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La vida cuando era nuestra

Marian Izaguirre

Fragmento

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1

Hace frío. Solo es octubre, pero ya parece pleno invierno. He sacado el abrigo por primera vez y, como he visto que el día está nublado y hace viento, he decidido ponerme un pañuelo en la cabeza. Es un viejo pañuelo de seda que a veces llevo también al cuello, con mi chaqueta de Linton Tweeds. Antes me he recogido el pelo en la nuca. Me hubiera gustado tener un poco de brillantina Rosaflor, para que ningún cabello rebelde se saliera de su sitio, pero he tenido que conformarme con pasar la palma de la mano humedecida por la frente y las sienes. ¿Por qué tengo este pelo? Es asombrosamente blanco para mi edad. A veces me miro en el espejo y veo un reflejo amarillento, como de polluelo, que me recuerda el tiempo en el que fui rubia.

Solo tengo cincuenta y un años. Nací con el siglo. No creo que me corresponda tener este pelo tan blanco.

Voy a dar un paseo hasta su tienda. Me gusta caminar. Salir a media tarde, cuando ya estoy cansada de mis cosas, y andar durante un par de horas, sin rumbo fijo, por esta ciudad que crece a la misma velocidad a la que pasan los días. Hay muchas zonas que no conozco, a pesar de que llevo ya trece años en Madrid. Vine con treinta y ocho; qué joven era y qué joven me sentía entonces, parece increíble… La mayor parte de las veces no me alejo demasiado, pero cuando tengo ganas de ver algo completamente distinto, tomo uno de esos autobuses que van a los barrios de la periferia y me subo, dispuesta a emprender un largo viaje, como quien va a otro país, devorando las calles que veo a través de la ventanilla. En los semáforos atisbo los escaparates de las tiendas. Van cambiando a medida que nos alejamos del centro. Sé que estoy muy lejos cuando dejan de verse comercios de ultramarinos o de ropa y empiezan a aparecer los talleres mecánicos.

Creo que fue en una de estas excursiones mías cómo le conocí. Acababa de regresar del otro extremo de la ciudad, ya estaba cansada y me disponía a meterme en casa, sin demasiadas ganas, la verdad, porque aún era junio y los días eran luminosos y largos. Entonces vi a ese hombre. Me gustó que llevara una pila de libros en los brazos. Vestía una chaqueta vieja, con coderas, que parecía tener demasiados años, como mi abrigo de hoy. No llevaba sombrero, pero no era un obrero ni un campesino. Quizá un profesor, pensé entonces. Y antes de que me diera cuenta, le estaba siguiendo, manzana tras manzana, por las calles del distrito de Chamberí.

Llevaba buen paso, me costaba no perderle de vista. Finalmente se detuvo en un portal de la calle Caracas. Me paré a unos metros de distancia fingiendo que buscaba algo en mi bolso. Ni se dio cuenta de que le seguía. ¿Quién hace caso de una vieja con el pelo blanco? Vi que tocaba la aldaba. Tres golpes dio. Al cabo de un rato apareció una mujer despeinada y con mandil. El hombre le tendió dos de los libros que llevaba. No oí lo que decía. Pero sí a la mujer, que tenía una voz un poco estridente:

—¿Pero no sube usted? El señorito Luis le estaba esperando.

Entonces me acerqué un poco y por primera vez oí su voz: agradable, modulada, un poco grave. Si fuera un instrumento musical creo que sería un cello. O en algunos momentos una viola, como mucho.

—Hoy no puedo, tengo que entregar otro pedido —dijo con un tono que a mí, al menos, me pareció sincero—. Salúdele de mi parte y dígale que el jueves, sin falta, subiré a verle.

La mujer cerró la puerta tras de sí, él se volvió hacia el lugar en el que yo estaba, me miró sin verme —creo que ya he dicho lo desapercibidas que podemos llegar a ser las mujeres cuando la vejez nos viste por fuera— y volvió por el mismo camino por el que había venido.

Le seguí porque sabía que iba a entregar el resto de los libros. ¿Quién era? ¿A qué se dedicaba? Durante un buen rato —debo confesar que me divertía jugar con ventaja— me situé a su altura, codo con codo por la ancha acera de Zurbano. Su brazo y el mío casi se rozaron durante un breve instante. Eché un rápido vistazo a los libros. No eran ni con mucho nuevos, pero no pude ver los títulos. ¿Era el encargado de una biblioteca? ¿El dependiente de una librería? Él seguía sin fijarse en mí, como estaba previsto; pero, por si acaso, decidí dejar que se alejara un poco, hasta que se paró en otro portal; esta vez no llamó con la aldaba porque el portero estaba barriendo la acera. Imaginé que iba a tardar, así que me senté en un banco. Y le esperé.

¿Qué hago en este banco?, me pregunto cuando la espera pone un poco de cordura en mi entusiasmo. Insisto, tengo cincuenta y un años, no soy una niña.

Estoy a punto de irme. No lo hago. Quiero saber más de ese hombre que lleva libros a las casas.

