Rebelión (Espartaco 2)

Ben Kane

Fragmento

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Créditos

Título original: Spartacus Rebellion

Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto

1.ª edición: junio 2014

© Ben Kane 2012

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito legal: B 9729-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-816-2

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Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Mapas

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Nota del autor

Glosario

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Dedicatoria

Para Colm y Shane, amigos de antaño, y los mejores exponentes de «lo mejorcito» de la ciudad

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Mapas

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Prólogo

Prólogo

Monte Gárgano, costa este de Italia,

primavera del 72 a.C.

La violenta pulsación de la sangre en las sienes atenuaba el fragor del campo de batalla: los gritos de los heridos y mutilados, los chillidos de sus seguidores más valientes y los gemidos de los más temerosos. A pesar del horrendo griterío y de su ira voraz —contra los romanos, contra los dioses, contra todo lo que había pasado desde esa mañana—, el hombretón tenía la atención puesta en las líneas enemigas, situadas a unos cien pasos de distancia. Todas las fibras de su cuerpo querían volver a atacar montaña arriba por la ladera rocosa y descuartizar al máximo de legionarios hasta convertirlos en pedazos de carne sanguinolenta. «Tranquilízate. Si queremos tener alguna posibilidad de vencer, los hombres necesitan tiempo para recuperar fuerzas. Hay que reagruparlos.»

Frunció el ceño cuando el estruendo de las bucinae rasgó el aire. Los trompetas ordenaban a las dos legiones del cónsul Gelio. Respiró hondo y se centró en el estrépito metálico de las espadas de los soldados enemigos al chocar contra sus escudos mientras se mofaban de sus hombres a fin de provocarlos para emprender otro ataque infructuoso colina arriba. La patética respuesta de los pocos guerreros que quedaban con voz suficiente para gritar resultaba exasperante.

No era de extrañar que tuvieran la garganta seca. Él mismo se moría de sed. La lucha había empezado dos horas después del amanecer y solo había parado cuando cada uno de sus tres ataques previos había sido repelido. No había habido manera de reubicar el odre de agua que había dejado en el suelo junto a su posición inicial. No guardaba rencor al hombre que lo había encontrado. Como consecuencia de ello, se encontraba en la misma situación que la mayoría de sus seguidores. La posición del sol en el cielo azul le indicó que era cerca del mediodía. «Tres horas de combate sin agua. Menos mal que no estamos en verano, porque si no la mitad del ejército se habría desplomado.» Otra sonrisa amarga arrugó su ancho rostro. Buena parte de su ejército había muerto o yacía herido en el terreno teñido de carmesí que tenía delante. «¿Qué falta les hace el agua?»

La zona situada entre los dos ejércitos, una ladera que carecía de las encinas, la cornicabra y el espino negro que cubrían la cumbre, estaba repleta de cadáveres. Los miles de cuerpos mutilados ofrecerían todo un festín durante semanas para los buitres observadores que ya sobrevolaban la zona. La mayoría de los caídos se encontraba cerca de las líneas romanas. Estaban tan apilados en algunos puntos que sus hombres se habían visto obligados a trepar por encima de los cuerpos en ataques subsiguientes, lo cual los había convertido en objetivos fáciles para las ráfagas de jabalinas romanas. Quienes no habían sido abatidos por la lluvia ennegrecida de pila habían sucumbido bajo los gladii de los legionarios. Las mortíferas espadas de doble filo habían asomado desde el inexpugnable muro de escudos y habían destripado a los hombres, cercenado piernas o brazos, y se les habían clavado hasta el fondo de los pechos desprotegidos. Incluso había visto perder la cabeza a algunos de sus seguidores.

A pesar de la gran cantidad de bajas, habían atravesado las líneas enemigas en unos cuantos puntos durante el primer ataque frenético. El recuerdo de ese pequeño éxito se tornó amargo enseguida. Todas menos una de sus brechas se habían reparado enseguida. El hecho de que sus hombres carecieran de armadura y escudos y la disciplina y ventaja en altura de los legionarios habían convertido a los esclavos en objetivos fáciles. Al ver a sus hombres sacrificados como animales en el matadero, había ordenado la retirada. Había abandonado su propio ataque brutal, que a punto había estado de hacer trizas la primera fila romana.

«Por muy beneficioso que hubiera sido, abrir una brecha en las filas enemigas no basta para ganar una batalla. Lo que sí sirve es mantener la posición. Ser disciplinados.» Era una lección dura para un galo. Aunque había nacido esclavo, se había criado escuchando las historias de los ataques terroríficos de sus antepasados, hombres que habían derrotado a las legiones romanas en numerosas ocasiones, cuya valentía había arrollado a tantos hombres que se les habían puesto por delante. Hoy esa táctica había fracasado estrepitosamente.

