Al final de la orilla (Inspector Sejer 8)

Karin Fossum

Fragmento

Una pendiente larga y poco pronunciada descendía desde la carretera nacional hasta el fiordo de Bonna. Junto al agua, una playa de piedras puntiagudas conducía a la cuesta escarpadísima de un molino. Un camino asfaltado, estrecho, serpenteaba como una cinta azul entre los campos de cultivo, las casas formaban coloridas franjas, terrazas y balcones orientados al norte, hacia el lago. En las afueras se distinguían granjas bien cuidadas, con casas principales de color blanco y gris, y graneros rojos. Aquí estaba Fagre Vest, propiedad de Waldemar Skagen y, tras un cercado, pastaba el caballo Evidence. Al este del lago estaba Fagre Øst, gestionada por el cuñado de Skagen. Un arcoíris se desplegaba como un colorido portal entre las dos granjas, porque un chaparrón acababa de cruzar el cielo y ahora el sol se abría paso. En la parte alta, junto a la carretera, con vistas al fiordo de Bonna, había un pequeño supermercado local que ahora formaba parte de la cadena Kiwi. Algún espíritu creativo había vestido a los empleados de color verde manzana. De la puerta colgaba un cartel que instaba a los escolares a dejar allí sus mochilas, porque robaban cigarrillos y chocolate, igual que cuervos. Signe Lund estaba en la caja, la mercancía se deslizaba por la cinta y ella se perdía por completo en sus ensoñaciones, como hacen las adolescentes. Por la ventana veía el fiordo de Bonna y Fagre Vest, con sus cultivos oscilantes entre amarillo y rosa. En el campo, bajo la colina de Svartåsen, había un hermoso saliente, no muy alto, con bellos arbustos de serba; se elevaba como un islote en el mar de trigo. Ese montículo de árboles y matorrales escondía un secreto, un pequeño sótano de tierra que muy pocos conocían. En eso estaba pensando.

Un recuerdo agridulce hormigueaba bajo el uniforme verde.

Capítulo 1

1

Nadie lo veía caminar por el bosque, nadie veía la carga que llevaba. Un peso moderado para un hombre adulto, pero aun así le causaba cierta molestia; su andar era inestable y titubeante. De vez en cuando se detenía y tomaba aire, dejando escapar unos sonidos que parecían gemidos. Luego seguía su camino en cuanto podía. Iba bajo los árboles como un anciano, aplastado por el peso de tantas cosas, por el horror y el llanto. Tan doloroso le resultaba todo que sus rodillas se marchitaban, se miraba constantemente por encima del hombro, su cabeza se giraba nerviosa, de golpe. Al aproximarse a un grupo de árboles aceleró. No quería dejar su carga tirada en el suelo, como por casualidad, sino precisamente aquí, junto a estos árboles, que harían las funciones de una especie de monumento. Se consoló con este último resto de decencia; no dejaba de ser un ser humano, tenía sentimientos, muchos de ellos buenos. Volvió a mirarse por encima del hombro, no se veía un alma, y se quedó percibiendo cada ruido mientras su corazón latía con fuerza. El bosque era como un enorme ser vivo, respiraba, le observaba, le condenaba con un profundo susurro. Cómo has podido caer tan bajo, decía el bosque, ya nunca, jamás, nadie te dedicará una sonrisa cálida y amistosa, ya no.

Había llegado hasta los árboles.

Se puso en cuclillas.

Dejó el peso sobre un lecho de musgo blando. Se levantó y se secó el sudor de la frente, hacía calor. Esto no tiene buen aspecto, pensó, de ninguna manera. Los sentimientos escalaban en su interior, una mezcla de pánico e ira, nada le salía bien, todo era un error, todo esto que había sucedido. ¿Cómo pudo ser? Horrorizado, se cubrió el rostro con las manos; olían a hierro caliente. Tenía el miedo alojado en la boca y en el torrente sanguíneo, tenía miedo en los pulmones. El destino le había hecho una jugarreta perversa y lo había empujado por el precipicio, ahora se desplomaba hacia el rechazo y la condena. Cortadle la cabeza, diría la gente, encerradlo en un sótano y tirad la llave, no queremos que un hombre como ese ande por la calle. Se inclinó un poco, sentía debilidad en las rodillas. Tengo que marcharme, pensó acelerado, debo alejarme, volver al coche, tengo que regresar a casa y cerrar la puerta, echar las cortinas. Quedarme de pie en un rincón pendiente de si oigo algo, de si viene alguien. Pero no voy a contestar, pensó entonces, me encerraré, ¡no puedo con esto! Amenazó al cielo con el puño cerrado, a Dios, que le había dado deseos tan fuertes y no le dejaba satisfacerlos como él quería.

