Sangre fría (Inspector Pendergast 11)

Lincoln Child
Douglas Preston

Fragmento

Índice

Índice

Sangre fría

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Nota de los autores

Notas

Biografia

Créditos

Lincoln Child dedica este libro

a su hija, Veronica

Douglas Preston dedica este libro a

Marguerite, Laura y Oliver Preston

Capítulo 1

1

Cairn Barrow, Escocia

A medida que ascendían por la desolada loma del Beinn Dearg, la gran hostería de piedra de Kilchurn Lodge se desvaneció en la oscuridad; solo el cálido resplandor de sus ventanas titilaba en la bruma. Cuando alcanzaron el risco, Judson Esterhazy y el agente especial Aloysius Pendergast se detuvieron, apagaron las linternas y aguzaron el oído. Eran las cinco de la mañana, faltaba poco para las primeras luces del amanecer; era casi la hora a la que los ciervos empiezan la berrea.

Ninguno de los dos habló. Mientras esperaban, el viento susurró entre la hierba y las rocas agrietadas por las heladas. Pero nada se movió.

—Hemos llegado muy temprano —dijo por fin Esterhazy.

—Puede —murmuró Pendergast.

Sin embargo, aguardaron mientras la luz gris del amanecer se alzaba por el horizonte de levante silueteando los pelados picos de los montes Grampianos y envolviendo los alrededores con su monótono manto. Lentamente, el paisaje que los rodeaba fue surgiendo de la oscuridad. La hostería de caza, torres y muros de piedra rezumantes de humedad, quedaba lejos, detrás de ellos, entre abetos, maciza y silenciosa. Enfrente se alzaban los terraplenes de granito del Beinn Dearg, que se perdían en la negrura. Un arroyo se derramaba por sus flancos y caía en una serie de cascadas a medida que se abría paso hasta las oscuras aguas del Loch Duin, trescientos metros más abajo y apenas visible en la penumbra. Un poco por debajo de ellos, a su derecha, comenzaba la vasta extensión de páramos conocida como el Foulmire, sembrada de hilillos de bruma con los que ascendía el ligero olor a descomposición y a metano de las aguas estancadas entremezclado con el empalagoso aroma del brezo.

Sin decir palabra, Pendergast se echó nuevamente el rifle al hombro y continuó su camino hacia la cresta. Esterhazy, con rostro sombrío e inescrutable bajo su gorra de cazador, lo siguió. Más arriba tuvieron una vista completa del Foulmire, el traicionero páramo que se perdía en el horizonte, delimitado al oeste por las extensas y negras aguas de las grandes Insh Marshes.

Al cabo de unos minutos, Pendergast levantó la mano y se detuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó Esterhazy.

La respuesta no llegó del agente especial sino en forma de un extraño sonido, terrible e inhumano, que surgió de un valle oculto a la vista: el berrido de un ciervo en celo. Su eco resonó en las montañas y marismas como el alarido de un condenado. Era un sonido lleno de rabia y agresividad que se repetía mientras los ciervos recorrían los brezales y los páramos luchando —a menudo hasta la muerte— para hacerse con el harén de hembras.

El berrido fue respondido por otro, más próximo, que llegó de las orillas del lago, y después por un tercero, más lejano, proveniente de unas lomas distantes. Los berridos se superponían unos a otros y estremecían el paisaje. Los dos hombres escucharon en silencio, fijándose en cada sonido y tomando nota de su dirección, timbre y fuerza.

Esterhazy habló por fin; su voz apenas se oía con el sonido del viento.

—El del valle es un monstruo.

Pendergast no dijo nada.

—Propongo que vayamos tras él.

—El del páramo es aún mayor —susurró Pendergast.

Se hizo un breve silencio.

—Ya conoces las normas de la hostería en cuanto a adentrarse en el páramo.

Pendergast hizo un gesto despectivo con su blanca mano.

—Yo no soy de esos a los que les preocupan las normas, ¿y tú?

Esterhazy apretó los labios y no dijo nada.

Esperaron mientras el gris amanecer teñía de rojo el cielo de levante y la luz empezaba a abrirse paso por el duro paisaje de las Highlands.

Más abajo, el Foulmire era un páramo de negras lagunas unidas por surcos de agua estancada, ciénagas y lodazales repartidos entre engañosos prados y cañadas rocosas. Pendergast sacó del bolsillo un pequeño catalejo, lo extendió y examinó el paisaje. Al cabo de un rato se lo pasó a Esterhazy.

—Está entre la segunda y la tercera quebrada, a unos ochocientos metros al interior. Un macho solitario. No hay hembras cerca.

Esterhazy observó con gran concentración.

—Parece que tiene una cornamenta de doce puntas.

—Trece —susurró Pendergast.

—El del valle sería mucho más fácil de seguir. Podríamos cubrirnos mejor. Dudo que tengamos la menor oportunidad de dar caza al de los páramos. Aparte del riesgo de adentrarse en ese terreno, nos vería desde kilómetros de distancia.

—Nos acercaremos siguiendo una línea de visión que pasa a través de la segunda quebrada y la mantendremos entre ella y el ciervo. El viento está a nuestro favor.

—Aun así, ese terreno es muy traicionero.

