El taller de libros prohibidos

Olalla García

Fragmento

Tripa-2

Capítulo 1

I

—Ven acá, chiquilla. Palpa sin miedo.

Inés acarició, sin rozarlas apenas, las mangas del lujoso vestido extendido sobre la cama. Desde que su hermana dejara el encargo en casa del sastre aprovechaba cualquier conversación para alardear sobre el atuendo que estrenaría en la festividad de los Santos Niños, los patronos de la villa complutense.

Hoy lo había recogido. Y aunque faltase casi mes y medio para la celebración había venido a exhibirlo ante sus familiares más cercanas. Quería asegurarse —repetía— de que cualquier vecino supiese al verla que María Ramírez era esposa «de todo un maestro tipógrafo». Con saya y cuerpo de raso guarnecido, lechuguilla y puños blancos y aquella vistosa mantellina de seda, bien podría pasar por esposa de todo un corregidor.

A Inés le reconfortaba saber que, pese a aquella afectación, su interlocutora seguía siendo la misma: la buena de María, corpulenta y enérgica, amiga de verdades abruptas, que pasaba con la mayor naturalidad del ceño severo a la sonrisa.

—Guárdamelo como oro en paño, chiquilla, que me ha costado a precio de tal —aseguró—. ¿Por dónde anda madre? ¿Ya está preparada para la romería?

—Casi. Vendrá a reunirse contigo enseguida.

Para celebrar aquel domingo, radiante y cálido como correspondía a las postrimerías de junio, las mujeres de la familia habían preparado una excursión a la ermita del Val, seguida de una jornada de recreo y comida campestre a orillas del río Henares.

Inés tenía vedado acompañar a su madre y hermana en aquella celebración en la que tanto ansiaba participar. Intentó distraer su desconsuelo con otros pensamientos:

—Mientras viene madre, ¿por qué no me enseñas de nuevo los zarcillos?

La interpelada agitó la cabeza para mostrar bien sus vistosos pendientes de oro y perlas: la última atención de su marido, de la que, según confesión propia, no se desprendía siquiera para dormir.

—Quiera el cielo que mi señor esposo no nos eche a perder la ocasión, que en día de caminata es todo quejas y rezongos. —Estaba diciendo ahora. Tomó los dedos de su hermana menor entre los suyos—. En serio, chiquilla, me pesa dejarte aquí. ¿No hay modo de convencerte de que vengas con nosotros?

—Sabes que no.

Habían transcurrido poco más de seis meses desde el fallecimiento de su marido. Y toda viuda decente se debía al menos a un año de luto; un año recluida en una estancia tapizada de negro, en la que no penetrase el sol.

María escudriñó el dormitorio de su hermana con el gesto de quien busca el origen de un olor desagradable.

—Mira que el encierro y la oscuridad no traen consigo provecho, sino grandes males. Y el esperar, ¿de qué sirve? Lo dice el refrán: «Quien tiempo tiene y tiempo atiende, tiempo viene en que se arrepiente.» —Se acercó más a Inés y le susurró al oído—: Bien podrías salir de tapada, con el cuerpo y el rostro bajo un manto, como hacen otras. ¿Y quién se enteraría? —Hizo una pausa, como si dudara si añadir más o no—. Además, bien lo sabe Dios, tampoco es que él lo merezca. Que de tanto como se lo llevaban los demonios, seguro que le tenían ya sitio reservado allá abajo, como a buen conocido. Y aunque hubiera sido el más santo de los varones, ¿qué? ¿Es esa razón para enterrarte en vida? Digo, chiquilla, si el bendito de mi Juan...

—¡Guárdelo Dios muchos años! —la interrumpió su hermana, santiguándose.

—Guárdelo muchos, sí. Pero, de lo contrario, ¿crees tú que yo me iba a quedar cumpliendo condena? Malhaya quien dijo: «La mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa.» ¡Valiente mentecato! La pierna se la quebraba yo a él, a ver qué opinaba entonces del arreglo. Sí, señor mío, que de querer clausura me hubiera metido a monja. Conventos no faltan en nuestra villa de Alcalá...

Enmudeció al escuchar pasos. Su madre apareció en la puerta de la estancia, ataviada con las ropas negras que vestía en los días de fiesta, ya desgastadas por el uso. Venía asistida por el ama Teodora, macilenta como una ánima en pena, y por Matilde, la moza que ejercía funciones de cocinera y sirvienta en el hogar, la cual, con su buena color y sus carnes rollizas, presentaba todo un contraste con la anterior.

La señora Ana se había detenido a la entrada de la habitación.

—¿Callas, María? Algún disparate andarías diciendo.

Dirigió la mirada hacia la mayor de sus hijas, como si pudiera verla pese a sus ojos ciegos. Esta caminó hasta ella y la tomó del brazo con delicadeza.

—Hay verdades, madre, que parecen disparates al oído del necio.

—Y también disparates que parecen verdad a su boca, hija mía.

La aludida fingió ofenderse.

—¿Eso me decís, cuando soy yo quien viene a buscaros para llevaros a la plaza? ¡Bonita forma de mostrar gratitud! Aún os dejo en casa con vuestra hija favorita, que de seguro os alegra la tarde.

Inés sonrió, casi a su pesar. Por un momento volvió a sentirse como la niña que era hacía apenas dos años, antes de casarse.

Apartó ese pensamiento. A veces es provechoso volver los ojos al pasado; pero soñar con recuperarlo siempre es devastador.

—¡Ea, basta de disputas! —Besó a ambas en la frente y las acompañó a la salida—. Hoy es día de celebración y holganza. Y a vuestro regreso espero que me contéis hasta el último detalle.

Tras despedirse de su madre y su hermana, Inés se sintió incapaz de regresar a su habitación. La negrura de sus paredes le asfixiaba el alma. Más de seis meses llevaba durmiendo en aquella estancia lóbrega como un mausoleo. Y aún le quedaban casi otros tantos...

Transcurrido ese tiempo la tradición le permitía decorar el dormitorio con tonos más claros, siempre que este permaneciera sobrio y desprovisto de adornos, semejante a una celda monacal. Toda buena viuda debía ofrecer constantes muestras de abnegación, sacrificio y pesadumbre durante el resto de su existencia; y aún mejor si se privaba de toda convivencia social y optaba por el recogimiento, el silencio y la piedad.

María tenía razón en un punto. Se esperaba que Inés mostrase al mundo una completa aflicción; que llorase hasta agotar las lágrimas, que se encogiese sobre sí misma y renunciase a otra vida que no fuese la del encierro y el dolor.

Ella había derramado lágrimas, aunque no por su marido. Sí lo había hecho por las veces en que él la había ultrajado, o maltratado hasta hacerla sangrar, o encerrado a oscuras en aquel cuartucho oscuro y opresivo como un ataúd, en el que el aire parecía faltar; por haber aceptado que la resistencia era inútil; por haber visto romperse en pedazos su ingenuidad infantil, sus sueños de un hogar feliz y seguro; por sentirse agradecida de que el Señor se lo llevase tan pronto, antes de que él la aniquilase a ella. De cierto, tenía razones para llorar.

Pero no había agotado las lágrimas, ni había renunciado a seguir caminando hacia el futuro. Ahora era depositaria del negocio familiar; tenía a su cargo casa, comercio, taller: debía enfrentarse a dilemas, compromisos, obligaciones, responsabilidades. Había llegado al matrimonio como una niña; en pocos meses se había visto forzada a convertirse en mujer... y en una capaz de actuar como un hombre.

Recorrió la casa vacía de gente, llena de recordatorios dolorosos. La tienda, a pie de calle, con su mostrador de roble y sus anaqueles repletos de volúmenes: obras litúrgicas, devocionarios y libros de horas, tratados de oración y flores sanctorum. La librería y el taller de encuadernación de Antonio Lozano —ahora a nombre de su viuda— eran célebres en la villa por su especialización en títulos de temática religiosa.

Una escalera de mano descansaba junto a la puerta de entrada; permitía acceder a los estantes más altos, que guardaban los textos universitarios. Era harto conocida la tendencia de los estudiantes a hacerse con sus manuales de estudio sin pagar por ellos; razón por la cual los libreros usaban de toda prevención para evitar que tal cosa ocurriera.

