La última fiesta

Clare Mackintosh

Fragmento

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Nochevieja

 

 

 

 

Nadie en Cwm Coed se acuerda de cuándo comenzó la costumbre del baño, pero lo que sí saben es que para ellos no hay mejor manera de empezar el año. No se acuerdan de cuándo fue que Dafydd Lewis se metió en el agua vestido solo con un sombrero de Santa Claus, o de en qué año los chavales del equipo de rugby se tiraron en bomba desde el embarcadero y dejaron empapada a la pobre señora Williams.

Pero todos se van a acordar del baño de hoy.

Ha habido nieve en las cumbres desde antes de Navidad y, aunque las montañas lo protegen, la temperatura no ha subido de los siete grados en el pueblo. El lago todavía está más frío. «¡Cuatro grados!», dice la gente casi quedándose sin aliento, jubilosa e incrédula a la vez. «¡Debemos estar locos!».

Como si se rebelasen contra los cielos despejados, unas volutas de niebla se retuercen sobre la superficie del agua, y su reflejo da la desorientadora impresión de que el cielo ha quedado cabeza abajo. Por encima de la niebla, el aire es de un azul intenso, y un remanente de la luna de anoche permanece suspendido sobre el bosque.

Desde la cima de la montaña de Pen y Ddraig, el Llyn Drych se asemeja más a un río que a un lago: alargado, con forma de serpiente; cada recodo, un meneo de la cola del dragón que, según dicen, representa. Drych significa «espejo» y, cuando el viento sopla y el agua está en calma, su superficie reluce como la plata. El reflejo de la montaña se extiende hacia el centro del lago, tan sólido que parecería que uno puede subirse en él; ni un solo indicio de las negras e insondables profundidades que alberga.

A lo largo del camino que sube serpenteando por la cara sur de la montaña —de la espalda a la cabeza del dragón— los excursionistas se agachan a recoger un guijarro. Entonces se enderezan, notan el peso de la piedrecita en la mano y miran tímidamente a su alrededor antes de arrojarla al agua. Cuenta la leyenda que el dragón del Llyn Drych alzará la cabeza si alguien le acierta en la cola; pocos caminantes logran resistirse al mito.

Bordeando la orilla del lago, los pinos montan guardia hombro con hombro, tan juntos entre sí que, si alguno de ellos cayera, es fácil imaginárselos a todos viniéndose abajo, uno tras otro. Los árboles le hurtan la vista al pueblo de Cwm Coed, pero también se llevan lo peor del clima, lo que resulta un trato justo para la gente que vive en él.

En la orilla opuesta, en las estribaciones de la montaña —a menos de dos kilómetros de allí donde ahora se está juntando una multitud— hay una hilera de edificios acuclillados. Los árboles que tenían justo enfrente han sido arrancados de cuajo, y su madera empleada en revestir las viviendas y tallar el gran cartel que hay al final de la larga carretera de acceso privada; cada una de las letras es tan alta como un hombre.

La Ribera.

De momento, hay cinco. Construcciones rectangulares de dos pisos, con los techos revestidos de listones de madera y tarimas exteriores que sobresalen hacia delante y se extienden sobre el lago, sostenidas por pilotes que emergen de entre la niebla. Escaleritas metálicas que relumbran bajo el sol de invierno; pontones despojados de los botes que tensan sus cuerdas en verano.

CABAÑAS DE LUJO EN PRIMERA LÍNEA DEL LAGO , las llama un folleto satinado.

Carafanau ffansi, las llama la madre de Ffion: «caravanas con ínfulas». Dime de lo que presumes…

«Un puñetero adefesio», convienen la mayoría de los habitantes del pueblo. ¡Y a qué precios! Y encima por un lugar donde ni siquiera te dejan vivir todo el año. Según pone en la web, a los propietarios no les está permitido hacer de La Ribera su primera residencia. Como si en Gales del Norte no hubiera ya suficientes domingueros.

Pronto, habrá una segunda hilera detrás de esa primera. Y, después, otra más. Un spa, un gimnasio, comercios, una piscina al aire libre…

—Ya me dirás tú por qué no podrían nadar en el lago. —Con la espalda apoyada en el maletero de su coche, Ceri Jones se quita los pantalones de chándal; la blanca carne de gallina de sus muslos resalta sobre el sucio parachoques.

—Pues porque está la hostia de frío.

Las risas agudas se escapan con rapidez, alimentadas por la fiesta de fin de año de anoche, por más vino y menos descanso de la cuenta, por un frío que atraviesa albornoces y cala los huesos.

—Una gran noche, eso sí.

