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Se encontraba en un claro, delante de un bosquecillo de castaños. El terreno estaba completamente cubierto de una variedad de margaritas rojas y amarillas que él nunca había visto y que desprendían un perfume que impregnaba el aire. Le entraron ganas de andar descalzo y ya estaba agachándose para desatarse los cordones de los zapatos cuando del bosquecillo surgió un fuerte ruido de campanas. Aguzó el oído y vio aparecer un rebaño de cabrillas blancas y marrones, todas ellas con un collar de cencerros. A medida que se acercaban, el cascabeleo se transformó en un sonido único, insistente, interminable, agudo. Y aumentó tanto de volumen que empezaron a dolerle los oídos.
Se despertó por culpa de aquel estruendo y entonces comprendió que el ruido, que continuaba aunque ya no estaba soñando, era ni más ni menos que el dichoso timbre del teléfono. Se dio cuenta de que le tocaba levantarse e ir a contestar, pero no se veía capaz, estaba demasiado atontado todavía, tenía la boca pastosa. Estiró el brazo, encendió la luz, miró el reloj: las tres de la madrugada.
¿Quién podía ser a esas horas?
El teléfono seguía erre que erre, no le daba ni un respiro.
Se levantó, fue al comedor, descolgó.
—¿Igaaa? ¿Ien esaaa?
Eso fue lo que le salió de la boca.
Hubo un momento de silencio y luego una voz dijo:
—Pero ¿no estoy llamando al comisario Montalbano?
—Sí.
—¡Mimì al aparato!
—¿Qué coño pasa...?
—Por favor, Salvo, por favor. Abre, que estoy llegando.
—Que abra ¿el qué?
—La puerta.
—Espera —dijo.
Fue hacia allí a trompicones, muy despacito, como un autómata. Llegó por fin y abrió.
Se asomó.
No había nadie.
—¡Mimì, ¿dónde coño estás?! —gritó a la noche.
Silencio.
Cerró la puerta.
A ver si había sido todo un sueño...
Volvió al dormitorio y se metió otra vez en la cama.
Ya estaba adormilándose cuando sonó el timbre.
No, no había sido un sueño.
Fue otra vez hasta la puerta y giró el picaporte.
Desde fuera, Mimì le dio un buen empujón y como Montalbano, al otro lado, no tuvo tiempo de apartarse, recibió todo el impacto y fue a estamparse contra la pared.
Al quedarse sin aliento, no había podido ni soltar una maldición; Augello no comprendió dónde estaba y lo llamó:
—Salvo, ¿dónde te has metido?
Entonces Montalbano volvió a cerrar de una patada, con lo que Mimì se quedó otra vez en la calle.
—¡¿Me vas a hacer el favor de abrir la puerta o qué?! —se puso a gritar.
El comisario abrió, se hizo a un lado raudo y veloz y se quedó inmóvil mirando a Mimì, que entró echando fuego por los ojos. A continuación, como conocía bien la casa, se abalanzó hacia el comedor, abrió el mueble bar y agarró una botella de whisky y un vaso. Luego se dejó caer en una silla y se puso a beber.
Hasta ese momento, Montalbano no había abierto la boca y así, sin decir nada, se dirigió a la cocina y, como era su costumbre, se preparó un buen café. Había entendido, al ver la cara de su amigo, que el asunto del que quería hablarle tenía enjundia.
El subcomisario fue a reunirse con él en la cocina, donde se desplomó sobre otra silla.
—Quería contarte... —empezó, pero se detuvo porque en ese momento se dio cuenta de que Montalbano estaba como Dios lo trajo al mundo.
El propio comisario también se dio cuenta en ese instante y se fue corriendo al dormitorio a buscar unos vaqueros.
Mientras se los ponía, se preguntó si no sería buena idea ponerse también una camiseta, pero decidió que Mimì no se lo merecía.
Volvió a la cocina.
—Quería contarte... —empezó de nuevo Augello.
—Espera, primero me tomo el café y después ya hablamos.
El brebaje apenas le hizo efecto.
Se sentó delante del subcomisario, encendió un pitillo y luego le dijo:
—Venga, dispara.
En cuanto Mimì comenzó a contarle la historia, Montalbano tuvo la impresión, quizá porque aún seguía en una especie de duermevela, de estar en el cine: las palabras de Augello se transformaban en imágenes de inmediato.
Era de madrugada y el automóvil avanzaba por una calle bastante ancha, en silencio, muy despacito, con los faros apagados, rozando los vehículos aparcados junto a la acera. No parecía que rodara, sino más bien que se deslizara sobre mantequilla.
De repente aceleró, se lanzó hacia la izquierda, dio un giro y se quedó aparcado en un abrir y cerrar de ojos.
