1
Todos tenemos un diablillo escondido en el fondo de la cabeza.
De normal, el mío era tirando a pachorro, un inquilino sin historia que se pasaba el día dormitando, tranquilamente repantigado en los recovecos de mis sesos. Pero, claro, de cuando en cuando abría un ojo, casi siempre si yo había bebido una copa de más o esnifado polvo. El muy perverso me empujaba entonces a decir o hacer algunas extravagancias, lejos de la actitud reservada que me caracterizaba. Luego todo volvía a su cauce.
Mi vida era ordenada, y yo cometía apenas esos excesos menores que le añaden la sal y la pimienta.
Hasta el día en que el diablo que había en mí despertó del todo.
Y eso que ese día yo no había bebido nada, fumado nada ni esnifado nada.
Caía la noche y acababa de llenar de gasolina el depósito de mi vehículo.
Había tendido mi tarjeta de crédito a una sombra parapetada detrás de una ventana blindada, marcado el pin, recuperado la tarjeta y enfilado la vía de salida de la gasolinera, cuando me topé de bruces con un buga cuyo tubo de escape humeaba abundantemente en ese inicio de invierno.
Un Porsche Carrera.
El conductor pedía indicaciones a un taxi estacionado delante de él en la calle. Imposible pasar. Pero habría bastado con que los vehículos avanzaran unos metros.
Di un golpe de gas para hacer zumbar los cinco cilindros de mi Defender y llamar la atención de los dos hombres. Sin éxito.
El taxista hacía aspavientos mientras daba explicaciones que parecían enrevesadas y el hombre frente a él cabeceaba, perplejo. Cuando vi que este también hacía aspavientos, toqué el claxon. Un bocinazo breve. Sin éxito. Volví a hacerlo, más rato. Ninguna reacción. Era como si los dos tipos enfrascados en su conversación no me oyesen, o hacían como que no me oían, que, para el caso, era lo mismo.
Para ellos, como si yo no existiera.
Creo que fue en ese momento cuando mi diablillo salió bruscamente del limbo.
Bloqueé el claxon con la mano.
El tipo que estaba con el taxista se volvió y me dedicó una mueca de molesta arrogancia. Era negro, grande, macizo. Me pareció entrever a la luz de los faros el brillo de una cadena de oro alrededor de su cuello.
Me puse a tocar el claxon con insistencia.
En ese momento vi a un tipo salir del Porsche, del asiento del copiloto.
Era joven, con la cabeza rapada. Su tez era tan pálida que parecía un muerto viviente. Llevaba una chupa de cuero oscura. Se me acercó. Aparté la mano de el claxon. Sonreí y accioné la apertura eléctrica de la ventanilla. Me increpó:
—¿Qué nos pitas con tu trompeta, payaso?
La ira desfiguraba sus rasgos. Se le salían los ojos de las órbitas. Tuve la impresión de que el colega se había fumado diez toneladas de crack en una sola pipa. Templé gaitas.
—Si puede decirle a su amigo que avance un poco, aunque solo sea un metro, yo podría pasar con el coche. A no ser que pueda ponerse al volante usted mismo.
—No tengo carnet de conducir.
—Pues entonces…
—Entonces ¿qué? ¿No ves que están a lo suyo?
—Sí, claro que lo veo, pero…
—Entonces ¿qué pitas, capullo, con tu 4 x 4 de mierda?
—Tengo un poco de prisa y…
Era mentira. No tenía nada especial que hacer. Gilda me había llamado a última hora. Un cóctel con los jefes de su curro. Una recepción para unos clientes coreanos. Un asunto importante. Terminarían tarde. Prefería irse luego a su casa.
Abrí la boca, pero el tipo no me dejó hablar.
—¡Cierra el pico!
—Hombre, pero…
Quise protestar, pero el tipo se inclinó sobre mí y se puso a vocear:
—O cierras el pico y dejas de pitar o te crujo, ¿estamos?
Volvió al Porsche y entró.
Yo habría podido esperar. Debería haberlo hecho.
