Cerbantes 2 - Cambista, marino, espía, cautivo

Álvaro Espina
Álvaro Espina

Fragmento

1. De lo que Miguel aprende durante el viaje en la galera Santiago, al mando del cuatralbo Juan Jin

1. De lo que Miguel aprende durante el viaje en la galera Santiago, al mando del cuatralbo Juan Jin Centellas

El viaje desde Madrid con José de Blas habría sido completamente apacible de no haber ocurrido el sobresalto del volcán de Cancarix, en donde se habían refugiado diez forzados que iban conducidos desde Almadén a Cartagena. Nadie sabe bien cómo huyeron porque la media docena de hombres de la Santa Hermandad que los custodiaban aparecieron muertos cerca de Albacete.

Desconociendo todo esto, José no se preocupa demasiado al verlos llegar:

—Debe de ser la gente de Tiburcio Contreras. Hoy no van a tener suerte.

—¿Por qué lo dices? —pregunta Miguel, atemorizado por el aspecto de la pandilla.

—Porque su jefe sabe bien que en los portes por cuenta del rey no cabe peaje ni montazgo alguno.

—¿Quién se lo va a impedir, si andan echados al monte?

—Incluso en esta profesión hay que cumplir algunas reglas, y la de respetar la propiedad del rey es la primera. No hacerlo es delito de lesa majestad, penado con el ajusticiamiento inmediato sin mediar juicio. Nadie lo quebranta.

La partida de malhechores rodea la galera y los obliga a apearse sin el menor miramiento.

—¿Qué lleváis ahí?

—Propiedades del rey. Piezas de armas para el ejército de Flandes.

—¿Qué armas son esas?

—No son armas, sino cabezas de picas y cañones de mosquete y arcabuz.[1]

—Eso no nos interesa. Dadnos todo lo que llevéis encima.

José les entrega todo lo que tiene, y Miguel, lo poco que no lleva oculto bajo la faja de peto en que esconde las claves y los escudos que le dio RuyGómez, bien pegados al cuerpo. Como José dice que es su hijo y lo que les da les parece suficiente, al observar que por el horizonte se acerca una partida de caballistas huyen atropelladamente dejándolos medio atados y tirados por el suelo.

—Estos no son de la profesión —le dice José tras desatarse y ayudarlo a levantarse—. Creo que los que vienen por ahí sí son los de Tiburcio.

—¿Qué pasa, José? ¿Quiénes eran esos que salían huyendo? —pregunta Tiburcio.

—No lo sé. Al principio creí que eran de los tuyos, pero al ver que no respetaban la propiedad del rey supe que no era así. Deben de ser galeotes huidos.

—¿Os han robado?

—Todo lo que llevábamos encima; lo de las armas del rey no les interesaba.

—Pues vamos a darles caza y te lo devolveremos. Por aquí todo el mundo sabe que esta es mi jurisdicción y no permito que nadie mancille mi reputación. Si estás en lo cierto, deben de ser los galeotes que ahorcaron a la patrulla de la Santa hace unos días y pueden considerarse perdidos. No nos gusta hacer el trabajo de la Hermandad, excepto cuando matan a alguno de ellos. Eso es sagrado. Si son esos galeotes, mañana habrán vuelto a sus grilletes.

Y así fue. Al día siguiente un mensajero de Tiburcio les devolvía todo lo robado, comunicándoles que los diez galeotes habían quedado bien atados a unas encinas junto a las puertas de Hellín para que la Hermandad, avisada por su gente, los apresara de nuevo. No cabe resaltar ningún otro incidente hasta llegar a Cartagena y entregar el contenido de la galera al capitán Jin Centellas. José no lo conoce y va con prisa porque ha apalabrado un retorno y llega tarde. Además, dice que en el arsenal de galeras no se encuentra en su sitio, así que lo presenta al capitán sin el menor miramiento, otorgándole toda la autoridad del contador mayor, pidiendo que le firme el albarán de entrega y despidiéndose de Miguel con un abrazo paternal.

El capitán Juan Jin Centellas es tan nuevo como Miguel en la galera Santiago, encargada de llevar a Génova el cargamento de picas y cañones de arcabuz que José ha traído de Madrid. En realidad, Centellas estaba hasta hace unos días al mando de la galera Serafina, de la Escuadra de la Guarda del Estrecho, que actúa por todo el sur del Mediterráneo para limpiarlo de piratas berberiscos, oficio escasamente remunerado aunque muy lucrativo porque los moros capturados durante las operaciones se venden a buen precio en el mercado de esclavos que se celebra al comienzo de los cinco meses de invernada de las galeras, precisamente en Sevilla, puerto de amarre de la Serafina. Aunque esa escuadra está costeada por la cuenta de averías de los buques que hacen la carrera de Indias, administrada por los cónsules de Sevilla, al tener poca paga los encuadrados en ella han venido pidiendo cumplir funciones de la antigua Escuadra de la Guarda de la Costa del Reino de Granada, para tener parte mayor en el negocio de esclavos, y como las cuentas del rey en la Escuadra de Galeras de España nunca salen, ni siquiera con la ayuda de los fondos de la bula de la Santa Cruzada, la Contaduría Mayor les asigna cada vez más cometidos, como este que ahora lleva a cabo Jin Centellas.[2]

La temporada ya se encuentra avanzada y la Serafina ha tenido que volver a su base porque en su última acción el espolón de una galera berberisca le abrió una vía de agua en el costado de babor que no puede arreglarse para ponerla en buen orden con tiempo de volver a actuar antes de invernar. Tras una reparación provisional, hecha en Málaga deprisa, el caporal Marcos Lorenzo se ha encargado de conducirla a Sevilla con la mitad de la chusma de remeros, todos ellos lisiados o enfermos, una pequeña guardia de gente de guerra, a cargo de los esclavos capturados durante la estación y para defender la nave, y alguna gente de mar para gobernarla. El resto de la gente de remo y de la gente de cabo ha llegado para dotar a la Santiago junto al capitán, a quien el marqués de Santa Cruz ha nombrado cuatralbo de la escuadra de galeras que conducirá un gran cargamento de armas hasta Génova. Lo que trajo José es solo una parte de él. Otras cinco galeras y una multitud de carretas llegan después de su partida con más carga de diferentes armas y procedencias. Jin Centellas llama a Miguel a su cabina tan pronto se queda solo:

—Pasa, Francisco —Miguel está a punto de descubrirse porque es la primera vez que lo llaman por el nombre falso que figura en su cédula de comisionado de la Contaduría Mayor, pero enseguida se repone, se mete en la cabeza que es Francisco de Blas, hijo de José, y recupera el aplomo—, tengo que hacerte un encargo: el veedor mayor de esta escuadra falleció ayer; todavía no sé la causa. Partimos esta mañana hacia Génova y no hay tiempo para sustituirlo. Tengo aquí la cédula que me presentaste antes y veo que tienes todos los poderes de la Contaduría para esta expedición, de modo que serás tú quien sustituya al veedor y se ocupe de llevar el libro de alarde con las listas de la gente de remo de las cuatro galeras.

—Nunca lo he hecho. Yo soy contador de tierra. Mi cédula no me autoriza a hacerlo —dice Miguel a modo de excusa, sabiendo que no colará.

—No te preocupes, te autorizo yo, que tampoco soy cuatralbo y aquí me tienes. Parece que en esta empresa todos vamos de prestado. Pero yo sé mandar galeras mejor que cualquiera y si tú vienes comisionado por el contador mayor, es que también eres bueno en lo tuyo. No te será difícil hacerlo. Es cosa de pasar la lista de la gente de cabo y de la gente de remo, llevar cuenta de las raciones, y en primer lugar tener buen cuidado de que los forzados de la chusma no hayan cumplido condena ni lo hagan durante la travesía. Tienes que revisar bien las fechas de cumplimiento y liberar a los que hayan cumplido, mientras que si algunos van a cumplir durante la travesía has de decírmelo para que yo dicte provisión de pasarlos a la gente de cabo, como si fueran buenas boyas, aunque forzados, abonándoseles la paga que les corresponda.[3] Tú solo tienes que mirarlo todo bien y comprobar que está en buen orden, haciendo que los escribanos de cada galera lo hagan ejecutar. Ellos se ocupan de todo, pero debes mandarles recado a través de los alguaciles. Las provisiones de alargamiento son cometido del veedor, tienen valor judicial y debes rubricarlas con tu sello para que yo las firme. Aquí tienes el modelo que suele emplearse.

Miguel toma el modelo de las provisiones, el libro de pliego agujereado que le entrega Centellas para anotar las incidencias y el libro general de asiento, encuadernado, en que figuran todos los condenados de cada galera, con los tiempos en que fueron recibidos y la duración de sus condenas.[4] Encuentra a cuatro que ya han cumplido y a cinco que cumplirán durante la travesía. Se interesa sobremanera por la información que figura en el libro acerca del lugar y las causas de la condena de cada forzado, y hasta de las señas corporales que se les encontraron al recibirlos desnudos, pero no tiene tiempo para detenerse en ello y lo deja para cuando lo tenga. Prepara las provisiones de alargamiento y llama al alguacil de la capitana para que convoque a los cuatro escribanos en la cabina del cuatralbo. Al cabo de un rato se presentan todos allí y reciben orden de Centellas de liberar a los cumplidos y avisar a los alargados de que a partir de ahora y hasta volver a Cartagena, en donde serán liberados si no desean nuevo enganchamiento, serán buenas boyas, comunicándoles su paga, que figura en las provisiones que el capitán firma delante de todos ellos. Miguel observa que el cuatralbo está satisfecho de su labor y de la celeridad con que la cumple. Al salir el alguacil y los escribanos, le dice que aguarde un momento.

—No sabía si eras tan bueno como dijo José el galerero y afirma tu cédula. Ahora veo que es así. Quiero pedirte que te hagas cargo del asunto más delicado que acaban de encomendarme y no puedo acometer yo solo.

—Yo estoy aquí para el buen fin de esta expedición, como me ordenó Ruy Gómez da Silva, al servicio de usted, mi capitán cuatralbo —dice Miguel, remedando el trato que le da toda la gente de cabo.

—No me llames así. Tú no eres hombre de armas, sino civil. Llámame Jin. Habrás visto que hace una hora llegaron cuatro carros de artillería muy bien escoltados, con doce pesados cofres de hierro reforzado, como los que se usan para acarrear pólvora y balas de cañón.

Miguel asiente. Todo el mundo ha visto cómo se subían los cofres a la galera con ayuda de la polea de popa, deslizándolos a través de la abertura de cubierta que da al escandelarete:

—Así es. Toda la galera capitana está al tanto de ello, no sin cierto temor pues dicen que esos cargamentos traen gran peligro si hay fuego a bordo, y mucho más si hay abordajes.

—Es mejor que todo el mundo crea que se trata de pólvora y balas. Esto que voy a decirte es alto secreto con pena de muerte si se viola. Pero tú debes saber que no es eso, sino una remesa de plata del Tesoro Real, por valor de ciento cincuenta mil ducados, que envía la Contaduría Mayor hasta Flandes.[5] Yo tendría que haber esperado a comunicarte la orden de tu patrón al llegar a Génova, en donde nos espera un agente del banquero Grimaldo para transmitirnos nuevas instrucciones, pero prefiero hacerlo aquí para que compartas conmigo la responsabilidad de conservarla. Yo no puedo ocuparme de su custodia en exclusiva estando al mando del escuadrón y creo que eso es lo que desearía tu patrón.

—¿Cuál será mi cometido?

—Custodiar los cofres. Tú ocuparás la dependencia del escandelarete en que los hemos puesto y deberás guardarlos y defenderlos de cualquier intento de hurto o asalto. Aunque no eres hombre de armas, los de la Contaduría también las usan. Te entrego este arcabuz, esta espada y esta pistola de artillero. Escribe una providencia por la que te encargo la custodia y te autorizo a usar estas armas frente a cualquiera que se acerque a menos de una vara de los cofres sin tener autorización mía.

Miguel así lo hace. Al recoger la firma de Centellas observa que los cofres están en una pequeña dependencia al final de la crujía, adjunta y por detrás de la cámara del cuatralbo. Hay que atravesarla para llegar a ellos, que aparecen cubiertos con un gran jergón. Miguel no tiene otra instrucción de armas que la que le dio Jacinto, pero solo para la espada ropera, no para la de guerra. El cuatralbo observa sus dudas al mirar las armas y le dice, como para tranquilizarlo:

—He ordenado al artillero mayor que te instruya en el uso de las armas. Él cree que la pólvora y las balas que van en los cofres se encuentran bajo custodia nuestra, pero que son para Flandes, como el resto de la carga, y que no han de usarse en la galera así se agoten las que llevamos para el servicio del cañón de proa o las de las otras tres galeras. Además, no nos servirían porque son de mayor calibre. También tiene instrucciones de ayudarte a su defensa en caso de abordaje con todas las fuerzas necesarias. Hasta Génova no debes separarte de esos cofres, durmiendo sobre el jergón que los recubre y permaneciendo siempre en tu cámara, en la mía, o cerca de la puerta, guardándola bien, especialmente mientras estemos en tierra. Aquí siempre habrá un cuerpo de guardia de mi total confianza.

Llega Ventura, el artillero mayor, y comienza la instrucción allí mismo, en la plataforma que da paso a la cámara de Centellas. La habilidad de Miguel con la espada le sorprende.

—Tengo alguna instrucción en esgrima, aunque con espada ropera.

—Pues esta es casi lo mismo pero la hoja de acero tiene corte, por lo que al cruzarse con otro acero la espada no se desliza sino que corta al otro filo y queda trabada. Hay que zafarse de ese cepo y voltearla rápidamente para buscar otro frente de ataque con los brazos cruzados. Además, el guardamanos es de cruz y se empuña con una mano en el extremo de la empuñadura para poder hacer giros. ¿Eres zurdo?

—No, diestro.

—Entonces pon la mano izquierda en este pomo y agarra la espada firmemente con la derecha junto a la cruz, para hacer fuerza con ella y tumbar cuanto antes al enemigo. Y nunca olvides que cuando llegas al cuerpo a cuerpo el pomo es más útil que el filo. Puedes usarlo como un martillo sobre la cara o el cuerpo del adversario.

