1
Viernes
Casa franca de la cia
Provincia de Al Anbar, Irak
Con su metro noventa y sus 125 kilos de peso, Ken Berglund ofrecía una imagen imponente. Tenía una densa barba rubia y los brazos cubiertos de tatuajes.
—¡Los bistecs ya casi están! —anunció.
En el patio se oyeron los vítores de sus compañeros de equipo y de las mujeres, congregados en torno a la vieja losa de piedra que servía como mesa para comer. Alguien puso una canción de Charlie Daniels en el iPhone y se sacaron más cervezas de la nevera.
Era una noche perfecta para una barbacoa en el desierto. Las estrellas brillaban en un cielo negro azulado sobre el fuerte abandonado, una fresca brisa disipaba lo que quedaba del calor diurno y por un momento casi podías olvidar dónde estabas.
Hasta que te fijabas en los rifles M4 modificados al alcance de la mano, o las pistolas de calibre 45 que llevaban los hombres al cinto. En cuanto veías las armas, volvías a poner los pies en el suelo. Nadie se armaba hasta los dientes para comer, a menos que estuviera en una zona de guerra. Que era exactamente donde estaban.
No obstante, Ashleigh Foster había minimizado el peligro al presentar el viaje a sus dos amigas como una especie de aventura a lo Lawrence de Arabia, un fin de semana en un romántico castillo del desierto rodeado de arena y algún que otro camello. Por supuesto, como analista de la CIA, ella sabía muy bien a qué se exponían. Se encontraba destinada en la embajada de EE.UU. en Amán, Jordania, y manejaba información confidencial todos los días. Su trabajo consistía en clasificarla, cifrarla y enviarla al cuartel general de la CIA en Langley, Virginia.
Sin embargo, no había ningún lugar seguro en Irak... y mucho menos en Anbar. Aunque el ISIS no hubiera llegado aún hasta esa parte de la provincia, solo era cuestión de tiempo.
Sus amigas también sabían a qué atenerse. Como empleadas de la embajada, las mantenían al corriente sobre la situación de la seguridad, no solo en Jordania, sino también en los vecinos Siria e Irak. Lo que estaban haciendo era peligroso.
Pero precisamente el peligro era una de las cosas que las atraía de aquel fin de semana. Se trataba de una aventura, y las aventuras eran emocionantes por definición. ¿Y qué había más emocionante que celebrar una fiesta en un sitio franco de la CIA durante dos noches?
El viernes se habían escabullido del trabajo temprano, y solo habían pasado por sus apartamentos para recoger ropa y cuatro enormes neveras Yeti (tomadas prestadas de un trastero de la embajada) llenas de toda clase de alimentos, entre ellos bistecs, helado, cervezas, incluso donuts.
Con la actitud despreocupada de un trío de universitarias a punto de iniciar las vacaciones de primavera, subieron al Toyota Land Cruiser de Ashleigh, pusieron música y emprendieron la marcha hacia el paso fronterizo de Karameh/Turaibil en el todoterreno.
Apenas tres horas después, mostraban el pasaporte diplomático y pasaban sin problemas tanto por el control fronterizo jordano como por el iraquí. Justo al otro lado, las esperaban el novio de Ashleigh con dos de sus compañeros de equipo.
Ken Berglund era un antiguo ranger que trabajaba para la SAD, la División de Actividades Especiales, un destacamento paramilitar secreto de la CIA.
Él y su equipo de seis hombres llevaban más de una semana en aquel ruinoso fuerte del desierto, esperando a que la CIA les diera luz verde para realizar una incursión en Siria y secuestrar a un HVT del ISIS, es decir, un objetivo de alto valor.
El equipo de Berglund se estaba quedando ya sin suministros cuando Langley les informó que el objetivo había vuelto a cambiar de posición y que habría un nuevo retraso. La CIA quería mantener al objetivo bajo vigilancia unos días para ver con quién se iba a reunir. Después tomarían una decisión.
Tantas prisas para nada. Una situación habitual para los agentes de operaciones especiales. Si Langley quería retrasar la misión, lo haría. La decisión era suya.
Sin embargo, mientras tanto, Berglund había tomado una decisión por su cuenta. ¿Por qué no hacer un poco más interesante el reabastecimiento?
Hacía meses que Ashleigh y él no se veían. Cuando Berglund se lo pidió, ella no se lo pensó. No había mucho de qué preocuparse entre Amán y la frontera. Iría armada con su Glock y, en caso de necesidad, sabía utilizarla.
Su padre, militar retirado, le había enseñado a disparar desde pequeña. Además del intenso entrenamiento en la CIA, practicaba con frecuencia y se enorgullecía de disparar mejor que cualquier hombre lo bastante estúpido como para subestimarla.
Era una de las muchas cosas que a Berglund le gustaban de ella. No solo era una chica despampanante del sur de Florida, sino también una mujer independiente que no tenía miedo a nada, que no pedía disculpas ni se dejaba influir por lo que otras personas pensaran que debía ser o hacer.
No obstante, su padre tenía planes para ella. Había ejercido una gran presión para que se quedara en EE.UU., bien lejos de Oriente Medio. Pero Ashleigh tenía su carácter y había hallado el modo de salirse con la suya.
