Prólogo
Pienso que, probablemente, transcribir este texto sea una de las más arduas tareas que en mi vida he afrontado, y sin embargo la estimo también como una de las más satisfactorias, al menos de entre aquellas que no requieren de la complicidad de una mujer.
Observo con alivio que, a lo largo de los interminables meses de convalecencia que hemos compartido, el rostro de Attax ha ido recuperando en gran medida un saludable color, y que sus ojos brillan de nuevo con esa chispa especial que siempre iluminó su mirada. Reconozco que verlo durante tanto tiempo pálido y febril me hizo abrigar los más oscuros temores; a él, un guerrero curtido que en mis años de infancia, y aun de juventud, tuve por inmortal, tras tantos avatares compartidos, tuve que verlo postrado por culpa de unas despiadadas fiebres que amenazaban con consumirlo. Quizá vino así a reclamar su cuerpo un merecido descanso, tras tantos años de sueño insuficiente, comida en ocasiones escasa y heridas que nunca tenían tiempo de sanar del todo antes de afrontar una nueva batalla.
En los peores momentos, en los que la fiebre hacía arder su frente y lo mantenía sumido en una preocupante semiinconsciencia, apenas abandoné su lado, para desesperación de las mujeres, que más bien me consideraban un estorbo. Cuando empezó a pasar ratos cada vez más largos despierto y lúcido, y ya admitía, e incluso reclamaba, el caldo claro que le preparaban para comer, comenzamos a dedicar muchas horas de nostalgia a rememorar los hechos que juntos vivimos, y aun los de su pasado lejano, antes de que los suevos, mil veces malditos, le hicieran probar el amargo trago de la esclavitud. Al tiempo cruzó por mi mente la idea de que, si tantas horas dedicamos a transcribir las vidas de los santos, la historia de este bárbaro pagano no desmerecía en interés a las interminables líneas sobre martirios y milagros con las que tantos niños aprendimos a adentrarnos en los misterios de las letras.
Así que, aprovechando cada uno de los espacios en blanco que quedaban en las páginas de uno de los misales con los que los monjes solían instruir a los chavales del lugar, y que solicité con la excusa de entretener a mi compañero con sus piadosas historias, empecé a tomar rápidas notas de lo que Attax me iba relatando, con una letra apresurada que me hubiese valido, en su época, unos buenos varazos por parte de cualquiera de los maestros que en mi vida cuidaron mi caligrafía.
—Si logras que algo de la luz de Cristo penetre en el alma oscura de este bárbaro impío, quizá se abran para ti las puertas del cielo... —comentaba, irónico, el hermano Filemón, moviendo la cabeza al verme sentado al pie del lecho de Attax con mi misal en la mano.
La idea de niños aprendiendo las letras con la historia que terminó por sepultar los desgastados trazos repletos de ejemplos destinados a inculcar credo y moral cristiana en sus tiernas almas me hace sonreír. No dudo que la vida de Attax, que por otra parte siento mucho más ligada a la realidad de los duros años que nos ha tocado vivir en Hispania, habría entretenido más a los pequeños; y quizá entre las experiencias y reflexiones de un hombre como el alano habrían aprendido lecciones más útiles para su vida que las que pudieran entresacar de las vidas de los santos.
Es probable que gran parte de la historia no resulte apta para oídos infantiles. Sin embargo, yo mismo me crie compartiendo la filosofía de Attax. «Muchacho —solía decirme desde que yo apenas levantaba tres pies del suelo—, el mundo está lleno de hombres que merecen una paliza, y de mujeres dignas de un buen revolcón; y a lo largo de nuestra vida, es nuestro deber contribuir a la justicia en ambos extremos en aquellas ocasiones que se nos presenten.» No sé valorar si su compañía habrá disminuido mis posibilidades de conocer en la otra vida las bondades del paraíso; lo que sí doy por seguro es que, no pocas veces, ha impedido que me haya tenido que enfrentar prematuramente al juicio del Creador.
Lo cierto es que las horas compartidas entre historias y recuerdos parecían ir, poco a poco, devolviendo la vida a Attax. Recuerdo sus ojos entornados y sus refunfuños entre dientes tras las primeras palabras cuando comencé a leerle el relato que, ya en la tranquilidad de mi hogar, iba componiendo en las horas nocturnas con las notas tomadas en su compañía.
—Cuentas que amanecía como si fuera importante —protestó—; y, que yo sepa, ocurre todos los malditos días. Quizá has pasado demasiado tiempo en compañía de esos monjes relamidos.
Sin embargo, a medida que avanzaba la narración, se iba enganchando a la historia, y creo que llegó a esperar con impaciencia el momento en que el resto de mis obligaciones me permitían acudir a su hogar a continuar con la lectura. Nunca dejó de sorprenderle que de nuestra propia vida pudiera extraerse una crónica con ciertos tintes de épica, ya que ha querido el destino —o la providencia— que el alano se haya visto envuelto en no pocas batallas dignas de mención. Muchas veces, mis intentos de reflejar su valor en la contienda fueron recibidos con no pocas carcajadas; en otras ocasiones, si no fuera Attax tan poco dado a mostrar sus emociones, habría jurado que el recuerdo de compañeros desaparecidos tiempo atrás llegó a empañar sus ojos azules.
Al poco tiempo, cuando ya mis apretadas notas cubrían hasta el más mínimo resquicio del reconvertido misal, tuve que acercarme de nuevo al hermano Filemón para requerir que nos facilitara un nuevo libro. El monje se rascó su tonsurada cabeza con expresión entre incrédula y divertida, pero enseguida se afanó en buscar entre los tomos que cubrían su escritorio alguno que le pareciera adecuado. Cuando por fin encontró uno que le satisfizo —una inspirada composición sobre el martirio de san Sebastián—, me lo alargó diciendo:
—El Señor, en su sabiduría, reparte sus dones incluso entre aquellos en los que la razón de los comunes mortales no llega a encontrar merecimiento; mas tengo que reconocer que la lectura de estos sacros textos parece tener buen efecto sobre la salud de tu compañero. Por mí, se puede quedar con este libro también.
Definitivamente, si el hermano Filemón llegase a descubrir el destino de sus misales, creo que, y no sin cierta razón, me haría desollar.
LIBRO I
HISPALIS, AÑO 438
I
Cuando desperté, algo aturdido, ya las cálidas luces del amanecer teñían de dorado las calles de la ciudad de Hispalis. La noche anterior, como tantas otras, la había pasado en la acogedora posada de Quintilio, entre risas, carantoñas a las guapas camareras y más vino del aconsejable, en animada charla con los mercaderes y viajeros de paso. Había sido divertido, pero tras unas breves horas de sueño, descabezado en uno de los incómodos bancos del comedor, todo mi cuerpo protestaba al recordarlo.
La posada de Quintilio era una de mis preferidas: aunque el gordo propietario parecía estar siempre de mal humor, el vino que servía era uno de los mejores de la zona —o, por lo menos, uno de los pocos que no garantizaban un fuerte dolor de cabeza tras apenas un par de tragos—, y su céntrica ubicación aseguraba un permanente tránsito de viajeros. Allí disfrutaba no solo con el jolgorio del lugar, sino también con las noticias de otras zonas de la diócesis y de Africa que intercambiaban los clientes de la posada.
—Levanta ya, Attax, condenado bárbaro piojoso —me espetó secamente Quintilio desde detrás de la barra—. Tu amo va a hacer que te duelan las costillas como se entere de que has pasado otra noche aquí gastándote su dinero.
