Emma
Tres días antes
30 de diciembre de 2018
Año Nuevo. Nos juntamos por primera vez desde hace mucho tiempo. Mark y yo, Miranda y Julien, Nick y Bo, Samira y Giles, su hijita de seis meses, Priya. Y Katie.
Cuatro días de invierno en una zona remota de las Tierras Altas de Escocia, Loch Corrin. Muy exclusiva: solo acogen a cuatro grupos al año; el resto del tiempo es una propiedad privada. Esta época, como es de suponer, es la más solicitada. Tuve que reservar prácticamente el día después del Año Nuevo pasado, en cuanto abrieron las reservas. La mujer con la que hablé me aseguró que, dado que nuestro grupo ocupaba buena parte del alojamiento disponible, tendríamos el sitio para nosotros solos.
Vuelvo a sacar el folleto del bolso: un tarjetón, de los caros. En él aparece un lago flanqueado por abetos y unas montañas al fondo, cuyas cimas —ahora probablemente nevadas— están tapizadas de brezo rojo. Según las fotografías, el hotel propiamente dicho, el nuevo Lodge, tal como se describe en el folleto, es una gran construcción de cristal, ultramoderna, creada por un arquitecto de renombre que recientemente diseñó el pabellón de verano de la Serpentine Gallery. Creo que la idea es que se funda con las aguas plácidas del lago, que refleje el paisaje y la silueta inquebrantable de la gran cumbre, el Munro, que se alza por detrás.
Cerca del hotel, empequeñecidas por él, se distingue un grupo reducido de residencias que parecen estar apiñadas para mantener el calor: son las cabañas. Hay una para cada pareja, pero nos juntaremos para las comidas en el pabellón de caza, el edificio de mayor tamaño situado en el centro. Aparte de la Cena de las Tierras Altas de la primera noche —«un escaparate de productos locales y de temporada»—, cocinaremos nosotros. He pedido comida especialmente para mí, por lo que envié una larga lista por adelantado —trufas frescas, foie-gras, ostras...— para el banquete que tengo previsto preparar en Nochevieja y que me tiene muy emocionada. Me encanta cocinar. La comida une a las personas, ¿verdad que sí?
Esta parte del trayecto resulta especialmente espectacular. Tenemos el mar a ambos lados y, muy de vez en cuando, la tierra se desvía hasta tal punto que parece que basta un movimiento en falso para acabar cayendo por el precipicio. El agua es de color gris pizarra y está embravecida. En lo alto de un acantilado, las ovejas se juntan formando un grupo como si quisieran mantener el calor. Se oye el ulular del viento, que a menudo sopla enfurecido contra las ventanillas y hace que el tren se estremezca.
Me parece que todos los demás se han quedado dormidos, incluso la chiquitina, Priya. De hecho, Giles está roncando.
«Mirad —tengo ganas de decir—, ¡mirad qué bonito!»
He organizado este viaje, por lo que me siento un poco «responsable»: estoy preocupada por si la gente no se lo pasa bien, por si algo sale mal, pero también me siento orgullosa, desde ya, por los pequeños triunfos... como este, la belleza salvaje que se observa al otro lado de la ventanilla.
No me extraña que casi todos estén dormidos. Nos hemos levantado hoy muy temprano para coger el tren. Miranda estaba especialmente cruzada a esas horas intempestivas. Y luego todos se han puesto a empinar el codo, por supuesto. Mark, Giles y Julien fueron a por el carrito de bebidas pronto, más o menos a la altura de Doncaster, aunque no eran más que las once de la mañana. Se emborracharon, se pusieron cariñosos y algo escandalosos (los ocupantes de los asientos contiguos no parecían molestos, sin embargo). Dan la impresión de ser capaces de recuperar una sincera camaradería a pesar de los años transcurridos y del tiempo que hace que no se han visto, sobre todo tras un par de cervezas.
