NOTA HISTÓRICA
En el año 480 a.C., las fuerzas del imperio persa bajo el rey Jerjes, que sumaban entre uno y dos millones de hombres, pasaron el Helesponto y avanzaron por la península griega con intención de ocuparla.
En una desesperada acción para retrasar el avance, se envió una fuerza escogida de trescientos espartanos al paso de las Termópilas, en el norte de Grecia, donde los rocosos límites eran tan estrechos que las fuerzas persas y su caballería quedarían neutralizadas al menos en parte. Se esperaba que en ese lugar una fuerza de elite, dispuesta a sacrificar su vida, podría mantener a raya al menos unos días a los invasores.
Trescientos espartanos y sus aliados rechazaron a dos millones de hombres durante siete días, antes de que, destrozadas sus armas a causa de la batalla, pelearan «con uñas y dientes» (como escribió el historiador Herodoto) y por último fueran vencidos.
Murió hasta el último de los espartanos, pero el tiempo que resistieron permitió a los griegos reunirse y, en aquel otoño y primavera, derrotar a los persas en Salamina y Platea e impedir que los principios de la democracia y la libertad occidentales perecieran en su cuna.
En la actualidad hay dos monumentos conmemorativos en las Termópilas. En el moderno, llamado el monumento a Leónidas, en honor al rey espartano que allí cayó, está grabada su respuesta a la petición de Jerjes de que los espartanos depusieran las armas. La respuesta constó de tres palabras: «Ven a buscarlas».
El segundo monumento, el antiguo, es una sencilla piedra sin adornos con unas palabras del poeta Simónides grabadas en ella. Sus versos constituyen quizá el más famoso de los epitafios guerreros:
Ve a decirles a los espartanos,
extranjero que pasas por aquí,
que, obedientes a sus leyes,
aquí yacemos.
Aunque el cuerpo entero de espartanos y tespios demostró un extraordinario valor, sin duda el más bravo de todos ellos fue el espartano Dienekes. Se dice que, en la víspera de la batalla, un tracio le contó que los arqueros persas eran tan numerosos que cuando lanzaban sus andanadas la masa de las flechas ocultaba el sol. Dienekes, sin embargo, en modo alguno intimidado ante la perspectiva, comentó con una carcajada: «Bien. Así podremos luchar a la sombra».
HERODOTO, Historia
El zorro conoce muchos trucos;
el erizo solo conoce uno, pero es muy bueno.
ARQUÍLOCO
Libro primero
JERJES
Por orden de Su Majestad, Jerjes, hijo de Darío, gran rey de Persia y Media, rey de reyes, rey de las Tierras; señor de Libia, Egipto, Arabia, Babilonia, Caldea, Fenicia y las naciones de Palestina; soberano señor de Asiria y Siria, Lidia, Frigia, Armenia, Cilicia, Capadocia, Tracia, Macedonia y el trans-Cáucaso, Cirene, Rodas, Samos, Quíos y todas las naciones de Jonia, gobernador supremo de India, Partia, Bactria, Caspia, Susiana, Paflagonia y Etiopía; señor de todos los hombres desde el sol naciente al sol poniente, el más sagrado, reverenciado y exaltado, invencible, incorruptible, bendecido por el Dios Ahura Mazda y omnipotente entre los mortales. Así decreto su magnificencia, como queda anotado por Gobartes, hijo de Artabazo, su historiador:
Que, después de la gloriosa victoria de las fuerzas de Su Majestad sobre el enemigo peloponense de espartanos y aliados en el paso de las Termópilas, al norte de Grecia, habiendo aniquilado al enemigo hasta el último hombre y erigido trofeos por esta valerosa conquista, no obstante Su Majestad, en su sabiduría inspirada por Dios, deseaba poseer un mayor conocimiento de ciertas tácticas de infantería empleadas por el enemigo que demostraron ser efectivas contra las tropas de Su Majestad, y de cómo eran aquellos hombres enemigos que, pese a no estar obligados por ley ni servidumbre, afrontando lo insuperable y la muerte cierta, decidieron permanecer en sus puestos y perecieron.
Tras expresar Su Majestad que lamentaba su escasez de conocimientos y perspectiva de estos temas, intercedió ante el Dios Ahura Mazda en su propio favor. Se halló un superviviente de los helenos (como los griegos se denominan a sí mismos), gravemente herido y en un estado lamentable bajo las ruedas de un carro de combate, al que no se había visto debido a la presencia de los numerosos cadáveres de hombres, caballos y bestias de carga que se encontraban amontonados en el lugar. Se llamó a los cirujanos de Su Majestad y se les encargó, bajo pena de muerte, que no ahorraran medida alguna para conservar la vida del cautivo; Dios concedió el deseo de Su Majestad. El griego sobrevivió aquella noche y la mañana siguiente. Al cabo de diez días había recuperado el habla y las facultades mentales, y, aunque confinado en una litera y bajo el cuidado personal del cirujano real, fue capaz no solo de hablar por fin, sino de expresar su ferviente deseo de hacerlo.
Los soldados que le hicieron prisionero observaron algunos aspectos no habituales de la armadura y vestimenta del cautivo. Debajo de su casco no se halló el gorro de fieltro del hoplita espartano, sino la gorra de piel de perro que lleva la raza de los ilotas, los esclavos lacedemonios, siervos de la tierra. En contraste inexplicable con los de los soldados de Su Majestad, el escudo y la armadura del prisionero eran del mejor bronce, grabados al aguafuerte con raro cobalto hibernio, mientras que su casco llevaba la cresta transversal de un espartíata, un soldado.
En las entrevistas preliminares, la manera de hablar del hombre mostró un compendio del más grandioso lenguaje filosófico y literario, lo que indicaba amplia educación y conocimientos, mezclados con la jerga más tosca y más cruda, gran parte de la cual resultó imposible de interpretar incluso a los más entendidos traductores de Su Majestad. Sin embargo, el griego accedió de buena gana a traducirlo él mismo, cosa que hizo, utilizando parsi y persa que, según afirmó, había aprendido durante ciertos viajes por mar más allá de la Hélade. Yo, el historiador de Su Majestad, en su sabiduría inspirada por Dios, instruyo a su sirviente para que traduzca el lenguaje del hombre para pasarlo a cualquier lengua e idioma que sea necesario para repetir el efecto preciso en griego. Esto es lo que he intentado hacer. Ruego que Su Majestad recuerde el cargo que concedió y no culpe a su servidor por las partes de la siguiente transcripción que ofendan a algún oyente civilizado.
Inscrito y presentado el vigesimosexto día del mes de Ululu, Quinto Año de la subida de Su Majestad al trono.