Siempre conseguía lo que quería, y eso preocupaba a Berglund. Habían disfrutado de muchas sesiones de sexo a distancia por FaceTime, pero a él le preocupaba que al final ella necesitara algo más carnal y lo encontrara en la embajada, o entre la comunidad diplomática.
La idea de que Ashleigh se acostara con algún diplomático europeo de tres al cuarto, o, Dios no lo quisiera, con algún fornido marine de la embajada, era más de lo que el antiguo ranger podía soportar. Valía la pena incumplir todas las normas para que se reuniera en el desierto con él.
Pero, como suele ocurrir, una mala decisión normalmente conduce a otra igualmente mala.
La idea de chicas guapas y barbacoa había atraído a otros miembros del equipo, de modo que habían invitado a dos amigas de Ashleigh. Para los agentes, lo que ocurría sobre el terreno no salía de allí. No había necesidad de que se enteraran en Langley.
Berglund volvió a centrar su atención en los bistecs y los giró noventa grados para que la parrilla cuadriculara perfectamente la carne; una técnica que había aprendido durante unas vacaciones de la universidad en un asador de Dallas.
Iba a ser una comida épica. Ashleigh había logrado incluso agenciarse los ingredientes necesarios para una ensalada. Ojalá todas sus misiones fueran así.
Cuando los bistecs estuvieron listos, los colocó en un plato, se colgó del hombro su M4 y se encaminó hacia la mesa. Su casco, con las gafas de visión nocturna, se había quedado en una hilera junto con los otros.
Berglund estaba a medio camino de la mesa cuando oyó el agudo silbido de un mortero. Dejó caer los bistecs y corrió hacia los demás, gritando:
—¡Alerta! ¡Cuerpo a tierra! ¡Cuerpo a tierra!
2
Ardientes fragmentos de roca salieron despedidos en todas direcciones cuando explotó el primer obús. Le siguieron dos más.
Los agentes gatearon hasta donde tenían el resto del equipo, gritando sus nombres en clave y luego Up!, para indicar que estaban preparados para el combate.
Mientras corrían hacia las zonas que cada uno debía cubrir, Berglund agarró a uno de los más jóvenes, un tipo llamado Moss.
—¡Llévalas al hoyo! —le ordenó, señalando a las mujeres.
El hoyo era una instalación subterránea que se utilizaba para los interrogatorios en la época en que los iraquíes utilizaban el fuerte como centro de detención. Era el lugar más seguro para Ashleigh y sus amigas.
—¡Y tráete la 338! —bramó Berglund por encima del estrépito, refiriéndose a la ametralladora ligera del equipo.
Los obuses seguían cayendo; arrancaron grandes trozos de los muros e impactaron directamente en la única torre del fuerte que quedaba en pie, justo cuando Moss conducía a las mujeres hacia la escalera.
Al final había una enorme puerta metálica que se mantenía abierta con una piedra. Moss llevó a las mujeres al interior, agarró la ametralladora de diez kilos de peso y tantas cajas de munición Norma Magnum calibre 338 como podía acarrear.
—Id hasta el fondo —les ordenó—. Y no salgáis a menos que uno de nosotros venga a buscaros.
Apartó la piedra con el pie y empujó la pesada puerta con el hombro. Estaba a mitad de camino escaleras arriba cuando oyó por fin el ruido de la puerta al cerrarse.
Fuera, en las ruinosas almenas de la fortaleza, continuaba la batalla.
Berglund disparaba su rifle con silenciador integrado en ráfagas controladas cuando Moss salió corriendo al patio.
—¡Date prisa con la 338! —gritó.
Moss corrió hacia él, dejó caer las cajas de municiones y se dispuso a montar la ametralladora.
—¿Han entrado en el hoyo?
Moss estaba a punto de responder cuando otro obús de mortero detonó en el patio. Voló la mitad del muro cercano a la escalera, a unos metros apenas de donde acababa de estar él.
—¡¿Han entrado en el hoyo?! —repitió Berglund a voz en cuello, notando un agudo zumbido en los oídos.
—¡Están a salvo! —gritó Moss.
Berglund apuntó hacia el sudeste con su rifle.
—Son cincuenta por lo menos. Puede que más. Armados con AK y RPG.
—¿Quién coño son?
—¿Y a quién coño le importa? Empieza a dispararles.
Pegando el ojo a la mira de visión nocturna montada en lo alto de la ametralladora, Moss quitó el seguro y abrió fuego.
Las balas Norma Magnum eran increíblemente precisas y de extraordinaria potencia. Su alcance efectivo era de 1.800 metros, pero eran capaces de alcanzar un objetivo situado a más de 5.400 metros. Aquella ametralladora ligera de General Dynamics podía disparar quinientas balas por minuto, y eso les estaba dando Moss a sus atacantes.
Sin embargo, en cuanto abatía un grupo, aparecía otro como por ensalmo. Y atacaban el fuerte desde varias direcciones. Eran un enjambre. Estaban por todas partes.
Moss cambió de posición seis veces, mientras otro miembro del equipo corría al hoyo en busca de más munición.
