Nostalgia de la sangre

Dario Correnti

Fragmento

9 de diciembre

—Quiero al menos cinco mil caracteres —dice Besana, a la vez que pone en funcionamiento el limpiaparabrisas.

Se da cuenta entonces de que no es agua lo que resbala por el parabrisas. Entre otras cosas porque no resbala, en los bordes ya se ha formado una capa blanca. Lo que faltaba, nieve. Pone el intermitente derecho, escribirá el artículo en una estación de servicio. No puede correr el riesgo de quedarse bloqueado en la circunvalación de Milán justo esta noche.

—Confía, coño —le dice de nuevo al altavoz. Y no sabe bien si ese «coño» que ha pronunciado con tanta franqueza se lo ha dirigido al camión que tiene delante, que acaba de cerrarle el paso, o a su jefe, que siempre le pone problemas, como si el papel lo pagase él.

Luego se corta la comunicación. Se ha quedado sin batería. Una vez más, se ha dejado en casa el cargador del coche.

Aparca, se apea rápido y cierra dando un portazo. Llega un poco encorvado a la entrada del bar, tapándose la cabeza con la mochila.

—Vaya tiempo, ¿eh? —le dice una chica que está sentada en la caja.

Es la primera cosa hermosa que tiene delante desde hace al menos diez horas. Realmente lo necesitaba.

Se acerca a ella tambaleándose un poco, a su manera. Nunca ha sido capaz de caminar mejor, incluso cuando está sobrio parece borracho.

—¿Me deja dormir aquí? —Y le sonríe. Es evidente que la chica se aburre, más vale cortejarla. Además, tiene que pedirle un favor: necesita recargar el móvil, enseguida.

—Mi turno acaba a las ocho. Puede pedírselo a mi colega. —Pero ella también sonríe, ha picado.

En efecto, después de entregarle dos paquetes de cigarrillos, lo está ayudando a elegir un bocadillo.

—¿Cecina? ¿A mí? ¡Por favor, que tengo hambre de verdad! —dice señalando la opción «jamón y brie»—. Con una botella de cerveza, para empezar.

Es incapaz de explicarse cómo puede tener tanta hambre después de la asquerosidad que ha visto, eso que ha hecho vomitar a la mitad de los periodistas que había por ahí, incluso a los que solo la han visto en foto.

Elige una mesa del fondo, que da a la autopista. Ahora, además de nieve hay oscuridad: si el lugar no fuese tan triste, sería capaz de imaginarse que está en un restaurante con vistas al mar.

—Lo caliento y se lo llevo —le grita la chica. El salón es grande, pero está completamente vacío. Como no hay nadie, por una noche su nueva amiga podría hacer como si fuese la dueña del local. Quién sabe, a lo mejor es su sueño.

En cualquier caso, ha llegado el momento de pedirle esa pequeña ayuda sobre el tema móvil.

—Gracias, es usted un encanto. De paso, ¿podría hacerme un favor?

Ella sonríe, apretando el plato de cartón en el que le ha llevado el bocadillo.

—Con tal de que no me pida permiso para fumar —le responde, después de verlo con el iPad delante y un cigarrillo apagado en la boca.

Besana menea la cabeza y le explica el problema, y también que necesita llamar a su jefe porque tiene entre manos un artículo muy importante.

—¿Un crimen? —La chica se queda paralizada, con su móvil en la mano.

—Horrible —añade.

Con un gesto amable del mentón, Besana le da a entender que está dispuesto a adelantarle algo con tal de que mueva el culo y vaya enseguida a buscar un cargador.

—Ay, sí, claro, perdone —dice ella. Y se encamina obediente al objetivo.

Vuelve un minuto después con una cerveza que corre a cuenta de la casa. Al fin y al cabo, allí nadie controla lo que se despacha. Ella también, en el fondo, se ha fijado en el Sujeto Desconocido que tiene delante. Están jugando de igual a igual.

—Qué amable —comenta Besana—. Justo lo que quería. ¿Cómo ha adivinado que escribo mejor así?

La chica —despierta, hay que reconocerlo— sonríe satisfecha y se sienta a su mesa. Pero en ese instante suena el teléfono móvil.

Besana se levanta de golpe y va hasta detrás de la caja registradora para responder. El lugar elegido es discutible, pero él sale del paso con un guiño. Además, su amiga ya está a su lado, para escuchar. La divierte todavía más oírlo hablando con el jefe.

—Como mínimo cinco mil —está diciendo Besana—. Me dedico a esto desde hace treinta años y jamás he visto nada así. Los investigadores están siguiendo una pista satánica, para que te hagas una idea. Tengo el móvil sin batería, así que seré breve: le han arrancado las tripas y se ha encontrado un trozo de la pantorrilla a cientos de metros de distancia. Seis mil, perfecto. Pero tengo que escribir en un área de servicio, así que mantenedme abierto el periódico hasta el final. Ya, ya sé que no hay problema.

La chica lo mira hipnotizada, está dispuesta a invitarle a cervezas toda la noche. No es verdad que vayan a sustituirla a las ocho.

10 de diciembre

Al día siguiente, en la redacción hay cierto mal humor. Antes de entrar en la reunión, el director se enfada con el redactor jefe de sucesos por haber encargado un caso tan importante «al tocapelotas de Besana», a quien no ve la hora de jubilar anticipadamente, en vez de a Luca Milesi, la nueva firma puntera.

—Ayer Milesi estaba en Roma para una presentación en la tele —responde el redactor jefe—. Necesitaba mandar allí a alguien.

—Ya, pero ahora no vamos a poder quitárnoslo de encima —dice el director, enfadado—. Ya sabes lo terco que es ese hombre. Dirá que el caso ya es suyo.