—Dejar uno de estos al alcance de un colegial de San Ildefonso es ponérselo demasiado fácil —decía Tonio a su aprendiz, mientras este colocaba en la balda superior todos los comentarios a la Suma Teológica de santo Tomás y las Sentencias de Pedro Lombardo—. Lo intentarán de todos modos. Pero son nuestros futuros prelados, obispos, integrantes del Santo Oficio. Lo menos que podemos hacer por ellos es ayudarlos a aguzar el ingenio.

Ella recordaba la escena tan vívidamente como si acabara de tener lugar. Corría el mes de septiembre; en breve los nuevos estudiantes comenzarían a llegar y sus nombres engrosarían el registro de matrícula. En el taller se había recibido un nutrido cargamento de material de escritorio y libros de texto en rama. Tonio había concluido el inventario; vestía su sayo de paño leonado, el que resaltaba sus ojos, y sonreía. Eran las primeras semanas de su matrimonio, e Inés aún miraba al futuro como si este fuera un viejo amigo en el que pudiera confiar.

Parpadeó varias veces para contener las lágrimas. Los recuerdos dolían como golpes recientes. Giró con brusquedad, dejó atrás la tienda y entró en el taller contiguo. Las dos prensas, con sus respectivos ingenios de cortar, se alineaban en una de las paredes; en la contraria, junto a un gran ventanal —ahora con las cortinas cerradas— se hallaba el telar para coser y la mesa de encuadernación.

Por un momento tuvo la impresión de que una sombra acechaba en la calle, al otro lado de los cristales. Pero enseguida desechó la sensación como algo absurdo. Los cortinajes eran demasiado gruesos. ¿Quién iba a intentar atisbar a través de ellos? ¿Y para qué? En domingo todas las tiendas permanecían cerradas.

Miró a su alrededor y suspiró. Pese a sus amonestaciones, ni Gabriel ni Albertillo se habían ocupado de guardar los materiales: una regla de enlomar y la tabla para misales se hallaban fuera de sitio; uno de los mazos de la piedra para bruñir había quedado sobre el banco; varios otros instrumentos estaban fuera de sus respectivas cajoneras y gavetas: un compás aquí, una chifla allá, un martillo, unas tijeras y un sacabocados sobre la mesa...

En el caso de Gabriel no resultaba sorprendente. Era el único oficial del taller. Ahora que el maestro Antonio había fallecido, se mostraba reacio a cumplir con los requerimientos de Inés. Aunque ella estaba familiarizada con el oficio desde la infancia, no había tenido la formación regulada por contrato que los varones sí recibían. Y, por si eso no bastase, él no era de los que aceptan de buen grado órdenes de una mujer.

Albertillo era muy distinto. Desde el principio se había mostrado como un aprendiz despierto y servicial. Con su jovialidad y su carácter incansable, el chiquillo inspiraba ánimo a todos cuantos habitaban la casa, e Inés estaba más que dispuesta a pasar por alto sus pequeñas omisiones.

El almacén se hallaba junto al taller. Tal vez podría revisar el estado de los materiales con vistas al próximo pedido. No soportaba la idea de permanecer inactiva mientras el resto de la villa disfrutaba del asueto en las calles y plazas.

La sobresaltó un ruido en la ventana. Alguien martilleaba el cristal con los nudillos. Era un sonido impaciente, aunque amortiguado, que buscaba llamar a la casa pero permanecer sordo al exterior.

—¿Antonio? —susurró una voz masculina con acento francés—. ¿Antonio Lozano?

Inés se quedó paralizada. ¿Quién era aquel visitante clandestino? ¿Qué podía buscar allí? Lo mejor sería permanecer callada, fingir que la casa se encontraba vacía.

—¿Antonio Lozano? —repitió el desconocido. Golpeó las rejas, ahora con determinación. No parecía dispuesto a marcharse sin recibir respuesta.

Cediendo a un impulso, Inés se acercó al ventanal.

—Por la puerta principal —murmuró, sin abrir las cortinas.

El visitante calló unos instantes.

—¿No hay una portilla trasera?

Ahora fue ella quien vaciló. Aún estaba a tiempo de poner fin a aquello... lo que fuese.

—No —mintió al fin.

Echó a andar hacia la entrada. A los pocos pasos se detuvo. ¿Qué estaba haciendo? Actuaba de manera absurda, como si no fuera dueña de sus actos. ¿Y por qué?

Pareciera que, de repente, no pudiera quedarse sin descubrir a qué obedecía todo aquello. ¿Acaso era víctima de un hechizo? ¿O había sido poseída por algún espíritu maligno que la manejaba a su antojo?

Lo ignoraba. Tan solo sabía que necesitaba desvelar aquel misterio como si su vida dependiera de ello.

Tomó el rosario que colgaba de su cintura y empezó a repasar las cuentas con los dedos. Recitó un paternóster y, así pertrechada, se dirigió al encuentro del visitante. Abrió la mirilla, cuidando de mantener bien atrancado el batiente.

Por primera vez pudo ver las facciones del desconocido... o parte de ellas. Sostenía el manto ante la boca con la mano izquierda; llevaba calado el sombrero, para ocultar así sus facciones.

—¿Antonio Lozano? —preguntó de nuevo.

—Mi esposo nos dejó hace unos meses, téngalo Dios en Su gloria. —Intentó que su voz reflejase una entereza que estaba lejos de sentir—. ¿Teníais negocios con él?

El hombre se tomó un instante para considerar aquella pregunta.

—Negocios, eso es. Negocios importantes...

Miró de un lado a otro, como si temiese que alguien doblase la esquina. La zona de las Cuatro Calles estaba ocupada en su mayoría por librerías, talleres de imprenta y de encuadernación. Era un lugar muy frecuentado cuando las tiendas estaban abiertas, pero hoy había quedado sin apenas tránsito. Con todo, seguía siendo una zona céntrica, demasiado cercana a la universidad y a la plaza del Mercado. Cualquier vecino podía hacer su aparición de un momento a otro.

—Tenemos, como decís... negocios pendientes. Abrid la puerta y os lo explicaré.

—Explicaos primero. Después, tal vez la abra.

El visitante se inclinó hacia la mirilla. Al hacerlo, apartó al manto y dejó al descubierto la palma de la mano izquierda, cuajada de antiguas cicatrices... y los ojos más azules y despiadados que Inés hubiera visto jamás. La joven sintió que un escalofrío le dejaba temblando el cuerpo y el alma. Si Satanás adoptase un rostro humano —pensó— sin duda tendría ojos como aquellos.

—Solo quiero lo que vuestro esposo se comprometió a conseguir para nosotros, hace ya casi un año. De Viris Illustribus de san Jerónimo. ¿Os lo dejó a vos?

Ella apenas acertó a negar con la cabeza. Aquellas frases, que hubieran debido tranquilizarla, le provocaban justo el efecto contrario. Su mano izquierda apretaba el crucifijo del rosario con tanta fuerza como si pretendiese grabárselo en la piel, igual que un estigma. Se obligó a hablar:

—No tengo constancia de vuestro pedido. Pero puedo encargarme de conseguirlo. Volved mañana, cuando la tienda esté abierta, y hablaremos.

—Volveré... algún día. Tenedlo por cierto. Soy hombre de palabra.

El desconocido dio media vuelta y se alejó. Al comprender que no regresaría en breve, Inés no pudo evitar sentirse aliviada.

Pierre llamó a la puerta mientras se enjugaba la frente con el puño de la camisa. El aire del atardecer aportaba un respiro frente al calor asfixiante de la jornada.

Había caminado mucho, demasiado; y todo ello en la época más calurosa del año. Las últimas semanas de julio y las primeras de agosto no acostumbraban a ser clementes con los viajeros, sobre todo en las ásperas tierras de Castilla.

Un mes llevaba vagando por aquellos reinos hispánicos. Primero, de Barcelona a Zaragoza; luego había tomado la ruta a Medina del Campo, donde había permanecido unos días; de allí se había encaminado a la villa y corte de Madrid y, por último, a Alcalá de Henares y su Universidad Complutense. Un mes y ciento sesenta leguas. Rogaba al cielo que aquella etapa fuese la última de su peregrinaje.

No tuvo que esperar mucho antes de que acudiera a abrir un muchacho de unos quince años, que estudió con recelo las polvorientas ropas de viaje y las alforjas que el desconocido portaba al hombro. Mejor opinión le merecieron las gastadas botas de piel de becerro y la espada al cinto que exhibía el extraño.

