RADIOESCUCHA
9 de agosto de 2016
LOCUTOR: RadioEscucha en Radio Segovia, más de veinticinco años siendo el portavoz de sus desdichas. Al habla Paco Gilsanz, dígame.
OYENTE: ¿Oiga?
LOCUTOR: Sí, dígame, señora. Está en antena. ¿En qué podemos ayudarla?
OYENTE: Perdona, Paco, hijo, es que hoy me he levantado muy nerviosa con lo del asesinato de la pobre familia esa de Hontoria. ¡Ay, Dios mío, qué terrible! Pero nada, que yo quería denunciar que todos los días hay botellón enfrente de casa.
LOCUTOR: ¿Dónde vive usted?
OYENTE: Pues al lado, al ladito, de los jardinillos de San Roque.
LOCUTOR: Ya veo, ya.
OYENTE: Pues no, Paco, me vas a perdonar pero no sé yo si ves. Que estos sinvergüenzas la montan día sí y día también a diez metros de la comisaría y como si nada.
LOCUTOR: Tomamos nota y se lo transmitiremos al comisario cuando venga a estos estudios. Otro oyente. ¿Sí? ¿Hola?
1
Si, en el momento de su muerte, Joaquín Vila hubiera sabido ni siquiera la mitad de lo que luego salió a la luz, igual no habría luchado por su vida con tanta desesperación.
Soy Jean Ezequiel, periodista, investigador y creador de pódcast, y quiero contar cómo surgió mi fascinación por el crimen y el periodismo, cómo dejé que el monstruo creciera en mí o, mejor, cómo busqué y exploté algo que todos llevamos dentro de modo que, cuando el triple crimen de Hontoria atravesó mi existencia por primera vez, yo ya estaba preparado... o eso creía.
Ahora, en 2019 y con el caso cerrado, no sé qué pensar. No sé si mereció la pena resolverlo, no sé si toda aquella energía y aquella obsesión fueron algo más que un deseo egoísta e inconfesable de llegar tan alto como pudiera.
Joaquín Vila, su esposa, Consuelo Martín, y Sergio, el hijo pequeño de ambos, murieron apuñalados en su casa una noche de agosto de 2016. Aquel crimen y la investigación en la que me sumergí son la historia de una pérdida y de una esperanza, y también de tres víctimas, o de cuatro, según a quién se pregunte.
Mis vínculos con el asunto son múltiples pero, en lo fundamental, remiten a mis orígenes segovianos y a mis años de formación en la década de los noventa. Mi padre nació precisamente en Hontoria, el escenario de los crímenes, un antiguo pueblo que la ciudad de Segovia ha terminado por tragarse. Recuerdo que, de pequeño, íbamos a visitar a mi tío y a su numerosa prole, y que yo odiaba esas aburridas tardes de sábado. En cuanto pude dejé de ir, pero está claro que a esas alturas ya me unía con aquel lugar algo profundamente personal, casi físico, que en no pocos momentos se manifestaba como rechazo. Respecto a mis «años de formación», creo que pueden caracterizarse por la existencia de dos vidas paralelas, una de las cuales, la más apasionada, transcurría enteramente en el ámbito de la crónica negra; es decir, en las páginas de los libros que devoraba y en las pantallas de la televisión y el cine.
Todo empezó en el verano de 1996. Yo tenía quince años y mi posesión más preciada era una bici morada con cambios Shimano 500 que empleaba para repartir la correspondencia de la extinta Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segovia por la ciudad y alrededores bajo los rayos de un sol que me freía la cabeza y me chamuscaba brazos y piernas. Estaba contratado de palabra por una empresa que pagaba en negro, y trabajaba de lunes a sábado de diez de la mañana a siete de la tarde. A mis padres no les hacía falta el dinero, e insistían en que lo dejara, en que haría mejor si aprovechaba el verano para estudiar inglés, pero, como cualquier adolescente yo quería ganar algo, aunque fuera una miseria, huir de la rutina familiar, respirar.
Al terminar la jornada me reunía con unos cuantos amigos en un pequeño jardín situado debajo del Acueducto, junto a la escalinata del Postigo. Alguno venía de un trabajo parecido al mío, otros del club de tenis, otros más de casa. No éramos más de cinco o seis, dependiendo del día. Indiferentes a la elegancia y majestuosidad del monumento romano que los turistas admiraban levantando la cabeza, tirábamos las bicis al suelo, nos sentábamos en el césped y disfrutábamos del fresco vespertino de Segovia. Seguro que apestábamos después de todo el día en la calle con aquel calor, y supongo que hablábamos mucho más alto de lo recomendable: teníamos quince años, varias latas de medio litro de Mahou metidas en bolsas de plástico y una cerveza en la mano; éramos jóvenes, descarados e ignorantes.
