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Limpieza de sangre (Las aventuras del capitán Alatriste 2)

Arturo Pérez-Reverte
Arturo Pérez-Reverte

Fragmento

cap1

CAPÍTULO I
UN LANCE DEL SEÑOR DE QUEVEDO

Aquel día corrieron toros en la plaza Mayor, pero al teniente de alguaciles Martín Saldaña se le aguó la fiesta. La mujer había aparecido estrangulada dentro de una silla de manos, ante la iglesia de San Ginés, con un bolsillo entre los dedos que contenía cincuenta escudos y una nota manuscrita, sin firma, con las palabras: Para misas por su alma. La había encontrado una beata madrugadora, que avisó al sacristán, y éste al párroco, quien tras una urgente absolución sub conditione dio cuenta a la Justicia. Cuando el teniente de alguaciles hizo acto de presencia en la plazuela de San Ginés, los vecinos y curiosos se arremolinaban ya en torno a la silla. Aquello se había convertido en una romería, de modo que fueron menester unos corchetes para mantener alejada a la gente mientras el juez y el escribano levantaban acta, y Martín Saldaña le echaba un vistazo tranquilo al cadáver.

Saldaña se desempeñaba en todo del modo más cachazudo del mundo, cual si tuviera siempre mucho tiempo por delante. Tal vez por su condición de antiguo soldado –lo había sido en Flandes antes de que su mujer le consiguiera, decían, la vara de teniente–, el jefe de los alguaciles de Madrid solía tomarse las cosas del oficio con mucha flema, a un paso que cierto poeta satírico, el beneficiado Ruiz de Villaseca, había descrito en una décima envenenada como paso de buey, en clara alusión a su supuesta forma de tomar vara, o varas. De cualquier modo, si bien es cierto que Martín Saldaña resultaba lento para algunas cosas, no lo era en absoluto a la hora de servirse de la espada, la daga, el puñal o los pistolones bien cebados que solía cargar al cinto con amenazador tintineo de ferretería. El propio beneficiado Villaseca, a quien le habían abierto tres ojales de espada, a la puerta misma de su casa, la noche del tercer día después de difundirse en el mentidero de San Felipe la décima de marras, podía dar fe de ello en el purgatorio, el infierno, o donde diablos anduviese a tales alturas del negocio.

El caso es que del despacioso vistazo que el teniente de alguaciles le echó al cadáver, apenas salió nada. La muerta era madura, más cerca de cincuenta que de cuarenta, vestida con amplio sayal negro y tocas que le daban aspecto de dueña, o mujer de compañía. Llevaba un rosario en la faltriquera, con una llave y una arrugada estampa de la Virgen de Atocha, y al cuello una cadena de oro con la medalla de Santa Águeda; y sus facciones hacían pensar que en su juventud no fue moza mal favorecida. No había en ella más señales de violencia que el cordón de seda que aún ceñía su cuello, y la boca abierta en el rictus de la muerte. Por el color y rigidez se concluyó que había sido estrangulada la noche anterior, dentro de la misma silla de manos, antes de ser llevada a la iglesia. El detalle de la bolsa con dinero para misas por su alma indicaba un retorcido sentido del humor, o una gran caridad cristiana. A fin de cuentas, en aquella España oscura, violenta y contradictoria que fue la de nuestro católico rey don Felipe IV, donde disipados calaveras y crudos valentones pedían confesión a gritos tras recibir un pistoletazo o una estocada, no era singular vérselas con un asesino piadoso.