Vio a un jinete con un casco bruñido y una capa escarlata que se movía de un lado a otro detrás del centro de las líneas romanas. Escupió una maldición amarga. «Por muy viejo que sea Gelio como cónsul, ha elegido bien el terreno. Ha sido una estupidez confiarnos por el hecho de superarlos en número en más del doble de hombres.» La primera sensación de desespero se abrió paso en su mente, pero la apartó con otro juramento. Si reagrupaba a sus mejores hombres, quizá pudieran atravesar sus filas. Si mataban al cónsul, los romanos seguro que darían media vuelta y echarían a correr. El curso de la batalla todavía se podía cambiar.

—¡Vamos, chicos! Seguimos superándolos en número —bramó—. ¡Un último esfuerzo! ¡Carguemos contra ellos por última vez! ¡Si matamos al hijo de puta de Gelio, hoy será nuestro día! ¿Quién está conmigo? —Solo le respondieron una veintena de voces. Se arrancó el casco de bronce en forma de cuenco de la cabeza y lo arrojó al suelo—. Pedazo de mierda romana.

Avanzó unos treinta pasos desde la masa de hombres desorganizada, que todavía sumaban entre diez y doce mil soldados, y se giró para que todos le vieran la cara. Entonces se encontraba a un tiro largo de jabalina. Pensó que era probable que la cota de malla repeliera el extremo, pero en realidad le daba igual. Agradecería el dolor, le ayudaría a centralizar la rabia.

—¡Eh! ¡Os estoy hablando!

Cientos de rostros desesperados y manchados de sangre le clavaron la mirada. Vio la derrota en sus ojos pero no tuvo miedo. Aunque fracasaran entonces, los romanos no acabarían con él. Morir en el campo de batalla era lo que siempre había querido. Reconocía que sería mejor morir sabiendo que sus hombres habían derrotado a Gelio, pero seguía siendo un hombre libre y así moriría, llevándose a un montón de romanos consigo.

Golpeó la espada contra el borde metálico del scutum. Los hombres que no le oían se acercaron un poco más.

—¡Ahora escuchadme! —gritó—. Les hemos atacado tres veces y las tres hemos fracasado. Miles de nuestros compañeros yacen ahí, muertos o moribundos. Su valor, su sangre y sus vidas exigen venganza. ¡VENGANZA! —Más golpes contra el escudo—. ¡VENGANZA!

Se oyó un zumbido detrás de él. A pesar de su valentía, se le puso la piel de gallina. «Alguien ha lanzado un pilum.» No se movió.

—¡VENGANZA!

Un golpe seco. Miró a su derecha y vio la jabalina, que se había clavado en la tierra a apenas cinco pasos de su pie. Echó la cabeza hacia atrás y aulló como un lobo.

—¿Esto es lo máximo que saben hacer? ¡Estos cabrones romanos apestosos no saben darle a una paca de trigo en un granero!

Sus hombres, o al menos los que tenía más cerca, parecían más animados.

«Bien. Todavía no han acabado.»

—Voy a subir ahí arriba y voy a descuartizar a esos cabrones. Voy a cortarle la cabeza a Gelio del puto cuello raquítico y luego me voy a reír cuando su ejército huya. —La nariz llena de cicatrices y la sangre romana que le cubría de pies a cabeza convertían su mirada de aliento en la mirada lasciva y voraz de un monstruo, pero la pasión que destilaba su voz no dejaba lugar a dudas—. ¿Quién está conmigo? ¿Quién está con Crixus?

—¡Yo! —anunció un galo de largas trenzas.

—¡Y yo! —bramó un hombre con el cuello grueso como el de un toro que vestía una túnica desgarrada.

Se sumaron cada vez más voces.

—¡CRI-XUS! ¡CRI-XUS! —exclamaron.

Con una amplia sonrisa, repiqueteó la espada larga contra el scutum a modo de respuesta. El temor que había abatido a los esclavos remitió. Pero Crixus sabía que la valentía renovada no iba a durar. Si tenían intenciones de vencer, debían moverse de inmediato.

Se giró para estar de cara a los romanos y gritó:

—¡Pues vamos, muchachos! ¡Demostrémosles lo que significa ser valiente! —Sin mirar atrás, echó a correr colina arriba como un poseso.

Bramando como toros enloquecidos, cientos y cientos de esclavos le siguieron.

Sin embargo, muchos otros se quedaron donde estaban observando en silencio cómo sus compañeros cargaban contra las líneas romanas. Preparándose para correr hacia la protección que les ofrecían los matorrales y árboles de las laderas de más abajo.

