La corte de los ilusos

Rosa Beltrán

Fragmento

PRÓLOGO

Prólogo

La historia detrás de la ficción

 

 

Where are you from? La pregunta, repetida en cualquier situación y a toda hora, puede ser desquiciante. No si vienes de Europa, de Europa Occidental, se entiende. Pero si llegas a EU de un país del Tercer Mundo se vuelve una pregunta retórica, para la cual sólo hay un tipo de reacción posible. Era 1988, acababa de llegar a EU a estudiar literatura comparada con una beca Fulbright y entonces parecía no haber otra salida. Cada vez que me preguntaban “de dónde eres” y yo respondía, hacía surgir en el otro una gama de prejuicios sobre lo que es ser mexicano seguida, por mi parte, de una interminable defensa. De inmediato, mi interlocutor fruncía el ceño, decepcionado porque contradecía su idea de la mexicanidad y me desdibujaba. A sus ojos, me volvía un virus mutante, algo peligroso de lo que hay que huir.

De mis sorpresas más grandes al llegar a EU fue oír lo que yo era o lo que debía ser por ser mexicana, por ser mujer, por ser cualquier cosa en la que uno se convierte al cruzar una frontera y ser vista por los otros. Y fue saber, sobre todo, que yo no era yo, sino que yo era y siempre sería “otra”. Lo segundo fue entrar en una librería y encontrar que autores como Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges, quienes para mí habían escrito cada uno “el libro”, aparecían en los anaqueles como ethnic literature. Quizá ambas cuestiones eran en realidad parte de lo mismo. Where are you from? Esa pregunta encierra el origen del crimen.

Escribí mi primera novela, La corte de los ilusos, partiendo de la idea de que ser mexicano es tener que justificarse siempre. La novela es una saga irónica de nuestra supuesta independencia de España, en 1821, en la que no se nos ocurrió mejor idea, para ser libres, que fundar un imperio a imagen y semejanza del imperio europeo del que nos separábamos. Tuvimos un emperador que vistió el traje napoleónico y una clase social, la nobleza mexicana, que se dedicó a comprar títulos expedidos por el flamante imperio. Claro que no era esto lo que decían los libros. No es que dijeran tanto, tampoco. Porque sólo hablaban de un jinete que entró a la ciudad de México en septiembre de 1821 seguido del Ejército Trigarante, cuyas garantías se pusieron en tela de juicio en el minuto en que se ciñó el cetro y la corona en plena Catedral. “Yo no quería, me obligaron”, esto es lo que entre líneas se leía que dijo después Iturbide. Un hombre público pasa a la Historia a través de un gesto, una frase, como si hubiera llevado a cabo un solo acto en su vida. Yo elegí un personaje cuyo acto es el símbolo de la grandeza y el oprobio a un tiempo: ceñirse una corona. Por ello, y porque el imperio fue derrocado once meses después, la Historia trata a Iturbide como una no-persona. ¿Por qué si el héroe lograba ingresar al Gran Libro de la Posteridad justo a tiempo la Historia se escribía de otra forma? Hay algo de grandioso y de ridículo en el juego entre el poder y el azar. Lo que hice fue subvertir los planos y cambiar el punto de vista. Dar el mismo grado de verosimilitud a las contradicciones. Poner al hombre público en el ámbito de la vida doméstica y acercar los reflectores a las mujeres, ese grupo que siempre hace de “extra” en la película de la Historia. La mujer pública lo fue en un sentido distinto y el hombre público, sujeto a leyes matriarcales, tuvo que vérselas de otro modo con la fortuna. Nuestra definición, como país, era la historia de las pretensiones de una clase. La clase media mexicana que siempre está inventándose un origen distinto porque a nadie le gusta decir que es producto del abuso de un conquistador y de la entrega incondicional de una india tlaxcalteca.

La pregunta hecha en EU me dio la idea. Y la respuesta, o su negación, me daría la historia. Por eso, comencé con la pretensión y eso me dio el tono. Cuando uno tiene el tono y el ritmo tiene buena parte de la novela aunque no sepa casi nada de ella, porque gracias a la voz son los personajes los que empiezan a hablar a través de una mano mediúmnica. Comencé con la pretensión ¿y quién puede tener más ínfulas que una costurera francesa recién llegada al Tercer Mundo?

