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Zaragoza, primavera de 1923
Ni cuando se está convencido de que es de justicia, resulta fácil matar a un hombre. Mucho menos hacerlo a una hora marcada, tras varios días observándolo, pensando en él de la mañana a la noche. Aunque el que va a morir lo merezca, la culpa golpea una y otra vez la conciencia de su ejecutor.
El coche negro, matrícula Z-135, en el que viaja el cardenal Soldevila reducirá su marcha, tal como ha hecho los cinco días que han vigilado la entrada. Antes de detenerse, el conductor tocará el claxon dos veces, como siempre. La madre portera se acercará acompañada por una criada a abrir la cancela.
Francisco Ascaso y su compañero intentarán ejecutar al cardenal arzobispo de Zaragoza sin herir a nadie, ni a la monja, ni a los trabajadores de la finca, ni al chófer; al secretario del cardenal, su sobrino, tampoco, aunque no les falten ganas de cargárselo. Pero si fuera necesario no dudarían en matarlos a todos para cumplir con su compromiso de eliminar al arzobispo Soldevila, el protector de los pistoleros fascistas huidos de Barcelona. Sólo lo sentirían por la criada; los demás son cómplices del cardenal: manejan junto con él —o por lo menos aprovechan— el dinero de sus casas de juego en Aragón, contratan matones para romper las huelgas, financian a los pistoleros que se enfrentan a los anarquistas… Dicen que la madre portera es la amante del arzobispo. Si Ascaso prestara atención a lo que ha escuchado a sus compañeros de la CNT, creería que en este asilo se celebran verdaderas orgías. Los mismos bulos sobre los obispos de todas las diócesis corren en los locales del sindicato de todas las provincias. Probablemente no sea cierto, pero a los anarquistas les divierte pensarlo.
Ascaso toca otra vez su pistola como si la fuera a perder, espera que a ninguna de las chicas del asilo se le ocurra aparecer por allí. Si existiera la posibilidad de herir a una de ellas no se atrevería a disparar. Las ha visto en los jardines los días que ha permanecido apostado vigilando, las ha observado taciturnas, castigadas por las monjas, o liberadas, riendo y charlando tranquilas cuando las religiosas no estaban pendientes de ellas.
Hoy es el día del cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza; hace dos semanas murió el teniente coronel Regueral, ex gobernador de León y Bilbao; pronto será el turno de más enemigos de los trabajadores: caerán todos, uno a uno. Ascaso tiene un nombre, uno muy especial para él, en la lista de objetivos: el del inspector Ernesto Valenzuela, el látigo de los anarquistas y su enemigo personal desde hace muchos años…
Aunque no pueda verlo, oculto tras los setos en el otro lado del camino, esperando como él, imaginando la situación, comprobando su pistola una y otra vez, está Francesc Doménech. A Ascaso no le gusta su compañero: es un tipo duro, acostumbrado a la lucha y a la acción, pero habla demasiado y bebe en exceso.
Doménech ha llegado a Zaragoza directamente de León, allí participó en el atentado que acabó con Regueral. A Ascaso y a Durruti les hubiera gustado ser los encargados de matarlo, pero no pudo ser: Durruti está en la Prisión Provincial de San Sebastián y a Ascaso le sigue la policía por todas partes. Pese a no cometerlo ellos —los dos activistas más eficaces—, el atentado fue un éxito. El teniente coronel Regueral, fiel a su chulería, se plantó en lo alto de la escalinata del teatro el día grande de la fiesta mayor de León para demostrar que no tenía miedo a los cenetistas, para que todo el mundo le viera desafiarlos. Los disparos coincidieron con los fuegos artificiales. Cuando sus escoltas se dieron cuenta de que algo anormal pasaba, José Regueral rodaba muerto hasta los adoquines de la plaza. Los policías aún no saben desde dónde se abrió fuego contra él; mucho menos quién lo hizo.
Buenaventura Durruti saldrá pronto de la cárcel. De hecho ya debería haber salido y le están reteniendo ilegalmente; le acusan, a falta de otra cosa, de insumisión al Ejército. Tenerlo preso acabó con su estrategia; no podían detenerlo otra vez, culparle de la muerte de Regueral, torturarle para que confesara lo que ellos quisieran, tal vez aplicarle la ley de fugas. Los enemigos de la clase obrera están desconcertados, no saben quién los mata y temen ser los próximos en caer.
Los Solidarios seguirán unidos en su lucha. Una vez más devolverán golpe por golpe y se vengarán en nombre de los trabajadores.
La hora se acerca, a menudo el cardenal Soldevila almuerza allí, en el asilo-escuela al que ha bautizado con su propio nombre. Aloja a ciento cincuenta chicas en ese caserón blanco y dicen que abusa de ellas, igual que de las monjas. Es viejo, tan viejo que ni el más malintencionado de los compañeros podría creerlo. Hoy han sabido, gracias a un empleado de cocina afiliado al sindicato, que a la una tenía invitados a comer en el Palacio Arzobispal de Zaragoza, su residencia. Sólo después de reunirse con varios párrocos de la provincia hará su visita diaria: vendrá a ver a su amante, como dice todo el mundo. Esperan que el coche negro, un Ford T, aparezca sobre las tres. Faltan unos minutos.
Ayer, una indiscreción involuntaria de Francesc Doménech estuvo a punto de abortar la operación. Una de las mandaderas de las monjas se encontró con él al salir del asilo y se saludaron; tres horas después, cuando ella regresó cargada con la compra, se cruzaron de nuevo. A la mandadera le extrañó aquel hombre que echaba la mañana entera sin hacer nada y le preguntó si necesitaba algo. El catalán salió del paso preguntando por la entrada a una finca cercana, una pregunta absurda en un camino rural como el que vigilan: nadie se pierde allí tres horas. Doménech se lo contó a Ascaso y decidieron que abandonara su puesto y volviera a la discreta casa que han alquilado en el barrio de las Delicias, del otro lado de la carretera de Madrid. Ascaso se quedó vigilando, atento a que no hubiera ningún cambio de costumbres, ninguna presencia extraña. Sólo cuando se convenció de que la mandadera no se había alarmado, y de que probablemente había olvidado el encuentro, decidió que seguirían adelante con el atentado.
Agachado como está para no ser visto, a Ascaso le duele la pierna izquierda. Teme que se le duerma, caerse al saltar a la carretera y no llegar a tiempo cuando el coche frene su marcha. Cambia el peso de una pierna a otra, está en tensión; dentro de muy poco harán lo que han venido a hacer. No hay que pensar, es justo: no van a matar a un hombre sino a un enemigo de los trabajadores.
