La huella borrada

Antonio Fuentes

Fragmento

Estaba despierto, pero me hice el dormido sin saber por qué. Le vi salir de la habitación con su traje de hilo blanco, su sombrero y su silueta a contraluz en la puerta del cuarto. Fue lo último que vi de él, sin saber, entonces, que habría de entrar en mi vida y en mi corazón, como nadie y para siempre.

Horacio Hermoso hijo

Prólogo

13 de julio de 1936

Horacio Hermoso Araujo salió de la habitación tras darle un beso en la mejilla a su hijo de ocho años. A continuación, visitó el cuarto donde dormían su mujer y su hija. Mercedes abrió los ojos.

—¿Te marchas? —preguntó.

—Sí, lo he pensado mejor, me reuniré en persona con el gobernador —respondió Horacio.

Unos pocos días en la playa le habían otorgado un favorecedor bronceado que contrastaba con la impoluta vestimenta. También había bajado de peso, aunque no lo suficiente, pues ni de lejos había perdido los kilos acumulados desde la boda —unos diez—. Sin embargo, su nuevo peso sí le permitía abandonar los tirantes del pantalón. Si la felicidad del matrimonio engordaba, estos últimos seis meses de agotamiento físico le habían provocado un regreso al cinturón, lo que debía considerar una ventaja a meses de cumplir los treinta y seis años.

Horacio salió a la entrada del hotel Castillo de Chipiona, donde le esperaba el chófer. «Volvemos a Sevilla». Por el camino, compartió impresiones con el conductor. En Madrid le quitaban credibilidad a los rumores que pronosticaban que algunos militares descontentos con el Gobierno de la Segunda República asaltarían el poder. En los periódicos y en los bares no se hablaba de otra cosa tras la muerte de un diputado monárquico en venganza por el asesinato de un guardia republicano. Esta vez sí, los rumores tronaban.

Horacio permanecía tranquilo. Comprendía a quienes le aconsejaban que esperara a que pasara la tormenta, pero a estas alturas continuaba siendo el alcalde y debía dar ejemplo de la seriedad del proyecto del Frente Popular, la conjunción de partidos republicanos y fuerzas obreras vencedora de las elecciones de febrero. Además, ¿qué tenía que temer? ¿Había causado él mal a alguien? Horacio siempre consideró que las conspiraciones y las intrigas políticas pertenecían a la capital del país, con ecos tenues en las provincias, alejadas en la distancia y más si se trataba de una del sur peninsular.

«El gobernador ha suspendido las misas por la muerte del diputado monárquico, eso ayudará a rebajar la crispación. Llamaré a los concejales para convocarles al pleno, con normalidad. Lamentaremos los fallecimientos y continuaremos con el orden del día. Regresaremos por la tarde con nuestras familias. Todo irá bien».

Parte I. Julio - septiembre de 1936

Parte I

Julio – septiembre de 1936

Capítulo 1

1

El general Gonzalo Queipo de Llano y Sierra entró en el hotel Simón, a trescientos metros del ayuntamiento. El viaje desde Madrid le había resultado agotador y comenzaba a recobrar el pulso con un café negro y una copa de anís. Era tan famoso que estaba convencido de que el camarero lo había reconocido, pese a haber visitado Sevilla solo tres o cuatro veces con anterioridad. El joven pertenecería a un sindicato gremial y se chivaría ante cualquier jefecillo rojo local, y este al gobernador. Esquivando las miradas, el general salió a la puerta del hotel. El chófer llegó a la hora. Visitó por protocolo al jefe militar de la división, el general José Fernández de Villa-Abrille, y salió raudo para Huelva. Para entretenerse, le propuso a su ayudante ir a un cine de verano.

—¿Está seguro, don Gonzalo? Las noticias nos pueden llegar en breve —le advirtió su hombre de confianza, el mismo en cuyas manos había puesto a su familia para que los condujera a salvo a Málaga.

—No nos vamos a acostar tan pronto, César. Cuesta nos avisará.

José Cuesta Monereo era el Jefe. Capitán del Estado Mayor y supuesta mano derecha del jefe de división. Queipo confiaba tanto en él que ni siquiera había previsto qué hacer cuando el Ejército se sublevara en Melilla, pero Cuesta era un hombre de recursos. Queipo recordaba cómo, el día antes de la sublevación, Cuesta logró ponerse en contacto con él a través de un teniente de oficinas al que encargó que buscase al general por toda Huelva con un mensaje en clave. Tras un buen rato, al emisario se le ocurrió ir al cine, donde encontró a Queipo, pero este lo confundió con un policía con la misión de engañarlo y detenerlo. El teniente tuvo que convencerlo de que se trataba de un enviado especial y, solo entonces, Queipo y su ayudante se dirigieron al hotel para descansar sin saber muy bien qué hacer a la mañana siguiente.

