa muy distinta y en absoluto tan fácil.

—Llegará el día, príncipe, en que tendrás que decidir. Solo espero que escojas sabiamente.

Cuauhtémoc recordó cómo, una vez más, había vuelto a presionarle las heridas del vientre desnudo con los dedos, imbuyendo en su cuerpo calor curativo.

—Volveremos a vernos —le había dicho, irguiéndose y rompiendo el contacto con él.

Y entonces...

Bueno, la había besado. Había sido un beso apasionado, profundo y ávido, por parte de ambos, que solo podía saciarse de un modo, que tendría que haber sido saciado de ese modo, pero en aquel preciso instante Temaz se había convertido en humo entre sus brazos y había desaparecido. Se había quedado abrazando el aire.

«¿Qué acaba de pasar? —recordó que había pensado—. ¿Quién es? ¿Es una diosa, como asegura, u otra cosa?»

Había vuelto a tocarse los labios, inflamados, vivos, cosquilleantes. Cuando los había apartado, sin embargo, tenía los dedos teñidos de rojo.

Había fruncido el ceño. ¿Qué era aquello? ¿Sangre? Se los había lamido. ¡No, no era sangre! Era otra cosa, algo que le resultaba familiar.

Se había mirado en un espejo de obsidiana. Aquella cosa roja, fuera lo que fuese, no solo le teñía los labios sino el contorno de la boca. Volvió a probarlo y, de repente, cayó en la cuenta. ¡Tintura de cochinilla! ¡Carmín! Raro y exótico, sí, pero pintura de labios de mujer sin duda alguna.

«¿Para qué le hace falta a una diosa el carmín?»

Se lo había preguntado entonces, y continuaba preguntándoselo, pero no había llegado a ninguna conclusión. Seguía siendo factible que lo hubiera curado una diosa, aunque intuía otra posibilidad incluso más extraordinaria: que la diosa Temaz hubiera sido desde el principio una mujer disfrazada. Una bruja, tal vez, con algún extraño poder de volverse invisible o visible a voluntad.

Cuauhtémoc volvió a suspirar. La idea de que hubieran podido engañarlo lo habría enfurecido en cualquier otro caso, pero no en aquel, curiosamente. La única e irrefutable verdad era que aquella Temaz, fuera quien fuese, tanto si era una diosa como una mujer, un fantasma o una bruja, había obrado en él el milagro de la curación y le había salvado la vida.

Se relamió los labios. Incluso ahora, después de tanto tiempo, a menudo imaginaba que notaba su dulzura y su calor, la húmeda calidez de su lengua contra la suya.

Y a veces no sabía si eran imaginaciones suyas o algo más, intuía su presencia, observándolo en silencio, invisible. Se le erizó el vello de la nuca. ¿Era esa una de aquellas ocasiones?

—Temaz —susurró—, dulce diosa, mostraos ante mí.

¿Qué había sido eso? Allí. Una perturbación en el aire. ¿El indicio de una forma emergiendo de la oscuridad? ¿Era esa noche aquella en que la diosa volvería a él? Cuauhtémoc se inclinó ansioso hacia delante, escrutando la oscuridad.

—¿Estáis ahí? —preguntó, y le sorprendió que le temblara la voz. Se puso de pie, caminó inseguro hacia donde creía haberla visto y estiró los brazos—. Os he deseado —dijo, pero al punto se sintió como un tonto ya que no obtuvo respuesta y el aire nocturno volvía a estar tranquilo y la oscuridad era solo oscuridad, vacía de sustancia.

¡Ya basta! Se estaba comportando como un joven imberbe.

Era hora de dejar atrás aquel sinsentido. Al día siguiente, decidió, volvería a involucrarse en los asuntos de Estado. Moctezuma se resistiría, pero sus días estaban contados. Si Quetzalcóatl estaba a punto de regresar, entonces un verdadero guerrero debía dar un paso al frente para enfrentarse a él.

En cuanto a las mujeres... Bueno, había tantas como peces en el mar. Cuauhtémoc ya se había mantenido apartado de ellas bastante tiempo por su absurda lealtad a Temaz.

¡Bien podía haber sido leal a un sueño!

Estaba dispuesto a seguir adelante.