Nick y Bo, su novio norteamericano, no están tan integrados en este club de jóvenes, porque Nick no formaba parte de su grupo en Oxford... aunque Katie ha dicho en alguna ocasión que hay algo más, cierta homofobia no declarada por parte de los demás chicos. Ante todo, Nick es amigo de Katie. A veces tengo la extraña impresión de que no le caemos especialmente bien, que nos tolera solo por ella. Siempre he sospechado que existía cierta frialdad entre Nick y Miranda, probablemente porque los dos tienen una personalidad fuerte. No obstante, esta mañana los dos parecían uña y carne, corriendo por el vestíbulo de la estación, cogidos del brazo, para comprar «sustento» para el viaje. Han regresado con una botella de Sancerre a la temperatura ideal, que Nick ha sacado de una bolsa isotérmica ante las miradas de envidia de quienes bebían cerveza.
—Nick quería comprar gin-tonics de esos en lata —nos dijo Miranda—, pero no le he dejado. Tenemos que empezar tal como lo pensamos continuar.
Miranda, Nick, Bo y yo tomamos un poco de vino. Incluso Samira decidió dar un trago en el último momento:
—Hay nuevos estudios que afirman que se puede tomar vino durante la lactancia.
Katie al principio hizo un gesto de negación con la cabeza, enarbolando una botella de agua con gas.
—Oh, venga ya, Kei-tiii —suplicó Miranda, con una sonrisa que desarmaba mientras le tendía un vaso—. ¡Estamos de vacaciones!
Es difícil resistirse a Miranda cuando intenta convencerte de hacer algo, así que Katie lo cogió y, por descontado, dio un tímido sorbo.
El alcohol ayudó a relajar algo el ambiente; nos hicimos un poco de lío con los asientos al subir al tren. Todo el mundo estaba cansado y enfadado mientras intentábamos aclarar la confusión de mala gana. Resultó ser que uno de los nueve asientos de la reserva estaba, por alguna razón que se nos escapa, en el vagón contiguo. El tren estaba a reventar, la gente empezaba las vacaciones, por lo que no había posibilidad de cambio.
—Obviamente, es el mío —dijo Katie.
El caso es que ella va sola, ya que no tiene pareja. En cierto modo, puede decirse que en estos momentos es más intrusa que yo.
—¡Oh, Katie! —exclamé—. Me sabe muy mal... me siento como una idiota. No sé cómo ha podido pasar. Estaba convencida de haber hecho todas las reservas en el centro del vagón, para asegurarme de que íbamos todos juntos. El sistema debe de haberlo cambiado. Mira, ven y siéntate aquí... Ya iré yo ahí.
—No —contestó Katie, levantando la maleta con dificultad por encima de las cabezas de los pasajeros que ya habían tomado asiento—. No tiene sentido. No me importa.
Sin embargo, su tono sugería otra cosa. «Joder —pensé—. No es más que un viaje en tren. ¿Tanta importancia tiene?»
Los ocho asientos restantes estaban encarados entre sí con sendas mesas en medio en el centro del vagón. Justo detrás había una mujer mayor sentada al lado de un adolescente con varios piercings, dos personas que viajaban solas. No parecía probable que pudiéramos hacer algo para arreglar el desaguisado. Pero entonces Miranda se inclinó para hablar con la señora, con su melena resplandeciente como el oro, y su magia surtió efecto. Me di cuenta de hasta qué punto encandilaba a la mujer: su aspecto físico, su acento cristalino, casi antiguo... Cuando se lo propone, Miranda resulta irresistible. Todo aquel que la conoce lo ha experimentado en sus carnes.
Oh, sí, aceptó la mujer, por supuesto que se cambiaba de sitio. Posiblemente se estuviera más tranquilo en el vagón contiguo.
—¡Ah! ¡Vosotros sois jóvenes! —comentó, aunque ya no lo seamos tanto en realidad—. Además, prefiero sentarme mirando hacia delante, la verdad.
—Gracias, Manda —dijo Katie con una breve sonrisa. (Sonó agradecida, aunque no es lo que su expresión transmitía realmente.)
Katie y Miranda son amigas íntimas desde hace muchos años. Sé que últimamente no se han visto mucho; Miranda dice que Katie ha tenido mucho trabajo. Y como Samira y Giles han estado recluidos en Bebelandia, Miranda y yo hemos pasado más tiempo juntas que nunca. Hemos ido de compras, hemos salido a tomar algo... Hemos cotilleado. He empezado a pensar que me ha aceptado como amiga, no solo como la novia de Mark, la última incorporación al grupo desde hace casi diez años.
