La saga del Sol negro
Según la leyenda, quien posea las cuatro esvásticas se convertirá en el dueño del mundo.
Thule Borealis Kulten
RESUMEN DEL PRIMER VOLUMEN, EL TRIUNFO DE LAS TINIEBLAS
El Tíbet, 1939
Una expedición de las SS, enviada al Tíbet por orden directa de Heinrich Himmler, descubre en una gruta una cruz gamada de varios milenios de antigüedad. La primera de las cuatro reliquias sagradas de la leyenda.
Ha sido hallada gracias al Thule Borealis, un libro antiguo robado a un librero judío durante la Noche de los Cristales Rotos. Según ese manuscrito, cada una de las esvásticas proporciona un poder extraordinario a su poseedor. La tenencia de las cuatro otorga la dominación absoluta.
España, 1941
Karl Weistort, coronel de las SS y director de la Ahnenerbe, instituto de investigación científica y esotérica nazi, saca de una cárcel franquista a Tristan Marcas, un francés miembro de las Brigadas Internacionales. Juntos viajan hasta el castillo de Montsegur para tratar de encontrar la segunda esvástica mítica. Ayudados por Erika von Essling, la arqueóloga favorita de Himmler, se enfrentan a Laure d’Estillac, joven aristócrata francesa, a cuya familia pertenece el castillo.
Londres, 1941
James Malorley, comandante del Servicio de Operaciones Especiales (SOE), nueva unidad secreta de choque, informado de la existencia del Thule Borealis y de las investigaciones esotéricas nazis, convence al primer ministro británico, Winston Churchill, del poder oculto de las reliquias y obtiene luz verde para organizar una operación de recuperación en Montsegur.
Montsegur, mayo de 1941
Los ingleses logran apoderarse de la segunda reliquia con la ayuda de Tristan, que trabaja para ellos como agente doble y ha conseguido endosar una esvástica falsa a los alemanes. Laure d’Estillac, a cuyo padre han asesinado los SS, huye a Inglaterra con el diezmado comando. El coronel Karl Weistort, gravemente herido, entra en coma.
Berlín, junio de 1941
La (falsa) reliquia obtenida en Montsegur y el Thule Borealis son depositados en el castillo de Wewelsburg, santuario de los SS. Tristan trabaja con Erika, nombrada directora interina de la Ahnenerbe. El francés recibe la Cruz de Hierro de manos del mismo Himmler por los servicios prestados al Reich.
Frente del Este, 22 de junio de 1941
Creyéndose invencible, Hitler invade Rusia. Las matanzas en masa de judíos y civiles están a punto de empezar. Aprovechando la apertura de un segundo frente, Inglaterra intenta recuperar la iniciativa.
Prólogo
Creta
Otoño de 1941
Llevaban mucho tiempo esperándolo. Toda su vida, y más, porque también sus padres lo esperaron. Y los padres de sus padres. Desde que se tenía memoria en el pueblo, sabían que iba a llegar.
No sabían cuándo ni quién, pero, tras siglos de espera, sabían que había llegado el día.
O más bien la noche.
La noche de la sangre.
Los cinco campesinos se deslizan sigilosamente entre los olivos. En la oscuridad, un olivo parece una persona. Tiene su altura y, con frecuencia, su forma. Aunque el viento lo haya inclinado y torcido, puede ocultar a un hombre. Un hombre que necesita escuchar. Escuchar la oscuridad. La oscuridad nunca es silenciosa. A quien quiere oírla, le susurra una y otra vez la misma palabra: Xeni! Xeni! Xeni!
«Los invasores.»
Guerreros venidos del norte, con las testas cubiertas por cascos de acero. Venidos a ensuciar su tierra y robar el tesoro sagrado que un extranjero confió a los lugareños. Un extranjero llegado de las regiones boreales, de la noche de los siglos.
Los cinco campesinos no tienen la menor duda: los hombres rubios que se pasean ante ellos son los bárbaros descritos por la antigua profecía.
Ha empezado a soplar una brisa suave y perfumada, que hace susurrar a los olivos. Una música ancestral, apacible, ensuciada también por la presencia de los invasores.
Antes de tener nombre, esos parásitos son ruido, el de las botas que pisotean la tierra y las culatas que golpean las caderas: el ruido de la guerra y la muerte en movimiento.
Pero a veces la muerte cambia de dirección.
Detrás de los olivos, los campesinos se han movido. Ahora necesitan ver. Ver cuántos son los invasores.
Uno, dos, tres.
Ver los cañones de los fusiles que acaban de apoyar en la pared, la llama del mechero, el chisporroteo de las brasas de los cigarrillos. Ver convertirse en hombres a los soldados. Justo antes de morir.
Los cinco campesinos se han adiestrado para dar muerte a quien se atreva a desafiar la prohibición. Como sus padres y los padres de sus padres antes de ellos.
No son simples labradores, son «fílacos». Guardianes.
Todos de ascendencia divina. Nacidos en Creta, la isla de la miel, la tierra elegida por la madre de Zeus para traer al mundo al padre de los dioses.
Y los fílacos manejan el kyro como nadie en Creta. El kyro, el temible puñal cuya hoja presenta una muesca en forma de gota pintada de rojo. La última gota de sangre que debe quedar en el cuerpo del enemigo.