El coche estaba aparcado a cierta distancia, junto a una barrera. Con paso rápido se alejó sin mirar atrás, se apresuró todo lo que pudo por el bosque. Pronto vio el coche y la barrera. Y otra cosa más, algo que se movía, algo rojo y blanco entre el verde. Se detuvo bruscamente. Un hombre y una mujer se aproximaban a pie. Al instante quiso lanzarse entre los abetos, pero se controló en el último segundo y siguió andando con la vista baja, recorriendo los últimos metros lo más deprisa que pudo. La tormenta volvía a rugir en su interior. Esto es fatal, pensó, esto será mi perdición, estos dos que vienen caminando me recordarán y se lo contarán a todo el mundo. Le vimos y lo recordamos con claridad, dirán; un hombre que llevaba un anorak azul. Y la caza daría comienzo. Fue cuando ya casi había llegado hasta el coche que levantó la vista un instante y miró a la mujer a los ojos un segundo. Le sorprendió que ella sonriera, una sonrisa amplia y cálida. Él no correspondió a su sonrisa; la miró horrorizado. Ella se quedó seria. La pareja pasó la barrera y se adentró en el bosque, pero la mujer se dio la vuelta para mirarle una última vez.

Capítulo 2

2

Eran pareja, aunque un matrimonio de muchos años, pues no iban de la mano. La mujer vestía una chaqueta de color rojo frambuesa, y el hombre, un cortavientos blanco; iba todo el tiempo un paso por delante, alto, seguro y en forma. La mujer lo contemplaba de lado mientras pensaba. Era uno de esos personajes que se apropiaban de todo lo que salía a su paso, ahora estaba en el bosque y reclamaba su espacio. La vegetación cedía bajo sus pies, las ramas secas crujían, la mujer se esforzaba por seguirle el paso. No iban al mismo ritmo. Tenían pensamientos que no querían compartir ni reconocer. Pero daban paseos juntos, era una costumbre, y necesitaban las costumbres, las rutinas les proporcionaban una estructura y hacían que el mundo fuera predecible.

Era un día de septiembre inesperadamente cálido, el hombre se abrió la chaqueta, una ráfaga de viento la movió como si fuera la vela pequeña de un barco. Se hurgó el bolsillo en busca de tabaco.

—Reinhardt —dijo la mujer—, está todo muy seco.

La voz carecía de autoridad, era más bien una prudente plegaria. Él tensó los labios, molesto; no era de esos que se dejan corregir. Cerró los labios en torno a un cigarrillo con filtro y lo encendió con un mechero Zippo. Tenía el iris de los ojos de un azul acuoso con motas doradas, y una nariz cincelada que resultaba muy atractiva vista de perfil.

La mujer eligió callar, porque sabía lo que le convenía. Se concentró en el suelo del bosque; había pequeños montículos, algún que otro bache y, de vez en cuando, una raíz cruzaba el sendero. Echaba vistazos a su marido, que ero mucho más alto que ella, más corpulento y fuerte, y siempre llevaba la delantera. Hacía años que reprimía su sensatez, porque él era muy brusco. Ahora se preocupaba por la sequía y el cigarrillo encendido.

La luz que una vez hubo entre nosotros se ha apagado, pensó dolida, ya no hay nada que brille, deberíamos haber tenido un hijo. Un hijo le habría dado intimidad a nuestra relación, nos habría unido y hecho buenas personas. Así imaginaba que sería. Pero los años pasaban y no había niño, el marido frenaba y ella no se atrevía a desafiarlo. Si lo sacaba a colación, él se ponía arisco y levantaba el mentón, mientras ella bajaba la mirada y se quedaba en silencio. ¿No te parece que tenemos bastante?, decía él entonces; dos trabajos a jornada completa, casa con jardín, endeudados hasta las orejas. ¿De dónde saca la gente el tiempo?, insistía él. ¿Cómo les llega el dinero? Ella no respondía, pero veía que la gente tenía tiempo. También veía que estaban cansados, parecían sentirse atrapados entre la prole, su carrera profesional y sus propias necesidades. Pero en cuanto el niño se acurrucaba en su regazo, estaban radiantes, y deseaba esa luz con todo su corazón. Un brillo especial que veía en los ojos de sus amigas.