—Busco al maestro Juan Gracián.

—Está a la mesa. Venid.

El zagal llevaba bastante como aprendiz en aquella casa para haber entendido que debía tratar a aquel extraño con la cortesía debida a un compañero de oficio. El recién llegado hablaba con acento extranjero. Era joven, de barba algo rala, ojos vivos, gesto firme. Tenía cabellos poblados y oscuros que contrastaban con la palidez de su piel, las manos ásperas y los brazos recios de quien pasa largas horas accionando un mecanismo pesado. Se trataba, muy probablemente, de un tirador de imprenta.

Cruzaron el zaguán y, a través de un pequeño patio, llegaron hasta la parte trasera de la vivienda. Allí, en una saleta anexa a la cocina, cuatro comensales disfrutaban de su cena.

El visitante observó que todos tomaban olla con su carne y su vitualla. La cantidad de vaca correspondiente a cada uno equivalía quizás a un cuarterón. Eso indicaba que el maestro Juan Gracián era hombre generoso con las raciones de los empleados que vivían bajo su techo.

El trabajo en la imprenta resultaba agotador para todos los implicados, pero especialmente para el batidor y el tirador, que accionaba la maquinaria: la tirada diaria solía equivaler a mil quinientos pliegos, o seis mil golpes de prensa. Pero, como Pierre podía atestiguar, no todos los tipógrafos cuidaban la alimentación de sus oficiales, necesitados de recuperar fuerzas al final de la jornada: su último patrono acostumbraba a darle por cena una ración escasa de potaje de legumbres, sin aderezo siquiera de tocino, y una sopa de pan bastante aguada.

El muchacho se dirigió al que, por su posición en la mesa, evidenciaba ser el dueño de la casa. El maestro Gracián era un individuo fornido de cabellos entrecanos, con la nariz destacada y una poblada barba castaña. Su aprendiz le susurró algo al oído. Él dirigió entonces la mirada hacia el visitante.

—Acércate, hijo —invitó, con una voz que sonaba a la vez firme y cordial—. ¿Qué te trae por aquí?

—Mi nombre es Pierres Arbús. —Se había acostumbrado a utilizar aquella adaptación de su nombre, más adecuada a las lenguas catalana y castellana que el Pierre Arbus con que lo llamaban en su tierra francesa de origen—. Soy gascón. El maestro Blas de Robles me dijo en Madrid que estáis buscando un tirador y vengo a ofrecerme para el trabajo.

—¿El bueno de Blas te dijo eso? —Miró al comensal de su derecha, con la expresión de quien se dispone a conocer el resultado de una apuesta que prefiere no ganar—. ¿Y no te comentó nada más?

—Que, como buen francés que sois, tal vez agradeceríais trabajar con un compatriota.

—¡Que soy buen franc...! ¡Voto a...! —Se giró de nuevo a la derecha—. ¡Francisco Gómez! ¿Cuántos franceses ves tú en esta sala?

—Solo a ese de ahí —respondió el aludido con un claro acento andaluz, en referencia al recién llegado.

—¿Y yo, Frasquillo? ¿De dónde dirías que soy?

—Navarro, maestro, por los cuatro costados —volvió a replicar el antedicho, como quien recita una lección aprendida de memoria.

Como oriundo de la Tierra de Ultrapuertos, Juan Gracián se mostraba muy susceptible respecto a su origen. La Baja Navarra, antes perteneciente a Castilla, constituía en los tiempos presentes un reino propio, independiente de sus grandes vecinos, España y Francia. Aunque sí compartía con esta última una trágica circunstancia: la de verse devastada por cruentas guerras de religión entre católicos y protestantes.

El señor de la casa se dirigió ahora al comensal situado a su izquierda:

—¿Y tú, Juan Pérez? ¿Tú, como aragonés, qué opinas?

—Corren malos tiempos para ser francés.

El susodicho había respondido sin inmutar el semblante. Parecía hombre parco en gestos y en palabras.

Hubo un asentimiento general en la mesa. La tradicional desconfianza de los españoles hacia sus vecinos norteños se había exacerbado hasta límites extremos. Las guerras entre católicos y hugonotes asolaban las regiones galas, y existía verdadero terror ante la idea de que el enfrentamiento pudiera extenderse hacia el sur. Cualquier francés, por el mero hecho de serlo, era considerado un hereje potencial; se creía que su sola presencia bastaba para extender a su alrededor el miasma del luteranismo, capaz de contagiarse como una enfermedad infecciosa; y la suspicacia de sus vecinos podía acabar conduciendo a un extranjero poco precavido ante los tribunales del Santo Oficio.

—Dejad en paz al muchacho, que no es culpa suya en dónde lo parió su madre.

Pierre se giró. No se había percatado de que hubiera alguien a su espalda. La que así había hablado era una mujer de estatura media, más bien corpulenta, que vestía junto a sus ropas de faenar por casa unos vistosos pendientes de oro y perlas. Estaba sentada sobre un escaño, leyendo un pequeño libro de a octavo.

—¿Qué, Pierres Arbús? —prosiguió ella, sin levantar la vista de las páginas—. No eres uno de esos luteranos que corren por ahí, ¿verdad? ¿Sabes santiguarte como es debido y recitar el paternóster?

El aludido dudó antes de responder. Era inaudito que una hembra interviniera en una conversación entre un maestro y sus oficiales. A diferencia de lo que ocurría en su Francia natal, donde hombres y mujeres se sentaban juntos a la mesa, las españolas solían alimentarse en sus habitaciones o en la cocina, junto a los criados y aprendices. No acostumbraban a presentarse en el comedor junto a los varones de la casa; y, cuando lo hacían, se sentaban en el suelo para mantenerse en completo silencio.

Volvió la vista hacia los comensales, sin saber muy bien cómo reaccionar. Juan Gracián se limitó a alargar la mano hacia el cuartillo que había frente a su plato.

—María Ramírez, nunca aprenderás a estar callada, ¿verdad? —Se vertió vino en el vaso—. Mejor será que respondas, hijo. La buena de mi esposa no te dejará en paz hasta que lo hagas.

El visitante se dirigió entonces a la aludida.

—Sí, señora. Sé santiguarme y recitar el paternóster, el avemaría, el credo y la salve. También oigo misa todos los domingos y fiestas de guardar, como ordena la Santa Madre Iglesia.

—Ahí tenéis, ¡ea! Asunto zanjado.

—¡Qué va a estar zanjado, mujer! —El maestro tipógrafo vació su bebida de un trago—. Veamos, hijo: ¿eres bueno en tu oficio?

—Uno de los mejores.

El señor de la casa no pareció impresionado por aquella respuesta.

—La modestia no es lo tuyo, ¿eh? Está bien: coméntame algo sobre tus habilidades profesionales.

El tirador se encargaba del manejo de la prensa, lo que requería tanto de fuerza como de precisión. Pierre era consciente de que no resultaba fácil encontrar oficiales que, como él, destacasen en ambos campos; menos aún, que fuesen capaces de mantener intactas concentración, energía y destreza durante las largas y agotadoras jornadas de trabajo.

Pero ¿de qué serviría jactarse de aquello? La valía de un hombre se mide por sus actos, no por sus bravatas.

—Dadme un día en la prensa y os demostraré por qué lo digo —respondió—. La pericia no se revela alardeando en la cena, sino sudando en el taller.

—No te falta razón, muchacho, lo reconozco. —María Ramírez volvió a intervenir, sorda a la anterior reconvención de su esposo—. Pero ¿de veras crees que es empezar con buen pie el negarte a la primera petición del patrón? Respóndele o sigue tu camino en buen hora. Tú sabrás lo que más te conviene.

El aludido no tuvo más remedio que admitir que su interlocutora estaba en lo cierto. Tendría que mostrarse cuidadoso para revelar la verdad evitando al mismo tiempo entrar en detalles comprometedores.

—Realicé mi aprendizaje en Barcelona, y allí he trabajado desde entonces —declaró—. Llevo más de tres años como tirador con el maestro Claudi Bornat.

Observó que Gracián respondía a esa mención con ademán apreciativo. Hasta hacía no mucho, Bornat había sido el principal librero y editor de la villa condal. Aun en los tiempos presentes, en que la competencia comenzaba a mermar su antigua hegemonía, su nombre —sinónimo de calidad y prestigio— constituía una excelente carta de presentación.

