El salón dorado

José Luis Corral

Fragmento

Capítulo I. Las raíces de la aurora

Capítulo I

LAS RAÍCES DE LA AURORA

1

Hacía algunas semanas que el inhóspito otoño se había presentado y con él los campos comenzaban a mostrar un aspecto descarnado. Los campesinos preparaban la siembra; había que darse prisa, puesto que pronto caerían las primeras nieves y la tierra quedaría cubierta por completo hasta la luminosa primavera.

El poblado no era demasiado grande pero prosperaba con rapidez. En lo alto de una suave colina unas doscientas cabañas se apiñaban dentro de una empalizada de madera rodeada de un talud de tierra pisada y una estacada de troncos. Una sola puerta se abría en el lado del río, al que se descendía por una amplia senda enmarcada por estacas. Junto a la orilla, un entramado de gruesos maderos sostenía una plataforma de tablas ligadas por cuerdas y clavos, conformando así un pequeño embarcadero.

Fuera de la empalizada, entre la aldea y el río, se alzaba otro grupo de casas, algunas de las cuales estaban en construcción. Alrededor de la cerca se dibujaban huertecillos donde se cultivaban coles, cebollas y ajos y un poco más lejos extensos campos de trigo, centeno, cebada y mijo. En las veredas se alineaban irregularmente filas de manzanos, ciruelos y cerezos. Más allá, unas pequeñas construcciones de barro y madera indicaban la existencia de colmenas. Amplios linares salpicaban de vez en cuando las tierras negras de cultivo.

Donde acababa el paisaje humanizado comenzaba el bosque sombrío, extensiones casi infinitas, un gigantesco océano de troncos, ramas y hojas sobre llanuras y colinas. Allí se encontraba lo desconocido, un universo de duendes, demonios y genios que ningún hombre se atrevía a desafiar en solitario. El bosque era el reino del uro, el bisonte, el lobo y el águila. Solo en primavera algunos grupos de jóvenes y adultos se adentraban unos pasos en la maleza para recoger frutos silvestres, bayas, liebres, conejos, huevos de los nidos y sobre todo troncos de madera, tan necesarios para la construcción de cabañas y barcas, utensilios de la casa y la labranza y distintos recipientes para el granero, la bodega y la cocina. Las orillas del río rebosaban de zonas pantanosas colmadas de juncales, cañaverales, cálices y nenúfares. En el borde de la selva de robles, carpes y tilos se abrían algunos claros donde pastaba el ganado de la aldea al cuidado de adolescentes demasiado jóvenes para trabajar en los campos y demasiado inquietos como para permanecer inactivos entre las mujeres.

Juan era un niño de pelo intensamente rubio, con grandes ojos azules, muy alto para su edad. Su madre le había contado que este invierno iba a ser el noveno desde que nació. Tenía dos hermanos y una hermana. Como era todavía demasiado pequeño para ayudar a su padre y a sus dos hermanos mayores en los trabajos de labranza, se quedaba en casa con su madre y su hermana preparando las provisiones para el invierno.

Su padre se llamaba Boris. Era alto y fuerte. Una enorme cabeza de largos cabellos rubios y grises destacaba poderosa sobre sus anchos hombros, todavía no arqueados por la edad. Hijo de un soldado, había sido también soldado del príncipe Yaroslav de Kiev, a quien había servido durante diez años en las campañas contra las tribus rebeldes del norte. La madre era dulce y sutil, de larga melena rubia que cuidaba con esmero para deleite de su marido al que gustaba acariciarla pausadamente en las largas veladas a la luz del fuego del hogar; su nombre era Olga y había nacido en Kiev. Era hija de un notario que trabajaba en la plaza del mercado del podol de San Nicolás, cerca de las murallas de la ciudad, redactando documentos en corteza de abedul para los compradores y vendedores que atestaban el nuevo arrabal y traduciendo textos del griego al eslavo para el príncipe y los monasterios. Los padres de Juan se habían conocido a la vuelta de una expedición militar contra las tribus del norte. A pesar del resquemor del notario, que no veía con buenos ojos el matrimonio de su hija con un soldado, la boda se celebró en la iglesia de San Elías, en el podol nuevo de Kiev, a orillas del Dniéper.

El gran río Dniéper era considerado sagrado por todas las tribus; no solo porque a través de su curso se unían las tierras de los eslavos, sino sobre todo porque en sus aguas se había bautizado la población de Kiev en tiempos de Vladimir el Santo, que se había convertido al cristianismo tras su matrimonio con la princesa Ana, hermana del emperador bizantino Basilio II, el matador de los búlgaros, y había derribado la estatua de madera del dios pagano Perum. En honor de Vladimir, el príncipe Yaroslav había fundado el monasterio masculino de San Jorge y el femenino de Santa Irene.

Kiev era una ciudad en constante crecimiento, con cuarenta iglesias y ocho mercados, donde vivían ya más de diez veces mil personas. Había sido fundada hacía tiempo por tres hermanos eslavos llamados Kij, Sceck y Choriv, que se asentaron en una pequeña fortaleza a la que llamaron Kiev en honor del hermano mayor, en un lugar rodeado de selvas y bosques que roturaron con gran esfuerzo. Al abrigo de la fortaleza acudieron gentes de varias tribus y construyeron un pequeño caserío. Poco después acudieron dos señores procedentes del helado mar de los suecos, de cabello rojo y piel clara, llamados Askold y Dir, compañeros del legendario varego Riurik, fundador de la ciudad de Novgorod, en el camino del norte. Estos fueron los primeros cristianos de la naciente Kiev. Todavía se veneraba allí la tumba de Askold, dentro de la iglesia de San Nicolás. Los habitantes de esta ciudad procedían de la mezcla de los descendientes de los linajes de Kij y de Askold. Con Dir y Askold vinieron otros hombres de su raza que entraron al servicio del príncipe, formando parte de su séquito. Uno de ellos, llamado Tir, había fundado el clan familiar de Boris. Desde entonces todos sus antepasados habían servido como soldados en la corte de los soberanos de Kiev. El abuelo de Juan había sido uno de los principales boyardos del séquito del príncipe Vladimir y jefe de uno de los linajes más nobles de la tribu de los rusos. Había pertenecido a la duma, la asamblea de grandes boyardos que asesoraba a los príncipes de Kiev en algunas de sus decisiones. Desde hacía seis generaciones la estirpe de los descendientes de Tir se había mezclado con mujeres eslavas y por las venas de su familia corría más sangre eslava que varega.