El hombre acabó de fumarse el cigarrillo, el tabaco era una brasa roja. De repente tiró la colilla, que voló por el aire formando un arco de chispas. La mujer la siguió con la vista, se quedó entre el brezo echando humo.

—Reinhardt —suplicó—. ¡Písala!

Reinhardt dio unos pasos a un lado y aplastó la colilla exagerando el gesto.

—Estás muy estresada, Kristine.

Ella se encogió de hombros, a la defensiva; no se atrevía a rebelarse de manera más visible. El sol, que pronto se pondría, dejó que sus últimos rayos se deslizaran con fuerza entre los árboles. También Kristine se desabrochó la chaqueta mientras se apartaba el cabello largo de las mejillas y la frente, un cabello abundante y castaño con algunas vetas rojizas. Era bajita, menuda, de frente abovedada y mejillas redondeadas. Manos y pies minúsculos. El hombre a veces la llamaba cariñosamente «Muñeca». Reinhardt también se pasó la mano por el cabello. De su frente salía un corto flequillo color arena que semejaba la aleta de un tiburón. Iban camino de la laguna de Linde, donde solían ir todos los domingos por la tarde. Kristine pensó en las rutinas, en las costumbres en las que estaban atrapados, la profunda senda que los sujetaba. Nunca nada que interrumpiera su ritmo. Por las mañanas salían juntos de casa en coche y se despedían frente al Hospital Central, donde ella trabajaba en la recepción. Reinhardt continuaba su camino hasta las oficinas de Hafslund, allí trabajaba en sistemas de seguridad. Cenaban juntos, veían la televisión, sentados frente a la oscilante luz azul, el uno junto al otro. Después, Reinhardt se quedaba jugando al ordenador mientras Kristine realizaba tareas domésticas. A ella esto de los juegos de ordenador le molestaba bastante, no le parecía bien que un hombre hecho y derecho, de treinta y seis años, se entretuviera con magos y dragones. No solo tenía una mirada salvaje y destellante, sino que también daba frecuentes grititos infantiles que la avergonzaban. Juraba y protestaba con grosería, o gritaba triunfal cuando acababa con un enemigo. También tenía la costumbre de hablar sin parar, siempre opinaba de todo y para todo tenía soluciones. Nunca hablaban de ellos mismos, o de sus sentimientos. Ya se lo habían dicho casi todo, y en algunos momentos sombríos Kristine sentía que eran unos extraños. Por las noches pasaba largos ratos despierta en la cama, respirando cara a la pared, mientras Reinhardt emitía sonoros ronquidos. A veces hacía uso de ella con una intensidad que casi la asustaba. Esta es mi vida, pensaba, no voy a tener nada más. Podría dejarle, pero ¿adónde iría?, ¿qué podría decir? Es estable y fiel, nunca me pega, cobra un sueldo todos los meses bastante superior al mío. Estos pensamientos la oprimían mientras caminaba por el bosque. ¿La gente es feliz?, se preguntaba, ¿nos pasa algo?, ¿hay algo que no hayamos entendido?

Reinhardt iba deprisa. Vio su sombra oscilante por el rabillo del ojo. Siempre aquella culpabilidad. Por mucho que profundizara, no encontraba ningún sentimiento positivo hacia él, se sentía como una traidora. Y la traición la doblegaba. No se atrevía a acorralarle, a ponerle en duda o a hacerle exigencias, porque tal vez la pusiera al descubierto: tú no me quieres, ¿crees que no lo sé? ¿Crees que no sé que me engañas? Se esforzaba por seguirle a través del sendero, los pensamientos le enrojecían las mejillas. Subirían hasta la laguna y se detendrían en la orilla unos minutos contados, el agua siempre sentaba bien. El agua apagaría el incendio de sus mejillas, la refrescaría. Unos antiguos cimientos de casas junto a la orilla no dejaban de sorprenderla; pequeños, modestos círculos de piedra. Habían acogido a familias con niños, trabajo y vida, enfermedad y muerte, breves intervalos de felicidad y dolor. Imagínate que la gente pudiera vivir con tan poco. Ellos disponían de doscientos cincuenta metros cuadrados vacíos, pero se apiñaban en el rincón, frente al televisor; las habitaciones estaban allí para unos niños que nunca llegaban, para los amigos que no se quedaban a dormir.