No duraron mucho más las dudas de Queipo, «inspector de los Guardiñas» —como habían acordado llamarlo en clave—. Poco después de despertarse, recibió la orden de que acudiera a Sevilla de inmediato.

A pesar de que su determinación era firme, no le iba a resultar fácil llegar, pues la movilidad por carretera estaba restringida a causa del estado de alarma impuesto por el Gobierno tras el asesinato de Calvo Sotelo. Para poder burlarlo, los demás conspiradores y él habían trazado un rocambolesco plan: se marcharía de Huelva fingiendo acudir a un acto en el puesto local de los Carabineros de Isla Cristina.

Con esta excusa Queipo salió en dirección a Portugal mientras saludaba a los soldados desde el coche. Apenas dejaron atrás la ciudad, ordenó al chófer que regresara, condujera por calles pequeñas y poco transitadas y saliera a la carretera en dirección contraria, hacia Sevilla. A mitad de camino sufrieron un sobresalto cuando un control rutinario de la Guardia Civil detuvo al coche con la orden de arrestar a cualquier militar en trayecto.

—Déjense de tonterías y tengan sentido común para interpretar las órdenes —les dijo Queipo vestido de paisano, y a continuación les mostró el carnet de inspector general que le otorgaba jurisdicción en todo el territorio peninsular.

Los guardias civiles llamaron al gobernador de Sevilla para comunicarle a quién se habían encontrado, pero este, convencido de la lealtad del general, le franqueó la entrada. ¿Quién sospecharía de un militar, excéntrico, sí, pero con una trayectoria de fidelidad permanente a la República?

—Que pase —dijo la autoridad civil de la región.

Llegó a Sevilla sin ningún percance.

Una vez instalado en el hotel Simón, Queipo pidió un bistec. Le acompañó a la mesa un joven capitán de aviación que había aparcado en la puerta su Renault particular para hacerle de chófer. Otros conspiradores habían querido sumarse: un comandante de infantería y jefe local de las milicias falangistas, Rementería, y su amigo personal, el torero José García Rodríguez, «el Algabeño», quien le prometió movilizar a más de mil quinientos agitadores de Falange. Pero Queipo no quiso llamar la atención, sobre todo la de aquel joven camarero que rondaba las mesas. Cada vez estaba más convencido de que pertenecía a algún sindicato de izquierdas.

Al terminar de comer, el general subió a la habitación del hotel y descansó unos minutos. Después bajó las escaleras vestido de uniforme y le pidió al chófer que lo trasladase a la Capitanía, confiado en que a más de treinta grados a la sombra nadie repararía en un tipo de metro noventa. Entró en la Capitanía con la complicidad de los oficiales captados por Cuesta, y se escondió en la habitación de soltero de otro capitán del Estado Mayor, a la espera de su gran momento.

Mientras tanto, en la planta baja la Junta Militar analizaba la sublevación en África. La reunión concluyó con todos los mandos prometiendo lealtad a la República, incluido el Jefe, y, uno tras otro, los militares se despidieron de Villa-Abrille. El alto cargo de la División estaba inquieto porque en el patio iban y venían oficiales, incluso sin destino o ya jubilados, que pasaban por el despacho de su principal asesor. Sin poder aguantar un segundo más aquel revoltijo, Villa-Abrille llamó a Cuesta para acabar de una vez con el trasiego. Comenzaron a discutir, como era habitual, y Cuesta condujo a su superior hasta el patio, donde Villa-Abrille se encontró de repente rodeado de subordinados. Observó los rostros ambiciosos y lo entendió. Iba a dar la orden de que fueran disciplinados y volviesen a los cuarteles cuando vio a Queipo bajar las escaleras.

—¿Qué vienes a hacer aquí? —preguntó Villa-Abrille.

—A decirte que llegó el instante en que tendrás que decidir si te pones al lado de ese Gobierno indigno que está destruyendo España o al de tus compañeros que tratan de salvarla.

En los ojos de Queipo no cabía camaradería. Vestía como en los tiempos de Cuba y África, llevaba una pistola al cinto y, al menos, ocultaba otra más. Villa-Abrille había secundado el levantamiento contra la monarquía en el 30, pero, cuando llegó el momento, fue incapaz de sublevar a sus tropas. Pagó con la pena de cárcel y calló. Pero nunca más.

—Yo estoy siempre al lado del Gobierno. —Queipo escuchó al teniente, firme, algo poco habitual en él.

—Traigo la orden del Comité de levantarte la tapa de los sesos y sabes que soy capaz de hacerlo. Pero, como siempre he sido buen amigo tuyo, quiero convencerte de tu error antes de recurrir a la violencia.

