Carcer tullianum
Hay en la cárcel, al subir, un poco a la izquierda,
un lugar que llaman el Tuliano, a una profundidad de
unos doce pies bajo la superficie de la tierra. Está
encuadrado por cuatro paredes y encima hay una bóveda
formada por arcos de piedra. Pero dado su abandono,
su oscuridad y su hedor, su aspecto es desagradable
y terrible.
CAYO SALUSTIO CRISPO
Tullus, el pozo, la antesala de la muerte.
Pasados veinticinco siglos, este lugar conserva intacto su aspecto siniestro. Es la más antigua y la única cárcel de la Roma de la Monarquía, la República y el Imperio que ha llegado hasta nuestros días.
Ese espacio subterráneo no era una cárcel para penas de prisión o de reinserción, en la justicia de los antiguos romanos la reclusión servía para retener al reo de un delito a la espera del juicio que luego podía dar lugar a una sanción, una confiscación, al exilio o la esclavitud. La cárcel Mamertina tenía, en cambio, otra función: retener provisionalmente a un prisionero del Estado condenado a la pena capital. Ese lugar frío, húmedo y oscuro era la antesala de la muerte.
Según Tito Livio, su construcción se atribuye al cuarto rey de Roma, Anco Marcio, seis siglos antes del nacimiento de Cristo. De Marcio o bien de Mamers, antiguo apelativo de Marte, tomaría el nombre de Mamertino. Su otro nombre, Tuliano, parece fruto de una posterior ampliación llevada a cabo por Servio Tulio, o derivarse de la palabra arcaica Tullus, que significa manantial de agua.
Las fuentes refieren que se construyó en una cantera de piedras a los pies del Campidoglio, y siempre se ha descrito como un «horrendo edificio». Se entraba por las escaleras Gemonías que desde el Foro subían al Campidoglio, pasando por el templo de la Concordia. El nombre Gemonías parece derivarse de los gemidos de los condenados que recorrían las escaleras antes de entrar en la cárcel y desde las cuales su cuerpo desnudo era arrojado tras el estrangulamiento. Después, desde ahí, con el fin de que sirviese de escarmiento a todo el mundo, el cadáver del condenado era arponeado con un garfio, arrastrado por el Foro y el Velabro hasta el puente Sublicio, desde donde era arrojado al Tíber. Si era un rey o un gran caudillo que había luchado contra Roma, su suplicio se producía durante el triunfo de quien lo había derrotado, que esperaba la confirmación de la ejecución antes de cruzar la puerta del templo de Júpiter Capitolino.
El interior del edificio se compone de enormes trozos de peperino, una roca magmática típica del centro de Italia, y está dividido en dos plantas, una superior, llamada Carcer, construida durante la República, y otra inferior, más antigua, edificada durante la Monarquía. El espacio inferior, que recibe el nombre de Tullianum, no tenía puertas, se accedía a él por una abertura en el tejado, ahora cerrada con una reja, desde donde se soltaba o tiraba al prisionero.
Por esa abertura han pasado a lo largo de los siglos los enemigos de Roma, de los cuales han llegado hasta nosotros solo los nombres de los más ilustres, como Poncio, rey de los samnitas, el vencedor de las Horcas Caudinas, decapitado aquí en el 290 a. C.; Quinto Pleminio, gobernador de Locri, ajusticiado en el 180 a. C.; Herenio Sículo, amigo de Gayo Sempronio Graco, estrangulado en el 104 a. C.; Aristóbulo, rey de los judíos, decapitado en el 61 a. C. con otros partidarios implicados en la conjuración de Catalina; Sejano, ministro de Tiberio, ajusticiado por estrangulación en el 31 d. C. y arrojado al Tíber después de que el pueblo masacrara su cuerpo. Los propios hijos de Sejano fueron condenados a muerte y arrojados desde las Gemonías. Simón Bar Giora, defensor de Jerusalén, fue decapitado en el Tuliano en el 70 a. C. Por último, el jefe de los galos, Vercingétorix, vivió aquí casi seis años antes de ser ejecutado en el 49 a. C.
En los veinte minutos que estuve en el Tullus, en un caluroso sábado de mediados de octubre, pensando en esos cinco años y medio de encierro, enseguida comprendí que tenía que escribir sobre aquel hecho.
Y he aquí lo que he imaginado.
I
Triumphus
Roma, 26 de septiembre del 46 a. C.
El estruendo de la multitud estalló en el cielo de las postrimerías del verano. El pequeño Aulo elevó la mirada y vio pétalos de todos los colores bailar como suave nieve encima de las decenas de miles de personas aglomeradas a lo largo de las calles. Trató de abrirse camino, pero había gente por doquier y nadie iba a cederle el paso.
Logró ver, por encima del telón de gigantes que lo rodeaba, guirnaldas de colores adornando las columnas del templo de Felicitas, erigido tras las victorias sobre los celtíberos en Hispania. Para la ocasión, este había sido abierto al público, al igual que todos los demás templos de la ciudad. Habían limpiado las letras de bronce de los frontones, que brillaban a la luz del sol. Había flores por todas partes, incluso las estatuas que flanqueaban la calle tenían al cuello guirnaldas de flores entrelazadas y parecían mirar extasiadas desde sus pedestales, fastuosidad que Aulo, desde la altura que alcanzaba, solo podía imaginar.
El niño tocó un instante su bulla, el amuleto que le había puesto su madre al nacer, y con la túnica raída y las rodillas raspadas se coló como una ardilla por entre la gente y las estructuras de los andamios improvisados que habían montado por todos lados. Nunca había visto semejante multitud, no había ventana, balcón, columna o tejado que no estuviese repleto de espectadores. Trepó rápidamente a uno de los postes de un pequeño estrado que había en el vicus Iugarius y a lo lejos vio, acompañados por aplausos estruendosos, a los bailarines y los músicos; centenares de músicos con instrumentos brillantes, cinturones y coronas dorados tocando sus laúdes, flautas, cuernos y bocinas. Miró hacia el otro lado y calculó el tiempo que necesitaría para ir al vicus Tuscus, que bordeaba las pendientes del Palatino, pasar por el Velabro y el Foro Boario, y llegar al Circo Máximo antes de que lo hiciera el desfile. Podía conseguirlo. Tenía que conseguirlo.
Se soltó del poste y se encontró de nuevo entre la gente viendo el mundo desde su altura, muy abajo como para ser testigo de las maravillas de ese día. Echó a andar como un hurón con la pata herida, cojeaba de la pierna izquierda desde que había nacido, pero no dejaba de ser un buen corredor. Aunque de movimientos torpes, desaparecía y reaparecía por entre la multitud, ya haciéndose el escurridizo, ya abriéndose camino a punta de pellizcos. De vez en cuando paraba para ver por dónde iba el desfile, y si no lograba distinguir nada atravesaba la muralla de cabezas, se agarraba a la túnica de cualquiera que avanzara por la calle y estiraba el cuello para mirar.
—¡Quita, mocoso!
Y el pequeño desaparecía enseguida entre el gentío.
Roma era su mundo, conocía cada una de las piedras de las calles, desde la Suburra hasta el Campidoglio. Aulo conocía cada casa, insula, templo y estatua; conocía cada taberna y cada fuente. Conocía hasta la multitud, que era parte integrante de aquella ciudad superpoblada, donde una reciente disposición permitía que circularan carros solo de noche, para evitar que hubiera atascos en las calles. Sabía cómo dar con la multitud, cómo escabullirse en medio de ella o hacer desaparecer bolsas o comida de los puestos de los ambulantes. Sabía cómo aprovecharse de ella y también cómo evitarla cuando había que esfumarse rápidamente, pero ese día incluso el pequeño Aulo se sintió desconcertado. Nunca había visto nada semejante. Toda la ciudad se había volcado a las calles y habían llegado miles de personas de fuera, puede que decenas de miles. Había de todo: curiosos, maniobreros, bodegueros, mercaderes, pobres infelices, abogados, aristócratas, delincuentes, artesanos, ambulantes, magistrados, esclavos, parias y pordioseros; todos habían ido a aplaudir, orgullosos y emocionados, por lo que había hecho uno de ellos, un hijo de esa ciudad. Todos se sentían incluidos en esa pompa triunfal, que representaba alegóricamente el poder de Roma, que todo el mundo compartía, con armas o encadenado, inclinándose para rendirle homenaje.
Toda esa gente había ido a ver el triunfo de Cayo Julio César, heroico vencedor de las Galias.
Las bocinas se sobrepusieron al vocerío, y la gente aplaudió emocionada. Aulo se detuvo jadeando, aplastado por la multitud que se había convertido en una muralla. Habría querido llegar a las escalinatas del Circo Máximo, era desde donde mejor podía verse el triunfo. Gracias a la amplitud de la pista, el desfile se desplegaba y avanzaba de manera espectacular entre los miles de individuos que estaban embelesados en los graderíos. También habría estado bien uno de los enormes estrados situados cerca del Circo Flaminio, instalados expresamente para ver el espectáculo. Pero ya casi todo el mundo había cogido sitio hacía tiempo y, por lo que observaba, muchos habían acampado por la noche para tener un emplazamiento privilegiado.