A eso de la una, una vez terminada la reunión, al redactor jefe le surge otro problema. Cuando llega a su mesa, encuentra a Ilaria Piatti. Antes o después, alguien tendrá que decirle que no hay ninguna posibilidad de que entre en el periódico. Son tiempos duros, de despidos y enfrentamientos con los sindicatos; ha hecho las prácticas en un momento equivocado, pobre chica.

La saluda y la mira de arriba abajo. La verdad es que ella tampoco hace nada en su favor. Siempre se presenta vestida de una manera espantosa; hoy, además, está empapada. Nieva con fuerza, es cierto, aunque solo tendría que haber salido con un paraguas. Pero no, lo que ha hecho es ponerse un impermeable y calzarse unas botas de agua, como si la redacción fuese un río que puede vadearse.

—Hola, Roberto, ¿puedes dedicarme un segundo?

—Es un día horrible. Tengo un poco de prisa.

—No, verás, yo…

El redactor jefe cierra un instante los ojos. «No, por lo que más quieras, no me preguntes si tienes o no futuro. No me lo preguntes ahora.»

—Verás, necesito… necesito hablar con Besana. He leído el artículo, ¿sabes?… y tengo una pista.

—¿Una pista? ¿Tú?

Piatti contiene la respiración. Pobrecilla, se pone nerviosa con nada. Pues sí, la cosa da un poco de risa. Cuando el periódico iba bien, ella se ocupó seis meses de accidentes de tráfico. De lo más emocionante. También hizo cabeceras y fichas, y estuvo de correctora de pruebas.

—No, en el sentido de que… Bueno, creo que puede tratarse… En fin, que he atado cabos y…

—¿Y?

Sí que es lenta, Piatti. Sobre todo cuando uno tiene prisa. Da vueltas, un poco neurótica, alrededor de sus ideas. Es incapaz de formular una propuesta en dos segundos, como debería ser. Rápida, concisa, sencilla. No. ¿Creerá que está con el psicoanalista?

—Y… —repite ella, cada vez más asustada—, y… en fin, creo que puede tratarse de un asesino en serie.

El redactor jefe rompe a reír. Esto ya es demasiado. Es suficiente, no puede perder más tiempo.

—Ve a contárselo a Besana —le responde.

—Precisamente —dice ella—. ¿No tendrás su número de móvil?

¿Diez minutos para pedir el teléfono de Besana? Seguramente él también se reirá en su cara. Y después esta gente se queda hecha polvo cuando nadie la contrata.

—Que te lo dé la secretaria de redacción.

—De acuerdo. Gracias, gracias.

¿Gracias por qué? Nadie va a pedirle que escriba una sola línea sobre este homicidio, ¿qué habrá entendido? Pero lo importante es que se marche. Enseguida, a ser posible.

11 de diciembre

A pesar de la nieve, Besana está de nuevo en el coche. Necesita volver a Bottanuco para hablar una vez más con los investigadores. Las televisiones están desatadas y Milesi presiona para hacerse con el caso. Pero este es suyo, se siente. Será el último, pero es suyo.

Le suena el móvil, es un número que no tiene guardado en la agenda y Besana mira la pantalla con recelo.

—¿Sí?

—Buenas noches, señor Besana, perdone si le molesto, soy Ilaria. Ilaria Piatti.

—Todavía es de día —le responde Marco con sequedad.

—Ah, sí. Claro, perdone. Buenos días.

«La Plasta», en la redacción todo el mundo la llama así. Todos los que la llaman de alguna manera, porque los demás ni siquiera la nombran. Pues sí, es una auténtica plasta. ¿Y qué quiere de él?

—Diga.

—Bueno, me gustaría… me gustaría hablar con usted.

—Diga —repite.

Qué pesadez hablar con ella, nunca va al grano.

—Es un tema largo, ¿podemos vernos para tomar un café?

—No puedo, voy a entrar en una autopista. Pero la escucho. Eso sí, procure ser breve. Estoy al volante. Digamos que dispone de cincuenta caracteres. Espacios incluidos.

—De acuerdo… Bien… Creo que el Sujeto Desconocido es un asesino en serie. —Todo de un tirón.

Besana rompe a reír:

—A ojo, son sesenta o setenta caracteres. Habría podido perfectamente quitar «de acuerdo» y «bien». ¿Quiere aprender este oficio o no?

—Claro, claro. Gracias.

Silencio. Es evidente que Piatti está esperando una respuesta.

—¿Y por qué cree que es un asesino en serie? ¿Por el estado del cuerpo? Por ahora, los investigadores hablan de la pista satánica. Por esa asquerosidad de las entrañas arrancadas y la pantorrilla encontrada en un bosque. Pero es pronto para decir nada.

—Lo sé, lo sé, pero… el escenario del crimen me hace pensar…

—Piatti, de verdad que me encanta que se apasione con el caso, pero no estamos viendo juntos un episodio de Mentes criminales —la interrumpe enseguida Besana.

Vale, es una veinteañera en prácticas a la que pronto despedirán, pero él no tiene la culpa de eso. A él también van a despedirle dentro de poco, si es por eso.

—¿Por casualidad han encontrado alfileres?

Besana frena bruscamente. Un idiota con un SUV acaba de adelantarlo por la derecha sin poner el intermitente.

—¿Alfileres? No, que yo sepa —responde.

—¿Tenía la boca llena de tierra?

—Me parece que no —responde Besana.

—Lástima —dice Piatti—, porque habría sido exactamente igual. Incluso la fecha: ocho de diciembre.

—¿Igual a qué? —pregunta Besana, con curiosidad.

—A otro crimen —responde, por fin concisa, Piatti.