Tal y como Queipo sospechaba, Villa-Abrille utilizó esta amenaza para justificar su rendición. Arrancó los hilos del teléfono y arrestó a los oficiales que rechazaron la sublevación. Como nadie fue capaz de encontrar la llave del despacho de Villa-Abrille, lo encerró y ordenó a un cabo de la guardia y a dos soldados que vigilaran la puerta.

—Si alguno intenta salir, le pega usted un tiro en la cabeza; y, si no lo hace así, se lo pegaré yo a usted —ordenó a voces para que se enterasen los que quedaban dentro.

A continuación, reclamó la declaración del estado de guerra, cuya redacción había encargado al Jefe con la ayuda del teniente coronel auditor Francisco Bohórquez, aunque los rebeldes habrían deseado el apoyo de algún jurista. El Jefe tranquilizó a Queipo para ganar tiempo porque estaba ultimando el escrito y le urgió a salir por la puerta de atrás, donde a solo unos pasos se encontraba el cuartel de San Hermenegildo, sede del Regimiento de Infantería Granada número seis, antiguo Soria. El Jefe había ordenado formar filas, aprovechando que ese día estaba programado un paseo militar, pero para sorpresa de Queipo, cuando llegó, la tropa no le rindió honores. Al fondo del zaguán se encontraba un coronel al que no habían tenido oportunidad de captar. Queipo le adelantó la mano, forzando una sonrisa, pero este le respondió:

—Estoy dispuesto a sostener al Gobierno y a no recibir más órdenes que las que me dé el general Villa-Abrille.

Queipo disimuló su desagrado e invitó al coronel a proseguir la conversación en un cuarto, pero la mayoría de los oficiales se negaban a las continuas invitaciones de sublevación. Al lado de la habitación quedaron otros capitanes y tenientes que presenciaban la afrenta al rebelde. Queipo, desesperado, y conteniéndose para no sacar la pistola y liarse a tiros, hizo llamar a Cuesta para que acudiese con el bando de guerra de una vez. Quedaron en silencio.

—Mi general, mis disculpas, me gustaría decir una cosa. ¿Qué pasaría si su plan no sale como estima? —preguntó un comandante.

—Eso no pasará, está todo previsto. Dios mediante.

—La Providencia está con usted, mi general, muchos así lo creemos. Comprenda únicamente el dolor que hemos padecido cuando se nos ordenó seguir al general Sanjurjo en el 32. Ha sido mucho el sufrimiento en estos cuatro años, para nosotros y para nuestras familias. Tenemos hijos, mi general, y perdemos algo más que el empleo; nos quitan el honor, y eso no se nos devuelve.

—No se preocupe por su reputación, eso no será problema. Si se fracasase, la única salida que nos quedará será la del cementerio.

El Jefe llegó contrariado y comenzó a amonestar a los mandos de infantería, que no variaron en su actitud. Queipo, conocedor de que el golpe se estaba decidiendo en ese momento, puso la voz más grave que pudo, miró con desprecio a los mandos y desvió la mirada al resto de oficiales.

—¿No hay nadie entre ustedes, con los cojones que hay que tener, capaz de hacer formar a la tropa? —preguntó.

Nadie contestó por temor a contrariar a un superior, pero Queipo se fijó en un capitán que, detrás de unas lentes de botella, apretaba los labios y sonreía entre dientes. Queipo le inquirió personalmente:

—¿Usted, capitán, tiene lo que debe tener para formar a la tropa?

Este respondió con una afirmación porque nadie, aún menos un general madrileño, pondría en duda la hombría del falangista Carlos Fernández de Córdoba. Queipo ordenó al capitán de infantería tocar escuadra, se dio la vuelta y salió del despacho mientras proclamaba que estaban todos detenidos. Los oficiales le siguieron, con un Queipo sorprendido de que nadie le diera un tiro por la espalda y fin del cuento. Por el camino, algunos le informaron de que cambiaban de parecer y se sumaban al movimiento. Queipo les condujo al despacho de Villa-Abrille y les ordenó que se quedaran dentro. Sorprendido de la docilidad de los arrestados, el general regresó al cuartel para dar las primeras instrucciones de batalla a la Infantería. Se encontró con ciento treinta hombres en la formación, todos asustados, algunos por haber sido despertados a empellones de la siesta; otros, temerosos de que el toque de generala confirmara un desplazamiento a las tierras de Marruecos para sofocar el levantamiento. Ninguno conocía en persona a Queipo, ni siquiera a sus propios superiores; la rutina diaria de los soldados consistía en aguantar los golpes y menosprecios de cabos y sargentos. Ahora todo un general del Ejército español les arengó:

—¿Consentiréis que unos extranjeros nos impongan su yugo a latigazos, nos roben y nos asesinen y decreten el amor libre para ellos con vuestras hermanas y vuestras novias? Mañana, vencedores, la Patria os recompensará también materialmente y los destinos del Estado serán para vosotros.