En el pasado, Katie siempre estuvo ahí para usurpar mi sitio. Ella y Miranda siempre han estado muy unidas, hasta tal punto que, más que amigas, son casi como hermanas. Yo me he sentido excluida por ello en el pasado, por tanta intimidad e historia común. Parece que no hay espacio para una nueva amistad. Así pues, una parte secreta de mí está... ejem, más bien satisfecha.
Deseo de corazón que todo el mundo disfrute de este viaje, que sea un éxito. La escapada de Año Nuevo es todo un acontecimiento. Este grupo la ha hecho cada año, desde antes de que yo entrara en escena. Y supongo, en cierto modo, que el hecho de organizar este viaje es un intento bastante lamentable de demostrar que realmente formo parte de él. De decir que por fin deberían aceptarme en el «núcleo íntimo». Cabría pensar que tres años, el tiempo que Mark y yo llevamos juntos, deberían bastar. Pero no. Todos se conocen desde hace mucho, mucho tiempo, desde Oxford, donde se hicieron amigos.
Tal como sabe cualquiera que se haya encontrado en esta situación, resulta difícil ser la última incorporación a un grupo de viejos amigos. Da la impresión de que siempre seré «la nueva», por muchos años que pasen. Siempre seré la última en entrar, la intrusa.
Vuelvo a mirar el folleto que tengo en la falda. Tal vez este viaje, que he planeado con tanto esmero, cambie la situación, demuestre que soy una de ellos. ¡Estoy tan emocionada!
Katie
Por fin estamos aquí. Sin embargo, siento un anhelo repentino de regresar a la ciudad. Me bastaría con mi mesa de despacho. La estación de Loch Corrin es tan diminuta que da risa. Un único andén y la ladera de una montaña cubierta de un gris acerado que se alza por detrás, cuya cima queda envuelta por nubes. El cartel, el típico de la compañía de ferrocarriles, parece de juguete. El andén está recubierto de una fina capa de nieve y no hay ni una sola huella que mancille el blanco inmaculado. Pienso en la nieve de Londres, sucia casi en cuanto cae, pisoteada por miles de personas. Si necesitara alguna prueba adicional de lo lejos que estamos de la ciudad, sería esta: que nadie ha estado aquí para pisar la nieve y mucho menos retirarla. Totó, me temo que ya no estamos en Kansas. Hemos recorrido kilómetros y más kilómetros de campiña silvestre en el tren. No recuerdo la última vez que vi una estructura construida por el hombre antes de la estación, y mucho menos a una persona.
Caminamos con cuidado a lo largo del andén helado, entre la nieve caída se aprecia el destello del hielo negro, y dejamos atrás la minúscula estación. Parece absolutamente desértica. Me pregunto con qué frecuencia se usa la «sala de espera», con su cartel pintado y una optimista estantería con libros. Ahora pasamos junto a un pequeño cubículo con una hoja de cristal sucio: una taquilla o un minidespacho. Atisbo en el interior, fascinada ante la idea de que aquí en medio de la nada haya una oficina, y me llevo un ligero susto cuando me doy cuenta de que no está vacía. De hecho, hay una persona aquí sentada, en la penumbra. Solo distingo una silueta masculina: hombros anchos, encorvados y luego el brillo fugaz de sus ojos, que nos miran al pasar.
—¿Qué pasa? —Giles, que va delante de mí, se gira. Debo de haber emitido un sonido de sorpresa.
—Ahí hay alguien —susurro—. Un jefe de estación o algo así. Es que me ha dado un susto.
Giles mira por la ventanilla.
—Tienes razón. —Finge saludar con la gorra imaginaria de su cabeza calva—. ¡A los buenos días! —dice con una sonrisa. Giles es el payaso del grupo: encantador, bobo, tanto que a veces se pasa.
—Eso ya no se dice, tonto —dice Samira con cariño. Estos dos lo hacen todo con cariño. Nunca soy tan consciente de mi soltería como cuando estoy con ellos.
Al comienzo, el hombre de la caseta no responde. Y luego, lentamente, alza una mano a modo de saludo.
