De la oscuridad, una luz resplandeciente

Petina Gappah

Fragmento

cap-1

PRÓLOGO

Confío en que la providencia siga ayudándome. Conozco los cuatro ríos: el Zambesi, el Kafué, el Luapula y el Lomamé, sus fuentes tienen que existir en una región. […] Rezo al buen Dios de todos los hombres para que me permita descubrir las antiguas fuentes de Heródoto y para que, si hay algo en las capas subterráneas que confirme los preciosos documentos antiguos (τά βιβλία), las Escrituras de la verdad, me permita sacarlo a la luz y me confiera sabiduría para emplearlo adecuadamente.

DAVID LIVINGSTONE,

El último diario del doctor Livingstone

Esta es la historia de cómo sacamos de África el cadáver desventurado y maltrecho del bwana Daudi, el doctor, David Livingstone, para que pudieran trasladarlo por mar y enterrarlo en su tierra. Anduvimos con sus restos a lo largo de más de mil quinientas millas, desde el interior hasta la costa occidental, desde Chitambo hasta Muanamuzungu, desde Chisa­lamala hasta Kumbakumba, desde Lambalamfipa hasta Tabora, y por fin, doscientos ochenta y cinco días después de salir de Chitambo, llegamos a Bagamoyo, lugar de pesar cuyo nombre significa precisamente «soltar el peso del corazón».

Lo depositamos en la paz callada de la iglesia. Y durante la larga noche rezaron, cantaron y lloraron los setecientos esclavos manumisos de la Aldea de la Libertad. Al día siguiente, después de la subida de la marea, se colocaron a ambos lados del sendero que llevaba hasta el dhow de su última travesía. Y nos quedamos mirando hasta que la blanca vela de la desvencijada embarcación de madera quedó convertida en un pequeño triángulo oscuro en el lejano horizonte y lo único que alcanzábamos a ver del bwana era el punto en el que el cielo se encontraba con el mar reluciente.

El doctor entregó su vida a la búsqueda enloquecida y predestinada al fracaso del último gran secreto del río más largo del mundo, ese manantial caído del cielo; lo dio todo para descubrir el secreto que inquieta a los eruditos desde hace más de dos mil años: las fuentes del Nilo.

En sus dos últimos años, tanto antes como después de que el americano, el bwana Stanley, acudiera en su auxilio en Ujiji, el bwana Daudi parecía un hombre poseído. En todas las ciudades, los poblados y las aldeas por los que pasaba hacía la misma pregunta. ¿Alguien había visto u oído hablar de un lugar donde surgían cuatro fuentes, cuatro grandes fuentes que manaban del suelo, entre dos montañas de cumbre cónica? Eran las fuentes descritas en la antigüedad por un sabio, decía, llamado Heródoto y muerto hacía mucho tiempo, un sabio de la lejana tierra de Grecia. Y es que hallarlas equivaldría, según creía él, a hallar las fuentes del Nilo.

Cuando le preguntaban qué era eso del Nilo, contestaba que era el río más largo del mundo, aunque más que un río era un milagro de la creación de un esplendor imposible de comprender.

—Puesto que fluye todos los días del año, a lo largo de más de mil millas, por los desiertos más áridos, y todo eso sin recibir nuevas aguas en ningún momento, ya que no hay afluentes que desemboquen en él para colmarlo —decía.

El bwana Daudi estaba convencido de que esas fuentes se comunicaban con cuatro grandes ríos que ya conocía, los llamados Kafue, Lomame, Luapula y Zambeze. Heródoto, decía, había escrito que el agua de aquellas fuentes fluía en dos direcciones: una mitad ascendía hacia Egipto y la otra manaba hacia el sur. Y así fue como seguimos la corriente del Luapula hacia el sur y nos adentramos en las ciénagas de Bangweulu, si bien allí, en lugar de encontrar la cabecera del Nilo, en el poblado de Chitambo el bwana Daudi encontró su fin.

En la muerte quedó tan dividido como en la vida. Sus huesos descansan ahora en su tierra, sepultados bajo la magnificencia de una lápida muy antigua. Mientras, en la tumba que cavamos para él a la sombra de un mvula, su corazón y todos sus componentes esenciales forman uno con la tierra de sus viajes. El sepulcro de sus huesos proclama que nuestras fieles manos lo trasladaron por tierra y por mar. Los sabios de su época dicen que se abrió camino por la oscuridad de nuestra tierra natal dejando tras de sí un rastro de luz por el que los blancos que lo siguieron pudieron avanzar sin el más mínimo peligro.

Eso es lo único que hemos llegado a ser los sesenta y nueve en su mundo: los sesenta y nueve que transportamos sus huesos, los acompañantes oscuros, sus acompañantes oscuros, las figuras sombrías de las caravanas con las que avanzaba. Solo hemos sido los pagazis de sus viajes, los porteadores que le cargaban los bultos, le levantaban las chozas, le preparaban la comida, le lavaban la ropa y le hacían la cama, los askaris que disputaban sus batallas, su séquito fiel y leal.