Queipo recibió al fin el escrito del Jefe y ordenó a un capitán que proclamara el estado de guerra en la vecina plaza del Duque de la Victoria, a quinientos pasos ligeros, junto a una escolta de un centenar de hombres, pero sin tambores ni trompetas para no llamar la atención. A los diez minutos, algunos soldados volvieron espantados para comunicarle que el gobernador había reaccionado: tres autos blindados disparaban con ametralladoras, dispuestos a dejarles los cuerpos agujereados como un colador.

Queipo preguntó si en Infantería tenían un cañón de acompañamiento. Los soldados fueron a buscarlo y el general les ordenó situarlo en una esquina de la plaza de la Gavidia, aprovechando que unos jardines altos lo camuflaban, y disparar en cuanto el primer blindado se asomara.

Dada la orden, Queipo regresó a la Capitanía para echar una ojeada a los detenidos. En el camino le sobresaltó un disparo de cañón. El obús impactó entre dos balcones, pero el estruendo provocó que los conductores del blindado se tirasen al suelo y salieran huyendo hacia el Gobierno civil. Un capitán rebelde corrió hacia el vehículo y lo hizo suyo, poniéndolo de parte de los atacantes. La estrategia quedó clara y, un cuarto de hora más tarde, otro grupo de asaltantes se escondieron en un portal y atacaron al motor de un segundo carro, dejándolo aparentemente inutilizado.

Liberados de la amenaza, en la plaza del Duque los sublevados formalizaron la declaración del estado de guerra que les permitía justificar sus actos. El bando más duro de la historia de España ordenaba el asesinato de quienes convocasen la huelga, provocasen disturbios y sabotajes o conservaran armas en su domicilio pasadas cuatro horas, además de prohibir la circulación por la calle a partir de las nueve de la noche.

Capítulo 2

2

Unos minutos pasada la una de la tarde, el alcalde de Sevilla, Horacio Hermoso, tras concluir el pleno municipal, bajó a la calle de camino al Gobierno civil. Allí se encontró al gobernador, que había pasado la noche en vela junto a otras autoridades. Les habían llegado noticias de que el día anterior, el 17, se habían sublevado los militares en Melilla y temían que se propagara por otras ciudades. De momento, según el gobernador Varela Rendueles dicha propagación no se había producido.

Estas palabras calmaron a Horacio y a otros compañeros del ayuntamiento que se habían reunido en el despacho del gobernador con ansia de novedades.

Al término de la reunión Horacio salió del Gobierno civil. Antes de entrar a su coche se encendió un puro. Su chófer le acompañó con un cigarrillo:

—Don Horacio, recojamos a su mujer y a sus hijos en Chipiona y salgamos hacia Gibraltar.

—No, regresemos al ayuntamiento. Tengo una cita con Casal.

Ángel Casal, el rey de los bolsos de la calle Sierpes, era un concejal recién llegado al que le había asignado nada menos que las ferias y festejos cuando la ciudad se encontraba en vísperas de las veladas veraniegas que tanto mitigaban los rigores de la caló a los sevillanos. En plena reunión con Casal, un guardia de asalto irrumpió en el ayuntamiento e informó de que Queipo de Llano había emitido un bando de guerra.

Sofocada la primera reacción de pánico, Horacio pensó en su hermano menor, Carlos, con quien le unía una gran relación. «Mejor que hermanos», se decían. Horacio le había apoyado siempre; incluso le montó una perfumería —Iris se llamaba— en la calle Amor de Dios número 22 cuando las cosas le fueron mal. Carlos, para defenderla, se había comprado una pistola.

Ahora que negros nubarrones parecían encapotar el futuro de la ciudad, Horacio no dejaba de pensar en su hermano. Y en su pistola. Tenía el incómodo presentimiento de que hoy, justo hoy, le sería bastante útil.

Como respondiendo a sus temores, de pronto se escuchó un disparo. Dio un respingo e, instintivamente, se escondió bajo la mesa.

—¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre?

—¡Están a tiros en la plaza Nueva! —respondió un funcionario al que no le llegaba la camisa al cuerpo. Horacio no dio crédito: jamás, la plaza Nueva, la preferida de los sevillanos para sus paseos de media tarde, había presenciado un escándalo igual.

—Pero ¿por qué? ¿Quién dispara?

El mismo funcionario explicó como pudo lo que estaba sucediendo. Horacio no supo si había sido testigo de ello o solo era un heraldo de rumores, pero en ningún momento puso en duda sus palabras.

