Personajes
Familia de Pedro el Grande
Pedro el Grande; zar y emperador de todas las Rusias; también conocido como Pedro Alexéievich Románov, bátiushka zar y Pedro I.
Marta Skavronska; amante y luego esposa de Pedro el Grande; también conocida como Catalina Alexéievna, Catalinushka, zarina y emperatriz de todas las Rusias.
Eudoxia; primera esposa de Pedro, madre de Alejo, exzarina.
Zarévich Alejo; hijo y heredero primigenio.
Sofía Carlota de Brunswick; mujer de Alejo.
Petrushka; hijo de Alejo y Sofía Carlota.
Ana, Isabel y Natalia; zarevnas, hijas supervivientes de Pedro y Catalina.
Catalina; hija de Pedro y Catalina que muere durante la infancia.
Pedro Petróvich; Petrushka; hijo de Catalina y Pedro el Grande, heredero preferido de este último, muere siendo niño.
Regente Sofía; hermanastra de Pedro.
Zar Iván; hermanastro de Pedro.
Zarina Praskovia Ivánovna; viuda de Iván.
Zarevna Catalina Ivánovna y zarevna Ana Ivánovna; hijas de Iván; también conocidas como las zarevni o zarevnas Ivánovna.
Duque de Curlandia; marido de la zarevna Ana Ivánovna.
Duque de Macklemburgo; esposo de la zarevna Catalina Ivánovna.
Duque de Holstein; marido de la zarevna Ana, hija de Pedro y Catalina.
En la corte imperial rusa
Conde Alexandr Danílovich Ménshikov; general del ejército de Pedro y su amigo de confianza; también conocido como Alékasha y Ménshikov.
Daria Arsénieva; noble, amante y luego esposa de Ménshikov.
Varvara Arsénieva; hermana de Daria.
Rasia Ménshikova; hermana de Alexandr Danílovich Ménshikov.
Antón Devier; marido de Rasia Ménshikova, jefe del servicio secreto de Pedro.
Feofán Prokopóvich; arzobispo de Nóvgorod, confesor de Pedro.
Príncipes Dolgoruki; partidarios del hijo de Alejo, Petrushka.
Blumentrost, Paulsen y Horn; médicos de Pedro.
Anna Mons; examante alemana de Pedro.
Wilhelm Mons; hermano de Anna, cortesano y amante de Catalina.
Mary Hamilton; cortesana, amante de Pedro.
Mariscal de campo Borís Petróvich Sheremétev; general en jefe de Pedro.
Alice Kramer; amante alemana de Sheremétev, luego dama de compañía de Catalina.
Conde Piotr Andréievich Tolstói; cortesano y confidente de Pedro.
Alexandra Tolstóia; hermana del conde Piotr Andréievich Tolstói, dama de compañía de Catalina.
Pável Yaguzhinski; mayordomo mayor y miembro del Consejo Privado de Pedro.
Piotr Shafírov; cortesano judío, miembro del Consejo Privado de Pedro.
Ostermann; canciller de Pedro.
Yakovlena; doncella cherquesa de Catalina.
Boi-Baba; lavandera, amante de Pedro.
Yefrosinia; lavandera, amante de Alejo.
Andreas Schlüter; maestro constructor y arquitecto, creador de la Cámara de Ámbar.
Domenico Trezzini; arquitecto en San Petersburgo.
En la región del Báltico
Cristina, Fiódor y Margarita; hermanastros de Marta.
Tania; madrastra de Marta.
Vasili Gregoróvich Petrov; mercader ruso de Walk que compra a Marta para que sirva en su casa.
Praskaia; amante de Vasili.
Nadia; ama de llaves de Vasili.
Olga; sirvienta doméstica de Vasili.
Ernst y Caroline Glück; pastor luterano y su esposa.
Anton, Frederic y Agneta Glück; hijos de Ernst y Caroline.
Johann Trubach; dragón sueco, primer marido de Marta.
Los europeos
Rey Carlos XII de Suecia; enemigo de Pedro en la Gran Guerra del Norte.
Mariscal Rehnskjöld; principal general de Carlos XII.
Augusto el Fuerte; elector de Sajonia, aliado de Pedro.
Federico Guillermo; rey de Prusia, el Rey Soldado.
Luis XIV de Francia.
Luis XV de Francia.
Jean-Jacques Campredon; embajador de Francia en Rusia.
Príncipe Demetrio Cantemir de Moldavia.
Princesa María Cantemir; hija de Demetrio y amante de Pedro.
Interregno, 1725
Está muerto. Mi amado esposo, el poderoso zar de todas las Rusias, ha muerto. Y justo a tiempo.
Momentos antes de que la muerte se lo llevara, Pedro pidió que le trajeran pluma y papel a su cámara en el palacio de Invierno. Casi se me paró el corazón. No se había olvidado, iba a arrastrarme con él. Cuando perdió el conocimiento por última vez y la oscuridad lo estrechó contra su seno, la pluma se le escapó de entre los dedos. La tinta negra salpicó las sábanas sucias; el tiempo contuvo la respiración. ¿Qué quiso zanjar el zar con aquel último esfuerzo de su imponente espíritu?
Yo conocía la respuesta.
Las velas del alto candelabro colmaban el aposento de un aroma intenso y una luz vacilante; su resplandor hacía temblar las sombras y dotaba de vida a las figuras tejidas en los tapices flamencos, cuyas sencillas facciones expresaban dolor e incredulidad. El viento de febrero que sacudía con furia las persianas ahogaba las voces de las personas que llevaban toda la noche al otro lado de la puerta. El tiempo se extendía poco a poco, como aceite sobre agua. Pedro se había grabado en nuestra alma como el sello de su anillo en el lacre caliente. Costaba creer que el mundo no se hubiera detenido con su fallecimiento. Mi esposo, la mayor voluntad que jamás se hubiera impuesto a sí misma sobre Rusia, había sido algo más que nuestro gobernante: fue nuestro destino. Seguía siendo el mío.
Blumentrost, Paulsen y Horn, los médicos, rodeaban en silencio el lecho de Pedro y lo contemplaban cariacontecidos. Cinco kopeks en medicamentos, administrados con tiempo suficiente, podrían haberlo salvado. Gracias a Dios por la insensatez de los matasanos.
Sin necesidad de mirar, notaba que Feofán Prokopóvich, el arzobispo de Nóvgorod, y Alexandr Ménshikov me observaban. Prokopóvich había hecho eterna la voluntad del zar, y Pedro tenía mucho que agradecerle. Ménshikov, en cambio, debía a Pedro toda su fortuna y su influencia. ¿Qué fue lo que el zar dijo cuando alguien intentó desacreditar ante él a Alexandr Danílovich aludiendo a sus turbios negocios? «¡Ménshikov es siempre Ménshikov, en todo cuanto hace!» Y así zanjó la cuestión.
El doctor Paulsen había cerrado los ojos al zar y le había cruzado las manos sobre el pecho, pero no había desprendido de ellas el pergamino que contenía la última voluntad y testamento de Pedro. Esas manos, que siempre fueron demasiado delicadas para aquel cuerpo alto y poderoso, se habían quedado inmóviles, impotentes. Apenas dos semanas antes las había hundido en mi pelo, ensortijándose los dedos con él mientras inhalaba el aroma a agua de rosas y sándalo.
—Catalina mía —dijo entonces, dirigiéndose a mí por el nombre que él mismo me había puesto, mientras me sonreía—. Sigues siendo una belleza. Pero ¿qué aspecto tendrás en un convento, cuando te rapen? Allí el frío doblegará tu espíritu aunque seas fuerte como un caballo. ¿Te había contado que Eudoxia todavía me escribe suplicándome un segundo abrigo de pieles, la pobre? ¡Menos mal que tú no sabes escribir! —añadió con una carcajada.
Eudoxia, su primera esposa, llevaba treinta años encerrada en un convento. La vi una vez. En sus ojos brillaba la locura, su cabeza pelona estaba cubierta de forúnculos y pústulas causadas por el frío y la suciedad, y su única compañía era una enana jorobada que la servía en su celda. Pedro había ordenado que cortaran la lengua a la pobre criatura, de manera que, como respuesta a los gemidos y lamentos de Eudoxia, lo único que podía hacer era farfullar. Pedro estuvo en lo cierto al suponer que verla me infundiría un pavor que me duraría de por vida.
Me arrodillé junto a la cama y los tres médicos se retiraron a la penumbra del borde de la habitación, como cuervos ahuyentados de un sembrado, los infortunados pájaros que tanto aterrorizaron a Pedro durante sus últimos años de vida. El zar había levantado la veda para cazarlos en todo su imperio. Los granjeros los atrapaban, mataban, desplumaban y asaban a cambio de una recompensa. Nada de todo aquello ayudó a Pedro, pues en silencio, por la noche, el ave fantasmal se colaba a través de las paredes acolchadas y las puertas cerradas con llave de su dormitorio. Sus alas de ébano eclipsaban la luz y, bajo esa fría sombra, la sangre de las manos del zar no se secaba nunca.