Ahora la música sonaba cerca, y, angustiado, Aulo se dio cuenta de que no lo conseguiría. Se maldijo por no haber buscado un sitio desde el amanecer, pero para él la multitud nunca había sido un problema hasta ese momento; de hecho, se había detenido en el Campo de Marte para ver a las legiones que se preparaban al otro lado de la puerta Triumphalis antes de desfilar.
La música, las miles de personas congregadas gritando y aplaudiendo emocionadas, el estruendo. Aulo miró de un lado a otro, pero la muralla humana no le dejaba ver nada. La gente se había amontonado en la calle y lo estrujaba, impidiéndole seguir.
Pasaban los músicos que abrían el desfile. Por entre las cabezas de la gente, Aulo distinguió largos y sinuosos cuernos de búfalo, laúdes, flautas y címbalos que brillaban. No, no podía perderse el espectáculo, tenía que hacer algo, tenía que ingeniárselas, como hacía a diario. Frotó su bulla y le pidió ayuda a su madre, luego elevó los brazos hacia el cielo y se agachó, dejándose devorar por la multitud para ponerse de rodillas en el empedrado y deslizarse como un zorro por entre las piernas de la gente, hasta que vio el enlosado de la via Sacra.
Entre patadas, empujones e insultos salió de entre el gentío, estaba solo en la calle que poco después iba a recorrer el gran Cayo Julio César con su carruaje. Se levantó y recibió un tremendo golpe en la espalda y un empujón que lo tumbó al suelo, entre las piernas de la gente, que empezó a insultarlo.
—La calle tiene que estar despejada —le gritó un energúmeno armado con una vara, cuya tarea era mantener libre el paso para el desfile.
Con una mueca de dolor, Aulo se llevó la mano sucia el hombro. Sentado en el suelo, asustado y dolorido, se dio cuenta, sin embargo, de que había conquistado un sitio en primera fila, delante de todos, y de ahí no se movería por nada del mundo, ni aunque no pararan de insultarlo ni de pegarle. Le lanzó una mirada feroz al hombre que tenía la vara, como un gatito que quiere desafiar a un león, y luego se levantó y miró con el mismo gesto a los que tenía más cerca, para que comprendieran que iba a seguir en ese sitio a cualquier precio; ni un solo paso atrás.
Fue un desafío inútil, porque la multitud ya no lo miraba. Todo el mundo gritaba y aplaudía hacia la calle, de modo que él también se volvió y abrió la boca ante los gigantes que se materializaban a contraluz ante él.
—Io triumphe! —rugieron los soldados que marchaban, sobresaltándolo.
En el Campo de Marte los había visto a lo lejos, pero ahora estaban a dos pasos de él y daban realmente miedo. Eran enormes, tan robustos que parecía que la calle temblaba a su paso, o a lo mejor no es que lo pareciera, sino que temblaba de verdad.
Uno de ellos abría la calle a los demás agitando orgulloso una rama de laurel. No tenía armas, a diferencia de los que iban detrás de él, la única prenda militar que llevaba sobre la túnica era el cingulum, el cinturón, que tintineaba a su paso por en medio de la multitud exaltada.
Llevaban en la cabeza, en lugar del yelmo, la corona de laurel de la victoria. El laurel era una planta sagrada, la única en la que nunca caían rayos. Era un legado de los viejos tiempos, cuando el triunfo era un ritual que permitía al miles, al final de la temporada de la guerra, volver orgulloso a Roma y purificarse de la sangre derramada. Con ese desfile de regreso a Roma, del Campo de Marte al templo de Júpiter Capitolino, pasaban del estado militar al civil y el triunfador devolvía a Júpiter las armas y su mando sobre las legiones, que dentro del pomerium, el límite sagrado de la ciudad, no se podían llevar.
Los soldados portaban orgullosos sobre los hombros los fercula cargados del botín de guerra de los vencidos. Había de todo: armas repletas de piedras preciosas, escudos, yelmos cubiertos de oro y jarrones rebosantes de monedas, tal cantidad de monedas que Aulo pensó que habría millones entre las de oro y plata. Eran las increíbles riquezas que la guerra había producido y que, al final de la ceremonia, pasarían al erario del Estado o se distribuirían entre templos y edificios para que toda la ciudad disfrutase de ellas.
La multitud estaba orgullosa del general triunfador y de sus soldados, que cargaban ese oro sobre los hombros como si tal cosa, igual que todas las batallas en las que habían participado y que se reflejaban en las cicatrices que traían en piernas, brazos y en muchos, muchísimos rostros. A pesar de sus túnicas limpias y las coronas de laurel, las miradas de aquellos soldados revelaban toda su ferocidad, lo que exaltaba a los espectadores, pues se sentían parte de aquella fuerza.
—¡Gente, encerrad a las mujeres! —gritó uno de los soldados que tenía el rostro atravesado por una horrible cicatriz—. ¡Llevamos a un adúltero calvo! —dijo haciendo que la multitud estallara en una carcajada—. Se ha fundido en mujeres en la Galia el oro que le prestó Roma.
Eran los famosos cármenes triunfales de los cuales el pequeño Aulo había oído hablar. Cantos improvisados de los soldados, hechos de frases de alabanza y burla, que servían para moderar la exaltación del éxito y la soberbia del triunfador, y además evitaban que los dioses sintiesen envidia de un mortal demasiado glorificado y descargasen su ira contra él.
Las carcajadas dieron paso al estupor y la multitud enloqueció cuando vio los elefantes, decenas de elefantes que avanzaban con su paso lento hacia la via Sacra. No tenían mucho que ver con la Galia, pero eran grandiosos, y para ese triunfo se precisaban cosas grandiosas. César debía a toda costa superar en belleza y majestuosidad el triunfo que Pompeyo había celebrado en esas calles justo quince años antes, el más fastuoso de la historia de Roma hasta ese momento.
Un carro enorme tirado por ocho caballos apareció detrás de los paquidermos, llevaba pedazos de naves enemigas. Era el primero de una larga fila de carros tirados por caballos enguirnaldados, llenos de objetos lujosos que irían a adornar los monumentos públicos de la ciudad y a dar eterna gloria al triunfador y a todo el pueblo de Roma.
Era un derroche de colores, de telas, de vasijas y gemas preciosas, de joyas de bronce, plata y oro. Una procesión de objetos tan valiosos que deslumbraba y seducía al público: una vez más, Roma había sometido a pueblos lejanos y se apropiaba de lo mejor que estos podían crear.
Los triunfos y las victorias en Italia, Grecia, África y en todos los territorios que tocaban el Mare nostrum habían llevado a la ciudad las maravillas del arte de cada pueblo, y el austero estilo de vida romano, que siempre había distinguido a la urbe, ya no existía. La Roma del pasado, llena de armas bárbaras y de despojos ensangrentados, no era más que un recuerdo. Desde hacía tiempo, las preciosas esculturas griegas flanqueaban calles y portales, las costumbres y el lujo de Asia, África y la Magna Grecia habían penetrado en la antigua y rígida mentalidad romana, hasta el punto de suplantarla y de convertirse en modas. Roma había sido conquistada por aquellos a los que había conquistado.
—César ha sometido a las Galias —gritó un soldado desde lo alto de un majestuoso caballo mientras agitaba hacia el gentío su manojo de laurel como si fuese una espada—. Nicomedes sometió a César —continuó, aludiendo a una presunta relación que tuvo César con el rey de Bitinia cuando era joven. El soldado alargó su manojo de laurel hacia una joven que lo miraba riendo—. ¡Bueno, ahora triunfa César, que sometió a las Galias, mientras que no triunfa Nicomedes, y eso que doblegó a César! —añadió entre carcajadas y aplausos.
Lo seguía una cohorte de gigantes que arrastraban enormes máquinas de asedio. Arietes con las cabezas de bronce y máquinas de lanzamiento de todo tipo. Aulo puso los ojos como platos ante los onagros y los escorpiones de todos los tamaños que pasaban delante de él, tirados por bueyes o empujados por la enorme fuerza de los propios soldados.
—Mirad, Quirites —gritó un legionario del desfile que, junto con otros, sujetaba unos paneles de madera pintados—. ¡Mirad qué hemos hecho en la Galia!—. Los soldados que lo acompañaban mostraban tablas de madera en las que figuraban las distintas fases de las guerras de las Galias. Había paisajes y pequeñas ciudades con muchas casas tomadas al asalto por los legionarios romanos con máquinas bélicas y gigantescas torres de asedio. En una de las tablas, César, en primer plano, observaba una ciudad en llamas mientras filas enteras de enemigos eran exterminadas. En otra, desde unas murallas enormes, se derribaban máquinas y un ejército penetraba en la ciudad entre enemigos que, ya incapaces de resistir, alzaban las manos en gesto suplicante. En la tabla siguiente, César señalaba a los navíos un mar desconocido que conduce hacia la isla de Britania, y en la última había legiones atravesando un puente situado encima de un río gigantesco.