Se oyen murmullos de aprobación.

Chwarae teg. —«Las cosas como son». Los de La Ribera saben cómo se monta una buena fiesta. Y, lo que es más importante, saben que hay que invitar a los del pueblo. No falla: la curiosidad siempre vence al resentimiento.

Fragmentos de hielo se agrupan en los charcos que hay a la orilla del lago; los dedos de varios pies, recién liberados de sus botas forradas de piel, los resquebrajan.

—Todavía quedan diez minutos. Os vais a congelar.

—Ni siquiera noto el frío. Creo que todavía voy pedo.

—Espero que con esto se me quite la resaca; mañana vienen mi s suegros a comer y ya me dan bastante dolor de cabeza de por sí.

—Lo que no mata engorda.

—Pues casi que prefiero lo primero.

La primera de dos bocinas resuena a través del aire fresco, y se desata un grito de exaltación.

—¿Preparada?

—¡Preparadísima!

Los abrigos y albornoces son arrojados a un lado; las toallas cuelgan de los brazos que aguardan, y las bolsas de agua caliente están preparadas para el regreso. Da comienzo una carrera hacia la orilla —una maraña de brazos y piernas blancos y bañadores, valerosos biquinis y prudentes gorros de lana—, y los excitados parloteos suben tanto de volumen que los bañistas se preguntan si no se van a perder la segunda bocina. Pero, cuando esta suena, nadie lo duda un segundo: sueltan un chillido de emoción y un «Blwyddyn Newydd Dda!» mientras corren en dirección al lago, y gritan al llegar al agua helada.

Cuando esta ya cubre, hacen de tripas corazón y se zambullen en ella, atravesando la capa de bruma que flota sobre la superficie. El frío, como una mordaza mecánica, les atenaza el pecho, y las bocas se abren conmocionadas cuando el apretón las deja sin aliento. «¡No os paréis! ¡No os paréis!», gritan los más veteranos, con la dopamina que bombea y les pone una sonrisa en la cara. La olas arrecian, y la gente va de un lado a otro mientras el viento sopla con más fuerza y les provoca un escalofrío en la parte alta de la espalda.

Cuando la bruma empieza a disiparse, una mujer da un alarido.

Su grito despunta entre el clamor entusiasmado del resto, haciendo que a quienes esperan en la orilla les suba por el espinazo una clase distinta de escalofrío. Los que siguen medio hundidos en el agua se ponen de puntillas, esforzándose por ver qué está pasando, quién se ha hecho daño. El bote salvavidas sumerge sus remos en el lago, un, dos…, un, dos…, y avanza hacia el lugar del tumulto.

De entre la bruma surge el cuerpo flotante de un hombre.

Boca abajo y, sin duda, muerto.

 

 

PRIMERA PARTE

1

Día de Año Nuevo - Ffion

 

 

 

 

Ffion Morgan examina la figura en decúbito prono que tiene al lado, en busca de constantes vitales. Se trata de un hombre alto, ancho de espaldas y de pelo negro, rapado casi a ras de cráneo. En la nuca, justo donde le quedaría el cuello de una camisa, lleva un nombre tatuado en letra pequeña: HARRIS.

Ffion carraspea; con ese sonido insignificante, tímido, sondea el silencio, como si estuviera a punto de pronunciar un discurso que no sabe muy bien cómo empezar. El hombre no se mueve lo más mínimo, lo cual lo hace todo más fácil.

No obstante, está el problemilla del brazo.

Es un brazo grande. La piel, tersa y oscura, reviste el tipo de bíceps que a Ffion siempre le entran ganas de morder, aunque está claro que ahora no es un buen momento. El brazo reposa en diagonal sobre el vientre de ella; la mano le cuelga, suelta, de la cadera. La costumbre la empuja a echar un vistazo al dedo anular del individuo, y la alivia comprobar que no lleva nada en él. Le mira el reloj de pulsera: las ocho de la mañana. Hora de irse.

Primero saca las piernas a un lado, apartándolas poco a poco, milímetro a milímetro, antes de doblar las rodillas para bajar los pies al suelo, y todo lo anterior sin mover un ápice el tronco, como una contorsionista que se retuerce para entrar en una caja. Espera un instante, y entonces aprieta la parte superior del cuerpo contra el colchón mientras se va deslizando lentamente hacia el borde de la cama. Esta maniobra la ha ido practicando y perfeccionando durante todo el año pasado, gracias a no se sabe qué gen defectuoso que impulsa a los hombres a alargar un brazo protector mientras duermen.