Sus dedos no eran todavía los de un cadáver, sino que estaban blandos, aún calientes. Por un momento, el miedo y la ira de los últimos meses se escabulleron de mi corazón como un ladrón en la noche. Le besé las manos e inhalé su familiar olor a tabaco, tinta, cuero y la tintura perfumada que mezclaban en Grasse para su uso exclusivo.
Le quité el pergamino de la mano. No me resultó difícil deslizarlo, aunque la sangre se me cuajara de miedo y mis venas se recubrieran de hielo y escarcha como las ramas de los árboles durante nuestro invierno báltico. Era importante demostrar a todos que solo yo tenía derecho a hacer eso, yo, su esposa y madre de doce hijos suyos.
El pergamino crujió cuando lo desenrollé. No por primera vez, me avergoncé de mi incapacidad para leer. Entregué las últimas voluntades de mi esposo a Feofán Prokopóvich. Por lo menos, Ménshikov era tan desconocedor del contenido como yo. Desde el momento mismo en que Pedro nos atrajo a su órbita y nos hechizó con su embrujo, habíamos sido como dos niños pequeños que riñeran por el amor y la atención de su padre. Bátiushka zar, lo llamaba su pueblo. Nuestro padrecito zar.
Prokopóvich debía de estar al corriente de lo que Pedro había previsto para mí. Era un viejo zorro de vivo ingenio que se sentía tan a gusto en el reino terrenal como en el celestial. Daria me juró una vez que tenía tres mil libros en su biblioteca. ¿Para qué quiere un hombre tres mil libros, si puede saberse? El pergamino no parecía pesar en sus manos cubiertas de manchas fruto de la edad. Al fin y al cabo, el propio Prokopóvich había ayudado a Pedro a redactar aquel decreto que nos escandalizó a todos. El zar, obviando toda costumbre, toda ley, quiso nombrar a su propio sucesor, y prefirió legar su imperio a un extraño que lo mereciera antes que a su propio hijo indigno: Alejo…
Qué tímido se mostró cuando nos conocimos. Me pareció la viva imagen de su madre, Eudoxia, con la mirada huidiza y la frente alta y abombada. No podía sentarse con la espalda recta porque Ménshikov le había azotado la espalda y las nalgas hasta hacerlo sangrar. Alejo no había comprendido a tiempo lo que el destino le deparaba: en su afán por crear una Rusia nueva, el zar no iba a tener miramientos con nadie; ni consigo mismo ni con su único hijo. «No eres sangre de mi sangre, Alejo, ni carne de mi propia carne…» Y por eso yo pude dormir tranquila. Pedro, sin embargo, sufrió pesadillas desde aquel día.
El corazón me martilleaba contra el corsé poco apretado, y me sorprendía que su eco no resonara en las paredes. Sin embargo, sostuve la mirada a Prokopóvich con toda la calma que pude reunir. Encogí los dedos de los pies dentro de mis zapatillas porque no podía permitirme un desmayo. La sonrisa del arzobispo era tan fina como una de las hostias que ofrecía en la iglesia. Conocía los secretos del corazón humano; sobre todo, los del mío.
—Leed, Feofán —dije con voz queda.
—«Se lo dejo todo a…» —Hizo una pausa, alzó la vista y repitió—: «A…».
Ménshikov perdió los estribos; se encabritó como si alguien le hubiera dado un latigazo, igual que en los viejos tiempos.
—¿A quién? —espetó a Prokopóvich—. Haced el favor de decírnoslo, Feofán… ¿A quién?
Yo apenas podía respirar. De repente las pieles me daban demasiado calor. El arzobispo se encogió de hombros.
—Eso es todo. El zar no ha terminado de escribir la frase.
La sombra de una sonrisa pasó fugaz por su rostro arrugado. Nada le había gustado más a Pedro que poner el mundo patas arriba. Y sí, ya lo creo, seguía teniéndonos en un puño después de muerto. Prokopóvich bajó la mirada. Volví a la vida de golpe. Nada estaba decidido. Pedro había fallecido; no había un sucesor designado. Pero eso no significaba que yo estuviera a salvo, sino todo lo contrario.
—¿Qué? ¿Eso es todo? —Ménshikov arrebató el pergamino de las manos al arzobispo—. ¡No me lo creo! —Miró fijamente las letras, pero Prokopóvich volvió a quitarle el documento.
—Vamos, Alexandr Danílovich. Esto es lo que pasa cuando uno tiene siempre algo mejor que hacer que aprender a leer y escribir.
Ménshikov estaba a punto de soltarle una réplica hiriente, pero lo atajé. ¡Hombres! ¿Acaso era momento para rivalidades? Tenía que actuar deprisa si no quería acabar mis días en un convento, verme obligada a partir en un trineo rumbo a Siberia o terminar flotando boca abajo en el Nevá, a la deriva entre grandes trozos de hielo cuya pura fuerza acabaría aplastando y despedazando mi cuerpo.
—Decidme, Feofán, ¿el zar ha muerto sin nombrar heredero? —Tenía que estar segura.
El arzobispo asintió, con los ojos enrojecidos a causa de las largas horas que había pasado en vela junto a la cama de su señor. Llevaba suelta la melena morena, a la manera de los clérigos ortodoxos rusos; le caía hasta los hombros, veteada de gris, y su hábito oscuro era el de un eclesiástico cualquiera. Nada en él dejaba entrever los honores y cargos con que Pedro lo había recompensado; nada, aparte de la maciza cruz con incrustaciones de gemas que tenía sobre el pecho: la panagia. Feofán Prokopóvich era viejo, pero se trataba de uno de esos hombres que fácilmente podría servir a muchos zares más. Hizo una reverencia y me entregó el pergamino. Lo metí en la manga de mi vestido. Prokopóvich enderezó la espalda.
—Zarina, pongo el futuro de Rusia en vuestras manos.
El corazón me dio un vuelco cuando me llamó por ese título. Ménshikov también alzó la cabeza, atento, como un sabueso al captar un rastro. Entornó los ojos.
—Marchaos a casa, Feofán, y descansad un poco. Mandaré a alguien a buscaros cuando os necesite. Hasta entonces, no olvidéis que solo nosotros tres conocemos las últimas palabras del zar —dije—. Espero que me sirváis durante muchos años —añadí—. Os concedo la Orden de San Andrés y una finca a las afueras de Kiev con diez…, no, veinte mil almas.
Prokopóvich hizo una reverencia con expresión satisfecha, y enseguida me puse a pensar en quién tendría que mandar al exilio para embargarle las tierras y recompensar con ellas al arzobispo. En una jornada como esa, se forjaban y se perdían fortunas. Hice señas al criado que montaba guardia junto a la puerta. ¿Había oído cuanto acabábamos de susurrar? Esperaba que no.
—Que traigan el carruaje de Feofán Prokopóvich. Acompáñalo abajo. Que nadie hable con él, ¿de acuerdo? —añadí en un murmullo.
El sirviente asintió con un temblor de sus largas pestañas sobre las mejillas sonrosadas. Era un muchacho apuesto, cuya cara de pronto me trajo a la memoria la de otro, uno al que tuve por el más bello que hubiera conocido nunca. Pedro puso fin a aquello de forma brutal. Y luego ordenó que colocaran la cabeza, su preciosa cabeza, en mi mesilla de noche metida en un pesado frasco de cristal lleno de alcohol fuerte, tal como se conservan las manzanas en vodka durante el verano. Sus ojos desorbitados me contemplaban con tristeza; los estertores de la muerte habían hecho que sus labios, antes tan suaves para los besos y ya marchitos y exangües, se retrajesen para dejar a la vista sus dientes y encías. Cuando la vi por primera vez y, horrorizada, pedí a mi dama de compañía que la retirase, Pedro me amenazó con el convento y el látigo. Y así, durante un tiempo, allí se quedó.
Feofán Prokopóvich rio quedamente, y surcaron su cara tantas arrugas que su piel adoptó la apariencia de la tierra reseca de finales de verano.
—No os preocupéis, zarina. Ven, muchacho, presta tu brazo a un anciano.