Boris, hijo segundón y, por tanto, sin derecho a la herencia paterna, había entrado al servicio del propio príncipe Yaroslav, que como pago a sus excelentes servicios militares le entregó una hacienda en la nueva derevnja de Bogusiav, unas veinticinco leguas al sur de Kiev, aguas abajo del gran río. A principios de un verano, el joven matrimonio se trasladó hasta la nueva aldea, donde un grupo de pioneros se había instalado unos meses antes por privilegio del príncipe. Boris había dejado el servicio de armas en la corte y había aceptado esa nueva vida como campesino tan solo por complacer a Olga. Allí nacieron los dos hijos mayores, antes de la fallida expedición contra Constantinopla, y Juan y la hija tras el regreso del padre.

Sus propiedades estaban registradas en un documento escrito en corteza de abedul firmado por el príncipe y con su sello de cera, que guardaban en una cajita de madera como el principal tesoro de la familia. No podía considerarse un potentado, aunque era por linaje hijo de un boyardo integrante de la druzyna del príncipe de Kiev, pero gracias a su hacienda tenía lo suficiente como para no pasar hambre, disponer de ropa de abrigo y leña para el invierno e incluso comprar algunos pequeños caprichos en el mercado semanal.

Poseía varias hectáreas de buena tierra al lado de la aldea, un huerto junto al foso y dos prados en el límite del bosque. En un lugar destacado del poblado y sobre el solar que el consejo le había adjudicado, había construido la casa con sus propias manos y la ayuda de algunos vecinos y artesanos.

Con la dote que el notario había concedido a su hija, un saquillo de monedas de plata árabes que le había dado su padre y algunos ahorros que tenía de su parte en los botines de guerra, el joven matrimonio había comprado varios animales, útiles de labranza para el campo y enseres para el hogar.

La vivienda era pequeña pero confortable. Se encontraba situada junto a la única entrada de la empalizada, limitada por una valla de tablas. En el centro del recinto estaba la casa, de una sola planta, elevada tres escalones del suelo para evitar la humedad del barro. Los muros eran de piedra trabada con hierba fresca y barro en la base, pero a la altura de la cintura se tornaban de madera, con troncos incrustados en el basamento y ligados con cuerdas, barro y paja. La única planta se cubría con cuatro grandes maderos apoyados en un pilar central que soportaban una tupida red de palos, ramas, bálago y grandes hojas secas. Todo el exterior de la vivienda estaba pintado de colores chillones; un fondo amarillo intenso predominaba sobre las franjas rojas y verdes que enmarcaban la única puerta y las dos diminutas ventanas.

En el interior, y tras un corto porche, se abría una estancia con el hogar rodeado de bancos de madera tallados. Una chimenea de piedra ocupaba una de las cuatro paredes y sobre ella colgaban varios pucheros de barro, dos lámparas de grasa con hilo de algodón, cuencos y vasijas de madera y recipientes de metal adquiridos a los mercaderes que llegaban por el río a cambio de trigo, pieles y miel. Frente al hogar, una rústica mesa de madera reunía a la familia durante la cena. Anexa a esta sala había una cámara que usaban como dormitorio; entre ambas no había puerta, para así aprovechar el calor de la chimenea, aunque la intimidad la protegía una cortina de paño gris. En la cámara se extendían dos camastros de tablas sobre los que se amontonaba heno que cambiaban con frecuencia para que estuviera siempre limpio. Un arcón de madera decorado con tiras de cuero claveteado guardaba recias mantas de piel de lobo y cordero. Al lado del arcón un sencillo armario de madera contenía el ajuar de la familia: algunos jubones blancos de lino, tres enaguas de paño fino, seis pantalones de piel de ardilla, dos chaquetas de cuero de buey, tres capas de piel de rata encerada, dos zamarras de piel de cordero, varios paños de lino y cáñamo, ocho camisas de tela, seis chaquetas de lana, cinco pares de zapatos de cuero, seis pares de zuecos de madera, tres cinturones de cuero con hebillas metálicas, una lujosa capa de marta cebellina y un abrigo de piel de oso. En un cajón sobre el armario Boris guardaba sus armas de soldado: una espada de acero franco, un hacha de combate de doble filo, un escudo de madera con el umbo de hierro, reforzado con tiras de cuero y bronce, un casco cónico con orejeras y un peto tachonado de clavos de hierro. De vez en cuando lo limpiaba meticulosamente para que no se oxidara.

Una trampilla de tablas daba acceso a una pequeña bodega excavada en el suelo con las paredes forradas de madera en la que solían pasar parte del invierno. En una alacena de la bodega se guardaban recipientes y sacos con alimentos, vasijas de arcilla repletas de cera, manteca y grasa, cajas con arenques ahumados y salados, tres docenas de quesos, seis odres de piel de oveja llenos de cerveza e hidromiel y algunas botellas de vino griego que este buen año habían podido adquirir en el mercado.

En la parte posterior de la vivienda, que se apoyaba en la empalizada, un pequeño establo cubierto acogía a dos bueyes y tres vacas, diez ovejas, varias gallinas y cuatro cerdos. Los bueyes servían como animales de tiro para el pesado arado de madera con punta de hierro con el que el padre labraba sus campos. Entre el establo y la vivienda un altillo estrecho y alargado, al que solo podía accederse mediante una escalera de mano para evitar el saqueo de los roedores, hacía las veces de granero. Allá se guardaban los sacos de cereales y de harina, las manzanas secas, las ciruelas pasas, las ristras de ajos y cebollas y las legumbres. Bajo el granero se ubicaban el pequeño horno en el que se cocía el pan y se secaban los frutos y una amplia leñera. La cosecha de aquel verano había sido buena y habían podido terminar la construcción del granero en la parte posterior.

Hacía ya tiempo que las tierras al sur de Kiev habían sido saqueadas por las incursiones de tribus asiáticas. Ávaros, búlgaros, jázaros y magiares esquilmaron durante años las antiguas aldeas de los rus, muchas de las cuales se abandonaron. Las tribus eslavas de la cuenca del Dniéper se hallaban disgregadas en varios estados, pero el príncipe Yaroslav estaba empeñado en lograr la unión. Ordenó traducir textos jurídicos bizantinos del idioma griego al slav y dictó en el año 6557 desde la creación del mundo el primer código jurídico de los eslavos. Yaroslav embelleció la ciudad de Kiev, a la que quiso convertir en la segunda Constantinopla. Fundó la catedral de Santa Sofía, con el mismo nombre que la de la capital del imperio, y mandó traer artistas bizantinos para que decoraran la catedral, las iglesias y los monasterios de su ciudad a semejanza de los de Constantinopla.

