Los salvajes 1

Sabri Louatah

Fragmento

cap-2

I

KRIM

1

Sala de fiestas, 15.30

 

En breve habría que tomar una decisión: quién iría al Ayuntamiento y quién se quedaría «tranquilamente» en la sala de fiestas. La familia de la novia era muy numerosa, así que no cabrían todos en la casa consistorial y, además, el alcalde tenía fama de no ser muy paciente en tales situaciones. Su predecesor —un independiente de izquierdas— había prohibido lisa y llanamente las bodas en sábado para evitarles a los apacibles habitantes del centro los bocinazos, el raï y los bólidos adornados con banderas verdes y blancas. El actual alcalde había derogado esa prohibición pero amenazaba de nuevo con ella sin vacilar en cuanto una tribu sobreexcitada organizaba un jaleo en la casa de la República.

Entre los que ya no tenían ninguna intención de moverse figuraba la tía Zoulikha, que, sentada sobre su cuscusera, se abanicaba con el 20 minutes de ese día al que Ferhat le había arrancado la portada, en la que se leía: «LAS ELECCIONES DEL SIGLO». El viejo Ferhat lucía un estrafalario gorro ruso verde grisáceo que le hacía sudar las orejas. Uno de sus sobrinos nietos había intentado convencerle de que se lo quitara, pero en cuanto alguien abordaba la cuestión Ferhat se escabullía encogiéndose de hombros y balbuciendo análisis sobre los últimos sondeos, con una voz dulce y casi profesoral que no le conocían.

Esa tarde todo el mundo estaba un poco raro: corría el rumor de que los invitados de la familia de la novia se contaban por cientos y, además, hacía mucho calor para un 5 de mayo. Los resultados de la primera vuelta de las elecciones habían convertido el país en una olla a presión y el primo Raouf parecía ser el único tornillo que evitaba que la tapa saltara por los aires. Se rociaba agua con un vaporizador y tecleaba en su iPhone. La abuela le observaba sin comprenderle, sin entender a esa nueva raza de hombres que vivían a través de una pantalla. Conectado al Twitter de una fanática de los sondeos políticos y pendiente de las actualizaciones de una web de política, Raouf encendía un cigarrillo tras otro y comentaba los pronósticos electorales que un colega, gerente como él de un restaurante halal en Londres, publicaba en Facebook.

Raouf, cuya elegancia era alabada a menudo por sus trajes a rayas de mil euros, lucía ese día y desde la antevíspera la misma camiseta estampada con el sonriente candidato del Partido Socialista, una camiseta mal entallada visible debajo del blazer remangado que mostraba sus vigorosos antebrazos de empresario. Parecía que en sus venas latiera el pulso de la nación.

A la abuela, que le había reprochado que aún no se hubiera vestido de traje, ya no le quedaban fuerzas ni ganas de reprocharle nada a nadie. Ocupaba en silencio un lugar de honor en el rutilante Audi de Raouf, que había puesto el aire acondicionado y escuchaba distraídamente las canciones cabilias que resonaban en los otros coches engalanados. La abuela sacó una de sus canillas de gallina del vehículo y barrió con su mirada el aparcamiento terreado en el que vegetaba su tribu.

A sus aproximadamente ochenta y cinco años —nadie conocía con exactitud su fecha de nacimiento—, la abuela gozaba de un estatus particular en la familia: los aterrorizaba a todos. Era viuda desde hacía lustros y nadie la había visto compadecerse, enternecerse o decirle una palabra amable a ningún ser humano que hubiera dejado atrás la pubertad. Se alzaba entre sus hijas frívolas y volubles como una suerte de personificación del Reproche, alimentada por su extraordinaria resistencia, que daba la impresión de ser fruto de un pacto con el Diablo y transmitía a la vez la certidumbre de que las enterraría a todas.

En cuanto los tipos de la sonorización empezaron las pruebas en la sala, la abuela regresó al mullido silencio del Audi.

—¿Cómo es que ya están aquí? —preguntó el jefe de los encargados de la sonorización a Raouf.

—Es el punto de encuentro —respondió Raouf sin tomarse la molestia de quitarse el auricular—. Antes de ir al Ayuntamiento. Pero enseguida nos marcharemos, estamos esperando a que llegue todo el mundo.

El tipo de la sonorización no parecía convencido. Tenía un trozo de lechuga entre los dientes, los dientes muy grandes y olía a cebolla.

—Es usted familiar del novio, ¿verdad? Si no les importa, tendrían que apagar la música de los coches. Nos han pedido que procuremos no molestar a los vecinos antes de la noche. ¿Y esa señora de la cuscusera?

—¿Qué pasa?

—Creía que había un servicio de catering.

Raouf no supo qué responder. Extendió las manos avergonzado y se volvió hacia su tía Zoulikha, una venerable damajuana de carne rosada, estoica e inmaculada, que inspiraba y espiraba aplicadamente bajo un castaño cuyas ramas en flor no la protegían de la solana.

Otras tres tías que se arremolinaban bajo la pequeña sombra de un chopo se pusieron a hablar de su hermana pequeña, la problemática Rachida, mientras Dounia, la madre del novio, iba y venía de corrillo en corrillo preocupada porque nadie parecía dispuesto a tomar parte en la carrera hasta el Ayuntamiento.

—Solo habrá familiares suyos —se lamentaba agitando el velo blanco y el móvil—. ¡Gualá, qué vergüenza, no puede ser…! ¡Y Fouad! —exclamó de repente al pensar en su otro hijo, el pequeño, que venía de París para ser testigo de su hermano—. ¡Fouad ni siquiera me coge el teléfono!

El tío Bouzid se quitó la gorra para enjugarse el cráneo desnudo. Tenía una calvicie extraña, inestable y musculosa, atravesada de un extremo a otro por una vena cuya prominencia delataba por lo general la inminencia de un acceso de cólera.

—Cálmate, Dounia. ¡La ceremonia en el Ayuntamiento no empieza hasta dentro de una hora y Slim ni siquiera ha llegado! Estamos todos, ¿verdad? Tanto miedo que tenías y aquí estamos todos, una hora antes, así que ponte zen. ¡Zen! —exclamó antes de añadir con una sonrisa irónica—: ¿Acaso crees que no van a dejar entrar a la madre del novio? ¡No es una discoteca! ¡Ja, ja! «Lo siento, no puede entrar, es una fiesta privada.» No te preocupes y vete a hablar un poco con Rab, que la pobre está ahí sola.

Rabia hablaba por teléfono, estrujando sus rizos y riéndose a carcajadas como una chiquilla. Era una madre joven. Su hijo mayor apenas tenía dieciocho años y ella cuarenta. Colgó para llamarlo. No le contestó. Rabia se sumó al corro de sus cuñados, que hablaban de mecánica, de las elecciones presidenciales y de los resultados de las carreras de caballos echándoles de vez en cuando la bronca a las esposas que reñían a su nerviosa prole.

