MONASTERIO DE VALFERMOSO DE LAS MONJAS
Estancia de la abadesa doña María de San Gabriel
Año de 1646
Los aldabonazos atronaron la calle en mitad de la noche.
Tuve por cierto que iba a morir. Y un miedo atroz, desesperado, me paralizó.
A Ramiro Núñez de Guzmán, que se desnudaba junto a mi cama, se le cayeron las pantorrilleras al suelo. En otras circunstancias, un lindo como él se hubiera apresurado a recoger aquellos rellenos de guata con los que aumentaba el volumen de sus piernas, pero se quedó petrificado, al igual que yo.
Cuando sonó la segunda tanda de aldabonazos, bajé de la cama y me dirigí a la ventana de mi dormitorio, que se hallaba en el primer piso. Mi respiración ansiosa empañó los cristales y tuve que frotarlos con la mano para poder ver lo que ocurría. Mis peores temores se confirmaron: una docena de hombres armados rodeaba mi casa. A la luz de las antorchas que portaban, distinguí el color amarillo y rojo de sus uniformes.
—¿Qui... quién llama? —farfulló Ramiro.
—Archeros de la guardia real —le contesté con un hilo de voz.
Presa del pánico, Ramiro retrocedió hasta tropezar con el brasero de plata que había a los pies de la cama, provocando que unos cuantos huesos de aceituna, que ardían dentro, saltaran por los aires.
Yo solo tenía ojos para lo que sucedía en la calle. Un soldado con un costoso penacho de plumas rojas en el sombrero, por lo que colegí que sería el sargento al mando de los archeros, le dio una formidable patada a la puerta al tiempo que gritaba:
—¡Sabemos que estáis ahí! ¡Abrid si no queréis que incendiemos la casa y os hagamos chicharrones!
Su voz era grave, aguardentosa.
Ramiro tiró de la media que se había enganchado en la pata del brasero, y comenzó a buscar sus ropas dispersas por el dormitorio.
Yo, abatida, apoyé la cabeza contra los cristales emplomados para seguir viendo lo que ocurría abajo, en la calle.
Un embozado vestido de negro, con la mitad del rostro cubierto por una mascarilla, negra también, entró en el círculo que formaba la vacilante luz de las antorchas que portaban los soldados. Se acercó al sargento y, cuando inclinó la cabeza para decirle algo al oído, lo reconocí por las guedejas rubias que asomaban de su sombrero.
—El rey... También ha venido el rey —musité.
—¡Es... toy per... dido! —balbuceó Ramiro.
—¡Los dos lo estamos! —repliqué, sorprendida de que solo hablase de sí mismo.
El rey tenía la mirada clavada en el suelo. Un gesto inusual en él, que interpreté era de dolor.
«Me ama... Al menos, más que a las otras. Prueba de ello es la comedia que me escribió (mala, como era de esperar) para que la estrenara en la inauguración del Coliseo del Buen Retiro. Ya nunca la representaré. Ni esa ni ninguna otra.»
Me embargó la compasión hacia él. Aunque no lo amaba, era el padre de mi hijo, y me lastimaba su dolor.
¿Cuál sería su reacción? ¿Se apiadaría de mí? ¿O me castigaría de una forma terrible?
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al darme cuenta de que la última opción era la más probable: jamás me perdonaría que hubiera preferido a otro hombre antes que a él.
De pronto, Felipe IV se irguió, recobrando el gesto hierático y altivo que solía lucir en las ceremonias oficiales. Se acercó al sargento y le dijo algo que, naturalmente, no pude oír.
—¡Traed el ariete para derribar la puerta! —gritó el militar a continuación.
La orden desencadenó carreras de la servil soldadesca.
El primer golpe del ariete hizo que se tambalearan los muebles del dormitorio y despertó a los vecinos de la calle Leganitos, que se asomaron a puertas y ventanas. Pero en cuanto se percataron de que eran guardias reales los que trataban de derribar la puerta, regresaron a sus camas.
Tras una docena de golpes, los goznes cedieron.
Ramiro, ya vestido, me abrazó por la espalda. Conmovida, me volví y lo besé en los labios, pensando que sería la última vez. Él, agarrado a mi cuerpo, se dejó caer lentamente hasta quedar arrodillado en el suelo.
—¡Por lo que más quieras, sálvame, Calderona! —sollozó con la cabeza hundida entre mis muslos.
—Ojalá pudiéramos salvarnos los dos.
—A ti no te matará.
¿Es que no se daba cuenta de que, aunque el rey me perdonara la vida, me obligaría a renunciar al teatro, a mis amigos, a mis sueños? ¿No era esa una forma de darme muerte? ¿Es que separarse de todo lo que uno conoce y ama no es morir?
—¡Dile al rey que fuiste tú quien me sedujo, María Inés!
Lo miré atónita. ¿Acaso no se había parado a pensar en lo que sería de mí?
—¡Me perdonará si tú se lo pides, Calderona!
¿Cómo no me había dado cuenta hasta ese instante de lo cobarde y egoísta que era Ramiro?
Al ver que no le contestaba, insistió:
—¡Ayúdame, María Inés! ¡Por el Amor de Dios!
Sus lágrimas habían hecho que mi camisa, fina como un manto de soplillo, se me pegara a los muslos.