—¿Cuál?

—Un caso del siglo diecinueve —susurra ella.

Besana menea la cabeza. Un caso del siglo diecinueve. Esa chica tiene que estar muy loca.

—De acuerdo, Piatti, le agradezco mucho esta charla. Ahora no me queda más remedio que decirle adiós. He de parar para repostar. Que tenga mucha suerte.

—Gracias —contesta suavemente ella.

Besana coge la salida, risueño y con la esperanza de que en el área de servicio siga estando su camarera preferida. Quién sabe.

11 de diciembre

Antes de ir a la comisaría de Bérgamo tiene que desviarse a Bonate Sotto. Para saludar a Rosa, la hermana de su mujer. No es que le tenga un cariño especial, lo que ocurre es que su marido trabaja en la policía judicial. Giorgio es un tipo despierto, podría echarle un cable.

Cada vez que cruza ciertos pueblos, se le encoge el corazón. Le parecen tan claustrofóbicos… Discutió infinidad de veces con Marina por eso, antes de que lo dejase. Ella no quería vivir en Milán y él no concebía su vida en un chalet de dos plantas con jardín. Hasta que, al final, a Marina le encantó Milán. A lo mejor, si le hubiese hecho caso y se hubiesen mudado a una de esas zonas residenciales del interior de Lombardía, no se habría enamorado de un joven inspector de Hacienda. Que por lo menos la hacía disfrutar de la ciudad como era debido, eso decía, no como él, que siempre estaba en el periódico.

Reconocer la casa de Rosa entre veinte, todas iguales, resulta complicado. A lo mejor es preferible llamarla por teléfono.

—¡Anda, Marco! ¿Qué haces delante de mi casa? Te estoy viendo desde la ventana.

—¿En serio? Y yo que pensaba que me había perdido. ¿Me invitas a un café?

Besana aparca. Está nevando de nuevo y va corriendo hasta el portal. Se sacude los zapatos en un felpudo en el que se lee «Welcome».

Rosa lo abraza, le pasa la mano por el pelo para quitarle unos copos de nieve.

—¡Qué sorpresa! ¿Estás aquí por el homicidio de la rumana?

—Eso mismo.

—Ven, ven. Pasa. Kevin todavía está en el colegio. ¿Ya has comido?

Besana niega con la cabeza. Desde que vive solo, suele cenar comida precocinada, pasta con boletus o pechuga de pollo. Tiempo de cocción, diez minutos. La idea de un plato casero casi lo conmueve.

—Yo tampoco. Venga, te preparo un plato de pasta con lo que haya.

—Gracias.

Su excuñada tiene una cara bonita, muy parecida a la de Marina, pero se le ha ensanchado. Ya solo vive para comer. Su marido y ella hablan exclusivamente de los restaurantes que tienen que conocer. Él no soportaba tener que ir a verlos los fines de semana porque volvía siempre con dos kilos más.

—¿Te apetece una carbonara?

—Me encantaría —responde Besana mientras cruza el salón decorado con muebles étnicos. Como si esa mierda de chalet fuese una casa colonial en Bali o Malindi.

—El domingo pasado vi a tu hijo —le dice cuando entra en la cocina.

—Qué suerte la tuya —responde Besana.

—No digas eso. —Mientras, Rosa pone rápidamente en la mesa un par de manteles individuales aún sucios del desayuno, con un corn flake fosilizado en una esquina y un grumo de mermelada en el centro.

—Marina siempre inventa alguna excusa para que no lo vea —dice Besana.

—No es verdad, ella no tiene la culpa —Rosa vierte aceite en una sartén para calentar el tocino—, lo único que pasa es que Jacopo ya es mayor y el fin de semana prefiere estar con sus amigos. Tiene diecisiete años, es normal.

—Puede —responde Besana, abriendo la nevera como si estuviera en su casa.

—¿Estás buscando la cerveza? La tengo abajo, en la bodeguita.

Besana odia las bodeguitas, pero por una cerveza fría está dispuesto a todo.

Cuando regresa a la cocina, Rosa está batiendo huevos y la mesa está puesta para tres.

—Me acaba de llamar Giorgio, viene a comer. Se alegra de que hayas venido.

Besana sonríe. Perfecto. No va a necesitar pedir ningún favor. Hasta puede fingir que ha pasado para saludar, el tema saldrá de todas formas. Al fin y al cabo, está allí para eso. Giorgio seguramente le preguntará en qué está trabajando.

—Me apetecía un montón una carbonara —dice.

—Y a mí charlar un rato contigo —dice Rosa, volviéndose hacia él—. Nunca vienes por aquí.

—Trabajo —masculla Besana.

—Lo sé, lo sé. Pero estaba a punto de llamarte. Verás, estoy un poco preocupada por Marina. No me parece muy feliz con ese.

Besana se encoge de hombros.

—¿Por qué no te pones en contacto con ella? Con cualquier excusa, no sé, las vacaciones de Jacopo.

Besana menea la cabeza, no le apetece mucho tocar ese tema.

—Ahora ya solo nos hablamos por SMS —responde.

11 de diciembre

Giorgio llega jadeante, con la lengua fuera. Ha tenido que ayudar a un jubilado a poner las cadenas. Bloqueaba la calle, con el automóvil atravesado en medio de la calzada.

—Hay que ver la que se ha montado ahí fuera. Parece que todavía no se han enterado de que existen los neumáticos de nieve. —Pone una mano en el hombro de Besana—. Chico, has traído el sol, ¿eh?

Rosa, con su alegría habitual —ella sí que tiene buen carácter, no como su hermana—, les pide que se sienten.

—La pasta está lista y ahora quiero saberlo todo sobre ese crimen —dice.

