Los hijos del senador

Olga Romay

Fragmento

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Personajes principales

SERVILIO: Senador casado cinco veces, las cuatro primeras con patricias romanas y el quinto matrimonio con una cortesana alejandrina. Hasta que se inicia la guerra entre Pompeyo y César mantiene una posición neutral, luego decide unirse al partido de Pompeyo. No ha criado a ninguno de sus cinco hijos que vivieron con sus madres hasta que él decide ejercer la patria potestad.

LIVIA: Primera esposa de Servilio. Es una Flavia. Tiene un hijo con el senador, Mario, de dieciocho años, que es el primogénito y será nombrado pater en ausencia de Servilio.

CORNELIA: Segunda mujer de Servilio. Pertenece a la familia de los Cornelios y es prima de la mujer de César, Calpurnia. Del enlace con el senador nació Sulpicio que tiene diecisiete años.

LAVINIA: Tercer enlace del senador. Asegura descender de Fabio Máximo. Hay rumores en Roma de que posee un libro sibilino, sin embargo ella lo niega. Su casa linda con la de la familia Julia y ella es amiga de la madre de Octavio. Su hijo Quinto y Octavio tienen la misma edad, quince años, y han sido compañeros en la adolescencia cuando Octavio llegó a Roma.

PORCIA: Cuarta esposa del senador. Es una Claudia. Su hija Lucrecia de trece años ha sido prometida a Casio Longino por Servilio, pero Porcia aspira a un enlace de mayor categoría para ella. Cuando estalla la guerra, sus planes se trastocan.

CLOE: Quinta mujer de Servilio. La conoció en la corte de Alejandría. Pronto supo que era una hija bastarda del faraón Ptolomeo Auletes. Servilio se casó con ella y tuvieron por hijo a Cayo, que fue criado en Egipto. Cayo es reclamado en Roma por su padre cuando tiene diez años.

HONORIA: Abuela de la familia. Es viuda desde hace años. Vive en la casa que el senador posee en Roma. Tiene una afición que trae de cabeza a la familia.

LUCIO: Liberto de la familia que ejerce como administrador de Servilio. Reside en la villa del senador en Campania. Se llama igual que el abuelo de la familia, del cual obtuvo la manumisión al morirse.

DOMICIO ENOBARBO: Senador amigo de Servilio que es nombrado procónsul de las Galias para sustituir a César.

TORCUATO EL TUERTO: Antiguo maestro de primeras letras de Servilio, ahora jefe del colegio del opio.

TITO: Tribuno de la plebe. Su madre Terencia, plebeya, quiere que aspire a casarse con una patricia. Es amigo de Mario.

FULVIA: Esposa del tribuno militar Curio. También es amante de Marco Antonio y cuando este se ausenta de Roma se encapricha de Mario. Es una partidaria de César.

EMILIA: Esposa del tribuno militar Plauto que forma parte del ejército de César. Sulpicio se convertirá en su amante en ausencia del marido.

PRISCILA: Joven vestal prima de Lucrecia.

TULIA: Vestal madura que está a punto de terminar su sacerdocio. Es la mentora de Priscila, a la que instruye.

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LOS HIJOS DEL SENADOR

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La patria potestad

Año 703 desde la fundación de Roma (año 49 a.C.)

El cuarto día antes de los idus de enero, el senador Servilio atravesó el atrio y vio un gorrión muerto en el impluvio. No se consideraba un hombre supersticioso, pero pensó que muchos en su situación lo hubiesen tomado por una señal funesta. Un esclavo le dijo:

—Amo, ha muerto de frío.

El gato maulló desde la cocina: había olfateado la comida.

—Prepara la toga de lana —le respondió Servilio—; hoy hay sesión del Senado. Y limpia el estanque, los cadáveres contaminan el agua.

El senador se dirigió al tablinum donde recordaba haber dejado la tablilla que le habían traído la noche anterior. Aún vestía su túnica de dormir y se había puesto una manta encima de forma descuidada. Un esclavo distribuyó y encendió todas las teas con la diligencia de aquel que enciende las antorchas de un campamento, sin dejar un rincón oscuro. Colocó la más resplandeciente en la mesa. El senador abrió la tablilla de cera, la acercó a la luz y leyó la convocatoria una vez más.

Marco Antonio citaba a la Curia esa mañana, iba a revelar el mensaje de César oculto hasta entonces. Un legionario había galopado desde Rávena dos días atrás y se lo había entregado al tribuno; los patricios especulaban sobre su contenido en reuniones secretas de villas y domus.

El rostro del senador se contrajo y una arruga surgió empujada por la preocupación, justo encima de las cejas. Era raro verle así, lo envejecía. Servilio tenía cincuenta años, la frente despejada y una figura severa. Se movía todavía con agilidad y sabía que mantenía el atractivo entre las mujeres, ante las cuales su rostro abandonaba la seriedad y se mostraba amable, una actitud que adoptaba frente a los animales y los niños.

Había cenado ligero, y había desayunado de forma frugal. Parecía como si su estómago olfateara la guerra y se acomodara a la dura vida de las legiones.

Iba retrasado, aún no se había vestido cuando los senadores ya habían abandonado sus casas caldeadas con braseros y modernas calefacciones como empezaba a ser costumbre entre los patricios. Servilio había tenido que levantar todos los pavimentos de la domus para la instalación de los conductos de aire caliente, pero el hipocausto resultó un dinero bien invertido.

Sus pies sentían el calor que transmitían las teselas del mosaico de su dormitorio. Bajó la vista y pensó en César mientras la planta de su pie desnudo pisaba la imagen de una corona de laurel que el artista había compuesto en el suelo, justo debajo de donde Servilio se estaba calzando las sandalias.

—Laureles y pájaros muertos —dijo en alto el senador.

Los laureles le habían recordado a César, quien había perdido la provincia de las Galias un mes atrás. El Senado se había negado a renovar su cargo de procónsul en una tumultuosa y febril votación. Hacía tiempo que Servilio no veía tormentas como aquella en las gradas de la Curia.

Habían nombrado para sustituirle al senador Lucio Domicio Enobarbo, amigo de Servilio, que ese día ya había llegado a la Curia y había ocupado un discreto lugar en los graderíos. Domicio conseguiría los laureles, y César la degradación: el Senado romano no conoce la palabra «agradecimiento» y le gusta homenajear la mediocridad. El cónsul destituido consideró como una ofensa que, después de ocho años de conquista, lo ninguneasen de esa forma.

—Yo también me hubiese indignado —cavilaba Servilio.

Su esclavo, mientras ataba los cordones de la sandalia del senador, levantó la vista creyendo que se dirigía a él. Pero Servilio estaba pensando en alto.

—Es ignominioso —continuó Servilio, mirando sus sandalias—; después de todo, él ha conquistado las Galias. Ni siquiera le han permitido regresar a Roma y celebrar un triunfo.

El esclavo había terminado de calzar al senador. Se levantó, y Servilio pudo ver el resto del mosaico a sus anchas; lo habían terminado la semana anterior y le habían dicho que todavía tenía que asentarse, pero al senador le traía sin cuidado: se paseaba sobre sus piedras y le gustaba contemplarlo una y otra vez.

—Estos son los únicos laureles que podrá contemplar César —se dijo, mirando la corona de su mosaico.

César y Servilio compartían la misma cuadrilla de obreros, y sabía por estos que, en la vieja casa de los Julios, en el barrio de la Suburra, el cónsul había mandado construir un mosaico donde se representaba una cuadriga de caballos blancos ascendiendo al monte Capitolio. El auriga del carro estaba coronado con una rama de laurel. El maestro de obras le confesó que la idea había partido de César, y que estaba concebido como un homenaje hacia su tío Mario, siete veces cónsul. Pero Servilio se figuraba lo que ocurriría: en cuanto César celebrase el triunfo de la conquista de las Galias, el retrato del tío Mario sería sustituido por la cabeza calva del sobrino.

Una tesela negra parecía medio desprendida, y Servilio la empujó con la punta del pie. La piedra saltó por los aires. Sin proponérselo, se había llevado por delante la pupila de un fauno que ocupaba el centro del mosaico.

—¡Vaya! —le dijo Servilio al esclavo—, que lo repongan inmediatamente. Parece ser que he dejado tuerto al fauno. No era mi intención dañar a una divinidad.

Si en vez del retrato de un fauno, Servilio hubiese estado pisando el rostro de César, el senador no lo hubiese mandado reparar. Era de la opinión de que la gens Julia estaría mejor ciega, sorda y muda.

Servilio sintió una punzada en el estómago. Recordó que César, para empeorar las cosas, se había negado a someterse al senadoconsulto que le ordenaba volver a Roma. Llevaba varias semanas resistiéndose a abandonar sus cuarteles de invierno, rodeado de su legión más fiel, la décima. La situación se había tornado peligrosa; en las calles de Roma los rumores que hablaban de insurrección asaltaban a los vecinos y en algunos barrios la palabra «sedición» flotaba en el aire, formaba parte de la humedad del invierno, se quedaba impregnada en las ropas, en el pelo.