—¿Por qué habría de salvarte a ti, antes que a mí misma?
—Porque me amas.
La cólera que se reflejó en mi cara le hizo cambiar de táctica.
—Conozco un secreto muy importante que te atañe y que nunca te he contado. Si me ayudas, lo haré —dijo.
Por el amor que había sentido por él, más que por conocer ese secreto, respondí:
—En el piso de arriba, justo encima de este dormitorio, verás un tapiz de la Anunciación. Detrás, hay un ventanuco que da al tejado. No te será difícil saltar a la casa de al lado.
Guardaba la esperanza de que se ofreciese a llevarme con él. Pero me abrazó con todas sus fuerzas.
—¡Mi María Inés, mi pequeña Marizápalos, mi Calderona, te amo más que a mi vida! ¡Amén de ser la mejor cómica del reino, tienes un corazón de oro! Sabes que yendo juntos nos alcanzarían, ¡y estás dispuesta a sacrificarte por mí!
Lo miré, estupefacta. No le preocupaba mi suerte, ni sentía el menor remordimiento por dejarme expuesta a la ira del rey.
—¿Crees que los soldados me habrán reconocido al entrar?
—Es imposible; entraste embozado —contesté con rencor.
—No le dirás al rey que era yo quien estaba contigo, ¿verdad?
Recorrí con la mirada su cuerpo esbelto, sus ojos oscuros, su boca carmesí, que había anhelado hasta la locura. El hechizo se había roto. El amor ciego, enfermizo, que había sentido por Ramiro acababa de desvanecerse.
—Contéstame, María Inés, no me descubrirás ante el rey, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—¡Prométemelo!
—Te lo prometo —musité con desgana.
—¡Gracias, querida mía! ¡Te debo la vida!
Intentó besarme, pero aparté la cara.
Oímos un estrépito colosal. Los guardias acababan de derribar la puerta de la calle.
—¡Nunca te olvidaré, María Inés Calderón!
Echó a correr, pero yo lo retuve, agarrándolo de la mano.
—¿Qué secreto ibas a contarme?
—Se refiere a tu hijo.
El sentimiento de culpa me embargó.
—¿A Juan José? ¿Está vivo?
—Sí.
—¿Qué es?
Me lo dijo al oído.
Sentí náuseas y un dolor agudo en el bajo vientre.
—No, no es posible —balbuceé—. ¿Por qué no me lo advertiste entonces? Si hubiera sabido que querías que tuviera un hijo para eso... ¡Canalla! ¡Vete, fuera de mi vista, Ramiro Núñez de Guzmán! ¡No quiero volver a verte nunca más! ¡Nunca más! —repetí, ahogada en sollozos.
Salió corriendo del dormitorio. Ahora era de mí de quien huía.
Apenas dos padrenuestros después, entró el rey seguido de los archeros. Me cogió por los hombros y me zarandeó.
—¿Quién era el hombre que estaba contigo?
Conmocionada por lo que Ramiro acababa de contarme, no respondí.
—¿Quién era? ¡Dilo de una vez!
Mi silencio lo enfureció. Me dio un empujón, al tiempo que gritaba:
—¡Puta cómica!
Se me encogió el estómago, el cuerpo se me redujo como si una bala de cañón me hubiera aplastado contra el suelo. Noté que se me cerraba el pecho, que no podía respirar. Miré al rey con ojos desorbitados. ¡No había podido escoger un insulto que me doliera más! ¡Y lo sabía!
—Eso es lo que eres, Calderona: ¡una puta cómica! —se regodeó—. ¡Como todas las de tu gremio!
Quise protestar, pero de mi garganta solo salió un gemido ronco. Él, consciente del daño que me hacían sus palabras, siguió humillándome:
—Me encargaré de que hasta los niños lo repitan por todo el reino: ¡Calderona, puta cómica! ¡Calderona, puta cómica! ¡Calderona, puta cómica!
Intenté tragar aire, tranquilizarme. Sufría con resignación que los moralistas e hipócritas nos consideraran putas a las cómicas. Pero el rey era un hombre culto, con una sensibilidad exquisita para las artes, y sabía del trabajo que me tomaba en estudiar, analizar y ensayar textos, bailes, canciones. Él, que siempre había alabado mi talento, ¡cómo podía llamarme puta!
«Las honestas damas que se venden en matrimonio a cambio de una vida acomodada sí que son putas. Pero yo vivo de mi trabajo. ¡Ningún hombre me mantiene!», intenté decirle.
Pero no pude.
El corazón me palpitaba desenfrenadamente. Sudaba. No podía hablar. Ni respirar.
Le agarré del jubón, desesperada.
Después de exhalar un estertor, me sumí en la oscuridad total, que me pareció la muerte.
—Esos hechos que acabáis de relatar, ¿sucedieron en la corte? —preguntó el fraile a la abadesa.
—Sí, en mi casa de la calle Leganitos de Madrid.
El religioso tomó nota.
—¿Cuándo tuvieron lugar? —preguntó a continuación.
—¿En qué fecha estamos?
—A 8 de noviembre del año del Señor de 1646.
La abadesa entornó los ojos y, tras unos instantes, respondió:
—El rey irrumpió en mi casa la madrugada del 24 de octubre del año 1636, hace exactamente diez años y quince días.