Conseguí, no sin esfuerzo, centrar la mirada en el orondo posadero, y poco a poco fui siendo consciente de que la noche ya había pasado y que, definitivamente, ya había amanecido.
—¡Por todos los demonios! ¿Acaso lo que me serviste ayer no era vino, sino meados de cabra? ¡Vaya dolor de cabeza! Prometo que nunca más volveré a probar tus brebajes —protesté para enfadarlo aún más—. Despídeme de Elisenda y... bueno, creo que he mentido, ¡dile de mi parte que nos veremos de nuevo esta noche!
Salí a toda prisa del comedor y metí la cabeza en el abrevadero más cercano, provocando el alboroto de las bestias del patio y la sorpresa de los viandantes. Tomé el camino que llevaba a la finca de mi dominus, Balbo, y apreté el paso, mientras calculaba las posibilidades de librarme de un buen rapapolvo si conseguía rescatar de entre las nieblas etílicas de mi mente alguna información de las compartidas en la larga noche que pudiera interesar a mi señor, y cuya obtención justificara mi tardanza. Finalmente me rendí: realmente, la noche había resultado más productiva en otras cuestiones más personales, y dudo que Balbo estuviese interesado en escuchar la descripción de las nuevas habilidades descubiertas en la bella Elisenda, ya que mi dominus, aunque viudo, cubría sus necesidades de compañía femenina con notable discreción.
La villa se encontraba en las afueras de Hispalis, en el camino que iba hacia la antigua Italica, colonia fundada por Roma siglos atrás, y prácticamente abandonada en aquel entonces. Era un lugar agradable: el sendero serpenteaba suavemente entre ordenadas plantaciones de olivos, fuente de las riquezas de mi señor, y el olor de la tierra, fértil y fresca, acompañaba mis pasos apresurados.
Corría ya la hora tercera cuando divisé por fin los blancos muros de la finca, pero aún no se hacían patentes los rigores del caluroso estío que se aproximaba al sur de Hispania.
—¿Dónde estabas, Attax? —preguntó ceñudo Antonio, el mayordomo de Balbo—. Has tenido mucha suerte: el amo todavía no se ha despertado. Porque si fuera por mí, te aseguro que te haría apalear ahora mismo.
—Buenos días, Antonio —respondí—. Por lo que veo, solo yo he tenido una buena noche.
—Anda, entra y lávate un poco, que pareces incluso más bárbaro de lo que ya eres. Creo que el amo tiene planes para ti.
Aunque vine al mundo en tierras hispanas, y por aquel entonces había pasado ya más de veinte largos años de mi vida en la provincia, me sentía profundamente orgulloso de mis raíces alanas. De todas formas, mi aspecto físico se encargaba de dejar claro mi origen desde el primer vistazo. Entre las gentes de Hispalis y alrededores, descendientes de generaciones de dominio romano en la península, donde predominaban los hombres y mujeres de tamaño medio e incluso pequeño, tez más morena y ojos castaños, mi elevada estatura —superior a los seis pies— se hacía notar. Además, mis ojos son de color azul claro, y nunca he querido recortar mis largos y algo desgreñados cabellos rubios.
Las personas con las que convivía nunca dejaron de recordarme mi origen, y probablemente sea «bárbaro» el apelativo con que más frecuentemente se hayan dirigido a mí. Reconozco que esa diferencia me gustaba: mi superioridad física, así como la presunción de que mi naturaleza salvaje me llevaría a encontrar placer en la violencia, me conferían un utilísimo poder de intimidación, que siempre me ha divertido ejercer, además de una capacidad real para hacer daño. La plenitud de la juventud me otorgaba una energía considerable, que derrochaba en riñas y amoríos, así como una estúpida sensación de invulnerabilidad que el destino se encargó de hacerme pagar cara. Fueron tiempos felices.
Mi pueblo fue uno de los que el 31 de diciembre del año 406, aprovechando la congelación del gran Rhenus, atravesaron la frontera para asentarse en las fértiles provincias de Roma. Ya en 409, tras varios años malviviendo en la vecina Galia, conjuntamente con vándalos y suevos, el pueblo alano entró en la antigua diócesis hispana a través de los montes Pirineos, y se asentó en las distintas provincias. Muchos de los que he conocido en mi vida dicen que acudimos como las langostas a la cosecha, devorando y arrasando con todo lo bueno que tenían aquellas tierras. Otros tantos, siempre hombres de los tres pueblos implicados, argumentan que acudieron a la llamada de uno de los múltiples usurpadores del imperio, que en ese entonces trataba de asentar sus bases en suelo hispano, y para el que reforzar sus intenciones con varios miles de guerreros no era un asunto baladí.
Yo nací en Emerita Augusta, en la Lusitania, y allí transcurrió mi infancia hasta el fatídico año 418. Fue en ese momento cuando el emperador romano Honorio decidió que había llegado la hora de acabar de una vez por todas con los pueblos bárbaros instalados en aquellas tierras, y encargó la tarea a uno de sus reyezuelos federados, el godo Walia.
Ante lo incierto de la situación, mi padre decidió ponerme a buen recaudo, pagando una pequeña fortuna a un lugareño para que me escondiera en su casa hasta que hubiera pasado lo peor. Esta decisión salvó mi vida, ya que los peores presagios de mi padre no tardaron en cumplirse: los godos de Walia no solo ganaron la batalla, sino que se dedicaron a exterminar sistemáticamente a todos los alanos que encontraron en su camino. También mi familia sufrió ese cruel destino.
Pasados los días de esconderme en el sótano del anciano, al que recuerdo callado y amable, y que cumplió con honestidad el encargo de mi padre, llegó a la casa un superviviente alano, de los pocos que escaparon a la masacre que prosiguió a la batalla. El guerrero, de nombre Fariban, había perdido a su mujer y sus tres pequeños a manos de los godos, y quizá encontró algo de consuelo al ocuparse del cuidado del hijo de uno de sus compañeros. Una vez que se repuso de sus heridas partimos hacia el norte, en busca de un nuevo pueblo en el que establecernos.
—¡Eso no es para ti, animal! ¡Es para el dominus! —Los gritos agudos de Livinia me despertaron de mis cavilaciones.
—Buenos días, dulce Livinia. Disculpa mis modales, pero el vino de anoche me ha dado hambre; recuerda que soy un bárbaro y no estoy acostumbrado a estos brebajes romanos, sino a la buena cerveza —bromeé, acompañando mis palabras con una sonora carcajada—, y tus manjares son los únicos que pueden asentar mi estómago antes de reunirme con Balbo.
—Siempre igual —suspiró—. Cuándo aprenderás que al amo no le gusta que pases la noche fuera de la villa.
—Gracias por preocuparte por mí, pero sé cuidarme solo, y el amo también lo sabe.
Acercándome a ella, estampé un beso en su arrugada mejilla, que le arrancó una leve sonrisa que se giró para disimular, a la vez que se aseguraba de retirar la bandeja de pasteles de mi alcance. Livinia era la cocinera de la domus. Había pasado toda su vida entre las paredes de la villa, llevando las cocinas con férrea disciplina durante más de treinta años. Desde el fallecimiento de la señora de la casa se ocupaba con pasión de la labor de meter en cintura a las sirvientas más jóvenes, a las que atemorizaba con sus gritos y exigencias. Sospecho que, si hubiera nacido hombre, habría resultado un excelente comandante. Era capaz de vigilar cualquier movimiento sospechoso con el celo de un halcón; incluso yo mismo, que me preciaba de contar con sobrados recursos, llegué a dejar por imposible el empeño de tentar la virtud de las criadas, por asegurarme tal labor más disgustos que alegrías.