Crixus notó la presencia de sus hombres a su espalda. Notaba que no todos se habían apuntado, pero de cualquier modo sintió un cálido destello. «Por lo menos m oriremos con la cabeza bien alta. Habrá lugar para todos nosotros en el paraíso de los guerreros.» Le asaltó un último pensamiento antes de que la locura de la batalla se apoderara de él y dejara de razonar.

«Tal vez Espartaco tuviera razón. Tal vez debería haberme quedado.»

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Capítulo 1

1

Un mes después...

Los Apeninos, noreste de Pisae

Espartaco contempló las legiones de Gelio en la llanura y luego a sus hombres. Aunque se encontraba a unos cien pasos del centro de sus filas delanteras, notaba la seguridad de sus soldados. La intuía por su postura y por la forma en que las líneas se balanceaban adelante y atrás. Golpeaban los escudos con las armas para retar a los romanos a luchar. Estaban ansiosos, e incluso desesperados, por iniciar el combate. «Es un cambio extraordinario.» Hasta hacía muy poco, sus seguidores, ex esclavos en su mayor parte, no habían participado en una batalla a gran escala. Sí, habían derrotado a las fuerzas de tres pretores, pero lo habían logrado sobre todo gracias a subterfugios. Nunca se habían enfrentado a un gran ejército romano en terreno abierto, y mucho menos a uno consular con dos legiones. Hacía dos meses todo eso había cambiado cuando tendieron una emboscada al cónsul Léntulo en un desfiladero situado al sur de su posición actual.

Gracias a la sucesión de victorias, la mayoría de sus hombres estaban ahora tan bien equipados como los legionarios, que iban armados hasta los dientes. Se enorgulleció sobremanera. «Qué lejos han llegado.» Recordó el día, un año y medio antes, en que lo habían traicionado en su pueblo natal de Tracia y vendido como esclavo, cuyo destino más probable habría sido morir en un ruedo italiano para gladiadores. «Qué lejos he llegado. Un guerrero tracio que luchó para Roma, pero que ahora dirige un ejército de ex esclavos contra ella.» Qué irónico.

Mientras se acercaba a sus soldados, Espartaco se fijó en un hombre de espalda ancha cuyo rostro agradable quedaba empañado por una cicatriz púrpura en la mejilla izquierda. «Uno de los primeros esclavos que se sumó a nosotros después de que huyéramos del ludus.»

—¡Te estoy viendo, Aventianus! ¿Qué esperanza crees que tienen hoy los romanos?

Aventianus rio de oreja a oreja.

—Tanta como de que nieve en el Hades, señor.

—Eso es lo que quería oír. —Hacía tiempo que Espartaco había dicho a sus hombres que no se dirigieran a él como «señor». Daba igual. Escudriñó los rostros de quienes tenía más cerca—. ¿Aventianus está en lo cierto, chicos? ¿O Gelio nos enviará para casa con el rabo entre las piernas?

—¡No tenemos casa! —bramó Pulcher, el principal armero de Espartaco y uno de sus oficiales veteranos. Su comentario procaz fue recibido con un estallido de risas. Esperó a que pasara el alboroto—. Pero tenemos algo mucho mejor que un tejado sobre nuestras cabezas. Algo que nadie nos podrá arrebatar jamás: ¡nuestra libertad!

—¡Li-ber-tad! ¡Li-ber-tad! ¡Li-ber-tad! —gritaron los hombres al tiempo que pateaban el suelo y volvían a martillear las armas contra los escudos. Producían un ritmo ensordecedor y conmovedor a partes iguales. El clamor empezó a propagarse por el ejército de Espartaco. La mayoría de los soldados estaban demasiado lejos para saber el origen del alboroto, pero les dio igual. El griterío impedía hablar—. ¡Li-ber-tad! ¡Li-ber-tad! ¡Li-ber-tad!

Como disfrutaba de los gritos de casi cincuenta mil hombres y del hecho de ser su líder, Espartaco alentó a los hombres moviendo los brazos de forma exagerada. El alboroto les levantaría todavía más la moral y provocaría malestar en muchos vientres romanos. No le cabía la menor duda de que Gelio notaría un hormigueo de temor en la piel arrugada de su espalda. El cónsul tenía sesenta y dos años, y al parecer poca experiencia en la guerra.

—Descuartizaremos a esos cabrones —exclamó Pulcher cuando los gritos de ánimo se atenuaron—. ¡Igual que hicimos con Léntulo!

Justo entonces, los hombres que sostenían el par de águilas de plata alzaron los postes de madera en el aire. Se profirieron más gritos.

Espartaco alzó las manos y se hizo el silencio.