Ocultos detrás de los olivos, los cinco fílacos observan a los guerreros del norte y sonríen en la oscuridad. Su primer adversario acaba de desabrocharse el cinturón y quitarse la guerrera. Hace un calor sofocante, al que no está acostumbrado. Sus compañeros y él son hijos de un país frío, tan frío como sus corazones.
Tienen la piel blanca.
Pero no por mucho tiempo.
Uno de los fílacos cruza la linde del olivar. Abre el kyro, que tiene el mango de cuerno, el resorte perfectamente lubricado y la hoja ennegrecida con carbón, para evitar que brille. Los demás lo siguen. Una jauría que prepara los colmillos.
Los invasores están de espaldas. Inclinados sobre un pozo. No oirán nada. Sus oídos están pendientes del cubo, que vuelve a subir golpeando la pared. Han pasado sed todo el día. Y ya no escuchan más que a su deseo.
Han olvidado que son invasores.
Solo oyen la promesa del agua.
El primer fílaco surge de la oscuridad.
El jefe de la manada.
Se queda quieto, oye chocar el cubo contra el brocal y golpea.
El kyro está tan afilado que se hunde entre las costillas sin encontrar resistencia, y el dolor es tan fuerte que el extranjero ni siquiera grita. Clava los ojos en las estrellas como si nunca las hubiera visto. Y la noche los inunda. Se derrumba sin hacer ruido. Los soldados han hundido las manos y los labios en el cubo. Están sordos a su destino. Las hojas penetran profundamente en sus cuellos. Lo último que notarán es el extraño sabor del agua, el de su propia sangre, que acaban de beber.
Ahora los extranjeros son cadáveres, que los fílacos colocan alrededor del pozo, formando una estrella.
Después se santiguan, no para pedir perdón, sino porque lo peor está por venir.
Dan la vuelta a los cuerpos.
Los kyros se detienen justo debajo del esternón, y entonces hienden la carne, que se abre como una boca húmeda.
A continuación, los fílacos hunden la mano en ella.
Y buscan.
Cuando vuelven a erguirse, un olor acre y dulzón asciende del suelo.
Tánatos.
Para que un enemigo muera del todo, hay que quitarle algo más que la vida.
PRIMERA PARTE
Antes de Hitler, estaba yo.
ALEISTER CROWLEY
La idea de encarnar en su persona al mesías alemán era la fuente de su poder. Le permitió convertirse en el líder de ochenta millones de seres humanos.
WALTER SCHELLENBERG,
Al servicio de Hitler,
memorias del jefe del espionaje nazi
1
Sur de Inglaterra
Southampton
Noviembre de 1941
La línea del horizonte se difuminaba en el cielo plomizo. Una cortina de lluvia se abatía sobre el plateado mar. El boletín meteorológico del almirantazgo no se había equivocado: el mal tiempo seguía viniendo del sudoeste. De Francia. Solo eran las tres de la tarde, pero la capitanía del puerto ya había encendido los faros de seguridad. El viento, todavía flojo, iba a arreciar.
En el puerto de Southampton, el más importante del sur de Inglaterra después de Portsmouth, había mucha actividad. Enjambres de barcos de todos los tonelajes entraban y salían de las tres dársenas principales. Desde el estallido de la guerra, los cargueros y los navíos militares habían sustituido a los legendarios transatlánticos y a los veleros de lujo. El fantasma del Titanic se había desvanecido definitivamente. Desde Southampton ya no se iba de crucero, se iba a la guerra.
En la cabina de pilotaje del Cornwallis, el capitán Killdare observaba el ballet de las grúas sobre la cubierta principal. La carga de las últimas cajas no acababa, el barco debería haber zarpado hacía más de dos horas. El oficial quería abandonar el estuario a la mayor brevedad y doblar la isla de Wight antes de un posible raid de la Luftwaffe. Aunque la intensidad de los bombardeos había disminuido desde finales de mayo —Inglaterra había ganado la batalla del aire gracias a sus escuadrillas de Spitfire—, los alemanes seguían lanzando advertencias contra blancos estratégicos tanto militares como civiles. Southampton y Portsmouth continuaban recibiendo su ración de fuego y acero. Inmovilizado en el puerto, el Cornwallis era una presa fácil para los buitres del gordo de Goering.
Irritado por el retraso, Killdare descolgó el teléfono interior y llamó al responsable de la bodega.
—Maldita sea, Matthew, ¿qué están haciendo tus estibadores? ¿Queréis pasaros la noche aquí?
—Una caja más y ya está, capitán. El gato de la grúa se ha encasquillado por culpa del maldito aceite sintético.
—Conque ha sido cosa del aceite, ¿eh? ¿Y por qué no una acción de sabotaje de los nazis, ya puestos? Te diré lo que pienso: los estibadores se lo toman con calma hasta en tiempos de guerra.
El capitán Killdare colgó aún más enfadado que antes. En realidad llevaba de mal humor una semana. Desde su visita a las oficinas del armador en el centro de la ciudad, donde, para su gran estupefacción, el director de operaciones marítimas de la Cunard Line lo había puesto al cargo del Cornwallis, un crucero de poco tonelaje con destino a Nueva York.
Un crucero… ¡Odiaba esos barcos!
Antes de la guerra, su especialidad habían sido los cargueros. Gozaba de una reputación excelente en todos los mares del globo porque era capaz de llevar a buen puerto cualquier mercancía. Valiosa o no. Los armadores se peleaban para contratarlo desde que había salvado un cargamento en peligro de naufragio frente a Macao, aun después de que parte de la tripulación hubiera abandonado el barco a toda prisa.