Ayudado por un esclavo, Servilio vistió la túnica laticlavia de lino y luego enrolló la toga pretexta de doce codos que habían traído la noche anterior del tintorero. El esclavo jugaba con la tela a su antojo, dominando una técnica que no todos manejaban con acierto. Si quería conseguir que su amo pareciese elegante, su misión consistía en apuntalar, armar y plegar en el lugar preciso: la franja roja debía ser visible desde todos los ángulos, pues era el emblema de la dignidad y tenía que exhibirse de forma ostentosa.

—Ha quedado impecable, mi amo —le dijo el esclavo.

El senador aferró con su mano izquierda la tela a la altura del corazón. «Sí —se dijo—, el esclavo ha hecho un buen trabajo»; podía andar con soltura y la tela no se movería de su sitio, no quería pasarse la mañana recolocándose la toga. El esclavo se dispuso a acompañarle a la Curia, pero Servilio le dijo que no era necesario.

El senador abrió la puerta de la casa, asegurándose de que en la calle no hubiese mendigos o suplicantes. Miró al cielo desde el umbral: las nubes parecían lechosas, turbias, había huido por completo el azul del firmamento. El viento emitía un siseo y, si se escuchaba con cierta predisposición, incluso podía parecer que aullidos y quejidos se colaban entre las calles.

En otras circunstancias, tales inclemencias hubiesen supuesto que muchos senadores se quedasen en sus domus con excusas diversas. Pero aquel día nada iba a impedir a los patricios faltar a la convocatoria de Marco Antonio.

Servilio recorrió las calles hasta el Foro, camino al edificio de la Curia Hostilia, el lugar de reunión del Senado. El viento lo empujaba hasta transformar su toga en vela, obligándole a navegar en empopada.

Las tiendas del Foro, que aprovechaban el atrio porticado de la basílica Emilia para mostrar su mercancía, aún no se habían instalado. Tampoco los templos habían iniciado su culto, salvo el de Jano, cuyo umbral permanecía siempre abierto de par en par. La tradición exigía que, mientras Roma estuviese en guerra con los pueblos vecinos, el templo debía permitir franquear su umbral día y noche. Roma es un pueblo que no conoce la paz, así que cuando alguien quisiese cerrar las viejas puertas de bronce del templo de Jano, sería imposible hacerlo porque años de desuso las habían deformado.

Junto a la Curia la cárcel de Roma envejecía hierática y muda, parecía que todos sus moradores hubiesen huido o estuviesen muertos y los hubiesen arrojado a la Cloaca Máxima, que fluía justo debajo de ella, por un desagüe construido a tal fin. Servilio la esquivó con la mirada y se apartó; lo inquietaba como una bestia de piedra dormida.

Frente a la Curia, la piedra negra de Rómulo reclamaba la presencia de los senadores más supersticiosos. La piedra había caído del cielo en los tiempos de la fundación de la urbe, y los senadores creían que les traería suerte si la tocaban antes de entrar en el Senado. Pero no habría suerte aquel día, como luego se vio, y más les hubiese valido entrar en el templo de la Concordia que ocupaba el lado opuesto del Foro, recitar una plegaria y hacer un donativo. Tal vez la diosa pudiera haber bendecido a los senadores, era experta en conflictos y solía aplacar los ánimos. Era inútil, tampoco habría concordia.

El aire que hacía navegar a Servilio abatió con fuerza las puertas de bronce del templo de Jano y estas tuvieron que amarrarse porque provocaban un gran estruendo, semejante a los tambores de las galeras; Servilio cerró los ojos y se imaginó el bogar de los esclavos. Cuando cesó el ruido, el viento se transformó en remolinos justo enfrente de las escaleras de la Curia y el polvo tiñó de color parduzco las togas de los senadores; el frío descompuso en blanco y gris las caras de los patricios, dibujando en sus rostros una mueca de desazón.

Una ráfaga malévola arrancó una teja del templo de Saturno y cayó al lado del pontífice máximo, que se quedó mirando al suelo, allí donde había hecho una hendidura en el travertino que pavimentaba el Foro. Servilio pensó que el sacerdote declararía el día como nefasto: pocas veces se podía ver con tanta claridad un mal augurio como aquel y en cualquier otra circunstancia el sacerdote hubiese disuelto la convocatoria del Senado.

Pero el pontífice máximo se volvió, saludó al senador y no pareció inmutarse; su rostro no era el de un sacerdote, sino el de una comadreja que se dirige a su guarida. Servilio pensó que solo había una justificación para aquella conducta indolente: el mensaje de César debía de ser sin duda importante.

Del Tabularium, el edificio que albergaba los archivos de la ciudad, salieron en tropel varios funcionarios acarreando tablillas de cera y estilos con la intención de dirigirse a la Curia Hostilia y tomar nota de los senadoconsultos a aprobar ese día. Después se encargarían de guardarlos y clasificarlos en estantes junto con el resto de las leyes que formaban parte de los anales de la ciudad. Saludaron a Servilio, al que conocían personalmente por haber hecho alguna que otra moción el año anterior, y desaparecieron veloces de su vista, como hormigas laboriosas que los patricios fingían ignorar. Dentro les esperaban los leones.

Antes de entrar en la Curia, el senador fingió observar sus sandalias de gamuza roja y aprovechó para anudarse una cinta que se había desatado. Mientras se agachaba en los escalones del Senado, observó de reojo a los que entraban. Se dijo que era mejor demorarse y no entrar en compañía de Lépido y Marco Antonio, ya que no quería que nadie pudiese pensar que ahora se había unido al partido de César.

Cuando se aseguró de que la distancia entre ellos era prudente, Servilio sacudió la toga, la ajustó ligeramente al hombro en un gesto teatral y se decidió a entrar. Pero al llegar a la tribuna del Senado, donde a veces los senadores aprovechaban para dar arengas a la plebe, se volvió un último instante y contempló el Foro desde lo alto. Solo quedaban los rezagados que llegaban en literas conducidas por sus esclavos. No había ningún conocido entre ellos, y ya no podía demorar más su entrada.

La Curia rebosaba: trescientos hombres se distribuían constreñidos en cuatro filas de bancos dispuestas en graderíos. Los senadores fijaban su mirada en la tribuna de oradores y en los asientos reservados a los magistrados de la ciudad. Por las altas ventanas entraba una luz mística, plateada, y el viento gélido silbaba más que de costumbre, pero los murmullos de trescientos senadores y el calor emitido por sus cuerpos nerviosos crearon un clima único y enrarecido que conquistó todos los rincones y alturas del edificio donde los esclavos izaron las lámparas de aceite. El Senado tenía su propia luz, sus corrientes de aire y, en ocasiones, sus tormentas.

Pompeyo entró el último, después de despedirse de la comitiva de clientes y esclavos que le envolvían a todas horas. Las puertas se cerraron tras él. Los diez lictores que formaban su guardia personal como símbolo de su poder permanecieron flanqueando la salida de la doble puerta de bronce, cinco a un lado y cinco al otro, con sus fasces en alto. Sus ojos vigilaban a los senadores, y sobre todo el lugar en el que se sentaban los tribunos de la plebe. El brillo de las hachas de sus fasces emitía reflejos que se perdían en los altos muros de la Curia, allí donde el artesonado de madera se transformaba en un cielo siempre oscuro en el que se perdía el humo generado por los braseros y las lámparas de aceite.

Pompeyo todavía atesoraba el aire majestuoso y la belleza que un día había conocido Servilio en aquel rostro. Pero si los rasgos se mantenían, la piel se mostraba ajada, herida por valles, surcos, senderos que habían dejado tras de sí los estragos del tiempo. Aun así, no había perdido la dignidad, su faz carecía de afeites. Un peinado y atuendo convencional, cuidadosamente elegidos para un hombre ya entrado en la cincuentena, eran su declaración de principios. Hacía años que en Roma había entrado en la categoría de venerable.

Servilio había ingresado cinco años atrás en la Curia, y las leyes no escritas que regían el Senado le confinaban a los bancos más alejados, reservados para los patricios sin una sólida posición. Como todavía no había decidido qué partido tomar, se mantenía en un segundo plano callado y expectante.

Servilio olvidó a Pompeyo lo justo para subir los escalones de mármol del Senado buscando a sus amigos. A medida que ascendía le saludaron con afecto los miembros de una y otra facción, con sonrisas solícitas que parecían decirle que le admitirían sin ningún problema en su partido y le tratarían con respeto.

—César sabrá agradecértelo si hoy le muestras su apoyo. Aunque no esté presente, yo tengo forma de hacérselo saber —le dijo un patricio al oído.

—Pompeyo es generoso y siempre se acuerda de sus amigos y sus familias. Serás respetado —le dijo otro senador dos escalones más allá, tirando ligeramente de su toga.

Pero él conocía a los patricios que le reclamaban y sabía que el respeto en Roma habita en un reino maldito que obliga a realizar muchos sacrificios, y aún podía contener su ambición. Saludó con corrección, se excusó por no haber podido ir a varios banquetes y, recogiéndose la toga, tomó asiento en un lugar que se había ganado con sudor, años y mucho dinero.