Al cabo de media hora Miguel cree haber aprendido lo esencial, pero le falta práctica y quedan en ejercitarse todos los días una hora, algo que Miguel agradece porque observa que Ventura es muy ducho con la espada de corte y quiere aprender bien para dominar los movimientos, por si alguna vez tiene que alistarse. Del arcabuz no necesita instrucción porque Jacinto le enseñó todo lo que hay que saber y el que le dio el capitán tiene llave de rastrillo, con patilla, como los que se usan en la casa de Éboli. En cambio, la pistola de artillero le es desconocida, pero observa enseguida que funciona igual que el pistolete que lleva siempre RuyGómez en el arzón, costumbre de cuando fue capitán de caballos, y es como un pequeño arcabuz. Decide tenerlo siempre bien cargado y oculto a un lado del jergón, mientras que el arcabuz lo cuelga al costado de la puerta de su cámara.

—Ahora tienes que recibir a los nuevos forzados que nos envía la Inquisición. Yo ya he elegido a los cinco que necesitamos para sustituir a los galeotes liberados. A la Santiago solo vienen dos. Deben desnudarse y tú tomar nota en el libro encuadernado de todo lo que sirva para identificarlos, además de la información sobre lugar, causas y duración de la condena que figura en los documentos que te entregará el cuadrillero de la Hermandad que los conduce —le dice el cuatralbo.

—¿Y los otros tres?

—Los escribanos de las otras galeras te enviarán todo lo que corresponde al que va a cada una de ellas, para que lo escribas también en ese libro. La capitana lleva cuenta de las cuatro galeras, pero una vez anotado debes devolvérselo para que ellos lo pongan también en el suyo y se custodie en la caja de cada galera.

Los dos que suben a la Santiago vienen de Cuenca. Son Bertrán de Grimaldo, sastre, y Pierres Carriera, mozo de espuelas y de cocina del marqués de Cañete. Junto a Miguel Cordero, que viene también forzado pero va a otra galera, los dos forman parte del cenáculo protestante del aguardentero Bernat Frossal, compatriota de Carriera, que abjuró de los sacramentos y fue quemado en un auto de fe que presidió el propio marqués, don Diego Hurtado de Mendoza, el 25 de marzo pasado.[6] Los otros dos pertenecían también a ese cenáculo hugonote pero en su etapa anterior como aguardentero en Valencia, de donde vienen. Los tres de Cuenca abjuraron y fueron reconciliados. Traen sentencia de tres años, por lo que Miguel apunta en el libro que cumplirán su condena el 25 de agosto de 1572. Anota también que Carriera es natural de Aurillac, habla con fuerte acento francés y no sabe pronunciar las erres. Subraya que es mozo de cocina y que puede ayudar en el fogón cuando no se le necesite en el remo. Antonio, el sotacómitre de la galera, le describe las marcas corporales. Es muy ducho en esto porque él mismo debe de hacerlas en las espaldas de la chusma con su rebenque. Al preguntarle Miguel si no le dan pena los forzados, la respuesta lo deja helado porque viene a decirle que esa es su profesión y que él solo piensa en las consecuencias de lo que hace:

—Antes era distinto porque los cómitres y los capitanes querían que esto se hiciese a la turquesca, golpeando fuerte y haciendo daño. Pensaban que de ese modo remarían con más fuerza, por miedo, pero se ha visto que es lo contrario: con las heridas, muchos se desangraban y perdían fuerza. Por mucho esfuerzo que hicieran, cada vez rendían menos. Además, muchos enfermaban y había que sustituirlos. Hace algunos años que eso ya no se hace. Por sobre todo yo pongo mucho cuidado en no tocarles ni dañarles la cabeza, las manos o las piernas. Llevo el corbacho terminado en una cordada deshilachada y cuando hay que pedir mayor esfuerzo lo hago restallar sobre sus cabezas, pero sin tocarlos. A lo sumo las hilachas les rozan la espalda, como si fuera el rabo de la vaca espantando moscas. Mi cómitre dice que yo solo les mosqueo las espaldas.

Una vez desnudos, Antonio le dicta las marcas con una precisión que impresiona a Miguel:

—Grimaldo tiene una cicatriz que va del colodrillo a la garganta, como si hubieran querido rebanarle el pescuezo, y otra en el costado, las dos por el lado izquierdo. Son bastante frescas y parecen resultado de una lucha a cuchillo. Carriera está circuncidado, tiene ocho señales de viruelas locas por todo el cuerpo y una en la cara, y arañazos por el costado derecho, como si lo hubiera arrastrado un caballo. Es lo natural siendo mozo de espuelas. Los dos tienen mala dentadura, pero a Grimaldo le falta la mitad de la carrera alta por los dos lados y a Carriera dos muelas de arriba y otras tres de abajo por la parte derecha. Grimaldo tiene una pequeña calvez en la mitad de la cabeza, con el cuero desteñido por la tiña, aunque ahora está seca y parece curada. Carriera tiene un lobanillo pequeño en el sobaco izquierdo y un lunar en la nariz. Me recuerda el que tenía otro forzado de su nación que quedó enfermo en la Serafina. Será cosa de franceses, o una señal que les pone Dios, por herejes.

Miguel lo anota todo, menos estos comentarios, y el sotacómitre les ordena vestirse con la ropa que el rey da a los galeotes[7] y se los lleva para encadenarlos al banco. A Carriera lo sitúa justo en el que queda detrás del fogón. A continuación llegan los papeles con las notas de los otros tres escribanos, que no tienen descripciones tan detalladas ni precisas de las marcas corporales. Tan pronto termina de hacer sus anotaciones en el libro encuadernado y de devolver las anotaciones, llega el cuatralbo y manda poner en orden las galeras para zarpar.

—Ya va muy avanzada la estación y quiero estar de vuelta antes de octubre. No quiero que ocurra lo del hundimiento en La Herradura hace siete años —le dice Centellas al salir al estanterol para dirigir la operación, ayudado de un consejere que mira las cartas y transmite órdenes a las otras galeras.

—¿No fue esa la flota de don Juan de Mendoza?

—Esa misma. Yo ya le dije que salíamos a la mar a destiempo, pero no me hizo caso —afirma el cuatralbo algo remiso mientras la gente de cabo cumple sus órdenes.

—El príncipe de Éboli me habló de ello, pero no me contó cómo ocurrió.

—Es que nadie quiso hablar mucho de aquello porque todo se hizo mal. Habíamos venido desde Mesina en dieciocho días y estábamos en Cartagena el 12 de agosto. Había que cargar en Málaga bastimentos, gente y dinero para los presidios de Orán, pero parece que nadie tenía prisa y la expedición no estuvo dispuesta hasta el 18 de octubre. Una locura porque ese ya es tiempo de invernada. Como decía Doria: «En España los únicos puertos seguros son junio, julio y Cartagena». En realidad, don Juan se partió de Málaga deprisa porque ya veía venir el temporal y allí no hay el menor resguardo contra los vientos de lebeche y poniente, aunque hace dos años ocurrió otro desastre casi igual, pero con viento levante.[8] A Mendoza en aquella ocasión no se le ocurrió otra cosa que encaminarse hacia La Herradura y anclar toda la flota a poniente de la punta de la Mona, para protegerse del levante, como si no supiera que en esa estación el viento anda completamente loco. Además, contra todo consejo ordenó fondear tirando amarres dobles entre las galeras. Cuando el viento se revolvió a meridiano, nos dio de través y toda la flota acabó estampada contra las rocas. Bueno, toda menos las tres galeras que estábamos más cerca de la punta, que pudimos romper amarras y doblar el cabo hacia el este. Yo iba en la galera Sanjuan y conseguimos llegar hasta la playa de los Berengueles, pero se perdieron veinticinco galeras y murió mucha gente. Alguien dijo que cinco mil personas.[9]

—¿Qué pasó con los remeros?

—Eso es casi lo único que hizo bien don Juan porque antes de amarrar accedió a desherrarlos y casi todos se salvaron, aunque huyeron y hubo que buscarlos y capturarlos por toda la costa. Eran casi dos mil.

Son las nueve y media y enseguida Centellas se reconcentra en dirigir la salida del puerto. La Santiago va delante para que las otras imiten sus maniobras.

—En el medio del puerto rompe el agua en una gran laja y hay que pasar arrimado a una banda. Nosotros vamos por la de babor, que es la de más fondo, porque la Santiago es galera gruesa y va muy cargada.[10]

—No veo la laja, ¿dónde está? —pregunta Miguel.

—Algo más adelante, debajo de aquella torre bermeja, que es el campanario de San Leandro.

Si Centellas no le hubiera encargado de vigilar el cargamento de plata, a Miguel le habría gustado realizar el viaje vagando por la galera y observando lo que hace cada miembro de la tripulación y lo que sucede en el mar o se observa en tierra firme. Todo lo que ocurre en la galera es cosa fantástica: un verdadero microcosmos del mundo terrestre. Ni siquiera ha podido enterarse de la historia de Ventura, el artillero mayor, o de Antonio, el sotacómitre. Son más de doscientos hombres, con toda su vida a cuestas. Lo que siente verdaderamente es privarse de hablar con los galeotes, anclados a su banco medio desnudos y sujetos a las manetas que sirven como asidero del remo a ambos lados de la crujía, como si formasen parte de la maquinaria de la galera, siendo seres humanos como él, con experiencias aún más inextricables y diversas. Piensa que cada uno de ellos lleva tras de sí el gran relato de la humanidad, condensada en una sola persona. Desearía poder sonsacarles todas sus historias, sus sueños truncados, sus dichas y desdichas, sus momentos de felicidad y de amargura, sus amores y desamores, qué fue de sus familias y todo lo demás.

Pero sobre todo desearía saber qué esperan del negro futuro que les depara su tiempo de condena, que para muchos supera seguramente lo que les queda de vida. ¿Conservan alguna esperanza, o se ha apoderado de ellos la negra amargura de los condenados a desaparecer sin dejar otra huella que cenizas o ser pasto de los peces o los gusanos? Miguel se pregunta si habrá alguna diferencia entre los católicos, que siempre pueden acudir al capellán del buque para ser perdonados y recobrar la esperanza de salvación eterna; los luteranos, que no creen en la confesión y se saben predestinados a algo que desconocen, o los esclavos musulmanes, cuya esperanza, por lo que sabe Miguel a través del Dante, se encuentra en la ascensión al cielo del mirach, siguiendo a Mahoma, y en escapar del viaje nocturno al infierno del isrá, que nadie conoce. De los judíos no sabe nada porque en España casi nadie habla de eso, así sea converso como su abuela Elvira, por miedo a que se los considere judaizantes, pero ha oído que según ellos los justos alcanzan la vida eterna, siquiera solo sea arrepintiéndose en el último momento, por lo que supone que todos lo harán so pena de desaparecer para siempre, aunque piensa que si la vida como galeotes les resulta insufrible, desaparecer por completo no supondrá para ellos castigo alguno.

A falta de lo que verdaderamente desearía hacer encuentra un verdadero tesoro de lecturas en la cámara del cuatralbo, que le da permiso para usarlas a su antojo, cosa que Miguel agradece, sobre todo porque hay algunos libros de caballerías que deseaba leer hace tiempo, como el Lisuarte de Grecia, de Juan Díez, y el Lepolemo. El primero tiene un comienzo de mayor interés que el Lisuarte de Feliciano de Silva, que leyó en Madrid en la biblioteca del príncipe y no le gustó, aunque encuentra también los cuatro libros del Florisel de Niquea y el Amadís de Grecia del mismo autor, que piensa leer por ver de reconciliarse con él, ya que su Lisuarte lo leyó muy deprisa y no acabó de enterarse bien del sujeto. Están también el Amadís de Grecia de Garci de Montalvo, el Florisando y el Tirante el Blanco, que se sabe casi de memoria pero que piensa hojear si tiene tiempo para recordar algunas cosas. Centellas es un apasionado de la caballería y tiene también el Platir, el Baldo, el Girongilio de Tracia, la continuación del Belianís de Grecia, de Jerónimo Fernández, el cuarto libro del Félix Magno, el Florambel de Lucea y el Espejo de príncipes y caballeros, de Diego Ortúñez. RuyGómez no se ocupaba de estar al corriente de esta literatura, así que, como la labor de Miguel durante la travesía va a ser de pura vigilancia, tendrá tiempo para ponerse al día de las hazañas de todos estos caballeros, mirando bien lo que toman unos de otros y en lo que se distinguen. Centellas tiene también Las Metamorfosis de Ovidio en una traducción de Jorge de Bustamante impresa en Burgos en 1551 y una pieza que Miguel ya ha visto en la biblioteca de los Éboli pero que no ha tenido tiempo de leer: La Ulixea de Homero, traducida de griego en lengua castellana por el secretario Gonzalo Pérez. Nuevamente por el mismo revista y enmendada, impresa por Rampazeto en Venecia en 1562.[11]

—Ya está, esa es la punta de Escombrera; ahora tenemos que separarnos un tanto de la costa para dejar de lado Pormanejo y Porman. Tenemos buen viento meridiano rodando a jaloque y si fuéramos pegados a tierra nos daría de través tirándonos contra las rocas —dice Centellas.

—El meridiano es el viento del sur, pero no sé qué es el jaloque.

—Es el que sopla entre meridiano y levante, o sea, sudeste. Los venecianos lo llaman siroco porque viene de donde nace la estrella Sirio, que en el Adriático coincide con Siria, pero aquí eso sería levante y este sopla desde más al sur. Los árabes lo llaman jarquí. De ahí lo de jaloque. Veo que te interesa Homero —le dice el cuatralbo observando que lleva el voluminoso libro en la mano.

—Sí, tenía ganas de leerlo, pero no tuve tiempo en Madrid. ¿También tú lo lees?

—No, no. Ese y el de Ovidio están ahí porque los tomé de una galera turquesca que capturamos. Los llevo siempre conmigo por si encuentro a su dueño, que ya no estaba en la galera cuando cayó en nuestras manos.

No ha transcurrido más de una hora y la galera se desliza ya majestuosa separándose de la línea de tierra y desplegando sus dos velas latinas y el trinquete. El viento permite descansar a los remeros. Falta les hace porque Centellas quiere llegar esta noche a Alicante, que dista veintidós leguas marinas, o sesenta y seis millas, y si tuvieran que hacerlas todas a remo deberían remar todo el día y la noche y quedarían deslomados, no por los azotes del cómitre, sino por puro cansancio. En cambio, en cuanto se hinchan las velas ellos reciben la orden de plegar los remos y se tumban a tomar el sol y a dormir un rato sobre la bancada con el beneplácito de sus amos, que tratan de reservar sus fuerzas para cuando haya que forzar el ritmo. A la salida del puerto remaban moviendo la galera a una legua por hora, pero si hubiera ataques berberiscos tendrían que ir a mucho más del doble, y el mismo esfuerzo tendrían que hacer si al acercarse a tierra hubiera viento fuerte terral, o marero al salir al mar. En cambio, con el buen viento que sopla ahora van al doble de la velocidad que podrían alcanzar remando al mayor ritmo.