Mi llegada, ocho años atrás, le había provocado al principio cierta incomodidad, debido a mi evidente origen bárbaro, y a lo que ello representaba para su concepción de una ordenada y civilizada vida romana. Pero, con el paso de los meses, creo que logré conquistar su corazón, que resultó mucho menos duro de lo que le gustaba fingir. Aquella anciana gruñona y severa se convirtió en una de mis mayores defensoras en la villa, llegando a cubrirme muchas veces cuando me metía en algún lío; siempre, claro, que no estuviera también involucrada alguna de sus protegidas, respecto a las que se mostraba inflexible.
Antonio asomó su nariz por la puerta de la cocina.
—Attax, el dominus quiere verte. Está en el tablinium. No tientes más tu suerte y no lo hagas esperar.
Tras sacudir de mi túnica las migas que habían dejado los dulces sustraídos de la bandeja de Livinia, me encaminé hacia la parte trasera de la villa. Villa Balbina era una de las muchas que salpicaban los campos de la provincia de la Baetica, rodeadas de vetustos olivos, que eran conocidos desde antiguo en todo el Mare Nostrum por el excelente aceite que producían. Con el paso del tiempo, estas propiedades fueron adaptándose a la difícil situación que se vivía, y muchas, entre ellas Villa Balbina, contaban ya con estructuras defensivas, bien simples empalizadas de madera o incluso pequeñas murallas, que ofrecían refugio tanto a los propietarios como a los campesinos de los alrededores.
Siempre me gustó la vieja edificación: no solo la casa era grande y luminosa, sino que también los barracones donde se alojaba la servidumbre, e incluso los que acogían a los esclavos, se encontraban en buen estado, lo que valoraba aún más después de haber visto la situación en otras fincas de los alrededores. También era de mi gusto pasear por las dependencias donde se fabricaba el aceite, en las que pasaba largos momentos de tranquilidad, entre encargo y encargo, curioseando entre la maquinaria, y aprendiendo el tratamiento al que se sometía a las olivas, para terminar dando lugar a lo que Balbo llamaba su oro líquido. Ante la sorpresa de los trabajadores regulares de la explotación, que no esperaban que un bárbaro como yo se interesara por los secretos de la producción agrícola y la posterior transformación de las olivas en el untuoso manjar al que debía Balbo su prosperidad, no era raro que me ofreciera a colaborar en algunas de las tareas cotidianas de la finca o el torcularium.
Según la variedad de oliva utilizada, la época de su recolección y el proceso al que eran sometidas las olivas obteníamos aceites de distinta calidad. El prensado se realizaba cuidadosamente, para aplastar la tierna carne de los frutos sin llegar a romper el hueso de su interior. Tras la primera molienda, se separaba el mejor aceite, y la pulpa restante se volvía a procesar, obteniendo cada vez productos de inferior categoría: los primeros eran los más apreciados para consumir en crudo, y aliñaban las preparaciones que se servían en las mesas de los más pudientes. Los siguientes, destinados a las elaboraciones en caliente, suponían la mayor parte de la demanda y alcanzaban precios en el mercado mucho más moderados. Por su parte, las fracciones de peor calidad se utilizaban para rellenar las lamparillas para el alumbrado.
De las olivas que aún no habían alcanzado su punto de sazón extraíamos el omphacium, muy apreciado por los galenos por sus bondades medicinales. Sacábamos un buen dinero por él. También guardábamos parte de la producción recolectada en verde para asegurarnos materia prima que nos permitiera atender las demandas de aceite recién prensado durante la mayor parte del año; Balbo se enorgullecía de suministrar un producto de alta calidad, por lo que se negaba a acudir a los distintos trucos que usaban otros productores de la zona para retrasar el enranciamiento del aceite, como añadirle sal, lo que no favorecía precisamente su sabor.
Balbo descendía de una antigua familia residente en Hispalis desde varias generaciones atrás, donde se habían establecido y habían hecho negocio exportando aceite a distintas zonas del imperio. Con el paso del tiempo, estas exportaciones se fueron limitando a las provincias vecinas, pero aun así el negocio no iba mal, pues contaba entre sus clientes a algunos de los personajes más influyentes de la ciudad.
—Dominus —saludé, con una inclinación de cabeza.
—Buenos días, Attax. Espero que hayas dejado algo de vino para que el bueno de Quintilio no tenga que cerrar su establecimiento —respondió, sin levantar los ojos de la tablilla que estaba leyendo.
—Eso he intentado, dominus —mascullé.
Balbo alzó su mirada hacia mí.
—Ahora eso no importa —terció, con expresión grave—. Como sabes, ayer envié un cargamento de nuestro mejor aceite a la ciudad, destinado a las cocinas del señor obispo, el venerable Marciano. Pero, ante mi sorpresa, hoy ha llegado a la villa un mensajero del reverendísimo con una nota donde se me pregunta por qué no he satisfecho su petición. —Balbo hizo una pausa, enarcando las cejas—. Cierto es que no me paga, pero el visto bueno del obispo y su reconocimiento valen más que unas sucias monedas. —Yo asentí sin mucho convencimiento—. La caravana en la que iba el viejo Tulio ha debido de sufrir algún percance, pues nunca antes me había fallado. Attax, dispón de uno o dos de los muchachos y parte a buscar a Tulio y el cargamento. Haz lo que tengas que hacer: sabes que confío en tu criterio. Pero creo que, de camino a la ciudad, deberías visitar la finca de Escauro y hacer unas cuantas preguntas. Pasa antes por la cocina, come algo... y por favor, lávate. Puedes irte.
—Gracias, dominus.
Me encaminé a paso ligero hacia las caballerizas, donde utilicé varios cubos de agua fría para despejarme y lavarme a conciencia. Cada vez que me dirigía a cumplir un encargo me esmeraba en arreglarme adecuadamente; desde mi infancia me inculcaron que ceñirse una espada es casi como un ritual para el que hay que estar purificado. Tras trenzarme el pelo, me acerqué a la pequeña pero bien surtida armería de la que disponía Balbo a recoger mis armas preferidas.
El día que conocí a mi dominus, Balbo, no había sido para mí una jornada afortunada. Había perdido una cantidad considerable de dinero jugando a los dados en una tabernucha cercana al río, y no estaba para muchas bromas. Mis negros pensamientos me llevaron a responder, malhumorado, a un grupo de soldados de permiso que no se quedaban atrás en cuanto a ganas de buscar pelea, y que discutían, entre risas, si les apetecía o no compartir local con el hijo de alguna puerca bárbara. Reté, a gritos, a cualquiera que tuviera arrestos para enfrentarse a mi espada, y el tabernero, con un loable espíritu de negocio, se aprestó a organizar los enfrentamientos —con los puños desnudos, pues no deseaba cadáveres en su local—, recoger el dinero de las apuestas y prometer algunas monedas a los que en cada caso se proclamasen vencedores.