El dueño del brazo de esta mañana deja escapar un gruñido. Ella cuenta hasta cincuenta. Si el hombre se despierta, le propondrá a Ffion tomar juntos el desayuno —o un café, aunque sea—, pese a que a ninguno de los dos le apetece; no el uno con el otro, en cualquier caso. Ffion lo achaca a la Generación Z; todo ese rollo de los «afectos»… Hubo un tiempo en que los hombres te daban puerta antes incluso de haberle hecho un nudo al condón, pero ahora están todos «concienciados». El tema la saca de quicio.

Trata de recordar a quién pertenece ese brazo. «Harris» no le suena de nada. Empieza por eme, eso seguro. ¿Mike? ¿Max? Trata de rescatar trozos sueltos de entre las turbias profundidades de la borrachera de anoche, avanzando a trompicones entre los recuerdos de unos dientes blancos e igualados, una sonrisa tímida, un deseo de agradar que le resultó tan atractivo como inusual.

¿Mark?

Se arranca una pielecita de debajo del labio superior. Joder, joder, joder. Detesta cuando es incapaz de acordarse de los nombres. Se siente como…, como una guarrona.

«¡Marcus!».

Ffion sonríe mirando al techo; la sensación de alivio la ha dejado atolondrada. Regla número uno: siempre has de saber con quién vas a pasar la noche.

Marcus.

Recordar su nombre desbloquea el resto, y Nochevieja se despliega en todo su alcohólico y glorioso esplendor. Marcus No-sé-qué-más (los apellidos no cuentan): un monitor de paracaidismo («Os voy a invitar a ti y a tus colegas a una sesión gratis») con quien empataba en chupitos, y que la cogió disimuladamente de la cintura al acercársele para hacerse oír por encima del ruido del bar. «¿Y si nos marchamos a algún sitio más tranquilo? Podríamos ir a mi casa…».

Ffion cierra los ojos y se recrea en rememorar el cosquilleo que le provocó el pulgar de Marcus sobre la piel, tan prometedor. Durante un segundo piensa en volver a estirarse en la cama y despertarlo, y…

Prohibido repetir. Regla número dos.

La habitación de Marcus ofrece la apariencia sobria y anónima de un piso de alquiler: paredes color crema, persianas verticales y una moqueta picajosa rebosante de electricidad estática que Ffion repasa con el pie derecho hasta dar con sus bragas; el izquierdo pierde el calcetín y, mientras la respiración vecina se apacigua, ella se escabulle de debajo del brazo de Marcus y se desliza hasta el suelo con toda la gracilidad de un león marino.

La blusa azul que llevaba anoche está junto al armario; sus tejanos, detrás, un poco más lejos. La clásica odisea de localizar la ropa: Ffion es de todo menos imprevisible. Con suerte, encontrará las zapatillas en el recibidor, donde se las quitó con un par de patadas, y el jersey cerca de la entrada, tirado en un charco.

Se viste con celeridad, metiéndose los calcetines en el bolsillo de los tejanos para ganar tiempo, y rebusca infructuosamente el sujetador antes de darlo definitivamente por perdido. Hace un pipí rápido, ojea el armarito del baño (una caja de condones, un tubo medio estrujado de crema antihemorroidal…), comprueba que lleva encima las llaves del coche y se marcha por patas. Las aceras están cubiertas de escarcha, y Ffion se abrocha hasta arriba su abrigo de color verde caqui, que la tapa desde la barbilla hasta los tobillos; lo calentito y práctico que es compensa el hecho de que la haga parecer un saco de dormir andante. Mientras vuelve sobre sus pasos, de camino al coche, realiza su tradicional cálculo de unidades de alcohol divididas entre horas totales, y concluye que, dentro de lo que cabe, podrá ir aguantando.

 

 

Son las nueve pasadas cuando llega a casa, y su madre le está preparando unas gachas de avena. Del radiador cuelgan dos bañadores.

—Nunca te habías perdido el baño de Año Nuevo.

Elen Morgan habla con voz neutra, pero Ffion tiene treinta años de experiencia interpretando las técnicas con que su madre remueve la comida, y la forma en que ahora mismo agarra ese cucharón de madera no augura nada bueno.

Seren, de dieciséis años, sale de un brinco de entre el montón de mantas que hay en la silla grande, la de al lado de la ventana.

—Han encontrado a un…

—Deja que tu hermana desayune un poco antes de entrar en ese tema. —La voz de su madre, tajante, atraviesa el salón y corta a Seren en seco.

Ffion se vuelve hacia su hermana.

—¿Han encontrado a un qué…?

Seren mira otra vez a su madre y pone los ojos en blanco.

—Te he visto.