A mediodía, después de doblar el cabo de Palos y enfilar hacia el norte, se ve por la banda de babor una hilada de arenas que costean la tierra firme, con una isla al fondo.

—Es la isla Grosa; tiene forma de pan. Se puede pasar entre ella y tierra firme, aunque hay un arrecife. Es mejor dejarla bien a babor y separarse de ella por estribor porque al gregal garbino sale de ella una laja muy peligrosa y se ve mal.

—No entiendo lo del gregal garbino.

—Es el rumbo. Está en dirección a Grecia, o sea hacia el noreste desde la isla, que queda al suroeste de la laja, como el viento garbino. Hay quien al garbino lo llama lebeche, pero eso solo vale en el Adriático, porque allí el viento suroeste viene de Libia. Aquí, verdaderamente el que sopla desde Libia es el jaloque, del sureste. En la mar yo prefiero evitar confusiones. Solo hablo de siroco o lebeche cuando navego por allí.

—¿Qué es el garbino?

—El occidente africano, en árabe. Los franceses le dicen vendaval porque viene por algún valle que tienen allí, pero es lo mismo que suroeste.

—¿No es mejor decirle suroeste?

—Es la costumbre. Vendaval es el viento que empieza a correr ahora, y lo hará más cuando pasemos la isla y vayamos a comer varando en las playas de la Veneziola. Para aproximarse habrá que plegar velas y remar fuerte contra el terral, pero luego la salida será con viento a favor.

Algo después de mediodía han dejado atrás la isla Grosa y a la media hora, cuando Centellas busca el momento de virar a mistral para entrar en la Veneziola, se levanta vendaval y decide aprovecharlo para seguir adelante hasta encontrar una zona protegida del garbino.

—Hay unas playas a medio camino entre la isla Grosa y las salinas rosas de Torrevieja, antes del cabo Roig, que está a cubierto del vendaval y tiene agua. Comeremos allí.

Efectivamente, media hora más tarde cede el viento y manda plegar las velas y el foque, dando orden de boga para varar en una playa desierta. Es la primera vez que el sotacómitre mosquea con su corbacho deshilachado las espaldas de los remeros, que vienen descansados y dan toda la fuerza a la galera para contrarrestar el viento del suroeste, que pugna con meterlos mar adentro, hasta posar suavemente la nave sobre las arenas blancas de una playa sin nombre pero que Centellas conoce bien.

—¡Pie a tierra toda la gente de armas menos el retén de la crujía! ¡Formen un cordón alrededor de las galeras por encima de la línea que bordea la dehesa de pinos y sabinas! ¡Pongan vigías en las dos torres que cierran la playa y den parte de lo que vean! ¡Comuniquen si hay agua, caza, verdura comestible o fruta! —ordena el sotacapitán.

—¡Zafarrancho de cocina! ¡Abajo el fogón, las perolas y las vituallas! ¡Que el alguacil de agua baje a probarla y, si es buena, rellene las cubas! Preparadlo todo para almorzar! —grita por su parte el caporal de la galera.

Hay un arroyo que vierte sus aguas al mar por el centro de la dehesa. Es agua buena y limpia. Con ella se rellenan los depósitos de las cuatro galeras. Desde un extremo de la playa se ven unas huertas con hortalizas. El despensero va hasta allí con su gente y compra a los huertanos varios sacos de cebollas, zanahorias, nabos, judías verdes y berza para aprovisionarse. Entrega parte al cocinero de cada galera, que sancocha ligeramente las verduras en fogatas de leña recogida en el monte antes de añadirlas a las grandes perolas que ya vienen medio llenas con un potaje de alubias y carnero a medio cocinar, al que se añade arroz. En menos de una hora todo está preparado. La gente de armas y de cabo come en platos y bebe vino en vasos de metal. Al puente de la galera se lo sirven todo los grumetes en la mesa de la cámara del capitán, con loza y vasos de vidrio, en donde come también Miguel, sin separarse nunca de la guardia de la plata. El bizcocho todavía está fresco y no sabe tan mal como se dice. Debe de ser que en los galeones de Indias se seca demasiado y hasta coge moho, pero fresco y remojado en el guiso de carnero sabe bien. El vino de la galera es un poco áspero, pero se agradece. El despensero ha comprado a los huertanos vino de uva garnacha de esta tierra y piensa mezclarlo con el que traen. Como postre ha comprado también varios sacos de naranjas para toda la travesía. Se pelan y cortan en rodajas y se riegan con un chorro de aguardiente. A los remeros se les sirve su ración en unos pares de escudillas de diferente tamaño que van atadas y colgadas de la borda al lado de cada banco y cuando el viento las hace entrechocar hacen una música algo macabra. Comen y beben lo mismo que el resto, excepto el aguardiente. Al terminar, el patrón ordena que la gente de cabo recoja y suba todo a bordo; el capitán da un cuarto de hora de descanso a los remeros mientras se recoge la gente de armas que ha comido en la playa, y enseguida manda volver a echar la galera a la mar desplegando las velas y remando fuerte para salir de la playa evitando romper contra el cabo que la cierra por gregal.

—El tal Carriera tiene buena mano para la cazuela. Dice el cocinero que antes de sancochar las verduras las sazonó con cebolla en aceite hirviendo y quedaron tersas, sin reblandecerse después al ser guisadas —le comenta el sotacómitre al volver de herrarlo de nuevo a su banco. Es el único remero que ha bajado a tierra y Miguel sabe que le está agradecido porque Antonio le ha dicho que se lo debe a la anotación que él hizo en el libro.

El resto del día el viaje resulta apacible y Miguel puede leer. La galera navega en dirección gregal tramontana con buen viento y a media tarde se divisa una gran isla.

—Es Santa Pola. Hay que alargarse de ella porque tiene arrecifes. Aquel castillo es Lugar Novo, que termina en la punta de El Chipo. Al pasarla viraremos algo más de un cuarto hacia mistral, llevando la vela mayor a la entena del árbol, navegando con la de mesana y el trinquete y bogando solo a cuarteles.

—¿Qué es a cuarteles?

—Por secciones de palamenta, con ocho cada una. Hay tres: de proa, mediana y de popa. Un turno cada uno. Empezaremos por la de proa. Es lo mejor para arrimar a puerto.

En menos de una hora se ve la alcazaba de Alicante. Las galeras entran por el Baber, a resguardo del viento. Es muy buen puerto, con un gran muelle en el que se detienen las cuatro galeras para desembarcar al capitán y a la gente de armas y de cabo que duermen en el puerto, dejando un retén en ellas. El capitán baja a tierra, da las órdenes para que los suministradores abastezcan a los buques de todo lo necesario y deja el puerto para ir a dormir en el cuarto de la escuadra de galeras.

Enseguida, las cuatro galeras se mueven hacia una zona medio cerrada del puerto próxima a la bocana, para hacer la limpieza. Al punto el cómitre y su segundo deshierran a veinticuatro galeotes y los ponen a limpiar la galera, que es tarea de gran arduidad: hay que raer los remiches y fregar todos los suelos con cepillos,[12] baldeándolos bien y bañando con el agua las banquetas en que se encuentran los forzados, con ellos desnudos tumbados sobre sus bancos para lavarlos también, como si fueran parte de la galera, dejando después que el agua corra bien por las cubiertas y la crujía, hasta colarse hacia el fondo del bacalar. Al terminar esta tarea empieza la de fuera barriles, que consiste en abrir la ballestera y sacar todo el agua que se acumula en el punto más bajo del bacalar con barriles pequeños. Se suben a cubierta tirando de la cuerda que cuelga del asa, vaciando también los barriles de las letrinas llenos de excrementos. Al arrojar todo por la borda desprenden un olor espantoso y dejan esa parte del puerto hecha un lodazal, que solo se limpiará cuando suba la marea. Al terminar la faena, las galeras salen de la cerrada de limpieza y dan una vuelta por fuera del puerto para orear y secar las embarcaciones. El cómitre ordena a los forzados que se pongan en pie por cuarteles, para secarse también, y a la suave luz del atardecer las galeras ofrecen un espectáculo saturnino.

—Parecemos navíos de la Santa Compaña paseando a las ánimas —le dice Antonio a Miguel.

—¿Eres gallego?

—No, pero anduve un tiempo por allí haciendo la pesca del bacalao en Terranova —responde el sotacómitre, con gran contento de Miguel por encontrar la forma de sonsacarle su historia, y de los dos grumetes de la cámara del cuatralbo que se acercan y piden a Antonio que cuente su vida de pescador, cosa que él hace con prolijidad tan pronto se ve libre de sus tareas al quedar de nuevo las galeras amarradas al muelle, mientras el despensero y la gente de cocina bajan al puerto a traer la cena que han preparado los despenseros reales de la escuadra de España.

Los cuatro días que siguen son una repetición del primero, sin el menor cambio. El día 26 van hasta Denia; luego al Grao de Castellón; el cuarto día se detienen en Benicarló para cargar vino, aunque no varan en la playa porque es pedregosa y van los despenseros a por él en los esquifes. Vuelven tan cargados que están a punto de naufragar. El día 29 duermen en los alfaques de Tortosa, que es puerto muy protegido, todo de arena y con mucho fondo, aunque sin agua. Van a hacer la aguada al día siguiente a la Ampolla (Centellas dice «la Pulla»), en la boca del río Ebro, que tiene buen muelle para que las naos carguen lana. El cuatralbo no piensa detenerse más que para rellenar los barriles porque quiere dormir esa noche en Barcelona, que queda a más de veinticinco leguas, pero una nao de la lana golpea a la galera Sanjuan en el costado y pierden más de cuatro horas en repararla, de modo que decide pernoctar a medio camino, en Tarragona. La ciudad está en alto y el puerto no tiene ningún abrigo, pero no hay viento y varan las galeras en la playa del anfiteatro romano. Todos los que no están de guardia duermen en sus gradas. Es la única vez en todo el viaje que Centellas permite a Miguel abandonar durante una hora su puesto de vigilante de la plata para visitar las ruinas, acompañando al despensero y el cocinero cuando bajan a instalar los fogones en la misma arena del anfiteatro. El día siguiente amanece nublado y sin viento. El cuatralbo ordena reforzar las raciones del almuerzo a los remeros porque tendrán que bogar todo el día a cuarteles. Paran a comer en la playa de Vilanova y la Geltrú, a levante del cabo de San Gervasio. A mediodía se levanta un ligero viento garbino que ayuda a los remeros y llegan a Barcelona a la caída de la tarde del día 31. La torre de Montjuic anuncia la llegada desde mucho antes de la boca del río Llobregat. La playa es mala y Centellas ordena ir directamente al muelle, pero solo encuentran espacio en él para una galera, por lo que ordena barloar bien la capitana desarmando la palamenta y atracar a ella las otras tres, una junto a otra y amarradas entre sí con los arpeos, como si hubieran sido abordadas.[13]

2. La almadraba de Córcega y la ceca de los Cybo-Malaspina en Massa

2. La almadraba de Córcega y la ceca de los Cybo-Malaspina en Massa

En Barcelona Centellas recibe instrucciones de ir a Génova por Córcega sin costear el sur de Francia, que está solevantado por la guerra de los hugonotes. Deben ir primero a Rosas, pasar a Tolón y atravesar desde allí a San Florencio, en Córcega.

—Eso sería una imprudencia. Hace años que la isla ha sido un nido de piratas berberiscos y yo llevo una carga de gran responsabilidad —les dice el cuatralbo, resistiéndose a cumplir la orden.

—No estás bien informado. Eso ocurría antes, cuando Sampedro Corço, que era soldado de Francia y aliado de Dragut en Berbería, se sublevó contra la Señoría de Génova y convirtió el norte de la isla en un nido de piratas que dominaban el tránsito entre Marsella, Tolón, Córcega e Italia[14] —le responde uno de los oficiales del rey.

—Todavía hace siete años don Juan de Mendoza no se cansaba de repetir que de la isla de Elba para arriba estaba todo ese mar infestado de berberiscos.

—Sí, pero a la muerte de Sampedro, hace dos años, Génova derrotó a los sublevados con ayuda de los españoles, y Jorge Doria, gobernador de la isla, concedió un perdón lleno de magnanimidad, desterrando a los seguidores de Alfonso Corço, hijo de Sampedro, pero acordando con ellos interceder ante la Señoría para que pudiesen volver con sus galeras y hacer el corso por cuenta de Génova y la vigilancia de toda la isla contra los berberiscos,[15] además de ayudar a contener las aspiraciones de anexión de los Medici.

—¿Es ahora Alfonso Corço el guardián de Córcega? ¡Apañados estamos!

—Cuesta creerlo, pero la Señoría los perdonó el año pasado y desde marzo toda la zona se encuentra casi limpia de piratas, como no sucedía desde los tiempos del emperador Carlos. Ese es ahora el mejor camino para ir a Génova, evitando la guerra que asola el Languedoc. El único puerto seguro es Tolón —le explican los oficiales del rey, por lo que Centellas consiente en seguir el derrotero que le indican.

El primer día arriban a Rosas sin dificultad. Las veintisiete leguas se hacen cómodamente con fuerte viento garbino. Aunque llegan ya anochecido, hay luna llena y el puerto tiene una linterna en lo alto. La bahía es grande y en ella se amarran bien las galeras. El agua no es buena pero todavía no la necesitan porque vienen bien abastecidos de Barcelona. En cambio, necesitan leña para varios días y está algo lejos. A la mañana siguiente hacen zafarrancho cuando amanece y al ir a buscarla encuentran una pequeña cala para hacer limpieza a fondo y rellenar las cubas. En Barcelona no se pudo limpiar bien y hace buena falta porque la travesía hasta Tolón durará al menos tres días y con la galera sucia el olor se hace insoportable, además de insano.

Centellas decide navegar directamente hacia Tolón, pero sin adentrarse mar adentro, manteniéndose siempre a la vista de la costa, aunque a gran distancia de ella. A la altura de la Camarga baja algo de tramontana por el valle del Ródano, pero no dura mucho y los remeros bogan fuerte para salir de ella. Pasarán apuros por no haber podido hacer la aguada pero no se arriesgan porque la caballería de los sublevados siempre lo impide y trata de apropiarse de las armas, la artillería y de todo lo que lleven las galeras, según dijeron los oficiales. Lástima es, porque dice Centellas que en Aguas Muertas baja de los ríos un agua muy buena y se puede hacer la aguada desde la propia galera. El día cuatro llegan a Tolón. Es muy buen puerto, con un gran cerro a la banda de levante que protege contra la artillería de los sublevados, si la hubiere. Se entra bien al puerto pasando entre dos islotes a los que llaman Dos Hermanos. Compran carne salada, que es abundante y barata, se abastecen de otras cosas que necesitan y al otro día parten hacia Córcega.

