La Cadena del Profeta (Los buscadores 2)

Luis Montero Manglano

Fragmento

cap-2

 

Mi padre era un buen narrador. Sabía cómo engancharte con un argumento sin que resultara tedioso o sin que perdieras el hilo.

Por desgracia, sólo me contó una historia en su vida, una sola, sobre un rey, una bruja y una mesa con poderes divinos; y ni siquiera fue capaz de ofrecerme un final. Tuve que encontrarlo yo por mis propios medios.

Ésa también es una buena historia; podría contártela, si quieres, pero conozco una mejor.

Me gustaría poder relatarla del mismo modo que lo habría hecho mi padre. Ojalá hubiera pasado con él el tiempo suficiente como para aprender sus trucos de narrador, pero desapareció de mi vida demasiado pronto, por motivos que escaparon a su control. Ese relato también es muy bueno.

Pero, ya sabes, conozco uno mejor…

Voy a contarte sobre imperios y conquistadores.

Podría comenzar mi historia con alguna poderosa invocación literaria, algo sobre musas de fuego o millares de espíritus inmortales. Sin embargo, prefiero utilizar mis propias palabras: ésta ya es una historia demasiado grande como para adornarla.

Comienza con la familia Guevara. Una estirpe de moriscos toledanos que, según se decía, era tan antigua que cuando los visigodos llegaron a la península Ibérica, los Guevara ya los veían como extranjeros. De ellos poco más se sabe, salvo que en algún momento de su andadura decidieron convertirse al islam y que, hacia el siglo XV, recibieron como pago a su hospitalidad un libro de manos de un juez llamado Al Quti que huía de Toledo, perseguido por la Inquisición, en dirección al norte de África.

Si mi padre me hubiera contado esta historia, estoy seguro de que llegado a este punto yo le habría interrumpido, y le habría preguntado qué libro era ése. Él me hubiera mirado, sonreído de forma ladina y me hubiera dado una única respuesta:

—¿Quieres saberlo? Podría contártelo, desde luego, pero conozco una historia mejor.

Supongo que los vicios suelen heredarse. El de mi padre era contar las cosas sólo cuando él lo consideraba adecuado, cuando pensaba que podían aportar un mayor efecto a su narración.

Los Guevara guardaron aquel valioso libro y el secreto que Al Quti les reveló sobre él durante cien años, trasladándolos de padres a hijos. En el siglo XVI, un vástago de aquella familia llamado Diego escuchó el relato sobre el libro de labios de sus mayores. El propio Diego, siendo ya adulto, escribió en los márgenes de las páginas de aquel códice lo que había escuchado de niño.

«Hablaban sobre un gran secreto —eran sus propias palabras—, tan inmenso que nadie sabía darle forma. Era un tesoro, y, al mismo tiempo, era más que eso. Un legado sin nombre custodiado por emperadores, en el corazón del hogar de nuestros hermanos de fe.»

Cuando el niño Diego, abrasado por la curiosidad, interrogaba a sus mayores, éstos sólo le respondían con palabras crípticas, quizá porque ellos mismos no eran capaces de ser más específicos. ¿De qué tesoro se trataba? No lo sabían. ¿Dónde se encontraba? Lejos. Al sur, siguiendo un largo camino al que llamaban «la Cadena del Profeta». El profeta era Musa, aquel al que los infieles cristianos, caníbales devoradores de sangre y carne, conocían como Moisés. El camino de Musa se prolongaba a través de un gran río llamado Isa Ber, o bien Egerew n-igerewen. Lo que había al final, sólo Musa y Alá lo sabían.

El secreto de los emperadores.

Diego de Guevara creció al abrigo de aquellas leyendas que lo fascinaban. A veces pasaba horas leyendo el libro de Al Quti, escrutando entre sus líneas el mapa de un tesoro sin nombre, tan extraordinario como su propia imaginación quisiera dictarle. A menudo se quedaba embobado mirando hacia el sur, pensando en grandes ríos y en imperios lejanos. «Allí —se decía—, allí comienza la Cadena del Profeta, a los pies del mundo.» Ignoraba lo que se encontraba al final del camino, o si esa tal Cadena era algo tangible o sólo un concepto, pero sentía la irresistible necesidad de emprender aquella búsqueda. Llegó a desearlo más que al propio tesoro en sí.

Diego de Guevara tuvo alma de buscador. Quizá fue el primero de nosotros.

Tras la rebelión morisca de 1568, la familia Guevara abandonó las tierras castellanas y emigró a Almería. La España de Felipe II empezaba a ser un lugar hostil para los de su clase. El joven Diego de Guevara, junto con otros muchos moriscos, acabó por exiliarse en Marrakech, donde el sultán Abd el-Malik recibía con los brazos abiertos a sus hermanos de fe perseguidos por la implacable Casa de Austria.

Diego era un expatriado, pero no un inculto. Se había convertido en un hombre audaz y astuto, capaz de dominar tanto la pluma como la espada, sediento de ambición y de aventura. A pesar de que los hombres del Magreb solían despreciar a sus hermanos españoles, Diego pronto demostró su valía y supo ganarse el respeto de sus nuevos paisanos a fuerza de heroísmo.

En 1578, el rey don Sebastián de Portugal desembarcó en Marruecos al mando de un poderoso ejército. El joven y enfermizo monarca tenía delirios de grandeza, regados cuidadosamente por sus preceptores jesuitas. En ellos se veía como líder de una gran cruzada contra los musulmanes del norte de África. Marruecos era un reino dividido por luchas entre los pretendientes al trono, una deliciosa fruta madura para el apetito conquistador del rey de Portugal.

Moros y cristianos chocaron en Alcazarquivir, la batalla de los Tres Reyes, llamada así porque se enfrentaron dos sultanes y un monarca. Allá estaba el intrépido Diego de Guevara, dispuesto a teñir su alfanje de sangre portuguesa, pues, castellano viejo de nacimiento, si había algo en el mundo que Diego odiara más que a un infiel, eso era a un portugués.

Ninguno de los tres reyes vivió para ver el final de la batalla. Del joven don Sebastián jamás se volvió a saber: se esfumó entre montañas de arena, provocando el fin de su dinastía y el colapso de su reino, que al estar vacante se convirtió en una joya más engarzada en la corona de la Casa de Austria. Diego, en cambio, sí sobrevivió, cubierto de honores. Ahmad I, el nuevo sultán de Marruecos, lo nombró caíd de Marrakech como premio a su valor en el campo de batalla.

El buen sultán Ahmad, crecido sin duda por los laureles de Alcazarquivir, contempló las tierras que se extendían al sur de su reino y decidió convertirlas en el trampolín para su futuro imperio africano. Ahmad sabía que más allá de las montañas del Atlas existían ciudades fabulosas, ricas en oro y sal. Allí estaba Tombuctú, la puerta del Sáhara. Un antiguo proverbio decía que «el oro viene del sur, y la sal del norte, pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios sólo se encuentran en Tombuctú». Aún más lejos, la ciudad de Gao, capital del Imperio songhay y palacio de los soberanos de la dinastía Askia, desde donde gobernaron el estado más extenso de África Occidental.

La tierras de Malí, ricas y misteriosas, distribuidas a orillas del Río Grande, llamado Isa Ber por los songhay, Egerew n-igerewen por los tuareg (que en su lengua significa «el río de los ríos»).

El río Níger.

La emoción que Diego de Guevara experimentó al saber de aquel río fue inmensa. Los recuerdos de las viejas leyendas escuchadas en tierras castellanas bulleron en su cerebro como la lava que estalla en la cima de un volcán. ¡Al fin, después de tantos años, sabía dónde encontrar la Cadena del Profeta, el camino de Musa hacia el gran tesoro!

Diego pidió encabezar el ejército que el sultán Ahmad se disponía a armar para la conquista del Imperio songhay: 2.500 soldados con arcabuces, 1.500 jinetes ligeros, más de 8.000 camellos e incluso 8 cañones ingleses… Pero Diego de Guevara lo único que llevaba en su equipaje era un libro, un viejo libro que hablaba de un tesoro escondido.

El emperador Askia Ishaq II convocó a todo su ejército para detener a Diego de Guevara. El emperador sin duda pecó de exagerado: más de 70.000 bravos malienses aguardaron al invasor marroquí en la aldea de Tondibi, cerca de Gao. Sería la emboscada más aparatosa de la Historia. Ishaq II tuvo la pintoresca idea de lanzar contra los invasores una estampida de bueyes, estrategia que ya le había funcionado en ocasiones anteriores.

Cuando Diego llegó a Tondibi y se encontró aquel muro de bestias lanzándose contra su ejército, mantuvo estático su rictus castellano: jamás existió un solo hombre con sangre ibérica que se asustara ante un bicho con cuernos. Diego hizo sonar los cañones y después ordenó disparar a los arcabuceros. Los bueyes creyeron que el cielo se desplomaba sobre sus testuces, dieron media vuelta y embistieron contra los soldados del emperador songhay, el cual, al no tener pólvora, sólo pudo contemplar cómo el grueso de sus tropas era reducido a pulpa por un millar de pezuñas. A partir de aquel momento, la conquista del imperio se convirtió en un paseo militar.

