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DEDICATORIA
LEMA
1996
QUINCE AÑOS DESPUÉS
1. CAJAS
2. DA MUCHA HAMBRE
3. ESTOY AQUÍ
4. IRIS
5. UN MILLÓN DE CIUDADES
6. LOS AMANTES NO VEN
7. EL ELOGIO DE LA SOMBRA
8. MIEL
9. GÁLATAS 6:9
10. UN TIBURÓN BLANCO
11. EL REMOLINO
12. NARANJA
13. MANCHA NEGRA
14. MONTONES DE PAPEL
15. JUEGOS
16. OTROS LUGARES
17. FAVORES
18. APARECIÓ EN EL MAR
19. SI ES QUE SE TRATA DE UN HOMBRE
20. UN PROMONTORIO SOLITARIO
21. ES EL TRABAJO, TENGO MUCHO TRABAJO
22. MUERTE ACCIDENTAL
23. UNA PARTIDA DE AJEDREZ EN LA OSCURIDAD
24. UNA BUENA METÁFORA
25. SI QUIERES SABER CUÁNTO TE QUIERO
26. CARNE EN MOVIMIENTO, NADA MÁS
27. QUE LA OTRA VIDA COMPENSE ÉSTA
28. IRREGULARIDADES
29. KÉTCHUP
30. EL MISMO DEMONIO
31. NUBES CON FORMA DE ELEFANTE
32. PERSONAS QUE BUSCAN LA VERDAD
33. DIOS NUNCA TIENE PRISA
34. A PUNTO
35. PRESENTACIONES
36. SOLOS. JUNTOS
37. CUANDO UN CIERVO OYE UN DISPARO
38. LA NUEVA VÍA
39. LA LUZ AZUL DE YOKOHAMA
40. PABELLONES DEL SOL
NOTA DEL AUTOR. LA HISTORIA DE LA HISTORIA DE LA LUZ AZUL DE YOKOHAMA
AGRADECIMIENTOS
CRÉDITOS
A mi madre, a Lela. Hasta el cielo de la calle
A los pies del faro, reina la oscuridad.
PROVERBIO
1996
La cabina partió hacia el ocaso con el último pasaje de turistas. Esa tarde cálida, el funicular se elevó sobre la bahía y el litoral que se extendía a sus pies. Al este, Hideo Akashi vio las dársenas del puerto mugriento: estaban cargando microchips, pescado y lejía en camiones cuyo destino era la ciudad. El hambre de las urbes de Japón era insaciable.
Akashi se volvió hacia Yumi, su esposa, que tenía los ojos cerrados y escondía los labios entre los dientes. Él le tomó la mano y le dio un leve apretón.
—No me gustan las alturas —susurró ella.
—Ya lo sé. Enseguida llegamos.
A su alrededor, unos turistas mayores se admiraban ante el panorama. Una pareja de recién casados se hacía fotografías. El revisor iba recitando con alegría un dato tras otro sobre la altura a la que viajaban y la ciudad que sobrevolaban. Akashi besó el hombro pecoso de Yumi y, al hacerlo, vio a la mujer. Estaba sentada en la parte trasera, sola y en silencio. La ropa roñosa que llevaba era demasiado gruesa para la época del año y ella no prestaba atención a las vistas ni hacía fotos. Se limitaba a mirar al suelo. Tenía a una niña cerca que tal vez fuese su hija, pero sus ademanes no eran nada maternales. Su rostro demacrado tenía un gesto apático que enervaba y fascinaba a Akashi. Debajo de aquella fachada juvenil, se intuía una cualidad que le impedía apartar la mirada.
—Hideo —susurró Yumi.
—Dime.
—Me haces daño en la mano.
—Ay, perdona.
Akashi se obligó a mirar hacia otro lado y cogió la cámara. Dio un paso atrás y encuadró el rostro de su esposa. Yumi le sonrió con los ojos entornados por la puesta de sol.
Clic.
Estaba a punto de hacer otra foto cuando se distrajo. Algo ocurría al fondo de la cabina, algo malo. El revisor tendía las manos enguantadas de blanco con actitud suplicante.
—Señora, por favor, apártese de la puerta.
Delante de él estaba la mujer vestida con ropa de abrigo.
Se oyó un ruido sordo.
Después, un líquido salpicó el suelo, y la mujer alzó una mano delicada, brillante de sangre hasta la muñeca. Sostenía un cuchillo en alto y, a sus pies, el revisor se retorcía gimoteando como un bebé. Temblorosa, dirigió el arma hacia los pasajeros. Y le clavó la mirada a Akashi.
—Aléjate de mí.
Los presentes se apartaron y se amontonaron a un lado de la cabina; parecían un rebaño asustado. La mujer se limpió la sangre en el abrigo y, al hacerlo, pintó figuras rojas en la tela con la palma y el dorso de la mano. Con el mango del cuchillo rompió el panel de vidrio del botón de parada de emergencia; los cables crujieron, luego chirriaron y, al final, la cabina se detuvo con una sacudida. El sol se ponía en el oeste, que se tragó el día para siempre.
