Te daré la tierra

Chufo Lloréns

Fragmento

Dramatis personae

Dramatis personae

PROTAGONISTAS

Martí Barbany de Montgrí. Protagonista principal de esta novela.  

Bernat Montcusí. Influyente personaje en la corte condal y padrastro de Laia.

Laia Betancourt. Hijastra de Bernat Montcusí.

Eudald Llobet. Soldado amigo de Guillem Barbany de Gorb, padre de Martí, y posteriormente clérigo de importancia.

Baruj Benvenist. Primer preboste de los cambistas, depositario del testamento de Guillem Barbany. Padre de Ruth.

Ruth. Hija menor de Baruj.  

Ramón Berenguer I, el Viejo. Conde de Barcelona y esposo de Almodis. 

Almodis de la Marca. Tercera esposa de Ramón Berenguer I y madre de tres de sus hijos.

Ermesenda de Carcasona. Abuela de Ramón Berenguer I y enemiga acérrima de Almodis.

Guillem de Balsareny. Director espiritual de Ermesenda de Carcasona y obispo de Vic.

Delfín. Enano y bufón de la corte. Consejero y fiel servidor de Almodis de la Marca.

Aixa. Esclava comprada por Martí Barbany y luego regalada a Laia.

SECUNDARIOS

INFANCIA DE MARTÍ

Emma de Montgrí. Madre de Martí.  

Mateu Cafarell. Viejo criado que desde siempre acompañó a Emma de Montgrí.

Tomasa. Vieja ama de Emma de Montgrí.  

Guillem Barbany de Gorb. Padre de Martí, soldado de frontera al servicio de los Berenguer.

Don Sever. Párroco y primer maestro de Martí.  

Jofre Ermengol. Amigo de la infancia de Martí.  

Rafael Munt, llamado Felet. Amigo de la infancia de Martí.

CORTE DE BARCELONA

Ramón Borrell. Conde de Barcelona y esposo de Ermesenda de Carcasona.

Ramón Berenguer II. Hijo de Ramón Berenguer y Almodis de la Marca.

Berenguer Ramón. Hermano gemelo del anterior, asimismo conde de Barcelona y heredero de su padre.

Pedro Ramón. Primogénito de Ramón Berenguer I, fruto de su unión con Elisabet de Barcelona. Hermanastro de los anteriores.

Inés y Sancha. Hermanas de los gemelos Ramón Berenguer y Berenguer Ramón.

Elisabet de Barcelona. Primera esposa de Ramón Berenguer I y madre de Pedro Ramón.

Blanca de Ampurias. Segunda esposa de Ramón Berenguer I, repudiada por éste para poder casarse con Almodis.

Hugo de Ampurias. Conde de Ampurias.  

Marçal de Sant Jaume. Poderoso aristócrata y amigo de Ramón Berenguer I.

Gilbert d’Estruc. Gentilhombre de confianza de Ramón Berenguer I y fiel servidor de su esposa Almodis.  

Olderich de Pellicer. Veguer de Barcelona.  

Gualbert Amat. Senescal. Caballero de confianza de Ramón Berenguer I.

Odó de Montcada. Obispo de Barcelona.  

Guillem de Valderribes. Notario mayor.

Ponç Bonfill i March. Juez de Barcelona.  

Eusebi Vidiella i Montclús. Juez de Barcelona.  

Frederic Fortuny i Carratalà. Juez de Barcelona.  

Lionor. Primera dama de Almodis.  

Doña Brígida y doña Bárbara. Damas acompañantes.

Hilda. Aya de los gemelos de Almodis.

EL CALL

Rivká. Esposa de Baruj y madre de sus tres hijas: Esther, Batsheva y Ruth.

Esther. Hija mayor de Baruj Benvenist.

Batsheva. Hermana de la anterior.

Binyamin Haim. Esposo de Esther.

Ishaí Melamed. Novio de Batsheva.

Shemuel Melamed. Padre del anterior.

Eleazar Bensahadon. Segundo preboste de los cambistas.

Enosh. Comerciante.

Avimelej. Cochero de Baruj.

Asher Ben Barcala. Respetado cambista.

Yuçef. Tratante de esclavos.

ENTORNO DE BERNAT MONTCUSÍ

Conrad Brufau. Secretario de Bernat Montcusí.

Fabià de Claramunt. Antiguo administrador de la masía fortificada cerca de Terrassa.

Edelmunda. Sirvienta de Montcusí.

Luciano Santángel. Sicario albino.

Adelaida. Ama de cría de Laia.

CORTE DE TOLOSA

Ponce III de Tolosa. Esposo de Almodis de la Marca.

Robert de Surignan. Consejero de Ponce III.

Abad Sant Genís. Confesor de Almodis en Tolosa.

CUERPO DE CASA DE MARTÍ BARBANY

Omar. Padre de familia comprado por Martí.

Naima. Esposa de Omar.

Mohamed. Hijo de Omar.

Amina. Hija recién nacida de Omar.

Mariona. Cocinera.

Andreu Codina. Mayordomo.

Caterina. Ama de llaves.

VIAJE

Yeshua Hazan. Preboste de los mercaderes judíos de Sidón.

Hugues de Rogent. Explorador al mando de la expedición que va de Sidón a Persia.

Basilis Manipoulos. Capitán del Stella Maris.

Hasan al-Malik. Habitante de Famagusta.

Rashid al-Malik. Hermano del anterior, residente en Mesopotamia.

Elefterios. Cochero de Famagusta.

Nikodemos. Cuñado del anterior. Mesonero.

Marwan. Criado camellero de Martí.

OTROS

Abenamar, Abu Bakr ibn Ammar. Poeta famoso, ministro de al-Mutamid de Sevilla y embajador en la corte de los Berenguer.

Roger de Toëny. Mercenario normando, yerno de Ermesenda, casado con su hija Estefanía.

Víctor II. Papa.

Cardenal Bilardi. Camarlengo del papa Víctor II.

Oleguer. Centinela de palacio.

Florinda. Curandera.

Cugat. Ladrón y amigo de Edelmunda.

Casa condal de Barcelona
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Primera parte Pasion e inocencia

PRIMERA PARTE

Pasión e inocencia

1 La jauria

1

La jauría

Condado de Gerona, mayo de 1052

Caía la tarde. Un grupo formado por cinco jinetes adustos y malhumorados cabalgaba por una vereda bordeada de hayas que separaba el condado de Ampurias del de Gerona. De su aspecto se deducía a la legua que no eran cazadores avezados, sino un puñado de mercenarios de los que tanto abundaban por aquellos pagos, dispuestos a alquilar su espada a cualquier señor que quisiera recurrir a aquel tipo de tropa para invadir una marca o disputar un predio al conde vecino. Habían partido muy de mañana para matar el tedio, con la idea de que asaetear un venado o cazar un gorrino salvaje sería una tarea mucho más sencilla que degollar a un prójimo en una batalla. Sin embargo, su inexperiencia los delataba: no tenían en cuenta la dirección del viento ni sabían moverse por la espesura sin partir ramas o hacer ruidos innecesarios, por lo que la cacería había resultado un fiasco. De manera que, agotados, hambrientos y ariscos, regresaban a Gerona con la sospecha de que, desde el interior de la floresta, ciervos, ardillas, jabalíes y urogallos se mofaban de ellos y proclamaban a gritos su falta de pericia.

De repente, el que parecía mandar la tropa alzó la diestra para detener al grupo. El segundo, un gigantón barrigudo de poblados bigotes, se aproximó hasta él.

—¿Qué es lo que ocurre, Wolfgang?

El así llamado señaló hacia delante y replicó:

—¡Gente!

A una indicación del jefe, todos desmontaron y siguieron a pie, sujetando a los caballos por el ronzal. Poco después, percibieron olor a humo. Se pararon en un claro del bosque y, tras atar los caballos a los árboles, avanzaron agachados y, ahora sí, poniendo mucho cuidado en no desmochar una rama, ni emitir sonido alguno. Cuando llegaron al límite de la floresta, detuvieron sus pasos y se dispusieron a observar. La escena les alegró los ojos: presentían que la fracasada partida de caza podía tener un final feliz. Ante ellos se alzaba una cuidada masía de cuya chimenea salía humo; sus habitantes estaban plenamente ocupados en las faenas del campo. Dos hombres dedicaban sus esfuerzos a herrar un percherón de hermosa planta. Estaba el animal atado por la brida a un gancho de la pared. El más joven sujetaba su pata posterior izquierda y la mantenía doblada para facilitar al otro la operación, mientras el viejo, ataviado con un mandil de cuero, golpeaba con un mazo las cabezas planas de los clavos tratando de fijar la herradura al casco del noble animal. A la derecha, una niña provista de un pequeño látigo azuzaba a un asno que, con los ojos vendados, recorría indolente el eterno camino que rodeaba la noria. En la era, una anciana cardaba lana en una rueca mientras otra mujer, en avanzado estado de gestación, tamizaba granos de trigo en un gran cedazo, removiéndolo al compás del vaivén de sus caderas.

La voz del tal Wolfgang sonó contenida.

—Gunter, ¿estás viendo lo mismo que yo?

—Diría que sí, y se me ocurre que tal vez todavía podremos salvar la jornada. ¿Te das cuenta de cómo mueve el culo la muchacha?

—Habrá tiempo para todo. Di a Ricardo que venga.

El llamado Gunter se giró y, con un gesto breve que indicaba premura y silencio, reclamó la presencia de uno de los dos compinches que seguían acuclillados detrás. Éste obedeció en absoluto silencio.

Cuando el primero lo sintió a su lado, preguntó:

—¿Tienes lista la ballesta?

—Siempre la tengo, Wolfgang.

—Observa bien y dime, ¿eres capaz desde aquí de hacer blanco en el hombre que sujeta la pata del animal?

—¿Te refieres al más joven?

—A ese mismo.

—¿Puedo ponerme en pie?

—Sin salir de la espesura y cuando yo dé la orden.

El individuo midió la distancia con la vista, tomó la ballesta y, tras extraer una flecha del carcaj, la colocó en el mecanismo y tensó la cuerda.

—Dalo por muerto.

—No esperaba menos de tu pericia.

En un susurro, impartió órdenes a los otros tres.

El plan era sencillo y la sorpresa constituía un factor primordial. La finalidad: la rapiña de animales y bienes y, si además podían proporcionarle un regocijo al cuerpo, mejor que mejor. Tal vez así pudieran olvidar la aciaga jornada de caza.

Cuando comprobó que todos habían ocupado sus posiciones, el tal Wolfgang dio la señal. El arquero se puso en pie, apuntó la ballesta y apretó el gatillo. Un silbido atenuado rasgó la paz del momento y, ante la sorpresa del hombre mayor, el más joven cayó al suelo en tanto una gran mancha de sangre empapaba su camisa. Un concierto de ladridos sacudió el crepúsculo.

Los soldados se apresuraron a salir de la espesura. La mujer mayor, aterrada, soltó la rueca y se puso en pie sin saber qué hacer; la preñada acudió corriendo junto a su marido, y apoyando la inerte cabeza contra su pecho, se dirigió a la niña a gritos: «¡Huye, Maria, huye!». El cloqueo ensordecedor de las gallinas que corrían enloquecidas por la era se unió a los balidos asustados de los corderos desde el aprisco. Uno de los hombres se abalanzó sobre la criatura a fin de sujetarla y ésta, con el rebenque con el que azuzaba al pollino, le atizó un tremendo fustazo en la cara y salió corriendo hacia el bosque. El gigantón apartó a la mujer mayor, apoyó el extremo afilado de una daga en el gaznate del hombre del mandil y, con un raro acento, exclamó:

—Vamos a estarnos quietos. Si colaboráis, nos iremos pronto y seguiréis con vida; en caso contrario, no viviréis para contarlo.