—Guau, mamá, no se te escapa una. —Ffion levanta la tetera del fogón de la cocina AGA y la menea para ver cuánta agua hay dentro antes de volver a posarla—. ¿Alguna vez te has planteado alistarte en los servicios secretos? Me imagino que lo de tener ojos en la nuca debe de estar tan bien valorado como saber jiu-jitsu y hablar ruso con fluidez. —Pone el móvil a cargar; lleva muerto desde anoche—. En fin, ¿qué tal ha estado el baño?

—No ha habido ningún baño. —Seren le lanza a su madre una mirada desafiante—. Cuando aún me llegaba el agua por las rodillas, nos han hecho salir a todos del lago.

—¿Y eso?

—Si hubieras estado allí, lo sabrías —dice su madre con frialdad.

—Me quedé a dormir por ahí.

—¿En casa de Mia? —Ffion emite un evasivo «hummm…». Seren, avispada como ella sola, observa ahora a su madre, ahora a Ffion, alertada al instante por la posibilidad de que haya jaleo—. Porque me han dicho que ella se quedó hasta tarde en la fiesta.

Mia Williams. Iba dos cursos por delante de Ffion en la escuela: la típica diferencia de edad que provoca que dos personas no compartan ningún tipo de afinidad cuando son adolescentes, y que lo tengan todo en común una década después. Son amigas por defecto, más que por elección; Ffion siempre piensa: ¿con quién saldrían de copas, si no fueran juntas?

—Mamá, ya tengo una edad para…

—Y Ceri se marchó pronto, y vio como tu coche salía del pueblo.

Ceri Jones, la cartera. ¿Tan extraordinario es, piensa Ffion, que prefiera relacionarse con gente de fuera del pueblo? En Cwm Coed no puedes ni tirarte un pedo sin convertirte en la noticia del día.

—Tenía que hacer un recado. —La tetera silba molesta e insistentemente, como si plantase cara a su mentira; Ffion encuentra una taza limpia y deposita en ella una bolsita de té.

—¿El día de Nochevieja?

—Mamá, deja de ser tan…

—Me preocupo por ti. ¿Acaso es un crimen?

—No me va a pasar nada.

—No es eso. —Elen se da la vuelta y mira a su hija mayor. Habla a media voz y con una calculadísima expresión facial—. Es imposible que seas feliz así, Ffi.

Ffion le sostiene la mirada.

—Pues lo soy.

Su madre sentó la cabeza siendo demasiado joven, ese es el problema. Elen tenía diecisiete años cuando conoció al padre de Ffion, y diecinueve cuando se casaron. Nunca había tenido rollos ocasionales; ni siquiera había salido jamás con otra persona. ¿Cómo iba a entender ella lo estupendo, lo sumamente liberador que podía llegar a ser el sexo sin ataduras?

—Bueeeno… —Ffion cambia de tema con esa única y dilatada palabra, volviéndose hacia Seren en busca de solidaridad fraternal—. ¿Por qué no os han dejado nadar?

—¡Porque un puto tío la ha palmado! —El cotilleo se le desborda como el agua de una presa.

La madre pega a su hija pequeña con un trapo de cocina.

—¡Esa boca!

—¡Ay!

—Y yo de ti intentaría disimular un poco, jovencita. Sabes perfectamente que no te estaba permitido ir a esa fiesta del demonio.

Ffion mira a Seren.

—¿Fuiste a La Ribera anoche?

La joven saca la barbilla en actitud defensiva.

—Todo el mundo fue.

—A mí me importa un comino; como si fue la reina de Saba. ¡Te dije que ni te acercaras a ese sitio! —La madre levanta la voz, y Seren parece estar a punto de llorar.

—¿Es que alguien se ha ahogado? —pregunta Ffion con prontitud.

Su madre desvía de Seren el foco de su atención y afirma secamente con la cabeza.

—Dios mío. ¿Quién?

Elen sirve las gachas, mezcladas con compota de manzana y con un remolino de nata encima.

—Un hombre; eso es lo único que sabemos. Lo han encontrado boca abajo, o sea que…

El móvil de Ffion vuelve a la vida con un pitido, y la pantalla se inunda de mensajes y llamadas perdidas. Desplazándose hacia abajo, se salta todas las felicitaciones de Año Nuevo hasta que llega a lo que le han escrito esta mañana.

 

Has oído lo del cuerpo que han encontrado en el lago?

Sabes quién era?

Dónde estabas ayer por la noche???