Muchos de los arcabuceros eran de origen andalusí, y lucían apellidos tan extraños en esas tierras como Pérez, López o Martínez. Cuando los aterrados malienses los veían aparecer, arcabuz en ristre, señalaban a aquel diabólico instrumento y gritaban «¡arma, arma!», que era como habían escuchado a ellos mismos denominarlo. Con el tiempo, aquellos descendientes de andaluces acabaron recibiendo el apelativo de «armas». Aún se los conoce con ese nombre hoy en día en la región.

Así fue cómo Diego de Guevara conquistó él solo un imperio, y cómo aquel hispano de nacimiento se convirtió en señor de la legendaria Tombuctú, la ciudad de los cuentos maravillosos y de la palabra de Dios. El sultán de Marruecos le concedió el título de pachá. Sus propios enemigos le dieron el nombre de Yuder, por el parecido fonético con cierto vocablo castellano que el conquistador lanzaba, a voz en cuello, antes de cada batalla:

—¡Cargad, joder! ¡Cargad y disparad!

Jamás un exabrupto había dado lugar a un nombre tan temido. La sola mención de Yuder Pachá causaba terror entre sus adversarios.

No mucho antes de estos hechos, Hernán Cortés conquistaba el Imperio azteca y Francisco Pizarro sometía a los incas, los hijos del Sol. También Yuder Pachá, aventajado alumno de ambos, compartió con ellos las ansias de abarcar en sus manos otros mundos, así como la misma lengua y el mismo polvo hispano que espesaba la sangre de sus venas; los separaban la fe y la lealtad (al rey de España, unos; al sultán de Marruecos, el otro), y por ello la Historia los ha tratado con desigual fortuna: mientras que la fama de un Pizarro o de un Cortés es de conocimiento universal, la hazaña de Yuder Pachá no pudo atravesar las fronteras del Sáhara, y allá permanece oculta a la memoria.

Bien poco le importaba a él la inmortalidad: Diego de Guevara sólo aspiraba a encontrar el tesoro oculto tras la Cadena del Profeta. Convertido ya en pachá de los songhay, Diego dedicó sus esfuerzos a culminar su búsqueda.

Años después, hacia 1599, un avejentado Yuder Pachá retornó a Marruecos. En la corte del sultán, escribió la memoria de la conquista del Imperio songhay en los márgenes del libro que lo acompañó y guió en sus aventuras. Utilizó para ello la lengua del mismo imperio que había sometido y gobernado.

Sobre aquel tesoro, sus palabras fueron enojosamente vagas, en ocasiones incluso delirantes:

Seguí el río Níger, tras la estela del Pez Dorado, desde Tombuctú hasta la Ciudad de los Muertos, desde la Ciudad de los Muertos hasta el Oasis Imperecedero. Hallé los tesoros que abrían las puertas del secreto: el timón, la cabeza y el sillar de oro; y por fin tuve la oportunidad de culminar la búsqueda que me había llevado a conquistar un imperio.

Con mis propios ojos contemplé el umbral, mas fue voluntad de Alá que no hubiera de atravesarlo. Los djinn lo custodian. Criaturas aún más terribles que las creadas por el fuego sin humo antes del principio de los tiempos. Los hombres de la Ciudad del Acantilado jamás cruzan las fronteras del Oasis Imperecedero, paralizados por el horror de un extraño culto, antiguo y atroz. Tuve miedo y regresé sobre mis pasos, pues sea cual sea el tesoro que se oculta tras la Cadena del Profeta, no está hecho para el hombre.

Conservé mis mapas y mis hallazgos. Ya que Alá no me ha concedido la ventura de hijos propios, dispondré que me acompañen en mi última morada, en Tombuctú. Quizá llegue el día en que alguien con más valor o menos juicio que yo quiera atreverse a contemplar el tesoro que le fue concedido al profeta Musa.

Allá aguardan las señales para quien pueda verlas. Que Alá tenga misericordia de él y sea Su Todopoderosa Mano quien lo guíe, pues, de no ser así, sólo encontrará la perdición y un destino aun peor que el Yahim, el lago de fuego del infierno.

Esto es lo que decía la última anotación hecha por Yuder Pachá en el libro de Al Quti. El conquistador murió en Marrakech en el año 1605. En su testamento dejó orden de ser enterrado en Tombuctú, junto con sus posesiones más queridas. Si su última voluntad se cumplió o no, eso es algo que nadie sabe.

Desaparecido Yuder Pachá, los armas se disgregaron por la tierra de Malí, formando comunidades muy aferradas a sus orígenes hispanos. Adoptaron la lengua y las costumbres de aquel país, pero mimaron sus tradiciones para no olvidar nunca de dónde procedían y quién los trajo allí. Quizá entre sus recuerdos se encuentran los secretos que Yuder Pachá se llevó a la tumba.

El relato de un viejo libro y un tesoro oculto al final de un río, siguiendo la estela del Pez Dorado.

Un relato sobre el cual, esta vez, conozco bien el final. Yo estaba allí. Y, de algún modo, mi padre también.

¿Quieres escucharlo?

Te aseguro que es una buena historia.

cap-3

Imagen

cap-4

 

Era Firaún señor de Todo Egipto cuando Allah llamó al profeta Musa y le dio el Libro, y le concedió a su hermano Harum como asistente, y le dijo: «Ve a la gente que niega la Verdad de nuestros Signos y háblales». Pero Musa estaba inquieto, pues no creía ser sabio ni virtuoso para acometer el mandato de Allah.

Musa dijo: «¿Cómo he de llevar Tu Verdad, si yo mismo soy un ignorante que no la comprende en toda su gloria». Allah respondió: «Yo te daré sabiduría y comprensión».

Esto fue lo que Allah ordenó a Musa: «Irás más allá de la Tierra de Firaún, por la senda del Pez Dorado, hasta el lugar donde se encuentran las dos grandes aguas. Sigue al Pez Dorado hasta la Cueva del Hombre Verde, donde mi siervo a quien Yo llamé amigo y a quien até con la Cadena de Oro, te mostrará la Verdad. Eso es lo que Yo te mando».

Musa dijo a Harum: «No cejaré hasta encontrar el lugar donde confluyen las dos aguas, aunque me lleve muchos años». Y siguieron al Pez Dorado. Y, cuando alcanzaron la confluencia, se olvidaron de su pez, que emprendió tranquilamente el camino hacia el mar.

Musa dijo a Harum: «¿Qué te parece? El Demonio me hizo olvidarme de que me acordara del Pez y emprendió el camino del mar. Ve pues a buscarlo o no hallaremos al Hombre Verde». Harum obedeció a su hermano y lo dejó solo, que era lo que Allah había dispuesto.

Entonces Musa entró en una cueva a descansar y allí encontró a Nuestro Siervo, a quien habíamos hecho objeto de una misericordia venida de Nosotros y entregado Nuestra Sabiduría. Al Khidr, a quien llaman El Hombre Verde.

Musa le dijo: «¿He de seguirte para que me enseñes la sabiduría de Allah?». Y él respondió: «No tendrás paciencia conmigo».

Musa dijo: «Seré paciente, si Allah lo quiere, y no desobedeceré tus órdenes». Y él respondió: «Sígueme, pues. Pero no debes preguntarme nada a no ser que yo te lo sugiera».

Y Musa fue tras él.

El Mardud de Sevilla,

sura 18

cap-5

1

Robos

 

 

 

 

Todos los museos tienen fantasmas. Quien haya tenido la oportunidad de permanecer en uno por la noche, cuando se vacía de visitantes, lo habrá sentido en su propia piel.

Aquella noche yo me convertí en el fantasma del Museo Arqueológico Nacional.

No es fácil ser un espíritu. En primer lugar, hay que tener paciencia, la suficiente como para esperar a que el último visitante se haya marchado a su casa, la última luz se haya apagado y los corredores queden repletos de sombras. Es en ese momento cuando el fantasma empieza su labor.

Las similitudes entre un espectro y un caballero buscador —así es como Narváez nos llamaba— son muchas: ambos deben ser silenciosos, invisibles y moverse alrededor de la línea que separa la realidad de la ficción. En cambio existe una diferencia importante: un fantasma no es un ladrón. Le basta con asustar de vez en cuando. El buscador tiene que robar para demostrar su utilidad.

A eso me disponía yo en aquel momento.

Era la primera vez que robaba en el Museo Arqueológico Nacional. Hasta el momento, mi trabajo había consistido precisamente en escamotear de otros lugares para surtir las vitrinas de aquel lugar.

Un buscador es un ladrón de patrimonio. Puede que cubierto de una pátina honorable y provisto de una nómina estatal, pero ladrón al fin al cabo. Nuestra labor es la de recuperar todo aquel patrimonio histórico expoliado en España y retornarlo a su lugar de origen. Donde los cauces legales se secaban, allá aparecíamos nosotros (como fantasmas) para traer de vuelta lo que nunca debió ser llevado.

Aunque supongo que si habéis llegado hasta aquí, muchos ya sabéis de lo que hablo.