Besana sonríe, satisfecho. Puede saltarse las explicaciones previas, eso sí que es suerte.

—Pregúntale a tu marido, que seguro que está más informado que yo —responde.

Giorgio habla con la boca llena. Tiene muchas virtudes, pero no la de la buena educación.

—Una cosa atroz. Este parece un sitio tranquilo, pero aquí hay algún muerto cada mes. Y cuando no es un cadáver, es un desaparecido. Pero este caso ha alterado a todo el mundo. Pobre chica. El que le ha hecho eso solo puede ser un monstruo.

Rosa está muy excitada, quiere saber más.

—Seguid contando.

Su marido menea la cabeza mientras rebaña el plato con un trozo de pan.

—¿No quieres terminar de comer primero?

Ella niega con la cabeza, está muerta de curiosidad.

—La abrieron como a un cerdo y le arrancaron las tripas. Pero como no era un cerdo, sino una chica guapa de veintidós años con todo en su sitio, no se les ocurrió nada mejor que arrancarle también los genitales.

—¿Por qué hablas en plural? —lo interrumpe Besana.

—Porque tamaña carnicería hace pensar en una secta satánica.

—Sí, me lo han dicho y lo han escrito —confirma Besana.

—Pero hay más —añade meditabundo Giorgio.

—¿O sea?

—O sea, canibalismo. También la mordieron.

—¡Dios santo! —grita Rosa, tapándose la boca con la mano.

Besana está muy interesado. Lo de los mordiscos, por ejemplo, no lo sabía.

—¿Canibalismo en grupo? ¿Me estás diciendo que lleva el ADN de quien la probó?

—¡Y un huevo que la probó! Quienquiera que haya sido, se comió un trozo de pierna —responde Giorgio—. En cualquier caso, estamos trabajando en ello.

—Qué raro, de todos modos —reflexiona Besana—. Una secta actúa con más cautela, no deja rastros tan evidentes. Son un poco imprudentes, ¿no te parece?

Giorgio se llena de nuevo el plato.

—Es una secta, no hay duda. También por los alfileres que han encontrado sobre una piedra, que seguro que significan algo.

A Besana se le ha puesto la piel de gallina.

—¿Alfileres?

—Sí, diez. Colocados alrededor de una piedra. Debe de ser una especie de ritual.

—¿Más cosas extrañas?

—Bueno, tenía la boca llena de tierra.

Besana se levanta de golpe de la mesa.

—Perdonad, tengo que hacer una llamada urgente.

11 de diciembre

Ilaria Piatti está en el supermercado; total, la han echado del periódico. Todos estaban un poco nerviosos y le dijeron, con todas las letras, que ahí, aparte de molestar, no podía hacer nada más.

—¿Ni siquiera las leyendas?

Luego miró hacia un lado y vio a una chica nueva, sentada cerca del jefe de redacción. Sus prácticas terminaban dentro de una semana y ni siquiera habían esperado a presentarle un despido formal, vale.

Pero lo que realmente la hiere son las colegas. Ha oído perfectamente sus risas así como todo lo que decían —«¡Qué pintas lleva! Parece salida de la película La tormenta perfecta»—, hablaban en voz baja pero reían con fuerza. «Esa no tiene ninguna posibilidad, y todavía no se ha enterado», decían.

Ilaria ha optado por el supermercado en parte porque tiene la nevera vacía y en parte porque Milán es una ciudad llena de tentaciones. Allí donde vas, te entran ganas de comprar algo. Te empuja al consumismo compulsivo hasta cuando no quieres y no tienes dinero que gastar.

Mientras mira una oferta de seis latas de tomate concentrado —¿Seis? ¿Para qué quiere ella tantas? Además pesan, tendría que cargar con todas hasta la sexta planta de un edificio de los años setenta cuyo ascensor suele estar estropeado—, le suena el móvil. Dios mío, es Besana. Se tropieza y se le caen al suelo dos paquetes de pasta.

—¿Diga?

—Piatti, coja el coche y venga enseguida a Bottanuco. Cuando esté en el pueblo, deme un toque.

—No tengo carnet de conducir.

—¿Quiere ser periodista de sucesos y no tiene carnet de conducir? De acuerdo, entonces coja un tren. Iré a buscarla a la estación. A la de Bérgamo, supongo, si no encuentra otra más cercana. Pero no sé nada de trenes locales. Mire en internet los horarios. Después, llámeme.

—Estoy en un supermercado, no tengo internet en el móvil.

—Mierda. Oiga, es usted una calamidad. ¿Cómo pretende conseguir algo estando tan fuera del mundo?

—Le pido perdón.

—No tiene que pedirme perdón, Piatti. Lo único que tiene que hacer es mover el culo.

—Enseguida encuentro una solución, descuide. Después le llamo, claro.

Ilaria cuelga y se queda un momento así: con el móvil en la mano y una sonrisa boba. Luego mira a su alrededor. Ve a una madre toqueteando su iPhone mientras el niño, sentado dentro del carrito, va abriendo varios paquetes de bollos. Se acerca, con gesto amable.

—¿Señora? Me temo que el niño está buscando la sorpresa.

—Ay, gracias —dice ella—. Cariño, no se abren los paquetes antes de llegar a casa. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?

Ilaria no está acostumbrada a mentir, pero a lo mejor es algo que también debe aprender.

—¿Puedo pedirle un favor? Tengo que mirar el horario de un tren pero mi iPhone está sin batería. Tardo un segundo.

—Por supuesto. —La señora, amable, le tiende el teléfono. Pero la vigila: no vaya a huir con el último modelo.