Berglund había llamado ya a Langley con su teléfono cifrado por satélite para pedir ayuda. Necesitaba información. ¿Quiénes eran aquellos tipos? ¿Cuántos eran? ¿Y qué recursos amigos había en la zona para acudir en su ayuda? Langley no tenía respuestas.
Fueran quienes fuesen los atacantes, habían lanzado su ataque justo cuando el dron de la CIA había regresado a la base. No llegaría otro dron, o VANT, hasta pasados veinte minutos por lo menos. Redirigir el satélite tardaría al menos treinta minutos. Berglund no tenía treinta minutos. Dudaba que tuviera siquiera veinte. Muy pronto se quedarían sin munición. En ese momento, todo habría terminado.
Para complicar más las cosas, el equipo SAD ni siquiera estaba en Irak oficialmente. Se trataba de una operación secreta encubierta. Aunque la CIA no iba a dejar morir a sus agentes.
En un almacén abandonado al otro lado de la frontera, en Jordania, había un camión comercial de dieciocho ruedas. Ocultos en su largo remolque blanco había dos helicópteros Hughes/MD 500 modificados con las palas del rotor plegadas.
—¡Vamos! ¡Vamos! —gritó el jefe del equipo de la CIA, mientras sus hombres sacaban los helicópteros y se apresuraban a prepararlos para despegar. Su récord de tiempo para todo el proceso estaba en cuatro minutos y medio. Si pretendían ayudar al equipo de Berglund antes de que fuera demasiado tarde, tendrían que reducir ese tiempo a la mitad.
Los helicópteros, versiones de la CIA de los MH-6 Little Birds del ejército, se habían situado previamente del lado jordano de la frontera como plan B. El plan A era que Berglund y sus hombres entraran en Siria en tres vehículos por separado, le echaran una bolsa por la cabeza a su objetivo del ISIS, y salieran de allí a toda prisa. Los helicópteros debían usarse únicamente si se producía algún contratiempo en la misión.
Un ataque de tal magnitud, en un lugar tan remoto, cuando nadie debería haber sabido que Berglund y sus hombres estaban allí, se había considerado casi imposible. Pero el hecho era que estaban siendo atacados y que solo les quedaban unos minutos de vida. El equipo de rescate no sabía siquiera que ocultas bajo el fuerte había unas visitantes no autorizadas.
Haciendo girar el dedo índice rápidamente por encima de la cabeza, el jefe del equipo gritó a sus pilotos que pusieran en marcha los helicópteros.
—¡Dadles caña! ¡Vámonos! ¡Ya! ¡Ya!
Cuatro miembros del personal de apoyo prepararon las armas de los helicópteros con una serie de chasquidos. El agudo gemido de los motores ahogó el resto de los ruidos en el almacén.
Instantes después, los cristales de las ventanas del almacén rechinaban a causa de la vibración de los rotores girando frenéticamente, cortando el aire.
Cuando los pilotos elevaron los pulgares, el jefe de equipo dio la señal para que abrieran las puertas del almacén.
Los MD 500 se elevaron un metro, volaron a ras de suelo hasta la salida y, una vez fuera, cobraron altitud.
El equipo de apoyo había batido su récord, reduciéndolo un minuto y dieciocho segundos. Fue un esfuerzo valiente, y podría haber dado sus frutos, de no ser por lo que ocurrió a continuación.
A tres kilómetros del fuerte, cuando los copilotos preparaban sus sistemas de armas, un par de misiles tierra-aire se precipitaron contra ellos, atraídos por el calor de los motores. Ninguno de los dos helicópteros tuvo la menor oportunidad.
Berglund no necesitaba a Langley para que le dijeran lo que había ocurrido. Él mismo vio las explosiones en el cielo nocturno. A continuación, vació la última bala de su fusil, que dejó en el suelo para cambiarlo por la pistola.
Al más puro estilo de Texas, había creído que era ingenioso dar la bienvenida a Ashleigh y sus amigas al «Álamo de Anbar». En aquel momento ya no importaba si había sido irónico o profético.
Con sus vehículos destruidos por el fuego de mortero y los helicópteros derribados, no tenían más remedio que resistir allí. Aunque lograran enviarles reactores desde Jordania, cuando llegaran sería demasiado tarde. Solo lamentaba dos cosas: no haber ocultado mejor a Ashleigh y no haber tenido oportunidad de comerse su bistec.
Sacha Baseyev estaba impresionado. Los americanos habían ofrecido más resistencia de lo que esperaba. Después de quedarse sin munición, habían empuñado cuchillos e intentado luchar cuerpo a cuerpo.
Solo quedaban dos supervivientes, pero ninguno de ellos iba a recibir tratamiento médico. Baseyev ordenó a los cámaras que se dieran prisa y pusieran manos a la obra.
Atravesó el patio cubierto de escombros y se acercó a las neveras. Retiró una capa de restos, sacó una linterna y levantó una tapa. Metió la mano en la nevera y descubrió que estaba llena de hielo. Todo un lujo en medio del desierto.