En el largo y peligroso viaje para devolverlo a su hogar perdieron la vida diez de los nuestros. No hay lápidas que marquen el lugar donde descansan, no hay epitafios que anuncien su muerte. Y, cuando los que quedamos sigamos su camino, no vendrá ningún peregrino a enseñar a sus hijos dónde estamos enterrados. Pero de esa oscuridad inmensa e inquietante surgió una luz resplandeciente. Nuestro sacrificio lustró la gloria de la vida del bwana Daudi.

Esta historia ya se ha contado muchas veces, pero siempre desde el punto de vista del doctor. Y en ocasiones, a modo de apéndices, como meras notas a pie de página de su relato, aparecen los nombres de Chuma y Susi. Fueron los primeros de sus acompañantes, los más antiguos, los que lo sirvieron durante más tiempo, puesto que los demás apenas llegamos en los meses previos a su muerte.

En algunas versiones, son amigos. En otras, sin embargo, son hermanos. Eso sí, siempre son los criados más fieles del doctor, los dos únicos que transportaron sus huesos, un testimonio de la fuerza de los vínculos de la servidumbre que confirma la devoción de la fe cristiana, la fe del bwana Daudi, su devoción, su santidad: ¿quién sino un santo podría inspirar tal entrega?

A veces los llaman Susi y Chuma, pero por lo general son Chuma y Susi. En raras ocasiones aparece su nombre completo: nunca son James Chuma, a quien el bwana Daudi había rescatado del cautiverio de la esclavitud, y Abdullah Susi, el mahometano de Shupanga que había trabajado en la construcción de barcos y servía a un amo cristiano. Se los recuerda, como mucho, por ser los únicos portadores de los huesos del bwana Daudi, los primeros en llegar.

¿Y si hubiéramos sabido entonces lo que sabemos ahora?

Cuando sacamos sus restos de África, nos llevamos los mapas de lo que los hombres de su mundo darían en llamar su último gran descubrimiento, el colosal río denominado Lualaba. ¿Y si hubiéramos sabido entonces que nuestro último acto de lealtad al bwana supondría sembrar la semilla de la traición a nuestros hijos, de su destino y también del destino de los hijos de sus hijos; que el Lualaba de los dibujos del bwana era la desembocadura del gran Congo de nuestra perdición, el río navegable por el que llegaría el hombre blanco, con el rifle Winchester en alto y la pistola Maxim cargada?

En apenas once años, la Inglaterra a la que devolvimos a su glorioso hijo se reuniría con otros en torno a una mesa y, con un acto tan despreocupado como el trazado de rayas en un mapa, establecería límites y fronteras donde antes no los había, haciendo pedazos naciones y familias. Por el Lualaba bajaron, por el gran Congo, con sus barcos de vapor y sus pistolas, con sus cauchales, sus impuestos y sus nuevos nombres para los cementerios de nuestros ancestros. Y todos y cada uno de los hombres, las mujeres y los niños con los que nos topamos a lo largo de nuestro viaje, todos los amigos y los enemigos, los traficantes de esclavos y los esclavos, acabarían siendo considerados, en cuestión de pocos años, nuevos súbditos de los reyes y la reina de Europa.

Todo eso acabaría pasando, pero antes…

Esto es algo más que la historia de dos hombres, Susi y Chuma; es también la de dos jefes de caravana, Chowpereh y el uledi Munyasere; la de Amoda, hijo de Mahmud, y la de Nathaniel Cumba, llamado Mabruki. Es la historia de los hombres de la misión de Nassick, en la India, todos ellos esclavos manumisos, entre los que se encontraban Carus Farrar y Farjallah Christie, quienes, con la misma facilidad que si rebanaran un pescado, abrieron en canal al doctor tras su muerte, y de Jacob Wainwright, que grabó el epitafio en la tumba de su corazón. Es la historia de las mujeres que viajaron con nosotros, Misozi y Ntaoéka, Khadijah y Laede, Binti Sumari y Kaniki.

Es la historia de Halima, la cocinera del doctor, que refunfuñó con tremenda insistencia hasta que le dijimos que sí, que sí, que lo devolveríamos al lugar del que había llegado, a su hogar al otro lado del agua. Es la historia de Majwara, el menor de los acompañantes, el muchacho que encontró al doctor arrodillado y ya muerto y que antes, con cada redoble de su tambor, había infundido vida a nuestras piernas en la marcha por el largo y penoso camino hacia el interior.

Es la historia del bwana Daudi, de sus últimos años de sufrimiento y de cómo el bwana Stanley acudió en su ayuda, y de las visiones que quebraron su espíritu e hirieron su corazón mientras no dejaba de andar hasta morir. Es la historia de todos ellos y de muchos más, la historia del último viaje del doctor y también de nuestro último viaje: la marcha hacia su muerte segura y luego hasta Bagamoyo.

