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El curioso incidente del perro a medianoche

Mark Haddon

Fragmento

05-texto

2

Pasaban 7 minutos de la medianoche. El perro estaba tumbado en la hierba, en medio del jardín de la casa de la señora Shears. Tenía los ojos cerrados. Parecía estar corriendo echado, como corren los perros cuando, en sueños, creen que persiguen un gato. Pero el perro no estaba corriendo o dormido. El perro estaba muerto. De su cuerpo sobresalía un horcón. Las púas del horcón debían de haber atravesado al perro y haberse clavado en el suelo, porque no se había caído. Decidí que probablemente habían matado al perro con la horca porque no veía otras heridas en el perro, y no creo que a nadie se le ocurra clavarle una horca a un perro después de que haya muerto por alguna otra causa, como por ejemplo de cáncer o un accidente de tráfico. Pero no podía estar seguro de que fuera así.

Abrí la verja de la señora Shears, entré y la cerré detrás de mí. Crucé el jardín y me arrodillé junto al perro. Le toqué el hocico con una mano. Aún estaba caliente.

El perro se llamaba Wellington. Pertenecía a la señora Shears, que era amiga nuestra. Vivía en la acera de enfrente, dos casas hacia la izquierda.

Wellington era un caniche. No uno de esos caniches pequeños a los que les hacen peinados, sino un caniche grande. Tenía el pelo negro y rizado, pero cuando uno se acercaba veía que la piel era de un amarillo muy pálido, como la de los pollos.

Acaricié a Wellington y me pregunté quién lo habría matado y por qué.

3

Me llamo Christopher John Francis Boone. Me sé todos los países del mundo y sus capitales y todos los números primos hasta el 7.507.

Hace ocho años, cuando conocí a Siobhan, me enseñó este dibujo

  

y supe que significaba «triste», que es como me sentí cuando encontré al perro muerto.

Luego me enseñó este dibujo

y supe que significaba «contento», como estoy cuando leo sobre las misiones espaciales Apolo, o cuando aún estoy despierto a las tres o las cuatro de la madrugada y recorro la calle de arriba abajo y me imagino que soy la única persona en el mundo entero.

Después hizo otros dibujos

pero no supe decir qué significaban.

Pedí a Siobhan que me dibujara más caras de ésas y escribiera junto a ellas qué significaban exactamente. Me guardé la hoja en el bolsillo y la sacaba cuando no entendía lo que alguien me estaba diciendo. Pero era muy difícil decidir cuál de los diagramas se parecía más a la cara que veía, porque las caras de la gente se mueven muy deprisa.

Cuando le conté a Siobhan lo que hacía, sacó un lápiz y otra hoja y dijo que probablemente eso hacía que la gente se sintiera muy

y entonces se rió. Así que rompí mi hoja y la tiré. Y Siobhan me pidió disculpas. Ahora cuando no sé qué me está diciendo alguien le pregunto qué quiere decir o me marcho.

5

Arranqué la horca del perro y lo tomé en brazos. Le salía sangre de los agujeros de la horca.

Me gustan los perros. Uno siempre sabe qué está pensando un perro. Tiene cuatro estados de ánimo. Contento, triste, enfadado y concentrado. Además, los perros son fieles y no dicen mentiras porque no hablan.

Llevaba 4 minutos abrazado al perro cuando oí gritos. Levanté la mirada y vi a la señora Shears correr hacia mí desde el patio. Iba en pijama y bata. Tenía las uñas de los pies pintadas de rosa brillante y no llevaba zapatos.

Gritaba:

—¿Qué coño le has hecho a mi perro?

No me gusta que la gente me grite. Me da miedo que vayan a pegarme o a tocarme y no sé qué va a pasar.

—Suelta al perro —me gritó—. Joder, suelta al perro, por el amor de Dios.

Dejé al perro sobre la hierba y retrocedí 2 metros.

La mujer se agachó. Pensé que iba a recoger al perro, pero no lo hizo. Quizá advirtió cuánta sangre había y no quiso ensuciarse. En lugar de eso empezó a gritar otra vez.