Las copas de los árboles ya taladraban el sol. Esta, pensó Kristine, esta es la mejor época. Pasó la histeria del verano, ni tormentas ni frío, ni el traicionero final del invierno y la primavera, con su aguanieve repentina y vientos salvajes, sino septiembre, con su singular calma. Noches oscuras y suaves, mañanas frescas. De repente se sintió muy cansada, le pesaban tantos pensamientos y, a pesar de que hacía calor, se cerró la chaqueta.

—Domingo —dijo Reinhardt—, domingo y buen tiempo. Y por aquí no hay un alma, ¿te parece normal?

Ella levantó la vista, su mirada verde, despierta.

—Nosotros estamos aquí —dijo en voz baja.

Volvió a levantar la barbilla, él solía hacerlo cuando le corregían; ella odiaba esa pequeña señal, que nunca pudiera bajar la cabeza y estar de acuerdo. Y se odiaba a sí misma por tenerle miedo, por tenerla atrapada de esta manera; estaba siempre a la defensiva, tenía que ir con pies de plomo en cualquier circunstancia. Como si en lo más profundo de él hubiera algo que no se atreviera a conocer. Una imagen de los cuentos de la infancia apareció en su cabeza, un monstruo adormilado en el fondo de un pantano lleno de lodo.

—Sí, joder —dijo él—, pero fíjate en lo vacío que está esto. No hay una tienda de campaña, ni una barca. La laguna de Linde s una perla, pero la gente es demasiado vaga para venir hasta aquí, porque no pueden llegar en coche hasta arriba.

—Por eso nos gusta caminar por aquí —dijo ella—, venimos porque está tranquilo.

Reinhardt hundió la mano en el bolsillo en busca de otro cigarrillo, el sol bajo le daba en los pómulos anchos y la barbilla fuerte. Recordó la primera vez que lo vio, cómo pensó que parecía estar esculpido de una gran pieza de granito. Había muchos ángulos y salientes en la cara ancha, pero los ojos eran profundos. Los domingos se saltaba el afeitado y una sombra le cubría la parte inferior del rostro.

—Los escolares acampan aquí —recordó Kristine—. Los que eligen vida al aire libre como optativa. Montan en canoa y pescan en el lago, y se levantan a las tres para escuchar al urogallo.

Reinhardt se encogió de hombros.

—Nunca le he visto la gracia a dormir en tienda de campaña —afirmó—. La granja de Linde se alquila. Con camas en condiciones y aseo. Cuando yo era un chaval —prosiguió—, mi viejo me llevaba de acampada. Era una tienda de campaña para cuatro, usada, no soportaba el olor, el saco de dormir era viejo y estaba sucio. Olía a humo, a desperdicios y a parafina, olía a la grasa con la que impregnábamos la tienda. Joder, no podía dormir —dijo—, no podía respirar, joder.

Kristine se acercó a los cimientos de una de las casas, al interior de uno de los círculos de piedra.

—Aquí debía de estar la cocina —gritó.

Reinhardt se acercó despacio.

—Bueno, tanto como la cocina… —sonrió—, querrás decir el hogar.

Ella asintió.

—Piénsalo —dijo ella—, comían los peces del lago, y pondrían trampas para cazar pájaros y liebres. Una vida muy tranquila, aquí, junto al agua.

Reinhardt también entró en el círculo y permaneció a su lado, enorme, medía un metro noventa de altura y era muy ancho de hombros.

—Por las noches se reunían alrededor del fuego y charlaban quedo —dijo ella—, y cuando las llamas se extinguían, se enrollaban en el suelo tapándose con una piel.

Reinhardt sonrió con ganas.

—Mientras que yo pongo mi equipo Bang & Olufsen y me enrosco en una butaca de diseño Stressless —dijo él—. Joder, cómo me alegro de vivir ahora.

Kristine calló de nuevo. No conseguía que se uniera a ella, no quería filosofar sobre la gente y la vida. Era un hombre inquieto, racional y seguro; ella se sentía desconcertada cuando se imaginaba en otro tiempo, cuando la gente tenía otros valores, otros temores distintos a los que la acompañaban a ella. Entonces, tal vez el miedo fuera un lobo que vagaba por allí y quería hacerse con los niños que jugaban medio desnudos en la orilla de la laguna de Linde.