—Y, dirigiéndose al que parecía mandar al grupo, añadió—: ¿Qué hacemos ahora, Wol…?

La voz del tal Wolfgang le interrumpió con furia.

—¡Imbécil! ¡Te he dicho mil veces que no me nombres!

El otro farfulló un «lo lamento».

En ese momento, un inmenso can, cruce de mil razas, que estaba alejado vigilando el vallado de las yeguas preñadas, salió de la espesura y se abalanzó sobre el ballestero. Le agarró el brazo derecho con sus poderosas fauces y sacudió la cabeza, como si intentara arrancárselo de cuajo. El llamado Wolfgang se acercó por detrás y, de un certero tajo, rebanó el pescuezo del perro. Los gritos del hombre herido se mezclaron con los alaridos de la niña, que pataleaba desesperada en brazos de su captor, que lucía un costurón cárdeno en el rostro, consecuencia del fustazo. Wolfgang ordenó:

—La preñada y la cría al pajar. Llevad al hombre adentro para que os muestre el ladrillo bajo el que oculta sus ahorros. No le hagáis daño si no es necesario. Y encerrad a la vieja con él.

El grupo se separó: Gunter y Ricardo, el arquero, que intentaba contener la sangre que manaba de su maltrecho brazo con un trapo, se dirigieron a la vivienda, mientras Wolfgang y los otros dos individuos arrastraban a la embarazada y a la niña al interior de la cuadra. En cuanto los primeros cruzaron la puerta, el viejo fue conminado a entregar sus ahorros.

—Habéis matado a mi hijo, que era el único tesoro de esta casa. Lo que veis es lo que hay, llevaos todo y dejadnos en paz. Mi nuera está embarazada.

—¡Maldito hijo de perra! ¿Nos tomas por imbéciles? ¡Muestra el ladrillo donde guardas tus ahorros o sabrás lo que es la ira de un normando!

—Os repito que nada tengo.

—¡Ya verás como haces memoria!

Y, tras pronunciar su amenaza, el llamado Gunter rasgó el corpiño de la mujer, dejando al descubierto sus pálidas carnes.

El hombre, que en sus años mozos debió de ser un individuo fornido, se encaró con el ultrajador de su mujer, pero el ballestero derribó al campesino de un golpe de azada en la espalda. La mujer chillaba despavorida. El otro se ensañó con el caído y comenzó a golpearlo sin pausa ni medida hasta reducir su cabeza a un amasijo de sangre y carne.

—Condenados avaros, prefieren perder la mujer y la vida antes que soltar los dineros.

El llamado Ricardo, aún con el mango del azadón en la mano, resollaba debido al esfuerzo.

—Atad a la mujer a la silla y vayamos a ver qué decide el jefe.

—Ve pasando, yo me quiero dar un homenaje.

—¿Con ese saco de huesos?

—Ya sabes lo que dice el refrán: «Gallina vieja hace buen caldo». Además, en tiempos de penuria, malo es tener remilgos. ¡En peores puestos he hecho guardia!

La mujer sollozaba en un rincón.

—Allá cada cual con sus regodeos. De cualquier manera no te demores, aún hemos de recoger el botín.

Gunter salió y dirigió los pasos a la cuadra. Cuando llegó, sus ojos divisaron una estampa que, no por conocida, resultaba menos estimulante.

La mujer preñada, arrodillada en el suelo, suplicaba a Wolfgang.

—¡No hagáis daño a la niña! ¡Apenas tiene doce años y es virgen! ¡Tomadme a mí, por caridad!

—Eres poca hembra para todos. Además, así el hombre que la despose estará satisfecho: se la ahormaremos para que pueda gozarla mejor.

Y comenzó a desabotonarse los calzones.

Tiempo después salieron de la masía los cinco forajidos llevando colgados del arzón de sus cabalgaduras dos sacos llenos de gallinas y conejos descabezados. Atrás quedaba un rastro de fuego y horror: dos muertos y tres mujeres mancilladas. Una de ellas, de apenas doce años, quebrada en el suelo del pajar, era consolada por su madre, que le acariciaba el pelo lleno de barro, paja y sangre.

2 Ermesenda de Carcasona

2

Ermesenda de Carcasona

Gerona, mayo de 1052

Las voces que resonaban a través de las gruesas paredes atronaban el espacio. Ermesenda de Carcasona —señora de Gerona, viuda de Ramón Borrell, conde de Barcelona, y auténtica condesa por derecho propio— era famosa por los estallidos de su temible genio cuando algo la contrariaba. Ante su presencia, el gigantesco Roger de Toëny, a cuyo cargo estaban las huestes que defendían la plaza, aparecía encogido, cual infante sorprendido hurtando el cuenco de las frambuesas.

—El hecho de que seáis mi yerno no sólo no os autoriza a cometer desafueros, sino que, muy al contrario, os obliga a dar ejemplo. Y, en cambio, vuestra inoperancia parece otorgar una especie de beneplácito a los desaguisados y tropelías que comete día sí y otro también la chusma que tenéis a vuestras órdenes.

El jefe de las compañías normandas que acampaban en los aledaños de la capital estaba en pie con el yelmo apoyado en el antebrazo. El cimbreante penacho que adornaba la celada denotaba la nerviosa actitud del guerrero, poco acostumbrado a encajar rapapolvos de nadie.

—Veréis, señora, no es fácil dominar a mesnadas de hombres curtidos que se aburren en cuanto no guerrean y que, al no tener dineros para sus dispendios, se arrogan a veces el derecho de tomarse lo que desean por su cuenta. Hace ya tiempo que se repartió el último botín, y la inactividad, en lugar de relajarlos, sólo los encrespa.

—¿Queréis decirme que prefieren la guerra a la molicie y a la buena vida que llevan en mis tierras? —preguntó a gritos la condesa.

—Señora, intentad comprender: son guerreros… ¿Qué otro oficio les cuadra más que el que han escogido? —dijo Roger de Toëny, intentando aplacar los ánimos de la dama.

—La tarea de tenerlos entretenidos es responsabilidad vuestra. Podéis proporcionarles saltimbanquis, encantadores de serpientes o volatineros, pero sabed que no voy a consentir que ocurran hechos como los de la otra tarde. Mis súbditos deberían estar protegidos por esa horda de salvajes… ¡Y en su lugar se ven obligados a guardar sus bienes bajo siete llaves y a encerrar a sus mujeres en sus casas!

—Entiendo vuestro sentir, pero mal puedo yo prever que unos hombres hartos de vino, forzados por la inactividad y faltos de mujeres, cometan de vez en cuando alguna picardía.

—¿Osáis llamar picardía a asaetear a un hombre, apalear a otro hasta la muerte y violar a las mujeres que habitaban el dominio, una de ellas, por cierto, de sólo doce años? Tened por seguro que, si no sois capaces de mantener a raya a estos bellacos malnacidos, lo tendré que hacer yo… ¡Y a fe mía que no dudaré en hacerlo!

El normando permaneció en pie como quien aguarda algo.

—Os diré lo que vais a hacer —prosiguió la condesa—. Averiguaréis quiénes han sido los autores de esta honrosa gesta y cuando los descubráis los colgaréis en la horca que montaréis en el campo de armas en presencia de toda la tropa, para escarmiento de osados y aviso para rebeldes.

Roger de Toëny dibujó en sus labios una torcida sonrisa.

—Y decidme, señora: ¿de verdad creéis que alguno de mis hombres va a delatar a un compañero de armas?

—¿Me tenéis acaso por estúpida? ¡Me importa un comino si lo hacen o no! Si no aparecen los culpables, colgad a dos de los más significados y asunto concluido. Os diré la verdad: prefiero que callen. Así sabrán que nadie tiene la cabeza segura sobre su cuello. Espero que no ocurran más hechos lamentables, pero si así fuera ya veréis cómo salen rápidamente los nombres de los autores del desafuero.

—Pero, señora —protestó el normando—, van a pagar justos por pecadores.

—Decidme entonces, si hiláis tan fino, qué culpa tenían mis agraviados súbditos. Si necesitáis justificaros ante vuestros capitanes atribuid el hecho a una… «picardía» de la vieja condesa.

Un sonoro silencio se instaló entre ambos personajes. El guerrero recuperó la compostura, estiró su inmenso corpachón y, tras una leve inclinación de cabeza, salió de la estancia a grandes zancadas. A sus espaldas resonó la voz de la vieja Ermesenda.

—En cuanto a vos, mejor haríais en acudir alguna vez al lecho de Estefanía en lugar de consumir las noches en francachelas con vino y dados. Mi hija es tonta de tan buena… ¡Conmigo deberíais haber topado!

El señor De Toëny no pudo reprimirse y, antes de abrir violentamente las hojas de la puerta de entrada, giró rápidamente sobre sus talones de forma que el penacho de su casco se balanceó a uno y otro lado, y desde el fondo del salón alzó su poderosa voz que rebotó en las paredes.

—¡Antes muerto, señora! ¡Antes muerto!

Y, dando un sonoro portazo, salió de la estancia.

Cuando se quedó a solas, la vieja condesa tomó su libro de horas, maravillosamente miniado por los expertos dedos de algún monje, que le había regalado su hermano Pere Roger, obispo de Gerona, y se dispuso a leer. Vano intento: su mente deambulaba inquieta por los parajes de su apasionada vida y no le permitía concentrarse. Se levantó de su sitial y, dirigiéndose a un pequeño canterano que ocupaba uno de los rincones de la estancia, tomó de su interior una frasca y se sirvió una generosa ración de un licor de cerezas que ella misma se ocupaba de destilar en un cuartito cercano a la bodega provisto de alambiques y redomas. Luego se instaló junto a un ventanal lobulado de dos cuerpos, en un sillón de tijera de noble madera taraceada y elegante cuero repujado, sujeto a la madera con tachuelas de brillante latón, y dejó que su mente divagara, decidida a defender, a costa de lo que fuera, los derechos de su esposo Ramón Borrell sobre los condados de Gerona y Osona como gabela de esponsales.

Corría entonces el año de gracia de 992. La legación barcelonesa que acompañó a Ramón Borrell a Carcasona era en verdad llamativa. Los nobles a caballo escoltaban las carretas, engalanadas con guirnaldas de flores, donde viajaban las damas. Destacaban los arreos de las caballerías, relucientes los resaltes de metal y lustrado el cuero de las guarniciones, y las blancas acaneas de los clérigos. Las puntas de las lanzas de los soldados parecían hechas de plata pura, los atabales y la trompetería atronaban el espacio: los timbaleros llevaban el compás y los clarines lanzaban sus acordes al aire, mientras flameaban sus banderolas. La comitiva podía competir en gala y donosura con la de cualquier monarca de la tierra. El buen pueblo, en prietas hileras a pie de calle y desde las ventanas, agitaba palmas y aplaudía asombrado, lanzando a su paso una cascada de pétalos de rosa. El pelirrojo señor que presidía aquel majestuoso cortejo iba a desposar a su joven condesa y esa fecha pasaría a los anales de Carcasona.

En aquella jornada la iglesia mayor le pareció a Ermesenda más solemne que nunca. La nobleza se apretujaba en los ornados bancos, mientras el pueblo se arracimaba junto a las casas, intentando ver el paso de su condesita. Cuando del brazo de su padre traspasó la entrada del templo y oyó las notas del órgano, le pareció que el cielo se abatía sobre su cabeza. A través del tupido velo que cubría su rostro pudo observar sin ser observada al impresionante caballero de largos cabellos rojos que, vestido con una principesca armadura en cuyo peto refulgía un magnífico collar de oro del que pendía un camafeo de coral con el bajorrelieve de un jabalí, la aguardaba a pie firme delante del altar. El tiempo se detuvo y por un instante creyó que volvía a ser la niña que soñaba en su cama con momentos como aquél. Ermesenda llegó hasta él. Su padre la descolgó de su brazo y se instaló a un costado del presbiterio. Tras una reverencia, Ramón Borrell se colocó a su izquierda. De repente la música detuvo sus brillantes acordes y un impresionante silencio se apoderó del templo.