De repente, todo se precipita: el motor del coche, el claxon, los dos anarquistas apareciendo con las pistolas en alto desde detrás de los setos. El primero en salir del coche, alarmado, es el chófer. No trata de defender al cardenal, tampoco huye: se arrodilla y pide clemencia. Ascaso le ordenaría que se levantara, le enseñaría que un hombre no se arrodilla delante de otro hombre, que eso sólo lo exigen los curas, pero no hay tiempo. El cardenal Soldevila ocupa el lado del coche por el que se acerca Ascaso. Nunca le había visto. Sabía que era viejo, pero es mayor de lo que esperaba, más de ochenta años. Tiene cara de pánico y no acierta a abrir la puerta. Quizá nunca lo haya hecho solo, quizá siempre esperara a que un criado la abriera por él. A tres metros de distancia, Ascaso empieza a descargar el arma contra su cuerpo, a media altura, para no fallar, una y otra vez. Desde el lado contrario, Doménech hace lo propio. Los dos con cuidado, de la parte delantera del vehículo hacia atrás, para no herirse el uno al otro en el fuego cruzado. No deja de apretar el gatillo hasta que agota el cargador, igual que su compañero. Oye los gritos de la monja que acude a abrir la puerta. Por muy religiosa que sea, les está llamando hijos de puta.
—Canallas, hijos de puta…
Los dos echan a correr campo a través, como han planeado los últimos días. No tanto por huir —tienen tiempo de sobra— como por no matar a nadie más. Mientras corren, cambian el cargador de la pistola. Se desharán de ella antes de volver a entrar en Zaragoza, pero deben estar preparados por si se encuentran con alguien. Ascaso no sabe qué ha pasado con el sobrino del cardenal, su secretario. No ha pensado en él, con los nervios ni lo ha visto. Su único objetivo era Soldevila.
—¿Qué pasó con el secretario?
—Le disparé y se tumbó.
—¿Muerto?
—No, herido en un brazo, el derecho. No podrá santiguarse en una temporada.
Unos chicos aparecen frente a ellos. Apenas tienen quince años, uno moreno y el otro rubio. Es la primera vez que Ascaso y Doménech encuentran a alguien por allí, aunque en días anteriores han visto adobes secándose, tal vez de los muchachos. No quieren hacerles daño, pero tampoco pueden arriesgarse a que les sigan. Antes de que su compañero reaccione, Ascaso dispara sobre sus cabezas, con cuidado para no acertarles. Los chicos huyen corriendo.
—La policía sabrá hacia dónde fuimos. Les interrogarán.
—No podíamos matarlos, eran casi unos niños.
—Mejor ellos que nosotros.
Buenaventura Durruti habría estado de acuerdo con Ascaso: tampoco se le pasaría por la cabeza matarlos. A veces mueren inocentes, no se puede evitar, pero deben impedirlo siempre que esté en sus manos.
Antes de cruzar la carretera, con las primeras casas de la ciudad a la vista, se detienen.
—Nos separamos aquí. Nos vemos en la casa en media hora. Ten cuidado. Deshazte de la pistola.
Cada uno toma un camino. Lo han ensayado muchas veces, han recorrido juntos el trayecto y la forma de llegar a la casa por varias rutas diferentes. Les espera Teresa Claramunt, con todo preparado para que puedan esconderse unos días. Ni ella, confinada en Zaragoza desde la Semana Trágica, sabe qué han ido a hacer a la ciudad, a quién pretendían matar cuando salieron de la casa esta mañana.
Una vez solo, Ascaso, tras retirar y guardarse el cargador lleno, arroja su arma por un desnivel. Es una Alkar de 9 milímetros fabricada en Guernica, una buena pistola para trabajos así, aunque él prefiere la Star, la Sindicalista, como es conocida. Entra en las calles del barrio de las Delicias, se cruza con algunos trabajadores pero no le preocupa que le vean. Se ha vestido para que su aspecto sea similar al de ellos: traje negro muy gastado y una gorra también negra. Además, los obreros no hablan con la policía. Nadie lo denunciará o describirá su aspecto.
Imagina que a estas alturas habrá llegado una ambulancia al asilo. No cree que puedan hacer nada por el arzobispo Soldevila: de los veinte proyectiles que dispararon, por lo menos quince deben de haber impactado contra su cuerpo; basta que uno haya sido mortal para que lo mande para ese infierno con el que tanto amenazan los curas. En momentos así, siente no creer que existan Dios y el infierno.
Tras dar un buen rodeo, comprobando que nadie le sigue, entra en la casa. Nada la diferencia de las demás del barrio, en muchas otras habrá anarquistas como ellos: superan el millón en toda España. Teresa Claramunt le informa de que Doménech no ha llegado pese a que su camino era el más corto. A Ascaso los minutos se le hacen eternos. La posibilidad de que haya sido detenido le altera los nervios aún más que el tiempo que esperó la llegada del coche negro del cardenal. Si en diez minutos no aparece tendrá que huir, antes de que llegue la policía: todos los planes habrán fracasado y sólo le salvará improvisar.
—He parado a tomar un café y una copa de coñac. Pasará mucho tiempo antes de que pueda volver a hacerlo.
No gana nada con enfadarse y montar en cólera. Definitivamente, preferiría a Durruti a su lado.
* * *
Ernesto Valenzuela sale de Barcelona en el primer tren que le lleva a Zaragoza, su ciudad natal, el mismo día del atentado, el 4 de junio de 1923. Minutos después de la llamada en la que le informaron de la muerte del arzobispo está subido en el vagón. Es lunes y no hay periódicos, aprovecha el trayecto para leer papeles atrasados y repasar informes. No se ha olvidado de la carpeta con las fotos que siempre lleva encima: en ellas están sus sospechosos. Poco importa lo que crean en el gobierno, detrás de la muerte del cardenal Soldevila están los Solidarios; igual que un par de semanas antes: los que asesinaron al teniente coronel Regueral también fueron ellos.
O los matan como perros o nunca acabarán con esos terroristas. En Madrid no saben nada, apenas alguna vez los sufren; ni siquiera la muerte de Eduardo Dato, el presidente del Gobierno, acribillado a balazos por anarquistas catalanes en plena Puerta de Alcalá, ha hecho que sean conscientes de sus acciones: Barcelona, Aragón y Andalucía, allí es donde están acostumbrados a tratar con los cenetistas y donde hablan su idioma, el de las balas.