Ilaria marca rapidísimo. No hay estación en Bottanuco, coño. Solo hay un tren a Bressana Bottarone. ¿Dónde diablos queda eso? Le devuelve enseguida el móvil a su dueña.

—¡Mil gracias!

Abandona las seis latas de tomate concentrado y sale corriendo.

—¿Besana? Solo hay un tren a Bressana Bottarone. Puedo llegar allí a las siete y treinta y seis —dice, comiéndose algunas palabras por la alegría.

—Pero ¿qué pinta Bressana Bottarone? ¡Si eso queda cerca de Pavía! ¿Qué coño ha mirado, Piatti? Yo le buscaré el tren, así acabaremos antes. Joder, ¿ni siquiera es capaz de mirar unos horarios? —Cuelga.

Poco después, Besana la llama:

—Vaya corriendo a la estación. A la Central, ojo, no se equivoque también en eso. Hay un tren local que sale a las seis y diez. Apéese en Verdello-Dalmine. La estaré esperando allí. ¿Se ve capaz?

11 de diciembre

Ilaria Piatti sale de la estación y ve en el aparcamiento un viejo Subaru azul que le hace señales con los faros. Avanza por la nieve deslizándose como una patinadora, con los brazos extendidos para no perder el equilibrio, pero al final resbala y se estampa contra la puerta del coche.

Besana, con un suspiro, la invita a pasar.

—Piatti, no creo que unas bailarinas sean el calzado más apropiado.

Ella se sienta y se frota las manos entre los muslos, para entrar en calor.

—Tengo los pies congelados —dice.

—Me lo imagino. ¿Y su maleta?

—¿Qué maleta?

—Esta noche dormimos aquí, para no perder tiempo. He reservado dos habitaciones en un motel. Vale, le prestaré una camiseta. Si encontramos una farmacia abierta, puede comprarse un cepillo de dientes.

Ilaria lo mira desconcertada. Besana se da cuenta de que está cortada. ¿No pensará que pretende ligársela? Le da por reír.

—Ahora la invitaré a un aperitivo —dice—, con un poco de alcohol entrará en calor.

Ella no habla, mira fijamente el limpiaparabrisas que marca el tiempo como un metrónomo, con un chirrido.

—Para mí el aperitivo es sagrado —continúa Besana—. A esta hora ya puede pasar lo que sea, que me da igual. Lo que quiero es estar tranquilo delante de un vaso de vino blanco, ay de aquel que me moleste.

Ella, siempre muda.

—¿Piatti? ¿Cómo debo interpretar su silencio? ¿Hipotermia?

Ilaria se vuelve hacia él y le sonríe, un poco melancólica.

—Pensaba —responde.

—¿En el caso?

—No, en este oficio. Que es maravilloso incluso con los pies congelados. Qué lástima.

Besana resopla.

—Oiga, Piatti, no la he invitado aquí para consolarla, sino para que me ayude a comprender algo. Si al final su pista nos conduce a algo, le prometo que los artículos estarán firmados por los dos.

Ilaria Piatti pone los ojos como platos, perpleja.

—¿En serio?

—Eso sí, se lo tiene que ganar. Y sepa que ya tengo bastantes jodiendas en la vida. No quiero tener una colega llorona, ¿está claro?

Ella, instintivamente, lo abraza.

—Estoy encantada. No sé cómo darle las gracias. Es lo más bonito que me ha pasado nunca. He leído siempre sus artículos y…

Besana la interrumpe:

—¿Piatti? Sus prácticas han terminado. Desde hoy es usted periodista. Procure no comportarse como una niña. Guarde la compostura, por favor. Si no, doy media vuelta y la llevo a la estación.

—Perdone.

—Ahora busquemos un bar decente. Para que las ideas sean buenas, el vino tiene que ser bueno. Coño, parece que aquí han decretado el toque de queda.

Encuentran una casa de comidas, con bar en la entrada. No es una maravilla, pero Besana está impaciente. Se sientan en un rincón y piden dos vasos de Sauvignon, que llegan con un cuenco de patatas fritas bastante revenidas.

—Explíqueme, pues —dice Besana levantando la copa para brindar—, qué es eso de los alfileres.

—¿Así que había alfileres? —A causa de la emoción, Ilaria vuelca un poco de vino en la mesa de aglomerado.

—Sí, había alfileres —responde con calma Besana—, son agujas de acupuntura, pero podemos considerarlos alfileres, ¿no?

—¿Diez? ¿Colocados en una piedra?

—En efecto. ¿Qué significa?

—Ah, no lo sé.

Besana está a punto de perder la paciencia.

—¿Cómo que no lo sabe? Y entonces ¿por qué coño preguntó por los malditos alfileres?

—Porque, como le decía, este crimen me recuerda a otro.

—¿A ese crimen del siglo diecinueve?

—Sí. En ese caso se trataba de las agujas que usaban las campesinas para sujetarse el pelo, no de nada de acupuntura, por supuesto.

—Prosiga.

—¿Ha oído hablar de Vincenzo Verzeni?

Besana meneó la cabeza.

—Fue el primer asesino en serie italiano de la historia. Aunque no exactamente. Pues antes de él hubo otro, un tal Antonio Boggia, al que llamaron «el monstruo de la calle Bagnera». Boggia mató a bastante gente en Milán, ¿sabe?

—Piatti, no se está usted examinando en la universidad. Vaya al grano, por favor.

—Claro, perdone. Quería decir que…

—Diga y punto, gracias. Y prescinda de las intenciones.

—Pues bien, Boggia mataba a la gente para robarla. No así Vincenzo Verzeni, él mataba por el placer de matar. Disfrutaba mientras estrangulaba a las mujeres, ¿comprende? Lo confesó en el juicio. Y consta en el sumario.