—¡Esos son dos más con los que tenemos que acabar hoy! —Desenvainó la sica, una espada tracia con una curvatura infernal, y señaló con ella en los puntos de las fuerzas de Gelio donde la brillante luz del sol destellaba desde los estandartes de metal de sus legiones—. ¿Quién quiere ayudarme a acabar con ellos? ¿Quién quiere tener el honor de decir que tomó un águila romana en la batalla y con ello avergonzó a toda una legión?

—¡Yo! —bramaron Aventianus y muchas otras voces.

—¿Estáis seguros?

—¡SÍÍÍÍÍ! —respondieron a voz en grito.

—Más os vale. Miradlos. —Espartaco blandió la espada primero a la izquierda y luego a la derecha. A ambos lados de su ejército se veían cientos de hombres en caballos monteses lanudos—. Más os vale —repitió—. Si no vamos con cuidado, la caballería quizá se nos adelante. —En parte Espartaco ansiaba estar con ellos. Había sido soldado de caballería desde los dieciséis años; también había ayudado a entrenar a los jinetes, pero sabía que era imprescindible que estuviera en el centro de su ejército. Si los soldados de infantería se desmoronaban, una derrota aplastante llamaría a su puerta. Aunque la responsabilidad que tenían sus jinetes era muy grande, superaban en número a la caballería romana por cuatro a uno como mínimo. Aunque sufrieran el infortunio de no conseguir aplastar a la caballería enemiga, su infantería todavía tendría posibilidades de ganar la batalla—. ¿Vais a permitirlo?

—¡Nunca! —bramó Pulcher con las venas del cuello hinchadas.

—¡No si de mí depende! —gritó Aventianus mientras movía el pilum adelante y atrás.

—¡Y de mí! —A Carbo, que era romano, le seguía sorprendiendo la pasión que sentía cuando hablaba el tracio. Hacía aproximadamente un año, había entrado en la escuela de gladiadores de Capua en un intento disparatado de saldar las ingentes deudas de su familia. Desesperado, primero había tratado de alistarse al ejército, pero lo habían rechazado por su juventud. Lo que sorprendió a Carbo es que el lanista lo aceptara como auctoratus, ciudadano contratado para luchar como gladiador, pero solo después de medir su valor enfrentándose a Espartaco en un combate con armas de madera.

La vida en el ludus había sido sumamente dura, y no solo debido a los entrenamientos. Un hombre solo, y más siendo novato, tenía pocas posibilidades de sobrevivir. Si Espartaco no lo hubiera acogido en su seno, la carrera de Carbo en el ludus seguro que habría sido muy corta. Cuando poco después se presentó la oportunidad de escapar, había seguido a su protector. Después, cuando se había encontrado en la tesitura de escoger entre dejar al variopinto grupo de esclavos y gladiadores o quedarse con ellos para luchar contra sus paisanos, Carbo había elegido la última opción. No se le había ocurrido otra cosa.

Durante los meses subsiguientes, el comportamiento de Espartaco había garantizado la lealtad de Carbo e incluso su amor. El tracio cuidaba de él, se preocupaba por él. Aquello era más de lo que su propia gente había estado dispuesta a hacer. Aquella constatación le había ayudado a que enfrentarse a los suyos le resultara más fácil, pero en lo más profundo de su ser, Carbo seguía sintiendo cierto sentimiento de culpa por ello. Observó las líneas de Gelio con la mandíbula apretada. «No es más que otro ejército que hay que derrotar», se dijo. Más allá estaban los Alpes. El plan de Espartaco consistía en conducirlos por las montañas, lejos de la influencia de la República. Allí cualquier enemigo que encontraran sería ajeno a él. Y, a decir verdad, más fácil de matar.

Pero antes debían derrotar a Gelio. Pensó en Craso, el hombre que había arruinado a su familia y destrozado su vida. El odio embargó a Carbo, reforzado por la certeza de que nunca podría vengarse del hombre más rico de Roma. En su lugar, intentó imaginar que todos los hombres que tenía enfrente eran parientes del astuto político. Ayudaba.

Retornó la mirada a la figura compacta de Espartaco, vestido con una cota de malla bruñida, un tahalí dorado y un precioso casco frigio. A Carbo le sorprendió que los ojos grises y penetrantes del tracio se clavaran en él. Espartaco le dedicó un ligero asentimiento, como diciendo: «Me alegro de que estés aquí.» Carbo enderezó la espalda. «Hoy haré lo que me toca.»

Espartaco estaba calibrando el estado de ánimo de sus hombres. Lo que vio le complació. Organizados en centurias y cohortes, instruidos y armados como los romanos, estaban preparados. Él estaba preparado. Se presentaba otra oportunidad de derramar sangre romana. De vengar a Maron, su hermano, que había muerto luchando contra las legiones. Las legiones que habían arrasado su patria, Tracia. «Quizá vuelva a ver mi tierra. Gelio y sus hombres son todo lo que se interpone en mi camino.» Esbozó una media sonrisa. Kotys, el malévolo rey de la tribu de Espartaco, los medos, y el motivo de su esclavitud, se llevaría un susto de muerte cuando regresara. «Me muero de ganas.» Espartaco colocó el silbato de latón que llevaba colgado al cuello de una correa y se lo acercó a los labios. Cuando silbara para indicar el avance, los trompetas lo comunicarían a todo el ejército.