Y ahora lo reclutaban para ponerlo al mando del Cornwallis, que ni siquiera era un paquebote de clase A, del estilo del Queen Mary. El Cornwallis debía transportar material de alta tecnología a Estados Unidos. Una nueva estrategia ideada por el Estado Mayor. Un oficial de la flota del Atlántico, presente durante el encuentro, había justificado la elección: «Los submarinos U-Boot que cazan en grupo en el Atlántico escogen como presa los convoyes militares y los grandes cargueros. Los torpedos son demasiado valiosos para malgastarlos con los barcos de transporte civil».
La puerta de la cabina se abrió con un desagradable chirrido y dejó entrar a un individuo alto cubierto con un impermeable marrón claro. Llevaba un sombrero de fieltro flexible en la mano. A modo de bienvenida, Killdare le lanzó una mirada glacial.
—Buenos días, capitán. Soy John Brown —dijo el intruso con voz tranquila—. Encantado de conocerlo.
El marino miró a Brown con desconfianza. Le habían advertido de su llegada. Un pez gordo, según la dirección de la Cunard. Tenía unos cincuenta años y la cara delgada y pálida característica de los burócratas londinenses que pululan por los ministerios y los bancos. Su nombre olía a seudónimo que apestaba. Olía a problemas. El capitán gruñó un «buenos días» y aceptó la mano del sonriente cincuentón, que estrechó la suya con inesperada fuerza.
—¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó Killdare en el tono más frío posible.
—¿Cuánto cree que tardará en zarpar?
—Una media hora, diría yo.
—Perfecto. Uno de mis subordinados embarca con ustedes para este viaje. ¿Podría encargarse de que esté cómodo?
El capitán se encogió de hombros.
—¿Se refiere al barbudo maleducado que apesta a tabaco, no suelta una maletita precintada con un plomo y ocupa el camarote 35B? Se le tratará con toda la consideración que merece su condición de pasajero de la cubierta superior, ni más ni menos. Ahora, si no le importa, tengo que sacar un barco del puerto. Transmitiré su petición a mi segundo. Que tenga un buen día.
El marino se volvió para poner fin a la conversación y empezó a examinar los manómetros del tablero de mandos. Pasaron unos cuantos segundos, pero la puerta de la cabina no se movió.
—No nos hemos entendido bien, capitán…
Killdare se volvió. Tenía un carnet militar con la foto del señor Brown delante de las narices: «Comandante James Malorley, división estratégica, ejército de Tierra».
—Verá —continuó el comandante—, ese pasajero, el barbudo maleducado, es mi ayudante. Está en una misión confidencial de la mayor importancia para el Gobierno británico. Sería deseable que, durante su estancia en su barco, le diera todas las facilidades posibles. Advierta que uso el condicional por educación.
Killdare se irguió. Había servido cuatro años en la Royal Navy y, como acto reflejo, adoptaba la posición de firmes ante un oficial superior.
—Perdone, comandante, debería haberse presentado antes. Con los raids de los boches estoy un poco nervioso. Cuanto antes zarpe, antes me calmaré.
—La semana pasada desmantelaron una red de espías alemanes en Portsmouth; hay oídos por todas partes. Tengo una carta para usted. —El comandante Malorley le tendió un sobre de plástico amarillo precintado con el sello del gabinete del primer ministro—. Son sus instrucciones, ábralas cuando esté en alta mar. Comprobará que provienen de la más alta autoridad. Léalas atentamente. El tipo maleducado, el capitán Andrew, vendrá a explicarle de qué se trata.
—Si la misión es tan importante, ¿no es peligroso implicar a civiles? Llevo una treintena de pasajeros a bordo. Ya sé que estamos en guerra, pero considero que usar a inocentes como tapadera no es… jugar limpio.
Malorley sonrió.
—¿Y cree usted que Hitler y su banda juegan limpio? Ese sentimiento le honra, pero no se preocupe por los pasajeros, todos son profesionales. Conocen los riesgos. Además, dos submarinos lo escoltarán durante toda la travesía. Con absoluta discreción, se lo aseguro. Le esperan fuera del puerto. —En el puesto de pilotaje, una sirena sonó dos veces: la señal del final de la carga enviada por el segundo de a bordo—. Bueno, veo que ha llegado el momento de zarpar. Le deseo buena suerte. —El comandante se quedó mirando al capitán unos instantes—. Si le dijera que tiene en sus manos el futuro de esta guerra, ¿me creería?
—Si tuviera que juzgar por la pinta de su subordinado, apostaría mi paga de un año a que no. Pero hoy en día todo es posible, como hablar con un comandante del ejército que se llama señor Brown o ver bailar a Europa al son de un fulano que usa el mismo bigote que Charlot. Llevaré su dichoso cargamento a buen puerto aunque tenga que atravesar el mar de los Sargazos y enfrentarme a Neptuno en persona.
El comandante le dio una palmada en el hombro y salió de la cabina abrochándose el impermeable: la temperatura había bajado varios grados y la humedad penetraba por el cuello de la camisa.
Cuando puso el pie en el muelle mojado, la sirena del Cornwallis resonó en la dársena. Unos empleados del puerto en mono amarillo mostaza soltaban las amarras y las lanzaban a los marineros que se afanaban en la cubierta.