Ermesenda recordaba todos y cada uno de los detalles de la ceremonia. Dos obispos dirigían los oficios: el de Béziers y el de Barcelona, además del deán de Carcasona; una pléyade de importantes clérigos de ambas vertientes de los Pirineos, magníficamente ataviados con albas casullas y mantos bordados en oro, hacían las veces de simples acólitos. El momento culminante llegó, a la manera romana: uno de los ministros le indicó que colocara las manos a modo de cuenco y entonces Ramón Borrell depositó en ellas las arras de plata cuyo simbolismo tan bien conocía. Todo sucedía muy deprisa. Tomaron su mano izquierda, que asomó tímida y blanquísima por la ajustada bocamanga de su traje, y mientras Ramón Borrell introducía la alianza, ella escuchó sus palabras.

—Ego Raimundus Borrellius comes civitatis Barcinonensis, accepto te Ermesenda sicut uxor mea et promisso cavere te, omni perículos, rispetare et cautelare vos a malo et esere fidelis in salute et malaltia usque tandem Deus Dominus nostro cridi me al seu costat at finem dels meus dies.*

Pese a que en aquel momento estaba en juego su destino, la mente de Ermesenda registró un cúmulo de hermosas y sonoras palabras que desconocía pero que, mezcladas con el latín, resonaron alegres dentro de su cabeza. Luego ella hizo otro tanto. Comenzó la música y las campanas iniciaron un volteo sin igual, acompañándola con su solemne y sincopado repique hasta que, junto a su marido, atravesó el rastrillo del castillo de Carcasona, momento en el que las gruesas paredes mitigaron el estruendo.

Descendió del carruaje y, mientras llegaban los invitados, fue conducida en volandas a sus habitaciones donde, junto a su aya, la aguardaba un ejército de damas y sirvientas que le quitaron el traje que había lucido durante la ceremonia. La perfumaron y, tras peinarla y cambiarle el tocado por una diadema de perlas que había pertenecido a su abuela, la vistieron con un brial de color malva cuyo escote se abría en forma de uve mostrando el nacimiento de sus senos y cuyas mangas volaban en torno a sus brazos como alas de mariposa; después le ciñeron un dorado cíngulo que, ajustado a sus caderas, descendía en ángulo remarcando las curvas de su cuerpo. Al observarse en el bruñido bronce de su espejo, la joven tuvo la impresión de que estaba en cueros vivos.

—Ama, ¿así me he de presentar ante mis invitados?

—Así, niña mía —confirmó el aya en tono cariñoso.

—Pero me siento desnuda… —protestó la joven.

—Una dama casada ha de prometer sin permitir, ha de sugerir sin entregar. Vuestro esposo os ha de ver como mujer, no como niña; si no, esta noche él no sabría cómo trataros.

—¿Qué es lo que me pasará esta noche, ama?

—Lo que dicta natura. No os preocupéis: si mi instinto no me engaña, vais a tener buen maestro.

Ermesenda la miró con ojos de impotencia.

—Pero ama…

—Dejaos llevar, niña mía. Las ovejas se fían del pastor y no preguntan. Venga, poneos esto.

El aya le entregó una liga azul.

—¿Qué es lo que me dais?

—No preguntéis tanto: colocadla sobre vuestra media sin que os vean esas metomentodo. —Y señaló a las tres damas que estaban entretenidas recogiendo el desorden de la cámara—. En mi tierra, la Cerdaña, dicen que augura fortuna; aquí dirán que es brujería.

Ermesenda la miró a los ojos, se descalzó rápidamente de uno de sus escarpines y se colocó la liga en el muslo, ciñéndose el lazo; luego se bajó la saya, el refajo y después la falda.

—Si me dijerais que me tirara al río lo haría. ¡Os quiero mucho, ama! Si no os pudiera llevar conmigo a Barcelona no me habría casado. Sin vos me siento perdida como una niña en el bosque…

Entonces en su mente se formaba una nebulosa, y las imágenes se sobreponían una sobre otra en un laberinto que la confundía y que, a pesar del tiempo transcurrido, todavía conseguía azorarla.

El salón del banquete en el que se habían reunido los invitados de ambas cortes presentaba un aspecto deslumbrante. La inmensa mesa llegaba a ambos extremos atiborrada de manjares a cuál más opulento y selecto, separados entre sí por gruesos candelabros que iluminaban las suculentas fuentes. Enormes soperas de las que partían aromas exquisitos, bandejas con venados casi enteros ensartados en espetones, pescados traídos de las cercanas costas mediterráneas conservados en hielo y un sinfín de copas preparadas para acoger a los más diversos y afamados caldos de la región. Justamente en el centro de la mesa había cuatro regios sitiales dispuestos para acomodar a sus padres, Roger I y Adelaida de Gavaldà, y a los de su esposo, Borrell II y Legarda de Rouergue; a ambos lados, dos sillas más pequeñas: la de su marido, junto a la de su madre, y la suya junto a la de su recién estrenado suegro. Desde la tribuna los músicos iniciaron a su entrada una alegre tonada. Los condes ocuparon los puestos de honor y los invitados se dispusieron a situarse en los lugares que se les habían asignado, observando un rígido protocolo en función de su categoría y parentesco.

Ermesenda se sintió transportada a su lugar en la gran mesa; recordaba que al principio de la ceremonia ni se atrevía a posar la mirada sobre sus invitados. La cena fue transcurriendo, y las frecuentes libaciones hicieron que cada cual fuera a lo suyo y se entregara al condumio con verdadera fruición. Entonces, y solamente entonces, sus recuerdos se fueron ordenando y las escenas finales de aquella singular velada adquirieron una nitidez notable. Al poco, los brindis y homenajes a la pareja aumentaron, la música elevó el tono y el mundo pareció desentenderse de ella. En toda la velada apenas pudo dirigir una mirada a su esposo, de tal modo que, cuando las damas vinieron a buscarla para preparar su noche de bodas, a duras penas lo había visto. Las risas, el barullo y el jolgorio eran tan intensos que desbordaban los límites del salón; los criados iban y venían de las cocinas en un continuo tráfago, trayendo y llevando los postres y, a excepción de su madre, que cruzó con ella una intensa mirada, nadie pareció darse cuenta de que se retiraba. Cuatro dueñas la aguardaban en la entrada de la cámara nupcial. Se abrieron las puertas y Ermesenda se halló ante el lugar donde iba a realizar el acto más importante de su vida hasta entonces. Los artesonados del techo, los tapices que cubrían y sellaban todas las aperturas evitando cualquier posible e indiscreta mirada, los gruesos cortinajes que ocultaban el inmenso tálamo, que tan bien conocía de sus correrías infantiles con su hermano Pere. Allí estaba el motivo de que hubieran bautizado la estancia como el cuarto de la barca: un enorme lecho con dosel, en forma de nave, suspendido sobre cuatro gruesas columnas doradas y al que se debía acceder mediante una escalerilla.

Su ama aguardaba circunspecta junto a la bañera humeante, poseída del importante papel que aquella noche iba a desempeñar en la vida de su pupila. Ermesenda sintió cómo varias manos femeninas le iban retirando los ropajes hasta dejarla en cueros vivos; luego, tras introducirla en la bañera y frotarla, la ungieron con aceites y perfumes traídos de extrañas tierras para arrancar de su piel los humos y olores de los manjares del banquete. Finalmente las damas se retiraron y se quedó a solas con Brunilda, su aya. Ésta recogió su cabellera con peines de concha de tortuga y suavemente le pasó por la cabeza un camisón exquisitamente bordado. Sin más dilación, la condujo frente a un espejo, obsequio de su esposo, traído de tierras musulmanas por mercaderes catalanes, una sola pieza de bruñido metal en la que se reflejaba su cuerpo entero. Ermesenda observó una hendidura vertical, adornada con pasamanería a ambos lados, que se abría en su camisón justamente a la altura de su sexo. Ante su inquisitiva mirada su ama respondió:

—Es bueno que la primera noche la novia se muestre recatada. La abertura permitirá a vuestro esposo yacer con vos sin que medie ofensa; no olvidéis que sois la depositaria del honor de Carcasona. Sólo una barragana se exhibiría desnuda.

—En qué lugar más extraño de mi cuerpo ha depositado su honor Carcasona, ama.

—Así son las cosas, niña mía. No he improvisado nada; todo es como debe ser. Ahora subid al lecho y aguardad. Yo debo retirarme. Y… no olvidéis que lo que ahora puede ser dolor, mañana será gozo.

Ermesenda dio un beso y un fuerte abrazo a su aya y ascendió la escalerilla de su particular tabernáculo. La buena mujer se retiró tras apagar todos los candelabros, dejando encendida únicamente la palmatoria que iluminaba una imagen sagrada de la Virgen. La niña se quedó sola en la penumbra, aguardando en el tálamo, temerosa y expectante, la llegada de su esposo. Su memoria adornaba el lejano recuerdo con el aroma inmarcesible de la distancia, su mente vagabundeaba y evocó la jornada en la que su madre le habló por vez primera del que habría de ser su marido.

—El hombre a quien estás predestinada es el conde Ramón Borrell de Barcelona, cuya sangre desciende de un tronco común a nosotros, la del conde Bello I de Carcasona y Barcelona, que data de antes de 812. Nada que ver, como comprenderás, con los advenedizos francos del norte, puesto que ya entonces nuestra bendita tierra formaba parte de la Septimania, que había aceptado la cultura latina.

»Cuando Almanzor se apoderó de Barcelona, pasamos verdadera zozobra. Fueron tiempos terribles, en los que temimos que el moro no se pararía en los Pirineos. —Su madre había adoptado un tono de voz solemne—. A Carcasona le conviene tener el flanco sur bien cubierto, sobre todo cuando se trata del islam, y la moneda de cambio eres tú: la futura señora de Foix y de Narbona. Tu futuro esposo es conde de Barcelona, Gerona y Osona, un valeroso guerrero muy capaz de defender nuestras fronteras, con más ahínco aún si son las de la casa de su esposa.

Ermesenda recordaba todo aquello mientras reposaba su fatigado cuerpo en el salón contiguo a la torre del homenaje. Su espíritu inquieto deambulaba por los recónditos recovecos de su memoria. La escena era tan vívida que le dolía el corazón al recordarla.

Entonces le vino a la mente una frase de su madre:

—No importa, hija mía, que todavía no le ames. Yo no conocía a tu padre cuando me casaron con él y he sido muy feliz. Sólo te diré una cosa: cuando te abras de piernas, piensa en Carcasona.

3 Marti Barbany

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Martí Barbany

Barcelona, mayo de 1052

Amanecía sobre el mar y Barcelona se desperezaba como una doncella ilusionada en la mañana de su noche de bodas. Las barcas de los pescadores regresaban a la ribera, rebosantes de peces plateados; los saludos alborozados de los marineros se entremezclaban con chanzas y burlas, cuando alguien se percataba de que las capturas de un rival eran más escasas que las propias.