Luego se abrió la puerta del conductor y un hombre bajó con cautela y cerró lentamente.
Era Mimì Augello.
Se subió el cuello de la americana casi hasta rozarse la nariz, hundió la cabeza entre los hombros, echó un vistazo rápido a ambos lados y a continuación, con tres saltos uno detrás de otro, cruzó la calle y se plantó en la acera de enfrente.
Con la cabeza gacha, dio varios pasos más y se detuvo delante de un portal, estiró un brazo y, sin mirar siquiera qué ponía en las etiquetas del portero automático, llamó a un piso.
Alguien contestó al instante:
—¿Eres tú?
—Sí.
La cerradura emitió un chasquido. Mimì abrió, entró y cerró en un santiamén y luego empezó a subir los escalones de puntillas. Le pareció mejor idea que coger el ascensor, que habría hecho mucho ruido.
Al llegar al tercero vio un filamento de luz que se escapaba por una puerta apenas entreabierta. Se acercó, la empujó, entró. La mujer, que al parecer lo esperaba en el recibidor, tiró de él con el brazo izquierdo, mientras que con la mano derecha cerraba la puerta dando cuatro vueltas a la llave de la cerradura superior y dos más a la de la inferior, para luego soltarlas las dos en una mesita. Mimì Augello hizo ademán de abrazarla, pero ella se apartó, lo cogió de la mano y le dijo en voz baja:
—Vamos para allá.
Mimì obedeció.
Cuando ya estaban en el dormitorio, pegó los labios a los de Mimì, que la estrechó con fuerza contra sí y le devolvió el beso apasionado.
Y fue precisamente en ese instante cuando los dos se quedaron inmóviles y se miraron con los ojos como platos.
¿De verdad habían oído el ruido de la llave al girar en la cerradura?
Una fracción de segundo después ya no les cupo ninguna duda.
Alguien estaba abriendo.
Mimì se lanzó como una flecha hacia el balcón, lo abrió y salió, tras lo cual la mujer se apresuró a cerrar otra vez.
—Martino..., ¿eres tú...? —la oyó preguntar Augello.
—Sí —contestó una voz de hombre ya desde dentro del piso.
—¿Y qué haces aquí?
—He pedido que me sustituyeran. No me siento muy católico.
Mimì no se quedó a escuchar más, no tenía tiempo que perder: estaba entre la espada y la pared. No podía pasar la noche en el balcón, tenía que buscar un modo de salir de aquella situación incómoda y peligrosa.
Se asomó para mirar hacia abajo.
Vio un balcón idéntico al suyo: de los antiguos, con barandilla de hierro.
Si pasaba por encima de la del suyo, podía llegar al piso de abajo agarrándose a los barrotes y deslizándose poco a poco.
Lo cierto era que no tenía otra vía de escape.
Así pues, sin perder un minuto, se puso de puntillas, miró a derecha e izquierda para ver si se acercaba algún coche y, tras comprobar que estaba todo tranquilo, saltó al otro lado de la barandilla, colocó los pies en la parte exterior del suelo del balcón y se agachó. Luego, descolgándose con toda la fuerza que tenía en los brazos, logró tocar con la punta de los pies la barandilla del piso inferior.
Arqueando la espalda, dio un salto de gimnasta y fue a aterrizar de pie dentro del balcón del segundo piso.
¡Lo había conseguido!
Pegó la espalda a la pared, respirando trabajosamente, mientras notaba que la ropa se le adhería a la piel debido al sudor.
En cuanto se vio en condiciones de hacer una nueva acrobacia, volvió a asomarse para evaluar la situación.
Tenía debajo un balcón idéntico a los otros dos.
Calculó que, una vez en el primer piso, podría agarrarse a una gruesa tubería metálica que bajaba en paralelo al portal y así llegar a la calle.
Decidió descansar un poco más antes de continuar el descenso. Dio un paso atrás y fue a tocar con los hombros los postigos del balcón, que estaban a medio abrir. Le dio miedo que algún posible ocupante de la habitación se percatara de sus movimientos. Giró muy lentamente sobre los talones y entonces vio que no sólo estaban abiertos los postigos, sino también la puerta. Se quedó quieto un momento para recapacitar. En lugar de jugarse otra vez el cuello, ¿no sería mejor que intentara pasar por aquel piso sin hacer el menor ruido? Además, rumió, no dejaba de ser policía, así que si lo descubrían in fraganti siempre podía inventarse una buena excusa. Apartó con delicadeza los postigos, empujó la puerta, metió la cabeza en la habitación, que estaba oscura como boca de lobo, y aguzó el oído todo lo que pudo, conteniendo la respiración, pero no oyó más que un silencio sepulcral. Se armó de valor, abrió del todo la puerta y tras la cabeza asomó la mitad del torso. Se quedó completamente inmóvil, con los oídos bien abiertos, para percibir cualquier murmullo, cualquier respiración. Nada. La pálida luz procedente de la calle le bastó para comprender que estaba en un dormitorio, pero se convenció de que estaba vacío.