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Jueves, 22 de abril de 1519

El gran señor llamado Cortés, con la reluciente chaqueta de metal que los españoles llamaban coraza, estaba sentado bajo un tendal en la misma voluminosa e ingeniosa silla que Malinali le había visto usar para su encuentro diplomático con los derrotados jefes mayas chontales.

Había pasado tiempo desde entonces, y los hombres que hoy estaban delante de Cortés, sentados en el suelo sobre una esterilla con las piernas cruzadas, y por lo tanto obligados a mirarlo desde abajo, desde una posición de inferioridad, no eran mayas.

Allí estaba un simple noble de rango medio mexica, un hombre robusto llamado Pitxatzin, a quien Moctezuma había nombrado gobernador provincial de la ciudad costera de Cuetlaxtlán. En los cinco años que llevaba siendo esclava sexual de los mexicas, Malinali había asistido a varias cenas en Tenochtitlán en las que había participado Pitxatzin antes de ser enviado a ocuparse de aquel puesto de avanzada del imperio. No obstante, como su rango entre los pipiltzin, la nobleza, era demasiado bajo para que se la asignara siquiera como amante, no era seguro que se acordara de ella. Por la misma razón, no conocía a ninguno de los otros cinco nobles de relativo bajo rango de su séquito, obligados por falta de espacio a estar de pie fuera del tendal, a pleno sol de la tarde. Además, Pitxatzin traía un artista que permanecía también al sol, en cuclillas, trabajando afanosamente en una serie de dibujos.

Formaban el séquito de Cortés el barbirrojo Puertocarrero, a quien Malinali conocía demasiado bien, y los señores Alvarado, Escalante, Ordaz y Montejo, cuyos nombres había memorizado.

Aunque estaban de pie, se habían colocado todos a la sombra del tendal. Pepillo, un chico que solo se separaba de Cortés para cuidar de su perrito herido, estaba sentado en el suelo con pluma y papel, listo como siempre para tomar nota de cuanto hacía su amo. Estaba asimismo presente el intérprete, Aguilar; sin embargo, poco podía hacer, pues solo hablaba castellano y maya, mientras que Pitxatzin y los suyos, como la mayor parte de los mexicas, hablaban náhuatl. Resultaba evidente, por el uso repetitivo de signos y las sonrisas de frustración, que los dos grupos no se entendían demasiado bien.

Espiando la reunión por encima del vapor de las ollas, entre las animadas sirvientas de la improvisada cocina del campamento español, Malinali vio por primera vez la oportunidad de demostrar su valía a Cortés.

En su primera visión extraordinaria de los hombres blancos a caballo, hacía veintiocho días, había mirado a los ojos a Cortés mientras pasaba por su lado, cubierto por la brillante armadura de metal, para unirse a la gran batalla de Potonchán. Al día siguiente, Muluc, su padrastro, rey de Potonchán, que por supuesto había sobrevivido a la lucha en la que tantos miles de mayas chontales habían perecido, se la había entregado a Cortés como ofrenda de paz, junto con pieles de jaguar, piezas de ricas telas, un cofre lleno de objetos de precioso jade, gemas, joyas de oro y plata y otras diecinueve mujeres, todas ellas, como la propia Malinali, ofrecidas como esclavas para que los españoles las usaran como les conviniera.

—Dijiste que volvías con nosotros para conocer a los hombres blancos —le había recordado Muluc—, y ahora verás cumplido tu deseo... y en buena hora. Espero que les causes tantos problemas como me has causado a mí.

Su madre, Raxca, había llorado pero no había puesto objeciones a que su repulsivo marido se librara definitivamente de Malinali, aplacando al mismo tiempo a un enemigo poderoso.

—Mato dos pájaros con la misma flecha —se había regodeado Muluc.

A Malinali le había costado disimular su alegría. Tras escapar por los pelos con su amiga Tozi de ser sacrificada por el propio Moctezuma, había caminado desde Tenochtitlán hasta allí para conocer a aquellos supuestos dioses blancos, pero Muluc la había apartado de su búsqueda. Sin embargo, el destino se había confabulado para convertirlo en el instrumento mismo que la pondría en manos de aquellos hombres. Por un momento, pareció que todo avanzaba suavemente hacia su conclusión prevista, pero, poco después de volver de la capital regional, Cintla, a Potonchán, y ser entregada a los españoles, la sensación que tenía Malinali de ser arrastrada dentro de algún esquema divino se vio bruscamente destrozada. La conexión especial que había sentido con el jefe español al verlo cabalgar hacia la batalla, el modo en que había vuelto su cara barbuda hacia ella, el modo en que la había mirado dejándola petrificada, la había llenado de esperanza y anhelo. Pero cuando en Potonchán la habían llevado ante él, la había aceptado como un regalo de Muluc de menos valor que el jade, el oro y las joyas, que tampoco le habían gustado demasiado; no le había prestado atención, había rechazado el intento de Malinali de hablar con él, utilizando a Aguilar como intérprete y, por último, se la había entregado a su amigo Puertocarrero.

