El muchacho persa

Mary Renault

Fragmento

cap-1

1

Para que no vayáis a suponer que soy un hijo de nadie, vendido por algún padre campesino en año de sequía, diré que nuestro linaje es muy antiguo aunque tenga que morir conmigo. Mi padre fue Artembares, hijo de Araxis, de Pasagardai, la antigua tribu real de Ciro. Tres miembros de nuestra familia lucharon por él cuando los persas sojuzgaron a los medos. Permanecimos en nuestra tierra por espacio de ocho generaciones en las colinas situadas al occidente de Susa. Tenía diez años y me dedicaba a aprender las artes guerreras cuando me llevaron.

Nuestra fortaleza de la colina era tan antigua como nuestra familia, curtida por la intemperie al igual que las rocas y con la atalaya adosada a un despeñadero. Desde allí mi padre solía mostrarme el tortuoso río que atravesaba el verde valle en dirección a Susa, la ciudad de los lirios. Me mostraba el palacio, resplandeciente sobre su extensa terraza, y me prometía que sería presentado cuando cumpliera los dieciséis años.

Eso fue en tiempo del rey Ocos. Sobrevivimos a su reinado, a pesar de que era un carnicero. Mi padre perdió justamente la vida por haber sido fiel a su hijo Arses contra Bagoas, el jefe palaciego.

A mi edad es posible que no hubiera hecho el menor caso del asunto de no haber llevado el dignatario mi mismo nombre. En Persia es corriente; pero, siendo un hijo único muy querido, me resultaba tan extraño oírlo pronunciar con repugnancia que siempre me escocían los oídos.

Los señores de la corte y el campo, a los que por regla general sólo veíamos un par de veces al año, subían ahora el montañoso camino cada pocos días. Nuestra fortaleza se hallaba muy apartada del camino y constituía un buen lugar de reunión. Me gustaba ver a aquellos hombres tan apuestos con sus fornidos caballos y experimentaba como una sensación de expectativa de acontecimientos, si bien no de peligro, puesto que ninguno de éstos se me antojaba temible. Más de una vez celebraban sacrificios en el altar del fuego; entonces venía el mago, un vigoroso anciano que trepaba por las rocas como un cabrero, matando serpientes y escorpiones. Me encantaban las brillantes llamas y los destellos que arrancaban de las bruñidas empuñaduras de las espadas, los botones dorados y los gorros recamados de joyas. Así seguiría todo, pensaba yo, hasta que pudiera reunirme con ellos al llegar a ser hombre.

Finalizadas las plegarias, bebían juntos la bebida sagrada y hablaban acerca del honor.

Y en el honor se me había educado a mí. Desde la edad de cinco años en que me habían apartado de las mujeres, y me habían enseñado a montar y a utilizar las armas y aborrecer la mentira. El Fuego era el alma del Dios Sabio. La oscura mentira era una infidelidad.

El rey Ocos había muerto no hacía mucho. Si le hubiera matado la enfermedad, pocos hubieran llorado; pero se decía que la enfermedad no había sido muy grave, que le había matado la medicina. Bagoas llevaba muchos años encumbrado muy alto en el reino, al lado del rey, pero el joven Arses había alcanzado la edad adulta y se había casado recientemente. Ocos, con un heredero adulto y nietos, había empezado a reducir el poder de Bagoas. Murió al poco tiempo.

—Por consiguiente —dijo uno de los huéspedes de mi padre—, el trono se entrega ahora por medio de la traición aunque sea al heredero legítimo. Por mi parte, disculpo al joven Arses, jamás he oído nada en contra del honor del muchacho. Pero su juventud duplicará el poder de Bagoas; a partir de ahora, éste será prácticamente el rey. Jamás eunuco alguno había subido tan alto.

—No es frecuente —repuso mi padre—. Pero a veces les domina esta ansia de poder. Tal vez ello se deba al hecho de que no tendrán hijos.

Al verme a su lado me tomó en brazos. Alguien pronunció una bendición.

El huésped de mayor rango que había seguido la corte a Susa, a pesar de que sus tierras se hallaban en las cercanías de Persépolis, dijo:

—Todos estamos de acuerdo en que Bagoas no tiene que gobernar. Pero veamos cómo le maneja Arses. Aunque sea joven, creo que el cortesano ha hecho la cuenta sin el soberano.

No sé qué hubiera hecho Arses si sus hermanos no hubieran sido envenenados. Fue entonces cuando empezó a contar a sus amigos.

Los tres príncipes se llevaban muy poco tiempo de diferencia. Los tres habían estado muy unidos. Los reyes suelen variar en relación con sus parientes, pero no fue así en el caso de Arses. El jefe palaciego desconfiaba de sus reuniones privadas. Los dos hermanos menores, casi sin solución de continuidad, experimentaron retortijones y murieron.

Poco después llegó un mensajero a nuestra casa; su carta ostentaba el sello real. Yo fui la primera persona con quien se tropezó mi padre una vez que se hubo marchado el hombre.

—Hijo mío —dijo—, pronto tendré que marcharme; el rey me ha llamado. Recuérdalo, es posible que lleguen tiempos en que sea necesario defender la Luz contra la Mentira —me apoyó la mano en el hombro—. Es triste que compartas en estos momentos el nombre con un malvado, pero no será por mucho tiempo si Dios lo quiere. Y este monstruo no puede transmitirlo. Tú serás quien lo transmita con honor, tú y los hijos de tus hijos.

Me levantó en brazos y me besó.

Mandó fortificar la fortaleza. Había un despeñadero por un lado y una torre de vigilancia en lo alto del camino montañoso; pero ordenó que se levantaran otras dos hiladas sobre las murallas con mejores rendijas para los arqueros.

La víspera de su partida subió a la fortaleza un grupo de guerreros. Su carta ostentaba el sello real. No sabíamos que procedía de la mano de un muerto. Arses había corrido la misma suerte que sus hermanos; sus hijos pequeños habían sido eliminados; se había borrado la descendencia masculina de Ocos. Mi padre contempló el sello y ordenó que se abrieran las puertas. Entraron los hombres a caballo.

Habiéndolo observado todo, regresé al jardín que había bajo la torre para entretenerme con juegos infantiles. Escuché gritos y fui a ver. Cinco o seis hombres arrastraban a través de la puerta a un hombre con rostro espantoso. Tenía la parte central ensangrentada y vacía; la sangre manaba penetrándole en la boca y empapándole la barba. Le habían quitado la capa y tenía los hombros cubiertos de sangre porque le habían cercenado las orejas. Lo conocí por las botas. Era mi padre.

Incluso ahora me pregunto cómo lo dejó correr al encuentro de la muerte sin articular palabra alguna, mudo de horror. Supongo que él debió comprenderlo porque cuando habló lo hizo con esta finalidad. Mientras le arrastraban fuera, me gritó con una áspera voz horriblemente alterada por la herida que presentaba en la parte donde antes había estado la nariz:

—¡Nos ha traicionado Orxines! ¡Orxines, recuerda este nombre! ¡Orxines!

Con la boca abierta y gritando, el rostro parecía más aterrador que antes. No sé si escuché las palabras que pronunció. Me quedé como petrificado mientras lo obligaban a arrodillarse y le adelantaban la cabeza tomándolo por el cabello. Les costó cinco o seis golpes de espada partirle el cuello.

Mientras lo hacían, olvidaron vigilar a mi madre. Esta debió correr a lo alto de la torre: en cuanto murió mi padre se arrojó al vacío y no pudieron divertirse con ella. Gritó al caer, pero pienso que lo hizo porque advirtió demasiado tarde que yo estaba debajo. Fue a golpear contra el suelo, a una lanza del lugar en que yo me encontraba, y se le abrió el cráneo.

Espero que el espíritu de mi padre haya podido contemplar su rápida muerte. Podían haberle arrancado la nariz y las orejas después de haberle cercenado la cabeza. Cuando se la hubieran traído, el usurpador no hubiera podido adivinarlo.