«No hay peor cuña que la de la misma madera», le dijo un día a Valenzuela el general Martínez Anido, el brutal ex gobernador de Barcelona, la única persona que odia a los anarquistas más que él mismo y quien le reclutó para servir de enlace entre la policía y los pistoleros de los Sindicatos Libres, la fuerza de choque contra los anarcosindicalistas de la CNT. El inspector está de acuerdo. Conoce a los libertarios y acabará con ellos, sobre todo con el grupo de los Solidarios. Espera encontrarlos en Zaragoza, la ciudad donde conoció a muchos de los miembros del grupo anarquista. Pese a su nombre —los Solidarios—, no son más que una banda de asesinos.
Antes de entrar en la policía, Ernesto Valenzuela estuvo entre los libertarios: su padre es uno de ellos. Él mismo acudió acompañándolo a fiestas, verbenas, manifestaciones, discursos, protestas…
Estuvo del lado equivocado, pero ya no. Está decidido a acabar con los anarquistas aunque deba perseguirlos hasta el fin del mundo.
En la Estación del Norte de Zaragoza, varios agentes comprueban la documentación de aquellos que intentan subir a los trenes; es inútil, si los asesinos no han huido ya de la ciudad, esperarán hasta dentro de una o dos semanas. A la salida de la estación le espera un coche que le llevará al Terminillo, el nombre de la finca en la que está el asilo. Cuando llega es de noche, pasan de las once, y no puede ver la ruta de huida ni el sitio exacto donde mataron al cardenal Soldevila.
Una vez más, tiene que enfrentarse con la incompetencia de sus compañeros: se han llevado el coche donde murió el arzobispo; lo han utilizado para trasladar el cadáver a la ciudad. Así será imposible saber cuántos fueron los atacantes, si había tiradores fuera de la visión de los testigos o si existían indicios de que alguno de los ocupantes del vehículo o de los empleados de la finca fuera cómplice de los asesinos. De nada le vale desesperarse: le informan de que el jefe de la policía de Zaragoza, don Pedro Aparicio, lo ha examinado todo personalmente y será a él a quien tendrá que preguntar. Siempre que aparecen en escena los burócratas que manda Madrid, los terroristas se benefician de ello.
Han encontrado una de las pistolas usadas en el atentado, una Alkar de 9 milímetros. No es la habitual de los anarquistas, a ellos les gustan las Star. Europa está llena de pistolas de esta marca; se produjeron por decenas de miles durante la Gran Guerra para surtir a las tropas. En Barcelona es fácil encontrarlas: se compran por 45 pesetas en el bar La Tranquilidad, en el Paralelo, junto al Café Español, el lugar donde se reúnen los cenetistas más radicales. Se pueden pagar a plazos: un duro al mes y una Star nueva es tuya. Que la pistola sea de otra marca no significa nada, sólo que en esta ocasión los asesinos han decidido cambiar de modelo; quizá hayan robado una partida. Pondrá gente a comprobar que la propia fábrica no se las esté vendiendo.
Le entregan una octavilla que el sindicato ha empezado a repartir esta misma tarde por las calles de Zaragoza: amenazan con convocar la huelga general si se detiene indiscriminadamente a trabajadores por la muerte del arzobispo. No era un hombre querido; mañana la prensa dirá lo que tenga que decir, pero nadie le echará de menos a orillas del Ebro. Quizá sus monjitas, de las que dicen que le amaban en el sentido menos pastoral del término, sean las únicas que lo hagan. Soldevila era un reaccionario con una ambición desmedida y usaba parte del dinero que conseguía de sus muchos negocios en reprimir las reivindicaciones sindicales, para ganar más. Eso no es sólo una sospecha de los libertarios: Valenzuela ha estado varias veces con él y ha recibido el dinero que después debía repartir entre los pistoleros.
Las autoridades están asustadas. La tensión en la ciudad se palpa hace meses y el cardenal asesinado no era ajeno a las causas: los pistoleros auspiciados por Soldevila cometen desmanes de los que se culpa a los anarquistas. Es la maniobra habitual para impedir que la represión contra éstos se relaje. A todos les conviene que los sindicalistas parezcan radicales, así se aleja de ellos a los indecisos: si los anarquistas no cometen barbaridades, los pistoleros las cometen en su nombre; si uno de sus dirigentes resulta dialogante y moderado, como sucedió con Salvador Seguí, el Noi del Sucre, se le asesina.
Valenzuela no conoce al jefe de la policía de Zaragoza pero está seguro de que no será muy distinto de sus colegas de otras partes. Habrá destruido con su ineptitud cualquier prueba que él pudiera haber encontrado en caso de llegar antes. Habrá recorrido el camino que tomaron los asesinos para fugarse acompañado por varios de sus hombres, por un par de parejas de la Guardia Civil, por tres o cuatro altos funcionarios y quizá por media docena de periodistas; raro sería que estuvieran con él menos de quince personas durante la inspección ocular. Lo único que Valenzuela encontrará mañana, cuando pueda verlo a la luz del día, será un trecho de campo más pisoteado que Las Ramblas un domingo por la tarde.
Además de la pistola, han localizado a dos chicos que vieron huir a los asesinos. Los dos, de quince años, han sido enviados a casa. Valenzuela tiene que pedir que vayan a buscarlos en ese mismo momento; afirma que no, no puede esperar al día siguiente para interrogarlos.
Mientras les espera, intenta hablar con la monja que salía a abrir la cancela. La mujer no acierta a decir nada entre lágrimas e hipidos. Uno de los agentes cuenta al inspector los rumores que corren de la relación entre el cardenal y la monja —Valenzuela nunca revela a quienes no le conocen que él también es zaragozano y está al tanto de los secretos de su ciudad—. Sea cierto o no que los religiosos fueran amantes, lo parece. Sonríe ante la única descripción que la monjita acierta a dar de los asesinos.
—Eran dos hijos de puta. Se lo grité mientras huían.
No alcanzó a ver la cara de ninguno de ellos y no reconoce las fotos de los sospechosos. Es incapaz de parar de llorar. Por lo que ha visto, y lo que sabe de antes, la monja portera será de las pocas que sienta la muerte de Soldevila; quizá el anciano cardenal fuera realmente un seductor…
Los dos testigos, uno rubio y el otro moreno, aparentan algo más de los quince años que dicen tener. Se llaman Luis y Martino y se muestran confiados. Lo decide nada más verlos: el rubio parece más listo, será el que conteste las preguntas; el moreno será el que ayude a Valenzuela a conseguir las respuestas. El policía llegado de Barcelona no quiere testigos de sus métodos. Pide que los dejen solos, cierra la puerta tras él. Sabe lo que tiene que hacer, es su puesta en escena, siempre la misma: movimientos pausados, como si fuera un cirujano preparándose para una operación. Coloca una silla bloqueando la puerta, encajada entre el picaporte y el suelo; la inquietud aparece en las caras de los chicos que va a interrogar. Se sienta, enciende un cigarro. Da tres o cuatro caladas antes de dejarlo sobre el cenicero. Todo en silencio. Se levanta y se acerca al moreno.