Mientras él anotaba la fecha, la abadesa aprovechó para observarlo. Su presencia era hermosa. Le calculó unos veinte años, quizá menos.
«Es sorprendente que hayan encargado la tarea de escribir mi vida a alguien tan joven.» La abadesa rectificó al fijarse en los ardientes ojos azules del fraile. «Su mirada destila inteligencia. No parece un cualquiera.» Miró las manos blancas y delicadas que alisaban el papel. «No creo que haya realizado nunca trabajos serviles. Debe de ser el segundón de alguna familia noble, al que han destinado a la religión desde la cuna.»
—¿Podría haceros otra pregunta, doña María Inés?
—Mi nombre en religión es doña María de San Gabriel. Podéis llamarme así, o reverenda madre, como os plazca —replicó la abadesa con acritud.
Enseguida se arrepintió de su arrebato. Aquel joven fraile no tenía culpa de nada. Si acaso quien le había encargado la tarea.
—Disculpad, reverenda madre. Me enviaron deprisa y corriendo a este monasterio, sin decirme siquiera el nombre que habéis adoptado en religión.
—Soy yo quien debe disculparse. El obispo me comunicó por carta que vendríais a escribir el relato de... Me ordenó que os contase todo, sin faltar a la verdad. Pero no decía quién lo había encargado, ni con qué propósito, aunque puedo imaginarlo.
—Yo ignoro todo eso, reverenda madre; no soy más que el amanuense del monasterio.
La abadesa, en tono más amable, preguntó:
—¿Cómo os llamáis?
—Fray Matías de Monjardín.
—¿Cuál era la pregunta que queríais hacerme?
—Tengo curiosidad por saber por qué comenzasteis el relato en la noche en la que el rey os sorprendió en brazos de vuestro amante.
«Porque mi vida se hizo pedazos esa noche», pensó la religiosa.
—¿Os habría parecido más adecuado que lo hubiera comenzado el día en que conocí a Su Majestad?
El fraile asintió, sin percatarse del tono irónico de la abadesa.
Ella tragó aire y lo soltó pausadamente, antes de explicar:
—De los hombres que pasaron por mi vida, Felipe IV fue el más poderoso, pero no al que más amé. Estaba enamorada de Ramiro Núñez de Guzmán, marqués de Toral, duque de Medina de las Torres, y yerno del conde-duque de Olivares... —la abadesa suspiró—. Si empecé el relato por el momento en que el rey nos descubrió es porque aquella noche aciaga mi vida se desmoronó: descubrí que Ramiro no solo no me amaba, sino que me había utilizado; perdí mi trabajo, el favor del rey y, con él, el de los cortesanos que tanto decían adorarme. Afortunadamente, tenía otros amigos. Lo supe después...
PLAZA MAYOR DE MADRID
Finales de octubre del año de 1636
La plaza Mayor, principal mercado de la Villa y Corte, se hallaba atestada de gente. A Jusepa Vaca, una de las cómicas más famosas del reino, le estaba costando lo suyo atravesarla, pues los pasillos que quedaban entre los puestos, invadidos por cajones de frutas y verduras, no dejaban espacio para circular. Por si fuera poco, sus ropas la delataban como una dama de posibles, y de continuo se interponían en su camino tablajeros y regatonas para ofrecerle sus productos.
Cuando consiguió llegar al otro lado, Jusepa, exhausta, se apoyó en la columna que hacía esquina con la calle de la Amargura, y extrajo de su escote un huevo de Núremberg, o reloj de pecho, como daban en llamarlo últimamente. El artilugio, poco exacto, marcaba las nueve de la mañana.
«El ensayo no comienza hasta las once. Me da tiempo a mirar en otro par de mercerías», pensó, mientras volvía a poner a buen recaudo entre sus mamellas su preciada joya. «Que aquí los aliviadores de sobacos, anzuelos de bolsas, capeadores y demás amantes de lo ajeno abundan más que las cebollas.»
Llevaba desde primera hora de la mañana buscando abalorios, entredoses, galones y puntillas, y otros elementos de pasamanería con los que cambiar la apariencia de los trajes que iba a sacar en la próxima comedia. Aquella temporada los alquiladores de hatos[1] habían subido mucho los precios, y le tocaba reformar vestidos que ya había usado en demasiadas comedias. Como comedianta veterana, sabía que los trajes de escena no eran asunto baladí. Era preciso que se vieran bien de lejos y, si el argumento de la obra lo permitía, abundasen en plateados, dorados, perlas y brocados, a fin de despertar la admiración del montaraz público de los corrales.
—¡Jusepaaa, Jusepaaa!
Tardó unos segundos en ver a la mujer que le hacía señas desde la escalerilla de piedra.
Como no podía distinguir sus facciones, trató de adivinar por sus ropas de quién podría tratarse. Iba embutida en un voluminoso guardainfante lleno de galones plateados, que destellaban con los rayos del sol que se filtraban entre los nubarrones que cubrían el cielo.
«Lleva tanto brillo encima que no se deja mirar. Se me da que es una cómica. Ninguna dama de calidad se pondría tanto oropel para trotar entre chorizos y verduras», pensó.
La mujer del guardainfante plateado se abría paso hasta ella por los concurridos soportales, empujando con desparpajo a quien hiciera falta.
—¿Adónde va ese empacho de faldas con tanta prisa? —dijo un esportillero.