La aldea de Bogusiav estaba habitada mayoritariamente por miembros de la tribu eslava de los polianos. Había sido fundada hacía ya tres veces siete inviernos por el propio Yaroslav, que, tras vencer a los pechenegos, había entregado estas tierras a grupos de colonos para que las cultivasen.

Los pechenegos, cuyo rey Kegen había sido bautizado en Roma, se habían aliado con Constantinopla tras la derrota. El general bizantino Jorge Maniakes se reveló contra el emperador Constantino IX y pidió ayuda al príncipe de Kiev para derrocarlo. Yaroslav preparó un ejército que, al mando de su hijo Vladimir, se dirigió contra Bizancio, llamando a formar parte de la expedición a aquellos a quienes había entregado tierras. El padre de Juan, por su condición de smerdy, formó parte de este ejército, que sufrió una gran derrota a manos de los griegos en una batalla en el mar en la que los bizantinos usaron una vez más su mortífera arma secreta que causó el pánico entre los rusos. Desde los barcos imperiales unos artilugios monstruosos dispararon bolas de fuego contra las naves de Kiev, que indefensas ante este ataque se incendiaron y desaparecieron bajo las aguas. Una tempestad acabó con lo que quedaba de la flota. Algunos lograron alcanzar la costa y desde allí tan solo una cuarta parte del ejército pudo regresar a la patria.

Pero hacía dos años las cosas habían cambiado. Kegen fue asesinado durante una visita a Constantinopla y los caudillos de los clanes pechenegos entendieron que se trataba de un crimen ordenado por el propio emperador. Consideraron que esa traición debía vengarse y rompieron su alianza con Bizancio, enfrentándose en una batalla en las orillas del Danubio en la que el imperio salió derrotado. Yaroslav atisbó entonces la posibilidad de obtener provecho de la situación y envió una embajada a Constantinopla, intentando atraerse la amistad del debilitado emperador. La legación regresó muy pronto. Con ella venía una hija del soberano de Bizancio para contraer matrimonio con Vsevolod, uno de los hijos del príncipe de Kiev. El pacto se sellaba así, como era costumbre, a través de la sangre.

La alianza con Bizancio había permitido mantener abiertas las rutas comerciales que a través del río Dniéper enlazaban con Constantinopla, por lo que la aldea de Bogusiav era cada vez más próspera. Desde los dos últimos veranos, el número de mercaderes que acudían al mercado semanal se había incrementado de manera considerable y el consejo de ancianos había tenido que ampliar la zona de comercio desbrozando unos juncales aguas arriba del embarcadero. Al lado del nuevo mercado se estaba construyendo un podol con varias casas de madera, un taller de forja, una carpintería, dos almacenes, un albergue con cantina para los mercaderes y una pequeña iglesia de paredes enlucidas con cal y pintadas de blanco, celeste y amarillo.

Nuevos campos se ganaban al tupido bosque que se extendía por todas partes alrededor de las tierras de cultivo. El río había sido la única vía de contacto con otras aldeas pero hacía tan solo unos meses se había logrado acabar un camino que salía de la aldea hacia al norte y enlazaba con una de las vías que conducían a las mismas puertas de la ciudad de Kiev. Toda la comunidad estaba orgullosa de su floreciente aldea. El comercio era próspero y aumentaba día a día. Las cosechas de los últimos años habían sido espléndidas. Hacía al menos diez veranos que las plagas de langosta no habían asolado los campos. El consejo de ancianos llevaba varias semanas debatiendo nuevas ordenanzas para regular la llegada de inmigrantes procedentes del norte y del este. La costumbre obligaba a la asamblea a tomar decisiones por unanimidad y en la mir todavía no se había alcanzado un acuerdo. Drevlianos de los bosques del oeste, dregóviches de la cuenca del río Duina y mercaderes criviches de la fortaleza de Smolenko se habían establecido en el barrio exterior de la empalizada, e incluso uluces y tiverces del bajo Dniéper habían pedido permiso para instalarse en un segundo podol aguas abajo del embarcadero, junto al molino de trigo que se estaba construyendo en la orilla del río.

Los administradores de las propiedades de los grandes boyardos, que vivían en sus casonas de Kiev y nunca venían a la aldea, no veían con agrado que se acogiera a nuevos pobladores. Las tierras de los terratenientes crecían sin cesar y muchos campesinos libres se veían obligados a ponerse bajo la protección de alguno de estos señores, sobre todo en los años de malas cosechas. Cuando se fundó la aldea todos los colonos eran hombres libres, pero desde que los boyardos recibieron haciendas del príncipe, el número de siervos crecía año a año. Los clérigos, que ejercían una gran influencia en las decisiones de la asamblea, también se mostraban reticentes a aceptar a individuos de algunas tribus, sobre todo a los radimiches y a los severianos, entre los que seguían fuertemente arraigadas las creencias en los dioses paganos.

En la última asamblea se había discutido con vehemencia sobre religión. Los clérigos no admitían el mínimo signo de politeísmo y habían acusado a algunos de los nuevos pobladores de realizar prácticas paganas. Un colono redimiche recién llegado de la región del río Soz había sido visto por varios vecinos adorando a Perum, el antiguo dios del cielo, al que había dedicado una robusta encina en una zona alejada del poblado, a cuyo pie había depositado diversas ofrendas. La encina se erguía en el borde del bosque, en la ladera de una pequeña elevación en cuya cima surgían restos arruinados de una antiquísima construcción de piedra que los clérigos identificaban como un antiguo templo pagano. Los terrenos alrededor de la colina estaban roturados, pero allí los cultivos no habían arraigado nunca; los aldeanos los consideraban malditos y evitaban pisarlos. Se decía que durante las tormentas el campesino redimiche invocaba al dios del cielo, rogando su protección. En una inspección realizada en la casa que este colono estaba construyendo en el podol se había encontrado, escondido bajo el tejado de ramas secas y barro, un ídolo de cuatro cabezas barbudas tallado en una rama de sauce que representaba al dios Perum y que según las viejas supercherías protegía la casa contra los rayos.