Al parecer, los sublevados se habían dirigido a la plaza Nueva, donde se ubicaba el triángulo formado por el Gobierno civil, el Ayuntamiento y la Telefónica de comunicaciones. Dejaron piquetes en la retaguardia y, cuando enfilaban hacia la calle Tetuán, les salió al paso una sección de guardias de asalto enviados por el gobernador civil. El capitán sublevado, con la orden de burlar a los defensores, ordenó a la tropa dar vivas a la República. Al encontrarse con el capitán de las Fuerzas de Asalto, le aseguró que tenía la orden de declarar el estado de guerra en nombre del gobernador para detener a los insurrectos, y que él estaba en el bando del Gobierno. Los capitanes se dieron la mano y las tropas se entremezclaron, avanzando juntos hacia la plaza Nueva en ambiente de fiesta.

—¡Viva la República! ¡Viva el Ejército! —vociferó un soldado, el resto le siguió a coro.

Los soldados, mientras intercambiaban tabaco con los guardias, comenzaron a fijar el bando por las paredes de la plaza Nueva. Cuando el gobernador recibió la noticia de que las tropas rebeldes habían alcanzado el triángulo de poder se horrorizó, y ordenó a los guardias de asalto que despejaran la plaza. Como estos estaban convencidos de que el movimiento era a favor del Gobierno, Varela Rendueles se vio obligado a enviar a su propio hermano, Joaquín, al que se había traído desde Bilbao como secretario particular. Joaquín convenció a los guardias de asalto de que la tropa era golpista y, descubierto el engaño y arengados los soldados por sus oficiales, comenzó la batalla en plena plaza, la primera de la Guerra Civil española en territorio peninsular.

Los comercios que no habían cerrado echaron de pronto las persianas metálicas. Los escasos transeúntes gritaron asustados. Los taxistas y viajeros del tranvía corrieron a ponerse a salvo. Los guardias de asalto, el cuerpo defensor de la Segunda República, eran más numerosos que los soldados rebeldes en una proporción de seis a uno, pero el gobernador les había dado descanso para recuperar fuerzas tras una noche de vigilancia. Los que quedaron tiroteaban a los sublevados de Infantería, quienes, superados, se vieron obligados a recular por donde habían venido.

—Ahora mismo parece que están perdiendo terreno, pero, no sé, ¡nadie tiene ni idea de qué ocurre en realidad! —concluyó el funcionario su relato.

Horacio ordenó a los policías municipales cerrar las puertas del ayuntamiento. Prohibió que se permitiera la entrada a nadie.

Capítulo 3

3

Un teniente retirado, aristócrata y carlista, entró en el cuartel de Intendencia exigiendo hablar con el comandante Francisco Núñez Fernández de Velasco. En una nota, portaba escrita una orden de Queipo bastante elocuente: «Vaya usted al Gobierno civil».

El comandante Núñez montó a setenta hombres en tres camiones y en dos minutos llegó a la plaza Nueva. La rodeó para llegar a la calle trasera donde se ubicaba el Gobierno civil y subió hasta el despacho principal.

Núñez se encontró allí al gobernador rodeado de un grupo de personas, entre ellos oficiales de asalto y el líder del sindicato de obreros del puerto, Saturnino Barneto, el comunista cuyas redes alcanzaban el rincón más recóndito de la ciudad.

—¿Está aquí el general? —preguntó Núñez nada más entrar al despacho.

—¿Qué general? —respondió el gobernador. Núñez dudó, y finalmente respondió:

—Villa-Abrille.

—Estoy tratando de comunicarme con él, pero no hay manera. Mi teléfono no funciona. No sé qué está ocurriendo.

Más tarde descubrirían que el gobernador había recibido una llamada de Queipo, y que, al terminar la conversación, este último dejó descolgado su aparato, inutilizando de esa forma la línea telefónica del despacho del gobernador.

A toda prisa, Núñez acudió al Palacio de la Gavidia, entró en la División y se puso a disposición de los sublevados. Queipo contaba con ciento ochenta hombres entre Infantería e Intendencia. Serían muchos más, y él lo sabía.

Las tropas de ingenieros, casi en su totalidad afectos a Falange, salieron de la avenida de la Borbolla. El plan rebelde tenía como prioridad hacerse con los cuarenta mil fusiles y ocho mil mosquetones, con sus cargas, almacenados en la fábrica de la Maestranza. El Jefe pensó en encargarle la misión al vecino batallón de zapadores, entregados desde el primero hasta el último a la sublevación, pero al final se decantó por los ingenieros, quienes ocuparon la Maestranza sin encontrar resistencia, apoyados por grupos de voluntarios falangistas. Un sábado por la tarde el personal civil de la fábrica estaba de descanso gracias a la semana inglesa. La noche anterior dos tenientes de Artillería destinados en el recinto dejaron ametralladoras apuntando hacia el puente por petición del Jefe. Cuando los obreros del arrabal de Triana acudieron desesperados a hacerse con los fusiles, se encontraron con una lluvia de disparos desde la Maestranza. Los primeros once cadáveres yacían en el suelo del paseo de Colón.