Salieron los dos al pasillo. Las ajustadas calzas pálidas de seda del lacayo mostraban a las claras el contorno de sus piernas musculosas y sus nalgas. ¿Tendría algo de cierto el rumor de que a Prokopóvich le gustaban los jovencitos? Bueno, allá cada cual. Tapé con el cuerpo la visión de la cama del zar. Unos rostros pálidos y asustados se volvieron para mirar hacia el interior de la cámara. Tanto nobles como sirvientes aguardaban sentados como conejos en una trampa, con el cuello estirado a la espera de su destino. Madame De la Tour, la escuálida institutriz francesa de mi hija menor, Natalia, estrechaba a la niña con fuerza contra su pecho. Fruncí el ceño. En el pasillo hacía demasiado frío para ella y llevaba tosiendo desde la tarde del día anterior. Sus hermanas mayores, Isabel y Ana, estaban a su lado, pero evité sus miradas. Eran demasiado jóvenes para entenderlo.
Nadie sabía aún si era a mí a quien debían temer. Busqué con la mirada entre la multitud al joven Petrushka, nieto de Pedro, y a los príncipes Dolgoruki, sus seguidores, pero no los vi. Me mordí el labio. ¿Dónde andarían…? ¿Ocupados urdiendo planes para adueñarse del trono? Tenía que echarles el guante lo antes posible. Chasqué los dedos y el guardia más cercano se puso firmes con un respingo.
—Ve a buscar al Consejo Privado: el conde Tolstói, el barón Ostermann y Pável Yaguzhinski. Date prisa, el zar quiere verlos —dije en voz alta, y me aseguré de que mis últimas palabras se oyeran de extremo a extremo del pasillo.
Ménshikov tiró de mi brazo para hacerme entrar de nuevo en la habitación, cerró la puerta y esbozó una mueca de incredulidad ante mi descaro.
—Ven —le dije sin miramientos—. Iremos ahí al lado, a la biblioteca pequeña.
Ménshikov cogió su casaca bordada de brocado verde de la silla en la que había montado guardia junto al lecho de Pedro durante las últimas semanas. Una familia de campesinos podría haber vivido holgadamente durante dos años enteros con uno solo de los hilos de plata entretejidos en su tela. Se colocó el bastón con la empuñadura de marfil debajo de la axila. Al llegar a la puerta oculta que conducía a la pequeña biblioteca de Pedro, me volví hacia los médicos.
—Ninguno de los tres podéis salir de esta habitación ni podéis hacer venir a nadie.
—Pero… —empezó a decir Blumentrost.
Alcé la mano.
—No puede saberse que el zar ha fallecido. Todavía no.
Pedro habría aprobado mi tono.
—Como ordenéis —acató Blumentrost con una reverencia.
—Bien. Se te pagará hoy mismo, más tarde. Igual que a tus colegas.
Ménshikov se tambaleó ligeramente. ¿Era el cansancio lo que le hacía perder el equilibrio… o el miedo?
Pasé por delante de él y entré en la pequeña y acogedora biblioteca. Ménshikov me siguió, pero no sin antes coger la estilizada jarra de Borgoña de la que había estado bebiendo, además de dos copas venecianas.
—No es momento para estar sobrios ni escatimar —dijo con una sonrisa torcida, y cerró la puerta de una patada como un vulgar tabernero.
El fuego de la chimenea se había apagado, pero las paredes revestidas de paneles de madera retenían el calor. Las coloridas alfombras de seda que habíamos traído al regreso de nuestra campaña persa, que habían añadido una docena buena de vagones de equipaje a nuestro tren, representaban la totalidad de las flores y las aves de la Creación en todo su esplendor. Los sencillos asientos que había junto al escritorio, la chimenea y las librerías eran obra del propio Pedro. A veces le oía darle al torno y el martillo hasta mucho después de la medianoche. Solía decir que la carpintería ahuyentaba sus demonios y le proporcionaba sus mejores ideas. No había nada que sus ministros temieran más que una noche de carpintería de Pedro. Se dormía, agotado, encima del banco de trabajo. Solo Ménshikov era lo bastante fuerte para cargarse el zar a hombros y llevarlo hasta la cama. Si yo no estaba allí esperándolo, Pedro usaba el vientre de un joven ayuda de cámara como almohada. Siempre necesitaba el contacto de la piel contra la piel para mantener a raya los recuerdos.
Las altas ventanas estaban adornadas con las cortinas forradas que había comprado de joven durante su visita a Holanda, mucho antes de la Gran Guerra del Norte, aquellas dos décadas de lucha por la supervivencia y la supremacía contra los suecos. Los estantes se combaban bajo el peso de los tomos, que, según me habían explicado, eran libros de viajes, relatos marineros, historias bélicas, biografías de gobernantes y manuales sobre cómo gobernar, y obras religiosas. Pedro había hojeado todos y cada uno de los volúmenes en incontables ocasiones. Era un mundo al que nunca pude seguirlo. Todavía había pergaminos desplegados sobre su mesa o amontonados en las esquinas. Algunos libros estaban impresos y encuadernados con gruesa piel de cerdo, otros se habían escrito a mano en algún monasterio.
Sobre la repisa de la chimenea había una maqueta de la Natalia, la soberbia fragata de Pedro, y sobre ella colgaba un retrato de mi hijo Pedro Petróvich. Lo habían pintado meses antes de su muerte, que nos partió el corazón. Durante años evité esa habitación por culpa de ese cuadro. Era demasiado real. Parecía como si mi hijo fuera a lanzarme en cualquier momento la pelota de cuero rojo que sostenía en las manos. Sus rizos rubios descendían en cascada hasta una camisa de encaje blanco y su sonrisa dejaba entrever una hilera de dientecitos. Habría dado mi vida por tenerlo allí, en ese instante, y poder declararlo zar de todas las Rusias. Seguiría siendo un niño, sin duda, pero hijo de nuestra sangre, la mía y la de Pedro. Una dinastía. ¿No es eso lo que todo gobernante desea? Ya solo quedaban hijas y un nieto temido, el pequeño Petrushka.
Al pensar en Petrushka me quedé sin respiración. Cuando nació, Pedro lo acunó en sus brazos mientras daba la espalda a la infeliz madre. Pobre Sofía Carlota… Había sido como un purasangre nervioso, y como si se tratara de un caballo su padre la había vendido a Rusia. ¿Dónde estaría en esos momentos su joven hijo? ¿En el palacio Dolgoruki? ¿En los barracones? ¿Al otro lado de la puerta? Petrushka solo tenía doce años y Pedro ni siquiera le había concedido el título de zarévich, pero yo lo temía más que al diablo.
—Habéis hecho bien —reconoció Ménshikov cuando estuvimos a solas en la biblioteca— convocando el Consejo Privado y quitando de en medio al viejo mentecato de Feofán.
Me volví para mirarlo.
—Los mentecatos somos nosotros. Espero que mantenga su palabra.
—¿Qué promesa os ha hecho? —preguntó Ménshikov, atónito.
—¡Lo ves! Solo oyes lo que se habla, pero se dice mucho más que eso. —Lo agarré del cuello de la camisa y siseé—: Estamos los dos en el mismo barco. Que Dios se apiade de ti por cada segundo que pierdas ahora mismo. No he visto a Petrushka ni a sus encantadores amigos en el pasillo, ¿tú sí? ¿Y por qué el legítimo heredero del Imperio ruso no está aquí, junto al lecho de muerte de su abuelo, donde le corresponde?
Ménshikov parecía dubitativo. Se secó el sudor de la frente.
—Porque está con las tropas en los barracones imperiales, donde pronto lo elevarán a hombros y le dedicarán tres vítores cuando descubran que el zar ha muerto. ¿Qué será de nosotros entonces? ¿Petrushka se acordará de quienes firmaron la sentencia de su padre, aunque fuera con una cruz junto a su nombre porque no sabían escribir?
Lo solté. Ménshikov rellenó su copa y dio un trago largo de vino con manos temblorosas y dedos fuertes si bien lastrados por el peso de los macizos anillos. El agotamiento embotaba su astucia natural, pero yo todavía no había acabado con él.
—Siberia será demasiado buena para nosotros, a sus ojos. Los Dolgoruki alimentarán los cuatro vientos con nuestras cenizas. Nadie sabe que el zar ha muerto, salvo nosotros —susurré—. Eso nos concede tiempo.
Un tiempo que quizá nos salvara. No podíamos mantener en secreto mucho más la muerte del zar; sería del dominio público por la mañana, cuando un amanecer plomizo despuntara sobre la ciudad de Pedro.
Ménshikov, el hombre que había vuelto a su favor las tornas de tantas batallas, que había hurtado su cuello tantas veces a los más peligrosos nudos corredizos, parecía aturdido. Mi pavor era contagioso. Se dejó caer pesadamente en una de las butacas que Pedro había traído de Versalles y estiró sus piernas aún bien torneadas. ¡Costaba creer que aquel delicado mueble pudiera soportar su peso! Dio un par de sorbos y luego giró hacia un lado y hacia otro el cristal coloreado delante del fuego. Las llamas calentaron la superficie lisa y tintada de la copa; parecía que estuviese llena de sangre. Me senté delante de Ménshikov. No era una noche para juegos de borrachos.