Desde la primera vez que habló con doña Josefa Arámburu de Iturbide, Madame quiso dejar muy claro que no tenía intenciones de quedarse a vivir en México para siempre. Se trataba de una ciudad de la que no podía uno fiarse. Las calles cambiaban de nombre a su arbitrio, la gente no sabía comportarse y poco tenía que hacer una modista francesa en tierra de caníbales. Había tenido buen cuidado de no hablar de las verdaderas causas que la hicieron salir de Francia, metida en un barco carguero por casi ochenta y tres días, bebiendo incontables tisanas para el mareo y dándose baños de alcanfor. Pero el que no tuviera a qué regresar a la patria de sus antepasados no impedía que hablara de ella como del más bello ideal y que sintiera a la nueva tierra como una pesadilla impuesta a su sueño y empeñada en recargarse en él.

Antes de ser contratada, se sintió en la obligación de decir:

—Madame, Monsieur: no tengo ninguna preferencia por quedarme aquí.

La insolencia del tono bastó para que la modista fuera contratada de inmediato. La mujer de don Joaquín la aceptó al instante, convencida de que la altanería y el acento francés eran síntoma inequívoco de superioridad y experiencia.

La historia del poder está sembrada de absurdos. Había que narrar los traspiés del Emperador empezando por el primero, que fue cambiar la ruta de la procesión en su coronación, porque como buen mexicano agradecido decidió pasar frente a la casa de la Güera Rodríguez, donde, según consta en documentos, acudía a algo más que a hacer política. Y después citar las Máximas morales dedicadas al bello sexo, escritas por un ciudadano militar que el propio Agustín, siendo militar, citaba:

Hermosa joven, que conservas todavía ilesa tu reputación: no te desprendas jamás de este bien incomparable. El honor es como una isla escarpada y sin costa, donde no es posible reentrar una vez que se ha salido. Empapa tu entendimiento de este axioma: la pureza y el honor son para el alma lo que la salud es para el cuerpo. Si concedes a tu amado lo que desea fuera de los límites de la ley él cesará de amarte: el amor de los hombres vive con la esperanza y muere con la posesión.

Aunque no siempre. No si a ese valor se añadía, como en el caso de la Güera Rodríguez, el de la plusvalía política. Reorganizar, desescribir, permitir que el azar construyera con una sintaxis distinta. Al escribir esta contrahistoria, que es también una contradeclaración a cierta forma de construir el pasado, me propuse eludir, parodiar, citar en latín, cambiar las piezas del puzzle del poder sin cambiar un solo dato. Es decir, hice algo muy distinto de lo que se suele hacer en las novelas históricas. Nunca me sentí más libre. Hablar con Guillermo Tovar y de Teresa me hizo tener algunas de las conversaciones más imaginativas sobre personajes y autores del XIX que ambos conocíamos; recreamos la historia de las hermanas Larráinzar, hablamos de las revistas de la época que contribuían a la construcción de la identidad desde el hogar: El Iris, El recreo de las familias, el Semanario de las Señoritas Mexicanas, cuyo objetivo era “promover el cultivo y las mejoras del bello sexo” y “prestar un servicio positivo al logro de la felicidad pública”. Y eso significó mi entrada a los archivos sobre vida cotidiana, manuales de danza y de comportamiento, papeles sueltos y al Catecismo del Padre Ripalda y Aztete, documentos que a nadie interesaban por entonces y con los que pude narrar ese otro lado de lo real: lo improbable, lo absurdo y lo contradictorio, normalizándolo y haciéndolo parecer lo más lógico. Empecé literalmente a vivir en el siglo XIX. Por periodos, me instalé en un hotel del centro, hice a pie las rutas de los personajes, a ratos creí estar escribiendo con el cuerpo. Y ya avanzada en esto, me pregunté por qué los sueños, los complejos, las alucinaciones y los fantasmas de la imaginación no son parte de la Historia. Reparé en que la Historia se narra desde el éxito o el fracaso pero también se debía contar desde el miedo, el prejuicio, la sinrazón y la duda.

Concursé sin saber bien qué hacía y gané el Premio Planeta. Es la única vez que he enviado un libro mío a un concurso.