Unos flautistas iban con bailarines y bailarinas agrupados artísticamente en escenografías exóticas. Entre ellos había auténticos acróbatas, que suscitaron más de un aplauso con sus evoluciones. Pero Aulo se quedó pasmado cuando a continuación apareció un carro imponente, que llevaba una enorme tabla con un marco de tela dorada. Estaba dividida en recuadros de marfil, en los que figuraban una serie de escenas de batalla, donde al final los enemigos huían y muchos eran sometidos a esclavitud. El público enloqueció cuando vio que en el carro, a manera de escultura viva, un tribuno romano llevaba de una cadena a dos bárbaros arrodillados y con la cabeza gacha. Y la locura se tornó estruendo ensordecedor cuando llegaron los vencidos encadenados, los primeros feroces bárbaros que el público veía ese día glorioso. En esa guerra hubo un millón de muertos y un millón de esclavos. La Galia de Breno, que se atrevió a atacar y saquear Roma tres siglos antes, por fin había sido aniquilada y ya nunca se recuperaría. Hicieron falta trescientos años, pero al final Roma consiguió derrotar al enemigo que durante tanto tiempo no había dejado dormir a sus ciudadanos.
—¡Yo triunfo! —gritó altivo el tribuno, animando a la multitud, y un estallido de aplausos, gritos de alegría y exaltación e insultos le hizo eco mientras el carro proseguía su camino, mostrando a los galos caídos en la miseria desde las más altas cimas del orgullo.
El pueblo romano estaba a salvo. El espectro de los sanguinarios bárbaros que llevaban toda la vida amenazando las fronteras del norte había sido aniquilado, y los dioses iban a ser gratificados dignamente: lo anunciaba el mugido de un toro sagrado, ricamente adornado con bandas, guirnaldas y condecoraciones en la frente y en los cuernos dorados. Era el primero de una larga serie de animales destinados al sacrificio, a los que acompañaban en la pompa triunfal los sacerdotes y los criados ayudantes, que portaban el cuchillo, el martillo o el hacha, y el agua para la aspersión ritual.
El paso de los animales sagrados permitió recuperar el aliento al público, que durante un momento dejó de gritar, pero desde su posición Aulo podía oír que llegaba algo asombroso, porque notaba que el tono de los gritos de la multitud volvía a ser el eufórico de siempre.
Comprendió qué estaba ocurriendo cuando músicos y bailarines desfilaron con sus flautas para anunciar los trofeos de guerra. Sobre carros y sillas de mano, pasaron las armas de los vencidos. Un montón de yelmos, corazas, espadas, armaduras, hachas y lanzas desfiló por en medio de una multitud extasiada. Había escudos de todas las formas y de todos los colores, que luego se colgarían en los templos de Roma junto con los de todos los otros vencidos que ya los adornaban. En algunos carros estaban los presos encadenados con sus lorigas, como si hubiesen sido llevados a Roma directamente del campo de batalla. Pasaron decenas de carros con panoplias clavadas en palos, que después del desfile decorarían toda la ciudad.
Y luego llegó un soldado lleno de condecoraciones a la grupa de un caballo negro con los arreos plateados. También este era un trofeo de guerra, y debía de ser el caballo de un enemigo muy importante, quizá el más importante, pues precedía el desfile que iba a empezar dentro de poco, el de los prisioneros ilustres.
Al pequeño Aulo se le puso la piel de gallina. Detrás del caballo desfilaron cuatro hombres, que llevaban sobre un ferculum una armadura dorada de singular belleza, introducida en un palo en cuya punta había un yelmo con una cresta metálica repleta de piedras.
—¡La armadura del rey de los galos! —gritó uno del público señalando la panoplia.
—¡Vercingétorix! —dijo otro antes de que la multitud rompiese a gritar de nuevo.
Siguieron tres tablas pintadas en las que figuraba el comandante de la revuelta de los galos luchando, derrotado en una ciudad asediada y, por último, rindiéndose. Después de las tablas, a cierta distancia, llegaba un soldado, un centurión con el pecho cubierto de phalerae, armillae y torques, condecoraciones militares colgadas de cintas de cuero sujetas a fíbulas.
Aulo se irguió, con la mirada preñada de emociones, los ojos muy abiertos observando al centurión avanzar con paso firme y en la cabeza la corona de laurel. Sujetaba una cadena que tenía atadas las muñecas de un hombre, que lo seguía con paso inseguro.
—¡Que muera!
El preso era muy alto, le sacaba más de un palmo al soldado que lo llevaba con la cadena, y su mirada aterrorizaba. Tenía una buena cabellera, desgreñada, y barba larga. Iba descalzo y, debajo de una capa, vestía pantalones galos y una túnica oscura sujeta con un cinturón con tachuelas doradas.
—¡A muerte el bastardo!
Estaba cubierto de todo lo que la gente conseguía tirarle y avanzaba a duras penas, cegado por el sol y por cuanto le estaba ocurriendo. Se paró, por algo que la gente le había arrojado a la cara. El centurión notó que la cadena se tensaba, entonces se detuvo y, volviéndose, lo miró.
—¡Mátalo, centurión!
El preso se frotó el rostro con el antebrazo, mientras la gente que había amontonada en la calle le lanzaba de todo. Un puñado de estiércol le cayó incluso al soldado, que fulminó a la multitud con la mirada, luego se volvió y siguió andando, tapando con su sombra al pequeño Aulo, que lo observaba. Los ojos de los dos se cruzaron, durante un instante que al niño le pareció una eternidad, el estruendo de la muchedumbre continuó y el soldado siguió avanzando, dejando a Aulo boquiabierto.
—¡Paso, gente, paso a los temibles galos! —dijo con énfasis un histrión, llamando la atención del chiquillo. Estaba disfrazado de sátiro y daba saltos alrededor de unos jóvenes encadenados entre las risas de la gente. Eran los primeros de la larga fila de prisioneros, el punto culminante de la pompa triunfal, donde entre el derroche, la gloria y la fuerza de los soldados se representaba la desventura de los vencidos. Los grandes guerreros que se habían arrojado desnudos y arrogantes contra las legiones romanas, aquellos que habían hecho temblar a Roma, avanzaban ahora tristes, encadenados, con la espalda encorvada y la mirada ausente, mientras la gente se mofaba de ellos, animada por los gestos teatrales y vehementes del sátiro.
La mirada de Aulo perdió vivacidad. Giró de nuevo la cabeza y vio a lo lejos cómo la silueta del rey de los galos avanzaba despacio y desaparecía entre la multitud encadenada del desfile que dirigía el sátiro: hombres, mujeres y niños llorando, todos robustos y sanos, a pie o en carretas tiradas por bueyes. Ni un solo viejo, ni un solo tullido, ni un solo enfermo. Los enemigos a los que Roma había derrotado estaban sanos, fuertes y encadenados. De todos modos, aunque era una representación de lo mejor que había por aspecto físico, el desfile de los presos estaba perfectamente estudiado para llegar a los diferentes niveles emocionales de la multitud. Con los prisioneros se tocaban los extremos, tanto la alegría como la tristeza de la condición humana.
Era una advertencia a los enemigos, pero también enseñaba a los romanos que todos podían hundirse, del rey al último de sus hijos. En ese momento, muchos ciudadanos se ponían en el lugar de los padres de los niños que pasaban encadenados, y bastantes de ellos dejaban de gritar y de regocijarse, porque sentían sincera compasión por los cambios del destino que los dioses decretan a los hombres.
Después de los presos pasaron los rehenes, hijos y parientes de los pueblos con los que se había entablado un tratado de colaboración y de alianza o, mejor dicho, de no beligerancia. Desfilaban bien vestidos, porque eran, a todos los efectos, huéspedes del Estado y se los trataba con todos los honores del caso, pero veían delante de ellos, encadenados, lo que podría haber sido su futuro si no hubiesen respetado los acuerdos.
De nuevo sonaron trompetas anunciando a los senadores, que desfilaban con sus togas bordadas de púrpura, y luego llegó el momento cumbre de toda la pompa triunfal. La multitud empezó a cantar himnos al triunfador, porque por fin, después de tantas horas de espera y tantas emociones, era su momento.
Los lictores aparecieron acompañados de las notas de los músicos, que no se oyeron por el estruendo de un aplauso infinito. Avanzaban a paso marcial, lento, solemne, mirando al frente bajo una lluvia de flores. También ellos eran musculosos, también mostraban las huellas de una larga carrera bajo las armas que los había movido a ese cometido tan prestigioso. Simbolizaban la protección del magistrado supremo que iba detrás de ellos y llevaban la capa roja de guerra. Empuñaban haces de varas de abedul sujetas con cuerdas de cuero rojo entre los cuales, por una excepción permitida durante el triunfo, había un hacha. Para ese momento, también los haces de lictorios, símbolo de soberanía y unión, de poder sobre la vida y la muerte de los romanos, estaban cubiertos de hojas de laurel.