Me entretengo pensando en otras cosas, en otros lugares, en un automóvil que Henry mandó pintar de amarillo para mí. En cómo me gustaba conducir por las carreteras de East Sussex, yo sola, toda la tarde, y volver a casa para la cena, sofocada y contenta, y verle a él aguardando con su periódico doblado por la mitad y el vaso de whisky sobre la mesa del mirador… Pienso en su cabello castaño cayéndole sobre la frente y en el mar cambiante que se veía a través de las ventanas. Henry mirándome sonriente por encima de los lentes y desapareciendo después…

Pienso en eso, para que la espera no sea tan larga y no me entren ganas de abandonar. También pienso que estoy haciendo una verdadera estupidez y que en lugar de quedarme como una tonta en este banco a diez metros de un portal donde no sé quién demonios vive, podía estar en casa, con las piernas en alto y leyendo un cuento de Katherine Mansfield o un poema de Emily Dickinson. Eso que suelo hacer cuando estoy cansada del mundo exterior.

No, no me engañaré. Estoy siguiendo a este desconocido porque soy una vieja boba que no tiene otra cosa que hacer. Por eso.

Salió con las manos en los bolsillos del pantalón. Entonces apretó el paso y tuve que esforzarme mucho para no perderle de vista. Atravesamos Génova, y al cruzar la calle Orellana por poco me atropella un automóvil que pegó un fuerte bocinazo, cosa que hizo que se volviera, pero creo que seguía sin darse cuenta de nada; caminé a diez metros de él durante un tramo de la calle Argensola tan rápido como pude y finalmente vi que se metía en un calle cortada que hay entre Fernando VI y la calle Barquillo. Ahí desapareció.

¿Cómo sabemos que una cosa es importante o no? Una nimiedad, pongamos por caso, como seguir a un hombre de unos cuarenta años por las calles de Madrid, en principio para matar el tiempo en una soleada tarde de junio en la que no te apetece nada encerrarte en casa. Cuando le perdí podía haberme dado la vuelta, pero no lo hice; entré en la calle —un lugar absurdo para tener un comercio, porque digo yo ¿quién demonios va a pasar por un lugar que no lleva a ninguna parte?— y en el mismo instante en que vi la tienda, una librería de viejo con el escaparate lleno de lápices de colores, pinturas al pastel y libros de Julio Verne, en ese mismo instante, supe que estaba ocurriendo algo extravagante, y que dependía de mí la importancia que este hecho tuviera en el futuro. Podía darme media vuelta y olvidarlo todo. O podía entrar en aquel portal y hablar con él.

Entré.

He visitado el interior de la tienda en dos o tres ocasiones. Es un sitio muy raro para poner una librería. Demasiado pequeño, demasiado apartado y al principio me pareció, incluso, algo inadecuado para el barrio. Seguramente fue eso lo que aumentó mi curiosidad. ¿Quién era este hombre que mantenía un negocio de apariencia tan ruinosa? Desde luego yo estaba firmemente decidida a descubrirlo. Los libros son mi religión; así que, bien mirado, no es tan descabellado mi empeño.

Esa vez solo compré una goma de borrar, la más barata que tuviera, le pedí. Total no la necesitaba para nada… Pude verle de cerca. Su mirada era interesante, profunda, un poco melancólica. Quizá porque tenía las pestañas negras y largas y unas ligeras ojeras de color marrón alrededor de los ojos. La nariz era grande, un poco aguileña, y los labios anchos. Lucía una sombra de barba y, no sé por qué, pensé en el roce de aquel mentón en mi piel. No, desde luego que no, no fantaseaba con una aventura romántica; es simplemente que me trajo el recuerdo de algo que hubo en mi vida en el pasado: las tardes perezosas del Mediterráneo, con los primeros calores, Valencia ardiendo en las calles y las sábanas húmedas en las que Henry y yo intentábamos escapar del miedo y el ruido. El roce de su barba contra mi piel…

En fin, recuerdos que duelen. No quisiera irme por las ramas, no se trata de eso; necesito concentrarme si quiero explicar cómo sucedieron realmente las cosas.

Tengo que reconocer que soy testaruda; cuando me empeño en algo, no cejo, no soy capaz de abandonar, ni de ceder. En fin, cada uno es como es, eso hace tiempo que lo he aceptado. Estuve observando al hombre de la librería durante un tiempo, casi todo el verano. Es muy trabajador, siempre está haciendo algo además de atender a sus clientes: lee mucho, clasifica y rellena fichas, a veces escribe en un cuaderno negro de tapas de hule que lleva consigo, un cuaderno exactamente igual al que tenía Henry. A mí, cada vez que le veo con esa libreta en las manos me da un vuelco el corazón.

Los martes y los jueves su mujer se queda en la tienda y él sale a repartir sus libros a los que supongo son clientes especiales. Tiene cuatro o cinco a los que visita a domicilio. Uno vive en el portal al que bajó la mujer del mandil y otro en aquella calle en la que me senté el primer día.

Su mujer me gusta. Es joven y muy guapa, tiene una melena ondulada que siempre lleva perfectamente peinada. Eso me da cierta envidia, debo confesarlo. Un día le compré un lapicero de la marca Faber-Castell, del 2B, y me fijé en que tenía unas manos muy bonitas, ágiles y armoniosas, de dedos largos, como las de una pianista.