Una regatona, a su lado, señaló a Jusepa con un índice que atesoraba un siglo de roña bajo las uñas.
—¿Adónde va a ir, necio? ¡A pedirle trabajo a la cómica!
—¡Vive Dios! Es Jusepa Vaca, la representanta, ¿no?
—La misma que viste y calza.
Pese a los años que llevaba en la escena, a Jusepa aún le resultaba placentero ser reconocida, y correspondió con una sonrisa constreñida por la falta de dientes.
Los tenía postizos —y se había hecho perforar las encías para sujetárselos con alambres—, pero solo los usaba para el teatro y los saraos.
La mujer del vestido plateado la abrazó con muchos aspavientos.
—¡Cuánto me alegro de verte, querida maestra!
Jusepa arqueó las cejas.
—¿No me recuerdas? Soy Virginia, Virginia del Valle.
—¿Cómo no voy a recordarte? —le volvió a replicar Jusepa con sorna.
La primavera anterior le había hecho a aquella joven una prueba para un papel en la comedia que entonces preparaba. Aunque venía avalada por varios autores, que decían haberla probado, Virginia más que recitar trituraba los versos, y había tenido que rechazarla. No tenía talento para cómica, pero por la desenvoltura que desplegaba para relacionarse con los hombres, conseguiría pronto algún protector que la mantuviese. «Quizá sea esa su verdadera meta, y use el teatro como medio para alcanzarla», pensó.
—¿Te has enterado de que la Calderona ha abandonado Madrid?
—¿María Inés? Habrá tenido que arreglar algún asuntillo urgente. Pero hoy le toca ensayar y seguro que no falta.
—Se ha ido para siempre —dijo la otra, subrayando sus palabras con cierta tensión.
Las oscuras pupilas de Jusepa se dilataron.
—Supongo que para ti será una contrariedad tener que sustituirla con tan poco tiempo.
—Sí, claro.
—Por si te sirve de algo, me sé su papel.
Jusepa alzó las cejas, irritada. Así que quería que le diese trabajo en la comedia que estaba preparando y, en vez de pedirlo con franqueza, usaba la supuesta desaparición de Marizápalos para ofrecerse a sustituirla.
—Si lo deseas, puedes hacerme una prueba.
—No será necesario, Virginia. No hay en mi comedia ningún papel digno de... tus méritos. Ni lo habrá nunca.
Los ojos de Virginia centellearon de ira. Pero contestó con la mejor de sus sonrisas:
—Ayer vi, desde la cazuela,[2] la comedia que estás representando, Jusepa. ¡Y no sabes lo joven que se te ve desde lejos!
—Nunca voy a ser tan joven como ahora.
—Claro. A partir de los cincuenta, ya no hay cuenta.
—El talento no tiene edad.
—Cierto. Cuando sea vieja, quiero ser como tú.
—Dios Nuestro Señor nos concede a cada uno dones diferentes. A ti te ha dado belleza.
—Este verano interpreté La Dama Boba en la compañía de Pedro de la Rosa y todos alabaron mi talento interpretativo.
—Sí, ha llegado a mis oídos que eres una maestra de la lengua.
—¿Ves?
—La lengua tiene muchos usos, querida. Y cada una la emplea como mejor sabe. Ha sido un placer charlar contigo, pero he de dejarte. Si quieres aceptar un consejo de esta vieja cómica, búscate un amante que te pueda pagar un aposento.[3] La cazuela no es para ti. Tú eres una mujer cara, Virginia. ¡Dios te guarde!
—¡Dios te guarde a ti también, Jusepa! ¡Y te permita alcanzar la edad que aparentas!
Jusepa fingió no haberla oído, aunque su veneno la alcanzó. Cierto que había sobrepasado la edad de representar damitas. Pero ¿era culpa suya que los poetas de comedias solo escribieran papeles de enjundia para las jóvenes? ¿Acaso las mujeres de cincuenta años no sufrían, ni se enamoraban? ¿No sentían celos, ni desesperación al verse rechazadas? ¿No peleaban en la sombra por el poder? ¿No intrigaban ni se vengaban de sus enemigos?
Inspiró aire y lo soltó lentamente para intentar calmar el enojo que sentía.
Llevaba treinta años luchando para dar de comer a los veinticinco cómicos, bailarines, músicos, apuntadores y tramoyistas que formaban su compañía. Amaba el teatro con toda su alma y no renunciaría a él mientras le quedaran fuerzas. Aunque aquella mala pécora de Virginia la llamase vieja, ella seguiría combatiendo las huellas que el tiempo dejaba en su rostro con tal de subirse a un escenario.
«¿Será cierto lo que ha dicho de que la Calderona se ha ido de la corte para siempre?», se preguntó de pronto. «No, no puede ser: el rey la ama y no lo consentiría. Virginia ha urdido esa mentira para que le dé el papel.»
Antes de continuar, Jusepa echó un vistazo al balcón de la Casa de la Panadería, que hacía esquina con la calle de los Boteros: el famoso balcón de Marizápalos.
«María Inés ha picado muy alto, demasiado», pensó al tiempo que suspiraba.
CASA DE CAMPO DE MADRID
27 de octubre de 1636. Diez y media de la mañana
Siempre que sus obligaciones se lo permitían, Isabel de Borbón, reina de España y esposa de Felipe IV, gustaba de salir a galopar por los bosques de la Casa de Campo cercanos al Alcázar.