 

Ffion pulsa el icono parpadeante para consultar el buzón de voz. En cualquier otro momento del año, se habría apostado dinero a que el ahogado era un visitante; alguien que no estaba acostumbrado al frío, o a nadar al aire libre; alguien que no se había criado cerca del agua. En Cwm Coed se ven todo el año: acuden hasta la orilla del lago desde los campings como si eso fuera la playa de Bournemouth, se tiran al agua desde el embarcadero y dejan a sus niños sueltos por ahí en colchonetas baratas.

Pero el baño de Año Nuevo es estrictamente para la gente del pueblo. Nadie quiere que se cuelen forasteros de esos que se tiran más de una hora en el coche para llegar, pensando ya en la pretenciosa actualización de estado que publicarán después en Facebook. No hay anuncios, ni camisetas, ni patrocinadores. No hay organizador oficial.

«No hay medidas de seguridad», piensa, sombría, Ffion. Ella es consciente de que existe una parte del vecindario que dirá que la tragedia de hoy les da la razón; gente que se niega a participar en el baño porque es peligroso. «Tanto correr y reír y tropezar… El agua está tan fría que se te congelan los pulmones. Y con lo bebidos que van de la noche anterior… Solo es cuestión de tiempo antes de que alguien se ahogue».

El teléfono de Ffion está repleto de mensajes de voz de Mia y Ceri borrachas, gritando sobre el ruido de fondo de los fuegos artificiales, y tiene también uno de su madre de esta misma mañana: «Nos vamos a lo del baño. Lle wyt ti?».

—He oído que era el viejo Dilwyn Jones —dice Seren.

—¿En esmoquin? —replica su madre—. En cuarenta años, jamás he visto a ese hombre quitarse el cárdigan siquiera. —Bajando la voz, se vuelve hacia Ffion—. Han apartado a todo el mundo del cadáver tan pronto como han podido. Estaba… —Se detiene a media frase—. Estaba que daba cosa verlo.

—Alguien ha dicho que tenía toda la cara destrozada. —Seren se levanta con los ojos abiertos de par en par en un gesto intencionadamente macabro. Es aún más pelirroja que su hermana, y tiene los mismos rizos ensortijados con los que no hay nada que hacer; Ffion suele apretujárselos a la fuerza en un moño desastroso, mientras que ella se los deja sueltos y se le posan sobre los hombros como una gran nube rojiza. Es pálida, y alrededor de los ojos se le notan los restos del maquillaje de anoche.

—Deja de ser tan metomentodo, Seren, y acábate las gachas. Hasta la hora de comer no se te va a quitar el frío de los huesos.

—Solo he llegado a meterme hasta las rodillas.

—Pero en las rodillas tienes huesos, ¿sí o no?

—Bueno, lo que está claro es que pronto van a comunicar alguna desaparición, porque… —comienza a decir Ffion, pero entonces llega al último mensaje del buzón y se le acelera el pulso. Desenchufa el móvil—. Me tengo que ir.

—¡Pero si acabas de llegar a casa!

—Ya lo sé, pero… —Ffion da un brinco para coger una camiseta limpia del tendedero, mientras se pregunta si podrá birlar también un sujetador sin que su madre la vea. Se le caen media docena de calcetines; uno de ellos aterriza de pleno en la olla de las gachas.

—¡Ffion Morgan!

A sus treinta años, con un matrimonio y una hipoteca a sus espaldas, todavía se lo piensa dos veces antes de enfrentarse al trapo de cocina de su madre. Por segunda vez en dos horas, Ffion se bate apresuradamente en retirada.

Mientras arranca el coche, cuyo tubo de escape tose en señal de protesta, marca con una sola mano un número en el móvil, apoyándolo en el asiento del copiloto. A la salida del pueblo, se incorpora a un carril justo por delante de otro vehículo: una pareja endomingada de camino a visitar a la familia; en la parte de atrás, tres niños aburridos. El conductor se encorva sobre el claxon y se queda pegado al culo del coche de Ffion, mandándole una señal clara.

—¿Mia? —pregunta Ffion cuando le salta el buzón de voz, mientras coloca el pie, plano, sobre el acelerador—. Soy Ffi. —El pulso le vibra en las sienes—. Si mamá te pregunta dónde estuve anoche, le dices que estuve contigo.

2

Día de Año Nuevo - Leo

 

 

 

 

—¡No te quites el abrigo!