Nuestro cuartel general, el Sótano, se encuentra en los subterráneos del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, por lo que en cierto modo el Arqueológico es el hogar de los buscadores. Así pues, estaba a punto de robar en mi propia casa. Un interesante giro de los acontecimientos.

Llevaba alrededor de una semana planeando aquel hurto. Conocía muy bien el campo de operación y lograr mi objetivo no tenía por qué ser complicado.

En general se tiende a creer que robar un museo es algo difícil. Lo cierto es que en la mayoría de ellos sus sistemas de seguridad tienen una función más disuasoria que eficaz. Es algo similar a lo que hacían los faraones del Antiguo Egipto, que plagaban sus tumbas de aparatosas maldiciones para mantener lejos a los saqueadores. Hoy en día no hay maldiciones, pero sí existen ostentosas cámaras de seguridad y cristales de aspecto indestructible.

Un cristal puede romperse. Un circuito de cámaras de seguridad puede reventarse cortando un simple cable y, por otra parte, resulta inútil si no hay nadie mirando al otro lado. En definitiva, si hoy en día los museos del mundo no son sistemáticamente expoliados se debe a que los potenciales ladrones «creen» que robar en ellos es imposible. En esa firme creencia se basan la mayoría de los sistemas de seguridad.

Maldiciones faraónicas. Eso es todo.

Siendo un buscador se aprenden estas cosas, así como algunos otros trucos más.

Ocultarme en el doble techo de un cuarto de mantenimiento hasta que el museo estuvo cerrado fue sencillo. Incómodo, pero sencillo. Cuando llegó el momento, abandoné mi escondrijo y me dirigí hacia la zona de consigna. Allí, metido en uno de los casilleros, encontré la chaqueta del uniforme de un vigilante de seguridad. Yo mismo la había guardado en aquel lugar antes de ocultarme.

La chaqueta era auténtica. Pertenecía a la empresa de seguridad privada subcontratada por el museo, y, combinada con mis pantalones negros, me otorgaba el aspecto de un vigilante más.

Es una debilidad: me encanta disfrazarme.

Ya bien camuflado, me dirigí hacia el recibidor de entrada y desde allí, subiendo las escaleras, accedí al segundo piso. No tuve ningún encuentro ni nadie reparó en mi presencia. Las cámaras del circuito cerrado de vigilancia dejaban tantas zonas muertas como las que habría en un cementerio. Me limité a aprovecharme de ello.

Por la noche, en la oscuridad, el museo era un bullicio de sombras inquietantes. Las estatuas, máscaras y esfinges acechaban en forma de siluetas temblorosas.

En un museo vacío todo parece estar vivo.

Mientras continuaba mi camino, y para olvidar los ojos antiguos que me seguían a todas partes, visualicé al guardia de seguridad que estaría en la consola, controlando los monitores del circuito cerrado de cámaras. Un hombre aburrido de su trabajo, acostumbrado a hacerlo una y otra vez sin que ocurriesen incidentes reseñables, tan habituado a la monotonía de su labor que ni siquiera pondría en él más que un mínimo interés. El justo para mirar de reojo, con desgana, los monitores de seguridad mientras leía su revista, hojeaba su novela o visionaba en su móvil algún capítulo de Breaking Bad. Mientras en los monitores de seguridad no viese una sala ardiendo o un cataclismo semejante, su vistazo no duraría más que una milésima de segundo.

Y durante ese vistazo, ¿qué es lo que encontraría? Una figura vestida con el uniforme reglamentario; es decir, a un compañero haciendo su ronda. Después pensaría que todo marchaba como siempre (aburrido, monótono, corriente) y seguiría disfrutando de las desventuras de Walter White.

Mientras tanto, el verdadero guardia encargado de hacer la ronda en la zona donde yo me encontraba, estaría caminando desganadamente unos metros y unos minutos por detrás de mí. Era una simple cuestión de coordinación: aquel guardia hacía su ronda cada cuarenta minutos; tan sólo me bastaba adelantarme a él por unos cinco o seis.

«No puede ser tan sencillo», pensaréis. Bien. Seguid pensándolo. Eso facilita mucho el trabajo de un buscador.

Llegué al segundo piso y me dirigí hacia mi izquierda. Atravesando un corredor donde se desgranaba la historia del museo, accedí a la sección dedicada a Egipto y Oriente Próximo. Allí estaba la pieza que me disponía a escamotear.

El robo iba a ser sencillo porque la pieza no era una de las más importantes. La había seleccionado con cuidado teniendo en cuenta ese detalle. Lógicamente, robar el Tesoro de la Aliseda o el Bote Zamora habría requerido una operación mucho más compleja. Por suerte, yo no necesitaba ninguna de esas cosas.

En la sección dedicada al Antiguo Egipto, detrás de la recreación de una cámara sepulcral del la dinastía XXI, se encontraba una vitrina donde se exponían varios ushebti, cuya traducción es como «los que responden». Se trata de pequeñas figuritas con forma humana que acompañan a las momias en sus sepulcros. Los antiguos egipcios pensaban que en el Más Allá el ushebti se convertiría en un sirviente que te acompañaría por toda la eternidad.

El que yo me disponía a robar era el ushebti del faraón Horemheb. Una estatuilla de fayenza blanca que representaba al faraón amortajado, con su peluca y su barba puntiaguda. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho y el cuerpo grabado con jeroglíficos. Databa el siglo VII a. C. Era una pieza valiosa, bonita y, lo más importante, manejable; de apenas unos quince centímetros de longitud y no más voluminosa que una rama gruesa.

La figurita de Horemheb estaba colocada de pie, en su vitrina, un receptáculo de cristal y hierro, rodeada por otros ushebti similares que aguardaban, muy tiesos, ser activados en el inframundo, como una cuadrilla de pequeños mayordomos.

Otra creencia común es pensar que todas las vitrinas de los museos están elaboradas con cristales blindados, irrompibles o qué sé yo. La realidad es que dicho material es caro, por lo que en la mayoría de los museos lo reservan para proteger las piezas más valiosas. Ningún museo se gasta una fortuna (de la que a menudo carecen, por otra parte) en cristal laminado para guardar una simple colección de ushebtis; estas piezas son interesantes, pero hay cientos de ellas repartidas por el mundo. En Egipto se cuentan por millares. Cualquier turista avispado podría comprar un ushebti auténtico por unos cuantos dólares en El Cairo. Los antiguos egipcios los elaboraban de forma casi industrial.

Podría haber escogido robar cualquier otra pieza de similares características; el museo estaba repleto de ellas. Pero, en el fondo, soy un sentimental. Siempre me he sentido atraído por la cultura del Antiguo Egipto. Ya de niño había visto tantas veces a Boris Karloff en La Momia que me sabía enteros algunos diálogos de la película. De adolescente, tuve la ocurrencia de estudiar lectura jeroglífica por mi cuenta, utilizando algunos libros. No pasó de mera intención y lo único que logré fue aprender a impresionar a las chicas escribiendo sus nombres con jeroglíficos (también comprobé que aquello las impresionaba menos de lo que yo había imaginado). Me habría gustado poder especializarme en el mundo de los faraones durante la carrera, pero la sofocante influencia de mi madre acabó empujándome hacia el pasado medieval. No obstante, siempre he guardado un cálido rinconcito en mi corazón para el mundo del Nilo y las pirámides.

Me coloqué de frente a la vitrina, dándole la espalda a la momia del sacerdote Nespamedu. Por un momento me sentí como un explorador de la belle Époque. Sólo esperaba no desatar las iras de Imhotep y toda su corte de dioses aburridos.

Tuve que actuar con rapidez. Con ayuda de un simple cortador de vidrio, hice un agujero cuadrado lo suficientemente grande como para poder pasar mi mano a través de la vitrina. No sonó ninguna alarma. Así la figurita de Horemheb y la saqué con cuidado.

Oculta en el interior de mi chaqueta, guardaba una pieza idéntica; no tenía dos mil años de antigüedad, sino apenas un par de días. Coloqué la réplica en el lugar donde estuvo el ushebti original y luego tapé el agujero de la vitrina con el trozo de vidrio que acababa de cortar. Lo sellé con un adhesivo de poliuretano adquirido en un taller de coches. Con suerte, nadie se daría cuenta de la chapuza hasta dentro de muchas horas y, aun cuando eso ocurriese, el falso ushebti de Horemheb ocultaría el robo durante tiempo indefinido.

Toda la operación me llevó unos cuatro minutos. Había practicado anteriormente para hacerlo con rapidez y me sentí muy satisfecho de que, a la hora de la verdad, mis manos y mis nervios hubieran estado a la altura. Me guardé el ushebti en la chaqueta, le dediqué un saludo a la momia de Nespamedu, agradeciéndole el haber permanecido muerta y discreta, y me marché de la sala egipcia.

El verdadero guardia de seguridad no tardaría en asomarse por aquella parte del museo. Apresuré el paso mientras recorría la sección de la Antigua Grecia y llegué a la escalera. Bajé al primer piso, a la zona de acceso de visitantes. Tuve que entretenerme un tiempo indispensable en la tienda de regalos del museo. Luego me dirigí hacia mi vía de escape, con la sensación del trabajo bien hecho.