La tercera vez que entré en la librería era sábado. En esa ocasión quería un libro, y no era una excusa. Pensé que este pequeño local medio escondido en una calle cortada podía proporcionarme en el futuro muchos momentos felices.

Le pregunté si tenía algún libro en inglés. Él me sacó The Black Arrow y un ejemplar desencuadernado de Oliver Twist. Estuve a punto de explicarle que no era precisamente eso lo que yo buscaba, pero no me dio tiempo porque en ese momento entró en el portal un hombre bajito y feo con una pesada maleta que, según pude saber después, estaba llena de libros de segunda mano. En realidad fue ese anodino personaje el que encendió la luz en mi cabeza. El librero levantó el mostrador, le hizo pasar al interior de la tienda y le pidió que esperara un momento, mientras me atendía. El hombre se llamaba Garrido, según pude escuchar.

Cuando tuve la oportunidad le pedí algo menos… digamos juvenil. Era una petición, si quieren, un tanto ridícula, porque ¿dónde está escrito que Stevenson o Dickens sean autores juveniles? Creo que estaba nerviosa, simplemente. Pero él pareció entenderme.

—Pase usted dentro —dijo levantando de nuevo la encimera del mostrador y abriendo la compuerta—. En aquel rincón, en la segunda balda, tengo unos pocos libros en inglés y francés. Puede encontrar algo y, si no, enseguida estoy con usted.

Tres personas dentro de aquel estrecho habitáculo eran demasiadas. Ahora bien, me sentí en la gloria. Tenía muy pocos libros en inglés, pero todos eran curiosísimos; ediciones norteamericanas de autores a los que había leído en el pasado, como Edith Wharton, Faulkner o John Dos Passos. También encontré los cuentos de Katherine Mansfield, una autora que siempre me acompaña. Eran libros que una no podía esperar encontrarse en un lugar como este. Creo que fue esto, sumado a todo lo anterior y al hecho de que llevaba el libro en el bolso por casualidad, lo que me dio la idea.

Vi cómo ese hombre que se llamaba Garrido vaciaba su maleta en una silla, una torre de libros bastante nuevos, todos de autores españoles, y escuché sin poderlo evitar cada palabra de su conversación, aunque no pude averiguar de dónde sacaba el tal Garrido los libros.

—¿Ha encontrado algo que le interese?

Era una pregunta redundante, porque yo tenía ya en la mano The Age of Innocence, de Edith Wharton, y The Garden Party, de Katherine Mansfield, y los apretaba contra el pecho como auténticos tesoros. Garrido se había marchado apenas hacía un minuto, el librero le había pagado veinte pesetas y ahora había venido a atenderme.

—¿Ha visto este? —me enseñaba un ejemplar de A passage to India, de E. M. Forster bastante bien conservado—. Es un buen libro.

Me lo tendió. Lo cogí.

—Te transporta a la época colonial como si fueras en alfombra voladora —añadió sin el más mínimo deseo de convencer.

Me hizo gracia la observación. Era bastante acertada.

—Te alivia de la realidad, ¿no es eso?

Él me miró sorprendido. Luego asintió con naturalidad.

—A veces buena falta nos hace —respondí asintiendo también y devolviéndole el libro—. Lo he leído ya, muchas gracias.

Decir que entre los dos se creó una corriente de mutua simpatía no es fantasear; yo lo noté y él lo notó. Mientras envolvía los libros me acerqué al montón que había dejado Garrido en la silla y lo hice. Nadie se dio cuenta. En mi mente sonaron las palabras que Ezra Pound le escribió a Walt Whitman: «Tenemos la misma savia y la misma raíz. Haya comercio, pues, entre nosotros».

Lo hice, sí. Sin dudarlo. Saqué el libro que llevaba en el bolso y lo puse junto al montón que había traído el tal Garrido. Seguramente esta pequeña tienda era un buen lugar para él.

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2

—Quita eso, por favor.

—¿La radio?

—Sí, apágala.

—Pero si va a empezar el parte.

—Pues por eso.

Estaban los dos sentados en la cocina, cada uno en una banqueta de madera. En el rincón había una balda, y sobre ella un aparato de radio de la marca Invicta que parecía tener algunos años. Lola estaba justo debajo y Matías en el extremo opuesto de la mesa, liando un cigarrillo de picadura. La cocina era pequeña, estrecha. A un lado había una chapa de carbón, flanqueada por medio metro de baldosines blancos, y debajo se alojaban el depósito del agua caliente y un fregadero de granito no muy hondo. Al otro lado, pegada contra la pared, se encontraba la mesa en la que Matías y Lola estaban terminando de comer. Entre una pared y otra había poco más de metro y medio.

—Pues no sé para qué tenemos una radio, si luego no podemos encenderla.

Matías no respondió. Se recostó contra los azulejos y prendió el cigarrillo que acababa de liar.

—A mis padres les costó casi mil pesetas —insistió Lola mientras retiraba los platos y en la radio comenzaba a sonar la sintonía del diario hablado—, y ahora resulta que no puedo oír las noticias.