El 5 de julio estaba solo con Alejandro, mi mejor amigo entonces, el único de aquel grupo con el que tenía una verdadera afinidad, y la cerveza se había recalentado, pero era una tarde cualquiera... hasta que dejó de serlo, hasta que Ana Turra decidió tirarse desde el punto más alto del Acueducto: casi treinta metros de caída libre. Estoy seguro de que el ruido sólido del cuerpo al caer, el impacto seco y el crujido casi simultáneo, fueron reales; lo sé porque, veintitrés años después, recordarlos aún me provoca escalofríos.
Lo demás es difuso: los gritos, la histeria, el trajín de unos y otros; la llegada apresurada de la pareja de policías municipales que bajaba justo en ese momento por la calle Cervantes; la llegada, quién sabe cuánto tiempo después, de la ambulancia; el murmullo de la gente (hombres y mujeres con ganas de volver a sus vidas anodinas, a hacer la cena y acostar a los niños, pero atrapados por la curiosidad y el morbo de la muerte) que se agolpaba junto al cadáver espachurrado en el suelo pese a los esfuerzos de los dos municipales por frenarlos; el llanto de Alejandro, que repetía «joder, tío, joder» a la luz del crepúsculo.
Mi amigo no se encontraba bien, así que nos despedimos y nos fuimos a casa. Los cuatro kilómetros que separan el Acueducto del chalet de mis padres en San Cristóbal, con sus curvas empinadas y sus cuestas, no constan en mi memoria: estaba en shock, pero sentía una extraña emoción, un oscuro impulso por saber más. Aquella noche apenas dormí. Al día siguiente y al otro y al otro seguí trabajando, pedaleando, sudando, pero en los descansos o al final del día me leía El Progreso y El Ideal de Castilla, escuchaba las noticias locales en Radio Segovia, buscaba explicaciones de aquel hecho extraordinario sin encontrar respuestas. Quizá, empecé a decirme, el azar me había puesto ante una muerte espectacular y desgraciada a partes iguales, una catástrofe íntima de la que no había nada más que contar.
El domingo, la típica conversación telefónica de mi madre con su hermana a voz en grito captó mi atención mientras remoloneaba en la cama para no afrontar los efectos de una noche de juerga.
—Sí, sí, Carmen, hija, como lo oyes: lo lleva El Ideal de Castilla.
—...
—Pues te parecerá exagerado, pero es lo que pone la nota de suicidio, según dicen.
—...
—No, claro que no la he visto, pero el periodista sí.
—...
—¡Cómo se va a inventar algo así, Carmen, por Dios! Anda, no digas tonterías.
—...
—Oye, pues si tanto te interesa vas y lo compras en el quiosco y me dejas de dar la tabarra. ¿O quieres que te lea la noticia entera? Sí, dice que se suicidó porque no aguantaba más el chantaje, pero no cuentan mucho más, hija.
—...
—No, no: está claro que por respeto a la intimidad de la víctima no es.
Me levanté rápido (demasiado para mi estómago, que me lo recordó con una buena dosis de reflujo), bajé en calzoncillos y camiseta al salón, tomé prestado del revistero El Ideal de Castilla, subí de nuevo a la habitación y me encerré a leerlo.
La nota, firmada por una tal Rodolfa Vals, no decía gran cosa, pero abría ante mis ojos un universo inexplorado. Durante aquellos días, leí todo lo que se publicaba en El Ideal de Castilla. El otro periódico de la ciudad, El Progreso, había empezado la cobertura con fuerza, enfrascado en una campaña para aumentar la seguridad en las áreas bajas del Acueducto, donde la arcada es simple y la altura escasa, y evitar así que la gente accediera al canal y llegara a la zona más alta del monumento, pero una semana después ya estaba de vuelta en las inauguraciones y las fiestas patronales. Me enganché a lo que iba soltando Vals sobre Ana Turra, esposa de un abogado, ama de casa y madre de dos hijos, muerta en el acto tras tirarse desde lo alto del Acueducto; víctima, según la nota de suicidio, de un chantaje que no pudo soportar. Incluso merodeé por los alrededores de su casa, cerca de las Canonjías: una de esas pocas construcciones que forman parte de una Segovia desconocida situada en el casco antiguo, disimulada detrás de altos muros, con piscinas para usar un mes al año, jardines exquisitos, antigüedades que han ido pasando de generación en generación, arte casi abandonado en los sótanos. Aburrí a quien quisiera escucharme con detalles y teorías, le escribí una carta a Vals animándola a seguir y convertí aquella triste historia en mi obsesión del verano.