Mis hermanas tenían doce y trece años. Había otra de unos nueve, hija de una segunda esposa de mi padre que había muerto de fiebre. Las oí gritar a las tres. No sé si las dieron por muertas una vez que hubieron terminado con ellas los hombres, o bien se las llevaron vivas.

Al final, el capitán del grupo me acomodó sobre su caballo y bajó conmigo colina abajo. Colgada de la mantilla de la silla se hallaba la ensangrentada bolsa que contenía la cabeza de mi padre. Con la poca fuerza de discurrir que me quedaba, me pregunté por qué se habrían compadecido de mí únicamente. Supe la respuesta aquella misma noche.

No me conservó consigo mucho tiempo porque necesitaba dinero. En el patio del tratante de Susa, la ciudad de los lirios, permanecí de pie totalmente desnudo mientras ellos bebían vino de dátiles en unas pequeñas copas y regateaban acerca del precio. A los muchachos griegos se les educa a no sentir vergüenza y están acostumbrados a la desnudez; nosotros somos más modestos. En mi ignorancia pensé que no hubiera podido caer más bajo.

Hacía escasamente un mes, mi madre me había reprendido por mirarme en su espejo diciéndome que era demasiado joven para presumir. No había tenido tiempo más que de mirarme fugazmente el rostro. Mi nuevo propietario tenía otras cosas que añadir.

—Un auténtico pura sangre, la antigua raza persa, la gracia de un corzo. Mirad qué huesos tan delicados, qué perfil; date la vuelta, muchacho; el cabello reluciente como el bronce, liso y fino como la seda de China. Ven aquí, muchacho, deja que lo acaricien. Cejas trazadas con pincel fino. Y estos ojos tan grandes pintados con bistre... Aja, ¡estanques en los que se ahoga el amor! Estas manos tan finas no se estropearán fregando suelos. No me digas que te han ofrecido mejor mercancía en cinco o diez años.

Cada vez que él se interrumpía, el tratante le decía que no quería salir perdiendo. Al final le hizo la última oferta; el capitán dijo que aquello era robar a un hombre honrado, pero el tratante dijo que había que contar con el riesgo.

—Perdemos a uno de cada cinco cuando los castramos.

«Castrarlos», pensé mientras la mano del terror cerraba la puerta de la comprensión. Había visto cómo lo hacían con los bueyes en casa. No hablé ni me moví. No imploré nada. Sabía que no podía esperar piedad alguna del mundo.

La casa del tratante era fuerte como una prisión y los muros del patio tenían quince pies de altura. A un lado había un cobertizo en el que llevaban a cabo las castraciones. Primero me purgaron y casi mataron de hambre porque se considera que de esta forma es más seguro; me acompañaron al interior, frío y vacío, y vi la mesa con los cuchillos y la estructura con una especie de moldes para las piernas separadas a la que te atan, con negras manchas de sangre reseca y sucias correas. Me arrojé entonces a los pies del tratante y se los abracé llorando. Pero fueron para mí como mozos de granja ante los lamentos de un ternero. No me hablaron, me desnudaron mientras hablaban entre ellos de no sé qué chismorreos de mercado, hasta que empezaron, y yo no supe de otra cosa más que el dolor y de mis propios gritos.

Dicen que las mujeres olvidan los dolores del parto. Es que se hallan en manos de la naturaleza. Ninguna mano tomó la mía. Fui un cuerpo de dolor en una tierra y cielo de tinieblas. Sólo la muerte conseguirá que lo olvide.

Había una anciana esclava que me vendó las heridas. Era hábil y limpia porque los muchachos eran mercancía y, tal como me dijo en cierta ocasión, la azotaban si perdían a alguno. Los cortes apenas se me ulceraron; solía decirme que me habían hecho un buen trabajo y más tarde, añadía, riéndose, yo saldría ganando. De nada me servían sus palabras y sólo sabía que se reía de mi dolor.

Cuando sané me vendieron en pública subasta. De nuevo permanecí de pie desnudo, pero esta vez ante la gente que me miraba. Desde la plataforma en que me encontraba podía ver los brillantes destellos del palacio en el que mi padre había prometido presentarme al rey.

Me compró un mercader de piedras preciosas, si bien fue su esposa quien me escogió, señalándome con el dedo de uñas pintadas de rojo desde su silla de mano encortinada. El subastador se había demorado y había insistido; el precio le había decepcionado. A causa del dolor y los sufrimientos, había perdido carne e indudablemente buena parte de mi apostura. Me habían atiborrado de comida, pero yo la había vomitado casi toda, como si mi cuerpo se negara a vivir; y así se libraron de mí. La esposa del joyero quería a un agraciado servidor que la distinguiera de las concubinas y yo le bastaba. También poseía un mono de verde pelaje.

Me encariñé con el mono de cuya alimentación estaba encargado. Cuando me veía, volaba hacia mí saltando por el aire y se me agarraba al cuello con sus negras y duras manecitas. Pero un día ella se cansó y lo vendió.

Todavía era joven y vivía al día. Pero cuando vendieron al mono empecé a reflexionar. Jamás sería libre; me comprarían y venderían como al mono; y jamás sería un hombre. De noche yacía despierto pensando en ello y de día me parecía que sin la virilidad me había hecho viejo. Ella me dijo que tenía aspecto enfermizo y me facilitó un remedio que me produjo intensos retortijones. Pero no era cruel y jamás me azotaba a menos que rompiera algo que apreciara.

Encontrándome en casa del comerciante se proclamó al nuevo rey. Al haberse extinguido la descendencia directa de Ocos, sólo era real por parentesco indirecto pero parecía que el pueblo le amaba. Datis, mi amo, no traía ninguna noticia al harén pensando que la única ocupación de las mujeres era la de agradar a los hombres y que la de los eunucos era la de vigilarlas. Pero el jefe de los eunucos nos traía todos los chismorreos del bazar complaciéndose en su propia importancia. ¿Por qué no, si era lo único que tenía?

Darío, el nuevo rey, decía, poseía belleza y valor. Cuando Ocos se hallaba en guerra con los cardusios y su gigantesco campeón había desafiado a los guerreros del rey, sólo se había adelantado Darío. Tenía seis pies y medio de estatura y había traspasado al hombre con un solo venablo, y desde entonces había vivido rodeado por la fama. Había habido consultas y los magos habían escrutado los cielos pero nadie se había atrevido en el consejo a oponerse a la elección de Bagoas, al que temían demasiado. No obstante, parecía que hasta aquellos momentos el nuevo rey no había matado a nadie. Se decía que era bondadoso e indulgente.

Mientras agitaba el abanico de pavo real de mi ama, recordé la fiesta del cumpleaños de mi padre, la última de su vida; los huéspedes subiendo por la colina y entrando a través de la puerta, los sirvientes encargándose de los caballos; mi padre, conmigo al lado, dándoles la bienvenida. Uno de los hombres superaba con mucho la estatura de todos los demás y ofrecía un aspecto tan guerrero que ni siquiera a mí se me había antojado viejo. Era apuesto, con todos los dientes sanos, y me había levantado en brazos como a un niño pequeño provocándome la risa. ¿No se llamaba Darío? Pero tanto si era un rey como otro, pensé mientras seguía agitando el abanico, ¿qué se me daba a mí?

La noticia pronto perdió interés y entonces empezaron a hablar de Occidente. Allí vivían bárbaros de los que yo había oído hablar a mi padre, salvajes de cabello rojizo que se pintaban de azul; vivían al norte de los griegos, la tribu llamada de los macedonios. Primero habían efectuado incursiones; después habían tenido la osadía de declarar la guerra, y los sátrapas de la costa se estaban armando. Pero ahora se decía que poco después de la muerte del rey Arses, también había sido asesinado su rey en el transcurso de un espectáculo público al que había acudido sin escolta, según su bárbaro estilo. Su heredero no era más que un muchacho; por consiguiente, ya no había que preocuparse por ellos.