2

Y al fondo de todo, detrás del gimnasio adonde la gente iría a votar al día siguiente, alejado del raï y del chismorreo, estaba Krim. Krim con sus ojos adormilados, Krim con sus cejas compactas, fruncidas, hostiles, Krim con sus pómulos extrañamente achatados que hacían que pareciera un chinito, como decía todo el mundo.

Apoyado en el panel electoral en el que ya solo había dos carteles, frotaba un encendedor de plata contra la banda fluorescente de su chándal cuando su madre, Rabia, llegó a su lado para preguntarle por qué no respondía al teléfono y, sobre todo, si tenía intención de ir al Ayuntamiento. Se guardó el encendedor en el bolsillo y se encogió de hombros evitando cruzarse con su mirada.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? ¿Qué haces aquí? ¿Ya estás otra vez fumando porros? Déjame que te vea los ojos… Me juraste que lo habías dejado, ¿y qué significa esto? ¿Quiere decir que no puedo confiar en ti? ¿Has sido tú el que le ha dibujado ese bigote de Hitler a Sarkozy? Mírame, ¿has sido tú?

—No, claro que no he sido yo.

—Así que vendrás, ¿no?

—No lo sé —dijo Krim—. Ya te he dicho que no lo sé.

—Pues si no lo sabes no vengas. ¿No vas a apoyar a tu primo en el Ayuntamiento? ¡De todas formas, no te queda otro remedio! ¿O te da igual apoyarle?

—Pero ¿qué dices? —se enojó Krim—. «Apoyar a tu primo», como si fuera la guerra. ¿Y por qué te metes conmigo, eh?

Rabia alzó la vista de la pantalla del móvil y arrastró a su hijo de la mano hacia la puerta de los vestuarios, que el encargado del complejo había abierto para guardar unas sillas. Rabia se dirigió directamente a las duchas y amenazó a su hijo, alzando la voz:

—Krim, no me vengas con zalamerías. Hoy ni se te ocurra, te aviso.

—Déjame ya, estás loca. Y no se dice zalamerías…

—¿Qué? —dijo, con unos ojos como platos.

—Olvídalo.

—De todas formas, la culpa es mía. Si hubiera sido una madre terrible te arrodillarías a mis pies. Reddem le rehl g’ddunit, me lo merezco. Por buena y por tonta, como siempre. Chai, a ver si aprendo de una vez…

Consultó por enésima vez en los últimos diez minutos la lista de mensajes recibidos. A pesar de que solo tenía cuarenta años, el móvil era para ella un objeto misterioso que manipulaba temerosa, con los dedos tensos, perpendiculares al teclado y muy concentrada para no equivocarse de tecla. Alzó su cabeza de chorlito rizada y miró a su hijo. Todos aquellos años cuidando de «renacuajos» en las guarderías municipales habían impedido que su voz y su mirada abordaran las cosas con seriedad. Era volátil, inestable e infantil. Parecía una de esas niñitas con hoyuelos y grandes ojos que se pasaba todo el día dibujando mientras cuidaba a aquellas criaturas que la adoraban casi a su pesar, porque nunca había dejado de ser una de ellas.

—Bueno, hijo, vendrás con nosotros, ¿a que sí?

—¡Cómo me agobias! ¡Me agobias! ¿Lo entiendes? ¡Me estás agobiando!

—Júrame que dejarás los porros —insistió ella en tono de súplica—. Piensa en tu hermana, ya que no piensas en tu padre… Piensa en tu hermana.

—Ya basta, lo he entendido.

—¿Cómo crees que vas a acabar…?

—¡Basta!

—Papá tenía razón: te estás convirtiendo en un asno, como Pinocho.

—¡Basta, he dicho! —gritó Krim—. ¡Basta ya!

Y acto seguido buscó la puerta más próxima con la mirada, los hombros, las manos y todo su cuerpo en alerta.

3

Rabia insistía en lo del Ayuntamiento porque Krim —su verdadero nombre era Abdelkrim— era el segundo testigo del novio pero, sobre todo, porque de los doce primos hermanos era el más próximo a él. Rabia y Dounia, sus madres, eran grandes amigas, hermanas de sangre y de destino —por su matrimonio de amor y su viudedad precoz— y, a pesar de los dos cursos de diferencia y de sus vidas cada vez más divergentes, Slim y Krim habían sido inseparables. Tiempo atrás se habían apodado Mohammed y Hardy, los dos sarracenos de Saint-Christophe, pues «sarraceno» era o había sido la palabra preferida de Slim, que le copió a un tío suyo pero que de tanto utilizarla al final ya no significaba nada en concreto: mira cómo corre ese sarraceno, esos rubitos son en realidad sarracenos o ¿qué hace ese sarraceno en tus calcos?

Juntos habían vivido de todo: las persecuciones por el barrio de la abuela, las barbacoas ilegales en las que sus padres apostaban con sus fechas de nacimiento en las carreras hípicas, los temidos «Te espero a la salida» hacia la que se dirigían codo con codo a las cinco de la tarde, sacando pecho como protagonistas de una película del Oeste, y también el suelo de madera claveteada del minúsculo despacho de la jefa de estudios, las bodas en las que atormentaban a su prima segunda y, sobre todo, el olor de los pinos del campamento de verano al pie de los cuales orinaban observando sus pichas sin prepucio.

Slim recordaría toda su vida el día en que Krim anunció a gritos en el vestuario, sosteniendo la prueba en la mano, que ya tenía una polla de hombre.

—¡Anda ya! ¿Eso es una polla de hombre?

—Pues enséñame la tuya.

—¡Qué dices! ¡Como te enseñe mi cipote te vas a desmayar!

Pero Krim ya no escuchaba, fascinado ante los largos pelos engominados que casi podía contar alrededor de ese nuevo sexo oliváceo y de un tamaño efectivamente considerable.

A Abdelkrim le llamaron Krim o Krikri sin darle más vueltas hasta que la pubertad, en su caso un hada precoz y de dudosa prodigalidad, le dobló el volumen de los antebrazos y le dibujó una pelusilla amenazadora sobre el labio superior. Y a partir de ese momento todo se torció por completo.

Al acabar la secundaria le orientaron a la formación profesional basándose más en el interés que parecía mostrar hacia el funcionamiento de las máquinas, como se les explicó al consejo escolar y a los padres, que en sus calificaciones en tecnología, tan mediocres como las obtenidas en las demás asignaturas. Le habían encontrado su camino, y menospreciar los oficios manuales era un disparate e incluso un error, etcétera. El mismo discurso que treinta años antes con sus tías, a las que también mandaron a la formación profesional. Una generación después, nada había cambiado.