Unos días después empecé a faltar a la cita con mis amigos al terminar el trabajo para irme a casa a rastrear otros crímenes en El Caso e Interviú. Más tarde supe que el grupo se había disuelto espontáneamente y sin acritud, que nadie había vuelto a aquel trozo de césped a los pies del monumento romano, que algunos padres se habían puesto nerviosos.
Gracias a la perseverancia de Vals, el caso se hinchó en las jornadas aburridas del verano y hasta dio un salto ocasional a la sobremesa televisiva de las pujantes cadenas privadas, pero luego se apagó con la misma celeridad con la que había estallado. Tras una semana de silencio, los últimos días de julio Vals publicó un reportaje en el que reconstruía lo ocurrido, aseguraba que el chantaje era de carácter sexual y sugería que los implicados estaban demasiado bien situados para sufrir las consecuencias. Vals empezaba a molestar con sus insinuaciones: la buena gente no quería ver cómo el nombre de Segovia se arrastraba por los mentideros televisivos ni cómo se hablaba con suspicacia de la víctima.
2
Tras el suicidio de Ana Turra seguí otros casos con ímpetu juvenil. El crimen me daba un contexto, un filtro con el que ver la realidad en las tonalidades adecuadas. Cuando me sentaba a leer en mi habitación encontraba el acomodo que me faltaba en el instituto. Y no era por el morbo de las imágenes. Podía mirar cadáveres, cuerpos destrozados a golpes y otras barbaridades sin mucho sobresalto, pero no era un aficionado al gore. A mí me interesaban las historias, los relatos, los crímenes sin resolver, las preguntas sin respuesta; hasta en eso me costaba encajar.
En aquella época, dos casos captaron especialmente mi atención. En noviembre de 1996, Juan Medina Gordillo, el Francés, acabó con la vida de seis personas en un pueblo de Burgos antes de pegarse un tiro en el corazón con la misma arma homicida. Nunca quedó claro por qué hizo todo aquello («¿Que por qué? Pues porque tenía una escopeta, por eso», declaró ante la prensa Cándida, dueña del bar del pueblo). En abril de 1997, Eva Blanco, una joven de dieciséis años, murió de diecinueve puñaladas después de ser violada. Su asesino arrojó su cuerpo en una cuneta en Algete (Madrid) y la lluvia borró todos los rastros. «Debo reconocer que la resolución del caso se nos está complicando», admitió un mes después el delegado del Gobierno, Pedro Núñez Morgades.
Luego, en julio de 1997, conocí a Simón de Pablos, un chaval gordito y pecoso, el típico gafotas de mirada distraída, fanático de los sucesos. Recién llegado de Madrid, iba a estudiar en el mismo instituto que yo y sus primos, que ya me consideraban un bicho raro, nos presentaron. «Os vais a llevar bien, capullos», dijo uno de ellos, que no tenía ni idea de lo acertado de su pronóstico. En poco tiempo, de nuestra afición compartida surgió una amistad inquebrantable: aquel futuro médico forense era una mina de datos e historias y, sobre todo, el antídoto de mi soledad.
Empezamos a quedar por las mañanas para ir a la biblioteca, donde me enseñó a hurgar en los archivos y a usar esos lectores de periódicos de la hemeroteca que hasta entonces solo había visto en las películas. Allí, resguardados del calor por los sólidos muros de una antigua cárcel donde estuvo preso Lope de Vega, mi universo criminal se expandió. Devorábamos crónicas antiguas y luego las comentábamos, especialmente aquellas que se referían a Peter Sutcliffe, el descuartizador de Yorkshire, responsable de la muerte de al menos trece mujeres desde finales de los setenta. Leí tantas veces el reportaje sobre su captura que llegué a sabérmelo de memoria.
A Simón, mi atracción por la letra escrita, por la musicalidad de unas palabras que solo destilaban horror y miedo, le parecía intrascendente; su interés por el crimen era más científico, pero juntos formábamos un equipo perfecto. Amante del espectáculo, Simón no entendía mis reparos ante el morbo explotado por las teles de la época, ni siquiera por el lamentable espectáculo de Nieves Herrero y Paco Lobatón en Alcàsser. «¿Qué habrías hecho tú?», me preguntaba siempre que veíamos aquellas cintas de VHS conseguidas de una manera que nunca pude aclarar. En materia criminal éramos omnívoros: nuestro universo se nutría igual de Alerta 112 (cutre unas veces, intenso y con ritmo otras) que de ciertos programas inclasificables que captábamos con la antena parabólica en su casa. Nos gustaban mucho los alemanes, aunque no entendiéramos ni una palabra.