Mi vida transcurría entre los pequeños deberes del harén, haciendo las camas, portando bandejas, mezclando sorbetes de nieve de la montaña y limón, pintando las uñas de mi ama y recibiendo las caricias de las muchachas; Datis sólo tenía una esposa, y tres jóvenes concubinas que se mostraban amables conmigo sabiendo que al amo no le gustaban los muchachos. Pero si alguna vez las servía, mi ama me tiraba de la oreja.

Pronto me encomendaron pequeños recados: comprar alheña y alcohol y hierbas para los armarios de la ropa, y todas las cosas impropias de la dignidad de un jefe de los eunucos. Y me tropezaba con otros eunucos que también salían a comprar. Algunos eran igual que él, gordos y fofos, con pechos como de mujer y, aunque yo crecía muy aprisa, cuando veía a uno se me quitaban las ganas de comer. Otros estaban encogidos y arrugados como viejas marchitas. Pero algunos se mantenían altos y erguidos, con cierta apariencia de orgullo; me preguntaba a menudo cuál debía ser su secreto.

Estábamos en verano, los naranjos del patio de las mujeres perfumaban el aire mezclándose con el fragante sudor de las muchachas mientras éstas sumergían los dedos en el estanque de los peces. Mi ama me había comprado una pequeña arpa de las que se sostienen sobre las rodillas y le había pedido a una de las muchachas que me enseñara a pulsarla. Estaba cantando cuando entró corriendo el jefe de los eunucos casi sin resuello y temblando. Estaba deseando dar la noticia, pero se detuvo para secarse la frente y quejarse del calor, obligándonos a esperar. Podía adivinarse que era un gran día.

—Señora —dijo—, ¡Bagoas ha muerto!

Todo el patio empezó a gorjear como una bandada de estorninos. Mi ama agitó la regordeta mano para pedir calma.

—¿Pero, cómo? ¿No sabes nada más?

—Sí, señora. —Volvió a secarse la frente hasta que ella le invitó a que se sentara; sentado en el cojín, miró a su alrededor como un narrador de historias de mercado—. Es la comidilla de palacio porque ha sido presenciado por muchos, como veréis. Ya sabéis, señora, que sé dónde preguntar; si algo puede saberse, yo me entero. Parece ser que ayer el rey recibió en audiencia a Bagoas. Tratándose de hombres de tanto rango, sólo se sirven vinos selectos, claro. Se trajo el vino y se escanció en copas incrustadas de oro. El rey tomó la real, Bagoas la otra, y el cortesano esperó a que bebiera el rey. Durante un rato, éste sostuvo la copa en la mano hablando de cosas intrascendentes y observando el rostro de Bagoas; después hizo ademán de ir a beber pero volvió a bajar la copa, mirando a Bagoas en silencio. Después le dijo así:

»—Bagoas, has sido fiel servidor de tres reyes. Un hombre tal merece que se le honre. Aquí está mi copa para que bebas a mi salud; yo beberé de la tuya.

»E1 copero se la entregó a Bagoas y le dio la otra al rey.

»Alguien que me hizo el honor de confiar en mí me dijo que el rostro del jefe palaciego se puso del color del pálido cieno del río. El rey bebió y se produjo el silencio.

»—Bagoas —dijo el rey—, yo he bebido; estoy esperando que bebas a mi salud. —Entonces Bagoas se acercó la mano al pecho, tomó aliento y le rogó al rey que le disculpara; se sentía desfallecido y suplicaba su venia para retirarse. Pero el rey le dijo—: Siéntate, el vino será tu mejor medicina. —El cortesano se sentó porque pareció que se le estaban doblando las rodillas, mientras la copa temblaba en su mano y se derramaba el vino. Después, el rey se inclinó hacia delante en su asiento elevando la voz para que todos lo oyeran—: Bébete el vino, Bagoas, porque te lo digo y no miento: cualquier cosa que haya en esa copa, más te vale bebería.

»Bagoas bebió y, cuando iba a levantarse, la guardia real lo rodeó con sus afiladas lanzas. El rey esperó a que le hiciera efecto el veneno antes de retirarse y dejar que lo vieran morir. Me dicen que tardó una hora.»

Se produjeron grandes exclamaciones, como monedas que cayeran en el gorro del narrador de historias. El ama preguntó quién había advertido al rey. El jefe de los eunucos miró con astucia y bajó la voz.

—El copero real ha recibido una túnica de honor. Señora, ¿quién sabe? Algunos dicen que el rey mismo tuvo en cuenta el destino de Ocos; que cuando se cambiaron las copas el jefe palaciego leyó la expresión de su rostro pero no pudo hacer nada. Que la mano de la discreción cubra la boca prudente.

Por consiguiente, el divino Mitra, Vengador del Honor, se había mostrado fiel a sí mismo. El traidor había muerto por traición, tal como debía ser. Pero el tiempo de los dioses no es como el tiempo de los hombres. Mi tocayo había muerto tal como me había prometido mi padre, pero había muerto demasiado tarde para mí y para todos los hijos de mis hijos.

cap-2

2

Serví dos años en el harén y no sufrí nada peor que un tedio del que me sorprendía a veces no morirme. Crecí en estatura y dos veces tuvieron que hacerme ropa nueva. Pero mi crecimiento se había detenido. En casa solían decir que sería tan alto como mi padre, pero la castración debía haberme provocado una conmoción que me había cambiado. Soy poco más que bajo y toda la vida he conservado el aspecto de un muchacho.

No obstante, escuchaba con frecuencia alabar mi belleza en el bazar. A veces me dirigía la palabra algún hombre pero yo giraba la cabeza; no me hablaría, pensaba yo, si supiera que soy un esclavo. Tal era todavía mi ingenuidad. Me alegraba de huir de la charla de las mujeres, ver la vida del bazar y tomar el aire.

Más adelante mi amo empezó a encomendarme misiones tales como llevar notas a los joyeros acerca de la nueva mercancía que tenía almacenada, y cosas parecidas. Me horrorizaba que me enviara a los talleres reales, a pesar de que Datis creía causarme con ello una alegría. Los obreros eran todos esclavos, principalmente griegos, apreciados por su habilidad. Como es natural, tenían la cara marcada con hierro candente, pero como castigo, o tal vez para evitar que huyeran, a la mayoría de ellos les habían amputado un pie y a veces los dos. Algunos precisaban de las dos manos y pies para manejar la rueda cinceladora que utilizaban para grabar las piedras y a éstos, para que no pudieran huir sin poder ser descubiertos, se les amputaba la nariz. Yo miraba a cualquier parte menos a ellos hasta que advertía que el joyero me vigilaba en la suposición de que andaba buscando robar algo.

En casa me habían enseñado que, después de la cobardía y la mentira, la peor desgracia que podía acontecerle a un hombre era el comercio. En la venta no había ni que pensar; hasta la compra era vergonzosa; había que vivir de la propia tierra. Incluso el espejo de mi madre, que tenía un muchacho alado como adorno y procedía de la Jonia, había formado parte de su dote. Aunque ya llevaba mucho tiempo yendo por mercancías, jamás dejaba de sentir vergüenza. Es bien cierto que los hombres no saben apreciar la fortuna hasta que la han perdido.

Era un mal año para los joyeros. El rey se había ido a la guerra y había dejado la Ciudad Alta más muerta que una tumba. El joven rey de Macedonia había puesto el pie en Asia y estaba arrancando del dominio persa todas las colonias griegas. Tenía poco más de veinte años y al principio se había considerado que el asunto podría dejarse en manos de los sátrapas de la costa. Pero él los había derrotado y había cruzado el Gránico habiendo demostrado que era tan duro de pelar como su padre.