Un labrador severiano había asegurado en el mercado delante de varios testigos que ese año la cosecha iba a ser buena porque había sembrado unos ajos en honor de Mokos, la diosa de la fecundidad, y habían brotado en luna llena, lo que era una señal inequívoca de fertilidad. Ciertos colonos seguían ofreciendo culto a los espíritus de la naturaleza: unos mantenían que el bosque era sagrado y se oponían a la tala de árboles para ganar nuevas tierras de cultivo, otros consultaban a individuos a los que consideraban magos y les pedían ungüentos y amuletos contra las enfermedades o para propiciar una buena cosecha. Para los clérigos, estos casos eran muy peligrosos y de ninguna manera podían permitir que el podol del río se poblara de paganos que trajeran de nuevo a los falsos dioses que entre los polianos hacía ya tres generaciones que habían sido erradicados por el príncipe Vladimir.

Las reticencias de los administradores de los boyardos y el ardor de los sacerdotes no era compartido por el resto de los miembros de la asamblea. Es cierto que todos estaban bautizados, creían en el dios Jesús y habían renunciado a los dioses antiguos, pero entre ellos todavía persistían algunas viejas creencias. La mayoría portaba sobre sus pechos amuletos de cobre en forma de figuras esquemáticas que habían heredado de sus padres. Esos fetiches eran un símbolo de la familia, el nexo de unión con los antepasados, aunque representaran a los dioses ahora olvidados. Svarog, el dios del sol, Dazbog, dios de la agricultura, Volos, protector de los ganados, Stribog, dios del viento, o el misterioso Div seguían presentes en la vida de la aldea. Quizá ya no eran los dioses poderosos y sagrados de los abuelos y tan solo se los consideraba como genios de los bosques y de las aguas, pero no había que molestarlos porque podían enviar un rayo sobre las casas, matar a los ganados con una epidemia o agostar los campos con una prolongada sequía o una plaga de langosta. Todavía eran muchos los que lucían en sus orejas los pendientes en forma de media luna creciente, emblema de la vieja religión. Pese a todo, la afluencia de nuevos colonos era beneficiosa para la aldea porque suponía nuevos brazos para la defensa y además las tierras por roturar eran ingentes.

Olga había aprendido a leer y a escribir en Kiev debido al oficio de notario de su padre y había enseñado a sus hijos el arte de la escritura. También tenía conocimientos de griego, que había estudiado con su padre, traductor de obras griegas al eslavo, y practicado con los mercaderes bizantinos que acudían a la oficina para firmar los contratos de compra y venta. Al principio Boris aceptó a regañadientes que Olga enseñara a los niños, pero pronto se convenció de que la escritura no causaba ningún mal, e incluso podría servir para que alguno de sus hijos ejerciera el lucrativo oficio de notario más adelante. Eran cuatro hermanos y la tierra que ahora poseían no daría para tantas familias, por lo que alguno debería dedicarse a otra ocupación o roturar nuevas tierras en los límites del boscaje. Por ello, asistía con agrado a las lecciones que Olga impartía a sus hijos.

Escribían en cortezas de abedules jóvenes. Con un cuchillo afilado se realizaban cuatro cortes del tamaño deseado y se incidía con profundidad en la corteza, con cuidado de no estropearla. Lentamente se introducía entre la piel y el tronco una espátula con la que se iba separando del árbol hasta sacar la pieza entera. Después se extendía el recorte entre dos pedazos de tela sobre una piedra plana y se colocaba otra encima para evitar que se curvara. A los pocos días, la corteza, seca y lisa, estaba preparada para servir por su cara interna como soporte de escritura. Una sencilla caña cortada a bisel y hendida en su centro o una pluma de ave afilada en su punta servían de instrumento de escritura. La tinta se fabricaba con una mezcla de jugo de moras silvestres, carbón vegetal y resina. A veces se utilizaba la corteza de abedul tierna, sin secar, escribiendo sobre la cara interna de la piel con un palito de punta afilada, dibujando las letras mediante pequeñas incisiones. Cuando se secaba, los trazos quedaban impresos formando parte de la misma corteza, con lo que podían conservarse permanentemente, si bien esta no podía volver a usarse en otra ocasión. Con este sistema se escribían los documentos de propiedad y las cartas: así estaba escrito el certificado de las tierras de Boris.

De los cuatro hermanos era Juan, el menor de los tres varones, quien mostraba una mejor disposición para las letras. Olga había puesto el mismo esmero en la educación de los cuatro niños, pero la naturaleza había dotado a Juan de una mente más ágil y de una mayor habilidad; su madre se apercibió enseguida y no solo le enseñó la escritura del eslavo sino que lo instruyó en el conocimiento del idioma de los griegos.

Los largos y gélidos inviernos obligaban a los habitantes de la derevnja a permanecer mucho tiempo dentro de las casas. En las largas y oscuras veladas la familia se reunía en torno al fuego del hogar. Boris hablaba de sus campañas militares y Olga relataba cuentos infantiles o poemas en los que se narraban las hazañas heroicas de la tribu. En ocasiones era difícil seguir los poemas que recitaba Olga. En la aldea, con los demás niños, hablaban el lenguaje común, el slav, en el cual se entendían con todos, incluso con los miembros de las tribus más lejanas, pero Olga empleaba un lenguaje muy rico y variado: algunas vocales sonaban de manera distinta, unas sílabas eran mucho más cerradas que otras y los acentos y entonaciones formaban juegos muy complicados para dar musicalidad y ritmo a los poemas. La misma palabra podía tener hasta siete significados distintos, según cómo se empleara, y abundaban los adjetivos para calificar las sensaciones. Aquellas narraciones y la recitación de los poemas despertaron en Juan una avidez por conocer la sustancia de las cosas y enriquecieron su mente y su espíritu.

2

Aquella mañana había amanecido fría pero luminosa. Parecía un buen presagio, pues no abundaban los días soleados; más de la mitad de los días del año llovía o nevaba y tan solo uno de cada seis brillaba el Sol. Eran los últimos días de octubre, cuando el astro de la vida tarda en aparecer en el horizonte del alba y se esconde pronto en el del ocaso. El agua de los charcos y de las fuentes se había cristalizado la noche anterior por primera vez y ese era el aviso esperado de que los días blancos y grises tomaban el relevo a los azules y amarillos.