El taxista y el negrata seguían hablando y gesticulando. La ventanilla de mi coche se había quedado abierta y me llegaba el eco de sus voces. El taxista tenía un fuerte acento portugués. Nadie gana a los lusitanos en amabilidad, pero eso no es motivo para bloquear el tráfico a la salida de una gasolinera. Subí la ventanilla, eché el cierre automático y hundí la mano en el claxon con fuerza.
El tipo salió del Porsche hecho una furia y vino corriendo hacia mí.
Intentó abrir la puerta del coche. En vano. Con la mano clavada en el claxon, yo lo observaba a través del cristal con una sonrisa socarrona. El tipo empezó a dar patadas a la carrocería. Solté una risita ahogada. La chapa de un Defender es tan gruesa y resistente como la de un carro de combate. El tipo echaba pestes por la boca, ciego de rabia. El odio había transfigurado sus rasgos. Aquel tío era un psicópata. Se adivinaban las ganas de matar en su rostro. De pronto, vi que se metía una mano en la cazadora, sacaba un puño americano, se lo ponía y empezó a destrozarme el parabrisas.
¡El colega estaba completamente zumbado! Metí primera, pisé con fuerza el acelerador y avancé todo recto. Golpeé el Porsche, empujándolo un buen metro. El negrata se volvió y me miró con ojos espantados. El taxista, presa del pánico, se zambulló en el taxi y arrancó a toda velocidad.
La vía quedó libre.
Marcha atrás. Oí un choque sordo. Acababa de atropellar al tipo del puño americano. Primera. El negrata estaba delante de mí, plantado sobre sus dos piernas, las rodillas dobladas. Había sacado una pistola y me apuntaba con ella a la cabeza. Solté un grito y aplasté el acelerador. Los neumáticos aullaron sobre el asfalto y el Defender se precipitó hacia delante. Vi como la cabeza pasmada del negrata que venía a mi encuentro chocaba violentamente contra el parabrisas y acto seguido su cuerpo salía disparado por encima del techo. Me pareció oír que caía de nuevo, pero no me volví. La calle se abría ante mí. Salí zumbando.
Comprobé un instante por el retrovisor si el Porsche me seguía, pero la calle estaba desierta. Conduje hasta la entrada de la circunvalación y me dejé engullir por el tráfico. Me colé en la vorágine de coches y, como un lobezno tranquilizado por la manada, solté un suspiro de alivio. Poco a poco, mi corazón recuperó su ritmo normal.
Entreví la torre Eiffel revestida con sus guirnaldas de luz y me eché a reír, primero en sordina, luego cada vez más fuerte. Me sentía orgulloso de mí mismo. Me sorprendí pensando en Jack Wallace, el protagonista de las novelas policíacas que escribía para distraerme. ¿Me habría inspirado en él?
Llegué a casa. Aparqué el Defender en la plaza del garaje. Di una vuelta alrededor del coche. Nada serio. El parabrisas estaba resquebrajado. Bastaría con cambiarlo. Acaricié las puertas con la punta de los dedos. Cero marca de golpes. Entré en el ascensor del edificio y metí la llave que daba acceso a los apartamentos de la última planta.
Empujé la puerta de mi loft y de nuevo sentí que me invadía una ola de placer. Me gustaba mi casa, su calma majestuosa, su olor discreto, su decoración sobria, casi desnuda. El loft estaba completamente forrado de mármol italiano incrustado en grandes superficies de cristal esmerilado sobre las que me gustaba acechar mi reflejo.
Arrojé indolentemente la chaqueta sobre el respaldo de una silla e introduje un CD de Rick Margitza en el lector de la cadena de música. Las caricias del saxofonista se elevaron, sensuales, envolventes. Subí el volumen. Me serví un Bushmills bien cargado. Me sentía bien. Me había enfrentado al hampa de la peor ralea, la que se pasea en Porsche con una cadena de oro al cuello, destroza sin miramientos tu parabrisas y, para concluir, te descerraja un tiro en la cabeza. Y la había vencido. Pese al frío mordaz, salí a la terraza en mangas de camisa. Tenía París a mis pies. Me eché a reír y me planté, con la nariz hacia el cielo, sonándome con las estrellas, como cantaba Jacques Brel.