El sistema de megafonía emitió un mensaje automático.
Damas y caballeros, hemos detectado un leve fallo técnico. Por favor, mantengan la calma. Hemos avisado a los ingenieros. Para su seguridad, permanezcan en la cabina.
Se hizo un silencio frágil. El revisor ya no articulaba ningún sonido, había palidecido. La mujer pasó por encima de su cadáver y se plantó delante de la puerta. Cerró los ojos, se aferró a la palanca y tomó aire. El instinto de Hideo Akashi emergió por fin. Yumi intentó agarrarlo, pero llegó tarde; él luchaba ya por abrirse paso entre los torsos.
—¡Policía! ¡Apártense!
La mujer tiró de la palanca, las puertas se abrieron de golpe y una corriente de aire ensordecedora irrumpió con rabia en la cabina. Akashi se acercó a ella a trompicones, con la sensación de que le temblaban las rodillas. Tenía demasiada saliva en la boca y estaba muy saturado para pensar. La mujer se quitó los zapatos, lanzó la chaqueta y dijo algo que Akashi no alcanzó a entender por culpa del viento. Él apartó a la niña de un empujón y estiró el brazo.
Entonces la mujer desapareció.
Un instante de silencio.
Sin esa oleada de imágenes de toda una vida, sólo silencio.
Akashi sacó el brazo de la cabina y la atrapó por la muñeca. Cuando el peso lo derribó, sintió un dolor abrumador. La sensación le llegó antes de darse cuenta de lo que ocurría. Sujetaba a la mujer sobre el abismo por la mano ensangrentada mientras a ella le revoloteaba el pelo alrededor de la cara. El vacío bostezaba ante ellos, azul e infinito.
La joven levantó la cabeza y parpadeó. Abrió la boca y de dentro cayeron unas palabras frágiles: las últimas gotas de un grifo que se cierra.
—Veo nubes con forma de elefante...
Akashi bramó, pero sus músculos no aguantaban. Se le acumulaba la bilis en la garganta; se le rompía el brazo. Entonces lo vio; el tatuaje en la muñeca manchada de sangre. Dibujado con una tinta oscurísima: un sol grande y negro.
El policía lo miró, y éste le devolvió la mirada. Hideo Akashi la soltó.
QUINCE AÑOS DESPUÉS
1
CAJAS
Iwata se despertó; había soñado de nuevo con la caída. Jadeante y empapado de sudor, se acercó a la ventana. El paisaje urbano de Tokio se extendía ante él; ciudades dentro de ciudades, ángulos incontables. Treinta y cinco millones de vidas embutidas en ritmos circadianos de hormigón y de cables. Una infraestructura inmensa, redes interminables, cada una de ellas tan delicada como el latido del corazón de un colibrí.
«Las luces de la ciudad son muy bonitas.»
Iwata cruzó el apartamento medio vacío y se sirvió un vaso de agua en la minúscula cocina americana. Vio las cajas grandes que había en un rincón y miró hacia otro lado. Se enrolló una manta alrededor del cuerpo, se sentó al lado del equipo de música y se puso los cascos. Cerró los ojos; las notas iniciales del Impromptu número 3 en sol bemol mayor, opus 90, de Schubert empezaron a llenar su intranquilidad y la pesadilla se disolvió en la música.
La neblina gris ya se había colado por entre las lamas de la persiana cuando Iwata decidió marcharse. Bebió café en silencio, se dio una ducha rigurosa y se puso unos vaqueros y un jersey grueso de cachemira gris. Cogió un periódico que estaba a nombre del anterior inquilino, bajó en el ascensor hasta el aparcamiento y abrió el Isuzu 117 Coupé de 1979. De debajo del limpiaparabrisas sacó una nota donde le ofrecían dinero en metálico por el coche, la arrugó y se la guardó en el bolsillo. La tapicería de cuero estaba agrietada y el vehículo casi siempre había estado en la calle, pero prácticamente todas las semanas se encontraba notas como ésa en el parabrisas. Era obvio que tenía un vecino que miraba el coche con deseo.
Lo puso en marcha sin encender la radio y disfrutó de esa tranquilidad tan poco común en las calles de Tokio. En la entrada sur de la estación de Shibuya se habían congregado los primeros vendedores ambulantes, y conspiraban mientras compartían cucuruchos de cacahuetes picantes y termos de té. Las tiendas de préstamos y las franquicias de móviles subían las persianas. En la azotea de unos grandes almacenes, una pantalla led gigante retransmitía las noticias. Habían hallado muerta a Mina Fong, una actriz famosa, en su apartamento. Una heredera célebre había roto con un lanzador de los Yomiuri Giants que tenía un futuro prometedor. Un programa de cocina muy popular había sido cancelado. Y había un nuevo número uno en las listas de música pop. La emisión terminó con el eslogan de una compañía de seguros:
ASÍ DEBERÍA SER JAPÓN
Iwata dejó atrás las calles principales y encontró aparcamiento en una parcela rodeada de edificios, detrás de una galería. Metió las manos en los bolsillos y echó a caminar por las frías callejuelas. No es que ese año la primavera llegase tarde, más bien parecía que se había dado por vencida.