Contempló la omnipresente estatua de Pompeyo antes de ocupar su asiento; el mármol era exquisito y el escultor había realizado un excelente trabajo. Juzgó la estatua demasiado bella para un hombre que hacía tiempo había perdido la juventud y, lo que era más preocupante, ocupaba un lugar demasiado destacado en el edificio. Aunque permanecía muda, hablaba un lenguaje que los senadores comprendían, la oían gritar: «Pompeyo es la República, la salvación contra la dictadura y la solución frente a la ambición de César.»

Los saludos e invitaciones tentadores que rogaban a Servilio que se uniese al partido de Pompeyo, los optimates, aquel día parecían ser más insistentes. Su jefe había dado la orden de que se reclutase esa mañana a todos los indecisos.

Pero los partidarios de César, los populates, iniciaban su particular caza de togas, Marco Antonio había sabido movilizarlos con un simple movimiento de mandíbula. Sus acólitos se movían entre los graderíos para convencer a unos y otros: como abejas laboriosas, con aguijones inocentes que solo se usarían para la propia defensa, obedecían a un zángano que les observaba.

Marco Antonio ocupaba el lugar reservado a los diez tribunos de la plebe y, a su lado, Casio Longino, sin decidirse a sentarse, envió un saludo con la cabeza a Servilio, que levantó la palma para corresponder a su futuro yerno, si todo transcurría según sus planes.

Casio Longino le escrutó con sus pequeños ojos ambiciosos y solo pensó dos cosas: en la fortuna de Servilio y en su hija Lucrecia, que un día sería suya junto con la espléndida dote que le otorgaría el senador. No recordaba el aspecto de Lucrecia con exactitud, ni siquiera era capaz de decir qué edad podía tener en ese momento, pero casarse con ella supondría un cuantioso capital.

Los esclavos trajeron varios braseros que colocaron sobre trípodes de bronce. El ambiente se caldeó. Los senadores comenzaron a sudar; alguno aflojó su toga y desenrolló la extensa tela que cubría su cuerpo, recogiendo con su mano izquierda el tejido sobrante y dejando ver una túnica de lino, que en cada cual poseía un color y una urdimbre distinta. Los más viejos vestían una sencilla túnica de lana blanca bajo sus togas, se aferraban a las costumbres y despreciaban aquellas lujosas túnicas de colores. Servilio tampoco era dado a las exhibiciones, y como le parecía perfectamente digno el sobrio atuendo de los ancianos, solía imitar el viejo estilo severo. No lucía adornos ni cadenas de oro en su cuello, y su único anillo era el sello que usaba para los negocios.

Los senadores parecían más tensos que de costumbre, algunos utilizaban el sobrante de sus togas como asiento para mitigar la dureza del mármol y otros se movían incómodos en sus asientos corridos, empujándose y molestando sin proponérselo a sus colegas de banco.

Marco Antonio se levantó de su silla. No vestía toga, llevaba una túnica recta, botas militares y una capa marrón de lana. Ajustó su cinturón, se acercó a la tribuna y desenrolló el papiro. Los ojos de los patricios lo miraron expectantes. Pompeyo, sentado en la primera fila, no se inmutó, comentó algo al senador que tenía a su derecha y luego apoyó sus manos en las rodillas en posición de interés, con una pose paternalista que ya había adoptado en los últimos tiempos y que él pensaba que le hacía parecer un padre de la patria. Se consideraba un conscripto, la élite entre los senadores, y eso le permitía escuchar con fingida benevolencia la oferta de César.

Desde el lugar elevado que ocupaba, Servilio pudo contemplar la inoportuna calvicie de su cabeza que conquistaba terreno sin hacer concesiones. Luego abandonó la visión de Pompeyo y se concentró en Marco Antonio que ya estaba hablando.

—«Yo, Cayo Julio César, cónsul de las Galias, y servidor de Roma en diversos cargos y magistraturas, me dirijo al Senado con el deseo de hacer llegar mi mensaje. No osaría ser escuchado por los padres de Roma, ni por los conscriptos, si mi “carrera de honores” no fuese digna y respetable. Son acreedores de ella todos los cargos que desempeñé desde el mismo día en que, con diecisiete años, fui designado flamen dial, para ser luego nombrado tribuno militar, cuestor en la provincia de Hispania Ulterior, edil, pontífice máximo, pretor y asumir el mandato de la provincia de Hispania Ulterior. Fui elegido cónsul en los comicios por aclamación del pueblo, teniendo como colega a Bíbulo, y tras ello fui nombrado por designación del Senado procónsul en la Galia Cisalpina, el Illírico, y en la Cabelluda.»

Pocos en Roma alcanzaban a vanagloriarse de unos mandatos semejantes: su carrera como político tan solo la podría igualar Pompeyo. La mayoría de los senadores sintieron una punzada de envidia y hubiesen tapado sus oídos para no sufrir al escuchar las palabras de Marco Antonio. Solo faltaban en la carrera política de César tres distinciones: el tribunado, la magistratura de censor y por supuesto la dignidad más importante y difícil, ser un ciudadano honrado. Todavía debía mucho dinero a sus acreedores y había que saldar muchas cuentas en los tribunales.

—«Transmito a los venerables senadores mis saludos y sincera intención de buscar la paz con tanto afán como el padre busca la reconciliación con el hijo y el hijo con el padre. Mi única intención es servir a Roma con honor y dignidad» —continuó Marco Antonio.

El tribuno elevó su mirada por encima del papiro para comprobar cómo había sido acogida la sobria introducción de César. Esperaba rumores, tal vez comentarios, toses, o cualquier otra manifestación de desaprobación. Pero los senadores estaban mudos. Ni siquiera Cicerón, que estaba sentado a media altura del graderío y que no callaba ante nada, había manifestado su opinión con respecto a la oferta de César.

Servilio se volvió a derecha e izquierda para ver la reacción de sus colegas, pero no sacó nada en claro. A su lado, su amigo Domicio le lanzaba funestas miradas de desaprobación y, de vez en cuando, un bufido que no podía significar nada bueno.

Domicio Enobarbo parecía abrumado, para corroborarlo su pelo había amanecido esa mañana sucio, grasiento y pegado al cráneo. Servilio sabía que aquello formaba parte de su febril estado de ánimo, puesto que Domicio cuidaba mucho su aseo y era raro verle desaliñado. Había una razón de peso: había sido designado el nuevo procónsul de las Galias. Nadie en Roma había querido ser el sustituto de César, solo su amigo se había prestado al juego.

Domicio permanecía provisionalmente en Roma, lo justificaba diciendo que preparaba su viaje a las Galias, pero todos sabían que si César no había dejado el cargo, presentarse en Narbona y encontrarse cara a cara con él resultaba peligroso.

El nombramiento de Domicio no había ocurrido por accidente. Pompeyo le había propuesto debido a una razón de peso: no se había significado. Bastaba ver en qué asiento se sentaba y quiénes lo rodeaban. No era cesariano ni pompeyano, no tenía simpatía por ninguno, y nadie en Roma le consideraba una amenaza. Podían haber designado a Servilio, pero cuando Pompeyo se lo insinuó, le dijo:

—Si me nombran cónsul de las Galias, te prometo que se la entregaré a los bárbaros nada más llegar a Narbona.

El cónsul comprendió perfectamente.

Servilio dejó de pensar en el asunto de Domicio; Marco Antonio estaba hablando desde la tribuna.

—La paz exige concesiones y sacrificios. Puesto que César quiere ser generoso con Pompeyo, le ofrece abandonar sus legiones en los cuarteles de invierno. Entrará en Italia solo, con sus tribunos militares por toda compañía, y se dirigirá a Roma en señal de buena voluntad. César por tanto renunciará a su imperium.

Entonces Pompeyo se levantó de su asiento y, volviéndose a los senadores, preguntó:

—¿Y puede saberse qué piensa César obtener a cambio?

Marco Antonio enrolló el papiro y continuó el discurso. Sabía lo que allí estaba escrito y para decirlo necesitaba mirar a los ojos a los senadores.

—Pompeyo también deberá renunciar al poder.

Marco Antonio esperó la respuesta, pero el senador no se inmutó; más bien lo ignoró y giró su cabeza hacia la derecha, donde los lictores esperaban sus órdenes, sin perderle de vista, igual que cancerberos. Asintieron levemente con la cabeza en un saludo cómplice que los patricios interpretaron como que allí estaban para obedecerle. El filo de las fasces emitió un siniestro brillo; su lenguaje era más poderoso que toda palabra que hubiese dicho Pompeyo.

Marco Antonio comenzó entonces a sentirse incómodo. Se tocó la nuca con una mano, luego se aflojó el cinturón de su túnica como si le molestase, y sucumbió a la tentación de volverse y mirar hacia donde estaban los lictores. Un destello de luz que procedía del brillo de las fasces de uno de ellos cruzó su rostro y le obligó a bizquear.