El grito viene justo cuando Leo Brady llega a su escritorio de la Unidad de Delitos Graves de la policía de Cheshire, exactamente a las nueve en punto de la mañana. De mala gana, se abrocha otra vez los botones de su grueso abrigo de lana y se dirige a la oficina del jefe, donde este, el inspector Simon Crouch, lo espera de pie junto a su silla. Leo solamente ha caminado el trecho que va del aparcamiento a la comisaría —algo más de cien metros, como mucho—, pero tiene los pies como cubitos de hielo, así que menea los dedos dentro de sus zapatos de cuero troquelado. «Hace demasiado frío para que nieve», dice constantemente la gente, lo cual a Leo siempre le ha parecido un sinsentido.

—Necesito que muevas las lorzas hasta el Lago Espejado, acaban de encontrar un cuerpo cerca de la orilla.

Leo no tiene lorzas; de hecho, está bastante más en forma que Crouch, cuya piel paliducha parece haber sido moldeada a partir de pedazos de plastilina, aunque eso no lo detiene a la hora de reafirmar su autoridad mediante insultos de patio escolar.

—¿Eso no queda en Gales?

—No te he pedido ninguna lección de geografía. —Crouch comparte la pantalla de su iPad con la pizarra digital que tiene en la pared, y durante una fracción de segundo Leo es obsequiado con las primeras dos líneas de todo lo que contiene la bandeja de entrada de Crouch. Entre resúmenes de robos a bienes inmuebles y estadísticas de delitos violentos, Leo ve un mensaje de una tal Joanne Crouch con el título de «Tu madre OTRA VEZ», así como un correo del Departamento de Estándares Profesionales marcado como «importante»; luego, Google Maps pasa a ocupar toda la pantalla.

Leo se toma un momento para situarse. En el centro hay un lago estrecho y sinuoso señalado como «Llyn Drych», cuyo recorrido coincide con la frontera entre Inglaterra y Gales. Se trata del Lago Espejado; Leo ya lo sabía, pero nunca un encargo laboral lo había llevado tan lejos, casi donde terminan los límites jurisdiccionales del cuerpo de policía de Cheshire. El extremo norte del lago acaba frente a una cordillera, y cerca de la orilla oeste, justo donde empieza Gales, está el pueblo de Cwm Coed. Entre el pueblo y el agua, bordeando la ribera, hay una franja de verdor.

Crouch señala otra zona parecida que hay en el lado este, allí donde termina el área de acción de la policía.

—Justo antes de que llegaras, nos han enviado un aviso de desaparición desde aquí. —El inspector pulsa la pantalla y el mapa cambia a vista de satélite. Leo cae en la cuenta de que lo verde representaba una arboleda, no un prado: un tupido conjunto de árboles que recorre la orilla. Crouch traza un círculo mal hecho, y luego le da un golpecito con el dedo, como para indicar algo—. Esta foto lleva un par de años de desfase. —Cierra el mapa y, deslizando la pantalla, navega entre sus aplicaciones: la del correo electrónico, la de la predicción meteorológica, la de Sky News… ¿y esa de ahí es Tinder, en serio?—. Esto es lo que hay ahora en el lugar en cuestión.

En la pantalla grande aparece una página web; sobre la imagen del encabezado se reproduce un vídeo sin sonido. «Vente a La Ribera: ¡más claro, agua!», reza el texto de acompañamiento. El sol hace destellar la superficie del Lago Espejado mientras la cámara, con un picado, se aproxima hacia una hilera de cabañas de madera que hay junto a la orilla. Una niña risueña, congelada en el aire, se columpia cogida a una cuerda por encima de un muelle más propio de las Maldivas que de Gales del Norte. Ahora Leo se da cuenta de que aquello no es una grabación, sino una animación generada por ordenador: una figuración artística de lo que sin duda es un complejo habitacional de alta categoría.

—Este sitio se llama La Ribera —dice Crouch—. Y no te hagas ilusiones, porque las probabilidades de que puedas permitirte comprar algo allí son las mismas de que te asciendan a oficial. Una de las casas es propiedad de aquel actor que antes boxeaba, el que se casó con la chavala esa de las tetas gigantes.

—¿Quién es el desaparecido?

—El propietario del resort, Rhys Lloyd. «Cantante lírico»… —Crouch se esfuerza por ensamblar esas dos palabras como si formasen una combinación experimental. El inspector se autodefine como «tradicional», lo cual, según Leo ha descubierto en el curso de sus treinta y seis años de vida, acostumbra a ser sinónimo de «intolerante de mierda»—. Muy conocido, por lo que me han dicho —continúa Crouch—; si es que te van ese tipo de cosas, claro.

—Entiendo que a usted no, ¿verdad?

—¿Mallas y maricones? ¿A ti sí?

Leo abre la libreta con una atención equiparable a la que alguien podría prestar a un portal hacia otro mundo.

—¿Quién notificó la desaparición?