Ménshikov alzó la copa hacia mí en un brindis burlón.
—A vuestra salud, Catalina Alexéievna. A fe que valió la pena regalaros al zar, mi señora. Por vos, mi mayor pérdida. Por vos, mi mayor ganancia.
De pronto se echó a reír, con tanto ímpetu que se le deslizó la peluca hasta rozarle los ojos. Su risa era como el aullido de los lobos en invierno: aguda y desdeñosa. Se quitó la peluca y la lanzó por los aires. Encajé con calma su insolencia, aunque Pedro lo habría hecho azotar por ella. Ménshikov sufría como un perro: también era su señor y su amor el que había muerto. ¿Qué le deparaba el futuro? Su sufrimiento lo volvía impredecible. Yo lo necesitaba, desesperadamente. A él, al Consejo Privado y a las tropas. Llevaba el testamento del zar encajado en mi manga. Ménshikov tenía la cara enrojecida y abotagada bajo su desordenada mata de pelo todavía rubio oscuro. Paró de reír y me miró con ojos ebrios por encima del borde de la copa.
—Henos aquí. Qué vida tan extraordinaria habéis tenido, mi zarina. La Divina Voluntad es la única explicación que le veo.
Asentí. Era lo que decían de mí en todas las cortes de Europa. Mi pasado era el chiste recurrente que siempre ponía de buen humor a los enviados. Sin embargo, con Pedro, cualquier cosa que se le antojase en un momento dado era normal y, por ende, nada era ya extraordinario.
De repente, a Ménshikov se le escurrió la copa de los dedos y, a la vez, la barbilla le bajó sobre el pecho. El vino se derramó, y le dejó una gran mancha rojiza en la camisa blanca de encaje y en el chaleco azul. Las últimas semanas, días y horas le pasaban factura. Al cabo de un momento, se puso a roncar, deslavazado como un muñeco de trapo en la butaca. Podía concederle un rato de descanso hasta que Tolstói y el Consejo Privado llegaran. Después lo acarrearían de vuelta a su palacio para que durmiera la mona. Ménshikov ya disponía de la Orden de San Andrés, amén de más siervos y títulos de los que yo podía concederle. No me quedaba nada que prometerle; tenía que quedarse por voluntad propia: «Nada une a las personas con más fuerza que el miedo por su propia supervivencia, Catalina», creí oír que Pedro me decía.
Me acerqué a la ventana, que daba al patio interior. Los iconos dorados que llevaba cosidos al dobladillo de la falda tintineaban con cada paso. Cuando la princesa Guillermina de Prusia vio cómo iba vestida durante nuestra visita a Berlín, se mofó en voz alta: «¡La emperatriz de Rusia parece la esposa de un trovador!».
Aparté la pesada cortina que mantenía a raya el frío negro como la tinta de aquella típica noche invernal de San Petersburgo, ¡nuestra ciudad, Pedro, nuestro sueño! La avenida Alexandr Nevski y el río Nevá estaban envueltos en la misma oscuridad que ahora te tenía para siempre en sus brazos, la tiniebla que ocultaba la sobrecogedora belleza de lo que habías creado: la tonalidad verde gélida de las olas que combinaba a la perfección con el arcoíris multicolor de las fachadas lisas de palacios y casas, que tan novedosas resultaron hace veinte años. Esta ciudad que tú levantaste en un terreno pantanoso por la pura fuerza de tu increíble voluntad y el sufrimiento de centenares de miles de tus súbditos, nobles y siervos por igual. Los huesos de los trabajadores forzosos yacen enterrados en la tierra cenagosa como cimientos de la ciudad. Hombres, mujeres y niños, sin nombre ni cara… ¿Y quién los recuerda a la luz de tanto esplendor? Si de algo había un exceso en Rusia era de vida humana. La mañana amanecería tenue y fría; después, más tarde, la luminosa y regular fachada del palacio reflejaría el fuego pálido del día. Tú atrajiste la luz hasta aquí, Pedro, y le diste un hogar. ¿Qué pasará ahora? Ayúdame…
Tras las ventanas de las casas altas y elegantes la luz de las velas se movía, deslizándose por estancias y pasillos como si las portaran unas manos fantasmales. En el patio de abajo vi un centinela encorvado sobre su bayoneta, cuando, entre un traqueteo de cascos que arrancaban chispas de los duros adoquines, un jinete pasó al galope a su lado y atravesó una puerta. Cerré los dedos con fuerza en torno al pestillo de la ventana. ¿Los médicos habrían obedecido mi orden? ¿O acaso aquel jinete partía para confirmar lo impensable? Me pregunté qué sería de mí a partir de entonces. ¿Volia —una magnífica, inimaginable libertad— o el exilio y la muerte?
Tenía la boca seca de miedo, una sensación que anuda el estómago, enfría y amarga el sudor y abre los intestinos. No lo sentía desde… ¡Basta! No debía pensar en eso. Solo era capaz de concentrarme en una cosa a la vez, mientras que Pedro, como un acróbata, podía hacer malabares con diez ideas y planes distintos.
Ménshikov murmuraba en sueños. Ojalá llegaran ya Tolstói y el Consejo Privado. La ciudad entera parecía en compás de espera. Me mordí las uñas hasta notar el sabor de la sangre.
Volví a sentarme cerca del fuego y me quité las zapatillas, rígidas a causa de los bordados y las joyas. El calor de las llamas me causó un hormigueo en la piel. Febrero era uno de los meses más fríos en San Petersburgo. Quizá debería pedir un poco de vino especiado y unos pretzels en vez del borgoña; eso solía animarme enseguida. ¿Estaba Pedro lo bastante caliente en la cámara contigua? No soportaba el frío y en el campo de batalla siempre nos helábamos. No hay nada más gélido que la mañana después de una batalla, se gane o se pierda. Solo podía mantenerlo abrigado durante la noche cuando buscaba refugio en los pliegues de mi cuerpo.
Las personas dormidas se ven ridículas o enternecedoras. Ménshikov, que roncaba con la boca abierta, era de las segundas. Me saqué de la manga el testamento de Pedro y el pergamino quedó sobre mi regazo, muy cerca de las llamas. Sus letras se desdibujaron con la llegada de mis lágrimas, reales y sinceras, a pesar de la sensación de alivio. Aún tenía por delante una larga jornada y varias semanas más largas todavía, y habría de derramar muchas más lágrimas. Tanto el pueblo como la corte querrían ver a una esposa desolada con el pelo desgreñado, las mejillas arañadas, la voz ronca y los ojos hinchados. Solo un despliegue de amor y pena por mi parte podría lograr que se aceptara lo inconcebible, y hacer que mis lágrimas fuesen más poderosas que cualquier linaje. Conque, ya puestos, podía empezar a llorar de inmediato. No me resultó difícil convocar las lágrimas. Al cabo de unas pocas horas podía estar muerta o deseando estarlo. O bien, sería la mujer más poderosa de todas las Rusias.
1
Mi vida empezó con un crimen. Por supuesto, no me refiero al instante de mi nacimiento ni a mis primeros años. Mejor no saber nada de cómo es la vida de un siervo, un alma, que saber aunque sea un poco. Las almas alemanas —nemtsi, propiedad de la Iglesia rusa— eran más desdichadas de lo que nadie podría imaginar. El lugar dejado de la mano de Dios en el que me crie se ha perdido ya en las llanuras inmensas de Livonia: una aldea y un país que ya no existen. ¿Seguirán en pie sus isbas, aquellas destartaladas cabañas? Ni lo sé ni me importa. Cuando era joven, sin embargo, las isbas que jalonaban en hileras la calle de tierra roja del pueblo, como las cuentas del rosario de un monje, eran todo mi mundo. Usábamos la misma palabra para ambas cosas: mir. El nuestro tenía el mismo aspecto que muchos otros pueblecillos de la Livonia sueca, uno de los territorios bálticos que Estocolmo gobernaba, donde polacos, letones, rusos, suecos y alemanes se entremezclaban y convivían, de forma más o menos pacífica… en aquel entonces.