Hoy iba a ser un día de fiesta. El hermano mayor de Juan se casaba con la hija de un maestro carpintero del podol de San Vladimir. Su padre había tenido que pagar quince medidas de trigo, diez saquillos de ciruelas pasas, dos barriles de manteca de cerdo, seis lienzos de paño fino, diez monedas de plata y cuatro copas de vidrio del Rin por la novia. Los antepasados solían raptar a la novia en una ceremonia cargada de ritual bárbaro, pero desde que el cristianismo había bañado las tierras de Kiev el rapto se sustituía por la dote.

En casa todo estaba preparado para la boda que se iba a celebrar a medio día en la iglesia de Santa Irene, que la tarde anterior varias mujeres habían adornado con guirnaldas de flores y hojas y ramas de castaño. La madre de Juan había sacado del armario su mejor camisa, una blanca festoneada en el pecho y los puños con orlas carmesíes y amarillas, y había preparado el amplio pañuelo de seda roja bordado con flores amarillas y blancas, que Boris había comprado en la ciudad de Querson, poco antes de casarse, a unos mercaderes armenios, para colocarlo sobre su cabeza durante la misa. Una amplia falda de tiras verticales en vivos colores bermellones y verdes cubría el todavía esbelto talle de Olga. Había cepillado cuidadosamente la magnífica capa de marta cebellina que Boris le había regalado como presente en la petición de matrimonio y que causaría admiración entre los asistentes a la ceremonia.

Boris tenía preparado su gran abrigo de piel de oso, pese a que no hacía todavía demasiado frío, sobre una chaqueta de piel de vaca y una camisa azul; en su cintura ceñía la espada franca con la que había combatido en los años pasados al servicio de Yaroslav. Sobre su pecho brillaba el blasón de la casa de Tir, un oso gris rampante sobre fondo azul. Juan y sus hermanos se habían vestido con sus mejores ropas, que su madre había apañado con esmero en los días anteriores.

El novio vestía unos pantalones nuevos de lana negra, una camisa confeccionada con un paño de algodón egipcio adquirido en el mercado, un caftán de tela con botones dorados y un gorro de brocado de seda festoneado con piel de marta. Un cinturón de cuero con una brillante hebilla de bronce rodeaba su cintura y sobre su pecho, colgando de una cadena de plata, lucía un amuleto tallado en un diente de morsa.

En casa la actividad era frenética desde primeras horas de la mañana. El novio había ido temprano a la istuba para darse un buen baño de vapor y tener así el cuerpo limpio y relajado. Varias vecinas habían ayudado a Olga y a su hija a preparar el banquete de bodas y a colocar los manjares sobre mesas en el cercado exterior de la casa. Se acercaba la hora de la ceremonia y todavía quedaban algunos detalles por ultimar.

—Vamos, mujer, rápido, hay que llegar a la iglesia antes que la novia —gritó Boris impaciente desde el umbral de la puerta.

—Ya voy, ya voy —contestó Olga—. Estoy sacando las tortas de la bodega para dejar todo preparado.

—¡Padre! —exclamó el novio visiblemente nervioso, que se había acercado a la puerta de la empalizada para contemplar la llegada del cortejo— ya suben por la cuesta desde el podol. Están cerca del molino de viento.

—Vamos, vamos —insistió Boris mientras empujaba a toda la familia fuera de casa.

Se dirigieron a la iglesia atravesando la calle principal. La tarde anterior había llovido un poco y había algo de barro que se amortiguaba con los haces de juncos y paja que se habían desparramado por el suelo helado esa misma mañana. Al llegar ante la iglesia el sacerdote los esperaba acompañado por dos diáconos y un grupo de chiquillos que se arremolinaban junto a la escalinata de troncos que conducía a la puerta del templo. Sobre el pórtico repicaba cantarina una campana, la misma que con tonos monocordes y espaciados servía para convocar a asamblea en la plaza situada enfrente o, con acelerados volteos, anunciaba un peligro inminente para la aldea. El padre de Juan se dirigió al sacerdote besándole la mano y colocándosela después en la frente.

Enseguida apareció al fondo de la calle la familia de la novia, encabezada por el padre y el abuelo, a las riendas de un gran percherón que tiraba cansinamente de un carromato descubierto adornado con ramas de sauce y nenúfares. Sobre el carro, en dos pequeños bancos, iban sentadas la novia, su madre y otras mujeres de la familia. Inmediatamente detrás desfilaba un nutrido grupo de parientes, amigos y vecinos acompañados por tres músicos que tocaban una flauta, un tambor y un rabel.

Cuando se detuvieron ante la escalinata, el novio se apresuró a ayudar a descender a la novia mientras admiraba su belleza. Era una muchacha muy joven, de piel blanca y limpia como la escarcha, labios finos pero atrayentes y grandes ojos azules. Su pelo rubio había sido recién cortado por las matronas de la aldea y lo cubría con un velo de tela celeste con finas franjas negras en los bordes. Un amplio vestido blanco con bordados en azul y negro cubría todo su cuerpo, ceñido por un cinturón de finas tiras de cuero trenzadas en forma de espina de pez. De los lóbulos de sus orejas colgaban dos hermosos pendientes de oro con tres bolitas unidas por un semicírculo. Sobre su pecho brillaba un crucifijo de plata en el cual se había grabado una tosca figura de Jesucristo, muy esquematizada, con abultados ojos redondos, amplia boca y barba. En su mano derecha destacaba una gema de ámbar amarillo engastada en un anillo de plata, el regalo del novio en la petición de matrimonio. Los padres de los contrayentes se saludaron con amable cortesía y la comitiva entró en el templo.

Juan asistía a la ceremonia un tanto absorto. Le habían dicho que desde ahora su hermano mayor iba a tener su propia casa, lo que por una parte lo alegraba porque tendría más sitio en la tarima, pero también sentía que con la marcha de su hermano perdía a su mejor compañero. Lo entristecía recordar que había oído decir a su madre que los nuevos esposos querían ir a vivir a Kiev, donde un tío de la novia había instalado un taller de carpintería en el que su hermano, a quien no le atraía la vida campesina, podía trabajar como aprendiz. Boris no veía con buenos ojos que el hijo del hijo de un boyardo, y además el primogénito, quisiera dedicarse a un oficio artesanal, pero Olga lo había convencido de la necesidad de dejar al chico que decidiera por sí mismo su futuro. El propio Boris lo había hecho cuando optó por abandonar la vida de la nobleza, siempre en la guerra, y asentarse como campesino libre. Olga le había hecho ver que si el hijo de un boyardo se había convertido en labrador, el nieto de ese mismo boyardo bien podía ser un artesano. Boris, como de costumbre, se dejó convencer por los argumentos de su mujer, cuya inteligencia y claridad de ideas siempre había admirado.

