Venganza (Trilogía Justicia 3)

Javier Díez Carmona

Fragmento

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1

 

 

 

 

 

A través de la única ventana de la vivienda, la luz se filtraba con la desgana de cada jornada, luz de plomo y lluvia, luz de invierno, luz de rutinas y hastío.

Luz de Bilbao.

Osmany Arechabala dedicó unos minutos a estudiar el perezoso despertar de los muebles al entrar en contacto con ese resplandor que dibujaba perfiles huidizos en los que apenas eran reconocibles el incómodo sofá de manufactura sueca; la cocina encastrada a una de las paredes como una hedionda protuberancia; la mesa, donde un vaso replicaba el brillo ahogado del amanecer, y la guerrera de camuflaje colgada en el respaldo de la silla, un soldado vacío, derrotado, cuyas mangas, hundidas en el falso regazo del asiento, evidenciaban la aceptación de su fracaso.

Despacio, disfrutando a su pesar de cada crujido de los huesos, de la tirantez de unos músculos empeñados en recordarle el peso de los años, y del escozor de la piel allí donde las llamas se acercaron más de lo debido, abandonó la cama y trastabilló hasta la mesa. Llenó de agua el vaso, lo vació de un trago y volvió a llenarlo, como si necesitara apagar los rescoldos del incendio que pugnaba por reproducirse en sus entrañas. Bebió otra vez, lo devolvió a su lugar, al círculo impreso en el polvo, y se dejó caer en el sofá.

El móvil seguía enredado en los cojines, testigo mudo de unos acontecimientos que, estaba seguro, no tardaría en describir con todo detalle a los agentes de la Ertzaintza. Osmany sabía que esa era la función de unos aparatos por los que se desvive la mayor parte de la gente: delatar a sus propietarios, espiar sus conversaciones, recabar sus búsquedas, analizar sus gustos, seguir sus pasos, almacenar toda la información posible y vendérsela al mejor postor.

O entregársela a la policía si un juez así lo requería.

Con un suspiro de resignación, tomó el extremo del cargador, aún enchufado junto al brazo del sofá, y conectó el teléfono. Hubo un pitido, la pantalla se iluminó durante un segundo y la imagen de una pila hueca en cuyo interior subía y bajaba una línea cobriza le confirmó que no tenía batería. Lo dejó cargando, se incorporó con la premonitoria torpeza de un anciano y regresó al tabique contra el que se recostaba la cocina.

Cuando el café comenzó a llenar el ambiente de su indefinible aroma a hogar, la imagen de Rutherford volvió a dibujarse en su memoria. Pero no era la de su rostro enmarcado por la larga melena pelirroja, su mirada limpia, demasiado ingenua para pertenecer a una agente de la ley. No. En sus neuronas permanecía el eco de su cadáver, la sangre que no dejaba de manarle desde la frente, los espejos muertos de sus ojos, pendientes de la voracidad de un incendio que no tardaría en reducir a cenizas la carne y las esperanzas de una mujer cuya única aspiración era regresar a tiempo de recoger a la niña a la salida de clase. Osmany contuvo un suspiro, uno más, se sirvió el café, retiró de la silla la chaqueta de camuflaje que le acompañaba desde la olvidada batalla de Cassinga y tomó asiento frente a la mesa. Rutte, María López Rutherford, la agente de la escala básica de la Ertzaintza a quien sus compañeros miraban por encima del hombro a causa de sus reiteradas bajas, había demostrado más valor que la mayor parte de los hombres que el capitán Arechabala conoció a lo largo de su vida. Por eso estaba muerta. Por eso y porque el cubano acudió a ella cuando Nekane Gordobil se negó a seguir acompañándole en su absurda búsqueda de una compatriota a lo largo de la comarca de Las Encarta­ciones.

El móvil zumbó dos veces, dos temblores que repicaron entre los cojines del sofá como la nerviosa fricción de un grillo impaciente. Osmany lo tomó sin desenchufarlo y deslizó el dedo por la pantalla. Había una llamada perdida, un número conocido que dejó su huella en la memoria del celular a las once y media de la noche del sábado, solo unos minutos antes de que una bala atravesara el cráneo de Rutherford. Pero sobre el cristal también brillaba un mensaje de su nuera.

Desenchufó el teléfono, regresó a la silla y, consciente de su torpeza con esos aparatos que cualquier crío manejaba con más soltura que un juguete, se esforzó en abrir el SMS. Maider, su nieta, la hija que Camilo tuvo antes de ser asesinado, estaba enferma. O esa excusa esgrimió su madre durante toda la semana para impedir que la viera. Osmany sospechaba que los males de la pequeña no tenían relación ni con virus ni con bacterias, sino con la presencia en la vivienda de Abdoulayé Diop, el senegalés que ocupó en el lecho de Nerea Goiri el hueco que había dejado Camilo, con su mal talante y su facilidad para alzar la mano cuando la niña le importunaba. Pero, sin pruebas, no le quedó más remedio que aceptar la palabra de la madre. El sábado la llevó a las consultas externas del hospital de Basurto, y desde allí prometió a Osmany mantenerlo informado de lo que dijeran los médicos. Algo que aún no había hecho.

 

Maider se ha quedado en observación. Tiene una fisura en una costilla, de una caída. Seguramente mañana podamos volver a casa.

 

Leyó el mensaje una, dos, tres veces mientras la rabia, como una rata famélica, comenzaba a roerle las entrañas. Una fisura en una costilla. No se trataba de un constipado, una gripe, una enfermedad. Una costilla rota. Un golpe.