La multitud de campesinos, siervos, mendigos, clérigos y comerciantes que se arremolinaba en el Castellvell y el mercado era ingente; los medios de transporte, variados: pesadas carretas tiradas por bueyes, galeras atiborradas de cajas sujetas con cuerdas, mulos, caballos. Dentro de las primeras y en las alforjas de los segundos, toda clase de productos con los que se desease negociar, cambiar o vender en el mercado instalado junto a las murallas. La única ventaja de esta puerta respecto a la de Regomir, situada al lado de las atarazanas, era que el olor que emanaba de la mercadería era soportable; en la otra, por donde entraba todo el pescado que consumía la ciudad, el hedor era insufrible, sobre todo cuando se acercaba el verano y aumentaba por los efluvios que subían de la riera hasta el Cagalell, y más aún cuando se removían sus fondos y se abría el canal hacia el mar con el fin de vaciarla. Los guardias de las puertas, sudorosos bajo sus cotas de malla, coseletes y cascos, no se andaban con remilgos a la hora de tratar a las gentes: desde emplear el zurriago para ordenar a la muchedumbre hasta sacar de la misma a golpes, con el asta de la alabarda, a todo aquel que intentara provocar un desbarajuste, cualquier medida era buena, sobre todo si servía para que aquel tráfago de hombres y bestias fueran avanzando. Un remedio infalible, en casos de desacuerdo respecto al turno, consistía en apartar a quienes discutían y enviarlos al final de la cola entre denuestos y votos a Dios o al diablo.

Todo este trajín lo motivaba el hecho de que los encargados del fielato tenían que calibrar la mercancía a fin de cobrar la renta que los prohomes del municipio habían convenido como canon reservado al conde para la canalización del Rec Comtal, que traería el agua del río Besós a la ciudad, y que era la mejora que en aquellos días se intentaba concluir en Barcelona.

En medio de la multitud, montando un buen caballo ruano, castrado y tranquilo, cabalgaba un joven jinete de mediana estatura, tez curtida como la de un hombre, con las facciones cinceladas por la intemperie, ojos marrones, larga melena negra y aspecto agradable; como rasgo destacable, una barbilla prominente y hendida que delataba un carácter tenaz y una voluntad decidida, y que por cierto daba sentido al patronímico de su familia, ya que su apelativo atañía a dicha peculiaridad: Martí Barbany era su nombre. En la cruz de su cabalgadura llevaba dos alforjas aseguradas a la silla mediante sendas correas y aguardaba paciente a que llegara su turno, dando palmadas al cuello de su ruano. De vez en cuando se palpaba el pecho para asegurarse de que su faltriquera, donde guardaba junto a sus tesoros la carta de la que dependía su futuro, permanecía en su lugar. Vestía calzones largos rematados por dos polainas ligadas con tiras de cuero a sus pantorrillas, camisola de tejido común y un sobretodo de sarga pasado por la cabeza y ceñido a su cintura por una correa, que le cubría hasta los muslos. En los pies, borceguíes de piel de venado, y en la cabeza un gorro verde de los que usaban los cuidadores de aves de rapiña y algún maestro de cetrería.

Forzado por la lenta progresión dejó que su pensamiento calibrara de nuevo si la decisión de abandonar la casa paterna, del modo y en las circunstancias en que lo había hecho, había sido una medida acertada.

Tres días había durado su viaje, que había comenzado en los aledaños de Empúries y que Dios mediante iba a terminar en Barcelona. ¡Qué lejos estaba de imaginar en aquellos momentos los vericuetos por donde andaría su vida a lo largo y ancho de los años y la extraordinaria peripecia que le depararía el destino! Su mente le condujo a través de sus recuerdos a parajes lejanos y queridos. Había nacido en una pedanía cercana a Empúries, en la masía que el generoso conde Hugo había cedido a su familia, después de que ésta, dos generaciones antes y proveniente del Conflent en su límite con la Cerdaña, hubiera mostrado su voluntad de vasallaje desbrozando el bosque asignado: aquella masa de follaje incontrolado se había convertido en doce feixas y tres mundinas* de tierra de cultivo. Martí era el único hijo del matrimonio entre Guillem Barbany de Gorb y Emma de Montgrí, unión desigual e indeseada por la familia de la mujer, ya que Guillem Barbany no era más que un soldado de fortuna, deudo de la regente Ermesenda de Carcasona, como antes lo había sido de su esposo, Ramón Borrell conde de Barcelona, hasta su muerte; como tal, estaba obligado a llevar a cabo cabalgadas en la frontera dedicado al pillaje y al asalto de pequeños predios solitarios, e incursiones en los territorios del rey moro de Lérida. Todo eso mientras no se reanudaran las frecuentes hostilidades con el conde Mir Geribert, que se había llegado a proclamar príncipe de Olèrdola. En cambio, su madre pertenecía a una familia acomodada de la misma capital de la Garrotxa, que renegó de ella cuando se empeñó en casarse con aquel guerrero de fortuna al que consideraban poco más que un forajido salteador de caminos; su madre, que era pubilla, fue desheredada y todos los bienes de su familia donados al monasterio de Cluny que presidía el territorio. Emma hubiera deseado que Martí entrara en la Iglesia, pero su vocación no iba encaminada hacia los altares. En su recuerdo siempre emergía la figura entrañable de su abuelo paterno, que desde niño fue una referencia importante. El viejo mostraba una ostensible cojera de la pierna izquierda y jamás hablaba de las circunstancias que la originaron. Sin embargo, cuando ya desde pequeño Martí se quejaba de que su padre jamás estuviera en casa y de que se pasara la vida guerreando, el anciano invariablemente le excusaba con el argumento de que muchos hombres debían cumplir con su deber en tareas que les habían sido impuestas, forzados por las circunstancias de la vida. Estas y otras charlas llegaron a su fin cuando una aplopejía dejó al anciano como un leño babeante instalado al lado de la gran chimenea del hogar. Una tarde, al volver del campo, lo hallaron muerto como un pajarillo. Al día siguiente lo cargaron en un carro de macizas ruedas y lo llevaron al cementerio que lindaba con la sagrera* de la iglesia de Castelló donde, tras el consabido responso, lo enterraron rodeado por el calor de sus vecinos y amigos, que le acompañaron en tan triste y último trance. Su madre presidió la ceremonia. Martí recordaba que éste fue el primer gran disgusto de su vida; tenía siete años. En aquel momento supo con certeza que su mundo no se reduciría a ir a los mercados y ferias de la comarca a vender los productos que cultivaba su familia. No quería deslomarse de sol a sol, como había hecho su abuelo, para terminar bajo un montón de tierra mientras un clérigo entonaba su monocorde miserere.

Los años de su infancia fueron pasando y un ansia de nuevos conocimientos creció en su interior. Su madre, cuya cabellera se iba llenando de hebras de plata, insistió, en la esperanza de que aquella actividad le acercara a la Iglesia, en que un par de veces por semana montara en Muley, un viejo asno asmático retirado de toda actividad, y se acercara a la rectoría del pueblo donde don Sever, el párroco que ostentaba la canonjía de Vilabertrán, había accedido a enseñarle las cuatro reglas y los fundamentos de la gramática, a cambio de pobres emolumentos consistentes en productos de la tierra y algún que otro pollo o conejo. Para todo ello tuvo que pasar por las clases de catecismo y por la vida de los santos comentada por doctos hagiógrafos, que el buen hombre le daba a leer a fin de despertar su vocación, tarea que aceptó con gusto por miedo a que le retiraran de aquella actividad que tanto le interesaba.

—Martí —le decía el buen hombre—, si te aplicas podrás ser un hombre de Iglesia. Ten en cuenta que un abad o un obispo es tanto o más que un conde o un marqués, y tú eres muy listo…

Y sumando a las obligaciones contraídas la voluntaria de desbrozar su educación, comía con él en la rectoría y le enseñaba normas de cortesía, urbanidad y buena crianza y la manera de comportarse en cualquier mesa por encopetada que fuera. Entonces se acabaron las apasionantes excursiones hasta el golfo de Rosas montado en el pollino y los emocionantes recorridos por las calas de la zona nadando con sus amigos Felet y Jofre, entrando en cuevas sumergidas, imaginando aventuras y sobre todo escondiéndose en los cañizos de la ribera con el fin de observar cómo algunas mozas se quitaban el corpiño y las sayas para chapotear en la orilla entre risas y jolgorios.

Antes de la muerte de su abuelo, cuando iba a cumplir los cuatro años, le habían contado que el buen Dios se había llevado a su progenitor en una de las algaradas habidas en la guerra que el patrón de su padre mantenía con el «príncipe» de Olèrdola, cerca de Vic. Por lo visto, una azagaya le entró entre los omóplatos atravesando el almófar y segándole la vida. Recordaba perfectamente al mensajero que, acompañado del cura de su parroquia, trajo la mala nueva. Era al anochecer de un gélido día de noviembre; la tramontana aullaba endiablada llevándose por medio cualquier objeto que no estuviera a resguardo o bien aferrado, arrancando postigos que en algún descuido alguien hubiera dejado abiertos e incluso abatiendo grandes árboles. La techumbre de la casa crujía y se quejaba como un animal herido, cuando alguien golpeó la puerta. La lumbre estaba encendida en la chimenea, y los leños crepitaban su cálido mensaje. Junto al hogar estaban cenando los tres aparceros de la finca, y en la mesa larga, apartada a un costado y presidida por su madre, el ama Tomasa, el fiel Mateu Cafarell, que desde el día de su fracasada boda había acompañado a Emma, y él. Una algarabía de ladridos advirtió a los comensales allí reunidos que algo extraordinario ocurría en el exterior, y una voz familiar acompañó al ruido de la aldaba golpeando el portalón.

—Abrid, Emma, soy don Sever.

El viejo jardinero, que hacía las veces de mozo y de cochero, apartó a un lado su escudilla y, alzando un candil en la diestra, se encaminó a la puerta con paso vacilante, mientras el ama, inquieta, se secaba las manos con un trapo de cocina y cruzaba una mirada llena de temor con su madre. A indicación de su dueña, el hombre apartó el grueso travesaño de roble y descorrió los cerrojos; el portalón se abrió, la llama flameó un instante urgida por la corriente de aire y en el quicio apareció la esmirriada figura del cura, acompañado por un guerrero cuyo porte y altura impresionaron a Martí, quizá por el contraste. Nada más verlo supo, por la expresión del rostro de su madre, que era portador de malas nuevas. La voz, que aún resonaba en el oído de su memoria, corroboró su sospecha.

—Martí, ve a tu cuarto.

Recordaba que se escabulló rápidamente, tomando a Sultán, su pequeño cachorro, en los brazos, pero nada más traspasar la portezuela que separaba su cuartucho de la pieza principal, pegó su oreja a la madera y escuchó una mezcolanza de voces en las que sin duda, además de las conocidas de su madre y de su maestro, se sumaba la grave y solemne del mensajero. Le impresionó el frío comentario de su madre tras escuchar la mala nueva:

—Demasiado ha tardado en pasar lo que yo hace mucho que esperaba.

Al cabo de un buen rato se retiró el cortejo, volvieron a resonar las fallebas y el lastimero gemido de los goznes y pudo escuchar el murmullo de la conversación de su madre con el ama y con el viejo mozo. Martí, intuyendo que su madre entraría a darle las buenas noches, se desvistió rápidamente, y después de ponerse una camisa de felpa que le cubría hasta las corvas, se introdujo bajo las frazadas esperando acontecimientos que no se hicieron esperar. La puerta se abrió y la luz temblorosa de una candela precedió a su madre marcando en las losas del suelo un arco iluminado. Ella, tras dejar la palmatoria en una mesa, se sentó en el borde de la cama y Martí sintió su cálida mano apoyada en la frente y, con los ojos entrecerrados, observó la enorme sombra de la mujer proyectada en la pared del fondo. Los tiempos y las circunstancias la habían endurecido. Su voz sonó queda y neutra como la de aquel que anuncia algo irremediable, que por esperado ya es viejo.

—Martí, hijo mío, aunque siempre lo has sido, ahora eres realmente huérfano. Tu padre ha muerto haciendo lo que más le gustaba: la guerra. Su única herencia es un anillo que queda en mi custodia y que te he de entregar cuando cumplas dieciocho años. Antes de que la fecha venza, recibiré instrucciones acerca de lo que debes hacer con él y adónde debes dirigirte.