Tenía un plan sencillo. Había dispuesto a sus soldados en dos líneas separadas por unos treinta pasos. Castus estaba al mando del ala izquierda; era un gladiador galo que había ayudado a Espartaco en el momento de la huida; bajito, tozudo y con un temperamento tan ardiente como su pelo rojo. Gannicus, otro galo del ludus, dirigía la derecha; era igual de tenaz que Castus pero más ecuánime, y Espartaco tenía más en común con él. Cuando diera la señal, todos avanzarían en un solo bloque y, tras lanzar ráfagas de jabalinas, entablarían batalla con los romanos de frente. Si la operación salía bien, su superioridad numérica y moral alta les permitirían rodear a las legiones de Gelio. Todo aquello mientras su caballería barría a los jinetes enemigos y luego tomaban a los legionarios de la retaguardia. La derrota de los romanos sería absoluta; sus bajas, mucho mayores que en cualquiera de los enfrentamientos anteriores.

«Para cuando atardezca, Roma habrá aprendido otra lección. Gran Jinete, encárgate de que así sea. Protégenos en las horas venideras —rezó Espartaco—. Dioniso, préstanos la fuerza de tus ménades.» Si bien el dios heroico tracio era su principal guía en la vida, también había llegado a venerar a la deidad relacionada con el vino, la embriaguez y el fervor religioso, a la cual su esposa Ariadne rendía culto. Su extraordinario sueño, en el que una serpiente venenosa se le enroscaba al cuello, lo había identificado como uno de los suyos. «Que así sea siempre.»

Se llenó los pulmones y se preparó para silbar.

«Tan-tara-tara-tara», sonaron las bucinae romanas.

Espartaco contuvo el aliento a la espera de que las legiones avanzaran.

Las trompetas enemigas volvieron a sonar, pero no pasó nada más.

«¿A qué demonios está jugando Gelio?»

Se llevó una buena sorpresa cuando un jinete apareció por un hueco en el centro de la fila romana. No se movió ni un solo legionario mientras dirigía la montura directamente a Espartaco.

Los hombres de Espartaco estaban tan ansiosos por empezar la lucha que pocos se dieron cuenta.

—¡Vamos a por ellos! —gritó Pulcher ante los rugidos de aprobación de sus compañeros.

—¡Quedaos donde estáis! —ordenó Espartaco—. Gelio tiene algo que decir. Viene un mensajero.

—¿Qué más nos da? —exclamó una voz desde las filas—. ¡Ha llegado el momento de matar!

—No perderéis esa oportunidad, pero quiero oír el mensaje del jinete. —Espartaco dedicó una dura mirada a sus hombres—. El primer imbécil que mueva un músculo o lance una jabalina se las verá conmigo. ¿Está claro?

—Sí —fue la tibia respuesta.

—¡No os oigo!

—¡SÍ!

Espartaco observó al jinete que se acercaba. «Esto no me gusta.» Afortunadamente, no tenía tiempo para darle demasiadas vueltas. Los dos ejércitos estaban a menos de quinientos metros el uno del otro. El romano hizo aminorar el paso al alazán en cuanto estuvo más cerca. No parecía ir armado. Espartaco se fijó en la coraza de bronce bruñida, el casco con penacho escarlata y la postura segura. Era un oficial de alto rango, probablemente un tribuno, uno de los seis hombres experimentados que ayudaban al cónsul a dirigir cada legión.

—¡No te acerques más! —gritó cuando el enviado se encontró a veinte pasos de distancia.

El romano alzó la mano derecha en señal de paz y acercó el caballo unos cuantos pasos más.

—¡No te fíes de ese cabrón! —advirtió Aventianus.

El romano sonrió.

Espartaco alzó la sica con gesto amenazador.

—Como te acerques más, te envío al Hades.

El romano no dijo nada, pero tiró con fuerza de las riendas.

—Soy Sextus Baculus, tribuno de la tercera legión. ¿Y tú? —Era imposible emplear un tono más condescendiente.

—Ya sabes quién soy. Y, si no, eres más merdoso de lo que aparentas.

Los hombres de Espartaco se burlaron encantados.

Baculus se puso rojo como un tomate y se abstuvo de contestar de malas maneras.

—Me envía Lucio Gelio, cónsul de Roma. Yo...