Pompeyo era perro viejo y sabía que, en ocasiones, ladrar no servía de nada. En ese momento, podría reclutar varias legiones de veteranos que él mismo había disuelto, y una multitud de plebeyos que solo combatirían para él. No necesitaba mostrarse amenazante, ni irritado, y obró lo mismo que obra un toro cuando se sacude un tábano que lleva demasiado tiempo rondándole. Pero Pompeyo había visto toros que huían espantados por tábanos mucho menos molestos, y pensó que César podía obligarle a replegarse. Pompeyo no deseaba el destierro, no quería que le forzasen a abandonar Roma, pero había una posibilidad que valoró solo por un instante, para obligarse luego a no pensar en ella nunca más.

—¿Poder? ¿Qué poder? —respondió sin perder la calma con ese tono irónico que usaba donde otros hombres desvelan su irritación—. Creo que César desconoce que, aunque soy cónsul, en los comicios que se celebraron hace un mes, las tribus de Roma eligieron como cónsules a los hoy aquí presentes Léntulo y Marcelo.

Pompeyo señaló a los futuros cónsules con una mano y prosiguió, pero esta vez no se dirigió a Marco Antonio sino que, desde su asiento en primera fila, se volvió hacia el resto del Senado.

—Sí, es cierto, que aunque han sido elegidos, su consulado comienza en marzo con el año nuevo; ya sé que todavía estamos en enero, y hasta esa fecha yo sigo siendo cónsul. Pero ¿acaso César no puede esperar? ¿Es que tal vez Roma no ha sido generosa con César otorgándole el gobierno de las Galias? ¿O es que César ambiciona el gobierno de Roma? Hay que recordarle a César que Roma no es una provincia y que se rige por el Senado. Somos una República y seremos por siempre una República si los dioses lo permiten, y no una provincia en la que pueda gobernar César a su antojo.

Pompeyo calló unos instantes. Los senadores entonces comenzaron a discutir sin mesura en sus palabras ni en su forma. Algunos comentaban la osadía de César, y otros, los menos porque eran sus partidarios, se plegaron en silencio comprendiendo que formaban una minoría. El Senado se revelaba hostil a los populates.

Servilio y su amigo Domicio comentaron sus impresiones. Ninguno sentía simpatía ni por César ni por Pompeyo, y se dijeron que era necesario elegir el mal menor.

—César nos está desafiando —le dijo Domicio—, es un chantaje: o hacemos lo que él quiere o invadirá con sus tropas Italia.

—Pompeyo está dispuesto a aceptar el desafío —le respondió Servilio, acercando su boca a la oreja de su amigo. Sabía que muchos aguzaban sus oídos y espiaban sus palabras—. Nos arrastrará a la guerra. Será la ruina para muchos.

Todas las conversaciones se cortaron entonces en seco. Metelo Escipión había pedido la palabra y, levantando una mano para que todos callasen, se dirigió a los senadores.

—Mi excuñado va a intervenir —le dijo Servilio a Domicio—. Es un hombre insoportable e irascible: tenerlo a cenar era como pasar todas y cada una de las doce pruebas de Hércules. Una de las alegrías de divorciarme de su hermana Cornelia fue no volver a asistir a un banquete en el que Metelo estuviese presente.

El excuñado de Servilio, mientras, expuso su moción.

—Bien, sometamos de nuevo a votación si César debe volver a Roma y renunciar a la provincia de las Galias —dijo Metelo sin perder su temple—. ¿Acaso César no querría que el Senado votase sin coacción? Si él quiere oír la voz de Roma, hoy es el momento y el lugar. Propongo que ratifiquemos que César abandone su cargo en las calendas de enero.

Marco Antonio sopesó si vetar la propuesta o esperar a que se realizase la votación y ver el resultado para ejercer su derecho al veto. Optó por esto último.

Los senadores votaron. En el Senado las votaciones se realizaban a mano alzada y no había voto secreto como ocurría en los comicios donde se reunía el pueblo de Roma. La mayoría fue clara: César debía abandonar su proconsulado.

Servilio y Domicio votaron a favor. Pero eso no significaba que se uniesen a la causa de Pompeyo; era una alianza provisional. La moción se convirtió en ley. Las hormigas tomaron nota con sus tablillas, se consultaron sus apuntes y luego pidieron a Metelo que leyese la moción en alto para que quedase de esa forma registrada como ley.

Marco Antonio entonces se levantó y gritó:

—Veto la moción.

A su lado, varios tribunos de la plebe lo apoyaron, entre ellos Casio Longino al que Servilio envió una mirada desconfiada que no fue percibida. Servilio ya lo sabía de forma vaga, pero en aquel instante se confirmó que había comprometido a su hija con un hombre que se estaba enfrentando de forma notoria a Pompeyo.

—Es tu futuro yerno —le dijo Domicio para recordárselo—. Eso te pone en un aprieto. ¿Romperás el compromiso de Lucrecia?

Servilio se lo pensó dos veces antes de responder pero, cuando iba a hacerlo, Pompeyo se levantó furioso de su banco y, perdida toda la paciencia, señaló a los tribunos diciendo:

—Como cónsul tengo el deber de proteger el tribunado, pero hoy os digo que no me veo en condiciones de garantizar vuestra seguridad.

Servilio se acercó a Domicio y le dijo:

—Le hemos dado a César la excusa que quería. Pompeyo ha sido tan estúpido como para arrojar a los tribunos de Roma. César volverá ahora a Roma, reclamando la instauración del tribunado.

Lo dijo casi en un susurro, pues sabía que había espías del cónsul en el Senado y él, que todavía no se había pronunciado por el partido a seguir, no deseaba comprometerse hasta ver claro el destino de Roma.

Los lictores movieron sus fasces de forma amenazante. Los tribunos de la plebe se agruparon en el banco que ocupaban; sus capas oscuras semejaban alas y parecían una bandada de cuervos dándose calor. Se sentían desnudos sin sus espadas y puñales. Esa mañana se habían desprendido de ellas porque estaba prohibido entrar armado en el Pomerium, el recinto sagrado de Roma, que incluían no solo el Foro y sus edificios, sino todas aquellas calles que lo rodeaban y donde estaban los principales templos y basílicas de la ciudad.

Sus caras mostraban miedo. Miraron a Metelo Escipión y fueron retrocediendo hasta la puerta. Todos los allí presentes sabían que Escipión Nassica, un pariente de Metelo, había hecho matar a un tribuno de la plebe años atrás en un acto cruel y despiadado, pero Nassica no había sido juzgado por ello. Los tribunos también lo sabían y pensaron en la huida; tal vez los matasen allí mismo. Se dirigieron a las puertas de la Curia con cautela, buscando el apoyo entre ellos, como si se tratase de una retirada en campo enemigo.

Los lictores miraron a Pompeyo y esperaron órdenes; este se demoró unos instantes. Luego ordenó abrir las puertas y dejarlos salir. Los tribunos huyeron en espantada, aterrados, humillados, y desaparecieron cada cual en una dirección distinta.

Servilio sabía que en aquel momento iba a comenzar la guerra, y una sombra de inquietud, que otros hubiesen llamado miedo, recorrió toda su piel dejándole un leve escalofrío. Se sentó en su asiento de piedra y dirigió su mirada a Pompeyo que, rodeado por sus seguidores, parecía una flor a la que acuden a libar las abejas. Pero el viejo senador más asemejaba a la adelfa, que es venenosa si se la come, y aquellas abejas parecían aun con todo dispuestas a libar de aquella flor, la única capaz de satisfacerles en aquel erial que se había tornado Roma.

Meditó un instante cabizbajo y tomó la decisión de unirse a él.

Oyó que se estaba leyendo el senadoconsulto que se iniciaba con la siguiente frase: «Cuiden los magistrados de que la ciudad no sufra daño alguno.» Era la fórmula que utilizaba el Senado para una declaración de guerra; el eco de aquella frase le martilleó las sienes.

A partir de aquel momento Servilio cambió el destino que iban a correr sus cinco hijos. Se había unido a Pompeyo y además había decidido ejercer su patria potestad sobre todos ellos. No lo había pensado mucho, todo se había precipitado en aquella sesión del Senado. La patria potestad significaba que iba a reclamarlos y a partir de ahora pasarían a vivir en sus posesiones y dejarían a sus madres.

Bajó las escaleras con lentitud, intentando revestir de dignidad un acto que él consideraba una claudicación a sus principios, y puso su mano sobre el hombro de Pompeyo, que se volvió y miró al hombre que tenía tras él.

—Servilio —dijo—, me alegro de que al fin te hayas decidido.

Luego vinieron los discursos, pero Servilio ya no los escuchaba, solo pensaba en una cosa: sus cinco hijos. Fue la primera vez que pensó en ellos como parte de su familia. Hasta ahora había estado tan ocupado jugando a ser senador que para él no habían sido más que un estorbo.

Esa misma tarde, cuando su hijo Quinto jugaba a la guerra en el Campo de Marte junto a sus primos, vio el polvo que levantaba el galope de Marco Antonio camino hacia la vía Flaminia montando un caballo bayo. Vestía ropas de esclavo para pasar desapercibido, pero todos en Roma sabían reconocer a aquel tribuno. Llevaba a la grupa del caballo una alforja de la que sacó un morral para beber agua, y varios objetos que llevaba consigo cayeron, entre ellos algunos rollos de papiro y unos cuantos sestercios.