El ejercicio al aire libre le permitía alejarse, aunque solo fuese durante unas horas, de las infinitas reglas protocolarias a las que vivía sometida en la ceremoniosa corte de los Austrias.
Solía salir a primera hora de la mañana para que el sol no tostase su blanquísima piel, pero aquel día pasaban de las diez y media cuando atravesó la Puerta de la Vega. La acompañaba su camarera, Marisa del Pino, que le había servido como menina cuando, con trece años, llegó al Alcázar para contraer matrimonio con el príncipe heredero. Con el paso del tiempo, las compañeras de juegos se habían convertido en amigas.
Tras cruzar el puente de Segovia, se internaron en la Casa de Campo.
—¿Qué os ha parecido la prometida de mi tío, Majestad? ¿Estáis conmigo en que es una joven dotada de un encanto singular?
—Sí, Virginia del Valle es muy zalamera.
—Estaba empeñada en conoceros, Majestad.
A la soberana no acababa de gustarle la joven que había seducido al tío de Marisa, un hidalgo añoso, feo, con muchos títulos y poco dinero, que tenía su casa frente a la de la Calderona, en la calle Leganitos. Pero la tal Virginia le había proporcionado una información muy valiosa y no le había quedado más remedio que recibirla.
«Seguro que aprovecha la audiencia conmigo para conseguir un partido mejor que el tío de Marisa», pensó la soberana, algo enrabietada.
Ensimismada en sus reflexiones, había dejado bastante atrás a su dama, y condujo su cabalgadura al paso para dejarse alcanzar.
—Veo que hoy os apetece galopar, Majestad. ¿Deseáis que echemos una carrera?
La reina inspiró profundamente el aire puro de la sierra, aromatizado por las jaras, tomillos y romeros.
—Sea, Marisa, pero solo hasta el Palacio de los Vargas. Tengo una recepción con el nuncio del Papa a la una.
Cuando la reina inició la galopada, el lazo que sujetaba su moño se aflojó. Ella lo deshizo de un tirón y dejó su larga melena oscura a merced del viento.
Al llegar a los jardines del Palacio de los Vargas tiró de las riendas para esperar a su dama, que llegó sofocada unos minutos después.
—Volvamos al Alcázar, se está haciendo tarde —le dijo al tiempo que daba la vuelta para emprender el regreso.
Dos mozos de cuadras aguardaban a la soberana y a su camarera para tomar a los caballos por las riendas y conducirlos a los establos. La reina ya se dirigía a toda prisa hacia la entrada y la dama de compañía tuvo que correr tras ella.
—¿Queréis poneros el vestido de los rombos plateados para recibir al nuncio, Majestad? —preguntó esta.
La reina hizo un mohín.
—¿Qué ocurre, señora? ¿Os he disgustado en algo?
—No, no tiene que ver contigo, Marisa. Es por el vestido. Lo llevaba en la fiesta de cañas de la plaza Mayor, cuando la Calderona...
—No debéis renunciar a usarlo por culpa de esa desvergonzada. ¡Es uno de vuestros vestidos más hermosos! ¡Y os proporciona tanta majestad! Los embajadores parpadean de asombro al veros con él.
—Lleva quince libras de plata en bordados. No puedes imaginar lo que cuesta arrastrarlo.
La reina remató su comentario con una sonrisa triste.
—Olvidad de una vez el incidente del balcón, señora.
—Esa mujer me hizo perder los nervios aquel día, Marisa. Ha sido la única vez en toda mi vida que no me he podido controlar.
—La culpa no fue vuestra, Majestad —bajó la voz, porque era impropio de una dama lo que iba a decir—. Solo a una ramera de los corrales, como esa Marizápalos, se le ocurriría alquilar un balcón junto al vuestro, y permitir que el rey la galanteara delante de toda la corte. ¡Hicisteis muy bien ordenando que la echaran de la plaza Mayor!
La reina comenzó a juguetear nerviosamente con los enganches metálicos de su vaquero.[4] Marisa se fijó en que tenía los ojos cuajados de lágrimas.
—No sirvió de nada echarla, excepto para enojar a Felipe. Cuando regresamos a palacio, me reprochó la forma desconsiderada con que la había tratado. «Deberíais haberme guardado respeto y no haber requebrado a esa cómica delante de mí», le dije. «Señora, ninguna mujer, haga lo que haga su esposo, tiene derecho a reprochárselo, ¡y menos si se trata del rey!», contestó muy irritado. A los pocos días, con motivo de la celebración de «las encamisadas del carnaval», Felipe alquiló a esa mujerzuela otro balcón. ¿Lo sabías?
—Algo he oído.
—¿Sabes cómo lo llaman desde entonces los madrileños? ¡El balcón de Marizápalos! —Su voz se quebró en un sollozo—. Soy el hazmerreír de la corte.
—Esa mujerzuela no es más que un pasatiempo para Su Majestad. Es a vos a quien en verdad ama.
—Me gustaría creerlo.
—La prueba está en que alquiló ese balcón a Marizápalos para alejarla de vos, para que no os ofendiera con su presencia.
La reina levantó la cabeza.