Entró en unos grandes almacenes y estuvo una hora comprando rotuladores fosforescentes, cuadernos y separadores de plástico. En la cafetería pidió un café con jarabe de goma y una macedonia. No había wifi, pero le gustaban las vistas. Se tomó el café contemplando la calle, sentado entre trabajadores del turno de noche agotados. Shibuya era un hervidero de estudiantes con cara de sueño y gente que se apresuraba en llegar al trabajo. Los guardias gesticulaban con frenesí a los coches atrapados en el tráfico, y los peatones se sobresaltaban con las luces rojas de los semáforos.
Iwata abrió el periódico directamente por la sección de anuncios por palabras. No se fijó en las ofertas disfrazadas de masajes discretos ni en las de mujeres de mediana edad que hacían de acompañante para cenas ni en las de clases de francés. Se detuvo en los anuncios de trasteros y de guardamuebles, y los leyó todos con atención. Al cabo de unos minutos trazó un círculo alrededor de uno, dobló el diario, se lo guardó debajo del brazo y se marchó.
En la calle, la niebla se había despejado de manera provisional, y el cielo reaparecía de un azul frío y exquisito. Se montó en el coche y marcó el número del anuncio. Contestó una voz somnolienta.
—Matsumoto, dígame. —El hombre tosió y encendió un cigarrillo—. Sus problemas de almacenamiento son mi pasión.
Iwata se mostró interesado, y Matsumoto le recitó la dirección con la promesa de encontrarse con él al cabo de una hora.
Fue en coche hacia el norte, más allá de Harajuku, y aparcó cerca de la parada de metro. Recorrió la calle Takeshita, con sus camisetas y artículos falsificados de Hello Kitty y la última moda en artilugios de plástico. Los turistas admiraban boquiabiertos los rótulos de neón de supuesta modernidad y la alegría artificial del lugar. Hasta el último rincón estaba cubierto de pósteres con las bandas manufacturadas del momento. De los altavoces baratos salían canciones pop de lo más animadas, y los adolescentes que se habían saltado las clases comparaban precios. Iwata aborrecía el lugar, pero se había aficionado al tamagoyaki que servía a la hora del desayuno un local de comida rápida de la zona. Aunque el restaurante acostumbraba a estar medio vacío, ese día, por el motivo que fuese, había atraído a una larga hilera de trabajadores asalariados que esperaban fumando. Iwata renegó y regresó al coche.
Se dirigió al sureste por Omotesandõ, una gran avenida flanqueada por árboles, donde las amas de casa adineradas recorrían las tiendas de marcas italianas. Dobló en Aoyama-dori y, quince minutos más tarde, salió a Meguro-dori, donde encontró aparcamiento en un solar vacío que había entre dos casas. Al bajar del coche, miró el cielo. Esa noche iba a llover.
En un local diminuto, compró una ración de gyozas de gambas y verduras que le sirvieron en un plato de papel. El anciano cocinero se quejaba del partido de la noche anterior, e Iwata le daba la razón asintiendo con la cabeza mientras comía. Cuando acabó, le prometió que volvería en otra ocasión.
Al final de la calle, un hombre bajo, gordo y con coleta esperaba delante de un negocio venido a menos con el escaparate cubierto con hojas de periódico. Fumaba con ansia y miraba hacia ambos extremos de la calle. Al ver a Iwata, sostuvo el cigarrillo entre los labios y le ofreció la mano.
—¿Viene a verme?
El cigarrillo se movió con sus palabras.
Iwata asintió y se dieron un apretón de manos.
—Entonces vamos a abrir esto.
Matsumoto esquivó el montón de propaganda del suelo. La sala era estrecha, pero a Iwata le gustaba la penumbra. Las paredes estaban cubiertas de taquillas de distintos tamaños y al fondo había varias cajas de seguridad.
—¿Qué le parece, jefe? ¿Le gusta?
—Me parece bien.
—¿Para qué piensa usarlo?
—Tengo unas cajas. Son dieciséis, más o menos; así de anchas e igual de altas.
Colocó las palmas de las manos a cincuenta centímetros de distancia entre ellas.
Matsumoto soltó un silbido.
—Puedo ofrecerle toda la trastienda, pero le costará lo suyo.
—¿Cuánto?
El tipo lo miró de reojo.