Cuando sonaron pasos de caballos en el empedrado, se redoblaron los aplausos, que se convirtieron en ovación de estupor no bien aparecieron los cuatro corceles blancos con las patas doradas que tiraban del carruaje del triunfador. También ellos envueltos en hojas de laurel, avanzaban majestuosos, con todos los arreos brillantes, entre la multitud que la escolta mantenía a la distancia debida del triumphator, creando un vacío alrededor de él. Para el pequeño Aulo, aquellos soldados eran aún más imponentes que los que había visto pasar antes.
Entre estos apareció, semejante a una torre, el carro enguirnaldado del triunfador, en todo su esplendor. Estaba completamente decorado en relieve con representaciones de trofeos y divinidades de oro, marfil y piedras preciosas. Delante tenía una Victoria alada que llevaba una hoja de palmera y una corona de laurel, y encima la imagen viva de Júpiter Vencedor: Cayo Julio César.
Los ojos y la mente de Aulo estaban deslumbrados por tanta magnificencia. El triunfador tenía el rostro pintado con carmín rojo, el color de la victoria que evocaba la sangre de los enemigos muertos. Nadie podía entrar en la ciudad con el rostro pintado de rojo, salvo quien hubiese obtenido una victoria en una campaña bélica contra extranjeros y hubiese devuelto incólume el ejército a la patria.
Sus ojos, engastados en el carmín como dos diamantes, arrojaban miradas al gentío como si fueran luminiscentes. Iba de pie en el carro y vestía la vestis triumphalis, una túnica bordada de oro con dibujos de hojas de palmera y toga picta de púrpura entretejida de oro. Era como si los rayos del sol bailaran alrededor de todos esos oros y colores púrpuras, brindando a César un aspecto divino.
En la mano derecha sostenía una rama de laurel y en la izquierda el cetro de marfil decorado en la punta con un águila con las alas desplegadas. Detrás de él, un esclavo, por concesión del Senado, sostenía sobre su cabeza una corona de oro, adornada con gemas que imitaban las hojas del laurel, y le susurraba sin parar algo al oído. No se podía oír lo que le decía desde esa distancia, pero todo el mundo, incluido Aulo, sabía qué le repetía el esclavo al divino César: «Recuerda que vas a morir, recuerda que eres un hombre».
Aulo trató de concentrarse en el movimiento de los labios del esclavo para ver si conseguía percibir las otras palabras de la cantinela: «Mira atrás y recuerda que solo eres un hombre».
En ese preciso instante, uno de los ejes de la poderosa cuadriga se venció hacia la izquierda. El triunfador y el esclavo se asieron al carro, y poco faltó para que ambos acabaran en el suelo, en medio del estupor de la multitud. El chico pudo ver que el vencedor de la Galias rápidamente se hizo con el control de la situación, pero durante un instante interminable notó el pánico en su rostro.
La escolta intervino enseguida y levantó a pulso el carro, entre aplausos y ovaciones. Antes de que los soldados le tapasen la vista mientras arreglaban el eje, Aulo pudo distinguir unos amuletos que colgaban debajo del carro. Eran una campanilla y un falo de bronce que espantaban las desgracias, y que, a todas luces, no habían cumplido su cometido.
Resultaba difícil contener a la multitud porque presionaba desde atrás para ver lo que había ocurrido. Al pequeño Aulo lo empujaron hacia los soldados de la escolta, que, sin demasiadas formalidades, devolvieron a los curiosos a su sitio. Habían alejado a los feroces galos, así que para ellos era un juego repeler al público de Roma, y, aunque no tenían armas ni escudos, pegaban duro, de manera que el chiquillo trató de escabullirse para no estar de nuevo en la trifulca. Lo hizo, procurando que hubiera la mayor cantidad de gente posible entre él y la primera cohorte de cualquier legión desconocida, y se fue gateando entre decenas de piernas hasta que encontró el camino despejado.
La parada del carro había creado un vacío en el desfile, los lictores se quedaron esperando, y se apartaron de los senadores que siguieron andando. El pequeño Aulo se levantó y miró a los soldados que rodeaban el carro, luego se fijó en la calle despejada que tenía delante, con muchos grupos de gente. La calle del triunfo. Si iba por ahí, podía llegar rápido a las escaleras Gemonías y presenciar la ceremonia de César subiendo al templo de Júpiter. Aulo miró el carro y luego la calle despejada: sí, podía conseguirlo, mejor dicho, debía conseguirlo.
Un salto y el hurón avanzó rápido por el pasillo libre. Ya no andaba, sino que corría y muy pronto pasó por delante de los pasmados senadores que estaban en la entrada del Foro, abrió la boca asustado delante de los elefantes a los que entrenaban a cada lado de la calle, y luego de nuevo echó a correr hasta que pasó por donde estaban los presos y se burló del sátiro. Respiró hondo solo cuando, cerca de la columna de Menio, vio la espalda del rey de los galos que avanzaba despacio entre insultos.
—¡Te he pillado!
Un apretón doloroso estremeció al chiquillo. Uno de los esclavos públicos encargados de la limpieza de la calle lo había alcanzado y lo sujetaba con tanta fuerza que parecía que quisiese arrancarle el brazo. El pequeño se retorcía, mordía, daba patadas y gritaba mientras el otro lo arrastraba como una tela agitada por el viento.
—¡Suéltame! —gritó tratando inútilmente de librarse de esas manos de hierro.
—¡Voy a darte ahora una buena lección, no vas a poder caminar durante un tiempo, mocoso!
—¡Oye, tú!
El esclavo se volvió hacia el que lo había llamado.
—Suelta a ese niño.
Era preferible no discutir con el centurión repleto de condecoraciones que llevaba a Vercingétorix encadenado. El esclavo soltó al chico, y un instante después Aulo ya había desaparecido.
II
Cinco años antes
Roma, verano del 51 a. C.
Publio Sextio Báculo se sentó en la cama y miró el techo antes de ponerse a gritar.
—¡Que se calle!
—Es solo un niño, el temporal lo ha despertado.
—Sigue llorando, maldición.
—¿No vas a dejar de chillar?
Publio se levantó de golpe, tirando el taburete.
—¡Estoy harto! —gritó.
—¡Y nosotros de ti, centurión!
Con un gruñido, Publio estiró la mano y cogió su capa de lana. Un nuevo trueno remeció la insula y el niño que estaba en la planta de arriba se puso a llorar de nuevo como si lo estuviesen descuartizando.
—¡Idos todos a la mierda!
El portazo más los gritos del vecino de la planta de abajo hicieron llorar más al niño.
—¡Después de ti!
—¡Sal a decírmelo, Hércules! —gritó Publio pegando un puñetazo contra la puerta del vecino—. Abre esta puerta si te atreves, cabrón.
—Regresa a la Galia, centurión —le gritó el otro—, ve para que te maten dignamente tus galos, así, a lo mejor, nos ahorras el asco de encontrarte ahogado en tu propio vómito al pie de las escaleras cualquier noche de estas.
Publio pegó un violento puñetazo contra las tablas y se dobló rabioso, agarrándose la mano por el dolor.
—¡No eres más que un borracho!
El hombre lanzó otra patada furiosa contra la puerta y enseguida bajó las escaleras oscuras, sin dejar de imprecar. Sus pasos resonaron en el patio hasta el pequeño porche, de donde salió directamente a la calle, bajo la fuerte lluvia.
—La Galia —renegó mientras las gotas le mojaban la cabeza. Sorbió por la nariz y apretó la mano dolorida, levantó la cabeza hacia el cielo negro, hacia las plantas altas de la insula de la que acababa de bajar—. ¿Qué sabréis vosotros de la Galia? —gritó con el rostro empapado de agua.
Publio se tapó con la capucha y fue por el callejón, que se había convertido en un riachuelo. Agachó la cabeza, dobló a la izquierda y recorrió un largo trecho bajo el diluvio, antes de llegar a un pórtico y enseguida a una taberna. Entró chorreando agua y buscó un sitio donde sentarse, pero todas las mesas parecían ocupadas.
—Tenemos pescado, pollo, jamón y pan.
Publio se volvió hacia el que había hablado. Era el caupo, el tabernero, un tipo corpulento y calvo que normalmente se encontraba fuera haciendo pasar a los clientes, pero esa noche llovía demasiado y estaba atendiendo las mesas.
—Por un as te doy vino; por dos ases, un vino mejor; por cuatro ases, falerno.
—Entonces, dos ases, pero del malo —respondió Publio quitándose la capucha.
El tabernero aguzó la mirada.
—Un momento... ¿Eres el buscapleitos de anoche?
—Solo quiero beber, nada de líos, te lo prometo.
El tabernero lo miró fijamente, sí, era el de la noche anterior, dos cicatrices en la mejilla derecha, y le faltaban tres dedos de la mano derecha: índice, corazón y anular.