La música comenzó a sonar con fuerza y Juan volvió de sus pensamientos. El orondo sacerdote hablaba a los novios ante un grueso cirio de cera y una jarra de plata llena de agua. Les decía que su matrimonio debería ser desde entonces tan puro como el agua limpia y vivificante de la jarra y tan purificador como la llama del cirio. La novia se inclinó ante el novio y lo descalzó en señal de sumisión al marido. El sacerdote bendijo la unión y les ungió con óleo en la frente.

Tras el ritual, comenzó la fiesta. A la salida de la iglesia, los familiares lanzaron a los nuevos esposos granos de trigo, en señal de deseos de fecundidad para la pareja, y los amigos del novio les ofrendaron, con gran regocijo de todos y ante el rubor de la novia, manzanas confitadas con miel, que se consideraban afrodisíacas. Sobre largas mesas de madera hechas de tablas y troncos, en las que se habían colocado cuchillos de hierro de punta fina y cucharas de madera, se sirvieron suculentos manjares: redondos panes de mijo y trigo, cazuelas de col hervida con hierbas del bosque y grasa de cerdo aliñada con ajos fritos y cebollas, piernas de cordero asadas, filetes de buey guisados con ciruelas y manzanas, perdices grises estofadas, pollos rellenos de tocino y setas condimentados con pimienta y sal, arenques salados del mar de los suecos, escudillas de madera con kacha, la reconfortante sopa de cereales que tan bien preparaba Olga, jarras de cerveza agria y dulce, cántaros de medu, el rico hidromiel fermentado que tanto gustaba a las mujeres, y algunas botellas de vino griego. Varias bandejas de pasteles de mijo, castañas y miel, tartas de manzana cocida, rollos de harina frita con especias y moras, confituras de arándanos y frambuesas y un refresco hecho de aguamiel y hierbabuena hicieron las delicias de los chiquillos. En el centro de la mesa destinada a los novios se había colocado el korobaino, el tradicional pastel de bodas hecho con harina de trigo, manzanas, ciruelas pasas y fresas silvestres. Una gallina y un pollo habían sido guisados especialmente para los desposados. Se decía que estos dos animales proporcionaban la fecundidad necesaria para que los nuevos esposos engendraran una prole de hijos sanos y vigorosos.

Mientras los invitados comían, los tres músicos hacían sonar la flauta, el tambor y el rabel. Juan, sentado junto a su padre, contemplaba con curioso regocijo el banquete, sobre todo la codicia del pope que había celebrado el matrimonio por devorar cuantos manjares se ponían a su alcance.

—Dios es misericordioso porque ha dispuesto para disfrute del hombre tantos deleites para su boca y su estómago —mascullaba el grueso sacerdote con su ampulosa barba cana llena de migas y grasa, sin cesar de engullir un pedazo de paletilla de cordero aderezada con miel y estragón entre dos rebanadas de pan de mijo.

—Comed, buen padre, comed —lo animaba Olga mientras intercambiaba una sonrisa cómplice con su esposo.

Los niños se hartaron de golosinas y pasteles y aprovechando que los mayores estaban absortos en la danza y en la música, salieron de la aldea para ir a jugar a orillas del río. El sol había ya iniciado el descenso, pero todavía podían aprovechar unas horas de juego. Hoy era un día de alborozo y los padres no tendrían demasiado en cuenta la tardanza de los pequeños.

En la orilla del gran río, aguas abajo del pequeño embarcadero donde fondeaban varias barcazas, el agua discurría lenta, como si no quisiera abandonar aquel paisaje. El caudal había aumentado con respecto al verano, algunos años casi podía vadearse a pie durante la estación estival, pero las aguas todavía no colmaban todo el cauce. Jugaban a arrojar piedras al río, compitiendo por ver quién era el que conseguía que los guijarros lanzados con efecto circular rebotaran más veces sobre la superficie.

Juan, cansado del juego, había construido con juncos y cañas una pequeña almadía, intentando copiar una de aquellas que durante el verano descendían por la corriente cargadas de sacos y cajas. Desde la orilla y ayudándose con un largo palo, empujaba el sencillo juguete. Casi sin darse cuenta se alejó del grupo de niños que seguían compitiendo en el lanzamiento de piedras. Con los ojos clavados en su barca, soñaba con navegar algún día aguas abajo, hasta el mar que los comerciantes describían en el mercado de la aldea. Decían que el agua llegaba mucho más allá de donde abarcaba la vista y que al final del mar se encontraba la ciudad de las cúpulas doradas, de los edificios de piedra tan grandes como montañas y de calles con el suelo empedrado con losas, atestada de gentes y maravillas. La barca de juncos seguía discurriendo río abajo, la corriente la alejaba más y más de la aldea.

Unas fuertes y rugosas manos lo sujetaron con fuerza por el pecho y por la boca. Juan no podía hablar ni gritar y apenas veía lo que sucedía a su alrededor. Extrañas voces que no entendía sonaban en sus oídos enérgicas y violentas. Sintió cómo sus manos eran atadas con hábil brusquedad por detrás de su espalda, enlazadas con firmeza con una cinta de cuero que se clavaba en sus muñecas y le abrasaba la piel. Una tela áspera y oscura fue colocada en su cabeza y asida a su cuello tan tensa que le impedía gritar y dificultaba sobremanera su respiración. Alguien lo alzó en vilo y lo cargó sobre el hombro, quedando con la mitad superior de su cuerpo colgando a la espalda de aquel ser que lo portaba en volandas sujeto por las corvas.

Intentó gritar pero no pudo; la rugosa tela le oprimía los labios y el rostro y un intenso miedo le impedía articular siquiera un quejido. No entendía qué estaba pasando, ni qué decían aquellos individuos que hablaban entre sí con expresiones agrias y entrecortadas, con un tono de voz excitado y rudo. Después de varios pasos cargado sobre aquel ser maloliente fue colocado sobre los lomos de un caballo, sentado a horcajadas en una dura silla. Tras él se situó un hombre que lo sujetó con vigor por la cintura con una mano mientras con la otra asía las riendas a la vez que azuzaba con sus piernas al animal para que arrancara al galope de inmediato.