—Alcanzaba el orgasmo así, en pocas palabras.

—En efecto. Y experimentaba aún más placer cuando bebía su sangre. Por casualidad, ¿había mordiscos en el cuerpo de la víctima?

Besana hace un gesto afirmativo. Eso tampoco se podía saber. Él mismo lo ha descubierto hace poco, hablando con su excuñado policía.

—Pues entonces el modus operandi es el mismo. —Ilaria aprieta los puños y los agita delante del pecho—. ¡Yupi!

Besana levanta una ceja. «Se comporta como una perfecta adolescente, va a ser difícil trabajar con ella.»

—¿Y cómo es que lo sabe todo sobre Verzeni?

—Porque de Verzeni se ocupó Cesare Lombroso. Y yo hice un trabajo sobre él para la universidad. Sobre Lombroso, quiero decir.

—Prosiga.

—Era el segundo caso de Lombroso. Pero el primero de la historia, al menos en Italia, en el que se usaba el análisis científico. En cierto sentido, significa el comienzo de la criminología moderna.

—Interesante —comenta Besana.

Ilaria hurga en su mochila y extrae unas hojas arrugadas.

—Aquí tiene. Por eso fui al periódico esta mañana. Porque se lo quería dar.

—¿Su trabajo de la universidad?

—Así puede hacerse una idea. En mi opinión, estamos ante un imitador.

—¿De un asesino en serie del siglo diecinueve?

—No de cualquier asesino en serie. Del primero.

Besana empieza a hojear las páginas.

—Lombroso es un joven psiquiatra que está progresando en su profesión —explica Ilaria—, y se interesa por el caso de este campesino de Bérgamo porque cree que no es un enfermo mental. Lo define como «sádico sexual, vampiro y devorador de carne humana». Lo encuentra lúcido, ¿comprende? Así que busca otras explicaciones para las pulsiones homicidas. A lo mejor pueden remontarse a la epilepsia que padecía la madre o bien a los casos de pelagra que hubo en la familia. Entre las consecuencias de la pelagra había una forma de demencia que Lombroso definía como «cretinismo».

Besana menea la cabeza.

—Piatti, nadie le ha pedido un resumen.

—Perdone.

—Esta noche lo leeré todo. ¿Puedo quedarme con el texto?

—Por supuesto. —Y le sonrió.

8 de diciembre de 1870

Amanece y los campos están envueltos en niebla. Giovanna avanza por el camino, pero si mira hacia atrás todo desaparece. Delante tiene la nada, a cada metro conquista un pequeño espacio visual. Vuelve la cabeza por la falta de perspectiva, pero así también se desorienta. Su padre, que muchas veces lleva las vacas a pastar a la montaña, dice que cuando estás dentro de una nube ya no sabes cuándo bajas o cuándo subes.

Hay un fuerte olor a estiércol y la hierba, cubierta de escarcha, a veces parece amarilla y a veces rosada. Han quedado trozos blancos de la nevada aquí y allá. En este paisaje espectral, los objetos aparecen de repente y casi dan miedo. ¿Qué hay allí abajo? ¿Un animal? ¿Un caballo? ¿Un burro? A través de la niebla, solo se ve una gran sombra oscura. Luego, desde más cerca, se distingue una cabaña con techo de paja, donde alguien guarda herramientas. ¿Y qué hay allí? Avanza, arrebujada en el chal porque hace mucho frío. Ah, es un carro.

Por otro lado, no podía salir más tarde, y eso que, a pleno día, con sol, la caminata hacia Suisio habría sido más agradable. Es la fiesta de la Inmaculada y tiene que llegar a tiempo para ayudar a su madre a preparar la comida. Hoy hay carne. Su padre ha matado un capón para la ocasión. Por una vez, no se comerá solo polenta. En su casa hay demasiados niños, es difícil alimentarlos a todos. Menos mal que a ella la tienen los Ravasio, que la tratan como a una hija.

No ve a sus padres desde hace más de un mes. Pero no está emocionada solo por eso. Camina deprisa, contenta, también porque sabe que a la fiesta vendrá su primo. A lo mejor se casan. Pues sí, le gustaría. Es tan guapo… Y ella tiene ya catorce años, ya es hora. Si no, será demasiado vieja. Aquí pierde un instante el equilibrio, ha resbalado en un montón de nieve. Se endereza, se coloca bien el pañuelo, que se le había torcido y le había tapado media cara, comprueba que no se le ha perdido la imagen de Pío IX que lleva siempre al cuello. Un regalo de su abuela, para que Dios la proteja. En ese instante oye un ruido.

Se vuelve, pero solo hay niebla, delante y detrás, a derecha e izquierda. Reanuda su camino, más rápido. Ahora oye pasos. Mejor así, este trayecto tan vacío y silencioso le daba un poco de miedo. Levanta una mano para saludar a la sombra que se acerca. En Bottanuco ella ya conoce a todo el mundo, aunque se ha criado en Suisio. Pero cuando ve que cojea y comprende que se trata de Vincenzo Verzeni, ya no se alegra tanto. Es un hombre raro. Toda la familia es rara.

Una vez vio a la madre de Vincenzo revolcándose en el suelo y babeando, parecía poseída por el demonio. Se fue a casa corriendo, aterrorizada. Por suerte, en la casa de los Ravasio estaba el médico. El doctor le explicó que el demonio no tenía nada que ver; esa mujer solo estaba enferma de epilepsia, había que tratarla con sanguijuelas. Giovanna se fio, pero, de todas formas, la familia Verzeni no le gustaba.