Después, durante los veintitrés días que los españoles habían permanecido en las tierras de los mayas chontales, había visto poco a Cortés, que pasaba casi todo el tiempo lejos de Potonchán, con frecuencia en compañía de su cruel pero atractivo lugarteniente, Pedro de Alvarado.

No tardó en enterarse, por las sirvientas que Muluc había enviado a trabajar para ellos en el palacio, de que los españoles saqueaban todos los pueblos de la región. Por lo visto, estaban tan obsesionados por el oro como los mexicas, al revés que los mayas, a quienes interesaba poco. Se decía incluso que habían torturado a Muluc y al jefe supremo, Ah Kinchil, para que entregaran las reservas de oro que los hombres blancos creían que habían ocultado, aunque por supuesto no tenían nada que entregar. Malinali no sabía ni le importaba si aquellos informes eran ciertos; los dos jefes habían conspirado para arruinarle la vida y, en su opinión, merecían cuantas calamidades les sucedieran.

Cuando no rapiñaba oro, Cortés tenía otra afición a la que se dedicaba a fondo: destruir los ídolos de los templos y predicar a la gente de Cintla y Potonchán su extraña e incomprensible religión. Como todos le tenían pavor, conseguía muchos conversos.

Malinali le había pedido varias veces ayuda a Aguilar para acercarse a hablar con Cortés en las ocasiones en que este no estaba ocupado con aquellas actividades. Desde el primer día, sin embargo, el intérprete español había sido con ella poco servicial. Malinali quería que comprendiera que hablaba con fluidez no solo el maya sino también el náhuatl, la lengua de los mexicas, pero, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, el hombre estaba decidido a no permitirle hablar con Cortés.

Luego se enteró del porqué.

Una noche, Cortés había hecho un anuncio a su ejército. Le había pedido a Aguilar que tradujera para las veinte esclavas que acompañarían a los hombres. Había dicho que los españoles habían terminado en las tierras de los mayas chontales y que no tardarían en marchar hacia las de los mexicas. Irían primero en barco hasta la ciudad costera de Cuetlaxtlán (todos tenían que estar listos para embarcar al cabo de tres días) y, desde allí, tierra adentro, hasta Tenochtitlán, la capital mexica. La tomarían, apresarían a su emperador Moctezuma, «vivo o muerto», y se apoderarían de la enorme reserva de oro que su imperio supuestamente había amasado.

«¿Supuestamente? —había pensado Malinali, con el corazón acelerado—. ¡Supuestamente!» Si le hubieran permitido hablar con Cortés, le habría dicho hacía semanas que no era una cuestión de suposiciones. Los mexicas eran el pueblo más rico del mundo. Tenochtitlán rebosaba de oro y los tesoros de Moctezuma estaban repletos de él.

Era evidente que Aguilar se había comportado de una manera tan extraña porque sabía que Malinali hablaba náhuatl con fluidez, mientras que él no sabía ni una palabra de aquella lengua, y además veía que estaba aprendiendo castellano. El infeliz temía sin duda, puesto que era inevitable que tarde o temprano la codicia por el oro condujera a los españoles hasta los mexicas, que ella usurpara su lugar de privilegio al lado de Cortés. Aunque no le mentía directamente a su jefe sobre la fabulosa riqueza de Tenochtitlán, el intérprete había hecho todo lo posible por retrasar el darle esa información tan importante y, así, evitar que Cortés descubriera lo indispensable que podía ser Malinali para la causa española.

A lo mejor Aguilar tenía incluso la esperanza de que dejaran a las esclavas cuando prosiguieran su viaje. Sin embargo, ni Puertocarrero ni ninguno de los oficiales a los que habían concedido mujeres iban a renunciar en modo alguno a sus cocineras, limpiadoras y compañeras de cama. Además, Cortés había dejado claro que acompañarían al ejército en su avance hacia Tenochtitlán.