Se decía que no tenía esposa, que no llevaba corte alguna consigo, sólo sus hombres, como un ladrón o bandido cualquiera. Pero de esta manera conseguía desplazarse con rapidez, incluso a través de terrenos montañosos desconocidos para él. Por orgullo lucía resplandecientes armas, con objeto de que pudiera identificársele en el transcurso de las batallas. Se contaban muchas cosas de él que no referiré aquí porque las que eran ciertas las conoce todo el mundo y de las falsas ya estamos hartos. En cualquier caso, ya había llevado a cabo todo lo que su padre se había propuesto y parecía que aún no se daba por satisfecho.

El rey, por tanto, había reunido un ejército real para salir a su encuentro. Puesto que el rey de reyes no iba desnudo a la guerra como un joven invasor occidental, se había llevado consigo la corte con sus sirvientes, coperos y eunucos, con la reina madre, la reina, las princesas y el pequeño príncipe y sus correspondientes servidores, los eunucos y peluqueros, y mujeres encargadas de la ropa y todos los demás. La reina, de la que se decía que era de belleza incomparable, siempre había dado mucho dinero a ganar a los joyeros.

Los cortesanos del rey también se habían llevado a sus mujeres, las esposas y, con frecuencia, las concubinas, por si la guerra se prolongaba. Por consiguiente, en Susa sólo compraba joyas la gente que se conforma con piedras preciosas de imitación.

Mi ama no estrenó ningún vestido nuevo aquella primavera y se mostró muy dura con todos nosotros durante muchos días; la más bonita de las concubinas exhibía un velo nuevo y ello hizo que la vida nos resultara insoportable por espacio de una semana. El jefe de los eunucos disponía de menos dinero para la compra; a mi ama le escaseaban los dulces y a los esclavos la comida. Mi único consuelo era acariciarme la fina cintura al compararla con la del jefe de los eunucos.

No engordaba pero sí crecía. Aunque la ropa había vuelto a quedárseme estrecha, pensaba que seguiría llevándola; pero, para mi asombro, el amo me regaló un vestido nuevo: túnica, pantalones y ceñidor, y otra túnica exterior de mangas anchas. El ceñidor hasta iba bordado con hilo de oro. Era todo tan bonito que me agaché junto al estanque para admirarme y me sentí complacido.

Aquel mismo día, poco después del mediodía, el amo mandó llamarme a su sala de trabajo. Recuerdo que se me antojó extraño que no me mirara. Escribió unas palabras y selló el papel diciéndome:

—Llévale esto a Obares, el maestro joyero. Ve directamente allí; no te entretengas a haraganear por el bazar. —Se miró las uñas de los dedos y después me miró a mí—. Es mi mejor cliente; por lo tanto, procura ser amable con él.

Las palabras me sorprendieron.

—Señor —le dije—, jamás he sido descortés con ningún cliente. ¿Acaso dice alguno que lo he sido?

—No, no —repuso jugueteando con unas turquesas sueltas que había en una bandeja—. Sólo te digo que seas amable con Obares.

Pero aun así me dirigí a la casa pensando que a mi amo debían preocuparle las relaciones comerciales con aquel hombre. Otras cosas que tenía en la cabeza habían borrado de mi recuerdo al capitán que me sacó de casa y lo que éste me había hecho. Cuando me despertaba llorando de noche, lo hacía a causa de algún sueño en el que veía a mi padre con el rostro desnarigado y gritando. Sin ningún temor entré en el taller de Obares, un rechoncho babilonio con una tupida y negra barba. Éste leyó la nota y me acompañó a la trastienda como si ya me estuviera esperando.

Apenas recuerdo lo que sucedió después, como no sea su hedor, que aún hoy sigo recordando y el hecho de que, al terminar, me diera un trozo de plata para mí. Se lo entregué a un leproso de la plaza del mercado, que lo recibió en la palma de una mano sin dedos y me deseó la bendición de una larga vida.

Pensé en el mono de verde pelaje al que se llevó un hombre de torvo rostro que dijo que iba a adiestrarlo. Se me ocurrió pensar que tal vez me habían enviado a un comprador para que éste me probara. Me acerqué al arroyo y vomité. Nadie me hizo caso. Empapado en sudor frío, regresé a la casa de mi amo.

Tanto si Obares iba a comprarme como si no, mi amo no iba a venderme. Le convenía más hacerle favores a Obares. Me prestaba a éste dos veces por semana.

Dudo mucho que mi amo se llamara a sí mismo alguna vez lo que realmente era. No hacía más que complacer a un buen cliente. Después se enteró un amigo de Obares y hubo que complacerlo también a él. Al no pertenecer al oficio, éste tuvo que pagar con monedas y divulgó la noticia. No tardé mucho en pasarme fuera de casa la mayoría de las tardes.

A los doce años hace falta una desesperación demasiado perfecta para morir solo. Pensaba en ello a menudo; había soñado que mi padre desnarigado gritaba mi nombre en lugar del nombre del traidor. Pero las murallas de Susa no eran lo suficientemente elevadas como para arrojarme desde ellas y no había ninguna otra cosa segura. En cuanto a huir, tenía el ejemplo de los muñones de las piernas de los esclavos del joyero real.

Por consiguiente, seguí complaciendo a los clientes, tal como se me ordenaba. Algunos eran mejores que Obares, otros mucho peor. Aún recuerdo el frío vuelco que me daba el corazón cuando me dirigía a la casa de algún desconocido y cómo, cuando alguno de ellos exigía de mí algo que no puedo describir, pensaba en mi padre, no ya como una máscara desnarigada, sino de pie en la noche de la fiesta de su cumpleaños, mientras nuestros guerreros ejecutaban la danza de las espadas a la luz de las antorchas. Para honrar su espíritu, golpeaba al hombre y le llamaba lo que se merecía.

Mi amo no me azotaba con el látigo emplomado que utilizaba con el portero nubio, porque no quería estropearme, pero el bastón golpeaba fuerte y, mientras todavía me dolían los golpes, me enviaba de nuevo a la casa del cliente a pedirle perdón y resarcirlo.

Llevé esta vida durante algo más de un año sin ver la huida hasta que fuera demasiado viejo. Mi ama nada sabía de ello, y yo procuraba engañarla; siempre le contaba alguna que otra historia de mis andanzas diarias. Era más honrada que su esposo y se hubiera enfurecido, aunque no estuviera en su mano salvarme. De haber sabido la verdad, se hubiera armado en la casa tal alboroto que el amo se hubiese visto obligado a venderme al mejor postor. Cuando pensaba en los postores, me cerraba la boca la mano de la discreción.

Siempre que cruzaba el bazar me imaginaba que la gente decía: «Ahí va la ramera de Datis». Y, sin embargo, tenía que traer noticias para complacer a mi ama. Los rumores se adelantaban a la verdad afirmando que el rey había empeñado una gran batalla con Alejandro en Isos, junto a la costa, y que la había perdido, viéndose obligado a huir a lomos de su caballo y a abandonar el carro y las armas. Bueno, pero había escapado, pensaba yo; algunos de nosotros nos daríamos por bien pagados con esta suerte.

Cuando llegaron las auténticas noticias, supimos que había sido tomado el harén con la reina madre, la reina, sus hijas y su hijo. Los compadecí; tenía buenos motivos para saber cuál iba a ser su destino. Aún resonaban en mis oídos los gritos de las muchachas; me imaginaba al muchacho atravesado por las lanzas, porque ésta hubiera sido mi suerte de no ser por la codicia de un hombre. No obstante, puesto que no conocía a aquellas señoras y me debía a la casa de alguien que conocía demasiado bien, guardé para mí un poco de compasión.

Más tarde, alguien que aseguraba que la noticia procedía directamente de Kilikia, dijo que Alejandro había alojado a las mujeres reales en su propio pabellón, sin haber sido tocadas por hombre alguno, con sus propios servidores, y que hasta el muchacho seguía con vida. Todo el mundo se rió de la historia, porque es bien sabido que nadie se comporta así en la guerra, y mucho menos los bárbaros de Occidente.