Una voz engolada de hombre estaba recitando el teletipo de la agencia oficial del régimen. Lo hacía con tanto énfasis que parecía una lectura teatral.

—«Su Excelencia el Generalísimo Franco se halla visitando la provincia de Badajoz. Allí ha inspeccionado las magnas realizaciones del Instituto Nacional de Colonizaciones. En la zona de Montijo inauguró una presa y visitó dos nuevos pueblos que han significado la transformación de ocho mil hectáreas, con la compra y parcelación de sesenta y dos fincas, donde se establecerán un total de cinco mil novecientas una familias.»

Matías hizo un gesto con la mano, señalando algo que parecía flotar en el ambiente.

—No son noticias, Lola. Es su propaganda.

Lola se secó las manos en el delantal y apagó la radio. Un silencio triste se adueñó de la cocina.

Sin decir una sola palabra, ella se dejó caer en la banqueta. Parecía resignada. Habían pasado doce años desde el final de la guerra y las cosas apenas habían mejorado. Estaban solos, rodeados de mentira, represión y miedo. Por eso a Lola le gustaba tener la radio encendida, porque oía música, y no solo noticias o seriales. A veces tenía la suerte de escuchar un lied de Schubert y otras una copla de Concha Piquer, y eso llenaba su mente de imágenes reconfortantes.

—Tú no sé, pero yo ya no puedo oír una sola palabra más sobre el dichoso Fuero de los españoles —añadió Matías con amargura—. Hoy no puedo, de verdad.

Lola preparó un puchero de café con lo que quedaba en el paquete de achicoria. Lo coló con la manga cuya tela estaba cosida al aro con unas puntadas de bramante. Las tazas de loza también estaban desportilladas, y a una le faltaba parte del asa. De pronto se echó a llorar. Sin poder evitarlo. Con la manga del café en una mano y la otra apoyada sobre los baldosines calientes.

—Pero, chica —exclamó Matías consternado—, no te pongas así. De verdad. No sabía que tener la radio encendida o apagada fuera tan importante para ti.

Se había acercado y la cogía por los hombros. Lola no se dio la vuelta; siguió llorando en silencio mientras Matías la abrazaba por detrás. Al rato se incorporó y se secó la nariz con un pañuelo que llevaba en el bolsillo del delantal.

—Vamos, mujer. Anímate.

Se volvió y trató de sonreír. Matías la miró muy serio.

—¿Pero qué te pasa? ¿A qué ha venido eso?

Ella se encogió de hombros.

—No sé —dijo—. Hay días en los que todo me parece horrible.

Matías le acarició el pelo. Ella se dejó consolar y, de pronto, repentinamente se le crispó la mirada y retiró la cara.

—Nos lo han quitado todo, ¿te das cuenta? —dijo con la voz quebrada de quien necesita desahogarse—. La editorial, la casa de tu madre, los muebles, los amigos…

Se había acalorado y volvía a llorar. A Matías no le gustaba verla así.

Hizo una pausa. No podía seguir enumerando tanto expolio. Sentía que todo en su vida requería un esfuerzo agotador.

—¿Sabes qué me pasa? —dijo, abriendo las manos en el aire, como si fuera a mostrar un secreto guardado hace mucho tiempo—. Que echo en falta la vida cuando era nuestra.

A Matías le pareció una frase demoledora, pero muy propia de ella. En el fondo, por debajo de la pesadumbre, sintió el orgullo que le había inspirado siempre esta mujer valiente, ingeniosa y llena de entusiasmo que hoy parecía a punto de rendirse.

—Ya —aceptó acercándose de nuevo a la mesa para atrapar el cigarrillo que se estaba consumiendo antes de que cayera sobre el mantel—. A veces yo también me desespero. —Cogió el paquete de picadura y se lo metió en el bolsillo—. Pero, mira —dijo con un tono más animado, que seguramente no era real, pero por un instante lo pareció—, no voy a permitir que nos arruinen el día.

Lola inclinó la cabeza.

—¿Y eso? —murmuró en una voz tan baja que casi no pudo oírse ella misma.

—Quítate el delantal. Hoy nos vamos a tomar el café al bar. Y luego te vienes conmigo a la tienda.

—¿En domingo?

—Sí, solo un par de horas —respondió Matías aplastando la colilla en el cenicero de estaño—. Quiero cambiar el escaparate antes de abrir mañana.

Lola se lavó la cara en el fregadero. Luego se sintió mejor, más animada.

—Pero el café vamos a tomarlo en casa, que lo preparo en un momento —dijo mientras se secaba con una esquina del delantal.

—Nada de eso. Hoy tomamos un café de los de verdad, en el Metropol.

Lola se encogió de hombros, aparentando claudicar, pero Matías sabía lo mucho que le gustaban esos pequeños dispendios que le devolvían al tiempo en el que todavía podían permitirse cenar en un restaurante o hacer un viaje al extranjero.

—¿Dónde está el atril?

—¿El atril? —preguntó Lola extrañada.

—Sí, el atril de mi padre.

—Creo que en el altillo de la habitación pequeña. Pero no irás a buscarlo ahora.