Pendergast se volvió hacia su compañero y, durante unos incómodos segundos, contempló en silencio su rostro distinguido y de pómulos marcados.

—¿Tienes miedo, Judson?

Esterhazy, momentáneamente sorprendido, descartó el comentario con una risita forzada.

—Claro que no. Simplemente pienso en nuestras posibilidades de éxito. ¿Por qué perder el tiempo en una caza infructuosa por el páramo cuando tenemos un ciervo igual de magnífico esperándonos en ese otro valle?

Sin responder, Pendergast metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda de una libra.

—Escoge —dijo.

—Cara —repuso Esterhazy a regañadientes.

Pendergast lanzó la moneda al aire y la recogió en la palma de la mano.

—Cruz. El primer disparo es mío.

Pendergast empezó a descender por la ladera del Beinn Dearg. No había sendero, solo piedras sueltas, hierba, liquen y pequeñas flores silvestres. A medida que la noche cedía al alba, las capas de bruma se tornaron más espesas y se acumularon en la parte baja del páramo, arremolinándose alrededor de los riachuelos y las quebradas.

Caminaron silenciosa y sigilosamente hacia el límite del páramo. Cuando llegaron a una pequeña hondonada en la base del Beinn, Pendergast alzó la mano y se detuvieron. Los ciervos tienen los sentidos muy desarrollados; si no querían que ese los oliera, viera u oyera, debían ser muy cautos.

Pendergast se arrastró hasta el borde de la hondonada y se asomó. El ciervo se hallaba a unos mil metros; caminaba lentamente por el páramo. Como si respondiera a una señal, el animal levantó de pronto la cabeza, olfateó el aire y soltó un nuevo y atronador berrido que resonó entre las rocas antes de apagarse. A continuación, agitó la cornamenta y siguió paciendo entre la hierba.

—¡Dios mío! —susurró Esterhazy—. ¡Es un monstruo!

—Tenemos que movernos rápido —dijo Pendergast—. Se está adentrando en el páramo.

Bordearon la hondonada cuidando de mantenerse ocultos hasta que el animal quedó tapado por una pequeña quebrada. Entonces giraron y se aproximaron utilizando el montecillo como cobertura. Los bordes del páramo se habían endurecido tras el largo verano, por lo que pudieron avanzar rápida y silenciosamente, utilizando los blandos montículos de hierba como escalones. Llegaron al socaire de la colina y se agacharon. El viento seguía soplando a su favor; oyeron un nuevo berrido, señal de que el ciervo no había detectado su presencia. Pendergast se estremeció: aquel sonido se asemejaba inquietantemente al rugido de un león. Tras indicar con un gesto a Esterhazy que no se moviera de allí, trepó hasta el borde de la colina y se asomó con cautela entre un montón de piedras.

El ciervo se mantenía a la misma distancia, con el hocico al viento, moviéndose inquieto. Agitó la cabeza, sus astas brillaron, y soltó otro berrido. Trece puntas y al menos un metro y pico de cornamenta. Era extraño que, estando la temporada tan avanzada, aquel animal no hubiera reunido un numeroso harén. Algunos ciervos nacían y morían solitarios.

Se hallaban demasiado lejos para disparar. Un buen tiro no era suficiente; no se podía malherir a un animal de semejante talla. Tenía que ser un disparo certero.

Retrocedió hasta donde se encontraba Esterhazy.

—Está a unos mil metros. Demasiado lejos.

—Eso es exactamente lo que me temía.

—Parece muy seguro de sí mismo —comentó Pendergast—. Como nadie caza en el páramo, no está todo lo alerta que debería. Tenemos el viento de cara, él se está alejando..., creo que podríamos intentar acercarnos a campo través.

Esterhazy meneó la cabeza.

—Ese terreno parece condenadamente traicionero.

Pendergast señaló una zona arenosa cercana, donde se veían algunas huellas del ciervo.

—Seguiremos su rastro. Si alguien conoce el camino en el páramo, es él.

Esterhazy se dio por vencido.

—Tú primero.

Descolgaron sus rifles y, agachados, se encaminaron hacia el ciervo. Ciertamente, el animal estaba distraído: olfateaba el aire que soplaba del norte y no prestaba atención a lo que sucedía a su espalda. Sus constantes berridos ahogaban cualquier ruido que los dos cazadores pudieran hacer en su aproximación.

Avanzaron con las mayores precauciones, deteniéndose cada vez que el animal vacilaba o se volvía. Lentamente, la distancia que los separaba se fue reduciendo. El ciervo seguía adentrándose en el páramo, guiándose al parecer por su olfato. Continuaron avanzando en el más completo silencio, sin poder hablar, agazapados, con su ropa de camuflaje perfectamente adaptada al entorno. El rastro del animal recorría ondulaciones de terreno firme y serpenteaba entre viscosos lodazales y zonas herbosas. Ya fuera por lo traicionero del terreno, por los nervios de la persecución o por cualquier otro motivo, la tensión en el ambiente crecía por momentos.