Aunque el hombre fallecido era su padre no sintió pena ni quebranto. Sin saber bien por qué, se incorporó en la cama y abrazó a su madre. Las convulsiones de su generoso pecho le indicaron que aquella mujer fuerte, que había presidido los días de su infancia, estaba llorando.

Aquélla fue la noche en la que decidió que un día u otro partiría: no estaba dispuesto a resignarse a ser toda la vida un campesino; su ambición era grande, y sus horizontes, si no se iba, estrechos. Sin embargo, antes de partir habrían de ocurrir muchas cosas, ya que el hombre propone y el destino dispone. A los dieciséis años descubrió el amor, o eso creyó entonces. En una de las ferias a las que acudía conoció a Basilia, una joven pubilla de su edad, de una masía de campesinos ricos; y en un pajar tuvo la gloria de tener en su mano un seno de muchacha. Creyó que aquello era el fin del mundo, y aunque sus amigos se rieron de él, no le importó y se dispuso a solicitar la autorización de su madre para cortejarla. Emma se lo tomó en serio y se informó; al cabo de poco le dio el gran disgusto de su corta vida, la muchacha estaba prometida a un rico hereu y ni en sueños iba a permitir su padre que un don nadie como él torciera sus planes.

Los días fueron pasando, transformándose en meses y años, y borraron de su mente la impresión de aquel fracaso amoroso. Al cumplir la edad establecida, su madre le entregó el anillo y un breve pergamino que, sin que él lo supiera, alguien había traído a su casa hacía relativamente poco tiempo. En él se leía un nombre y una dirección en Barcelona.

—Hijo, hace un mes alguien trajo esta misiva; debía entregártela a tu mayoría de edad. En ella leerás las instrucciones que debes seguir cuando llegues a la ciudad. Es algo así como un salvoconducto, que, si no he entendido mal, te abrirá las puertas hasta la persona que lo ha enviado. Ya eres un hombre y, aunque un sentimiento egoísta me impele a pedirte que permanezcas a mi lado, mi amor materno me indica que debo favorecer tu partida para no ser un obstáculo que se interponga en tu destino. No quiero ser un estorbo: marcha y no vuelvas la vista atrás. Aquí no tienes ya nada más que hacer.

—Madre, he esperado mucho tiempo, nada hay que no se pueda demorar unos meses: está por llegar la cosecha y no partiré dejándoos a vos sola con este trabajo. Cuando regrese, porque os juro, madre, que regresaré, habré sido digno de vuestros esfuerzos. Si no vuelvo, es que he muerto en el empeño.

El día de su partida abrazó a la encallecida mujer, que a pesar de sus lágrimas mantenía la entereza de siempre, y marchó a la aventura. Se volvió una última vez, y observó cómo las figuras de su madre, del ama Tomasa y de Mateu se empequeñecían en la distancia y al mismo tiempo crecían en su corazón. Azuzó a su montura y al ritmo monocorde de sus cascos se alejó de todo aquello que hasta aquel momento había constituido su mundo. Tenía dieciocho años y tres meses.

La cola fue avanzando y ya entrada la mañana llegó su turno. Uno de los soldados que controlaban la puerta le pidió razón de quién era y qué pretendía. Martí Barbany extrajo de su faltriquera el documento que portaba para uno de los canónigos de la catedral y el hombre, tras consultar al jefe de puerta y ver quién era el destinatario, le franqueó la entrada. Espoleó a su cabalgadura y en medio de la riada humana se introdujo en la gran ciudad, ascendió por una concurrida calle y, tras atravesar la plaza ante la que se encontraba el Palacio Condal y asombrarse ante la magnificencia del mismo, llegó al Hospital de la Catedral, la Pia Almoina, donde tenía su residencia el arcediano Llobet, a quien debía mostrar el documento que alguien había entregado a su madre. Descabalgó en la entrada, y tras atar a su cabalgadura en la barra de madera que se hallaba allá dispuesta a tal efecto y darle una moneda a un muchacho que se ofreció a vigilarla, se introdujo en el portal y se acercó a una mesa donde un joven clérigo recibía las visitas que se aproximaban a la casa para despachar cualquier asunto que dependiera de los canónigos y altos dignatarios que allí residían. El religioso le iba a atender cuando las campanas de la Pia Almoina comenzaron a sonar anunciando el Ángelus, y el repique de los badajos en las espadañas de los demás conventos e iglesias de Barcelona y alrededores hicieron lo propio. Toda actividad se interrumpió y la calle quedó paralizada: las gentes detuvieron su atareado ir y venir y, gorro en mano los hombres y cubiertas por mantones y mantellinas las mujeres, aguardaron a que los ecos del campaneo se detuvieran; entonces se reanudó la actividad.

—¿Qué se os ofrece?

El religioso había cobrado vida y con una voz cantarina y amable más propia de un chantre de coro preguntó a Martí Barbany su nombre y el motivo de su visita.

—Traigo una carta, un salvoconducto para el arcediano Llobet. Si sois tan amable, quisiera verlo.

Martí mostró la credencial y el clérigo, tras aproximar a su ojo derecho un grueso cristal soportado por un mango de madera, se dispuso a leer las letras del documento.

—Tened la bondad de aguardar un momento.

Hizo sonar una campanilla que estaba sobre su mesa y al punto compareció un tonsurado jovencito, que esperó órdenes.

—Llevaréis esta misiva al padre Llobet.

Martí Barbany intervino.

—Preferiría entregársela yo mismo, si no os importa: es mi credencial.

Y con estas palabras extendió la mano para que el otro le devolviera la carta. El hombre examinó detenidamente al resuelto visitante y se dijo que aquel muchacho, pese a su juventud y su aspecto un tanto pueblerino, debía de ser alguien singular.

—Como gustéis, pero creo bastante improbable que os atienda. El padre Eudald está muy solicitado y aunque tengáis una presentación, no acostumbra a recibir visitas sin previa audiencia.

—Decidle a su paternidad que Martí Barbany desea verle.

Entonces, el monje, como excusándose, aclaró:

—Lo que él decida escapa, como comprenderéis, a mi autoridad.

Al poco regresó el aprendiz de clérigo diciendo que el arcediano recibiría al visitante.

El monje miró con curiosidad al joven y añadió:

—Ya lo habéis oído. En todo el tiempo que llevo en esta portería es la primera vez que el arcediano recibe a alguien sin cita previa. ¡Por san Bartolomé que sois un hombre afortunado!

4 El obispo Guillem de Balsareny

4

El obispo Guillem de Balsareny

Barcelona, mayo de 1052

La tarea que se le presentaba al buen obispo no era precisamente agradable ni sencilla. Debería emplear a fondo sus mejores dotes de diplomático si pretendía salir indemne de aquella aventura que se mostraba harto difícil. De un lado, su lealtad a la condesa Ermesenda de Carcasona, estimulada sin duda por la munificencia que la señora tenía a bien prodigar sobre su diócesis de Vic; del otro, la buena causa que para él representaba todo aquello que favoreciera a los condados de Gerona y Osona de los que Ermesenda era usufructuaria, por expreso deseo de su difunto esposo el conde Ramón Borrell, en tanto el buen Dios la mantuviera en este mundo, aunque el titular del condado de Barcelona en aquellos momentos fuera su nieto: Ramón Berenguer I.

Las noticias viajaban lentamente en aquellos días. Sin embargo, los mensajes que el papa Víctor II deseaba enviar a sus obispos y abades a través de la nutrida red de monasterios que mediaban entre las respectivas diócesis y Roma corrían con rapidez, y a fe que hubiera preferido mil veces no haber recibido el último.

El obispo Guillem era un hombre de Dios: se preocupaba de los fieles a él encomendados, ejercía la caridad y mediaba en todas aquellas cuestiones que requirieran su intervención con justo criterio y probada rectitud, a fin de evitar conflictos, ya fuere entre vecinos nobles que disputaran por un predio, ya fuere un siervo que se sintiera agraviado por la dote injusta aportada por la familia de la prometida de su hereu u otro que hubiera sido atacado mientras trabajaba la tierra en la sagrera. La cola que todas las mañanas se formaba a la puerta de su residencia a la espera de que sus servidores sacaran el caldero con el que se repartía la sopa de los pobres era en verdad nutrida y variopinta.

El mensajero había llegado por la noche, extenuado, y tan urgente se anunció el recado que su coadjutor no dudó en despertarle pese a que apenas había descansado después de la oración de laudes. Cuando un emisario del Papa traía algo realmente inaplazable la contraseña era: «El gallo cantará tres veces». Ante esta clave sus secretarios tenían órdenes de despertarle o buscarle en cualquier momento. Se vistió deprisa; no convenía a su elevado rango que un correo le viera sin su solemne vestimenta: el hábito sí hace al monje, y las apariencias mueven a la mayoría de los humanos a la consideración y al respeto. Se miró fugazmente en su bruñido espejo de cobre. Éste le devolvió una figura magnificente revestida de una solemne hopalanda morada y una cabeza cubierta por un pequeño solideo que ocultaba la tonsurada coronilla. Satisfecho de lo que se reflejaba en la pulida superficie, hizo pasar al enviado a sus aposentos privados. Venía el individuo cubierto aún del polvo del camino, de manera que su rostro era una máscara irreconocible; se arrodilló ante el abad, y tras besar su anillo extrajo de su escarcela un pergamino sellado y se lo entregó. Ordenó al lego que lo había introducido que le dieran alimento y descanso y se quedó solo en la estancia, dispuesto a leer la intempestiva misiva. Decía así:

Dado en Sant’Angelo. Roma a 16 de mayo de 1052

Estimado hermano en Cristo:

El mensaje que os hago llegar es de suma importancia y requiere un tratamiento absolutamente discreto. No conviene, dadas las actuales circunstancias, que las noticias que os comunico se divulguen y lleguen a oídos indiscretos que propalen el contenido de esta misiva. Confío, pues, en vuestro atinado criterio y en vuestra probada discreción.

El equilibrio de poderes es en esta ocasión demasiado importante para que algún desaprensivo enemigo de la Iglesia haga uso indebido de esta información y cause grave daño a la auténtica fe, ya que el ejemplo de los príncipes es fundamental para el buen gobierno de los súbditos y un mal ejemplo sería nefasto, no sólo para el condado de Barcelona sino para toda la cristiandad, enfrentada como está al inmenso poder de las hordas del profeta. Asimismo, es sumamente importante evitar cuantas ocasiones haya para que los condados catalanes, siempre en precario equilibrio, batallen entre ellos en vez de hacerlo contra el auténtico enemigo que aguarda agazapado tras el río Ebro, frontera natural frente a la belicosidad de las taifas de Lérida y Tortosa, gobernadas en la actualidad por los belicosos hijos del prudente Ibn Ahud de Zaragoza.

Han llegado a mis oídos, de fuentes fidedignas —no olvidéis que el confesor de la condesa Almodis es el abad Sant Genís—, nuevas, ciertas sin duda, que podrían originar fuertes enfrentamientos entre la condesa Ermesenda y su nieto, el conde de Barcelona; y éstos no convienen a la Iglesia, ya que todo lo que represente menoscabo de la autoridad y desorden e incite a los súbditos a la desobediencia no es bueno ni ayuda en forma alguna a la causa de la cristiandad.

Mi querido abad, tenéis bajo vuestra jurisdicción un grave problema que conviene atajar de raíz, ya que de no hacerlo podríamos tener embarazosas contrariedades. A vuestro criterio dejo la forma de mejor allegar los medios para ello. Yo me limito a poneros en antecedentes.