—No tardo nada.

—Tendrás que coger la escalera.

—Tú ve poniéndote el abrigo, que enseguida voy.

Lola fue al dormitorio y se arregló un poco el pelo frente al espejo de la cómoda. Tenía la nariz roja. Se extendió unos polvos de una caja que estaba casi acabada, y luego se pintó los labios. Al verse con la cara recompuesta sintió la necesidad de ponerse también otra ropa, así que sacó del armario un traje de chaqueta y se cambió. Se puso las medias de seda gruesa y los zapatos de tacón. Luego volvió a mirarse en el espejo. Era otra mujer. De pronto se habían borrado las desgracias y la decadencia de los últimos años, y había vuelto a ser la joven y cosmopolita traductora que colaboraba con la editorial de Matías, la que dejaba boquiabiertos a los hombres y sabía mantenerlos a raya a pesar de todo. A todos menos a Matías, que la deslumbró anulando todas sus defensas, hasta que ella quedó atrapada en una tela de araña de la que nunca había conseguido escapar.

Él estaba casado y se divorció. Luego les dijeron que ese divorcio no valía, pero a los dos les daba ya igual. Le amaba. Con todas sus fuerzas y desde muy adentro. Quizá porque el amor de él también era tan exclusivo que casi no dejaba espacio para la mediocridad. Le amaba porque era cabal sin ser heroico, porque a su lado todo parecía posible. Y porque le admiraba. Su comportamiento durante y después de la guerra le demostró que era un hombre con cuajo. Estuvo a punto de que lo fusilaran; Lola creyó que nunca más le volvería a ver, pero luego el padre de Lola, que era un médico muy renombrado y tenía algunos pacientes entre los mandamases del nuevo régimen, consiguió que le conmutaran la pena. Le llevaron a un campo de prisioneros, en Galicia, y allí se pasó tres años hasta que amainó la virulencia de las represalias y pudo volver a casa. Cuando regresó ya no quedaba nada de su vida anterior. Su madre había muerto, Lola se había refugiado en casa de los suyos y la pequeña editorial que publicaba a los mejores autores franceses e ingleses del siglo XX había desaparecido. En el edificio de la calle Argensola había ahora una sastrería religiosa de dos pisos. Lola había conseguido salvar algunos cientos de ejemplares que tenían en el almacén y media docena de manuscritos por traducir, antes de que unos tipos sin identificar entraran a vaciar el inmueble. Pudo guardar una parte de los libros en casa de sus padres y el resto en el desván de unos amigos.

Habían pasado varios años desde entonces. Demasiados para tener esperanzas y demasiado pocos para acostumbrarse a vivir de este modo.

—Vaya… Nos hemos puesto de tiros largos… —Matías había ido a buscarla al dormitorio. La miraba con ese brillo tan suyo en los ojos—. Estás impresionante, nena. ¿Y si cambiamos de planes?

Llevaba el abrigo puesto y el atril bajo el brazo. Lola le cogió de la manga y le sacó de casa. El café del Metropol iba a ser su único lujo en muchos meses.

Estaban de buen humor cuando llegaron a la tienda. Aun así, no pudo evitar pensar en lo que sentiría él cada día al levantar la persiana de esta pequeña librería de viejo que había instalado en el cuartucho de un relojero. Se entraba por el portal, donde estaba el mostrador. Había que levantarlo y abrir una compuerta con cerrojo para poder acceder a la tienda. Lo mejor, sin duda, era el pequeño escaparate cuya parte más ancha, apenas metro y medio, daba a la calle. Era poco menos que nada, pero tenía que ver con lo que sabían hacer. Con aquella idea romántica de la cultura que les había unido. Los libros habían sido su vida, la de los dos, y de alguna manera todavía lo eran.

—¿Tienes algo nuevo? —preguntó Lola quitándose los guantes y levantando un montón de revistas polvorientas—. Ayer dijiste que había venido Garrido.

—Algo hay —respondió él—. Pero no precisamente ahí.

Lola conocía ese tono.

—¿Qué? —preguntó impaciente.

Matías siguió retirando el abanico de novelas de Salgari y Julio Verne que tenía expuestas en el pequeño escaparate. Algunas podían pasar como de primera mano. Había dos o tres que tenían viñetas en el interior.

—¿Qué? —insistió Lola.

—Paciencia —murmuró él mientras amontonaba en ambos extremos los lápices de colores y las libretas escolares que se veía obligado a vender para que el negocio no fuera del todo ruinoso.

Lola siguió curioseando por su cuenta. Los sábados por la mañana Matías recibía la discreta visita de un conocido crítico del ABC, que le vendía los ejemplares enviados por las editoriales para que hiciera una reseña. Eran libros completamente nuevos que o bien ya había leído o no iba a leer jamás. Normalmente eran estos últimos los que le interesaban a Matías.

—Te vas a manchar. Y además por ahí no encontrarás nada.

—¿Vamos a jugar al frío-frío, caliente-caliente? —protestó ella.

—No, mujer, espera un poquito, que enseguida te lo enseño. Te va a encantar.