Un Land Rover ha venido a recogernos: está salpicado de barro y es un modelo antiguo. Veo cómo se abre la puerta y se apea un hombre alto.
—Debe de ser el guardabosques —dice Emma—. En el mensaje de correo electrónico dijo que vendría a recogernos.
Yo pienso que no tiene pinta de guardabosques. Pero ¿qué me había imaginado? Creo que tal vez esperaba que fuera mayor. Aparenta nuestra edad. Por su corpulencia, sus hombros, su altura, es evidente que se pasa la vida al aire libre; además, su pelo oscuro alborotado le da un aspecto salvaje. Cuando nos da la bienvenida con un suave murmullo, parece que se le quiebra la voz, como si no la usase demasiado.
Veo que nos repasa con la mirada y creo que no le agrada lo que ve: el Barbour impecable de Nick, las botas de agua Hunter de Samira, el cuello de piel de zorro de Miranda. ¿Es eso una mueca de desdén? Si es así, a saber lo que opina de mi ropa de ciudad y mi maleta con ruedas. Apenas he pensado en lo que metía en la maleta porque estaba muy distraída.
Veo que Julien, Bo y Mark intentan ayudarle con el equipaje, pero él los aparta discretamente. A su lado, parecen colegiales en su primer día de curso. Seguro que no les gusta sentirse así.
—Supongo que tendremos que ir en dos tandas —dice Giles—. No es seguro que vayamos todos ahí a la vez.
El guardabosques enarca las cejas.
—Como queráis.
—Las chicas primero —dice Mark, intentando mostrarse caballeroso—. Nosotros nos esperamos.
Espero, temerosa, que no haga alguna broma acerca de que Nick y Bo son chicas honorarias. Por suerte, parece que no se le ha ocurrido o que ha conseguido morderse la lengua. Hoy estamos todos de lo más amables unos con otros, en modo tolerante para pasar unas vacaciones entre amigos.
Hace siglos que no estamos juntos así, probablemente desde la última Nochevieja. Siempre se me olvida cómo retomamos con rapidez y facilidad nuestros viejos roles del pasado, los que siempre hemos tenido dentro del grupo. Para Miranda y Samira, mis excompañeras de piso, yo soy la introvertida, y ellas, las extrovertidas del grupo. Vuelvo a mi antiguo ser. Nos pasa a todos. Estoy convencida de que Giles, por poner un ejemplo, no es tan payaso en el departamento de urgencias del que es médico titular. Subimos en el Land Rover como podemos. El habitáculo huele a perro y a tierra mojada. Imagino que es a lo que olería el guardabosques si nos acercáramos lo suficiente a él. Miranda va en el asiento del copiloto, a su lado. A menudo percibo su olor intenso y ahumado, mezclado de forma extraña con el aroma a tierra. Solo Miranda puede permanecer impasible. Vuelvo la cabeza para respirar el aire fresco que entra por la ventanilla rota.
A un lado del coche hay un montículo bastante inclinado que desciende hacia el lago. En el otro costado, aunque no ha oscurecido por completo, el bosque se nos muestra de un negro impenetrable. La carretera no es más que una pista, llena de baches y estrecha, por lo que un movimiento en falso acabaría con nosotros en el agua o empotrados contra los matorrales. Nos balanceamos de un lado a otro a lo largo del trayecto y de repente se produce una frenada brusca. Todos nos abalanzamos hacia delante y, acto seguido, hacia atrás contra el asiento.
—¡Mierda! —exclama Miranda cuando Priya, que ha estado tan tranquilita todo el rato, empieza a llorar en brazos de Samira.
Un ciervo queda iluminado delante de nosotros. Debe de haberse apartado de las sombras de los árboles sin que nos hayamos dado cuenta. La enorme cabeza parece casi demasiado grande en comparación con el cuerpo rojizo y esbelto, coronado con una gran cornamenta, majestuosa y letal a partes iguales. Bajo la luz de los faros, sus ojos emiten un extraño destello verde. Al final deja de contemplarnos y se aparta con una gracia despreocupada, internándose en el bosque. Me llevo una mano al pecho y noto el tamborileo acelerado del corazón.
—¡Uau! —susurra Miranda—. ¿Qué era eso?