Resulta ser que vuestro conde Ramón Berenguer I de Barcelona, viudo de la condesa Elisabet y actual esposo de Blanca de Ampurias, se puso en camino hace ya un año hacia Oriente, pues debía tratar asuntos de importancia para el condado de Barcelona y de paso a su regreso informarme de primera mano y darme su opinión sobre temas del islam que él bien conoce por tener cerca enemigo tan peligroso y astuto. El caso es que, de vuelta, y tras nuestra entrevista, hizo posada en el castillo de Ponce III de Tolosa, donde ocurrieron hechos innombrables: vuestro fogoso conde tuvo relaciones adúlteras con la señora del castillo, Almodis, hija de Bernardo y Amelia de la Marca. Esto, ya de por sí grave, no nos asusta: sabemos de las debilidades del alma humana y lo frágil que llega a veces a ser la carne, pero lo que sí nos preocupa es la consecuencia que todo ello puede llegar a acarrear, ya que nos consta que vuestro señor ha concebido tal insana pasión que pretende repudiar a su esposa, con la que contrajo nupcias apenas ha un año, y amancebarse, ya que otra cosa no cabe, con la que sin duda sería una barragana; todo ello para escarnio y perjuicio de la cristiandad, que se mira siempre en el espejo de sus príncipes. Hasta aquí como comprenderéis el asunto es grave, pero pensad además en la frágil relación de la condesa Ermesenda con su nieto y la actitud que tomará sin duda ante el repudio de Blanca de Ampurias, su protegida, ya que suya fue la idea del enlace. Eso sin considerar la respuesta del conde Ponce de Tolosa, al que sin duda afectará que le intenten hurtar a su consorte y con ello su honra. A nadie conviene la guerra que se declararía entre abuela y nieto, un hecho que desguarnecería el flanco sur y dejaría expedita la frontera a merced de los enemigos de la cristiandad. Mención aparte merece la actitud que tomarían los diversos condados catalanes, unos guerreando a favor de la una y otros a favor del otro por diversos motivos más o menos dignos, lícitos o soterrados, ya que, como sabéis, a río revuelto, ganancia de pescadores. Nos consta que Urgell, Cardona, Tost y Besalú se inclinarían por el conde, en tanto que el Conflent, Carcasona, Osona, Gerona y en fin la Septimania en pleno, lucharían al lado de la condesa.

En vuestras sabias manos dejo la resolución de tan espinoso asunto y os urjo para que os entrevistéis con Ramón Berenguer en primer lugar por ver de hacerlo desistir de tan abyecta y descabellada inclinación, y caso de no convencerlo, acudáis a la condesa Ermesenda, plato que no os envidio, pues sé y me consta lo susceptible de su carácter.

En fin, mi buen abad, poneos en camino y enfrentad el envite «a pecho descubierto», ¿no es así como se dice por esas tierras? Creedme que no envidio vuestra embajada y tened por cierto que aguardaré en vilo vuestras noticias. Mis oraciones os acompañarán desde Roma y en tanto recibid un fraterno abrazo de…

Vuestro hermano en Cristo.

VÍCTOR II, Papa

Guillem de Balsareny se acomodó en su sitial y, tras enjugarse con el dorso de su mano derecha las gruesas gotas de sudor que perlaban su frente, se dispuso a releer de nuevo la sorprendente misiva.

5 Ramon Berenguer y Almodis

5

Ramón Berenguer y Almodis

Tolosa, diciembre de 1051

El pertrechado jinete alzó la mano. La escolta que le acompañaba se detuvo al instante, envuelta en un mar de relinchos y tascar de bocados. Desde uno de los puestos que guardaba la entrada del puente levadizo una voz interpeló:

—¿Quién va?

—Quien viene de hacer un largo camino desde Roma y espera ser recibido por Ponce III de Tolosa como cree merecer por su rango y alcurnia. Soy Ramón Berenguer, conde de Barcelona, y vuestro señor me aguarda.

Con un chirriar de cadenas, el pesado puente comenzó a abatirse entre el crujir de maderas y el acompañamiento de voces, mientras en lo alto de la muralla un trompetero anunciaba la llegada de un ilustre visitante. Los cascos de los caballos resonaron sobre el maderamen del puente y posteriormente sobre el enlosado patio interior de la fortaleza. Un palafrenero sujetó la brida del garañón del conde y éste puso pie a tierra ordenando a sus hombres que hicieran lo propio. Con el guantelete de cuero se sacudió el polvo del camino de las grebas que protegían sus muslos. Al instante llegó hasta él el oficial de guardia, cuya voz quedaba amortiguada por el tumulto que formaban los hombres de la escolta al descabalgar. El conde de Barcelona entregó la celada del casco a su lugarteniente y, desembarazándose de la capucha de la cota de malla que perfilaba su rostro, atendió al hombre del castillo.

—Perdonad, ahora estoy con vos.

—Os saludo, conde, en nombre de mi señor y os ruego tengáis a bien seguirme. Os acompañaré hasta el alcaide del castillo y él os atenderá.

—Cuidad de mi tropa y dadles lo que requieran para su descanso y el de sus cabalgaduras.

—Así se hará, señor —concedió el hombre con voz teñida de respeto—. La hospitalidad es una cualidad que distingue a la casa de Tolosa.

Partió el conde de Barcelona detrás del oficial, seguido por su escudero, al que había entregado su espada y su escudo en señal de confianza y reverencia como era norma cuando un noble visitaba a un pariente o a otro noble de igual alcurnia.

El castillo de Tolosa era más alcázar que fortaleza. Su arquitectura era noble: la trabajada piedra de las balconadas así como el marco de sus lobuladas ventanas y la riqueza y el boato de las estancias por donde iba pasando la comitiva denotaban un gusto y un refinamiento que contrastaba con sus rústicas fortalezas de Barcelona, Gerona y Osona, cuyo principal atributo era la seguridad que requería la cercanía del islam y la agresividad de los condados vecinos. El oficial se detuvo en la covachuela del alcaide y, tras ser presentado y relevado por éste, siguieron adelante. Finalmente llegaron frente a una gran puerta de roble magistralmente trabajada, en cuya madera la cuchilla y el formón de un hábil carpintero habían labrado un hermoso relieve con el escudo de armas de la casa de Tolosa. A ambos lados figuraban dos centinelas, alabarda en ristre en la diestra y en la zurda la picuda rodela, custodiando la entrada. A la vista del alcaide cuadraron su postura esperando órdenes.

—Avisad al chambelán de que el ilustre huésped ha llegado.

El primero de los centinelas abandonó el sitio y abrió una de la hojas del portón. Tras pronunciar unas palabras, la cerró de nuevo y se dirigió al oficial.

—Ya he dado cuenta de vuestra presencia. Tened la bondad de aguardar unos instantes.

Apenas pronunciadas estas palabras, el portalón se abrió de nuevo y por él asomó la calva cabeza de Robert de Surignan, gran consejero del conde Ponce de Tolosa.

—Pasad y sed bien recibido, mi señor. El conde Ponce de Tolosa y la condesa Almodis de la Marca os aguardan.

El gentilhombre dio tres golpes con la cantonera de su báculo en la tablazón del suelo y anunció su nombre.

—Mis señores, reclama audiencia Ramón Berenguer I, conde de Barcelona, Gerona y Osona.

El visitante dio un paso al frente entrando en la regia sala.

La estancia era realmente fastuosa. El conde barcelonés fue consciente de que jamás había visto algo parecido. La pieza era alargada: seis aberturas por lado cubiertas por decorados tapices mantenían el calor que provenía de dos grandes chimeneas laterales en las que ardían inmensos troncos; las paredes estaban ornadas con escudos de armas y entre ellos había unos gigantescos ambleos que soportaban el peso de los gruesos hachones que alumbraban la gran sala; pero lo que más atrajo su atención fueron las pulidas superficies de metal que, colocadas alrededor de los encendidos pabilos, apantallaban la luz y la multiplicaban hasta el infinito. Por último, colgaban de los altos techos tres lámparas doradas de varias coronas concéntricas de estilo carolingio, asimismo circunvaladas de candelas y sujetas mediante gruesas maromas, que, pasando por sendas poleas, se sujetaban a unos pivotes de hierro laterales que facilitaban las tareas de limpieza y acondicionamiento. Al fondo, en sendos tronos colocados bajo un baldaquín dorado, aguardaban el conde y la condesa de Tolosa.

Ramón avanzó, gentil la apostura y gallardo el ademán, el paso firme y acompasado. Pero a medida que se aproximaba al trono, la suntuosidad del salón, la calidez del ambiente, el fulgor de las candelas e inclusive la figura de su anfitrión quedaron diluidos debido a la presencia de la condesa Almodis. Al llegar frente a ella hincó la rodilla. La roja melena, los verdes y misteriosos ojos que formaban un conjunto perfecto con el dorado remate de encaje que ribeteaba su escote e intentaba cubrir el canal de sus rotundos pechos, apresaron sus pupilas: ya no pudo ver cosa alguna que no fuera ella.

Quedó atrapado en el hechizo que emanaba de la sensual presencia de la condesa.

El conde Ramón Berenguer se puso en pie con torpeza, y a requerimiento de Ponce de Tolosa ocupó un sitial frente a la pareja.

—Bien llegado seáis, conde, a esta humilde mansión donde los hijos de vuestro padre serán siempre bienvenidos. ¿Cómo están vuestros hermanos Sancho, Guillermo y Bernardo?

—Sancho es prior en Sant Benet. Por lo que se refiere a mis otros hermanos, Guillermo y Bernardo, hijos de la segunda esposa de mi padre, doña Guisla de Lluçà, y con quienes me une un gran afecto, aún no han contraído matrimonio. Son muy jóvenes.

Después de este preámbulo de cortesía se adentraron en el verdadero motivo de su presencia en el alcázar.

—Tengo entendido que habéis realizado un largo viaje por Levante.

—Efectivamente, he ido para establecer relaciones comerciales con Bizancio y acercarme a Jerusalén. Los asuntos de Tierra Santa andan revueltos y el Santo Padre me requirió para que a la vuelta acudiera a Roma y le informara de primera mano. A su criterio, los gobernantes de territorios que, por proximidad, hemos tenido y tenemos pleitos con el islam conocemos mejor que nadie el trato que debemos dar a los infieles, su forma de actuar y los entresijos de su diplomacia. Por eso solicitó mi humilde consejo.

Durante todo ese tiempo la condesa no despegó los labios. Sin embargo, Ramón Berenguer notaba en la piel la insistencia de su mirada, verde y subyugante.

Tras un buen rato de conversación, el señor de Tolosa se excusó.

—Sabréis perdonarme, ya que he incumplido todos los protocolos del buen anfitrión: os he hecho acudir a mi presencia sin siquiera haber tenido la cortesía de permitiros descansar, pero pocas son las ocasiones que aquí tenemos de departir con gente informada. De cualquier manera, intentaré compensar mi falta de delicadeza. Mi viejo esqueleto no está para largas veladas; a estas alturas los demás días ya me he retirado a mis habitaciones. Si no os importa, mi querida esposa os hará los honores durante la cena.

A Ramón Berenguer el corazón comenzó a latirle aceleradamente ante la oportunidad de poder compartir la velada en compañía de tan misteriosa criatura. Lo que a continuación añadió Ponce de Tolosa menguó su entusiasmo.

—Mi chambelán y el confesor de la condesa os acompañarán sin duda de buen grado. Su cultura y su conversación os sorprenderán y harán más grata vuestra estancia entre nosotros.