A principios de agosto nos frustramos al enterarnos de que la biblioteca cerraba durante todo el mes y solo disponía de un buzón en la puerta para devoluciones. Allí dejamos nuestros últimos préstamos (Jack el Destripador: cartas desde el infierno, Violencia en el cine: matones y asesinos en serie y un vídeo sobre Ted Bundy) antes de coger las bicis y salir disparados por la calle Real.
Acostumbrado a Madrid, mi amigo despotricaba contra una ciudad provinciana y aburrida donde, encima, la biblioteca cerraba en vacaciones. Un día, mientras matábamos el tiempo en un banco del paseo del Salón con dos latas de Mahou y una bolsa de pipas enorme, Simón me contó que su hermano mayor publicaba, con sus colegas de la universidad, un fanzine para enteradillos de la música grunge. Yo no veía adónde quería ir a parar; de hecho, casi no sabía ni qué era un fanzine, pero él no me dejó manifestar mis dudas. Podíamos tener uno propio sobre crímenes, continuó con los ojos como platos, escribirlo con la máquina eléctrica de su madre, maquetarlo «como si fueran trabajos manuales» y hacer cientos de ejemplares en la multicopista vietnamita que guardaba su padre de sus tiempos antifranquistas. A mí todo aquello me sonaba rarísimo, pero él me transmitió toda su energía y nos pusimos a trabajar. Pronto tuve que reconocer que nos habíamos buscado un buen entretenimiento veraniego.
Al final, tras infinitas discusiones, problemas con la multicopista y retrasos, al inicio del curso de tercero de BUP distribuimos el primer número de La letra, con sangre... entre nuestros compañeros de instituto, quienes nos miraban con curiosidad y desconfianza. Sin embargo, la expresión pública de nuestras extrañas pulsiones afianzó nuestro perfil de raros e inclasificables, intocables en cierto modo. Nos reíamos de quienes nos consideraban frikis sin remedio, éramos muy felices y así llegamos a las puertas de la madurez.
Después, ya enfrascados en nuestros estudios de COU, no encontrábamos tanto tiempo para nuestra afición, pero la realidad tenía otros planes para nosotros: al triple crimen de Benifallim, en agosto, y a los trece homicidios cometidos en seis meses en Málaga se les sumó, el 2 de octubre, el asesinato de la joven Rocío Wanninkhof. Decidimos cubrirlo a lo grande, hacer una edición especial del fanzine y montar un evento ayudados por el equipo de debate del instituto. Era una buena oportunidad para dar a conocer nuestro trabajo. Una tarde de viernes, ante un salón de actos lleno, una chica de otro instituto nos vapuleó con una intervención perfecta, criticó nuestros reportajes, la tendencia «morbosa» del fanzine y la «ceguera de los medios» en ese y otros casos. Se llamaba Eulalia Ramírez y tenía una clase desbordante, con su camisa Oxford de hombre por encima de los vaqueros, sus botas granate estilo militar y su larga coleta de pelo negro y tupido. Estaba claro que venía de otro mundo, un lugar al que yo quería viajar de inmediato. Aquel recital fue el inicio de una relación que ha definido mi vida hasta hoy. Ahora, casados y con una hija, ella sigue teniendo la mirada desafiante, orgullosa, de aquella chica lista, y yo sigo sin saber si estoy a la altura.
Tras pasar la selectividad, Simón se trasladó de nuevo a Madrid, adonde su familia volvía después de tres años en Segovia, otra historia de incesantes idas y venidas entre la capital y la orgullosa ciudad castellana. Por mi parte, decidí ganar algo más de dinero para irme a estudiar inglés antes de empezar la universidad, así que estuve la última quincena de junio y todo julio trabajando de peón de albañil en la empresa familiar, una constructora pequeña y sin promoción, pero que les permitía a mis padres mantener cierto nivel de vida y a mi madre abrir varios negocios, cada cual más extravagante, casi siempre deficitarios y siempre con nombre francés. De esa manía francófona, que ella disfraza de orgullo por sus raíces, viene mi nombre: Jean («Así, en francés, como tu bisabuelo; tendrías que estar orgulloso», me repetía de pequeño), Jean Ezequiel: un nombre francés y un apellido que parece un nombre y remite a un profeta loco. Cuando era niño, los desaprensivos de siempre se lo pasaron en grande y me castigaron con sus peores burlas hasta que encontraron una nueva víctima. Quizá eso marcó mi carácter más de lo que tiendo a creer.
Aburridos de mis rarezas, mis padres no se opusieron cuando no elegí Dublín, Londres, ni siquiera Manchester, para perfeccionar mi inglés. «Me voy a Leeds», les comenté ufano. «Al menos no pasarás calor», respondió mi madre secamente, ni contenta ni disgustada, con su habitual apatía hacia mí acentuada por una reciente bronca sobre mi futuro universitario de la que saqué una rápida conclusión: o estudiaba Derecho o me buscaba la vida.