Malinali se dio cuenta de que, una vez más, se había reunido con su destino. Faltaba muy poco para que Cortés se encontrara con los señores de los mexicas y se viera incapaz de hablar con ellos. Entonces, hiciera lo que hiciera Aguilar para impedírselo, ella ocuparía el lugar que le correspondía en la historia.

Al cabo de tres días, como había prometido Cortés, dejaron Potonchán. Siguió un viaje por mar en la gran nave llamada Santa Luisa, propiedad de Puertocarrero, mucho más larga y ancha que cualquiera de las que había visto o en las que había podido soñar Malinali. Al principio la había intimidado, incluso le había dado un poco de miedo, tanto por su enorme tamaño como por el modo en que sus alas de tela atrapaban el viento haciéndola avanzar entre las olas espumosas.

Además, la Santa Luisa era solo una de las once naves similares que comandaba Cortés, de las cuales la suya, la Santa María, era la más grande y magnífica.

Todas las naves habían viajado juntas siguiendo la costa de Yucatán desde Potonchán, pero como no iban en la misma, Malinali tampoco había podido hablar con Cortés. Lo que no tardó en quedarle claro, sin embargo, fue que viajaban más rápido de lo que un hombre podía caminar y que mantenían esa velocidad hora tras hora, día tras día y noche tras noche, dejando atrás el territorio maya y acercándose al poblado gobernado por los mexicas.

Finalmente, la mañana del cuarto día, Cortés ordenó a la flota echar el ancla en la costa, a unos kilómetros al norte de Cuetlaxtlán, e inmediatamente hizo desembarcar al grueso de su ejército. En cuestión de horas habían instalado el campamento en las dunas de arena. Pitxatzin y su séquito habían llegado para ver qué pasaba y se habían encontrado, para su frustración, con la infranqueable barrera del lenguaje. Malinali, esclavizada con las ollas, había visto su oportunidad de atraer nuevamente la mirada de Cortés, como el día de la gran batalla de Potonchán.

Entonces, cuando había pasado ruidosamente a caballo, todavía podrían haberla persuadido de que tanto él como sus compañeros españoles eran dioses, pero ahora sabía más. De hecho, había bastado con el olor de las ventosidades de Puertocarrero para convencerla de que trataba con hombres iguales que cualquier otro, con todas las debilidades, locuras y estupideces propias del sexo masculino.

Sí, no se parecían a los mayas ni a los mexicas, ni por su aspecto ni por su lengua, que Malinali empezaba a dominar y que no se parecía en absoluto a ninguna otra que ella hubiera oído. También, tenía que reconocerlo, sus costumbres y su conducta eran extrañas. Aunque la mayoría nunca se lavaba, por lo que hedían e iban asquerosos, eran inusualmente disciplinados y resueltos, y sus armas, animales domesticados y naves eran extraordinarios. Aun así, a fin de cuentas, eran hombres y nada más que hombres, y como tales, por miedo que infundieran y por extraños que pudieran parecer, era posible entenderlos, controlarlos y manipularlos.

Malinali volvió a ocuparse de las ollas. El estofado estaba listo. Sirvió dos generosas raciones en los cuencos que ofrecería a Cortés y Pitxatzin, dijo a las otras que sirvieran a los demás y se acercó por la arena a su destino.

—El mexica y el maya deben parecerse en algo, ¿no? —le dijo Cortés a Aguilar—. Algo habrá que podáis usar para comunicaros con estos salvajes.

—No, Hernán —repuso Aguilar—. Sus lenguas no son como el francés y el italiano, que comparten muchas palabras. Son completamente distintas. No consigo hacerme entender en absoluto.

—Entonces tenemos un problema. Si no podemos hablar con los mexicas, no podremos negociar con ellos ni impresionarlos con nuestros argumentos ni enterarnos de lo que piensan. Nos costará más derrotarlos.

—¡Bobadas! —exclamó Alvarado, que estaba de pie con Puertocarrero al lado de Cortés—. El lenguaje de la espada es claro. Solo tenemos que usarlo con ellos y nos entenderán perfectamente.

Cortés rio sin ganas.

—Ojalá fuera tan sencillo, Pedro, pero sé por experiencia que la lengua es un arma tan poderosa como la espada.