—Abre esa capa.
Publio abrió la prenda chorreante de agua. Debajo vestía una gruesa túnica.
—¡No quiero ver cuchillos como anoche!
—Nada de cuchillos.
—Ponte ahí —le mandó el tabernero, dudando aún entre sentarlo o echarlo del local.
Publio Sextio fue al rincón de una mesa repleta de gente, se acercó un banco, se sentó y observó la imagen de Roma congregada en esa taberna atestada de humo, donde el olor de la comida cocida se mezclaba con el de la humanidad. Ahí se encontraba todo cuanto podía verse de noche, incluidos los que ocupaban la mesa del fondo, tres caras desfiguradas que no paraban de reír mientras bebían vino sin parar. Debían de ser como él, soldados en activo o quizá licenciados. Hablaban muy animados y piropeaban a la chica que llevaba la comida a las mesas. Era joven, bonita, tal vez la hija del caupo, o tal vez, simplemente, una esclava. Rubia, pequeña, de caderas anchas y ojos que brillaban a la luz de las lucernas. Publio había reparado en ella una noche de la semana anterior, antes de que el vino le hubiera hecho efecto. Luego la vista se le nubló, la lengua se le trabó, los sentidos se le adormecieron. No recordaba mucho, solo una discusión, una pelea, empujones, una mesa que se volcaba, y después, ya nada, se despertó dolorido en medio de un callejón con la cabeza a punto de estallarle.
—Aquí tienes tu vino.
Dos ases fueron a parar a la mano del tabernero.
—¿Quieres algo más?
Publio meneó la cabeza, se soltó la capa y se llenó la taza, mientras los tres soldados rompían a reír estruendosamente. Tras el primer trago, el vino le estimuló el alma antes de llegarle al estómago; tras el segundo, dejó de sentir frío; tras el tercero, el griterío del local pareció atenuarse al igual que el dolor de la mano lisiada. Observaba, bien a la gente de alrededor, bien los reflejos violáceos del vino sin hablar con nadie. Publio estaba entre la gente y estaba solo.
—Más vino, caupo.
—Me llamo Vesbino.
Báculo asintió.
—Pues... más vino, caupo Vesbino.
—¿Tienes dinero?
—Sí, aquí está, dos ases más del malo, total, ahora parece mejor.
El tabernero apretó los labios.
—Me parece demasiado vino para una sola persona, después de todo lo que ya has bebido.
—Te he prometido portarme bien —masculló Báculo antes de mirar de un lado a otro—, y me gustaría estar un rato con la chica rubia, y llevarme el vino.
Vesbino elevó los ojos hacia el altillo de madera que había en el local; la cortina estaba cerrada.
—Ahora está ocupada, tendrás que esperar, pero, de todas formas, tienes que pagar por adelantado el vino y el servicio, son cuatro ases.
—De acuerdo.
—Te voy trayendo el vino.
Publio Sextio miró alrededor. Faltaba uno de los tres soldados, y también faltaba la esclava pequeña. Le llegó la jarra, llenó la taza y miró de nuevo el vino, cuando de pronto oyó una sonora carcajada. Levantó la cabeza y vio al soldado que se había ausentado bajar las escaleras de madera del altillo con la chica. Sus dos amigos lo recibieron con un estruendoso brindis, y le tocó el turno al segundo.
—Caupo!
El tabernero apareció poco después de entre el gentío.
—¡Te he dicho que mi nombre es Vesbino!
—De acuerdo, de acuerdo, caupo —repitió Publio con la lengua pastosa—. La chica ahora está libre.
Vesbino miró el altillo y luego la mesa donde se habían quedado los dos soldados bebiendo.
—Creo que todavía le queda un rato, para mí que los tres se lo quieren pasar bien con Remilla.
—Remilla...
—Sí, ha sido una buena compra. Es de la Galia y muy rentable, a los clientes los vuelve locos su pelo. Cayo Julio César ha llenado Roma de esclavos baratos y mis negocios ahora van mucho mejor.
Publio Sextio asintió, un trueno resonó en la taberna.
—Claro.
—Volveré cuando la habitación quede libre, y si eres capaz de ponerte de pie, podrás subir con Remilla.
Publio siguió bebiendo hasta perder la noción del tiempo.
—He estado ante decenas de bárbaros —dijo con la cabeza dándole vueltas—. Conseguiré mantenerme en pie delante de una puta. Soy Publio Sextio Báculo, primipilo, el primero de los centuriones.
Un hombre que estaba cerca lo miró y le sonrió meneando la cabeza. Publio hablaba en voz alta sin darse cuenta.
—Oye, ¿qué miras? —le preguntó Publio lanzándole una mirada amenazadora—. Anda, acércate y dime qué miras.
—Hola.
Publio se volvió hacia el otro lado, Remilla estaba ahí.
—Vesbino me ha dicho que quieres pasar un rato conmigo.
El hombre le sonrió.
—Lo que te ha dicho Vesbino es cierto..., Remilla.
—Pues hemos de subir, la habitación está arriba.
Publio se apoyó con los nudillos en la mesa, tiró la jarra y el banco, forzando a los que estaban cerca a apartarse, entre las carcajadas de los tres soldados.
—¿De qué os reís?
—Vamos —intervino Remilla agarrándolo del brazo—. Ven conmigo.
—Esos se están riendo de mí.
—No es verdad, esos llevan toda la noche riéndose y están medio borrachos.
—Medio borrachos.
—Sí, mientras que tú estás completamente borracho —intervino Vesbino—, ¿no sería mejor que te fueras a tu casa?
—Oye, he esperado a Remilla toda la noche, ahora me toca a mí.
El tabernero y la chica lo vieron tambalearse.
—¿Puedes subir la escalera?
—Yo puedo hacerlo todo.
—Déjamelo a mí, Vesbino —dijo la chica con su acento galo.
—Ten cuidado, que este se duerme o vomita.
—Déjala a ella, caupo. —Publio le agarró el culo mientras subía la escalera bamboleándose.
—¿Cómo te llamas? —preguntó la chica mientras corría la cortina del pequeño altillo iluminado por un mortecina lucerna.
—Sextio Báculo.
—Báculo...
—Sí, Báculo, como bastón —dijo él destapándole el pecho con ojos brillantes.
—Oye, despacio.
Sin muchos miramientos, Publio Sextio hundió el rostro en el pecho de la mujer, haciéndola estremecer.
—Despacio, tienes la barba áspera, pinchas.
El hombre la estrechó con fuerza, ella le acarició la cabeza y echó la suya hacia atrás para que le besara el cuello y a la vez apartar lo más posible su rostro del de Publio, que apestaba a vino. Se puso aún más tensa cuando vio que la mano tullida y sudada subía hacia el otro pecho, y fingió jadear mirando al techo.
—Desnúdate, te deseo —le susurró al oído para acabar lo antes posible ese encuentro—. Desnúdate, Báculo, y tómame —dijo volviéndose y frotando sus nalgas contra el bajo vientre de él, que se agarró a sus caderas con ímpetu tras subirle la ropa a la espalda. La mujer sintió de nuevo que la barba áspera le restregaba la piel de las caderas, la lengua húmeda en la espalda, su respiración cada vez más fuerte mientras sus manos la exploraban ávidamente por todas partes.
—Tómame así.
Sintió el cuerpo de Sextio encima de ella moviéndose rítmicamente mientras la seguía besando y tocando con ardor, con excesivo ardor.
—Sí, me gusta, Báculo, quítate la túnica —siguió ella fingiendo placer, al tiempo que con las manos trataba de levantar la túnica de Publio. Notó el contacto con las piernas musculosas del hombre, que temblaban. Era una buena señal, no iba a aguantar mucho—. Desnúdate, Báculo.
Publio jadeó y siguió presionando frenéticamente su pelvis contra esas nalgas voluptuosas. La muchacha notaba la fuerza de los brazos del hombre, notaba el vientre liso y musculoso apoyado en ella, notaba el poderío de esos muslos, pero no la virilidad del hombre. Su cliente jadeaba, se movía, pero, más que buscar placer, se buscaba a sí mismo en esos movimientos.
—¡Desnúdate!
Publio no paró, siguió con insistencia, pero no conseguía que se le levantara nada. Hasta que por fin desistió y, jadeante, apoyó la cabeza en la espalda de la chica.
Remilla se volvió y lo miró con una sonrisa tranquilizadora.
—Has bebido demasiado mientras me esperabas, Báculo, ven, tumbémonos ahí —dijo con una sonrisa empujándolo hacia la sucia cama que ocupaba casi todo el espacio.
Publio Sextio se dejó caer y cruzó los brazos sobre el rostro mientras la joven le quitaba la túnica.
—Pero... ¿qué has hecho? —preguntó mirando los antebrazos repletos de cicatrices.
—Nada.
La luz trémula de la lucerna mostró heridas también en las piernas y en el tórax, que formaban un retículo de cicatrices cauterizadas con hierros candentes.