Martín Saldaña nos refirió el suceso por la tarde. O sería más exacto precisar que se lo comentó al capitán Alatriste cuando nos encontramos en la puerta de Guadalajara, viniendo nosotros con el gentío de la plaza Mayor, y Saldaña de terminar su averiguación sobre la mujer muerta, cuyo cadáver había quedado expuesto en Santa Cruz dentro de un ataúd de ahorcados, por si alguien lo identificaba. Lo comentó muy de paso, más interesado por la bravura de los toros corridos en la plaza que por el crimen que tenía entre manos; cosa lógica, si consideramos que en el peligroso Madrid de la época menudeaban los muertos callejeros, pero ya empezaban a escasear los buenos festejos de toros y cañas. Las cañas, una suerte de torneo a caballo entre cuadrillas de gentileshombres principales donde a veces participaba el rey nuestro señor, se habían amanerado entre lindos y pisaverdes, más pendientes de lazos, cintas y damas que de romperse la crisma como Dios manda; y ya no eran, ni de lejos, lo que en tiempos del guerrear entre moros y cristianos, o incluso aún en vida del abuelo de nuestro joven monarca, el gran Felipe II. En cuanto a los toros, ésa continuaba siendo otra gran afición del pueblo español en aquel primer tercio del siglo. De los más de setenta mil habitantes de Madrid, las dos terceras partes acudían a la plaza Mayor cada vez que se lidiaban cornúpetas, celebrándose el valor y destreza de los caballeros que se enfrentaban a los animales. Porque en aquel tiempo, hidalgos, grandes de España y hasta personas de sangre real no tenían reparos en salir a la plaza, jinetes en sus mejores corceles, para quebrarle el rejón en la cruz a un jarameño o matarlo pie a tierra, con la espada, entre los aplausos del entusiasmado gentío, que igual se cobijaba bajo los arcos de la plaza, en caso del vulgo, que en balcones alquilados hasta a veinticinco y cincuenta escudos por cortesanos, nuncio y embajadores extranjeros. Aquellos lances eran celebrados luego en coplas y versos; tanto los gallardos, que los había numerosos, como los graciosos y grotescos, que tampoco escaseaban y eran materia a la que los ingenios de la Corte no tardaban en sacar punta. Como cuando un toro perseguía a un alguacil –la Justicia no gozaba entonces, como tampoco ahora, de gran favor popular– y todo el público se ponía de parte del toro:

El astado hubo razón

de encorrer al alguacil.

De cuatro cuernos, allí

sobraban lo menos dos.

O en otro orden de cosas, cierta ocasión en que el almirante de Castilla, lidiando a caballo un morlaco, hirió por accidente con su rejón al conde de Cabra. Ello hizo que al día siguiente corrieran estos celebrados versos por los más zumbones mentideros de Madrid:

Más de mil torearon de palabra,

y el Almirante, el único, el primero,

poniéndole un rejón a un pasajero,

entendió que era toro, y era Cabra.

Se comprende pues, volviendo ya a nuestro domingo de la mujer muerta, a Martín Saldaña y a su viejo amigo Diego Alatriste, que el primero pusiese al segundo al tanto de la causa que le había impedido ir a los toros y que, a cambio, éste relatase a aquél los pormenores de la lidia, que habían presenciado sus majestades los reyes desde el balcón de la Casa de la Panadería, y el capitán y yo entre el público llano, comiendo piñones y altramuces a la sombra del portal de Pañeros. Los toros habían sido cuatro y de regular bravura; y tanto el conde de Puñoenrostro como el de Guadalmedina se lucieron quebrando rejones. Al de Guadalmedina un jarameño le había matado el caballo; y el conde, muy gentilhombre y valiente, había tirado de herreruza pie a tierra, desjarretando al cornúpeta antes de matarlo de dos buenas estocadas; lo que le había valido aleteo de abanicos de las damas, aprobación del rey y una sonrisa de la reina. Que según se decía lo miraba mucho, pues Guadalmedina era gallardo y de buen talle. La nota pintoresca la puso el último toro, al embestir a la guardia real. Porque sepan vuestras mercedes que las tres guardias, española, tudesca y de arqueros, formaban al pie del palco real con sus alabardas, apiñándose en una barrera que tenían prohibido deshacer, incluso aunque el toro se les acercara con las intenciones del turco. Esta vez el animal se había arrimado más de la cuenta, y dándosele un ceutí las alabardas, llevóse a pasear por la plaza, clavado en un pitón, a uno de los guardias tudescos, grande y rubio, que había echado fuera el mondongo entre muchos Himmel y Mein Gott, y a quien hubo que sacramentar de urgencia en la plaza misma.

–Se pisaba las tripas como aquel alférez de Ostende –concluyó Diego Alatriste–. ¿Recuerdas? El del quinto asalto al reducto del Caballo... Ortiz, o Ruiz, se llamaba. Algo así.