A lo largo del año, el camino que atravesaba la aldea daba forma a nuestra vida como el cinturón de un sarafán suelto. Cuando llegaba el deshielo en primavera o cuando arreciaban las primeras lluvias copiosas del otoño, nos hundíamos hasta las rodillas en un fango del color de la sangre de buey para ir de nuestra isba a los campos y bajar hasta el río Dviná. En verano, la tierra se transformaba en nubes de polvo rojizo que se incrustaba en la piel agrietada de nuestros talones. Luego, en invierno, nos hundíamos hasta los muslos en la nieve con cada paso o nos deslizábamos hasta casa por un hielo liso como un espejo. Gallinas y cerdos deambulaban por las calles, con las plumas y las cerdas rebozadas de mugre. Niños de pelo enmarañado e infestado de piojos jugaban allí hasta que cumplían la edad de trabajar, cuando los chicos se iban a los campos para espantar a las aves con carracas, piedras y palos, y las chicas se ocupaban de los telares del monasterio, donde sus delicados dedos servían para confeccionar las telas más finas. Yo misma ayudé en sus cocinas desde los nueve años. De vez en cuando una carreta cargada, tirada por caballos de larga crin y cascos rotundos, atravesaba el pueblo traqueteando para descargar mercancías en el monasterio y llevarse otras al mercado. Aparte de eso, sucedía muy poco.
Un día de abril, cerca de Pascua, del año 1698 según el nuevo calendario que el zar había ordenado utilizar a sus súbditos, mi hermana pequeña Cristina y yo avanzábamos por aquel camino en dirección al río, a través de los campos. En el aire puro flotaba el aroma de la mayor maravilla de nuestras tierras bálticas: el ottépel o deshielo. Cristina bailaba. Giraba como una peonza al tiempo que daba palmadas, movida por un alivio palpable ante el final de la oscuridad y el frío invernales. Intenté agarrarla torpemente sin que se me cayera el montón de ropa para lavar que llevaba entre los brazos, pero me esquivó.
A lo largo del invierno la vida en el mir quedaba en suspensión, como la respiración superficial del oso que vive de la grasa acumulada bajo su pelaje hasta que llega la primavera. Durante la prolongada estación, la luz plomiza nos aturdía; nos sumíamos en una melancolía apática, regada con kvass. Nadie podía permitirse el vodka, pero aquella bebida amarga y con sabor a levadura que se obtenía fermentando pan duro resultaba igual de embriagadora. Nos sustentábamos con cereales —avena, centeno, cebada, trigo y espelta— que horneábamos en forma de tortas de pan ácimo o convertíamos en masa los días festivos, pasándole el rodillo una y otra vez hasta dejarla muy fina para luego rellenarla con encurtidos y champiñones. Nuestra kasha, el plato de gachas que era nuestro principal sustento, podía comerse endulzada con miel o bayas secas, o bien salada con cortezas de tocino y col. De esa hortaliza preparábamos cantidades ingentes todos los otoños, picada, salada y desmenuzada, para luego consumirla a diario. Cada invierno acababa pensando que vomitaría si tenía que comer chucrut una vez más. Pero le debíamos la vida. Nos ayudaba a soportar un frío que helaba la flema en la garganta antes de que pudieras carraspear y arrancártela.
Justo cuando la nieve y la escarcha empezaban a resultar insoportables, desaparecían poco a poco. Al principio, podía ser que la luz durase unos instantes más o que las ramitas se enderezaran por soportar una carga más ligera de nieve. Después, por la noche, nos despertaba el crujido ensordecedor del hielo al quebrarse en el Dviná; el agua brotaba libre, desbocada, y arrancaba enormes fragmentos de hielo que avanzaban corriente abajo. Nada resistía su poder; hasta los arroyuelos más modestos sufrían crecidas y se desbordaban, y los peces fuertes y escamosos del Dviná saltaban a nuestras redes por su propia voluntad. Tras una primavera corta y perfumada, llegaban los febriles meses del verano, y nuestro mundo se embriagaba de fertilidad y vigor. Las hojas de los árboles adquirían grosor y suculencia, las mariposas revoloteaban en el aire y las abejas, aunque amodorradas por el néctar y con las patas lastradas por el polen, tenían prisa para permanecer mucho tiempo en una sola flor. Nadie dormía durante las noches blancas; hasta los pájaros cantaban de principio a fin, reacios a perderse la diversión.
—¿Crees que todavía habrá hielo en el Dviná, Marta? —me preguntó Cristina, agitada, usando el nombre por el que se me conocía en aquel entonces.
¿Cuántas veces me lo había preguntado desde que habíamos salido de casa? La Feria de la Primavera empezaba el día siguiente y yo, igual que ella, ansiaba frotarme hasta eliminar el hedor a humo, comida y monotonía invernal con la vista puesta en lo que estaba llamado a ser el momento culminante del año. Habría espectáculos fascinantes y alimentos deliciosos, algunos de los cuales podríamos permitirnos, y vendrían los habitantes de los mir vecinos, además de algún que otro apuesto forastero, una posibilidad que Cristina siempre tenía en mente.
—¿Hacemos una carrera? —me preguntó con una risilla.
Arrancó sin darme tiempo a responder, pero le hice la zancadilla y la agarré justo a tiempo para que no cayera. Soltó un chillido y se aferró a mí como un mozo subido a un toro en la feria, a la vez que me aporreaba con los puños. Perdí el equilibrio y ambas caímos por el terraplén, donde ya florecían las prímulas y las aubrecias. La hierba joven y afilada me hizo cosquillas en las piernas y los brazos desnudos mientras me ponía en pie con esfuerzo. Vaya, fantástico: había ropa esparcida por toda la polvorienta calzada. Ahora sí que teníamos un buen motivo para lavarla. Por lo menos podríamos trabajar junto al río. Apenas unas semanas antes, me había visto obligada a partir con una maza el hielo de la bañera que teníamos detrás de la isba y luego apartar los pedazos mientras frotaba la ropa. Se me habían quedado las manos azuladas de frío, y los sabañones son dolorosos y lentos en sanar.
—Venga, te ayudo —dijo Cristina al tiempo que echaba un vistazo hacia la aldea, aunque desde la isba no podían vernos.
—No hace falta que me ayudes —repliqué, a pesar de que la colada me pesaba en el brazo.
—No seas boba. Cuanto antes lo tengamos lavado, antes podremos bañarnos.
Me quitó la mitad de la ropa que llevaba apoyada en el pliegue del codo. No solíamos repartirnos las tareas porque Cristina era hija de Tania, la esposa de mi padre. A mí me alumbró, nueve meses después del solsticio de verano, una chica del pueblo vecino. Mi padre ya estaba prometido con Tania cuando mi madre quedó embarazada, por lo que no estaba obligado a casarse con ella puesto que los monjes, que tenían la última palabra en esa clase de situaciones, prefirieron, por supuesto, casar a mi padre con una de sus jóvenes. Cuando mi madre murió de parto, Tania me acogió. No tuvo más remedio, pues la familia de mi madre se plantó a la puerta de la isba y le tendió el fardo que era yo. Si Tania se hubiera negado a aceptarme, me habrían dejado en la linde del bosque para que fuera pasto de los lobos. En el fondo, Tania no me trataba mal, dadas las circunstancias. Todas teníamos que trabajar duro, y yo recibía mi parte de nuestras modestas provisiones. Sin embargo, a menudo se mostraba rencorosa y me tiraba del pelo o me pellizcaba el brazo si cometía un simple error.
—Tienes mala sangre. Tu madre se abría de piernas para cualquiera. ¿Quién sabe de dónde vienes en realidad? —decía cuando se sentía maliciosa—. Mírate, con esos ojos verdes y rasgados y ese pelo negro como el ala de un cuervo. Yo que tú me andaría con mucho cuidado.
Mi padre no decía nada si la oía, y se limitaba a adoptar un aire más triste de lo habitual si cabía, con su espalda encorvada por trabajar en los campos del monasterio. Solo era capaz de reír con su mueca desdentada cuando se había tomado unas jarras de kvass, que dotaban de un resplandor mortecino a sus ojos hundidos.
Antes de que reemprendiéramos el camino, Cristina me agarró del brazo y me volvió hacia el sol.
—Un, dos, tres… ¡A ver quién aguanta más tiempo mirando el sol! —dijo con la respiración entrecortada—. Hazlo. ¡Aunque se te chamusquen los párpados! Entre las chiribitas que bailen delante de tus ojos verás al hombre con el que te casarás.
¡Qué ganas teníamos de conocerlo entonces! A medianoche encendíamos tres valiosas velas alrededor de un cuenco de agua y las rodeábamos con un círculo de ascuas. Pero por más que mirásemos, la superficie nunca reflejaba otra cara que no fuera la nuestra. No pasaba un solsticio de verano sin que cogiéramos siete tipos de flores silvestres y colocásemos el ramillete debajo de la almohada para atraer a nuestro futuro marido a nuestros sueños. Sentí en el rostro el calor del sol de media tarde y unas manchitas doradas danzaron sin ton ni son por el interior de mis párpados. Di un beso en la mejilla a Cristina.