Un golpe de Abdoulayé.

O más de uno.

El sistema había fechado el mensaje el domingo a las 13.05. Casi diecinueve horas atrás. Diecinueve horas que la pequeña, un bebé de año y medio, pasó en la cama de un hospital mientras su abuelo dormía a pierna suelta. Dejó el móvil, apoyó la espalda contra la silla, notando cómo sus articulaciones perseveraban en sus quejas, y negó al vacío, como si con ese gesto infantil pretendiera excusarse ante el inexistente fantasma de Camilo.

Cuando llegó a casa en la madrugada del domingo, Osmany se encontraba al límite de su resistencia, una resistencia que estuvo a punto de quebrarse en cuanto dejó atrás el infierno desatado en el Karpin.

Una resistencia al límite no solo de lo físico.

El palacete se materializó de nuevo en la penumbra de la estancia, una mole oscura recortada contra el tapiz hosco de la niebla. Según Rutte, la finca donde ahora se ubicaba la reserva de vida salvaje del Karpin perteneció a una de las acaudaladas familias del valle. Por eso, entre los cercados donde hozaban ñus, ciervos, osos y tortugas, la mansión erigida por el patriarca sobrevivía abandonada a su suerte, perdiendo cada invierno trozos de tejado, cristales quebrados por la pedriza y restos podridos de tarima. Entonces, mientras esperaban a la Ertzaintza a la entrada del recinto, Rutherford seguía dudando de que la mujer desaparecida se encontrara allí, que un psicópata la estuviera torturando a escasos metros del lugar donde ellos conversaban sobre nimiedades.

Osmany no tenía ninguna duda. Por eso abandonó el coche. Por eso entró.

Ahogado en la culpa, en la sensación vagamente racional de haber causado la muerte de Rutte, se separó de la mesa y paseó en torno a la habitación como un felino enjaulado, uno de esos cuyos rugidos le acompañaron durante la angustiosa búsqueda del secuestrador y su víctima.

Tuvo suerte.

No, pensó mientras notaba cómo se le erizaba el vello de los brazos. No se trató de un golpe de fortuna. Tuvo a Rutherford. No supo cómo, aún seguía sin saberlo, pero la agente comprendió a tiempo que la ayuda solicitada por radio no existía. Que la prioridad del subcomisario Laiseka y del oficial Zabalbeitia, los únicos ertzainas que respondieron a su llamada, no era liberar a la secuestrada, sino aprovecharse de las circunstancias para eliminar al cubano, el molesto entrometido que, sin pretenderlo, se estaba acercando demasiado al lucrativo negocio de polvo blanco, chantaje y extorsión del que ambos participaban.

Trató de avisarle. No estaba de servicio y, aun así, había aceptado acompañarlo en algo semejante a una cómoda excursión campestre. Sin embargo, trató de avisarle. Desarmada, saltó el muro y corrió bajo la niebla hasta la ruinosa vivienda donde, en efecto, se encontraba la mujer desaparecida.

Lo consiguió.

Ahora estaba muerta.

Y aunque Osmany no apretó el gatillo, no ese gatillo en concreto, se sentía culpable.

Venció la tentación de tomarse otro café y volvió a enchufar el móvil sin dejar de dar vueltas a su futuro inmediato. Él no apretó el gatillo del arma que mató a Rutte, no, pero sí el de la Sig Sauer que acabó con la vida de sus asesinos, dos narcotraficantes con una larga trayectoria criminal a sus espaldas.

Dos oficiales de la Ertzaintza.

Permaneció largo rato estudiando la pantalla del teléfono, la señal de carga que parpadeaba en una esquina, los minutos resbalando sin prisa sobre el cristal mientras la certeza de estar mirando a la cara a un chivato digital corría a mezclarse con la furia avivada por el mensaje de su nuera. La única razón de su presencia allí, a ocho mil kilómetros de su hogar, era cuidar de Maider. Ahora que estaba seguro de los malos tratos infligidos por el novio de su madre, su deber era protegerla. Algo que no podría hacer desde la cárcel.

Había matado a dos oficiales de policía.

Nadie, ningún juez, ningún abogado, aceptaría que lo hizo en defensa propia.

No hubo testigos.

Antes del tiroteo del Karpin, la suboficial Nekane Gordobil era la única persona al tanto de sus sospechas, simples sospechas sin apenas base. La mujer secuestrada no podría testificar, porque estuvo inconsciente todo el tiempo. Y él había abandonado el escenario antes de la llegada de los equipos de emergencia.

¿Quién iba a creerle?

El reloj no dejaba de girar, los segundos volaban hacia un porvenir de celdas y barrotes, y tomar una decisión se le antojaba imposible. ¿Acabar con Abdoulayé al precio de acelerar su entrada en un presidio que ya se engalanaba para recibirlo? ¿O así solo empeoraría las cosas? ¿Podría la indiferencia, el hastío que sentía Nerea hacia su propia hija, parida tan solo para retener a Camilo, trocarse en odio y arruinar su vida y su futuro?