—Su hija; llamó al teléfono de emergencias. Su mujer ha confirmado que no pasó la noche en casa, pero al parecer aquello no la extrañó. Pensó que estaría de fiesta, o durmiendo la mona por ahí. O en cama ajena, y no precisamente durmiendo. —Crouch da un resoplido.

—¿Quiere que hable con la familia?

—Antes de nada, échale un vistazo al cadáver; asegúrate de que los galeses no hayan cometido ninguna cagada. Habrá que abrir una investigación a nivel local, preguntar por sus últimos movimientos…, lo de siempre. La policía de Gales del Norte ha enviado a uno de los suyos; te reunirás con él en la morgue.

—De acuerdo.

—Si ha sido un ahogamiento accidental, se lo endiñas a ellos. —Crouch limpia la pantalla—. El agua lo arrastró hasta su lado del lago.

—¿Y si es un asesinato?

—Depende. Si no hay por dónde cogerlo…

—¿Se lo endiño a los galeses?

—¡Míralo! Y parecía tonto cuando lo compramos, ¿eh? —Crouch permanece expectante. Leo no está seguro de cómo responder—. Pero, si hay algún sospechoso, te quedas tú con el caso y lo resolvemos en un plis plas. El primer asesinato del año, finiquitado en un día: ¡tachán!

«¿Tachán?». Crouch a menudo lamenta el hecho de que nunca le encomienden la misión de declarar ante los periodistas, ya sea desde la escalinata del juzgado o en plena escena del crimen, junto a las cintas de NO PASAR mecidas por el viento. Según lo que Leo ha observado acerca del comportamiento de su jefe, se trata de una sabia decisión por parte del gabinete de prensa.

 

 

Hay más de una hora de camino desde las oficinas de Delitos Graves hasta el límite jurisdiccional del cuerpo. El cielo es de un azul intenso, y las calles están llenas de gente tratando de sacarse de encima la resaca y los excesos navideños: un paseo al aire libre; puede que una pinta de cerveza, o un bloody mary. «Año nuevo, vida nueva».

Leo está escuchando en la radio un programa participativo de la BBC 5 Live cuando siente cómo lo abruma la desesperanza ante otro año que se va sin que haya habido indicios de mejora. Sigue viviendo en un piso de mierda, junto a una vecina que quema hierbas en un pote de hojalata delante de su puerta para ahuyentar a los malos espíritus. Sigue trabajando para un jefe que lo ningunea y lo chulea día tras día. Y sigue sin hacer nada para cambiar su situación.

Leo pulsa la pantalla del móvil y escucha cómo el tono de salida inunda los altavoces del coche.

—¿Qué pasa?

—Feliz año a ti también. —Leo oye la ligerísima exhalación que indica que su exmujer está poniendo los ojos en blanco—. ¿Puedo hablar con él?

—Está por ahí con Dominic.

—¿Y si llamo más tarde?

—Más tarde vienen unos amigos a tomar algo a casa.

—¿Mañana, entonces?

—No puedes dar por hecho que voy a renunciar a todos mis planes para…

—¡Solo quiero felicitarle el año nuevo a mi hijo!

Allie deja pasar un silencio tan largo que Leo cree que ha colgado.

—Que sepas que me la apunto —termina diciendo ella en un tono brusco y entrecortado—. Cada vez que pierdes los estribos, me la apunto.

—Por el amor de Dios, yo no… —Leo se contiene, cierra la mano y da un puñetazo al vacío, cuyo impacto se detiene a escasos centímetros del volante. ¿Cómo puede salir él ganando, cuando la sola existencia de aquella acusación lo obliga a demostrar que es cierta?—. No es justo, Allie…

—Habértelo pensado mejor antes de…

—¿Cuántas veces tendré que pedirte perdón? —Leo levanta de nuevo la voz. Una y otra vez, la misma versión de los hechos, la misma manipulación culpabilizadora.

—Tienes suerte de que todavía te deje ver a nuestro hijo, después de lo que hiciste.

Leo cuenta hasta diez.

—¿Cuándo sería el mejor momento para telefonearte otra vez?

—Te mandaré un mensaje. —Se corta la línea.

Ya puede esperar sentado. Será él quien tendrá que pedirle que vuelva a llamarlo y, para cuando consiga hablar con su hijo, lo de «feliz año nuevo» sonará fuera de lugar.

A medida que el coche avanza, la distancia entre las poblaciones va aumentando, e incluso parece que el cielo se ensancha hasta el punto de que Leo puede mirar en cualquier dirección y no ver nada sino vacío y desolación.