1
Tercer día de Tashritu, Quinto Año de la subida de Su Majestad al trono. Norte de la frontera ática; el ejército del Imperio ha proseguido su avance sin hallar oposición hacia la Grecia central, se ha apoderado del Templo del Oráculo de Apolo en Delfos y ha establecido un campamento en la base del monte Kiterón, la suma de cuyos cursos de agua, como otros muchos encontrados anteriormente en la marcha desde Asia, quedaron secos tras el paso de las tropas y caballos, que bebieron de ellos hasta agotarlos.
La siguiente entrevista inicial tuvo lugar en la tienda de campaña de Su Majestad, tres horas después de la puesta del sol, una vez concluida la colación de la noche y realizadas todas las transacciones comerciales de la corte. Estando presentes los jefes del ejército, consejeros, guardias reales, los magos y secretarios, se ordenó a los soldados que trajeran al griego. El cautivo fue trasladado en litera, los ojos tapados para impedirle ver a Su Majestad. Los magos efectuaron la purificación del vino y la cebada y permitieron al hombre hablar al alcance del oído de Su Majestad. Se ordenó al prisionero que no hablara directamente hacia la Presencia Real sino que se dirigiera a los soldados de la Guardia Real, los Inmortales, apostados a la izquierda de Su Majestad.
Orontes, jefe de los Inmortales, ordenó al griego que se identificara. Este respondió que era Xeones, hijo de Escamándridas de Astakos, ciudad de Acarnania. Xeones declaró que, en primer lugar, deseaba dar las gracias a Su Majestad por respetarle la vida, así como expresar su gratitud y admiración por la habilidad de los hombres de la Enfermería Real. Hablando desde su litera, y luchando con la falta de aliento debido a las diversas heridas aún sin curar que tenía en los pulmones y órganos torácicos, ofreció la siguiente aclaración a Su Majestad, afirmando que no estaba familiarizado con el estilo persa de los discursos y que, lamentablemente, carecía de los dones de la poesía y la narración. Declaró que la historia que podía contar no era de generales o reyes, pues no había estado él en situación de observar las maquinaciones políticas de los grandes. Solo le era posible relatar la historia tal como él la había vivido y presenciado, desde la ventajosa posición de un joven escudero de la infantería pesada, un auxiliar espartíata. Quizá, declaró el cautivo, Su Majestad hallaría poco interés en esa narración de los guerreros corrientes, los «hombres de la línea», como lo expresó.
Su Majestad respondió a través de Orontes, capitán de los Inmortales, y afirmó lo contrario, que eso era precisamente lo que más deseaba oír. Declaró que Su Majestad ya poseía abundantes conocimientos de las intrigas de los grandes; lo que más deseaba oír era eso, «la historia de los hombres de la infantería».
¿Qué clase de hombres eran esos espartanos, que en tres días habían matado ante los ojos de Su Majestad a no menos de dos mil de sus más valientes guerreros? ¿Quiénes eran esos enemigos que se habían llevado consigo a la casa de los muertos a diez o, como indicaban algunos informes, hasta veinte por cada uno de sus caídos? ¿Cómo eran como hombres? ¿A quién amaban? ¿Qué les hacía reír? Su Majestad sabía que temían a la muerte, como todos los hombres. ¿Por qué filosofía sus mentes la aceptaron? Sobre todo, dijo Su Majestad, deseaba adquirir una opinión de los propios individuos, de los hombres de carne y hueso a quienes él había observado en el campo de batalla, pero solo de forma indistinta, de lejos, como identidades indefinidas, ocultas en los caparazones manchados de sangre de sus cascos y corazas.
Con los ojos turbios, el prisionero se inclinó y ofreció una plegaria de agradecimiento a alguno de sus dioses. Declaró que la historia que Su Majestad deseaba oír era la única que él verdaderamente podía contar, y la que más deseaba contar.
Tenía que ser necesariamente su propia historia, así como la de los guerreros a los que había conocido. ¿Su Majestad tendría paciencia para ello? Tampoco podía limitarla exclusivamente a la batalla, sino que debía empezar con sucesos anteriores en el tiempo, pues solo a esta luz y desde esta perspectiva la vida y las acciones de los guerreros que Su Majestad había observado en las Termópilas adquirirían su verdadero significado.
Satisfechos Su Majestad, jefes militares y consejeros, se ofreció al griego un cuenco con vino y miel para que saciara la sed y se le pidió que empezara por donde quisiera, que contara la historia de la manera que considerara apropiada. El hombre, Xeones, se inclinó una vez más en su litera y comenzó:
Siempre me había preguntado qué se sentía al morir.
Había un ejercicio que practicábamos los auxiliares, en el que servíamos de entrenamiento a los hoplitas, la infantería pesada espartana. Se denominaba el Roble, porque ocupábamos posiciones a lo largo de una línea de robles en el borde de la llanura de Otona, que era donde los espartíatas y los guerreros aristócratas realizaban sus ejercicios en otoño e invierno. Nos alineábamos de diez en fondo con escudos de mimbre de la longitud del cuerpo, afianzados en el suelo, y ellos nos atacaban, las tropas de choque, acercándose por la llanura en línea de batalla, ocho en fondo, andando cada vez más deprisa hasta que echaban a correr. El choque de sus escudos tenía que quitarnos el aliento y lo hacía. Era como si te golpeara una montaña. Las rodillas, por muy bien clavados al suelo que estuvieran los pies, se doblaban como arbolitos ante un corrimiento de tierras; en un instante todo el valor se escapaba de nuestro corazón; permanecíamos en tierra como tallos secos ante la hoja del arado.
Eso era lo que se sentía al morir. El arma que a mí me mató en las Termópilas fue una lanza egipcia de hoplita, que se me clavó en el tórax. Pero la sensación que tuve no fue la que cabría esperar, la de ser traspasado, sino más bien la de ser golpeado, como cuando nos entrenábamos bajo los robles.
Yo creía que los muertos se separaban del cuerpo. Que contemplaban la vida desde arriba con los ojos de la sabiduría objetiva. Pero ocurrió todo lo contrario. Prevaleció la emoción. Me dio la impresión de que no quedaba nada más que la emoción. El corazón me dolía y se me partió como nunca habría podido hacerlo en la tierra. La pérdida me envolvió con un penetrante dolor general. Vi a mi esposa y a mis hijos, a mi querida prima Diómaca, a la que amaba. Vi a Escamándridas, mi padre, y a Eunice, mi madre, a Bruxieos, Dectón y Suicidio, nombres que no significan nada para Su Majestad pero que para mí eran más queridos que la vida, y ahora, cuando estoy a punto de morir, aún son más queridos.