La pelea me proporcionó una manera eficaz de canalizar mi rabia. Aunque no eran precisamente luchadores noveles, yo me sentía poseído por una furia fría que había acumulado tras algunos meses de vagar por los pueblos de los alrededores, frustrado después de haber sufrido hacía poco mi primer desengaño amoroso de consideración, que me llevaba a descargar un puñetazo tras otro mientras mis rivales se iban sucediendo sin que yo apenas fuera consciente de ello. También recibí lo mío, pero juro que en aquel momento apenas podía prestar atención al dolor. Cuando Balbo se unió al grupo de espectadores, ya me enfrentaba a mis adversarios de dos en dos, ante la asombrada y calculadora mirada del tabernero, que empezaba a ver probable que tras semejante recital de golpes no quedara en pie al final nadie capaz de reclamar las monedas prometidas.
Balbo, impresionado, fue el que puso fin a la situación antes de que hubiera que lamentar males mayores. Tras cruzar unas breves palabras conmigo, y asegurarse de que recibía mi botín, me invitó a acompañarlo a su hacienda, donde una horrorizada Livinia se hizo cargo de disponer lo necesario para que pudiera descansar en un catre limpio, mientras Antonio iba a buscar quien atendiera mis golpes y heridas. En cuanto me encontré repuesto, con algunos vendajes y habiendo tomado un caldo caliente, me condujeron de nuevo ante Balbo, que me propuso entrar a su servicio. A cambio de la comida y un lugar donde vivir, tendría que desempeñar labores de guardaespaldas de su villa y sus cargamentos, lo que en muchos de los casos significaba algo así como ser su matón particular. En un principio me sorprendió que confiara en mí para tal labor; después de todo, las circunstancias en las que nos conocimos no hablaban demasiado bien sobre mi cordura. No obstante, Balbo solía preciarse de su buen instinto a la hora de juzgar a las personas al primer vistazo, y algo debió de ver en mí que le impulsó a quererme a su servicio. Claro que, durante los primeros meses, me vigiló de cerca, pero de eso hacía ya casi ocho años, y puedo afirmar que a partir de ese momento siempre traté de mostrarme digno de su absoluta confianza.
Seleccioné las armas con las que había llegado a la finca: mi spatha, mi largo cuchillo —que por sus dimensiones parecía más bien un gladius— y un ligero coselete de cuero para protegerme el torso. Además, desde mi primera visita a la armería de Balbo me había adueñado de una pequeña rodela que completaba mi equipo, pero en este caso no consideré que pudiera ser necesaria.
Una vez en la cocina, me acomodé en el largo banco donde solía comer el servicio de la casa, mientras las ayudantes de Livinia me servían pan, queso y tocino asado. Finalizado el abundante desayuno, me dirigí a las dependencias de Antonio para comunicarle que contaría con Sebastián y Silas como acompañantes en mi pequeña excursión. Estos dos mozalbetes, hermanos gemelos, parecidos entre sí como dos gotas de agua, eran mi compañía favorita para ese tipo de trabajos. Tenían, creo, unos quince o dieciséis años, y vivían desde su nacimiento en la misma villa, donde se ocupaban de las labores propias del campo, salvo cuando yo, para su deleite, les invitaba a acompañarme en alguno de los encargos de Balbo.
Estaba ya en la puerta de la finca cuando los gemelos me alcanzaron, con sus sencillos arcos a la espalda y sus cuchillos de caza al cinto.
—Buenos días, chicos. ¿Preparados para un cómodo paseo hasta la ciudad?
—Buenos días, Attax —respondieron al unísono.
Avanzamos sin prisa por el camino que debería haber tomado Tulio hasta Hispalis, y que era el mismo que había recorrido yo mismo unas pocas horas atrás. Según mis cálculos, la carreta, aunque fuera cargada hasta los topes de ánforas de aceite, solo tendría que haber tardado unas tres horas, cuatro a lo sumo, en traspasar las puertas de la ciudad. El trayecto que debíamos inspeccionar era corto, y enseguida comprobamos la dificultad de distinguir las rodadas de la carreta de Tulio entre todas las marcas del sendero, transitado a diario por el personal de Balbo y los comerciantes que surtían de lo necesario a su villa y las de los alrededores. Al llegar a la puerta de la ciudad, confirmamos hablando con los guardias que ninguno de ellos recordaba haber visto pasar al viejo Tulio el día anterior.
Pronto las posibilidades se vieron reducidas casi exclusivamente a acercarnos hasta la vecina finca de Escauro, tal y como había sugerido Balbo. Esta familia, tan antigua como la de mi dominus, o más, poseía una hacienda similar a la suya en el camino a la ciudad, dedicada en este caso mayoritariamente al negocio de la producción de vinos, aunque desde algunos años antes habían comenzado a interesarse también por la elaboración de aceite. Al igual que en el caso de Balbo, la finca disponía de una amplia casa intramuros, donde la familia pasaba la mayor parte del año.
Al llegar a un promontorio desde el que se divisaba bien la finca, indiqué a los dos hermanos que amarrasen los caballos a un árbol cercano, y que no se dejaran ver en la loma. Mi primera intención había sido presentarme en la puerta de la empalizada y preguntar directamente por la carreta, pero mi propia intuición, unida a las sospechas que el dominus había dejado entrever, me llevó a decantarme por comenzar con una incursión clandestina de reconocimiento.
Pese a las aparentemente cordiales relaciones que mantenían las dos familias de terratenientes, sabía por diversas historias que se cuchicheaban en la villa que la relación comercial entre ambos comenzaba a tensarse. El viejo Escauro, no satisfecho con mantener un relativo dominio del comercio del vino en la comarca —no por casualidad, gran parte del vino que ofrecían las tabernas de los alrededores, y al que yo solía hacer los honores, provenía de las vides de su finca—, había comenzado hacía ya unos diez años a plantar de olivos una parte de sus tierras, y a interesarse por el negocio del aceite, para disgusto de Balbo. Sin embargo, por lo que se rumoreaba en la ciudad, y por lo que el propio dominus había comprobado haciéndose discretamente en el mercado con algunas ánforas del producto de su nuevo competidor, el aceite de Escauro, procedente de su joven explotación, no podía compararse ni de lejos con el que se producía en Villa Balbina. Además, tampoco contaban con un capataz como Tulio, que podía preciarse de dominar todos los secretos del arte de producir aquel oro líquido del que Balbo se enorgullecía, labor a la que había dedicado toda su vida y a la que se entregaba con auténtica pasión. Aunque con el tiempo había delegado muchos de los trabajos más pesados en el personal más joven, nadie discutía su opinión cuando se trataba de seleccionar la mezcla ideal de variedades, el momento preciso para la recolección o el tiempo de reposo necesario para la adecuada decantación de los distintos tipos de aceite. «Este negocio —solía decir, sonriente, guiñando sus ojos rodeados de arrugas— es para viejos: árboles viejos para producir y manos viejas para atenderlos.»
—Muchachos, esperaremos por aquí hasta el atardecer. Silas, vuelve a la villa y trae cuerdas que aguanten nuestro peso, ropa oscura y algo de comer. Comprueba también si ha habido novedades sobre Tulio y el cargamento.
—Attax, ¿estás seguro con lo del peso? ¡Creo que en toda la villa no encontraré una cuerda que sea capaz de aguantarte!
Ambos hermanos se echaron a reír.
—Vamos, romano enclenque, ¡sal de mi vista antes de que deje caer mi peso sobre ti! Ve rápido y no te entretengas.
Pronto Silas estuvo de vuelta con el equipo y las provisiones. Al interrogarle sobre posibles novedades, negó tristemente con la cabeza. Comenzábamos a estar realmente preocupados por el viejo.