Poco a poco consiguieron situarse a distancia de tiro: doscientos cincuenta metros. El ciervo se detuvo una vez más, se colocó de lado y olfateó el aire. Con un gesto mínimo, Pendergast indicó que se detuvieran, se tumbó en el suelo, boca abajo, y apuntó a través de la mira telescópica de su rifle H&H .300. Esterhazy permaneció detrás, a unos diez pasos, en cuclillas, quieto como una estatua.

Pendergast situó el punto de mira justo en la base del cuello del animal y acarició lentamente el gatillo.

Estaba haciendo eso cuando notó el frío contacto del acero en la nuca.

—Lo siento, viejo amigo —dijo Esterhazy—. Coge el rifle con una sola mano y déjalo a un lado. Sin brusquedades.

Pendergast obedeció.

—Ahora, levántate. Despacio.

Pendergast lo hizo.

Esterhazy, sin dejar de apuntar al agente del FBI con su fusil de caza, dio un paso atrás. De repente se echó a reír y sus carcajadas resonaron en el páramo. Con el rabillo del ojo, Pendergast vio que el ciervo, sobresaltado, salía corriendo con grandes saltos y desaparecía en la bruma.

—Había confiado en no tener que llegar hasta este punto —dijo Esterhazy—. Después de tantos años, es una lástima que no lo dejaras correr.

Pendergast no dijo nada.

—Seguramente te estarás preguntando de qué va esto.

—La verdad es que no —repuso Pendergast con voz neutra.

—Soy el hombre al que andabas buscando: el desconocido del Proyecto Aves. La persona de quien Charles Slade no quiso decirte el nombre.

No hubo reacción.

—Te daría una explicación más detallada, pero ¿para qué? Lamento tener que hacer esto. Comprenderás que no es nada personal.

Pendergast seguía sin reaccionar.

—Reza lo que sepas, hermano.

Esterhazy alzó el rifle, apuntó y apretó el gatillo.

Capítulo 2

2

Un débil clic sonó en el húmedo aire.

—¡Mierda! —exclamó Esterhazy apretando los dientes.

Abrió el cerrojo del rifle, hizo saltar la bala defectuosa y lo cerró rápidamente para cargar una nueva.

Clic.

Pendergast recogió su arma de un salto y apuntó con ella a Esterhazy.

—Tu estúpida estratagema ha fallado. Sospeché de ti desde que me enviaste aquella torpe carta preguntándome qué armas llevaría. Me temo que la munición de tu rifle ha sido manipulada. Y así se cierra el círculo: desde las balas de fogueo que metiste en el rifle de Helen, hasta las balas de fogueo que hay en el tuyo.

Esterhazy seguía manipulando desesperadamente el cerrojo; con una mano expulsaba las balas de fogueo y con la otra buscaba munición de recambio en su morral.

—Estate quieto o te mato —dijo Pendergast.

El otro hizo caso omiso, extrajo la última bala, puso una nueva y cerró la escopeta.

—Muy bien. Esto va por Helen. —Pendergast apretó el gatillo.

Se oyó un ruido hueco.

Pendergast comprendió de inmediato lo que pasaba y retrocedió rápidamente; consiguió refugiarse tras unos peñascos justo cuando Esterhazy abría fuego. El proyectil rebotó en la piedra y levantó esquirlas. Pendergast retrocedió aún más, arrojó su rifle y desenfundó el Colt .32 que había cogido por si acaso. Se levantó, apuntó y disparó, pero Esterhazy ya se había puesto a cubierto al otro lado de la colina. Sus disparos de contraataque se estrellaron contra las piedras que Pendergast tenía delante.

Los dos se hallaban a cubierto, cada uno a un lado de la loma. La risa de Esterhazy sonó de nuevo.

—Parece que tu estúpida estratagema también ha fallado. ¿De verdad creías que te dejaría salir con un rifle en condiciones? Lo siento, viejo amigo, pero desmonté el percutor.

Pendergast estaba tumbado de costado, pegado a la roca, respirando pesadamente. Habían llegado a un punto muerto. Cada uno se encontraba a un lado de la pequeña colina. Eso significaba que quien llegara arriba primero...

Se puso en pie ágilmente y empezó a trepar a cuatro patas por la ladera. Alcanzó la cima en el mismo momento que Esterhazy: se enzarzaron en una lucha feroz y cayeron rodando pendiente abajo, en un desesperado abrazo. El agente del FBI apartó de un golpe a Esterhazy y apuntó la pistola hacia él, pero este la desvió con el cañón de su rifle. Ambas armas entrechocaron cual espadas y se dispararon a la vez. Pendergast agarró el cañón del rifle con una mano y después con la otra, para lo cual tuvo que soltar la pistola. Forcejearon.

La lucha continuó. Cuatro manos aferrando el mismo rifle, tirando y empujando, intentando hacerse con él. Pendergast inclinó la cabeza, clavó los dientes en la mano de su rival y le desgarró la carne. Con un aullido, Esterhazy le dio un fuerte cabezazo, obligándolo a retroceder, y le asestó una patada en el costado. Rodaron entre las piedras, su ropa de camuflaje se desgarró.