La novela, además de México, se publicó en España y en algunos países de Latinoamérica. Como parte de la campaña de promoción, me invitaron a un programa de radio donde convocaron a un cura, un historiador, un militar y a mí, la autora. Nunca pensé que me fuera a ir tan mal. El libro suscitó una polémica que aumentó el rating del programa pero casi termina con mi autoestima. El tema de esa emisión fue: “La corte de los ilusos ¿es o no es novela histórica?” Vagamente recuerdo que el cura afirmó que todo lo que aparecía en la novela era verdad: las virtudes teologales, los pecados capitales, las advertencias y máximas a la mujer, por no hablar de las recomendaciones del padre Ripalda. Añadió que era una lástima que ya no se aplicara esto al pie de la letra, que habíamos perdido los valores y el rumbo del país, pero si leyéramos obras como La corte de los ilusos, los recuperaríamos. Declaró que sí era novela histórica. Nunca sabré por qué me sentí impulsada a decirle: “gracias, padre”, pero me contuve. El militar se agitó inquieto, varias veces me miró francamente molesto y al llegar su turno hizo esta puntualización: “Iturbide no es el padre de la independencia, que quede claro. El padre de la independencia es el padre Hidalgo”. Hasta ese momento pude darme cuenta de que estaba sentada entre una infinidad de padres. “¿Es o no es novela histórica?”, preguntó el conductor del programa. La respuesta del militar fue perentoria: “si al terminarla el lector decide que Iturbide no fue el padre de la patria, es histórica”. Pero llegó el turno del historiador. Con obsesión de relojero, desarmó lo que con tanto trabajo había armado yo, cambió el punto de vista, resolvió las contradicciones, envió a las mujeres a donde pertenecen y una vez hecho esto, dijo: “la esencia de la historia es el orden”. “Pero, ¿es novela histórica o no?”, insistió el locutor. “Siento mucho decirlo. Esto no es una novela histórica”. Se leyeron algunas llamadas de la audiencia, muchos afirmaban haberla leído y algunos hasta se atrevieron a decir que con gusto. Pero eran sólo lectores. La conclusión, palabras más o menos, fue dada en tono paternalista: “Qué gran primera novela, Rosa Beltrán, y ojalá en lo futuro aprendas a acomodar las manzanas con las manzanas y las peras con las peras”.

De más está decir que no aprendí. Porque lo que a mí me gusta es que dialoguen unas con otras.

CAPÍTULO 1

Capítulo uno

El amor propio es más hábil que el hombre más hábil del mundo

 

 

Para hacer las cosas no hay más que hacerlas. Para llegar a donde uno tiene que llegar basta con atravesar Retama, pasar por Niño de Jesús y caminar hasta Esfuerzo, haciendo acopio del mismo. Esto es en principio: Madame Henriette lo sabía como se sabe que llueve porque nos mojamos. Pero muchas veces los sentidos nos engañan. Las calles se tuercen, se angostan, adoptan nombres extraños: Calle del Muerto, Calle de las Golosas, Callejón de Estanco de Mujeres.

Desde la primera vez que habló con doña Josefa Arámburu de Iturbide, Madame quiso dejar muy claro que no tenía intenciones de quedarse a vivir en México para siempre. Se trataba de una ciudad de la que no podía uno fiarse. Las calles cambiaban de nombre a su arbitrio, la gente no sabía comportarse y poco tenía que hacer una modista francesa en tierra de caníbales. Había tenido buen cuidado de no hablar de las verdaderas causas que la hicieron salir de Francia, metida en un barco carguero por casi ochenta y tres días, bebiendo incontables tisanas para el mareo y dándose baños de alcanfor. Pero el que no tuviera a qué regresar a la patria de sus antepasados no impedía que hablara de ella como del más bello ideal y que sintiera a la nueva tierra como una pesadilla impuesta a su sueño y empeñada en recargarse en él.

Antes de ser contratada, se sintió en la obligación de decir:

—Madame, Monsieur: no tengo ninguna preferencia por quedarme aquí.

La insolencia del tono bastó para que la modista fuera contratada de inmediato. La mujer de don Joaquín la aceptó al instante, convencida de que la altanería y el acento francés eran síntoma inequívoco de superioridad y experiencia. No le costó mucho persuadir al marido de su razonamiento: había que ver la gracia con que la costurera movía las manos al hablar, como haciendo pespuntes en el aire, y la seguridad con que caminaba afirmando el pie por aquel suelo extranjero.

Madame Henriette habló un poco de sí misma y otro poco del sueldo, las comidas y los paseos a que estaba habituada. Luego hizo varias preguntas sobre las costumbres de la familia. A todas fue respondiendo doña Josefa muy contenta, como si en vez de solicitar estuviera ofreciendo sus servicios. Así que la modista no tuvo más remedio que asentar sus reales y emplearse en casa de los Iturbide.