Se alejaron. Y yo me alejé de ellos.
Era muy consciente de mis hermanos guerreros que habían caído conmigo. Un vínculo cien veces más fuerte del que había conocido en vida me unía a ellos. Experimenté una sensación de inexpresable alivio y me di cuenta de que, más que a la muerte, había temido separarme de ellos. Comprendí aquel terrible tormento del superviviente de guerra, la sensación de traición y cobardía que experimentan los que aún se aferran a la vida cuando sus camaradas han aflojado la mano.
El estado al que denominamos vida había terminado.
Estaba muerto.
Y sin embargo, titánica como era esa sensación de pérdida, experimenté entonces otra, más fuerte, que percibí que mis hermanos de armas sentían junto a mí. Era esta.
Que nuestra historia perecería con nosotros.
Que nadie la conocería jamás.
Me preocupaba no por mí, por mis fines egoístas o de vanagloria, sino por ellos. Por Leónidas, por Aléxandros y Polínices, por Aretes y, sobre todo, por Dienekes. Que su valor, su ingenio, sus pensamientos privados que solo yo había tenido el privilegio de compartir, que estos y todo lo que él y sus camaradas habían logrado y sufrido se desvaneciera, simplemente, se disipara como el humo de un incendio, esto me resultaba insoportable.
Habíamos llegado al río. Oíamos con oídos que ya no eran oídos y veíamos con ojos que ya no eran ojos la corriente del Leteo y la horda de sufrientes muertos cuyo recorrido bajo tierra llegaba a su fin. Estaban volviendo a la vida, al beber de aquellas aguas que borrarían todo recuerdo de su existencia como sombras.
Pero los que veníamos de las Termópilas nos hallábamos a eones de distancia de beber del agua del Leteo. Nos acordamos.
Un grito que no era un grito sino el dolor multiplicado de los corazones de los guerreros, pues todos sentían lo mismo que yo, desgarró la funesta escena con insoportable e indecible patetismo.
Entonces, por detrás de mí, si puede haber algo como «detrás» en ese mundo en el que todas las direcciones son como una, cayó un resplandor de tal sublimidad que supe, todos supimos enseguida, que no podía ser sino un dios.
Febo el Gran Arquero, el propio Apolo con armadura de guerra avanzaba entre los espartanos. No intercambiaron palabra alguna; no era necesario. El Arquero percibió la agonía de los hombres y ellos supieron, sin que dijera nada, que él, guerrero y médico, estaba allí para socorrerles. Tan rápido que la sorpresa era imposible, sentí que su ojo se volvía hacia mí, el último y el que menos podía esperarlo, y entonces vi a mi lado al propio Dienekes, mi maestro en vida.
Yo sería el elegido. El único que regresaría y hablaría. Un dolor más fuerte que todo lo que había sentido hasta entonces se apoderó de mí. La dulce vida, incluso la posibilidad que buscaba desesperadamente para contar la historia, se me hizo de pronto insoportable ante el dolor de tener que abandonar a aquellos a quienes amaba.
Pero ante el poder de Dios no es posible ruego alguno.
Vi otra luz, una iluminación macilenta, más cruda, más tosca, y supe que era el sol. Estaba regresando. Me llegaron voces a través de los oídos físicos. Soldados que hablaban, en egipcio y persa, y puños con guantelete de cuero que tiraban de mí para sacarme de debajo de un montón de cadáveres.
Los soldados egipcios me contaron más tarde que había pronunciado la palabra lokas, que en su lengua significaba «joder», y se habían reído mientras arrastraban mi maltrecho cuerpo a la luz del día.
Se equivocaban. La palabra era Loxias —el título griego de respeto de Apolo el Astuto, o Apolo el Oblicuo, cuyos oráculos son esquivos y oscuros— y yo estaba medio llorándole, medio maldiciéndole por imponerme esta terrible responsabilidad, a mí, que no poseía ningún don para llevarla a cabo.
Igual que los poetas invocan a la Musa para que hable a través de ellos, yo dirigí mi gruñido inconexo al que dispara de lejos.
«Si en verdad me has elegido, Arquero, haz que tus afiladas flechas salgan disparadas de mi arco. Préstame tu voz, lejano Arquero. Ayúdame a contar la historia.»
2
Las Termópilas es un manantial de aguas termales. La palabra griega significa «puertas calientes», por las fuentes termales y, como Su Majestad ya sabe, los estrechos y abruptos desfiladeros que forman los únicos pasos por los que se puede acceder al lugar; en griego, pylae o pylai, las puertas Oriental y Occidental.
El Muro Focense en torno al cual tuvo lugar gran parte de la batalla más desesperada no fue construido por los espartanos y sus aliados sino que ya existía antes de la batalla; lo habían erigido en tiempos antiguos los habitantes de Fócida y Lócrida como defensa contra las incursiones de sus vecinos del norte, los tesalios y macedonios. Cuando los espartanos tomaron posiciones en el paso, el muro se hallaba en ruinas. Ellos lo reconstruyeron.
Los helenos no consideran que los manantiales y el propio paso pertenezcan a los nativos de la zona, sino que están abiertos a todo el mundo en Grecia. Se cree que los baños poseen poderes curativos; en verano, el lugar es un hervidero de visitantes. Su Majestad ya observó el encanto de las sombreadas arboledas y las casas que albergan las termas, los bosquecillos de robles consagrados a Anfictión y ese agradable sendero serpenteante que está limitado por el Muro del León, cuyas piedras se dice que fueron colocadas por el propio Heracles. En época de paz, en este sendero se acostumbra instalar las tiendas y casetas de alegres colores utilizadas por los buhoneros de Traquis, Antheia y Alpeno, para servir a todos los venturosos viajeros que han llegado hasta los baños de aguas minerales.
Hay un doble manantial consagrado a Perséfone, llamado Fuente Esquilia, al pie del risco que hay al lado de la Puerta Media. En este lugar los espartanos establecieron su campamento, entre el Muro Focense y el montículo donde tuvo lugar la encarnizada batalla final. Su Majestad sabe qué poca agua potable hay en otras fuentes en las montañas de alrededor. El terreno entre las Puertas normalmente está tan agostado y cubierto de polvo que en los baños termales emplean a los criados para echar aceite en los caminos para comodidad de los bañistas. El suelo es duro como la piedra.
Su Majestad vio con qué rapidez aquella arcilla dura como el mármol se ablandaba bajo la masa de guerreros que luchaban. Nunca he visto tanto lodo y de tanta profundidad, cuya humedad procedía solo de la sangre y los orines de los aterrorizados hombres que peleaban.