El rey se había retirado a Babilonia y pasaría el invierno allí. Pero en primavera hace calor; sin gran pompa, regresó a Susa para descansar de sus fatigas mientras los sátrapas reunían otro ejército. Estaba trabajando y no tuve ocasión de ver la cabalgata real tal como me hubiera gustado, siendo todavía, en el fondo, un chiquillo. Al parecer, Alejandro no se había desplazado al interior, como era de esperar, sino que había tenido la osadía de detenerse frente a Tiro, una plaza fuerte isleña que no caería ni en diez años de asedio. Mientras él se entregaba a esta diversión, el rey podría reposar.

Ahora que había regresado la corte, aunque la reina estuviera ausente, esperaba que volviera a prosperar el comercio de las joyas; en tal caso, tal vez pudiera yo abandonar mi comercio y volver a servir en el harén. Antes, ello se me había antojado aburrido, pero ahora me parecía un oasis.

Es posible que penséis que ya me había conformado. Pero diez años son diez años, aunque ya los hubiera dejado atrás desde hacía tres. Allá lejos, en la montaña aún podía distinguir las ruinas de mi hogar.

Tenía clientes de los que, de haberles yo halagado, hubiera podido recibir buen dinero que no hubiera tenido por qué mostrarle a mi amo. Antes hubiera comido estiércol de camello. Sin embargo, a algunos les atraía mi rostro malhumorado y me cortejaban para obtener una sonrisa. Otros me lastimaban de distintas maneras, pero yo adivinaba que lo harían de todas formas y que el servilismo aún los alentaría en su empeño. A los peores, que me dejaban lleno de cardenales, mi amo no me entregaba no por piedad sino porque estropeaban la mercancía. De algunos recibía algún regalo. No rechazaba algún que otro pequeño trozo de plata, ya que con él podía comprarme un poco de kif. Puesto que raras veces lo tomaba, me atontaba casi antes de fumarlo. Por eso aún hoy su simple aroma me pone enfermo.

Algunos, a su manera, eran amables. Con ellos me parecía que su honorabilidad exigía algo a cambio. Procuraba complacerlos, puesto que no podía ofrecerles otra cosa y ellos se alegraban de poder enseñarme a hacerlo mejor. Así aprendí los rudimentos del arte.

Había un vendedor de alfombras que, cuando terminaba, me trataba como a un invitado, me sentaba a su lado en el diván, me ofrecía vino y conversaba conmigo. El vino se lo agradecía, porque a veces él me provocaba dolor, aunque sin querer, puesto que era amable y complaciente. Pero yo me lo callaba por orgullo o tal vez por la modestia que aún pudiera haber en mí.

Un día tenía colgada de la pared una alfombra, que había costado diez años de trabajo, para admirarla, dijo, antes de que pasara a manos del comprador, un amigo del rey que sólo se conformaba con lo mejor.

—Creo —me dijo— que es posible que haya conocido a tu padre.

Advertí que la sangre huía de mi rostro y que las manos se me enfriaban. Hasta entonces había supuesto que mi origen permanecía en secreto y que el nombre de mi padre se mantenía al margen de mi deshonra. Ahora sabía que mi amo se había enterado a través del tratante y que se jactaba de ello. ¿Y por qué no? El jefe palaciego a cuya venganza yo había escapado, había caído en desgracia y estaba muerto; no era un delito haberlo engañado. Pensé en nuestro nombre en boca de todos aquellos que me habían puesto las manos encima.

El paso de un mes me tranquilizó un poco, pero no demasiado. Había algunos a los que gustosamente hubiera matado por saber lo que sabían. Cuando volvió a llamarme el vendedor de alfombras, me alegré de que no fuera otro peor.

Me acompañaron al patio de la fuente en el que a veces él se sentaba sobre cojines, bajo un toldo azul, hasta que entrábamos en la casa. Pero esta vez no estaba solo: sentado a su lado se encontraba otro hombre. Me quedé petrificado junto a la puerta, pudiéndoseme leer claramente, según creo, los pensamientos en la cara.

—Entra Bagoas —me dijo él—. No te atemorices tanto, mi querido muchacho. Hoy mi amigo y yo no te pedimos más que el refrigerio de contemplarte y el placer de escucharte cantar. Me alegra ver que has traído el arpa.

—Sí —repuse—, el amo me ha dicho que así lo deseabas.

Me pregunté si le habría cobrado de más.

—Entra, pues. Ambos nos sentimos irritados por las inquietudes del día: tú nos apaciguarás el alma.

Les canté pensando que después iban a exigirme algo más. El huésped no tenía aspecto de comerciante; era casi como los amigos de mi padre, pero más suave. Algún protector del anfitrión, pensé; después le seré servido en bandeja, adornado con hojas verdes.

Me equivocaba. Me pidieron otra canción, después hablaron conmigo de naderías y, finalmente, me ofrecieron un pequeño regalo y me despidieron. Jamás me había sucedido nada semejante. Al cerrarse a mi espalda la puerta del patio, oí que bajaban la voz y supe que hablaban de mí. Bueno, pensé, había sido un trabajo fácil. Más tarde tendría noticias de aquel hombre.

Y así fue. Al día siguiente de mi visita me compró.

Le vi entrar en la casa. Se sirvió vino; el nubio que se encargó de hacerlo dijo que estaban regateando mucho, pero que no sabía acerca de qué, porque él sólo comprendía el persa vulgar. Pero yo empecé a extrañarme. Cuando más tarde el amo me mandó llamar, lo supe antes de que me hablara.

—Bien, Bagoas —me dijo sonriendo de oreja a oreja—, eres un muchacho muy afortunado; vas a pasar a un servicio muy bueno. —«A cambio de un precio también muy bueno», pensé yo—. Enviarán a buscarte mañana por la mañana.

Y me despidió. Yo le pregunté:

—¿Qué clase de servicio, señor?

—Eso es cosa de tu nuevo amo. Procura mostrarte respetuoso con él. Aquí has recibido muy buenas enseñanzas.

Abrí la boca, pero no dije nada. Lo miré simplemente a la cara: su rostro se demudó y sus ojos de cerdo apartaron la mirada. Después me dijo que me fuera, pero me alegré de haberlo hecho.

Al igual que al mono, se me enviaba a un destino desconocido. Mi ama me empapó con sus lágrimas; era como encontrarme envuelto en cojines húmedos. Como es natural, el amo me había vendido sin consultárselo.

—Has sido un muchacho tan dulce y bueno, tan amable. Sé que aún lloras a tus padres, lo he visto en tu rostro. Rezo para que tengas un buen amo; todavía eres un niño y aquí has vivido muy tranquilo.

Volvimos a llorar y todas las muchachas me abrazaron por turno. Su perfumado frescor me resultaba agradable comparado con algunos de mis recuerdos. Tenía trece años y pensaba que ya no podría aprender nada nuevo cuando cumpliera los quince.

Al día siguiente me recogió, según lo acordado, un eunuco de elevada estatura que debía de tener unos cuarenta años; era apuesto y conservaba todavía una buena figura. Era tan cortés que me atreví a preguntarle el nombre del nuevo amo. Me sonrió con discreción.

—Primero tenemos que comprobar si sirves para su casa. Pero no seas impaciente, muchacho; todo se andará.

Comprendí que me ocultaba algo, aunque no por perversidad. Mientras nos dirigíamos más allá del bazar, hacia las recoletas calles en las que se levantaban las grandes mansiones, esperé que los gustos de mi nuevo amo no fueran demasiado estrafalarios.

