Los no muertos: mitos y realidades
Es aquel que emerge de la tumba y su cuerpo es un hogar para los gusanos y un nido de pestilencia. No hay vida en sus ojos, ni calor en su piel, ni latidos en su pecho. Su alma es tan oscura y vacía como el cielo nocturno. Se ríe ante la espada y escupe a la flecha, pues no pueden dañarle. Durante toda la eternidad, hollará la tierra, olfateando la sangre dulce de los vivos, dándose un festín con los huesos de los condenados. Cuidado, pues es el muerto viviente.
Texto hindú muy poco conocido,
escrito alrededor del año 1000 a.C.
ZOMBI: sust. también ZOMBIS pl. 1. Cadáver reanimado que se alimenta de la carne de seres humanos vivos. 2. Hechizo vudú que provoca que los muertos se alcen. 3. Dios serpiente vudú. 4. Alguien que se mueve o actúa aturdido «como un zombi». (Palabra originaria de África Occidental.)

¿Qué es un zombi? ¿Cómo se crean? ¿Cuáles son sus fortalezas y debilidades? ¿Cuáles son sus necesidades, sus deseos? ¿Por qué son hostiles a la humanidad? Antes de hablar sobre cualquier técnica de supervivencia, primero debes saber a qué intentas sobrevivir.
En primer lugar, hay que separar la realidad de la ficción. Los muertos vivientes no son un producto de la magia negra ni de ninguna otra fuerza sobrenatural. El responsable de su existencia es un virus llamado Solanum, una palabra latina utilizada por Jan Vanderhaven, quien fue el primero en «descubrir» la enfermedad.

SOLANUM: EL VIRUS
El Solanum viaja a través del torrente sanguíneo desde el punto de entrada original hasta llegar al cerebro. Siguiendo un proceso que todavía no ha llegado a entenderse del todo, el virus utiliza las células del lóbulo frontal para replicarse y las destruye al mismo tiempo. Durante este período, todas las funciones corporales se detienen, por lo cual, al pararse el corazón, se considera «muerto» al sujeto infectado. El cerebro, sin embargo, sigue vivo aunque inactivo, mientras el virus muta sus células hasta transformarlo en un órgano completamente nuevo. La característica más destacable de este nuevo órgano es que no precisa oxígeno. Al no tener ya necesidad de consumir este importantísimo recurso, el cerebro no muerto puede utilizar el resto del cuerpo humano como un complejo mecanismo de apoyo, aunque sin depender de él de ninguna manera. En cuanto la mutación se ha completado, el nuevo órgano reanima el cuerpo, que ha adoptado una forma que apenas guarda algún parecido (en términos fisiológicos) con el cadáver original; algunas funciones corporales se mantienen, otras siguen activas aunque con una finalidad distinta y el resto permanecen totalmente inactivas. Este nuevo organismo es un zombi, un miembro más de la legión de los muertos vivientes.
1. El origen
Por desgracia, a pesar de las múltiples investigaciones, todavía no se ha hallado una muestra aislada de Solanum en la naturaleza. Los exámenes del agua, el aire y la tierra de todos los ecosistemas, en todas partes del mundo, han dado resultados negativos, así como los realizados sobre la correspondiente flora y fauna. En el momento de escribir este libro, la búsqueda continúa.
2. Los síntomas
A continuación, se describe cómo avanza el proceso infeccioso en un ser humano (que durará más o menos horas, dependiendo del individuo).
Hora primera: La zona infectada se decolora (adquiere un tono entre marrón y morado) y causa dolor. La herida se coagula de manera inmediata (siempre que la infección provenga de una herida).
Hora quinta: Fiebre (de 37 a 39 ºC), escalofríos, leve demencia, vómitos, fuerte dolor en todas las articulaciones.
Hora octava: Entumecimiento de las extremidades y la zona infectada, aumento de la fiebre (de 39 a 41 ºC), se incrementa la demencia, se pierde la coordinación muscular.
Hora undécima: Parálisis de la parte inferior del cuerpo, entumecimiento general, ralentización de la frecuencia cardíaca.
Hora decimosexta: Se entra en coma.
Hora vigésima: El corazón se detiene. Nula actividad cerebral.
Hora vigesimotercera: Reanimación.