—Me dicen que habéis visto a los asesinos salir huyendo.
—No sabemos si eran ellos.
De repente le pega un puñetazo, un golpe brutal en medio de la cara que lo tira de la silla.
—¿Me quieres tomar el pelo? ¿Te crees que he vuelto desde Barcelona a esta ciudad de mierda para que un mocoso me tome el pelo?
Ahora sí que tienen expresión de miedo —han visto la verdadera cara de la brutalidad—, ahora es cuando contestarán a lo que se les pregunte sin hacerse los listos.
—Os lo voy a repetir: me dicen que habéis visto a los asesinos salir huyendo.
El rubio se apresura a responder, el moreno se tapa la cara con las manos, sentado otra vez en la silla.
—Sí, los vimos.
Necesitan un poco más de presión.
—¿Quién te ha preguntado a ti? Deja que tu amigo intente reírse de mí otra vez.
El moreno se aparta las manos de la cara. La nariz le sangra, probablemente esté rota. Y si no lo está, lo estará en unos minutos, tras el próximo golpe.
—Sí, los vimos… Huían corriendo.
—Muy bien. ¿Cómo eran?
—Uno alto y el otro bajo.
—¿Uno alto y el otro bajo? ¿Por qué? ¿Por qué me tocas los cojones?
El moreno cree saber lo que le espera y se cubre la cara. Desatiende el costado y una patada le alcanza el lado derecho, dura, directa al hígado. Cae con silla y todo, monta un barullo tremendo. Valenzuela lo patea en el suelo mientras le grita.
—¿Creéis que voy a buscar por España a un tío alto y a otro bajo? Don Quijote y Sancho Panza eran uno alto y otro bajo… ¿Los detengo? ¿Queréis que me crea que don Quijote y Sancho Panza han matado al arzobispo?
Alguien intenta abrir la puerta desde fuera. La silla que bloquea el picaporte lo impide. Dan golpes.
—¿Qué pasa?
Reconoce la voz, es el policía al que pidió que trajera a los dos chicos.
—Nada, se me ha caído el lápiz.
Desde el otro lado de la puerta no insisten. Los dos chicos vuelven a estar sentados, atentos a él. El moreno se duele, sangra copiosamente por la nariz.
—Uno alto y uno bajo… ¿Qué más?
Han aprendido la lección. El rubio calla, el moreno hace por contestar. Cuesta entenderle, la voz le sale débil, lloriquea, la sangre le llena la boca.
—El alto llevaba un traje claro, con boina. El bajo, un traje negro con una gorra negra. El de negro disparó por encima de nuestras cabezas.
—¿Veis como no era tan difícil responder bien, alto y claro? ¿Quién era el de negro, el alto o el bajo?
—El bajo.
—O sea, Sancho Panza.
—Era delgado.
—Muy bien, ahora sé que no tengo que detener al auténtico Sancho Panza, qué alivio. ¿Adónde fueron?
El moreno rompe a llorar sin disimulo, se hace un ovillo, intenta cubrirse al máximo, tapar cualquier lugar donde le pueda llegar el siguiente golpe.
—No sé. Le juro que no lo sé.
—Eh, no llores. Me dijeron que estabais haciendo adobes y confiaba en que fuera verdad; si sigues llorando voy a pensar que sois dos bujarrones que habían ido al campo a hacer gorrinadas…
El rubio se atreve a contestar. Ha llegado el momento de dejarle hablar.
—Por allí sólo se va a la carretera de Madrid.
—¿Podían tener un coche esperando?
—Acabábamos de pasar, no había ningún coche.
—¿Quieres tomarme el pelo tú también? ¿Quieres hacerme creer que se fueron a Madrid andando?
El rubio titubea, busca algo que decir para estar a bien con el interrogador. Aquello no se lo esperaban, creían que se encontrarían con un policía que les preguntara lo mismo que por la tarde; aquél era el jefe de la policía y les hablaba de usted, éste ni saben quién es y les maltrata. Están arrepentidos de haber dicho que vieron algo. Tantas veces les han avisado de que lo mejor era no ver, no oír, callar.
—No, andando no, del otro lado de la carretera está el barrio de las Delicias.
—Entonces tú crees que hay que buscar en el barrio de las Delicias.
—Sí.
Otro golpe inesperado, en la cara, como a su amigo.
—¿Quién cojones eres tú para creer nada? ¿Eh? ¿Quién?
La silla al suelo, el ruido, una patada en la espalda.
—¿Crees que sabes de mi trabajo más que yo? ¿Quieres quedarte con mi puesto? ¿Eh? ¿Es eso?
Fuera han aprendido que no les interesa nada de lo que pase dentro de ese cuarto, nadie les molesta. Del moreno sólo se escuchan gemidos. El rubio se levanta. Se encara con él, altivo.
—Sólo he contestado a tu pregunta, joder.
—Siéntate.
—Quiero salir.
—He dicho que te sientes.
El rubio se sienta. Es orgulloso, está pensando en vengarse de Valenzuela, no sabe que hay otros tipos muy duros que también piensan en eso, en vengarse de él: «Los mejores terroristas de la clase trabajadora», como los Solidarios se definen a sí mismos.
Valenzuela coge una carpeta que ha estado todo el tiempo sobre la mesa, la que viaja siempre con él. Dentro hay ocho fotos. Las coloca delante de los dos chicos. Ha mirado esas fotografías miles de veces. Son una selección de los Solidarios, los más activos, entre otros Ascaso, Durruti, García Oliver. Junto a ellos, coloca un rostro más, para desconcertar a los interrogados: Marcial Lalanda, el torero madrileño que tomara la alternativa un par de años antes. Más de una vez le han identificado como asesino; en esos casos, Valenzuela sabe que debe trabajar más al testigo, tal vez no esté colaborando como debiera.
—¿Reconocéis a alguno?
—No.
Ha contestado el rubio. Seguro, demasiado seguro y demasiado rápido para ser verdad. Valenzuela sabe que está en lo cierto, detrás del asesinato de Soldevila están los Solidarios. ¿Quién sabe si el culpable es Ascaso y vuelve a encontrarse con él? Cree que el hombre bajo vestido de negro puede ser él.
—¿A cuál de ellos?
—A ninguno.
—Vas a hacer que me enfade.
—No puedes matarme, he venido a que me interrogues. Soy un testigo, no estoy acusado de nada. No puedes matarme.