La casa era como todas las demás, protegidas de la calle por un elevado muro y con una gran puerta tachonada con adornos de bronce. El patio exterior tenía árboles muy altos cuyas copas apenas se divisaban desde la calle. Todo era viejo y digno. El eunuco me acompañó a una pequeña estancia del ala de la servidumbre en la que sólo había una cama. Me había pasado tres años conciliando el sueño sobre el trasfondo de los silbantes ronquidos del jefe de los eunucos. Sobre la cama había vestidos nuevos. Eran más sencillos que los míos; sólo cuando me los hube puesto observé su calidad. El eunuco examinó mi propia ropa tomándola entre el índice y el pulgar y resopló con desprecio.

—Llamativa y vulgar. Aquí no podemos aprovecharla. Sin embargo, algún muchacho necesitado se alegrará de tenerla.

Pensé que iban a conducirme ante la presencia de mi amo; pero, al parecer, no iba a ver su rostro antes de mi adiestramiento, que se inició aquel mismo día.

Era una enorme casa antigua, muy fría y con toda una serie de habitaciones que daban a un patio y que, al parecer, no se utilizaban, puesto que en algunas de ellas no había más que un arca antigua y un viejo diván con cojines destripados. Desde éstas pasamos a otra en la que había muebles de gran calidad y que pensé que debían utilizarla como almacén. A uno de los lados había una mesa con una bonita silla tallada; había una alacena con preciosas vasijas de cobre esmaltado y, al fondo, había un imponente lecho con pabellón bordado. Me extrañó que estuviera preparado con el taburete de la ropa y la mesilla de noche. Todo aparecía lustroso y limpio pero no producía la sensación de estar habitado. Las enredaderas cubrían las caladas ventanas y la luz penetraba tan verde como el agua de un estanque de peces.

Sin embargo, pronto comprendí que había un método en todo aquello. Era mi campo de adiestramiento.

El eunuco se sentó en la silla tallada como si fuera el maestro, instruyéndome a que le sirviera este o aquel plato, le escanciara vino, posara la copa o la depositara en la mano del amo. Sus modales eran tan altaneros como los de un señor, pero no me golpeó ni insultó en ningún momento y no experimenté hacia él malquerencia alguna; comprendí que el pavor que me inspiraba formaba también parte de mi adiestramiento. Porque supe que había cambiado de situación y estaba empezando a asustarme.

Me trajeron el almuerzo allí y no comí con la servidumbre. Desde que había entrado en la casa no había visto a nadie más que al eunuco. Todo empezó a antojárseme muy aterrador y temía que me ordenara que durmiera en aquella cama. Estaba seguro de que por la noche habría fantasmas. Pero después de cenar me fui a dormir a mi celda. Hasta la letrina del jardín, a la que acudí, estaba desierta, cubierta de herbajes y llena de arañas, como si nadie la utilizara.

A la mañana siguiente, el eunuco me hizo repetir todas las lecciones del día anterior. A pesar de tratarse de un hombre de gran dignidad, se le veía un poco inquieto. Yo pensé: «Claro, está esperando al amo», y a causa del nerviosismo rompí un plato.

De repente se abrió la puerta de par en par y, como si ésta hubiera dejado al descubierto un jardín lleno de flores, entró un joven. Se adelantó tranquilo, apuesto y seguro de sí mismo, ricamente vestido, adornado con oro y perfumado con costosas esencias. Tardé unos instantes en percatarme de que, a pesar de haber rebasado ya los veinte años, era barbilampiño. Parecía tan eunuco como un griego rasurado.

—Mis saludos, ojos de gacela —me dijo sonriendo y dejando al descubierto unos dientes que parecían almendras recién descortezadas—. Por una vez, veo que han dicho la verdad —se dirigió a mi mentor—. ¿Y qué tal progresa?

—No del todo mal, Oromedon, teniendo en cuenta que carece de toda base. Con el tiempo conseguiremos hacer algo de él.

Habló con respeto, pero no como se le habla a un amo.

—Vamos a ver —le indicó a un esclavo egipcio que depositara el fardo que llevaba y se retirara; yo estaba dedicándome al trabajo de servir la mesa; al ir a escanciar el vino él se dirigió a mí—: Tienes el codo un poco rígido. Cúrvalo así. —Me flexionó el brazo entre sus manos—. ¿Lo ves? De esta manera la línea resulta mucho más bonita.

Seguí con los dulces y me detuve, esperando algún reproche.

—Muy bien. Pero ahora vamos a probar con un servicio como es debido. —Desató el fardo que había traído el esclavo y apareció un tesoro que me hizo abrir los ojos: copas, jarros y platos de plata pura cincelada con incrustaciones de flores de oro—. Ven —me dijo apartando a un lado el cobre—. Hay una forma de manejar los objetos preciosos que sólo se aprende tocándolos. —Me dirigió una enigmática sonrisa y me miró con sus alargados ojos oscuros. Al tomar yo en mis manos los objetos dijo—: ¡Ah! ¿Lo ves? No les tiene miedo, comprende que hay que tratarlos con mimo. Creo que conseguiremos muchos progresos. —Miró a su alrededor—. ¿Pero dónde están los cojines? ¿Y la mesilla del vino? Debe aprender a servir en el aposento interior. —El otro levantó los ojos hacia él—. Ah, sí—prosiguió, sonriendo suavemente mientras le tintineaban los pendientes de oro—, desde luego. Manda traer las cosas y yo mismo le enseñaré. No me harás falta.

Cuando llegaron los cojines se sentó y me mostró la forma de acercarle la bandeja arrodillándome. Era tan amable hasta cuando me corregía que pronto conseguí dominar el nuevo trabajo sin nerviosismo alguno.

—Excelente. Rápido, hábil y tranquilo. Y ahora pasemos a los ritos de la alcoba.

—Me temo que no los he aprendido todavía, señor.

—No tienes por qué seguir llamándome señor. Eso era para que aumentara en ti el sentido de la ceremonia. No, eso forma parte de la instrucción. Hay mucho ritual de alcoba pero bastará con que le demos un rápido repaso, casi siempre se encargará de ello gente de mayor rango. Sin embargo, es importante no estar en condiciones de inferioridad. Primero prepararemos el lecho que ya debiera estar hecho. —Levantamos los cobertores y los doblamos hacia atrás; aparecieron unas sábanas de lino egipcio calado—. ¿No hay perfume? No sé quién habrá preparado esta alcoba. Parece una posada de camelleros. No obstante, supongamos que aspiramos fragancia de perfume. —Se quedó de pie junto al lecho y se quitó el plegado gorro—. En realidad, de eso se encargará una persona muy encumbrada. Hay un procedimiento especial para quitar el ceñidor; como es natural, él no se dará la vuelta. Deslizas las manos a su alrededor y las cruzas; sí, muy bien. Y ahora la túnica. Empieza a desabrocharla por arriba. Ahora levántala por detrás y deslízala hacia abajo; él se limitará a separar un poco los brazos para facilitar la labor. —Le quité la túnica dejando al descubierto sus finos hombros aceitunados sobre los que se esparcían sus negros rizos levemente tenidos de alheña; se sentó en la cama—. Para el calzado, hinca ambas rodillas, siéntate un poco y coloca cada uno de los pies sobre las rodillas empezando siempre por el derecho. No, no te levantes todavía. Él se ha aflojado el cinturón de los calzones, tú se los deslizarás hacia abajo, permaneciendo arrodillado y con la mirada baja. —Levantó un poco su peso para que pudiera hacerlo y lo dejé con la ropa interior de lino, era extremadamente agraciado y con una piel impecable; su belleza era más bien de tipo medo y no persa—. No los has doblado. El sirviente se los llevará, pero no debe haber ni un solo momento de desorden. Si esta alcoba estuviera convenientemente preparada, le pondrías la camisa de dormir (si lo he olvidado, la culpa es mía), bajo la cual se quitará la ropa interior según las normas de la decencia. —Se cubrió recatadamente con la sábana y arrojó la ropa interior a un taburete—. Y ahora, si previamente no se ha dicho nada, espera atentamente la señal que te indique que has de quedarte cuando todos los demás se hayan retirado. No será muy evidente, una simple mirada, como ésta, o un leve movimiento de la mano. No te quedes de pie sin hacer nada, ocúpate en algo. Ya te enseñaré a hacerlo cuando dispongamos de todo lo necesario. Entonces, cuando estéis solos, te indicará así que te desnudes. Dirígete a los pies de la cama, desnúdate rápida y esmeradamente y no dejes la ropa a la vista; él no quiere verla. Exactamente, quítatelo todo. Ahora te está permitido acercarte con una sonrisa, pero procura que ésta no resulte demasiado íntima. Perfecto, perfecto; procura conservar este aire de timidez. Y ahora...