Para no pecar de prolijo, el francés evitó explayarse en lo relativo a las técnicas básicas de la profesión. Cierto, sabía calibrar con precisión la longitud de las líneas de texto, establecer los márgenes y asegurarse de que estos no quedasen manchados; también aplicar la justa presión con la barra —de ser esta insuficiente, la impresión sobre el pliego no resultaría nítida, pero, de ser excesiva, las líneas tipográficas quedarían distorsionadas—. Dios sabía que era bueno, y mucho, en todos aquellos procedimientos. Pero dudaba que fuese aquello lo que el maestro Gracián deseaba escuchar.

—Mi especialidad es la impresión a doble tinta —agregó—. El maestro Bornat afirmaba que nunca había empleado a nadie que dominase la técnica como yo.

El añadido de color rojo encarecía la estampación del pliego y el precio final del volumen. Pero, usado con moderación, conseguía a bajo costo efectos de gran belleza. Ciertos tipógrafos usaban la impresión a doble tinta en las portadas, para resaltar elementos como el título o el nombre del autor. Y su uso se requería en todos los libros de liturgia y muchos de los devocionales.

El proceso mencionado implicaba una gran dificultad; exigía cuatro golpes de prensa por pliego, en lugar de los dos ordinarios, y una cuidadosísima colocación del papel para que el rojo y el negro no se superpusieran; requería, por tanto, de una precisión extraordinaria. La mayoría de los tiradores eran capaces de ejecutar la mecánica; pero los errores resultaban demasiado frecuentes. Conseguir un resultado perfecto solo estaba al alcance de los más habilidosos.

En los tiempos que corrían, esa destreza resultaba más necesaria que nunca, ahora que el Concilio de Trento había decretado nuevas preceptivas para los misales, breviarios y otros libros litúrgicos, que precisaban de una impresión a doble tinta. Los textos modificados del nuevo rezado ya se habían aprobado, y pronto habría que comenzar a estamparlos de forma masiva. De momento, todos los que circulaban por España provenían de Flandes, ya que ningún tipógrafo de los reinos peninsulares contaba con licencia para imprimirlos; pero en el gremio se rumoreaba que Su Majestad remediaría muy pronto tal situación.

Juan Gracián miró a su esposa. Sin mediar palabra, María accionó una campanilla; cuando la sirvienta acudió, le ordenó que dispusiera otro servicio sobre la mesa.

—De acuerdo, hijo, toma asiento con nosotros. —El tipógrafo se limpió las manos en la servilleta y extendió la derecha hacia el recién llegado—. Mañana comprobaremos en el taller si tus alardes están a la altura de la realidad.

De los seis oficiales que trabajaban en el taller de Juan Gracián, tres de ellos residían en casa del maestro. Tenían adjudicado un dormitorio en el piso superior de la vivienda. Cuando subieron a acostarse, Pierre comprobó que le habían preparado cama propia. Se alegró de que así fuera. No era extraño a la experiencia de compartir colchón con un camarada. Pero sabía que en aquellos momentos no hubiera sido un buen compañero de lecho.

Mientras se desnudaban, Francisco Gómez se acercó para darle una palmada en el hombro.

—Te toca trabajar conmigo, francés, así que más te vale estar a la altura.

Los demás rieron la bravata. Observaban al recién llegado sin disimulo, como si aguardaran algún tipo de demostración. Pierre le lanzó una sonrisa altiva.

—Reserva el aliento, andaluz. Lo necesitarás para seguirme el ritmo.

La carcajada que siguió le demostró que había superado con éxito la prueba. Se despojó del resto de sus ropas, rezó sus oraciones y ocupó su camastro.

Las chanzas de sus compañeros de habitación fueron dando paso al silencio. Se mataron las velas y llegó la oscuridad. En breve se oyeron los primeros ronquidos.

Él permanecía aún con los ojos abiertos. Su periplo de un mes por los caminos lo había dejado agotado. Habían sido días de largas marchas y noches de sueños breves, cuajados de pesadillas, que le negaban el descanso. Deseaba con todas sus fuerzas que a partir de hoy las cosas cambiaran; que, al cerrar los párpados, no acudieran a ellos aquellas imágenes.

Corría descalzo por un desierto que le abrasaba las plantas de los pies. Sabía que no había escapatoria. Había estado allí muchas veces. Y siempre acababa del mismo modo.

La tierra se resquebrajaba a su alrededor. Ante él se abría una sima de fuego rugiente. Y de allí salía una mujer; una mujer calcinada que gritaba su nombre, con el cuerpo y la voz en llamas, y extendía hacia él los brazos para arrastrarlo consigo al abismo.

Tripa-3

Capítulo 2

II

A Inés no le gustaban los secretos. No sentía curiosidad por desvelar los ajenos, ni inclinación a crear los suyos propios. Sentía aversión hacia el fingimiento, el engaño y la hipocresía, e inclinación por las personas francas y directas, seguras de sus opiniones y sin temor a defenderlas; las que preferían afrontar las consecuencias de sus palabras y sus actos en lugar de refugiarse en la pasividad o el silencio.

Sin embargo aquí estaba, empeñada en desvelar un misterio. Tras la visita del desconocido le había sido imposible recuperar la calma. La perseguía desde entonces una constante sensación de amenaza, como si aquel hombre hubiese lanzado un maleficio sobre ella y algún ente misterioso, presente pero invisible, se mantuviese al acecho.

Al principio había esperado que el paso de las semanas la aliviara de aquel desasosiego que le invadía el espíritu. No había sido así. Y había acabado aceptando que el único modo de combatirlo era buscar respuesta a las preguntas que tanto la agitaban.

De Viris Illustribus de san Jerónimo. Aquel título se había convertido en una obsesión. Había repasado varias veces los registros de cuentas y los de pedidos; había revisado, ayudada por Gabriel y Albertillo, hasta el último rincón del taller, el almacén y las habitaciones de la vivienda que servían como depósito de libros, materiales de encuadernación y artículos para la tienda. En ningún sitio había encontrado un ejemplar de aquella obra, ni siquiera una sola mención a la misma.

Sus esfuerzos no habían pasado desapercibidos al resto de la casa. Una vez había sorprendido de soslayo a Matilde, la moza, realizando el gesto para repeler el mal de ojo; sin duda creía que el reciente desasosiego de su señora se debía a que esta había caído víctima de algún perverso encantamiento. Gabriel, el oficial, del taller, sostenía una teoría distinta:

—El poco dormir y el mucho pensar le han secado el cerebro —dijo a Albertillo en cierta ocasión, pensando que ella no alcanzaba a oírlo—. Por eso las mujeres no debieran leer ni emplearse en cavilaciones propias de hombres, propensas como son a estas manías.

Ella había decidido ignorar aquellas reacciones. No había mencionado a nadie la escena de aquella tarde. No lo haría hasta estar segura de qué estaba ocurriendo en realidad. Tonio había ido a la tumba llevándose consigo aquel secreto. Debía de existir alguna razón para mantenerlo en silencio.

De Viris Illustribus de san Jerónimo. No tenía sentido, por mucho que tratara de encontrarle una explicación razonable. Si solo se trataba de un libro —y de uno que, por añadidura, no se encontraba entre la lista de los perseguidos por la Corona y el Santo Oficio—, ¿por qué acudir a buscarlo a escondidas? ¿Por qué reclamarlo de aquel modo tras todo un año de espera, como si se tratase de un tesoro insustituible? ¿Por qué?

Fuese cual fuere la solución a aquel acertijo, Inés no estaba dispuesta a darse por vencida hasta averiguarla. Así, había ordenado a Gabriel y a Albertillo que retomasen las labores del taller, decidida a continuar la inspección por sí sola. A tal fin había entregado a su madre el juego de llaves que, como señora de la casa, siempre portaba a la cintura.

—Si precisáis de cualquier cosa, acudid a la señora Ana —indicó a la moza, al oficial y al aprendiz. Esperaba, así, poder dedicarse a la tarea sin interrupciones.

Por fortuna la vivienda contaba con un segundo juego de llaves. Tonio había insistido en tener el suyo propio, aunque el abrir y cerrar de los aposentos era tenido por oficio femenino y la mayoría de los maridos preferían delegarlo en sus esposas.