—¿Sabes qué? Me pondré hoy el vestido de los rombos plateados para celebrar el haber conseguido librarme por fin de esa mujer. ¡Y de Ramiro, que fue quien se la presentó al rey!
—¡Así me gusta, señora! No debéis permitir que los amoríos de vuestro esposo os mortifiquen.
—Ninguno me ha afectado tanto como el de Marizápalos.
Entraban en la plaza del palacio, cuando la reina musitó:
—Hay algo con respecto a esa mujer, a su hijo, que nunca podré contarte.
El rumor de los numerosos coches que ruaban por la calle Mayor sofocó la voz de la soberana.
«Nacer para parir herederos es un destino cruel», pensó Marisa con amargura.
CONFITERÍA DE LA CALLE INFANTAS DE MADRID
27 de octubre de 1636, diez y media de la mañana
Para superar el enojo que le había producido el encuentro con Virginia del Valle —aquella tarasca sabía dónde clavar el aguijón—, Jusepa decidió darse el capricho de un letuario, acompañado de su correspondiente copa de aguardiente. Desestimó los platillos que los vendedores ambulantes ofrecían a los transeúntes de la plaza Mayor, porque el aguardiente solía ser de baja calidad y la confitura solía estar seca.
Las tabernas de la plaza Mayor estaban abarrotadas, y resolvió dirigirse a la Cava de San Miguel. Después de todo, si algo abundaba en la corte, eran las tabernas.
«Es Madrid, ciudad bravía / que entre antiguas y modernas / tiene trescientas tabernas / y una sola librería», recitó para sí con una sonrisa aviesa. Aunque lamentaba la escasez de librerías, a Jusepa no le parecía que sobraran tabernas.
Al descender por la escalera que conducía a Cuchilleros, apenas veía los peldaños. Lo atribuyó a la sombra de los edificios de ocho pisos —los más altos de Madrid—, que apuntalaban la plaza Mayor. Sin embargo, cuando salió a la Cava de San Miguel, comprobó que la oscuridad se debía a que el cielo se había encapotado por completo.
«Va a estallar la tormenta de un momento a otro», pensó.
Las tabernas de la Cava de San Miguel, al igual que las de la plaza Mayor, estaban abarrotadas de gente, ruidos y emanaciones, y determinó dirigirse a la elegante confitería de la calle del Arco Imperial, pese a lo cara que era. Se había puesto de moda entre los linajudos personajes de la corte degustar los excelentes vinos, alojas, sorbetes, garapiñas,[5] chocolates, confites y empanadas, tanto dulces como saladas, que allí ofrecían.
«Como el público de la confitería es menos vocinglero, aprovecharé para estudiar los versos del tercer acto.»
El confitero la acomodó en una mesa cercana a la entrada.
—¿Qué vais a tomar, doña Jusepa?
—Un letuario.
Se descalzó con disimulo. ¡Había que ver lo cansada que estaba! La vida de una comedianta era dura, y si además era autora,[6] como en su caso, mucho más. Amén de estudiar y ensayar su papel —habitualmente el más largo—, debía dirigir los ensayos.
El confitero puso sobre la mesa el letuario con su correspondiente copa de aguardiente. Jusepa apartó la confitura y le dio un tiento al licor.
«Espero que lo que ha dicho esa Virginia no sea más que un subterfugio para conseguir que le dé un papel en la comedia... En cuanto la estrene, le pediré a un poeta que me escriba otra comedia en la que pueda lucirme, sea buena o no. Y estaré pendiente de que, una vez escrita, no se la dé a otra cómica más joven, como ya me pasó con el putañero de Lope, a quien Dios tenga en su Gloria», reflexionó Jusepa mientras sacaba el texto de la faltriquera.
Cerró los párpados, y enseguida se apoderó de ella un sopor relajante. Aquella semana había dormido poco. La habían contratado para hacer tres representaciones nocturnas: dos en casas nobles y otra en un convento; y no había regresado a casa hasta el alba, pues a los grandes señores les parecía mal que los actores no se quedaran a disfrutar de su charla después de la función. «¡Para que luego digan de los cómicos que somos gentes vagas, corrompidas por vicios y maldades!»
Sumergida en la modorra, no se dio cuenta de que una joven acababa de sentarse a su mesa.
—Jusepa, llevo toda la mañana buscándote.
Ya antes de abrir los ojos, Jusepa percibió, por el tono de voz que había empleado, que aquella muchacha traía algún disgusto.
«Los males, siempre a pares», se dijo, dando por sentado que, como la anterior, venía a la caza y captura de un papel. Aunque de esta tenía buena opinión. Se llamaba Isabel Aragonés y solía trabajar en la compañía de Amarilis. Recitaba bien y era disciplinada, cualidades que ella apreciaba sobremanera.
Jusepa la miró interrogativa, con las cejas muy levantadas.
—Ha desaparecido...
Vaca hizo como que no la había entendido:
—Deberías atar más en corto a tus galanes, Isabel. ¡O elegirlos con más tino! —contestó Jusepa, ya de vuelta de los enredos amorosos de las cómicas jóvenes.
—¡Es la Calderona quien ha desaparecido!
A Jusepa se le revolvió el aguardiente en el estómago.
—Temo que le haya sucedido algo con el rey.