—Conocimos a su colega Léntulo hace unas semanas —le interrumpió Espartaco—. ¿Has oído hablar de ese pequeño encuentro?

Sonaron más gritos de regodeo. El caballo de Baculus echó las orejas hacia atrás y se movió de forma rápida y ágil de un lado a otro. El tribuno recuperó el control del animal mascullando un juramento.

—Tú y esa chusma que te acompaña pagaréis caro por ese día —espetó.

—¿De veras?

—No estoy aquí para charlar con esclavos...

—¿Esclavos? —Espartaco giró la cabeza—. No veo a ningún esclavo aquí. Solo a hombres libres.

El rugido que sonó en esa ocasión fue tres veces mayor que antes.

—Escúchame, salvaje tracio —siseó Baculus. Alzó la mano izquierda, que había mantenido al costado. Echó el brazo hacia atrás y lanzó una bolsa de cuero a Espartaco—. Un regalo de Lucio Gelio y Quinto Arrio, su propraetor —exclamó mientras volaba por el aire.

A Espartaco no le gustó el ruido seco y sustancioso que emitió la bolsa al caer junto a sus pies, ni el ligero hedor que asaltó su olfato. No hizo ademán de cogerla. Tenía cierta idea de lo que podía contener. Varios de sus exploradores habían desaparecido a lo largo de las últimas semanas; había supuesto que los habían apresado los romanos. «Me pregunto quién será este. Pobre desgraciado. No habrá tenido una muerte fácil.»

—Venga, echa un vistazo —dijo Baculus con desprecio—. Los hemos guardado en salazón especialmente para ti.

«Entonces no es un explorador. Ya sé quién es.»

—¿Tienes algo más que decir?

—Puede esperar.

—Eres un cerdo arrogante. —La bolsa no estaba bien cerrada, así que Espartaco la puso boca abajo. No le sorprendió que lo primero que cayera fuera una cabeza cortada, pero no se esperaba la mano masculina que salió a continuación. Espartaco se fijó en el pelo rubio manchado de sangre y se le encogió el corazón. Le dio una vuelta a la cabeza, que estaba en proceso de descomposición. Tenía unos gránulos de sal adheridos a los globos oculares, los labios grises y flojos, y el muñón del cuello enrojecido. Las otrora facciones agradables apenas resultaban reconocibles, pero era Crixus. No cabía la menor duda. La enorme cicatriz en la nariz del hombre bastaba para confirmarlo. Espartaco en persona le había infligido aquella herida al galo. Desde el momento en que se habían conocido (y desagradado), la pelea fue inevitable. No obstante, lamentaba ver muerto a Crixus.

Después de la pelea y de que Espartaco derrotara a Crixus, el galo y sus seguidores se habían unido a él. Habían desempeñado un papel importante en su huida del ludus. Crixus, que era un luchador peligroso y agresivo, no le había dado tregua y había cuestionado su liderazgo e intentado ganarse constantemente el apoyo de Castus y Gannicus. Crixus se había separado del ejército principal después de una batalla en Thurii en la que habían derrotado al pretor Publio Varinio. Le habían acompañado entre veinte y treinta mil hombres. Desde entonces, Espartaco había oído rumores de sus avances a través del centro de Italia, pero no había tenido más contacto con ellos. Hasta ese momento. Aquel trofeo espeluznante no era un buen presagio acerca del destino de quienes habían seguido a Crixus, pero Espartaco se mantuvo impasible.

—No se merecía este trato.

—Ah, ¿no? —exclamó Baculus—. Crixus... —sonrió al ver el asombro de los hombres de Espartaco—, sí, de él se trata. Crixus no era más que un esclavo asesino que mutiló a soldados romanos valientes sin motivo aparente. Se merecía todo lo que le hicieron y más.

Espartaco recordó que Crixus había ordenado que amputaran las manos de más de veinte legionarios en Thurii. El acto le había repugnado, pero no le había extrañado viniendo del galo. «Los romanos no iban a perdonar, ni olvidar, tal acción.»

—¡Esto se lo hicisteis al cadáver! Crixus nunca se habría dejado coger con vida —gritó. Tenía tentaciones de matar a Baculus allí mismo, para evitar que entregara su mensaje, pero el hombre era un enviado, y además valiente. Hacían falta agallas para acercarse a su ejército a caballo, solo y desarmado.

—Crixus se fue al Hades sabiendo que más de dos tercios de la chusma que lo seguía habían muerto con él —anunció Baculus. Alzó la voz—: ¿Me oís, hijos de puta? ¡Crixus está muerto! ¡MUERTO! ¡Igual que quince mil de sus seguidores! A uno de cada diez prisioneros a los que tomamos le cortamos la mano derecha. No dudéis que uno de esos destinos os espera hoy aquí.