—No te equivoques, puedo hacer lo que quiera.
—No reconozco a ninguno.
Se vuelve hacia el moreno, que no ha parado de llorar.
—Míralas.
—No les vi la cara. La llevaban tapada con la gorra.
Separa la de Ascaso y la pone ante su cara.
—¿Era él?
—No lo vi. Le diré lo que quiera. Si quiere le digo que era él, pero no lo vi. Le juro que no lo vi.
Valenzuela recoge las fotos, las mete en la carpeta. Vuelve a los modales pausados. Antes de abrir la puerta se encara con el rubio.
—Así te va a ir mal en la vida, chico, muy mal.
En cuanto abre, entra el agente. Ve las caras hinchadas de los dos, la sangre, las lágrimas del moreno.
—¿Qué les ha pasado?
—Nada, entraron así.
No tiene que dar más explicaciones. No era necesario ser tan duro con ellos, pero Valenzuela sabe cuándo la dureza es útil: entre los agentes de la ciudad se correrá la voz de su brutalidad y su fama se renovará entre sus enemigos. Cuando él pregunte algo, todos sabrán que la pregunta no es retórica, que busca una respuesta.
En el coche, camino del centro, decide que llamará a Pallás, el actual jefe de los pistoleros en Zaragoza. Le pedirá que se encargue del chico rubio; no quiere dejar deudas incómodas atrás. Tiene que hablar con Pallás de muchas cosas. Es probable que Soldevila haya muerto a causa del apoyo que brindó a los pistoleros. Otra cosa no, pero los anarquistas tienen mucha memoria y ganas de venganza: no olvidarán ni a sus muertos ni a todos los detenidos en los últimos tiempos.
A Valenzuela no le interesan las normas vigentes para el personal de la policía. Él maneja fondos de los que no debe rendir cuentas ante nadie. No le quedan ni familia ni amigos en la ciudad, así que dormirá en el mejor hotel de Zaragoza, el Cuatro Naciones, y tendrán que abrir la cocina pese a la hora —son casi las tres de la madrugada— para darle de cenar. De niño no le hubieran dejado entrar en ese hotel; esta noche perderán la cabeza para que se sienta a gusto.
* * *
A Francisco Ascaso le gusta vestir bien: llevar la ropa perfectamente planchada, combinar las prendas y ponerse corbata; le encantan las corbatas. Opina que la elegancia y la ideología no deben estar reñidas: se puede ser un anarquista elegante o un fascista patán.
Sus compañeros se ríen de él. Algunos creen que es así porque procede de una familia burguesa, pero no es cierto. Francisco es hijo de un panadero de un pueblo de Huesca, Almudévar. Tuvo que ponerse a trabajar en la tahona a los nueve años, cuando a su padre se le declaró la enfermedad que pronto lo llevaría a la tumba, un cáncer de estómago; ni siquiera le dio tiempo a terminar de aprender el oficio. La familia, con deudas y sin posibilidad de salir adelante en el pueblo, se trasladó a Zaragoza, a Torrero, un barrio lleno de anarquistas. Francisco consiguió trabajar de panadero y hacerse oficial. Se interesó por la política y colaboró con el sindicato durante la huelga general del 17. Conoció a Durruti en la época que éste trabajó de cerrajero en la ciudad. Tuvo que huir tras pasar por la cárcel a causa de su intervención en la sublevación del cuartel del Carmen de enero de 1920. Llegó a Barcelona, donde se reencontró con Durruti y conoció al resto de los Solidarios, y se ganó la vida como camarero antes de dedicarse casi de lleno al sindicato.
Fue en los tiempos de camarero, en el café-restaurante La Mallorquina en Las Ramblas, uno de los locales más lujosos de la ciudad, cuando adquirió el gusto por la indumentaria elegante. Pero, aun siendo tan diferente a sus compañeros, se impone límites; si por él fuera se vestiría como un verdadero burgués y se haría trajes a medida en los mejores sastres. Todos se ríen, pero más de una vez han salvado el cuello gracias a que él se ha hecho pasar por industrial o terrateniente.
En el escondite de Delicias tiene mucho tiempo libre y ha decidido planchar su ropa, asegurar los botones, repasar concienzudamente los bajos; encerrado en la casa no podrá hacer otra cosa. Pasa todo el día vestido con un mono de obrero: cose, plancha y lee. Muchas de las obras que contienen el pensamiento anarquista están sólo en francés y avanza poco a poco, con ayuda de un diccionario. Lo ha soñado muchas veces con su amigo Durruti: las harán traducir y crearán una gran biblioteca libertaria en castellano donde los obreros conocerán las ideas que los liberarán.
Ascaso tiene que obedecer las órdenes de los suyos y no salir, ni siquiera aparecer por Torrero. En León, la misma estrategia dio resultado tras la muerte de Regueral: sus autores permanecieron encerrados en una casa segura mientras los policías daban vueltas como pollos sin cabeza. Una semana después, cuando la vigilancia se hizo menos estrecha, los anarquistas se confundieron entre los campesinos leoneses que acudían a buscar trabajo a Valladolid para salir de la ciudad. De allí, fueron a Madrid y volvieron a Barcelona en tren, sin problemas.
Es la misma estrategia que seguirán allí: esconderse en la madriguera. Francisco ni siquiera ha pasado por la casa de su familia. Nadie, excepto algunos compañeros, sabe que están en Zaragoza. La única que sale de la casa, y aun así lo mínimo posible, es Teresa Claramunt. Ella compra lo necesario. Es quien les lleva el periódico, El Heraldo de Aragón.
La llamada avisando de la muerte del cardenal llegó a la redacción del periódico a las cuatro de la tarde. Es posible que tuvieran que recomponer la portada y todo lo maquetado y redactado hasta ese momento. Dedicaron tres páginas a la muerte de Soldevila —crimen insólito y abominable, según ellos—, haciéndola pasar por la de un hombre santo. Una de las balas, quién sabe si la disparó él o Doménech, se le alojó en el corazón; era la que necesitaban para mandarle al infierno. Antes de morir, el cardenal recibió la absolución sub conditione; tiene que preguntarle a García Oliver, uno de los líderes de los Solidarios, qué significa eso, a él se le dan bien los latinajos. En el artículo del periódico se menciona cómo vestían, su huida, la aparición de dos chicos que les vieron, la pistola encontrada. También dice que el chófer está gravemente herido. Debió de ser Doménech, Ascaso está seguro de no haberle disparado, sólo apuntó al religioso. Tal vez le rebotó una bala.