Mientras lo decía, Cortés vio a la hermosa y alta maya que había entregado a Puertocarrero acercándose por la arena con dos cuencos del estofado humeante que él había ordenado preparar para la comida. Había visto a aquella notable criatura por primera vez el día de la gran batalla de Potonchán, de pie, entre un grupo de curiosos, en la cima de uno de los cerros desde los que podía contemplarse la llanura, y la había reconocido a la mañana siguiente, cuando el bárbaro Muluc se la había entregado como tributo. La chica había hecho un vehemente intento de hablar con él, pero Aguilar lo había convencido, en contra de lo que le dictaba su instinto, de que la ignorara. Ahora, fijándose nuevamente en su elegante caminar y sus curvas seductoras, Cortés se dijo que tendría que habérsela quedado para él. Sin embargo, se estaba gestando una rebelión de los velazquistas, como él llamaba a la facción de los conquistadores aún leales a su rival Diego de Velázquez, gobernador de Cuba, al que había traicionado navegando desde Santiago sin permiso dos meses antes. Sus propios partidarios superaban en número a los velazquistas, pero había que tenerlos contentos, y aquella hermosa esclava sexual había sido una manera fácil de satisfacer a Puertocarrero, a quien le gustaban las mujeres por lo menos tanto como el oro.

La joven se detuvo bajo el tendal, ignoró la mirada lujuriosa de su amo y le entregó un cuenco a Cortés, mirándolo a los ojos. Había inteligencia en los ojos de aquella mujer, y algo más, una necesidad, un intento de comunicarse; parecía querer transmitirle un mensaje.

—¡Dios santo! —le susurró Montejo a Puertocarrero—. Sois afortunado de llevárosla a la cama.

—Su lengua se esfuerza con mi verga todas las noches —convino Puertocarrero.

Hubo un estallido general de risas entre los españoles, al que Cortés se abstuvo de unirse. Notaba que la mujer, de algún modo, sabía que se burlaban de ella.

Malinali se volvió hacia Pitxatzin y le ofreció la segunda escudilla. Luego, cuando el mexica la cogió, le habló en lo que parecía ser su propia lengua. Cortés abrió mucho los ojos y apretó los labios. Tras un instante de silencio, Pitxatzin le respondió, a Cortés le pareció que con rabia. La mujer volvió a hablarle. Tenía una voz ronca, profunda y rica en matices, pero al mismo tiempo tranquilizadora y dulce. Pitxatzin se relajó y esbozó una sonrisa. Siguió hablando con la mujer, que le respondió con una risa melodiosa.

Cortés se volvió hacia Puertocarrero.

—Por lo visto, vuestra mujer es buena diplomática —le comentó—. ¿Cómo se llama?

Puertocarrero se encogió de hombros.

—Malinali... o algo parecido.

—¿Y esta tal Malinali es maya? —preguntó Cortés a Aguilar—. ¿Habla la lengua maya?

—Es maya —repuso, un tanto evasivo—. Llegó con las otras esclavas mayas. Recordaréis sin duda que montó una escena cuando la trajeron. Desde ese día ha pedido varias veces hablar con vos, de alguna tontería sobre que sois un dios, pero me ha parecido que no querríais que os molestara una sirvienta con sus historias.

—Eso ha sido un error —le espetó Cortés, tajante como un filo de acero—. ¡No volváis a tomar tales decisiones por mí jamás!

Aguilar se amilanó.

—Sí, don Hernán. Lo siento.

—Parece que habla la lengua de esos mexicas —comentó Cortés—. Si es realmente así, enteraos de si lo hace con fluidez y dónde la aprendió.

Se inclinó hacia delante. Los mexicas también observaban impacientes, viendo y escuchando a Aguilar y Malinali conversar animadamente.

—¡Desembuchad, hombre! —le dijo Cortés a Aguilar en cuanto dejaron de hablar, incapaz de reprimir la impaciencia y el nerviosismo.

—Es maya chontal —dijo Aguilar—, pero asegura que domina la lengua mexica, según ella llamada náhuatl. Dice que ha vivido cinco años en la capital mexica, esa Tenochtitlán de la que tantos nos han hablado, donde la aprendió. —Mirando al suelo, añadió—: Dice también que sabe mucho de los mexicas y que puede seros útil...

—Cosas de las que podría haberme enterado hace semanas si hubierais hecho bien vuestro trabajo...