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I

CHEMCHEMI YA HERODOTUS

cap-2

1

Antes de embarcarse en esta empresa, el doctor Livingstone no había llegado a decidir de un modo definitivo qué ruta tomar, dado que su situación era realmente lamentable. Eran sus criados Susi, Chuma, Hamoydah, Gardner y Halimah, la cocinera y esposa de Hamoydah.

HENRY MORTON STANLEY,

Cómo encontré a Livingstone

¿No es curioso que las cosas que sabes que van a pasar nunca acaben pasando como creías que iban a pasar cuando por fin pasan? La mañana en que lo encontramos me desperté soñando con un olor a clavo. El aroma familiar y de dulzura empalagosa me llegaba tan intensamente a la nariz que podría haber estado en el mercado de especias de Zanzíbar, volvía a ser una chiquilla enclenque que en teoría estaba aprendiendo a elegir lo mejor para la cocina del liwali, aunque en realidad me dedicaba a aguantarme primero sobre una pierna y luego sobre la otra, mientras mi madre decía: «Pero, Halima, no escuchas». Y sin duda era cierto, puesto que prestaba más atención a los sonidos del día: la llamada del almuédano, los gritos de los subastadores del mercado de esclavos, los asnos que rebuznaban a modo de protesta, las jaurías de perros que gruñían ante los cadáveres de los esclavos a la puerta de la aduana y las carcajadas estrepitosas de los niños.

Pienso en mi madre con mucha frecuencia, pero rara vez se me aparece en sueños. Era la suria del liwali de Zanzíbar, una de sus esclavas preferidas, aunque nunca le dio hijos, de modo que no llegó a ser um al-ualad, y qué gran cambio habría supuesto para ella traer al mundo a un hijo del liwali, que era el representante del sultán en los tiempos en que Saíd el Grande (esto es, Sayid Saíd bin Sultán) vivía allende el mar en Mascate, en Omán, y no en Zanzíbar.

Según mi madre, yo nací antes de que el sultán trasladara la capital desde Mascate. En aquella época, el liwali era su representante en Zanzíbar y sí, también estaba el gran señor de los suajilis de Zanzíbar, el mwinyi mkuu, según lo llamaban, pero el sultán necesitaba a alguien que estuviera directamente a sus órdenes, a un árabe de pies a cabeza, a un omaní de primera fila.

Claro que al mirar al liwali, bueno, se apreciaba al instante que en su sangre había uno o dos esclavos africanos, y no miento. Tenía a sus tres esposas oficiales, el famoso liwali, a sus tres hormes, como las llamaban, y también a sus concubinas, las diez sariri de su harén. Eran ya muchas mujeres para cualquier hombre, pero no dejaban de ser menos que las concubinas de Saíd el Grande, que contaba con setenta y cinco esposas y sariri que le habían dado más de cien hijos.

Mi madre era la única suria de piel oscura entre las concubinas sariri del liwali, ya que todas las demás eran circasianas, turcas y qué sé yo; y, aunque decían que no había esclava con más suerte que una suria, y que solo a las mujeres hermosas se las elegía para serlo, para mi madre, que también era cocinera, ser suria significaba únicamente estar esclavizada por partida doble: de noche era esclava en el harén del liwali y de día, en su cocina.

El liwali murió hace ya muchos años. Su casa es ahora propiedad de Ludda Dhamji, un rico comerciante indio de Bombay. Dicen que es más poderoso de lo que llegó a ser el liwali, ya que le ha prestado muchísimo dinero a Saíd Bhargash, el nuevo sultán. Ludda Dhamji controla también la aduana y se lleva una comisión por cada esclavo vendido en el mercado y cada esclavo, del primero al último, que se va a Persia y a Arabia, a la India y por toda la costa del océano Índico. Eso es desde luego mucha riqueza.

Me arrancó del sueño, y de todo pensamiento de mi vida anterior, el ruido de unos pies que corrían y unos gritos. Me di cuenta de inmediato de que pasaba algo. Ntaoéka y Laede aún no habían encendido los fuegos, aunque eso no era de sorprender: estábamos entre la noche y la alborada.

A pesar de eso, distinguía con bastante facilidad sus siluetas; la luna seguía brillando con intensidad. El centinela estaba despierto, pero también otros que no tenían por qué. Los porteadores y los jefes de expedición se movían con frenesí. Incluso los pagazis más inútiles, como el ladrón de Chirango, que normalmente necesitaba el redoble del tambor de Maj­wara para que entrara algo de brío en sus perezosas piernas, iba con la misma rapidez que los demás de un lado para otro, de un grupo al siguiente y luego de ese al de más allá.