Me tapé las orejas con las manos y cerré los ojos y rodé hasta quedar encogido y con la frente pegada a la hierba. La hierba estaba mojada y fría. Era agradable.

7

Ésta es una novela policíaca.

Siobhan dijo que debería escribir algo que a mí mismo me apeteciera leer. En general leo libros de ciencias y matemáticas. No me gustan las novelas propiamente dichas. En las novelas propiamente dichas la gente dice cosas como «Estoy veteado de hierro, de plata y del barro más burdo. No puedo contraerme en ese puño firme que aprietan aquellos que no dependen de estímulos».1 ¿Qué significa eso? Yo no lo sé. Padre tampoco. Siobhan y el señor Jeavons tampoco. Se lo he preguntado.

Siobhan tiene el pelo largo y rubio y lleva unas gafas de plástico verde. Y el señor Jeavons huele a jabón y lleva unos zapatos marrones con aproximadamente 60 agujeritos circulares en cada uno de ellos.

Pero sí me gustan las novelas policíacas. Así que estoy escribiendo una.

En una novela policíaca alguien tiene que descubrir quién es el asesino y luego atraparlo. Es un acertijo. Si el acertijo es bueno a veces puedes deducir la solución antes de que el libro acabe.

Siobhan dijo que el libro debería empezar con algo que atraiga la atención de la gente. Por eso empecé con el perro. También empecé con el perro porque fue algo que me ocurrió a mí y se me hace difícil imaginar cosas que no me hayan ocurrido a mí.

Siobhan leyó la primera página y dijo que era diferente. Puso esa palabra entre comillas con el gesto de los dedos índice y medio. Dijo que en las novelas policíacas normalmente asesinan a personas. Dije que en El perro de los Baskerville matan a dos perros, el perro del título y el spaniel de James Mortimer, pero Siobhan dijo que no eran las víctimas del asesinato, que la víctima era sir Charles Baskerville. Dijo que era así porque a los lectores les importa más la gente que los perros, así que si en el libro matan a una persona los lectores querrán seguir leyendo.

Le dije que yo quería escribir sobre algo real y que conocía a gente que había muerto de muerte natural pero no conocía a nadie que hubiera muerto de forma violenta, excepto al padre de Edward, del colegio, el señor Paulson, y que eso había sido un accidente de planeador, no un crimen, y que en realidad no lo conocía. También dije que me gustan los perros porque son leales y honestos, y algunos perros son más listos y más interesantes que algunas personas. Steve, por ejemplo, que viene al colegio los martes, necesita ayuda para comer y ni siquiera es capaz de traerte un palo si se lo lanzas. Siobhan me pidió que no le dijera eso a la madre de Steve.

11

Entonces llegó la policía. A mí me gustan los policías. Llevan uniformes y números y uno sabe lo que se supone que tienen que hacer. Había una policía y un policía. La mujer policía tenía un pequeño agujero en las medias a la altura del tobillo izquierdo y un arañazo rojo en medio del agujero. El policía llevaba pegada a la suela del zapato una gran hoja naranja, que le sobresalía por un lado.

La mujer policía rodeó con los brazos a la señora Shears y la llevó de vuelta a la casa.

Levanté la cabeza de la hierba.

El policía se agachó junto a mí y dijo:

—¿Quieres contarme qué está pasando aquí, jovencito?

Me senté y dije:

—El perro está muerto.

—De eso ya me he dado cuenta —dijo él.

—Creo que alguien ha matado al perro —dije.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó el policía.

—Tengo 15 años, 3 meses y 2 días —dije.

—¿Y qué hacías exactamente en el jardín? —preguntó.

—Tenía al perro en brazos —dije.

—¿Y por qué tenías al perro en brazos? —preguntó.

Una pregunta difícil. Era algo que yo quería hacer. Me gustan los perros. Me ponía triste ver que el perro estaba muerto.

Como me gustan los policías quería responder adecuadamente a la pregunta, pero el policía no me dio el tiempo suficiente para dar con la respuesta correcta.

—¿Por qué tenías al perro en brazos? —preguntó otra vez.

—Me gustan los perros —dije.