—Sí, don Hernán. No puedo hacer otra cosa que disculparme...

Cortés asintió.

—Muy bien, pero vamos a aprender de esto. De ahora en adelante, me contaréis todo lo que ella diga. —Se levantó, salió al sol y se paseó nervioso—. Los dos trabajaréis juntos —le dijo a Aguilar—. Cuando los mexicas hablen, Malinali traducirá sus palabras al maya, y vos, del maya al castellano para mí, sin dejaros nada. Cuando yo hable, le traduciréis mis palabras al maya y ella las traducirá del maya al náhuatl. ¡Decídselo! Decidle que ese es el plan. Decidle que, si acepta, no cocinará más. Ocupará un lugar de honor entre nosotros.

—¡Pues claro que acepta! —rugió Puertocarrero—. Le daré una buena tunda si no.

—¡Ni hablar, Alonso! Eso no será necesario. Evidentemente es una mujer inteligente de buena cuna. ¡Cualquier estúpido lo vería! Preferiría que trabajara con nosotros de buen grado, por su propia voluntad.

Mientras Aguilar y Malinali hablaban, Cortés los estuvo observando con atención y se alegró de ver la amplia sonrisa de la chica y de oírla reír. ¡Dios! Aquella joven tenía algo que lo conmovía.

—¿Qué dice? —preguntó.

—Dice que sí, que claro —repuso Aguilar—. Se sentirá honrada de serviros de la manera que os plazca.

Hechas las presentaciones gracias a Malinali, Cortés supo mucho mejor con quién estaba tratando. Pitxatzin servía a ese poderoso rey o emperador Moctezuma, de quien los mayas chontales hablaban con tanta reverencia y que ostentaba el título de Gran Orador.

Al parecer, el tal Moctezuma gobernaba un extenso territorio y a una población numerosa desde su espléndida capital, la ciudad de Tenochtitlán, situada en una isla lacustre, a menos de trescientos kilómetros tierra adentro del lugar donde acampaban entonces los españoles. Cortés no lo dudaba: tenía que ser la misma ciudad de oro que san Pedro le había prometido en sueños como recompensa por haber castigado a los mayas chontales en Potonchán. En cuanto a Pitxatzin, Moctezuma lo había nombrado un año antes gobernador de Cuetlaxtlán, ciudad de buen tamaño, situada a unos kilómetros más al sur siguiendo la costa e identificada como tal por Juan de Escalante en una expedición previa. Cortés se enteraba ahora de que Cuetlaxtlán había sido conquistada y ocupada hacía más de setenta años por la gente de Moctezuma, los fabulosos mexicas, acerca de cuya enorme riqueza en oro y tesoros tanto había oído hablar. Sin embargo, la mayoría de los habitantes de aquella zona eran los totonacas, súbditos de los mexicas, a quienes rendían tributo.

Por boca de Malinali, Pitxatzin le preguntó luego a Cortés qué querían los españoles, por qué habían cruzado el océano en sus naves y qué intenciones tenían.

—Hemos venido porque la fama de vuestro emperador, el gran Moctezuma, nos ha llegado al otro lado del océano —mintió Cortés—. Deseo verlo y comerciar con él. Con tal fin me propongo marchar dentro de poco con mis hombres hacia el interior de vuestro país y llegar hasta Tenochtitlán.

Pitxatzin repuso que eso no sería prudente sin el permiso de Moctezuma, que comandaba un ejército de más de doscientos mil hombres.

—Permitidme mandar un mensaje a mi emperador —sugirió. Con palabras educadas en las que subyacía una amenaza evidente, le aconsejó a Cortés que los españoles se quedaran en su campamento hasta que recibieran la respuesta.

—Si Tenochtitlán está a trescientos kilómetros —objetó Cortés—, el intercambio de mensajes llevará mucho tiempo.

—No tanto —dijo Malinali.

Sin repetir nada que hubiera dicho Pitxatzin, la joven explicó que los mexicas tenían muy buenas carreteras, por las que el viaje podía realizarse en seis días o incluso menos a una buena marcha. Sin embargo, los mensajes viajaban mucho más rápido. Había puestos de relevos a lo largo de las rutas, a intervalos de siete kilómetros. Un mensajero partiría inmediatamente corriendo a toda velocidad. Cuando se cansara, entregaría el mensaje a otro corredor, que haría lo mismo en el siguiente puesto de relevo, y así sucesivamente. De ese modo, el mensaje de Pitxatzin sería llevado rápidamente a Moctezuma y le sería entregado en menos de veinticuatro horas.