Víctor, el tenedor de bastimentos de la galera Sanjuan, que fue arráez de almadrabas en Benidorm, encuentra tirada en el puerto una gran red que traían unas galeras capturadas a los berberiscos. No es como las que él usaba, que tienen buche y no dejan escapar a los atunes, pero puede servir para capturarlos en alta mar. Es como la antigua almadraba de tiro, que forma una pared de red y flota sostenida por una cinta gruesa forrada con grandes corchos y barriles. Cuando llegan los peces se los envuelve cerrándola en círculo, al tiempo que se les ciega la salida por el fondo tirando otras naves de la parte lastrada de la red con cintas muy largas que van haciendo subir los peces a la superficie. Como en Tolón no tiene utilidad, se la dan por medio ducado. Víctor pide permiso al cuatralbo para embarcarla e instruir a los pilotos sobre cómo usarla. Centellas se lo da.

—Vamos a estar varios días seguidos en la mar y conviene conseguir comida fresca. Para el buen orden de las galeras es menester llevarlas bien limpias y alimentarse bien —le dice el cuatralbo a Miguel.

—Había oído decir que las almadrabas siempre se hacen pegadas a tierra.

—Así es, pero estas redes son para artes de pesca muy antiguas y Víctor era el mejor arráez de Benidorm, así que sabrá cómo usarlas. Ya ha instruido a los pilotos. Ahora hace falta que encontremos atunes.

Los atunes no aparecen hasta el tercer día, cuando ya se divisa el gran saliente que separa las playas de la Isla de puerto San Florencio.

—Estos vienen de desovar en el archipiélago Toscano. Aquí, a estas bandas de pescado se las llama cardumen. Han doblado el cabo Grosso y van hacia Gibraltar. Vendrán más —dice Centellas al ver pasar una de ellas, dando orden a las cuatro galeras de que sigan las instrucciones del arráez.

La Sanjuan, que ya se ha acercado a la capitana, lanza un cabo del que cuelga la cinta forrada de corchos y barriles para que la amarren al espolón de la Santiago y se separa de ella, desplegando la red hasta formar una barrera que mide casi un cuarto de milla. Las otras dos galeras se sitúan por fuera y al costado de ellas dejando las cintas de abajo bien aflojadas. Avanzan todas en línea casi una legua hasta que el grumete que vigila desde la gavia de la entena mayor de la capitana anuncia la llegada de un segundo cardumen, mucho más grande que el primero. Sin esperar a que los peces se estrellen contra el muro de red, las otras tres galeras avanzan ya rápidamente, quedando solo quieta la Santiago y avanzando la Sanjuan más lentamente que las otras dos, que arrastran las cintas atadas a los lastres y se van cerrando. Cuando los atunes chocan de frente contra la pared y tratan de escapar hacia abajo, ya la parte baja de la red los ha envuelto, al tiempo que la Santiago avanza también para cerrar el círculo, devolviendo el cabo a la Sanjuan pero conservando atada la cinta de corchos sobre la borda. Las otras dos galeras entregan igualmente sus cintas a la Sanjuan, distribuyéndose enseguida las cuatro galeras por los puntos cardinales del círculo, tirando hacia arriba de la cinta de corchos para recoger las redes e impedir el retroceso de los atunes, haciéndolos subir a la superficie. Viéndose atrapado y sin escapatoria, el pescado se alborota y produce grandes cabritillas en el agua al entrechocar y aletear con fuerza, fatigándose. Algunos logran escapar, pero los que han caído en el cerco son muchos, si bien no muy grandes. Más o menos como cerdos de tamaño mediano. Deben de pesar doscientas cincuenta libras.

—¡Hay que halar bien la red hasta que los atunes queden a flor de agua y las cuatro galeras formen casi un cuadro! —grita el arráez, mientras empieza a enganchar atunes por la boca utilizando el garfio de un arpeo de abordaje e izándolos hasta la cubierta, ordenando a los soldados que estén prácticos en su uso que hagan lo mismo con todos los arpeos disponibles y a toda la gente de cabo que ayude a subirlos con ganchos o amarrados por la cola y a sujetarlos mientras los cocineros les cortan la cabeza para desangrarlos y les abren las tripas, vaciándolos y arrojando los despojos al mar, cortándoles la ijada, el vientre y el pecho para cocinarlo en la cena.

Al cabo de un rato, más de cincuenta atunes se encuentran descabezados y destripados sobre las cuatro cubiertas. Tupidos enjambres de gaviotas devoran los restos arrojados al mar y esparcidos por todo el barco, dejando las galeras como recién lavadas. Una vez recogidas las redes, las galeras se barloan. Cuarenta atunes se distribuyen por las cubiertas o se cuelgan de los palos y las entenas, diez en cada galera, para trocarlos por carne de atún en salazón en San Florencio.

—En Benidorm el cambio está a dos libras y media de atún crudo por una en salazón, y algo parecido será aquí —afirma el arráez, quien como tenedor de bastimentos da también instrucciones sobre qué hacer con los dos atunes que quedan en la cubierta de cada galera—: Hay que cortar el atún en rodajas como de tres dedos de grueso, quitarles la piel y cocerlas con algo de sal, laurel y cebolla durante quince minutos. Luego se fríe cebolla picada en bastante aceite, se le da un par de vueltas a las rodajas de atún para dorarlas y se van poniendo en las orzas de la despensa. Una vez llenas, se hace la salsa de escabeche y se echa por encima, recubriendo bien las rodajas, se tapan las orzas con tela encerada de las velas y se ata bien la boca con cordeles. Las partes menudas del atún se cocinan para cenar.

—¿Cómo se hace la salsa de escabeche? —pregunta Manuel, el cocinero de la Santiago.

—En el aceite de freír las rodajas haces un sofrito con más cebolla y unas zanahorias cortadas en rodajas; añades dos partes de vinagre, una de agua, una de aceite, sal y hojas de laurel, dándole un hervor para que se mezcle todo bien y lo echas en las orzas llenándolas hasta arriba, añadiendo jengibre, clavos y azafrán.[16] Para alguna orza puedes añadir pimentón al sofrito, pero no a todas porque da un sabor fuerte y puede cansar. Así, el atún nos durará hasta volver a España —le contesta Víctor casi a voces, para que le oigan también los de las otras galeras, que empiezan a separarse por orden del cuatralbo.

—¡Armad la palamenta y bogad a dos cuarteles comenzando por el de proa! ¡Tenemos que llegar a dormir en San Florencio! ¡Que la gente de cocina prepare la cena! —grita Centellas.

Cuando la Santiago vuelve a armar los veinticuatro remos de babor, que habían sido desmontados para la almadraba, los de popa empiezan a hacer boga larga mientras todos los remos de proa suben las palas y las afrenillan amarrando el extremo del guion a los sostres con cabos de aseguramiento, a los que llaman frenillos.[17] Durante el primer turno de hora y media cenan los remeros y la gente de armas y de cabo de este cuartel.

Mientras Manuel y su ayudante hacen el escabeche, la cena la prepara Pierres Carriera, en quien el cocinero ha depositado toda su confianza y no ha remado en toda la travesía, acompañado por otros cinco remeros de reserva que han ido turnándose para ayudarle y servir la cena y las cámaras. Antes, Carriera ha cortado las ijadas, la cola y la parte abierta de los dos atunes en porciones de media libra, sin piel. Pone a sofreír la cebolla cortada en rodajas, hierbabuena seca y laurel; enseguida añade pimentón, lo revuelve, pone vino blanco y al cabo de un momento extiende sobre la enorme sartén tres libras de atún con sal y pimienta, dándole la vuelta a los dos minutos. Cuando está dorado lo va extendiendo sobre seis tortas de bizcocho, lo recubre con la cebolla, lo espolvorea con canela y algo de perejil y ordena a sus ayudantes que lo sirvan a la primera fila de remeros, que lo devoran dando signos de satisfacción. Luego repite lo mismo trece veces para dar de cenar al resto de los remeros y a los doce soldados de proa, dejando a los de cabo para el final.

—Dice Carrieras que es un potaje de atún. Yo siempre lo había visto hacer con alubias o garbanzos, pero no recuerdo una cena así ni en la mesa de los príncipes de Éboli —le comenta Miguel al cuatralbo.

—Yo cuido a la chusma como a la gente de armas, a la de cabo y a los oficiales. Aquí todos comemos lo mismo y cuando hay penalidades las pasamos igual. He hecho mi vida en las galeras y he aprendido que todo depende de la chusma. Si es buena, estamos salvados, incluso en los peores trances. Si los tratas mal, solo piensan en escapar aunque les vaya en ello la vida, o en dejarse morir para terminar antes. Mi emblema es que soy el responsable de su vida y que debo entregarlos cuando cumplan condena para que la sigan viviendo. Su vida, digo. Si saben que esto es provisional, colaboran con los demás para salvarnos todos. Si no, ellos son sus propios verdugos, y los nuestros.

—¿Y los esclavos?

—Todavía con mayor motivo. En mis galeras siempre son pocos y se contagian de lo que hacen los buenas boyas y los galeotes. Si ven que llevan una vida decente, sienten que les merece la pena. Además, aunque yo nunca prometo nada, todo el mundo sabe que libero a los diez años a los que cumplen a mi satisfacción. Y a algunos incluso antes, aunque si son moros, solo lo hago si reniegan y se convierten.

—No es eso lo que se dice de la vida en galeras. Yo siempre he oído cosas horribles de ella.

—Yo he vivido esas cosas horribles, pero nunca bajo mi mando.

Tras terminar de cenar la chusma, los soldados y la gente de cabo del cuartel de proa, ellos comienzan su turno de boga y se repite la operación de cena con los de popa. Solo al terminar toda la gente de remo y de armas de los dos cuarteles se sirve la cena al resto de la gente de cabo y a los alojamientos. El cuatralbo cree que ese es el buen orden porque si mancan los primeros, que son los verdaderamente esforzados, la galera puede perderse.

Al mudar de rumbo hacia mediodía-lebeche para enfilar hacia San Florencio, cuando en la cámara del cuatralbo todavía no han terminado de cenar el piloto avisa a voces que hay viento malo y que unas galeras vienen siguiéndolos en el rumbo de cabo Grosso.

—¡Zafarrancho de entrada a puerto! ¡Plegar el velamen! ¡Toda la palamenta al agua y boga a pasar el banco apartándose de la costa! —grita Centellas, saliendo al estanterol.

—¿Qué pasa, Jin? —le pregunta Miguel, que sale detrás de él paladeando todavía el potaje de atún.

—Hay viento gregal terciado que viene de través y nos tira contra el promontorio. A media milla de San Florencio sale una laja con poca agua. Hay que entrar bien derecho, abiertos hacia barlovento y bogando fuerte.

—¿Qué son esas galeras que nos siguen?

—Dice el consejere que parecen cristianas. Deben de ser las de Alfonso Corço porque llevan insignia de Génova, aunque no las vemos muy bien. Por si un acaso, conviene darse prisa para que no nos alcancen.

Poco antes de enfilar la entrada del puerto, tras pasar la laja, se ven a cobijo del gran castillo y casi cesa el viento.

—¡Boga a tocar el banco! —ordena el cuatralbo a todas las galeras al entrar en el puerto.

Es una boga muy elegante, nada esforzada, con la galera guardando buen equilibrio y sin que los cómitres tengan que actuar porque el ritmo lo marca el punto en que los guiones golpean el banco de popa, que se oye por todo el puerto señalando que se aproxima una escuadra amiga.

—Efectivamente, las que nos siguen son galeras de aquí —dice el cuatralbo al verlas entrar en San Florencio detrás de ellos y echar el ancla en el centro de la gran cala. La Santiago desmonta la palamenta y atraca en el muelle por estribor, mientras las otras tres van plegando la suya para barloarse a su costado, asegurándose bien con las amarras.

Tan pronto termina la faena de atraque pide permiso para subir a bordo y hablar con el capitán alguien que no tiene apariencia de corso, pues es gallardo, de tez clara y viste a la toscana, pese a haber saltado al muelle desde el esquife de la galera principal del grupo que parecía perseguir a la pequeña escuadra de Centellas.

—Soy Mario degli Albizzi, agente en Génova de Nicolás Grimaldo, príncipe de Salerno. Tengo instrucciones para el cuatralbo de la escuadra que viene de Cartagena —afirma el toscano enseñando una carta de creencia que lleva la firma y el sello de Salerno, rubricada y sellada por el secretario de la Señoría de Génova.

—El cuatralbo soy yo —responde Centellas.

—¿Puedo ver vuestra cédula? —pregunta Albizzi con gran seguridad.

Centellas entra a su cámara, toma un fajo de papeles del escritorio y, adivinando la causa de la petición, pide a Miguel que lo acompañe.

—Este es Francisco Blas, comisionado del contador mayor, y esta es mi cédula —dice Centellas enseñándola, no sin dejar traslucir en su voz un cierto disgusto, porque todo el mundo sabe que la insignia del rey de España da entrada franca a todos los puertos de la Señoría de Génova.

—¿Puedo ver también la tuya? —dice Albizzi mirando a Miguel sin perder la calma, aunque él se anticipa a la demanda y la muestra también.

Asegurándose de que nadie más los escucha, Albizzi responde:

—Yo tengo el mandato de hacerme cargo en Génova de los doce cofres de plata que traéis con destino a Flandes. Este es el escrito firmado y rubricado por el contador mayor del rey —les dice, enseñando un papel que Miguel lee en alta voz.

—La firma es la de Ruy Gómez da Silva, y el sello de la Contaduría coincide con mi sello —dice Miguel, enseñando la muestra que lleva escondida en el peto y sacando el sello de su faldriquera—. Lo sellaré yo también, a modo de contraste.

—¿Queréis que os entreguemos la plata aquí? —pregunta el cuatralbo, extrañado.

—No, no. Hace unos días llegó por la posta un correo urgente para que, en lugar de enviar plata, ese mismo caudal se envíe a Flandes pero en monedas de oro del principado imperial de Massa. Esta es la orden, firmada y sellada igual que la otra —afirma el toscano mostrando el papel—. Los oficiales reales que la enviaron me comunicaron también que en lugar de ir directamente a Génova pasaríais por San Florencio. Aprovechando que esos días estaba en Génova la escuadra de Alfonso Corço, que partía hacia acá, me embarqué con ellos para poder ir nosotros directamente a Massa sin pasar por Génova. Así ahorraremos tiempo.