—¿Has matado al perro? —preguntó.

—Yo no he matado al perro —dije.

—¿La horca es tuya? —preguntó.

—No —dije.

—Parece que esto te ha alterado mucho —dijo.

Me estaba haciendo demasiadas preguntas y me las estaba haciendo demasiado rápido. Se me amontonaban como los panes en la fábrica donde trabaja el tío Terry. La fábrica es una panificadora y él maneja la máquina de rebanar. A veces la máquina no va lo bastante rápido pero el pan sigue llegando hasta causar un bloqueo. A veces me imagino mi mente como si fuera una máquina, aunque no siempre como una rebanadora de pan. Hace que me sea más fácil explicarles a los demás lo que pasa en mi interior.

El policía dijo:

—Voy a preguntarte una vez más…

Volví a rodar sobre la hierba y pegué la frente al suelo otra vez e hice ese ruido que Padre llama gemido. Hago ese ruido cuando llega demasiada información a mi cabeza desde el mundo exterior. Es como cuando estás alterado y sujetas la radio contra la oreja y la sintonizas entre emisoras y lo único que se oye es eso que llaman ruido blanco, y entonces subes el volumen al máximo y sabes que estás a salvo porque no puedes oír nada más.

El policía me agarró del brazo y me hizo ponerme en pie.

No me gustó que me tocara de esa forma.

Y entonces le pegué.

13

Éste no va a ser un libro gracioso. Yo no sé contar chistes ni hacer juegos de palabras, porque no los entiendo. He aquí uno, a modo de ejemplo. Es uno de los de Padre.

El capitán dijo: «¡Arriba las velas!», y los de abajo se quedaron sin luz.

Sé por qué se supone que es gracioso. Lo pregunté. Es porque aquí la palabra velas tiene dos significados, que son: 1) pieza de tela que tienen los barcos, y 2) cilindro de cera que se emplea para alumbrar.

Si trato de decir esta frase haciendo que la palabra signifique dos cosas distintas a la vez, es como si escuchara dos piezas distintas de música al mismo tiempo, lo cual es incómodo y confuso, no agradable como el ruido blanco. Es como si dos personas te hablaran a la vez sobre cosas distintas.

Y por eso en este libro no hay chistes ni juegos de palabras.

17

El policía me miró durante un rato sin hablar. Luego dijo:

—Voy a arrestarte por agredir a un agente de policía.

Eso me hizo sentir muchísimo más tranquilo porque es lo que los policías dicen en la televisión y en las películas.

Entonces dijo:

—Te recomiendo que te metas en el asiento de atrás del coche patrulla, porque si tratas de hacer alguna travesura más, tontaina, me voy a cabrear de verdad. ¿Entendido?

Fui hasta el coche patrulla que estaba aparcado justo al otro lado de la verja. El policía abrió la puerta de atrás y me metí dentro. Se sentó al volante e hizo una llamada por radio a la mujer policía que aún estaba dentro de la casa. Dijo:

—El cabroncete acaba de darme un coscorrón, Kate. ¿Puedes quedarte un rato con la señora mientras lo dejo en comisaría? Haré que Tony se descuelgue por aquí y te recoja.

Y ella dijo:

—Claro. Luego te pesco.

El policía dijo:

—Vale pues. —Y nos fuimos.

El coche patrulla olía a plástico caliente y loción para después del afeitado y patatas fritas.

Miré el cielo mientras íbamos hacia el centro de la ciudad. Era una noche clara y se veía la Vía Láctea.

Hay gente que cree que la Vía Láctea es una larga línea de estrellas, pero no lo es. Nuestra galaxia es un disco gigantesco de estrellas de millones de años luz de diámetro y el sistema solar está cerca del borde exterior del disco.

Cuando miramos en dirección A, a 90º hacia el disco, no vemos muchas estrellas. Pero al mirar en la dirección B vemos muchas más estrellas porque miramos hacia la masa central de la galaxia. Y como la galaxia es un disco, lo que vemos es una franja de estrellas.