En ese preciso instante, sonó la alarma.

Por un segundo me quedé paralizado. Aquello no estaba en mis planes. Se suponía que tenía que haber entrado y salido del museo en absoluto silencio.

El grito de la alarma me taladró los oídos. Reaccioné. Aún tenía una oportunidad de correr hacia la salida antes de que los guardias de seguridad apareciesen.

—¡Quieto! ¡No te muevas! —escuché a mi espalda. Tarde. Ya me habían visto.

Maldije entre dientes y eché a correr hacia la escalera.

Se me ocurrió llegar hasta el último piso y salir del edificio por una de las ventanas del tejado. Empecé a planear una fuga por todo lo alto, literalmente, mientras subía la escalera saltando los escalones de dos en dos.

Me detuve en la primera planta y corrí hacia los oscuros pasillos de la sección de arqueología protohistórica. Esperaba poder despistar a los guardias en aquel lugar y escabullirme discretamente hacia el ático.

—¿Lo habéis visto? —dijo una voz.

—Se ha metido por aquí. Creo que iba hacia la sala de la Dama de Elche.

—Fantástico. Dejádmelo a mí. Podéis volver a vuestro trabajo, chicos. Todo está bajo control.

Reconocí la voz de inmediato.

—Mierda —mascullé. Era Burbuja.

Los agentes del Cuerpo Nacional de Buscadores no eran muchos. Se trataba de una familia más bien reducida. Tras las bajas sufridas durante nuestra accidentada búsqueda de la Mesa del rey Salomón, sólo Burbuja, su hermana Danny y la inefable Enigma seguían operando en el Sótano, nuestro cuartel general. Habría preferido ser interceptado por cualquiera de las dos agentes femeninas antes que por Burbuja. Él era implacable, más fuerte, más rápido y más ágil que yo. Si se había propuesto darme caza, ni siquiera yo apostaría por mi éxito.

Los guardias de seguridad bajaron por la escalera de regreso al primer piso. La alarma dejó de sonar. Yo me encontraba agazapado detrás del pedestal de la Bicha de Balazote. Podía ver, en el patio interior, cómo la luz de la luna caía sobre el Sepulcro de Pozo Moro. La silueta de Burbuja apareció por detrás del túmulo de piedra. La luna iluminó su rostro por un segundo. Sonreía de medio lado.

—Está bien, novato. Sal de donde estés.

Novato. Siempre novato. Él mismo me había puesto el nombre de Faro y, aun así, le costaba utilizarlo. Odiaba que me siguiera llamando novato.

Intenté moverme en la oscuridad más sigilosamente aún que él. Había practicado mucho durante los últimos meses y esperaba que mi entrenamiento diera sus frutos. Me deslicé hacia un muro y rodeé el patio hasta llegar a la sección de arte romano.

—Jadeas como un perro, novato. Puedo oírte respirar como si te tuviese subido a mi espalda.

Empezó a caminar hacia donde yo me encontraba. Si salía corriendo me vería e iría detrás de mí, y en una carrera de velocidad contra Burbuja tenía tantas posibilidades de salir airoso como si tuviese atados los dos tobillos. Mis ojos se movían nerviosos de un lado a otro hasta que mi mirada se topó con el sarcófago de Usillos: una pesada caja de piedra decorada con relieves de la Orestíada, lo suficientemente grande como para que cupiese un hombre dentro.

Yo, por ejemplo.

Actué sin pensar, tal y como suelo reaccionar en los momentos tensos. Dado que alguna que otra vez eso me había salvado el cuello, decidí dejarme llevar por mis impulsos. Repté hasta el sarcófago y me metí dentro.

Aplasté mi cuerpo contra la superficie de piedra y aguanté de la respiración. Estaba seguro de que apenas había hecho ruido.

Escuché los pasos de Burbuja acercarse hacia la sala donde estaba el sarcófago. El buscador se detuvo. Podía oírle respirar y lo imaginaba oteando hacia todas partes, con aquellos ojos que parecían ser capaces de ver en la oscuridad.

Burbuja deambuló por la sala, lentamente. Se paró a unos pocos centímetros del sarcófago. Si yo hubiera asomado la cabeza, habría podido escupirle en la espalda. Se quedó allí unos segundos sin moverse.

—Maldita sea —masculló—. ¿Dónde diablos te has metido?

Finalmente, se alejó del sarcófago y empezó a caminar en dirección hacia la Sala Narváez, donde se exhibía el tesoro de Salomón. Escuché cómo sus pisadas se perdían en la distancia y exhalé aire, aliviado.

Conté hasta diez y después me atreví a salir de mi escondite. Apenas había dado un par de pasos cuando escuché una voz a mi espalda.

—¿Vas a alguna parte?

Me giré, lentamente. Burbuja estaba frente a mí, apuntándome al pecho.

—Estás muerto, novato —dijo.

Luego disparó.

Cerré los ojos y escuché la detonación.

—Bang —dijo Burbuja, desganado—. Ahora baja los brazos, por favor. Pareces un perchero.

El dedo índice de Burbuja seguía apuntándome al pecho, su pulgar estaba levantado formando con la mano el perfil de una L.

—¿Se puede saber de qué te has vestido? —preguntó.

—Es una chaqueta de guardia de seguridad.

—Siempre tienes que disfrazarte de alguna cosa. ¿Te crees que eres el maldito Sherlock Holmes?

—Habló el verdugo de Canterbury.

—Eso era diferente. La situación lo requería. —Sacó un cigarrillo y se lo colgó de la comisura de los labios—. Toma nota, novato: jamás te disfraces salvo que no tengas ninguna otra opción. Ten algo de dignidad, por el amor de Dios.

—No me llames novato. Sabes que lo odio.

—Estaré encantado de dejar de llamarte novato cuando dejes de comportarte como tal… ¿Qué diablos ha sido esto? Es la operación más chapucera que he visto en mi vida. Estabas jugando en casa, joder; con un sistema de seguridad que tiene más agujeros que un colador. Tendrías que haber sido capaz de hacerlo con los ojos cerrados. —No encontraba su mechero, así que empezó a irritarse—. Maldita sea… Haz algo útil y dame fuego.

—No creo que debas fumar aquí.

—Y yo no recuerdo haber pedido tu opinión.

Suspiré y le di mi mechero. Últimamente Burbuja estaba intratable.

La inactividad lo sacaba de quicio. El Cuerpo Nacional de Buscadores llevaba varios meses sin encargarse de una misión en condiciones y Burbuja sufría como un león enjaulado, lo cual manifestaba haciendo víctima de su mal humor a todo el que tuviese a mano. Burbuja era un hombre joven hecho de nervio y músculo, necesitaba la acción igual que una planta necesita de la luz del sol para no marchitarse.

Unas semanas atrás, mi compañero había tenido la idea de realizar simulacros de trabajos de campo. Yo era el buscador con menos experiencia del Cuerpo, así que me había escogido como conejillo de Indias para sus enseñanzas. No me importó seguirle el juego dado que, en realidad, yo también empezaba a aburrirme por la falta de actividad. Además, debía reconocer que muchas de las enseñanzas de Burbuja resultaban muy útiles. Entrar por la noche en el Arqueológico y robar alguna de sus piezas era el último ejercicio práctico que se le había ocurrido.

Después de encenderse el cigarrillo, el buscador se quedó mirando el mechero antes de devolvérmelo.

—¿De dónde has sacado esto?

El mechero tenía la forma de un zippo y estaba adornado con el emblema del Cuerpo de Buscadores: la columna, la llama, la mano abierta y la corona. Alfa y Omega, los pintorescos joyeros cuya familia llevaba colaborando con el Cuerpo desde hacía generaciones, lo habían fabricado para mí.

—Le pedí a los gemelos que me lo hicieran después de que recuperásemos la Mesa de Salomón.

—¿Por qué?

—No lo sé… Una especie de trofeo personal. Puede que me sirva como talismán de buena suerte. ¿No te gusta?

Burbuja dejó escapar una especie de resoplido ambiguo y me lo devolvió.

—Esta noche no te ha servido de mucho… Está bien: enséñame qué es lo que has intentado llevarte. —Saqué el ushebti de Horemheb y se lo entregué—. ¿Esta chuchería? Maldita sea, esto no vale ni como pisapapeles.

—Tienes toda la razón.

Él debió de detectar algo en mi tono de voz. Examinó el ushebti con cuidado un buen rato y luego me miró, suspicaz.

—¿Es falso?

—Escayola con esmalte —dije sonriendo.

Burbuja me miró entornando los ojos.

—¿Has dejado el auténtico en la vitrina y te has llevado el falso? ¿Cómo puedes pretender que deje de llamarte novato si haces cosas tan estúpidas?

—Dame eso —dije, y le quité el ushebti de las manos—. El que hay en la vitrina también es falso. Me llevé el original y luego fui a la tienda de regalos. Allí hay docenas de réplicas que venden como recuerdo a 14,95 euros. Cambié el original por una de ellas y me la llevé.