El comandante James Malorley, alias señor Brown, oficial del SOE, observó la negra roda del Cornwallis, que se alejaba lentamente del muelle. Qué ironía… El barco elegido para transportar la esvástica sagrada, la primera de las cuatro reliquias que había pasado al bando de los aliados, llevaba el nombre del jefe de los ejércitos ingleses durante la guerra de la Independencia estadounidense. Lord Cornwallis, el enemigo jurado de George Washington.
Un fuerte olor a fuel llenó el aire: el barco viraba en redondo para encarar la proa hacia el canal. En las profundidades del casco, las máquinas gruñían a bajas revoluciones.
Malorley lanzó una última mirada al buque, se ajustó el sombrero de fieltro sobre la cabeza y dio media vuelta para dirigirse hacia la capitanía, donde lo esperaban el Amilcar y, en su interior, Laure d’Estillac.
No quería admitirlo, pero se sentía aliviado viendo partir la esvástica hacia la otra orilla del Atlántico, a miles de kilómetros de allí. Sus compañeros del SOE y él se habían jugado la vida para arrancársela a los nazis de las garras. Y algunos la habían perdido.
El rostro de Jane surgió del fondo de su mente. Una y otra vez volvía a ver la expresión sorprendida, casi infantil, de la joven agente cuando la alcanzó la ráfaga de una metralleta alemana. Su cabello rubio ondulaba en el resplandor de los focos enemigos. Había caído lejos, en algún lugar del sur de Francia, muy cerca de los Pirineos. En tierra de herejes, en un campo de Montsegur, en el sitio exacto en el que los cátaros habían muerto en la hoguera siglos antes. No pudo hacer nada para salvarla. Huyó como un cobarde para poner a salvo la reliquia.
Malorley aún guardaba el recuerdo del beso que le había dado Jane cuando huían del castillo. Un beso largo, como si la valerosa joven supiera que sería el último.
Los primeros goterones salpicaron el muelle. El comandante se estremeció y se apretó el pañuelo alrededor de cuello. El agua que empezaba a gotear de su sombrero desdibujó la cara de Jane y lo dejó a solas consigo mismo.
Malorley era uno de esos hombres solitarios que han renunciado a una vida normal. Sin mujer, sin hijos, sin perro siquiera, solo vivía para cumplir con su deber. Por decisión, no suya, sino del destino, que lo había lanzado en pos de las reliquias. Presentía que no era más que una pieza en un tablero en el que se jugaba una partida secreta que lo superaba. Una partida que había durado milenios. ¿Una pieza valiosa o un simple peón? No tenía la menor idea. Sabía en cambio que, antes de él, otros, de otras épocas y otras civilizaciones, se habían abrasado el alma en ese juego.
Apretó el paso. La capitanía estaba al otro lado de la dársena y no quería llegar empapado al coche.
De pronto, en el puerto sonó una sirena estridente. La sangre se le aceleró en las venas y los músculos de sus piernas se accionaron de forma automática. Desde el comienzo de la guerra, para la mayoría de los ingleses esa reacción se había vuelto instintiva. Malorley corrió por el muelle hasta perder el aliento. No le quedaban más que unos minutos de vida. No era la sirena de un barco, sino la de la defensa antiaérea. Un aullido que anunciaba el regreso del águila alemana. Y su cruel vuelo era promesa de sangre, fuego y muerte.
2
Creta
Cnosos
Noviembre de 1941
Karl se despertó gritando. Al instante, buscó la pistola, que había dejado junto a la cama. Cuando sintió las cachas bajo la palma de la mano, el ritmo de su corazón se normalizó. Al menos dejó de percibir los insoportables latidos que le martilleaban los oídos cada vez que despertaba en mitad de la noche, con la boca seca y jadeando. El miedo. Había tenido que ir a Creta para conocer esa sensación inidentificable. Miedo a la muerte, a la noche, a lo desconocido… Ya ni siquiera sabía a qué temía más. Él, que nunca había manejado otra cosa que la pala y el pincel en las zonas de excavación, ahora solo creía en el arma que empuñaba. Y además tenía sed. A todas horas. Aunque ya era pleno otoño, en Creta hacía un calor insoportable. Sobre todo por la noche. Y él aún podía considerarse afortunado: tenía un alojamiento de obra, una de las casas requisadas de la isla. Pero para los soldados que vivían en tiendas, la mayoría de las noches el sueño solo era un lejano recuerdo. Y el trabajo se resentía.
Había pedido varias veces a Berlín que le mandaran refuerzos —el terreno de excavación seguía creciendo—, pero su jefe, el coronel Weistort, había resultado herido de gravedad durante una misión. Además, en Alemania, Creta ya no le interesaba de verdad a nadie. Ahora que millones de soldados alemanes se habían lanzado a la conquista de Rusia, todos los ojos estaban puestos en el Este. Era una marea irresistible que no tardaría en inundar Moscú. Karl Häsner se levantó meneando la cabeza. La política no le interesaba. Y la guerra, menos. En cuanto a los nazis… En el fondo los despreciaba. Él era un intelectual, no tenía nada en común con aquellos exaltados que vociferaban en los estadios, con aquellos SS uniformados de negro que daban taconazos, y menos aún con aquel retaco con bigote que chillaba como un condenado. ¿Cómo era posible que Alemania hubiera caído en sus manos? Karl hundió la cabeza en el agua tibia del lavabo como si quisiera quitarse una mancha. En realidad era un tramposo. Mientras miles de jóvenes alemanes morían en el frente oriental, él pasaba delicadamente un cepillo de dientes por el dorso de un ánfora. En lugar de unirse al ejército, había utilizado sus títulos para conseguir que lo reclutara la Ahnenerbe, el instituto de investigación de Himmler. Arqueólogo oficial en vez de cadáver en ciernes.