El guardabosques se gira hacia ella y le dice inexpresivo:
—Un ciervo.
—Me refiero... —dice mi amiga, un tanto aturullada, lo cual no es habitual en ella—, me refiero a qué tipo de ciervo.
—Un ciervo rojo —responde él—. Un venado. —Vuelve a fijar la vista en la carretera. Fin de la conversación.
Miranda se gira para mirarnos y dice moviendo los labios en silencio: «Está bueno, ¿no?». Samira y Emma asienten para mostrar su acuerdo. Acto seguido, dice en voz alta:
—¿No crees, Katie? —Se inclina hacia mí y me da un golpecito en el hombro, un poco demasiado fuerte.
—No sé —contesto.
Miro la expresión impasible del guardabosques por el retrovisor. ¿Se ha dado cuenta de que hablamos de él? Si es así, no da muestras de estar escuchando, pero, de todos modos, resulta embarazoso.
—Oh, es que tú siempre has tenido gustos raros con los hombres, Katie —sentencia Miranda, riendo.
A Miranda nunca le han gustado mis parejas. Curiosamente, el sentimiento ha sido mutuo, y a menudo he tenido que defenderla ante ellos. «Creo que los eliges —me dijo en una ocasión— para que sean tu ángel de la guarda y te digan: “Esta chica no es buena, apártate de ella”.» Pero Miranda es mi amiga más antigua. Y nuestra amistad siempre ha durado más que cualquier relación de pareja (por mi parte, claro está). Miranda y Julien llevan juntos desde Oxford.
No supe muy bien qué pensar de Julien cuando entró en escena al final de nuestro primer curso. Miranda tampoco. Era diferente, comparado con los novios que había tenido hasta entonces, aunque lo cierto es que solo había tenido un par, y ambos, al igual que yo, eran inseguros, y ni tan guapos ni tan sociables como ella, hombres que parecían no acabar de creerse que habían sido elegidos. Pero es que a Miranda siempre le habían gustado este tipo de chicos.
Así pues, Julien parecía demasiado obvio para ella, que siempre se había sentido atraída por los niños desamparados. Era demasiado guapo y seguro de sí mismo. Y eso lo decía ella, no yo. «Es tan arrogante —decía— que estoy deseando pillarlo por los huevos la próxima vez que intente ligar conmigo.» Me pregunté si no era consciente de lo mucho que su arrogancia y su seguridad en sí misma se parecían a las de él.
Julien siguió intentándolo y ella siguió rechazándolo. Él se acercaba a charlar con nosotras —con ella, mejor dicho— si estábamos en un pub, o se la encontraba «por casualidad» después de una clase, o aparecía en el bar de nuestra sala de estudiantes de la facultad supuestamente para ver a unos amigos, pero se pasaba buena parte de la noche sentado a nuestra mesa, cortejando a Miranda con una franqueza vergonzante.
Más tarde comprendí que, cuando Julien quiere algo de verdad, no permite que nada se interponga en su camino hasta que lo consigue. Y quería a Miranda. Como fuera.
Al final, ella se dio cuenta de la realidad: también ella lo quería. ¿Quién no? Era un joven guapísimo, lo sigue siendo, quizá ahora incluso más, después de que la vida le ha pulido un poco tanta perfección y frivolidad. Me pregunto si no sería biológicamente imposible no querer a un hombre como Julien, por lo menos en el sentido físico.
Recuerdo cuando Miranda nos presentó, en el Baile de Verano, cuando por fin empezaron a salir. Yo sabía exactamente quién era, por supuesto. Había presenciado todo el culebrón: cómo perseguía a Miranda, cómo ella lo rechazaba, cómo él lo intentaba una y otra vez y cómo ella al final cedía ante lo inevitable. Yo sabía muchas cosas de él: en qué facultad estaba, qué estudiaba, que jugaba a rugby. Sabía tantas cosas que casi se me olvidó que él no tenía ni idea de quién era yo. Así que cuando me dio un beso en la mejilla y me dijo con solemnidad y muy educadamente, a pesar de estar borracho, «Encantado de conocerte, Katie», me pareció una gran broma.