Susi corrió hasta el joven Majwara, Asmani corrió hasta el uledi Munyasere, Saféné corrió hasta Chowpereh. Todo era confusión, como las gallinas antes de una tormenta. Al pie del gran mvula, los muchachos de Nassick hablaban en un co­rrillo.

Eran siete, todos libertos a los que los traficantes de esclavos habían capturado de niños y luego habían rescatado unos jahazis gigantescos enviados por la reina de la tierra del bwana Daudi. «Barcos», los llamaban, dhows altos como casas y casi tan grandes como el palacio del liwali, según Susi. En esos barcos jahazis se los habían llevado a la India, donde les habían instado a abandonar sus lenguas y les habían enseñado a hablar lenguas de muzungu de todo tipo. También les habían dado oficios que aprender y libros que leer, además de papel para escribir y ropa con la que parecían wazungu.

Entre ellos despuntaba la alta figura de Jacob Wainwright, completamente vestido incluso a esas horas. Ya puede caer el granizo de mil tormentas y ya puede abrasar el sol con la crueldad de las incursiones esclavistas de Tippu Tip, que Jacob seguirá llevando su traje.

Dice que se lo regaló el hombre cuyo nombre le pusieron, aunque, en mi opinión, si aquel buen hombre hubiera sabido cómo lo sudaría Jacob todos los días a todas las horas, probablemente se lo habría pensado dos veces. No vi ni rastro del otro Wainwright, el hermano de Jacob, John. Bueno, lo llamo hermano, pero Jacob asegura que John no lo es ni mucho menos, y no me extraña que no quiera reivindicar el parentesco. John es más holgazán que una manada de hipopótamos dormidos. Incluso consiguió perder nuestras dos mejores vacas lecheras. Cualquiera habría dicho que nunca se había ocupado de una vaca. No tengo ni idea, la verdad, de qué les enseñan en ese colegio de la India, además de a leer y a hablar en inglés.

Presentía lo que podía haber despertado al campamento a aquella hora. Me dirigí hacia el mvula y toqué en el hombro a Matthew Wellington.

—¿Ha sucedido? —le pregunté.

Asintió sin decir una palabra. Yo dejé escapar un grito que sobresaltó a un búho cercano que se alejó aleteando. Susi se apartó del corrillo de los pagazis más veteranos y se me acercó. Me arrojé en sus brazos. Susi nunca ha necesitado una excusa para pegarse a mí, desde luego, y eso desde la primera vez que me vio. Si algo entiendo es la mirada que un hombre dirige a una mujer cuando la desea, y, si tuviera una pepita de oro por cada mirada de ese tipo que Susi me ha dedicado, sería la hija de ese indio rico, Ludda Dhamji, sin duda alguna.

Justo cuando estaba abandonándome a su abrazo, apareció Amoda, mi hombre, y Susi me soltó de forma precipitada, aunque me dio tiempo de sentir su dureza. ¡Mientras el doctor yacía a apenas unos pasos de allí, completamente muerto! El muy cerdo.

Antes de que Amoda pudiera reprocharme nada, Susi se lo llevó a un lado. Mi instinto fue buscar a otra mujer. Me dirigí a la choza donde Ntaoéka había pasado la noche anterior y pegué un grito que desgarró los cielos, pensando que saldría para estar conmigo. No obtuve respuesta. Seguramente se habría buscado otro lecho con aquel Mabruki al que tan insensatamente se había unido. Pese a la inquietud que me invadía, no pude dejar de recordar que apenas una semana antes Ntaoéka había estado diciendo que Mabruki no era ni siquiera un hombre, que no era más que un asno y encima holgazán.

—Bueno —le había dicho yo entonces—, podrías haber elegido a quien quisieras cuando el bwana Daudi te dio la oportunidad. Podrías haberte quedado a Gardner, podrías haberte quedado a Chuma, pero te decidiste por Mabruki.

Cuando todavía estábamos en Unyanyembe y Ntaoéka se pegó a nuestra comitiva sin que nadie la hubiera invitado, el bwana Daudi le dijo que debía escoger como marido a uno de los hombres libres que estaban a sus órdenes. Y bien que hizo, porque una mujer tan atractiva como ella nos había provocado infinidad de problemas por no tener ataduras.

Una semana después de haber empezado a trabajar de lavandera en Unyanyembe, ya le lanzaba miraditas a Amoda. De mi hombre pueden decirse muchas cosas, pero es muy cierto que no le cuesta nada atraer a las mujeres. Es un ejemplar masculino casi tan admirable como Susi, alto y bien desarrollado. Y, aunque no cuenta con la risa alegre y efusiva de Susi, que dan ganas de escuchar una y otra vez, sus maneras son tales que podría ganarse el corazón de cualquier mujer. La primera vez que lo vi, en Tabora, cuando estaba con mi mercader árabe, me perturbó por completo. No pude pensar en otra cosa hasta que lo hice mío. Por supuesto, una vez lo hice mío no tardó nada en mostrarse tal y como era, y tengo los moratones que lo prueban, desde luego que sí. A menudo he deseado haber visto antes a Susi en su lugar.