Repitió lo mismo con la siguiente nevera, y con la siguiente, examinando su contenido. ¿Botellas de vino rosado? ¿Pastas? ¿Helado? Por muy decadentes que fueran los americanos, aquellas provisiones estaban fuera de lugar, aun tratándose de un equipo paramilitar de la CIA.
Caídos en el suelo cerca de la última nevera había unos bistecs. Baseyev se agachó para tocar uno. Aún estaba caliente. Contó nueve. Nueve bistecs para seis hombres.
Considerando que algunos eran bastante corpulentos, tal vez pensaban comer más de uno. Pero eso no explicaba el vino que había visto. Los americanos, sobre todo los militares, solían beber cerveza o licores fuertes. Y si bebían vino, desde luego no sería rosado.
Algo no encajaba. El contenido de las neveras parecía el catering para una excursión campestre o una fiesta en la playa. Entonces su linterna captó un reflejo a unos pasos de él.
Debajo de unos escombros encontró un iPhone con una funda de cristal strass. La pantalla, protegida con contraseña, estaba agrietada, pero la imagen de una mujer besando a uno de los tipos de la CIA era claramente visible. Menuda suerte.
Lo levantó en el aire y gritó a sus hombres en árabe:
—¡Hay una mujer aquí! ¡Una americana! ¡Si la encontráis, es toda vuestra!
Los yihadistas lanzaron vítores y varios se precipitaron por la escalera.
Una vez abajo, se necesitó la fuerza de dos de ellos para abrir la puerta del hoyo. El primero en cruzarla recibió dos tiros en el pecho y uno en la cabeza. Se había iniciado un nuevo tiroteo. Sin embargo, este fue mucho más breve. Ashleigh solo tenía dos cargadores de repuesto.
Cuando se quedó sin munición, los yihadistas entraron en tropel. Las amigas de Ashleigh trabajaban como administrativas. No llevaban armas.
Lo innombrable solo tardó unos segundos en empezar.
3
Domingo
Viena, Austria
Scot Harvath no intentaba ocultarse. Esperaba ser visto. Ese era el plan. «Sé rápido. Sé sanguinario. Desaparece.»
Los austriacos se llevarían las manos a la cabeza, por supuesto. Pero las cuestiones políticas de su misión no eran cosa suya. La Casa Blanca había sido muy clara. Si los europeos no se ocupaban de su problema, lo haría Estados Unidos.
Harvath estaba sentado en un rincón del Café Hawelka. En su regazo descansaba una Beretta con silenciador, bajo un periódico. Carteles artísticos cubrían las paredes descoloridas. El lugar olía a chocolate y tabaco rancio.
Dio un último sorbo a su café, se levantó y dejó el periódico sobre la mesa.
Su objetivo estaba sentado con otro hombre cerca de la ventana. Ambos tenían treinta y pocos años. Ninguno de los dos alzó la vista.
Harvath se acercó a su mesa.
—París —se limitó a decir. Luego colocó el cañón bajo la mandíbula del objetivo y apretó el gatillo.
Pese al silenciador, el disparo fue audible, y los sesos del hombre estampados contra la ventana del café eran extremadamente visibles.
Algunos clientes chillaron y volcaron mesas y sillas en su afán por escapar. Otros se quedaron paralizados, bien por la sorpresa o por instinto de supervivencia, rogando no atraer la atención del tirador.
El director de la CIA quería el equivalente a un Rembrandt: grande, audaz e inconfundible. Harvath acababa de plasmarlo.
Abandonó el café por la puerta de atrás, se quitó la gorra, desmontó el arma y se metió todo en los bolsillos.
Después de recorrer seis manzanas, entró en el Hotel Sacher. Reclamó su abrigo y las bolsas con sus compras a la chica del guardarropa, a la que dio una propina. Luego fue al servicio de caballeros para limpiarse y cambiarse de ropa.
Se lavó las manos en el lavabo. Darían numerosas descripciones de su aspecto a la policía. Ninguna de ellas sería precisa. Los testigos se habían quedado tiesos por la violencia y la rapidez con que había sucedido todo.
El camarero solo recordaría que era un hombre blanco. De treinta y tantos quizá, que había pedido tranquilamente en alemán.
Si lograban seguirle la pista hasta el Sacher, quizá la chica del guardarropa dijera que era atractivo. Harvath dudaba que fuera capaz de añadir «un metro ochenta de estatura, cabello castaño claro, ojos azules». En cualquier caso, él ya se habría ido.
Salió del hotel y pidió al portero que le parara un taxi para llevarlo a la estación de tren. Allí dejó una pista falsa comprando un billete para Klagenfurt, un pueblo cercano a la frontera.
Luego salió de la estación y caminó unas manzanas hasta una parada de metro. Descendió y recorrió seis paradas en el tren.
Anduvo callejeando por un barrio insulso de Viena durante veinte minutos, luego subió a un taxi para ir al Ristorante Va Bene, cercano al río. Convencido de que no lo seguían, se sentó en la terraza y tomó una cerveza.
Estaba apurando demasiado el tiempo. El barco zarparía pronto, pero necesitaba la cerveza. Más que la cerveza, cinco minutos de tranquilidad. Tiempo para quitarse de la cabeza una misión y concentrarse en la siguiente.