Su nuevo instituto estaba lejos del centro y era arquitectónicamente deprimente: un bloque de hormigón sobre una colina en medio de una zona industrial y con una bandera que recordaba tanto el pabellón con la calavera que el CES Eugène Sue fue bautizado como «el Titanic». En efecto, a primera hora de la mañana sus cuatro chimeneas flotaban entre la niebla, las ventanas de las aulas estaban enrejadas hasta el tercer piso y el cuarto estaba destinado a las dependencias de la administración.

Al empezar el curso, Krim, que se liaba a tortazos en cuanto un extraño le llamaba Krikri, conoció al que su padre, un hombre dulce de salud frágil, bautizó como Lucignolo, como el carismático rufián que aparta a Pinocho del buen camino. Krim se convirtió en su esbirro y empezó a fumar. Abandonó el equipo de fútbol y las clases de piano, de las que se avergonzaba. Su madre le había matriculado porque la profesora de primaria que tocaba el violín había asegurado que no solo tenía una enorme facilidad, sino que disponía de lo que denominaba, con incomprensible reverencia, un «oído absoluto».

Fue ese invierno, además, cuando un otorrinolaringólogo de Lyon le diagnosticó hiperacusia: oía más y mejor que los demás, lo que probablemente fuera la causa de sus fuertes dolores de cabeza. ¿Se podía curar? No: le compraron unos tapones Quies y unas cortinas más gruesas, y no se habló más de ello.

Unas semanas más tarde, en plenas fiestas de Navidad, cuando la nieve había cuajado por primera vez desde hacía años, su padre murió a consecuencia de un accidente, al inhalar humo tóxico en la fábrica.

La nieve, como es sabido, amortigua los sonidos, ahoga los dolores y dignifica mientras perdura. El acontecimiento, sin embargo, creció y creció hasta convertirse en una fecha señalada, en un acontecimiento tremendo, un verdadero cataclismo absolutamente increíble que pronto arrojó a Krim a la cuneta de un sistema que, a fin de cuentas, poca cosa aportaba a quienes respetaban sus reglas.

Así que todo fue apaciblemente de mal en peor hasta el día en que Krim desató la ira de una autoridad mucho más brutal que la del Estado: Mouloud Benbaraka era un escurridizo padrino del hampa, el «Bernardo Provenzano del Loira», como le bautizó La Tribune-Le Progrès. Krim había dado el queo a sus lugartenientes, vigilando los portales donde se trapicheaba y ululando como un búho cuando advertía la presencia de un coche de policía sin distintivos. A los dieciséis años se sacaba mil quinientos euros al mes, cifra que su padre nunca había ganado. Hasta que un día robó cincuenta gramos del mejor costo que se había visto en la región en años. Mouloud Benbaraka le mandó llamar y lo primero que hizo fue tirarle de las orejas. Krim se debatió y recibió unas bofetadas en la boca. Y cuando Mouloud Benbaraka avanzó su cabeza de chacal para escuchar sus explicaciones, Krim le mordió el lóbulo de la oreja izquierda hasta hacerle sangrar. Fueron necesarias todas las dotes diplomáticas del primo de Krim, Nazir, el poderoso hermano mayor de Slim, para calmar la ira del padrino de Saint-Étienne, quien, sin embargo, juró que si por casualidad algún día volvía a cruzarse con Krim le despellejaría.

4

Evidentemente, Rabia no sabía nada acerca de ese episodio, y Slim tampoco. Era, como decía Nazir, una cosa entre él y Krim, aunque Gros Momo, el mejor amigo de Krim, acabó estando al corriente. Y Krim aprendió a vivir con esa espada de Damocles sobre su cabeza. En el fondo, los peores problemas desaparecían por sí solos si uno dejaba de pensar en ellos continuamente. En las noches de angustia y de congoja cerraba los ojos y rememoraba una de las sonatas que tocaba al piano eléctrico que le regaló su abuelo. La música iluminaba y purificaba los recovecos de su mente y no dejaba espacio alguno para el caos del mundo.

Sin embargo, había un problema: su hermana Luna, a la que había malcriado a su manera ruda y descortés, y que lloraba como una Magdalena cada vez que su madre tenía que presentarse en comisaría por una nueva tontería de Krim. Soslayar esa extraña zona turbulenta encarnada por la tristeza de Luna no condujo a Krim a ninguna parte, por lo que unos años más tarde su hermana pequeña seguía hablándole en el mismo tono moralizante, como si hubiera algo en su rostro que suscitara irremediablemente sermones y reproches:

—¿Por qué le has dicho a mamá que salía en pelotas en Facebook?

—¿Qué?

Luna había crecido, se había puesto su vestido negro más elegante y se había cubierto los pómulos con una purpurina que relucía con solo pasar a la sombra del edificio. Por un instante Krim creyó haberla oído mal debido a la prueba de sonido, para la que hacían sonar el inicio de sucesivos temas de raï a un volumen cada vez más fuerte.

Hizo una mueca para evitar el impacto de un rayo invasor y se desplazó unos pasos.

—¿A qué viene eso de Facebook?

—¿Me has pirateado la cuenta? No, eres demasiado tonto para eso. ¿Te has hecho amigo de una de mis amigas y has visto mis vídeos? No creo. ¿Sabes qué vas a hacer? Vas a ir a ver a mamá y le dirás que te lo has inventado. Me da igual, dile lo que quieras pero…

Pero Krim sonreía. El porro que ocultaba en la palma de su mano empezaba a hacer efecto.

—Eres un desgraciado —le espetó Luna antes de marcharse hacia el gimnasio.

Tenía una forma de andar obcecada que se convertía al instante en una carrera apretando los puños y con los brazos extendidos, como si al final del camino la esperara un caballo con arcos. Y Krim no se había hecho aún a la idea de que una chiquilla de quince años pudiera ser tan musculosa como la mayoría de los muchachos de su edad: la gimnasia le había esculpido bíceps, abdominales, trapecios y hasta deltoides. Cuando lucía, como ese día, un vestido sin mangas se le veían las venas de los antebrazos y, sobre todo, los tríceps, incluso con los brazos inmóviles a lo largo del cuerpo.

Como si hubiera podido oír los pensamientos de su hermano, Luna regresó de repente a su lado y le amenazó con el dedo y con sus testarudas sienes de carnero:

—Como no le digas a mamá que te has inventado lo de mis fotos en Facebook, te juro que te arrepentirás.

—¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo conoces la palabra «arrepentirse»?

—Yo que tú me andaría con cuidado. —Y titubeando súbitamente, incapaz de mirarle a los ojos, añadió—: Sé cosas sobre ti, así que yo en tu lugar…

—¡Anda, suéltalas! ¡Gualá, no te escucho!

—¿Crees que no te vi la semana pasada con Gros Momo?

—Sí, claro. ¡Lárgate ya, foca fea!

Sin embargo, en lugar de esperar a que ella se marchara prefirió alejarse él, a buen paso, en dirección a los arbustos que crecían alrededor del gimnasio.