Tras compartir el pan y el queso que el chico había obtenido en las cocinas, nos cubrimos con las capas oscuras y conversamos en voz baja, a la espera de que el anochecer se abatiera sobre los dorados campos de Hispalis y nos procurase la oscuridad necesaria para movernos con discreción. Me hacía gracia la visión, para mí muy inocente, que tenían los gemelos de la vida; albergaban sueños sencillos y no requerían mucho para sentirse felices. Un pellizco o un beso robado a alguna de las sirvientas, algún revolcón en los cobertizos cuando se terciaba, las jornadas de caza compartidas en los alrededores de la villa, intercambiar unos cuantos puñetazos con los chavales de la zona —tengo que reconocer que en esto no eran malos, ya me había cuidado yo de enseñarles un par de trucos— o la satisfacción de lograr algún escueto halago de Tulio sobre las tareas realizadas colmaban todas sus ambiciones. Oyéndolos hablar, me sentía muy viejo.
Cuando la oscuridad me pareció suficiente, nos acercamos lentamente a la parte trasera de la empalizada de la villa, cargando con las cuerdas traídas por Silas. Una vez bajo los maderos, di órdenes a Sebastián de que permaneciera allí hasta que su hermano y yo regresáramos y estuviera atento por si se acercaba alguien.
—Silas, pégate a mí y trata de no hacer ruido.
La empalizada apenas alcanzaba la altura de dos hombres: suponía más un elemento disuasorio para posibles salteadores de caminos que buscaran una presa fácil que una defensa realmente práctica para otro tipo de situaciones más comprometidas. Nos costó poco tiempo saltar al otro lado.
La sección de la empalizada por la que habíamos subido daba a las caballerizas de la finca. Nos descolgamos por ella y caímos suavemente sobre la paja que cubría el suelo, que amortiguó el sonido. Gracias a la luna llena que dominaba ese día el cielo podíamos movernos con relativa facilidad.
Nos detuvimos algún tiempo en registrar las caballerizas, en busca de alguna pista sobre el destino de la carreta y del bueno de Tulio. Hice señas a Silas para que avanzara con cuidado, mientras susurraba palabras tranquilizadoras a los caballos, que aceptaron nuestra presencia sin excesivo reparo. Una vez hubimos removido cuanto encontramos a nuestro gusto, sin haber podido hallar ningún indicio esclarecedor, decidí aventurarme a otras zonas de la villa.
—Silas, quédate aquí y espera a que vuelva. No hagas ruido, y si aparece alguien, escóndete. Yo voy a echar un vistazo.
Tras asegurarme de que el chico estaba dispuesto a seguir mis indicaciones, me detuve un momento en la puerta de las caballerizas para estudiar la situación. Algunos meses atrás había tenido ocasión de acompañar a Balbo a la villa de Escauro, y había aprovechado para memorizar la distribución de las estancias —nunca está de más ir con los ojos bien abiertos—, así que, incluso en la penumbra reinante, no me resultó difícil orientarme. Mi primera elección fue dirigirme hacia el amplio almacén que ocupaba el extremo suroeste de la finca; deslizándome en silencio entre las sombras, y siempre atento a que mi figura no se recortara a la luz de la luna, atravesé el camino hacia el almacén, dejando a mi derecha el edificio principal, en el que parecía reinar la calma, aunque algunos sonidos apagados me hicieron detenerme en varias ocasiones. El interior de la casa estaba alumbrado por una luz cálida y tenue, que supuse producida por algunas antorchas estratégicamente colocadas, al adivinar en el silencio el leve chisporroteo con que estas suelen arder. Rodeé con cuidado el lugar, para asegurarme de que ningún esclavo de la propiedad anduviera esa noche por el depósito que tenía la intención de registrar.
Una vez me hube cerciorado de que el edificio estaba vacío, entré a través de una de las ventanas, a la que no me costó trepar, y me dediqué a inspeccionar la estancia, sin poder evitar sentir una cierta admiración por la cantidad de mercancías que se apilaban con un poco de desorden. Parece mentira que al viejo zorro le vaya tan bien, pensé; no solo había multitud de ánforas de vino ocupando las grandes estanterías, sino que también se encontraban apiladas algunas de aceite, e incluso me pareció adivinar el peculiar aroma del famoso garum. Confieso que en aquel momento empecé a plantearme la posibilidad de avisar a los gemelos para que me ayudaran a cargar alguna de las pequeñas ánforas lacradas que ocupaban el fondo de los estantes: si lograba cambiar los recipientes, para que el sello de Escauro que llevaban grabado no me obligara a responder a algunas preguntas incómodas, podría vender el vino a Quintilio por una buena suma. Calculaba hacerme con dos para el orondo posadero, y otra de propina que escondería para celebrar ocasiones especiales...
Ya andaba en la tarea de seleccionar algunas que me diesen buena impresión y que no estuvieran demasiado visibles, para tratar de retardar todo lo posible el momento en que alguien las echara de menos, cuando me pareció escuchar el sonido de unos pesados pasos que se dirigían hacia el almacén. Maldiciendo mi suerte, me apresuré a buscar cobijo tras unas ánforas de gran tamaño. Cuando la puerta se abrió con un crujido, mantuve mis ojos bajos, tratando de no mirar directamente a la antorcha que portaba el grueso individuo que acababa de entrar en el almacén, para no perder la ventaja de que mis ojos estuvieran ya acostumbrados a la oscuridad del edificio.
El recién llegado se detuvo cerca de la puerta, mientras recorría la estancia con los ojos entornados. Solté un reniego para mis adentros al reconocer sus duras facciones. El hijo de mala madre que había truncado mis felices expectativas de pillaje no era otro que Lucio, el malcarado esbirro de Escauro, con el que ya había tenido algún desagradable encuentro en la ciudad. En ocasiones faltó poco para que llegáramos a las manos, y solo la deferencia a nuestros respectivos domine evitó una pelea que ambos deseábamos, o más bien la pospuso, pues las miradas que cruzábamos no dejaban margen de duda sobre nuestras intenciones de aclarar ciertos malentendidos a puñetazos en cuanto se presentara la ocasión de retarnos a solas.
El maldito ignorante, de origen hispano, solía llamarme «perro vándalo», y volcaba en mí su odio a causa de los hechos acaecidos en Hispalis una decena de años antes, de los que no dudaba en culparme. No diré que sin razón, pues en aquel momento compartía la suerte con el pueblo hermano que acogió a los alanos que sobrevivimos tras el enfrentamiento con Walia, pero la incapacidad de Lucio para distinguir entre los vándalos y los alanos me sacaba de quicio.
Como relataba, en el año 428 del calendario cristiano llegué a Hispalis acompañando al pueblo vándalo, con su rey Gunderico al frente. Nuestro ejército se presentó ante las puertas de Hispalis, y tras un breve periodo en que la ciudad aguantó el bloqueo logramos tomarla y asentarnos durante un tiempo en la zona intramuros. Pero la toma de la ciudad salió cara a los vándalos: Gunderico murió en Hispalis, por lo que su hermano Genserico ascendió al trono en la misma ciudad. Su primera decisión fue la de abandonar las provincias hispanas rumbo a los, a su juicio, pacíficos y vulnerables territorios del norte de Africa, donde podríamos asentarnos, lejos de las tropas imperiales y de otros pueblos invasores con los que competir por tierras y riquezas. Sin embargo, esa idea no resultaba de mi agrado, pues contaba por ese entonces con lo que a mí me parecían motivos suficientes para desear permanecer en Hispania, por lo que, junto con algunos otros, opté por no cruzar. Todavía me pregunto a veces qué habría sido de mí si no hubiera sido aquella mi decisión, quizá fruto de mi irreflexiva juventud; pero lo cierto es que en aquel momento no podía imaginar un horizonte mejor que el que había encontrado en esta tierra bañada por el sol.