Karl se echó a temblar.
Creía haber escapado de la muerte.
Aquello era peor.
Una sola cosa aliviaba la angustia que lo despertaba en mitad de la noche: el estudio. En el piso de arriba, el antiguo propietario había acondicionado como biblioteca una sala que tenía unas ventanas tan estrechas como las saeteras de un torreón. Seguramente para protegerla del viento glacial del invierno y del agobiante sol estival. Pero para Karl aquella habitación se había convertido en un santuario. En cuanto entraba en ella, se sentía seguro. Las paredes cubiertas de libros y los estantes llenos de piezas antiguas le devolvían la sensación de estar en un mundo sin violencia ni amenazas. Una fantasía, lo sabía, pero se agarraba a ella con todas sus fuerzas, aunque siempre tenía el arma al alcance de la mano. Frente a la puerta se alzaba una larga mesa de madera, en la que Karl reunía los hallazgos más valiosos de las excavaciones.
El equipo de arqueólogos de la Ahnenerbe había llegado al yacimiento de Cnosos en junio, cuando los paracaidistas alemanes, pese a los violentos combates, aún no habían asegurado toda la isla. Y se puso manos a la obra de inmediato. A Himmler le fascinaba la leyenda del Minotauro y su laberinto, y quería encontrar su rastro a toda costa. Para sorpresa de Karl, no había manifestado el menor interés por el resto de los tesoros arqueológicos de Grecia. Deseaba resultados concretos y rápidos. Bastaron unas semanas para llevar a cabo descubrimientos extraordinarios. Las piezas más raras aún estaban allí. Karl debería haberlas enviado a Berlín, pero no se resignaba a separarse de ellas. En un mundo en guerra, aquellos fragmentos de frescos, en los que se veían adolescentes nadando con delfines, aquellas estatuas de diosas con pechos de mármol y las muñecas entrelazadas con serpientes, toda aquella belleza, inmóvil y serena, se había vuelto absolutamente vital para él.
En la mesa le esperaba una pieza. Ovalada y con un ribete cincelado con delicadeza, habría podido pasar por un espejo de mano de no haber sido de oro macizo. Era la primera vez que el equipo se hacía con un objeto de un metal noble. Lo habían encontrado en la esquina entre dos muros de ladrillo, sobre un lecho de cenizas, aunque no parecía que lo hubieran arrojado allí o perdido, sino que lo hubieran colocado de forma intencionada. A modo de ofrenda. Karl lo hizo brillar bajo la lámpara. ¿Cuánto tiempo haría que no había visto la luz del sol? Siglos y siglos, seguramente, y sin embargo parecía recién salido de las manos del orfebre. Karl se fijó en un orificio realizado con esmero en el borde superior. Sin duda, para pasar una cadena. ¿Sería una joya que una mujer se habría quitado del cuello para ofrecerla a los dioses? ¿O un objeto de culto que solo se llevaba durante ceremonias sagradas? Karl suspiró. La sensación de opresión que tenía desde que se había levantado empezaba a atenuarse. La belleza podía más que el miedo. Sin embargo, una marca lo inquietaba, pues la superficie del objeto no era totalmente lisa. El artesano había grabado un símbolo. Un símbolo que lo invadía todo.
Una esvástica.
Karl la miraba fascinado. Se resistía a la tentación de acariciarla con el dedo, como si temiera que un oscuro poder surgido de la noche de los tiempos lo contaminara. ¡Qué ocurrencia! Meneó la cabeza. Él era arqueólogo, no médium. Su trabajo consistía en analizar e interpretar, no en desvariar. Aún tenía sed. Debería bajar a la cocina, beber agua e intentar dormir. Era mejor que no siguiera trabajando en plena noche, o acabaría viendo cosas que no debería ver. Sin embargo, permanecía inmóvil, paralizado ante aquel símbolo que no lo dejaba tranquilo. ¿Por qué alguien, hacía miles de años, había sentido la necesidad de grabar aquel signo con tanto esmero? ¿Cuál era su significado? ¿Y su valor? Y sobre todo, ¿cómo había atravesado aquella cruz las edades y reaparecido en plena Alemania, bordada en el centro de todas las banderas? Esa era la verdadera pregunta. Karl tenía una especie de oscuro presentimiento. La siniestra sensación de que aquel símbolo, olvidado durante siglos, no había resucitado porque sí. Durante su largo eclipse, había aprovechado para acumular energía, para llenarse de poder. Y ahora estaba listo para actuar.
Karl se tocó la frente. Tenía fiebre. Esa era la explicación. ¿Cómo iban a ocurrírsele ideas tan irracionales, si no? Con un movimiento brusco, le dio la vuelta al objeto, como para conjurar un hechizo. Al día siguiente lo enviaría a Berlín. Himmler estaría encantado. Se entusiasmaba ante la cruz gamada más insignificante. En cuanto a él, se acabaron los delirios absurdos y los miedos inmotivados.
Definitivamente.
Un puñetazo sacudió la puerta de la calle y resonó en el primer piso.