La primera vez que se quedó a dormir en nuestra casa —Miranda, Samira y yo la compartíamos en segundo curso—, me lo encontré saliendo del baño con una toalla alrededor de la cintura. Intenté con todas mis fuerzas comportarme con normalidad y no contemplar su ancho pecho desnudo y sus hombros musculosos que brillaban tras la humedad de la ducha, y dije:
—Hola, Julien.
Tuve la impresión de que se sujetaba la toalla un poco más fuerte.
—Hola. —Frunció el ceño—. Oh..., esta situación es un poco embarazosa. Me temo que no sé cómo te llamas.
Me di cuenta de mi error. Él había olvidado por completo quién era yo, probablemente incluso ni siquiera se acordaba de que nos habían presentado.
—Me llamo Katie —dije, tendiéndole la mano.
No me estrechó la mano y me percaté de que era otro error por mi parte, era un gesto demasiado formal, demasiado fuera de lugar... Pero entonces me di cuenta de que no podía darme la mano porque se estaba sujetando la toalla con una mano y tenía un cepillo de dientes en la otra.
—Lo siento. —Entonces desplegó su encantadora sonrisa y se compadeció de mí—. Y bien, ¿qué hiciste, Katie?
Me lo quedé mirando.
—¿A qué te refieres?
Se echó a reír.
—Como la novela —respondió—. Lo que hizo Katy. Siempre me gustó ese libro. Aunque no estoy muy seguro de si solo debería gustarles a las chicas.
Por segunda vez, desplegó una sonrisa radiante, y de repente pensé que veía algo de lo que Miranda había visto en él.
Es lo que ocurre con las personas como Julien. En una comedia romántica norteamericana, alguien tan guapo como él se presentaría como un cabrón, tal vez para ser reformado y para arrepentirse de sus pecados más adelante. Miranda sería la reina del baile de graduación maliciosa que oculta algún secreto oscuro. La mosquita muerta, yo, sería el personaje amable, inteligente, incomprendido que al final salvaría la situación. Pero en la vida real no pasan estas cosas. Las personas como él no tienen por qué ser desagradables. ¿Por qué iban a ponerse las cosas difíciles en la vida? Pueden permitirse el lujo de ser espectacularmente encantadores. Y las personas como yo, las mosquitas muertas, no siempre acabamos siendo las heroínas del cuento. A veces también tenemos secretos oscuros.
La poca luz del día que quedaba ya ha desaparecido. Apenas se distingue algo, solo la masa negra de árboles a cada lado. La oscuridad hace que parezcan más densos y cercanos: casi como si se aproximaran. Aparte del ronroneo del motor del Land Rover, no se oye nada; tal vez los árboles amortigüen los sonidos.
Miranda, desde el asiento del copiloto, le pregunta al guardabosques cuánto tardaremos en llegar. Este lugar está realmente aislado.
—Hay una hora de camino en coche —nos dice—. Cuando hace buen tiempo.
—¿Una hora? —pregunta Samira. Lanza una mirada nerviosa a Priya, que contempla el paisaje en penumbra, el parpadeo de la luz de la luna entre los árboles se refleja en sus grandes ojos oscuros.
Miro por la ventanilla negra. Lo único que veo es un túnel de árboles que van menguando a lo lejos hasta convertirse en un punto negro.
—Más de una hora —rectifica el guardabosques— si hay poca visibilidad o en condiciones adversas.
¿Disfruta de la situación?
Tardo una hora en llegar a casa de mi madre en Surrey, que está a unos cien kilómetros de Londres. Parece mentira que este lugar esté incluso en el Reino Unido. Siempre me ha parecido que esta pequeña isla que consideramos nuestro hogar está superpoblada. De hecho, por como habla mi padrastro de los inmigrantes, cabría pensar que corremos un verdadero peligro de hundirnos bajo el peso de tantos cuerpos apretujados en la isla.
—A veces —dice el guardabosques—, en esta época del año ni siquiera se puede circular por la carretera si, por ejemplo, hay mucha nieve. Heather debió de comentároslo en el mensaje de correo.
Emma asiente.
—Sí.
—¿Qué quieres decir? —La voz de Samira suena indiscutiblemente aguda—. ¿Que quizá no podamos salir de aquí?