La ira de los trianeros se convirtió en colosal, encerrados a la fuerza en el barrio. Cuando los sublevados recargaban las ametralladoras, se fueron colando al otro lado del río con una única misión: la destrucción. Se dirigieron encolerizados a incendiar la casa de Miranda «el Bizco», el jefe de Falange, quien, informado de los planes de Cuesta, había dejado a su mujer custodiada por un grupo de falangistas. Los trianeros desistieron y se desplazaron a la señorial avenida de los Reyes Católicos para quemar las mansiones de las élites locales. Al encontrar bloqueado el centro, mandaron en un taxi a cinco militantes con un pañuelo rojo ondeando, que fueron fácilmente acribillados.

Las masas izquierdistas buscaban armas para defenderse y se dirigieron desde Triana y la Macarena hacia el cuartel de la Guardia de Asalto, en la Alameda de Hércules. El gobernador civil había ordenado rechazar las peticiones de armas, al igual que había denegado la propuesta de tomar la Maestranza antes que los sublevados. El dirigente comunista Manuel Delicado consiguió un centenar de fusiles y comenzó a repartirlos. Algunos se dirigieron a una muerte segura al intentar arrebatar el fortín de la Maestranza. Otros grupos intentaron penetrar en el centro. Muchos volvieron a la defensa de sus barrios para presumir ante sus novias de lo bien que les quedaba un fusil al hombro.

Capítulo 4

4

Carlos Hermoso, hermano de Horacio Hermoso, alcalde de la ciudad, estaba tomando cervezas en el bar Plata, frente al Arco de la Macarena, cuando un repartidor de Correos avisó a los clientes, todos de filiaciones socialista, comunista o anarquista. Carlos miró a uno y otro lado, disimuladamente dejó caer al suelo la pistola que llevaba, entre servilletas usadas y cáscaras de frutos secos. Le dio una patada para apartarla unos metros y se marchó. «Horacio está en peligro. Voy a casa».

Salió del bar Plata y se montó en su venerada moto BSA, una de las seis que circulaban por Sevilla, fruto de aquellos años cuando no le faltaba dinero gracias a su trabajo de dibujante ceramista. En cuanto la moto cogió la carretera, voló a ochenta kilómetros por hora, todo lo que le permitía el motor bicilíndrico en uve, el carburador Amal y la caja de cambios de tres velocidades; prefería estamparse contra un árbol antes que llegar a destiempo. Carlos tocó al timbre de la vivienda del Tiro de Línea en la que vivía con su hermano, su cuñada Mercedes, sus sobrinos Horacio y Mercedes, sus padres Fernando y Adelaida y su mujer, Concha.

—Pero ¿qué te pasa, Carlos? ¿Qué haces aquí tan temprano? Estás pálido —le dijo Concha al abrirle paso.

—¿Dónde está? ¿Dónde está metido?

—¿Dónde está qué, Carlos, te has vuelto loco de repente? ¿Se puede saber qué te pasa?

—Mi hermano Horacio, ¡que se lo tengo dicho que eso nos iba a dar problemas, me cago en to!

Comenzó a buscar hasta que encontró un armazón de hierros pintados de rojo. Estaba apoyado de pie en un cuarto, como si fuera a subirse por la pared. Su hermano Horacio casi se murió del susto el día en que llamaron a la puerta unos chiquillos de las Juventudes Socialistas y le dejaron en la puerta el cangrejo, como llamaban al escudo de la Falange por la forma en la que se cruzaban los yugos y las flechas, antes de salir corriendo como demonios. Lo habían arrancado de la sede de la avenida de la Libertad tirando hacia sí, forzando los hierros hasta hacer saltar los tornillos que lo fijaban a la fachada. Horacio miró a uno y otro lado para comprobar si algún vecino fisgoneaba y, sin saber muy bien qué hacer, introdujo el objeto dentro de la casa. Las primeras semanas lo escondió para evitar el escándalo, sobre todo cuando los periódicos publicaron el acto vandálico. Más tarde, desechó la idea de arrojar el escudo al descampado por temor a que le sorprendieran. Con el tiempo, empleó el obsequio para asustar a las visitas de confianza. Hasta los niños se acostumbraron a su presencia y lo usaban para jugar, sobre todo cuando alguien tocaba el timbre y había que correr a esconderlo.

—Trae el martillo, Concha, me cago en la madre que me parió a mí, a mi hermano y a los rojos de los cojones.