3. El contagio
El Solanum es contagioso al cien por cien y letal al cien por cien. Por suerte para la raza humana, el virus no se puede transmitir ni por el agua ni por el aire. No se conoce ningún caso en que un ser humano haya contraído el virus por hallarse en contacto con los elementos de la naturaleza. La infección solo puede tener lugar a través de contacto directo con un fluido infectado. Aunque los mordiscos de zombi son, de lejos, el medio de transferencia más conocido, no es el único, de ningún modo. Ha habido humanos que se han infectado al rozarse con un zombi, ya que han entrado en contacto las heridas abiertas de ambos, o al recibir una lluvia de restos de no muerto tras una explosión. Sin embargo, la ingestión de carne infectada (siempre que la persona no tuviera heridas abiertas en la boca) provoca una muerte permanente y no el contagio; está demostrado que la carne infectada es extremadamente tóxica.
Se ignora qué consecuencias tendría el contacto sexual con un espécimen no muerto, pues no hay ninguna información al respecto (ya sea basada en datos históricos, experimentos o cualquier otra fuente), pero tal y como se ha señalado previamente, dada la naturaleza del Solanum, lo más probable es que hubiera un alto riesgo de contagio. Sería inútil advertir en contra de tales prácticas, puesto que las personas tan trastornadas como para intentar algo así no estarían preocupadas para nada por su propia seguridad. Muchos han argumentado que, dado que los fluidos corporales de los no muertos están coagulados, la posibilidad de contagio a través de un contacto que no fuera un mordisco debería ser baja. Sin embargo, debe recordarse que solo hace falta un organismo para que el ciclo comience.
4. El contagio entre especies
El Solanum es letal para todos los seres vivos, con independencia de su tamaño, su especie o el ecosistema al que pertenezcan. No obstante, la reanimación únicamente tiene lugar con los seres humanos. Ciertos estudios han demostrado que, cuando el Solanum infecta un cerebro no humano, muere horas después de fallecer su anfitrión, lo cual permite que se pueda manipular el cadáver sin ningún riesgo, ya que los animales infectados expiran antes de que el virus pueda replicarse por todo su cuerpo. También se puede descartar el contagio a través de las picaduras de insectos, como los mosquitos, puesto que se ha demostrado experimentalmente que todos los insectos parasitarios son capaces de detectar a un anfitrión infectado y lo rechazarán en el cien por cien de las ocasiones.

5. El tratamiento
Una vez que el humano se encuentra infectado, poco se puede hacer para salvarlo o salvarla. Como el Solanum es un virus y no una bacteria, los antibióticos no sirven para combatirlo. La inmunización, que es la única manera de combatir un virus, es igualmente inútil, ya que la menor dosis, por ínfima que sea, provocará una infección total. Se están realizando investigaciones genéticas en este campo, que pretenden crear anticuerpos humanos más fuertes, estructuras celulares más resistentes, o antivirus diseñados para identificar y destruir el Solanum; estos tratamientos y otros aún más radicales están todavía en sus primeras fases, por lo que no se prevé que tengan éxito en un futuro cercano. Las experiencias en el campo de batalla han llevado a optar por amputar de inmediato el miembro infectado (siempre que sea donde esté localizado el mordisco), pero tales tratamientos son cuestionables, cuando menos, ya que tienen menos de un 10 por ciento de éxito. Lo más probable es que el humano infectado esté condenado desde el mismo momento en que el virus haya entrado en el organismo de él o ella. Si el humano infectado decide suicidarse, debe recordar que lo primero que hay que destruir es el cerebro. Hay constancia de casos en los que ciertos sujetos recientemente infectados y que han fallecido por causas que no tenían nada que ver con el virus han acabado reanimándose pese a todo. Esto suele ocurrir cuando el sujeto expira cinco horas después de haberse infectado. En cualquier caso, habría que deshacerse inmediatamente de toda persona que haya muerto tras haber sido infectada por los no muertos a través de un mordisco o de cualquier otro modo.
6. La reanimación de los ya fallecidos
Se ha llegado a sugerir que los cadáveres de humanos recién fallecidos se podrían reanimar si el Solanum entrara en su cuerpo después de su muerte, pero esto es una falacia; además, los zombis no comen carne necrótica y, por tanto, no se podría transmitir el virus de esta manera. Asimismo, los experimentos realizados durante la Segunda Guerra Mundial (véase «Ataques registrados») demostraron que inyectar Solanum en un cadáver sería en vano, puesto que un sistema sanguíneo por el que ya no circula la sangre no podría transportar el virus hasta el cerebro. Si se inyectara directamente a un cerebro muerto sería igualmente inútil, ya que las células muertas no podrían reaccionar ante el virus. El Solanum no insufla vida, sino que la altera.