Martín Saldaña asintió, acariciándose la barba entrecana, de soldado viejo, que llevaba para taparse el tajo que había recibido en la cara veinte años atrás, hacia el tercero o cuarto del siglo, precisamente durante aquel asalto a las murallas de Ostende. Habían salido de las trincheras al romper el alba, Saldaña, Diego Alatriste y quinientos hombres más entre los que también se contaba Lope Balboa, mi padre; y después corrieron terraplén arriba con el capitán don Tomás de la Cuesta a la cabeza, y la bandera con la cruz de San Andrés llevada por ese alférez, Ortiz, Ruiz o como diablos se llamara, y habían tomado al arma blanca las primeras trincheras holandesas antes de trepar por el parapeto mientras el enemigo les tiraba encima de todo, y luego pasaron casi media hora acuchillándose en la muralla entre mosquetazo va y mosquetazo viene, y allí fue cuando a Martín Saldaña le dieron el tajo en la cara y a Diego Alatriste otro sobre la ceja izquierda, y al alférez Ortiz, o Ruiz, una escopetada a bocajarro que le dejó el mondongo fuera y arrastrando por el suelo mientras corría para salirse de la pelea intentando sujetárselo con las manos, pero no pudo porque lo remataron en seguida de otro tiro en la cabeza. Y cuando el capitán de la Cuesta, ensangrentado como un Eccehomo porque también llevaba encima lo suyo, dijo aquello de «señores, hemos hecho lo que podíamos, pies en polvorosa y los que aún puedan que pongan a salvo el pellejo», mi padre y otro soldado aragonés pequeñito y duro, un tal Sebastián Copons, habían ayudado a Saldaña y a Diego Alatriste a ganar de nuevo las trincheras españolas, con todos los holandeses del mundo arcabuceándolos desde las murallas mientras corrían de vuelta, blasfemando de Dios y de la Virgen o encomendándose a ellos, que en tales casos era todo uno. Y todavía alguien tuvo tiempo y asaduras para traerse la bandera del pobre Ortiz, o Ruiz, en vez de dejarla en el baluarte hereje con su cadáver y los de doscientos camaradas que ya no iban a ir ni a Ostende, ni a las trincheras, ni a ninguna parte.

–Ortiz, me parece –concluyó por fin Saldaña.

Lo habían vengado bien cosa de un año más tarde, al alférez y a los otros doscientos, y a los que dejaron la piel antes y en los asaltos siguientes al reducto holandés del Caballo, cuando por fin, al octavo o noveno intento, Saldaña, Alatriste, Copons, mi padre y los otros veteranos del Tercio Viejo de Cartagena lograron meterse dentro de la muralla a puros huevos y los holandeses empezaron a decir srinden, srinden, que me parece significa amigos, o camaradas, y aquello de veijiven ons over o algo parecido, o sea, nos rendimos. Y fue entonces cuando el capitán de la Cuesta, que andaba fatal de lenguas extranjeras pero tenía una memoria estupenda, dijo aquello de «ni srinden, ni veijiven, ni la puta que los parió, sin cuartel, señores, acordaos, ni un hereje vivo en este reducto», y cuando Diego Alatriste y los otros izaron por fin la vieja y agujereada cruz de San Andrés sobre el baluarte, la misma que había llevado el pobre Ortiz antes de cascar pisándose las tripas, la sangre holandesa les chorreaba por las hojas de las dagas y las espadas, hasta los codos.

–Me han dicho que vuelves allá arriba –dijo Saldaña.

–Puede ser.

Aunque yo estaba aún deslumbrado por los toros, y se me iban los ojos tras la gente que salía de la plaza y caminaba por la calle Mayor, las damas y los caballeros que ordenaban «daca el coche» y subían a sus carruajes, los gentileshombres a caballo y los elegantes que iban hacia San Felipe o las losas de Palacio, presté gran atención a las palabras del teniente de alguaciles. En aquel año de mil seiscientos y veintitrés, segundo del reinado de nuestro joven rey don Felipe, la reanudación de la guerra en Flandes reclamaba más dinero, más tercios y más hombres. El general don Ambrosio Spínola reclutaba soldados en toda Europa, y centenares de veteranos acudían a alistarse bajo las viejas banderas. El Tercio de Cartagena, diezmado en Jülich cuando la muerte de mi padre y aniquilado un año más tarde en Fleurus, estaba siendo reconstituido y pronto saldría por el Camino Español, para incorporarse al asedio de la plaza fuerte de Breda, o Bredá, como decíamos entonces. Aunque su herida de Fleurus seguía sin cicatrizar del todo, yo estaba al corriente de que Diego Alatriste había entrado en contacto con los antiguos camaradas a fin de preparar su vuelta a filas. En los últimos tiempos, pese a su modesta condición de espadachín a sueldo, o precisamente a causa de ello, el capitán se había hecho enemigos poderosos en la Corte. No era descabellado, durante algún tiempo, poner tierra de por medio.

–Quizá sea mejor así –Saldaña miraba a Alatriste con intención–. Madrid se ha vuelto peligroso... ¿Te llevas al chico?