Sin embargo, mientras yo fuese Halima, la hija de Zafrene, la suria favorita del liwali, no pensaba permitir que Ntaoéka le dedicara sonrisitas de complicidad y coqueteo a mi hombre, por mucho que ese hombre fuera un hombre tan difícil de amar como mi Amoda. No me costó utilizar los puños contra ella, no me costó en absoluto. Con eso me gané la furia del bwana Daudi, para el cual era todo culpa mía. Sin embargo, después de que Ntaoéka empezara a lanzarle miradas insinuantes a Susi, lo que despertó toda la ira de su mujer, Misozi, el bwana acabó estando de acuerdo conmigo.

Habíamos conocido a Misozi en Ujiji, semanas antes de que el bwana Stanley nos encontrara. En aquel momento se mostró especialmente atenta conmigo; no era de extrañar: le había echado el ojo a Susi. Su hombre se había marchado en misión comercial a Tabora y no había regresado, según decía. Prefería viajar con nosotros y ser la esposa de viaje de Susi a quedarse esperando a su hombre en Ujiji. Misozi tenía una personalidad complicadísima y el cerebro de una cabra recién nacida, pero, de todos modos, se agradecía tener a otra mujer entre nosotros.

Después de que yo le dejara claro a Ntaoéka que Amoda no era para ella, empezó a lanzarle miraditas a Susi. Cuando Misozi corrió a ver al bwana Daudi para quejarse fue cuando él le dijo que debía elegir a otro.

—No me gusta tener a una mujer tan atractiva suelta entre nosotros —oí que le decía a Amoda—. Preferiría que escogiera a algún hombre de bien de mi caravana.

Pero no hay más que ver cómo está: a pesar de estar amarrada, sigue provocando problemas. Es como uno de esos cuencos tan bonitos de la casa del liwali: por ser demasiado planos para beber té y demasiado pequeños para comer dátiles, se quedaban en un estante alto y solo servían para contemplarlos y para ocupar espacio sin motivo alguno.

Desde que llegaron los hombres de Nassick, seis meses antes de la marcha del bwana Stanley, Ntaoéka se muestra atolondrada por la emoción. Estoy segura de que se abriría de piernas ante cualquiera de ellos si se lo pidieran y que también participaría en el juego de los traseros, en especial con el tal Jacob Wainwright. Por el modo en que pestañea cada vez que lo ve, cualquiera diría que trata de producir lágrimas suficientes para expulsar alguna mota de polvo.

Le dije a Misozi que suponía que Ntaoéka se arrepentía de no haber esperado, porque, si hubiera elegido tras la lle­gada del amplio grupo de hombres enviados por el bwana Stanley, podría haberse quedado a cualquiera de los cincuenta y cinco pagazis y de los siete muchachos de Nassick que los acompañaban. El bwana Daudi también los llamaba «muchachos» y, aunque son jóvenes y aún quedaba demasiada leche que sacarles por la nariz, distan mucho de ser muchachos, en especial el tal Jacob Wainwright, un hombre hecho y derecho que ha visto como mínimo veintiún ramadanes. Es un hombre orgulloso como el que más, con su inglés, su instrucción, sus zapatos, sus libros y su pesado traje de muzungu.

Pero fue Misozi, y no Ntaoéka, la que fue a verme, limpiándose el sueño de los ojos.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—¡Está muerto, nos ha dejado, está muerto! —sollocé.

—¿Quién? —dijo con un bostezo.

A veces pienso que es imposible que esa mujer sea tan tonta como parece. ¿A quién más podía referirme? ¿Al asno? Con una mujer así, no es de extrañar que Susi mire tres veces y luego dos más a todas las mujeres con las que se cruza.

Misozi entró a buscar la tela de la mortaja y, mientras, vi llegar a Ntaoéka con mucho sigilo, procedente de la choza donde había dormido Carus Farrar. Así que eso era lo que se cocía. Me pregunté si Misozi lo sabría. Ya habría tiempo de contarlo todo, aunque, por descontado, yo no pensaba decir nada, puesto que, y puedo decirlo bien alto, nunca he sido chismosa.

—De verdad, Misozi —dijo Ntaoéka—. ¿A quién crees que se refiere Halima? ¿Qué muerte esperábamos día sí y día también? ¿A quién pertenecía el frágil cuerpo que en cuestión de horas iba a ser un cadáver? Solo puede ser el bwana.

Se pusieron a discutir las dos hasta que empezó a darme vueltas la cabeza. Me acerqué al fuego, en torno al cual estaban sentados varios hombres charlando. Entre ellos vi a Susi, Amoda, Chuma, Carus Farrar y el joven Majwara. Esperaban, según dijo Carus Farrar, a que la rigidez abandonara el cadáver para poder amortajarlo. No tardaría demasiado, aseguró, ya que el bwana Daudi había muerto en mitad de la noche y el calor y el aire contribuirían a que la rigidez dejara su cuerpo.