Justo el día anterior se había encontrado con Maria Previtali, estaba muy nerviosa. Contaba que la acababa de agredir Verzeni, que la había arrastrado hasta una calle oscura. Le dijo que tuviera cuidado. Pero Giovanna no la creyó. «Esa mujer acaba de salir del manicomio. Se inventa las cosas.»

Él se acerca, ella aprieta el paso. No puede echarlo del camino. Los caminos son de todos. Él la saluda y le pregunta adónde se dirige. Ella baja la mirada. «A Suisio», responde. No quiere darle confianza. Pero al mismo tiempo no puede evitar volverse para mirar la hoz que lleva Verzeni. ¿Va a trabajar al campo incluso el día de la Inmaculada? Al menos tendría que sujetarla bien. Podría hacerle daño. Pero Verzeni anda cojeando justo al lado de ella, la hoja en medio, casi rozándole la falda. Llega un momento en que Giovanna no aguanta más y se lo dice: «Aparta eso de mí, por favor, que vas a desgarrarme el vestido. Es mi mejor traje, como me lo rompas, te mato».

Dos días después, el sábado, en la granja de los Ravasio hay inquietud. La señora va de un lado a otro, rozando el suelo con el borde de la falda negra. No deja de repetirle a su marido que le parece muy raro que Giovanna no haya regresado aún. La chica, por muy joven que sea, siempre es muy clara. Si dice una cosa, la cumple. Y le había asegurado que iba a quedarse en Suisio solo un día. A ver, ella de todos modos puede quitarse el corsé, la ayuda la cocinera, y es capaz de peinarse sola. Pero está preocupada, para ella es como una hija. Está preocupada porque el día anterior, Battista Mazza, un campesino, volvió corriendo al pueblo para contarle a todo el mundo que había un lobo. Había visto las tripas de un cordero en el hueco de una morera. Al anochecer, la señora Ravasio le suplica a su marido que coja la escopeta y que vaya con un campesino a ver qué ha sido de la chica. Pobre niña, Dios santo. Sola, con aquella bestia rondando por ahí.

Giovanni Battista Ravasio no tiene que recorrer mucho camino. La encuentra bajo un cobertizo no lejos de la finca, tirada en el suelo, desnuda, salvo por la media que aún lleva en la pierna izquierda. El cuerpo está como cortado en dos y vaciado de los órganos internos. La boca está abierta y llena de tierra. Corre a llamar a los demás.

Comienza el desfile. Todo el pueblo acude a ver el cadáver. Y la gente murmura. Así que las entrañas no eran de un cordero, eran de Giovanna. Así que no ha sido un lobo. Todo el mundo reparó en los diez alfileres colocados de forma geométrica sobre una piedra. ¿Qué clase de ritual macabro es? ¿Qué demonio puede haber hecho algo así? Poco después, en la cabaña, alguien encontró la imagen de Pío IX que la chica llevaba al cuello. Sobre el techo de paja, trozos de una pantorrilla. La gente se disemina por todas partes para encontrar más piezas espantosas de aquel rompecabezas. Infinidad de quinqués alumbran las calles oscuras de Bottanuco y los campos aún más oscuros: ha empezado la atroz búsqueda del tesoro. Un zapatero anciano, junto con su nieto, halla la ropa debajo de un montón de trigo. Una mujer recoge en la nieve el pañuelo de la cabeza, estaba delante de la iglesia de Bottanuco.

Nadie quiere acostarse. Los hombres hablan hasta muy entrada la noche. Lo que más sorprende es que un crimen así pueda haberse cometido en un sitio tan cercano a un camino concurrido, y además un día festivo, mientras la gente iba y volvía de la iglesia. Por añadidura, debajo de un cobertizo abierto y visible incluso desde lejos. Los diez alfileres colocados de manera geométrica seguramente significan algo. Casi parecen un símbolo esotérico. ¿El asesino ha querido dejar un mensaje? ¿Y por qué?

Las mujeres también hablan. Corre el rumor de que le han arrancado los órganos genitales. Pero antes, ¿qué le hicieron?

Vincenzo Verzeni va a ver el cadáver, como todo el mundo. Solo que un poco más tarde, cuando ya lo han tapado con una sábana. Y luego vuelve a su casa, sombrío. Le cuenta a su madre que está muy impresionado, hasta el punto de que no le apetece comer. Todo el pueblo está impresionado. Nadie ha visto nunca algo así. Ni siquiera los lobos hacen semejante destrozo.

11 de diciembre

En ese momento, Besana se da un manotazo en la barriga y anuncia que tiene hambre. Tuerce la cabeza para señalar el salón que hay detrás.

—¿Qué dice? ¿Nos conformamos con esta tasca o prefiere un restaurante de postín?

Ilaria Piatti baja la mirada. Le da vergüenza decir que no puede permitirse un restaurante de postín. Pero no necesita decir nada, porque Besana ya se ha dado cuenta de su situación.

—No se preocupe, paga el periódico. Pediré factura para una sola persona. Todos sus gastos están cubiertos.

Piatti le da las gracias, con timidez.

—Ni siquiera declaro el IVA.

Besana le da una palmada afectuosa en el hombro.

—¿Y cree que yo no lo sabía? ¿Cómo alguien que no tiene carnet de conducir ni un smartphone iba a declarar el IVA? Elija una mesa, venga. Está nevando demasiado, no merece la pena perderse por los campos en busca de vete a saber qué.

—Esa que está cerca de la chimenea —responde Piatti.

—Una chica romántica —comenta guiñándole un ojo. Pero se trata de un guiño irónico y afectuoso. No vaya a hacerse ideas raras.

Piden una botella de tinto de la casa y una bandeja de polenta con queso fundido.

—Cuénteme lo de ese crimen —dice Besana—, me refiero al de 1870.