Lucio, canturreando por lo bajo, se dirigió a la estantería donde se encontraban las ánforas de vino. Supuse que su dominus le habría pedido que llevara a la villa una de las más pequeñas, aunque tras verlo seleccionar cuidadosamente una que quedaba algo oculta entre todas, que parecía pesar menos de lo que su tamaño haría prever, y retirar con cuidado una parte del lacre aparentemente suelto pensé que más bien el hispano se disponía a disfrutar de un trago clandestino aprovechando su visita al almacén con algún otro encargo. Efectivamente, en cuanto se limpió el mentón con la manga y dejó el ánfora apoyada en una de las estanterías, comenzó a remover entre algunos de los recipientes más grandes, similares a los que Balbo utilizaba para envasar las partidas de aceite, y que por la facilidad con que eran manipulados parecían estar vacíos. Pese a que la prudencia aconsejaba lo contrario, pensé que, después de no haber logrado sacar nada en claro de las huellas del sendero que llevaba hasta Hispalis y de haber confirmado que la carreta no había llegado a alcanzar las puertas de la ciudad, solo aquí podría hallar algunas de las respuestas que buscaba. Además, me costaba resistirme al placer de dar una desagradable sorpresa al hispano, que tan feliz y tranquilo tatareaba a pocos pasos de mi escondrijo. Tensé mis músculos mientras me planteaba cómo formular las preguntas adecuadas.
En ese momento un inquietante pensamiento cruzó mi mente: ¿y si las ánforas realmente contuvieran vino o aceite? ¿Tendría Lucio la fuerza suficiente para moverlas de esa manera aunque estuvieran llenas? En fin, aunque no dice demasiado acerca de mi sentido del honor —del que nunca me he jactado—, decidí resolverlo por la vía rápida. Salí sigilosamente de mi escondrijo y me hice con la pequeña ánfora de vino, y antes de que Lucio terminara su tarea, que lo mantenía agachado sobre uno de los recipientes de mayor tamaño, me acerqué con un rápido movimiento y lancé el mío en la cabeza del hispano, que cayó con estrépito al suelo del almacén, acompañado de numerosos fragmentos de arcilla y el sonido gorgoteante del vino al derramarse.
Me aseguré de recoger la antorcha antes de que prendiera alguna de las telas almacenadas o de las briznas de paja que salpicaban aquí y allá el suelo de barro apisonado; até al hispano a la viga principal de la estantería que tenía detrás, lo amordacé y aproveché para registrar sus ropajes. En un primer momento tan solo encontré una talla de madera y unos dados de hueso —probablemente trucados—, pero al rebuscar en el pantalón me di cuenta de que este tenía cosido un pequeño bolsillo interior. Una vez abierto capté con sorpresa un leve resplandor dorado; acercando la pieza a la antorcha, descubrí que se trataba de un anillo de oro: ¡el mismo que era el orgullo del viejo Tulio! Los símbolos grabados en su reverso no dejaban lugar a dudas: era el regalo que el dominus Balbo hizo a Tulio cuando lo manumitió.
Pues finalmente parece que vamos a tener noticias de la carreta, pensé. Agarrando una de las ánforas a las que había echado el ojo antes de que el hispano me interrumpiera, rompí el lacre, y después de tomar un buen sorbo, derramé parte de su contenido sobre el esclavo atado a mis pies.
—Buenas noches, Lucio —saludé animadamente—. Espero que el vino que he escogido para compartir contigo haya sido de tu agrado.
Él volvió en sí poco a poco, con una mezcla de sorpresa y dolor reflejada en el rostro.
—Así que aquí es donde guarda tu amo su mejor vino; lástima no haberlo sabido antes. Bueno, Lucio, te voy a quitar la mordaza, y tú te portarás bien y no chillarás como la rata que eres... y ¿sabes por qué? —Hice girar el anillo ante sus ojos mientras él se esforzaba en fijar su vista en la joya sustraída—. Por esto —afirmé y el hispano abrió los ojos desmesuradamente—. Vas a tener que explicarme qué hacía esto en tu sucia ropa antes de que decida que no vale la pena preguntar y te proporcione sin más la muerte de puerco que te mereces.
Cuando me pareció que Lucio asentía levemente, rasgué la mordaza con mi cuchillo, que dejó escapar un pequeño hilo de sangre de la mejilla del hispano.
—¡Maldito vándalo hereje! ¿Qué demonios haces aquí? ¡Mi amo te hará desollar vivo! —increpó.
Ni que decir tiene que las palabras elegidas no habían sido las mejores para templar mis ánimos, por lo que opté por responder estampando un brutal puñetazo en su nariz sin ningún miramiento.
—No me hagas perder el tiempo, Lucio, mi paciencia es limitada. ¿Dónde está Tulio? Y te advierto una cosa: si oigo algún sonido que me haga pensar que alguien se acerca antes de obtener las respuestas que quiero, no pienses ni por un instante que saldré corriendo y te dejaré ahí esperando a que te desaten. Primero te degollaré, y una vez me asegure de que comienzas a desangrarte como un cerdo, saldré con calma de este apestoso lugar sin que nadie sepa que he estado aquí. No te preocupes, soy un bárbaro, tengo experiencia en hacer sacrificios. Así que, por favor, habla antes de que me obliguen a matarte; no estoy seguro de que estés a la altura como víctima para mis dioses.
Creo que mi alarde de barbarie despiadada fue bastante efectivo. Aunque Lucio no era ningún cobarde, valoró sus posibilidades y la contundencia de mis amenazas y no tardó en comenzar a hablar en tono quedo.
—El viejo está en el molino abandonado que hay en la calzada que lleva de la ciudad a Corduba. —Casi escupió las palabras.
—¿Vivo? —quise aclarar. De su respuesta dependería su destino. Una rabia fría me invadía.
—Por lo menos lo estaba cuando lo dejamos allí.
—¿Hay alguien con él?
—No, que yo sepa.
—¿Esto ha sido cosa tuya o de tu amo?
—Si fuera cosa mía no habría ido a por el viejo, sino a por ti... sucio bárbaro.
Incluso atado le ponía cojones. No pude evitar reírme.
—La próxima vez que nos veamos, si me has mentido, te daré el honor de intentarlo —advertí.
Pensé en insistir en mis preguntas sobre la presencia de vigilantes en el molino, o incluso interrogarlo sobre las intenciones de su amo con respecto a la mercancía interceptada, pero supuse que me mentiría, por lo que decidí dejarlo estar y acercarme por mí mismo al viejo edificio antes de que Lucio consiguiera dar la voz de alarma o en la casa empezaran a extrañarse por la tardanza del hispano. Lucio no daba la impresión de enorgullecerse del ataque, así que preferí creer que, si bien lo consideraba un bastardo chulesco e ignorante, no parecía ser de aquellos dados a ensañarse con un viejo. No obstante, tenía prisa por comprobar en qué estado había quedado el anciano Tulio.
—Bueno, Lucio —me despedí con burlona cortesía—, no te quito más tiempo. Si quieres que nadie sepa mañana que tú y tu amo habéis sido los responsables de lo que le haya pasado a Tulio, olvida que he estado hoy aquí. Y, por cierto —susurré acercándome—, soy alano. A-la-no —remarqué—. Trata de recordarlo.