Acudieron a su cabeza las advertencias que le había hecho su madre. Había oído contar a los viejos que por los bosques erraba el espíritu de Leshy, el señor de las fieras y de los animales de las montañas; quizá fuera él quien lo había raptado y lo conducía a su guarida para comérselo. Pensaba en el disgusto que su madre tendría cuando se enterara de que el espíritu se lo había llevado, y la angustia que adivinaba en su padre le dolía más que su propia suerte.

Cabalgó sobre el lomo del caballo durante varias horas. Un fuerte dolor se apoderó primero de su tronco, después de sus piernas y brazos y por último de su cabeza, que iba y venía contra el cuello del rocín. Tras varias horas de cabalgada, el rucio se detuvo y Juan fue arrojado al suelo sin contemplaciones. Cuando le quitaron la áspera tela de su rostro vio al fin a sus raptores. Había anochecido pero la luz de la luna iluminaba al grupo de diez o doce jinetes que lo rodeaban. Eran de estatura inferior a los de su raza, pero de anchas espaldas y fuertes hombros. Su tez amarillenta brillaba como la cera bajo el resplandor lunar. Su pelo era oscuro como la noche y lacio como las acículas de los pinos. Sus ojos pequeños y rasgados, profundos como la estepa, denotaban fiereza y crueldad. En el mercado de su aldea había visto algunas veces a hombres parecidos a esos. Procedían del este y acudían al mercado con pieles de lobos y osos y caballos, que cambiaban por trigo, lino y miel. Eran sin duda pechenegos, los enemigos de los polianos, contra los que había combatido su padre antes de nacer Juan.

En un improvisado campamento apenas se detuvieron unos instantes, los suficientes para comer un poco de queso, pan y leche fermentada y beber cerveza amarga y agua con miel. Juan rechazó la comida que le ofrecían en una escudilla de madera, pero uno de aquellos hombres lo abocó con fuerza al plato asiéndole por el cuello y aplastando su rostro en la comida. Un nauseabundo sabor agrio y rancio invadió su nariz, y sin duda hubiera vomitado los deliciosos pasteles que horas antes había comido si aún hubieran estado en su estómago.

Allí esperaban al grupo expedicionario varias decenas de hombres más. Uno de ellos, que parecía ser el jefe de la partida, levantó el brazo y profiriendo un estridente alarido ordenó ponerse en marcha. Juan montaba ahora a lomos de un tarpán, el resistente caballo de la estepa de cuello corto y cabeza pequeña, sentado a horcajadas con las manos atadas a la espalda y los pies sujetos por debajo del vientre del animal. Un pechenego cubierto por una capa de piel marrón y tocado con un gorro de cuero ribeteado de lana de cordero sujetaba las riendas desde su montura. Cabalgaban entre la espesura de castaños en fila de a uno, en absoluto silencio, solo roto por el crujir de las hojas caídas bajo las pezuñas de los caballos, el silbido del viento del otoño entre las copas de los árboles y los trinos migratorios de las abubillas, los abejarucos y los ruiseñores.

La aurora desplegaba sus raíces dibujando un resplandor ambarino en el horizonte que dejaba entrever hacia el este que pronto amanecería. Hacía frío y la humedad y el cansancio comenzaban a hacer mella en Juan, que no pudo evitar caer desvanecido sobre el cuello de su caballo. Cuando despertó era ya de día. Gruesas nubes grises cubrían el cielo y una fina lluvia comenzaba a caer sobre los castaños.

La partida de pechenegos se detenía de vez en cuando para comer y descansar. Dormían de día ocultos en el bosque y marchaban de noche. En uno de los descansos pudo ver a varios niños parecidos a él que viajaban también con las manos atadas. Era un grupo de ocho o nueve niños y niñas, todos rubios, de piel blanca y ojos claros. Se trataba sin duda de víctimas de las correrías de los bandidos pechenegos que se adentraban en las tierras al sur de Kiev en busca de botín y de adolescentes y niños para venderlos como esclavos.

Cuánto lamentaba ahora no haber atendido las prudentes recomendaciones de sus padres. Ellos le habían advertido de los peligros que acechaban más allá de la aldea y de que algunos niños capturados por estos bandidos nunca habían regresado a sus hogares. Recordó entonces el dulce rostro de su madre, su suave cabello y sus grandes ojos azules; imaginó su delicada voz cuando lo arrullaba entre sus brazos con rumorosas canciones, aquella dulce placidez de la casa caldeada por los troncos que crepitaban en el fuego del hogar y el aroma de la madera recién cortada.

De entre todos los niños cautivos le llamó la atención uno que tenía su misma edad y que lloraba desconsoladamente pero en silencio. Un bandido se ensañó con él y le propinó varios golpes con el dorso de la mano en el rostro y en la cabeza, profiriendo a la vez unos agudos gritos. Cuando aquel ser cruel se alejó, Juan fijó sus ojos en los del niño maltratado e intentó transmitirle con la mirada un gesto de compasión. Ni siquiera sabía si podría entenderle, pero eso era por el momento imposible de averiguar, pues los pechenegos impedían cualquier contacto entre los cautivos y no dudaban en golpear con brutalidad a quien osaba tan siquiera intentar hablar. Si su padre estuviera allí, pensó, haría pedazos con su espada reluciente a estos malhechores, igual que, como se contaba en algunos poemas y canciones, hizo el príncipe Yaroslav en una batalla con individuos de esta misma tribu.

Tuvo que acostumbrarse a comer cuando le daban comida, a beber cuando le ofrecían agua, a evacuar el cuerpo cuando se lo permitían y a abrigarse cuando le proporcionaban una piel; todo lo ordenaba con meticulosa regularidad el jefe de la partida, un hombre de aspecto fiero y de ojos fríos y duros como el acero. Cabalgaron a lomos de los caballos durante varios días, siempre por veredas ocultas, evitando el contacto con aldeas y la proximidad a los ríos. Abandonaron pronto las tierras negras y esponjosas y los tupidos bosques de castaños y sauces para atravesar praderas de color amarillo oscuro salpicadas de sauces, álamos y cañaverales, y grandes llanuras en las que destacaban las burbujas de tierra de las madrigueras de las marmotas y las manadas de antílopes saigas que se movían inquietas cuando el viento les transportaba el olor del hombre. Se acercaban a las charcas para abrevar a los caballos, aunque en algunas de ellas los animales rehusaban beber a causa del intenso olor a almizcle que la abundancia de ratones almizcleros impregnaba en el agua. Exploradores que iban y venían sin cesar abrían el camino a los demás y preparaban el lugar donde ocultarse en las horas centrales del día.