LAS CARACTERÍSTICAS DE LOS ZOMBIS
1. Habilidades físicas
Muy a menudo, se ha afirmado que los no muertos poseen poderes sobrehumanos: una fuerza inusitada, la velocidad del rayo, telepatía, etc. Se cuentan historias que dicen que los zombis son capaces de volar por el aire o escalar superficies verticales como si fueran arañas. Si bien todas estas invenciones exageradas son fascinantes, un muerto viviente no es para nada un demonio mágico y omnipotente. Nunca hay que olvidar que el cuerpo de un no muerto es, a efectos prácticos, un cuerpo humano; lo único que cambia es la manera en que el cerebro ahora infectado usa este nuevo cuerpo reanimado. Es imposible que un zombi pueda volar, a menos que el humano que era antes pudiera volar; lo mismo se puede aplicar a poderes como proyectar campos de fuerza, teletransportarse, atravesar objetos sólidos, transformarse en lobo, escupir fuego, u otros diversos talentos místicos que se suelen atribuir a los muertos vivientes. Imagínate que el cuerpo humano es una caja de herramientas. El cerebro no muerto tiene esas herramientas, únicamente esas, a su disposición, ya que no puede crear otras nuevas de la nada, pero sí puede, como verás, utilizar esas herramientas de maneras muy poco convencionales, o hacer que duren mucho más allá de lo que sería normal en un humano.

A. La vista
Los ojos de un zombi no se diferencian de los de un humano normal. Aunque siguen siendo capaces (según su nivel de descomposición) de transmitir señales visuales al cerebro, otra cuestión muy distinta es cómo las interpreta este. Los estudios sobre la capacidad visual de los no muertos no son concluyentes. Aunque pueden divisar una presa a una distancia similar a la que la vería un humano, es una cuestión todavía abierta a debate si son capaces de distinguir a un ser humano de uno de los suyos. Hay una teoría que sugiere que los movimientos de los humanos, que son más rápidos y suaves que los de los no muertos, son los que llaman la atención al zombi. Se han llevado a cabo experimentos en los que los humanos han intentando confundir a los muertos vivientes que se aproximaban imitando su forma de moverse, a la vez que arrastraban los pies y caminaban torpemente. Hasta la fecha, ninguno de estos intentos ha tenido éxito alguno. Se ha planteado la hipótesis de que los zombis podrían poseer visión nocturna, lo cual explicaría que sean unos cazadores nocturnos tan habilidosos. Sin embargo, esta teoría ha sido refutada por el hecho de que todos los zombis son unos excelentes depredadores nocturnos, incluso aquellos que no tienen ojos.

B. El oído
No cabe ninguna duda de que los zombis tienen un oído excelente. No solo son capaces de percibir el sonido, sino también de determinar de dónde procede. Parece ser que su rango auditivo básico es el mismo que el de los humanos, ya que se han realizado experimentos con frecuencias extremadamente altas y bajas y los resultados han sido negativos. Asimismo, las pruebas han demostrado que cualquier sonido es capaz de atraer a los zombis, y no solo los emitidos por criaturas vivas. No obstante, se ha comprobado fehacientemente que los muertos vivientes son capaces de percibir sonidos que los humanos vivos no oyen. La explicación más probable, aunque no está demostrada, es que los zombis dependen de todos sus sentidos en el mismo grado. Desde que nacen, los humanos utilizan sobre todo la vista, y únicamente pasan a depender de los demás sentidos si pierden este sentido principal. Tal vez los muertos vivientes no compartan con nosotros esta carencia. De ser así, eso explicaría su gran habilidad para cazar, luchar y alimentarse en una oscuridad total.

C. El olfato
Al contrario de lo que sucede con el oído, los no muertos sí poseen un sentido del olfato más agudo. Tanto en situaciones de combate como en pruebas de laboratorio, han sido capaces de distinguir el olor de una presa viva por encima de todos los demás. En muchos casos, y siempre que el viento ideal sople en la dirección correcta, se sabe que los zombis han sido capaces de oler cadáveres frescos a una distancia de más de kilómetro y medio. Una vez más, esto no quiere decir que los muertos vivientes tengan un sentido del olfato más desarrollado que el de los humanos, sino que, simplemente, dependen más de él. No se sabe con exactitud cuál es la secreción en particular que les indica la presencia de la presa: el sudor, las feromonas, la sangre, etc. En el pasado, algunas personas que pretendían atravesar sin ser detectadas alguna zona infestada han intentado «enmascarar» su olor humano con perfumes, desodorantes u otras sustancias químicas con un fuerte olor, pero ninguna tuvo éxito. Ahora mismo, se están llevando a cabo experimentos para sintetizar los olores de criaturas vivas a fin de usarlas como señuelo o incluso como repelente con los muertos vivientes. No obstante, todavía pasarán muchos años antes de dar con un producto exitoso en este sentido.