Después de oír el nombre de Crixus, Carbo dejó de prestar atención a las amenazas de Baculus. El mundo se cerró a su alrededor. «¿Crixus está muerto? ¡Demos gracias a Júpiter! ¡Demos gracias a Dioniso!» Aquel había sido uno de sus ruegos más fervientes; algo que creía que nunca se cumpliría. Durante el saqueo de una ciudad llamada Forum Annii hacía unos meses, Crixus y dos de sus acólitos habían violado a Chloris, la mujer de Carbo. Espartaco había ayudado a salvarla, pero ella había muerto a causa de las lesiones al cabo de unas horas. Rojo de ira y dolor, Carbo se había propuesto matar a Crixus, pero Espartaco le había hecho jurar que no lo mataría. En aquel momento, el galo era un líder esencial para parte del ejército de esclavos. Se trataba de una petición a la que Carbo había accedido a regañadientes.

No obstante, cuando Crixus había anunciado que se marchaba, lo cual liberaba a Carbo de su juramento, no había hecho nada... porque el galo lo habría hecho picadillo. El hecho de convencerse de que Chloris habría querido que él viviera le había servido hasta entonces, pero al ver la cabeza de Crixus en proceso de descomposición, Carbo fue consciente de que sencillamente había tenido miedo de morir. Sin embargo, la inmensa satisfacción que sentía entonces pesaba más que cualquier preocupación que tuviera sobre acabar muerto en la batalla inminente. «El hijo de puta murió consciente de que había fracasado... Eso es lo que importa.»

Sin necesidad de mirar, Espartaco sabía la consternación que la cabeza de Crixus y las noticias de Baculus habían causado entre sus hombres. Alzó la sica y se acercó al tribuno.

—¡Que te den! ¡Dile a Gelio que voy a por él! ¡Y a por ti!

—Estaremos preparados. Igual que nuestras legiones —repuso Baculus con firmeza. Ahuecó una mano delante de la boca—. ¡Mis hombres están sedientos de batalla! ¡Os matarán a miles, esclavos!

Espartaco se abalanzó hacia delante y dio un fuerte golpe al corcel de Baculus en los cuartos traseros con la hoja plana. El animal saltó de forma tan repentina que el tribuno a punto estuvo de caerse. Maldiciendo, tiró de las riendas y consiguió controlarlo de nuevo. Espartaco lo pinchó con la sica. Con una mirada feroz, Baculus giró la cabeza de su montura hacia sus propias líneas.

—¡Considérate afortunado porque he respetado tu estatus! —gritó Espartaco.

Baculus se alejó en silencio y con la espalda rígida. No volvió la mirada.

Espartaco escupió detrás de él. «Espero que no todos sean tan valientes como él.» Dejó de pensar en Baculus y se giró hacia sus hombres. El miedo se reflejaba en muchos de los rostros. A la mayoría no se les veía demasiado seguros. Un silencio tenso había sustituido los vítores estridentes y el choque de las armas. Tales cambios en el estado de ánimo podían hacer perder una batalla. Espartaco lo había visto en otras ocasiones. «Tengo que actuar rápido.» Se agachó, cogió la cabeza mutilada de Crixus y la blandió ante sus soldados.

—Es de todos sabido que Crixus y yo no nos llevábamos bien.

—¡Eso es quedarse corto! —gritó Pulcher.

El comentario provocó una risa.

«Bien.»

—Aunque no éramos amigos, respetaba el valor de Crixus y sus dotes de mando. Respetaba a los hombres que partieron con él. Al ver esto... —alzó más la cabeza de Crixus— y saber qué les pasó a nuestros compañeros me enfurezco. ¡Me enfurezco mucho! —Sus palabras fueron recibidas con un rugido indefinible y sordo—. ¿Queréis vengar a Crixus? ¿Venganza por nuestros compañeros de lucha?

—¡SÍ! —le respondieron a gritos.

—¡VEN-GAN-ZA! —Espartaco se giró para apuntar con la sica a las legiones—. ¡VEN-GAN-ZA!

—¡VEN-GAN-ZA!

Los dejó rugir de furia durante el transcurso de veinte latidos. Satisfecho entonces con que hubieran recuperado la confianza, hizo sonar el silbato con todas sus fuerzas. El sonido no llegó hasta muy lejos, pero los trompetas bien instruidos le estaban observando. Una serie de soplidos de sus instrumentos puso fin a los gritos de forma abrupta.