—Pero nuestra escuadra lleva también armas para Flandes, y el envío es urgente.

—Los oficiales del rey dicen que vuestras armas pueden ir directamente a Génova en las otras tres galeras y la plata dirigirse a Massa, escoltada por las galeras genovesas. Corço ha recibido ese encargo de la Señoría y es de fiar. Por eso estamos aquí. Estas son las instrucciones —dice el toscano enseñando la carta—. Yo puedo hacerme cargo de la plata en Massa y hacer el cambio a oro, que ya se está acuñando por cuenta de Grimaldo en la ceca. En cuanto tengamos espacio distribuiremos el dinero en dos cofres reduciendo el peso de todos a la mitad para manejarlos mejor, en la galera y en el camino de Flandes. Los doce cofres se convertirán en dos con la mitad de peso, pero yo solo me encargaré de conducirlos a Flandes si los lleváis vosotros mismos a Génova, con escolta hasta La Spezia de las galeras corsas que trabajan para los genoveses.

—Hasta La Spezia pueden volver las nuestras a buscarnos desde Génova. No se hable más. Si el contador del rey está conforme en firmar la entrega en Massa, ahora nos abasteceremos para el viaje y haremos noche en el puerto —dice Centellas al comprobar el asentimiento de Miguel—. Al amanecer limpiaremos bien las galeras, trasegaremos las armas de la Santiago a las otras tres y podremos partir hacia allá con la plata a las diez. Decidle a Alfonso Corço que media hora antes lo recibiré aquí para acordar el derrotero. ¿Saben ellos el cargamento que llevamos?

—No. Piensan que lleváis balas de cañón de hierro en bruto para darles forma y calibrarlas, como se hace en los molinos de Massa con las balas de piedra de Carrara y otras de hierro para el ejército imperial.

—Pues para que no haya sospechas, ni de los corsos ni de los nuestros, habrá que volver a Génova con doce cofres del mismo peso, así que los otros diez deberán cargarse con balas de cañón de hierro, para que pesen igual que los otros.

—Eso no será ningún problema. En la fábrica de armas de Massa hay depósitos de balas para cañón de hierro colado con el calibre de cuarenta libras que se envía a Flandes.[18]

Tras su partida, Miguel se pregunta si, además de agente de Salerno, Mario formará parte también del banco de los Albizzi, con el que tiene el encargo de tomar contacto en Florencia para ir a Ancona, pero no osa decir nada para no descubrir su doble identidad ante Centellas, aunque supone que el propio Mario encontrará ocasión para hablarle de ello. Enseguida llega Víctor y recibe permiso para negociar el trueque de los atunes en el almacén de salazones. Vuelve al cabo de media hora.

—Aquí solo nos dan una libra de salazón por tres de atún fresco, y eso viniendo sin cabezas ni entrañas. Más arriba hay otro saladero, pero ya está cerrado y no abrirá hasta mañana. Estos también van a cerrar, pero nos esperarán una hora.

—No tenemos tiempo para que negocies. Con ochocientas libras de salazón por galera hay suficiente. Conviene descargar los atunes y hacer el trueque rápidamente. Quiero que la gente duerma antes de las diez. Mañana hay que levantarse temprano —dice Centellas.

Al término de una hora los cuarenta atunes se encuentran en el muelle cargados en carretas. En el saladero pesan todos juntos diez mil libras, de modo que reciben a cambio algo más de tres mil trescientas libras de salazón. Al distribuirlo entre las cuatro galeras, Víctor muestra gran contentamiento:

—Yo no sabía que la salazón que nos dan está hecha con atún capturado a la llegada, antes de desovar. Es más tierno y tiene mucho mejor sabor que el que traemos, que ya va desovado. Además, lo que nos sobre lo venderemos en Cartagena a doble precio. Hemos hecho un buen cambio.

—Mejor así. ¡Miguel: haz todas las cuentas de la almadraba y ponlas en los libros! Hoy nos hemos ganado un buen trago —sentencia Centellas, trayendo una garrafa de aguardiente para los cinco hombres que se encuentran en la cámara. Sin más demora, apuran despacio sus bebidas y todo el mundo se va a dormir.

A la mañana del día 8 ordenan zafarrancho a las seis. Desatracan, arman la palamenta y van a lavar al extremo exterior del puerto. Vuelven remando por cuarteles haciendo la procesión de la Santa Compaña, como dice Antonio; hacen el trasiego de las armas y Centellas recibe la visita de Alfonso Corço para acordar derroteros.

Están también en la cámara los otros tres capitanes. Acuerdan ir todos juntos rumbo tramontana hasta el centro del mar de Liguria y allí separarse. La Sanjuan y las otras dos galeras españolas, con las armas, continuarán rumbo a Génova y la Santiago y las de Corço tomarán rumbo gregal hacia Massa. Con buen viento esperan llegar allí el día 11. Las españolas descargarán en Génova y pasarán a La Spezia a esperar la vuelta de la Santiago desde Massa, escoltada por las de Córcega, que allí pondrán rumbo mijorno hacia isla Capraia, en donde los pescadores de San Florencio han avistado fustas berberiscas, probablemente huyendo de los españoles del Estado de los Presidios que solo las persiguen por el Tirreno hasta la isla de Elba.

En la travesía hasta Massa no encuentran viento favorable. La Santiago y la escuadra de Alfonso Corço tienen que hacer noche el día 11 en el mar y solo pueden varar en la marina de Massa el día 12 de agosto después de comer. Desde mucho antes de llegar Miguel se muestra asombrado por la blancura de las montañas que se divisan a lo alto, hacia gregal. Es agosto, pero parecen cubiertas de nieve.

—Son las montañas de Carrara. Lo que ves es mármol blanco, la materia de la que están hechos Cristo y la Virgen en nuestras iglesias —le explica Centellas.

—Pero brilla como si fuera nieve.

—Es que al entrar desde garbino con el sol en mediodía el mármol nos hace de espejo. Has de saber que desde ahora hasta que troquemos la plata por oro y por bombas de cañón y nos des orden de partir de nuevo hacia Génova, el mando lo tienes tú, con lo que te diga Albizzi —responde Centellas, al tiempo que dirige la maniobra para correr la playa de Massa.

—No, no. Las órdenes del contador mayor que trae Albizzi me relevan de mi encargo y le dan a él el mando. Yo me quedaré aquí y tú seguirás sus instrucciones.

—Podíamos haber ido a descargar al puerto de Carrara, pero está muy lejos de la ceca. Tengo seis carretas de bueyes al borde de la marina para llevar los doce cofres hasta Massa. Hay seis andas para acarrearlos desde la galera hasta las carretas en dos viajes. Necesitamos veinte portadores por anda —grita Mario al acercarse a la Santiago, tras saltar a tierra desde la galera principal de Alfonso Corço.

Al verlo venir, Centellas ha ordenado que los cofres se pongan en la borda de la galera para descargarlos con la polea. Ahora ordena que el sotacómitre elija y quite los grilletes a ciento veinte remeros para portar las andas hasta las carretas. Al cabo de una hora cada carreta ha cargado dos cofres y están todas listas para partir hacia la ceca custodiadas por veinte hombres de armas.

—En este momento yo me hago cargo de los doce cofres de plata enviados a Flandes por el contador mayor de Castilla. Este es el albarán de entrega que debéis firmar el cuatralbo y el agente de la Contaduría —declara Mario degli Albizzi subiendo a la Santiago.

Centellas firma el albarán. Miguel lo hace también, poniendo el sello a nombre de Francisco de Blas, y reclama que Mario rubrique y selle igualmente el albarán que viene con los cofres, para que el cuatralbo lo devuelva a Cartagena.

—Espero que mañana podamos volver con los doce cofres, unos con dinero y otros con balas —dice Mario dirigiéndose a Centellas y a Miguel.

—Ya le he dicho al cuatralbo que mi misión ha terminado con la entrega de la plata y de las armas. Además, yo no puedo volver a Génova. Debo seguir camino hacia Ancona —responde Miguel.

—Claro, Francisco. El príncipe de Éboli también me dio instrucciones para ayudarte en eso.

—El que no tiene instrucciones sobre el oro y las balas soy yo. Tenía que recibirlas en Génova, pero estamos en Massa.

—Ya lo sé, capitán. Seré yo quien se embarque en la Santiago. Solo en Génova te librarás de mí, cuando te dé el conforme del encargo que te hicieron —le dice a Centellas—. Ahora, Francisco debe acompañarme a la ceca de Massa para entregar la plata. Al venir punzada con el troquel de España, el príncipe Alberico la recibirá con agrado solo con tu sello, sin necesidad de otro certificado. Sabe bien quién eres y desea hablar contigo.

Aunque Miguel no acierta a interpretar a cuál de sus dos personalidades se refiere Mario, se despide de Centellas. No puede acompañarlos de vuelta a Génova, pero le firma y sella todos los albaranes de entrega de las piezas de armas para Flandes y los de la plata, como si todo hubiera sido hecho en Génova, aunque anotando al margen que la entrega se hizo en Massa, siguiendo las instrucciones recibidas del contador mayor, por si a Centellas le exigen cuentas en Cartagena.

—Adiós, Francisco. Si has de andar por Italia, de seguro nos volveremos a ver. Me ha gustado hacer esta travesía contigo. Cuando lo vea, le diré a tu padre que quedas bien. Como recuerdo de nosotros puedes llevarte los libros de Virgilio y de Homero. Yo no voy a leerlos y ya no creo poder encontrar a su propietario —le dice el cuatralbo dándole un abrazo, tras agradecerle Miguel su generoso regalo.

Miguel mete los libros en la valija de cuero que recogió José en su casa de Madrid, la lleva consigo y sube con ella a la primera carreta, acompañando a Mario degli Albizzi, quien aprovecha el viaje para contarle que es primo de Lucca de Albizzi y miembro también de la facción medicea de la familia.[19] A las tres horas ya han depositado los doce cofres de plata en la gran bóveda de la ceca, que se encuentra detrás del palacio del príncipe Alberico haciendo esquina con la calle Bagnara que separa las dependencias palaciegas de los bloques de casas que dan por el otro lado a la plaza Mercurio, en donde se encuentra también la casa de banca de Grimaldo. Dos poderosas garruchas han levantado los cofres desde las carretas y los han depositado en grandes mesas de hierro. Los operarios de la ceca los han abierto y extraído las barras de plata de los cofres, colocándolos en los estantes de unos armarios metálicos que se cierran con pesadas puertas de hierro colado. Es Mario quien recibe el certificado de depósito del tesorero de la ceca con el sello de Cybo-Malaspina.

—¿No hacemos el cambio de la plata por el oro? —pregunta Miguel.

—No, no; la ceca no hace cambios. Eso es cosa de la casa de Grimaldo y ya ordené yo hacerlo desde Génova. Nuestro banco anotó la deuda de la plata en la cuenta del rey de España y entregó a la ceca el oro equivalente para que lo acuñaran en doppias de dos escudos, que es la moneda del principado, corriendo el señoreaje por cuenta del banco.

—¿Qué es el señoreaje?

—El derecho que corresponde al soberano por acuñar la moneda con su nombre y efigie. En las leyes de Indias se le llama monedaje y en Castilla viene a ser de un real de plata por cada marco de metal labrado. En Italia se sigue la misma regla, ya se labre plata u oro.

—¿Las doppias son como los doblones de España?

—Algo parecido. Equivalen a dos escudos de oro de once dineros y ocho granos. Aquí, con un marco de oro labran algo más de treinta y cinco doppias y un octavo, o sea setenta escudos y un cuarto. En total, como trajisteis 23162 marcos de plata, Grimaldo os los cambia por 1930 marcos de oro. La ceca nos entregará mañana por ellos 67808 doppias de la Massa Lunigiana. Todo eso figurará en los albaranes que firmaremos al recoger los dos cofres.

Miguel hace los cálculos en grueso y asiente, aunque piensa rehacerlos antes de acostarse.

—¿Las doppias se llaman así porque esto es la antigua Lunigiana, de la provincia de Etruria?

—Así es. Los Cybo presumen de ser herederos de la antigua Roma y la primera mención la encontraron en Estrabón.

—¿Y por qué depositamos aquí la plata? ¿No dices que ya es de Grimaldo?

—Para que nos la guarden. Es el lugar más seguro. No te habrás fijado, pero la ceca se encuentra dentro del cuartel general del regimiento del principado. No podría tener mejores guardianes. La plata solo pertenecerá a Grimaldo en el momento en que la ceca nos entregue el oro que están labrando por encargo de nuestra casa y yo lo deposite mañana en la galera Santiago. Eso dicen los contratos que firmaremos: Grimaldo os entrega el oro amonedado a cambio de la plata depositada, a una relación de uno por doce. Aquí tienes el recibo de entrega de la plata y el billete de comprometimiento de entrega del oro equivalente, firmado por mí y rubricado y sellado por el tesorero de la ceca, que actúa como mediador al ser depositario tanto de las barras de plata como de las de oro —le dice Mario, entregándole los documentos.

Por el camino, Albizzi le ha explicado que al recibir en Génova las instrucciones de Barcelona mandó a su gente en Massa que hiciese el contrato de acuñación y entregase el oro para que ya estuviese troquelado al llegar la Santiago.

—¿Ya les ha dado tiempo de batir todo el dinero?

—Sí, porque en la ceca no se bate, sino que se troquela la moneda con un laminador y varias prensas de volante que trajeron de Alemania. El laminador se mueve por un molino de agua situado a media milla de aquí, en el río Frígido, que solo trae caudal de agua suficiente para moverlo entre los meses de octubre y abril. Es entonces cuando la ceca lamina el oro que necesita para troquelar moneda en sus prensas durante todo el año. Por eso, aunque el contrato de acuñación dice que la ceca acuña el oro que le entregamos, en realidad nos entrega oro amonedado de la misma ley y peso pero fabricado con oro laminado que guarda en sus propios depósitos. Solo vale la moneda troquelada en una ceca de confianza, y la de Cybo es la mejor de Italia. Por eso es tan apreciada en España y en Flandes.

Tras recibir los documentos de depósito y concertar la recogida de los dos cofres para el día siguiente, Mario manda cargar los diez cofres restantes en dos carretas y anuncia:

—Antes de presentar nuestros respetos al príncipe llevaremos los otros cofres vacíos a la fábrica de armas para que mañana los tengan llenos con balas de cañón de hierro de gran calibre asegurados con máscaras de madera. Como los dos cofres de oro pesarán algo más de cuatrocientas ochenta libras cada uno, estos otros cofres llevarán cada uno venticuatro balas de veinte libras. En total, doscientas cuarenta balas, que es más o menos lo que se emplea en un asedio si no dura mucho —dice Mario, haciendo sus cálculos.