D. El gusto
Aunque se conoce muy poco sobre las papilas gustativas alteradas de los muertos vivientes, sí se sabe que los zombis son capaces de distinguir la carne humana de la de animal, y prefieren la primera; además, los muertos vivientes comen carne de presa recién muerta y rechazan la carroña, pues poseen la extraordinaria capacidad de distinguirlas perfectamente. Un cuerpo humano que lleve muerto más de doce a dieciocho horas será rechazado como comida. Lo mismo se aplica a los cadáveres que han sido embalsamados o conservados de otro modo. No obstante, todavía está por ver si todo esto tiene algo que ver con el sentido del «gusto», ya que podría estar más relacionado con el olor o, quizá, con otro instinto que aún no ha sido descubierto. Respecto a por qué prefieren exactamente la carne humana, la ciencia todavía tiene que dar con la respuesta a esta pregunta desconcertante, frustrante y aterradora.
E. El tacto
Los zombis no perciben ninguna sensación física a través del tacto, literalmente. Todos los receptores sensoriales relacionados con este sentido permanecen inactivos tras la reanimación. Esta es la mayor y más espantosa ventaja que tienen sobre los vivos. Nosotros, como humanos, somos capaces de sentir un dolor físico que nos indica que nuestro cuerpo ha sufrido algún daño. Nuestro cerebro clasifica esas sensaciones, las relaciona con la experiencia que las ha provocado y, a continuación, archiva esa información para utilizarla como advertencia ante futuras lesiones. Gracias a este don de nuestra fisiología y al instinto, hemos sido capaces de sobrevivir como especie. Por eso valoramos tanto virtudes como el coraje, que inspira a la gente a realizar ciertos actos a pesar del peligro que corre. La incapacidad de sentir el dolor y de, por tanto, intentar evitarlo es lo que convierte a los muertos vivientes en un enemigo tan formidable. Como no notan las heridas, no cejan en sus ataques. Incluso si un zombi resulta seriamente dañado físicamente, seguirá atacando hasta que no quede nada de él.
F. El sexto sentido
Las investigaciones históricas, así como los estudios de laboratorio y de campo, han demostrado que los muertos vivientes han sido capaces de atacar incluso a pesar de tener todos sus órganos sensoriales dañados o completamente descompuestos. ¿Acaso eso significa que los zombis poseen un sexto sentido? Tal vez. Los seres humanos utilizan menos del 5 por ciento de su capacidad cerebral, así que es posible que el virus pueda estimular otras capacidades sensoriales que la evolución ha ido olvidando. Esta teoría es una de las que más debates acalorados ha suscitado en la guerra contra los no muertos. No obstante, por ahora, no se ha hallado ninguna evidencia científica que corrobore la postura de ninguno de los dos bandos.
G. El factor curativo
A pesar de lo que dicen las leyendas y las historias populares antiguas, se ha demostrado que la fisiología de los no muertos no posee ningún poder de regeneración. Las células que resultan dañadas permanecen así. Cualquier herida, no importa cuál sea su tamaño o naturaleza, permanecerá tal cual mientras ese cuerpo continúe reanimado. Se ha intentado estimular el proceso de curación en los muertos vivientes capturados mediante diversos tratamientos médicos, pero ninguno ha tenido éxito. Los no muertos carecen de la capacidad que posee todo ser vivo, como es nuestro caso, de curarse por sí solo, lo cual es una tremenda desventaja para ellos. Por ejemplo, cada vez que nosotros hacemos un sobreesfuerzo físico, sufrimos desgarros musculares, pero con el tiempo, estos músculos se curan y se hacen más fuertes que antes; sin embargo, la masa muscular de un muerto viviente permanece dañada, de modo que esta se resiente cada vez que se utiliza y su funcionalidad mengua.