Los niños corrieron a recogerlos para ganarse una propina, le entregaron todo al tribuno, y Marco Antonio, agradecido, les tiró varias monedas a sus pies. Cuando Quinto se agachó a buscar en la tierra su moneda, encontró un anillo caído al suelo junto a los sestercios: un camafeo con el retrato de una mujer. En ese momento el muchacho no sabía quién era ella. Corrió tras el tribuno para devolverle el anillo, pero Marco Antonio ya no lo veía ni lo escuchaba.

A su lado se había unido Casio Longino, que se giraba de cuando en cuando para ver si les seguían. Los dos tribunos tomaron camino al norte de Italia donde se reunirían con César en Rávena. Levantaban tanto polvo que Quinto volvió a casa de su madre con la túnica parduzca.

Quinto conservó el anillo durante muchos meses. No le dijo a nadie que lo tenía, en parte por descuido y en parte porque no quería que se lo arrebatasen los otros muchachos.

Cuando Servilio salió del Senado, se dirigió a la casa que poseía a los pies del Capitolio para escribir tres cartas. Se encerró en el tablinum y un esclavo trajo una caña con la que fue encendiendo las lámparas de aceite de la estancia. Hizo ademán de sacarle las sandalias a su amo como tenía costumbre cuando llegaba a casa, pero Servilio le dijo que se fuera.

Las cartas estaban dirigidas a dos de sus cuatro hijos varones y a su única hija. En ellas, se les comunicaba que ejercía la patria potestad y que les reclamaba en su villa de Campania a más tardar al día siguiente. Les enviaría una escolta.

Las misivas fueron escritas por Servilio en un papiro recién traído de Egipto. Si no hubiese sido un asunto tan importante, nunca lo hubiese usado para una cuestión doméstica. Pero en aquel momento le pareció apropiado. El papiro tenía una calidad tan buena que, flexible y de color más blanco de lo habitual, su trama era solo perceptible si se pasaba una lámpara tras el papel y se miraba a trasluz.

Las cartas fueron lacradas y encima de la cera Servilio puso su sello personal en el que figuraba un león atacando a una serpiente. Envió a sus esclavos con diligencia a entregarlas en persona, arrepentido de un acto que debía haber realizado años atrás. Para mitigar ese pensamiento, buscó en su mente una excusa que le permitiera terminar con la desazón que le suponía saberse mal padre y peor romano. No pudo encontrarla y, como era un hombre práctico, se dijo que ya no valía la pena lamentarse.

Las misivas parecían tan breves que, cuando sus hijos las sostuvieron en sus manos, buscaron por todas partes para saber si en el papiro había otro mensaje que no habían visto a simple vista, y tan escuetas que se quedaron cavilando acerca de su significado ya que no se revelaba la razón del sorprendente cambio de actitud de su padre. Y es que los hijos de Servilio esperaban que un mensaje tan importante estuviese lleno de explicaciones y razones, pero, como de costumbre, su padre había sido con ellos demasiado parco en palabras.

Se cambió de ropas, como exigía la situación de Roma, su túnica laticlavia fue sustituida por la augusticlavia donde las franjas púrpuras que caían desde los hombros tan solo tenían dos dedos de separación; la toga pretexta tornó en la toga viril. Luego ordenó que se preparase su equipaje de campaña. Pidió que le escoltaran dos esclavos y que portasen antorchas: en enero los días son cortos y no quería que la oscuridad lo encontrase en la calle. Ordenó al portero de la casa que no admitiese a ningún amigo y menos a alguno de sus clientes, y mandó recado de que esa noche no podría asistir a un banquete en casa de Domicio.

Atravesó su barrio saludando a numerosos vecinos y a veces, alguna litera, con las cortinas descorridas, se detenía ante él para cumplimentar un saludo de cortesía. Varios patricios le preguntaron por lo que había ocurrido esa mañana en el Senado, a los que él respondía con un informe somero, y si no hubiese tenido asuntos que resolver se hubiese explayado, ya que le gustaba conversar.

Al llegar a la vía Sacra, dos patricias le reclamaron con una mano tentadora para que se acomodara con ellas en una litera con las cortinas cerradas. Él se libró de las mujeres tras un breve saludo y se dirigió sin demora al templo de Bellona en el Campo de Marte. No era el comportamiento habitual del senador, que siempre dedicaba unos instantes a sus amistades femeninas. Las matronas se quedaron extrañadas de la prisa repentina que parecía haberse apoderado de Servilio, e hicieron alguna que otra conjetura sobre la patricia a la que iba a visitar, deduciendo que tanto apresuramiento solo podía ser achacable a un asunto de alcoba. Pero se equivocaban, Servilio no pensaba en mujeres ese día, o por lo menos no con intenciones amorosas.

Llegó al templo de Bellona, donde tiempo atrás había entregado una cantidad considerable en depósito para que la guardasen los flamines. El sacerdote le recibió en una sala estrecha destinada a custodiar los tesoros, flanqueada por una puerta protegida con un ancho enrejado de hierro por la que hubiera cabido un hombre con dificultad. Como Servilio tenía una altura considerable, se agachó para pasar por ella. Rodeaban la sala hornacinas empotradas en la pared, cuyo interior se ocultaba de la vista con pequeñas portezuelas también metálicas.

Servilio no tuvo que esperar mucho porque al poco llegó un escriba del templo y, tras comprobar los libros, uno de los sacerdotes le devolvió la suma, añadió a ella varios intereses y le restó los gastos por mantenerla en custodia. Servilio había hecho un depósito en monedas de oro, y así se lo devolvían.

El tesoro de Servilio no pesaba mucho, juzgó que esa era la ventaja del oro: su gran valor y su poco peso. Entregó un donativo generoso a la diosa Bellona y al ver cómo aquel lugar se había enriquecido con exvotos, se dijo que la diosa era cada vez más popular, aunque el edificio era pequeño.

Cuando salió del templo, ni siquiera se fijó en que su hijo Quinto estaba en los alrededores jugando con otros muchachos; no lo reconoció, no tanto por falta de familiaridad, sino porque el Campo de Marte era una extensión grande y baldía, y a aquellas horas jugaban allí muchos niños a los que sus pedagogos hacía tiempo que habían liberado de sus tareas.

El templo, construido por los soldados de Pompeyo después de sus campañas en Oriente, era un lugar muy transitado a aquellas horas antes del atardecer. Los veteranos que habían terminado las faenas del día aprovechaban las últimas horas de luz para hacer sus plegarias y ruegos. Lo frecuentaban hombres de la plebe, raras veces se podía ver a una mujer o a un patricio en aquel lugar y mucho menos a un senador, más devotos al dios Marte que residía en un edificio mucho más imponente.

Con la bolsa de oro escondida entre los pliegues de la toga y atada al cinturón con firmeza, Servilio se dijo que ya no podía demorarlo más: era el momento de visitar la casa de su exmujer Lavinia, la madre de Quinto, y la única de sus antiguas esposas con la que mantenía una relación cordial. Pero su presencia no era una visita de cortesía, y si esa tarde acudía a su casa era por una razón más importante.

Lavinia vivía en la casa familiar de los Fabios en el Palatino. Su padre se la había entregado como dote cuando se casó con el senador, y Servilio se la devolvió al divorciarse de ella. Siempre le había gustado esa domus, había en ella algo que le hacía sentir en un hogar y que no sabía cómo definir.

En ese momento el pan se cocía en la domus de Lavinia, lo cual le recordó a Servilio que ya pasaba el mediodía y todavía no había probado bocado desde el desayuno.

Lavinia era la única de sus exmujeres que no había contraído matrimonio tras el divorcio. Era una descendiente de Fabio Máximo, y Servilio la había conocido de forma casual, cuando un pariente de ella lo invitó a su casa: allí estaba Lavinia con quince años jugando con varias primas en el atrio a un juego de pelota. Pero esa tarde Servilio no iba a visitarla persiguiendo la nostalgia de los tiempos pasados; la causa era menos poética, y tal vez más terrible.

Lavinia pertenecía a ese tipo de romanas que se ve asaltada por sueños proféticos y visiones. Servilio nunca había creído esas histerias que él atribuía a un exceso de imaginación y protagonismo. Pero tenía que reconocer que Lavinia era diferente en cierta medida al resto de esas mujeres. Lo primero que descubrió de ella nada más casarse es que su joven esposa intentaba ocultar sus pesadillas y que, aunque se levantaba muchas noches de forma repentina y jadeante, a veces incluso con gritos, al ser preguntada, fingía que nada le sucedía.

Servilio, que dormía a su lado y era testigo de las convulsiones, no tardó mucho en comprender que ella veía el futuro. La mayor parte del tiempo sus visiones parecían incongruentes o sin mayor relevancia: un granizo que amenazaba las cosechas, un vecino que iba a casar a una hija o una crecida del Tíber.