Viajé a Leeds tras el rastro del destripador de Yorkshire diecinueve años después de su detención, intrigado por la historia rebelde y criminal de ese rincón gris, frío y lluvioso de Inglaterra. Solo mucho más tarde descubrí que, en aquellos momentos, David Peace remataba no lejos de allí Nineteen Seventy-Four, la primera entrega de su tetralogía sobre Peter Sutcliffe y la Yorkshire aterrorizada de los setenta. Por lo que a mí respecta, en los dos meses que viví allí no aprendí gran cosa sobre aquel asunto, ni pude captar el miedo o la fascinación por el psicópata salvo en alguna conversación con los clientes habituales del pub donde trabajaba. Tampoco gané más dinero del necesario para vivir. Eso sí, bebí mucho más de la cuenta y volví hablando un buen inglés con un acento, digamos, bastante peculiar.
Después de ese extraño verano me esperaba una cita en Hontoria, donde uno de mis primos iba a casarse. Hacía años que no visitaba el lugar y acudí con pereza y desgana. La fiesta se celebró en los mismos escenarios que luego recorrí con motivo del triple crimen: la iglesia de la plaza (para el acto religioso), el bar Rogelio (para el aperitivo) y la Venta Hontoria, situada justo a la salida del pueblo (para el banquete). También recogí las mismas miradas desconfiadas, dirigidas a ese primo que, según ellos, se creía superior y ya nunca pasaba por allí. Me aburría tanto que ni siquiera me emborraché, y me escapé en un taxi en cuanto detecté la primera corbata anudada en la cabeza de uno de mis primos.
Si hubiera sabido que iba a necesitar su ayuda para tratar de desentrañar las razones últimas de aquel caso igual me habría molestado un poco más en tratar de convivir, o al menos de interactuar con alguien. Esta pieza del rompecabezas fue siempre la que más me costó encajar: creo que nunca terminé de entender esa sociedad, no conseguí bajarme del pedestal desde el que la analizaba, no fui capaz de articular esos elementos en mi lucha por resolver el asesinato de la familia Vila Martín.
Empecé Derecho en Madrid con las mismas ganas con que asistí a aquella boda. Intentaba sin éxito encontrarle la gracia y solo la presencia de Jon Aguirre me salvó del aislamiento total. Brillante orador, joven culto de una familia bien del País Vasco, Jon era el líder nato del grupo de debate, el capitán del equipo de rugby de la facultad y, sobre todo, un fan incondicional de series como Twin Peaks, Policías de Nueva York o Ley y orden. Gracias a él descubrí una vertiente lúdica del crimen y me enganché aún más a los programas, series y películas del género negro. Cuando Jon y yo quedábamos con Simón, me sentía el Jupiter Jones de Los tres investigadores, me olvidaba de la carrera que no quería estudiar y de las idas y venidas en autobús desde Segovia. Pero Jon iba a ser un gran abogado penalista y Simón un buen médico forense, ¿y yo? A pesar de la oposición de mis padres y de las buenas notas que obtenía sin mucho esfuerzo, al final del segundo curso dejé Derecho y me matriculé en Periodismo en la Complutense. No sabía que había empezado una carrera tan gris como la mole brutalista y triste de la Ciudad Universitaria, pero estaba decidido a terminar y abrirme camino. En 2007, con el mejor expediente de final de carrera, me decidí por unas prácticas de verano en la oficina local de la agencia EFE, convencido de que podría cubrir sucesos y emocionado con la posibilidad de hacer mis primeros ensayos con fuentes, policías y crímenes de verdad. No fue como imaginaba, pero me sirvió.
La siguiente parada desorientó a mis profesores y terminó de desilusionar a mis padres: decidí solicitar unas prácticas de posgrado en El Ideal de Castilla con la idea de «hacer reporterismo», como le contaba en mi carta a la directora, Rodolfa Vals. Para mi sorpresa, Rodolfa recordaba mis misivas por el asunto de Ana Turra y me entrevistó encantada. Más tarde fue siempre un pilar para mí, sobre todo durante mis investigaciones del crimen de Hontoria, aunque nunca he terminado de comprender por qué me tomó tan generosamente bajo su ala.