H. La descomposición
La «esperanza de vida» del zombi medio (el tiempo que es capaz de permanecer activo antes de pudrirse completamente) se estima que es de tres a cinco años. Aunque parezca increíble que un cadáver humano sea capaz de ralentizar el proceso natural de descomposición, esto tiene una explicación biológica. Cuando un humano muere, miles de millones de organismos microscópicos invaden inmediatamente su cuerpo. Si bien estos organismos siempre están presentes, tanto en el medio ambiente externo como en el interior del propio cuerpo, cuando un humano está vivo el sistema inmunitario conforma una barrera entre estos organismos y su objetivo, pero esta cae al morir. Esos organismos se multiplican de manera exponencial mientras devoran y, por tanto, deshacen el cadáver a nivel molecular. El olor y la decoloración asociados habitualmente con cualquier carne en descomposición son las consecuencias del proceso biológico llevado a cabo por estos microbios. Cuando uno pide un filete de carne «bien curada», está pidiendo un trozo de carne que ha empezado a pudrirse, cuya carne anteriormente dura ha sido ablandada por esos microorganismos que han quebrado sus robustas fibras. En un tiempo breve, ese filete, al igual que un cadáver humano, se disolverá hasta no ser nada, dejando atrás únicamente sustancias demasiado duras o nada nutritivas para cualquier microbio, como pueden ser los huesos, los dientes, las uñas y el pelo. Este es el ciclo normal de la vida, la forma en que la naturaleza recicla los nutrientes para llevarlos de nuevo a la cadena alimentaria. Para detener este proceso, y conservar el tejido muerto, es necesario colocarlo en un entorno donde las bacterias no puedan prosperar, como en lugares donde haya temperaturas extremadamente bajas o altas, en sustancias químicas tóxicas como el formaldehído o, en este caso, en un organismo saturado de Solanum.
Casi todas las especies microbianas que participan en la descomposición normal de un ser humano rechazan la carne infectada por este virus, lo cual provoca que el zombi quede embalsamado a efectos prácticos. Si este no fuera el caso, combatir a los muertos vivientes habría sido muy fácil; habría bastado con procurar evitarlos durante varias semanas o incluso días hasta que se pudrieran y solo quedaran los huesos. No obstante, los investigadores aún tienen que descubrir cuál es la causa exacta que provoca que se mantengan en ese estado. Se ha determinado que al menos alguna especie de microbio tiene que ser capaz de prosperar en un entorno saturado de Solanum, ya que si no, el no muerto permanecería perfectamente conservado para siempre. También se ha determinado que ciertas condiciones naturales, como la humedad y la temperatura, desempeñan un papel importante. Es muy poco probable que los no muertos que merodean por los pantanos de Luisiana duren tanto como los que se encuentran en el frío y seco desierto del Gobi. En situaciones extremas, como puede ser un lugar con un frío muy intenso o la inmersión en un líquido conservante, un espécimen no muerto podría, hipotéticamente, existir indefinidamente. Se sabe que estas técnicas han permitido a algunos zombis permanecer activos durante décadas, cuando no siglos. (Véase «Ataques registrados».) Por mucho que se descompongan, eso no quiere que decir que los muertos vivientes simplemente se desmoronen y se acabó. La putrefacción puede afectar a diversas partes del cuerpo en distintos momentos. Se han encontrado especímenes con el cerebro intacto y el cuerpo prácticamente desintegrado, y otros con el cerebro podrido pero parcialmente capaces de controlar algunas funciones corporales, aunque con otras paralizadas por completo. Recientemente, ha circulado una teoría muy popular que pretende explicar que las antiguas momias egipcias fueron uno de los primeros ejemplos de zombis embalsamados, ya que las técnicas de conservación a las que eran sometidas les permitirían seguir activas varios miles de años después de haber sido sepultadas. A cualquiera que tenga unos conocimientos básicos sobre el antiguo Egipto esta historia le parecerá una mentira bastante risible, puesto que el paso más importante y complicado para preparar a un faraón para ser enterrado era ¡extirparle el cerebro!
I. La digestión
Ciertas pruebas recientes han descartado de una vez por todas la teoría de que la carne humana es una fuente de energía para los no muertos. El tracto digestivo de un zombi permanece completamente inactivo. El complejo sistema que procesa la comida, extrae nutrientes y excreta residuos no encaja para nada en la fisiología de un zombi. Las autopsias llevadas a cabo en no muertos neutralizados han demostrado que su «comida» se halla en su estado original, sin ser digerida, en todas las secciones del tracto. Esta materia parcialmente masticada y que se pudre lentamente seguirá acumulándose, mientras los zombis devoran más víctimas, hasta que salga expulsada a la fuerza por el ano, o haga reventar, literalmente, el estómago o la pared intestinal. Aunque este ejemplo de indigestión extrema no es lo más habitual, centenares de testigos han confirmado que también hay no muertos con las tripas terriblemente hinchadas. ¡En una ocasión, al diseccionar un espécimen capturado, se descubrió que dentro de él había noventa y cinco kilos de carne! Existen testimonios aún menos frecuentes que han asegurado que hay zombis que siguen alimentándose aunque su tracto digestivo haya reventado desde dentro.