Pendergast logró meter el dedo en el gatillo del rifle y disparar hasta vaciar la recámara. Luego soltó el arma y lanzó un puñetazo contra la cabeza de Esterhazy en el mismo momento en que este le golpeaba en el pecho con la culata. Pendergast agarró el rifle con ambas manos e intentó arrebatárselo, pero Esterhazy, en un movimiento sorpresa, tiró del agente y le propinó una patada en la cara; faltó poco para que le partiera la nariz. Todo quedó salpicado de sangre; Pendergast cayó hacia atrás y sacudió la cabeza para recobrar el sentido. Esterhazy se lanzó sobre él y lo golpeó nuevamente en el rostro con la culata. A través del aturdimiento y la sangre, Pendergast vio que sacaba más balas del morral y que cargaba el rifle con ellas.

Apartó el cañón de una patada y el disparo salió desviado. Rodó a un lado para recoger la pistola que había dejado caer y disparó, pero Esterhazy ya se había refugiado tras la loma.

Aprovechando la momentánea tregua, Pendergast se puso en pie de un salto y corrió colina abajo; cada poco se daba la vuelta y disparaba, obligando a Esterhazy a mantenerse a cubierto mientras él seguía corriendo. Cuando llegó a la base de la loma, se dirigió hacia una hondonada y la densa niebla lo envolvió al instante.

Entonces se detuvo. Estaba rodeado de lodazales. El terreno bajo sus pies parecía temblar cual gelatina. Tanteó con el pie hasta que halló tierra firme y siguió adentrándose en el páramo, saltando de montículo en montículo y de roca en roca, intentando esquivar las charcas de arenas movedizas al tiempo que ponía la mayor distancia posible entre él y su perseguidor. Mientras corría y saltaba oyó varios disparos provenientes de la colina, pero ninguno le pasó cerca. Esterhazy disparaba al azar.

Hizo un giro de treinta grados y aminoró el paso. En el páramo, aparte de algunos esporádicos montones de piedras, había pocos lugares con los que cubrirse. La niebla iba a ser su única protección. Eso significaba permanecer agachado.

Siguió caminando todo lo rápidamente que la prudencia le aconsejaba; a menudo se detenía para tantear el terreno con el pie. Sabía que Esterhazy lo estaba siguiendo; no tenía elección. Y era un rastreador formidable, tal vez mejor incluso que él. Mientras avanzaba, sacó un pañuelo del morral y se lo llevó a la nariz para cortar el goteo de sangre. Notaba que tenía una costilla rota, fruto de la pelea. Se maldijo por no haber comprobado su rifle antes de salir. Las armas habían estado cerradas con llave en el armero de la hostería, como exigían las reglas; Esterhazy tenía que haber recurrido a alguna treta para sabotearle el rifle. Bastaban un par de minutos para desmontar un percutor. Había subestimado a su adversario; no volvería a hacerlo.

De pronto se detuvo y examinó el terreno. Allí, en una pequeña extensión arenosa, vio las huellas del ciervo cuyo rastro habían seguido. Aguzó el oído y se volvió para mirar por donde había llegado. La niebla se alzaba en el páramo formando volutas ascendentes que dejaban entrever el interminable y yermo paisaje con las montañas al fondo. La loma donde habían luchado estaba envuelta en bruma; no vio a su perseguidor por ninguna parte. Una penumbra grisácea lo invadía todo, pero hacia el norte reinaba una extraña oscuridad surcada ocasionalmente por algún relámpago. Se avecinaba tormenta.

Recargó el Colt y se adentró en el páramo siguiendo el leve rastro del ciervo. El animal recorría un camino solo conocido por él, esquivando ingeniosamente los lodazales y las charcas de arenas movedizas.

Aquello no había terminado. Esterhazy le pisaba los talones. Solo había un desenlace posible: uno de ellos no saldría de allí con vida.

Capítulo 3

3

Pendergast siguió las débiles huellas del ciervo, que serpenteaban entre las temblorosas aguas encharcadas del páramo, siempre en terreno firme. A medida que la tormenta se aproximaba, el cielo se oscureció y un trueno distante retumbó en la planicie. Pendergast avivó el paso, solo se detenía para examinar el terreno en busca de indicios de que el ciervo hubiera pasado por allí. El páramo era especialmente traicionero en esa época del año, pues los calores del largo verano habían propiciado que creciera una capa de hierba sobre muchos lodazales, una superficie engañosa que se hundiría bajo el peso de un hombre.

Un relámpago centelleó, y grandes gotas de lluvia empezaron a caer del plomizo cielo. El viento se alzó sobre los brezales arrastrando consigo el hedor de las Insh Marshes, en el oeste, una vasta llanura de agua cubierta de juncales y plantas acuáticas que oscilaban con las rachas de viento. Pendergast siguió el rastro del ciervo durante más de un kilómetro. El terreno que pisaba era cada vez más firme, y entonces, a través de una repentina brecha en la niebla, divisó unas ruinas a lo lejos. Recortados contra el cielo, en lo alto de un montículo, se alzaban un antiguo corral de piedra y la cabaña de un pastor, intermitentemente iluminados por los relámpagos. Más allá del altozano se hallaban los irregulares márgenes de las marismas. Tras examinar unas ramas de tojo pisoteadas, Pendergast comprendió que el ciervo había atravesado las ruinas y había continuado hacia las vastas marismas del otro lado.