Lola sentía una extraña ambivalencia por el negocio de segunda mano. Por un lado sabía que era lo mejor que Matías podía hacer en estos momentos: comprar y vender libros. Pero le dolía que se viera obligado a prácticas tan mezquinas como el intercambio de novelas románticas o del oeste. Los clientes del barrio, jovencitas y adolescentes sobre todo, compraban una novela de segunda mano, la leían, y luego por cincuenta céntimos podían devolverla a la tienda y llevarse otra. Matías decía que ese sistema creaba lectores. A Lola se le caía el alma a los pies viendo aquellos ejemplares abarquillados, amarillentos, sucios… No podía imaginarse a sí misma leyendo aquella basura con dieciséis o diecisiete años.

—Bueno, aquí lo tienes.

Por fin había terminado de colocar el atril en el centro del escaparate. En la mano tenía ahora un volumen de tapa dura, con una ilustración del más puro estilo art-déco. Representaba a una mujer elegante bajando por la pasarela de un barco. El dibujo le recordó el montaje de una ópera de Wagner que habían visto juntos antes de la guerra.

—¿Qué es? ¿Otra de esas novelas románticas? —preguntó, abriéndolo para leer la solapa interior.

Matías dejó que se respondiera a sí misma.

—Ah…, unas memorias…

Siguió esperando. Tal y como había previsto, Lola pegó un respingo.

—Una hija secreta del duque de Ashford… Y asegura que luchó en España con las Brigadas Internacionales. ¿Es cierto eso?

Le miraba asombrada. Matías asintió en silencio.

—¿Pero de dónde ha salido este libro? Parece completamente nuevo.

—Edición mejicana —aclaró él—. De mil novecientos cuarenta y seis.

—¿Lo has leído?

—Ayer. De un tirón. Y tú deberías hacerlo también.

Lola negó varias veces en silencio.

—¿Pero no te das cuenta —insistió Matías— de que esa negativa tuya a leer cualquier cosa que tenga que ver con la guerra es un poco infantil? Este libro no se ha publicado aquí; te puedo asegurar que no ha sufrido la más mínima censura.

—Es igual, no quiero.

Matías recogió el libro que ella le tendía y se encogió de hombros. Luego lo colocó con cuidado sobre el atril, en el centro del escaparate.

—¡Qué haces! —exclamó ella alarmada y bajando instintivamente la voz—. ¿No irás a venderlo?

—No —respondió él con su habitual calma—; lo voy a regalar.

Lola se había sentado en el pequeño taburete que estaba bajo el mostrador.

—No te entiendo, Matías, te juro que no te entiendo.

Estaba empezando a enfadarse.

—Espera, mujer, espera… Enseguida lo entenderás.

Escribió algo sobre una cartulina blanca. Reforzó los trazos con varias pasadas de tinta para que se leyera bien. Luego colocó el cartel delante del atril, bajo el libro.

—¿Me haces un favor?

Ahora fue Lola la que se encogió de hombros.

—Sal fuera y dime cómo se ve desde la acera, si se lee bien.

Levantó el mostrador para que ella pudiera salir. Cuando la vio al otro lado del escaparate, atenta y disciplinada, con su traje gris impecable y la melena castaña retirada de la cara, se conmovió. «Echo en falta la vida cuando era nuestra», había dicho ella un par de horas antes. No había derecho. No había derecho a que esta mujer inteligente, atractiva y culta, viviera una vida tan miserable.

Lola intentaba comprender qué pretendía hacer Matías con el libro. Leyó varias veces aquel cartel de amplia y cómoda caligrafía. «Este libro se regalará a la primera persona que lo lea completo», decía en letras muy grandes. Y debajo, en un tamaño más pequeño: «cada día se expondrán en este escaparate dos páginas, y el lector que llegue al final de la historia podrá llevarse el libro gratis».

Cuando regresó al interior estaba seria y parecía preocupada.

—¿Pero para qué? —preguntó sin entender todavía los motivos de Matías.

Él pasó la lengua por el papel de fumar y selló el cigarrillo que acababa de liar. Un mechón de pelo negro y brillante le caía sobre la frente.

—Para sentir que todavía puedo hacer lo que me dé la gana —respondió con calma.

Sacó el chisquero del bolsillo del pantalón y golpeó varias veces la rueda con el canto de la mano, hasta que las chispas prendieron en la mecha de color amarillo. Luego sopló, aproximó el cigarrillo y lo aplastó contra la brasa.

—Y también por el gusto de cambiar las cosas —añadió mirando a Lola con intensidad—, para que algo se salga de su sitio. ¿Sabes qué me gusta de este asunto? Pensar que alguien que hoy domingo no lo quiere y no lo busca, mañana conocerá este libro.

Lola estaba de pie, junto al taburete. Él se apoyó en la pared, como solía hacer cuando fumaba.

—Hubiera sido muy fácil para mí vendérselo a don Fernando, a Luis o a cualquiera de mis clientes habituales; sé que lo habrían recibido con agrado. Pero no es una historia para los que tienen costumbre de leer, que también lo sería, sin duda. De pronto, esta mañana he pensado en lo que podría sentir una de esas muchachas que vienen a cambiar novelas rosas si el libro cayera en sus manos. He imaginado las emociones que podía proporcionar a alguien que por su propia voluntad nunca lo compraría. ¿Entiendes?