Carlos golpeó las flechas una por una, intentando doblarlas hacia el centro; luego el yugo, para bombearlo. El juego acababa ese sábado de julio, porque el cangrejo iba derechito a bañarse al fondo del pozo en el patio trasero.

Capítulo 5

5

En la plaza Nueva la superioridad numérica de los guardias de asalto seguía imponiéndose hasta lograr que las tropas de infantería retrocedieran un kilómetro, de vuelta al cuartel de San Hermenegildo. Los defensores estaban a punto de cantar victoria cuando les sorprendió una emboscada de insurrectos que, escondidos detrás de colchones, les dispararon desde las ventanas. De repente sonó un cornetín y, al mando de un capitán, salió un grupo de rebeldes que capturaron a una veintena de guardias. Muchos fueron detenidos y posteriormente fusilados, otros se pasaron al enemigo. Uno de ellos recibió una carta escrita por Queipo para entregarla en el Gobierno civil con el siguiente mensaje:

«Señor gobernador: la sangre de mis soldados ha empezado a regar las calles de Sevilla. Es preciso que cese esta resistencia, que el Ejército ha de dominar. Si no se somete usted inmediatamente, tenga en cuenta que toda la sangre que se derrame caerá sobre su cabeza».

Varela Rendueles, en respuesta, ordenó izar la bandera republicana en el balcón principal del Gobierno civil. Queipo dio la misma orden en el Palacio de la Gavidia, la sede de la Capitanía. Una misma bandera, dos bandos.

El gobernador convocó la huelga general por la radio y mandó imprimir octavillas con el texto en los talleres del periódico El Liberal para lanzarlos en los barrios y sobre los soldados. Tenían que saber que los sublevados no contaban con su autorización ni defendían la República. Varela habló con el mando de la Guardia Civil para reclamarle efectivos que sumar a los de asalto y este, muy dispuesto, le envió una docena de hombres a la plaza Nueva. Pero a las cinco de la tarde los guardias civiles cambiaron de parecer y se pusieron de parte de los sublevados.

Queipo les ordenó blindar el centro ante las acometidas de los barrios obreros. Dotados de ametralladoras, los guardias civiles tomaron posiciones en azoteas estratégicas para que a nadie se le ocurriera la temeridad de adentrarse en la ratonera. Queipo llamó a un coronel compañero de promoción, responsable de la Caballería, para que se uniesen en el cordón, pero este le respondió:

«No iría contigo ni a coger billetes de cinco duros».

El segundo jefe del Regimiento escuchó la contestación y, ya implicado por el Jefe en la conspiración, detuvo a su superior y telefoneó a Queipo para confirmarle el apoyo de la Caballería, que enseguida reforzó el bloqueo de los guardias civiles en el casco histórico y el puente de Triana.

Queipo movió la ficha de la Artillería. En el acuartelamiento de Pineda, en la periferia, los oficiales sublevados también detuvieron a su superior y salieron dos baterías de soldados, una a pie y otra montada a caballo, en salvación de la República. Los soldados más izquierdistas se encontraban de vacaciones porque días antes se le había concedido un permiso extraordinario a la guarnición que quisiera ayudar a sus familias en la recogida del cereal.

Un centenar de artilleros llegaron de inmediato a la espléndida avenida de la Palmera, la principal vía de entrada a la ciudad, mientras se les sumaban escuadrones de Caballería. Cuando llegaron a la Puerta de Jerez, un piquete de guardias civiles les informó de que por ese camino progresaban vecinos de los barrios humildes de Ciudad Jardín, Cerro del Águila y Amate. Las unidades de Caballería se quedaron para cortarles el paso y penetró sola la Artillería, camino arriba hacia la plaza Nueva.

Mientras todos estos acontecimientos se sucedían a un ritmo frenético, desde su despacho del ayuntamiento Horacio Hermoso observaba a los guardias de asalto entrar en los bares a pedir agua. Había una sola ventana en su oficina con vistas a la amplia avenida que los republicanos llamaron de la Libertad y que desembocaba en la Puerta de Jerez. Desde allí vio a los soldados salir de las tabernas y cafés acarreando botijos para sus compañeros. El termómetro marcaba cuarenta y cinco grados.

Horacio fue testigo de cómo, desde algunos edificios, tiradores espontáneos disparaban a escondidas a los guardias de los botijos. Llegaron los artilleros rebeldes, que aseguraban acudir en auxilio del gobernador. De pronto un ruido ensordecedor se oyó en el cielo. Horacio dio un respingo y a punto estuvo de refugiarse de nuevo bajo su mesa al creer que los bombardeaban. De igual manera debieron de pensar los soldados, que corrieron a guarecerse en los portales.

Un avión surcó las nubes, pero no para lanzar bombas, sino hojas de papel. Desde su ventana, Horacio vio cómo las octavillas se quedaban pegadas a la ropa y las manos de los soldados.