Seguidamente estampé otra ánfora en su dolorida cabeza, con lo que el hispano volvió a caer en una intranquila inconsciencia. Menudo desperdicio de vino, pensé.
Me aseguré de amordazarlo adecuadamente y oteé el exterior del edificio en busca de cualquier movimiento. Avancé, prácticamente reptando por el suelo, hacia las caballerizas, donde tras susurrar varias veces su nombre descubrí a un Silas algo adormilado escondido tras unas balas de paja.
—Menudo vigilante estás hecho —gruñí, meneando la cabeza.
Tras adivinar sus intenciones de comenzar a interrogarme allí mismo sobre mis averiguaciones, insté al chico a que permaneciera callado, y le indiqué con la cabeza que volviera a subir por la empalizada. Tras él, me llegó el turno a mí. Al caer al exterior de la villa recogimos las cuerdas y partimos raudos hacia la empalizada donde nos esperaba Sebastián con los caballos.
Con la respiración todavía algo entrecortada, expliqué a los gemelos cuál sería la ruta que tomaríamos: cogeríamos un estrecho desvío que se separaba de la calzada principal y nos permitiría alejarnos de la villa con discreción.
Pasada la medianoche vislumbramos las oscuras murallas, que rodeamos. Aún en ese entonces eran visibles las huellas que había dejado en ellas la ocupación vándala de la ciudad diez años antes. Nunca había considerado conveniente aclarar a Balbo mi papel en aquello —era joven, pero algo había hecho—, y el dominus nunca había indagado demasiado sobre mi pasado. Extraña vida esta que va uniendo nuestra suerte a inesperadas compañías. Desde mi nacimiento me había sentido ligado a distintos pueblos y a ninguno; en cada momento me apoyaba en lo único que podía dar por cierto: mi origen y mi presente. En ese instante consideré que también mi vida se había vuelto simple en los últimos años, preocupándome por la cosecha, indignándome con las nuevas tasas que gravaban el comercio del aceite y sintiéndome absolutamente responsable de los dos rapaces que se apresuraban para seguir mi paso y del amable viejo al que debíamos encontrar y llevar de vuelta a casa. Yo, Attax el alano, que procedía de un pueblo que consideraba holgazanería ganar con sudor lo que podía conquistarse con sangre, que ensalzaba la muerte en la batalla como la única digna y que solo se sentía ligado a una tierra mientras esta le proporcionara sustento. En aquel momento, mis dos verdades absolutas se alejaban tanto la una de la otra como el brillo del sol de la luz de la luna, y sin embargo formaban parte de la misma realidad. Ese soy yo, me dije, un jodido bárbaro que toma vino y sabe distinguir más de diez calidades diferentes de aceite de oliva. Tanto pensar me estaba dando dolor de cabeza.
No tardamos en encontrar la calzada que llevaba hacia Corduba. Nos mantuvimos en paralelo a esta hasta que apareció ante nosotros, recortándose en la noche, el perfil del antiguo molino de grano que Lucio había señalado como el lugar donde se encontraba Tulio.
—Entonces ¿es aquí donde está Tulio? ¿Sabes si está solo? —interrumpió mis pensamientos Sebastián.
—¡Silencio! —exigí en voz baja—. No sabemos nada con certeza, por lo que debemos extremar las precauciones. Dejaremos aquí los caballos. Silas, esta vez te quedarás tú con ellos. Sebastián, tú vendrás conmigo; aguarda pegado al muro, estate atento, y cuando yo te dé la señal, entra por la ventana rota que se ve desde aquí. Mientras me acercaré por el collado y buscaré otra entrada. Sebastián —le miré fijamente para asegurarme de que me entendiera—: si hay algún problema, déjamelo a mí.
Ambos nos dirigimos sigilosamente hacia el molino; dejé al muchacho apostado bajo la ventana y continué rodeando la vieja estructura hasta encontrar una zona donde un pequeño derrumbe había abierto un considerable hueco en la pared, por donde pude echar un primer vistazo hacia el interior. La oscuridad apenas me permitía intuir lo que nos esperaba, pero me pareció escuchar el leve resuello contenido del que acecha tratando de no llamar la atención. Si, como podía sospechar, era la respiración de Sebastián, estaba claro que necesitaría mantener una pequeña conversación con él acerca del significado de la palabra discreción.
Sin darme tiempo para más, me sorprendió un repentino alboroto en el interior de la oscura estancia. Desechando mi spatha, pues no sabía si tendría espacio suficiente para esgrimirla con garantías en el interior del molino, desenfundé mi largo puñal y entré precipitadamente en el edificio, raspándome las rodillas y las palmas de las manos con los irregulares filos de la oquedad por la que me arrastré. Cuando logré entrar e incorporarme, distinguí un revuelo de figuras: la sombra menuda de Sebastián se debatía con otra más gruesa, que lo amenazaba con un cuchillo que balanceaba sin ton ni son mientras el joven trataba de escurrirse propinando patadas sin dejar de moverse. Aunque el corpulento vigilante limitaba su repertorio a una serie de pesados lances ejecutados con poco tiento, era solo cuestión de tiempo que alguna de las torpes cuchilladas alcanzase a Sebastián, por lo que el chico llevaba todas las de perder. Eché un rápido vistazo, que me permitió adivinar entre las sombras la figura de otro hombre, tendido inerte en el suelo. ¿Tulio? El resto de la estancia, prácticamente vacía, salvo por un voluminoso bulto que ocupaba una de las esquinas, parecía despejada. Calculando que no tenía tiempo para demasiadas precauciones, me precipité sobre la pareja que continuaba luchando y los hice caer por los suelos, mientras arremetía contra el brazo extendido del vigilante, que aunque continuó aferrando su cuchillo, sí que llegó a separarse brevemente de Sebastián, lo que aproveché para hundir mi propio puñal en su estómago; tirando hacia arriba, mantuve la presión hasta que cesó su resistencia. A mi lado, tratando de levantarse del suelo, adiviné la figura del muchacho, al que grité:
—¡Tranquilo, chico, soy yo! Ya está todo.
Sebastián se dejó caer de nuevo, respirando entrecortadamente.
—¿Estás bien? —pregunté, mientras daba palmadas en sus mejillas, sin dejar de mirar a nuestro alrededor para cerciorarme de que no nos esperaba ninguna sorpresa más.
—Sí, sí... —respondió el joven hispano, recomponiendo su postura—. Lo tenía donde quería, Attax... pero gracias de todas formas.
Entre divertido y exasperado, le propiné un fuerte puñetazo en el hombro
—¿Por qué demonios no esperaste a mi señal? ¡Maldita sea, te podían haber matado! —exclamé, dudando entre reprenderlo o consolarlo.
—Lo siento, Attax. Cuando estaba bajo la ventana me asomé para echar un vistazo a lo que había en el interior, y como la oscuridad no permitía ver gran cosa, debí de detenerme más de lo razonable. Entonces algo me agarró y tiró de mí hacia dentro. Me pareció que tenía un cuchillo, traté de esquivarlo, y más o menos en ese momento apareciste tú. Creo.
—Podría haberte matado —repetí, meneando la cabeza—. La próxima vez te dejaré en la villa. Solo me faltaba tener un buen problema con Balbo por tu culpa —mascullé, malhumorado.
Los oscuros ojos del hispano traslucían temor, pero sospecho que esto no se debía tanto a la escena que acabábamos de vivir como a la posibilidad de no poder volver a disfrutar de los momentos de acción que pasábamos juntos. Optó por capitular y compuso una expresión de sincero arrepentimiento.