Subió al montículo y exploró rápidamente las ruinas. La cabaña carecía de techumbre y sus paredes de piedra estaban desmoronadas y cubiertas de liquen. El viento silbaba y gemía entre las piedras caídas. Más allá, la pendiente descendía hacia una ciénaga que se escondía tras una lóbrega cortina de vapores.

Las ruinas, situadas en un terreno elevado, ofrecían una posición defensiva ideal, con una vista panorámica en todas direcciones: el lugar perfecto para tender una emboscada a un perseguidor o resistir un ataque. Pero por esa misma razón Pendergast las descartó y siguió colina abajo, hacia las Insh Marshes. No tardó en localizar el rastro del ciervo, pero lo que vio lo desconcertó: el animal parecía dirigirse a un callejón sin salida. La persecución de Pendergast debía de haberlo puesto nervioso.

El agente rodeó el borde de las marismas y llegó a una zona de densos juncales donde una lengua de terreno cubierto de guijarros se adentraba en el agua. Una hilera de rocas de origen glacial proporcionaban un pequeño pero evidente abrigo. Se detuvo, sacó un pañuelo blanco, lo ató a una piedra y la colocó en un lugar concreto entre las rocas grandes. Siguió adelante. Más allá de la zona de guijarros encontró lo que esperaba: una roca plana justo bajo la superficie del agua y rodeada de juncos. Vio que el ciervo había seguido esa misma ruta, rumbo hacia las marismas.

Aquel callejón sin salida natural no era ni un escondite ideal ni mucho menos un lugar idóneo para plantar cara a un posible agresor. Por todo ello sería perfectamente adecuado.

Pendergast se metió en el agua, fue hasta la losa, teniendo cuidado de evitar el fango de los lados, y se apostó entre los juncos, oculto a la vista. Allí aguardó, agachado e inmóvil. Un relámpago rasgó el cielo y acto seguido se oyó el retumbar de un trueno. Un manto de niebla oscureció temporalmente las ruinas de lo alto de la colina. Sin duda Esterhazy no tardaría en llegar. El final se acercaba.

Judson Esterhazy se detuvo para examinar el terreno. Se agachó y palpó la gravilla que el ciervo había apartado a su paso. Las huellas de Pendergast eran mucho menos evidentes, pero pudo verlas en la hierba y en la tierra aplastadas. Estaba claro que su presa había decidido no correr riesgos y seguir el rastro del ciervo en su serpenteante camino entre las marismas. Astuto. Nadie se aventuraría en semejante terreno sin contar con un guía, y el ciervo era un guía tan bueno o mejor que cualquiera. A medida que la tormenta se acercaba, la bruma se hizo más densa. Se alegró de llevar una linterna, debidamente apantallada, con la que examinar el camino.

Sin duda Pendergast pretendía que Esterhazy se adentrara en las marismas para así poder matarlo. A pesar de sus aires de caballerosidad sureña, era el hombre más implacable que había conocido... y un sucio cabrón cuando se trataba de luchar.

Un relámpago iluminó el desolado páramo, y a través de un hueco en la niebla, Esterhazy divisó unas ruinas recortándose contra el cielo a unos trescientos metros de distancia. Se detuvo. Ese era el lugar lógico donde Pendergast podría haberse apostado para esperarlo. Decidió acercarse a las ruinas y sorprender al emboscado... Sin embargo, mientras sus ojos expertos observaban el lugar, se dijo que Pendergast era un tipo demasiado sutil para tomar una decisión tan obvia.

Esterhazy no podía dar nada por sentado.

El pelado paisaje proporcionaba escaso cobijo, pero si medía bien sus movimientos podría utilizar la espesa niebla que emergía de las marismas para ocultarse. Como obedeciendo a sus deseos, un banco de bruma lo envolvió en un manto desprovisto de color. Se levantó y echó a correr hacia la colina; el terreno era firme y le permitió moverse rápidamente. A unos cien metros de la cima, la rodeó para acercarse desde un ángulo inesperado. La lluvia caía con más fuerza, y los truenos retumbaban sin cesar.

Se agachó y se puso a cubierto cuando la niebla se alzó brevemente y le permitió echar un rápido vistazo a las ruinas. No vio rastro de Pendergast. Cuando el manto de bruma se cerró de nuevo, subió deprisa por la pendiente, con el rifle en la mano, y llegó al corral de piedra. Lo recorrió agachado hasta que un nuevo claro en la niebla le permitió atisbar por una grieta entre las piedras.

El corral estaba vacío, pero más allá se levantaba una cabaña sin techo.

Se aproximó a la estructura desde el perímetro del corral y pegó la espalda al muro de piedra. Se deslizó hasta una ventana rota y esperó a que la bruma se abriera un instante. El viento sopló y su silbido entre las piedras cubrió el sonido de sus movimientos al prepararse. Cuando el aire se despejó un poco, golpeó la ventana y barrió con el rifle el interior de la cabaña de lado a lado.

Vacía.

Saltó por encima del alféizar y entró en el interior. Estaba furioso. Tal como había sospechado, Pendergast había evitado lo obvio. No se había apostado en el estratégico terreno elevado. Pero ¿dónde se había metido? Masculló una maldición. Tratándose de Pendergast, solo cabía esperar lo inesperado.