Antes de la batalla, cuando los ojeadores espartanos llegaron a las Termópilas, unas horas antes que el cuerpo principal que avanzaba a marchas forzadas, descubrieron estupefactos dos grupos de personas que iban al balneario, uno procedente de Tirinto y el otro de Halkión, treinta en total, hombres y mujeres, cada uno en su recinto separado, en diversos estados de desnudez. Estos viajeros se sobresaltaron, por decir lo mínimo, ante la súbita aparición de los skiritai con armadura escarlata, todos ellos hombres escogidos de menos de treinta años, seleccionados por la rapidez de sus pies y sus proezas en la lucha en las montañas. Los ojeadores hicieron marcharse a los bañistas y a los vendedores de perfumes, masajistas, vendedores de pan y pastel de higos, encargadas de los baños y los aceites, encargados de las estrígilas, etcétera, que tenían sobrado conocimiento del avance persa pero no habían pensado que debido a la reciente tormenta caída en el valle, en aquellos momentos era imposible acercarse por el norte. Los ojeadores confiscaron toda la comida, los jabones, toallas y utensilios médicos y, en particular, las tiendas del balneario, que más tarde parecerían tan tristemente incongruentes, ondeando con aire festivo, entre la carnicería. Los ojeadores volvieron a erigir estos refugios en la parte posterior, en el campamento espartano situado junto a la Puerta Media, con intención de que fueran utilizadas por Leónidas y su guardia.
El rey espartano, cuando llegó, se negó a aprovechar este refugio, pues le parecía inapropiado. La infantería pesada espartana también rechazó estas comodidades. Las tiendas se dejaron, en una de las ironías a las que están acostumbrados los que conocen bien la guerra, para los ilotas espartanos, esclavos tespios, focios, locrios opuncios y otros auxiliares que sufrían heridas de flecha y armas arrojadizas. También estos individuos, después del segundo día, se negaron a aceptar refugio. Las tiendas multicolores del balneario, confeccionadas con hilo egipcio, ahora hecho jirones, solo sirvieron, como vio Su Majestad, para proteger a las bestias de carga, las mulas y asnos que llevaban la intendencia, que fueron presa del terror por lo que vieron y olieron de la batalla y no pudieron ser refrenados por sus conductores. Al final, con la tela de las tiendas se hicieron harapos para vendar las heridas de los espartíatas y de sus aliados.
Espartíatas es el término formal en griego, spartiatai, de los lacedemonios de clase superior, los espartanos —homoioi— pares o iguales. Nadie de la aristocracia militar o de los periecos, los griegos que no gozaban de plena ciudadanía, los alistados de las ciudades lacedemonias circundantes que lucharon en las Puertas Calientes solo al final, cuando los espartíatas sobrevivientes eran tan escasos que no podían establecer una línea firme, permitió que cierto «elemento de mezcla», como lo expresó Dienekes, de esclavos liberados, escuderos y auxiliares de batalla ocupara los espacios vacíos.
Su Majestad puede, no obstante, enorgullecerse de saber que sus fuerzas derrotaron a lo mejor de la Hélade, la flor y la nata de los combatientes más valerosos.
Explicar mi posición dentro del cuerpo de auxiliares requiere cierta digresión, con la que espero que Su Majestad tenga paciencia.
Me capturaron a la edad de doce años (o, más exactamente, me rendí) como heliokekaumenos, término burlón espartano que significa literalmente «quemado por el sol». Se refiere a un tipo de joven casi salvaje, de piel negra como los etíopes debido a su exposición a la intemperie, que abundaban en las montañas en esa época anterior y posterior a la primera guerra médica. Al principio me arrojaron junto a los ilotas espartanos, la clase esclava que los lacedemonios habían creado con los habitantes de Mesenia y Helos después de que los conquistaran siglos atrás. Sin embargo, aquellos agricultores me rechazaron a causa de ciertos defectos físicos que me hacían inútil para las labores del campo. Asimismo, los ilotas odiaban a todo extranjero que hubiera entre ellos y que pudiera ser un delator, desconfiaban de ellos. Viví una vida de perros durante casi un año antes de que el destino, la suerte o una mano divina me entregara al servicio de Aléxandros, un joven espartano y protegido de Dienekes. Esto me salvó la vida. Fui reconocido, al menos irónicamente, como nacido libre y, como daba muestras de poseer unas cualidades de bestia salvaje que los lacedemonios encontraban admirables, fui elevado al rango de parastates pais, una especie de contertulio para los jóvenes inscritos en el agogé, el famoso y despiadado régimen de formación de trece años de duración que convertía a los muchachos espartanos en guerreros.
Todo miembro de la infantería pesada de la clase espartíata va a la guerra asistido al menos por un ilota. El enomotarchai, el jefe del pelotón, lleva dos. Este era el puesto de Dienekes. No es poco frecuente que un oficial de su categoría elija como primer ayudante, su escudero, a un extranjero nacido libre o incluso a un joven mothax, un no ciudadano o espartano bastardo que aún está en período de formación en el agogé. Tuve la fortuna, para bien o para mal, de ser elegido por mi amo para este puesto. Supervisaba el estado y el transporte de su armadura, le mantenía el equipo, preparaba su comida y el lugar para dormir, le vendaba las heridas y, en general, realizaba todas las tareas necesarias para dejarle libre para entrenarse y combatir.
El hogar de mi infancia, antes de que el destino me pusiera en el camino que termina en las Puertas Calientes, se hallaba en Astakos, en Acarnania, al norte del Peloponeso, donde las montañas miran hacia el oeste por encima del mar hacia Cefalonia y, más allá del horizonte, hacia Sicilia e Italia.
La isla de Ítaca, patria de la Odisea de la que habla la tradición, se hallaba a la vista al otro lado de los estrechos, aunque yo nunca tuve el privilegio de tocar la tierra sagrada del héroe, ni de niño ni de adulto. Tenía que efectuar el cruce, un regalo de cumpleaños de mis tíos, en ocasión de mi décimo cumpleaños. Pero nuestra ciudad cayó antes, los hombres de mi familia fueron asesinados y las mujeres vendidas como esclavas, nos arrebataron nuestra tierra y a mí me arrojaron, solo salvo por mi prima Diómaca, sin familia ni hogar, tres días antes de iniciar mi décimo año hacia el cielo, como dice el poeta.