—Es prueba de que no confía en ti —le había asegurado María—. Mala señal, chiquilla, que los recelos pronto se quedan en celos.

En aquel momento Inés había preferido considerarlo como una más de las incontables rarezas de su esposo. Poco había tardado en ver los augurios de su hermana convertidos en realidad.

Se encontraba inmersa en una nueva revisión de los registros cuando Albertillo acudió a llamarla, manifiestamente nervioso.

—Alguien pregunta por vos en la tienda. —Se enjugó con la mano una gota de sudor que, desde los cabellos ensortijados, le resbalaba por la sien—. Dice que se llama Enrique Formil.

Su sobresalto estaba más que justificado. Aquel hombre venía de Medina del Campo en representación de Benito Boyer, uno de los libreros más influyentes del reino, cuya voluntad podía levantar o derribar negocios. Y el taller regentado por la viuda de Antonio Lozano se hallaba en deuda con él.

Inés se puso en pie con brusquedad. El pulso se le había acelerado.

—Estaré con él en un paternóster. Llévalo a la trastienda, dile a Matilde que le ponga mesa y le sirva nuestro mejor vino, y tú prepara mientras recado de escribir. Y... ¡Albertillo! Una vez lo hayas hecho, no te separes de él.

Era temprano, y su madre, que había salido en compañía del ama Teodora, aún no había regresado de su misa diaria. Su alcoba, por tanto, se encontraba vacía. Caminó con paso resuelto hasta la habitación materna y se sentó ante el espejo.

Habían retirado el suyo de su dormitorio al comenzar su periodo de luto. Hacía ocho meses que no contemplaba su reflejo. Hasta ahora.

En aquellos momentos necesitaba mirarse a los ojos. Enfrentarse cara a cara a una Inés capaz de desenvolverse por sí misma, dispuesta a luchar por conservar aquel negocio que se había convertido en el pulso de su vida.

Cuando bajó a encontrarse con el visitante, comprobó que lo habían acomodado siguiendo sus órdenes. El recién llegado venía en compañía de un secretario, que ya había instalado en la trastienda su escritorio portátil. Sentado a la mesa, Enrique Formil reía de buena gana en respuesta a algún comentario de Albertillo. Era un hombrecillo ya entrado en años, con una amplia calvicie que dejaba desnuda la mitad superior de su cabeza.

Al verla aparecer, el apoderado mudó el semblante. Se levantó y le ofreció el pésame con el sentimiento que se reserva a un familiar cercano.

Ella asintió. Sí, claro que se acordaba de aquel hombre de afable rostro y modales sosegados. De niña siempre le había resultado incomprensible que los varones de la familia —todos ellos dedicados por tradición al oficio de los libros— mostrasen tal temor ante las visitas de aquel individuo de aspecto tan cordial e inofensivo. Ahora comprendía la razón.

—Si la hubieras conocido en esa época, muchacho... —continuó, dirigiéndose a Albertillo—. Su padre, que Dios tenga en Su gloria, siempre contaba una anécdota maravillosa...

Antes de que pudiera explayarse en aquella narración, Inés tomó asiento frente a él, atrincherada tras la mejor de sus sonrisas.

—Pasan los tiempos, queda la memoria. Ella es la medida del cambio. Decidme, mi buen Enrique, ¿siguen igual las cosas por vuestra Medina del Campo?

—Igual siguen, a Dios gracias. Caras nuevas, viejas costumbres. Nuestra hermosa villa, el mayor almacén de libros de los reinos de España, es un lugar en el que apenas se lee. ¡Qué vamos a hacerle! Allí no tenemos universidad como la vuestra, ni hombres doctos dedicados a las letras. Pobres de nosotros, somos meros comerciantes y solo sabemos de números.

La realidad desmentía la modestia de aquellas afirmaciones. Medina del Campo se encontraba en pleno apogeo, convertida en el mayor centro de distribución de productos de las imprentas y los molinos de papel europeos. Allí se negociaba con resmas recién impresas de títulos llegados de Amberes, París, Lyon, Turín, Génova o Colonia. Era el corazón del que partían los libros circulantes por la Corona de Castilla, incluidos sus territorios americanos.

Aquel negocio había creado grandes fortunas, y todas tenían sus representantes en la villa medinense. Benito Boyer, el patrono del hombre que ahora se sentaba ante Inés, era uno de ellos. De hecho, resultaba ser uno de los más poderosos.

—Vuestro tiempo es valioso, mi estimado Enrique, y no quisiera malgastarlo. Hablemos, pues, de lo que os ha traído hasta aquí.

Sin que su expresión amable cediera un ápice, el apoderado hizo una seña a su secretario. Este abrió un cartapacio, tomó un documento de su interior y se lo entregó. Enrique Formil sacó sus anteojos, se los colocó sobre el puente de la nariz y leyó con voz apacible:

—«Digo yo, Antonio Lozano, librero, vecino de Alcalá de Henares, que debo a vos, señor Benito Boyer, mil y ciento y cuarenta y tres maravedíes por razón de una bala de libros y otras cosas que de vos compré y recibí, como se contiene en una memoria de los dichos libros y demás. Me doy por contento y por el presente me obligo a entregar a vos, el dicho señor, los dichos mil y ciento y cuarenta y tres maravedíes, los cuales prometo pagar al completo para la primera feria de mayo del año de mil y quinientos y setenta y dos años. Y porque esto es mi palabra y verdad escribí esta cédula y la firmé de mi nombre en la villa de Medina del Campo a veinte de octubre del año de mil y quinientos y setenta y uno.»

Inclinó la frente y miró a Inés por encima de la montura, invitándola a comentar algo al respecto. Ella se esforzó por que su tono mostrara la misma calma de que hacía gala su interlocutor:

El apoderado frunció los labios, imitando el gesto cariñoso con que un abuelo reprendería una chiquillada de su nieto predilecto.

—De pequeñas cantidades se hacen grandes sumas. Sois heredera del negocio, mi querida Inés, así que, decidme: ¿cómo pensáis saldar esta deuda?

—Pidiendo a vuestro patrono que nos fíe de nuevo.

Para corroborar tan osada afirmación, pidió a Albertillo que le acercara el recado de escribir y realizó una serie de cálculos frente a su interlocutor, listando los costes de su próximo pedido y sus posibles beneficios. Enrique Formil leyó y releyó los números durante lo que a Inés le pareció una eternidad, escudado tras sus lentes.

Nada en su expresión permitía adivinar la impresión que le producían tales cuentas. Aquel hermetismo recordó a la joven las muchas veces en que Tonio se había quejado de lo difícil que resultaba negociar con aquel hombre, que mostraba un rostro tan impenetrable como el de una esfinge.

—He oído esa tonadilla cientos de veces, mi buena señora. Os confieso que no es de mis favoritas. —Se despojó de los anteojos y la miró de frente—. Pero he de reconocer que vos tenéis talento para cantarla.

Añadió que el pedido era sensato y los cálculos, prudentes. Tras una breve negociación para pulir ciertos términos, el trato quedó cerrado. El secretario redactó las condiciones y el representante del acreedor partió con una nueva cédula, esta vez ratificada y firmada por Inés.

Cuando los visitantes se marcharon, ella cayó en la cuenta de que la mesa que había mandado servir seguía intacta. Enrique Formil no había probado ni la comida ni el vino.

Tras la cena, antes de retirarse a su habitación, Inés se cercioraba de que las puertas de la tienda y el almacén se encontrasen bien cerradas. Aquella noche, mientras ella se ocupaba de esta tarea, Albertillo le preguntó:

—¿Vos sabéis por azar a qué se refería?

El aprendiz estaba extendiendo el jergón en el que dormía cada noche, bajo el mostrador del establecimiento. Ella lo miró, sin comprender.

—¿A qué se refería? ¿Quién?

—El señor Formil, esta tarde. Dijo algo de una anécdota que vuestro padre contaba sobre vos...

Inés bajó la voz. No deseaba que su madre escuchase su respuesta:

Deseó buenas noches al muchacho y se retiró llevándose la vela. No había sido del todo sincera. Conocía bien aquella anécdota, la favorita de su difunto padre. Pero prefería no volver a oírla, ahora que él no estaba aquí para contarla.