Los primeros años vinieron, como suele decirse, envueltos de una calma chicha. Entre una prenda y otra Madame vio crecer a los cinco hijos: Nicolasa, Mariano, Francisco, Josefa y Agustín Cosme Damián. Luego vio pasar a Mariano y a Francisco a mejor vida a causa de enfermedades propias de la infancia y este hecho bastó para que concentrara su afecto en el pequeño Agustín, por cuyos rizos y complexión rubicunda sentía una debilidad supersticiosa. Por órdenes expresas de doña Josefa, la modista se esmeró en cubrirlo con trajes llenos de lazos y primores, como si en vez del hijo de un comerciante criollo y una rubita vallesolitana estuviera vistiendo al niño Jesús en el pesebre. Mientras tanto, el pequeño se entretenía en retozar, comer brevas y darle disgustos a su madre, como cualquier niño, pero doña Josefa veía en todos y cada uno de esos actos la señal inequívoca de un llamado. Se acercaba a la cama y, extasiada, miraba a su hijo dormir boca arriba, con los bracitos en cruz, como si en vez de entregarse despreocupadamente a la siesta estuviera emulando el gesto de nuestro redentor. Luego lo oía llorar y percibía en ese hecho un claro presagio de tormenta; se angustiaba, le tocaba la frente, buscaba por todo el cuerpecito señales de infortunio y llamaba a su marido a voces. Pero más tarde lo veía reír y entonces respiraba aliviada, segura de que el cielo se abría de nuevo.

La costumbre de acicalar al niño con tanto esmero se quedó, así que más tarde, cuando el joven cadete decidió casarse con una pupila del Colegio de Santa Rosa, Madame Henriette hizo traer su bordador de cedro y cosió un uniforme de gala que dejó con la boca abierta no sólo a la familia sino al regimiento entero. Tal vez fuera por el afecto cobrado a lo largo de los años o porque el militar calculó las ventajas de una buena apariencia en el ejército, el hecho es que Agustín se llevó a la modista a vivir con él a su nuevo hogar, donde la historia debía repetirse sin otra alteración que la moda: Madame se ocuparía de coser lo que se iba ofreciendo en una familia de ciertas exigencias sin que pudiera decir que no se hallaba rodeada de un ambiente de paz y relativa concordia.

Pero no todo en la vida es miel sobre hojuelas.

A partir del día en que Agustín decidió que iba a ser Emperador de México, Madame Henriette no tuvo ya ni un minuto de sosiego. Además de dar lustre y realce a la Corte con sus creaciones, la costurera debía ocuparse de contentar a la Emperatriz durante sus embarazos y, de vez en cuando, consolar a la Princesa Nicolasa, hermana mayor de Iturbide, que a sus sesenta años no había podido tomar estado. Cuando se anunció que el Imperio era un hecho, Ana María, la mujer del Dragón, dijo que había llegado el momento de improvisar los trajes que iban a usarse en la coronación. La idea parecía un escándalo a quien había seguido muy de cerca la historia de Bonaparte, su compatriota, pero una modista francesa no se contrata para oírla externar sus opiniones sobre política. Por tanto, puso manos a la obra y comenzó los diseños de unas túnicas aztecas con aplicaciones plumarias que habrían de usarse sobre batas de algodón teñido con cochinilla. Al ver que Madame Henriette estaba decidida a vestir al Emperador de huehuenche, Ana María puso el grito en el cielo:

—Pero ¿cómo se le ocurre que el Generalísimo vaya a usar eso el día de la coronación?

—Et pourquoi pas, ma petite fille? —preguntó la modista, sin entender.

Por toda respuesta, Ana María se llevó la mano al abultado pecho y se dejó caer pesadamente en un sillón. Era otro de los vahídos típicos de sus embarazos.

—Dele gracias a Dios que el Dragón esté dándose un abrazo en Acatempan —dijo en un susurro, confiando en que su marido andaba donde otros decían que andaba—. No sé lo que haríamos si hubiera visto en qué vinieron a parar los doscientos pesos del desembarco de azogue.

No alcanzó a hacer a un lado la indumentaria elaborada por la modista cuando un nuevo vértigo la asaltó. Poco antes de abandonarse al desmayo sacó el frasquito con sales de amoníaco y lo llevó a la nariz con cierto apuro. Era la sexta vez que lo aspiraba en ese día. Oyó, cada vez más cerca, un golpeteo de tacones: levantó el brazo; supo que ya pasaba. No era necesario que Madame Henriette se tomara la molestia de aflojarle el ceñidor. Pero quería dejar las cosas muy claras: había que proceder en la Corte con más entendimiento. Recordó a la modista el berrinche que había causado a su señor marido el plantón del General Cruz entre la Barca y Yurécuaro, de triste memoria. Cuando Iturbide regresó a Valladolid, tras seis horas de andar a galope entre cerros y matojos, tuvieron que darle varias infusiones de boldo para que pudieran volverle los colores al rostro. Entre una infusión y otra, El Nuevo Moisés mascullaba que subir a un General de Dragones a la montura a las cinco de la mañana para dejarlo plantado a las once no era cosa de caballeros. Luego hizo ademán de quererse recostar.