—¿Dónde está la fábrica?

—Aquí al lado, al otro costado de la trasera de palacio. Alberico ha querido tener siempre a mano el dinero, el ejército y las armas. Ha sido condotiero y es buen soberano. Puede pasar directamente del palacio a las fábricas y al cuartel en unos minutos con el mayor sigilo. Aunque esta no es propiamente la fábrica, sino solo el depósito de armas. Las balas se calibran en molinos que están también junto al río Frígido en un edificio contiguo al de los laminadores, fuera de la muralla. Pero todo esto es provisional. Con las reformas que está haciendo Alberico, tanto la ceca como el depósito se trasladarán a unos edificios que está construyendo por encima de la plaza de San Pedro, o de los naranjos, enfrente de la fachada principal de palacio. La familia necesita el espacio para ampliar la antigua casa, y la ceca hace mucho ruido a veces. También quiere trasladar el cuartel general a Porta Toscana, para tener una verdadera plaza de armas en Piazza Bastione, en donde ya está el escuadrón de caballería y hay mucho espacio para maniobrar. Toda esta parte acabará formando parte del palacio.

Como si los hubiera estado escuchando, el príncipe Alberico I Cybo-Malaspina[20] aparece por la fábrica de armas cuando Albizzi acaba de hacer el encargo de las doscientas cuarenta balas de cañón.

—¡Salve, Mario! Me dice el tesorero de la ceca que te llevas una buena partida de doppias nuestras para Flandes.

—Sí, alteza imperial. Ya sabéis que el duque de Alba quiere que los caudales para pagar a sus soldados se le entreguen en moneda de oro de vuestra ceca. También nos llevamos balas de cañón.

—Sí, sé que tiene confianza en lo que hacemos aquí y es gran amigo mío.

Mario saluda al príncipe descubriéndose e inclinando la cabeza, aunque sin hacer los aspavientos propios de las grandes cortes. Después le contará a Miguel que Alberico es nieto de Francesco Cybo, hijo a su vez del papa Inocencio VIII, quien adoptó como lema para su casa el que figura todavía en algunas monedas del principado, «De los buenos, el mejor», pero ni uno ni otro quisieron nunca ser reverenciados con grandes ceremoniales. Casado con Magdalena de Medici, hija de Lorenzo el Magnífico[21] y hermana del papa León X,[22] su cuñado el sumo pontífice envió al hijo primogénito de Francesco, Lorenzo Cybo,[23] a educarse en la corte de París como gentilhombre del rey de Francia. Más tarde, en la coronación de Carlos V como emperador en Bolonia en 1530, Lorenzo fue el portaestandarte de la Iglesia, nombrado por Clemente VII.[24] Luego recibió el encargo de negociar el matrimonio entre Enrique de Orleans y Catalina de Medici. Su tío, el papa, había arreglado su matrimonio con Ricciarda, hija y heredera de Antonio Alberico Malaspina, marqués de Massa, y a petición de Clemente VII el emperador Carlos le concedió por diploma la condición de marqués de Massa por sus propios méritos y, en ausencia de su mujer, de señor absoluto del feudo, creando el linaje Cybo-Malaspina.

Pero Lorenzo se propasó en su afán de preeminencia y por causa de los agravios recibidos Ricciarda consiguió que el emperador anulase el diploma y le concediese a ella la facultad de elegir sucesor. Julio, su primogénito, que había sido gentilhombre de la boca en la corte imperial de Carlos V, continuó en la lucha de preeminencias contra su madre, apoyado por Lorenzo, hasta el punto de aprovechar la presencia de ella en Carrara para intentar asaltar el castillo con cincuenta hombres armados y obligarla a nombrarlo su heredero. Ricciarda se refugió en el reducto principal —que en Italia llaman mastio[25] —y resistió el ataque, desheredando a Julio y encargando al castellano de Massa que conservase el Estado para su segundo hijo, Alberico, con la ayuda, si fuera necesario, del duque de Ferrara. No terminó aquí la cosa, sino que Julio se alió con Cosme de Medici y con los Doria y al frente de mil infantes y cien caballos invadió el Estado, gobernado en nombre de Ricciarda por el cardenal Inocencio Cybo, hermano de Lorenzo y muy probablemente el verdadero padre de Alberico.[26] Ni siquiera con tales fuerzas pudo tomar «la roca», defendida a muerte por su castellano Pietro Gassani siguiendo órdenes de la marquesa, pero el desembarco de los Doria con grandes cañones obligó a Gassani a rendirse, siendo asesinado junto a todos los varones de su familia y arrastrados desnudos y atados por los pies hasta la plaza de Massa, como suelen hacer los turquescos,[27]quedando Julio dueño del Estado, autoproclamándose marqués y casándose con Peretta, hija de Giannettino Doria.

Ricciarda apeló al emperador Carlos, quien encargó a Ferrante Gonzaga, su gobernador en Milán, impartir justicia, restablecer a la madre en sus posesiones y devolver el gobierno efectivo al cardenal Cybo. Julio rechazó aceptar el mandamiento imperial y pidió ayuda a Francia, pero cuando estaba en Agnano en compañía de su padre fue apresado por Cosme, duque de Florencia, quien, pese a haber sido su aliado y aun tratando de evitar su ruina completa, se consideró obligado a ayudar al emperador —con quien tenía alianza desde diez años antes, ratificada por su matrimonio con Leonor, hija del virrey Toledo, de quien estaba profundamente enamorado— y lo encerró en la fortaleza de Pisa. Por mucho que Julio no confesase la contraseña de la Roca de Massa, las fuerzas de Pisa la tomaron en 1546.

Pese a todo lo ocurrido, la madre no fue vengativa y acordó restituirlo en la posesión de Massa y Carrara a cambio de recibir su patrimonio, valorado en cuarenta mil escudos de oro, la mitad de los cuales Julio esperaba obtener de Andrea Doria como dote de Peretta. Cuando el príncipe genovés se negó a concedérsela, Lorenzo decidió separarse del partido imperial y aliarse con la casa de los Fieschi, del partido francés, conspirando para asesinar a Doria y ayudarlos a apoderarse de Génova, a cambio de que le dieran a él Massa y Carrara, el grado de coronel y una renta anual de cuatro mil escudos de oro. Sin embargo, traicionado por uno de los conspiradores, fue capturado en Pontremoli por el gobernador español y conducido a Milán para ser juzgado por la justicia imperial, que lo condenó a muerte y lo decapitó secretamente en mayo de 1548, exponiendo su cuerpo entre dos antorchas en la plaza del castillo. Al mismo tiempo los soldados españoles se apoderaron del Estado de Massa y Carrara, restituyendo a su madre en la plena soberanía sobre ellos en 1549.[28]

Nacido en 1532, Alberico, segundogénito de los marqueses de Massa y Carrara, parecía destinado a la carrera eclesiástica, pero fue siempre el preferido de Ricciarda, quien lo educó en Roma con ella hasta su muerte en 1553 en que heredó aquellos Estados, tras haber heredado el de Ferentillo a la muerte de su padre cuatro años antes. Tras la sucesión, el emperador Carlos firmó un diploma invistiéndolo feudatario imperial desde 1554. Más tarde Alberico ayudó a Cosme I en la guerra contra la República de Siena y fue lugarteniente general de su cuñado el duque de Urbino, hermano de su mujer, al frente del ejército papal de Julio III y Marcelo II; custodió la ciudad de Perusa contra las tropas imperiales y francesas, y se retiró a sus Estados tras el ascenso al pontificado de Paulo IV en 1555, siendo el duque de Alba gobernador de Milán.

Su aquietamiento militar resultó una bendición para Massa y Carrara. Esta última fue reordenada abriendo una red de calles que se adornaron con plazas y fuentes. La primera, en cambio, no era otra cosa que unas cuantas casas viejas al pie del castillo de la Roca. Alberico decidió fundar una ciudad amurallada a la que enseguida se denominó Massa Cybea o Massa Nova, de la que puso las tres primeras piedras durante el verano de 1557 —a su propio nombre, el de la marquesa Elisabetta della Rovere, su mujer, hija del anterior duque de Urbino y hermana del actual, y el de Alderano, hijo de ambos, que con cinco años ya se educaba en la corte de su tío—, iniciando con ello la fábrica de una verdadera muralla moderna en forma de tijeras con punta de diamante como exigía el nuevo arte de la guerra.

Ya en la batalla de San Quintín Alberico tuvo una actuación destacada, pero su entrega definitiva a la causa de Felipe II se produjo al pasar su cuñado Guido Ubaldo della Rovere[29] al servicio de España en 1558, año en que el duque de Alba consigue para Alberico el grado de chambelán y una remuneración de tres mil escudos de oro durante su permanencia en la corte.[30] Al año siguiente el emperador Fernando I otorga al Estado de Massa el derecho a la salvaguardia y defensa imperiales, autorizándolo a abrir ceca propia. Esto ocurrió poco antes de partir Alberico hacia Bruselas en mayo, pasando por París para congraciarse con los soberanos franceses y con su hija Isabel, ya prometida de Felipe II, tras firmar el rey la paz con Enrique II. Sin embargo, al mes de su llegada a la corte del rey de España en Bruselas, muere el rey francés y Felipe decide trasladarse a Madrid, encargándolo de presentar sus condolencias a Catalina de Medici y de acompañar a Isabel de Valois en su viaje a España, en donde Alberico destacó con los gentilhombres de su séquito durante la boda de Guadalajara, pasando el resto del año en la corte y haciendo grandes amistades, especialmente la del príncipe de Éboli.

A finales de ese año fue elegido papa Pío IV. Conociendo su amistad con Alberico, Felipe II le encarga volver a Italia y transmitirle su felicitación, cosa que lleva a cabo, negociando al mismo tiempo la boda de Federico Borromeo, sobrino del pontífice, con Virginia, hija de su cuñado el duque de Urbino y de su prima Giulia Varano, retirándose de nuevo a Massa. En 1565, ya desaparecida Elisabetta y nuevamente casado con Isabella di Capua, se le encarga acudir a Bolonia para recibir a la archiduquesa Giovanna de Austria, hermana del emperador Maximiliano, que viene a casarse con Francesco, heredero de Cosme de Medici, acompañarla hasta Florencia y actuar como testigo de su boda en diciembre de ese año. Al año siguiente adquiere el feudo de Aiello,[31] en Calabria, y dos años más tarde Alberico recibe el diploma imperial que convierte a Massa en principado y a Carrara en marquesado, concediendo a los Cybo-Malaspina la condición de príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico. Para alcanzar los máximos honores que puede disfrutar un soberano gibelino en Italia solo le falta el tratamiento de ilustrísimo, la facultad de nombrar condes palatinos y la de insertar el águila bifronte y la palabra «libertas» en el escudo familiar. Pero su amiga Giovanna de Austria afirma que para conseguirlo hay que esperar a tener la edad adecuada.

3. Cabalgando por las murallas de Massa con Alberico Cybo-Malaspina

3. Cabalgando por las murallas de Massa con Alberico Cybo-Malaspina

Alteza imperial, este es Miguel de Cervantes, enviado del príncipe de Éboli.

—Sí, Mario, ya suponía que era él. RuyGómez me lo anunció en su carta. Decía que venías a Italia en representación suya e hizo grandes elogios de ti. No te imaginaba tan joven —responde el príncipe, dirigiéndose a Miguel.

—Es gracia que me hace mi señor.

—¿Te quedarás algún tiempo con nosotros?

—Mañana despacharemos la galera con los caudales y las armas hacia Génova y empezaré a cumplir sus encargos, comenzando por viajar a Ancona… —dice Miguel, iniciando un gesto de saludo cortesano que el príncipe detiene.

—Es que todavía no he tenido tiempo de poner a Miguel al corriente de las órdenes que tengo del príncipe de Éboli —interrumpe Mario la conversación entre ellos, al observar que Miguel no sabe qué decir—. Pienso hacerlo esta noche mientras cenamos y arreglamos los papeles en mi casa, pero para viajar hacia Ancona con la caravana de los Albizzi, Miguel deberá esperar aquí. Pandolfo llegará el día 14 con el oro y partirá de nuevo con la plata el día 16.

—Pues hasta ese día serás mi invitado. Terminad de hacer vuestras cosas y ven mañana a comer y a quedarte con nosotros. Tenemos también aquí como invitada a Giovanna de Austria y Jagellón. Cuando le leí la carta de RuyGómez anunciándome tu llegada, ella recordó que su prima Juana le había escrito diciéndole que eres el narrador preferido de aquella corte. Hasta creo que le mandó alguno de tus cuentos. Ahora que se ha marchado su filósofo, Antonio de Albizzi, le gustará oírte contar historias; buena falta le hace —zanja la conversación el príncipe Alberico con un breve gesto a modo de despedida, dirigiéndose enseguida hacia el contramaestre de la fábrica para darle instrucciones.

—No esperaba que el príncipe supiera nada de mí y mucho menos que me invitara a vivir en su palacio. La ropa que he usado en la galera está sucia y no sé si llevo en la valija algo adecuado para presentarme ante los príncipes. La preparó mi hermana y no he tenido tiempo de ver lo que contiene. Tuve que salir de Madrid precipitadamente y con sigilo —confiesa Miguel, suponiendo que Mario debe de estar al corriente de todo.

—Ya lo sé. No te preocupes. Mirarás la valija en mi casa y el ama se ocupará de arreglarlo todo. Si te falta algo, puedes usar mis cosas; somos de tallado parecido. Ya me las devolverás al marcharte. Ahora vamos a la casa de Grimaldo para terminar de hacer los papeles.

—También debo abrir una cuenta a mi nombre y otra al de RuyGómez para los depósitos que haga en Ancona y para mis gastos y ganancias —dice Miguel.

—Eso ya está preparado. Lo único que tienes que hacer es poner tu rúbrica y tu sello. Cuando llegues a Ancona deberás hacer lo mismo y a partir de entonces todo lo que hagas allí figurará como si estuviera hecho en esta cuenta o en la de Nápoles, que tendrás que abrir cuando puedas. También puedes abrir otra en Ferrara, pero por ahora te basta con estas dos. Es lo que ordenó RuyGómez. Cuando termine en Génova yo iré a Ferrara y prepararé lo de las cuentas. Los depósitos en plata se apuntan indistintamente por su valor en plata o al cambio de un marco de oro por once de plata, si es en Ancona o Ferrara, o a doce en las otras plazas —afirma Mario mientras Miguel asiente anotando los cambios para consultarlos con RuyGómez.