Capítulo 3

3

—Regresaremos por otro camino —gritó él.

Se adentró en el bosque, apartó unas ramas para que a ella no le fustigaran la cara. Caminaron hasta volver a sentir calor en el sol declinante, al cabo de media hora se detuvieron a descansar. Ante ellos había un claro rodeado de abetos, un espacio abierto y dorado con matojos de hierba y brezo.

—¡No! —gritó Reinhardt.

Y, pasados unos segundos, otra vez:

—¡No!

Kristine lo miró desconcertada. Le apretó el brazo con tanta fuerza que gimió, nunca había visto su rostro fuerte irradiar tanta angustia. Siguió su mirada y vio un grupo de árboles.

Al pie de los troncos oscuros había algo.

Reinhardt silenciado. Ella no estaba acostumbrada, él era alguien que actuaba, que se expresaba en cualquier circunstancia. Miró fijamente aquello que estaba al pie de los árboles, algo delgado y blanco. Un pensamiento terrible pasó por su mente: que se trataba de una persona pequeña.

—Es un niño —susurró Reinhardt.

Seguía sin moverse. Tampoco soltaba su brazo, era como si hubiera caído en una trampa para zorros.

—Joder, que es un niño —susurró otra vez Reinhardt.

—No —dijo ella. No podía ser cierto, aquí no, en el bosque de Linde.

Reinhardt dio un paso adelante. Ya no tenía dudas, veía brazos y piernas. Una camiseta con algo escrito. Kristine se tapó la boca con la mano. Así estuvieron una eternidad. El bulto inmóvil sobre el musgo verde. Kristine levantó la vista hacia Reinhardt, los ojos verdes suplicaban con insistencia que actuara.

—¡Tenemos que llamar! —susurró.

Reinhardt echó a andar hacia el grupo de árboles, su cuerpo se resistía. Diez pasos, quince, vieron un pie y una nuca delgada. Era un chico. Estaba bocabajo, desnudo desde la cintura, entre los muslos vieron sangre que se había coagulado formando una masa entre roja y marrón.

Kristine se apartó desesperada. Pero no fue capaz de estar de espaldas más de un par de segundos. Tuvo que volver a mirar, los ojos verdes se fijaban en todo. El pelo corto en la nuca, la camiseta con «Kiss» impreso. Las plantas de los pies, rosa pálido en contraste con el musgo oscuro.

—Tenemos que llamar —susurró—, ¡tenemos que llamar inmediatamente!

Después perdió el control del cuerpo, empezó a temblar. Primero las manos, después los hombros; no tenía nada a lo que agarrarse, se tambaleó.

Reinhardt la agarró por el brazo y la levantó.

—Relájate, ¡relájate ya!

Pero ella no era capaz de tomárselo con calma. En la cabeza se daban una serie de órdenes que no llegaban hasta los brazos y las piernas.

—El ciento doce —susurró ella—, tienes que llamar al ciento doce.

Él se apresuró a meter la mano en el bolsillo buscando el móvil.

—¿No es ciento trece?

Ella protestó débilmente, su cuerpo se había rebelado.

—Ciento doce —repitió ella—. ¡La policía!

Marcó el número a gran velocidad, empezó a trotar de un lado a otro, todo el tiempo lanzaba miradas rápidas al cuerpo muerto.

—Estamos en lo alto del bosque de Linde —oyó decir—, a treinta minutos de la laguna. Hemos encontrado a un niño pequeño.

Se quedó callado unos segundos, presionó el teléfono sobre la oreja.

—Sí, mi nombre es Ris. Reinhardt Ris. Estamos dando un paseo. Hemos encontrado a un chico muerto. Tenéis que mandar a alguien.

Se repitió el silencio. Kristine cedió a los temblores, cayó de rodillas y apoyó las manos en el suelo.

—No, no tiene pulso —gritó Reinhardt—, no me preguntes cosas así, vemos que está muerto, ¡está completamente blanco!

Se aproximó a ella de nuevo, se detuvo, su flequillo color arena de punta.

—Sí, podemos ir hasta la barrera, allí está nuestro coche, esperaremos.