A pesar del apoyo incondicional de Rodolfa, que me aseguraba un futuro profesional, y del deseo de Eulalia de quedarse en Segovia, probé suerte en Madrid, donde me fichó un periódico mediano con aspiraciones. Ir y venir a diario a la capital resultaba bastante cansado, aunque regresar cada día a casa con Eulalia lo compensaba todo. Me costó hacerme sitio en un periódico que me había contratado para renovar la plantilla, con la encomienda de «hacer la web» y adquirir presencia en «la cosa esa de internet». Poco a poco fui sugiriendo temas, coberturas y reportajes, pese a la resistencia de la vieja guardia. Con Jon y Simón en distintos puntos de la geografía española, mi atracción por el crimen había vuelto a transformarse en una pasión solitaria; no podía imaginar que, lejos de desaparecer definitivamente de mi vida, mis amigos iban a tener un papel, aunque fuera pequeño, en el caso que cambió mi carrera profesional.
Pero nada de lo anterior explica por qué decidí hacer un pódcast y contar la investigación del asesinato de la familia Vila Martín también de viva voz. Desde pequeño escuchaba mucho la radio. Aterricé en la edad adulta con Iñaki Gabilondo en la SER desde primera hora de la mañana, comiendo con Alfredo Matesanz en Radio Segovia y despidiendo el día con la voz sólida, el espíritu inquebrantable, la vehemencia y la clase de Carlos Llamas. Luego empecé a escuchar pódcast casi por casualidad, con la aplicación integrada en mi primer iPhone. Allí descubrí Serial: cerca de 400 millones de descargas de lo que su creadora describe como «Diez horas de audio sobre un crimen que nunca resolvimos». No es mala síntesis para un pódcast que cambió la historia del periodismo. Cuando se lanzó en España en 2014 nadie lo conocía; la primera vez que lo escuché, aluciné con la sintonía del inicio, con la magia de las voces desnudas y el audio en general, con la forma en que la narración alimentaba y excitaba la imaginación. Yo no sabía que se podía hacer eso ni, desde luego, era capaz de hacerlo en aquel momento, pero lo deseaba muchísimo. Supongo que le pasó a más gente, claro. Unos pocos se convirtieron en detectives aficionados, esa cosa rara que tanto gusta en Estados Unidos; la mayoría buscaron el siguiente pódcast o la siguiente serie o se fueron a dar una vuelta; los últimos, los más desesperados, los de la mirada criminal, nos lanzamos a emularlo. Nada, en el periodismo de sucesos, en las docuseries o true crimes más o menos literarios volvió a ser lo mismo: un virus llamado Serial cambió, pervirtió y afinó la mirada contemporánea sobre el crimen.
Todos esos elementos me unieron de manera inevitable al asesinato de tres miembros de una misma familia una noche de agosto de 2016.
El caso me dio prestigio profesional, afianzó mi posición en el periódico y me catapultó como creador de pódcast; también atravesó mi vida personal como un torbellino. Tardé en darme cuenta, pero una vez sumergido no pude salir indemne. Cuando echo la vista atrás, me cuesta asimilar algunos de los errores que cometí.
3
En un caso tan complejo, con laberintos legales, arrestos y operaciones policiales fallidas es necesario escarbar en los antecedentes, centrarse en ciertas equivocaciones y en sus consecuencias, ver en qué estado se encontraba la investigación cuando una llamada de teléfono de un policía insatisfecho lo puso en mi camino en julio de 2017.
En algún momento del sábado 6 de agosto de 2016, posiblemente entre las nueve y media y las once de la noche, Joaquín Vila (55 años), Consuelo Martín (51 años) y Sergio Vila (12 años) fueron asesinados en su casa unifamiliar de la calle del Arado número 5 en Hontoria, término municipal de Segovia. Sus cuerpos estaban cosidos a puñaladas. Como prueban las heridas en los antebrazos y las palmas de las manos, Joaquín trató de defenderse, pero murió en el vestíbulo. La segunda en caer fue su esposa, que pereció en la cama, ajena a todo, envuelta en una nube de Orfidal. Sergio vivió su particular película de terror: la policía concluyó que, tras permanecer escondido en su habitación, el asesino lo atrapó cuando trataba de huir por el pasillo. No se sabe si tuvo tiempo de gritar, pero, en principio, ninguno de los vecinos oyó nada, pese a que en Arado había otras viviendas unifamiliares.
Los cadáveres los halló la Policía Nacional y no, como todavía repiten algunos medios, Ramona, hermana de Joaquín. Fue ella, eso sí, quien hacia el mediodía del día 8 llamó a los agentes. Por aquel entonces vivía a diez metros de su hermano, pero ella asegura que tampoco vio ni oyó nada.
Según el Acta de Inspección Ocular Técnico Policial, la puerta de metal que daba acceso al pequeño jardín que rodeaba la casa estaba abierta, como muchas en el pueblo, y la puerta blindada, único acceso a un domicilio sin garaje, intacta. Ninguna ventana mostraba señales de haber sido rota ni forzada.