3
Cuando yo era niño, teníamos en la granja de mi padre un esclavo, cuyo nombre era Bruxieos, aunque vacilo en utilizar la palabra esclavo, porque mi padre se hallaba en poder de Bruxieos más que al revés. Todos lo estábamos, en particular mi madre. Como señora de la casa se negaba a tomar la más insignificante decisión doméstica —y muchas cuyo alcance excedía estos límites— sin antes buscar el consejo y la aprobación de Bruxieos. Mi padre acataba su opinión en prácticamente todos los asuntos, salvo la política de la ciudad. Yo mismo estaba bajo su hechizo.
Bruxieos era de Elea. Lo habían capturado los argivos en una batalla cuando tenía diecinueve años. Le dejaron ciego a golpes, aunque sus conocimientos de ungüentos medicinales posteriormente le permitieron recuperar al menos parte de su visión. Llevaba en la frente la marca de esclavitud de los argivos, un semental galopante sobre las letras alpha rho. Mi padre le adquirió cuando tenía más de cuarenta años, como compensación por un envío de aceite de jacinto que se había perdido en el mar.
A mi modo de ver, Bruxieos lo sabía todo. Sabía arrancar una muela sin clavo ni adelfa. Podía llevar fuego en las manos desnudas. Y, lo más esencial de todo a mis ojos de muchacho, conocía todos los hechizos y encantamientos necesarios para mantener alejados la mala suerte y el mal de ojo.
La única debilidad de Bruxieos, como he dicho, era su vista. Más allá de tres metros el hombre era absolutamente ciego. Esto era una fuente de placer secreto, aunque culpable, para mí, porque significaba que necesitaba tener a un chico con él en todo momento para ver. Yo pasé semanas sin apartarme de su lado, ni siquiera para dormir, ya que él insistía en velar por mí y dormía siempre sobre una piel de oveja al pie de mi cama.
En aquella época al parecer había guerra cada verano. Recuerdo los ejercicios de la ciudad cada primavera, cuando se había realizado la siembra. Bajaban la armadura de mi padre; Bruxieos untaba con aceite cada borde y juntura, volvía a dar forma a las dos lanzas y dos repuestos y sustituía la cuerda y el mango de cuero de la esfera de bronce y roble del hoplon. Los ejercicios se realizaban en una amplia llanura al oeste del Kerameikos, el barrio de los alfareros, justo debajo de las murallas de la ciudad. Los chicos y chicas llevábamos toldos y pasteles de higo, peleábamos por las posiciones con mejor vista en la muralla y observábamos maniobrar a nuestros padres a las llamadas de los flautistas y el redoble de los tambores de batalla.
El año del que hablo, la disputa era por una propuesta efectuada por el prytaniarcos de aquella sesión, un propietario de inmuebles llamado Onaximandros. Quería que cada hombre borrara el blasón, del clan o individual, de su escudo y lo sustituyera por una alpha uniforme, por nuestra ciudad Astakos. Declaró que los escudos espartanos llevaban una orgullosa lambda, por su país, Lacedemonia. Bien, fue la respuesta burlona, pero nosotros no somos lacedemonios. Alguien contó la historia del espartíata cuyo escudo no llevaba ningún blasón, sino solo una mosca común pintada a tamaño natural. Cuando sus compañeros de filas se burlaron de él por esto, el espartano declaró que en la línea de batalla llegaría a estar tan cerca de su enemigo que la mosca le parecería grande como un león.
Cada año, los ejercicios militares seguían la misma pauta. Durante dos días reinaba el entusiasmo. Todos los hombres se sentían tan aliviados al verse libres de las tareas agrícolas o de sus tiendas, estaban tan encantados de reunirse con sus camaradas, lejos de los niños y las mujeres, que el acontecimiento adquiría el sabor de un festival. Había sacrificios mañana y tarde. Los ricos olores de carne asada flotaban por todas partes; había bollos de trigo y dulces de miel, pasteles de higo recién enrollados y tazones de arroz y cebada asados en aceite de sésamo recién prensado.
El tercer día aparecían las ampollas. Antebrazos y hombros quedaban en carne viva debido a los pesados escudos hoplon. Los guerreros, aunque la mayoría eran granjeros o agricultores y supuestamente de constitución fuerte, en realidad habían pasado la mayor parte del tiempo de trabajo agrícola al fresco de la sala de cálculo y no detrás de un arado. Empezaban a cansarse de sudar. Hacía mucho calor bajo el casco. El cuarto día los guerreros presentaban graves excusas. La granja necesitaba esto, la tienda necesitaba aquello, los esclavos les estaban robando, los operarios se peleaban.
—Mira qué recta avanza ahora la fila, en el campo de entrenamientos —nos señalaba Bruxieos a mí y a los otros niños—. No lo estará tanto, cuando empiecen a llover flechas y jabalinas. Cada uno procurará ponerse a la derecha para quedar a la sombra de su compañero de fila. —Se refería a la protección del escudo del hombre que estuviera a su derecha—. Cuando choquen con las líneas enemigas, el flanco derecho estará desplazado; medio estadio y su propia caballería tendrá que obligarles a volver a su lugar.
No obstante, nuestro ejército de ciudadanos (podíamos poner cuatrocientos hoplitas en el campo en una llamada), a pesar de los vientres abultados y las espinillas poco firmes, se había portado más que honorablemente, al menos en mi corta vida. El mismo prytaniarcos Onaximandros tenía dos buenos pares de bueyes, ganados a los querios, cuya ciudad habían saqueado por completo nuestras fuerzas, aliadas con los argivos y los eleutrios, arrasándola y matando a más de doscientos hombres. Mi tío Tenagros consiguió en esta victoria una robusta mula y un equipo completo de armadura. Casi cada hombre sacó algo.
El quinto día de maniobras, los padres de la ciudad estaban completamente exhaustos, aburridos y disgustados. Los sacrificios a los dioses se redoblaban, esperando que el favor de los inmortales compensara cualquier falta de polemiké techné, habilidad con las armas, o empeiria, experiencia, por parte de nuestras fuerzas. Para entonces había enormes huecos en el campo y los niños habíamos descendido al lugar con nuestros escudos y espadas de juguete. Esta era la señal para dar por finalizada la jornada. Con muchas quejas por parte de los fanáticos y gran alivio de la mayoría, se daba la señal para el desfile final. Los aliados de la ciudad aquel año (los argivos habían enviado a su strategos, el jefe militar supremo de la ciudad), fueran los que fueran, formaban alegremente y nuestros reanimados soldados ciudadanos, que sabían que su dura prueba estaba a punto de terminar, cargaban con todas las piezas de la armadura que poseían y pasaban gloriosa revista.