La condesa Almodis había asistido impertérrita al diálogo sostenido entre su esposo y el gentil invitado. A sus treinta y cuatro años, su vida había sido un cúmulo de situaciones vinculadas a las conveniencias que los intereses de su casa iban generando y cuya moneda de cambio invariablemente la habían constituido ella y sus hermanas Llúcia y Rangarda. La primera, después de un fallido matrimonio con Guillem de Besalú, se había casado con Artal, conde del Pallars; la segunda lo había hecho con Peire Roger, conde de Carcasona. A ella le había tocado en suerte la parte más amarga de la historia. Casó a los doce años con Guillermo III de Arles, y aunque el Santo Padre invalidó el matrimonio por la temprana edad de la contrayente, no por eso dejó de sufrir en su carne el asalto a su virginidad, experiencia que había marcado su destino hasta traumatizarla. Luego la entregaron a Hugo el Piadoso, señor de Lusignan, que tras hacerle un hijo la repudió y le arrebató a la criatura: negocio de Estado, le dijeron esta vez. Finalmente se encontró en el lecho del conde Ponce de Tolosa. De la unión nacieron cuatro vástagos: tres varones y una hembra. Ponce le llevaba veinticinco años, y era un hombre experto y libidinoso que calentó su lecho, y pese a que la avanzó en los intrínsecos laberintos del sexo, ella no conoció jamás la romántica pasión que cantaban los trovadores en las veladas de palacio y siempre supuso que la unión entre hombre y mujer escondía algo que a ella se le escapaba. Hasta aquel día sus únicas distracciones en el alcázar fueron sus damas, las fiestas corteses y sobre todo Delfín, su querido y contrahecho bufón.

Almodis se retiró a sus estancias para preparar las galas que debería lucir durante la cena. Mientras sus criadas la atendían, ella se abandonó a sus pensamientos, y sabiendo quién era el visitante recordó la profecía que había tenido siempre presente a lo largo de su azarosa existencia.

Aunque los sucesos databan de veintidós años atrás, los recordaba tan vivamente como si hubieran acaecido el día anterior.

La ciudad había amanecido cubierta por un blanco manto de nieve que desfiguraba el perfil de las cosas. Los copos caían lentos y dubitativos, flotando en el aire como plumas de cisne. Almodis se asomó al ventanal de su habitación y fue consciente de que el paisaje que veían sus ojos, y que había sido durante doce años su único escenario, iba a cambiar definitivamente a partir de aquel día. Alzó la vista hacia la torre del campanario de la iglesia mayor, atraída por el alegre repiqueteo de los bronces que parecían celebrar su matrimonio con Guillermo III, futuro conde de Arles y observó cómo las gárgolas de hielo parecían derramar lágrimas de agua sobre los tejados de las casas vecinas, sollozando por su despedida. En su alma se enfrentaban una legión de sentimientos encontrados. De una parte la añoranza de una niñez que se alejaba sin remisión, llevándose consigo los dulces paisajes de su amada región, los juegos infantiles con sus hermanos, los caudalosos ríos, sus maravillosos atardeceres, los dorados trigales y las cabalgadas en primavera por los espesos bosques. Una voz interior le decía que todas aquellas sensaciones pasarían, desde aquel mismo día y en cuanto pronunciara las obligadas palabras de su compromiso, a ocupar un lugar querido pero cada vez más lejano en los arcanos de sus más íntimos recuerdos. Sin saber por qué, tales pensamientos la deprimían. En cambio, un aura de esperanza parecida a un arco iris que se perdía en el horizonte le auguraba grandes momentos que sin duda se aprestaba a vivir y que colmarían su espíritu aventurero. En aquel instante recordó el extraño episodio que había vivido una tarde de aquel invierno. Había salido al bosque en compañía de su hermano Adalberto a montar por vez primera a su yegua Hermosa. Cuando por la mañana la vio enjaezada esperándola en el patio de armas del castillo como regalo de tan significado día de parte de su padre Bernardo de la Marca, su tierno corazón brincó de contento. Era blanca como la nieve que en aquel momento estaba cayendo, la cabeza pequeña, la mirada inteligente y los cuatro extremos de sus patas, negros como mitones. Presintió que nacía una extraña simbiosis entre ella y el animal. La tarde era perfecta: la luz se filtraba entre el ramaje del bosque repleto de carámbanos creando enigmáticas figuras de una extraordinaria belleza. Un céfiro blando, huésped eterno de aquellos pagos, silbaba en sus oídos propiciado por el suave galope de la yegua. Adalberto, que corría tras ella, apenas podía darle alcance, así que Almodis detuvo al animal para aguardar a su hermano. La yegua irguió las orejas, relinchó suavemente y arañó el boscaje con su pata diestra; su hermano, con un fuerte tirón de bridas, detuvo su montura junto a ella.

—¡Mira! ¡Allí, Almodis!

Alzó la mirada y a menos de media legua divisó una fina columna de humo blanquecino que ascendía perezosa hacia el cielo; jamás hasta aquella tarde, pese a haber recorrido muchas veces aquel trozo de bosque, habían observado los hermanos nada parecido.

—Vamos, hermano, veamos qué habita en nuestro bosque.

Lo de «nuestro» era adecuado: ambos consideraban aquel reducto como una propiedad. Sin dar tiempo a que Adalberto pusiera objeción alguna, azuzó a su yegua y ésta partió como el viento en la dirección adecuada.

Al llegar a las proximidades del claro de donde procedía el humo, desmontaron, y tras atar sus cabalgaduras a una de las ramas bajas de un alcornoque prosiguieron a pie su inspección con sumo sigilo. La progresión fue lenta: Adalberto iba en cabeza cuidando de no dejar excesivamente atrás a su hermana; ella avanzaba más despacio porque la maleza le trababa las sayas. Era como si cientos de manos trataran de impedir que el éxito coronara su intento. Finalmente una autoritaria señal de la diestra de su hermano la detuvo en seco: el muchacho había separado las ramas que impedían la visión y observaba atento lo que la floresta había ocultado con tanto celo. Almodis dio los últimos pasos hasta llegar a la altura del muchacho y se acuclilló a su lado para observar mejor. A unas cuarenta brazas de donde se hallaban se podía ver un gran árbol en el que, a una considerable altura sobre el suelo, en el cruce de tres frondosas ramas, se alzaba una cabaña hecha con troncos, brezos, ramas y hojarasca y por cuya primitiva chimenea salía la columna de humo que había requerido su atención. Todavía no habían tenido tiempo de tomar decisión alguna cuando la cortina que guardaba la entrada de tan curioso refugio se abrió, y del interior de la peculiar choza asomó un hombrecillo que no alzaría una cuarta del suelo y cuyo leve y curvo cuerpo se sustentaba sobre dos cortas piernecitas. Vestía una camisola de un desvaído tono pardusco ceñida a la cintura mediante una soga, y cubría sus cortas extremidades con unas ajustadas calzas, breves como un suspiro, amarradas a sus flacas pantorrillas por sendas cintas de piel que morían en unos diminutos borceguíes; una zamarra de piel de cordero abrigaba su torso y su larga cabellera, tan enmarañada como la barba, le caía sobre la arqueada espalda. Recordaba Almodis que Adalberto le dio un leve codazo y que llevó a sus cerrados labios el dedo índice pidiendo silencio. El enano, impertérrito, se giró hacia ellos, y alzando una aguda voz que estaba en patente consonancia con su cuerpo, habló alto y claro.

—Enaltecidos señores, estáis en los dominios del amo de este bosque. Sean bien recibidos si venís en son de paz y que el infierno se os trague si vuestras intenciones son aviesas y el mal anida en el fondo de vuestros corazones.

Adalberto se quedó mudo, pero ella salió de su escondite y avanzó hasta situarse en el claro y a los pies del gran árbol.

—¿Sabes quién soy?

—Almodis de la Marca, la joven condesa de estos pagos, cuya evidente curiosidad la ha conducido hasta mis territorios y que acude hasta aquí acompañada de su hermano, al que invito a salir de la espesura y a mostrar su rostro.

Almodis vio que Adalberto salía del bosque y se acercaba a su lado, más asustado de lo que quería reconocer.

—¿Y quién eres tú?

—Como podéis colegir, sé más yo de vos que vos de mí. Pero conversaremos mejor si hacéis la merced de aceptar la hospitalidad de mi palacio.

Diciendo estas palabras el enano desenganchó una sencilla escalera de cuerda que descansaba a su lado y la lanzó por el tronco de alcornoque hasta que el último travesaño de la misma cayó junto a los pies de la asombrada pareja.

Ambos hermanos se acercaron a la base de la escalerilla que pendía entre los dos. El hombrecillo había abandonado la plataforma y había entrado de nuevo en la cabaña. Adalberto vaciló un instante, y cuando se disponía a comentar a su hermana que tal vez fuera más prudente abandonar el lugar, vio que ésta, con las sayas recogidas, ya había comenzado la ascensión e iba por el tercer travesaño. La base de la escalera culebreaba a su lado, y en vistas de lo inútil de su intento se limitó a apoyar el pie derecho en el extremo del artilugio para sujetar la escalerilla y facilitar la subida de su hermana. En un santiamén se hallaron ambos sobre la plataforma que soportaba la cabaña. Vistas desde aquella altura las copas de los árboles formaban un mar blanco a sus pies. Las dimensiones de la choza eran otras. La puerta estaba cubierta por una especie de cortina de saco y en el interior se escuchaba el trajinar de alguien que arrastraba algún objeto. De repente una mano pequeña apartó la cortina y el hombrecillo, con su aguda voz, invitó a sus huéspedes a entrar en su habitáculo. Almodis no dio tiempo a Adalberto a emitir una sola palabra: en el acto encogió su espigada figura y accedió al interior. Su hermano hizo lo propio, y el enano, que había salido a recoger la escalera, los siguió. El techo de la cabaña estaba hecho con hojas de palma que formaban un pico central, de manera que ambos muchachos pudieron incorporarse sin problema. Almodis observaba curiosa la estancia y el enano acompañaba la inspección con una mirada socarrona e inteligente. Adalberto permanecía a un lado, encogido y expectante, todavía incrédulo ante la situación que estaba viviendo.

—Como podéis observar —dijo el enano—, mi casa no es adecuada para recibir visitas y el tamaño de mis cosas está proporcionado a mi persona, pero sentaos en mi catre, pues así las cabezas de vuesas mercedes no tocarán el techo.

Los hermanos intercambiaron una mirada y se sentaron en el camastro del enano, que yacía arrumbado a una de las paredes; su anfitrión hizo lo mismo en un minúsculo escabel junto a la mesa del centro. Los ojos de Almodis captaban hasta el último rincón del chamizo alumbrado por la difusa luz de un candil e iban desde el fuego del pequeño fogón hasta el ventanuco del fondo, y de la mesa del centro hasta la jaula de madera desde cuyo interior los redondos ojos de una pequeña lechuza la observaban con curiosidad. El hombrecillo se dio cuenta.

—¿Os place mi refugio?

—Nos sorprende en gran medida. Hemos recorrido el bosque en mil ocasiones y no habíamos atinado en dar con él hasta hoy. —Fue Almodis quien tomó la palabra, ya que Adalberto permanecía a su lado sin atreverse a abrir la boca.

—Veréis, ésta es mi pretensión. El lugar está alejado de cualquier sendero, la leyenda habla de brujas y genios del bosque que habitaban en una de las grutas que abundan por estos pagos hace ya mucho tiempo. Yo, por cierto, jamás he visto ninguno; los lugareños son reacios ante la sospecha de encontrarse seres vivos o muertos que se aparten de lo común, y yo no acostumbro a provocar humo que conduzca hasta mi persona si no es éste mi deseo. Para ello quemo la madera apropiada. Por lo demás, mi cabaña se disimula entre el follaje y las gentes más bien miran hacia abajo, pues pocos son los peligros que puedan venir desde lo alto.

—Has dicho: «Si no es éste mi deseo». ¿Acaso tenías la intención de que nosotros encontráramos tu escondrijo?

—Es evidente; jamás traigo a nadie a mi casa y si me he de entrevistar lo hago en una gruta que tengo habilitada para ello.