—¿Cómo…?

—Intentaré explicártelo despacio para que lo entiendas. El plan consistía en dejar el original en la tienda de regalos, regresar al día siguiente como un visitante más y comprarlo. De ese modo, en el caso de que me atraparan, el original no estaría en mi poder. Te he engañado como a un pardillo. —Apunté con los dos índices a la cara de Burbuja, en un gesto de triunfo—. ¡Sí! ¿Quién es el novato ahora?

—Es un plan estúpido: ¿y si alguien compra la pieza antes que tú?

—Nadie compra jamás esa basura.

—Eso es lo que tú piensas. Has corrido un riesgo innecesario, no te lo voy a dar por válido.

Me era indiferente obtener o no su visto bueno; sólo era un ejercicio tonto para pasar el rato. Además, estaba convencido de haberle ganado por la mano, así que, mientras regresábamos al Sótano, alardeé un poco más para molestarlo.

En vez de dirigirnos hacia los ascensores, salimos del museo, al jardín de entrada. Desde hacía unos meses el Cuerpo contaba con un nuevo acceso al cuartel general que se hallaba en la réplica de las cuevas de Altamira. Era mucho más discreto que el habitual, ya que nos permitía entrar y salir del Sótano sin ser vistos por el personal del museo o los visitantes.

Desde el jardín de entrada, se accedía a la cueva bajando unas escaleras. Primero había que pasar por un habitáculo donde se proyectaba un vídeo explicativo para las visitas. A continuación se accedía a la réplica propiamente dicha: una gran sala en cuyo centro había un mostrador de cristal reflectante que permitía contemplar con comodidad el techo de falsa roca, adornado con copias bastante buenas de las pinturas rupestres de Altamira. El lugar estaba a oscuras la mayor parte del tiempo, sólo se iluminaban las pinturas con luces indirectas para recrear el ambiente de una auténtica caverna subterránea. Y al final de aquella sala había una puerta pintada de negro que se confundía con la pared. La puerta tenía un cierre electrónico que sólo podía abrirse con la banda magnética de nuestros pases azules. Tras aquella puerta había un largo pasillo descendente que terminaba en el Sótano.

Aunque ninguno lo admitíamos, creo que a mis compañeros y a mí nos gustaba la teatralidad de acceder a nuestro cuartel general a través de una cueva prehistórica; era como entrar a la guarida de un superhéroe.

Todavía seguía pinchando a Burbuja con el éxito de mi ingenioso ardid cuando entramos en el Sótano. Él lo soportaba con cara de pocos amigos, fingiendo no hacerme caso, como si ignorase a una mosca pesada.

La entrada del Sótano era una sala moderna y pulcra, con brillantes baldosas negras en el suelo y cristales ahumados en las paredes. El emblema del Cuerpo refulgía en líneas plateadas incrustado en las baldosas. En un lugar bien visible estaba la mesa de Enigma: un aerodinámico mueble blanco que servía como parapeto a la guardiana del Cuerpo Nacional de Buscadores.

Era bastante tarde, pero Enigma todavía estaba en su puesto mirando la pantalla de su ordenador con una expresión de aburrimiento en sus ojos de duende. Tenía la barbilla apoyada en las manos y se mordisqueaba un mechón de pelo rojizo. Al vernos entrar se incorporó y dejó escapar un bostezo.

—¿Ya habéis terminado? ¿Qué tal ha ido?

—El novato la ha fastidiado —respondió Burbuja.

—No le llames así. Sabes que lo odia.

—Gracias —dije yo—. Además, no la he fastidiado. Al contrario: todo ha salido según lo previsto.

—Lo atrapé acurrucado como una rata dentro del sarcófago de Usillos. Menudo éxito.

—Me encanta ese sarcófago —repuso ella—. Está lleno de relieves de hombres desnudos y musculosos. Es como las vacaciones con las que siempre he soñado.

Le relaté a Enigma cómo me había colado en el museo y cambiado el ushebti por un recuerdo de la tienda de regalos. Ella alabó mi ingenio. Burbuja, cada vez más molesto, se encendió otro cigarrillo.

—Apaga eso, ¿quieres? —le reprendió—. Hoy es jueves. Nada de fumar aquí los jueves.

Enigma era una mujer fascinante y llena de rarezas. A menudo me he imaginado el interior de su cabeza como la habitación más desordenada del universo. Una de sus últimas excentricidades era declarar su área de trabajo como zona libre de humos los martes y los jueves de cada semana. Sólo ella sabía el porqué de esa medida.

Burbuja farfulló algo incomprensible, aplastó la punta encendida y se guardó de nuevo el cigarrillo.

—A todo esto, ¿qué haces aquí a estas horas? —pregunté—. ¿No deberías estar en casa?

—Así es, pero mientras vosotros jugáis a policías y ladrones, las mujeres de este lugar todavía mantenemos la costumbre de trabajar en cosas serias. Danny y yo hemos encontrado algo que puede que nos afecte.

Burbuja la miró mostrando un repentino interés.

—¿Te refieres a una misión?

—Tal vez. La policía ha informado de un robo en el Centro Cultural Islámico. Los ladrones han entrado en el depósito de la biblioteca. Danny está allí tratando de obtener detalles y yo me he quedado para hacer la cobertura en caso de que sea necesario.

—Eso parece más bien una labor policial —observé—. ¿En qué nos afecta a nosotros?

—¿Alzaga nos ha pedido que intervengamos? —preguntó Burbuja.

—No seas ridículo. Alzaga está en Babia, como siempre. La idea de investigar ha sido de Danny.

El entusiasmo de Burbuja se desinfló.

—Maldita sea… Creí que era una misión de verdad.

—Y puede serlo. Danny dice que…

—No es una misión de verdad si el director del Cuerpo ni la ha autorizado ni está al tanto. Lo único que estáis haciendo es pasar el rato. —Enigma quiso decir algo, pero Burbuja no le dio la oportunidad—. ¿Sabes qué? Estoy cansado y me voy a casa. Si voy a perder el tiempo, prefiero hacerlo en mi sofá.

El buscador se marchó abruptamente y nos dejó a solas. Enigma negó con la cabeza con aire apesadumbrado.

—Creí que le interesaría lo que Danny y yo hemos encontrado…

—A mí sí me interesa, ¿por qué no me lo cuentas?

Ella sonrió.

—Por eso eres mi favorito, ¿lo sabes?

—Claro —respondí—.Volviendo a lo de ese robo… ¿Por qué Danny piensa que nos puede interesar?

—Eso depende de lo que hayan robado. En el depósito del Centro Cultural Islámico hay algunos libros que pertenecían al fondo Al Quti y que el Cuerpo de Buscadores recuperó hace algunos años. Algunos de esos libros son «Piezas Negras».

—No sé ni lo que es el Fondo Al Quti ni las Piezas Negras.

—Perdona… A veces olvido el tiempo que llevas con nosotros. Te lo explicaré con detalle…

—Espera. —La interrumpí antes de que pudiera hacerlo. Las explicaciones de Enigma raras veces servían para aclarar las cosas. Sus palabras solían ser más lentas que sus pensamientos, por lo que siempre acababa enredándose en una caótica maraña de datos cuyo hilo era imposible seguir—. Dices que Danny está allí.

—Sí. Se fue hace unos veinte minutos.

—Entonces voy a su encuentro. Esta noche tengo ganas de actividad.

Enigma resopló sobre su flequillo en un gesto de fastidio.

—Está bien, dejadme sola. Siempre me quedo sola… ¿Qué tiene Danny que no tenga yo?

—Nada. Tú eres la chica especial.

Le guiñé el ojo a modo de despedida y luego me marché del Sótano. Empezaba a tener la esperanza de que aquello fuese el inicio de una noche interesante.

cap-6

2

Zaguero

 

 

 

 

Unos diez meses atrás yo era un infeliz asistente de museo en Canterbury. Eso fue en la época en que mi único nombre era Tirso Alfaro.

Supongo que antes de que yo naciera, la última persona llamada Tirso llevaba ya varios años muerta, puede que décadas o siglos. Por desgracia para mí, mi madre, la eminente arqueóloga Alicia Jordán, es una apasionada de la poesía del Siglo de Oro español. Llamó Tirso a su único hijo priorizando una afición personal al hecho de que alguien, en pleno siglo XXI, tuviera que bregar con semejante nombre el resto de su vida. Creo que eso dice mucho sobre la tensa relación que mantenemos mi madre y yo desde que mi padre, un piloto comercial a quien apenas conocí, falleció siendo yo niño.

Unos diez meses atrás, repito, yo sólo tenía ese nombre, una madre egoísta y un trabajo de mierda en un museo de Canterbury con nombre impronunciable. Mi futuro no parecía muy estimulante.

Fue entonces cuando respondí a un anuncio laboral, entré en un cuerpo de élite de recuperadores de patrimonio expoliado, ayudé a encontrar una reliquia que perteneció al rey Salomón y obtuve un nuevo nombre de buscador. Ésa es la historia, a grandes rasgos.