—Podría ser —dice él—. Si nieva mucho, la pista se vuelve impracticable y resulta demasiado peligrosa, incluso con neumáticos para la nieve. Pasa por lo menos un par de semanas al año, y Corrin queda aislado del resto del mundo.
—Pues podría estar muy bien —se apresura a decir Emma, tal vez para atajar más comentarios de preocupación por parte de Samira—. Emocionante. He pedido comida suficiente para...
—Y vino —añade Miranda.
—... y vino —confirma Emma—. Tenemos para un par de semanas si hace falta. Probablemente me pasé un poco. Menudo festín he preparado para Nochevieja.
Nadie la está escuchando. Creo que estamos todos preocupados ante la nueva realidad en la que vamos a pasar los días siguientes. Porque el aislamiento tiene algo de inquietante, sabiendo lo lejos que estamos de todo.
—¿Y la estación? —pregunta Miranda, con una especie de reacción triunfante tipo «¡te pillé!»—. ¿No se puede coger un tren?
El guardabosques le lanza una mirada. Me doy cuenta de que es bastante atractivo. O por lo menos lo sería si no fuera por esa mirada atormentada.
—Los trenes tampoco circulan demasiado bien sobre un metro de nieve —contesta—. Así que no paran aquí.
De repente, el paisaje, a pesar de su vastedad, parece encogerse a nuestro alrededor.
Doug
De no ser por los clientes, este lugar sería perfecto para él. Pero supone que, sin ellos, no tendría trabajo.
Cuando los recogió, le costó disimular una mueca de desdén. Era gente podrida de dinero, como todos los que iban por allí. Mientras se acercaban al hotel, el hombre moreno y más bajo —¿Jethro? ¿Joshua?— se había acercado a él, en un gesto de hombre a hombre, con un móvil plateado.
—Estoy buscando la señal de wifi —dijo—, pero no hay manera. Obviamente, no hay 3G, ya que no se puede tener 3G sin cobertura... Pero pensaba que empezaría a captar el wifi. ¿O hay que estar más cerca del hotel?
Le respondió que no conectaban el wifi a no ser que alguien lo pidiera expresamente.
—Y a veces puedes conseguir cobertura, pero hay que subir allí arriba —señaló la ladera del Munro— para conseguirlo.
Al hombre se le cayó el alma a los pies. Por un momento incluso pareció asustado. Su mujer se había apresurado a decir:
—Seguro que puedes sobrevivir sin wifi durante unos días, querido. —Y reprimió cualquier otro tipo de protesta con un beso, con lengua incluida. Doug había apartado la mirada.
La misma mujer, Miranda —la guapa—, se había sentado en el asiento del copiloto en el Land Rover, con su rodilla cerca de la de él. Le había puesto una mano en el brazo sin necesidad al subir al coche. Cada vez que se giraba para hablar con él, olía su perfume, intenso y ahumado. Casi se le había olvidado que existían mujeres como esa: sofisticadas, coquetas, del tipo que necesitan seducir a todo el mundo. Peligrosas, de un modo muy particular. Qué distinta es Heather. ¿Se pone perfume siquiera? No recuerda haberlo notado. Lo que está claro es que no lleva maquillaje. Tiene el tipo de aspecto que funciona mejor sin adornos ni cosméticos. Le gusta su cara, con forma de corazón, sus ojos oscuros, sus cejas, que parecen dos paréntesis elegantes. Alguien que no hubiera pasado tiempo en compañía de Heather podría pensar que era simplona, pero él sospecha lo contrario, cree que es de esas mujeres cuya apariencia engaña. Tiene una idea vaga de que ha vivido en Edimburgo, y de que allí tenía una profesión. Sin embargo, no ha intentado saber más de su vida, pues, para ello, quizá tendría que revelar parte de su historia.
Heather es una buena persona. Él no. Antes de llegar aquí, hizo algo terrible. Más de una cosa, en realidad. Una persona como Heather debería protegerse de alguien como él.