J. La respiración
Los pulmones de los no muertos continúan funcionando, ya que inhalan aire y lo expulsan del cuerpo. De ahí deriva el característico gemido de los zombis. Sin embargo, tanto los pulmones como la química del organismo no logran extraer el oxígeno ni deshacerse del dióxido de carbono. Dado que el Solanum permite obviar la necesidad de realizar estas funciones, el sistema respiratorio humano por entero no es más que una herramienta obsoleta dentro del cuerpo de un no muerto. Esto explica por qué los muertos vivientes pueden «andar bajo el agua» o sobrevivir en entornos letales para los humanos. Porque sus cerebros, como se ha señalado antes, no necesitan oxígeno.
K. El sistema circulatorio
Sería inexacto afirmar que los zombis no tienen corazón. Sin embargo, no sería inexacto afirmar que no le dan ningún uso. El sistema circulatorio de un no muerto es poco más que una red de tubos inútiles repletos de sangre coagulada. Lo mismo puede decirse del sistema linfático, así como de los demás fluidos corporales. Aunque esta mutación podría parecer que da a los no muertos una ventaja más sobre la humanidad, en realidad ha demostrado ser un regalo del cielo. La falta de fluidos evita que el virus se transmita fácilmente. Si esto no fuera cierto, sería prácticamente imposible combatir cuerpo a cuerpo con ellos, ya que el humano que se estuviera defendiendo casi seguro que acabaría salpicado de sangre u otros fluidos.
L. La reproducción
Los zombis son unas criaturas estériles, puesto que la necrosis de sus órganos sexuales les ha privado de toda funcionalidad. Se ha intentado fertilizar óvulos zombis con esperma humano y viceversa, pero los experimentos terminaron en fracaso. Los no muertos tampoco han mostrado ningún deseo sexual, ni por sus congéneres ni por los vivos. Salvo que alguna investigación acabe demostrando lo contrario, es imposible que el mayor temor de la humanidad (que los muertos puedan reproducirse y engendrar más muertos) se haga realidad, lo cual es reconfortante.
M. La fuerza
Los muertos vivientes poseen la misma fuerza bruta que los vivos. Cada zombi en particular tiene su propia fuerza. La masa muscular que una persona tenía en vida será toda la que posea al morir. Al contrario de lo que sucede con un cuerpo vivo, a los muertos no les funcionan las glándulas suprarrenales; esto impide a los zombis experimentar esos estallidos temporales de energía de los que disfrutamos los humanos. La única gran ventaja con la que cuentan los muertos vivientes es que poseen una resistencia asombrosa. Imagínate haciendo ejercicio o realizando cualquier otro esfuerzo físico. Lo más probable es que el dolor y el agotamiento te marquen cuáles son tus límites. Sin embargo, estas limitaciones no se aplican a los muertos. Ellos seguirán actuando, con la misma energía y dinamismo, hasta que los músculos empleados para llevar a cabo ese esfuerzo se desintegren literalmente. Si bien esto provoca que los muertos vivientes sean cada vez más débiles, también permite que su primer ataque sea tremendamente potente. Muchas barricadas, ante las que tres o incluso cuatro humanos en plena forma habrían tenido que rendirse exhaustos, han caído ante el empuje de un solo y decidido zombi.
N. La velocidad
Los muertos «reanimados» tienden a moverse desgarbadamente o cojeando. Aunque no se encuentren heridos ni en un estado de avanzada descomposición, su falta de coordinación hace que caminen con paso vacilante. La velocidad a la que avanzan viene determinada principalmente por la longitud de sus zancadas; por eso, los muertos vivientes más altos, al dar pasos más largos, avanzan con mayor rapidez que sus congéneres más bajos. Además, los zombis parecen ser incapaces de correr. Según todas las observaciones, los más rápidos se mueven a un ritmo de apenas un paso cada segundo y medio. Una vez más, al igual que ocurre con la fuerza, la gran ventaja de los muertos sobre los vivos es que no se cansan. Los humanos que creen que han dejado atrás a sus perseguidores no muertos harían bien en recordar la fábula de la tortuga y la liebre y, además, deberían tener en cuenta, por supuesto, que en este caso la liebre tiene bastantes posibilidades de acabar siendo devorada viva.