Narváez era el director del Cuerpo Nacional de Buscadores cuando yo entré a formar parte de él. Entre sus muchas funciones estaba la de bautizar a los nuevos miembros con un nombre en clave. Por desgracia, Narváez murió asesinado antes de poder darme el mío. Tengo entendido, no obstante, que él quiso llamarme Trueno.

A la muerte de Narváez, Burbuja, un buscador de campo con mucha experiencia, fue promocionado a sustituirle como director. Su mandato fue efímero y no siempre eficaz; seguramente no figurará en los anales del Cuerpo como uno de sus dirigentes más memorables. A pesar de ello, Burbuja hizo algo importante por mí: me dio un nombre. Él me llamó Faro y, desde entonces, así es como me conocen mis compañeros buscadores.

Como ya he dicho, la labor de Burbuja al frente del Cuerpo fue muy breve. Él mismo estaba sobrepasado por una responsabilidad que nunca quiso. Pocas veces le he visto más alegre que el día que renunció al cargo para volver a ser un simple agente de campo.

Las brumosas instancias que pagan nuestros presupuestos —las cuales, por cierto, prefieren no estar muy al tanto de nuestras actividades— se encargaron de colocar a un nuevo director, jefe de operaciones, cabeza ejecutora o como diablos lo queráis llamar.

Desde su fundación, allá por el siglo XIX, el Cuerpo Nacional de Buscadores había gozado de una independencia casi total. Dado que el robo era nuestra razón de ser, ningún político quería mancharse las manos sabiendo demasiadas cosas sobre nuestra labor; les bastaba saber que, fuera la que fuese, la hacíamos bien.

Tras el hallazgo de la Mesa de Salomón —probablemente nuestro logro más espectacular hasta el momento— las cosas empezaron a cambiar, y no precisamente para bien. Encontrar aquella reliquia nos otorgó un enorme prestigio pero también atrajo sobre nosotros más atención de la que nos habría gustado. Muchas personas en las altas esferas ejecutivas empezaron a investigar sobre nuestra función y algunos se asustaron bastante de lo que encontraron. Lo que más miedo les dio fue saber que habíamos operado prácticamente sin control durante más de un siglo. Si hay algo que un político teme y aborrece por igual, es un organismo al que da dinero pero no puede controlar. Eso solía decir Narváez, y tenía toda la razón.

Dicho temor fue lo que llevó a que se buscara un director para el Cuerpo que estuviese más estrechamente relacionado con el poder político. Alguien, en fin, que hubiera salido del mismo cubículo donde se planifican los presupuestos del Estado.

Así fue como Alzaga se convirtió en nuestro nuevo cabecilla.

La primera impresión que tuve de Abel Alzaga fue positiva. Urquijo, el abogado que lava los trapos demasiado sucios del Cuerpo, nos lo presentó de manera oficial en la sala de reuniones del Sótano.

Me pareció que tenía buena presencia. Era alto y esbelto, recto como un maniquí de sastre y vestido con la misma corrección. Rondaba los cincuenta años de edad, pero aparentaba casi diez menos. Lucía con suma elegancia una barba patricia que daba la impresión de recortarse todas las mañanas con ayuda de una escuadra y un cartabón. Dicha barba contrastaba con su abundante cabello, que caía juvenil y meticulosamente descuidado a ambos lados de su cabeza. En aquel espeso pelo negro resaltaban hebras grisáceas como jirones de niebla en medio de una noche avanzada. Era de esa clase de personas que siempre lucen bien en las fotografías oficiales.

Se presentó a sí mismo utilizando su nombre real: Abel Alzaga. A diferencia de todos sus predecesores, no quiso utilizar el sobrenombre de Narváez. Tampoco quiso que nos refiriésemos a él como «director», «jefe» o algo similar. Su cargo oficial sería el de Enlace a secas. Con quién o con qué nos enlazaba, eso no nos lo explicó.

Nos saludó con un breve discurso en el que cada palabra parecía perfectamente medida. Estaba encantado, dijo, de formar parte de nuestro equipo y esperaba contar con nuestra ayuda. Entre frase y frase, Alzaga dejaba caer sonrisas que se encendían y apagaban como si pudiese controlarlas con un interruptor.

Nada más hacerse cargo de su puesto de Enlace, Alzaga mantuvo una pequeña reunión a solas con cada buscador. Yo fui el último en verle en privado.

Me citó en el antiguo despacho de Narváez, ya desprovisto de toda la parafernalia escocesa con la que nuestro anterior jefe decoraba su santuario.

—De modo que tú eres Tirso —me dijo, estudiándome con atención—. Tenía ganas de conocerte.

—Aquí me llaman Faro —respondí yo.

—¿Cómo…? Ah, sí, tu nombre en clave… Sobre eso, prefiero que utilicemos nuestros verdaderos nombres, si no tienes inconveniente —repuso encendiendo una de sus sonrisas—. Ese asunto de los alias me resulta un poco teatral, y creo que levanta barreras innecesarias entre nosotros, ¿no te parece, Tirso?

—Como usted diga.

—Vamos a tutearnos. Soy uno más de vosotros.

Alzaga había hecho bien sus deberes y conocía al detalle mi expediente como buscador. Me felicitó por mi labor en el hallazgo de la Mesa de Salomón y me hizo un par de preguntas sobre aquella historia. Era un hombre que manejaba bien el lenguaje corporal a la hora de hacerte sentir escuchado. Quiso saber si tenía alguna duda que plantearle.

—Sólo una: ¿cuál es nuestra próxima misión?

—Me alegra que me lo preguntes. Soy consciente de que tras este período de inactividad estáis deseando volver a ser operativos; sin embargo, vamos a tomarnos las cosas con un poco de calma, ¿te parece?

—Con calma, ¿en qué sentido?

—Vuestra última misión ha tenido un alto coste para este organismo. No sólo la muerte de Narváez, sino también la de otros dos buscadores. Podría decirse que estamos…, ¿cuál sería la palabra? ¿Diezmados? —Sonrió por tercera vez—. No quiero sonar dramático, pero nuestros recursos humanos actuales dificultan enormemente que podamos acometer cualquier trabajo con garantías de éxito… ¿Sabías que en tiempos pasados este Cuerpo llegó a tener hasta diez agentes operando al mismo tiempo?

—No lo sabía.

—Sí; quizá no tenían modernos despachos ni sistemas informáticos, pero lo suplían con un equipo humano altamente eficaz. Ahora no sois ni la mitad de los que erais entonces. Comprendes cuál es el problema, ¿verdad?

Alzaga era dado a los parlamentos largos, lo opuesto a la parquedad de Narváez; además, tenía la costumbre de terminar con una pregunta, como si fuera el lazo que mantenía atado a su interlocutor.

—Sí, lo comprendo. Imagino que eso quiere decir que tendremos que buscar nuevos agentes de campo.

—Como te he dicho antes, vamos a tomarnos las cosas con calma. Primero, intentemos acostumbrarnos a unas nuevas dinámicas de trabajo en las que podamos optimizar al máximo nuestros recursos actuales. Después, evaluaremos en qué medida resulta útil a nuestra labor y actuaremos en consecuencia. ¿Te parece correcto?

Alzaga había utilizado muchas palabras para no decir nada, y entre esas palabras había deslizado términos como «optimizar» y «dinámicas de trabajo». Todo ello aderezado con sus sonrisas automáticas. Salí de aquella primera toma de contacto con una extraña sensación de inquietud.

Nuestro Enlace nos adjudicó a cada uno una labor concreta, lo que él llamó «campo de trabajo». La mía fue la de «localizador». Ésta consistía en buscar piezas que pudieran ser futuros objetivos de nuestras misiones. En un principio me entregué a mi función con entusiasmo. Un par de semanas después de nuestra primera reunión, ya tenía una lista de tres o cuatro objetos expoliados que podían interesarnos. Se la presenté a Alzaga creyendo haber hecho un buen trabajo.

—Bien, Tirso, veo que has captado la idea —me dijo después de echarle un vistazo—. Sigue con ello.

Le pregunté si debíamos empezar a hacer planes para recuperar alguna de aquellas piezas.

—Eso sería como comenzar la casa por el tejado, ¿no crees? —respondió—. Esta lista todavía es insuficiente para crear una base de datos.

—¿Base de datos?

—Claro. ¿Cuál creías que era mi intención al encargarte este trabajo? Primero, elaboramos una base de datos amplia y exhaustiva que nos permita evaluar el estado de la cuestión. La cuestión es el patrimonio expoliado. De cada pieza realizamos una ficha con datos y seguimiento continuo, que después será volcada a un soporte informático. Pero no debes preocuparte por este punto: ese trabajo lo lleva a cabo otro agente.

—¿Y en qué momento se supone que recuperamos las piezas de la lista?

Alzaga me disparó una sonrisa.

—Poco a poco, Tirso, ¿recuerdas? La base de datos es fundamental. Sin ella nuestra labor sería informe y caótica. Seguiremos un calendario preciso: base de datos, reunión de evaluación, cálculo de costes… Es un sistema de trabajo ordenado al que pronto nos acostumbraremos. Pero, como te decía, sin una base de datos el sistema no puede funcionar. Por eso tu trabajo es tan importante, ¿entiendes?