—Caballero, si no le importa que se lo pregunte, ¿por qué no las guarda en casa?
—Sí me importa que me lo pregunte. ¿Cuánto quiere?
—De acuerdo. Son treinta y cinco mil al mes.
Iwata negó con la cabeza.
—Voy a hacerle una oferta: ochenta mil por tres meses. Y como usted es flexible, le pagaré por adelantado.
—Ochenta.
Matsumoto sopló una nube de humo y guiñó un ojo.
—Por adelantado.
—Exacto.
—¿Quién es usted, un prestamista o algo así?
—Necesito un lugar donde dejar las cajas, nada más.
—¿Por qué aquí? ¿Por qué no las lleva a una de esas empresas más grandes, que cobran menos?
—No me gustan los formularios.
Matsumoto se encogió de hombros.
—A tomar por el culo. Trato hecho.
En el banco, el cajero le recordó el poco dinero que quedaba del seguro, pero él no le hizo caso. Una vez fuera, Matsumoto guardó el sobre grueso en el bolsillo y, a cambio, le lanzó un juego de llaves.
—Supongo que nos vemos dentro de tres meses —dijo Matsumoto, y le guiñó el ojo.
Dio media vuelta y se marchó calle abajo seguido del vaivén de su coleta. Iwata volvió al coche y oyó un trueno en la distancia.
La estación de Shinjuku era un laberinto del tamaño de un aeropuerto, e Iwata llegó poco después de la una del mediodía. Compró un billete para el tren bala a Nagano y subió al Asama 573. Los asientos estaban limpios y la temperatura era óptima; el personal hacía reverencias siempre que algún pasajero subía o bajaba del vagón. En el «coche silencioso» el silencio era total.
El tren partió e Iwata contempló cómo se alejaba Tokio. Pasaron volando por los complejos de nueva construcción y los lagos artificiales de las ciudades dormitorio. Allí vivían jóvenes profesionales que seguían una dieta sana y hacían ejercicio. Tiempo atrás, Iwata había sido como ellos, cuando no debía hacer ese viaje. Aunque tampoco recordaba la última vez que se había subido a ese tren. Ni quería.
«Las luces de la ciudad son muy bonitas.»
Cuando por fin se acabó el hormigón de los suburbios de Tokio, no hubo más que campos secos y torres de alta tensión. A lo lejos, colinas verdes henchidas como un suspiro de amor.
Al llegar a la estación de Nagano, Iwata compró el periódico de la tarde y un bento que no sabía a nada. Ninguno de los dos le despertó el apetito. Se subió a un tren viejo, demasiado feo para llamarlo antiguo, rumbo a las montañas. A su ritmo, el expreso regional hacía lo que podía para atravesar las llanuras verdes y, más adelante, los bosques de las laderas.
Iwata observaba por la ventana detalles mundanos de poblaciones mundanas. Una mujer que esperaba en un semáforo se rascó el codo. Los alumnos de una escuela pintaban un muro para tapar los grafitis. Una anciana contemplaba desde un banco el movimiento de un envoltorio de celofán arrastrado por la brisa. Una abeja perdida hacía morse contra el escaparate de una farmacia cerrada. Un coche solo en un arrozal, con las luces de emergencia parpadeando sin necesidad.
Poco antes de las cinco, Iwata llegó a su destino: un pueblo cualquiera, cerca del lago Nojiri. Se subió al único taxi que había en la estación y pidió que lo llevase al Instituto Nakamura. Pasaron frente a fábricas abandonadas y negocios que habían quebrado hacía mucho y esperaban los equipos de demolición. Los últimos borrones de la vieja escuela. El conductor estaba escuchando un programa de radio en el que se hablaba de una compañía dedicada a la perforación de pozos de agua que había defraudado a un banco pequeño. Sus guantes blancos apenas se movían en el volante.
Por el techo solar, Iwata observó el ocaso, cada vez más oscuro. A lo lejos, las grúas permanecían inmóviles mientras un futuro provechoso esperaba a ser construido. Alcanzó a distinguir un eslogan:
JUNTOS CREAMOS EL MAÑANA
Se detuvo en la única tienda que había cerca de la institución y compró fruta fresca y varios pares de calcetines gruesos. La anciana de la caja le sonrió.
—¿Está de visita?
Iwata asintió con la cabeza y se marchó. El camino que conducía al instituto era largo y empinado. A pesar del frío, al llegar a la entrada principal estaba sudando. La recepcionista lo reconoció y lo saludó con una reverencia. Mientras ella lo guiaba por el pasillo de la zona exclusiva para residentes, no apartaba la vista del suelo desinfectado.
—Siento tener que mencionarlo, pero al parecer lleva siete semanas de retraso en el pago.
—Discúlpeme, debo de haber cometido un error horrible de cálculo. Lo enmendaré en cuanto regrese a Tokio.
La enfermera se disculpó con una inclinación de la cabeza.