Fueron llegando cada vez más pagazis y ocuparon sus puestos en torno a la hoguera. La misma pregunta estaba en labios de todos: ¿cómo podía haber sucedido? Susi y Majwara se turnaban para responder.

—Poco antes de la medianoche —dijo Majwara—, salí de la choza para decirle a Susi que debía acudir junto al bwana, porque su mente sufría un grave delirio.

—Entré de inmediato —dijo Susi, continuando con el relato—. El bwana intentaba levantarse de la cama. Era evidente que no estaba en su sano juicio, ya que repetía: «He encontrado las fuentes, Susi. He encontrado las fuentes. ¿Es esto el Luapula?».

»Le contesté que estábamos en Bangweulu, en el poblado de Chitambo —añadió Susi, a lo que el bwana empezó a balbucear en inglés, pero las únicas palabras que distinguió, y no está seguro de haberlas oído bien, puesto que no le parecieron lógicas, fueron: «La pobre Mary descansa en la ladera de Shupanga y disfruta del sol».

Yo sabía que Mary era el nombre de mamá Robert, la esposa del bwana Daudi, y Shupanga, que es también de donde es Susi, es el lugar donde está enterrada. Lo interrumpí para preguntarle qué creía que querían decir esas palabras, pero no tenía respuesta. Todos nos volvimos a la vez hacia Jacob Wainwright, que se limitó a mirar a lo lejos, como si no hubiera oído la pregunta. Ya me había fijado con anterioridad en que, si no sabe responder a algo, finge no haber oído la pregunta.

—¿Qué pasó después de eso? —pregunté.

—Lo ayudé a volver a acostarse —prosiguió Susi— y, hablando ya en suajili, me preguntó cuántos días quedaban para llegar al Luapula. «Nos harán falta tres días de marcha», contesté. Y dijo: «Tres días para ir al Luapula. Cielos, cielos».

Después de eso, según Susi, pareció que recuperaba el sentido y se daba cuenta de dónde estaba. Acto seguido, le pidió que pusiera agua a hervir.

—¿Se comió el plato que le preparé? —pregunté—. Trituré cacahuetes y cereales juntos hasta hacer una pasta para que pudiera tragárselo todo sin tener que masticar. Me alegré mucho cuando pidió comida.

Susi negó con la cabeza y continuó. Contó que había salido y había vuelto del fuego con el caldero de cobre lleno de agua. El bwana le pidió que se acercara y que le llevara su botiquín y una vela. Eligió un medicamento y le dijo a Susi que lo pusiera a su lado.

—Debía de tener el estómago revuelto —lo interrumpió Carus Farrar—. He visto la botella. Es una poción que se llama calomelanos. Sirve para purgar el contenido del estó­mago.

—Si tenía el estómago revuelto —dije yo—, no tenía nada que ver con mi cena. Lo preparé con ingredientes frescos, con los cacahuetes que nos dieron las mujeres de Chitambo ayer mismo.

—No tengo duda de que no se comió tu cena, Halima —continuó Susi—. Seguía a su lado cuando me dijo que podía irme. Dejé a Majwara en la choza.

Entonces Majwara continuó con el relato. Según dijo, pocas horas después de que Susi dejara al bwana, despertó a Amoda, que había tomado el relevo de la guardia pero se había quedado dormido, con las palabras: «Ven a ver al bwana, tengo miedo; no sé si está vivo».

A continuación Amoda fue a despertar a Susi, Chuma, Carus Farrar y Chowpereh. Entraron en la choza y sus miradas se dirigieron hacia la cama. El bwana Daudi no estaba tumbado, sino arrodillado al lado, aparentemente sumido en sus oraciones. Se hicieron atrás de forma instintiva. Señalándolo, Majwara les dijo: «Cuando me he acostado, lo he dejado exactamente igual que ahora, y al ver que no se movía me ha entrado miedo de que hubiera muerto».

—La vela estaba pegada a la tapa de la caja con su propia cera y daba luz suficiente para distinguir la silueta del bwana Daudi —añadió entonces Carus Farrar—, que se había levantado de la cama y estaba arrodillado en el suelo, con el cuerpo estirado hacia delante y la cabeza hundida en las manos encima de la almohada. No se movió. Me acerqué y le puse las manos en las mejillas hundidas. Estaba frío y rígido al tacto. Me volví hacia los demás y asentí. Les dije lo que todos habíamos comprendido en el instante mismo de entrar en la choza: el bwana Daudi ya no estaba entre nosotros.

En el silencio que siguió a las palabras de Carus Farrar, Majwara se levantó y se marchó. Dejé a los hombres en torno a la hoguera y lo seguí hasta un saliente rocoso, a poca distancia. Se sentó. Yo me senté a su lado y esperé mientras él lloraba con la cara entre las manos. Cuando la levantó, era una máscara de dolor.