Había sucedido unos siete años atrás. Los Caballeros Hospitalarios, auxiliados por tropas del Imperio español, acababan de realizar una hazaña que había maravillado a toda la cristiandad, resistiendo heroicamente en el Gran Sitio de Malta frente a los ejércitos otomanos; una fuerza de seis mil combatientes cristianos contra cincuenta mil infieles. Las noticias de aquella victoria milagrosa habían corrido de boca en boca, causando admiración por doquier.

Aquel día sus primos habían decidido recrear la batalla en el patio de la casa familiar. Baltasar, Hernán y Gaspar, representando las fuerzas enemigas, lanzaban juramentos y huesos de aceituna —de los que se guardaban para quemar en los braseros— a Melchor, el cuarto en discordia, que resistía con arrojo parapetado tras una columna. En lo más arduo del combate, Inés se interpuso entre ambos bandos.

—Que pare la guerra, que traigo regalos.

Había confeccionado unas libretas usando hilo de coser y trozos de papel de los que se desechaban en el almacén al desenvolver las mercancías. Era su primer trabajo de encuadernación, y no podía estar más orgullosa.

Sus primos se echaron a reír.

—¡Serás boba! —la increpó Hernán—. ¿Cómo van a ser iguales? ¿No ves que unos somos turcos y otros españoles? Infieles y cristianos no leen los mismos libros.

Ella se quedó callada unos instantes, meditando el alcance de aquella revelación.

—¡Lástima! —concluyó—. Si los leyesen, tal vez no estarían en guerra.

«Corren malos tiempos para ser francés», había afirmado el aragonés Juan Pérez. No le faltaba razón. En las coronas y virreinatos de una España cuyo rey se presentaba como adalid de la Iglesia católica y su Concilio de Trento, las tierras allende las fronteras eran consideradas nidos de herejes. Toda persona proveniente de ellas era sospechosa de tener un espíritu sacrílego y perverso, deseoso de corromper a los «buenos y honestos creyentes».

El trato con uno de esos «infectos individuos» podía extraviar a una decena de «piadosas almas». Mas si ese mismo individuo ponía por escrito sus perniciosas ideas y encontraba el modo de divulgarlas, podía extraviar a miles y miles. Por tal razón, los grandes heresiarcas como Lutero o Calvino, conscientes del poder reformador de la palabra escrita, habían hecho buen uso de las imprentas a su disposición; incluso habían intentado dirigirlas para propagar sus doctrinas y evitar la difusión de las ajenas.

También la Corona española se mostraba decidida a controlar las ideas circulantes en sus territorios y, a través de ellas, la disposición y el comportamiento de sus súbditos. Contaba para ello con poderosos instrumentos: la Justicia del rey y el Santo Oficio. El Consejo de Castilla debía dar su previa aprobación a todo libro publicado en sus territorios; y el dicho permiso dependía a su vez del informe favorable de un censor inquisitorial. La Inquisición, además, había publicado su Índice de libros prohibidos, que incluía todo título considerado pernicioso por no guardar el respeto debido a Su Majestad o a la Santa Madre Iglesia.

Pierre Arbús sabía muy bien hasta dónde podía llegar el celo de la Justicia y el Santo Oficio en su cruzada por salvaguardar la exclusiva del «recto pensar». Cierto, corrían malos tiempos para ser francés. Pero resultaban aún peores para los franceses que habían consagrado su vida al oficio de la imprenta. Pues ellos, artesanos y artistas al mismo tiempo, tenían en sus manos el control del más poderoso medio de difusión que jamás hubiera existido.

—Cuidad los libros, pues en ellos reside la vida del espíritu —recordaba haber oído decir a su padre.

Aquella frase se le había marcado a fuego en el corazón. Años después, comprobaría que, junto a aquella, coexistía otra terrible verdad: en un mundo de ideas irreconciliables, guiado por la intransigencia y el miedo más viscerales, los libros también pueden traer consigo ruina y muerte.

Cuando María Ramírez se unió en matrimonio al impresor Juan Gracián era bien consciente de que no habría de arrepentirse en el futuro. No la había arrastrado a aquella unión un corazón desbocado, ni un alma al borde del delirio. Tales cosas solo ocurrían en las novelas que recreaban amores desgarrados entre pastores, en el marco de una primavera eterna de paisajes idealizados.

No. Ella había jurado honrar el sacramento con el pulso firme y las ideas claras. El suyo era hombre ya maduro; pero buen hombre, eso sí; y aquello era, al fin y al cabo, lo importante.

—Dios sabe lo agradecido que le estoy —le confesó él la noche de bodas—. He caminado mucho, pero bendigo cada uno de los pasos que ha dado, pues me han traído hasta ti.

—Dices bien. Tanto has andado que estás ya algo viejo, marido mío —admitió ella, con aquella sonrisa que, en palabras de su Juan, era «capaz de suavizar las verdades más ásperas»—. Pero no me importan los días que llevas a tus espaldas, sino los que aún te quedan por delante.

Estaba decidida a permanecer junto a su hombre cada uno de ellos. Eran muchas las tareas que toda mujer había de asumir para sostener la casa de su esposo; y el trabajo resultaba mucho más arduo si este era un maestro tipógrafo que albergaba a numerosos empleados bajo su techo.

Las hembras no participaban en las tareas reservadas a los oficiales de imprenta —componer, entintar e imprimir los pliegos—, pero ciertas labores asociadas al taller sí podían recaer en sus manos: la elaboración de las tintas, el mojado del papel previo a su colocación en la prensa, el encolado del mismo...

Aunque, al ser capaz de leer y escribir, María estaba en condiciones de asistir a su marido de muchas otras maneras. En caso de necesidad, ayudaba leyendo en voz alta los textos, copiándolos a mano o incluso colaborando en las labores de corrección. También tomaba parte en lo más tedioso del proceso: seguir las disposiciones emanadas de las pragmáticas del rey.

Pues todo tipógrafo asentado en la Corona de Castilla debía hacer frente a una legislación entorpecedora y opresiva. En su afán por controlar los libros circulantes en sus dominios —y, a través de ellos, el pensamiento y la opinión de sus súbditos—, el monarca había prohibido que cualquier obra impresa fuera de los territorios castellanos pudiese entrar en los mismos, a no ser que contase con previa licencia del Consejo para circular en ellos y se le hubiese fijado la tasa correspondiente.

Pero también los títulos estampados en los reinos de Castilla debían superar una extenuante serie de diligencias para respetar todas las exigencias legales. En primer lugar, el tipógrafo debía conseguir la licencia, el permiso que le autorizaba a publicar aquella obra concreta; la obtención de la misma dependía, entre otros factores, de que ningún otro impresor gozase de privilegio —o exclusiva de edición— sobre la misma. Para lograrla, el volumen tenía que ser revisado por un censor del Santo Oficio, que determinaba si su contenido era o no apto para la divulgación. Tras un informe favorable de este, un escribano del Consejo de Castilla debía firmar y rubricar el texto; la versión salida de la prensa había de ser una copia fiel, palabra por palabra, de lo certificado por dicho funcionario. Razón por la cual, una vez concluida la impresión, el libro volvía a presentarse al Consejo para que un corrector oficial lo cotejase con el ejemplar aprobado y rubricado por aquel. A continuación, otro escribano del mismo organismo calculaba la tasa, el precio de venta oficial de cada pliego de la obra. Solo entonces el ejemplar regresaba de nuevo al taller tipográfico para que allí se le añadiesen la portada y los preliminares —la información que manifestaba la legalidad del producto y que debía incluir obligatoriamente la licencia, la tasa, el privilegio si lo hubiere, el nombre del autor, el del impresor y el lugar de impresión.

—Algún día las cosas cambiarán —había comentado María a su esposo, cierta noche de invierno en que ambos se abrazaban bajo las mantas—. Llevaremos los libros a la prensa sin necesidad de permisos, como sucede en otros reinos.

El aludido meneó la cabeza. El viento azotaba los postigos cerrados de la ventana como si pretendiera forzar su entrada en la casa.

—Quizá cambien algún día, Dios mediante. Pero dudo que nosotros estemos aquí para verlo.

Saliendo del recinto amurallado de Alcalá por la puerta del Rastro Viejo se llegaba a una explanada llamada «la solana de los moriscos». En su extremo oeste, dando la espalda a las últimas casas del arrabal de Santiago, se levantaba una taberna de paredes deterioradas. Su exterior armonizaba con la devastación de los terrenos circundantes. Hubiera podido pasar por un edificio deshabitado de no ser por una lámpara de aspecto agonizante situada sobre la entrada. En la oscuridad de la noche, su brillo macilento apenas penetraba un par de palmos en las tinieblas.