Ahora los clientes están a cargo de Heather, lo cual supone un alivio. Le ha costado disimular lo mucho que le desagradan. El hombre moreno, Julien, así se llama, es de los típicos que se alojan aquí. Acaudalado, consentido, quieren naturaleza en estado puro, pero en secreto esperan el lujo de los hoteles en los que suelen alojarse. De hecho, siempre tardan un poco en asimilar lo que han reservado: el aislamiento, la sencillez, la belleza impagable del entorno. A menudo experimentan una especie de conversión y quedan fascinados por el lugar. ¿Cómo no? Pero sabe que no llegan a conectar con él, no del modo adecuado. Piensan que se acostumbran a vivir en este espacio natural, en sus bonitas cabañas con camas con dosel, chimenea y calefacción por debajo del suelo y la dichosa sauna a la que pueden ir trotando si quieren hacer un poco de ejercicio. Y los que se lleva a la caza del ciervo se comportan como si de repente se transformaran en DiCaprio en El renacido, peleando contra los elementos con uñas y dientes. No se dan cuenta de lo fácil que él se lo pone, él es quien hace todo el trabajo difícil: la observación de las actividades de la manada, el rastreo y la planificación... para que lo único que tengan que hacer sea apretar el puto gatillo.
Y ni siquiera aciertan cuando disparan. Si disparan mal, pueden provocar una herida que, si se deja tal cual, puede hacer que el animal sufra un dolor insoportable durante varios días. Un mal tiro en la cabeza, por ejemplo (suelen apuntar allí, aunque él les dice que nunca lo hagan, pues es demasiado fácil fallar), puede partir en dos la mandíbula del animal y dejarlo vivo, pero sufriendo una profunda agonía, incapaz de comer y desangrándose lentamente hasta morir. Así pues, ahí está él para rematarlo con un disparo certero, limpio a través del esternón, que les permite volver a casa alardeando de ser cazadores, héroes. Han quitado una vida. El bautismo de sangre. Algo que publicar en Facebook o Instagram, imágenes de ellos salpicados de sangre y vísceras y sonriendo como lunáticos.
Él ha quitado vidas, muchas, de hecho. Y no solo de animales. Sabe mejor que nadie que no es algo de lo que alardear. Es un lugar oscuro del que casi nunca se regresa. La primera vez produce un cambio en tu ser. Una transformación esencial en lo más profundo del alma, la amputación de algo importante. La primera vez es la peor pero, con cada muerte, la herida del alma es cada vez mayor y, al cabo de un tiempo, solo queda tejido cicatricial.
Lleva aquí el tiempo suficiente para conocer a los distintos «tipos» de huéspedes. Se ha especializado tanto en ellos como en la fauna. Pero no sabe a ciencia cierta qué especie odia más: los del tipo «inmersión en la naturaleza», que piensan que pasando unos pocos días en aquel lugar de lujo experimentan una «unión» con la naturaleza, o el otro tipo, el de los que no se enteran, el de los que piensan que les han engañado...; peor aún, robado. Olvidan lo que reservaron. Les resulta problemático todo aquello que se desvía del tipo de lugares en los que están acostumbrados a alojarse, con sus piscinas cubiertas y los restaurantes con estrellas Michelin. Normalmente, en opinión de Doug, son quienes tienen más problemas consigo mismos. Desprovistos de todas las distracciones, aquí, en silencio y en solitario, los demonios que han mantenido a raya les asaltan.
Para Doug es distinto. Sus demonios están siempre con él, vaya donde vaya. Por lo menos aquí tienen espacio para campar a sus anchas. Sospecha que este lugar le atrajo por motivos distintos a los de los huéspedes. Ellos vienen por su belleza, a él le gusta por su hostilidad, por la crudeza absoluta del clima. Ahora está de lo más intransigente, en medio del largo invierno. Hace unas semanas, en lo alto del Munro, vio a un zorro, retirándose subrepticiamente por la nieve, con la carcasa seca de un animalillo sujeta en sus fauces. Tenía el pelaje debilitado y áspero, se le marcaban las costillas. Al verlo a él, no salió disparado. Durante unos instantes, le clavó la mirada, hostil, retándolo a que intentara arrebatarle el festín. Sintió cierta afinidad con él, una sensación de identificación mayor que la que ha notado con cualquier otro ser humano, al menos desde hace tiempo. Sobrevivir, existir... y ya está. No vivir. Esa es una palabra para quienes buscan entretenimiento, placer y comodidades todos los días.