Este acto final era el que producía mayor animación, con la mejor comida y música, por no mencionar el vino de primavera, y acababa con muchos carros de granja llevando a casa en plena noche más de treinta kilos de armaduras de bronce y los ochenta y cinco de cada guerrero, roncando ruidosamente.
Aquella mañana que dio inicio a mi destino comenzó con unos huevos de perdiz blanca.
Entre los muchos talentos de Bruxieos, el más destacado era su habilidad con las aves. Era un maestro de la trampa. Construía sus trampas con las ramas en las que a su presa le gustaba posarse. Con un leve chasquido, tan delicado que apenas se oía, sus hábiles trampas se cerraban y agarraban a su presa por la «bota», como lo llamaba Bruxieos, y siempre lo hacía con suavidad.
Una tarde Bruxieos me llamó en secreto detrás del corral. Con gran exageración se levantó la capa y dejó al descubierto su última presa, un macho de perdiz blanca salvaje, lleno de vigor. Yo estaba fuera de mí, entusiasmado. Teníamos seis mansas hembras en el corral. Un macho significaba una cosa: ¡huevos! Y los huevos eran una exquisitez, que valían una fortuna para un muchacho en el mercado de la ciudad.
Como era de esperar, al cabo de una semana nuestra pequeña ave se había convertido en dueña y señora del corral y, poco tiempo después, yo sostuve en mis manos una nidada de huevos de perdiz blanca.
¡Iríamos a la ciudad! Al mercado. Desperté a mi prima Diómaca antes de que terminara la guardia media, tan ansioso estaba por llegar a nuestro puesto y poner en venta mi nidada. Yo quería una flauta de diaulos, una flauta doble con la que Bruxieos me había prometido enseñarme las llamadas de la focha y del gallo de bosque. Lo que sacara de los huevos sería mi fortuna. Aquella flauta doble sería mi recompensa.
Partimos dos horas después de amanecer, Diómaca y yo, con dos pesados sacos de cebollas de primavera y tres ruedas de queso envueltas en tela y cargadas sobre una burra medio mansa llamada Traspiés. Habíamos dejado a su cría en casa, atada en el establo; de ese modo podíamos soltar a su madre en la ciudad cuando la hubiéramos descargado, para que ella sola volviera directa a casa, junto a su pequeño.
Era la primera vez que yo iba al mercado sin un adulto y la primera que lo hacía con algo propio para vender. También me emocionaba el hecho de estar con Diómaca. Yo todavía no había cumplido diez años; ella tenía trece. Me parecía que ya era una mujer adulta, y la más bonita y lista de toda la región. Esperaba que mis amigos se tropezaran con nosotros en el camino, solo para que me vieran al lado de ella.
Acabábamos de llegar al camino acarnanio cuando vimos el sol. Era de un brillante color amarillo, aún bajo sobre un cielo púrpura. Solo había un problema: salía por el norte, no por el este.
—Eso no es el sol —dijo Diómaca, deteniéndose de pronto y tirando con fuerza del cabestro de Traspiés—. Eso es fuego.
Era la granja de Pierion, el amigo de mi padre.
La granja estaba ardiendo.
—Tenemos que ayudarles —anunció Diómaca con una voz que no admitía protestas.
Yo agarré los huevos con las dos manos y eché a andar tras ella, a un doble trote, tirando de la burra que cojeaba y no paraba de rebuznar.
—¿Cómo puede suceder esto antes del otoño? —me gritó Diómaca mientras corríamos—, los campos aún no están secos, mira las llamas, no deberían ser tan grandes.
Entonces vimos un segundo fuego. Al este de la propiedad de Pierion. Otra granja. Diómaca y yo nos detuvimos en medio del camino y entonces oímos a los caballos.
El suelo empezó a retumbar como si hubiera un terremoto. Entonces vimos el resplandor de las antorchas. Caballería. Un pelotón completo. Treinta y seis caballos avanzaban retumbando hacia nosotros por el camino. Vimos armaduras y cascos con blasones. Eché a correr hacia ellos, agitando los brazos con alivio. ¡Qué suerte! ¡Ellos nos ayudarían! Con treinta y seis hombres, apagaríamos los incendios en…
Diómaca me gritó que regresara.
—¡No son de los nuestros!
Pasaron por nuestro lado a medio galope, enormes, oscuros y feroces. Sus escudos se habían ennegrecido, los caballos estaban manchados de hollín y sus espinilleras de bronce estaban cubiertas de barro. A la luz de la antorcha vi el color blanco bajo el hollín de sus escudos y el semental galopante con el alpha rho. Argivos. Nuestros aliados. Tres jinetes tiraron de las riendas ante nosotros; Traspiés rebuznaba de terror e intentaba soltarse, Diómaca sujetaba con fuerza el cabestro.
—¿Qué llevas ahí, chiquilla? —preguntó el más corpulento de los jinetes haciendo girar su montura, que iba cubierta de espuma y de barro, ante los sacos de cebollas y los quesos. Era un hombre muy fornido, como Ajax, con un casco beocio de cara abierta y grasa blanca bajo los ojos para ver en la oscuridad. Incursores nocturnos. Se inclinó en su silla e intentó agarrar a Traspiés. Diómaca dio un fuerte puntapié a la montura del hombre, en el vientre; la bestia lanzó un relincho y dio un salto, asustada.
—¡Estáis quemando nuestras granjas, traidores, hijos de puta!
Diómaca soltó el cabestro y dio una palmada a la aterrorizada burra con todas sus fuerzas. La bestia echó a correr como alma que lleva el diablo y también nosotros.
He corrido mucho en las batallas, bajo lluvias de flechas y jabalinas con treinta kilos de armadura sobre mis espaldas, e incontables veces en los entrenamientos he tenido que correr por superficies abruptas. Sin embargo, mis pulmones y mi corazón nunca han trabajado con tan desesperada necesidad como aquella mañana aterradora.
—¡Tenemos que correr más! —me gritaba Diómaca entre jadeos.
Habíamos recorrido más de tres kilómetros, cuatro o casi cinco, en nuestro viaje a la ciudad, y ahora teníamos que desandar esa distancia y más por colinas pedregosas y llenas de maleza. Las zarzas nos arañaban, las piedras nos laceraban los pies desnudos, el corazón parecía que nos iba a estallar en el pecho. Al cruzar un campo vi algo que me heló la sangre: cerdos. Tres puercas y sus camadas cruzaban el campo con paso rápido en dirección al bosque. No cabía duda de que estaban huyendo. No corrían, no era pánico, solo iban a un paso extremadamente vivo, muy disciplinado. Pensé: «Estos cerdos sobrevivirán, mientras que Diómaca y yo no».