—Vamos —le dije, deseosa de llegar a las rocas calientes de la orilla—. Quiero secarme cuando acabemos de bañarnos.
En los campos, las almas trabajaban con el espinazo doblado, y entre ellas distinguí a mi padre. En primavera, para la primera cosecha, solo se cultivaba una parte de las tierras. En verano, para la segunda, se plantaban nabos, remolachas y coles, cultivos que podían cosecharse incluso en invierno, cuando la tierra estaba helada. El tercio restante del suelo se dejaba en barbecho hasta el año siguiente, cuando se rotaban los cultivos. El tiempo del que disponíamos para hacer acopio de alimentos para el resto del año era breve, y unos pocos días malgastados podían causar una hambruna más tarde. En agosto era habitual que mi padre pasara dieciocho horas al día en los campos. No, no amábamos la tierra que nos daba de comer: era una señora despiadada que nos castigaba por el menor error. Seis días de la semana pertenecían al monasterio, y el séptimo, a nosotros, pero nuestras obligaciones hacia Dios no nos concedían a las almas descanso. Los monjes, con sus hábitos largos y oscuros, caminaban de un lado a otro entre los campesinos vigilando atentamente sus propiedades, tanto la tierra como las personas que la trabajaban.
—¿Qué crees que hay debajo del hábito de un monje? —me preguntó con descaro Cristina en ese momento.
Me encogí de hombros.
—No puede ser gran cosa, o se notaría a través de la tela.
—Sobre todo cuando te ven a ti —replicó ella.
Sus palabras me recordaron los insultos de Tania.
—¿Qué quieres decir con eso? —le pregunté con sequedad.
—¡Se supone, Marta, que eres mayor que yo! —exclamó—. No me digas que no te has dado cuenta de cómo te miran los hombres. En la feria todos querrán bailar contigo y ninguno me prestará atención.
—¡Tonterías! Pareces un ángel. Un ángel muy necesitado de un baño. ¡Vamos!
Más abajo, a la orilla del río, nos colocamos frente al tramo poco profundo que habíamos descubierto el año anterior. Un caminito serpenteante descendía a través de un bosquecillo de abedules y matorrales. En todas las ramitas asomaban los primeros capullos; no tardarían en florecer los lirios y los galios. Una vez en el río, ordené la ropa sucia, poniendo en un lado las camisas y los calzones buenos de lino de los hombres y en el otro los sarafanes y las casacas de lino que las mujeres llevábamos los días festivos. Habíamos pasado muchas largas noches de invierno bordando vistosos motivos florales en los cuellos planos. Quizá podríamos cambiar algunas de las tallas de madera de mi padre —pequeñas pipas, cuencos, cucharas y vasos— por hilo nuevo en la feria al día siguiente. Me recogí el pelo en un moño suelto para que no se ensuciara con la espuma y doblé el descolorido pañuelo que llevaba a la cabeza para protegerme del sol. Después me pasé el dobladillo de la falda por entre los muslos y me lo sujeté en la cinturilla, a pesar de que la tela era gruesa y acolchada para evitar el frío, y luego tiré de las largas cintas entrelazadas de las costuras de mis mangas para recogérmelas en un sinfín de pliegues. Desde lejos debía de parecer una nube sobre un par de piernas largas y desnudas.
—Empecemos.
Eché mano de la primera prenda de lino y Cristina me pasó el preciado jabón. Sumergí un extremo de la tabla de lavar en el agua transparente y froté con esmero sus afilados relieves hasta cubrirla de una capa gruesa y resbaladiza. Fabricar jabón era un trabajo duro que te dejaba dolorido el cuerpo entero. Tania me encomendaba esa tarea sobre todo en otoño, cuando los monjes hacían la matanza con miras a llenar la despensa con carne ahumada, en escabeche o en salazón para el invierno y tenían huesos de sobra, o en primavera, cuando usábamos la ceniza acumulada a lo largo del invierno. Todas las mujeres colaboraban para mezclar agua de lluvia y ceniza con manteca de cerdo o de vaca y moler los huesos de los animales hasta crear una sosa cáustica que hervían durante horas en grandes calderos. El mejunje gris y viscoso, cuyas burbujas grandes y calientes reventaban en la superficie con sonoros estallidos, se espesaba poco a poco, de una hora a otra. Teníamos que removerlo sin cesar, hasta que sentíamos que los brazos estaban a punto de caérsenos. Por la noche vertíamos el jabón líquido en moldes de madera. Si podíamos permitirnos añadirle sal, obteníamos piezas sólidas. Sin embargo, la sal era más necesaria para los animales o para encurtir carne y col de cara al invierno, de manera que nuestro jabón era, más bien, una pasta viscosa que añadíamos al agua para lavar.
Cristina y yo trabajamos deprisa a orillas del río centelleante. Mientras sumergíamos la ropa, la frotábamos con fuerza y la golpeábamos contra las piedras lisas; nos espoleaba la perspectiva de darnos luego un baño.
—Imagina que esa prenda es el abad —incité a Cristina para que golpeara la ropa con más brío.
Echó la cabeza atrás y se puso a reír, tanto que el pelo rubio se le escapó del moño. Escurrimos las prendas y las tendimos en las ramas más bajas que jalonaban la orilla.
—¡Preparados, listos, ya! —gritó Cristina de improviso cuando yo todavía estaba alisando y estirando la última de las camisas.
Se deshizo el nudo del cinturón, se quitó el sencillo sarafán y la basta camisola pasándoselos por la cabeza mientras corría, y se quedó desnuda bajo el sol primaveral. Qué diferente era de mí. Tenía la piel pálida como la leche desnatada, el cuerpo esbelto, con las caderas estrechas y unos enhiestos senos incipientes que daban la impresión de que le cabrían en el hueco de la mano. Sus pezones eran como pequeñas frambuesas. Ya podía quedarse embarazada; la sangre había empezado a fluirle el año anterior. Yo, en cambio… En fin, Tania probablemente estaba en lo cierto cuando afirmaba que me parecía a mi madre. Mi melena era espesa y negra, y mi piel mostraba el color de la miel silvestre… o del moco seco, como Tania solía decir. Tenía las caderas anchas, las piernas largas y fuertes y el pecho generoso y firme.
Cristina chapoteaba en el somero arroyo, cerca de la orilla. Su cabeza subía y bajaba entre las rocas donde el agua formaba pozas. La arena blanca del lecho resplandeció entre sus pies cuando se irguió.
—Venga, ¿a qué esperas? —dijo con una carcajada, y luego se zambulló de cabeza entre las olas y se dejó llevar por la corriente hacia la parte profunda.
Me desvestí todo lo rápido que pude, me solté el pelo y eché a correr a su encuentro. Chapoteamos, buceamos y, ¡placer prohibido!, nos frotamos el cuerpo con el precioso jabón. Abrí los ojos debajo del agua, intenté atrapar caracolillos, partí afilados juncos de la ribera para tratar de ensartar un anguila y pellizqué a Cristina en los dedos de los pies, haciéndome pasar por un pez. ¡Cualquier cosa con tal de echarnos unas risas tras los lúgubres meses invernales!
El agua aún estaba helada. Fui la primera en salir y al instante se me puso la carne de gallina. Sacudí la melena para hacerme un moño, y las gotas de agua que salieron despedidas centellearon al sol.
—Mejor que los baños —musitó Cristina, que seguía flotando cerca de la orilla—. Por lo menos aquí no te azotan con ramas hasta dejarte llena de marcas y casi sangrando.
—Uy, de eso puedo ocuparme yo —repliqué al tiempo que partía una ramita de arbusto a modo de vara.
Cristina chilló y se sumergió agachándose. Justo entonces, las dos oímos un ruido: relinchos de caballos, piedras aplastadas bajo ruedas de carro, voces masculinas.
—Quédate en el agua —le ordené, y miré hacia el camino.
Tres jinetes rodeaban una carreta cubierta con una lona pálida. El hombre que ocupaba el pescante había detenido los caballos en seco. A pesar de la distancia que nos separaba, me percaté de que me observaba y deseé con todas mis fuerzas tener a mano mi largo sarafán.
—¿Quién es? —susurró Cristina, flotando de un lado a otro en el agua poco profunda.
—¡Chist! No lo sé. ¡Quédate donde estás!
Me alarmé al ver que el hombre se bajaba de la carreta y lanzaba las riendas a uno de los jinetes. Conté tres hombres armados mientras él enfilaba el sendero que bajaba hacia nuestro tramo de orilla. Corrí hacia las matas donde se secaba mi sarafán limpio. Seguía húmedo, pero me lo puse de todas formas. Apenas había logrado bajármelo hasta los muslos cuando el hombre apareció ante mí.