Un día, cuando su chaval ya sea adolescente, Leo lo tendrá tan fácil como coger el teléfono y llamarlo. Quedarán por su cuenta para verse después de clase, o para ir a un partido de fútbol, sin Allie como autoproclamada centinela, recordándole constantemente lo que hizo. «Tuviste suerte de que no llamara a la policía», se complace en decir. «O a los Servicios Sociales. Ten en cuenta que aún podría hacerlo». Aquello lo sobrevuela como una amenaza constante, y ensombrece cada conversación, cada breve contacto que ella le permite establecer.

«Aún podría hacerlo».

 

 

Por Dios, qué triste es Gales. Ahora no llueve, lo cual es una bendición —por no decir una rareza—, pero se avecinan nubes desde el norte y los árboles se cimbrean con el viento. ¿Qué debe de hacer la policía de aquí durante todo el día? Algún delito habrá, supone Leo —el robo de alguna oveja, de vez en cuando algún allanamiento…— pero duda que por estos lares el Departamento de Investigación Criminal sea un hervidero de actividad. El ahogamiento de hoy, para ellos, será el suceso del año.

La morgue está en Brynafon, y a Leo lo alivia disponer de navegador en el coche al recorrer aquellas sinuosas carreteras de montaña antes de dar otra vez con lo que podrían considerarse signos de civilización. Una fina llovizna impregna el aire y se deposita en los tejados de pizarra del pueblo. Leo sigue las señalizaciones del hospital hasta llegar a un pequeño aparcamiento, vacío a excepción de un Volvo XC90 y un Triumph Stag marrón que el óxido ayuda a mantener ensamblado. La morgue en sí es un edificio bajo y cúbico. Leo llama al timbre.

—Entre empujando la puerta —responde una voz metálica desde dentro—. Hoy no hay nadie en la recepción, pero enseguida estoy con usted.

Leo obedece, y se encuentra de pronto en una pequeña sala de espera en forma de ele. El reloj de la pared marca las diez y treinta y cinco. Al notar que no está solo, se da la vuelta, y lo que ve lo deja boquiabierto. En una esquina, sonrojada e indecisa, hay una mujer.

Es Harriet.

—¿Qué haces tú aquí? ¿Me has…? —Leo apenas atina a decir nada—. ¿Me has seguido, en serio?

La mujer suelta una carcajada.

—¡Yo he llegado antes! En todo caso, me habrás seguido tú a mí.

Hostia puta. Harriet. Harriet Jones, o Johnson, o algo por el estilo. Profesora de primaria del condado de Gwynedd, la región con más hablantes de galés de todo el país; Leo se acuerda porque, cuando se la tiró, algunas de las palabras que gemía le parecieron indescifrables.

Se dispone a seguir interrogándola cuando se abre una puerta al otro extremo de la sala y aparece una mujer con una bata blanca de laboratorio; la acompaña aquel inconfundible olor a muerto y gel desinfectante.

—¿Leo Brady, supongo? Soy Izzy Weaver, la patóloga que lleva el caso de su víctima. Yo no debería estar aquí, si le soy completamente sincera, pero el técnico forense con el que trabajo se ha ausentado por la cara; es un milagro que aún no lo hayan echado, a ese. Ya he hablado con los agentes al mando de la investigación y les he dicho que no puedo redactar el informe post mortem hasta pasado mañana, pero, si lográramos identificar el cuerpo, sería estupendo.

—¿«Leo»? —exclama Harriet alzando la voz.

Se produce una breve pausa mientras la patóloga observa detenidamente ahora a Leo, ahora a Harriet. Leo tose. En fin, la situación es embarazosa, pero él no es el primero en dar un nombre falso a una chica que ha conocido en un bar, y tampoco será el último. En los tres años que lleva divorciado, ligar ha resultado para Leo una experiencia incómoda. Dieciocho meses atrás, gozó de lo que él había entendido como un lío de una noche fruto del consentimiento mutuo, solo para verse acosado —más que eso: perseguido— hasta varios meses después. Desde entonces, no ha vuelto a emplear su verdadero nombre.

Pero eso sigue sin explicar qué está haciendo Harriet Jones —o Johnson, o lo que sea— ahí en la morgue.

—Entiendo que no se conocían —apunta la patóloga. Leo y Harriet se miran el uno al otro.

—Bueno… —contesta Leo.

—No —responde Harriet con rotundidad.

La patóloga parece desconcertada, y con razón: al propio Leo le está costando sacar algo en claro. ¿Lo habrá estado siguiendo Harriet? ¿Habrá interceptado sus mensajes? Durante un instant

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