Lola sí lo entendía. Las cosas podían ser difíciles en aquel cuartucho polvoriento, pero con Matías siempre había una ventana invisible que se abría a un nuevo paisaje. Algo que no existía en otro lugar, que nadie más podía proporcionarle. Sonrió. Él le devolvió la sonrisa a través del humo que flotaba entre los dos.

Había pasado toda la mañana sin que nadie se parara frente al escaparate. Cuando a la hora de comer bajó la persiana pensó que quizá no fuera tan buena idea como había pensado en un principio. ¿Quién iba a querer leer un libro de dos en dos páginas? Ni siquiera había podido calcular cuánto se tardaría en terminarlo; era un volumen bastante grueso, así que de pronto le pareció un reclamo muy poco afortunado.

En algún momento de ese día Matías pensó en lo raro que era que Garrido hubiera traído ese libro. Solía venderle los ejemplares que le mandaban las editoriales o los propios autores para que hiciera una reseña o hablara de ellos en el periódico; pero este, en concreto, estaba editado en Méjico y en una fecha bastante reciente, además. Imaginó que alguien se lo había regalado y que él ni siquiera lo había abierto. De haberlo hecho, Matías estaba seguro de que Garrido se habría quedado con él.

Por la tarde, nada más abrir, una mujer joven con un niño en brazos entró a comprar un sacapuntas y dos cuadernos cuadriculados. Matías vio que se detenía ante el escaparate sin demasiado interés. Se marchó enseguida. Seguramente no le había dado tiempo a leer ni el primer párrafo. Más tarde, un muchacho de unos diez años que había ido a cambiar una novelita ilustrada, leyó el cartel y le preguntó: «¿Tiene santos?», «No —respondió Matías—, es todo letra», y el chaval se alejó defraudado. Al final de la tarde, cuando casi estaba cerrando, otra mujer que había entrado algunas veces en la tienda se paró un momento frente al escaparate. Matías la reconoció porque recordaba que era extranjera. Algo en su rostro le hizo pensar que estaba leyendo, pero no podía asegurarlo; la señora parecía confusa, trastornada. Se quedó allí, mirando el libro fijamente. Luego levantó la vista y le buscó en el interior de la tienda. Iba vestida con un sencillo abrigo de lana, una bufanda tejida a mano y llevaba el pelo, de un blanco intenso, pulcramente recogido en la nuca. Le miraba con insistencia. A veces, también Lola le miraba así.

El martes el libro seguía en la primera página porque nadie se había detenido a leerlo. Abrieron juntos la tienda y Matías estuvo clasificando algunos ejemplares antiguos, mientras Lola ponía un poco de orden en las estanterías más cercanas al mostrador.

—Deja eso, mujer.

—¿Pero tú has visto el barullo que tienes aquí? No se puede encontrar nada…

—Ningún barullo. Lo tengo todo perfectamente localizado.

Lola había cogido una parte de la torre que estaba en una silla, junto al escaparate.

—Eh… Esos ni tocarlos, que los tengo que clasificar.

—¿Son los que te trajo Garrido?

—Sí, pero tengo que echarles otro vistazo.

—¿Y este autor nuevo? ¿Este que se llama Sánchez Ferlosio? Vaya título… Industrias y andanzas de Alfanhuí… Parece un título de Baroja . ¿Qué tal es?

—Original, un poco fantasioso. Quiero llevárselo a Luis; creo que le gustará.

—¿Escribe bien?

—Es bueno, sí. Sobre todo es distinto a lo habitual.

Lola había desplazado la torre de libros a una de las esquinas de la mesa que había sido el banco de trabajo del relojero. Llevaba un sencillo vestido negro de vuelo con pequeñas flores blancas, sujeto al talle por un cinturón forrado. Esta vez no se había puesto medias; solo unos calcetines blancos con los zapatos atados al tobillo, como los de las bailarinas, una moda que ya no era moda pero resultaba cómoda.

—Tienes que pedirle a Garrido que te consiga la novela de esa chica, Carmen Laforet, la que ganó el Premio Nadal hace unos años; me gustaría leerla. Nada, creo que se llama… ¿No te parece un título mucho más sugerente que Industrias y andanzas de Alfanhuí ?

—Quizá…

Matías iba a decir algo más cuando la vio. Otra vez la mujer del pelo blanco, parada frente al escaparate. No miraba el libro, solo curioseaba el interior de la librería. Lola vio la extrañeza de Matías y se dio la vuelta. La mujer le sonrió desde la calle.

—¿Quién es? —le preguntó a Matías.

—No lo sé, viene a veces. Ayer también anduvo por aquí. Pero no entró.

—Vendrá por el libro.

—No parece que le interese. Creo que no.

Matías había metido media docena de ejemplares en una bolsa de lona.

—Se me está haciendo tarde.

—¿Volverás aquí o te espero en casa?

—Vendré a buscarte y a echar el cierre.