Ana María pudo darse cuenta de que su esposo tenía la boca torcida y los ojos amarillos.

—Se le había derramado la bilis —explicó—. Tenía molidos los ijares y alegaba que se le había desgobernado la rabadilla… Mi señora madre y yo sabíamos que el plantón había sido una infamia del General Cruz pero, qué quiere, no eran ésos momentos para despotricar o perder la calma.

Luego recordó en voz alta, como para sí:

—Ah, ya lo dice el padre Pantaleón García: Para vivir siempre en paz, tolerancia y nada más.

Se incorporó, fingiéndose ya repuesta, y dijo a la modista:

—De modo que ya lo sabe usted, Madame, a conducirse con prudencia, que el horno no está para bollos.

Joaquinita de Estanillo, que hasta ese momento se había dedicado a observar las semillas de chía que buceaban en el fondo de su vaso y a guardar silencio, se sintió animada a intervenir: ella era testigo del pésimo talante que había adquirido el Dragón desde que lo habían empujado a aceptar el Imperio. Justamente el día de San Pompeyo mártir, si no le fallaban las cuentas, había llevado a Ana María la estampa de Nuestra Señora de las Tres Necesidades, casa, comida y sustento, para que nada faltara en la nueva administración. Estaba explicando a la Emperatriz los pormenores del rezo cuando vio salir de la cocina a una criada primero una vez, luego dos, tres y hasta más de siete veces, y esto, ya se entendía, significaba un desfile de más de siete tazas de infusión de boldo para el Dragón. Más tarde vino a confirmar por Cástulo que aquella procesión de tazas se debía a uno más de los corajes del Generalísimo. Toda la tarde lo oyó gritar y proferir maldiciones. Ella, naturalmente, se asustó. Nunca había visto a una persona tan descompuesta como vio ese día a Agustín, que Dios proteja, con todo y ser quien era, o sea, dicho esto con todo respeto, alguien que debía poner mejor cara para recibir un Imperio, ¡un Imperio!, sobre todo tomando en cuenta que le iba a ser entregado de manos del propio padre Cabañas.

La Emperatriz paró en seco a Joaquinita. Por más dama honoraria que fuera, la mujer del Marqués de Salvatierra era persona capaz de sacar de sus casillas al Santo Job. Juzgó más atinado volver al asunto de la confección del traje imperial, pero Madame Henriette no se mostraba ya dispuesta a cooperar. A la idea de la Emperatriz de usar una combinación de terciopelo y tafetán con volantes en las mangas para su vestido, la modista movió negativamente la cabeza. Ana María sugirió entonces usar raso de seda, género muy de moda en París. Madame Henriette tampoco aprobó la moción. Cuando Ana María preguntó qué tela, qué modelos creía adecuados para una ocasión como ésta, la modista dijo en el tono de pretendido desinterés que la hacía parecer tan importante:

Ma petite fille, on a besoin d’encre et de papier.

¿Tinta y papel? ¿Y qué tenían que ver en todo esto la tinta y el papel? ¿O es que la modista quería trazar primero los diseños y estaba pidiendo que le trajeran la plumilla? Madame Henriette negaba, indiferente. ¿Quería entonces que alguien más dibujara los trajes? Tampoco. ¡Tal vez la modista querría hacer vestidos de papel!, sugirió Joaquinita, excitada con su propia idea. La Emperatriz estaba desconcertada, y desconcertarse la ponía de muy mal humor. Se lo había dicho a Agustín: ella prefería una modista española. No entendía la necedad de su señora suegra de heredarle una costurera tan vieja y tan poco dispuesta a hacerse cargo de sus obligaciones. Pero la hija de la Ilustración, que según Joaquinita había nacido lo menos treinta años antes de la Revolución francesa, se divertía de lo lindo con las señoras damas de la Corte mexicana. A cada pregunta, negaba y sonreía con desprecio. Fingía buscar unos carretes de hilo mientras tarareaba la canción de Mambr�

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