Si Lavinia hubiese poseído un verdadero poder, habría podido ver su divorcio. Sin embargo, ella fue la última romana en enterarse de que Servilio había decidido contraer matrimonio por cuarta vez. La cadena de matrimonios y divorcios del senador constituía un continuo escándalo para los patricios que juzgaban sus sorprendentes nupcias como un rasgo de debilidad de carácter, puesto que un hombre que contrae sus matrimonios siguiendo el impulso del amor debía de estar loco.

—Lavinia —le dijo el senador cuando la vio ese día, coincidiendo con la hora sexta. Ella le recibió en una caldeada habitación donde se había tumbado en un triclinio. Los esclavos iluminaron de forma diligente el cubículo y Servilio pudo ver su rostro. Pensó que nada había cambiado en ella en todos esos años y que debía de ser devota de la diosa Juvenas a la que seguramente entregaría grandes donativos.

—Sé a qué vienes —le dijo Lavinia—: a estas horas tus otras esposas ya han recibido la noticia. Dicen que el senador Servilio ha ejercido la patria potestad sobre sus hijos. También sé que ese hijo que tuviste en Alejandría ya está en tu villa de Campania. Si vienes a buscar a Quinto, has de saber que no lo oculto, pero que todavía está jugando en el Campo de Marte. No volverá hasta que empiece a anochecer.

Desde que Servilio se había divorciado de Lavinia aquella casa había adquirido un ambiente femenino. Las paredes habían sido pintadas con colores alegres y los grifos que un día formaban un zócalo habían sido sustituidos por guirnaldas de flores; a la altura de la vista, la diosa Flora esparcía pétalos y ramas floridas. Detrás del triclinio de Lavinia, el dibujo de una cornucopia arrojaba frutos que se derramaban, mientras que una ninfa sostenía el cuerno de la abundancia mostrando su desnudez, cubierta tan solo por un velo tan fino como las alas de una libélula. Era una habitación decorada para recibir a las amigas y parientas, un varón nunca hubiese mandado pintar una alegoría de la belleza y la abundancia, a menos que las ninfas fuesen perseguidas por sátiros dándole al ornato un erotismo del que las paredes carecían allí.

Lavinia mandó traer comida y bebida. Servilio partió el pan y se sintió realmente como en casa. No había duda de que se hallaba rodeado por el reino de la feminidad, incluso el vino parecía especiado con algo dulce que le recordaba a hidromiel. A él siempre le había gustado que las mujeres gobernasen las casas.

—No recordaba tan hermoso ese fresco —comentó Servilio por ser cordial—. Los grifos que pintó tu abuelo siempre me habían parecido tristes y feos. En cuanto al objeto de mi visita, no es reclamar en persona a Quinto, estoy aquí porque deseo oír nuevamente el sueño que te asaltó hace quince años, ¿recuerdas?

—No, no me acuerdo. Tiempo atrás lo desterré de mi mente. Si no me equivoco, tu deseo fue que me olvidara de la pesadilla y no volviese a nombrarla mientras viviese —le dijo Lavinia, adoptando una pose cínica que el senador hacía tiempo podía adivinar en ella.

Pero su cara parecía satisfecha y su mentira perseguía un único propósito: el ruego de Servilio.

Él creía que su esposa no podía haberlo olvidado. Como consideraba humillante rogar a Lavinia para sonsacarle información probó un nuevo camino.

—¿Lo sabe Quinto? —le preguntó el senador. Interrogar a un muchacho de quince años sería más fácil que a su madre.

—Puede. Tu hijo está al corriente de muchas cosas; si lo tratases más reconocerías en él un joven despierto —le respondió Lavinia. Las esperanzas de Servilio se hundieron. Su exesposa siempre ganaba las batallas.

—¿Y no puedes recordar el lugar ni lo que había alrededor? —volvió a preguntar Servilio, mostrándose suplicante.

—Los sueños son así. La muerte te alcanzaba en el campo de batalla. Vi tu cuerpo tumbado de bruces. Antes de caer del caballo distinguí una cicatriz en tu mejilla: considéralo mi único recuerdo. No se trataba de una herida sangrante, no creo que te causase la muerte.

—¿Y qué aspecto tenía, dirías que yo era joven, viejo tal vez? —le preguntó.

Lavinia respondió con el silencio, no deseaba revelar nada más. Todavía le guardaba algún afecto y no quería asustarlo. Pero se acordaba perfectamente y, es más, tenía la certeza de que Servilio había envejecido de la misma forma que ella recordaba haberle visto muerto en el sueño. Su transformación en un hombre maduro había seguido un plan del destino, como si las Parcas supiesen con exactitud cómo modelar sus facciones año tras año, para acercarse al rostro de aquel cadáver que ella había visto en su sueño.

Él no le preguntó más. No le parecía apropiado hablar de la muerte. Era un pensamiento a evitar. La vida de Servilio de los últimos años había transcurrido de festín en festín, como aquel que apura una copa de vino sabiendo que puede ser la última.

No ignoraba Lavinia los sucesos de esa mañana en el Senado, ni fingía desconocer su significado: la guerra y la muerte. No preguntó tampoco, ya tenía bastantes problemas con todas sus visiones. Sabía el significado de la ropa que vestía Servilio: si un senador cambiaba la túnica laticlavia por la augusticlavia significaba que la situación de Roma era prebélica. Recordaba todavía cuando su padre vistió esa misma ropa en el tiempo que sucedió la conjura de Catilina y Cicerón ordenó matar a los sublevados.

—Siguen ofreciéndote dinero, ¿verdad? —le preguntó Servilio—. Ya sé que negarás una y mil veces su posesión, pero dime, ¿cuánto te ha ofrecido César por el libro de la Sibila?

—Vamos, Servilio, hablemos de otra cosa. Tú y yo sabemos que el manuscrito no está en mi poder. No sé por qué extraña razón el orbe confabula y deduce que escondo el texto sagrado. Todos en Roma vieron cómo mi abuela lo entregó al pontífice máximo en los tiempos de Sila. El único libro sibilino que albergó esta casa lo encontrarás ahora en la Regia. Y, además, mi familia dice que, de los ejemplares recuperados, el de los Fabios era el más oscuro e indescifrable, razón por la cual raras veces se consulta, porque, a diferencia de los otros, su lengua es la etrusca, y no la griega.

Los hombres se acercaban a ella creyendo que ocultaba un objeto deseado por miles de ciudadanos desde la fecha de la creación de Roma: un libro sibilino. Los mentideros del Foro señalaban a Lavinia y decían que ella tenía escondido un ejemplar original que nunca había visto la luz.

La familia de los Fabios, a la que pertenecía Lavinia, había presumido en el pasado de poseer en custodia un libro escrito por la Sibila de Cumas en la época de los reyes de Roma. Varias familias patricias se vanagloriaban de haber podido consultarlos en el pasado, puesto que circularon por la urbe varios ejemplares, hasta que el dictador Sila ordenó entregar los escritos proféticos al pontífice máximo. Ahora permanecían ocultos en una sala de la Regia, donde solo los sacerdotes podían consultarlos.

Según los rumores, los Fabios no habían devuelto el papiro original que, como es bien conocido por patricios y plebeyos, había sido escrito sobre hojas de palmera. Habían entregado a cambio uno en piel de cabra.

—Solo quiero darte un consejo antes de partir. Si por algún casual ese manuscrito está en tus manos, has de saber que no solo vale una fortuna en dinero, es más, si algún día nuestro hijo corre algún peligro grave, el libro puede serte de ayuda para salvarlo.

El rostro de Lavinia se volvió circunspecto, se incorporó del triclinio donde se recostaba y, sentándose, mientras colocaba la tela de la palla que cubría su peplo, añadió:

—¿Y por qué un chico de quince años que viste la pretexta, hijo del senador Servilio y de Lavinia, la descendiente de Fabio Máximo, podría considerarse en peligro?

—Esta guerra no va a ser como todas —le respondió Servilio.

—Todas las guerras son iguales, habrá un ganador y un perdedor —replicó Lavinia—. Las mujeres y los niños de Roma nunca han sido botín para ningún pueblo de la Tierra; un general romano nos respetará, no somos bárbaros.

Servilio se despidió de ella. Le puso una mano en el hombro y sonrió de forma esquiva. Tal vez Lavinia estaba en lo cierto y de sus labios había salido la verdad, pero él hubiese deseado que su mujer guardase el libro sibilino en su poder.

El senador sabía que consultar el destino era privilegio exclusivo del pontífice máximo, y que solo se ejercía cuando Roma estaba in extremis. Si el vértigo de conocer el futuro no había trastornado a ningún sumo sacerdote, Lavinia podría asomarse a ese abismo y salvarlos a todos si llegaba el caso.

Esa tarde, cuando Quinto llegó a su casa del Palatino, pensó que su madre le reñiría por estropear su preciosa túnica roja, antes pulcra y ahora embarrada y polvorienta. El hijo de Servilio tenía quince años y todavía vestía la pretexta; sobre esta, la bulla colgaba de su cuello para indicar su condición patricia, pero deseaba desde hacía tiempo que le impusiesen la toga viril. Con ese fin, maltrataba su ropa de niño, como si los harapos le abriesen el camino hacia la madurez.

Lavinia pasó por alto su atuendo. Condujo a su hijo al tablinum y le mandó sentar frente a la mesa del despacho.