Debía de tener la edad de mi padre, pero era evidente que nunca había trabajado tan duro como él. Su largo abrigo ruso tenía un cuello oscuro de piel y sostenía sus calzones, hechos de suave cuero, un cinturón profusamente repujado. Llevaba las botas altas salpicadas de barro y polvo. Me hice sombra sobre los ojos con la mano. En la frente del extraño resplandecía el sudor, aunque ocultaba su cara un gorro plano de piel de castor. Lucía una barba poblada, como todos los rusos en aquella época. Me miró de arriba a abajo y se quitó los guantes. Llevaba varios anillos con relucientes gemas en sus dedos cortos y gruesos. Yo nunca había visto nada semejante; ni siquiera el abad llevaba tantas alhajas. Di un paso atrás y, asustada, constaté que avanzaba hacia mí.
—¿Puedes indicarme cómo llegar al monasterio, muchacha? —preguntó en un brusco alemán.
Conservaba todos los dientes, pero tenía las encías manchadas de rojo oscuro por el tabaco de mascar y olía a sudor tras el prolongado viaje. Sin embargo, habría sido por mi parte una muestra de mala educación hacer una mueca y ofender a un viajero desconocido, de modo que me quedé quieta, incómoda, mientras él me recorría con la mirada. Intuí que el contorno de mis pechos resultaba visible a través del lino fino y húmedo. Al notar que se me escapaban mechones de pelo del moño, alcé los brazos por instinto para arreglármelo y el vestido se deslizó y me dejó al descubierto un hombro.
Se relamió los labios, y su lengua me hizo pensar en la serpiente que mi hermano Fiódor y yo habíamos visto el verano anterior entre la maleza de nuestro huerto. Era de color verde pálido y casi podíamos distinguir el brillo oscuro de sus intestinos bajo la tensa piel. Se había deslizado hacia nosotros, poco a poco al principio. Aunque era más pequeño que yo, Fiódor me puso detrás de él de un empujón. La serpiente parecía mortífera, pero mi hermano se agachó y cogió una piedra pesada. En el preciso instante en que la criatura se abalanzó hacia delante, con las fauces abiertas, le aplastó la cabeza. Los nervios que recorrían el cuerpo del reptil hicieron que se revolviera y convulsionase durante un rato después de muerto.
El hombre dio otro paso hacia mí.
—¡Marta, cuidado! —gritó Cristina desde el agua.
El desconocido volvió la cabeza y me agaché para agarrar una piedra cubierta de musgo. Quizá fuera virgen, pero sabía perfectamente lo que él quería. Al fin y al cabo, en el patio de atrás teníamos un gallo y varias gallinas, y mi padre debía sujetar las yeguas para los sementales de los establos del monasterio. Además, en las isbas, donde todos los miembros de una familia dormían juntos sobre el horno plano, entremezclando cuerpos y alientos, no había espacio para los secretos. Sabía lo que aquel hombre deseaba y no pensaba concedérselo.
—El monasterio está siguiendo recto por el camino. ¡Llegará enseguida si se da prisa! —expliqué con tono cortante, aunque la voz temblorosa me traicionaba.
El desconocido no respondió, sino que dio otro paso hacia mí.
—Tienes los ojos del mismo color que el río. ¿Qué más podrá descubrirse de ti? —preguntó.
No nos separaba mucho más que un aliento. Pero me mantuve firme.
—Si se acerca más —dije con voz sibilante—, le partiré el cráneo y hornearé un pastel con sus sesos. Vuelva a su carro y váyase con los condenados monjes —añadí, y alcé la piedra con gesto amenazante.
Con el rabillo del ojo vi que sus tres acompañantes desmontaban y estiraban las extremidades después de la larga cabalgata, en tanto que sus caballos se ponían a pacer. Me mordí el labio. Un cráneo podía partirlo, pero mi hermana y yo no teníamos la menor posibilidad contra cuatro hombres. El corazón me latía desbocado mientras me esforzaba por no sucumbir al miedo a lo que podía pasar. El primero de los jinetes parecía a punto de embocar el sendero. El extraño esbozó una sonrisilla, confiado en una victoria fácil. Cristina sollozaba en el agua, y el sonido me enfureció; sentía una ira entreverada de fuerza y coraje.
—¡Fuera de aquí, ruso! —le espeté, y eso lo hizo vacilar.
De repente, levantó una mano y el otro hombre se detuvo en seco. El viajero me sonrió.
—Por Dios, niña, que me haces gracia. Volveremos a vernos, y entonces serás más amable conmigo. —Estiró la mano como si quisiera tocarme el pelo. Cristina gritó y yo le escupí a los pies. Se le endurecieron las facciones—. Tú espera —amenazó—. Marta, ¿no? ¿No te ha llamado así la granujilla que está en el agua?
Lo observé, muda de miedo, mientras daba media vuelta y remontaba el terraplén. No volví a respirar hasta que no lo vi azuzar a sus caballos con un latigazo y el ruido de los cascos y el traqueteo de las ruedas se alejó. Dejé que la piedra me resbalara de la mano pegajosa de sudor. Las rodillas se me doblaron y, temblando, caí sobre la arena áspera y gris. Cristina salió del agua, me envolvió con los brazos y nos agarramos con fuerza hasta que empecé a tiritar solo de frío, ya no de miedo.
—Marta, qué valiente eres —dijo acariciándome el pelo—. Yo nunca me habría atrevido a amenazarlo con un pedrusco insignificante.
Eché un vistazo a la piedra que tenía junto a mis pies; realmente era pequeña e inofensiva.
—¿Crees que volveremos a verlo? —preguntó Cristina mientras me levantaba con esfuerzo.
Me mordí el labio, preocupada. El viajero había preguntado por el camino del monasterio al que pertenecíamos todos: nuestra isba, nuestra tierra, el vestido que llevaba puesto, nosotras mismas.
—Tonterías —dije, con la esperanza de transmitir más seguridad de la que sentía—. No volveremos a ver a esa bola de sebo. Esperemos que se caiga del carro y se parta el cuello.
Intenté reír, pero no pude. Cristina tampoco parecía muy convencida. Unas nubes taparon el sol y atenuaron la luz con el primer azul del atardecer. Temblaba bajo mi vestido húmedo, que volvía a estar manchado de tierra. ¡Qué contrariedad! Tendría que lavarlo al día siguiente, a primera hora de la mañana, antes del banquete. Me sacudí la arena y los guijarros de las pantorrillas.
—Vámonos.
En silencio, nos pusimos la ropa con la que habíamos llegado y recogimos la colada, todavía húmeda, para que acabara de secarse en casa sobre el horno plano. Cargaría de humedad aún más el aire de la cabaña y agravaría la tos de mi hermano Fiódor.
—Mejor no se lo contamos a nadie, ¿vale? —propuse a Cristina, con la esperanza de convencerme también de que el encuentro a orillas del río no se había producido.
En el fondo, sin embargo, sabía que aquello no terminaba allí. Nada en este mundo sucede sin un motivo. Esa tarde mi vida cambió de rumbo, como la veleta del tejado del monasterio cuando giraba impulsada por la primera ráfaga de aire de una tormenta repentina.
2
La noche antes de la feria llovió. Los monjes no obligaban a los nemtsi como yo a acudir a su iglesia los domingos como al resto de las almas. Aunque me habían bautizado en el catolicismo, para mí la fe no eran más que plegarias musitadas y un constante santiguarse con tres dedos. El día de nuestra muerte, eso nos procuraba, supuestamente, la entrada en el cielo de los nacidos libres, o así lo esperábamos.
De camino hacia la feria, que tenía lugar junto al monasterio, los pies se nos hundían en el barro caliente con un suave sonido de succión que acompañaba a cada paso. Llevábamos en la mano nuestras sandalias de madera y rafia para no echarlas a perder. Mi hermana más pequeña, Margarita, que solo tenía cuatro años, a duras penas podía seguirnos el paso, de manera que la cogí de la mano y aflojé el ritmo para adaptarme a su trotecillo. La mañana había sido húmeda pero la tarde estaba soleada, con un cielo amplio y azul. En el prado comunal de la aldea aún había hombres que allanaban el terreno donde se celebraría el baile de la noche, mientras las mujeres tensaban cuerdas entre altos abedules para que los niños se columpiaran. Otras, reunidas en corros con sus largos y coloridos vestidos, reían, charlaban, cantaban y seguían el compás dando palmadas. En el espacio de la feria ya reinaba un alegre bullicio de personas llegadas de toda la provincia con motivo del mercado.