Piatti, que no está acostumbrada a beber y ya está un poco achispada, se arranca con un relato pormenorizado. Le da tanto miedo quedar mal, que habla como si tuviese un micrófono delante; parece la simulación de un reportaje para la televisión. Besana la escucha con atención hasta el final, sin interrumpirla en ningún momento.

—Increíble —comenta—. Entre otras cosas, Giovanna Motta era camarera como Aneta Albu. Eso significa que no elige las víctimas al azar.

—Sé poco sobre Aneta Albu —dice Ilaria—, solo que era rumana, porque ha salido en todos los periódicos. Creía que era prostituta.

—No, no. Era la cuidadora del notario Lecchi, un viejo de noventa y cuatro años que está postrado en una silla de ruedas, de manera que podemos descartarlo como sospechoso. La desaparición fue denunciada por la hija, Giulia Maria Lecchi, y por el marido de esta, Franco Vimercati.

—¿Edad? —pregunta Ilaria.

—Bueno, Giulia debe de tener unos sesenta. Pero está casada con un hombre más joven, de unos cincuenta.

—¿Sospechoso?

—Podría ser —responde Besana.

—Y la víctima, ¿cuántos años tenía?

—Aneta tenía veintisiete años y un hijo de tres, que está en Rumanía con los abuelos. No hay marido ni novio oficial. De momento, sabemos poco, solo disponemos de datos básicos. Para digerir bien la polenta lo mejor es acompañarla con un amaro, por lo menos.

Ilaria pone los ojos como platos. No está acostumbrada a beber así. Habrá que llevarla al motel en brazos. Pero Besana insiste.

—Tráiganos dos, gracias —le pide a la camarera.

—Puede que me siente mal.

—Descuide, vomitará mañana, cuando le enseñe las fotos del escenario del crimen. Ahora hay que brindar: ¡tenemos una gran exclusiva, Plasta!

—¿Por qué ese apodo?

—Es un apodo cariñoso —responde Besana. Luego consulta la hora—. Solo son las nueve y media, nos da tiempo a escribir el artículo.

—¿Ahora?

—Claro, ¿no querrá que nos roben la idea? Seguro que la historia de Verzeni es muy conocida por aquí, cualquier otro podría descubrir la relación. Salgo para llamar al jefe de redacción, aquí hay demasiado ruido.

—Retrasaremos el cierre, nos matará.

—Plasta, si se elige la crónica negra, no hay que tenerle miedo a nada.

11 de diciembre

Besana y Piatti están escribiendo su primer artículo a cuatro manos en el iPad, en una taberna, a las diez de la noche. Para terminar antes, le dictan las frases a Siri, un programa que debería ser inteligente pero que, como suele ocurrir, lo entiende todo al revés.

—Venga, reléame el artículo. No nos podemos fiar de Siri. La muy gilipollas no acierta una sola palabra —dice Besana.

—«Giovanna Motta, catorce años. Le mintieron ir a visitar…»

—¡Le «permitieron» ir a visitar! ¡Corríjalo! Si no, creerán que hemos escrito el artículo borrachos —ordena Besana.

—Pues sí.

—Ja, hace falta mucho más para que yo me emborrache. Lo que pasa es que me ha tocado un software alcoholizado.

—Suisio se ha convertido en «sucio»anuncia Piatti levantando la cabeza de la pantalla.

—Corrija y prosiga leyendo, a este paso el periódico tendrá que cerrar a medianoche.

Ilaria Piatti, diligente, lee:

—«Mañana sale todas bien abrigada del carcinoma de la familia Ravasi donde presta servicio, y se dirige Passerini 20 por el camino seis campos cubiertos de nieve. A Isola llegará nadie volverá a verla viva.»

Besana se lleva la mano a la frente. Luego, desesperado, levanta un brazo y pide el tercer amaro a la camarera.

—Ay, mierda, habríamos tardado menos si lo hubiésemos escrito nosotros. Y encima tienen la cara de anunciarlo como un asistente personal. Menudo timo. Me daba menos problemas usted, Plasta. Que ya es decir.

Ilaria ríe, se lo está pasando muy bien. Besana tiene un carácter espantoso, pero es generoso y simpático, hay que reconocerlo. Y además es un hacha en lo suyo, no comprende por qué quieren prejubilarlo, cuando en realidad solo tiene cincuenta y ocho años.

Después de enviar el artículo, que ha sido un auténtico calvario por culpa de Siri, se dirigen al motel. A Ilaria la vence el sueño en el automóvil, pero la vence el sueño con una sonrisa. Es el primer artículo de su vida, y lo ha escrito a cuatro manos con una firma histórica. Más exactamente, con su periodista de sucesos preferido, con su mito. Y encima ha empezado con una exclusiva, no está nada mal. A lo mejor todavía le queda alguna posibilidad de seguir en el periódico.

Besana la despierta con un manotazo en el brazo.

—Hemos llegado, Piatti. Tenga la bondad de entrar por su propio pie, porque yo ya tengo unos cuantos años y si la llevo en brazos me da un infarto.

Ella se estira y bosteza. Se calza las bailarinas empapadas y juntos se dirigen a la recepción.

La portera es una mujer obesa con el pelo color platino. Les recoge los documentos sin dejar de comer Cheetos y de mirar la televisión.

—Las habitaciones son temáticas. La única que queda libre es Pétalos.

—Pero habíamos reservado dos —protesta Besana.

—Aquí no consta. Solo tenemos una con cama de matrimonio. Pétalos, como digo. Decorada con pétalos de rosa.

Besana y Piatti se miran.

—Le advierto que ronco —dice Besana.

—Yo también —responde Piatti, y se encoge de hombros.

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