—¡Herr Häsner!
Karl corrió a la ventana y, por el estrecho vano, vio a dos soldados iluminados por una antorcha. Llevaban los uniformes de cualquier manera y las armas en la mano. Volvió junto a la mesa, guardó el objeto con cuidado en una caja numerada y lo metió en un cajón, que cerró con llave. Cada movimiento era de una precisión exagerada. Sin atreverse a confesárselo, retrasaba el momento fatal en que tendría que volverse. ¿Y si ya no estaba solo en la biblioteca? ¿Y si entre la escalera y él se alzaba una sombra?
—¡Herr Häsner! ¡Abra! ¡Rápido!
La madera de la puerta resonaba como una pandereta. Ya no tenía elección. Se volvió de golpe. La habitación estaba vacía. La cruzó en tres zancadas, se lanzó escaleras abajo y corrió hasta la puerta. Hizo girar la llave. Los dos soldados aparecieron ante él. Parecían aterrorizados.
—¡Ha vuelto a ocurrir!
El pueblo se alzaba muy cerca de la zona de excavación. Estrechas callejas formadas por casas bajas, entre las que solo sobresalía la cúpula azul de la iglesia. Los soldados de guardia habían instalado un foco que barría hasta el último rincón. Asustado por su cegadora luz, un perro interrumpió su ronda y desapareció en un callejón. Los vecinos permanecían escondidos detrás de los postigos. Solo se veía al pope, que rezaba arrodillado ante un toldo arrugado. Karl se detuvo en seco. El oficial de guardia se acercó a él y, sin saludarlo, lo cogió del brazo y se lo llevó aparte.
—¡Otros tres!
—¿Los han encontrado aquí?
—No, a la salida del pueblo. Habían ido a por agua.
—¿En plena noche?
—La zona está infestada de rebeldes. Tememos que envenenen las fuentes públicas, así que vamos a coger agua a pozos apartados. Y a un sector distinto cada vez.
Häsner se pasó la mano por la frente. Le ardía. Para disimular su malestar, señaló el toldo con el dedo, confiando en que no le temblara la mano.
—¿Por qué no los han dejado allí? Se habrían podido encontrar indicios, pruebas…
—¿Pruebas? ¡Están aquí! Toda la población es cómplice. Es quien informa a los partisanos. ¡Esta vez tiene que pagarlo! ¡Y caro!
Al instante, Karl se imaginó el pueblo sometido a represalias. Y su misión, definitivamente comprometida.
—¿Cómo han encontrado a sus hombres?
El oficial, un capitán, retrocedió un paso.
—Por los perros. En este maldito país se mueren de hambre. Han debido de oler la sangre y, como no paraban de ladrar, una patrulla ha ido a investigar y…
—Es suficiente. Enséñemelo.
Un soldado apartó al pope de un culatazo. La luz del foco bañaba la arpillera, una mugrienta tela de yute, que otro militar apartó mientras se apresuraba a volver la cabeza.
Al principio, Karl no comprendió. Los cuerpos parecían haber sido pisoteados, apaleados y luego desgarrados en todas direcciones. Se acercó. Carne. Carne que empezaba a ennegrecerse. Y no se distinguía nada. Ni articulaciones ni órganos. Todo parecía roído, triturado, desmenuzado. Pese al asco, se agachó. El cráneo de uno de los cadáveres había reventado por varios sitios. Los fragmentos de hueso habían salpicado el rostro. Karl le hizo señas al capitán para que se acercara.
—Pero ¿qué ha pasado?
El capitán se aclaró la garganta.
—Cuando hemos llegado, los perros se habían vuelto locos, herr Häsner. Era imposible recuperar los cuerpos. Así que hemos tenido que disparar, primero al aire y luego…
Karl buscó con la mano un lugar en el que apoyarse, pero no encontró ninguno.
—Los cadáveres… Pónganlos a disposición del médico militar. Que les practique la autopsia. Si aún puede.
Ahora el pueblo parecía un campamento sitiado. Pelotones de soldados bloqueaban las calles que llevaban al exterior. Grupos itinerantes vigilaban las casas que daban a los olivares. Había vehículos con los faros encendidos apuntando a las fachadas, y el foco instalado en la plaza escrutaba con su ojo inquisitivo las viviendas de los notables.
—La zona está totalmente acordonada, capitán.
El oficial asintió. El espectáculo podía empezar. A su lado, Karl manifestó su inquietud.
—¿Qué va a hacer? ¿Castigar a todo el pueblo? Las excavaciones necesitan ineludiblemente a los nativos. ¿Cómo conseguiremos víveres sin ellos? Esta búsqueda es prioritaria; lo sabe, ¿verdad?
El capitán señaló la calavera que lucía en el cuello de la guerrera.
—Pertenezco a las SS, y acaban de matar a tres de mis hombres. Así que yo también voy a buscar, casa por casa.
—Sabe perfectamente que si son partisanos ya estarán lejos. No los encontrará.
—A ellos no, pero a sus familiares sí.
—¿Y qué hará?
—Tomar rehenes. Una mujer y un niño por familia.
—¿No pensará matar a civiles? —exclamó el arqueólogo, aterrado.
—No hará falta: las lenguas se soltarán enseguida.
—¿Está seguro? —replicó Karl.
—Por supuesto. Sobre todo cuando haya fusilado al pope, al alcalde y a todo el consejo municipal.