Su compañero sigue durmiendo. Ayer bebió demasiado tras la cena. A Ascaso le preocupa Doménech: tiene el gatillo fácil, es excesivamente temerario y le gustan demasiado la bebida y los placeres; nada en contra si no te juegas la vida junto a él.
Hasta el mismo día de su llegada a Zaragoza, Ascaso pensó que su compañero en el atentado sería Rafael Torres Escartín, aragonés como él. A última hora se cambió de idea y viajó Doménech; Ascaso habría preferido a Escartín, pero reconoce que una semana encerrado con él podría ser desquiciante a causa de las rarezas de su camarada. De cualquier forma, no le correspondía a él tomar la decisión, y el bien común del grupo está por encima de sus preferencias.
Es inútil intentar ocultar a Teresa Claramunt que son los autores de la muerte del arzobispo. Tampoco le preocupa que ella lo sepa ahora que está cumplido el trabajo. Teresa es una mujer mayor, cercana a los sesenta, una activista importante; aunque sea de quienes rechazan el empleo de la violencia para presionar al gobierno y a la patronal, nunca se le ocurriría delatar a sus compañeros. Ella cree en un anarquismo muy común en Aragón: puro, individualista, visceral, un poco ingenuo; Ascaso, García Oliver y sus colegas están más en la línea barcelonesa: opinan que hay que destruir el aparato del Estado. Las discusiones con ella serán la única forma de entretenerse que Ascaso tendrá en los próximos días.
En el mercado, según Teresa, se cuenta que han sido detenidas dos personas relacionadas con los hechos; probablemente, dicen, los autores materiales de las muertes. Noticias como ésta son habituales y preocupan sobremanera a Ascaso. Después de cada atentado, el ministerio de la Gobernación presiona a la policía local para obtener resultados. Los agentes detienen indiscriminadamente a inocentes y sus métodos de interrogatorio, simples palizas, hacen que los acusados acaben confesando todo lo que se les exige, estén o no implicados.
Los dos detenidos —no sabe nada de ellos—deben de estar siendo sometidos a tortura en este momento; si a los policías se les va la mano, se les aplicará la ley de fugas. No es un invento reciente, hace muchos años que se practica en España, pero su uso indiscriminado es la triste herencia del siniestro general don Severiano Martínez Anido durante su época de gobernador de Barcelona: a los presos a los que interesa eliminar se les dispara por la espalda en un traslado, se alega que intentaron escapar y se les dio el alto, no atendieron y la escolta policial se vio obligada a usar las armas. Los jueces admiten el intento de fuga como causa de la muerte de compañeros con signos evidentes de haber sido torturados en los calabozos hasta que sólo les restaba un hálito de vida. Se calcula que en Barcelona un centenar de anarquistas ha caído así en los últimos años. Los dos inocentes detenidos tienen suerte de estar en Zaragoza: las torturas a las que se somete a los libertarios en el castillo de Montjuic no tienen nada que envidiar a las de las mazmorras de la Inquisición.
—¿En esta casa no se come?
Francesc Doménech se acaba de levantar, son cerca de las cuatro de la tarde y Teresa y Ascaso comieron hace más de dos horas.
—Prepárate lo que quieras.
—Yo no sé cocinar, ¿no lo puede hacer ella?
—Ella no es tu criada.
—¿Habiendo una mujer en la casa me voy a meter yo en la cocina?
—No te preocupes, a mí no me importa. Te puedo hacer unos huevos y chorizo.
—Cojonudo.
Teresa se ha ofrecido para evitar males mayores, pero Ascaso se da cuenta de que una semana encerrado con Doménech será muy larga. Además, éste no ha entendido nada. Si hacen lo que están haciendo, si acaban de matar al arzobispo de Zaragoza, no es para que todo siga igual sino para crear un mundo nuevo. No pretenden que los obreros vivan mejor y que sus mujeres sigan siendo sus esclavas. Doménech no ha entendido nada.
* * *
Tan seguro está Valenzuela de que los dos jóvenes arrestados por los agentes en las inmediaciones de la finca del cardenal no tienen nada que ver con su asesinato que no asiste a los interrogatorios. Horas después se confirma lo que suponía: son dos chicos de apenas diecisiete años, naturales de Vitoria, que viajaban en tren sin billete, camino de Barcelona, para buscar trabajo. Al ver al revisor se bajaron, aprovechando una parada en medio del campo, y vagaron un rato por la zona. Fueron entonces detenidos por ser «fuertemente sospechosos». Valenzuela se conoce al dedillo todos los métodos y los eufemismos de todas las comisarías de España. «Dos detenidos por ser fuertemente sospechosos» significa que hay que detener a los primeros que se encuentren para que el jefe de la policía pueda decirle al gobernador que las investigaciones avanzan. Los han soltado pero, sin duda, los dos chavales se han llevado una buena somanta de palos.
Valenzuela dedica la mañana a recorrer la ruta de huida de los asesinos desde el asilo hasta la carretera de Madrid. Como suponía, la zona está hollada por los pies de todo el séquito que acompañó al jefe de la policía. No merece la pena mirar qué hay hoy sino imaginar qué hubo ayer: una arboleda con muchos escondrijos en los que ocultarse, esperando el paso del coche del cardenal.
Reconoce que el lugar elegido era el más adecuado para atentar contra la vida de Soldevila. Los terroristas conocían bien el terreno. No es de extrañar: aunque Durruti sea leonés, más de la mitad de los miembros de los Solidarios son aragoneses —han vivido en Zaragoza y conocen la zona en la que han cometido el atentado— y tienen infraestructura suficiente para huir. Todos los testigos coinciden en que fueron dos los que dispararon, pero tiene que haber más cómplices, los que les ayudaron a esconderse.
Valenzuela llega a la carretera por el mismo camino que debieron de recorrer los asesinos. Enfrente de la carretera está el barrio de las Delicias, un barrio obrero. Tiene el presentimiento de que en alguna de las casas que ve están los hombres que busca.
Se adentra en el barrio. Solo, como siempre: no quiere hablar con nadie mientras trabaja. Una pareja de agentes le sigue a unos quince pasos, la distancia mínima que él exige. Si necesita consultarles algo, los mandará acercarse, pero no quiere que le estorben.
Las casas del barrio son pobres, muchas de ellas ocupadas por sindicalistas, sin duda. Su barrio no era muy distinto. Desde alguna ventana le estarán mirando, preguntándose quién es y sintiendo temor. Quizá alguien le reconozca; no han pasado tantos años desde que se marchó. Recuerda haber venido muchas veces a cumplir los recados que su padre le encargaba para el sindicato: repartir el periódico anarquista, entregar propaganda, avisar de reuniones, esconder armas… De momento, todas las ventanas son iguales, ninguna tiene una señal que le lleve a la guarida de sus enemigos.