La casa de Mario se destaca entre todas las de la plaza Mercurio. Al cruzar el portalazo que da paso al cortil sobresale a la vista una inscripción en bronce que señala la entrada a la banca Grimaldo, igual que la que se veía desde la plaza al costado derecho del edificio, ocupado por el banco. Miguel muestra su admiración por la fuente que aparece en el centro del cortil, dominada por un Neptuno rodeado de agua sobre un pedestal con las estatuas de Escila y Caribdis.

—Es una copia de la que hizo Ammannati para la Señoría de Florencia cuando la boda de Francesco Medici[32] con Giovanna de Austria. Esta se la encargó el príncipe de Salerno a Gianbologna y él la hizo en bronce a escala reducida, borrando los rasgos de Cosme en la cara de Neptuno. Yo creo que en la de Escila puso algo de Giovanna, que es muy amiga del príncipe Alberico, para congratularse con él. El agua empieza a recubrirlo de cardenillo y luce muy bien entre la floresta del cortil —le dice Mario al observar su curiosidad.

—¿Vives aquí con tu familia? —pregunta Miguel.

—Sí, pero solo en verano para estar al borde del mar. A finales de septiembre ellos se trasladan a Florencia porque en otoño yo estoy casi siempre en Génova. Esta vez todo se ha adelantado por lo de mi viaje. Pero la casa está abierta todo el año a cargo del ama. Dale tu valija para que la abra, se ocupe de todo y la tenga preparada para cuando te vayas a Ancona. Se llama Antonella y es de toda confianza. Fue mi aya —le dice Mario al ver al ama aparecer en la entrada tan pronto ellos abren la puerta acristalada que comunica el cortil con la entrada de la casa, por detrás de la fuente de Neptuno, presentándoselo y pidiéndole que se ocupe de Miguel mientras esté en Massa como si fuera el propio Mario, sobre todo en lo que necesite para ir a palacio y luego para viajar a Ancona.

—Salve, Antonella —saluda Miguel, al tiempo que ella se inclina levemente y casi le arrebata la valija de entre las manos dándosela a la sirvienta que la acompaña mientras, sin decir palabra, entrega una carta cerrada a Mario que este abre.

—Ya ves que Antonella habla poco. La carta es de Pandolfo de’ Pitti, el sobrino de Laldomina.

—¿La viuda de Lucca?

—Sí, es ella quien dirige ahora el negocio en nombre de su hijo Girolamo.[33] Es una verdadera Pitti, un águila para los negocios—dice Mario, deteniéndose un momento para leerla.

—¿De los Pitti que conspiraron contra los Medici?

—No, de la familia de los banqueros de Semifonte. Pandolfo dice que no llegará hasta pasado mañana pero que igualmente piensa partir el 16 para unirse a la caravana que sale de Florencia hacia Ancona el día 21. Antonella, ¿cuándo podemos cenar? —dice Mario dirigiéndose al ama, pasando rápidamente de hablar con Miguel y de leer la carta a dar instrucciones al aya.

—Cuando queráis. Todo está preparado. Tienes lo que más te gusta: zuppa de pasta con garbanzos y calamares con ensalada. Puede estar listo en un cuarto de hora.

—Bien nos vendrá. Todavía no se me ha quitado el frío que pasé esta noche en la galera. ¿Hay trufas para la pasta?

—Sí, pero no trufas negras, no es el tiempo y las que tenía en salmuera se han terminado. Tengo trufas blancas muy buenas que acaban de llegar del Piamonte.

—Pues no se hable más. Miguel, puedes arreglarte un poco en tu alcoba, que está ahí arriba. En media hora te espero en el comedor, aquí enfrente.

—Creí que Carrara quedaba algo más lejos. He visto la montaña de mármol muy cerca desde la ventana —dice Miguel al sentarse a la mesa del comedor, tras lavarse y cambiarse de ropa, que la sirvienta se ha ocupado de sacar de la valija y extender por todo el cuarto para orearla llevándose todo lo que está sucio y arrugado del viaje.

—No es Carrara. Lo que has visto mira al gregal y son Monte Pelado y Monte Altíssimo, que separan Massa de Lucca. Ahí están algunas de las mejores vetas de mármol, pero como el más conocido desde la antigüedad es el de Carrara, nadie hace distinciones. Para la sacristía nueva de la basílica de San Lorenzo y la tumba de los Medici Miguel Ángel buscó en 1515 las mejores piezas en las vetas que se ven desde tu alcoba. El papa Medici León X le dio atribuciones para seguir haciéndolo de por vida, hasta que él destrozó varias canteras para labrar unas columnas, lo que le valió un enfrentamiento con Alberico Cybo,[34] aunque el propio príncipe acabaría siendo el principal beneficiario porque desde entonces todas las cortes y las iglesias quieren tener mármoles de aquí. Ya podrás imaginarte lo que eso significa para las rentas de la casa Cybo —responde Mario mientras la sirvienta acaba de servir la pasta y Antonella de decorarla con láminas de trufa cortadas con una cuchilla finísima.

—Este guiso sabe exquisito —dice Miguel, probándolo y mirando a Antonella, que parece entenderlo y sonríe, satisfecha.

—¿Verdad que sí? Aquí lo llamamos Zuppa di pasta e ceci. El secreto está en cómo la hace Antonella. La melosidad depende de que la pasta termine de absorber el caldo de garbanzos justo en el momento en que alcanza su punto. Parece sencillo, pero no lo es.

—Eso pasaba también con el perol de arroz que hacía mi abuela.

Tan pronto ellas abandonan el comedor Mario empieza su narración a la carrera, como si fuera un recitativo:

—Mañana, cuando yo me vaya, tú debes volver derecho desde la Marina a palacio, presentándote enseguida a Alberico. Sé discreto y comedido. No te arredres por su presencia, que suele producir avasallamiento, aunque aquí él es el deudor y tú el acreedor. No te precipites en hablar; espera a que él te pregunte. Está deseoso de saber cosas de Madrid. Hace diez años que falta de la corte y necesita estar bien informado para demostrar que es el principal aliado del rey y del imperio en Italia. Giovanna le informa de las cosas de Viena. RuyGómez y Alba le comunican lo más importante de lo que ocurre en España, pero tienen otras cosas de que ocuparse y él anda ansioso de noticias. Cuando yo estoy aquí me acosa a preguntas y a veces invento cosas con lo poco que sé, pero tú eres el mensajero que él esperaba desde hace años.

—¿Cómo podía esperarme, si mi venida fue una decisión repentina?

—Porque RuyGómez le ha prometido que le pondrás al corriente de todo, aunque a mí me escribió encargándote que le cuentes solo lo que él comunica a los embajadores en Madrid. Tú sabrás lo que es; veo que Éboli confía mucho en ti. Alberico te preguntará por todo lo divino y lo humano. Tú actúa como si estuvieras en España y di lo que puedas decir. Aunque creas que son nimiedades, para él esas informaciones resultan preciosas porque dan señal de su proximidad con los poderosos. Piensa que en cuanto te vayas, con lo que te sonsaque, a él le faltará tiempo para ir a presumir en Florencia ante Francesco, ante su cuñado el duque de Urbino y en Ferrara con los d’Este.

—Pero lo más interesante es lo que no se puede contar.

—Si hay algo que no quieras decir, pon alguna excusa, pero extiéndete mucho sobre todo en particularidades poco divulgadas y en cualquier cosa que ocurra en Madrid. Con cuanta más prolijidad, mejor. Si se te ocurre, añade algo picante para regalarle el oído. Sé que eres buen narrador y a Alberico le falta imaginación. Adórnalo todo un poco. Eso le servirá a él para ir contándolo por toda Italia presumiendo de estar bien enterado. Es lo que más le gusta y así acrecienta su reputación para conseguir llegar a ser grande de España, que es su mayor aspiración, lo que es bueno para Madrid porque él es el más leal de todos los príncipes de aquí. Ayúdale en todo lo que puedas. Él te lo agradecerá siempre y Éboli también.

—Me alegra que me lo digas. De otro modo no sabría cómo actuar. Pero si tú me invitas, yo preferiría vivir en tu casa aunque esté allí todo el día. De otro modo temo no saber comportarme en palacio. No conozco las costumbres de esta corte.

—No; eso no puede ser. Él te ha invitado y rechazarlo sería una ofensa. Pero no te preocupes. No es como con los Austrias; aquí apenas hay protocolo. Todo el mundo presume de actuar con naturalidad e ingenio. La principal regla de protocolo consiste en entretener y divertir a los anfitriones.

—Ahora que lo dices, algo sé yo de eso, por lo que cuenta Castiglione en El Cortesano sobre la corte de Urbino.

—No lo he leído, pero creo que es el mejor ejemplo. Tú llévales la corriente y él rivalizará contigo en hacer lo mismo. Puedes dejar aquí tu valija para que Antonella te la prepare para el viaje. Ella te hará una más pequeña para ir mañana a palacio con lo imprescindible, como me la prepara a mí, y si necesitas algo más, tuyo o mío, puedes pasar por aquí a buscarlo. Ahora debemos hablar de las cosas prácticas.

—Sí. Desde que salí de Madrid no tengo instrucciones sobre cómo actuar. RuyGómez dijo que me las enviaría a Roma, pero ir allí retrasaría mi viaje a Ancona.

—Ya te digo que las tengo yo para ti. Desde aquí, el día 16 partirás con Pandolfo hacia Ancona. Él llevará toda la plata que nos habéis traído para cambiarla por oro en Ancona, adonde llegaréis el día 27, día más día menos.

—Yo también tendré que hacer esos cambios entre Trieste y Ragusa.

—Algo me escribió RuyGómez, pero eso es cosa secreta entre Viena y vosotros y yo no debo entremeterme. Lo que hagas en Ancona cuando llegues con Pandolfo es cosa tuya. La casa de Grimaldo cambia la plata española por el oro amonedado en Massa a una relación de doce por uno. Nos resarcimos de ello trocándola nosotros en Ancona al cambio de once por uno, corriendo con todos los gastos. No es mucho beneficio, pero es buen negocio para el Tesoro de España y para Grimaldo, que así siempre se encuentra bien abastecido de plata, y es seguro. Tú podrás ver las dificultades que tiene el transporte de aquí allá atravesando por cinco Estados, aunque casi todos sean amigos. La cuenta que abras en Ancona a nombre de Éboli servirá para cancelar sus deudas con Grimaldo, a once por uno si es de oro y a la par si es de plata. Pero seguramente eso ya lo sabes. Ahora tengo que hablarte de otras cosas.

—No, no lo sabía, aunque lo imaginaba —miente Miguel, que solo ahora comprende lo que le dijo Éboli al afirmar que él cambiaría su oro en España a once por uno.

Desconocía que en realidad de verdad el cambio lo hacía con el príncipe de Salerno y la plata no era tal, sino la cuenta de sus propias deudas por los préstamos con que compró Pastrana. Lo que no acaba de entender es por qué RuyGómez no cancela directamente sus deudas en plata, aprovechando el buen cambio que le hacen los de Trieste y que Grimaldo se la toma a la par, pero eso es algo que tratará con él, en clave.

—¿Las caravanas solo transportan oro y plata?

—No. Eso es lo que hace Pandolfo entre Massa y Florencia, pasando por Lucca, pero allí se une a la gran caravana que sale cada quince o veinte días. No solo de metal, sino con todo tipo de mercaderías preciosas. Es el camino de la riqueza entre Oriente y Occidente. De Florencia pasa a Urbino, a Senigallia y a Ancona. Alberico tiene las mejores relaciones con Urbino, con Lucca y con Toscana, pese a que estos dos ducados andan ahora en guerra por los pastos del Monte de Gragno.[35]

—¿Pelean por unos pastos?

—No es solo eso. Es que hace cinco años caducó el laudo que dictó León X por medio siglo y han pedido a Pío V[36] que dicte otro para el futuro. Mientras tanto, se pelean para influir sobre su decisión. Además, en tiempo de guerra desde Gragno se puede hacer mucho daño a la Toscana y Cosme quiere estar seguro en eso. Exige abrir presidios allí en caso de necesidad. Pero Alberico se lleva bien con todos y a todos conviene llevarse bien con él. Para nuestros viajes, las cinco cortes que atravesamos están avisadas y nos prestan ayuda y vigilancia porque media Italia vive de ese comercio. Nunca ha habido asaltos. Todos los príncipes cuidan de que el camino se encuentre a salvo de bandidos. El propio Pío V, que no ve con buenos ojos el papel de los judíos en sus Estados, ha terminado por aceptarlos después de lo que sucedió en Ancona porque sin ellos no hay comercio con Oriente y la gente se le sublevaría, como ya estuvo a punto de suceder.

—¿Y qué debo hacer en palacio?

—¡Ah sí, esto es muy importante! Sobre todo, debes ayudar al príncipe a entretener a Giovanna, recreando su ánimo. Está encinta y si todo va bien parirá dentro de tres meses. Ha venido a descansar a Massa porque el año pasado tuvo su segunda hija, Rómola, que solo le duró unos días y Giovanna quedó muy quebrantada. Mi primo Antonio, que estaba con ella desde el año pasado dándole clases de retórica, ha tenido que volver a Padua para terminar su doctorado con el maestro Sigonio.[37] Por eso el príncipe te dijo que buena falta le harán tus historias. Ella se aburre, le vuelve la ansiedad y se le producen humores de melancolía.

—Eso será porque no es feliz, como le pasaba a la reina Isabel.

—Has acertado. Ha sido desgraciada desde que Alberico la trajo de Bolonia hace cuatro años para casarse con Francesco, a quien Cosme acababa de nombrar gerente del Estado y sucesor. Antonio los acompañó y me contó que ella venía muy ilusionada.

—¿Es que ya no lo ama?

—Al contrario, con diecisiete años, casi una niña, ella quedó prendada de Francesco, que había vuelto de Madrid dos años antes y conservaba el porte verdaderamente españolesco con que había enamorado a Isabel de Pinello, una noble sevillana descendiente de comerciantes genoveses a quien dejó en España con acuerdo de ella. Aunque era muy gallardo y apuesto, eso no había ayudado a su padre a hacer realidad el compromiso de obtener para él la mano de Juana de Portugal, hermana de Felipe II, del que Cosme alardeaba.

Miguel se sorprende porque nunca antes había oído hablar de ese compromiso de boda. Cuando Francesco andaba por Madrid hacía casi diez años que Juana había profesado como jesuita. Piensa que probablemente fuera algo inventado, para aumentar la reputación de los Medici, pero deja que Mario continúe su relato sin interrumpirle.