Un carruaje se detuvo ante el descampado. Enrique Formil se apeó sin que su semblante manifestase el efecto que le producía aquel panorama desolador. Un segundo pasajero se asomó al exterior del vehículo y, a la luz de los faroles del pescante, estudió el escenario con incredulidad.

—¡Por vida de Satanás! ¿Qué lugar es este?

—Dichoso tú que no has de averiguarlo.

Su escolta seguía examinando el lugar con visible desagrado.

—¿Estáis seguro? ¿No queréis que os acompañe?

—No será necesario —resultaba preferible que su custodio se mantuviese alejado del hombre con el que estaba a punto de entrevistarse—. Espera aquí, no tardaré.

El interior del tugurio no desmerecía frente a la fachada: casi tan oscuro como el vientre de un odre, e igual de sofocante y falto de ventilación. El tufo agriado del vino que goteaba de los pellejos atestaba el ambiente. Un bodeguero con aspecto de rufián avejentado servía tras un mostrador formado por un par de tablones carcomidos asentados sobre caballetes. Dirigió al recién llegado la mirada que recibiría un maleante que acabara de irrumpir en su vivienda.

—¡Hay espacio al fondo! —le gritó, por encima del estrépito general—. ¡Pero nada de bravatas, cartas ni apuestas, o saco la estaca, a fe de quien soy! Aquí no queremos líos.

Sin que la sordidez de aquel antro afectase a sus andares pausados, el comerciante se dirigió al lugar indicado y tomó asiento en el extremo de un banco corrido, arrimado a la pared. Evitó apoyar la espalda en el muro, impregnado de manchas y sustancias sospechosas. Su físico y su atuendo contrastaban con los del resto de la clientela, integrada por jornaleros, ganapanes, esportilleros, capigorrones e incluso algún que otro mendigo. Pidió dos vasos de vino y, a falta de mesa, los depositó en el banco, a su izquierda. Mientras esperaba, recapituló los logros de la jornada.

Le vino a la memoria la visita al negocio de Inés Ramírez. No había acudido con intención de cobrarse la deuda; teniendo en cuenta las circunstancias de la joven y su reciente viudez, tal pretensión hubiese sido insensata. En realidad buscaba sondearla, estudiar su disposición, su carácter, sus capacidades; y, sobre todo, indagar hasta qué punto ella estaba al corriente de los negocios de su difunto esposo. Podía darse por satisfecho. Había obtenido todas las respuestas que buscaba.

—Quiero añadir algo más al encargo. El libro De Viris Illustribus de san Jerónimo. Un solo ejemplar, en rama, en formato de a cuarto; y mejor si viene en papel de la tierra. ¿Podéis conseguirlo?

Por toda réplica, él se limitó a indicar al secretario que añadiera el título al documento. Benito Boyer había recibido por matrimonio dos casas en la calle de la Carpintería y las había transformado en uno de los mayores almacenes de libros de la península, con más de veintidós mil volúmenes. Tenía tratos con las principales imprentas y redes de distribución europeas. Sin duda, podía conseguir aquel artículo.

La pregunta era, ¿por qué? ¿A qué obedecía aquella petición inusual? Ciertamente, podría tratarse de una demanda específica de un cliente. Pero Enrique intuía que la causa de aquel añadido de último momento era muy otra. En tal caso, tal vez convendría mantenerse ojo avizor. Hombre precavido...

—No esperaba veros solo. ¿Dónde habéis dejado a vuestro perro de presa?

—Hay tiempo para negociar y tiempo para morder. —Alzó la vista—. ¿Insinuáis que hemos alcanzado ya el segundo punto?

El recién llegado no respondió. Seguía observándolo con los brazos cruzados sobre el pecho.

El medinense tomó uno de los vasos —que seguían intactos donde los había depositado— y lo levantó en dirección a su interlocutor.

—Hermoso dicho; y sensato, a fe mía. Vuestros coterráneos tienen alma de poeta. Pero vos la tenéis de negociante, y eso os convierte en mi gascón favorito.

Pierre Arbús rio ante aquella respuesta. Aceptó la bebida y se sentó junto al medinense en el banco corrido. Este lo miró de reojo.

—Sois hombre puntual.

—No tanto como vos. —Se llevó el alcohol a la boca y, sin mostrar remilgos, vació de un trago la mitad de su contenido—. Imaginé que no os agradaría demasiado tener que esperar; menos aún, en un sitio como este.

—Imaginasteis bien. Os alabaría el gusto en la elección del escenario, pero...

El francés hizo un ademán que evidenciaba su indiferencia.

—Alabadlo o no, señor Formil, es cosa vuestra. Me dijisteis que buscara un lugar en el que nadie os conociera. Responded: ¿veis aquí a algún rostro que os resulte familiar?

Tenía razón, justo era reconocerlo. Allí no se encontraba ninguno de los tipógrafos, libreros, eruditos, eclesiásticos o profesores de la villa con los que Enrique tenía tratos; ni siquiera existía la menor sospecha de que pudiesen aparecer.

—No, por cierto, y brindo por eso. —Realizó el gesto, pero sin acercar después el vaso a la boca—. Entonces, monsieur, ¿pasamos a tratar nuestro pequeño negocio?

—Para eso estamos aquí.

Algunas semanas antes, el joven gascón había recalado en Medina del Campo, donde había permanecido un par de días. Allí Enrique Formil le había ofrecido un acuerdo muy especial, que requería que el francés se trasladara a la villa de Alcalá. Era un trato al que Arbús no había podido oponerse.

Mientras discutían los pormenores del mismo, Pierre apuró su vino y pidió un segundo vaso. El comerciante medinense dirigió la mirada a los pellejos que colgaban tras el mostrador, cercados por las moscas:

—Sois aficionado a la bebida, por cuanto puedo ver.

—El manejo de la imprenta provoca mucha sed. Pero, lo creáis o no, mis compañeros de taller y mi maestro me tienen por bebedor moderado. —Observó que su acompañante se sonreía y preguntó—: ¿Qué os hace tanta gracia?

—Nada que merezca vuestra susceptibilidad, monsieur Arbús. Tan solo meditaba... parecéis encontraros a gusto en casa de vuestro nuevo patrono.

—¿Y eso os sorprende?

—En absoluto. Aunque, ¿habéis conocido ya a su familia? ¿O, mejor dicho, a la de su mujer?

El gascón negó con la cabeza. En realidad, sí había visto en una ocasión a la madre y la hermana de la señora María. El domingo pasado, tras asistir a misa, las tres habían acudido a la casa del maestro Gracián y se habían retirado a la sala de las mujeres. Él había alcanzado a divisarlas al pasar ante la puerta entreabierta. Estaban sentadas sobre cojines en el suelo del estrado, como era usanza entre las castellanas. Pero en lugar de a las acostumbradas labores femeninas —como bordar, hilar, labrar o coser— estaban entregadas a la lectura de un libro. Por el aspecto de este, no parecía tratarse de una de aquellas lecturas piadosas que tanta afición se cobraban entre las hembras devotas, sino de algún tipo de novela o libro de poesía. La madre y la hermana mayor escuchaban mientras la menor leía con una voz suave que él no llegó a oír, pero que mantenía fascinadas a sus acompañantes.

Pierre no había esperado que María e Inés fuesen tan distintas. Mirar a la joven viuda le produjo una impresión inesperada. A su mente acudieron imágenes de su infancia, cuando su madre aún vivía, antes de que la familia lo enviara a Cominges; de los días de fiesta en que salían juntos al campo y pasaban la jornada al aire libre; del sol tibio y la brisa del atardecer; de esas flores exquisitas que a veces alcanzan a nacer entre las hierbas agrestes para inspirar el corazón con su rara belleza.

Pero, por alguna razón que él mismo no alcanzaba a comprender, protegió aquella imagen con el silencio. Era algo que prefería guardar para sí mismo.

Ante la fingida negativa del francés, la sonrisa de su interlocutor se ensanchó.

—Al veros beber así, me ha venido a la memoria su cuñada, la pequeña Inés. Su marido, que Dios tenga en Su gloria, también era amigo del vino.