Poco a poco, la razón retomó las riendas de su mente, alterada por el recuerdo de Rutherford y la evocación de Abdoulayé. Explosiones demasiado cercanas, proyectos esbozados por la rabia, se fueron diluyendo en el océano de una calma turbia donde comenzó a imponerse la lógica de la obviedad. La única alternativa aceptable era acudir a la Ertzaintza, la misma Ertzaintza que pronto estaría tras su pista. A pesar de sus malas experiencias con el cuerpo, a pesar de haber estado a punto de morir asesinado por Laiseka y Zabalbeitia, policías, traficantes y peleles de alguien que movía los hilos en la sombra, alguien de quien solo conocía su existencia, había ertzainas en quienes podía confiar. Tenía que llamarles. Tenía que hablar con Nekane Gordobil, con Jon Larralde, y pedirles que velaran por su nieta. Y debía hacerlo antes de que comenzaran a fructificar las pesquisas abiertas tras los asesinatos del Karpin.

Antes de embarcar en el primer avión con destino a La Habana.

El móvil comenzó a sonar, como si también fuera capaz de adivinar sus intenciones.

Osmany no pudo evitar un ligero estremecimiento al descubrir la procedencia de la llamada.

La comisaría de Balmaseda.

 

 

MARTES

10 DE FEBRERO DE 2015

2

 

 

 

 

 

Abdoulayé Diop odiaba la lluvia.

Abdoulayé Diop odiaba Bilbao.

Abdoulayé Diop odiaba su vida.

No. Quizá no odiara su vida. Lo que Abdou odiaba con todas sus fuerzas era haberse visto obligado a regresar a esa vida que creía relegada al pasado. Odiaba las noches en vela vigilando a las putas, el temor a las peleas por el control de cada esquina, el frío que se filtraba por los poros y congelaba el tuétano de sus huesos, el alma y la esperanza. Odiaba esa protección brindada por una organización que solo buscaba su obediencia.

Odiaba a la mocosa que le arrebató lo poco conseguido tras largos años de dolor y miseria.

Pero, por encima de todo, Abdoulayé Diop odiaba al cubano.

Con un suspiro de desgana, se dejó caer sobre el sofá y trató de acomodarse en el hueco que le dejaba el cuerpo de Charles. Ajeno a la rabia, el dolor y las preocupaciones, el nigeriano roncaba ruidosamente mientras su enorme panza subía y bajaba al ritmo de su respiración. Abdou no pudo evitar que una efímera sonrisa diluyera la amargura de su rostro. Charles era así. Tan grande como fiel. Tan obtuso como simple. Tan torpe que, en ocasiones, daba la impresión de que era el propio Abdoulayé, el joven senegalés con aspecto de niño asustadizo, quien cuidaba de Charles Usman, el nigeriano de brazos de elefante y mirada fiera.

En realidad, al principio fue así.

Durante dos días.

Todo comenzó la noche de espíritus dormidos en que asaltaron la valla. Decenas, cientos de miserables llegados de cada rincón del continente se abalanzaron contra la alambrada que, como metáfora exacta de un continente rico y arrogante, separa Marruecos de Melilla. Era el primer intento para Abdoulayé. Había escuchado tantas historias de fracaso, de policías de idiomas diferentes machacando cuerpos lacerados por las concertinas, que aterrizar sobre la tierra de España le pareció, de alguna forma, antinatural.

Había cruzado.

No tuvo tiempo de alegrarse. El resplandor azul de las sirenas le recordó que seguía siendo un fugitivo, que siempre lo sería. A ciegas, se lanzó a una carrera sin destino, sin más norte ni objetivo que la huida. Una carrera que terminó al tropezar con un bulto que gimió bajo su peso.

Usman siempre mantuvo que no fue un gemido. «Solo las chicas gimen», afirmaba rotundo en su inglés cavernoso. Pero Abdoulayé oyó con toda claridad el quejido cuando cayó de bruces sobre su tobillo dislocado. El rugido de los Patrol de la Guardia Civil apremiaba con la promesa de más golpes, de prisiones sin barrotes y un abrupto regreso al pozo de donde trataba de escapar; sin embargo, algo en su interior le dijo que no podía abandonar a aquel gigante a tan solo unos pasos de lo que ambos anhelaban.

Años después, seguía sin saber cómo consiguió arrastrarlo lejos del alcance de las patrullas, cómo intuyó por dónde huir y por dónde perderse en cuanto los arrabales de la ciudad comenzaron a materializarse en la distancia. Pero lo hizo. Y aquel espontáneo gesto de solidaridad resultó ser la mejor de sus inversiones.

Ahora, mientras Charles Usman roncaba ocupando las tres cuartas partes de un sofá lleno de lamparones, Abdoulayé Diop buscaba a través de los cristales empañados alguna razón para sobrevivir a la desesperación de haber sido relegado al punto de partida.

No. El punto de partida era la misérrima aldea de Mbour, de donde huyó con solo quince años. El piso de Bilbao, los compañeros hacinados sobre colchones raídos, las mujeres recluidas en dormitorios transformados en jaulas solo eran una estación en el camino, un lugar donde, como antes en Córdoba, Madrid o Burgos, dejar pasar el tiempo a la espera de algo mejor.

El problema era que Abdoulayé Diop llegó a estar convencido de haber encontrado algo mejor, algo capaz de relegar al olvido tantas estaciones de paso.