—El matrimonio con la archiduquesa, prima y tocaya de Juana, pudo servirle como compensación, pero al mismo tiempo que se ultimaban los preparativos para la boda Francesco se rindió ante los encantos de Bianca Cappello,[38] una veneciana bellísima que no tuvo el menor recato en dárselo a conocer a toda Florencia. Giovanna adoraba a su marido y al principio no lo quiso creer, pero cuando vio con sus propios ojos lo que sucedía quiso volver a Viena. Maximiliano amenazó a Cosme con romper el matrimonio y la alianza de los Austrias con Florencia si no obligaba a su hijo a deshacerse de la veneciana, y al mismo tiempo ordenó a Giovanna quedarse aquí.

—¿Qué hizo Cosme?

—En realidad, nadie esperaba mucho de él, que ya venía disputando con los Austrias y con el propio Francesco desde la muerte de su madre, cuando empezó a cortejar descaradamente a la mejor amiga de sus hijos, mi prima segunda Eleanora degli Albizzi, completamente inocente a sus dieciséis años. Una verdadera belleza a quien su padre, Messer Luigi di Maso degli Albizzi, casi había metido en la cama de Cosme aconsejándole «dar placer al duque», con el engaño de una inexistente promesa de matrimonio, aunque lo único que pretendía era ser nombrado él mismo embajador de la Toscana, ¡el muy bastardo! Las hostilidades entre el duque, su hijo y Giovanna se desataron cuando hace tres años Eleanora tuvo una niña y Cosme anunció su pretensión de reconocerla y de casarse en segundas nupcias con la madre. En esto, Cosme tuvo en contra a su propia familia, a los Austrias de Viena y de Madrid y al mismo papa, con quien llevaba tiempo negociando su nombramiento como gran duque de Toscana.[39] Su hija Isabella[40] fue la única que lo apoyó tratando de mediar entre padre e hijo, pero ella tenía también sus propias aventuras y nadie le hizo mucho caso.

—Se ve que Cosme no era el más indicado para reconvenir a su hijo por haber tomado amante.

—Todos ellos son tal para cual. Pero, pese a haber concedido la gerencia del Estado a Francesco, Cosme había conservado para sí los grandes poderes del ducado y, queriendo congraciarse con el imperio y con el papado, amenazó a su hijo con despojarlo de sus funciones, obligándolo a guardar las formas y a pedir perdón públicamente a su mujer.

—¿Y eso satisfizo a Giovanna?

—En absoluto, porque él siguió con Bianca aunque discretamente. Lo que sucede es que eso sirvió para que Maximiliano, el hermano de Giovanna, se aquietara. ¿Y qué remedio le quedaba a ella sino hacer la vista gorda? No tenía adonde ir, salvo acudir de vez en cuando a recibir consuelo de sus amigos los príncipes Alberico Cybo e Isabella de Capua, como ha hecho ahora, desconsolada tras haber soportado sus dos últimos embarazos prácticamente sola.

—Lo que dices me produce tanta ternura como la que sentí por Isabel, nuestra reina, el año pasado antes de su muerte.

—Eso es lo que deseaba que supieras. RuyGómez dijo que ella te quería mucho y que le fuiste de gran consuelo durante sus últimos meses de vida. Alberico lo sabe y desea que des a Giovanna el mismo trato. Si lo haces, te lo agradecerá para siempre.

—Tengo una curiosidad, ¿qué ha sido de tu prima Eleanora?

—Cosme quiso legitimar a su hija, que participase en la herencia del ducado y dar a la madre una pensión perpetua, pero para hacerlo pidió ayuda a su secretario Sforza Almeni, quien lo traicionó ante sus hijos y Cosme lo mató con una lanza de las que se usan para cazar osos. Esto ocurrió en la víspera de la Anunciación hace tres años. Un mes más tarde la niña murió entre convulsiones, seguramente envenenada. Pero al año siguiente Eleanora tuvo otro parto, esta vez de un hijo varón, a quien Cosme llamó «Giovanni de las bandas negras», como su padre, el único gran guerrero de su familia, lo que desencadenó la ira del hijo, de toda Florencia y hasta del papa, que amenazó con no firmar el diploma que ya tenía preparado nombrándolo gran duque de Toscana si no la repudiaba. Atemorizado, decidió abandonar a Eleanora casándola con Carlo de Panciatichi,[41] que había matado a otro noble en duelo y al no poder pagar la multa aceptó el trato para no ir a la cárcel. No le doy yo mucho futuro a ese matrimonio, pero de momento sirvió para resolver el conflicto.[42]

—¿Es que Cosme se ha vuelto casto de pronto?

—Puedes suponer que no. Antes de terminar con Eleanora él ya le había echado el ojo a la prima hermana de su amante, Camilla de Martelli, tres años menor que ella, algo más alta y todavía más bella.[43] Ya hace dos años que Camilla alumbró a una niña, Virginia, que vuelve a ser el capricho de su padre y la pesadilla de Francesco, porque parece que, ahora que el papa le acaba de conceder el gran ducado, Cosme quiere desposarla.

—RuyGómez dijo que España y el imperio se oponían a esa concesión.

—Sí, pero Cosme está creando una flota de galeras y el papa tiene pocas. Lo necesita como aliado naval, y así demuestra además su independencia respecto de los Habsburgo, con lo que halaga los oídos de los güelfos, que son mayoría en sus Estados vasallos. Desde el 27 de agosto Cosme ya es gran duque de Toscana y el papa lo coronará dentro de seis meses. Si anduvieras por Roma en marzo, convendría que acudieras para contárselo a Éboli. En Madrid querrán saber quién acompaña a Cosme en acto tan solemne, sabiendo que no es del agrado de los Austrias. Aunque el papa se cuidó muy mucho de que el título sea personal y no pueda compartirlo con Camilla, nadie sabe lo que ocurrirá si ella pare un heredero varón, que Giovanna todavía no le ha dado a Francesco.

—¿Cómo es Giovanna?

—Es la última hija del emperador Fernando. Hace el número catorce y debió de educarse medio perdida entre sus hermanos en la corte de Viena. Es menudita y muy frágil. Aparenta ser algo apocada y pacata, pero eso se debe a lo que tiene que soportar al lado de su marido.[44] Es inteligente, muy culta y muy ingeniosa. Cuando está a gusto, las veladas con ella son muy entretenidas. Lee mucho y es muy dada a los amores platónicos. No conozco a nadie que entienda tan bien la obra de Marsilio Ficino, que se encuentra en sus apartamentos del Palazzo Pitti y la ha leído entera. Antonio me dijo que llegó a ponerlo en dificultades al comparar a Platón con Aristóteles. Muestra gran liberalidad en su trato, pero es extremadamente religiosa y muy fiel a su marido, por mucho que él no lo merezca. Aunque su embarazo no estuviese tan avanzado, lo más que puedes esperar de ella si la seduces con tus historias será una amistad platónica. Pero no te preocupes, en palacio nunca faltan amenidades femeninas.

Miguel se pregunta por el significado de estas últimas palabras, pero no dice nada. Enseguida terminan de cenar y se retiran a descansar. Al día siguiente se levantan temprano, van a cargar el oro a la ceca y los cofres de balas al depósito y bajan hasta la Marina, en donde la Santiago y las galeras de Corço ya se encuentran listas para zarpar. La carga es mucho menos pesada y se hace con prisas porque Centellas quiere aprovechar el viento favorable para llegar cuanto antes a La Spezia. Quiere volver a Cartagena antes de octubre. Apenas le da tiempo a despedirse de él, aunque cuando la galera ya se encuentra navegando y Miguel los saluda con la mano desde la playa, el cuatralbo hace disparar una salva con uno de los medios cañones de la crujía mientras levanta el sombrero y lo agita por sobre su cabeza, al igual que hace Mario, que en esta ocasión navega ya en la Santiago.

Tras disfrutar un buen rato del sol y la brisa marina, todavía fresca a esa hora, Miguel se dirige al palacio de los príncipes montado en una de las carretas que van hacia las fábricas del río Frígido pero que lo dejan a él en la gran plaza de Massa Nuova. Desde allí no se ven más que obras, sin ninguna puerta de entrada. Da la vuelta por la calle Bagnara y solo encuentra un gran portón de madera labrado con los escudos de los Cybo-Malaspina, aunque está cerrado a cal y canto. Tuerce por la calle que da a la ceca y entre ella y el depósito de armas ve un arco de estilo romano en el que no se fijó el día anterior porque iba hablando con Mario. El arco da entrada a un patio de armas, en donde se observa gran movimiento. En el centro ve al príncipe dando órdenes y disponiéndose a montar a caballo. Al verlo, lo deja al cuidado del mozo de cuadras y se dirige hacia él, solícito.

—Salve, Miguel. ¿Qué fue el cañonazo que oímos hace un rato?

—Una salva de despedida de la galera Santiago.

—Eso no se debe hacer. Aquí todo el mundo creyó que había piratas berberiscos.

—Sí, eso pensé yo también, pero parece que es la costumbre en España.

—Ya pensaba que no llegarías hasta la hora de comer. Voy a visitar las obras, ¿quieres acompañarme?

—Sí, señor, pero no tengo caballo.

—Haré que te ensillen el de la archiduquesa Giovanna. Es muy dócil y te gustará.

El mozo de cuadras viene enseguida con un caballo bayo con características que Miguel no ha visto nunca.

—Es una mezcla de árabe y bardigiano que estamos cruzando aquí. Tiene rasgos de uno y otro: la cola levantada, la cabeza puntiaguda y enhiesta, el estilo de cabalgar etéreo de los caballos árabes, y la resistencia y el aspecto robusto de los bardigianos. Este se lo regalé a Giovanna para venir desde Bolonia porque es el más distinguido que hemos criado: tiene piel de color marfil, pero las crines y la cola son negras.[45] ¿Te gusta?

—Es precioso. Si no fuera por el color marfil de la piel, diría que se parece al caballo preferido del príncipe de Éboli: un caballo árabe que se llama Ribera. También tiene un gran lunar blanco en la frente y es muy dócil. En él aprendió a montar mi pupila, Anita da Silva y Mendoza.

—¿Eres el preceptor de la hija de los príncipes?

—Así es. Aunque ahora habría que decir de los hijos, porque ya me ocupo también de los dos más pequeños.

—Aquí no damos otro nombre a los caballos que el de quien los monta. Pero en la antigüedad sí se hacía. Si quieres, puedes llamarlo Riberita.

—Así lo haré; será como estar en Madrid.

—Pues monta y vamos. Quiero ver primero cómo va la construcción de la muralla. Así te harás una idea de la nueva Massa que estamos haciendo. ¿Te apañas bien con Riberita?

—Sí, es muy obediente y la silla muy cómoda.

—La mandé hacer a propósito para la archiduquesa, que tenía dolores de espalda. Bajemos un poco hacia la marina para tomar por el lado sur de la muralla.

Por ese lado la muralla corre paralela a la calle que bordea el palacio, a la que llaman Via Alberica. Cruzan por un puente sobre el foso que separa la muralla de la fortificación de terraplenes de tierra y la bordean hacia el sur hasta Porta Toscana, cuya construcción está casi completada. Alberico desmonta y se detiene a hablar un rato con alguien que parece ser el maestro de las obras.

—Es Stefano Borro, el maestro de obras de fortificación que traje de Lombardía.

—¿Es él quien hizo la traza de la muralla?

—No. La traza es mía, aunque antes de poner la primera piedra vino unos días a ayudarme a dibujarla Messer Baldassare Lanci d’Urbino, que entonces estaba construyendo la de Lucca. Es el mejor. Me lo recomendó mi cuñado.

—Parece que en Porta Toscana termina el muro. ¿Qué pasa con la Massa Vieja, va a quedar fuera de la muralla?

—No, dentro; pero aprovecharemos los de las casas, que están siendo reforzados por sus dueños, hasta empalmar con los muros de «la Roca», que también estamos fortaleciendo. Así, el pentágono se cerrará el año que viene por este lado con el baluarte del castillo, que voy a hacer casi inexpugnable.

—¿Teméis algún ataque?

—No inminente, pero no hay que pensar que todo esto es solo para la defensa. Eso se consigue sobre todo con buenas alianzas y las nuestras son las mejores que hay. De producirse un asalto, lo importante es tener un baluarte seguro para resistir mientras llegan los aliados. La muralla es sobre todo para evitar las incursiones de los berberiscos, que en alguna ocasión han llegado hasta aquí, aunque ahora con las guarniciones españolas en el Estado de los Presidios ya no se atreven. Pero eso los del pueblo de Massa no lo saben y colaboran de buen grado en la construcción de la muralla.

—¿Los dueños de las casas de la Massa Vieja también hacen su trabajo de buen grado?

—Esa es su aportación para hacer la nueva ciudad, pero todo el mundo participa. Quienes no hacen los muros de sus propias casas se han obligado a trabajar en la muralla un día a la semana sin cobrar y a recoger y aportar una carreta de piedras a la semana por cada fuego. Un intendente de piedras supervisa que todo el mundo lo haga. Así la Nueva Massa es algo de todos, no solo del príncipe.

—¿También los eclesiásticos? He visto que tenéis muchas iglesias y conventos.

—No, pero a cambio la Iglesia aporta doscientos veinte escudos al año. El cardenal Carlo Caraffa firmó el compromiso hace diez años y, pese a lo que sucedió con él bajo Pío IV, e incluso tras su ejecución ignominiosa en Sant’Angelo, la Iglesia siempre lo ha cumplido. Con mayor motivo ahora, tras la exoneración de sus culpas.

Efectivamente, la mayoría de las casas de esa parte de Massa tienen ya muros del espesor de la muralla, que empalma al final con los muros que rodean el viejo castillo. La roca impone su presencia desde lo alto del barranco. Alberico y Miguel circundan su mole por la parte baja de la falda del cerro hasta encontrar los mojones que indican el linde de la nueva ciudad y la anchura del foso por la parte del este, todavía no excavado. Siguiendo la línea de mojones llegan al punto más oriental, en donde el príncipe se detiene a hablar con Domenico, el maestro de obras que dirige la construcción del baluarte de San Francisco, quien resulta ser hermano de Stefano Borro.

—Los hermanos Borro son mis mejores ayudantes.[46] Vinieron de Lombardía y me los recomendó el duque de Alba, a quien ayudaron a restaurar el castillo y las fortificaciones de Milán, pero no saben solo de murallas. Stefano dirige también la construcción de mi palacio y Domenico la de las fábricas.

El baluarte de San Francisco, cerca de la puerta del mismo nombre, actúa como si fuera

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