—Está fuera, contemplando la puesta de sol. Por aquí, por favor.
Iwata le dio las gracias y salió a un jardín grande muy bien cuidado. Al fondo había pacientes plantando flores. Los flamencos y los elefantes de papel maché se mecían en la brisa; había molinetes de colores dando vueltas. Una mujer cantaba escalas junto a una ventana abierta. Iwata vio a Cleo en el otro extremo del jardín, cerca de la arboleda. Estaba tumbada en una hamaca, tapada con una manta.
«Las luces de la ciudad son muy bonitas.»
Siempre que la veía se le hacía un nudo en el estómago, y esa vez no fue la excepción. Le ocurría desde el principio, pero en las últimas ocasiones el nudo era diferente.
«Contigo soy feliz. Por favor, deja que te oiga.»
Cogió una silla blanca de plástico y se sentó a su lado. Cleo tenía la misma edad que él, unos treinta y cinco; era rubia y desde hacía poco llevaba una media melena de corte irregular. Estaba más pálida de lo que él recordaba y su mirada azul oscuro se perdía en la distancia.
—Hola —la saludó en inglés.
En la penumbra de las ramas, revoloteó el canto de un pájaro.
«Camino y camino, meciéndome en tus brazos como un barquito.»
Él estiró el brazo y le agarró la mano con timidez y con los labios temblorosos. Tenía la mano pequeña y su tacto era frío, como el de una piedra desenterrada en una playa.
«Contigo soy feliz. Por favor, deja que te oiga.»
Se dio cuenta de que debía de estar lastimándola y la soltó.
—Te he traído algo de fruta. Y unos calcetines. Los tuyos siempre los pierden.
Le dejó la bolsa al lado, pero ella no reaccionó.
—Voy a pedirles que borden tu nombre por dentro, así no se confundirán.
Ella continuó contemplando el horizonte como si hubiese decidido dedicarse a hacer sólo eso el resto de su vida.
—Parece que estás más fuerte, Cleo. Te veo... bien.
«Contigo soy feliz. Por favor, deja que te oiga. Esas palabras de amor.»
Iwata se cubrió la cara con las manos y sollozó.
—Hija de puta. Hija de puta. Hija de puta.
Cuando Iwata llegó a su apartamento de Motoyoyogicho ya era la una de la madrugada. En el pasillo tuvo que esquivar triciclos, montones de periódicos y fregonas tiradas por el suelo. El reloj del microondas bañaba la estancia de un resplandor verde tenue. Distinguió las cajas en el rincón y miró hacia otra parte. Tenía que moverlas pronto. Pero no al día siguiente.
Hizo abdominales mientras veía en televisión un programa de lengua inglesa en el que una presentadora de jovialidad exagerada felicitaba a sus invitados por su mala pronunciación. La palabra del día apareció sobreimpresa en la pantalla en un amarillo chillón:
INESPERADO
Iwata apagó el televisor y preparó el futón barato. Se acostó y descorrió la cortina unos centímetros. Ante él, la aurora de neón de Tokio. Iniciativas y actividad sin fin. Hasta el último metro cuadrado tenía fecha para su expansión y reurbanización. Había una capa gruesa de nubes bajas, pero no acertaba a describir el color. Cerró los ojos tratando de no pensar en Cleo y deseó pasar una noche sin sueños.
2
DA MUCHA HAMBRE
—Sólo digo que, en cualquier otro país, tener cuatro presidentes en cuatro años provocaría una crisis.
—Todavía no se ha ido.
—Bueno, es cuestión de tiempo. Pero por triste que parezca, lo cierto es que en Japón eso no desembocará en una crisis. Será una dimisión más, y la máquina política seguirá avanzando como una locomotora vieja sin combustible. ¿Y a quién le importa?
—¿Está hablando de apatía política?
—Exacto, a eso me refiero. El porcentaje de participación en las últimas elecciones no llegó al cincuenta por ciento. ¿Cómo vamos a cambiar las cosas si a la mitad de la población de Japón no le importa nada?
—Quizá tampoco haya mucho que hacer, al margen de si la apatía es real o no.
Mientras contemplaba el amanecer nublado entre las lamas de la persiana, Iwata imaginó a todos los ciudadanos de Tokio bajando el volumen de la radio. No porque los presentadores no tratasen cuestiones de interés de vez en cuando, sino porque lo irritaba lo pagados que estaban de sí mismos. Uno de ellos estaba casi chillando al otro, furioso porque no le daba la razón, aunque estuviese todo pactado de antemano.
—¿Cómo van a interesarse por las cosas? Mire los niños en edad escolar, por ejemplo. No les enseñan a cuestionarse nada ni a discrepar ni a aprender mediante el debate. Les enseñan a tragárselo todo y a encajarlo. ¿Y qué pasa con los que no son así? Pues directos al equipo de béisbol, así se enterarán de cuál es el lugar que les corresponde. Tarde o temprano, todos los japoneses acaban aprendiendo que deben aceptar las cosas porque sí.