—Dioses del Olimpo, ¿qué..., qué te ha pasado?
—¡He dicho que nada!
La chica le acarició el pecho y luego el hombro, mirándolo con sincera compasión, pero parecía que su tacto molestaba al hombre.
—¿Eres gladiador?
—No.
—¿Eres soldado?
—No he venido aquí a hablar.
Remilla asintió y siguió con las manos ya sin fingir, y luego, como el hombre no se excitaba, lo intentó con los labios, hasta que él la detuvo.
—Basta.
La chica elevó la mirada, Publio la apartó y se sentó en la cama con la cabeza gacha, entonces cogió su túnica y se la puso rápidamente. Sin decir palabra, se levantó, embotado por el vino que llevaba en el cuerpo, descorrió la cortina y oyó las carcajadas de la gente de abajo. Se sintió mareado y se agarró a la barandilla de las escaleras, que empezó a bajar escalón por escalón, como si estuviese en un barco a merced de las olas. Consiguió resistir la borrasca de su interior hasta la mitad de esa ruta, después no pudo más, resbaló y llegó hasta abajo dando volteretas entre las carcajadas de todos. Se levantó tambaleándose. Se llevó una mano a la sien y la vio llena de sangre.
—¡Repite eso! —gritó uno de los tres soldados, descoyuntándose de risa.
Publio Sextio lo miró fijamente.
—¡Ánimo, tírate de nuevo por las escaleras!
—¿Quieres ver sangre? —masculló Báculo mostrándole la mano bermeja.
—¡Sí! ¡Sí, más!
Publio sorbió por la nariz y refunfuñando se abrió paso entre la gente, como si ya no notase el efecto del vino. Un empujón a la derecha y un codazo a la izquierda y ya estaba plantado delante de los tres, que se levantaron mirándolo torvamente. Un rugido y Publio volcó sobre ellos la mesa con todo lo que había encima, agarró raudo una banqueta y se la estampó en la cara al que tenía más cerca antes de empujar al segundo y arrojar una jarra contra la cabeza del tercero. Uno de los clientes se le echó encima y se ganó un codazo en la nariz y acabó en el suelo. Siguió una gresca entre platos rotos y duros trompazos, que solo paró cuando Publio Sextio vio que ya no había nadie de pie delante de él.
—¿Te has visto la cara, Sextio Báculo?
Publio sostuvo la mirada del joven cuestor, envuelto en su túnica blanca, que parecía iluminar toda la habitación. Se llamaba Quinto Cornelio Silio, un vástago patricio de menos de treinta años que empezaba su mandato en ese momento. Iba a permanecer en el cargo un año, y sin duda ese no era el mejor día para conocerlo. Contuvo una regurgitación y entonces respondió.
—Sí, señor.
—¿Y qué fue lo que viste?
Silencio.
—¿Te digo lo que yo veo? Tengo delante de mí una cara hinchada a punta de puñetazos en un lupanar de la Suburra. La cara de uno de los muchos parias que atestan de noche los asquerosos callejones de esta ciudad. —El magistrado meneó la cabeza, perplejo, y agitó una carta que tenía en la mano—. Y me pregunto si los ojos inyectados de sangre que tengo delante, y a los que seguramente les ha costado encontrar el camino para llegar hasta aquí esta mañana, son los del hombre mencionado en esta carta de recomendación firmada por Tito Labieno.
De nuevo, silencio y una mirada de piedra.
—El legatus Tito Labieno —continuó el cuestor—, el hombre más importante de la Galia después del procónsul Cayo Julio César, ha escrito de su puño y letra que luchaste con honor a su lado cuando estuvo al mando de la legión XII, y que eres la persona ideal para esta tarea. Leo textualmente: «Tito Labieno saluda al cuestor Quinto Cornelio Silio», etcétera, etcétera. Ah, sí, aquí está: «Publio Sextio Báculo, primipilo de la legión XII, se licenció con todos los honores tras poner en peligro su vida por salvar a todos sus compañeros. Me ha servido con gran entrega, abnegación y sentido del deber, tanto es así que ahora lo considero más un buen amigo que un subordinado. Por su prestigio y por nuestro apoyo y el de todos los otros amigos que ahora militan en la Galia, te pido, en virtud del afecto que me tienes y de la amistad que nos une, que por medio de esta carta sea bien acogido por ti con un cargo en calidad de funcionario para la administración de los bienes y materiales que estamos enviando a Roma desde las Galias. Te ruego vivamente que no decepciones sus expectativas y dejo en tus manos todos sus asuntos, tanto como si fuesen los míos», etcétera, etcétera.
El cuestor arrojó la carta a la mesa.
—«Los amigos que ahora militan en la Galia...», suena más a una amenaza que a una carta de recomendación.
Publio no profirió palabra.
—Desde mi punto de vista, Tito Labieno me deja lo que le ha sobrado de su centurión, y yo no tengo la menor intención de manchar mi cursus honorum por alguien como tú, ¿te enteras? Así que atiéndeme bien, tú estás aquí porque ya no puedes luchar, has perdido los dedos en alguna parte de la jodida Galia y ya no vales como soldado. Gracias a tu excomandante, te han mandado a Roma con una licencia honorable que te permitiría acceder a otros cargos, incluso tratar de llegar a ser pretor, y, por tal motivo, te han colocado aquí, en un puesto tranquilo de mucho prestigio que tendrás que honrar con servicial agradecimiento.
El magistrado señaló la columnata que había detrás de ellos.
—Como notarás, esto no es un mugriento campamento improvisado en los confines del mundo de donde salen las incursiones contra bárbaros semidesnudos. Este es uno de los lugares más sagrados de Roma, mejor dicho, el lugar sagrado más antiguo de Roma después del templo de Vesta y del de Júpiter, y aquí se necesita una persona competente y educada.
Publio asintió.
—Este es el templo de Saturno y dentro de estas paredes se guardan las tablas de bronce con las leyes de los Quirites, los decretos del Senado y las enseñas de los ejércitos. ¡Aquí está la esencia misma de nuestra historia y has de sentirte honrado de encontrarte aquí!
De nuevo un asenso.
—Debajo de este suelo —siguió irritado Quinto Cornelio Silio— está el aerarium: el tesoro de Roma que contiene las reservas de bronce, oro y plata de la ciudad, además de los ingresos que continúan llegando a diario de los impuestos. Aquí hay una riqueza inmensa, aún está el oro de Cartago y de las guerras púnicas, oro que se acumuló aquí después de la toma de Roma por los galos de Breno. Un compromiso público impide tocar este oro, salvo que se necesite precisamente para una guerra contra los galos, posibilidad ya muy remota, pues con la caída de Alesia y la rendición de los rebeldes, la Galia ha quedado sometida para siempre.
Publio escuchó al cuestor sin pestañear.
—La rendición de los heduos y de los arvernos y los tributos de guerra que se les reclaman nos obligarán a encontrar otros edificios para guardar el oro que llega de las Galias, y, mira por dónde, me han dado a Publio Sextio para que organice la custodia. ¿Te das cuenta? Un borracho que se pasa la noche en la Suburra.
Unos pasos resonaron en el porche. Un hombre corpulento, de mirada hosca y con una cicatriz en la ceja, apareció bajo la luz que entraba por la puerta.
—Hola, cuestor.
—Ah, hola, Esceva, te estaba esperando.
El recién llegado le echó una mirada amenazadora a Báculo antes de que Cornelio Silio hiciese las presentaciones.
—Este es el triunviro Lucio Paquio Esceva, superintendente de los tresviri capitales, los magistrados que nos permiten que conciliemos el sueño porque vigilan las calles de Roma. Además de ser el guardián del orden público, se encarga de las cárceles y de las ejecuciones capitales.
Eso explicaba el semblante del gladiador. Seguramente un plebeyo que de alguna manera había conseguido una de las magistraturas menores.
—Lucio, este es Publio Sextio Báculo, mira tú, centurión de Tito Labieno, está para echarnos una mano en la organización de los... —El cuestor cogió la carta y buscó la línea exacta—. Ah, sí, está aquí para ayudarnos con la administración de los bienes y materiales que llegan a Roma desde las Galias.
—Comprendo.
—Te he mandado llamar para un asunto relacionado con la cárcel que te atañe. Un asunto de la mayor importancia y urgencia, Esceva.
—¿De qué se trata?
—Ayer recibí este despacho en el que se me comunica que está a punto de llegar un invitado muy importante que debo confiar a tu cuidado.
Paquio Esceva cogió el despacho y lo leyó con la frente arrugada.
—Una buena jodienda, ¿y ahora dónde meto a los otros presos?
—Eso me lo tienes que decir tú, Esceva; si están esperando ejecuciones, te diría que las adelantaras.
—Sí —gruñó el otro visiblemente enojado—. Pero tengo dos hombres menos, anoche hubo una pelea en un lupanar de la Suburra y he perdido a uno de mis ayudantes, al que le dieron una cuchillada en el cuello. A otro lo hirieron en la espalda y estará inutilizado un tiempo. Si he de seguir con las rondas nocturnas, me faltan hombres.