En cuanto entraron, los agentes percibieron una temperatura muy elevada en la casa, la misma que impidió a los expertos establecer con exactitud la hora del crimen. Solo pudieron inferir, del hecho de que el rigor mortis hubiera desaparecido, que llevaban más de veinticuatro horas muertos, posiblemente cerca de treinta y seis.
Con las ventanas cerradas y la puerta abierta como única vía de ventilación, la escena era difícil de soportar. El cadáver de Sergio, tirado en el pasillo con la camiseta un poco levantada, mostraba en el estómago una mancha verde generada por el ácido sulfhídrico; las bacterias habían empezado su labor de demolición y el denso olor a descomposición parecía filtrarse incluso por la piel de los brazos descubiertos de los policías, que a duras penas mantenían la compostura. Uno de ellos, con la excusa de llevarse fuera a Ramona, salió a la calle con la cara desencajada y vomitó en el césped abrasado por el sol. Otro, con los brazos abiertos en cruz para no dejar pasar a nadie, aunque se había quedado solo, empezó a caminar despacio hacia atrás con la mirada perdida, sin tocar nada.
Que el asesino pudiera haber entrado sin esfuerzo, o incluso invitado por Joaquín, y que quizá conociera previamente la casa, desconcertó a los agentes; también que cada indicio obtenido en esa escena de pesadilla llevara a una nueva pregunta, pero lo más intrigante de todo era que el perpetrador hubiera actuado casi como un profesional: en el lugar no había ni una sola huella digital (los investigadores creen que usó guantes de lana o cuero, no de látex) y, aparentemente, su único descuido había sido dejar unas pisadas, más tarde identificadas como de unas botas Dr. Martens del número 42, en algunas manchas de sangre.
Los agentes de la Policía Científica llegados desde Madrid pocas horas después no tuvieron que aplicar luminol ni preocuparse de un posible falso positivo: allí la sangre no suponía un problema. Otra cosa eran las huellas. Según el informe pericial, en la casa había rastros dactilares de las víctimas, del hijo mayor, Jaime, y de Ramona, hermana de Joaquín, pero, pese a que los especialistas utilizaron suero fisiológico e hisopos en el exterior (en pomos, agarraderos y en la balaustrada de acceso a la casa), obtuvieron siempre el mismo resultado: nada. Y como ni Jaime ni Ramona estaban en la ecuación en aquellas primeras horas solo quedaba pensar que el asesino había limpiado aquellas superficies antes de irse y que había llevado la protección adecuada en el interior.
Siempre con un halo de desconfianza y frustración, la familia de Consuelo consiguió que buscaran huellas en su cadáver mediante un sistema complejo y polémico porque implicaba un alto grado de manipulación del cuerpo. Así se descubrió que tenía restos dactilares del hijo mayor, Jaime, en distintas partes del cuello y la cara, pero ese dato no levantó sospechas en aquel momento.
A pesar de la famosa huella de la bota, fuera no había rastro alguno de sangre ni ADN ajeno a la familia y a los primeros policías que llegaron a la escena del crimen; el asesino debía de haberse cambiado antes de salir, se tomó su tiempo. En cualquier caso caminó por las calles de un pueblo en el que todo el mundo se conoce con la ropa manchada de sangre o con una bolsa o mochila llena de pruebas del que pronto se convertiría en uno de los crímenes sin resolver más famosos de España. Nunca se encontraron ni el arma homicida ni las ropas manchadas ni las botas.
El perímetro exterior, establecido con eficacia por esos dos primeros agentes y reforzado después por el Grupo I de la Unidad de Delincuencia Especializada y Delitos Violentos (UDEV) de la Comisaría Provincial de Segovia, ayudó a mantener a raya a los curiosos hasta que llegó el juez para el levantamiento de los cadáveres, pero ese y otros esfuerzos fueron inútiles contra el rumor y la especulación.
La noche del crimen, el bar Javi no cerró hasta las dos de la madrugada, cuando terminaron las partidas de mus que se habían prolongado entre lingotazos de anís Castellana, carajillos y piques y vaciles. En algunas casas del pueblo, el calor se combatía con el zaguán abierto o en el jardín, donde los vecinos aprovechaban el fresco para hablar de cualquier cosa. Había en el aire un ligero olor a fertilizante natural. En aquellas primeras horas, la policía interrogó a dos decenas de personas. A unos costó acallarlos, evitar que se fueran por las ramas; a otros hubo que arrancarles las respuestas (anodinas en el mejor de los casos) con fórceps. Las televisiones tuvieron más suerte, o mejor tino.