En ese momento pensé que la aventurilla que acababa de vivir era cosa del puro azar y que yo seguía siendo dueño de mi destino. Ignoraba que el diablillo que había en mí acababa de hacerse con el poder.
No era yo quien se reía a carcajadas. Era él.
2
Mi cuarto de baño era a la imagen de mi casa: completamente revestido de mármol en colores ambarinos, decorado con un espejo inmenso que devolvía una imagen tan nítida que podía localizar de un vistazo el menor punto negro de mi cara. Me entretenía dándoles caza mientras escuchaba BFM Radio cuando llamaron a la puerta. Consulté el Rolex. Las siete y media. El portero, sin duda.
Fui a abrir.
—¿El señor Cobus?
—El mismo.
El tipo me enseñó una placa de policía.
—Detective Buchard. ¿Es usted propietario de un vehículo 4 x 4 Defender con matrícula 1653 JB 75?
—Exacto.
—Llenó usted el depósito ayer por la tarde en la gasolinera de la calle Martial-Vallin esquina con la avenida del Pont-de-Sèvres, ¿no es así?
Noté que se me encogía el estómago.
—Exacto.
—¿Tuvo usted algún incidente?
—A ver… Tuve un choque de nada.
—¿Me permite pasar?
Se acomodó en el sofá.
—¿Quiere tomar algo? ¿Un café?
—Nunca cuando estoy de servicio.
Era amable, distendido.
—¿Y bien? ¿Qué sucedió?
—¡Bah! Peccata minuta. Una discusión de nada con un tipo que bloqueaba el paso.
Asintió sonriendo.
—Soy todo oídos.
—Pues eso, que el tipo bloqueaba el paso y entonces…
—Entonces ¿lo embistió y lo atropelló?
El detective seguía sonriendo, pero a mí se me secó la boca de repente.
—El tipo me amenazaba con un arma. Fue en legítima defensa.
—¿Le estaba apuntando?
—A ver… Estaba hablando con un taxista y su Porsche bloqueaba el paso. Pité y…
—¿Y…?
—Salió otro tipo del Porsche. Tenía cara de muerto. Tenía pinta de estar completamente colgado. Empezó a destrozarme el parabrisas con un puño americano. Me entró pánico y…
—¿Y…?
—Salí en estampida.
—Y lo atropelló.
Dejé escapar un grito.
—¡No! Choqué contra el Porsche. Solo quería empujarlo para despejar el paso, ¿entiende?
—Para despejar el paso, sí… ¿Y después?
—Al dar marcha atrás, empujé al tipo del puño americano y cuando levanté la vista el negro me estaba apuntando con una pipa. A la cabeza.
—La cabeza…
—Sí.
—¿Y después…?
—Salí pitando.
—Y lo atropelló.
Asentí.
—Me apuntaba con una pipa. Era él o yo.
—Pues tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Dice que lo apuntaba con una pistola. No hemos encontrado ningún arma en el lugar de los hechos.
—Se la llevaría su cómplice.
—¿Qué cómplice? ¿El tipo con cara de muerto que le destrozó el parabrisas?
—Sí.
Torció el gesto.
—Cuando llegamos allí no había nadie. Ningún testigo.
—¡Le digo que eran dos! El tipo al que atropellé y otro, un tarado, un loco furioso. El cajero de la gasolinera tiene que haberlo visto.
—Estaba dentro de la cabina. No ha visto ni oído nada. Se limitó a apuntar el número de su matrícula como hace con todos los clientes.
—El taxista…
—¿Qué taxista?
—El que discutía con el negro.
Buchard alzó los ojos al cielo.
—¡Ni rastro!
Defendí mi versión durante una hora, conté la escena mil veces. El poli me escuchaba pacientemente.
—Me gustaría creerle, señor Cobus, pero no hay testigos y usted se dio a la fuga. El asunto no pinta bien…
Noté que un escalofrío me recorría la espalda.