Jusepa posó su dedo índice sobre los labios para indicar a la joven que fuese discreta. A aquel establecimiento acudían los más distinguidos personajes de la corte, y cualquier cosa que allí se dijera tardaría muy poco en llegar a palacio. De hecho, alguno ya las estaba mirando.
—Tómate algo a mi salud, Isabel —dijo en voz alta.
El confitero, que estaba al quite, se acercó de inmediato:
—¿Qué desea vuestra merced?
—Una garapiña —pidió la joven.
—¿Otra también para vos, doña Jusepa?
—¡No! Que ese brebaje mata de frío, ¡y ni es bebida ni es vianda! Tráeme otro letuario. Mejor solo el aguardiente, que me empalaga tanto dulce. ¿Qué tal os fue por Segovia?
—Digan lo que digan, nos fue bien.
—¿Es cierto que Amarilis y su marido quieren divorciarse y dividir la compañía?
—Pues...
—¡Cuenta, cuenta! ¡Que no me iré de la lengua! ¡No saldrá de Europa!
Se acercó a Isabel, como para escuchar su respuesta, y le susurró al oído:
—Después de que me haya ido, tómate el tiempo de rezar una salve y sígueme a la iglesia de San Pedro, que a estas horas está vacía y podremos hablar sin estorbo.
Se echó a reír estrepitosamente y añadió en voz alta:
—¡Me extraña que Amarilis y su marido se divorcien, Isabel! Juntos ganan buenos dineros, ¡y lo que unen los negocios, no lo separa nada! —Se puso en pie y acabó el aguardiente de un trago—. Aunque la chismería me es grata, se me hace tarde para el ensayo y debo irme. ¡Dios te guarde!
Dejó unas cuantas monedas sobre la mesa y caminó hacia la salida, moviendo las caderas con la cadencia lasciva que tantos aplausos arrancaba en el escenario. Sin embargo, llevaba un nudo en el estómago.
IGLESIA DE SAN PEDRO EL REAL, MADRID
Año de 1636
De camino a la iglesia de San Pedro el Real, donde se había citado con Isabel, Jusepa percibió que el repiqueteo de sus pasos sonaba extraño, como si reverberara al chocar contra la espesa losa de nubes que cubría el cielo. «Va a estallar la tormenta», pensó.
Llegando al templo, comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia, que se convirtieron en un chaparrón espantoso adobado con truenos y relámpagos. Jusepa corrió a refugiarse en la puerta de la iglesia. Poco después llegó Isabel empapada, temblorosa y lívida.
—¿Qué le ha ocurrido a Marizápalos? —le preguntó Jusepa.
Un relámpago formidable las cegó. Y el trueno que vino a continuación pareció remover los cimientos del templo.
—¡Vive Dios, vaya tormenta! ¡Deja de temblar y habla de una vez, Isabel! ¿Qué le ha pasado a María Inés?
La joven estaba tan aterrada por los truenos, que era incapaz de hablar. Jusepa la empujó al interior del templo, que los relámpagos iluminaban como si en el cielo se hubiese encendido una antorcha de luz blanca.
La campana de la torre morisca de San Pedro comenzó a sonar en ese instante y la joven se quedó inmóvil.
—No te asustes, Isabel. Dicen que la campana de la torre de San Pedro tiene el don de ahuyentar las tormentas y los campesinos le pagan al sacristán para que la toque con el fin de proteger sus cosechas.
Isabel corrió a arrodillarse ante la imagen del Santo Cristo de la Lluvia, que estaba enfrente, y declamó:
—Tente nublo, tente tú, que Dios puede más que tú.
—¿Qué recitas? —se extrañó Jusepa.
—Un conjuro para alejar a los malos espíritus.
—¿Tanto te asustan las tormentas?
—Más que a las tormentas, temo a los seres malignos que cabalgan en ellas, como los nuberos. ¿Tú no los temes?
—¿A los nuberos? Los que me dan miedo son los poderosos. Dime de una vez qué le ha pasado a María Inés, ¡que me tienes en ascuas!
Isabel cerró los ojos y respiró profundamente para tranquilizarse antes de comenzar a hablar.
—Habíamos quedado en desayunar juntas el lunes, porque esa mañana yo viajaba a Segovia a representar una comedia. Al llegar a su casa, vi la puerta descerrajada.
—¿Avisaste a la justicia?
—Antes quise averiguar qué había pasado. Subí al dormitorio de María Inés y encontré la cama deshecha; el espejo, roto; las flores fingidas del búcaro, desperdigadas por doquier. Parecía como si, en un ataque de ira, alguien hubiera arrojado esos objetos al suelo. No encontré a ningún criado y bajé a toda prisa la escalera, gritando: «¡A mí la justicia! ¡Llamad a la justicia!».
Al llegar a la calle, me rodearon cuatro individuos. Uno de ellos me agarró del brazo y rebuznó: «Lárgate de aquí y no hagas alboroto de lo que no te incumbe». «¿Dónde está María Inés? ¿Qué le habéis hecho?», pregunté. «¿Conoces el refrán que dice: el buen callar no tiene precio y el mucho hablar mata a los necios?», dijo desenvainando la daga que llevaba detrás, bajo la capa. Yo, asustada, asentí con la cabeza. «Si quieres seguir con vida, no preguntes más y lárgate de aquí cuanto antes.»
—¿Te parecieron rufianes a sueldo? —preguntó Jusepa.