En Melilla permanecieron el poco tiempo que Charles necesitó para contactar con Ona To Arewa, la organización que, en adelante, marcaría su futuro. Y comprendió el abismo que le separaba de su nuevo compañero. Usman no había emprendido el viaje como él, armado de ilusiones y ganas de caminar. El nigeriano formaba parte de algo grande y cada vez más poderoso. No se trataba de una mafia o, como mínimo, no se trataba solo de una mafia. Tampoco de una entidad benéfica, aunque durante el tiempo que pasó con ellos los vio practicar la caridad en múltiples ocasiones. Parecía, más bien, una gigantesca red de intereses comunes, una institución que protegía a los suyos con el celo de una madre bondadosa con los obedientes y severa con los más díscolos. Charles Usman le profesaba una fidelidad ciega que Arewa siempre correspondía. De ahí el correo nocturno que supo localizarlos en el garaje melillense donde se hacinaban con otros fugitivos, la veloz travesía del Estrecho, la habitación compartida en un barrio marginal de Córdoba y ese trabajo que, literalmente, no pudo rechazar.

Córdoba, Madrid, Burgos y, por fin, Bilbao. Ciudades anónimas de las que solo llegó a conocer cuatro calles saturadas de yonquis, puteros y mafiosos peleando por el control de cada esquina; destinos desconocidos donde dilapidar noches enteras vigilando a las muchachas que, en tanga y sujetador, seducían a los honorables ciudadanos empeñados en despotricar, en el refugio gris de sus trabajos, contra la invasión extranjera que desdibujaba la blanca línea de sus ciudades. Noche tras noche, el corpulento nigeriano y el acobardado senegalés pateaban las aceras recaudando el dinero obtenido gracias a la humillación, las vejaciones y la miseria de unas mujeres que se integraron en la organización sin saber que serían ellas quienes financiarían el sueño de los hombres. Peleas, redadas y amenazas se convirtieron en el pan nuestro de cada día, o de cada noche, de un Abdoulayé que no creía que el sexo apresurado que le permitían disfrutar con cualquier chica de su elección fuera un pago suficiente a sus desvelos.

Harto de los ronquidos, del hedor que exudaban las paredes y los gritos procedentes del piso de abajo, se incorporó y caminó hasta la ventana. A las siete de la mañana, solo el resplandor sucio de las farolas rasgaba una noche reacia a despedirse. La lluvia era un fugaz recuerdo impreso en la incertidumbre de los charcos, brillantes bajo la luz de los pocos vehículos que atravesaban la calle. La ría, tan cercana que su olor era perceptible desde la habitación, les separaba de la otra orilla, la de los bilbaínos de bien, los turistas ansiosos de pintxos y kalimotxo, y los policías de sonrisa en ristre, policías idénticos y, sin embargo, diferentes de los que patrullaban con gesto despectivo las calles de esa África en miniatura emigrada a una ciudad empeñada en darle la espalda.

Allí, en la orilla correcta del Nervión, en el Casco Viejo de Bilbao, estaba la vivienda donde se resumía su modesto paraíso, uno del que acababa de ser expulsado por culpa de una niña que no dejaba de llorar.

Por culpa de la amenaza latente del abuelo.

El maldito cubano.

La mujer que le acogió en su edén de setenta metros cuadrados era tan frágil que estuvo a punto de partirse cuando, una mañana de fortuna, tropezó con ella al doblar la esquina. Aquel golpe inesperado derivó en unas breves sonrisas de disculpa y vergüenza, un café y una larga conversación que le sirvió para descubrir que Nerea Goiri era un inacabable catálogo de miedos e inseguridades, una persona necesitada de amor y compañía que, paradójicamente, vivía con una niña a la que nunca quiso y un suegro a quien no soportaba.

Abrirse camino a través de sus anhelos, jugar con sus complejos y ocupar el vacío dejado por el fallecido fue muy sencillo. No tardó en instalarse en su piso y adueñarse de una vivienda cuya propietaria se desvivía por satisfacer sus caprichos. Tampoco en librarse de la mirada inquisitorial del suegro para alcanzar, por fin, el sueño que llevaba lustros persiguiendo.

Ona To Arewa aceptó sin problemas su salida. Que Diop no contara con demasiadas simpatías en su seno facilitó las cosas. Por supuesto, no necesitaron recordarle que el silencio era la única garantía para su integridad. El silencio… y la fidelidad si acaso en un futuro improbable precisaban de sus servicios. Abdoulayé juró lealtad y discreción, dedicó a un emocionado Charles Usman un abrazo más sincero de lo que hubiera creído y atravesó el puente que separa la Pequeña África bilbaína de la ciudad de turistas y triunfadores. Se instaló en el piso de Nerea Goiri, se dejó mimar por la mujer y, durante unos pocos meses, estuvo seguro de haber alcanzado la felicidad.

Pero la niña no dejaba de llorar.

Maider nunca dejaba de llorar.

Quizá fuera lógico que una pequeña de un año se pasara el día berreando, que la casa oliera a papilla y pañales sucios, que le tirara del pantalón cuando intentaba descansar o que le despertara cada noche en protesta por haber sido desterrada de la cama de su madre. Sí, quizá fuera normal, pero Abdou no había atravesado a pie la mitad de un continente para ejercer de niñera de una mocosa insoportable.

Tuvo mala suerte. Como siempre. Fue una simple bofetada, una de tantas repartidas sin ninguna consecuencia, pero el azar y la mesita donde apoyaba los pies se conjuraron para que la cría terminara en el hospital con una costilla rota.

Y de vuelta al punto de partida.

A la maldita estación de paso.