Iwata sintonizó una emisora local.
... son las cinco de la mañana y el tema del día, para aquellos que acaban de encender la radio, es Theta: una organización religiosa japonesa que crece a velocidad de vértigo. Hay algunos que la ven como una forma de vida nueva y enriquecedora, mientras que para otros es un fraude sacacuartos. Los hay que incluso la consideran una secta. ¿Qué piensan nuestros oyentes? ¿Tienen alguna pregunta para el debate de hoy? ¡Llámennos! Nos encantaría oír...
Iwata fue cambiando de emisora hasta encontrar una de información ininterrumpida.
... esta noche pasada, en los andenes de todas las estaciones de la línea Yamanote de Tokio, se ha llevado a cabo la instalación de luces led de color azul diseñadas para combatir las cifras crecientes de suicidios entre los pasajeros de la red de trenes. A pesar de que apenas se dispone de pruebas científicas que avalen que la iluminación azul pueda revertir este fenómeno tan preocupante, muchos expertos en cromoterapia opinan que el color azul tiene un efecto calmante. Un reportaje de Sumiko Shimosaka.
Se oyó el bramido de una bocina de tren seguido de las pisadas de los viajeros y los anuncios estridentes del sistema de megafonía. A Iwata le gustó el esfuerzo que habían hecho con la producción.
El clima económico de los últimos años ha incrementado la ya vertiginosa cifra anual de suicidios en Japón. —La voz de Shimosaka era infantil pero desafiante—. Por desgracia, se trata de un suceso habitual en los concurridos andenes de la línea Yamanote de Tokio. ¿Y cuál es la reacción de la East Japan Railway Company? Según el profesor Hiroyuki Harada del Instituto Nacional de Investigación, que ha participado en el proyecto, la luz azul se asocia al cielo y al océano y produce un efecto calmante en aquellos que sufren de agitación. No obstante, dadas las pocas evidencias que respaldan esta tesis y el elevado coste de la instalación, ¿qué posibilidades hay de que funcionen? Esta mañana he hablado con el portavoz de JR East.
Hubo un corte en ese punto de la entrevista.
—Lo cierto es, señor Tadokoro, que no hay pruebas que indiquen que las luces vayan a servir de algo. Teniendo en cuenta que el coste del proyecto es de quince millones de yenes, ¿le preocupa que la iluminación azul se entienda como una mera estrategia publicitaria?
Se oyeron varias risas nerviosas.
—Es muy sencillo: hay gente muriendo, y nos corresponde hacer algo al respecto. Por eso hemos desplegado el sistema de iluminación en las veintinueve estaciones de la línea Yamanote. Pero esto es sólo el principio. Quince millones de yenes es un precio muy bajo si con eso podemos mejorar la situación.
Shimosaka intervino de nuevo.
—Veo que usted acata la política de la empresa. Pero a medida que se acerca el final del ejercicio fiscal, los tokiotas deben afrontar la realidad y las pérdidas. Quizá no sea casual que, históricamente, marzo sea el mes con mayor número de suicidios, y tampoco que las predicciones apunten a que este 2011 será el decimocuarto año consecutivo en que se superen los treinta mil, de acuerdo con las cifras preliminares de la Agencia Nacional de Policía. Respecto a la iluminación azul, queda por ver qué efecto tendrá en los pasajeros de Tokio. Sumiko Shimosaka, informando desde...
Iwata apagó la radio. Se duchó, se afeitó deprisa y se puso un traje oscuro. Se colgó del cuello una vieja corbata de color negro y salió del apartamento.
Embutido en el 51, se pasó el viaje observando a los demás pasajeros mientras ellos jugaban a videojuegos con el móvil. Se apeó una parada antes de llegar a la estación de Shibuya y cruzó un canal sin nombre escondido detrás de un bloque de viviendas carísimas encajadas como latas de sardinas. En esas callejuelas, varios restaurantes al borde de la quiebra sobrevivían gracias a los almuerzos solitarios de los asalariados de las oficinas circundantes. Las paredes estaban salpicadas de grafitis y carteles medio podridos que anunciaban cosas con muy poca concreción:
DVD
MENÚ DEL DÍA
REMEDIOS
La lluvia de Tokio hacía emerger el olor de la alcantarilla. Más allá de eso, sólo se percibía salsa de soja y gases de los tubos de escape.
Iwata salió a Meiji-dori y ante él apareció la comisaría de Shibuya del Departamento de Policía Metropolitana de Tokio. Un edificio beis de quince plantas, construido en forma de uve, que parecía la sede central de una multinacional de seguros más que una comisaría. Junto con una oleada de peatones, Iwata cruzó la calzada que la lluvia había convertido en una pista de patinaje y subió deprisa los escalones de la entrada principal.