O. La agilidad
El ser humano vivo medio posee una destreza un 90 por ciento mayor que la del muerto viviente más fuerte. Esto se debe en parte a la rigidez general del tejido muscular necrosado (lo que explica su torpe caminar), aunque la principal causa de todo esto es que su cerebro funciona a un nivel muy primitivo. Los zombis tienen muy mala coordinación visomotriz, lo cual es una de sus mayores debilidades. Nadie ha visto nunca a un zombi saltar, ni de un lugar a otro ni, simplemente, de arriba abajo. Mantener el equilibrio sobre una superficie estrecha también se halla más allá de sus capacidades. Nadar es otra habilidad reservada a los vivos. Se ha planteado la hipótesis de que, si un cadáver no muerto se hinchara tanto como para elevarse hasta la superficie, podría convertirse en un peligro flotante. No obstante, esto rara vez se da, ya que su descomposición ralentizada no permitiría que se acumularan los suficientes gases generados por la putrefacción como para que esto ocurriera. Lo más probable es que los zombis que se adentran o caen en grandes masas de agua acaben deambulando sin rumbo por el fondo hasta que al final se disuelvan. Aunque pueden resultar unos buenos escaladores, solo pueden serlo en determinadas circunstancias. Si los zombis perciben que hay una presa por encima de ellos (por ejemplo, en la segunda planta de una casa), siempre intentarán trepar hasta ahí. Los zombis intentarán escalar cualquier superficie por muy inviable o imposible que resulte. En casi todas las situaciones, salvo en las más fáciles, estos intentos acaban en fracaso. En el caso de las escaleras, donde se requiere únicamente un poco de coordinación psicomotriz, solo uno de cada cuatro zombis logra subir o bajar por ellas.
2. Los patrones de comportamiento
A. La inteligencia
Se ha demostrado, una y otra vez, que la mayor ventaja que tenemos sobre los no muertos es nuestra capacidad de pensar. La capacidad intelectual del zombi medio se encuentra, más o menos, por debajo de la de un insecto. En ninguna ocasión han mostrado alguna capacidad de razonar o emplear la lógica. Intentar realizar una tarea, fracasar y luego, mediante prueba y error, descubrir una nueva solución es una habilidad compartida por muchos miembros del reino animal, pero de la que carecen los muertos vivientes. Los zombis han fallado repetidamente en las pruebas de inteligencia de laboratorio cuyo listón se hallaba colocado al nivel de los roedores. Se sabe de un caso real en el que había un humano en un extremo de un puente derruido en cuya otra punta había varias docenas de zombis. Uno a uno, los muertos vivientes fueron cayendo al vacío en un intento vano por intentar alcanzarlo. En ningún momento ellos se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo ni cambiaron su estrategia en algún sentido. Al contrario de lo que dicen los mitos y las especulaciones, nunca se ha visto a un zombi utilizar ningún tipo de herramienta. Incluso coger una piedra para emplearla como arma está más allá de su corto entendimiento; esta simple tarea demostraría que son capaces de realizar el razonamiento básico de percatarse de que la piedra es un arma más eficiente que la mano. De un modo irónico, vivir en la era de la inteligencia artificial nos ha permitido entender con más facilidad la mente de los zombis que la de nuestros ancestros más «primitivos». Salvo raras excepciones, incluso los ordenadores más avanzados carecen de la facultad de pensar por sí mismos; hacen lo que les han programado hacer, nada más. Imagínate un ordenador programado para llevar a cabo una función, la cual no puede ser detenida, ni modificada, ni borrada, y en el que, además, no se pueden almacenar nuevos datos ni se le pueden dar nuevas órdenes. Este ordenador llevará a cabo la misma tarea, una y otra vez, hasta que su fuente de energía se agote al fin. Así funciona el cerebro zombi. Es una máquina capaz solo de realizar una única tarea impulsada por el instinto, que, además, no puede ser modificada y solo puede ser destruida.
B. Las emociones
Los muertos vivientes no conocen ningún tipo de emoción. Todo intento de guerra psicológica en contra, desde intentar enfurecer a los no muertos a apelar a su piedad, ha acabado en total desastre. La alegría, la tristeza, la confianza, la ansiedad, el amor, el odio, el miedo..., todos estos sentimientos y miles más que conforman el «corazón» del ser humano son tan inútiles para los muertos vivientes como el órgano del mismo nombre. Quién sabe si esta es la mayor fuerza o debilidad del ser humano. El debate prosigue y, probablemente, será eterno.