Otro banco de niebla envolvió las ruinas, y Esterhazy lo aprovechó para examinar los alrededores en busca de huellas de su presa. Le costó, pero al final las encontró. La lluvia había empezado a borrarlas. Continuaban pendiente abajo, en dirección a las marismas. A través de la niebla divisó la lengua de terreno que se adentraba en las ciénagas y que constituía una especie de callejón sin salida. A partir de ahí se extendían las Insh Marshes. Así pues, Pendergast tenía que haberse escondido en algún lugar junto a las aguas estancadas. A través de una brecha en la niebla observó la zona mientras sentía una punzada de miedo. No le pareció probable que se hubiera ocultado entre los juncales, pero aquella lengua de terreno... Sacó el catalejo y vio unas cuantas rocas de origen glacial lo bastante grandes para que un hombre se parapetara tras ellas. Y, por Dios, ¡ahí estaba! Una mancha blanca apenas visible detrás de las rocas.

O sea, que era eso. Pendergast se había atrincherado en el único lugar que proporcionaba refugio y desde allí aguardaba a que Esterhazy se acercara al borde de las ciénagas mientras seguía el rastro de su presa.

Una vez más: la elección menos obvia; Esterhazy creía saber cómo burlarlo.

La niebla lo envolvió todo nuevamente; Esterhazy empezó a descender hacia el traicionero linde de las marismas siguiendo el doble rastro del ciervo y de Pendergast. A medida que se aproximaba, tuvo que saltar de un montículo de hierba a otro para evitar las ciénagas. Llegó a terreno firme y, alejándose del rastro, buscó una buena línea de tiro hacia las rocas tras las que Pendergast se había escondido. Tomó posición detrás de un montículo y esperó a que la bruma se disipara un poco para poder disparar.

Pasó un minuto; un claro se abrió en la bruma y vio la mancha blanca que delataba el escondite de Pendergast; seguramente era su camisa. En cualquier caso era lo bastante grande para que pudiera encajarle una bala. Levantó el rifle y...

—Ponte de pie muy despacio —dijo una voz a su espalda, tan fantasmagórica como si hubiera hablado la mismísima ciénaga.

Capítulo 4

4

Esterhazy se quedó muy quieto.

—Sostén el rifle con la mano izquierda y el brazo extendido y levántate.

Sin embargo, Esterhazy era incapaz de reaccionar. ¿Cómo podía haber ocurrido?

¡Bang! La bala se hundió en el suelo y removió un puñado de tierra entre sus piernas.

—No lo repetiré.

Sosteniendo el rifle alejado del cuerpo, Esterhazy se puso en pie.

—Suelta el arma y date la vuelta.

Dejó caer el rifle y se volvió. Allí estaba Pendergast, a menos de veinte metros de distancia, empuñando una pistola mientras se alzaba entre los juncos, aparentemente dentro del agua. En ese momento Esterhazy vio que bajo los pies del agente había una losa granítica rodeada de fango.

—Solo tengo una pregunta —dijo Pendergast con una voz apenas audible sobre el gemido del viento—. ¿Cómo pudiste asesinar a tu propia hermana?

Esterhazy lo miró fijamente.

—Exijo una respuesta.

El otro apenas era capaz de articular palabra. Contemplando el rostro de su adversario, sabía que era hombre muerto. Sintió que el miedo a la muerte lo envolvía como un frío sudario y, con él, una mezcla de espanto, alivio y remordimiento. No podía hacer nada, pero al menos no concedería a Pendergast la satisfacción de una muerte indigna. Él iba a morir, pero en los meses venideros de la vida de Pendergast habría dolor más que suficiente.

—Acaba de una vez —dijo.

—¿Sin explicaciones? —preguntó Pendergast—. ¿Sin lacrimógenas justificaciones ni abyectas súplicas de comprensión? Qué decepción...

El dedo del agente acarició el gatillo. Esterhazy cerró los ojos.

Entonces, algo ocurrió de repente: un ruido ensordecedor, acompañado de una explosión de piel rojiza y el centelleo de una gran cornamenta. El ciervo surgió inesperadamente entre los juncos y derribó a Pendergast de una cornada, la pistola voló por los aires y cayó en el agua. El agente trastabilló y agitó brazos y piernas mientras el animal se alejaba a grandes saltos. Esterhazy se dio cuenta de que lo había arrojado a una poza de barro cuya superficie estaba apenas cubierta de agua. Recogió rápidamente el rifle, apuntó y disparó. El balazo acertó a Pendergast en el pecho y lo lanzó de espaldas a la poza. Esterhazy cargó otra bala y se dispuso a disparar de nuevo, pero se contuvo. Un segundo disparo, una segunda bala, resultaría imposible de explicar... en el caso de que hallaran el cuerpo.

Bajó el rifle. Pendergast, atascado en el lodazal, se debatía, pero sus fuerzas menguaban rápidamente. Una mancha oscura se extendía por su torso. El disparo lo había alcanzado en el costado, pero bastaba para causarle daños irreparables. El agente ofrecía un aspecto lastimoso: la ropa sucia y desgarrada, el rubio cabello salpicado de barro y oscurecido por la lluvia. Tosió y un borbotón de sangre le manchó los labios.