Era la primera vez que llevaba a cabo una operación de esa manera. Tratar de servir a dos amos nunca era buena idea, por muy inteligente que uno fuera. Algo saldría mal, sin duda. Y cuando las cosas empezaban a salir mal, los errores empezaban a acumularse, junto con los muertos.
Miró el reloj. Se habían acabado sus cinco minutos de supuesta paz. Sacó dinero suelto del bolsillo, apuró la cerveza, pagó la cuenta y se fue.
Desde allí había poco más de kilómetro y medio hasta el puerto de Viena. Por el camino, arrojó la Beretta y el silenciador al Danubio.
Recuperó la bolsa de plástico con cierre que había pegado a un contenedor con cinta adhesiva. Contenía su pasaporte, la tarjeta de acceso de su camarote y otros efectos personales. Se metió todo en los bolsillos y dio un último repaso mental mientras se palpaba la ropa. No quería que lo pillaran con nada que lo relacionase con lo sucedido en el café.
Al llegar a la pasarela del barco, presentó su tarjeta de embarque y sonrió a la tripulación. Pusieron sus bolsas en la cinta del aparato de rayos X y a él lo hicieron pasar por el detector de metales.
En los cuatro días que había pasado en aquel barco, había encontrado cien maneras distintas que podría utilizar un terrorista u otro villano para causar estragos. Ninguna de esas maneras incluía pasar algo clandestinamente por los rayos X o el detector de metales.
Tras recibir el visto bueno, la tripulación le devolvió sus pertenencias y le dio la bienvenida a bordo. Una jovial tripulante empezó a preguntarle si había disfrutado de su estancia en tierra, pero él ya había recorrido medio vestíbulo antes de que pudiera terminar la pregunta.
Cuando llegó a su camarote, se detuvo a escuchar junto a la puerta. Nada. Sacó la tarjeta de acceso, abrió y entró.
Estaba oscuro. Hizo ademán de encender la luz, pero se detuvo. La puerta corredera de cristal estaba abierta. Había alguien de pie en el balcón del camarote.
4
Harvath sabía que ocurriría. No quería, pero era inevitable. Dejó las bolsas en el sofá y se dirigió al balcón.
Lara Cordero estaba apoyada en la barandilla con una copa de champán en la mano. El ceñido vestido moldeaba su espectacular figura y una suave brisa agitaba sus largos cabellos castaños. Podría haber trabajado como modelo para la compañía de cruceros. Era preciosa.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó, sin dejar de contemplar el Danubio.
Harvath no le había contado lo que estaba haciendo, pero ella no era tonta. Lo habían bombardeado con llamadas y correos electrónicos desde la llegada de ambos a Europa. También llevaba un móvil que ella nunca le había visto. Lo conocía lo bastante bien como para adivinar su juego.
El otoño anterior, Harvath le había prometido unas vacaciones, justo antes de que un megalómano de las Naciones Unidas hubiera diseñado una devastadora pandemia a nivel mundial. Mientras esperaban a que se disipara la amenaza, Lara y él se habían refugiado en Alaska. Dadas las circunstancias, no era exactamente la escapada que habían soñado. Un crucero por el Danubio se le parecía más, al menos para Lara. Harvath tenía una motivación secreta, y por eso lo había sugerido.
El terrorismo islamista había estallado en Europa. Habían muerto ciudadanos americanos. El gobierno de EE.UU. había dejado muy claro qué esperaba de sus aliados europeos. Ya era hora de quitarse los guantes de seda. Estaban en guerra.
Los terroristas se ocultaban entre sus potenciales víctimas. Utilizaban la libertad y el espíritu abierto de Occidente para atacar objetivos fáciles como iglesias, cafés, restaurantes, bares, transportes públicos, atracciones turísticas, acontecimientos deportivos, conciertos, salas de cine y escuelas.
No eran soldados. Eran salvajes. Esperar clemencia de las mismas naciones a las que habían convertido en objetivo era el colmo de la demencia. Solo respetaban una cosa: la mano dura.
Abubakar al Shishani era el responsable de una serie de ataques terroristas en París en los que habían muerto numerosos estadounidenses. El hecho de que se moviera abiertamente por Viena demostraba lo poco que temía cualquier represalia. Claro que Harvath ya se había encargado de eso.
Debía ser un mensaje para sus compinches. Si mataban a americanos, los americanos los matarían a ellos. Daba igual dónde estuvieran, o cuánto tiempo tardaran. Harvath había tenido sumo gusto en ser el mensajero.
La oportunidad de entrar y salir de Viena en un crucero era demasiado buena para desaprovecharla. El crucero le proporcionaba la tapadera perfecta y la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro.
Su relación con Lara pasaba por un momento delicado. Necesitaban las vacaciones para averiguar cómo seguir adelante.
Si bien había tenido una vida muy corta, la pandemia había sido brutal. Daba la impresión de que todo el mundo conocía a algún afectado. Entre ellos estaba Lara. Dos de sus superiores habían sucumbido. Y por ese motivo, le habían ofrecido un increíble ascenso.