—Si te retrasas no te preocupes, ya lo haré yo.

Las mañanas de los martes y los jueves era Lola la que se quedaba en la librería. Él hacía visitas a domicilio, como un médico, solía decir. Tenía cuatro o cinco clientes fijos, a los que les llevaba las novedades o los encargos a casa. Gente solitaria, como Luis, al que le faltaban las dos piernas y se desplazaba en un carrito ayudado por las manos, o lectores ancianos como don Anselmo, que preferían recibirle con una copita de vino y charlar tranquilamente durante un buen rato sin la molestia de gente entrando y saliendo del portal. No vivía de ese tipo de clientes, pero prefería esto a vender cuadernos y gomas de borrar los seis días de la semana. Lo pasaba bien con ellos; conversaban sobre gustos literarios, sobre las noticias del mundo y a veces, muy pocas, comentaban con precaución la política nacional. Eran sus dos medios días de fiesta. Lola se encargaba de la tienda sin rechistar, aunque él sabía perfectamente que no le hacía ninguna gracia estar allí. Vendía los artículos de papelería, cambiaba las novelas y, si por casualidad llegaba un cliente que buscaba un libro concreto, le pedía volver cuando estuviera su marido.

A media mañana, cuando ya había organizado un poco el desbarajuste de las últimas adquisiciones, Lola trató de poner un poco de orden en los ejemplares que habían salvado de la editorial y con cuyo fondo habían abierto el negocio. Matías sacaba libros de las estanterías y nunca los devolvía a su sitio. En un lugar tan pequeño como aquel el orden era absolutamente necesario. Acarició los lomos puestos en línea. Algunos de aquellos viejos textos los había traducido ella, cuando todavía era joven, impaciente y feliz. Ahora no se sentía capaz de nada. Tenía solo treinta y ocho años, no tenía hijos y todo su mundo era Matías. Matías y solo Matías. A veces tenía miedo de que le diera un arrebato y le entraran ganas de dejarlo todo. Es decir, a Matías.

No supo muy bien por qué motivo, ni en qué momento preciso decidió salir a la acera para ver ese nuevo sistema de promoción de la lectura que había inventado su marido y que no estaba dando —y seguramente no iba a dar— el más mínimo resultado. Tenía una relación ambivalente con el hecho de que el libro estuviera allí, expuesto, como el cochinillo con una manzana en la boca de Casa Botín: por un lado le parecía ridículo e innecesario, por otro le hacía gracia; era tan propio de Matías que no podía sino aceptarlo con cierta complicidad. Se echó una chaqueta de lana por los hombros, levantó el mostrador y se plantó en la acera mirando el atril y aquella página de elegante caligrafía inglesa. Sin darse cuenta empezó a leer.

—Qué curioso, un libro abierto…

Lola se sobresaltó. La mujer había aparecido sin que se diera cuenta.

—¿Perdón?

—Digo que no se puede ver la tapa.

—Ah… —Estaba desconcertada, le costó reaccionar—. La portada quiere decir.

—Sí, eso. ¿Usted sabe cómo se titula?

Era la misma mujer que habían visto ante el escaparate el día anterior. Matías le había dicho que no era la primera vez que se paraba frente a la tienda.

La chica de los cabellos de lino.

La mujer llevaba la cabeza cubierta por un pañuelo de seda, francés posiblemente. Lola se fijó en eso, mientras ella asentía.

—Hermoso título.

Lola pensó en ello unos segundos.

—La verdad es que sí. Resulta sugerente.

—¿Sabe que hay un preludio de Debussy que lleva ese mismo título? Yo no suelo leer mucho, pero me gusta la música. ¿De qué trata?

—Son las memorias de una mujer que dice ser la hija de un duque inglés. Puede leer la primera página. Está para eso.

—Oh, no, no podría… —Titubeó un instante, como queriendo encontrar una explicación para su negativa—. No he traído mis gafas —dijo al fin con un gesto de disculpa.

—¿Quiere que se la lea yo?

—¿No será mucha molestia?

—De ningún modo. Estaba empezando a hacerlo ahora mismo. —Lola bajó un poco la voz y sonrió—. Porque yo tampoco lo he leído —confesó, mientras sus ojos oscuros se rasgaban en un gesto de cómplice picardía.

La mujer le devolvió la sonrisa. Lola se fijó por primera vez en su rostro. Tenía la piel fina y muy blanca, como el pelo. Al sonreír unas pequeñas arrugas le surcaron los pómulos y tejieron bajo sus ojos una red de líneas que le recordó las hojas de un cuaderno milimetrado. Tenía los dientes pequeños y muy parejos, limpios, y los ojos de un azul parecido al añil, con mucha luz, lo que le daba un aire mucho más joven al sonreír, como si toda su cara se iluminara.

Lo que más le sorprendió a Lola es que la mujer no miraba el escaparate, sino a ella. Pensó que quizá quería decirle algo y no se atrevía. Empezó a leer porque se lo había prometido, pero la verdad es que ya se estaba arrepintiendo. Hacía frío y aquella absurda idea de Matías le pareció, ahora más que nunca, algo que no tenía ningún sentido.

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