Usman se agitó en sueños y el sofá crujió bajo su peso. Abdou le estudió con el agotamiento en los recuerdos y algo parecido a la desesperación en las pupilas. Nerea le juró que no le delataría, que se mantendría firme en la versión de una caída accidental, pero también le rogó que, por el momento, abandonara la vivienda. Por eso llevaba dos días patrullando las calles cada noche, custodiando el laboratorio de coca instalado en la planta baja del edificio, tiritando en las esquinas donde chicas medio desnudas atraían a cerdos de magra billetera, vigilando a los argelinos, a los colombianos y a los ertzainas. Dos días para convencerse de que no soportaría mucho más. A pesar de la sonrisa acogedora de Charles Usman, a pesar de la aquiescencia de los jefes, más resignados a su regreso que satisfechos con su presencia, Abdoulayé se sentía atrapado por las garras de un destino que se negaba a soltarlo.

Y todo porque el abuelo de esa mocosa malcriada era un veterano de la guerra de Angola. Un soldado condecorado por Fidel Castro a quien su nuera temía más que a la propia policía. Pero no dejaba de ser un viejo, alguien que debería limitar su existencia a marchitarse en el primer geriátrico que le aceptara. Pensar en lo que había perdido por temor a un simple anciano hacía que se le revolvieran las tripas.

Aunque, en el fondo, Abdoulayé Diop sabía que regresar al piso de Nerea era difícil. Algo en la mirada de Osmany Arechabala le decía que sería mejor no enfrentarse a él.

3

 

 

 

 

 

Aunque ya no llovía sobre Balmaseda, los cristales del mirador mostraban indecisos trazos de humedad, como si un anciano los hubiera esbozado, con su frágil pulso, sobre una pizarra de vidrio. Miren Ruiz de Heredia llevaba horas allí, la taza vacía de un café entre los dedos y grandes bolsas cárdenas bajo los ojos. Hacía tres días que la veterana oficial de la Ertzaintzaapenas lograba descansar,desde la aparición de cuatro cadáveres carbonizados en el centro de acogida de fauna silvestre del Karpin.

Cuatro cadáveres. Tres compañeros y su asesino.

El frío se colaba a través de las ventanas a pesar de que, tras el divorcio, dedicó buena parte de sus ahorros a reformar una vivienda demasiado grande para ella sola. Los dos hijos mayores vivían en el extranjero; la pequeña prefirió mudarse con su padre. Y Ruiz de Heredia se sumergió por completo en el trabajo, entregó a la policía su tiempo, su espacio y sus recuerdos como forma de blindarse contra la felicidad de años atrás, los niños trepando por la espalda de Ramiro, el desvencijado «cuatro latas» jadeando cada fin de semana, el lecho compartido y los gritos infantiles inventando cacofonías en cada rincón.

A falta de familia, había trabajo.

Y en estos momentos había mucho trabajo.

Los cuerpos abrasados de sus compañeros volvieron a proyectarse en la gigantesca pantalla que las nubes dibujaban sobre el cielo de la villa, una imagen que se negaba a desaparecer a pesar de la fuerza con la que apretaba los párpados y sacudía la cabeza en una negación absurda. Dejó la taza sobre la mesa, se cerró la bata y se dirigió al dormitorio acompañada en todo momento por la misma secuencia: el esqueleto del gigantesco palacete siseando bajo el agua que lanzaban los bomberos; las camillas sobre las que unos restos irreconocibles moldeaban las mantas; armas desfiguradas por el fuego, embolsadas como pruebas de una certeza en la que no creía; la furgoneta negra con un asiento sucio de la sangre de la única superviviente. Notas de color ceniza en un lienzo donde algo parecía artificial.

Al parecer, los ertzainas fallecidos llegaron hasta el viejo caserón siguiendo el rastro de una mujer desaparecida. Según los primeros indicios, el secuestrador acabó con dos de los agentes antes de que el tercero lograra abatirlo. A partir de ahí el rastro se complicaba. Todo indicaba que el último, tras poner a salvo a la secuestrada, regresó a la vivienda en un intento vano de ayudar a los demás.

Y ya no pudo salir.

Incapaz de librarse del sabor de la duda en su garganta, se desprendió del pijama y se metió en la ducha. Se frotó con fuerza mientras obligaba a su cuerpo a permanecer bajo el chorro de agua fría a pesar del castañeteo de los dientes. Cerró el grifo, se envolvió en la toalla y, todavía chorreando, se asomó al espejo del lavabo a la caza de algo que era incapaz de definir. Al otro lado solo había una mujer de más de cincuenta años, arrugas de amargura y pómulos algo hundidos, mirada triste y labios trémulos. Una mujer abandonada por su familia.

Una oficial de la Ertzaintza en busca de respuestas.

Solo tres de las víctimas, dos policías y el criminal, presentaban heridas visibles de bala. El cuarto debió de morir abrasado en aquel intento de rescate suicida. Las únicas huellas de vehículos que pudieron recoger en el interior del parque pertenecían a la furgoneta negra. En el exterior, donde dejaron sus coches los agentes, tampoco se apreciaba nada relevante.

Claro que llovió durante buena parte de la noche. Incluso cayeron algunos copos de una nieve que no llegó a cuajar.

Pero Miren Ruiz de Heredia no terminaba de creerse que el violador hubiera acabado con los ertzainas. No, desde luego, sin ayuda.

La autopsia iba a tardar. El estado de los cuerpos y la necesidad de enviar muestras a laboratorios externos la demoraría más de la cuenta. También los informes de balística, complicados porque el calor deformó las armas y los proyectiles. Pero Miren, responsable de la investigación en ausencia de comisario y subcomisario, no pensaba quedarse de brazos cruzados.