Cuando no hacía de kirangozi, tocando el tambor que marcaba el ritmo de nuestro avance, Majwara era el criado personal del bwana. Ya no es un niño, pero tampoco ha llegado a ser un hombre todavía; es el único de su edad entre los seis niños y sigue encontrando su mayor felicidad a solas con su tambor. Para alguien tan joven, tener a su cargo la tarea de bañar y vestir a un hombre mayor es una gran responsabilidad. Vaya, sigo olvidándome de que el bwana Daudi ya no está entre nosotros. Amoda le había insinuado con frecuencia al bwana que el muchacho quizá era demasiado joven para esa labor, pero Majwara, al oírlo, había insistido en que aquel era precisamente el trabajo que quería.

Nos habíamos topado con él el año anterior. Formaba parte de un cargamento de esclavos que transportaban hacia la costa. Siempre que veíamos escenas de ese tipo, al bwana le provocaban una intensa aflicción. El aspecto juvenil de Majwara lo impresionó y, de hecho, Chuma contó más tarde que también él había tenido esa edad (apenas quince rama­danes, ni uno más) cuando a su vez lo habían capturado y a continuación lo había rescatado el bwana Daudi.

Al igual que en el caso de Chuma, el bwana Daudi convenció a los captores de Majwara de que el muchacho era demasiado joven y enfermizo para viajar hasta la costa, y se ofreció a pagarles el precio de un hombre hecho y derecho. Ante esa oportunidad de obtener un beneficio con rapidez, se lo habían entregado a cambio de cinco sartas de cuentas que, según decía el doctor siempre en broma, era más de lo que le había costado yo, puesto que también a mí me había comprado; no para él, sino para Amoda.

Teniendo en cuenta que el bwana Daudi lo había rescatado y posteriormente le había curado la fiebre de la malaria, el muchacho habría hecho cualquier cosa que le hubiera pedido. Lo único a lo que se negó fue a cambiarse el nombre, y eso que el doctor le propuso varios.

—Chuma es James, y también tú, como Santiago, serás un apóstol —le dijo—. Puedes ser mi Pedro y me apoyaré en ti del mismo modo que Jesús se apoyó en su piedra.

Sin embargo, Majwara insistió en que quería conservar su nombre. Lo llevaba en recuerdo de su madre, según aseguró, ya que ella lo había elegido para él por encima de todos los demás.

—Jamás volveré a verla —dijo—, pero me acompaña en mi nombre.

—Qué muchacho tan sentimental —contestó el bwana Daudi, dándole una palmada en la espalda—. Muy bien, de acuerdo, mi joven piedra, seguirás llamándote Majwara.

Y allí estábamos en aquel momento, en aquella piedra del poblado de Chitambo, con el bwana Daudi muerto en su choza.

Majwara y yo permanecimos un tiempo en silencio.

—Me pidió el medicamento —dijo por fin—. Se lo di y cogió lo que necesitaba. Pero ¿y si no era ese? ¿Y si, confundido por su enfermedad, sacó el que no era? Luego me quedé dormido. Estaba agotado. No tendría que haber estado tan cansado. ¿Y si me llamó y no lo oí?

—Has hecho lo que has podido, jovencito —le dije, acariciándole la cabeza, para lo cual tuve que levantar el brazo, dado que, aunque es muchas lunas más joven que yo, a mi lado descuella como un árbol joven sobre la tierra removida.

—Me salvó la vida —sollozó el muchacho— y yo no he podido hacer lo mismo por él.

Lo dejé llorar sin decir nada. Una vez agotada su pasión, añadió:

—Nunca volveré a verlo.

—Así, así es la muerte —le dije—. Ninguno de nosotros volverá a ver al bwana Daudi en esta vida.

Juntos, regresamos al campamento. Para entonces, la rigidez había abandonado el cadáver del bwana y los hombres lo habían amortajado. Al llegar, nos los encontramos entrando en la choza en pequeños grupos para presentar sus respetos. Cuando acabaron todos los hombres, entramos las mujeres, conmigo a la cabeza.

Lo habían colocado boca arriba en la cama de adobe. Tenía las manos a los costados y los ojos cerrados. El pelo, en contraste con el cuero cabelludo, era canoso y escaso. Se hacía raro verlo sin sombrero, puesto que no había pasado ningún día en que no lo llevara. Con la poca luz que rompía la oscuridad de la choza, parecía que estuviera durmiendo. Una mosca zumbaba cerca del techo. El botiquín del doctor hacía las veces de mesa junto a su cama.