En el interior, varios tokiotas impasibles parpadeaban en la sala de espera. Padres mordiéndose las uñas, jóvenes que denunciaban a algún pervertido que les había metido mano, trabajadores dando parte de una bicicleta robada: el pan nuestro de cada día en el Departamento de Policía Metropolitana de Tokio. Iwata se saltó la cola, se acercó al mostrador y se identificó. Un agente calvo le entregó un pase temporal.
—Suba por el ascensor del fondo. Duodécima planta.
La cabina estaba empapelada de arriba abajo con fotos de sospechosos y de desaparecidos. No había hilo musical. Un cartel grande para turistas detallaba los pasos a seguir para llamar al número de emergencias.
1. DIGA LO QUE HA OCURRIDO:
– HAY UN LADRÓN = dorobo desu.
– HA HABIDO UN ACCIDENTE DE TRÁFICO = kotsu jiko desu.
2. INDIQUE SU UBICACIÓN.
3. DIGA SU NOMBRE Y DIRECCIÓN.
La puerta se abrió a un gran espacio diáfano sumido en una nube de humo de tabaco y conversaciones telefónicas. Los paneles halógenos bañaban los rostros de una palidez desagradable; al fondo, ocupando toda una pared, un plano digital enorme de Tokio, con luces que se encendían en los lugares donde se había producido algún incidente. La ciudad era negra; las alarmas, rojas. Debajo, varias hileras de monitores de luz verdosa parpadeaban como ojos cansados. Iwata notó el ambientador, que fracasaba en su pobre intento de disimular el hedor corporal con aroma de flor de olivo dulce.
Allí todos estaban enfrascados en alguna tarea. En el centro de la sala se hallaba la única excepción: un grupo de hombres con trajes de mala factura que examinaban fotografías del escenario de un crimen. El más alto frunció los labios con las manos en los bolsillos y soltó un resoplido.
—Joder, no mientas, Horibe —protestó con voz gangosa y serena—. Si se te pusiera a tiro, lo harías.
Los demás prorrumpieron en carcajadas mientras Horibe les seguía la broma. Iwata pasó de largo y se detuvo ante una puerta del fondo de la sala. En el scartel de encima se leía:
INSPECTOR JEFE ISAO SHINDO
Llamó con decisión y entró. El despacho era un cubo sin ninguna decoración; la persiana veneciana estaba bajada. Shindo era un hombre alto y calvo que sobrepasaba los cincuenta. Era obvio que llevaba varios días sin ducharse, varias semanas sin afeitarse y varios años sin pisar un gimnasio. Iwata lo saludó con una reverencia y movió un montón de papeles de encima de una de las sillas. Shindo se frotó la vieja fractura de la nariz y examinó al recién llegado. Iwata fingió no darse cuenta y miró alrededor de la estancia.
No había objetos personales: ni fotografías ni condecoraciones ni dibujos infantiles. Sólo archivadores, carpetas de casos y manchas de café. Iwata sentía respeto por ese estilo.
—Bueno —empezó Shindo con voz seca y cansada—, eres mi nuevo inspector, ¿no?
—Sí, señor.
—Iwata, ¿verdad?
Sacó el expediente de Recursos Humanos y le echó un vistazo.
—Eso es.
—¿Has estudiado en Estados Unidos?
—Ciencias Políticas en la Universidad de California, en Los Ángeles. Después hice la formación policial en el Miramar College de San Diego.
—Puede que eso baste allí, pero ¿tienes algún título que sirva de algo aquí?
—Cursé los estudios y obtuve la cualificación de la Agencia Nacional de Policía en Fuchu.
—¿No tienes más títulos japoneses?
—Aparte del instituto, no, señor. Está todo en el expediente.
—Sé leer, Iwata. Pero ahora estamos hablando.
—Sí, señor.
—Dime una cosa: ¿te consideras japonés?
—Nací aquí, señor. Igual que mis padres. Mi pasaporte tiene una flor de crisantemo en la portada, como el suyo. Soy japonés independientemente de lo que yo considere.
Shindo respondió con un gruñido y se recostó en la silla.
—¿Experiencia como policía?
—Cuatro años, en la prefectura de Chiba, Departamento de Policía de Chõshi.
—Qué tranquilo se vive junto al mar, ¿verdad?
—Pasé tres años en Homicidios, señor.
—¿Y llegaste a investigar alguno en ese periodo? No me refiero a suicidios ni a accidentes de tráfico.
—Varios. Incluyendo los asesinatos del lago Hinuma.
—Vaya, ¿ese caso era tuyo?
Iwata asintió con la cabeza.
—Sí, creo que leí algo sobre él. Salió en uno o dos periódicos.
Shindo lo comprobó en el expediente, que hojeó hasta el final.
—Has estado de baja durante... ¿catorce meses?