Vimos más caballería. Otro pelotón y otro, etolios de Pleurón y Calidón. Esto era peor; significaba que la ciudad había sido traicionada no solo por un aliado sino por una coalición. Grité a Diómaca para que se parara, pues tenía el corazón a punto de explotar a causa del esfuerzo.
—¡Te dejaré, enano!
Tiró de mí. De pronto salió un hombre del bosque. Mi tío Tenagros, el padre de Diómaca. Iba en camisón y aferraba una lanza. Cuando vio a Diómaca dejó caer el arma y corrió a abrazarla. Se estrecharon con fuerza, jadeantes. Pero esto solo sirvió para infundirme más terror.
—¿Dónde está mi madre? —grité—. ¿Mi padre está contigo?
—Muertos. Todos muertos.
—¿Cómo lo sabes? ¿Los has visto?
—Los he visto y es mejor que tú no los veas.
Tenagros recogió su lanza del suelo. Estaba sin aliento, lloraba; se había ensuciado; en el interior de sus muslos había heces líquidas que se iban secando. Él siempre había sido mi tío favorito; ahora le odiaba con pasión asesina.
—¡Has huido! —le acusé con la crueldad de un chiquillo—. ¡Has puesto pies en polvorosa, cobarde!
Tenagros se volvió a mí con furia.
—¡Ve a la ciudad! ¡Ve tras las murallas!
—¿Y Bruxieos? ¿Está vivo?
Tenagros me dio una bofetada tan fuerte que me hizo caer al suelo.
—Estúpido. Te preocupa más un esclavo ciego que tus propios padres.
Diómaca me ayudó a ponerme en pie. Vi en sus ojos la misma rabia y desesperación. Tenagros también lo vio.
—¿Qué llevas en las manos?
Bajé la mirada. Eran mis huevos de perdiz blanca, que aún sostenía.
El curtido puño de Tenagros cayó sobre el mío, haciendo añicos las frágiles cáscaras, que cayeron a mis pies.
—¡Id a la ciudad, chiquillos insolentes! ¡Id tras las murallas!
4
Su Majestad ha presenciado el saqueo de incontables ciudades y no es necesario que oiga contar los detalles de la semana que siguió. Añadiré solo la observación, desde la perspectiva de los años transcurridos desde entonces, de que fue la primera vez que mis ojos presenciaban esas imágenes que, la experiencia lo enseña, son comunes a todas las batallas y todas las matanzas.
Esto lo aprendí entonces: siempre hay fuego.
Una neblina acre flota en el aire noche y día, el humo sulfuroso resulta asfixiante. El sol es de color ceniza y las piedras de la carretera están negras y humeantes. Mires adonde mires ves algo en llamas. Madera, piedra, la tierra misma. La ropa arde en los cadáveres; el pelo arde, y la carne. Incluso el agua arde. La inmisericordia de la llama refuerza la sensación de ira de los dioses, de destino, de justo castigo, de hazañas realizadas e infierno por habitar.
Todo es al revés de como debería ser.
Las cosas que deberían permanecer en pie han caído. Las cosas que deberían estar atadas están libres, y atadas las que deberían estar libres. Las cosas que se habían guardado en secreto ahora resonaban al aire libre y los que las habían atesorado las observaban con ojos apagados y las dejaban marchar.
En los caminos había cadáveres. Sobre todo de hombres, pero también de mujeres y niños, con la misma mancha oscura calando en el polvo. A veces pensabas: cuánta sangre tenía este tipo. Después veías otro, igualmente muerto, y parecía que apenas había dejado escapar un cuartillo de líquido.
Todos los que se hallaban en la carretera iban sucios. Muchos no llevaban zapatos. Huían de las columnas de esclavos y las redadas que pronto empezarían. Las mujeres llevaban en brazos a los niños pequeños, algunos de ellos ya muertos, mientras otras figuras desconcertadas pasaban junto a nosotros como sombras, acarreando alguna posesión cruelmente inútil, una lámpara o unos papeles con versos. En tiempos de paz las esposas de la ciudad salían con collares, pulseras, anillos; ahora no se veía ninguna joya o estaba guardada en algún lugar para pagar a un barquero o comprar un pedazo de pan rancio. Nos tropezamos con gente conocida y no la reconocimos. Ellos tampoco nos reconocieron a nosotros. Se celebraban reuniones junto a los caminos o en bosquecillos y se intercambiaban noticias sobre los muertos y los que pronto morirían.
Los más lastimosos eran los animales. Vi un perro ardiendo aquella primera mañana y corrí a apagar su humeante pelo con mi capa. Salió huyendo; no pude atraparle, y Diómaca me agarró para que volviera, maldiciendo mi necedad. Aquel perro era el primero de muchos. Caballos heridos por la hoja de la espada, yaciendo de costado con los ojos como dos manchas de horror. Mulas con las entrañas fuera; bueyes con jabalinas clavadas en el costado, mugiendo lastimosamente pero demasiado aterrados para dejar que nadie se acercara a ayudarles. Estos eran los que más partían el corazón: las pobres bestias cuyo tormento era aún más lastimoso porque carecían de la facultad de comprensión.
Había llegado el día del festín para los cuervos. Primero se lanzaban sobre los ojos. Se comen a un hombre picoteándolo, aunque solo dios sabe por qué. Al principio la gente los ahuyentaba, precipitándose indignados sobre los carroñeros, que se retiraban solo lo justo que dictaba la necesidad, y luego regresaban al banquete cuando la zona estaba despejada. La piedad exigía que enterráramos a nuestras víctimas, pero el miedo a la caballería enemiga nos lo impedía. Algunos cuerpos eran arrastrados a una zanja y se arrojaban unos puñados de polvo sobre ellos, acompañados por una mísera plegaria. Los cuervos engordaron tanto que apenas podían volar a más de un palmo del suelo.
Diómaca y yo no entramos en la ciudad.
Nos habían traicionado desde dentro, me dijo, hablando despacio como se haría con un necio, para asegurarse de que comprendía sus palabras. Nos habían vendido nuestros propios ciudadanos, alguna facción que buscaba el poder; luego, ellos mismos habían sido traicionados por los argivos. Astakos era un puerto, pobre pero no obstante un puerto occidental, cosa que Argos hacía tiempo que codiciaba. Ahora lo tenía.
Encontramos a Bruxieos la mañana del segundo día. Su marca de esclavo le había salvado. Esto y su ceguera, de la que los conquistadores se burlaban incluso cuando él les maldecía y les amenazaba con su bastón.
—¡Eres libre, viejo!
Libre de morir de hambre o de suplicar el yugo de los vencedores.