El Departamento de Policía de Boston quería ascenderla de inspectora de Homicidios a jefa de toda la unidad. Era una oportunidad fantástica, pero también implicaba que Lara tendría que quedarse en Boston.
Con la esperanza de que quisiera trasladarse, Harvath había recurrido a sus contactos en Washington. Todos se encontraban en situación parecida. Habían perdido a colaboradores excepcionales, pero querían promover los ascensos entre su propia gente. La oportunidad que se le ofrecía a Lara en Boston no iba a encontrarla en otro lugar.
Aunque le doliera admitirlo, sabía que Lara debía aceptar, que esa era la mejor decisión. Él respetaba su lealtad al departamento que siempre la había apoyado y a la ciudad que amaba.
Además, existían otros elementos determinantes. Los padres de Lara eran ya mayores y vivían en el apartamento justo debajo del suyo. Eran demasiado mayores para abandonar Boston y empezar de nuevo. Todos sus amigos estaban allí. Eran una familia muy unida. La idea de que el hijo de Lara creciera en Virginia sin sus abuelos viviendo justo debajo tampoco era aceptable. Si no podían mudarse todos juntos, ella no quería mudarse.
Harvath lo comprendía. La quería tanto como para desear lo mejor para ella: que aceptara el ascenso. También la quería tanto como para desear que su último viaje juntos fuera especial.
Que él se mudara a Boston era imposible. No podía hacer su trabajo a larga distancia. Ahora tenía un contrato con la CIA y el presidente exigía mucho contacto personal. Teniendo en cuenta la nueva política agresiva del país con respecto al terrorismo, Harvath tendría más trabajo que nunca.
No era una conclusión fácil de aceptar. Pasados diez años, o quizás apenas cinco, puede que cambiase de opinión. Pero ahora no. No en ese momento. Había demasiadas cosas en juego.
El mundo se estaba volviendo más peligroso. Algunos ridiculizaban el sueño americano. Harvath no era uno de ellos. Sabía que el sueño americano no podía sobrevivir sin personas dispuestas a protegerlo. Siempre había antepuesto su país a cualquier otra cosa. Lo había hecho como miembro de los SEAL, los comandos de la Marina, y había seguido haciéndolo en todos los puestos que había ocupado. Eso no iba a cambiar, por mucho que le afectara personalmente.
Justo después de los ataques de París, había mantenido una conversación con el presidente. Él había expresado su opinión de que en el mundo había lobos y había ovejas. Para proteger a las ovejas, la nación necesitaba perros pastores, y así era como él se veía a sí mismo.
El presidente había reflexionado un momento antes de darle a conocer su propia opinión. Sí, los EE.UU. necesitaban perros pastores, pero también cazadores de lobos. Así era como el mandatario consideraba que Harvath podía contribuir mejor a proteger las ovejas.
«No vamos a esperar a que los lobos vengan a atacarnos —le había dicho—. Iremos nosotros a por ellos, allí donde vivan, o coman, o duerman. Les daremos caza con una ferocidad como no han conocido igual. Si se atreven a mirar siquiera en nuestra dirección, los aniquilaremos.»
Era una de las declaraciones más convincentes que Harvath había oído en su vida. No la había hecho delante de las cámaras ni para obtener una ventaja política. Eran sus convicciones más profundas. Y no hicieron más que aumentar el respeto que Harvath sentía hacia él.
«Quitadnos las cadenas y dejadnos hacer nuestro trabajo.» Era una frase que repetían una y otra vez los espías y miembros de Operaciones Especiales. Ahora Harvath tenía esa oportunidad, y no pensaba dejarla escapar.
Sacó la botella de champán de la cubitera y se sirvió una copa.
—¿Podemos al menos disfrutar de Budapest mañana antes de tener que volver en avión a casa? —preguntó ella, todavía mirando hacia el río.
Él se acercó y la envolvió con sus brazos. Le besó el cuello por detrás, y estaba a punto de contestar cuando vibró su móvil.
5
Lunes
Washington, D.C.
El senador Daniel Wells se inclinó hacia delante y estudió al hombre que estaba sentado al otro lado de su escritorio.
—¿He tartamudeado? —preguntó. Su chaqueta colgaba del respaldo de su asiento y se había arremangado.
—No, señor —respondió su invitado.
—¿He hablado en un idioma extranjero?
—No, señor —repitió el hombre con tono de frustración, cansado de la condescendencia del arrogante senador de Iowa. Era de la peor clase de político. Acababan de superar una pandemia, y él no pensaba más que en sus propios intereses.
—Trece americanos han muerto. ¡Trece! —bramó Wells—. ¿Y no tiene una sola puñetera pista sobre lo que ocurrió? ¿Ni la mínima información?
—Señor, si me permite...
—Deje de llamarme señor —lo interrumpió Wells—. Soy un senador de EE.UU.
—Sí, senador. No pretendía...
Wells lo ignoró y siguió machacándolo.
—Como director de la CIA, es su deber mantener informado a mi comité.
—Aún estamos tratando de averiguar qué ocurrió.
—Empiece por decirme qué coño hacían en Anbar.
La conversación se estaba adentrando en terreno peligroso. Bob McGee eligió sus palabras con cuidado.