5

Pasó junto a los arbustos contemplando las espinas de acebo, las pequeñas bayas que no había que comer y aquellas ramas de flores esplendorosas cuyo nombre ignoraba. Cerca de la entrada de los vestuarios que tantos recuerdos le traían, un camino ascendía hacia el campo de hierba artificial, pero para acceder al mismo había que adentrarse en un pequeño laberinto vegetal en el que Krim encontró un lugar donde seguir fumando tranquilamente. Dejó que su mente divagara, de sonido en sonido, entre las voces y el piar de los pájaros. Un martillo neumático zumbaba a unas calles de allí, quizá junto a la autovía, con ese bajo continuo al que Krim no lograba habituarse. Se oía también, algo más lejos, el motor de un soplador de hojas que se empecinaba en un motivo de acompañamiento repetitivo y dramático para una melodía que no sonaría nunca.

De repente, Krim oyó una voz humana que le pareció familiar:

—Lo peor es que la mitad de la gente que veremos esta noche ni siquiera tiene la tarjeta censal. Y eso me pone de los nervios… Pero ¿qué se puede hacer? ¿Obligarles a votar…? Ah, ¿te refieres a que son extranjeros?

Krim reconoció a su primo Raouf y, por los silencios que puntuaban el encadenamiento de sus frases, comprendió que hablaba por teléfono. Raouf era el emprendedor de la familia. Krim no podía verle, pero le imaginaba con un jersey marrón de cuello de cisne, americana a rayas y una perfecta sonrisa Colgate.

—No, no, claro que sí, los extranjeros también deberían poder votar. En las elecciones municipales y… ¡por supuesto, qué digo yo, en todas las elecciones…!

Raouf se había ido a vivir a Londres y hacía una eternidad que no le habían visto. Krim se preguntó de repente si no se habría pasado con la dosis: era incapaz de recordar el rostro de su primo.

Tragó saliva y cambió de posición intentando hacer el menor ruido posible. A través de las ramas podía distinguir ahora la silueta de Raouf dando patadas al aire mientras hablaba con su kit de manos libres al pie de la portería: estaba a solo unos metros de él. Krim aguzó el oído, preguntándose en particular si lograría deshacerse de la imagen mental de la composición de su porro en la que las briznas marrones de tabaco se esfumaban a medida que transcurrían los segundos.

—Y, de todas formas, la mayoría no son extranjeros. Me refiero a que ¿cómo llamas a alguien que lleva viviendo aquí cincuenta años? En un momento dado hay que dejar de… Si pagas los impuestos aquí, tienes que votar aquí y no hay más que hablar… ¿Mi carnet del Partido Socialista? Sí. Pero espera, escúchame, no es como otras veces, este es un momento histórico. De hecho, me he afiliado al Partido Socialista por razones de derechas, ya sabes… el hombre y su época. ¡Ja, ja…! ¡Coño, no tengo nada, no sé cómo aguantaré hasta el lunes…! ¿Qué? Claro, ¿estás de broma? Cincuenta y dos a cuarenta y ocho en todos los sondeos, incluso en Le Figaro, y Brice Teinturier ha dicho en TF1 que la alianza de Villepin y Mélenchon es un disparate, así que parece un resultado firme. Sobre todo porque ha quedado clara la evolución después del debate. A un lado estaba Sarko más nervioso que nunca, señalándole con el dedo y volviéndose loco. Y al otro lado Chaouch, que… Al otro lado Chaouch, aunque…

A Krim le pareció, concentrándose mucho, adivinar con quién hablaba Raouf. Pero Raouf apenas permitía que su interlocutor recuperara el resuello:

—No, eso ya no me lo creo, con el rollo de la prudencia pretenden tomarnos el pelo. ¡Y que no me vengan con la influencia del secreto del voto! Mierda, ¿quedó el segundo en la primera vuelta o lo he soñado? Ha hecho una campaña impecable, completamente positiva, sin apenas mencionar a Sarko. Y no puedo creer que… que… He olvidado lo que quería decir… Los franceses son tontos, ¡ja, ja!, esta sí que es buena… No, quiero decir que la gente sí miente cuando se trata del FN, en eso estamos de acuerdo, en ese caso sí hay que introducir un factor de corrección porque se avergüenzan de su voto… Es un voto de protesta, por supuesto. ¡Pero en este caso es justamente lo contrario! Es un voto de esperanza y la gente se siente orgullosa. Por fin hay un ideal, un impulso y un poco de optimismo en este mundo de cafres y de… de burócratas. Y, además, Chaouch es la vitalidad personificada. Cuando la gente le ve en la tele no se ven a sí mismos como son, mezquinos, hipócritas, sino que ven lo que desean ser y tienen fe en la vida, en el futuro…

Raouf, con una mirada exaltada y centelleante, parecía poseído. Miraba, dirigiendo los ojos a izquierda y derecha sin detenerse en nada, cómo hablaba: deprisa, tan deprisa que de lejos parecía a punto de alzar el vuelo.

—¿Con qué tengo que tener cuidado? ¿Con lo que venga después? ¿Que una cosa es lo que se dice en campaña y otra cómo se gobierna luego…? No, no, no tengo ningún miedo y ya estoy harto de desconfiar…

Mientras tanto, Krim, risueño y completamente mudo, se había tumbado en el talud y contemplaba la carrera de las nubes gráciles y aborregadas sobre el fondo azul mate y blando, como un colchón acogedor, universalmente hospitalario, como debe de ser probablemente el cielo del paraíso.

Aguardó a que Raouf volviera a hablar y se lio otro canuto, para después. Más allá de los arbustos, el sol detallaba el imperfecto triángulo de un abeto sobre el césped en pendiente, con tanta claridad que se podía distinguir la punta cruciforme que lo coronaba. De ese lado, la sombra era suave y fresca, como en un oasis. Krim había encontrado, ni más ni menos, la guarida ideal: a la vez escondrijo y promontorio, una verdadera madriguera al aire libre.

6

—Oye, espera —dijo de repente Raouf en voz baja y escudriñando los alrededores—, tengo que pedirte algo. ¿Tienes un minuto? ¿Te acuerdas que la última vez hablamos del MDMA? Pues hay una chica, una amiga de Londres, que lo ha probado y cuenta unas cosas alucinantes en Twitter… ¿La droga del amor? No, no lo sabía. Pero ¿cómo, lo tomas y amas a todo el mundo?

Raouf dio una calada a su cigarrillo. Krim se estremeció: era un ruido pulposo y húmedo, como una succión que debía de mojar el filtro y que indicaba que su nerviosismo había alcanzado un nuevo umbral crítico.

—Sinceramente, tienes que ayudarme, porque no voy a aguantar dos días con toda la tribu sin nada… Sí, claro, ¿por qué no vienes? Es por Fouad, ¿verdad? ¡Dejadlo de una vez! ¡Esa guerra entre vosotros no puede durar cien años! ¿Oye? ¿Nazir…? Sí, parecía que se había cortado, te decía que por qué no vienes, pero la verdad es que ya lo sé. ¡Vaya mierda, porque el que se casa es tu hermano pequeño…!