Almuerza con Pallás en la segunda planta de Casa Lac, un buen restaurante, otro de los sitios donde no le habrían dejado entrar hace años. Entonces nunca comió allí, pero son tantas las veces que ha tenido que volver a Zaragoza, la segunda ciudad en importancia para el anarquismo español, que ahora conoce los mejores restaurantes, los cafés y los cabarés. Y también le conocen a él. Se sabe vigilado en todo momento, por eso no se oculta. Pallás, sin embargo, está nervioso.
—No deberían verme aquí.
—Pide pularda con uvas, es cojonuda.
—Es muy peligroso para mí aparecer en sitios como éste.
—Si te metes en un charco, te quemas.
—Me mojo…
—Si me sale de los cojones que te quemes, te quemas. Tú llevas metiéndote en charcos muchos años, Pallás.
Pallás se llama igual que un líder anarquista fusilado hace más de veinte años por intentar asesinar al general Martínez Campos. En venganza por su ejecución, Santiago Salvador arrojó la bomba del Liceo de Barcelona y mató a más de veinte espectadores. Valenzuela nunca le ha preguntado si tiene algo que ver con él. Quizá su historia y la de Pallás sean similares: padres anarquistas, hijos pistoleros.
—Estás aquí para enterarte de todo lo que pasa, no para esconderte.
El arzobispo Soldevila ha sido más importante para ellos de lo que nadie piensa. El dinero con el que se paga el Sindicato Libre salía de su red de casinos en Aragón. Hay que reorganizarlo todo para evitar que cambie de destino y se lo quede gente como Pallás, aventureros sin escrúpulos dispuestos a meter la mano en la caja en cuanto se presente la oportunidad. En eso envidia la integridad de los Solidarios: no están interesados en el dinero; ni siquiera cobran un sueldo del sindicato. Cuando necesitan dinero, hacen lo que llaman «expropiaciones de bienes burgueses», es decir, roban. Se quedan con lo que precisan y reparten el resto. Si demuestra un exceso de codicia, Valenzuela eliminará a Pallás cuando llegue el momento, pero antes tiene tareas en las que le resultará útil.
—La mayor parte de los Solidarios son aragoneses…
—Sí, pero viven en Barcelona. Los que mataron al cardenal vinieron de allí, estoy seguro.
—Tienes gente a la que pagamos para tener los ojos abiertos. Quiero saber si alguno de ellos ha puesto un pie en Zaragoza este año: Torres Escartín, Jover, cualquiera de los hermanos Ascaso. Quiero saber si han estado aquí, aunque haya sido para visitar a sus madres.
—De acuerdo.
—Otra cosa, un chaval rubio, uno al que entrevistamos ayer. Te mandaré su ficha… Lo quiero muerto.
—¿Anarquista?
—Todavía no, pero lo será. Se llama Luis o Martino, no sé. En realidad he olvidado cómo se llama, pero lo quiero muerto.
Valenzuela no disfruta de la comida con Pallás, por muy buena que esté la pularda con uvas. Lo que él quiere es asistir al entierro de algún cenetista.
—Mañana a primera hora hablamos. Quiero resultados.
La segunda entrevista del día es en el despacho del jefe de la policía de Zaragoza, don Pedro Aparicio. Valenzuela no está bajo sus órdenes pero debe guardar las formas y simular respeto.
—No nos interesa una huelga general en Aragón.
—No habrá huelga general. Nadie hará huelga por detener a unos cuantos anarquistas para interrogarlos.
—Han repartido unas octavillas donde amenazan con la huelga.
—Es un farol, no la quieren ahora.
Aparicio no va a entender nada. Ascaso le explicaría que la CNT no quiere que el general Primo de Rivera dé el golpe de Estado del que tanto se habla y acceda al gobierno. Una cosa es que maten a Soldevila, otra que hagan huelga general en Aragón.
—Aquí sabemos cómo hacer las cosas. Pediremos ayuda a la ciudadanía. Alguien habrá visto a los asesinos.
—La ciudadanía no colaborará. Entre ellos y nosotros, la gente los escoge a ellos.
Si el jefe de la policía no ha aprendido eso, es que no ha aprendido nada. Nadie dirá que haya visto a los asesinos. Bastante suerte tuvieron al encontrar a dos chicos de apenas quince años que aún no eran conscientes —ahora lo son— de que deberían haberse quedado callados. Si hablas, siempre hay alguien que quiere que te calles, y te obligará a hacerlo antes o después.
—He venido de Barcelona para colaborar con ustedes. Mi único interés es ayudar a encontrar a los asesinos del cardenal Soldevila.
—El gobernador nos ha dado órdenes de no detener a nadie que no sea realmente autor de los hechos.
—Si fuera por él, todavía estaría suelto Mateo Morral. En la policía en Barcelona creemos…
—Si quiere ayudar, vuelva a Barcelona y no se inmiscuya en las investigaciones.
Si hay algo en lo que Valenzuela está de acuerdo con los anarquistas es en que casi todos los jefes de la policía española son unos incompetentes a los que habría que fusilar. No tendrá más remedio que saltarse las normas, como de costumbre. Valenzuela incurre una y otra vez en la ilegalidad para hacer respetar la ley.
* * *
El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la Guarda dio la señal de que se hallaba a la vista el bergantín El Faraón procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles. Como suele hacerse en tales casos, salió inmediatamente en su busca un práctico, que pasó por delante del castillo de If y subió a bordo del buque entre la isla de Rión y el cabo Mongión. En un instante, y también como de costumbre, se llenó de curiosos la plataforma del castillo de San Juan, porque en Marsella se daba gran importancia a la llegada de un buque y sobre todo si le sucedía lo que al Faraón, cuyo casco había salido de los astilleros de la antigua Focia y pertenecía a un naviero de la ciudad.
Paz estaba tan nerviosa el primer día, y lo ensayó tantas veces para no equivocarse, que se aprendió de memoria el primer párrafo de la novela que tenía que leer a los tabaqueros, El conde de Montecristo.
Leer novelas a los trabajadores mientras hacen su labor en las fábricas de cigarros es una costumbre que viene de antiguo, del siglo XIX, desde que lo propuso un torcedor de tabaco asturiano. También es el primer trabajo de Paz, a los dieciséis años, y no porque a su familia le haga falta el dinero —ni siquiera cobrará su sueldo, que pasará a engrosar un fondo de ayuda para los compañeros en caso de huelga o necesidad—. Trabajar en los meses de vacaciones escolares es una imposición de Jonás Vidal, su padre —anarquista, trabajador, padre, propietario de una imprenta y canario, en este orden como él siempre dice.