No estaba seguro de entenderlo. De hecho, cada vez que hablaba con Alzaga sobre la cuestión tenía menos claro qué era exactamente lo que estábamos haciendo. Lo único que sabía era que jamás salíamos del Sótano.

Mis compañeros buscadores recibieron labores igual de difusas e interminables, todas ellas etiquetadas con nombres muy técnicos. Cada semana Alzaga nos reunía para evaluar nuestro trabajo y aseguraba estar satisfecho con nuestros progresos. El problema era que no teníamos ni idea de hacia dónde estábamos progresando.

En cierta ocasión, Burbuja cuestionó abiertamente aquel sistema delante de todos nosotros, y con modales muy poco amables. Quería saber cuándo dejaríamos de hacer papeleo de oficina y volveríamos a las labores de campo, las cuales, después de todo, eran nuestra razón de ser.

Alzaga le arrojó a la cara una de sus sonrisas, que fue inexpresiva como una hoja en blanco.

—Aún no estáis listos para ello. No queremos que ocurra otro desastre como el de la última vez, con una operación precipitada y carente de todo soporte. Hay quien diría que el responsable de ello fue mi predecesor inmediato…

Aquello fue un golpe bajo, y tan certero como la punta de un estilete. El predecesor inmediato de Alzaga había sido Burbuja.

—Dos agentes muertos y el resto heridos —remató nuestro nuevo superior—. No me gustaría tener algo así sobre mi conciencia. Pensaba que tú, más que ningún otro, entendería la importancia de la labor que estamos haciendo ahora.

Pude ver cómo Burbuja demudaba parte del color de sus mejillas. Alzaga no perdió ocasión de asestar otro golpe:

—Puedo entender que tengamos visiones diferentes sobre cómo dirigir este organismo. En todo caso, estoy convencido de que ambos estamos de acuerdo en la importancia que tiene respetar una cadena de mando.

Por un momento me admiré de lo mucho que Alzaga parecía conocer los puntos débiles de sus buscadores y cómo aprovecharse de ellos. Burbuja es incapaz de desobedecer a un superior: tiene alma de soldado (por eso fue un mal jefe para el Cuerpo).

Aprendimos mucho en aquella reunión. Aprendimos que las sonrisas de Alzaga son afiladas y cortantes. Aprendimos que estaba dispuesto a imponernos su modo de trabajar a pesar de lo poco adecuado que pudiera parecernos. Aprendimos que él tenía un objetivo y estaba dispuesto a cumplirlo.

Y he decir que si su objetivo era convertir el Cuerpo Nacional de Buscadores en un inoperante grupo de oficinistas, Alzaga se encontraba muy cerca de alcanzarlo.

Llamé a Danny a su móvil y le dije que iba a su encuentro. Si la idea le parecía buena o no, no me lo dio a entender, aunque yo imaginaba que habría preferido encargarse de aquel tema ella sola. A Danny le gustaba trabajar por libre.

Nos encontramos en la calle Salvador de Madariaga, frente a la mezquita de la M-30. El Centro Cultural Islámico es una institución que opera en Madrid desde los acuerdos firmados en 1976 entre el Estado español y otros dieciocho países musulmanes. Unos años después se inauguró la mezquita, construida con dinero de la casa real saudí (la cual disfruta sembrando Occidente de semillas islámicas que riega amorosamente con dinero del petróleo) y cuyas formas están vagamente inspiradas en la Alhambra de Granada. Además de la mezquita, el Centro Islámico cuenta con diversas instalaciones, como un auditorio, un colegio, un museo y una biblioteca con fondos de cierto valor.

Hasta donde yo sabía, el Centro Islámico administraba sus propios bienes culturales de forma autónoma, de modo que el Cuerpo Nacional de Buscadores nunca había tenido tratos con él. Me preguntaba qué era lo que Danny habría podido encontrar allí que fuese de nuestro interés.

Mi compañera me esperaba en la puerta de la mezquita, embutida en una de sus cazadoras de cuero negro. La noche era fría, por lo que tenía las manos encajadas en los bolsillos y un gorro de lana cubría sus negros cabellos.

—Y aquí está Faro acudiendo al rescate… —dijo al verme aparecer, con su tono sarcástico habitual—. ¿Tanto me echabas de menos?

—Supuse que sin mí estarías perdida. No hace falta que me des las gracias… ¿Esto cuenta como una cita?

—Ya te gustaría, Tirso Alfaro.

Intenté replicar algo ingenioso, pero no se me ocurrió nada, de modo que me limité a dejar escapar una risita algo idiota. Yo aún seguía sintiendo un absurdo enamoramiento por aquella mujer, pero Danny me dejó claro en su momento que no estaba interesada en ese tipo de relación con otro buscador. El principal motivo se debía a que Burbuja y ella eran hermanos, y la buscadora ya sentía demasiada presión por tener que trabajar codo con codo con un pariente de sangre como para añadir una pareja sentimental a la ecuación.

A pesar de todo, yo seguía tanteándola. Aún mantenía la esperanza de que cambiara de opinión. Danny lo sabía y se dejaba hacer, no sé si porque se sentía halagada o solamente porque le gustaba jugar conmigo. Tratándose de Danny, era difícil suponer sus pensamientos: le gustaba guardarlos bajo llave. Quizá por eso me atraía tanto.

—Si esto no es una cita, entonces podrías decirme qué hemos venido a hacer aquí —dije.

—En tu caso, supongo que perseguirme; en lo que a mí respecta, creo que he encontrado algo que nos puede salpicar y he venido a ver hasta qué punto.

—¿A espaldas de Alzaga?

—Sí, eso es un aliciente… ¿Enigma te ha contado los detalles?

—Lo único que sé es que se ha producido un robo. Enigma habló de algo llamado Fondo Al Quti y de unas Piezas Negras. ¿Tiene algo que ver con lo que han robado?

—Eso es lo que intento averiguar. De ser así, me temo que vamos a tener un problema serio entre manos, por mucho que le moleste a Alzaga. —Torció el gesto al decir el nombre de nuestro enlace—. Acompáñame. Luego te daré los detalles, cuando tengamos más tiempo.

—¿Adónde vamos?

—A la escena del crimen. Quédate unos pasos detrás de mí y procura no abrir la boca. Se supone que estamos de incógnito.

Seguí a Danny al interior de las instalaciones del Centro Cultural. Todo parecía estar tranquilo hasta que llegamos al acceso a la biblioteca. La puerta estaba sellada con una cinta amarilla y un agente de la Policía Nacional vestido de uniforme montaba guardia. Otro policía hablaba con un hombre barbado de rasgos árabes, que parecía encontrarse algo nervioso.

Danny y yo nos quedamos tras la esquina de un pasillo, discretamente apartados, fuera del campo de visión de los agentes. Ella me hizo un gesto para que no me moviera.

Al cabo de un rato salió de la biblioteca un hombre vestido de paisano con una placa de policía colgada del cuello.

—Ahí está nuestro amigo —dijo Danny—. Vamos.

Nos acercamos a él y Danny le llamó.

—Zaguero. Ya estoy aquí.

El hombre se volvió. Era un tipo de mediana edad, recio y de corta estatura, su perfil era similar al de un cubo. Tenía la cara ancha y lucía un enorme bigote descuidado. Su pelo era también negro y espeso, pero desaparecía abruptamente al llegar a la parte superior del cráneo formando una calva perfecta y moteada de sudor. Al fijarme en la placa que llevaba colgada del cuello vi que tenía rango de inspector.

El tal Zaguero me miró receloso.

—¿Quién es éste?

—Faro. Es un compañero.

—¿Del Cuerpo? —me preguntó mirándome a los ojos.

—Si es del mismo al que pertenece ella, sí —respondí yo.

El bigote del policía se movió en un conato de sonrisa. Me estrechó la mano con fuerza. Tenía la piel dura y seca.

—Es un placer, Faro. Vayamos a un sitio más discreto.

Nos llevó hasta la puerta de la biblioteca y apartó la cinta policial para que pasáramos.

—Éstos vienen conmigo —le dijo al agente que vigilaba la entrada—. Voy a estar unos minutos en el despacho del bibliotecario, por si alguien me necesita.

Zaguero nos condujo a una minúscula oficina a la que se accedía desde un lateral de la biblioteca y cerró la puerta al entrar.

—Está bien —dijo dirigiéndose a Danny—, ¿qué puedo hacer por ti?

—Primero, voy a presentarte en condiciones, si no tienes inconveniente. —El hombre asintió—. Faro, éste es el inspector Javier Santamaría, de la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional.

—Para vosotros, Zaguero —añadió el policía—. Es mi nombre de buscador.

—¿Eres un buscador? —pregunté.

—Lo fui, hace algunos años. Salí del Cuerpo para entrar en la Policía Nacional.

—Se pasó al bando de los legales —añadió Danny. El aludido se encogió de hombros, con gesto culpable.

—¿Qué iba a hacerle? Me casé, tuve hijos y necesitaba un trabajo menos original. Algún día a vosotros os pasará lo mismo.