Siguió un largo silencio, tan largo que Krim dejó de escuchar. No prestó de nuevo atención hasta que le pareció oír su nombre en boca de Raouf. Pero sin duda debía de haberlo soñado. Raouf hablaba de nuevo de Fouad, su primo actor que salía por la tele cinco veces a la semana desde principios de año:

—¡Mira tú que cuando fui a París, a primeros de año, hubo una fiesta y ni siquiera se presentó! Y una noche me metí en el chat de Facebook, serían las cuatro de la madrugada y no había nadie. De golpe apareció Fouad, le escribí y ni me contestó. Y otra vez lo mismo. Y peor aún, porque cada vez que aparece y ve mi nombre en la lista se desconecta de inmediato. ¡Mierda! Seguro que lo hace a propósito, porque no me dirás que está tan ocupado a las cuatro de la madrugada… Mira, si le revienta hablar con sus primos, si ahora que es una estrella nos considera a todos unos pringados, allá él. ¿Qué quieres que te diga?

Krim tenía la boca pastosa debido al porro que se había fumado antes de dar con el escondrijo. Se levantó con dificultad y bajó hasta la puerta de los vestuarios para beber un poco de agua sin tener que pedírsela a nadie. Pero la puerta estaba cerrada de nuevo con llave y, con la mano en el pomo, pensaba en alguna alternativa cuando Raouf, que volvía del campo de fútbol, apareció junto a él, le guiñó un ojo y le tomó del hombro para pedirle un favor.

Primero hubo los cumplidos de rigor, cómo estás, la salud, la familia, pero Raouf no prestaba atención a las respuestas monosilábicas de su primo. Y cuando por fin abordó la cuestión fue Krim quien no escuchó lo que le contaba, fascinado por los tics de cocainómano que dilataban y arrugaban a gran velocidad el rostro pálido y lampiño de su primo empresario, exculpado por sus trajes, las cenas mundanas, la proximidad del polo Norte y la frecuentación de una humanidad adinerada, exangüe, despiadada y rubia.

—¿Me estás escuchando, Krim? Solo te he pedido si hay manera de pillar algo antes de esta noche.

—¿Qué?

—Hierba, por ejemplo —respondió Raouf, titubeando, y añadió sin dejar de morderse los labios—: ¿Sabes qué es el MDMA?

—No. ¿Qué es?

—Olvídalo. Es como el éxtasis, pero mejor.

Raouf se llevó la mano a la nuca y añadió nervioso:

—La gente lo llama la droga del amor…

La idea de la droga del amor le hizo llevarse la mano al bolsillo para sacar un billete de cincuenta euros que metió directamente en el de Krim.

—Por si encuentras algo. Y si no, da igual, te lo quedas. Sadaqa.

Krim respondió que le tendría al corriente. Raouf le pidió su número de teléfono y le hizo una perdida para que quedara registrado el suyo. Y los dos primos desaparecieron en medio del ajetreo que aún reinaba en el aparcamiento.

7

Barrio de Montreynaud, 16.00

 

Unos instantes más tarde, en el coche del tío Bouzid, Krim mandó un SMS a Gros Momo para que se informara sobre el MDMA. Y mientras esperaba la respuesta se dio cuenta de que estaba perdiendo sus superpoderes. Ya no recordaba algunos rostros, confundía voces y pronto, sin duda, se le escaparían notas desafinadas, y a medio plazo podría incluso llegar a gustarle la música nasal de ese Cheb nosecuántos que hacía rechinar la radio del coche de su tío. Bouzid bajó el volumen y pulsó el encendedor.

—Bueno, Krim, le he prometido a tu madre que tú y yo hablaríamos. Tienes diecisiete años. ¿Cuándo es tu cumpleaños?

—Fue ayer.

—Muy bien. Desde ayer tienes dieciocho años, así que escúchame bien…

Krim sabía perfectamente de qué iba a hablarle, así que puso el piloto automático y asintió cada quince segundos.

Mientras le oía recriminarle haberse despedido del McDonald’s al cabo de dos días, haber insultado a la encargada del moño y estar matando a su madre lentamente, Krim disfrutaba de la suave conducción de su tío que le recordaba la de su padre y aquellas noches en las que, cuando todo el mundo estaba de buen humor, se le permitía sentarse delante y saborear hasta la menor aspereza que ofrecía la carretera iluminada por la luna llena. Krim revivía esas emociones en el GTA IV: no jugaba ninguna partida, se mantenía al margen de las misiones, de los policías y de los ladrones, y se contentaba circulando sin fin por esas tentaculares ciudades virtuales en las que el mundo se detenía, como en los buenos viejos tiempos en que la Tierra era plana, en el límite de un océano abstracto más allá del cual era inconcebible aventurarse.

El tío Bouzid, al igual que su padre y como él al volante de un coche de píxeles, tomaba unas curvas amplias y generosas. En el caso del tío se trataba a buen seguro de una deformación profesional, pues era conductor de autobús de la STAS, en la terrible línea 9 que unía la conflictiva barriada de Montreynaud y el centro. En su manera de girar olvidándose de las líneas se notaba que estaba acostumbrado a los giros extensos y a un volante tres veces mayor. Algunas de esas curvas hacían que Krim se estremeciera de placer. Se sentía apuesto, digno e importante al lado de esos hombres que conducían tan bien sus vehículos que uno se dejaba llevar por los sueños de que un día así sería también con sus vidas. Pero en la realidad las cosas no eran así. En la realidad el tío Bouzid empezaba a encenderse y miraba cada vez más por el retrovisor y cada vez menos a Krim.

—… y llegado el momento hay que tener un poco de honor, néf, tfam’et? Yo también hice tonterías de joven. ¿Tú qué crees? ¿Que eres el único? Todos hemos pasado por eso. Pero llega un momento en que hay que madurar. Y tienes que dejar de andar con esos colegas. Mucho hablar de Sarkozy y de su limpieza con la Kärcher… ¡pero la verdad es que lleva razón! Yo también exterminaría a todos esos mangantes con una Kärcher. A esos golfos los veo a diario y te aseguro que a la que uno de ellos se enciende un cigarrillo o se mete con una vieja se las tiene que ver conmigo. ¿O vamos a dejar que sean esos gamberros quienes dicten la ley? Así que ahora tienes que asumir tu responsabilidad. Sobre todo con la elección de Chaouch. Ya tienes tu tarjeta censal, ¿verdad? Tienes dieciocho años, así que ya puedes votar. Sí, en un momento dado hay que…

Krim recibió un mensaje cuando el coche abandonaba la autovía y tomaba la carretera de curvas que ascendía la colina de Montreynaud. Lo leyó ocultando la pantalla luminosa con la otra mano.