Quinto era el tercero de los cinco vástagos de Servilio, y como todos los demás, aún vivía con su madre. Su rostro y el de Lavinia semejaban una copia imperfecta uno del otro. Ella tenía una cara serena, de ojos grandes y almendrados, de óvalo ligeramente redondeado, lo cual le hacía parecer eternamente joven. A ello se añadía la ausencia de arrugas en una piel de tonalidad de la nata recién batida.

Ese color variaba en su hijo Quinto, puesto que tantas horas a la intemperie había curtido su rostro y aunque su tez mostraba la impronta del sol, también parecía más saludable. El frío de enero había teñido sus pómulos con un rubor pasajero que desaparecía al poco de llegar a su casa. Quinto todavía atesoraba algún mechón dorado del verano anterior, y eso era tal vez lo último en común con su madre porque, en todo lo demás, la constitución de su cuerpo, su forma de andar, e incluso si se le veía de espaldas, podía uno reconocer en él a su padre Servilio.

Lavinia calzaba las sandalias que gastaba para andar por casa, pero su vestido era un lujoso peplo de lino azafrán con mangas al estilo jónico. Al verlo, Quinto dedujo que su madre acababa de recibir una visita. Pocos minutos antes se había marchado Servilio.

—Tu padre ha ejercido la patria potestad —anunció Lavinia a su hijo.

Quinto abrió los ojos. Al fin se habían cumplido los anhelos gestados tiempo atrás. Deseaba que su padre se hiciese cargo de él, recorrer las calles a su lado, visitar su villa de Campania donde tenía vedada la entrada y, en fin, todos los actos cotidianos que un hijo suele realizar con su padre. Ansiaba recibir la toga viril y poder abandonar el mundo de los infantes para codearse con los púberes a los que se permitía entrar en gimnasios y ejercitarse en instrucciones militares.

—Deberás reunirte con él en la villa de Campania —continuó Lavinia—. Mandaré preparar tus pertenencias; parece ser que definitivamente va a haber guerra y tu padre no desea que te halles en Roma cuando esta comience. La ciudad no es segura.

Eso había sido todo. Antes de cenar, Quinto tomó un baño mientras su madre ordenaba lavar la túnica roja y dejarla lista para que al día siguiente la vistiera su hijo.

Quinto tenía tres pretextas del mismo aspecto, pero su madre quiso que Quinto se mostrase con la más vieja de ellas ante su padre. Después de escurrirla, la túnica de lana pasó la noche a secar colgada de un gancho en el hogar de la casa. Al amanecer, las esclavas remendaron los codos raídos por el uso cotidiano con un hilo de diferente calidad y coloración, tal y como había ordenado zurcirlo Lavinia. No deseaba disimular los rotos; pretendía que un simple vistazo los delatase.

El rojo púrpura de la túnica había perdido intensidad al ser lavado y el tinte se había tornado color teja. Lavinia, al ver el resultado, se llevó una mano a la mejilla como hacía siempre al emitir un juicio, y dijo:

—Magnífico, los remiendos son groseros y delatores. Salvo ceguera repentina, tu padre se dará cuenta de que llevas demasiado tiempo con tu ropa de infante. Hace mucho que debiera haberte impuesto la toga viril. Ahora es demasiado tarde; es casi seguro que deberás esperar al final de la guerra.

—¿Pero contra quién estamos en guerra? —la interrogó Quinto de forma ingenua. Su joven cabeza no comprendía que una guerra civil iba a asolar la República y que los que hoy juzgaba como compañeros de juegos se habían convertido en enemigos. A esa pregunta siguieron otras.

Si hubiese pasado una tarde más en Roma se habría enterado de todo, pero solo habían transcurrido unas cuantas horas desde el incidente del Senado y el pueblo romano no había sido informado del mensaje de César, ya que los senadores mantenían el secreto.

Lavinia se mordió la lengua y, para zafarse de la insistencia de su hijo, le dijo:

—Tu padre te lo explicará mañana.

El primero en llegar a la villa de Campania, ligero de equipaje y, montando un caballo blanco, fue Mario. Uno de los esclavos de Servilio, al divisar desde lo alto de un cerro el polvo levantado por su hijo primogénito, avisó a su amo. Este lo recibió en el vestíbulo de la villa bajo un dintel rematado por dos acroteras en forma de esfinges.

Mario irrumpió a galope en la avenida de cipreses que conducía a la villa; deseaba fanfarronear de su montura y del entrenamiento ecuestre digno de un caballero. Se bajó de un brinco; había distinguido a su padre en el umbral y, tras subir los escalones del pórtico, le abrazó sin el más mínimo respeto, como si considerase a su progenitor un compañero más de jaranas.

Ese abrazo irritó al senador. El primer juicio que se hizo de su primogénito fue considerarlo un bruto sin educación, y a punto estuvo de regañarle exigiendo de él formalidad y decoro. Pero pronto sucumbió bajo el influjo de Mario, cuando le sonrió con una sonrisa franca y despejada, ofreciéndole unos ojos risueños que delataban que aquel muchacho carecía de preocupación alguna en su existencia. Y no se equivocaba, porque la madre de Mario, Livia, lo había mimado y malcriado en exceso.

El carácter de cualquier otro muchacho en sus circunstancias hubiese naufragado en una playa de vanidad y egolatría, puesto que contaba con dieciocho años recién cumplidos y numerosos aduladores y pretendientes en ambos sexos. Los jóvenes patricios de su condición solían pasearse por Roma con mirada altiva y despreciativa. Aumentaba su valía el tronco familiar paterno, porque era hijo del senador Servilio, y el materno, ya que su madre Livia pertenecía a la gens Flavia.

Era en el físico tremendamente parecido a Livia, que formaba parte de la rama de la familia donde se engendraban Flavias altas y esbeltas cual juncos, con el pelo trigueño y los ojos claros. Mario heredó los rasgos de su progenitora, y si durante los años de su infancia esas características le dieron cierto aire andrógino al ser fino y elástico como su madre, ahora que ya era un varón en plena juventud, había desaparecido cualquier feminidad y, donde antes parecía delgado, ahora destacaban músculos incipientes que aportaban a su porte un saludable aspecto varonil. Servilio, al verlo, le juzgó hermoso, y dedujo, con la experiencia de quien ha recorrido antes ese camino, que el atractivo de Mario le ocasionaría no pocos disgustos.

Mario pidió agua y rechazó el vino que su padre le había ofrecido. Estaba sudando porque había cabalgado varias horas con objeto de ser el primero en llegar a la villa de Campania.

No reparó en el esplendor de la domus, que estaba hecha para impresionar a las amistades de Servilio; a Mario le pareció una más en su vida de joven patricio romano. Su falta de asombro se debía a que en el transcurso del último año le habían invitado a varias villas, unas más lujosas y otras menos, y la de su padre no despertaba en él especial interés. Luego, al entrar en la casa y ver el estanque del atrio principal, se bañó en él sin preocuparse de los peces y nenúfares ni de la frialdad del agua de enero.

Tras sumergirse desnudo en el estanque, Mario gritó y su voz se quebró como si se hubiese congelado. Para que entrara en calor, le trajeron rápidamente una túnica, demasiado corta teniendo en cuenta su estatura. El muchacho no había calculado que su proeza juvenil era excesiva en un cuerpo poco endurecido por los rigores del frío y el hambre, por eso perdió en un instante cualquier color de su rostro, incluso podría decirse que sus labios se tornaron azules. Y luego poco a poco se recuperó hasta volver a tener el mismo aspecto saludable de siempre, pero todo en él indicaba alarma y sorpresa puesto que friccionaba brazos y piernas para recobrar la sangre que había huido a las profundidades de su cuerpo.

—A diferencia de mi domus romana, en esta villa he mandado construir unas termas para no tener que bañarme en un estanque —le dijo Servilio de forma condescendiente—. No somos como los bárbaros que se bañan en ríos y charcas.

Mario intrigaba al senador. Sus maestros le habían dicho que albergaba una cabeza privilegiada para la aritmética y la retórica, pero, por contra, el muchacho disfrutaba siendo vago e indolente y no encontraban forma de interesarlo en los estudios. El primogénito prefería gastar su tiempo en el gimnasio, vagando por Roma o en pendencias con otros amigos de su edad.

Servilio, lejos de alarmarse y reprochárselo, se dijo que, cuando él era joven, tampoco le interesaban gran cosa los libros. Esperaba que en uno o dos años llegara el momento de reconducir esa cabeza loca y lograr de él meditación y reposo, lo necesario para aprender todas las lecciones útiles ahora despreciadas.

Tampoco la madre de Mario, Livia, había mostrado el menor interés en la formación de su hijo. Mario había crecido en un estado de libertad, lo cual vino a conformar en él un carácter despreocupado, al que se añadían una mirada limpia y sonrisa fácil. Lo más atractivo de él residía en la firme confianza en sus palabras, acompañada con unos gestos excesivos en un patricio y fascinantes para sus amigos por carecer de afectación. Servilio, al que la madurez transformaba sus juicios, valoraba cada vez más un espíritu puro y, por eso, aunque el asilvestramiento de Mario le hubiese podido parecer inapropiado para un muchacho patricio, su espontaneidad y franqueza las juzgaba virtuosas, aun sabiendo que en la Curia serían tachadas de inútiles, lugar donde solo se estimaba la reflexión y la prudencia.