El hospital de campaña se hallaba a cierta distancia del pueblo. Un grupo de tiendas, rodeado por una cerca de alambre espinoso, en el que un equipo de médicos y enfermeras cuidaba a los últimos soldados heridos que aún no habían sido repatriados a Alemania. Los combates de los paracaidistas alemanes para conquistar la isla habían sido de una violencia extraordinaria, y el cementerio adyacente al hospital estaba lleno de tumbas cavadas hacía poco. Al ver aquellos montículos de tierra que se perdían en la noche, Karl apretó el paso. Se dirigía a la tienda K. Era allí donde habían depositado los restos de los soldados asesinados en el pueblo de Cnosos.
—¿Herr Häsner?
Apoyado en un poste, un hombre con bata blanca se fumaba un cigarrillo soltando lentamente volutas blancas que se deshilachaban en la oscuridad.
—Entre, los cuerpos están en la tienda.
Iluminados por una lámpara de queroseno, los tres cadáveres descansaban en una larga mesa manchada de sangre seca.
—Hace mucho que no se limpia —comentó el médico, como si la desidia se hubiera convertido en una tradición.
—¿Cómo los mataron? —quiso saber el arqueólogo, comprendiendo al instante que su pregunta era ridícula.
El médico arrojó el cigarrillo al suelo y lo pisó concienzudamente.
—Imposible determinarlo. Los cuerpos han sufrido demasiados daños.
Karl se aclaró la garganta.
—Antes de que los perros los atacaran, ¿estaban…?
—¿Vivos, quiere decir? No, ya habían muerto. De lo contrario habrían intentado protegerse la cara. Es un reflejo innato, incluso cuando estás gravemente herido. Y dado que las manos y los antebrazos no presentan marcas de mordedura…
—Gracias a Dios… —dejó escapar Karl.
El médico se encogió de hombros.
—Ahora que ha dado las gracias a Dios por dejar que unos perros devoraran a estos pobres diablos, ¿qué tal si me explica qué hace usted aquí? El problema de la seguridad es competencia de los militares, no de los arqueólogos, ¿no es así?
—Sí, pero quien debe rendir cuentas al Reichsführer Himmler soy yo. Así que o estamos ante un espantoso aunque simple ataque de los partisanos, y no debo informar, o estamos ante otra cosa. —Como el forense guardaba silencio, Karl insistió—: Si por ejemplo usted hubiera apreciado señales de golpes que producen lesiones características… —El médico se puso unos guantes y se acercó a los cadáveres—. O heridas de bala cuyo calibre no fuera el del ejército alemán…
—Ninguno de estos hombres ha sido abatido por disparos de un arma de fuego, estoy seguro —respondió el médico, e hizo una seña a Karl para que se acercara. Cada cuerpo era una sangrienta tierra de labor—. Mire. Justo ahí. —Karl se inclinó hacia el amasijo de tejidos putrefactos y vísceras hechas jirones. Lo único que advirtió, aparte del insoportable olor, fue un agujero más ancho y profundo que los demás—. Y lo mismo ocurre con los otros dos cuerpos. Yo que usted informaría a Himmler.
—¿Y qué le digo? —replicó Karl, irritado—. ¿Que he visto un agujero en mitad de un apestoso montón de carne?
—Dígale que a tres de sus hombres les han arrancado el hígado.
3
Sur de Inglaterra
Southampton
Noviembre de 1941
Laure volvió la cabeza hacia la casamata de hormigón, rematada por una sirena de color rojo vivo. El aullido había cesado al mismo tiempo que la lluvia, más breve de lo que ella esperaba. Caminó hacia el soldado de guardia apostado ante la puerta, que se estaba quitando el casco en forma de plato vuelto del revés.
—¿Qué pasa?
—No se preocupe, señorita. Solo es un simulacro. Todo va a volver a la normalidad.
Junto a la casamata había una batería de cañones de la defensa antiáerea, reconocible por su largo cañón, orientado hacia el cielo. El soldado que estaba sentado en la torreta le silbó y le lanzó un piropo, que la chica no comprendió.
Laure d’Estillac suspiró y encendió un Morland mientras recorría con la mirada el muelle que llevaba a la dársena D, donde fondeaba el Cornwallis. Malorley le había prometido que no la haría esperar hasta que el barco zarpara. Con la falsa alarma, el comandante volvería antes de lo previsto.
Laure había preferido esperarlo en el coche, frente a la capitanía. La atmósfera brumosa de los puertos, el aire yodado, viciado por el aceite y el fuel, los marineros que apestaban a mar revuelta y cieno, aquello no era lo suyo. Ella era una chica de montaña, criada al aire libre y acostumbrada a los grandes espacios.
Se apoyó en el capó del Amilcar y aspiró el humo casi empalagoso del cigarrillo. Desde su llegada a Inglaterra, su consumo de tabaco se había disparado, y sin embargo nunca se había sentido tan fuerte. El entrenamiento intensivo del SOE había remodelado su cuerpo y endurecido su alma. Cuatro meses de sufrimiento, disciplina y privaciones, que habían sido otras tantas pruebas iniciáticas. Laure, última descendiente del linaje cátaro de los Estillac, había dejado de existir. En su juventud en tierras occitanas solo soñaba con espléndidos castillos, apuestos caballeros y amores corteses. Ella se veía como una princesa, pero la locura de los hombres la había transformado en una guerrera. En el SOE le habían enseñado el perverso arte de destruir, de dar muerte e infligir sufrimiento de todas las formas posibles. La joven y montaraz aristócrata se había transformado en una mujer nueva. Más dura, más segura de sí misma.