En aquel instante Almodis oyó la voz dubitativa de su hermano, que se atrevía a intervenir en la conversación.

—Y ¿cuál es la finalidad de nuestro mutuo conocimiento?

El hombrecillo posó sus ojos en el rincón donde Adalberto estaba instalado.

—Voy a explicaros mi verdad. Al fin y a la postre, por eso os he conducido hasta aquí.

Hubo un largo silencio y luego el hombrecillo habló.

—La naturaleza fue mezquina conmigo en lo físico, pero compensó ciertas carencias con otros dones que, usados de manera prudente, pueden reportarme grandes beneficios; por contra, si los utilizo mal, pueden acarrearme no poca desgracia.

—Ni sé quién eres, ni adónde quieres ir a parar.

—Mi nombre es Delfín, no tengo familiar alguno, y mi desencanto al respecto de la caridad entre los hombres es inmenso. Es por ello por lo que hace ya muchos años decidí vivir de la manera que lo hago: no tengo espíritu para servir a quien no lo merezca, y sé lo que me esperaría, con este desmedrado cuerpo que me dio natura, caso de continuar cerca de quien no sea capaz de valorar mis virtudes. En cambio, también sé que mis capacidades ocultas me conducirán, si sé hacerlo bien junto a las personas adecuadas, a desempeñar un brillante papel en este angustiado mundo en el que vivimos.

—¿Cuáles son esas capacidades a las que aludes?

El enano pareció meditar sus palabras y comenzó con su relato.

—Nací en Besalú. Según me han contado, mi madre murió en el parto, y a mi padre, que creo que fue titiritero ambulante, no llegué a conocerlo. La Providencia cuidó de mí y mi tamaño ínfimo vino en mi ayuda: un hombre atendió mis necesidades con la esperanza de que si me sacaba adelante, podría con el tiempo ser para él una saneada fuente de ganancias. Con la ayuda de una cabra a la que le sobraba leche y que en realidad fue mi nodriza, logró su propósito. Los enanos se vendían bien para divertir a los labriegos en las ferias, y si eran inteligentes y lucían una hermosa joroba, hasta podían entrar en la corte de cualquiera de los condados con el fin de entretener, junto al hogar, las largas veladas de invierno. Yo vi lo que me deparaba el destino y no me interesó el envite. Pasé el fielato del puente de Besalú escondido en la alforja de la mula de un comerciante que aquella noche había trasegado vino en demasía y confiaba a la sagacidad de su caballería el retorno a su casa. En cuanto hizo el hombre la primera parada a fin de vaciar su vejiga, me escabullí y me oculté en la floresta. Aquella zona está llena de escondrijos. Luego, de salto en salto y de mata en mata, fui pasando pueblos, villas y ciudades, y llegué a la conclusión de que el ser humano está hecho más para el mal que para el bien, y de que si no podía lograr una posición de preeminencia más valía vivir apartado de los hombres. Crucé los Pirineos, llegué hasta estos pagos; desde entonces vivo en el bosque.

—Dado que no somos otra cosa que humanos, no veo por qué has tenido interés en conocernos —preguntó Almodis.

—Hasta aquí os he contado los pasos de mi existencia, pero no os he hablado de ese poder que bien empleado me ha de sacar de la miseria y me servirá para conseguir la vida a la que aspiro, amén de rendir grandes ventajas a la persona que me proteja.

La perplejidad se dibujó en el rostro de Almodis.

—Cada vez entiendo menos tu exposición, pero prosigue: al menos tu conversación me agrada y entretiene.

—Está bien, mi señora. Aunque la circunstancia os haya distraído, sin duda recordaréis que, sin saber quiénes eran los que cruzaban el bosque, os he anunciado y os he llamado por vuestro nombre.

—Lo recuerdo, y el hilo de tu relato me ha apartado de mi primera intención, pues ésa era una de las cosas que quería preguntarte.

—Ésa es mi cualidad. En determinadas circunstancias, puedo ver el futuro de las gentes y lo hago sin alharacas: sin examinar vísceras de aves, ni mirar su vuelo; ni echar aceite sobre agua para ver los dibujos que se forman, ni tampoco verter en un cuenco la sangre de un cabrito por ver cómo coagula. Por tanto, os repito que si cerramos el trato a lo largo de vuestra vida, que, tengo la certeza, va a ser apasionante, tendréis a vuestro lado un augur que os anticipará, si no todas, muchas de las incidencias que os han de suceder de manera que podáis preveniros de las gentes que os querrán mal, que van a ser muchas, pues cuanto más alto lleguéis más envidia habréis de suscitar. Me consta que vuestra vida ha de transcurrir por vericuetos insospechados y harto comprometidos que hoy por hoy ni podéis conjeturar; si me tenéis junto a vos podréis, pues, prever las intrigas y añagazas que vuestros enemigos intentarán tenderos. Eso sin olvidar que soy harto ingenioso y muy capaz de entretener vuestros ocios en las noches de invierno.

—No es nada extraordinario que nos hayas reconocido —intervino Adalberto—. A los hijos de los condes de la Marca los conoce mucha gente. Si no muestras en mayor medida esa cualidad que dices poseer, nos iremos por donde hemos venido. Por otra parte, mi hermana está destinada a casarse, a formar una familia y a tener hijos, ¿qué enemigos le aguardarán en su camino y de qué glorioso destino estás hablando?

El enano prosiguió sin hacer caso al muchacho.

—Voy a plantearos mi proposición. Podéis sin duda pensar que soy un loco, un soñador o un insensato. Voy a daros prueba de mi honradez, anticipándoos hechos que van a jalonar vuestra vida. No tengo prisa: si tal sucede venid a buscarme que aquí me hallaréis; si por el contrario me equivoco, dejadme abandonado a mi suerte.

—Habla, te escucho —le urgió Almodis.

—Por el momento os proporcionaré una huella del pasado, para que podáis creer en mis palabras. Eso ya es comprobable, el futuro es una entelequia.

Los ojos de los hermanos eran dos interrogantes.

—Hoy cumplís años. Esta mañana os han regalado una yegua, a la que habéis bautizado con el nombre de Hermosa. En vuestro muslo derecho tenéis un blanca cicatriz fruto de una herida que os hicisteis encaramándoos a uno de los merlones del contrafuerte de la muralla interior de la torre del homenaje, debido a un empujón que os propinó vuestro hermano. Se trata de una circunstancia que sólo conocéis vosotros dos: ocultarlo fue un pacto de silencio que hicisteis por temor a que fuera castigado y al que jamás habéis faltado.

Ella y Adalberto se miraron asombrados. En los ojos del muchacho se reflejaba el temor; en los de su hermana, curiosidad. Ambos recordaban perfectamente aquel pacto.

—Dime entonces qué es lo que me deparará el futuro —le pidió Almodis.

—¿Quiere esto decir que aceptáis el trato? —preguntó el enano.

—Tienes mi palabra.

El hombrecillo fue hacia un rincón; abrió una cajita de madera y de su interior extrajo una fina aguja de hueso y un pañuelo blanco.

—Dadme vuestra sangre en señal de alianza.

—¡No lo hagas, hermana! —exclamó Adalberto.

—¡Déjame! —Y, tras lanzar una mirada desafiante al muchacho, extendió la mano.

El hombrecillo pinchó levemente la yema del dedo corazón de su diestra; en el acto manó una gota de sangre con la que impregnó el paño. Tras doblarlo con cuidado, fue a guardarlo todo en la caja.

—Tengo vuestra sangre, dadme ahora vuestra mano.

La muchacha alargó su blanca mano y el hombrecillo la tomó por la punta de los dedos, examinándola detenidamente.

—Ahora atended. Tras largos vericuetos que no logro ver, por ahora cumpliréis vuestro destino final. Vuestra sangre será la transmisora de una dinastía allende los Pirineos; seréis enemiga de papas, pero el peligro más terrible vendrá de alguien muy cercano a vos. La historia os concederá un lugar destacado. Si no es así, mandadme quemar, pero si mis conjeturas son verdad requiero mi parte del beneficio y deseo vivir a vuestro lado y en vuestra corte los sucesos de vuestra apasionante existencia.

—Deliras. Mi hermana se va a casar dentro de unos meses con Guillermo III de Arles.

El enano se volvió hacia Adalberto.

—He dicho tras largos vericuetos, no he afirmado que tales acontecimientos ocurran de inmediato.

—Deja, Adalberto —dijo Almodis—, me interesa este hombre. Está bien, Delfín: si yo cumplo mi destino, me encargaré de que tú cumplas el tuyo. Que así sea.

Estos hechos seguían presentes en su memoria como si hubieran acontecido el día anterior.

Recordaba Almodis la coyuntura que supo aprovechar para que Delfín entrara en su vida. La tarde anterior al gran día había tenido una conversación con su señor padre, el conde Bernardo de la Marca. La escena se desarrollaba en la sacristía, tras el ábside central de la iglesia mayor, donde habían acudido a ensayar los pormenores de la boda. El conde, eufórico como tal vez jamás lo había visto anteriormente, le habló en la misma tesitura. Sus frases todavía resonaban huecas en algún rincón de su mente.

—Mira, hija mía, vas a cumplir mañana uno de los designios más preclaros a los que puede estar predestinada toda mujer noble que se precie de servir a su familia, a su rango y a los intereses de su estirpe. Tu unión con Guillermo de Arles sellará el destino de nuestra casa. Nuestra sangre se unirá a otra de su misma alcurnia con la que nos sentimos unidos por lazos que se remontan al tronco común de ambas ramas, que mañana enlazarán su destino. Debo decirte que la Providencia te ha reservado una misión que me enorgullece y que honrará a vuestros hijos y a los hijos de éstos. Ayer, en presencia de los notarios de ambos condados y con el testimonio de grandes señores entre los que se hallaban los obispos de Arles y de la Marca, se firmaron vuestros sponsalici.* Te puedo adelantar que en estos instantes aventajas en rango y jerarquía a tu propio padre. Almodis, desde ayer eres futura condesa consorte de Arles y, por legación de esponsales y por vida, de Montpellier y de Narbona. En verdad, debo admitir que te debería vasallaje y obediencia.

En el laberinto de su mente todavía resonaba su respuesta.

—Padre y señor mío, jamás me atreveré a ordenaros cosa alguna, ya sea condesa de Arles, de Montpellier y de Narbona o reina de Jerusalén. Estoy orgullosa y agradecida de devolver a mi tierra y a mi familia una ínfima parte de la deuda que con ella he contraído por el mero hecho de ser quien soy y de haber nacido donde he nacido. Algo os quiero suplicar en tan señalado día. Sé y me consta que pese a marchar hacia mi destino gozosa y honrada, y pese a que en mi comitiva irán varias damas de compañía además de mi aya, quiero suplicaros que deis vuestro permiso para incluir en ella a mi querido hermano Adalberto y a un bufón que entretendrá mis ocios durante las largas veladas de invierno en la lejana Montpellier. Pienso que, si sobre todo en los comienzos tengo junto a mí a gentes que hablen mi lengua y compartan mis costumbres, la añoranza de los míos se mitigará y se hará más llevadera la ausencia.

Tal era la euforia del conde que ni tan siquiera indagó quién de entre los bufones de la corte era el escogido para acompañar a su hija en aquella procelosa aventura y sin más dio su aprobación. Al cabo de algún tiempo, su hermano Adalberto entraba por el puente levadizo del castillo acompañado de un hombrecillo a lomos de un pollino, que entre aquella barahúnda de damas, caballeros, soldados y escuderos, pasó totalmente inadvertido. Delfín había entrado en su vida y ya nunca más saldría de ella.

Las damas andaban presurosas por la estancia trayendo y llevando potes de albayalde y vasijas llenas de pomadas de distintas tersuras y colores. El óvalo de su rostro había quedado perfecto, su roja melena destacaba sob

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