En los ratos libres, mientras otro de sus compañeros continúa la lectura y ella descansa, Paz se fija en las manos de los torcedores, que escogen el tabaco que compondrá la tripa del puro. Después les ve preparar el capote con las hojas más flexibles y resistentes, las que sujetarán la tripa. Se sabe si el torcedor es bueno cuando une tripa y capote y da forma al puro, el tabaco como dicen ellos. Después de prensarlo se le pone por encima la capa, una hoja perfecta, con un color uniforme y un brillo inmejorable. Se corta con la chaveta, una cuchilla, en función del tipo de cigarro que se desee. Desde que está en la fábrica, Paz entiende uno de los latiguillos favoritos de su padre cuando habla de los políticos: «A ése se le ha ido la chaveta».
Un tabaquero puede tardar más de veinte años en llegar a convertirse en maestro torcedor. Los aprendices son aún más jóvenes que Paz. Pasan dos años observando el trabajo de los torcedores, barriendo, limpiando, recogiendo y ayudando a escoger las mejores hojas antes de dar forma a un cigarro con sus manos.
Paz nunca ha probado el sabor de un puro habano, pero lo hará esta misma tarde. Ha recogido uno que había salido más corto de lo debido antes de que los aprendices que se llevan los restos, pican el tabaco y hacen cigarros que venden o fuman ellos mismos, se quedaran con él. Lo ha escondido entre sus cosas y se lo va a fumar esta tarde con Irene y Gloria, sus dos mejores amigas, hijas de canarios como Paz, pero no de anarquistas. Ellas no tienen que trabajar. Habrán pasado el día entero aburriéndose en casa y envidiarán las historias que Paz les cuente esta tarde cuando se vean en el Malecón. Normalmente se ven en el Paseo del Prado, pero hoy han quedado en encontrarse en el Malecón, más apartado, para buscar un lugar en el que fumarse el tabaco.
—Si no aspiras no se enciende…
—Si le pongo fuego se tiene que encender, ¿no?
—No, así lo quemas. Lo que queremos es fumarlo.
—Anda, hazlo tú.
Gloria e Irene están siempre discutiendo. Al final será Paz la que tenga que coger el puro y encenderlo. Aunque nunca los haya probado, ve a su padre encender uno cada noche; sabe perfectamente cómo se hace.
—¿Has visto a Álvaro?
Álvaro, pese a que su nombre es español, es un mulato que trabaja como aprendiz en la fábrica. Alto, piel oscura y brillante, ojos verdes, el hombre más guapo que ha visto Paz en su vida. Sus dos amigas no lo conocen, sólo saben lo que ella les ha contado de él.
—El capataz le ha mandado fregar toda la galería. No sé qué habrá hecho.
—Mirarte, seguro.
—Trae el puro, que lo enciendo yo.
Jonás, su padre, siempre usa un pedazo de la lámina de madera de cedro que viene dentro de la caja de los puros. La enciende con el fósforo y la aplica sobre la punta. Paz no tiene madera de cedro, así que usa directamente el fósforo. Su padre le va dando vueltas al cigarro hasta que está quemado uniformemente, después se lo mete en la boca y aspira, y sale una pequeña llamarada cerca de la punta. Luego se lo saca de la boca y sigue con el fuego sobre el puro, mientras le da vueltas hasta que está completamente encendido. Lo que su padre no hace es tener un acceso de tos como el que ataca a Paz.
—Ahggg, está asqueroso.
—A ver, trae.
Irene es la segunda en darle una chupada. No echa humo.
—Esto no funciona.
—No tienes ni idea.
Parece que a Gloria se le da mejor que a sus dos amigas.
—Está rico.
—Cuidado, no te tragues el humo.
—¿Qué pasa si me lo trago?
El juego del puro les da para poco tiempo de diversión. A los diez minutos están las tres mareadas, hartas del humo y de las toses.
—¿No te ha dicho nada Álvaro?
—No, nada.
No les miente, no le ha dicho nada. Pero cuando estaba leyendo, levantó la vista un momento y le vio. La miraba y le sonreía, con esos ojos verdes, con esos dientes tan blancos… Tiene que encontrar la forma de verse con él sin que su padre se entere.
—¿Vamos al cine el sábado?
—¿Para ver una de indios y vaqueros? Prefiero venir al paseo.
—Qué asco de cine, sólo ponen películas de vaqueros.
—Yo no puedo, voy a la playa.
—¿A la playa? A lo mejor tienes suerte y aparece Álvaro. Si ve cómo te bañas en la playa se enamora seguro.
* * *
—Valenzuela está en Zaragoza.
—Normal. Nos hemos cargado a un arzobispo, ¿a quién van a mandar si no a él? Sabíamos que no tardarían en llegar los buitres a la fiesta.
—Hoy ha comido con Pallás en Casa Lac.
Empiezan los nervios entre los menos acostumbrados a la acción. Siempre es así: euforia mientras se prepara el atentado, temor cuando llega el momento, satisfacción con el resultado, nervios cuando empieza la represión, pánico cuando se desatan las consecuencias. Es entonces cuando hay delaciones y la policía detiene a todos los compañeros que puede. Ascaso no quiere alarmarse ni dejar que se note su inquietud, pero sólo oír el nombre de Valenzuela le provoca desazón: es el más rabioso de los que les persiguen y no suelta la pieza cuando muerde; es comprensible, entre Valenzuela y él, el odio es personal, no tiene nada que ver con la ideología y la ley.
Teóricamente, sólo dos o tres personas saben dónde se han escondido Ascaso y Doménech. Después, siempre aparecen más que lo sabían: alguien lo contó, otro lo vio por casualidad, uno más lo dedujo… Valenzuela es especialista en encontrar el resquicio por el que entrar y descubrirlos. Una semana es el tiempo máximo en un mismo lugar, después hay que cambiar de sitio.
Victoriano Gracia, el secretario general de la CNT en Zaragoza, es uno de los pocos que saben dónde se esconden. Está inquieto, ha presionado al gobierno para que no haya represalias contra los trabajadores, pero sabe que la paz durará poco tiempo, apenas unos días.
—Quizá fuera bueno que salierais hacia Barcelona antes de lo que teníamos previsto.
—Ahora no se puede. La estación de tren sigue vigilada. ¿Habéis tenido noticias de García Oliver?
—He hablado con él. Me pide que estemos tranquilos.
—Hazle caso. ¿Algo de Durruti?
—Sigue encerrado en San Sebastián, pero tienen que soltarlo, quizá la semana que viene.