—Sí, señor.
—No es asunto mío, pero sí que lo es; lo comprendes, ¿verdad?
Iwata respondió que sí con la cabeza, y Shindo cerró la carpeta. Ya había visto suficiente.
—Bueno, tengo que preguntártelo: ¿crees que estás preparado para Tokio? Hay que estar hecho de cierta pasta para aguantar en la Primera División de Investigaciones Criminales. Esto no sería volver al cuerpo; sería subir dos o tres niveles de golpe, ¿lo entiendes?
—Estoy listo, señor. Se lo aseguro.
Shindo tamborileó un ritmo silencioso con los labios.
—Bueno, voy a ser sincero: no me gusta mucho que nos transfieran a gente. Cualquiera que se ofrezca a batear para la Primera División tiene que conocer el campo, no basta con tener buena técnica con el bate. —Shindo se encogió de hombros—. Pero tu formación es adecuada. Cuentas con buenas referencias del Departamento de Policía de Chõshi. Y hablas inglés. Has resuelto casos. Todo eso cuenta, digo yo.
Iwata lanzó una mirada breve a la montaña de gruesos expedientes de casos que había sobre la mesa. Shindo había acumulado un fajo de servilletas en un recipiente de plástico. La única pieza de cubertería a la vista era un cuchillo.
—Bueno, pues vale —dijo Shindo, en realidad hablando solo, y cogió el teléfono—. ¿Sakai? Sí, ven a mi despacho.
Colgó y emitió un suspiro que Iwata interpretó como de comprador arrepentido.
Se oyó un par de golpes en la puerta y entró una mujer de entre veinticinco y treinta años. Vestía un traje gris y una blusa blanca bien planchada, y tenía un aura de belleza vana. Sonreía con indiferencia. Medía tan sólo unos centímetros menos que Iwata y llevaba un collar fino de oro en forma de mariposa. Hizo una reverencia brusca, pero Shindo desestimó las formalidades con un gesto.
—Siéntate.
En ese momento, Iwata alcanzó a percibir un retazo de su perfume. Sin notas florales, era muy funcional.
—Sakai, él es el inspector Iwata. Acabo de nombrarlo. Va a ocuparse de esta investigación y tú serás su ayudante. Bienvenidos a Homicidios, muchachos.
Ella miró a Iwata de reojo. Si la elección le había parecido bien, no lo exteriorizó.
—¿Qué pasa con el caso de Takara Matsuu, señor?
La voz de contralto sorprendió a Iwata.
—Acabo de licenciarte en Desaparecidos. Ese mal bicho aparecerá en la orilla del río tarde o temprano. ¿Algo más, Sakai?
El tono de Shindo dejaba claro que se trataba de una pregunta retórica.
—No, señor. Nada más. Gracias por la oportunidad.
Shindo cogió una carpeta de la parte superior de la pila, marcada con una etiqueta grande y escueta:
ASESINATOS DE LA FAMILIA KANESHIRO
Antes de entregársela, los señaló a ambos con el plátano podrido que tenía por dedo.
—Quiero que os andéis con ojo. Los dos. Este caso era de Hideo Akashi hasta hace cuatro días, cuando se tiró de un puto puente. Ese hombre era toda una institución en el departamento; lo digo para que sepáis el hueco que vais a cubrir. Para colmo, con lo de Mina Fong nos ha caído una carretada de mierda encima. De momento, seguimos enfocándolo como muerte accidental o suicidio, al fin y al cabo era actriz. Pero la prensa ya se huele que hay gato encerrado. Bueno, vamos a lo importante: hacedlo lo mejor que podáis, pero no esperéis apoyo de otros departamentos. La familia era coreana, digamos que no es material de primera plana. Sobre todo cuando una sex symbol aparece muerta en su apartamento.
Lanzó la carpeta por encima de la mesa e Iwata echó un vistazo al expediente. Estuvo leyendo un momento y alzó la mirada.
—¿Toda la familia?
Shindo sonrió enseñando la dentadura desgastada.
—Ya te lo he dicho, hijo: dos o tres niveles. Venga, ya podéis marcharos. Los mataron durante la noche de San Valentín, así que el caso empieza a atufar.
Iwata y Sakai se levantaron y se despidieron con una reverencia.
—¡Nos esforzaremos al máximo, señor! —ladró Sakai.
—Eso espero.
Sakai abrió la puerta y cruzó la oficina sin mirar a su nuevo compañero, que caminaba tras ella. Marchó confiada hacia el ascensor sin hacer caso de lo que Iwata supuso que eran las miradas habituales que le llegaban desde las distintas mesas. Los tipos reunidos alrededor de la fuente de agua se quedaron callados a su paso. Unos metros más allá, una goma elástica pasó silbando junto al oído de Iwata y rebotó en la espalda de Sakai. Ella no frenó el paso, pero él se dio cuenta de que