—Ya os he dicho que yo no lo soy.

Enrique Formil realizó un asentimiento mordaz que evidenciaba su disconformidad con aquella afirmación.

—El caso es que corren ciertos rumores... rumores que, a buen seguro, no os habrán llegado. Dudo mucho que se los permita circular en casa del esposo de su hermana.

—¿A qué os referís?

—Hay quien dice que la muerte del marido resulta sospechosa. Hechicería, envenenamiento... Aunque, como os digo, son solo rumores que corren. Entre vos y yo, probablemente no merezcan el menor crédito. Como ya se sabe, el vulgo es dado a toda clase de fantasías macabras.

Pierre no respondió. Había dejado su bebida sobre el banco, sin terminar, y contemplaba a su interlocutor con una seriedad que casi podría tomarse por resentimiento.

—En cualquier caso, si en alguna ocasión os vierais convidado en su casa, espero que nuestra pequeña charla os venga a la mente. —Una sonrisa espléndida se había adueñado por completo de su rostro, sin dejar lugar para nada más. Era evidente que estaba disfrutando de aquella conversación—. Personalmente, yo no cataría su vino más de lo que probaría el de este tugurio. Pero, por supuesto, lo dejo a vuestra elección.

Se puso en pie con la intención de despedirse. Su vaso seguía intacto, frente a las casi dos raciones que el francés había consumido en aquel intervalo.

—Volveremos a vernos. Mientras tanto, recordad mis palabras, monsieur Arbús. Un día pueden salvaros la vida.

Aquella noche, mientras se preparaba para ir a dormir, Inés intentó alejar de su mente las preocupaciones. El futuro de su negocio —el suyo propio y el de quienes se encontraban bajo su cargo— pendía de un hilo. Daba gracias al cielo por haber conseguido cerrar un nuevo pedido con Benito Boyer. Eso abría un margen a la esperanza. De no haber sido así...

Antes de despojarse de la saya, desató el cordel que sujetaba el llavero a su cintura. Al hacerlo reparó en algo. En el manojo se encontraban dos llaves más menudas que el resto, pendientes de la argolla por una correa de cordobán que las unía entre sí.

Las tomó entre los dedos, sintiendo al hacerlo una extraña aprensión. Una de ellas parecía corresponder a un arca o un bargueño. La otra era maciza y bruñida; daba la impresión de resultar demasiado pequeña para la cerradura de una puerta y demasiado grande para la de un arcón. La sopesó. Se le antojó pesada en relación con su tamaño, e incluso le pareció que reflejaba la luz de la vela de una forma siniestra.

Aquel era el llavero de Tonio. Ella no tenía entre las suyas ninguna llave semejante a una de aquellas dos. Cediendo a un impulso, las sacó de su sitio y se las colgó del cuello, en la misma cadena que sujetaba el crucifijo que siempre portaba por debajo de la camisa.

Intuía que aquellos objetos conducían hacia algo dañino; pues dañinos, al cabo, son todos los secretos. Solo podía esperar que el influjo de la sagrada cruz la mantuviera a salvo de todo mal.

Tripa-4

Capítulo 3

III

Corría el veinticinco de agosto. Era una jornada de sol inclemente, sin el respiro de una sola nube ni de un simple soplo de aire fresco. La gran fuente de la plaza del Mercado se encontraba muy concurrida. Matilde se acercó con parsimonia.

La distancia que debía recorrer desde la casa era corta, gracias fueran dadas a los cielos. Pero no siempre había sido así. El señor Antonio sostenía que esta agua salía del despoblado de Villamalea, que era lugar malo y que provocaba tercianas y otras graves dolencias, y que, aun si el mismísimo Espíritu Santo viniese a posarse en el manantial, él seguiría teniéndola por muy dañosa para su salud; razón por la cual la obligaba a cargar con los cántaros nada menos que desde la plaza de San Justo. Él solo bebía aquella agua que, según decía, procedía del palacio del señor arzobispo y era la mejor dentro de la villa.

Por fortuna, la señora Inés no pensaba lo mismo, bendita fuera; de modo que la criada podía realizar aquella tarea de forma mucho más llevadera y, además, disponía de más tiempo para compartir chismes con las vecinas.

No es que ella tuviese mucho que contar. Hacía ya tiempo que no recibía noticias de su prometido, Julianico, que antaño le hacía llegar muy ocurrentes historias desde su campamento militar en las Alpujarras. Y tampoco había novedades por parte del ama Teodora que, con su sobrino preso en los baños berberiscos de Argel, aportaba la crónica más reseñable de la casa.

Puso a llenar su vasija y buscó con la mirada a alguna de sus comadres. Enseguida divisó un corrillo. En el centro del mismo se hallaba Úrsula, que asistía en casa del maestro Juan Gracián; y que por su pericia para enterarse de los mejores chismes de la villa y su gracejo al referirlos, gozaba siempre de un círculo de oyentes. La dicha moza, por cierto, hacía señas a Matilde para que se acercase...

Inés había regresado a sus faenas en el taller. Había comprendido que carecía de sentido continuar el registro de la casa tal y como lo había conducido hasta entonces. Las respuestas que buscaba —ahora lo sabía— estaban en aquellas llaves que pendían de su cuello. En ellas se concentraban sus esperanzas de localizar aquel De Viris Illustribus de san Jerónimo, fuera lo que fuese, y lo que se escondiese tras ese título que ya había comenzado a aborrecer.

Había pasado de rastrear un libro a localizar dos cerraduras. Y, bien lo sabía Dios, la segunda búsqueda estaba resultando tan infructuosa como la primera.

La sacaron de su pensamiento unas voces provenientes de la entrada:

—¡Ay, señora mía de mi alma, qué disgusto! ¡Vea vuesa merced si no es para enojarse con ese desalmado! ¡Habrase visto desvergüenza! ¡Malhaya él y aun quien le parió!

Matilde había irrumpido en la casa gritando estas y otras lindezas. Alarmada por los improperios, Inés abandonó el taller para salir a su encuentro, seguida de Albertillo y Gabriel. Incluso su madre, que se encontraba en el piso superior, bajó las escaleras auxiliada por Teodora, con la inquietud reflejada en el semblante.

Cuando consiguieron calmarla averiguaron que la causa de su enojo obedecía a algo que había oído decir en la plaza, después de que la noticia corriese de boca en boca. Al parecer, un importante librero había venido de Madrid trayendo numerosos encargos a la villa.

—Y el señor Martín Felipe le ha engatusado para quedarse con una comisión que el dicho señor librero traía ya medio apalabrada con el taller de mi señora ama. —La moza se atropellaba al hablar—. Pues ¿no le ha dicho que la cuitada de la viuda ha dejado de trabajar, de puro afligida, y que no era menester molestarla con estas cargas? ¡Ah, miserable, bellaco y ruin! ¡Así le lluevan los males, como al perro los palos!

Inés no esperó a escuchar más.

—Matilde, chiquilla, déjate de lamentos. Vas a buscarme ahora mismo saya de salir, manto y chapines. ¡Apresúrate!

Tenía muy claro lo que estaba ocurriendo. El librero en cuestión era sin duda Blas de Robles, que había anunciado que traería a Alcalá ejemplares en rama de los breviarios del nuevo rezado —o Plantinos, tal como se denominaban entre los editores y libreros.

Las recientes disposiciones del Concilio de Trento, que había decretado la inutilidad de los libros litúrgicos usados hasta entonces y la necesidad de otros nuevos que reflejaran los cánones conciliares, habían causado conmoción en el mundo del libro. De la noche a la mañana se precisaba poner en circulación decenas y decenas de miles de ejemplares. Aquello creaba la ocasión de pactar negocios importantes, extraordinariamente lucrativos, para quien supiera aprovechar la oportunidad.

El flamenco Cristóbal Plantino lo había hecho. Valiéndose de sus contactos en la Santa Sede, había logrado que el difunto papa Pío V le concediera la exclusiva para la impresión de textos del nuevo rezado en la provincia de Flandes y en el ducado de Brabante; y, poco después, había logrado el privilegio real en dichos territorios. El propio Felipe II había ordenado que los nuevos breviarios destinados a España se imprimieran en Amberes, en la Officina Plantiniana.

A su vez, el librero Blas de Robles, que contaba con buenas relaciones en la corte, había recibido el encargo de a

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