Al ver el plato intacto de cereales hervidos y cacahuetes triturados que estaba encima y que me había pedido por la noche me asaltó la idea de que, en efecto, estaba muerto. Y me asaltó en aquel momento la idea de que su muerte lo era todo para mí.

cap-3

2

[Tippu Tip] lo describe como un hombre bastante anciano y añade que se llamaba Livingstone, pero que en el interior se hacía llamar David. Parece ser, pues, que Livingstone se vio obligado, para lograr una mayor intimidad, a hacerse llamar entre sus negros únicamente por su nombre de pila.

HEINRICH BRODE,

Tippoo Tib, the Story of His Career in Central Africa,

Narrated from His Own Accounts

Cuando el bwana Daudi me compró para Amoda hace cuatro años, Amoda me dijo que el bwana era un hombre instruido, que era un mganga más diestro que todos los hombres de medicina del sultán. Entonces creí que se burlaba de mí porque no sé tanto como él de las cosas de este mundo, pero en el tiempo que he pasado con el bwana Daudi he descubierto que todo lo que me contó Amoda era cierto: gracias a la lectura de sus grandes libros en todo tipo de lenguas, el bwana Daudi conocía bien las enfermedades que afectan tanto a los hombres como a las bestias.

Podía curar a casi todo el mundo con pociones y ungüentos. Es cierto que no tuvo éxito al curar el ojo que finalmente Chirango acabó perdiendo tras aquellos azotes que le dio Amoda, y que el pobre Chipangawazi murió en Nyangwe tras una semana de descomposición de vientre, pero sí curó a Majwara de la fiebre de la malaria y a muchos otros de dolores de la carne y las articulaciones.

No tenía huesos de adivinación, cuernos, pieles de animal o polvos de plantas como un mganga de verdad, pero sí otras cosas medicinales, pociones y ungüentos que según él utilizaban los mgangas de su tierra. Además de sus muchos ungüentos, polvos y pociones, el bwana Daudi viajaba con varios instrumentos que utilizaba para medir la altura de la tierra y para observar las estrellas. Su lectura de las estrellas nos ayudaba con frecuencia en los viajes, ya que era una sabiduría comprendida por mucha gente y, de hecho, en algunos lugares se confería un lugar de honor a los hombres que sabían leer las estrellas. Y escribía constantemente. Cuando se quedaba sin tinta, me pedía que machacara bayas oscuras recién cogidas para utilizar su jugo a modo de tinta.

Tardé un tiempo en descubrir todas estas cosas del bwana Daudi, y por eso no creí a Amoda en un primer momento: me parecía sumamente peculiar que alguien abandonara la vida que conocía en su propia tierra, navegara durante meses y meses en un jahazi por un mar furioso y viniera a un lugar tan lejano solo para deambular en busca del principio de un río.

No consigo entender cómo puede un hombre dejar su tierra y a su mujer y sus hijos para vagar por estas inhóspitas ciénagas preguntando por el curso de un río y sobre cosas que no le conciernen en absoluto, pero el bwana Daudi no tenía mujer, el pobre, no había vuelto a casarse después de que muriera la primera, mamá Robert, para gran pesar suyo. Quizá fue su muerte la que lo llevó a abandonar a sus hijos.

Y, por mucho que tratase de explicarme por qué buscaba el nacimiento de ese Nilo, nunca llegué a entenderlo del todo.

—Vuelva con sus hijos —le contestaba—, porque el Nilo existe desde el principio de los tiempos y seguirá existiendo después de que tanto usted como yo descansemos en la tierra. ¿Y qué hará usted entonces? Al Nilo le dará igual que usted sepa dónde nace. Seguirá fluyendo como ha hecho siempre tanto si lo encuentra como si no. Piense en aquel bwana que tuvo Mabruki, Speke, creo que se llamaba, sí, el bwana Speke, el mismo cuya tumba quiere visitar Bombay, el que iba con el bwana Stanley.

»Se mató de un disparo, ¿verdad?, mientras limpiaba un arma. Bombay me lo contó todo cuando vino con el bwana Stanley. Una manera completamente idiota de morir, en mi opinión. ¿Por qué limpió el arma él mismo, como si no tuviera esclavos para limpiársela? Bueno, pues ahora está en su tumba y el Nilo sigue fluyendo.

Y aún añadí:

—Más le valdría buscarse una esposa joven que le calentara la cama, y sí, está viejo y tiene mala dentadura, eso es innegable, pero, al igual que mi segundo amo, el cadí, es rico en telas, oro y cuentas, y, al igual que el cadí, podría buscarse a una mujer hermosa. Tres esposas tenía el cadí, todas preciosas como joyas relucientes, pero no gastaba ningún dinero en ellas, porque era sumamente avaro, y así acabó. Se murió de repente y lo dejó todo atrás para que sus hijos y sus bastardos se pelearan hasta por la última migaja.

Riendo mientras me hacía un gesto para que me marchara, me dijo:

—Vamos, Halima, déjame comer en silencio.

En fin, puede que el bwana Daudi estuviera satisfecho de

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