Recibido: Hoy a las 16.02

De: N

Mañana es el día. Espero que estés listo.

Krim se puso muy serio. Esos últimos meses, Nazir le había enviado una media de diez SMS diarios que iban de «k tal?» a máximas filosóficas como «La esperanza hace desgraciadas a las personas». Krim había aprendido a pensar por sí solo desde que se había aproximado a su primo, al que probablemente le debía que aún formara parte de este mundo. Mouloud Benbaraka quizá no se hubiera contentado con arrancarle los ojos o cortarle los huevos. Corría el rumor de que inmoló a un tipo prendiéndole fuego por faltarle al respeto a su anciana madre…

Nazir pudo parlamentar con él y le salvó el pellejo a su primo porque era del mismo fuste que Mouloud Benbaraka: carecía de ilusiones. Veía las cosas como eran en lugar de montarse historias: los SMS que le había enviado a Krim así lo probaban y Krim los había archivado cuidadosamente, a pesar de la prohibición rotunda e insistente de Nazir. Incluso había copiado los más importantes en un papel doblado en tres, que guardaba siempre en el bolsillo de su chándal.

Respondió a aquel SMS diciendo simplemente que estaba bien, que se sentía a punto, y en ese momento el coche se detuvo en un semáforo frente a un retrato de Chaouch que miraba a Krim a los ojos. Krim apartó la vista y añadió a su mensaje un «k es el MDMA?» que atribuyó a la influencia del hachís y al que Nazir respondió de manera inexplicablemente seca:

Recibido: Hoy a las 16.09

De: N

Pasa de eso. Y hoy nada de drogas.

8

El barrio donde vivía su tío era quizá el más decrépito de la ciudad. Era también el feudo de Mouloud Benbaraka, y Krim se hundió inconscientemente en su asiento, temeroso de ser visto.

Las calles de la colina estaban dedicadas a compositores famosos y los edificios tenían nombres de pájaros de melodiosas sonoridades: carriceros, petirrojos, herrerillos… Aquí y allá se alzaban rascacielos y bloques con miles de ventanas en las que las antenas parabólicas brillaban intermitentemente bajo el sol de plomo. La piedra de los balcones se desmoronaba, las cortinas y las paredes perdían sus colores. Parecía que de un momento a otro, y a pesar de los cochecitos cargados con la compra que bloqueaban las puertas de entrada y las madres que discutían con las chifladas del primero, esos edificios volarían por los aires como en la televisión. Veinte plantas súbitamente desintegradas: nadie se sorprendería. Era un paisaje desolador que invocaba la demolición como la selva llama a la lluvia.

—Vamos, no hay tiempo que perder —dijo el tío Bouzid, pasando por encima de una puerta rota a la entrada de su edificio, en la que un folio tamaño A4 aún advertía a los vándalos del barrio: «EN ESTE LOCAL YA NO QUEDA NADA POR ROBAR».

El tío Bouzid subió corriendo las escaleras y se metió en su estudio, en el que flotaba estancado un espeso olor a pies matizado por el almizcle de su loción para el afeitado, la que compraba desde su adolescencia en los años setenta.

—Pruébate esto —le ordenó señalando un traje gris, con camisa azul y corbata marrón, que acababa de descolgar del armario.

El batiente izquierdo lucía los estigmas de una agresión tal vez reciente y probablemente a puñetazos. Mientras Krim se cambiaba en el baño, Bouzid se lanzó a confesarle su gran secreto. Se hallaba justo detrás de la puerta, pero había olvidado que al encender la luz del baño se accionaba el ensordecedor sistema de ventilación que solo le permitía a Krim comprender una de cada tres o cuatro palabras de su discurso.

Cuando salió con la americana en la mano, aturdido por el hambre acuciante provocada por el porro, el tío le miró emocionado con sus grandes ojos marrones. Le temblaba el mentón como a Charles Ingalls en La casa de la pradera y parecía muy abatido.

—Lo pagaré toda mi vida. Quinientos euros al mes, hasta el fin de mis días. Y todo por culpa de una pelea en un bar…

Krim nunca sabía cómo reaccionar ante las grandes declaraciones. Su madre también las hacía a menudo, con esos mismos ojazos dilatados que intentaban convencerle a uno de que todos formamos parte del cogollo de la especie humana. Azorado ante tanta solemnidad, Krim bajó la vista y advirtió que iba a necesitar unos mocasines. ¿Habría pensado en eso el tío Bouzid?

—Tienes que dejar de hacer tonterías, Krim. Eres joven, ¡mierda!, inteligente y tienes buena salud, hamdullah, tienes toda la vida por delante. ¿Me juras que lo harás?

—Sí, sí, te lo juro.

—Mira que te lo digo en serio. Júrame que lo harás.

—Sí, vale, lo juro.

—De acuerdo —exhaló el tío pellizcándole el trapecio—. Ya verás, todo irá bien. Y mañana son las elecciones… ¿Te alegras de que Chaouch vaya a ser presidente, insha’Allah? ¡Gualá, un presidente magrebí! Me gustaría que ganase solo por verles las caras a los gabachos del curro, ¿a ti no?

—Sí, claro.

—Bueno, y ahora vamos a buscar unos zapatos y a ponerte la corbata. ¿Te has puesto corbata alguna vez? Hoy vas a ponértela, ¿eh? ¡No casamos a Slim todos los días! —Y examinando de repente el aspecto de su sobrino, añadió—: Te va un poco grande, pero está bien. Tendrías que comer más, ¿o quieres parecerte a Slim? El pobre está muy flaco.

Krim dejó que su tío se metiera en el cuartucho de la entrada y observó el lugar donde vivía desde que su «amiga» le había dejado. Solo salía con francesas y eso siempre acababa en «jugo de merguez», como decía él: no eran serias y le faltaban al respeto, así que juraba por su abuela que esa iba a ser la última vez y que buscaría una chica como es debido, es decir musulmana, dulce y fértil.

—¿Conoces a Aït Menguellet? —le preguntó a Krim, que observaba un CD con un primer plano de un sosias de su padre en la carátula, un hombre de unos cuarenta años de rostro alargado, delgado, pálido, trágico y bigotudo.

Krim meneó la cabeza para decir que no.

—Pues te lo regalo, por tu cumpleaños. Si quieres podemos escucharlo en el coche, así descansamos un rato de tanto raï. Porque esta noche nos vamos a hartar de esa música de moracos…

Krim se guardó el CD en el bolsillo de su nueva americana. Era la primera vez que vestía una americana con hombreras, y la primera vez también que llevaba unos pantalones de tela con esa sofisticada bragueta. La parte de arriba gris, azul y marrón, con la corbata fina, le gustaba, pero no la de abajo porque los mocasines negros se daban de bofetadas con el pantalón claro, tanto como unos zapatos blancos con un traje oscuro.