Estos son extractos de los testimonios más destacados de algunos vecinos ante los medios o ante la policía:
EMILIA (62 años), vecina de Hontoria, asegura frente a las cámaras de Antena 3 que eran una familia «muy normal, muy trabajadora». Después, pese a la advertencia de la periodista y los sucesivos cortes que su gesto repetido provocaba, mira directamente a la cámara y suelta la bomba: «Se oyeron gritos, hija, muy fuertes, pero no me pareció raro porque no era la primera vez.»
JAVIER (38 años), dueño del bar Javi, dice a los reporteros de la televisión pública que él no vio nada raro, que estaba muy concentrado en el mus, que «la pelea del Litri y el Juan por una mano mal jugada fue el único momento reseñable de la noche» y que (pero esto ya no salió en antena) está «hasta los cojones» de tener que ganarse la vida en ese agujero, «aguantando a esos señores mitad jubilados mitad currantes, ocho de cada diez decididamente alcoholizados, cada día un poco más quemado, un poco más viejo».
ABUNDIO RUIZ (61 años), vecino del pueblo, asegura a la policía: «Esos eran unos beatos más agarraos que un chotis. ¿“Buena gente”, dice? Pues no sé, pregunten al hijo... al mayor, claro. En todo caso, yo ya me conozco a los que van de buenos: a mí, el muy cabrón de Joaquín se me metió en las tierras; movió una linde, aunque luego dijera que no. Yo le canté las cuarenta. ¿Que cómo exactamente? Pues fui a su casa a cagarme en su dios; aquí las cosas se arreglan así, agente, no me mire con esa cara.»
DON MIGUEL (60 años), párroco de Hontoria, dice a la COPE: «Reconozco que el crimen me sumió en una crisis. ¿En qué plan divino puede caber esto? Esa familia era una joya, un pilar de nuestra comunidad. Joaquín me ayudaba tanto... Consuelo era catequista y Sergio monaguillo, y mire a Jaime, con las pocas vocaciones que hay hoy en día... Esa familia representaba todo lo que la gente de por aquí respeta y valora. No entiendo nada, señor comisario; que Dios los tenga en su gloria.»
CONCHITA (69 años), vecina de Hontoria, fue de las primeras en hablar con los medios. Bueno, más bien con Antena 3, cuyas cámaras llegaron antes que nadie. La televisión la pilló en la puerta de su casa, en una calle perpendicular a la del Arado.
La periodista, sin más recursos para hacer que hable, le pregunta:
—¡Señora! Terrible, ¿verdad?
—Terrible, terrible, terrible. ¡Ay, Dios mío, qué pena más grande! —responde Conchita, a quien el llanto le ha aflautado la voz.
—¿Los conocía bien?
—Muy bien. Eran como hermanos para nosotros. ¡Ay, Dios mío, qué pena!
—¿Vio u oyó algo esa noche?
—Mi Pepe me ha dicho que no diga nada, pero le juro por lo más sagrado que a las once o las doce pasó alguien corriendo por delante de la ventana de acá, la de la salita de estar, no sé si me entiende. Yo me había quedado traspuesta, pero el ruido me despertó.
—¿El ruido?
—Los jadeos, la carrera; yo qué sé, hija.
Al día siguiente cuenta la misma historia ante las cámaras de Telecinco, aunque ya sin el delantal, peinada y con un toque de color en los labios, en el jardincito de atrás de la casa y no junto a la puerta de la cuadra.
Más tarde, en el club de la mujer rural, en las clases de inglés para adultos y en el ensayo del grupo de teatro, varió un poco la hora y añadió algún que otro adorno, pero mantuvo la historia en lo esencial.
Ante la policía, sin embargo, afirmaba que, en caso de ser llamada como testigo en el juicio, no podía asegurar nada delante del juez, que todo era «muy lioso». Ahí se acabó la versión alargada de los quince minutos de gloria de María de la Concepción.
JESÚS GARCÍA (56 años), director de la sucursal de Bankia en Hontoria, responde a la policía: «¿Que si tenían dinero? Bueno, sí, lo normal, aunque ya le digo yo que muchas veces en estos pueblos la gente tiene más de lo que se piensa... quiero decir: ya hemos puesto todas las cuentas a disposición de las autoridades. Ahora, dinero como para generar envidias, como para que alguien quisiera hacerles daño, eso no. Consuelo iba una vez al mes a actualizar la cartilla, nada más; era Joaquín el que manejaba los recursos de la familia. Él tenía mucha relación conmigo porque le gestionamos un préstamo para ampliar las instalaciones y modernizarlas a raíz del contrato de El Corte Inglés; y también le llegaban las ayudas de la PAC, cuando todavía eran algo, y algunas subvenciones de la Junta. Todo muy normal, ya le digo. Y luego, no es que me quiera yo meter donde nadie me llama, pero eran de gastar poco, por decirlo de manera amable.»
FELISA