Levantó las sábanas con una sonrisa tan cortés y autoritaria que me metí en el lecho sin darme cuenta.

Fui a levantarme mientras el corazón se me llenaba de reproche y cólera. Me había gustado y había confiado en él; y él me había engañado y se había burlado de mí. No era mejor que los demás.

Extendió la mano y me asió el brazo con firmeza, pero sin cólera ni codicia.

—Tranquilízate, ojos de gacela. Calla y escúchame. —Yo no había pronunciado ni una sola palabra, pero me quedé quieto y dejé de forcejear—. No te he dicho hasta ahora ni una sola palabra de mentira. Yo no soy más que un maestro; todo esto forma parte de la instrucción. Si a mí me gusta el trabajo, tanto mejor para los dos. Sé lo que deseas olvidar y pronto podrás conseguirlo. Hay en ti como un orgullo herido pero indomable; tal vez sea ésta la causa de que tu lindeza se haya convertido en hermosura. Con este temperamento, viviendo como lo has hecho entre tu sórdido amo y sus vulgares amigos, debes haberte estado conteniendo constantemente. Y con toda la razón. Pero esa época ya ha pasado. Se abre ante ti una nueva existencia. Ahora debes aprender a entregarte un poco. Para eso estoy aquí, para enseñarte el arte del placer. —Extendió la otra mano y me obligó suavemente a tenderme—. Ven, te prometo que conmigo te gustará mucho más.

No supe resistir a la persuasión. Era posible que poseyera alguna magia por cuya virtud todo resultara agradable. Y eso me pareció al principio, puesto que era tan hábil como encantador, igual que una criatura de un mundo distinto al que yo conocía; me pareció que podría demorarme indefinidamente en las antesalas del deleite. Tomé todo lo que se me ofreció, olvidando mis antiguos recelos y, cuando el dolor hundió sus garras en mí, fue peor que nunca. Me fue imposible por primera vez guardar silencio.

—Lo siento —dije en cuanto pude—. Espero no habértelo echado a perder. No he podido evitarlo.

—¿Pero qué ha sucedido? —me preguntó, inclinándose hacia mí, preocupado—. No es posible que te haya lastimado.

—No, desde luego. —Dirigí la mirada hacia las sábanas para ocultar las lágrimas—. Siempre me sucede lo mismo, como si me cortaran de nuevo con los cuchillos.

—Debieras habérmelo dicho.

Siguió hablándome como si estuviera preocupado por mí, lo cual se me antojó maravilloso.

—Pensaba que debía sucedemos lo mismo a todos... a todos los que son como yo.

—Desde luego que no. ¿Cuánto tiempo hace que te cortaron?

—Tres años —repuse— y algo más.

—No lo entiendo. Déjame ver otra vez. Es un buen trabajo; jamás he visto cicatrices más limpias. Me sorprendería que al cortar a un muchacho tan agraciado como tú se hubieran llevado algo más que lo suficiente para dejarte barbilampiño. Claro que puede salir mal. Los cortes pueden ulcerarse de tal forma que consuman todas las raíces de la sensación. O pueden hacerte una carnicería para eliminar toda sensación tal como lo hacen con los nubios, supongo que por miedo a la fuerza de éstos. Pero en tu caso, menos la capacidad de satisfacer a una mujer —aclaró, pues algunos de nosotros podemos hacerlo, aunque no sea frecuente—, no veo por qué no tendrías que poder gozar con los mejores. ¿Me dices que has sufrido desde que empezaste?

—¿Cómo? —dije llorando—. ¿Crees que me sentía atraído por aquellos hijos de cerdo? —Al final había encontrado a alguien con quien podía hablar—. Hubo uno o dos... Pero con frecuencia procuraba distraerme pensando en otra cosa, siempre que me era posible.

—Comprendo. Ahora empiezo a adivinar la causa. —Se quedó pensativo, tan serio como un médico—. A no ser que se trate de las mujeres. No pensarás en las mujeres, ¿verdad?

Recordé a las tres muchachas que me habían abrazado junto al estanque con sus redondos y suaves pechos, después el cerebro de mi madre esparcido sobre los guijarros del jardín y los gritos de mis hermanas, y repuse:

—No.

—Jamás pienses en ellas. —Me miró muy serio y sin asomo de frivolidad—. Si tu belleza no se malogra, no vayas a creer que no te perseguirán y hablándote en susurros y afirmando que se conformarán con lo que tengas. Es posible que así lo crean pero jamás sucederá tal cosa. No, te despreciarán a causa de su insatisfacción y te traicionarán. La mejor manera de acabar clavado sobre una lanza al sol. —Su rostro se había ensombrecido; leí en él un terrible recuerdo y, para tranquilizarlo, le repetí que jamás había pensado en ellas; me acarició para consolarme a pesar de que el dolor ya se había desvanecido—. No, no sé por qué te he hablado de las mujeres. Está muy claro lo que sucede. Tienes unos sentidos muy delicados; para el placer, desde luego, y por consiguiente, también para el dolor. Aunque la castración es mala para todo el mundo, existen distintos grados de sensibilidad. A ti te ha obsesionado siempre, como si pudiera volver a suceder. No es muy extraño; conmigo ya lo habrías superado hace tiempo. Pero has estado yendo con hombres a los que despreciabas. Exteriormente tenías que obedecer, pero por dentro tu orgullo no ha cedido. Has preferido el dolor a un placer por el que te sentías degradado. Es algo que procede de la cólera y de la resistencia del alma.

—A ti no te he ofrecido resistencia —dije.

—Lo sé. Pero la mordedura es muy honda y no sanará en un día. Más tarde volveremos a intentarlo; ahora es demasiado pronto. Si tienes suerte en la vida, lo superarás. Y te diré más: adonde vas ahora, no creo que tengas muchas dificultades. Se me ha ordenado que no diga más, lo cual es llevar la discreción a extremos absurdos. Pero no importa; escuchar es obedecer.

—Me gustaría pertenecerte a ti —le dije.

—A mí también, ojos de gacela. Pero estás destinado a alguien mejor. Por consiguiente, no vayas a enamorarte de mí. Pronto tendremos que separarnos. Ponte la ropa. Mañana nos encargaremos de la ceremonia de levantarse. Por hoy la lección ha sido ya demasiado larga.

Mi adiestramiento se prolongó todavía durante algún tiempo. Él venía temprano, despedía al arrogante eunuco y me enseñaba personalmente a servir la mesa, en el patio del surtidor, en la cámara interior, en el baño. Hasta me trajo un hermoso caballo, y en el patio cubierto de maleza me enseñó a montarlo con gracia; en casa lo único que había aprendido era a no caerme de mi potro montes. Después regresamos a la estancia de las ventanas iluminadas de verde con su espacioso lecho.

Él seguía esperando poder exorcizar mi demonio y lo hacía con enorme paciencia. Pero yo seguía experimentando el dolor, con mayor fuerza si cabe, como consecuencia del placer que a éste se añadía.

—Dejémoslo —dijo él—. Para ti será demasiado y para mí no lo bastante. Estoy aquí para enseñarte y corro el peligro de olvidarlo. Debemos aceptar que ésta es tu suerte por ahora.