Había demasiadas lagunas en la versión oficial.

La teoría de un héroe que, tras salvar a la víctima, regresaba al infierno para rescatar a dos compañeros que presentaban sendas heridas de bala en la cabeza no le cuadraba lo más mínimo.

Ni que nadie pidiera ayuda por el intercomunicador.

Ni que acudieran solos al escenario de un secuestro.

Ni que una de las víctimas fuera una agente desarmada, de baja por motivos de salud.

Demasiadas dudas. Demasiadas incongruencias.

Y, a la espera de la fría objetividad de los datos forenses, solo dos hilos de los que tirar. Dos testigos.

Por un lado, el viejo cubano que denunció la desaparición de la mujer secuestrada. Quizá la última persona viva que vio a María López Rutherford, la agente fuera de servicio, antes de que cayera acribillada.

Por el otro, Bonifacio Artaraz, un ex guardia civil que dirigía una empresa de seguridad, alguien habituado a las armas y a los sistemas de vigilancia. La Ertzaintza, gracias a los interrogatorios realizados en Biañez, el barrio aledaño al Karpin, lo había ubicado en el escenario donde asesinaron a los agentes. Y no solo allí.

Miren Ruiz de Heredia terminó de vestirse, confrontó su mirada con la del espejo y se permitió una seca sonrisa de satisfacción. En la imagen difuminada por la humedad no quedaba rastro alguno de la mujer apagada por la ausencia de los suyos. En el brillo oscuro de sus pupilas solo era perceptible la voracidad de una oficial que jamás cerraba un caso sin resolver.

4

 

 

 

 

 

Osmany Arechabala echó un vistazo al rincón de la encimera donde estuvo la urna de Camilo. La cocina del piso de Maider y Nerea en la calle Somera, una estancia oscura y alargada cuya única ventana se asomaba a un pequeño patio interior, acogió los restos de su hijo el tiempo que tardó en decidirse a arrancar la urna de aquella esquina llena de grasa y regueros de agua sucia. Negó con la cabeza, cerró la puerta a la nostalgia y regresó al dormitorio principal.

Nerea estaba sentada en la cama de matrimonio, las piernas muy juntas y la cabeza inclinada sobre la cuna de Maider. Parecía absorta en el sueño de su hija, una madre pendiente de la respiración acompasada del bebé, pero el cubano sabía que aquella imagen de cariño era una forma de evitar que se cruzaran sus miradas. No le sorprendió. Su nuera era incapaz de afrontar las consecuencias de sus actos. Por eso, porque temía su reacción, le ocultó durante días que Maider tenía una costilla rota, que permaneció en observación en el hospital de Basurto el tiempo que los médicos juzgaron necesario para confirmar que la pequeña laceración de su pulmón no tendría mayores consecuencias. No se lo dijo hasta que le resultó imposible mantener la mentira.

Arechabala no se creyó en ningún momento la versión de una caída accidental; ni él ni los sanitarios con quienes habló en el hospital. La desaparición de Abdoulayé, la pareja de Nerea durante los últimos meses, no hizo más que confirmarlo. Pero Bilbao es una ciudad pequeña, y el cubano había aprendido a moverse por sus calles más oscuras, a diferenciar al simple camello del intermediario, a reconocer de un solo vistazo a la víctima y al sicario. Sabía que el novio de su nuera formaba parte del segundo grupo. Que sobrevivía en la Europa de promesas brillantes y lúgubres realidades parasitando la sumisión de las mujeres que engalanaban las esquinas nocturnas de la ciudad con sus pieles y su tristeza. Forzado a exiliarse de la vivienda de Somera, era probable que se hubiera reintegrado al difuso grupo de proxenetas de los que nunca hablaba pero cuya existencia conocía.

Y Arechabala estaba dispuesto a dar con él.

Aunque antes tenía otras obligaciones.

—Me voy a un mandado en Balmaseda. Tardaré un par de horas.

Nerea Goiri alzó la cabeza y, por primera vez esa mañana, le miró directamente a los ojos.

—¿A Balmaseda? ¿Qué se te ha perdido a ti en ese pueblo?

Osmany se encogió de hombros mientras demoraba la respuesta. No quería explicarle que la Ertzaintza le había citado en relación con los crímenes que referían los avances de todos los telediarios. Solo deseaba pasar el mal trago y, también, ganar algo de tiempo para resolver el problema planteado por Diop antes de regresar a su bohío de Santa Clara.

—Nada, en realidad. Solo es ir y volver.

Nerea buscó refugio en el perezoso trajín de la calle a través de la ventana. Osmany aprovechó para acariciar con la yema de los dedos el cabello revuelto de la niña, depositar un beso furtivo en su mejilla y despedirse con algo semejante a un gruñido. En la sala, los cristales del balcón le saludaron con pequeños torrentes de una lluvia sucia de hastío. Con un suspiro confirmó que en esa ciudad el agua nunca dejaba de caer. Se quitó la guerrera militar, la arrojó de cualquier modo en el sofá y, del que fue su dormitorio en los primeros días de su estancia en Bilbao, rescató un chubasquero comprado en un bazar. Se lo puso, capucha incluida, y abandonó el edificio ignorando al camello que, como siempre, hacía guardia junto a la puerta.