Estaba acabado. Como médico que era, Esterhazy sabía que la herida era mortal. La bala le había perforado un pulmón, creando un herida succionante. Además, por su posición, había muchas posibilidades de que le hubiera seccionado la arteria subclavia, y en ese caso esta le llenaría rápidamente de sangre el pulmón. Aunque no se estuviera hundiendo irremisiblemente en aquel lodazal de arenas movedizas, Pendergast sería hombre muerto en cuestión de minutos.

Hundido hasta la cintura en la temblorosa ciénaga, Pendergast dejó de debatirse y miró fijamente a su asesino. El gélido destello de sus ojos grises habló con mayor elocuencia de su odio y desesperación que cualquier palabra que hubiera podido pronunciar. Esterhazy se sintió profundamente impresionado.

—Quieres una respuesta a tu pregunta, ¿verdad? —dijo—. Pues aquí la tienes: yo no asesiné a Helen. Ella sigue viva.

Era incapaz de quedarse para ver el final. Dio media vuelta y se marchó.

Capítulo 5

5

La hostería surgió entre la oscuridad. Sus ventanas arrojaban una luz borrosa y amarillenta bajo la arreciante lluvia. Judson Esterhazy agarró el pesado picaporte de hierro, abrió la puerta, y, arrastrando los pies, entró en el vestíbulo decorado con numerosas armaduras y cornamentas.

—¡Socorro! —gritó—. ¡Ayuda!

Los huéspedes, sentados alrededor de la chimenea en el salón principal, tomando café, té o whisky de malta, se volvieron y lo miraron con expresión de asombro.

—¡Mi amigo ha recibido un tiro!

El retumbar de un trueno ahogó momentáneamente sus palabras, los cristales emplomados de las ventanas temblaron.

—¡Un tiro! —repitió Esterhazy desplomándose en el suelo—. ¡Necesito ayuda!

Tras unos segundos de mudo espanto, varios huéspedes corrieron junto a él. Tumbado en el suelo, con los ojos cerrados, Esterhazy notó que se apelotonaban a su alrededor y oyó el rumor de sus conversaciones en voz baja.

—¡Apártense! —dijo con su característico acento escocés la recia voz de Cromarty, el propietario de la hostería—. Dejen sitio para que pueda respirar.

Esterhazy notó que alguien le acercaba un vaso de whisky a los labios. Bebió un trago, abrió los ojos y se esforzó por incorporarse.

—¿Qué ha dicho que ha ocurrido?

El rostro de Cromarty lo observaba desde lo alto: barba pulcramente recortada, gafas de montura metálica, cabello claro y mandíbula angulosa. El engaño había sido fácil. Esterhazy parecía genuinamente horrorizado, helado hasta los huesos e incapaz de dar un paso. Tomó otro sorbo y el whisky ahumado le abrasó el gaznate y lo reanimó.

—Mi cuñado... Estábamos siguiendo a un ciervo por las marismas...

—¿Por las marismas? —lo cortó Cromarty.

—Era un ciervo enorme... —Esterhazy tragó saliva e intentó sobreponerse.

—Será mejor que venga junto al fuego. —Cromarty le agarró del brazo y le ayudó a levantarse. Robbie Grant, el viejo guardabosques, se abrió paso y cogió a Esterhazy por el otro brazo. Entre los dos lo ayudaron a quitarse la empapada chaqueta de camuflaje y lo llevaron hasta un sillón, junto a la chimenea.

Esterhazy se dejó caer en él.

—Explíquese —pidió el dueño de la hostería mientras los huéspedes lo observaban con rostro demudado.

—Fue en el Beinn Dearg. Localizamos un ciervo. En el Foulmire.

—¡Pero conocen las reglas! —protestó Cromarty.

Esterhazy meneó la cabeza.

—Lo sé, pero era gigantesco. Un trece puntas. Mi cuñado insistió. Lo seguimos un buen rato y nos adentramos en las marismas. Luego nos separamos...

—¿Cómo que se separaron? —exclamó el guardabosques con su voz aguda—. ¿Está loco, señor?

—Queríamos acorralarlo, empujarlo hacia las ciénagas. Entonces apareció la niebla. No se veía casi nada. Mi cuñado debió de levantarse de su puesto de tiro. Yo vi que algo se movía y disparé... —Se interrumpió para recobrar el aliento—. Le di en todo el pecho —concluyó con un sollozo y hundiendo el rostro entre las manos.

—¿Ha abandonado en el páramo a un hombre herido? —inquirió Cromarty, furioso.

—Oh, Dios mío. —Esterhazy sollozaba sin levantar el rostro—. Cayó en un lodazal... Las arenas movedizas se lo tragaron...

—Un momento. —El tono de Cromarty era frío como el hielo. Hablaba despacio, midiendo sus palabras—. ¿Me está diciendo, señor, que se adentró en las marismas, que disparó accidentalmente contra su cuñado y que este cayó en un lodazal? ¿Es eso lo que me está contando?

Esterhazy asintió en silencio, con el rostro entre las manos.

—¡Santo cielo! ¿Hay alguna posibilidad de que siga vivo? —preguntó Cromarty.

Esterhazy negó con la cabeza.

—¿Está completamente seguro?