Entonces pensé en que durante mucho tiempo a los científicos los había desconcertado que el cielo sea oscuro por las noches pese a haber billones de estrellas en el universo, pues hay estrellas en todas las direcciones en que uno mire, así que el cielo debería estar lleno de luz estelar porque hay muy poca cosa que impida que la luz llegue a la Tierra.

Entonces descubrieron que el universo está en expansión, que las estrellas se alejan rápidamente unas de otras desde el Big Bang, y que cuanto más lejos están las estrellas de nosotros más rápido se mueven, algunas de ellas casi a la velocidad de la luz, y eso explica por qué su luz nunca nos llega.

Me gusta este dato. Es algo que podemos comprender al mirar el cielo por la noche, pensando, sin tener que preguntárselo a nadie.

Cuando el universo haya acabado de explotar, las estrellas disminuirán su velocidad, como una pelota lanzada al aire, hasta detenerse y volver a caer hacia el centro del universo. Entonces nada nos impedirá ver todas las estrellas del mundo porque todas vendrán hacia nosotros, cada vez más rápido, y sabremos que pronto llegará el fin del mundo porque al alzar la mirada hacia el cielo por las noches no habrá oscuridad, sino la luz resplandeciente de billones de estrellas que se acercan.

Sólo que nadie verá eso porque ya no quedarán personas en la Tierra para verlo. Para entonces seguramente ya se habrán extinguido. Y en el caso de que queden algunas no lo verán, porque la luz será tan brillante y ardiente que todas morirán abrasadas, aunque vivan en túneles.

19

Para marcar los capítulos de los libros se suelen usar los números cardinales 1, 2, 3, 4, 5, 6 etcétera. Pero he decidido usar en mis capítulos los números primos 2, 3, 5, 7, 11, 13 etcétera porque me gustan los números primos.

Así es como se obtienen los números primos.

Primero escribes todos los números enteros positivos del mundo.

Entonces quitas todos los números que son múltiplos de 2. Después los números múltiplos de 3. Después los núme­ros múltiplos de 4 y 5 y 6 y 7 y así sucesivamente. Los números que quedan son los números primos.

La regla para calcular números primos es muy sencilla, pero nadie ha dado con una fórmula para saber si un número muy grande es primo y cuál será el siguiente. Si un número es muy, muy grande, a una computadora puede llevarle años calcular si es un número primo.

Los números primos son útiles para crear códigos y en Estados Unidos los consideran Material Militar y si descubres uno de más de 100 dígitos tienes que decírselo a la CIA y te lo compran por 10.000 dólares. Pero no sería una forma demasiado buena de ganarse la vida.

Los números primos son lo que queda después de eliminar todas las pautas. Yo creo que los números primos son como la vida. Son muy lógicos pero no hay manera de averiguar cómo funcionan, ni siquiera aunque pasaras todo el tiempo pensando en ellos.

23

Cuando llegué a la comisaría me hicieron quitarme los cordones de los zapatos y vaciarme los bolsillos en el mostrador de recepción por si tenía algo en ellos con lo que pudiera matarme o escapar o atacar a un policía.

El sargento al otro lado del mostrador tenía las manos muy velludas y se había mordido tanto las uñas que le habían sangrado.

He aquí lo que yo llevaba en los bolsillos

  1. Una navaja del Ejército Suizo con 13 accesorios, entre ellos unos alicates, una sierra, un mondadientes y unas pinzas.
  2. Un pedazo de cordel.
  3. Una pieza de un rompecabezas de madera que era así

  4. 3 bolitas de comida de rata para Toby, mi rata.
  5. 1,47 libras (compuestas por una moneda de 1 li­bra, una moneda de 20 peniques, dos monedas de 10 peniques, una moneda de 5 peniques y una moneda de 2 peniques).
  6. Un clip sujetapapeles rojo.
  7. Una llave de la puerta de casa.

También llevaba mi reloj y quisieron que lo dejara en el mostrador pero les dije que necesitaba llevar puesto el reloj porque necesitaba saber exactamente qué hora era. Cuando trataron de quitármelo me puse a gritar, así que dejaron que me lo quedara.