Delante de la primera tienda que encontré había un oso encadenado a un poste, con el pelaje sucio y enmarañado y los dientes limados, al igual que sus garras. Aun así, era mejor mantenerse alejadas de los animales cautivos, pues su naturaleza fiera e impredecible tan solo estaba aletargada, libre de ataduras. En invierno, los mercaderes ambulantes que los cuidaban morían congelados al borde del camino y los osos arrancaban sus cadenas de las manos del cadáver cuando el hambre los llevaba hasta las casas o las granjas más cercanas. De manera que Margarita y yo mantuvimos una prudencial distancia entre nosotras y maese Pardo, que trataba en vano de afilarse las uñas con su poste. Mi hermana echó un vistazo rápido a su alrededor para localizar a su madre, pero Tania estaba ante un tenderete, mirando collares y pulseras. La niña se llevó un dedo a los labios y, movida por la curiosidad, levantó el faldón de entrada a una tienda con la cobertura de tela llena de remiendos y parches de colores.
—¡Margarita!
Estaba a punto de reprenderla cuando mi hermana dejó escapar un grito ahogado y retrocedió horrorizada. La aparté y miré hacia el interior. Había una criatura grotesca, con dos cabezas, cuatro brazos y un par de piernas, atada en el centro de la tienda. Contuve un chillido cuando una de las cabezas se volvió para mirarnos mientras la otra colgaba impotente a un lado. De una boca flácida caía un hilo de saliva, y algo semejante a una sonrisa se extendió por la otra cara, triste y un poco torcida. Una mano se movió; unos dedos me buscaban. Los conté: ¡había seis! Di un paso atrás. Era espantoso, pero no podía dejar de mirarlo. Margarita se hizo un hueco a mi lado otra vez. En ese momento, una voz retumbó a nuestras espaldas:
—Ajá, damiselas, ¿tanta curiosidad sienten ya por mi Pabellón de las Maravillas?
Nos llevamos tal susto que estuvimos a punto de caer de bruces en el interior de la tienda. Detrás de nosotras, un hombre sujetaba a un enano por medio de una corta cadena que le rodeaba el cuello. A su otro lado había una chica con el pelo recogido en una red de pesca rasgada y ataviada con un vestido de brillantes retales verdes y azules con una cuerda alrededor de la cintura. Yo nunca había visto a nadie maquillado, y se me antojó terrorífica: parecía que le hubiesen apretado la cara contra un montón de harina grumosa, para después pintarle dos manchas de color rojo chillón en las mejillas y perfilarle los ojos y las cejas con un trozo de carbón. El hombre hizo una reverencia.
—Soy maese Lampert, y traigo las maravillas del mundo hasta aquí mismo, a vuestro insignificante villorrio.
Puse mala cara, pues solo nosotros podíamos criticar el mir, ¡no un forastero cualquiera! Maese Lampert dio una patada en el costado al enano, quien, al recibirla, ejecutó un salto mortal que puso a repicar alegremente los cascabeles y las deslucidas monedas que llevaba cosidos a la chaqueta.
—Nadie más tiene enanos, sirenas y criaturas pavorosas como las mías. ¡Vengan a mi espectáculo de esta noche, buenas damas! —¿«Damas», había dicho? Margarita y yo soltamos una risilla. Nadie nos había llamado nunca así. Maese Lampert no hizo caso de nuestra bobería y siguió hablando—: Tengo planeada una divertida competición, que consistirá en lanzar fruta podrida a mi monstruo. Ganará aquel que le acierte de lleno en la cara.
Señaló hacia el desdichado ser del centro de la tienda. Tímidamente, le eché otra mirada. Tenía las dos cabezas gachas otra vez, y los brazos le pendían flácidos a los costados. La «sirena», significara eso lo que significase, me sonrió revelando varios huecos negros entre sus dientes. Dios mío, cómo me alegré cuando, en ese preciso instante, una Tania muy enfadada nos sacó a rastras hasta el exterior a Margarita y a mí.
—¿Qué hacéis, perdiendo el tiempo con la gente vagabunda? ¿Acaso eres una de ellos? —me espetó—. Venid, Cristina y yo estamos mirando al tragafuegos.
A pesar de su tono bronco, Tania me puso en la mano unas pocas nueces tostadas con miel. Solo Dios sabía cómo le habría escamoteado el dinero a mi padre, quien sin duda opinaría que le habían privado de una copa o un rollo de tabaco de mascar. Desde luego, era todo un día de fiesta.
Una troupe de músicos se acercaba hacia nosotras por los pasillos embarrados que había entre las tiendas y los tenderetes, y el alegre jolgorio de los tambores, las flautas y las campanas ahogó, por suerte, la reprimenda de Tania. Di algunas de las nueces a Margarita, y seguí a Tania y Cristina hasta los puestecillos donde estaban los tragafuegos, los malabaristas y un mago que en ese momento sacaba una bola roja de la mugrienta oreja de un granjero. El público prorrumpió en vítores y atronadores aplausos. Otros hombres se adelantaron, deseosos de que aparecieran bolas por arte de birlibirloque también en sus orejas.
—¿Has visto esos músculos? —preguntó Cristina señalando al tragafuegos—. ¡Ya te digo si come fuego! —añadió con una risilla.
Suspiré para mis adentros. Si los monjes no encontraban pronto marido a Cristina entre los siervos de la aldea, seríamos nosotras las que dejáramos un fardo en la linde del bosque.
Di un par de pasos hasta situarme delante de un malabarista con la barba larga y blanca y el pecho desnudo tostado por el sol. Tenía un punto carmesí pintado en la frente, unos pesados pendientes que le estiraban los lóbulos de las orejas, y la melena, blanca también, trenzada y peinada hacia atrás. Aun así, sus ojos eran brillantes y despiertos. ¡Debía de haber visto tantas cosas en su vida…! Yo, en cambio, me quedaría para siempre en esa aldea. El público calló al ver que añadía una cuarta y una quinta maza a las tres que ya sostenía.
—¡Dos mazas, para torpes! —dijo en un defectuoso alemán—. ¡Tres mazas, para necios! ¡Cuatro mazas, está bien! ¡Cinco mazas, para maestros!
Cristina se hizo un hueco a mi lado y Margarita metió su pequeña mano en la mía. Tania también se nos unió. Las mazas volaron derechas hacia arriba, altas y rápidas, con la madera resplandeciendo al sol. Mientras hacía malabarismos con ellas, el viejo encargó a su ayudante que le lanzara una sexta maza, y luego una séptima. Cogí aire y contuve la respiración mientras lo observaba, al tiempo que los vistosos músicos volvían a desfilar ruidosos por detrás de nosotras.
Cuando el malabarista se quitó la gorra para pedir dinero, seguimos nuestro camino, que nos hizo pasar por delante del barbero cirujano, ante el que formaban cola personas con toda clase de males y dolores. Oí el grito sofocado de un hombre al que el barbero había arrancado la muela equivocada, a la vez que me llegaban expresiones de júbilo desde el puesto del titiritero. Me dirigí hacia allí. La obra estaba empezada. Nos sentamos en la hierba con los demás espectadores. Supuse que no nos cobrarían por mirar solo un rato. Parecía ambientada en una fortaleza. Una marioneta llevaba un gorro redondo brillante con el águila bicéfala rusa bordada en el jubón. Debía de ser el joven zar de Rusia. Una marioneta soldado se le puso delante y el hombre que tenía al lado se echó a reír.
—¿De qué trata? ¿Ese es el zar? —susurré.
Mi vecino asintió.
—Sí. Hace dos años, el zar Pedro quiso visitar la fortaleza de Riga. Casi nunca está en Moscú, ¿lo sabías? —Me encogí de hombros, y él siguió hablando—: Pero los suecos no se lo permitieron. Un soldado raso barró el paso al zar de todas las Rusias, y el rey de Suecia —añadió señalando una tercera marioneta sentada en un taburete— se negó a castigar al responsable. Se dice que el zar todavía está enfadado por el insulto. Ha jurado venganza contra todos los suecos.
Se sonó la nariz con los dedos. El títere del zar estaba en pleno berrinche, pisoteando su corona como un poseso. Me reí en alto, como todos los demás, y estaba dando de comer a Margarita las últimas nueces dulces cuando una sombra cayó sobre mí, tapándome la luz del sol.
—Esa es la chica —dijo una voz en ruso.
Alcé la vista. Era el hombre del río.
3
Rodeado por sus tres compañeros y un grupo de monjes, parecía aún más rico en medio de nosotros, las almas: campesinos, haraganes y bribones. Su cinturón, que le colgaba bajo, estaba adornado con lujosos bordados y, a pesar del cálido sol primaveral, el ancho cuello de su chaqueta de terciopelo verde oscuro seguía forrado de piel. Tania se levantó de un brinco y me puso en pie de un tirón.
—Tania, ¿esta es t