C. Los recuerdos
En los últimos tiempos se ha extendido la idea de que el zombi sigue recordando su vida anterior. Todos hemos oído historias de muertos que regresan a los lugares donde residían o trabajaban, que manejan maquinaria que les resulta familiar o que muestran compasión con seres queridos. En verdad, no existe ni la más mínima prueba que apoye estos castillos en el aire. Los zombis no pueden tener recuerdos de su vida anterior ni a nivel consciente ni inconsciente, ¡porque carecen de una mente, tanto consciente como subconsciente! Un muerto viviente no se distraerá si ve a una mascota de la familia, unos familiares vivos, un entorno familiar, etc. Da igual quién fuera en su vida anterior, esa persona ha desaparecido, ha sido reemplazada por un autómata sin mente que solo responde al instinto de alimentarse. Esto nos lleva a la pregunta siguiente: ¿por qué los zombis prefieren las áreas urbanas al campo? En primer lugar, los no muertos no prefieren las ciudades, sino que simplemente se quedan allí donde tiene lugar su reanimación. En segundo lugar, la principal razón por la que los zombis tienden a quedarse en las ciudades en vez de marcharse al campo es porque en las zonas urbanas hay una mayor concentración de presas.
D. Las necesidades físicas
Aparte del hambre (del que se hablará luego), los muertos no muestran ninguna de las carencias ni necesidades de índole física propias de la vida mortal. Nunca se ha visto dormir o descansar a un zombi. No reaccionan de ningún modo ante el calor o el frío extremos; si hace muy mal tiempo, no buscan refugio. Los muertos vivientes ignoran incluso qué es algo tan sencillo como la sed. El Solanum, desafiando a todas las leyes de la ciencia, ha creado lo que podría describirse como un organismo completamente autosuficiente.
E. La comunicación
Los zombis carecen de la facultad de hablar. A pesar de que poseen unas cuerdas vocales que les permitirían hacerlo, su cerebro no se lo permite. Al parecer, solo son capaces de proferir un gemido gutural. Los zombis lanzan este gemido cuando identifican una presa. El tono se mantendrá bajo y continuo hasta que se establezca un contacto físico. A continuación, en cuanto el zombi inicie el ataque, cambiará de tono y volumen. Este sonido espeluznante, tan asociado normalmente con los muertos vivientes, sirve como grito de llamada a los demás zombis y, tal y como se ha descubierto recientemente, es un arma psicológica muy poderosa. (Véase «A la defensiva».)
F. Las dinámicas sociales
Han proliferado las teorías que afirman que los no muertos actúan como una fuerza colectiva, se ha dicho incluso que son un ejército controlado por Satán o una colmena en la que se comunican por feromonas como los insectos o, esta es la hipótesis más reciente, que son capaces de tomar decisiones en grupo mediante telepatía. Lo cierto es que los zombis carecen de una organización social propiamente dicha. No hay jerarquías, no hay cadena de mando, no hay nada que haga que tiendan hacia ningún tipo de colectivización. Una horda de no muertos, con independencia de su tamaño o de su aspecto, es simplemente una masa de individuos. Si varios cientos de muertos vivientes convergen en el lugar donde se halla una víctima, es porque cada uno de ellos se ha visto arrastrado hasta ahí por su propio instinto. Según parece, los zombis no son conscientes de la presencia de sus semejantes. Nunca se ha observado que reaccionen al verse mutuamente a cualquier distancia. Esto nos retrotrae a la cuestión de la percepción: ¿cómo es capaz un zombi de distinguir entre uno de los suyos y un humano u otra presa a una misma distancia? Todavía no se ha encontrado una respuesta a esta pregunta. No obstante, los zombis sí que se evitan unos a otros de la misma forma que sortean los objetos inanimados. Cuando chocan unos contra otros, no hacen ningún intento de comunicarse o relacionarse. Cuando se dan un festín con un mismo cadáver, los zombis tiran repetidas veces de la carne en cuestión en vez de apartar de en medio a empujones a sus competidores. La única ocasión en que muestran ser capaces de aunar esfuerzos es en sus famosos ataques en masa, en los que el gemido de un muerto viviente atrae a todos los demás que se encuentren lo bastante cerca como para poder oírlo. En cuanto oyen ese lamento, los demás muertos vivientes casi siempre acabarán convergiendo en torno a quien lo ha lanzado. En uno de los primeros estudios que se hicieron al respecto, se planteó la teoría de que esto era un acto deliberado, que se trataba de un explorador que utilizaba ese gemido para indicar a los demás que debían atacar. Sin embargo, ahora sabemos que eso es algo que sucede por p