—Entonces, ¿podremos tener la respuesta dentro de dos días y dos noches? —inquirió Cortés.

Malinali se lo preguntó a Pitxatzin.

—Sí —dijo este—. Dentro de dos días y dos noches tendréis la respuesta del Gran Orador.

—Si vamos a esperar —dijo Cortés—, mis hombres van a necesitar comida, agua y un cobijo mejor. ¿Podéis proporcionarnos todas esas cosas?

—El Gran Orador es generoso con sus huéspedes —repuso Pitxatzin—. Me ocuparé de que tengáis todo lo necesario.

Pitxatzin fue fiel a su palabra. A las pocas horas de su partida, llegaron cientos de porteadores con ingentes cantidades de alimentos frescos y bebidas y la promesa de que, al amanecer del día siguiente, enviarían a un grupo de hombres para construir viviendas temporales para los españoles.

Entretanto, aunque plagado de enjambres de pequeños insectos que picaban y lejos de ser cómodo, el campamento de las dunas ocupaba un posición fácil de defender. Francisco de Mesa, el canoso jefe de artillería, sumamente competente, ya había rodeado de cañones el perímetro como precaución ante un ataque por sorpresa.

A fin de cuentas, decidió Cortés, las cosas podrían haber sido mucho peores.

Ya bien avanzada la noche, despidió a sus capitanes y, a pesar de las protestas de Puertocarrero, convocó a Aguilar y Malinali en su tienda para una reunión. Si iba a asumir el poder militar del Imperio mexica, entonces la fuerza bruta con que había ganado sus batallas contra los mayas chontales no sería suficiente. Si iba a vencer a Moctezuma, lo que más necesitaba era conocer sus puntos débiles, e intuía que el cielo le había enviado a Malinali para ayudarlo en ese propósito.

Había sido un día largo para Pepillo, un día emocionante que parecía sacado de las páginas del Amadís de Gaula, el fabuloso libro de caballerías, de valientes caballeros y monstruos y de reinos salvajes y exóticos, que Cortés guardaba en su biblioteca de viaje y le había permitido leer. El embajador mexica y los de su séquito, tan coloridos, tan bárbaros, con sus mantos de plumas y tocados, con sus discos labiales de turquesa, con finos aros de oro y jade en los lóbulos de las orejas y la nariz, con sus extrañas armas de madera, pedernal y obsidiana, y su lengua que fluía como el agua de un río sobre los cantos rodados y la brisa suspirando entre los árboles, le habían parecido indeciblemente extraños, más incluso que los mayas, como si fueran criaturas no de este mundo sino de otro completamente distinto. Qué maravilloso que la esclava Malinali no solo hablara maya sino también náhuatl, la lengua de los mexicas, y por tanto pudiera colaborar con Aguilar para permitir la comunicación entre Cortés y los peligrosos salvajes en cuyas tierras tenían intención de adentrarse muy pronto.

—Tienes que irte, muchacho —le había dicho Cortés a Pepillo, haciendo pasar a Aguilar y Malinali a su tienda para conversar con ellos toda la noche.

Y Pepillo, a pesar de la curiosidad que sentía, había estado bastante contento de tener aquel momento de libertad. El pobre Melchor todavía sufría por los latigazos que le había dado Vendabal en alta mar. Tenía las heridas abiertas, en carne viva. De hecho, desde aquel día a bordo del buque, Pepillo temía por la vida del animal, así que corrió en la oscuridad hasta el refugio detrás de las cocinas donde guardaba el cachorro, se acuclilló a su lado y aflojó la cadena que lo mantenía atado.

—Vamos, chico —le dijo—. Ve a hacer ejercicio.

Melchor salió, entumecido, sosteniéndose a duras penas, y empujó con el hocico la mano de Pepillo. Allí, al lado de la cocina, se alimentaba bien con las sobras y estaba ganando peso, pero las heridas le dolían. Antes de llevárselo a las dunas para que estirara las piernas, Pepillo le quitó las vendas ensangrentadas del día anterior, le limpió las heridas, se las untó con cuidado con la pomada de manteca de cerdo con hierbas que el doctor La Peña le había dado y volvió a vendárs

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