Entonces Mario aceptó tomar algo caliente. Se puso sobre los hombros uno de los mantos que traía en el equipaje y poco a poco volvió la sangre a su cuerpo. Servilio lo introdujo en una sala de banquetes y le conminó a reclinarse en un triclinio. Mario sintió el calor de la calefacción que irradiaba del suelo y se quedó confortablemente recostado mientras su padre se ocupaba de la administración de la villa.

Una hora después llegó el segundo de los hermanos, Sulpicio. Mario y el senador salieron al vestíbulo de la villa a recibirle.

Sulpicio hizo su entrada a pie. No sabía montar a caballo con la pericia de otros muchachos de su edad, y como ya tenía diecisiete años se avergonzaba de ello. En realidad había llegado desde Roma en un carro de bueyes. Con la intención de que el encuentro con su padre fuese digno, recorrió la última milla caminando, mientras sus escasas pertenencias iban en el carro conducido por el esclavo que su madre le había enviado como compañía para el viaje. Portaba su espada a la cintura, una coraza de cuero y un manto de lana cubriéndole medio cuerpo.

Servilio dio su aprobación a ese aire marcial y le ofreció un vaso de vino.

—Gracias, pater —le dijo Sulpicio tomando el vaso de manos de su padre—; que los dioses te sean favorables.

—Has de saber que ayer vi a tu tío Metelo Escipión en el Senado. Estaba sentado con la gens Cornelia, asumo que estás al tanto de su división, unos forman parte de la facción de Pompeyo y otros de la de César. Me imagino que las reuniones familiares son interesantes —reflexionó Servilio, aunque en el fondo opinaba que los Cornelios no hacían nada sin intención, y todo formaba parte de sus hábiles estrategias familiares en las cuales, ganara quien ganase, siempre salían beneficiados—. A propósito, ¿cómo está Cornelia? —le preguntó Servilio.

Cornelia fue su segunda mujer. Pertenecía a la gens del mismo nombre y era descendiente de los Escipiones. Recordándola, se dijo que le parecía sorprendente ver a su hijo Sulpicio hablar y respirar sin la autorización de su madre, y le pareció todavía más prodigioso que el muchacho hubiese podido sobrevivir a Cornelia durante todos aquellos años.

Servilio juzgó que había sido una crueldad no haber reclamado a Sulpicio muchos años antes y haberle ahorrado el terrible humor de su madre: la severa, altiva e intratable Cornelia.

De todas sus mujeres, la madre de Sulpicio era la que peor carácter tenía, y sospechaba que ella comenzó a despreciarle desde el mismo día en que se unieron en matrimonio. Luego el desprecio se tornó odio, y el odio terminó siendo insoportable cuando Cornelia descubrió su embarazo y comprendió que no tenía más remedio que dar a luz a un hijo de su marido, un hombre considerado por ella de una categoría menor. Los Cornelios hacía tiempo que juzgaban a todos los romanos seres inferiores y solo consentían casarse con otros patricios porque la endogamia hubiese perjudicado el linaje.

Sulpicio parecía compartir escasos rasgos de carácter con su madre. Miraba de forma tímida a su familia y poco a poco fue ambientándose, iniciando una breve charla con su hermano Mario al que a todas luces admiraba. Mario le acogió con otro abrazo, acto que agradó sobremanera a Sulpicio porque en su casa la mayor demostración de amor que había recibido de su madre era una leve sonrisa. Cornelia se había resistido siempre a besarlo o abrazarlo puesto que opinaba que, para fortalecer el carácter, un romano debe ser educado en un erial de afectos.

Servilio siguió con sus quehaceres otorgando a sus dos hijos varones la libertad de vagar por la casa. Mientras, en las cocinas se preparaban las viandas para que comiesen y se repusieran después del viaje.

Cuando el tercer hijo de Servilio llegó a la villa de su padre, este ni siquiera salió al atrio a recibirlo. Quinto se sintió decepcionado; había esperado tanto ese día, que se imaginaba que su padre lo recibiría de forma afectuosa. Tuvieron que llamar al senador varias veces, mientras Quinto miraba con curiosidad a su alrededor. De los hijos de Servilio era el más observador y el más impresionable por el lujo.

La villa era un edificio grande donde las habitaciones se distribuían alrededor de dos atrios. Tenía como divisa la simetría, tanto en la fachada como en los patios. Solo el administrador sabría decir cuántas habitaciones albergaba y el fin de cada una de ellas. Servilio, por su parte, no estaba interesado más que en las habitaciones domésticas donde transcurría su vida y no creía oportuno ni sugestivo conocer el resto de su villa.

A los lados del edificio principal, retranqueados y ocultos con objeto de no romper la visión armónica que se ofrecía al viajero que llegaba a la villa, se habían edificado los establos para ganado y caballos así como las viviendas de un numeroso grupo de esclavos, ya que la domus era a la vez casa de descanso y explotación agrícola.

Quinto permaneció solo en el vestíbulo durante cierto tiempo, distraído con la visión del trajín de un grupo de esclavos dirigidos por un capataz que iban de un lado a otro. Nadie pareció inquieto por su presencia, ni esclavos, ni libertos. Se sintió desvalido e incómodo, se tocó la bulla numerosas veces para asegurarse de que seguía allí y que todos los esclavos se diesen cuenta de que estaban ante un hombre libre, pero nadie parecía reparar en ello.

Cuando al fin apareció Servilio, lo miró de arriba abajo, cabeceó un poco y frunció los labios. Luego le preguntó su edad y dijo:

—Bueno, ¡qué le vamos a hacer! —Tras ello le abrazó cual compañeros de armas, dejándole el hombro magullado para el resto del día.

Quinto lo interpretó como señal de que reconocía a su vástago y mostraba su afecto. Servilio esperaba que su tercer varón no fuese un púber y su hombría pareciese inminente para así poderle entregar la toga viril, aunque hubiese sido muy precipitada una ceremonia como aquella en esos momentos. El senador ni siquiera reparó en su vieja túnica pretexta, adornada con zurcidos y deslucidos, desbaratando el plan de Lavinia para que su hijo recibiese de una vez por todas el reconocimiento de su madurez.

Tras Quinto llegó la única hija del senador, Lucrecia.

Hizo su entrada en la villa precedida de dos carros con sus ropas, un tocador y una bañera. Un aya y dos esclavas quemaban perfumes en dos pebeteros intentando que no oliese el hedor del estiércol secándose en los campos. Incluso Servilio, acostumbrado al boato de los senadores, tuvo que reconocer que constituía un magnífico entretenimiento verla aparecer por el camino principal de la villa bajo la avenida de cipreses.

—Solo faltan los flautistas —dijo Quinto a su lado al verla.

—No, te equivocas, solo faltan los elefantes —añadió Servilio con ironía—. Tu hermana se piensa que está celebrando un triunfo.

Lucrecia, con sus trece años recién cumplidos, tenía ya varios pretendientes elegidos por su madre. Pero Servilio los había ido rechazando uno a uno. Al inicio del otoño decidió emparentarla con la gens Casia, quienes le habían ayudado a obtener el cargo de senador. Ahora, al verla, se dijo que ese contrato tan precipitado había sido una buena idea, porque tener a su hija en casa más tiempo de lo necesario le parecía una tortura a la que no estaba dispuesto a someterse.

Lucrecia se cubría con un velo para protegerse del polvo del camino y, cuando vio a su padre, lo recogió con una urgencia apocada, mandó a las esclavas recomponerle el peinado, quitarle un pesado manto de piel de oso que había usado en el viaje y poner sobre sus hombros una capa de lana azul.

Servilio asintió dando su aprobación.

—Se parece a Porcia —dijo el senador por todo comentario. Porcia era la madre de Lucrecia, su cuarta mujer—. Entonces, recibámosla como a una Claudia.

Lo único que le gustaba de Porcia era su belleza fría. En esa frialdad inalcanzable residía algo irresistible y atractivo, carente de explicación para el senador. Cuando Porcia le veía trastornado, solía aprovecharse de ello y emitía una sonrisa malévola por tenerlo a su merced.

Si Servilio pudiese escoger a una de sus mujeres para convertirla en estatua de piedra, también la elegiría a ella porque, mirase por donde mirara y a cualquier hora del día, radiaba hermosura y parecía deseable e inalterable, se debatía entre el brillo de un astro y la majestad de una diosa. A cambio, como no hay rosa sin espinas, carecía de ternura, o por lo menos solo recordaba que Porcia hubiese sido cariñosa y dulce el primer año de casados; luego, cuando nació Lucrecia, se olvidó de él.

Lucrecia se presentó ante su padre con una expresión de resignada abnegación. Servilio sospechó. El gesto dibujaba en la mirada de la muchacha un aspecto triste y, para completar su pose, fruncía los labios hasta lograr un puche

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