Con un nombre de guerra. Matilda. Agente Matilda.
Odiaba ese sobrenombre insulso y había exigido otro más elegante. En vano: en el SOE no perdían el tiempo con esas coqueterías. Si Laure había desaparecido, Matilda aún sentía el veneno de la venganza corriendo por sus venas. Su padre yacía en la mansión familiar de Montsegur, a mil kilómetros de allí. Asesinado por los nazis. Y ahora su hija había hecho suya la divisa del SOE: hundir el acero en la carne del alemán. Matilda solo pensaba en una cosa: volver a Francia para cumplir el destino que le habían impuesto.
Los chasquidos de unos zapatos resonaron en el suelo mojado. Su superior llegaba a la carrera, con la cara encendida.
—¡No corra, comandante, solo era un simulacro, como en los entrenamientos! —le gritó divertida.
Como era frecuente en los ingleses, la piel blanca de Malorley adquirió enseguida un tono sonrosado francamente bonito. Aliviado, el jefe del SOE aflojó el paso y se quitó el fular.
—¿El comandante Malorley ha cumplido su misión?
—Hecho. Con la ayuda de Dios, el Cornwallis llegará a la bahía de Chesapeake dentro de siete días. Los guardacostas estadounidenses irán a recoger el objeto para guardarlo Dios sabe dónde. Espero sinceramente que esa maldita reliquia incline la balanza hacia nuestro lado.
—Ya no estamos solos frente a Hitler. Desde que invadió Rusia, Stalin se ha convertido en nuestro nuevo aliado.
—Sí, pero eso no es suficiente. Según las últimas noticias, los Panzer amenazan con plancharle los bigotes. Si los estadounidenses entraran en la guerra para combatir a nuestro lado… Entonces sí que habría alguna posibilidad de que se volvieran las tornas.
—¿Por qué el Cornwallis no deja la reliquia en el puerto de Nueva York?
—Nuestros amigos estadounidenses prefieren ser prudentes. Han avistado submarinos alemanes frente a Manhattan. Y creen…
No pudo terminar la frase porque la sirena volvió a sonar.
—Esto empieza a cansar —dijo Laure mirando a los dos soldados que subían a toda prisa a la torreta del cañón de la defensa antiaérea.
Un hombre que llevaba una guerrera beis salió corriendo de la capitanía y chocó con Laure.
—¡Eh, tenga más cuidado! —le gritó la chica.
—¡Los alemanes están aquí! ¡Escóndanse allí, en los refugios del cuartel de bomberos!
Un zumbido sordo hizo vibrar el aire húmedo. Laure y Malorley volvieron la cabeza hacia la entrada del puerto y divisaron una bandada de grandes pájaros negros en el cielo.
—¡Mierda! —masculló Malorley.
Oyeron un rugido. Un caza Messerschmitt BF-109 que se había adentrado en el canal se lanzó hacia ellos. Apenas les dio tiempo a arrojarse al suelo antes de que dos ráfagas acribillaran el asfalto a unos metros del Amilcar y alcanzaran de lleno al tipo que había empujado a la francesa.
El caza pasó bramando sobre sus cabezas. Volaba tan bajo que Laure vio el fular blanco del piloto. Cuando se disponían a levantarse, una enorme explosión pulverizó el edificio de la capitanía. Un diluvio de piedras, astillas y fragmentos de cristal azotó el suelo. Por todas partes se oían gritos. Malorley ayudó a Laure a levantarse; por la frente de la chica caía un hilillo de sangre.
—¡Laure!
—No es nada, una simple esquirla. Peor lo pasé en el entrenamiento.
Una espesa humareda negra se extendía por el puerto e impedía ver más allá de unos cuantos metros. El aire apestaba a aceite quemado. Laure sentía que le iban a estallar los pulmones. Sobre su cabeza, el fragor crecía por momentos. Se estaban ensañando. A diez metros de ellos, los cañones antiaéreos escupían obuses hacia el cielo.
Un hombre envuelto en llamas salió tambaleándose de lo que había sido un hangar. Tras recorrer unos metros, se detuvo y cayó al suelo retorciéndose como una lombriz. Se oyó otra explosión, esta vez procedente de la dársena principal. Un chorro de espuma les mojó los zapatos.
Malorley sacó los prismáticos de la guantera del coche e intentó localizar el barco a través de las nubes de humo. En la negruzca muralla se abrió una brecha, y la sangre se le heló en las venas.
—¡El Cornwallis!
El barco estaba escorado a estribor. De la gruesa chimenea brotaba un denso penacho gris. A su alrededor todo eran llamas y desolación: justo ante la boca de la ensenada, dos cargueros, alcanzados de lleno, se hundían en las oscuras aguas del puerto. Montones de marineros se arrojaban al agua por todas partes. En el momento en que el Cornwallis recuperó el equilibrio, un aullido extraño taladró el cielo.
Dos bombarderos Junker JU 87, o Stukas,[1] reconocibles por sus alas plegadas hacia arriba, se lanzaron en picado sobre el puerto. Malorley se quedó petrificado. La última vez que había visto aquellas máquinas infernales en acción había sido en Madrid, durante la guerra