El tío Bouzid le empujó hacia la salida y cerró concienzudamente las tres cerraduras de la puerta blindada.

—¿Y el ejército? —dijo de repente—. ¿Has pensado en el ejército? Déjame que te explique, porque ofrece muchas posibilidades. O la marina. Cocinero en la marina. Hay que tener proyectos, ¿sabes? Los proyectos son muy importantes.

Krim contemplaba con ternura su cráneo reluciente y de repente oyó una voz de niña en el otro extremo del rellano: tomaba impulso para franquear de un salto los seis peldaños que conducían al ascensor.

El polvo del pasillo era atraído irresistiblemente por el haz de sol que atravesaba el hueco de la escalera desde los cristales rotos de la claraboya hasta los muslos de caramelo de la chiquilla. Y cuando esta saltó por fin, Krim tuvo la impresión, el presentimiento y enseguida la absoluta certeza de que esa sería la última vez que pondría los pies en aquel edificio.

cap-3

II

EN EL AYUNTAMIENTO

1

Centro de la ciudad, 16.15

 

Descoyuntándose la nuca, Zoran alzaba las manos hacia el cuarto piso de aquel estrecho edificio del centro de la ciudad intentando evitar que el gatito con el que había pasado la mañana se aventurara por el alero. Hacía grandes aspavientos inútiles y murmuraba a gritos, sin atreverse a gritar de verdad para no asustar al animal:

—¡Gaga, Gaga, vuelve, vuelve!

Marlon le había puesto Gaga al gato en homenaje a la que había sido la nueva reina del pop y también por un libro de su padre que encontró en sus cajas, supuestamente la enciclopedia definitiva del habla gaga —el dialecto de Saint-Étienne—, y que le había provocado un ataque de risa de media hora del que Zoran solo alcanzó a comprender que también él tenía que reírse.

Eso fue antes de la discusión. Ahora Zoran tenía que marcharse de allí y en la precipitación había olvidado cerrar la ventana del estudio. Y el problema era que no había manera de volver a subir. Marlon había insistido en que dejara las llaves dentro y no regresaría hasta después del fin de semana, igual incluso el lunes. Zoran consideró por un instante la posibilidad de llamar a los bomberos, pero el gato ya había vuelto sobre sus pasos, sin duda asustado por una pareja de palomas que se arrullaban en el canalón.

Dos transeúntes se volvieron a mirar a Zoran, cuya vestimenta, que lucía por primera vez, no podía pasar desapercibida en aquel barrio. Se había decidido en el último momento, guiado por un impulso, frente al espejo del armario que silueteaba su figura contoneándose contra el deprimente desorden de aquel estudio del que acababa de ser expulsado por teléfono: unos vaqueros de cintura baja con los muslos descoloridos y los bolsillos traseros tachonados, unas manoletinas irisadas y una camiseta de lentejuelas con la Union Jack que había escotado y acortado él mismo para que se pudiesen admirar su vientre liso y su ombligo.

Los vaqueros se los había regalado un tipo que había conocido en Lyon y al que le gustaba verle travestirse. En cuanto a la camiseta y a las manoletinas, que pertenecían a la hermana de Marlon, las había elegido de la cómoda de este último diciéndose en voz alta y en rumano, y quizá también para edificar a Gaga, con el que en los últimos tiempos había hablado casi tanto como con Marlon, que puestos a que le acusaran de ladrón, por lo menos habría robado algo.

Después de un movimiento del mentón hacia un tipo que se había detenido en seco para observarle con el puño en la cadera, Zoran asió su maleta y alzó por última vez la cabeza hacia la ventana entreabierta que acogía apaciblemente el reflejo del azul entrecortado por un haz blanco casi inmóvil que indicaba el curso de un avión o de otra criatura igualmente motorizada en el cielo de cristal.

Pasó junto al cementerio que coronaba la colina y que había tenido a los pies de su ventana desde hacía tres semanas y fue al bar en el que, en un ultimátum, había fijado su cita a las cuatro en punto. Llegaba tarde pero no había rastro de la otra persona. Su camarero preferido tampoco se hallaba detrás de la barra y la mujer de cabello rojo que le reemplazaba parecía de mal humor.

—Se ha acabado el barril —le previno de entrada, vaciando una jarra de espuma amarillenta en el fregadero.

Zoran vaciló antes de franquear los pocos metros que le separaban de la barra. Le horrorizaban aquellas baldosas sobre las que las sillas chirriaban sin cesar.

—Ponme whisky —dijo dejando caer la maleta al pie de un taburete alto. Apoyó un muslo en el taburete y repitió mirándola a los ojos—: Ponme whisky.

—¿Puedes pagarlo?

—Sí.

—Primero enséñamelo.

—¿Por qué yo enseñar? ¿Por qué él no enseñar?

Señaló a un parroquiano en el otro extremo de la barra, que alisaba entre el pulgar y el índice las puntas de su bigote color de arena.

—¡No quiero problemas! Ya estoy harta de…

—¿De qué?

—¡De vosotros! ¿Cuándo os marcharéis a vuestro país, a Rumanía? ¿No veis que aquí no podéis quedaros? ¡Aquí no podéis estar, aquí no hay trabajo! Eso suponiendo que hayáis venido a trabajar.

—No trabajo en Rumanía.

—Aquí tampoco trabajo. Nada, niente. Te juro que…

El del bigote profirió un gruñido indescifrable. ¿Pretendía evitar que la camarera fuera más lejos o simplemente le sugería que no hablara en voz tan alta?

Zoran no dejaba de mirar a esa horrible mujer para demostrarle que no le intimidaba. Sin embargo, la dificultad de formar frases en esa lengua imposible le hizo tartamudear y bajar la vista a regañadientes, para concentrarse.

—Tengo cita con hombre a las cuatro. Él paga mil euros. Si yo mil euros, yo diez euros. Dame whisky, whisky caro.

La camarera se llevó la mano a la frente, alzando la cabeza.

—¿Qué me dices, mil euros? Esto no es una casa de citas, ¿sabes? ¡Y ahora a la calle! ¡Fuera! ¡Vamos, lárgate!

En ese momento apareció un cliente, un hombrecillo que vestía traje y sudaba abundantemente. Salía de la escalera que conducía a las habitaciones o quizá a los servicios. Zoran le miró fijamente hasta que desapareció de su campo de visión. La camarera le saludó educadamente al salir y Zoran quiso matarla cuando vio que su mirada se dirigía de nuevo a él con asco.

—Vamos, ahora márchate. O llamaré a la policía.

Zoran se alejó insultando en rumano a la camarera. Interrogó al borracho derrengado en la barra y este le dijo que no había visto a nadie desde primera hora de la tarde. Eran las cuatro y media, así que su ultimátum no había surtido efecto.