Espartaco introdujo la cabeza y la mano de Crixus en la bolsa. Si dejaba los restos donde estaban, nunca volvería a encontrarlos. Crixus, o al menos aquellas partes de su cuerpo, merecían un entierro digno. Se ató la pesada saca al cinturón y pidió al Gran Jinete que no le estorbara en la lucha subsiguiente. Hecho esto, volvió a ocupar su puesto en la primera fila. Sonriendo con determinación, Aventianus le tendió su scutum y pilum. Carbo, junto con Navio, el veterano romano al que había reclutado para su causa, asintió para indicar que estaban preparados. Taxacis, uno de los dos escitas que, sin pedírselo, se habían convertido en sus guardaespaldas, enseñó los dientes con un rugido silencioso.

—¡Adelante! —gritó Espartaco—. Manteneos alineados con vuestros compañeros. Mantened los huecos entre las tropas.

Avanzaron al unísono, miles de pies pisoteando la corta hierba de la primavera. La caballería de Espartaco gritaba de regocijo en los extremos, al tiempo que hacía pasar a los caballos del paso al trote.

—Los jinetes de Gelio deben de estarse meando en los pantalones al verlos —exclamó Espartaco. Los hombres que tenía más cerca le aclamaron, pero entonces sonaron las bucinae romanas. Los legionarios estaban avanzando—. Continuad, muchachos. Preparad las jabalinas. Lanzaremos a treinta pasos, no más.

A Espartaco se le retorció el estómago de un modo que ya le resultaba familiar. Había sentido la misma mezcla de emociones antes de cada batalla que había librado en su vida. Un atisbo serpenteante de temor a no sobrevivir. La emoción enaltecedora de marchar al lado de sus compañeros. El orgullo de saber que eran hombres que darían su vida por él sin pensárselo, igua que él por ellos. Se deleitó con el olor a sudor y cuero lubricado, las plegarias y peticiones murmuradas a los dioses, el choque de las jabalinas contra los escudos. Dio gracias al Gran Jinete por brindarle otra oportunidad de causar estragos entre las fuerzas de Roma, que en repetidas ocasiones había enviado ejércitos a Tracia, donde habían derrotado a la mayoría de las tribus, arrasado innumerables poblaciones y matado a su gente a miles.

Antes de que lo traicionaran y acabara vendido como esclavo, Espartaco se había propuesto unir a las distintas comunidades de tracios y expulsar a las legiones de su tierra para siempre. En el ludus, aquellas ideas no habían sido más que una fantasía, pero la vida había cambiado el día que él y sesenta y dos hombres más habían conseguido la libertad a la fuerza. A Espartaco le palpitaba el corazón ante la expectativa. Había demostrado que casi todo era posible. Después de derrotar a los soldados de Gelio, tenía vía libre hacia los Alpes.

Miró con los ojos entrecerrados a la hilera de legionarios que se aproximaba, lo cual ya le permitía distinguir las facciones de los hombres.

—¡Cincuenta pasos! ¡No lancéis! Esperad a que dé la orden.

Varias jabalinas salieron disparadas desde las filas romanas. Les siguieron unas cuantas veintenas más. Se oyeron los gritos airados de los centuriones ordenando a sus soldados que pararan de lanzar mientras los pila se estrellaban sin causar daños en la tierra que separaba a ambos ejércitos. Espartaco se echó a reír. Solo un puñado de sus hombres había respondido lanzando sus proyectiles.

—¿Lo veis? ¡Los cerdos romanos están nerviosos!

Los soldados profirieron gritos de entusiasmo.

Tramp, tramp, tramp.

El sudor resbalaba por la frente de Carbo y le entraba en los ojos. Parpadeó para evitarlo y clavó la mirada en un legionario que tenía justo enfrente. El soldado era joven, de una edad similar a la suya, de hecho, y las mejillas lampiñas de su rostro transmitían un temor desaforado. Carbo se mostró insensible. «Él eligió su bando y yo el mío. Los dioses decidirán quién de los dos sobrevive.» Carbo afianzó el brazo derecho para asegurarse de que la jabalina estaba equilibrada. Apuntó al legionario.

—¡Cuarenta pasos! —gritó Espartaco—. ¡Manteneos firmes! —Eligió su objetivo: el centurión más cercano de la fila delantera romana. Si por suerte el oficial caía, la resistencia en esa zona de la línea flaquearía o incluso se vendría abajo. Frunció el ceño. ¿Por qué los legionarios no habían lanzado los pila todavía? «Gelio debe de haber ordenado a sus soldados que no actúen hasta el último momento. Una táctica arriesgada.»

Treinta y cinco pasos. Espartaco contó los últimos cinco pasos con emoción creciente antes de bramar:

—¡Tres primeras filas, lanzad!

Echó el brazo derecho hacia atrás y levantó la jabalina hacia el cielo azul. Cientos de pila se sumaron al gesto formando una bandada densa y de movimientos rápidos que oscureció por momentos el cielo que separaba ambos

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