Caminábamos entre la gente, junto a las tiendas cerradas de los plateros, en dirección a la puerta del Sol. El capitán me dirigió una breve mirada y luego hizo un gesto ambiguo.

–Tal vez sea demasiado joven –dijo.

Tras la barba del teniente de alguaciles amagó una sonrisa. Me había puesto una mano ancha y recia en la cabeza mientras yo admiraba las culatas de las relucientes pistolas que cargaba al cinto, con la daga y la espada de ancha cazoleta alrededor del coleto de ante, idóneo para protegerse el torso de eventuales cuchilladas propias de su oficio. Esa mano, pensé, también estrechó alguna vez la de mi padre.

–No tan joven para algunas cosas, creo –la sonrisa de Saldaña se agrandó, entre divertida y malévola; estaba al tanto de mis correrías cuando la aventura de los dos ingleses–. De todas formas, tú te alistaste a su edad.

Y era cierto. Hacía un cuarto de siglo largo, segundón de una familia de hidalgos labriegos, con trece años y apenas aprendidas las cuatro reglas, escritura y un poco de latín, Diego Alatriste había escapado de la escuela y de su casa. De ese modo llegó a Madrid con un amigo y pudo alistarse, mintiendo sobre su edad, como paje tambor en uno de los tercios que salían para Flandes con el infante cardenal Alberto.

–Eran otros tiempos –repuso el capitán.

Se había apartado para ceder el paso a unas damas, dos mujeres jóvenes con aire de tusonas de lujo a quienes escoltaban sus galanes. Saldaña, que parecía conocerlas, se quitó el sombrero no sin cierta sorna, lo que dio lugar a la mirada furibunda de uno de los pisaverdes. Mirada que se esfumó como por ensalmo al advertir todo el hierro que el teniente de alguaciles llevaba encima.

–En eso tienes razón –dijo Saldaña, evocador–. Eran otros tiempos, y otros hombres.

–Y otros reyes.

El teniente de alguaciles, que seguía con la vista a las mujeres, se volvió a Alatriste con ligero sobresalto y luego echóme un vistazo de soslayo.

–Vamos, Diego, no hables así delante del chico –miró a uno y otro lado de la calle, incómodo–. Y no me comprometas, voto a Cristo. Recuerda que soy Justicia.

–No te comprometo. Nunca he faltado a mi rey, sea el que sea. Pero he servido a tres, y te digo que hay reyes, y reyes.

Saldaña se mesó la barba.

–Vive Dios.

–Viva Dios o quien te plazca.

El teniente de alguaciles me echó otra mirada inquieta antes de volverse de nuevo a Alatriste. Observé que, por instinto, había apoyado una mano en el pomo de la espada.

–No me estarás buscando querella, ¿verdad, Diego?

El capitán no respondió. Sus ojos claros sostenían la mirada del otro, impávidos bajo el ala ancha del sombrero. Saldaña, que se había erguido un poco pues era fornido y recio, pero de menos estatura, estaba detenido ante él y veíanse frente a frente, con sus rostros curtidos de viejos soldados, cubiertos de finas arrugas y cicatrices, muy cerca uno del otro. Algunos transeúntes los miraron con curiosidad. En aquella España turbulenta, arruinada y orgullosa –en verdad era el orgullo lo único que nos iba quedando en el bolsillo–, nadie recogía una palabra lanzada a la ligera, e incluso amigos íntimos eran capaces de acuchillarse por una mala palabra o un mentís:

Habló, pasó, miró, dijo atrevido

alguna cosa en diferente parte,

descubierto galán o rebozado,

y en un instante fue campaña el prado.

Sólo tres días antes, en plena rúa del Prado, un cochero del marqués de Novoa había dado seis puñaladas a su amo por llamarlo villano; y tales lances por un quítame allá esas pajas eran moneda corriente. Así que, por un instante, creí que Saldaña iba a meter mano a la blanca y a darse ambos de estocadas en plena calle. Mas no hubo tal. Pues si bien es verdad que el teniente de alguaciles era muy capaz –ya lo había probado antes– de poner en galeras al amigo e incluso volarle la cabeza en el ejercicio de su autoridad, no es menos cierto que nunca se habría amparado en su vara de justicia contra Diego Alatriste por cuestiones personales. Esa retorcida ética era muy de la época entre la gente del bronce, y yo mismo, que frecuenté tales ambientes en mi juventud y el resto de mi vida, doy fe de que en los más desalmados malandrines, pícaros, soldados y chusma a sueldo, advertí más respeto a ciertos códigos y reglas no escritas que en gente de condición supuestamente honorable. Martín Saldaña era hombre de esa casta, y los dimes y diretes propios los resolvía tirando de herreruza de tú a tú, sin escudarse en la autoridad del rey ni en zarandaja alguna. Pero, gracias a Dios, todo se había dicho en voz queda, y no mediaban desaire público ni afrenta irreparable para la vieja amistad, áspera y bronca, que había entre los dos veteranos. De cualquier modo, la calle Mayor después de una fiesta de toros, con todo Madrid haciendo la rúa en ella, no era sitio para trabarse de palabras, ni de aceros, ni de nada. Así que, al cabo, Saldaña dejó salir el aire del pecho con un ronco suspiro. De pronto parecía relajado, y en su mirada oscura, aún enfrentada a la del capitán Alatriste, parecióme advertir una chispa de sonrisa.