Dio dos pasos más y entonces fue cuando se produjo el accidente: chocó contra una silla y trató de agarrarla antes de que se estampara contra el suelo, pero no llegó a tiempo.
El estruendo le pareció el equivalente exacto de un cañonazo.
Se quedó petrificado, como una estatua: alguien encendería una luz, alguien se pondría a pegar gritos, alguien incluso... Pero ¿por qué no pasaba nada?
El silencio era más profundo que antes.
¿Era posible que hubiera tenido una suerte de tres pares de narices y que en aquel momento no hubiera nadie en casa?
Sin moverse, miró a su alrededor para confirmarlo.
Poco a poco, la vista se le acostumbró a la oscuridad y de repente le pareció distinguir una gran forma negra encima de la cama.
Entornó los ojos: ¡era una figura humana!
¿Era posible que tuviera un sueño tan profundo que no se hubiera despertado con el estruendo que había hecho?
Mimì se acercó. Palpó la cama con la punta de los dedos y se dio cuenta de inmediato de que no estaba hecha: había tocado la sábana bajera. Siguió tanteando hacia la forma negra y no tardó en toparse con un par de zapatos de hombre y, un instante después, con la vuelta de unos pantalones.
¿Por qué aquel individuo se habría acostado vestido?
Dio un paso pegado a la cama, estiró el brazo y empezó a recorrer aquella silueta con la mano; subió por la americana, perfectamente abotonada, y a continuación se agachó para comprobar si respiraba.
Nada.
Entonces, tratando de dominarse, le puso la mano en la frente con decisión.
La apartó al instante.
Había notado el frío de la muerte.
Las imágenes se desdibujaron.
Las palabras de Mimì se habían convertido de repente en el ruido de un rollo de cine al dar vueltas sin película.
—Y, entonces, ¿qué has hecho?
—Me he quedado quieto un momento y luego, sin encender la luz, me he ido hasta la puerta del piso, la he abierto, he salido, he bajado por la escalera...
—¿Te has encontrado a alguien?
—A nadie. He llegado al coche, me he subido y me he venido para aquí.
Montalbano se dio cuenta de que, a pesar del café que se había metido entre pecho y espalda, no estaba en condiciones de hacerle las preguntas pertinentes.
—Perdona un momento —dijo mientras se ponía de pie y salía.
Fue al baño, abrió el grifo del agua fría y metió la cabeza debajo. Se quedó así un minuto, sintiendo que se le refrescaba el cerebro, y luego se secó y volvió a la cocina.
—Perdona, Mimì, pero ¿por qué has venido? —preguntó.
Mimì Augello lo miró atónito.
—¿A ti qué te parece que tendría que haber hecho?
—Pues lo que no has hecho.
—O sea...
—Si en el piso, como me has dicho, no había nadie, en lugar de salir por piernas tendrías que haber encendido la luz.
—¿Y para qué?
—Pues para buscar más pistas. Por ejemplo: vienes y me cuentas que en esa cama hay un muerto, pero ese muerto, en tu opinión, ¿de qué ha muerto?
—No tengo ni idea. Yo sólo sé que me ha metido un susto tan grande en el cuerpo que he salido de allí pitando.
—Pues has hecho mal. A lo mejor ha fallecido de muerte natural.
—¿Qué quieres decir?
—¿De dónde sacas que a ese pobre hombre lo han asesinado? Me lo has descrito completamente vestido y tumbado en la cama, puede ser que haya llegado a casa, se haya encontrado fatal y sólo le haya dado tiempo de echarse antes de morir, quizá de un síncope...
—Vale, pero ¿eso qué cambia?
—Pues todo. A ver, que te hayas topado con un señor que ha muerto por causas naturales es una cosa, incluso podemos hacer ver que no sabemos nada del asunto. En cambio, si ese hombre ha sido víctima de un asesinato, la cosa cambia de modo radical y tenemos el deber de intervenir. Antes de contestar, Mimì, piénsalo bien. Concéntrate e intenta decirme si has tenido la sensación, aunque fuera mínima, de que ese buen hombre había muerto asesinado o de que había fallecido por su cuenta y riesgo.
Augello se puso en posición: la frente arrugada, los codos apoyados en la mesa y la cabeza colocada entre las manos.
—Básate en toda tu experiencia como policía —sugirió Montalbano.
—Para ser sincero —empezó a decir el subcomisario al cabo de unos segundos—, sí que he notado algo, pero, nada, sólo un poquito. Y también puede ser que me haya dejado sugestionar, no s