—No se necesitan muchos guardias para vigilar el Tullianum. Tienes a ese esclavo público, ¿cómo se llama?
—¿Quién? ¿Barbato?
—Sí, Barbato.
—Barbato es un viejo atontado, no puedo dejarlo solo en el Tullianum.
—¿El carnifex?
—¿El verdugo? Nadie quiere turnarse con el verdugo, empezando por mis hombres.
—De acuerdo, de acuerdo, procuraré encontrarte a alguien; mientras, trata de dejar libre el foso. Acelera los interrogatorios y que desaparezcan. ¿Cuántos tienes metidos?
—Dos, los que pudimos coger anoche en el lupanar.
—¿Los dos esclavos que acuchillaron a tus hombres?
—Sí.
—A esos los puedes ajusticiar mañana.
De nuevo un gruñido.
—¿Algo más?
El cuestor echó otra ojeada a los documentos que tenía en el escritorio y vio de nuevo la carta de Labieno.
—Espera un momento.
—¿Qué?
Quinto Cornelio Silio releyó la carta y luego elevó la mirada hacia Publio con una sonrisa en los labios.
—A ti te faltan hombres y yo tengo aquí un centurión que necesita un cargo prestigioso.
La mirada siniestra de Esceva se cruzó con el único ojo que Publio Sextio era capaz de mantener abierto.
—¿Quién lo ha puesto así?
El cuestor miró el rostro de Publio.
—No me asombraría que haya sido uno de tus hombres.
—Ya tengo bastantes líos, cuestor.
—Solo debes dejarlo en la prisión, Publio Sextio Báculo será el responsable del nuevo huésped que estamos esperando.
Báculo carraspeó.
—No sé de qué se trata, cuestor...
—Hablaremos de ello esta noche, te lo explicaré todo con calma en el Mamertino.
—¿En el... Mamertino?
—Si, en la cárcel Tuliana, ¿sabes dónde está?
—No.
—Está aquí debajo, al lado de las escaleras Gemonías. Repararás en la puerta, estoy seguro. Quedamos ahí esta noche a la prima vigilia.
Publio Sextio asintió, se despidió de Quinto Cornelio Silio y miró a Lucio Paquio Esceva; luego salió con paso rápido del templo, con la cabeza retumbándole como un tambor por lo que había bebido y los golpes que había recibido.
Se detuvo delante de la gran escalinata que subía al Capitolio. La luz deslumbrante lo obligó a parpadear varias veces, se hizo visera con la mano para protegerse del sol y acostumbrarse a tanto resplandor. Una bandada de pájaros levantó el vuelo, dibujando una amplia curva en el cielo de Roma hacia el firmamento infinito.
Era una hermosa mañana y no veía la hora de irse a dormir.
Por el oeste se había levantado una brisa fresca que traía olor de temporal. Publio caminaba mirando los últimos rayos de sol, que teñían de naranja un cielo que se iba preñando de nubes oscuras. La representación de su vida.
Había descansado y se había aseado, pero las secuelas de la pelea eran aún visibles en su rostro. Pasó delante de los Rostra, observando a la gente que se demoraba en la plaza del Comitium, y siguió hacia el santuario de Ceres, el ombligo de la ciudad, que guardaba la legendaria fosa cavada por Rómulo, en el cruce entre el cardo y el decumano de Roma. Simbolizaba la bóveda celeste y el universo reproducido al revés en la tierra, y se consideraba el centro del mundo, hasta el punto de que los romanos la llamaban Mundus, frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
El Mamertino estaba cerca de esa frontera, al lado de la columna de Menio, donde Publio vio a un grupo discutiendo animadamente tras presenciar el azotamiento de un esclavo. Una vez en la puerta, Publio se anunció a los dos fornidos auxiliares que la vigilaban. No fueron necesarias muchas formalidades, esperaban al excenturión, así que los guardias abrieron una reja chirriante y una puerta de madera por la que salió una corriente fría que apestaba a moho, y le flanquearon el paso.
—Espera delante del pasillo —dijo uno de los guardias, señalando una galería lúgubre antes de cerrar la puerta detrás de Publio, dejándolo solo en la humosa luz de las antorchas. En las entrañas de piedra del edificio resonaron pasos y enseguida el espacio lo alumbró la luz de una lucerna, que llevaba alta un viejo de larga barba canosa que llegó por la galería.
—¿Publio Sextio Báculo?
—Sí, soy yo.
—Hola, soy Vibio Agatocles, pero todo el mundo me llama Barbato. Por favor, por aquí, bajemos a la Carcer.
Era el esclavo público, el atontado que había mencionado Esceva.
—Cuidado, el suelo está mojado, te puedes resbalar. Yo ya estoy acostumbrado, este sitio es como mi casa, llevo aquí toda la vida y he visto infinidad de personas entrar y salir. Imagínate, aquí estuvo Aristóbulo, rey de Judea.
El excenturión siguió al viejo con los ojos clavados en el suelo, sin el menor interés en atenderlo.
—Mejor dicho, rey y sumo sacerdote de Judea —subrayó el viejo esclavo cuando llegaron a un habitáculo semicircular de paredes hechas de grandes bloques de piedra—. Fue decapitado justo aquí, en ese rincón, durante el triunfo de Pompeyo Magno. Chillaba como un cerdo, te habría gustado oírlo, Báculo —siguió, señalando las piedras del suelo.
—Ya estamos, hemos llegado, todo el mundo llama a este sitio Carcer, pero la prisión en realidad es esa —dijo el esclavo señalando una abertura circular en el centro del habitáculo del ancho de un brazo, una especie de ojo negro que parecía no tener fondo.
—Ese es el famoso Tullus, el pozo, y es la puerta de la prisión. Los metemos ahí dentro, ven y te lo enseño —explicó con entusiasmo, como si mostrase su propio cuarto a un invitado importante—. Acércate —musitó con una mueca, alumbrado por la lucerna que luego introdujo en la oscuridad del agujero.
El foso olía a podrido y a rancio, y abajo se veían unas piedras grandes y el reflejo de un líquido negro.
—¿Qué hay al fondo?
—Agua —respondió Barbato—. Antes era un pozo que después se transformó, y ahora cuando llueve mucho se inunda, porque el suelo no absorbe el agua tan rápido como cae.
Publio Sextio trató de mirar mejor, pero el viejo lo retuvo con su mano nudosa.
—No te vayas a caer —musitó—, del Tullus ya no se sale, y si entras mal, corres el riesgo de partirte un hueso. A veces se fracturan las piernas al caer y entonces mueren antes de la ejecución. Si son hombres dignos entran solos, sin protestar, o permiten que los bajen, como hicieron los conjurados de Catalina.
Publio dio un paso atrás y se soltó de la mano del viejo.
—Los metimos a todos ahí. Publio Léntulo Sura seguía siendo el jefe incluso en el pozo. Pero lo hizo de manera digna, a pesar de que era un ser despreciable. Aceptó su condena en silencio y en silencio permaneció también durante la ejecución. Fue el primero que ejecutaron, imagínate, el verdugo los puso a todos en fila, a Cornelio Cetego, Estatilio, Cepario, Volturcio, Gabinio Capitone y..., y de los demás ya no me acuerdo, pero sí que recuerdo bien que los fue estrangulando de uno en uno, y que los otros estaban ahí, esperando su turno.
A Publio le molestaron las palabras del viejo, que lo seguía mirando alumbrado por la luz amarilla de la lucerna.
—Tendrías que hacer algo con ese ojo.
—El ojo está bien, no te preocupes.
En la prisión sonaron pasos que aliviaron al excenturión, y, unos segundos después, en la galería aparecieron el cuestor Silio y el triunviro Esceva.
—Hola, cuestor.
—Oh, bienvenido, Sextio Báculo. ¿Barbato te ha enseñado nuestra estupenda prisión?
—Sí.
—Digamos que Barbato es quien muestra la casa, pero el encargado del edificio es formalmente nuestro Esceva, quien, sin embargo, tiene varios cargos, como ya te dije, y viene aquí solo para inspecciones especiales y para presenciar las ejecuciones. A este lugar, en efecto, llegan solo los condenados que están a la espera de ser ejecutados. Aquí no viene nadie que esté pendiente de juicio o para que se muera de hambre, solo los que van a ser ajusticiados. La cárcel Tuliana es la antesala de la muerte, y, bien mirada, resulta casi agradable, ¿verdad?
Publio volvió a fijarse en el agujero del suelo.
—Pues bien, te preguntarás por qué te he hecho venir aquí, Báculo, y el motivo es muy simple. Estamos esperando un huésped, uno sumamente importante que llegará pronto, quizá esta misma noche. Lo alojaremos en el Tullus con todos los honores del caso, porque tengo motivos para pensar que este es y será el condenado a muerte más famoso de la historia de este lugar, y dado el problema que tiene Esceva con la falta de auxiliares y la importancia del condenado, te asigno este puesto, convencido de que cumplirás tu cometido con diligencia.