En el tren, con los párpados cerrados y una desagradable sensación de angustia en la boca del estómago, pasó revista a los sucesos de tres días atrás, el estruendo de los disparos, el frío de la nieve sobre la piel de su rostro, el calor del incendio y la mirada noble de Rutherford, esos ojos que le estudiaban con aparente ingenuidad. Notó que algo se removía en su interior, que una bocanada de bilis y amargura buscaba su garganta, y se obligó a pensar en otra cosa. Pero no podía. El traqueteo que hacía golpear su frente contra la ventana era el mismo de entonces. Y María López Rutherford volvía a personificarse en el envés de sus párpados, un fantasma de cuya ausencia era responsable.

Abrió los ojos y su propio perfil, distorsionado por la lluvia, le devolvió un saludo desganado. El río Kadagua rugía al saltar sobre los restos de presas de otro siglo, las ramas desnudas de los árboles se agitaban bajo el vendaval y la oscuridad no se rendía al amanecer. El mismo paisaje de la última semana, el recorrido lento y melancólico que unía Bilbao con la villa de Balmaseda, con la vivienda de la que faltaba Rutte, con la comisaría a la que no tenía ganas de volver.

Le quedaban cuarenta minutos de trayecto, tiempo de sobra para revisar una vez más su propia versión de los hechos, para convencerse de su verosimilitud y asegurarse de no dejar cabos sueltos a los sabuesos de la policía.

El tren se detuvo en La Quadra, un apeadero azotado por la ventisca donde solo era perceptible la soledad y el brillo difuso de alguna farola al otro lado del río. Y se reafirmó en la inutilidad de sus proyectos. No podía hacer nada contra la tecnología, contra el rastro dejado por su smartphone en los escenarios donde afirmaría no haber estado. Si no levantaba sospechas durante el interrogatorio, era posible que los agentes no pidieran a los jueces una orden para rastrear su móvil. Era posible, sí. Pero poco probable.

Tenía que irse. Tenía que comprar un billete de vuelta a Cuba, regresar a la compañía de los viejos camaradas, y dejar a Maider a cargo de Nerea. Quedarse equivalía a terminar en la cárcel, y desde ahí sería incapaz de proteger a su nieta. Se iría, sí. Pero antes se aseguraría de que Abdoulayé Diop jamás volviera a acercarse a la pequeña. Y aunque el cuerpo le pedía ir a buscarlo en compañía de la Heckler & Koch que escondía bajo el colchón de su piso alquilado, comprendió que lo mejor sería pedir ayuda a sus nuevos amigos. Al fin y al cabo, tanto Gordobil como Larralde eran policías, aunque el segundo acabara de jubilarse.

5

 

 

 

 

 

—Entonces ¿está seguro de que el coche que vio nuestro testigo cerca del Karpin la noche del sábado no era el suyo?

Bonifacio Artaraz clavó sus ojos en los de la ertzaina y respondió muy despacio, como si su credibilidad dependiera de la lentitud de sus palabras:

—Completamente. Ya le he dicho que por la tarde estuve en Ranero. Y de ahí volví directo a Balmaseda.

—Pero nadie le vio, ¿no es cierto? No había nadie en la vivienda, ni se cruzó con ningún vecino…

—Nadie. —Se recostó contra el incómodo respaldo de la silla y cruzó los brazos en un gesto de hastío tan falso como la piedra que coronaba el alfiler de su corbata—. Vivo solo. Mis hijos se marcharon hace años, y por la zona de La Calzada no suele andar gente por la noche. Además, hacía muy malo. Lo siento, pero no recuerdo haberme cruzado con nadie. Metí el coche en el garaje, cené algo y me acosté. No puedo decirle nada más.

Miren Ruiz de Heredia revisó la pantalla del ordenador en busca de razones que justificaran sus sospechas. Conocía a Bonifacio Artaraz casi desde siempre. Ambos eran de Balmaseda, y a pesar de que Boni tenía diez o doce años más, lo habitual en un pueblo pequeño como aquel era cruzarse en cada esquina. Su relación profesional comenzó en 1995. Ella fue destinada a la comisaría de su pueblo, y Artaraz, tras colgar el uniforme de la Benemérita, era propietario de una empresa de seguridad privada: Baraz, Vigilancia y Escolta. En aquellos tiempos en los que ETA decidió recompensar con un balazo en la nuca a todo aquel que defendiera postulados diferentes a los suyos, el gobierno subcontrató la custodia de políticos y concejales a firmas como Baraz. Y aunque la colaboración entre la Ertzaintza y las empresas de seguridad privada fue imprescindible en la ingente labor de proteger a miles de cargos electos, a Ruiz de Heredia jamás le gustó Artaraz. Quizá se tratara de una reacción automática frente al machismo nada disimulado del hombre, frente a la amable prepotencia con la que se dejaba caer por comisaría envuelto en un halo de falso salvador. Pero era consciente de que debía esforzarse para impedir que sus prejuicios la llevaran a conclusiones precipitadas, algo que no le estaba resultando sencillo.

—De acuerdo. Volvamos a Ranero. El sábado por la tarde, agentes desplegados en la zona le vieron subir en dirección a las cuevas de Pozalagua. Documentaron su regreso a las diez y media de la noche. ¿Me puede decir qué hacía usted en la explanada de Pozalagua el sábado 7 de febrero, mientras en los alrededores se desarrollaba un operativo policial?