Me preguntaron si tenía familia. Dije que sí. Me preguntaron cuál era mi familia. Dije que Padre, que Madre estaba muerta. Y dije que también estaba tío Terry, pero que vivía en Sunderland y que era el hermano de Padre, y que estaban también mis abuelos, pero tres de ellos habían muerto y la abuela Burton vivía en una residencia porque tenía demencia senil y decía que yo salía en la televisión.

Entonces me preguntaron el número de teléfono de Padre.

Les dije que tenía dos números, uno de casa y otro que era un teléfono móvil, y les di ambos.

Me sentí bien en la celda policial. Era un cubo casi perfec­to, de 2 metros de largo por 2 metros de ancho por 2 metros de alto. Contenía aproximadamente 8 metros cúbicos de aire. Tenía una pequeña ventana con barrotes y, en el lado opuesto, una puerta metálica con una trampilla larga y estrecha cerca del suelo para deslizar bandejas de comida al interior de la celda y otra trampilla más arriba para que los policías pudiesen mirar y comprobar que los prisioneros no se hubiesen fugado o suicidado. También había un banco acolchado.

Me pregunté cómo me escaparía si fuera una novela. Sería difícil porque las únicas cosas que tenía eran la ropa y los zapatos, que no tenían cordones.

Decidí que el mejor plan sería esperar a que hiciese un día de mucho sol y entonces utilizaría mis gafas para proyectar la luz solar en una de mis prendas de ropa y prender un fuego. Entonces me fugaría cuando vieran el humo y me sacaran de la celda. Y si no se dieran cuenta siempre podría hacer pipí en el fuego y apagarlo.

Me pregunté si la señora Shears le habría dicho a la policía que yo había matado a Wellington y si, cuando la policía descubriera que había mentido, la meterían a ella en la cárcel. Porque contar mentiras sobre la gente se llama calumniar.

29

La gente me provoca confusión.

Eso me pasa por dos razones principales.

La primera razón principal es que la gente habla mucho sin utilizar ninguna palabra. Siobhan dice que si uno arquea una ceja puede querer decir montones de cosas distintas. Puede significar «quiero tener relaciones sexuales contigo» y también puede querer decir «creo que lo que acabas de decir es una estupidez».

Siobhan también dice que si cierras la boca y expeles aire con fuerza por la nariz puede significar que estás relajado, o que estás aburrido, o que estás enfadado, y todo depende de cuánto aire te salga por la nariz y con qué rapidez y de qué forma tenga tu boca cuando lo hagas y de cómo estés sentado y de lo que hayas dicho justo antes y de cientos de otras cosas que son demasiado complicadas para entenderlas en sólo unos segundos.

La segunda razón principal es que la gente con frecuencia utiliza metáforas. He aquí ejemplos de metáforas

Se murió de risa
Era la niña de sus ojos
Tenían un cadáver en el armario
Pasamos un día de mil demonios
Tiene la cabeza llena de pájaros

La palabra metáfora significa llevar algo de un sitio a otro, y viene de las palabras griegas μετα (que significa de un sitio a otro) y φερειν (que significa llevar), y es cuando uno describe algo usando una palabra que no es literalmente lo que describe. Es decir, que la palabra metáfora es una metáfora.

Yo creo que debería llamarse mentira porque no hay días de mil demonios y la gente no tiene cadáveres en los armarios. Cuando trato de formarme una imagen en mi cabeza de una de estas frases me siento perdido porque una niña en los ojos de alguien no tiene nada que ver con que algo le guste mucho y te olvidas de lo que la persona decía.

Mi nombre es una metáfora. Significa que lleva a Cristo y viene de las palabras griegas χριστος (que significa Jesucristo) y φερειν, y fue el nombre que le pusieron a san Cristóbal porque cruzó un río llevando a Jesucristo.

Eso te hace pensar en cómo se llamaría Cristóbal antes de cruzar el río con Jesucristo a cuestas. Pero no se llamaba de ninguna manera porque ésa es una historia apócrifa, lo cual significa que es, también, una mentira.

Madre solía decir que Chistopher era un nombre bonito, porque es una historia sobre ser amable y servicial, pero yo no quiero que mi nombre se refiera a una historia sobre ser amable y servicial. Yo quiero que mi nombre se refiera a mí.