Aquella tarde llovió. También esto parece una condición de las matanzas. Lo que había sido ceniza ahora era lodo gris y los cuerpos destrozados, que ni hijos ni madres habían reclamado, eran ahora de un horrible blanco resplandeciente, lavados por los dioses a su manera implacable.
Nuestra ciudad ya no existía. No solo el lugar físico, los ciudadanos, las murallas y las granjas, sino el espíritu de nuestra nación, la polis misma, ese ideal de la mente llamado Astakos que sí, había sido más pequeña que una dêmos de Atenas, Corinto o Tebas, que sí, había sido más pobre que Megara, Epidauro u Olimpia, pero que existía como ciudad. Nuestra ciudad, mi ciudad. Ahora había desaparecido. Los que nos llamábamos astakiotas habíamos desaparecido con ella. Sin ciudad, ¿quiénes éramos? ¿Qué éramos?
Daba la impresión de que todo el mundo se había trastocado. Nadie podía pensar. Una conmoción paralizante se había apoderado de nosotros. La vida se había vuelto como una obra de teatro, una tragedia que habíamos visto interpretada en el theatron: la caída de Ilión, el saqueo de Troya. Solo que ahora era real, interpretada por actores de carne y hueso, y estos actores éramos nosotros mismos.
Al este del Campo de Ares, donde se enterraba a los que habían caído en la batalla, tropezamos con un hombre que cavaba una tumba para un niño. Este, envuelto en la capa del hombre, yacía como un fardo de víveres en el borde de la cavidad. Me pidió que se lo enterrara. Tenía miedo de que los lobos llegaran hasta él, dijo, por eso había cavado un agujero tan profundo. No conocía el nombre del niño. Una mujer se lo había entregado durante la huida de la ciudad. Había acarreado al niño durante dos días; al tercero, murió. Bruxieos no permitió que me entregara el pequeño cuerpo; traía mala suerte, dijo, que un joven espíritu vivo enterrara a uno muerto. Lo hizo él. Entonces reconocimos al hombre. Era un mathematikos, un profesor de aritmética y geometría de la ciudad. Del bosque salieron una mujer y un chiquillo; nos dimos cuenta de que se habían estado escondiendo hasta que vieron que no les haríamos ningún daño. Todos habían perdido el juicio. Bruxieos nos lo dijo a Diómaca y a mí con señas. La locura era contagiosa, no debíamos entretenernos.
—Necesitamos espartanos —declaró el maestro, hablando con voz suave tras sus tristes ojos acuosos—. Cincuenta tan solo habrían salvado la ciudad.
Bruxieos nos instaba a marcharnos.
—¿Veis lo insensibles que somos? —prosiguió el hombre—. Nos deslizamos aturdidos, privados de nuestra razón. Jamás veréis a ningún espartano en semejante estado. Esto —señaló el ennegrecido paisaje— es su elemento. Se mueven a través de estos horrores con los ojos claros y los miembros firmes. Y odian a los argivos, son sus más acérrimos enemigos.
Bruxieos nos apartó.
—¡Cincuenta! —gritó el hombre, mientras su esposa hacía esfuerzos para hacerle regresar a la seguridad de los árboles—. ¡Cinco! ¡Uno nos habría salvado!
Recuperamos el cadáver de la madre de Diómaca y los de mis padres la tarde del tercer día. Un grupo argivo de a pie había acampado cerca de las ruinas de nuestra granja. Ya habían llegado supervisores y señalizadores de propiedades de las ciudades conquistadoras. Nosotros observábamos, escondidos en el bosque, cómo marcaban las parcelas con sus varas de medir y garabateaban en la pared blanca del huerto de mi madre la señal del clan de Argos a quien ahora pertenecerían nuestras tierras.
Un argivo que fue a orinar nos vio. Huimos pero él nos llamó. Algo en su voz nos convenció de que ni él ni los otros tenían intención de hacernos daño. Ya habían tenido suficiente sangre. Nos hicieron señas, nos entregaron los cadáveres. Nadie conocía los ritos excepto el jefe y este se hallaba fuera realizando alguna tarea. Dos argivos nos ayudaron a construir una pira. Diómaca encendió la llama y los hombres cantaron el paean, la única canción sagrada que alguno de ellos conocía.
Zeus Salvador, perdónanos
a los que marchamos hacia tu fuego.
Danos valor para permanecer
escudo contra escudo con nuestros hermanos.
Bajo tu poderosa protección
avanzamos.
Señor del Trueno,
esperanza y protección nuestras.
Cuando el himno hubo terminado, los hombres la violaron.
Al principio no entendí qué pretendían. Pensé que ella había hecho mal alguna parte del rito e iban a pegarle por ello. Un soldado me agarró del pelo y un peludo antebrazo me rodeó el cuello para rompérmelo. Bruxieos encontró una lanza que le apuntaba en la garganta y la punta de una espada que le aguijoneaba la carne de la espalda. Nadie dijo una palabra.
Nos limitamos a levantar la mirada hacia ellos seis, que nos rodeaban. Sin armadura, con la barba sucia y el vello del pecho y las piernas mojado por la lluvia, apelmazado y manchado de barro. Habían estado observando a Diómaca, las lisas piernas de la muchacha y los incipientes senos bajo su túnica.
—Ahórrate el heroísmo, viejo —dijo sin emoción uno de los hombres— o tendrás un lugar en esta pira.
—No les hagáis daño —dijo simplemente Diómaca, refiriéndose a Bruxieos y a mí.
Dos hombres se la llevaron tras el muro del jardín. Terminaron; siguieron otros dos y después el último par. Cuando hubieron terminado, apartaron la espada de la espalda de Bruxieos y este se acercó a Diómaca para ayudarla a levantarse. Ella no se lo permitió. Se puso en pie sola, aunque para hacerlo tuvo que apoyarse en la pared; tenía los muslos manchados de sangre. Los argivos nos dieron un odre de vino de cuarto y lo cogimos.
Era evidente que Diómaca no podía andar. Bruxieos la cogió en brazos. Otro de los soldados hoplitas me puso un pan en las manos.
—Mañana vendrán otros dos regimientos procedentes del sur. Id a las montañas y hacia el norte, no bajéis hasta estar fuera de Acarnania. —Habló con amabilidad, como si lo hiciera con su hijo—. Si encontráis una ciudad, no llevéis a la chica o esto volverá a suceder.
Me volví y escupí en su oscura y apestosa túnica, un gesto de indefensión y desesperación. Me cogió los brazos cuando me volvía.
—Y deshaceos de este viejo. Es un inútil. Solo conseguirá que os maten a ti y a la chica.