–Un día te van a matar, Diego.

–Puede ser. Y a lo mejor tienes que hacerlo tú.

Ahora era Alatriste quien sonreía bajo su tupido mostacho de soldado. Vi que Saldaña movía la cabeza con cómico desaliento.

–Más vale –dijo– que cambiemos de conversación.

Había alzado un poco una mano; un gesto breve, casi torpe, al tiempo rudo y amistoso, para rozar un instante el hombro del capitán.

–Anda. Invítame a un trago.

Y eso fue todo. A los pocos pasos nos detuvimos en la taberna de los Herradores, que estaba llena como siempre de lacayos, escuderos, esportilleros y viejas dispuestas a alquilarse como dueñas, madres o tías. Una moza puso sobre la mesa manchada de vino dos jarras de valdemoro, que Alatriste y el teniente de alguaciles despacharon por la posta, pues echar verbos habíales espoleado la sed. Yo, que aún no había cumplido catorce años, tuve que conformarme con un vaso de agua de la tinaja, ya que el capitán no me permitía probar el vino salvo en las sopas de pan que solíamos tomar como desayuno –no siempre había para chocolate–, o cuando me veía mal de salud, para que recobrase el color. Aunque Caridad la Lebrijana, a escondidas, me regalara con rebanadas de pan untadas con vino y azúcar, a las que cuando jovencito, y a falta de sonsoniche para comprar dulces, yo era aficionado. Respecto al vino, decía el capitán que ya tendría tiempo en la vida de beber hasta reventar, si lo quisiera, y que para eso nunca se le hacía demasiado tarde a un hombre; añadiendo que no poca gente cabal de la que había conocido terminó perdida por el zumo de Baco –todo esto lo contaba muy poco a poco, pues creo haberles referido ya que Diego Alatriste no era hombre de muchas palabras, y a menudo decía más con los silencios que en voz alta–. Lo cierto es que después, cuando también fui soldado y fui otras cosas, bebí alguna vez en demasía. Pero es verdad que siempre anduve morigerado en ese vicio, que en mí nunca fue tal –otros peores tuve–, sino estímulo y diversión pasajera. Y pienso que al capitán Alatriste tal moderación le debo, aunque en esa homilía nunca predicase con el ejemplo. Por el contrario, recuerdo bien sus largas y calladas borracheras. A diferencia de otros hombres, no trasegaba mucho cuando estaba acompañado, ni era la alegría lo que lo empujaba al azumbre. Su forma de beber era tranquila, deliberada y melancólica; y cuando el vino empezaba a hacerle efecto cerraba la boca y rehuía la presencia de sus amigos. En realidad, cada vez que pienso en él ebrio lo recuerdo solo, en nuestra pequeña casa de la calle del Arcabuz, en la corrala que daba a la trasera de la taberna del Turco, inmóvil ante el vaso, la jarra o la botella; los ojos fijos en la pared de la que colgaban su espada, su daga y su sombrero, cual si contemplara imágenes que sólo él y su silencio obstinado podían evocar. Y por la forma en que luego crispaba la boca bajo el bigote de veterano, me atrevería a jurar que aquellas imágenes no eran de las que un hombre contempla o revive con agrado. Si es cierto que cada cual arrastra sus fantasmas, los de Diego Alatriste y Tenorio no eran serviciales, ni amables, ni tampoco grata compaña. Pero, como le oí decir alguna vez encogiendo los hombros con aquel ademán singular, tan suyo, que parecía hecho a medias de resignación e indiferencia: cualquier hombre cabal puede escoger la forma y el lugar donde morir, pero nadie elige las cosas que recuerda.