31

Era la 1.12 de la madrugada cuando Padre llegó a la comisaría. Yo no lo vi hasta la 1.28 pero supe que había llegado porque lo oí.

Gritaba: «Quiero ver a mi hijo» y «¿Por qué demonios lo han encerrado?» y «Por supuesto que estoy enfadado, no te jode».

Entonces oí que un policía le decía que se calmara. Entonces no oí nada durante un buen rato.

A la 1.28 un policía abrió la puerta de la celda y me dijo que tenía visita.

Salí. Padre estaba de pie en el pasillo. Levantó la mano derecha y abrió los dedos formando un abanico. Yo levanté la mano izquierda y abrí los dedos formando un abanico e hicimos que nuestros dedos se tocaran. Hacemos eso porque a veces Padre quiere abrazarme, pero como a mí no me gustan los abrazos, hacemos eso en su lugar, y así me dice que me quiere.

Entonces el policía nos dijo que lo siguiéramos por el pasillo hasta otra habitación. En la habitación había una mesa y tres sillas. Nos dijo que nos sentáramos a un lado de la mesa y él se sentó al otro lado. Había una grabadora sobre la mesa y le pregunté si iba a interrogarme y a grabar el interrogatorio.

Dijo:

—No creo que eso sea necesario.

Era un inspector. Lo supe porque no llevaba uniforme. Tenía muchos pelos en la nariz. Parecía que hubiese dos ratones muy pequeños ocultos en sus fosas nasales.2

—He hablado con tu padre y dice que no era tu intención pegarle al agente.

Yo no dije nada porque eso no era una pregunta.

—¿Era tu intención pegarle al agente?

Dije:

—Sí.

Hizo una mueca y dijo:

—Pero no pretendías hacerle daño al agente, ¿no?

Pensé sobre eso y dije:

—No. No pretendía hacerle daño al agente. Sólo quería que dejara de tocarme.

Entonces me dijo:

—Sabes que no está bien pegarle a un policía, ¿verdad?

—Sí, lo sé —dije.

Se quedó callado unos segundos y luego preguntó:

—¿Mataste tú al perro, Christopher?

Yo dije:

—Yo no maté al perro.

Y él dijo:

—¿Sabes que no está bien mentirle a un policía y que puedes meterte en un buen lío si lo haces?

—Sí —dije.

—Bien —dijo él—, ¿sabes quién mató al perro?

—No —dije.

—¿Estás diciendo la verdad? —preguntó.

—Sí —dije—. Yo siempre digo la verdad.

Y él dijo:

—De acuerdo. Voy a darte una amonestación.

—¿Será una hoja escrita, como un certificado que me pueda llevar? —pregunté.

—No —dijo él—, una amonestación significa que vamos a tomar nota de lo que has hecho, que golpeaste a un policía pero fue un accidente y no pretendías hacerle daño al agente.

Yo dije:

—Pero no fue un accidente.

Y Padre dijo:

—Christopher, por favor.

El policía cerró la boca, respiró ruidosamente por la nariz y dijo:

—Si te metes en más líos, cuando saquemos tu expediente y veamos que ya se te ha dado una amonestación, nos tomaremos las cosas mucho más en serio. ¿Entiendes lo que te digo?

Dije que lo entendía.

Entonces dijo que podíamos irnos y se levantó y abrió la puerta y recorrimos el pasillo para volver al mostrador de la entrada, donde recogí mi navaja del Ejército Suizo y mi pedazo de cordel y la pieza del rompecabezas de madera y las 3 bolitas de comida de rata para Toby y mi 1 libra con 47 peni­ques y el sujetapapeles y la llave de la puerta de casa, que estaban en una pequeña bolsa de plástico, y salimos hacia el coche de Padre, que estaba aparcado fuera, y nos fuimos a casa.

37

Yo no digo mentiras. Madre solía decir que era así porque soy buena persona. Pero no es porque sea buena persona. Es porque no sé decir mentiras.

Madre era una persona pequeña que olía bien. Y a veces llevaba u

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