—Bajemos al aparcamiento. Verá las marcas de los golpes en el parabrisas.
—La policía científica ya está analizando su coche.
Me sobresalté.
—¿Qué? ¿La policía científica?
El poli asintió.
—Su parabrisas tiene golpes, en efecto.
—¿Ve? Lo que yo le decía…
El poli hizo una mueca.
—Pues tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Un puño americano no sangra, señor Cobus. Una cabeza, sí.
—¿Qué quiere decir?
—Hay huellas de sangre en su parabrisas y la víctima tiene el cráneo destrozado. Lo han atropellado de frente, con tanta violencia que su parabrisas se hizo añicos. Entre nosotros, se ha metido en un buen lío.
Me quedé petrificado.
—Los médicos son prudentes. Dicen que el pronóstico de la víctima es reservado. Tengo que pedirle que me acompañe, señor.
En la comisaría, Buchard me comunicó que estaba en detención preventiva. Me pidió que le diera el cinturón y los cordones de los zapatos. Tenía derecho a la presencia de un abogado. Indiqué el nombre de Du Plessis.
—¿A qué se dedica usted, señor Cobus? —me preguntó Buchard mientras me conducía al calabozo.
—Trabajo en una sala de mercados.
—¿Es bróker?
Asentí. El poli se rascó la mejilla torciendo el gesto.
—¡Hum! Mal vamos.
—¿Por qué dice eso?
—Los banqueros no están muy bien vistos en los tiempos que corren, ya lo sabrá usted.
—Pero yo no soy banquero sino…
—Da igual.
Buchard empujó la puerta del calabozo, que se cerró detrás de mí con gran estrépito.
3
Estaba sentado en el jergón del calabozo, sintiendo náuseas, tratando de aguantar la respiración para que no me llegara el tufo a mierda y vómitos, cuando llegó el abogado Du Plessis. Era uno de los mejores abogados de empresa de París. ¿La prueba? Era el abogado de mi padre. Yo lo había visto en casa desde pequeño y me había parecido natural recurrir a él, y más teniendo en cuenta que no conocía a ningún otro abogado. Se tapó la nariz al entrar y me tendió la mano.
—Hola, Victor. No se preocupe, voy a sacarlo de aquí. Dígame qué ha pasado exactamente.
Volví a contar la historia y, mientras yo hablaba, él me miraba con el ceño fruncido.
—¿Una pistola, dice usted? ¿Cómo explica que no la encontraran en el lugar de los hechos?
—El otro tipo tuvo que cogerla antes de darse a la fuga.
—¿Por qué se habría dado a la fuga?
—Ni idea. Puede que la policía lo ande buscando.
—Mmm… ¿Y el taxista?
Me encogí de hombros.
—Portugués, es todo lo que puedo decir.
—¿Cómo lo sabe?
—Por el acento. Cuando embestí el Porsche, se asustó y se fue.
—Mmm… Mm… Habría que avisar a su padre.
—¡Se lo prohíbo!
—Le aseguro que su mediación podría…
—¡Ni pensarlo! Avise a Wright y punto.
—¿Quién es Wright?
—Mi jefe de la sala de mercados de la calle Saint-Honoré.
Le di el número de Wright, que anotó en su libreta.
—Dígale simplemente que he tenido un ligero contratiempo.
Du Plessis se rascó la cabeza.
—Victor… ¿Es consciente de que el «ligero contratiempo» del que habla puede transformarse en meses, si no en años de cárcel si el tipo al que ha atropellado no sale de esta?
—Soy inocente.
—Ha reconocido los hechos.
—Ese tío me amenazó con un arma. Fue en legítima defensa.
—Habrá que probarlo.
Buchard entró en la celda.
—El juez de instrucción nos está esperando.
Nos trasladaron hasta los juzgados en un furgón. Yo tenía las manos esposadas a la espalda. Du Plessis estaba sentado a mi lado en la jaula. No pronunció palabra en todo el trayecto, el semblante huraño. ¿Quería que entendiera que me habí