El mentidero de San Felipe estaba en todo lo suyo. Las escaleras y la terraza de la iglesia frontera a la calle Mayor eran un hervidero de gente que charlaba en corros, paseaba saludando a los conocidos, o iba a acodarse en el antepecho de las famosas gradas para observar los coches y a los paseantes que hacían la rúa. Fue allí donde Martín Saldaña se despidió de nosotros; mas no estuvimos mucho tiempo solos, pues a poco dimos con el Tuerto Fadrique, boticario de Puerta Cerrada, y con el Dómine Pérez, que también llegaban de ver los toros celebrándolos mucho. Precisamente era el Dómine quien, por caerle más cerca, había salido a sacramentar al guardia tudesco que el jarameño había dejado listo de papeles. Comentaba el jesuita los pormenores del caso, señalando que la reina, por joven y francesa, se había demudado en su palco, mientras el rey nuestro señor le tomaba una mano, galante, para confortarla. De cualquier modo, la reina había permanecido en la Casa de la Panadería en vez de retirarse como muchos esperaban que hiciera; y el gesto fue tan apreciado por el público que, cuando los reyes se levantaron, terminado el espectáculo, les brindó una cariñosa ovación a la que el cuarto Felipe, joven y gentilhombre como era, correspondió descubriéndose un instante.

Ya referí en otra ocasión a vuestras mercedes que, en aquel primer tercio del siglo, el pueblo de Madrid conservaba aún, pese a su picaresca natural y su malicia, una cierta ingenuidad para esa clase de gestos en las personas reales. Ingenuidad que el tiempo y los desastres se encargarían de sustituir por desilusión, rencor y vergüenza. Pero en los años de esta historia nuestro monarca era mozo; y España, aunque ya corrompida y con llagas de muerte en el corazón, conservaba la apariencia, el relumbre y las maneras. Todavía éramos algo, y aún lo seguimos siendo cierto tiempo, hasta quedar exangües del último soldado y el último maravedí. Holanda nos odiaba, Inglaterra nos temía, el turco se andaba con pies de plomo, la Francia de Richelieu rechinaba los dientes, el Santo Padre recibía con mucho tiento a nuestros graves embajadores vestidos de negro, y toda Europa temblaba al paso de los viejos tercios –que aún eran la mejor infantería del mundo–, como si en las cajas de sus tambores redoblara el mismo diablo. Y yo, que viví tales años y los que vinieron después, juro a vuestras mercedes que en aquel siglo éramos todavía lo que nadie fue jamás. Y cuando por fin se puso el sol que había alumbrado Tenochtitlán, Pavía, San Quintín, Lepanto y Breda, el ocaso se tiñó de rojo con nuestra sangre, pero también con la de nuestros enemigos; como el día, en Rocroi, que dejé en un francés la daga del capitán Alatriste. Convendrán vuestras mercedes en que todo ese esfuerzo y ese coraje debíamos haberlo dedicado los españoles a construir un lugar decente, en vez de malgastarlo en guerras absurdas, picaresca, corrupción, quimeras y agua bendita. Y es muy cierto. Pero yo cuento lo que hubo. Y además, no todos los pueblos son igual de razonables para elegir su conveniencia o su destino, ni igual de cínicos para justificarse después ante la Historia o ante sí mismos. En cuanto a nosotros, fuimos hombres de nuestro siglo: no escogimos nacer y vivir en aquella España, a menudo miserable y a veces magnífica, que nos tocó en suerte; pero fue la nuestra. Y ésa es la infeliz patria –o como diablos la llamen ahora– que, me guste o no, llevo en la piel, en los ojos cansados y en la memoria.

Es en esa memoria donde veo, como si fuera ayer, a don Francisco de Quevedo al pie de las gradas de San Felipe. Vestía como siempre de negro riguroso, salvo la golilla blanca almidonada y la cruz roja del hábito de Santiago sobre el jubón, al lado izquierdo del pecho; y aunque la tarde era soleada, llevaba sobre los hombros la larga capa que utilizaba para disimular su cojera: una capa oscura cuyo paño se alzaba por detrás, sobre la vaina de la espada en cuya empuñadura apoyaba la mano con descuido. Conversaba con unos conocidos sombrero en mano, y el lebrel de una dama se movía cerca, llegando a rozarle la diestra enguantada. La dama se encontraba junto al estribo de un coche, en conversación con un par de caballeros, y era linda. Y en una de las idas y venidas del lebrel, don Francisco acarició la cabeza del animal,

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