—Buscaban a cabecillas del ISIS.
—¿Enviaron a un equipo SAD de seis hombres a la frontera siria, además de recursos aéreos encubiertos multimillonarios, fuertemente armados, solo para echar un vistazo?
El director de la CIA asintió. Era un hombre cercano a la sesentena, de pelo cano y bigote poblado.
—Y una mierda. Para eso tenemos el programa de drones. ¿Qué estaban haciendo allí realmente?
—Senador, como le decía, buscando a cabecillas del ISIS.
Wells lo fulminó con la mirada. No estaba consiguiendo nada.
—¿Y la analista? ¿Qué hay de ella? ¿Qué estaba haciendo ella allí?
Ahora estaban oficialmente en arenas movedizas. Aun así, McGee decidió decir la verdad.
—No sé por qué Ashleigh Foster estaba allí.
—Y una mierda.
—Senador, tiene usted mi palabra de que...
—¿Y las otras dos? —soltó Wells—. Las otras dos mujeres de la embajada.
El director de la CIA negó con la cabeza.
—Aún no estamos seguros.
Wells lo fulminó de nuevo con la mirada.
—¿Qué hay del vídeo? ¿Ha llegado a verlo al menos?
McGee se sintió tentado de devolverle la mirada asesina. ¿Que si lo había visto? Por supuesto que sí. El mundo entero lo había visto ya. ISIS no había perdido el tiempo en difundirlo. Iba más allá de la barbarie.
A las mujeres las habían obligado a realizar actos indescriptibles con ciertas partes de los difuntos miembros de la SAD. Las habían violado y torturado brutalmente antes de asesinarlas. A una se la oía incluso gritando a su padre que fuera a salvarla. Era nauseabundo incluso para un grupo tan depravado como el ISIS.
—Son unos salvajes —dijo McGee, dando a entender que ciertamente lo había visto.
—¿Se imagina por lo que están pasando sus familias?
—No puedo ni im...
—Desde luego que no puede, maldita sea. No sé qué juego se trae entre manos, pero en lo que a mí respecta, la CIA es responsable de la muerte de esos ciudadanos americanos.
McGee adivinaba adónde quería ir a parar. Wells detestaba a la CIA. Iba a colgarle el muerto a Langley en general, incluso a él personalmente.
El senador era un hombre mezquino y vengativo que había hecho cuanto estaba en su poder para bloquear la designación de McGee. Jamás lo había considerado una buena opción para director de la CIA. Él quería a alguien con un perfil más político, un trepa al que pudiera manipular.
Pero precisamente por ese motivo el presidente había elegido a McGee. No lo consideraban «alguien de dentro». No participaba en el juego político. Tenía una larga carrera en la CIA, pero en su vertiente operativa, no como gestor. Lo que el presidente consideraba una ventaja.
McGee sentía un gran afecto por la CIA y quería recuperar la cultura que la había caracterizado. Era la elección perfecta para realizar una limpieza a fondo.
Como director de la Central de Inteligencia, McGee había empuñado el hacha sin clemencia. La Agencia necesitaba volver a sus raíces. Había demasiados burócratas, demasiados gestores de rango medio más preocupados por su siguiente ascenso que por los hombres y mujeres que trabajaban sobre el terreno.
McGee había despedido a más gente de la que se había despedido en las tres últimas décadas. Pretendía erradicar el despilfarro, el fraude y los abusos como si fueran un cáncer. Eso incluía a personas que tenían vínculos con el senador Wells. Personas que creían que el senador protegería sus cargos.
Al senador le habían enfurecido los despidos. Su influencia dentro de la Agencia estaba menguando. Estaba perdiendo fuentes de información. Estaban despidiendo a personas que le debían favores. No había tardado mucho en contraatacar amenazando sutilmente al nuevo director.
«Usted ocúpese de la CIA, que ya me ocuparé yo de Wells», había dicho el presidente a McGee. Era una estrategia que hasta entonces había funcionado. Pero Anbar lo había cambiado todo. No haría más que aumentar la ambición del senador Wells.
Aunque aún no se había anunciado, todo el mundo sabía que iba a presentarse como candidato a la presidencia en las siguientes elecciones. Anbar y el nauseabundo vídeo debían de haberle parecido un regalo caído del cielo.
McGee no tenía intención de ayudar a Wells.
—En cuanto tenga una visión más completa de lo que ocurrió —dijo—, informaré al comité con mucho gusto.
—No; me informará a mí. Y me da igual cuántos culos tenga que patear o que lamer, pero será mejor que me traiga algo pronto.
McGee asintió y quiso levantarse.
—Si eso es todo, iré...
—¡Siéntese! —bramó Wells—. No he terminado.
McGee tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no pegarle un puñetazo, pero obedeció.
—¿Qué sabe sobre Viena? —quiso saber Wells.
—Es la capital de Austria —contestó McGee sin pensar.
—¿Quiere tomarme el pelo, director McGee? ¿Es eso? ¿Cree que será divertido si se recorta el presupuesto destinado a la CIA?
McGee jamás habría intentado hacerse el listo. Wells no era solo un gilipollas arrogante, sino un gilipollas arrogante con un enorme poder. Eso lo volvía peligroso.