Kristine se levantó con dificultad y empezó a caminar hacia un punto fuera del claro. Alguien había apilado troncos en un gran montón, se dejó caer sobre uno. Allí se quedó contemplando al hombre que conocía tan profundamente. Porque era así, ¿verdad? ¿No era cierto que conocía cada fibra de la corpulenta figura, todos sus humores y el carácter fuerte y decidido? Estuvo mucho tiempo de pie, desconcertado, mirando a un lado y a otro; un hombre enorme entre los árboles. Todo lo que solía asociar con él brillaba por su ausencia. La autoridad, la seguridad y la calma. Voluntad y decisión. Era como si se tambaleara. Vio que volvía a acercarse al chico, que caía de rodillas, doblaba la cabeza y se llevaba las manos al rostro. ¿Qué hace?, pensó ella desconcertada, ¿llora?, ¿es posible? ¿Está allí arrodillado, sollozando como un niño pequeño? ¿Le he juzgado mal todos estos años? ¿Será en realidad sensible y fácil de conmover?

De repente se dio cuenta de la verdad.

Tenía un móvil entre las manos y hacía fotos.

Capítulo 4

4

—¿Cómo has podido? —gritó ella desesperada.

Había olvidado su habitual sumisión, el miedo a provocarle, el vaso estaba lleno y se desbordaba. Lloraba y se secaba las lágrimas, correteó todo el camino hasta llegar a la barrera, pero no iba muy rápido, sus piernas eran cortas.

—¡No estás bien de la cabeza! —gritó.

Reinhardt braceaba por el sendero tras ella. A sus oídos llegaban maldiciones en voz baja. Alcanzaron el coche a la vez, Kristine se inclinó sobre el capó y sollozó. Lo que habían encontrado, la reacción de él, era demasiado. Reinhardt se metió en el coche, sacó un cigarrillo y lo encendió, la boca tensa. Aun así, Kristine creyó ver un rastro de vergüenza porque ella había comentado sus ganas de morbo, que él no quería reconocer. Dio tres caladas que emergieron como nubes blancas.

—Actué de manera instintiva —dijo—, o… no sé. Sencillamente, ocurrió.

—Pero ¿para qué las quieres?

Se enderezó y lo miró, los ojos verdes llenos de lágrimas.

—¿Qué vas a hacer con esas fotos?

—Nada —dijo secamente, y siguió fumando contrariado.

—Piensa en los padres —dijo ella quejosa—. Imagínate que supieran que has hecho esas fotos. Tienes que borrarlas, ¡no está bien!

—Pero si no lo saben —dijo él, alterándose poco a poco—. Y claro que las voy a borrar, no soy idiota, Kristine. No me hables en ese tono, joder, yo decido en mi vida. ¡No vengas a darme órdenes!

Tras el exabrupto, volvió a dar una calada al cigarrillo. Kristine intentó calmarse, se asustaba cuando él levantaba la voz. Seguía inclinada sobre el capó del coche, alterada, sintiéndose mal. Miraban carretera abajo, esperando ver los coches que habrían de llegar. De pronto, Kristine recordó algo, miró a Reinhardt en el interior del coche.

—El que nos encontramos —dijo ella—, ese que nos encontramos junto a la barrera. El del anorak azul. ¿Qué crees que estaría haciendo aquí arriba?

Reinhardt bajó del coche y se plantó muy abierto de piernas.

—Podría haber sido él —dijo ella—, casi no se atrevió a mirarme a los ojos. Tendremos que informar de ello, ¿no? Nos preguntarán: que si vimos algo, gente, o coches.

Reinhardt carraspeó para aclararse la voz. De repente le entró una prisa muy grande, cerró el coche de un portazo y empezó a trotar arriba y abajo como tenía por costumbre cuando estaba alterado.

—¿El coche? —dijo—. ¿Viste el coche?

—Sí —respondió ella—. Lo vi con claridad.

—Era blanco —constató él.

—Era un modelo viejo —apuntó ella—, pero la pintura estaba intacta, brillante.

—Tenemos que espabilarnos —dijo Reinhardt—. Nos pedirán detalles.

Kristine recordó. Había visto al hombre con claridad, le había mirado a los ojos, y un escorzo de su rostro se había quedado grabado en su retina. Había esbozado una sonrisa rápida por pura educación, de manera instintiva, una sonrisa a la que él no correspondió. La había observado con espanto, y se comportaba de manera absolutamente sospechosa, como si le hubieran pillado haciendo algo ilegal. No me gustó, pensó ella, ese segundo durante el que le mi

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