—Estoy seguro —repuso Esterhazy con voz ahogada—. Lo vi desaparecer. Lo siento..., ¡lo siento tanto...! ¡He matado a mi cuñado! —gimió con voz llorosa—. ¡Que Dios me perdone!

Se produjo un silencio de perplejidad.

—Este hombre ha perdido el juicio —dijo el guardabosques—. Es el caso más claro de fiebre de los páramos que he visto en mi vida.

—Escuche, Robbie, saque a esta gente de aquí —dijo Cromarty señalando a los huéspedes—. Luego, llame a la policía. —Se volvió hacia Esterhazy—. ¿Este es el rifle con el que disparó a su cuñado? —Señalaba el arma que yacía en el suelo.

El otro asintió, angustiado.

—Que nadie lo toque —ordenó Cromarty.

Los huéspedes salieron en grupos, hablando en susurros y meneando la cabeza. Un relámpago destelló; le siguió un trueno. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales. Esterhazy, sentado junto a la chimenea, apartó lentamente las manos de su rostro y notó que el reconfortante calor del fuego traspasaba sus empapadas ropas. Al mismo tiempo, otra sensación igualmente reconfortante iba desplazando en su interior el horror vivido. Experimentó una corriente de liberación, casi de euforia. Se había acabado, acabado del todo. Ya no tenía nada que temer de Pendergast. El genio había vuelto a la lámpara. El hombre estaba muerto. En cuanto a su colega, D’Agosta, y a aquella otra policía de Nueva York, Hayward..., al matar a Pendergast había cortado la cabeza de la serpiente. Aquello suponía realmente el final. Además, esos atontados escoceses se habían tragado su historia de cabo a rabo. No había nada que pudiera salir a la luz y contradecir su relato. Había vuelto sobre sus pasos y recogido todos los casquillos salvo el que deseaba que encontraran. Luego los había arrojado a las ciénagas junto con el rifle de Pendergast. Nunca los encontrarían. Ese sería el único misterio: el rifle desaparecido. Sin embargo, no habría nada extraño en eso: un rifle podía perderse para siempre una vez succionado por un lodazal. Nadie sabía nada de la pistola de Pendergast, y Esterhazy también la había hecho desaparecer. En cuanto a las huellas del ciervo, suponiendo que sobrevivieran a la tormenta, no harían sino confirmar su declaración.

—¡Maldita sea! —masculló Cromarty mientras iba hasta el aparador y se servía un vaso de whisky.

Se lo bebió a pequeños tragos, caminando arriba y abajo, ante la chimenea, haciendo caso omiso de la presencia de Esterhazy.

Grant regresó al poco rato.

—La policía está en camino desde Inverness, señor. También vendrá un equipo de los Servicios Especiales del Northern Constabulary. Han dicho que van a traer rezones.

Cromarty se volvió, apuró el licor, se sirvió un poco más y fulminó a Esterhazy con la mirada.

—Usted, maldito loco, no se mueva de aquí hasta que lleguen.

Otro trueno hizo retumbar las paredes de la vieja hostería mientras el viento aullaba en los páramos.

Capítulo 6

6

La policía llegó más de una hora después; sus centelleantes luces brillaron en la gravilla del camino de entrada. La tormenta había pasado, nubes plomizas corrían por el cielo empujadas por el viento. Los agentes, vestidos con uniforme azul, botas de agua y fundas impermeables en sus gorras, se paseaban ante la entrada de piedra dándose aires de importancia. Esterhazy los observó a través de la ventana, desde su sillón, y su aparente falta de imaginación y torpeza lo reconfortó.

El último en entrar fue el que estaba al frente de todos, el único que no iba de uniforme. Esterhazy lo examinó discretamente. Medía alrededor de metro noventa, lucía una gran calva solo interrumpida por unos escasos cabellos rubios y caminaba un poco encorvado, como si se abriera paso a través de la vida. Tenía la nariz lo bastante enrojecida como para poner en entredicho su apariencia de seriedad y de vez en cuando se daba unos toques en ella con un pañuelo. Iba vestido con ropa vieja de caza: pantalón de pana, jersey grueso y una gastada chaqueta Barbour que llevaba sin abrochar.

—Hola, Cromarty —saludó al propietario de la hostería tendiéndole la mano.

Los dos se quedaron en un extremo del salón, hablando en voz baja y lanzando ocasionales miradas a Esterhazy.

Al rato, el policía se acercó, se sentó en el butacón contiguo a Esterhazy y se presentó.

—Soy el inspector jefe Balfour, del Northern Constabulary —dijo tranquilamente, sin tenderle la mano pero inclinándose hacia delante y apoyando los codos en las rodillas—. ¿Es usted el señor Judson Esterhazy?

—En efecto.

Balfour sacó una libreta y un bolígrafo.

—Muy bien, doctor Esterhazy, cuénteme qué ha sucedido.

Esterhazy relató su historia de principio a fin, haciendo frecuentes pausas para contener las lágrimas y sobreponerse, mientras Balfour tomaba notas. Cuando acabó, el inspector cerró su libreta.

—Ahora iremos a la escena del accidente, y usted nos acompañará.

—No estoy seguro de si... —Esterhazy tragó saliva— ser

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