—Pero ¿qué es esto? —preguntaba uno confuso.

—Son hojas, parecen de periódico. No sé leer, ¿qué pone? —contestaba otro.

—A ver, trae. Está firmado por el gobernador. Dice que se trata de una rebelión contra el Gobierno, que nos rindamos, la insurrección ha fracasado en toda España.

—No me lo creo. ¿Que nos rindamos nosotros?

—¡La madre que nos parió! ¿De qué va esto?

—¡Artilleros! —les habló su capitán. Horacio, en su mirador, escuchaba su voz con tanta claridad como si lo tuviera en su mismo despacho—. No se pongan nerviosos, tenemos que cumplir con la orden que nos han dado. ¡A la plaza Nueva, a salvar la República!

Justo en ese momento, Horacio escuchó golpes y gritos de auxilio que provenían del piso inferior. Salió del despacho y, al asomarse a las escaleras, vio que unos municipales le daban patadas a un hombre que se retorcía en el suelo. Vestía de uniforme y estaba cubierto de sangre.

—¿Qué es esto? ¡Paren! ¿No ven que van a matarlo?

—¡Es uno de los rebeldes, señor alcalde! ¡Un falangista!

Horacio pidió explicaciones. Entre las palabras aturulladas de los municipales y de algunos funcionarios que se habían congregado en la sala al oír el barullo, pudo al fin entender qué estaba pasando.

Al parecer, el soldado herido era un capitán. Según sus papeles, su nombre era Carlos Fernández de Córdoba. Durante la lucha se vio cercado por los guardias de asalto, que le persiguieron a tiros. Lo atraparon cuando trataba de esconderse en la escalera de un edificio de viviendas. Hecho un despojo y sangrando profusamente por una herida en la cabeza, a los guardias no se les había ocurrido mejor idea que llevarlo al ayuntamiento.

—¿Este quién es? ¿Está con nosotros o quiere matarnos? —les había recibido el jefe de la Policía Municipal.

—Está herido, no podemos dejarlo en la calle. Parece grave.

—En este momento no hay médicos ni nadie que sepa atenderle, llévenlo a otro lado.

—No podemos, hay fuego cruzado en la plaza.

—Déjenlo en un rincón si quieren que se desangre.

Los guardias dejaron al herido en el suelo y se marcharon.

—Quiere matarnos, es un traidor —había dicho uno de los funcionarios al verlos. Luego señaló a un compañero—. Pregúntale a ese, que es falangista; seguro que le conoces. Tú, ¿a que este es de los tuyos?

Los policías municipales entendieron la falta de respuesta como una evasiva. Los ánimos se caldearon y algunos de los presentes, entre ellos los municipales, empezaron a patear al capitán malherido con la intención de lincharlo. Fue en ese momento cuando apareció Horacio.

—¡Dejen a ese hombre en paz! Les ordeno que lo lleven a mi despacho y hagan lo posible por curarle —ordenó el alcalde una vez que estuvo al tanto de lo ocurrido.

—Don Horacio, están golpeando la puerta. ¡Quieren entrar! —le interrumpieron.

—¿Quiénes son?

—Dicen que son el Ejército y que van a echar la puerta abajo. Guardias, ¡saquen las pistolas! ¡En formación! —ordenó uno de los policías.

—¡Nada de tiros! Abran esa puerta, es una orden —le contrarió Horacio.

—Pero, señor alcalde. Son ellos, los traidores.

—No sabemos de quiénes se tratan, pueden ser más personas buscando auxilio, y, si son ellos, les pondremos cara. Me hago responsable de sus vidas, y pagaré con la mía si a alguno de ustedes le sucede algo.

Horacio se asomó a una ventana en el reverso de la plaza Nueva, la plaza de San Francisco que los republicanos llamaron de la República, pero no acertó a ver soldados a cuerpo descubierto. Sí que divisó a guardias de asalto en las azoteas que disparaban a voleo a piquetes de rebeldes. Y comprobó que sobre el suelo yacían una decena de cadáveres de soldados. Los policías comenzaron a quitar los seguros de una pequeña puerta de la calle Granada, a la que golpeaban de manera estruendosa. Un grupo de soldados entraron aturullados. Al mando de ellos había un comandante que, nada más franquear la entrada, les apuntó con su pistola cargada.

—¡Arrojen las armas al suelo! ¡Quedan todos detenidos!

Capítulo 6

6

—Guarden tranquilidad, por favor. Es una orden del alcalde —exigió Horacio a sus policías. Luego se encaró con el imberbe comandante rebelde. Quiso sabe quién era y en nombre de qué autoridad ordenaba la detención de los presentes.

—Mi nombre es Francisco Nú

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