Publio tardó unos instantes en asimilar las palabras que había escuchado, luego carraspeó.
—Perdóname, cuestor, pero la carta de Labieno no habla de este puesto...
—Me imaginaba esta objeción tuya, pero en realidad tu carta no especifica la función a la que hay que destinarte, solo te recomienda para un puesto en calidad de funcionario para la administración de bienes y materiales que están llegando a Roma de las Galias. Y yo digo, ¿qué puede haber más prestigioso que vigilar al jefe de los rebeldes galos derrotados por César?
—¿El jefe de los galos?
—Sí, un tal Vercingétorix, rey de los galos. Fue derrotado y se entregó al procónsul. En este momento se halla metido en la jaula de hierro de un carro y está llegando aquí. Cuando lo haga, lo meterás en ese agujero y serás su guardián hasta que decidan acabar con él. Como de este foso es prácticamente imposible salir, no me parece un encargo difícil, ni siquiera para alguien que dedica las noches a emborracharse. Así pues, sepa todo el mundo que he encargado al centurión de Labieno una tarea de gran prestigio, de manera que este borracho ya puede coger la banqueta y colocarse donde decapitamos al rey de Judea, ¿qué sitio es ese, Barbato?
—Aquella piedra de ahí.
—Bien, puedes sentarte ahí con la banqueta y emborracharte hasta vomitar la bilis en ese agujero de mierda del centro.
—Yo te ayudaré —dijo el viejo esclavo atrayendo la mirada feroz de Publio y provocando una carcajada de Paquio Esceva.
—No tengo otra cosa que mandarte hacer, Báculo; es más, mientras no sientes cabeza no quiero encomendarte otra cosa: o aceptas el encargo o vuelves con Labieno.
No había grandes alternativas.
—Acepto.
Esta vez fue el cuestor quien se quedó perplejo.
—¿Ninguna objeción, entonces?
—Nunca he discutido una orden. Siempre me he limitado a cumplirlas.
—Perfecto, entonces, enhorabuena por tu nuevo encargo, creo que hemos terminado. Esceva, podemos irnos de aquí.
Otra mueca burlona de Esceva y los dos se encaminaron hacia la salida.
—Falta el aire, ¿verdad?
Publio miró a Barbato. No respondió, pero, en efecto, faltaba aire y ese viejo que olía a moho estaba demasiado cerca de él. Se apartó un poco y miró alrededor molesto, midiendo mentalmente ese lugar. Nueve o diez pasos de largo y siete u ocho de ancho. Un paso medía el agujero del centro que daba al foso.
—Te acostumbras —continuó el vigilante—, y, además, nosotros no somos los presos. Nosotros podemos salir y entrar cuando nos dé la gana. De todos modos, los auxiliares y los tresviri están muy cerca, al lado del Comitium, y a menudo pasan a echarnos una ojeada. Y nadie quiere entrar aquí, y puedes estar seguro de que el rey de los galos no saldrá.
Un trueno lejano resonó en las piedras del Mamertino.
—Claro, una tarea completamente inútil —murmuró Publio.
—No es una tarea inútil...
—¡Calla! —le dijo Publio preñado de rencor—. Ese cabrón me ha encargado una tarea absolutamente inútil para humillarme —rugió dando una patada a la banqueta, que se estrelló contra la pared—. Yo he luchado toda la vida, soy el primipilo de la legión XII y tengo un montón de condecoraciones militares con las que ese cabrón no puede ni soñar.
Barbato se quedó inmóvil mirando a Publio, que caminaba de un lado a otro por el habitáculo como un león enjaulado.
—¿Qué diferencia hay entre un encargo en el templo de Saturno y otro aquí?
Publio se detuvo, miró al viejo con desprecio.
—De tanto estar aquí has perdido el juicio. ¿Has mirado alrededor? Estamos en un puto agujero pestilente cavado en la roca del Capitolio.
—Es un encargo —continuó Barbato recogiendo la banqueta—. Un encargo como muchos otros que has tenido antes. Si te convertiste en primer centurión de una legión es porque nunca te preguntaste si estaban bien o mal las órdenes que te daban, si se adecuaban a tu posición —sentenció, y se sentó—. Si te convertiste en primipilo, quiere decir que esos encargos los terminaste y que los cumpliste mejor que todos los demás, y eso con el tiempo te ha convertido en el primero, el primero entre los primeros.
Publio Sextio miró amenazador el rostro del viejo esclavo.
—Viene Vercingétorix, un hombre que ha luchado contra Roma y al que le hubiera gustado destruirla —continuó Agatocles—. Quiero decir, si fuese el triunviro Esceva y tuviese que seleccionar a alguien para vigilarlo, elegiría al mejor, por el mismo motivo por el que en la guerra asignaría las empresas más arriesgadas a los más fuertes. Al margen del hecho de que el cuestor haya querido injuriarte, creo que el Destino ha querido que estés aquí, y no te oculto que me siento más seguro con Báculo a mi lado.
—Esceva no puede aspirar a otros cargos, por eso es solo triunviro de las cárceles. Y, en cuanto a Vercingétorix, en ese agujero podría estar hasta la más feroz de las bestias —dijo con sequedad Publio señalando el pozo—, porque de ahí ni con alas se puede salir —añadió pasando junto al vigilante para encaminarse hacia la galería que llevaba a la salida—. Un viejo esclavo atontado sería suficiente para vigilarlo.
III
Rix
Publio subió las estrechas escaleras, pasó delante de los dos guardias y salió, saboreando el viento que sabía a temporal. La mano herida palpitaba, seguramente no tardaría en ponerse a llover. Trató al menos de despejar la mente y de olvidarse del dolor de los puñetazos que había recibido la noche anterior.
A paso lento, se perdió por el Foro mirando distraído a la gente con la que se cruzaba. Había atardecido y las nubes se habían adueñado de todo el cielo, dejando la calle sin luz. Pasó por delante del templo de la Concordia, en cuyas gradas algunos encargados estaban avivando dos braseros. Unos esclavos provistos de palos y lucernas le dijeron con gestos que se apartara para dejar vía libre a una litera de alguien importante, quizá un senador que volvía a casa. Publio cedió el paso, y se encontró delante del Pórtico de los Dioses Consejeros, donde las estatuas de las doce divinidades parecían mirarlo tapadas por la oscuridad de la columnata.
Una gota de agua le cayó en la mejilla. Se llevó los nudillos de la mano lisiada al rostro para cerciorarse de que llovía, en el preciso instante en que un rayo iluminó la enorme estatua de Júpiter, sacándola por un momento de la oscuridad del propileo. Otra gota, y enseguida otra más. La estatua volvió a quedar oculta, pero su repentina aparición quedó grabada en las pupilas de Publio.
—No me das miedo —dijo encarando el rostro grave y severo del monumento, envuelto en una espesa barba.
Un trueno sonó en la lejanía como si fuera la respuesta iracunda del padre de los dioses. Publio miró el porticado, donde algunos individuos trataban de refugiarse del inminente temporal. Subió un escalón, otro y luego otro, hasta que llegó al vestíbulo. Otros habían buscado abrigo ahí mismo, pero, como siempre, Publio no veía a la gente que lo rodeaba y se acercó a la enorme estatua que lo observaba desde la sombra.
—Te has quedado con todo lo que tenía, ya no puedes quitarme nada más.
Un rayo iluminó el porticado, dejando a cuantos había ahí petrificados, y enseguida llegó el poderoso trueno, que pareció remecer las bóvedas de la estructura. El hijo de Saturno y Ops, Júpiter, dios de la lluvia, el trueno y el rayo, el mejor y el más grande, miró a Publio Sextio Báculo directamente a los ojos.
—¡Anda, pégame! Has hecho que me golpee todo el mundo. Me has herido en batallas innumerables veces. Me has castigado quitándome los ahorros de toda mi vida. ¿Qué tienes pensado para mí ahora?
El agua empezó a caer al otro lado del pórtico mientras la gente iba apartándose de Publio, quien, sin darse cuenta, gritaba contra Júpiter, señor del rayo, origen y principio y energía de todas las cosas.
—Sextio Báculo.
Publio se volvió y vio al esclavo público, Barbato, mirándolo empapado de agua.
—Te he buscado por todas partes. Han llegado unos jinetes al Mamertino, pronto lo hará el carro con el invitado.
—¿Cuándo es pronto?
—Pronto, puede que ya haya llegado.
Publio vio que llovía a cántaros. Miró a Júpiter.
—Muy oportuno —masculló antes de bajar las escaleras del Capitolio, que se había convertido en un torrente desbordado que iba hacia el Foro.
Pocos pasos más adelante ya estaba empapado de pies a cabeza. Anduvo sin dejar de despotricar, mientras parecía que el mismísimo cielo fuese a venírsele encima con rayos y truenos. Cuando llegó al