—Estaría mejor si fuera como aquellos que no sienten nada —dije, afligido.

—No, no lo creas. Todo se les va en comer; tú mismo puedes ver en qué se convierten. Me hubiera gustado poder sanarte por ti y por mí, pero tu misión es la de complacer, no la de ser complacido. Y me parece que a pesar de esta dificultad, o tal vez a causa de ella, ¿quién sabe qué es lo que hace el artista?, estás muy bien dotado para ello. Tus reacciones son muy delicadas; ésta fue la causa de que tus últimos trabajos te resultaran tan repugnantes. Eras un músico obligado a escuchar los berridos de los cantores callejeros. Lo único que te hace falta es conocer el instrumento. Y eso te lo enseñaré yo aunque pienso que tú me superarás. Esta vez no deberás temer que tu arte te avergüence. Te lo prometo.

—¿Todavía no puedes decirme de quién se trata?

—¿Es que aún no lo has adivinado? Pero no, ¿cómo podrías? Una cosa sí te diré en cambio, y no la olvides. Le encanta la perfección, en las joyas y en los barcos, en los tapices, las alfombras y las espadas, en los caballos, las mujeres y los muchachos. No, no te asustes; no te ocurrirá nada horrible si fallas, pero es posible que él pierda el interés por ti, lo cual sería una pena. Quiero presentarte impecable; de mí no espera menos. Pero no sé si tu secreto quedará allí al descubierto. No pensemos más en ello y dediquémonos a aprender cosas de más provecho.

Hasta aquel momento comprendí que él había sido como el músico que toma un arpa o una lira desconocida y comprueba su resonancia. Ahora las lecciones iban a comenzar en serio.

Ya escucho la voz del que no conoce de la esclavitud más que el batir palmas y dar órdenes gritando: «El muy perro desvergonzado que alardea de haber sido seducido en su juventud por alguien que se corrompió antes que él». A eso replico yo que ya hacía un año que me habían seducido y me revolcaba en el cieno sin ayuda ni esperanza, razón por la cual ahora ser cuidado como algo exquisito se me antojaba no corrupción sino el destello de un cielo dichoso. Tras haber sido la diversión de unos cerdos en celo, eso se me antoja también una sutil música de los sentidos. Todo se producía fácilmente como por instinto o recuerdo. En casa había tenido a veces sueños sensuales y, si me hubieran dejado tranquilo, es indudable que hubiera sido precoz. Todo ello se había alterado en mí, pero no había muerto.

Como un poeta que puede cantar las batallas sin ser un guerrero, podía yo evocar las imágenes del deseo sin sufrir la aspereza de las heridas que tan bien conocía; Oromedon decía que era como el que sabe interpretar música para los danzarines, pero no danzar. Podía interpretar la música, sus pausas y sus cadencias. Por temperamento, a él le gustaba llevar la voz cantante, pero, yo acababa triunfando siempre. Más tarde me dijo:

—No creo, ojos de gacela, que te queden muchas cosas por aprender.

Sus palabras me consternaron como una noticia inesperada. Le abracé preguntándole:

—¿Es que no me quieres? ¿No querrás simplemente enseñarme? ¿Lamentarás que me vaya?

—¿Ya has aprendido a desgarrar corazones? —me preguntó—. Eso no te lo he enseñado.

—¿Pero me amas?

No se lo había preguntado a nadie desde que había muerto mi madre.

—A él jamás se lo preguntes. Podría considerarlo impertinente.

Le miré a la cara; cediendo, me abrazó como a un niño, lo cual no me sorprendió.

—Ciertamente que te amo y cuando te vayas me quedaré desolado —me habló como el que tranquiliza a un niño contra los fantasmas y la oscuridad—. Pero vendrá un mañana. Sería cruel que te hiciera alguna promesa; es posible que jamás vuelva a verte. Y si te veo, tal vez no pueda hablarte y entonces pensarás que soy un hipócrita. Te prometí que no te mentiría. Cuando servimos a los grandes, éste es nuestro destino. No cuentes con nada y resguárdate de la tempestad... ¿Ves esto?

Tenía en la frente una vieja cicatriz ya pálida. Yo pensaba que le confería distinción. Entre los amigos de mi padre, cualquiera que no tuviera una o dos cicatrices no parecía un hombre.

—¿Cómo te la hiciste? —le pregunté.

—Caí en el transcurso de una cacería haciendo algo que tenía que hacer. Fue el mismo caballo que montaste tú; sigue siendo mío, ¿sabes? No se me ha tratado indignamente. Pero no puede soportar las cosas defectuosas. Procura, por tanto, no lastimarte.

—Yo te querría —le dije— aunque estuvieras totalmente cubierto de cicatrices. ¿Se libró de ti?

—No, estoy muy bien atendido. Todo se hace con generosidad. Pero ya no soy como un jarro perfecto o una piedra preciosa pulida. No confíes en el viento, ojos de gacela. Ésta es la última lección que te doy. Que no seas demasiado joven para aprenderla puesto que no lo eres para necesitarla. Será mejor que nos levantemos. Nos veremos de nuevo mañana.

—¿Quieres decir que mañana será el último día? —le pregunté.

—Tal vez. Sólo queda una lección. No te he enseñado todavía los movimientos propios de la postración.

—¿La postración? —le pregunté perplejo—. Pero eso se hace ante el rey.

—Exacto —repuso él—. Has tardado mucho en comprenderlo.

Lo miré con una especie de estupor y después grité:

—¡No puedo hacerlo! No puedo, no puedo.

—¿Pero a qué viene todo eso después de las molestias que me he tomado? No me mires con esos ojos tan grandes como si te hubiera traído una sentencia de muerte en lugar de tu ventura.

—¡No me lo habías dicho! —exclamé, aterrorizado hasta que le clavé las uñas en la carne.

El me apartó suavemente.

—Bastantes insinuaciones te hice. Estaba claro que servirías. Pero, mira, hasta que no se te acepta en la corte te hallas en período de prueba. Se considera que puedes fallar y ser rechazado. En tal caso, si hubieras sabido para qué servicio se te adiestraba, es posible que hubieras sabido demasiado.

Me arrojé sobre la cama llorando convulsamente boca abajo.

—Vamos —me dijo él secándome las lágrimas con la sábana—. De veras no tienes nada que temer. Ha sufrido muchas penalidades y necesita que lo consuelen. Te aseguro que lo harás muy bien. Y yo debiera saberlo.

cap-3

3

Estuve algunos días en palacio, antes de ser presentado. Pensé que jamás podría orientarme entre aquel laberinto de esplendores; había por todas partes elevadas columnas de mármol, pórfido y malaquita con dorados capiteles y fustes retorcidos; por todas las paredes había relieves en color y más brillantes que la propia vida, en los que se observaban desfiles de guerreros, o bien portadores de tributos del lejano imperio dirigiendo toros o dromedarios cargados con fardos o tinajas. Si alguien se extraviaba, parecía que se encontrara entre una solemne multitud sin nadie a quién preguntar.

En el patio de los eunucos no se me recibió con demasiada cordialidad, porque estaba destinado a una posición de privilegio. Pero por la misma razón tampoco me maltrataron, para que no les guardara rencor.

Vi a Darío en el transcurso del cuarto día.

Había estado bebiendo vino y escuchando música. La estancia daba a un pequeño patio con surtidor, perfumado por el aroma de los lirios: de las ramas de los árboles en flor colgaban jaulas de oro que albergaban a pájaros de brillantes colores. Los músicos estaban guardando los instrumentos junto al surtidor, pero el agua y los pájaros formaban un suave concierto de murmullos. El patio estaba cercado por elevados muros y éstos formaban parte del aislamiento de la estancia.

Se encontraba reclinado sobre los cojines mirando al patio; a su lado sobre la baja mesilla estaba la jarra

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