Otra vez la desgana. El desdén en el rictus de los labios. Y un suspiro de agotamiento, como si fuera la quinta vez que se veía obligado a responder a la misma pregunta.

Sin embargo, era la primera vez que Ruiz de Heredia la planteaba.

—Me gusta pasear por ahí, coger el Land Rover y perderme por las pistas forestales. No hacer nada, no hablar con nadie. Estar solo.

—Pero el sábado llovía. Y nevó a ratos. Aun así, usted permaneció junto al aparcamiento de las cuevas más de seis horas. ¿Puedo saber qué hizo durante todo ese tiempo?

Bonifacio se encogió de hombros e improvisó un mohín de desdén.

—Ya se lo he dicho. Nada. Olvidarme de los problemas del trabajo. Mirar el paisaje. No pensar.

—Mira, Boni, ya vale de tonterías. —Artaraz retrocedió en el asiento, sorprendido por el cambio de actitud de la oficial y la inesperada brusquedad de sus palabras—. Sabemos que subiste a Ranero para espiarnos. Un violador confeso te ordenó interceptar nuestra frecuencia y mantenerle al tanto de lo que hacíamos. Le llamaste hasta en siete ocasiones. —El tono de la ertzaina se endurecía a la velocidad a la que el inculpado se encogía en el asiento—. Ayudaste a escapar a un asesino. ¿Sabes lo que significa eso?

—¡No! —Artaraz se incorporó de un salto y apoyó las palmas sobre la mesa. En su voz no quedaba ni un ápice de arrogancia. Ahora, las excusas brotaban a trompicones, regadas por finas gotas de saliva que no lograba contener—. ¡Yo no sabía qué estaba pasando! Me engañaron. Es cierto que hice un montón de llamadas, sí. Pero no tengo nada que ver con esos hijos de puta.

—Eso se lo tendrás que explicar al juez. —Miren abandonó el asiento y se acercó tanto al interrogado que pudo notar el calor de su piel contra su rostro—. Lo que yo quiero saber es qué coño hacías en el Karpin mientras tres compañeros eran asesinados. —El aliento de la oficial, a café macerado de insomnio y hiel, le taladró las fosas nasales. Fue consciente de que aquello no era una investigación como otra cualquiera. Aquel no era un crimen más a resolver. Los muertos eran policías. Amigos. Intentó mantener la compostura—. Estaría dispuesta a jurar que tú no los mataste. Demasiado viejo para enfrentarte a tres ertzainas. —Si fue un intento de herirlo, acertó de lleno—. Pero estuviste allí. Lo sé. No puedo probarlo, todavía no, pero lo demostraré antes o después. ¿Piensas decirme de una puta vez qué coño viste?

 

 

Jon Larralde lanzó un último vistazo al dormitorio, se aseguró de que Alicia seguía dormida, sacudió la cabeza con melancolía y regresó a la cocina. Extrañaba Choroní. Solo habían pasado tres semanas en aquella aldehuela del Caribe venezolano, un lugar al que jamás habría viajado por propia iniciativa, y ya lo añoraba con la misma intensidad con la que maldecía la humedad eterna de ese Bilbao que poco antes le parecía la mejor ciudad del mundo. Cuando su amigo Antonio Arzamendi les invitó a pasar unos días en la vieja casita de pescadores comprada un año antes, el oficial de la Ertzaintza estuvo a punto de rechazar su ofrecimiento.

Pero aceptó.

Y ahora extrañaba Choroní.

El pitido del microondas anunció que la leche estaba caliente. Desde la encimera, el smartphone le contemplaba con el ceñudo gesto de quien se siente rechazado siendo solo un mensajero. Algo de eso había. Durante esas primeras vacaciones de recién jubilado se empeñó tanto en desconectar que dejó el móvil en Bilbao. Al fin y al cabo, Alicia llevaba el suyo, suficiente para atender las continuas quejas de su padre y de su hijo. Por eso no sabía nada. Por eso, cuando lo enchufó y los mensajes comenzaron a desfilar por la pantalla, sintió cómo el frío le envolvía en un abrazo que nada tenía que ver con la persistencia del invierno.

A pesar del cansancio, casi no pegó ojo en toda la noche.

Durante horas, se dedicó a revisar los wasaps de los diferentes grupos de la Ertzaintza donde estaba incluido, leyó las noticias, las decenas de noticias enlazadas por sus antiguos compañeros, y estudió con una mezcla de incredulidad y rabia los vídeos de los telediarios. Por fin, se dejó caer sobre el colchón, cerró los ojos y consiguió dormirse.

Ahora, en la soledad de la cocina, saboreaba sin ganas su remedo de desayuno mientras, sobre la mesa, el teléfono se empeñaba en recordarle que era cierto, que las imágenes de pesadilla que le habían perseguido durante el breve espacio de su sueño eran reales. Tan tétricas como las inventadas por su mente.

Mujeres desaparecidas. Fosas llenas de cadáveres. Asesinos huidos. Y, por encima de todo, tres compañeros muertos. Asesinados por un criminal cuyo cadáver se encontró entre los escombros de una mansión incendiada.

Una vez más, a caballo entre la irrealidad y la desesperanza, revisó cada uno de los mensajes de los chats, expresiones de dolor, de furia y ansias de venganza, de callada solidaridad e incredulidad manifiesta. Algunos de sus viejos camaradas le escribieron directamente. Pero solo una le había llamado. Nekane Gordobil, suboficial de la comisaría de Zabalburu, la última en

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