Sería un suicidio político para Wells recortar los fondos destinados a la CIA. Jamás lo haría, pero podía retenerlos. Si eso ocurría, causaría todo tipo de problemas a la CIA.
Esa era la espada de Damocles que Wells tenía sobre McGee, y este lo despreciaba por eso. Detestaba tener que postrarse ante payasos egoístas como Wells.
Pero detestaba aún más la idea de que su gente en la CIA no recibiera lo que necesitaba. El dinero era el oxígeno en el mundo del espionaje. Si les cortaban los fondos, todo dejaría de funcionar. No podía arriesgarse a eso.
—Viena —dijo McGee, dejando a un lado su ego—. ¿Se refiere al golpe contra Al Shishani?
—No me refiero a su puto schnitzel. Por supuesto que me refiero al golpe contra Al Shishani. ¿Qué sabe de eso?
«Lo sé todo —pensó McGee—. Y no voy a compartirlo con usted.»
—Creo que los franceses querían enviar un mensaje —replicó el director de la CIA mirándolo a los ojos.
—¿Los franceses? ¿Por qué supuestamente el tirador mencionó París? —dijo Wells, sopesándolo un momento—. No me lo trago. No es su estilo. De los israelíes, quizá. Pero no ganaban nada con eso.
—Me ha preguntado qué sabía —dijo McGee, encogiéndose de hombros.
—Y usted no me ha dicho una mierda. Nuestro gobierno tiene controles y contrapesos por un motivo. Si descubro que usted, o el presidente, han estado operando al margen de la autoridad constitucional, se lo haré pagar caro a los dos. ¿Me ha comprendido?
—Sí, señor, perfectamente —dijo McGee, enfureciendo al senador una vez más al ponerse en pie—. ¿Eso es todo, señor?
Wells le lanzó una mirada asesina.
—Saque el puto culo de mi despacho.
Al marcharse, McGee sabía dos cosas. Una, que detestaba a Wells más que nunca. Y dos, que si Harvath no descubría quién estaba detrás de la debacle de Anbar, todos iban a tener problemas serios.
6
Bruselas, Bélgica
En Budapest, la CIA tenía un Mercedes gris esperándolos en el muelle. Lara se alojaría en el Four Seasons. Harvath se iría al aeropuerto. Ambos estaban agotados.
Ninguno de los dos había querido enfrentarse con la cruda realidad de la separación. Había sido más fácil dejar que un par de botellas de champán embotaran los sentidos y disfrutar de una última noche de pasión.
Formaban una gran pareja; ambos eran inteligentes, apasionados, y juntos hacían saltar chispas. El hecho de que no lograran hallar el modo de mantener una relación tan fantástica en la misma ciudad era una locura.
Cuando llegó el momento del adiós real, Lara le dio uno de los mejores besos que él recordaba. Largo, lento, sensual. Luego ella se bajó del coche, sacó su equipaje del maletero y se dirigió al hotel.
Harvath se reclinó en el asiento de atrás mirando fijamente las nítidas puertas de cristal. «¿Qué demonios acaba de ocurrir?», se preguntó. Tenía la impresión de que le habían vaciado de oxígeno los pulmones. «¿De verdad la he dejado marchar?»
Pasaron unos instantes mientras él intentaba asimilar la situación, hasta que finalmente el chófer interrumpió sus pensamientos.
—¿Listo para ir al aeropuerto, señor?
La respuesta corta era que no. Harvath no estaba listo para ir al aeropuerto. Quería subir a la habitación de Lara, cerrar la puerta con llave y fingir que no había aceptado ir a Bruselas. Pero no podía hacerlo. Había dado su palabra.
Por lo general, Harvath disfrutaba viajando en avión privado, sobre todo cuando era tan lujoso como un Dassault Falcon 5X, pero ni siquiera su espectacular tragaluz consiguió impresionarlo ese día.
Mezcló sal, azúcar y una aspirina machacada en un vaso de zumo de tomate con hielo. Tenía un sabor horrible.
Después de tomarse otro igual, se tumbó en el blanco sofá de cuero con una botella de agua.
La CIA utilizaba una aplicación codificada que solo le permitió ver el vídeo de Anbar y los archivos de imágenes una vez. Fue más que suficiente.
ISIS era un culto islámico a la muerte que intentaba provocar el Apocalipsis. Cuanto más crecían, más depravados se volvían.
Su objetivo último era enfrentarse a los infieles en Dabiq, una aldea diminuta del norte de Siria. Tras una batalla decisiva en tierra, el mesías musulmán regresaría a la tierra. O eso decía una antigua profecía. Harvath habría apostado a que el profeta Mahoma jamás había imaginado que existirían las armas nucleares.
Si dependiera de Harvath, ordenaría que se lanzaran misiles nucleares. Después de arrojar folletos sobre los residentes para avisarles de que huyeran, los misiles arrasarían Dabiq y luego Raqqa, la capital del ISIS. No habría batalla en tierra. Solo habría campos arrasados. Los salvajes de ISIS no merecían que se derramara una sola gota de sangre americana.
Pero no dependía de Harvath, sin