Tras una semana de marcha entre bosques y pastizales llegaron a un terreno de tierra parda, cubierta de pequeños matojos, que les condujo a la desembocadura del Dniéper. Un amplio estuario de zonas pantanosas pobladas de juncos y cañas en donde anidaban las langostas se abría profundo hacia el mar. A Juan le pareció una inmensa pradera de agua rizada por el viento, que se extendía hasta más allá de donde sus ojos podían atisbar. Recordó que al otro lado estaba la ciudad dorada, de la que tanto había oído hablar a los mercaderes en su aldea. Durante los días de marcha nadie habló con él, tan solo le proporcionaron algo de comida, que al principio rechazó pero que tras tres días ingirió con avidez pese a su fuerte sabor, una ración de agua y una sucia piel engrasada, de olor repelente, para protegerse del frío y de la lluvia.

Cuando divisaron las desiertas playas del estuario Juan tenía llagas profundas entre las piernas, fuertes dolores en el cuello y en las rodillas y una permanente tos ronca. Sus cabellos estaban pegajosos y grasientos y todo su cuerpo desprendía un hálito acre. Habían llegado a últimas horas de la tarde, muy cansados porque no se habían detenido para dormir. Por primera vez, todos los niños cautivos fueron colocados juntos, al pie de una duna que ocultaba el mar, sentados dándose la espalda unos a otros y con las muñecas entrelazadas y ambos pies firmemente atados. Formaban un círculo en torno a una estaca a la que se sujetaban las correas de sus muñecas. Eran nueve en total.

Bandadas de grullas volaban hacia el sur. Juan las seguía con los ojos hasta que se perdían más allá del mar. Un grupo de pechenegos se alejó al galope por la playa mientras los guardias se colocaban en lo alto de la duna, distanciados varios pasos del grupo de cautivos. A la izquierda de Juan estaba el niño al que uno de los bandidos había golpeado días antes con dureza en el rostro. Un hematoma en su pómulo derecho mostraba los efectos de los violentos golpes del pechenego.

—¿Entiendes mis palabras? —le preguntó Juan girando la cabeza y hablando en tono muy bajo para que no lo oyeran los guardias.

—Sí, te entiendo —respondió atribulado.

—¿De dónde eres? —volvió a preguntar Juan.

—Soy de una aldea llamada Zavnina, cerca de la ciudad de Perejaslav.

—Yo soy de Bogusiav, una aldea al sur de Kiev, me llamo Juan, ¿y tú?

—Mi nombre es Vladislav. El tuyo no parece de nuestra tierra.

—Mi padre me dio este nombre porque en la iglesia de mi aldea hay un icono de san Juan que trajeron de Constantinopla unos mercaderes. En nuestro idioma Juan se dice Iván, pero mi madre quiso mantener la forma del nombre original del santo.

En ese momento, Juan sintió un fuerte golpe en su cabeza. Dos de los guardias cayeron sobre ambos niños y los golpearon salvajemente mientras les gritaban frases incomprensibles. Los demás cautivos rompieron a llorar y a gritar aterrados. Los chillidos de los niños excitaron a los guardias, que comenzaron a lanzar puñetazos y patadas contra todos los cautivos, que desesperados gemían y se contorsionaban sin poder esquivar los golpes. Alertado por el alboroto, acudió corriendo uno de los pechenegos que por su aspecto parecía de condición superior a la de los dos guardias. Sin mediar palabra empujó a uno de ellos ordenándole que se contuviera. La mercancía había que protegerla: un esclavo malherido o lisiado apenas tiene valor. Los guardias dejaron de golpear al instante y se retiraron a sus puestos quedando todos los cautivos contusionados y con magulladuras. Juan sabía que los golpes recibidos se debían a su conversación con Vladislav; no volvería a hablar con nadie hasta que no estuviera seguro de poder hacerlo sin recibir una lluvia de golpes. Uno de ellos había acertado en la ceja derecha de Vladislav, en la que una profunda herida en forma de punta de fecha sangraba con efusión.

Al atardecer volvieron los jinetes que habían abandonado el grupo por la mañana. El jefe dio una orden y todos se pusieron en marcha caminando por la playa. El sol caía sobre una tierra lejana más allá del mar cuando se encontraron casi de improviso ante una aldea construida junto al agua, cerca de una colina coronada por una sencilla fortificación de madera. En la orilla había un embarcadero donde varias barcas, falúas de distintos tamaños y dos galeras fondeaban en espera de partir hacia el sur. Fueron introducidos sin demora en una de las galeras. Juan pudo ver cuando embarcaba cómo el jefe de la banda pechenega recibía dos bolsas de cuero, sin duda llenas de monedas, de un personaje grueso y calvo que vestía un amplio manto de piel clara y calzaba unos extraños zapatos de fieltro rojo. Cuando los cautivos fueron alojados en cubierta, los pechenegos partieron al galope por la playa hacia el ocaso y desaparecieron tras las primeras dunas.

En la cubierta de la galera liberaron sus manos, pero sus pies siguieron sujetos con correas de cuero. Un marinero de pelo rizado y piel oscura les repartió unos pedazos de pan negro, queso y un pellejo con agua. Corría una suave brisa y el cielo había tornado hacia tonos escarlatas.

Tras una cena frugal, los niños cautivos fueron introducidos atropelladamente por una trampilla en la bodega; cayeron en un húmedo suelo de madera cubierto de sucia paja en el que las ratas reinaban por doquier.

Con dificultad porque sus pies estaban atados sin apenas separación para caminar con holgura, Juan trató de localizar a Vladislav en la oscuridad de la bodega.

—¡Vladislav, Vladislav! —susurró Juan.

—Estoy aquí —respondió una voz menuda y asustada.

Gateó hasta topar con el que ya consideraba su amigo. Al encontrarse, se abrazaron con fuerza, sollozando pero reconfortados al sentir el tacto de alguien querido. No se conocían, apenas habían entrecruzado dos palabras y algunas miradas pero se sabían amigos, amigos entrañables. Conversaron en voz baja, uno al oído del otro. Los golpes recibidos de sus guardianes en la playa les dolían demasiado como para olvidar que la conversación entre ambos podría acarrearles serios daños. Comenzó a hablar Vladislav:

—Tengo ocho años y he sido vendido por mi padrastro a los bandidos. Mi padre era cazador de osos y castores en las montañas donde nace el sol, a varios días

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