—Ya ves, Zaguero es de los que se casan. A pesar de ello, es buena persona y un buen amigo del Cuerpo. Nos mantiene al tanto de las operaciones policiales que nos pueden interesar. Creo que en el fondo nos echa de menos.

Me habría gustado poder conocer más en detalle la historia de aquel ex buscador, pero Danny fue directa al asunto que nos había llevado hasta aquel lugar.

—¿Qué es lo que se han llevado?

—Lo siento, Danny, pero, como ya temías, ha sido el Mardud.

—Eso no es bueno, nada bueno… ¿Cómo lo han hecho?

—Ha sido un trabajo bastante limpio, casi parece uno de los que hacíamos en el Cuerpo en mis tiempos: desconectaron la alarma, desmontaron una de las ventanas, cogieron el Mardud y se fueron con él. Los ladrones sabían lo que querían y dónde encontrarlo.

—¿Alguna idea de quién puede haber sido?

—Hemos detenido a un sospechoso.

—Bien. ¿De quién se trata?

—Aún lo tengo aquí, ¿queréis verlo?

—¿Podemos?

—Claro, pero habrá que tomar algunas precauciones. No os separéis de mí e intentad no haceros notar demasiado.

—¿Crees que eso es prudente?

—Nadie hace preguntas si ve a un inspector ir de acá para allá con alguien detrás; siempre piensan que se trata de algún mandamás. De todas formas, sed discretos.

Danny le pidió detalles sobre el sospechoso detenido. Según Zaguero, se trataba de un hombre joven, de entre veinticinco y treinta años. No tenía ningún documento de identidad. El guardia de seguridad privado del Centro lo había atrapado en la calle, justo delante del edificio. Danny preguntó si tenía el Mardud consigo. Zaguero respondió que no.

—Entonces, ¿cómo sabéis que es un sospechoso?

—Los ladrones no sólo se llevaron el Mardud, también forzaron una pequeña caja de seguridad donde había algo de dinero en efectivo. El sospechoso llevaba el dinero encima. Parece estar bastante claro que forzó la caja, pero de lo otro no hay ni rastro y el tipo asegura que no sabe de qué le estamos hablando.

Escuché las explicaciones de Zaguero con mucha concentración, intentando no perder detalle. Miraba al ex buscador atentamente, pellizcándome sin darme cuenta el labio inferior, algo que suelo hacer cuando estoy concentrado. De pronto Zaguero dejó de hablar y me miró.

—Disculpa… ¿Tú y yo no nos habíamos visto antes?

—No; estoy seguro de que no —respondí, sorprendido.

—Es curioso, tienes algo que me resulta familiar, y yo nunca olvido una cara. —Se quedó mirándome unos segundos, con el ceño fruncido—. Sí, estoy seguro de que me suenas de algo, pero no sé de qué… No importa, ya me acordaré.

Danny empezó a impacientarse. El inspector de policía dejó de prestarme atención y nos pidió que lo siguiéramos.

La policía había retenido al sospechoso en una sala de lectura de la biblioteca. Era un hombre más joven que yo, tenía la piel oscura y en sus rasgos había un leve aire agitanado. Estaba sentado en una silla, con las dos manos sobre la mesa de lectura, y miraba hacia el frente. Vestía unos pantalones vaqueros bastante sucios y una raída camiseta del Olympique de Marsella con el nombre de Drogba a la espalda.

Zaguero despidió a un policía que lo custodiaba y nos quedamos a solas con él.

—Está bien, amigo —dijo el inspector dirigiéndose al sospechoso—. Estos señores van a hacerte unas preguntas. Procura responder lo mejor que puedas y todo irá bien.

El detenido se limitó a mirarnos. El blanco de sus ojos brillaba como el marfil y sus pupilas tenían el color y el brillo de dos gotas de miel. Eran unos ojos enormes e intensos.

—¿Puedo fumar un cigarrillo? —preguntó.

—Si eso te ayuda a colaborar… —masculló Zaguero. Le ofreció de su tabaco, pero era negro y al sospechoso no le gustaba. Tuve que darle uno de mis Marlboro.

Al pasarle mi mechero, se quedó mirando el diseño durante un segundo. Luego se encendió un cigarrillo y expulsó lentamente una densa nube de humo, cerrando los ojos.

—Bien, hijo —dijo Zaguero—. Nos estamos portando bien contigo, espero que tú hagas lo mismo con nosotros.

Danny tomó la iniciativa.

—¿Cómo te llamas?

El sospechoso tardó un tiempo en responder, durante el cual sólo nos miraba. Había un aire soberbio en su forma de hacerlo, como si estuviera calibrando si merecíamos o no escuchar sus palabras.

—Me llamo César —respondió al fin.

—¿Algo más?

Se encogió de hombros. De golpe perdió su interés en nosotros y dejó caer la mirada sobre el dorso de sus manos. El inspector torció el gesto.

—Tarde o temprano tendrás que darnos tu nombre completo.

César pareció no haberle escuchado.

—De acuerdo, César —intervino Danny—. ¿Sabes dónde está el Mardud de Sevilla?

—No sé lo que es eso.

—Escucha, vamos a intentar ayudarnos mutuamente —dijo Zaguero—. Sabemos que has sido tú quien ha entrado en la biblioteca y quien se ha llevado ese dinero de la caja. Si te has quedado algo más, será mejor que lo admitas ahora o será peor para ti. ¿Lo hiciste?

—No —respondió César sin dudarlo—. Sólo el dinero.

Zaguero resopló, frustrado.

—Maldita sea… Es a ti a quien hemos pillado con las manos en la masa, ¡aquí no había nadie más! Falta el dinero y falta el libro. Tú tienes el dinero, ¡dinos dónde está el libro!

—Quiero hablar con un abogado. Sé que tengo derecho a hacerlo.

—Mierda…, ya salió eso —masculló Zaguero—. Mira, hijo, no te estamos acusando de poner una bomba en una embajada; no hay por qué complicar las cosas. La cantidad de dinero que te has llevado ni siquiera llega para acusarte de un delito mayor. Si lo devuelves y nos dices dónde está el libro, te prometo que no irás a prisión, sólo te caerán unas cuantas horas de servicios comunitarios; pero necesito que me digas dónde está, de lo contrario, no podré hacer nada por ti.

—Quiero hablar con un abogado.

Zaguero resopló.

—Así no hay manera…

—Está bien, dejémoslo —dijo Danny.

Salimos de aquel lugar y regresamos al despacho del bibliotecario.

—¿Qué te parece? —preguntó Zaguero a Danny.

—Que miente, no hay duda.

—Eso creo yo, pero en cuanto salen con la dichosa cantinela del abogado, todo se embarulla y se va al carajo.

—Por curiosidad, ¿cuánto dinero se llevó?

—Poco más de cien euros.

—Es extraño… Por el aspecto que tiene el sospechoso y la cifra sustraída, da la sensación de ser un simple hurto, el típico que cometería un yonqui en mitad del mono para pagarse el chute.

—Ese chico no es ningún yonqui —dije.

—No, no lo parece… Pero si el libro no hubiera desaparecido, ésa es la impresión que daría. Un hurto entre cientos… Zaguero, ¿cómo se dieron cuenta en el Centro de que se había producido el robo?

—La alarma del depósito saltó.

—Dijiste que los ladrones la habían desconectado.

—Y así fue. La alarma se activó cuando ya no había nadie dentro.

—Eso es muy raro… ¿Podemos hablar con el guardia de seguridad?

—Claro. Seguidme.

El guardia trabajaba para una empresa privada de nombre Segursa. Era un hombre con visible sobrepeso cuya piel brillaba por efecto del sudor, como si tuviese la cara cubierta de aceite. Despedía un intenso aroma a ropa sucia y su expresión era tan sagaz como la de alguien que acaba de despertarse de una siesta milenaria.

Repitió más o menos la historia que Zaguero nos había contado. Dijo que, cuando oyó la alarma, se dirigió hacia la biblioteca. Lo primero que vio fue la caja abierta y vacía. Salió a la calle y encontró a César. Según sus propias palabras, tenía un «aspecto furtivo».

—¿Sólo por eso lo retuvo? —preguntó Danny.

—Aquí cerca hay una barriada de gitanos y gente de ésa —respondió el guarda—. Rondan por aquí, se llevan cables de cobre de las obras, roban bolsos… Son gentuza. En cuanto vi a ese tipo me dije: «Ya están otra vez esos putos gitanos dando por saco», porque tiene pinta de ser uno de ellos, ¿verdad? A ver si lo meten en la cárcel para que escarmiente. Nos tienen hartos.

—¿Sabe usted que los guardas de seguridad privada no tienen potestad para retener a nadie fuera del recinto que están vigilando? —dijo Zaguero.

Al guardia no parecía preocuparle ese pequeño tecnicismo legal. Volvió a soltar una andanada contra «gitanos y sin papeles que no hacen más que dar por el culo a la gente honrada» y, más o menos, nos dejó claro que volvería a actuar de igual forma si tuviera la oportunidad. Muy edificante.

Dejamos de lado al guardia y regresamos a la pequeña o

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