—Te prometo que no volverá a suceder, Attax —dijo, avergonzado.
Enseguida me ablandé.
—Venga, arriba, vamos a por Tulio.
Sebastián encontró un par de antorchas entre las pertenencias del vigilante, que se apilaban junto a una de las paredes. Tras recibir mi visto bueno, encendió una de ellas; el resplandor nos permitió registrar por fin el molino. Me acerqué a la esquina donde se acumulaban diversos enseres, y confirmé que el voluminoso bulto que había vislumbrado en la penumbra era la carreta de Balbo. La examiné con precaución, pero en su interior solo encontré las ánforas de aceite que constituían su preciado cargamento. Eso sí, de los caballos, ni rastro. Ya más tranquilo, me acerqué a donde Sebastián atendía al viejo Tulio, que para nuestro alivio comenzó a emitir quedos gemidos lastimeros.
La luz de la antorcha me permitió comprobar que Tulio no tenía mal aspecto, sin contar con el enorme chichón que verdeaba en su frente.
—Gracias a Dios, parece que despierta —susurró Sebastián mientras ayudaba al viejo a incorporarse lentamente.
—El dominus se alegrará al ver que el viejo está bien —dije, pensativo.
Sebastián respondió con un gruñido afirmativo, mascullando en voz baja. Creo que rezaba. Eso es algo que podría llegar a valorar en el dios cristiano: se preocupa por los problemas cotidianos de la gente. Mis dioses son más de grandes gestas. Sin embargo, para tiempos de guerra, prefiero mi espada enterrada en la tierra que la cantinela de poner la otra mejilla.
—Tienes la cabeza muy dura, viejo amigo —susurré, acercándome al anciano—. No te incorpores muy rápido; eso debe de doler.
—No sabes cuánto —se quejó Tulio, frunciendo el ceño en un gesto de dolor.
El viejo Tulio era el espejo en el que se miraban gran parte de los esclavos de la villa. Hijo de esclavos, tras más de cincuenta años al servicio del amo había conseguido ganarse su libertad. Había desempeñado sus labores en los campos desde antes de que naciera el dominus Balbo, cuando la villa era propiedad de su padre. Con los rigores de la edad, y una vez fallecido el paterfamilias, el nuevo amo lo desplazó de las tareas en el campo al trabajo en el torcularium, donde llevaba más de veinte años desempeñando su labor con el entusiasmo de un crío. Era un placer escucharle describir con pasión los más mínimos detalles del laborioso proceso. Fue esta dedicación plena a su tarea y el especial cariño que se había creado entre Balbo y Tulio lo que finalmente provocó que, cuando el primero manumitió al segundo, este decidiera continuar trabajando en la villa como si de un jornalero más se tratara. «No sé hacer otra cosa —había declarado—. Ni quiero hacer otra cosa.» En un cierto sentido, su actitud laboriosa y tranquila me demostraba que uno puede llegar a encontrar su lugar en el mundo incluso cuando los dioses no te conceden buenos dones al nacer. He conocido a reyes menos felices que Tulio.
Mientras Sebastián permanecía junto al viejo, me ocupé de echar un vistazo al cadáver. Me pareció recordar vagamente haberlo visto alguna vez en la ciudad, aunque su aspecto, de mediana estatura, bastante entrado en carnes y con una escasa mata de pelo castaño, no invitaba a mirarlo dos veces. Me planteé que si, como suponía, se trataba de uno de los esclavos de Escauro, tampoco a mí me interesaría que se aireara mucho el asunto. Si Balbo denunciaba el robo de la carreta, entonces su irritable vecino probablemente lo acusaría del asesinato de un esclavo de su propiedad, así que lo más inteligente podría ser aceptar las tablas en esta jugada y vigilar de cerca a Escauro y los suyos en el futuro.
—Bueno, Tulio, en cuanto estés un poco mejor podemos irnos. Sebastián, ve a buscar a tu hermano y traed los caballos hasta aquí.
Cuando oí a los dos hermanos de nuevo en el molino, cargué al anciano en brazos y me acerqué hacia donde nos esperaban los gemelos con los caballos preparados.
—Silas, coge uno de los caballos y regresa a la villa. Lleva contigo a Tulio y dile al amo que en cuanto estemos de regreso le contaré todos los detalles. Dile también que hemos recuperado la carreta, y que llevaremos la mercancía al obispo tal y como él quería. De momento no le des muchos detalles: dile que espere a hablar conmigo antes de tomar decisiones. Ya sabes, evita los caminos más directos y ten mucho cuidado. Deberías llegar a la villa para el desayuno; nosotros todavía tenemos cosas que hacer por aquí, y las puertas de la muralla de la ciudad no se abrirán hasta después de amanecer.
Me quedé con Sebastián, recogimos el cadáver y sus pertenencias y lo sacamos fuera del molino. Nos llevó bastante tiempo cavar un hoyo donde enterrarlo, ya que no disponíamos de herramientas adecuadas, y tuvimos que utilizar los cuchillos y nuestras propias manos, mientras maldecíamos la corpulencia del individuo. Nos apresuramos a terminar la fatigosa tarea, sin perder de vista el sendero, por donde temíamos ver aparecer de un momento a otro a los esclavos de Escauro. Sin embargo, no hubo movimiento mientras permanecimos allí.
Puede que también el vecino de Balbo hubiese considerado que lo más oportuno era echar tierra sobre el asunto, visto lo que le había sucedido en su propia casa a Lucio y la información que su competidor hubiera podido sacar de dicho encuentro.
II
Ya había amanecido cuando de nuevo aparecieron ante nosotros las oscuras moles de piedra que protegían a la urbe. Saludé a los guardias con un gesto.
—Amigos, ya se ha aclarado el malentendido; aquí traigo el cargamento por el que ayer os pregunté.
Ellos apenas me dedicaron una mirada distraída, mientras anotaban en sus registros el número, contenido, capacidad y procedencia de las ánforas que llevábamos. Tras una breve pausa, me indicaron con la cabeza que podíamos continuar. Uno de ellos ahogó un bostezo. Me alegró que no hicieran preguntas.
La ciudad acababa de despertarse, y el camino que había entre la puerta este y el palacio del obispo estaba despejado. Tan solo algunas pequeñas tabernas habían abierto ya sus desvencijadas puertas, esperando que algún vecino quisiera empezar el día con un grasiento desayuno a base de pan, salchichas frías, queso y vino.
Sebastián no solía pasar mucho tiempo en la ciudad, por lo que no perdía detalle de lo que sucedía a su alrededor. Para él no parecía tener importancia el hedor que desprendían las calles, después de que algunas mujeres tiraran a la vía los desperdicios de sus casas, y tampoco el caos que se formaba cada vez que un puñado de chiquillos rodeaba la carreta.
—No pierdas de vista tus cosas, Sebastián —le advertí—, porque puede ser la última vez que las veas. ¡Hazme caso y estate atento!
En breve llegamos a las puertas del caserío donde vivía el venerable obispo Marciano. La antigua residencia había pertenecido en el pasado a una de las familias más importantes de la ciudad. Con el tiempo, tras el progresivo éxodo de los romanos más influyentes hacia otras zonas del imperio y el ascenso de la doctrina cristiana en la provincia, la imponente edificación había pasado a formar parte de los bienes de la iglesia local. Pese a los años que había pasado entre las distintas sectas cristianas, bien romanas, bien arrianas, como en el caso de