—Eso creí al principio, pero luego vi que bajo las capas llevaban el uniforme de los archeros.
—¿Por qué has esperado tres días para contármelo?
—Salí de inmediato para representar en Segovia y no regresé hasta esta mañana. En tu casa me dijeron que habías salido muy temprano a comprar aderezos para los trajes de tu nueva comedia. Llevo horas buscándote.
Jusepa se pasó la mano por la boca un par de veces antes de preguntar:
—Al entrar al dormitorio de María Inés, ¿te fijaste en si estaban sus baúles de ropa?
—Sí, lo estaban.
—Eso es preocupante.
—¿Por qué?
—Significa que se la han llevado contra su voluntad. Y luego está el incidente con los archeros.
La Aragonés dejó caer:
—No es la primera vez que el rey reacciona con violencia a causa de los celos. Se rumorea que hizo matar a Villamediana porque se atrevió a cortejar a la reina.
Jusepa la interrumpió.
—¿Estás insinuando que María Inés traicionó al rey?
Isabel asintió.
—Siguió viéndose con Ramiro en secreto.
Jusepa se mordió el labio inferior.
—No me cuadra. Ramiro es el compañero de farras del rey. Lo acompaña a todas partes. ¡Incluso se dice que lo espera en la puerta de los dormitorios de sus amantes! ¿Cómo se apañan él y Marizápalos para verse a sus espaldas?
Se produjo una tensa pausa.
Cuando la joven volvió a hablar, lo hizo en tono todavía más bajo:
—Ramiro y María Inés fingían irse de viaje, pero se quedaban en Madrid. Lo descubrí, sin querer, una mañana. Tirso, el fraile, acababa de terminar de escribir una comedia y me pidió que le diera una copia a María Inés para que la leyera. Como estaba de viaje y yo tenía llave de su casa, subí a dejarle la comedia en la mesilla del dormitorio. Cuando abrí la puerta, encontré a María Inés y a Ramiro en la cama. Me hicieron jurar que no se lo diría a nadie.
—Pero tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe.
Isabel asintió.
—Aún hay más, Jusepa. Hace unos días, María Inés me comentó que no le había llegado el mes. Cabe la posibilidad de que esté preñada.
—¿Del rey o de Ramiro?
—No lo sé. Y quizá ella tampoco lo sabe.
—Marizápalos se ha metido en un buen lío —farfulló Jusepa.
—¿Conoces a Juan Rana?
—¿Quién no?
—Quiero decir, si eres amiga suya.
—Bastante.
—Él tiene acceso al Alcázar y al rey. Quizá pueda indagar qué ha sido de la Calderona.
REAL ALCÁZAR DE MADRID. CUARTO DE LA REINA
Año de 1636
Don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares y Grande de España, se presentó cerca del mediodía en el cuarto de la reina.
Lo recibió su esposa, doña Isabel de Zúñiga, a quien él mismo había nombrado camarera mayor de la soberana.
Por la mera costumbre, se hablaban en tono muy bajo.
—Dudo que Su Majestad os reciba sin cita, señor esposo —le advirtió ella, consciente de la rivalidad que mantenían la reina y el valido.
—Me recibirá, Isabel. Id a decirle que estoy aquí.
Cuando la camarera mayor abrió las puertas de la cámara, el valido vio que «la francesita» —como cariñosamente apodaba el pueblo de Madrid a su reina— charlaba con sus damas en el estrado.
Cuando la soberana se enteró de que el valido quería verla, ordenó a sus damas que se retiraran, y las jóvenes corrieron hacia la puerta, envolviendo a Olivares en una sensual variedad de perfumes.
La esposa del valido, como si no fuera con ella, se hizo la remolona.
—Salid también vos, doña Isabel, que no voy a necesitaros —dijo la reina.
El valido esperó junto al bufetillo de plata, donde la soberana solía recibir a las visitas, a que esta se acercara. Pero ella dijo:
—Venid al estrado, don Gaspar.
Sus relaciones con la reina siempre habían sido tirantes, y Olivares se preguntó por qué, en esta ocasión, le ofrecería sentarse en el estrado, donde recibía solo a las amistades más íntimas. Enseguida adivinó la razón: Isabel de Borbón no quería desplazarse hasta el bufete para no poner de manifiesto su leve cojera, que la turbaba mucho. Olivares no comprendía por qué, pues, aunque la reina ya tenía treinta y cuatro años —dos y medio más que el rey— y había sufrido siete partos, seguía siendo hermosa. Y mucho más inteligente, reflexiva y astuta de lo que aparentaba.
«Para colmo, está dotada de una habilidad asombrosa para ganarse la voluntad de los que la rodean», pensó el valido, contrariado.
Al llegar al estrado, hizo con el sombrero una reverencia todo lo gentil que le permitía su voluminosa figura.
—Cubríos, don Gaspar, puesto que el rey os ha concedido esa prerrogativa —dijo Isabel de Borbón con sarcasmo, pues nunca había estado de acuerdo con tal dispensa—. Y sentaos aquí, conmigo.
La soberana señaló el cojín de brocado que tenía al lado. Una vez que el conde-duque acomodó sus gruesas posaderas sobre él, ella se puso en pie.
Olivares sonrió al percatarse de la argucia de la reina para hacerle mirar hacia arriba.