2

Zoran vagabundeó por el centro con la esperanza de encontrar al hombre que tenía que hacerle rico. Casi todas las personas con las que se cruzó esa tarde se volvieron a su paso e hicieron algún comentario descortés, expresado con gestos o en voz baja. Hubo algunas, sin embargo, que hablaron suficientemente alto para que pudiera oírlas: un tendero con perilla, una madre de familia que fumaba empujando el cochecito, unos adolescentes árabes en chándal, dos albañiles durante su pausa, una señora bajita que sin duda trabajaba en la prefectura y un electricista con pelo en los hombros.

Todos le odiaban al instante al comprender que no era una chica, pero su odio se nutría sobre todo del hecho de que no fuera una «no chica» de manera clara y definitiva y siguiera personificando la ambigüedad sexual incluso después de la primera impresión, desde su contoneo provocativo al gesto más insignificante. Y también alimentaba el odio su laca de uñas carmín sobre la que soplaba ostensiblemente, al igual que su mirada obstinada, su aspecto desafiante y sus fosas nasales temblorosas y provocativas.

Y luego estaba la peca debajo de su ojo izquierdo. A veces, cuando alguien nos resulta particularmente desagradable, toda la hostilidad se concentra en una peca. La de Zoran era azulada, compacta, espantosamente redonda y su personalidad inestable proclamaba a gritos a través de ella la necesidad de hacerse notar. Eso le había costado a menudo palizas de su padre.

En público se mostraba seguro de sí mismo y presumido: no era guapo con sus ojos amarillos, sus hombros demasiado anchos y su piel oscura y descuidada, pero ser guapo no era de mucha utilidad con el tipo de hombres cuya mirada intentaba atraer y le bastaba ser joven, ir bien maquillado, tener la cintura estrecha y el torso imberbe, y desprender calor animal y olor a establo y a pecado.

Después de comprar chicles, paseó por la plaza de la catedral, donde unos niños se divertían en un viejo tiovivo. Súbitamente, Zoran creyó que le seguía un hombre con una cazadora beige y se dirigió al centro de la plaza, donde nada podía sucederle. Tres series de cuatro chorros de agua brotaban de una fuente invisible entre las losas del suelo. El sol reapareció después de una breve ausencia detrás de las nubes. Zoran observó la sombra de uno de esos chorros verticales que corría sobre las losas grises y parecía fluir más lentamente, como en otro orden de la realidad. Su propia sombra le pareció moverse también en diferido y aprovechó para examinarla atentamente. Y fue entonces, mientras maldecía sus hombros, su estatura y su sexo, cuando oyó los bocinazos.

En la plaza, todo el mundo se había detenido para ver pasar el cortejo de coches decorados con cintas rosas y blancas y repletos de rostros morenos y sonrientes que cantaban al son de la música árabe. Zoran siguió el desfile y se halló en medio de un corro de curiosos que disfrutaban del espectáculo en la plaza del Ayuntamiento. Un tipo le pisó sus zapatos brillantes. Zoran le empujó violentamente pero el otro no dijo nada. Quizá no lo había hecho a propósito. Zoran escupió el chicle para poder fumar, pero no le quedaban cigarrillos. Alrededor de él nadie fumaba, salvo un individuo alto que no parecía simpático. Tomó otro chicle y se divirtió haciendo globos.

Unos instantes más tarde, mientras la gente bien vestida se pavoneaba al pie de las escaleras dándoselas de importante, una chiquilla rubia y gorda señaló a Zoran con el dedo e hizo agacharse a su madre para decirle algo al oído. Sus ojitos verdes hundidos en su rostro rechoncho relucían como dos diamantes al fondo de una gruta rosada y prohibida. Zoran trataba de arrancarle una sonrisa haciéndole monerías cuando vio pasar entre la multitud el rostro familiar del hombre al que había citado media hora antes.

—¡Slim! —gritó.

Intentó abrirse paso evitando la mirada de la chiquilla y se dio cuenta de que efectivamente era él. Su corazón latió más deprisa y de repente el calor le pareció agobiante. Quiso apoyar la mano sobre el hombro de Slim, al que había reconocido, pero un hombre calvo que le había visto acercarse le empujó.

—Conozco él —protestó Zoran señalando al joven árabe.

Pero el calvo le empujó sin contemplaciones hacia la multitud, como hubiera hecho un guardaespaldas. Y como si hubiera tenido un presentimiento de lo que iba a caer sobre él, Zoran se protegió la cabeza con las dos manos y se puso en cuclillas tan deprisa que oyó cómo se rasgaban sus vaqueros.

Uno o dos pares de brazos fuertes lo alzaron del suelo y lo arrastraron a través del gentío. No hubo tiempo para pedir ayuda ni organizar la huida: el tipo que le había atrapado lo arrojó en el asiento trasero de un coche que arrancó en tromba pero sin hacer chirriar los neumáticos, por lo que a todos los que habían sido testigos de la escena les fue fácil retomar sus ocupaciones como si nada.

3

Ayuntamiento, 16.30

 

—¿Te acuerdas de Bachir? ¡Claro que sí, el hijo de Aïcha! ¡Krim, allouar! Krim, ¿te acuerdas de Bachir? ¡Te estoy hablando, Krim!

La familia ya no se hacía preguntas sobre aquel profundo misterio: lo que cabía denominar la alegría de vivir de la tía Rabia, que transmitía a sus sobrinas, a sus hermanas y a sus maridos, y de la que no la privaba ninguna vejación. Krim era el único que había acabado siendo insensible a esa alegría de vivir y el asombroso chorro de palabras de su madre solo le inspiraba una vaga sensación de fatiga. Escribía un SMS mirando a su madre pasear entre los suyos. Hablaba con las manos, con el cabello. Tenía los pómulos salientes, un rastro de acento meridional del que nadie conocía el origen y, sobre todo, una risa generosa que le humedecía los ojos y automáticamente acompañada de una calurosa palmada en el hombro de su interlocutor, cuando las mujeres de similar temperamento pero de un nivel social superior se hubieran contentado rozándole el hombro o pellizcándole despreocupadamente una o dos falanges.

—… pues Bachir hizo una terapia con ese psicólogo, ¿cómo se llama?, el doctor Bousbous o Basbous, no lo sé, creo que es libanés, o judío, Boulboul, Bouboul, ese al que fue Rachida, que no le hizo nada, te lo juro, pero la verdad… ¿de qué sirven los psicólogos, zarma? Vas allí, hablas y, ¡gualá!, ¿para qué? A mí me parece mejor quedarte en casa tan ricamente hablando con tu marido, ¿a que sí, khalé?

Se dirigía a uno de sus cuñados, de unos sesenta años mal llevados, de rostro delgado, un poco simiesco, cejas bondadosas y con el marcado acento argelino de los hombres de su generación. Le llamaba tío por respeto a su edad, aunque no les uniera ningún lazo de sangre. Rabia siempre tenía un tío a

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