Lo primero que la alertó fue una sombra en el espejo. Una mancha fugaz, pasajera, rápidamente relegada al fondo de la mente por el hormigueo que reptó por el centro de su espalda y la obligó a cerrar los ojos mientras Daniel le deslizaba la lengua por el cuello, a sabiendas de que se trataba de uno de sus puntos débiles. Un preámbulo sencillo, un prólogo que mezclaba la caricia húmeda con el cosquilleo amable de unas mejillas mal afeitadas, y sin embargo eficaz: conseguía vencer cualquier resto de reticencia, desarmarla y sumergirla en un estado casi de trance. Aun así, la señal de alarma debió de persistir en algún lugar de su cerebro porque en cuanto él se detuvo volvió a mirar. Para entonces el cristal, viejo y picado, le devolvió sólo la imagen borrosa de su cara y el cuerpo fuerte y agitado de Daniel encima de ella. La espalda brillante de sudor, las nalgas como una mancha reluciente, casi cómica, sobre aquellos muslos morenos, y sus propias manos tensas, uñas que se clavaban en los hombros de su pareja empujándolo hacia sí misma como si temiera perderlo.
Una visión conocida y excitante que desplazó todo atisbo de temor.
El espejo había sido idea suya, aunque a Daniel no le había importado lo más mínimo. De hecho, pocas cosas relacionadas con el sexo lograban molestarle, y si ella disfrutaba observándose mientras hacían el amor, si eso la hacía gozar más aún, él no tenía nada que objetar. «Como si quieres ponerlos en el techo», le había dicho con esa sonrisa voraz que le secuestraba la expresión de la cara, por lo general apática, en cuanto hablaban de sexo. Así que fueron a comprarlo juntos y, con el único fin de divertirse y escandalizar a la dependienta de la tienda de muebles, discutieron los pros y los contras de los distintos modelos y formas hasta inclinarse por uno a la antigua usanza, de marco blanco y hoja oscilante, que colocaron aquella misma tarde junto a la cama. Ella se desnudó y se tumbó sobre las sábanas mientras él, obedeciendo instrucciones, lo iba inclinando hasta que ella dio su aprobación. O, más bien, hasta que él se cansó de limitarse sólo a mirar y se lanzó sobre aquel cuerpo espléndido que se le ofrecía sin rubor. De aquello hacía ya meses y desde entonces habían sucedido muchas cosas. No todas buenas. Algunas terribles. Pero lo curioso era que en esa casa abandonada, el lugar inhóspito que se había convertido en su refugio, habían encontrado otro espejo: madera carcomida y un cristal que ya nada lograba limpiar. Pero a ellos les servía.
Cris se relajó, tratando de olvidar aquella sensación de inquietud que permanecía agazapada, lista para regresar en cualquier momento. No era nueva, la acompañaba a menudo en los últimos tiempos. Cerca, un pájaro de hierro volaba hacia su nido y, cuando el techo de la casa tembló bajo la sombra ensordecedora del avión, ella abrazó a Daniel con más fuerza, instándole con una sacudida a que terminara de una vez antes de que su mente se impusiera al instinto y le secara las ganas, pero él no quiso obedecerla. O tal vez malinterpretó su gesto y se paró. «No hables ahora —le rogó ella sin palabras—. ¡Joder, no lo estropees hablando!»
—¿Estás bien? —le susurró él al oído.
Cris deslizó los brazos por su espalda y luego los dejó caer a los lados, inertes, resignados ya al vacío que reemplaza a los orgasmos perdidos. Volvió la cabeza hacia la ventana para eludir el cuadro que se dibujaba en el espejo; no quería contemplar el desengaño en su propia cara para evitar recordarlo más adelante. No era la primera vez que echaba de menos el estado de ligereza, la inconsciencia frívola que provocaba en ambos la combinación justa de alcohol y coca.
A pesar de todos los argumentos en contra, de las razones esgrimidas y acordadas, el sexo sin drogas no era lo mismo.
Acercó la cara al pecho de Daniel y aspiró su olor. Luego levantó la cabeza y le miró a esos ojos que eran casi negros, un efecto realzado por las cejas pobladas y oscuras, y sintió un atisbo de ternura al comprobar que aún se apreciaban en su cara rastros de los golpes recibidos. Estaba a punto de llevar la yema de su dedo índice al moretón que conservaba él en la mejilla y que le daba aspecto de boxeador en horas bajas cuando oyó algo que, en ese instante, no logró identificar. Aunque hasta entonces nadie se había acercado a aquella casa, perdida en mitad del campo, los dos sabían que estaban expuestos a que cualquiera entrara en ella. Críos jugando, adolescentes en busca de un lugar donde echar un polvo, yonquis desesperados por un pico, falsos amigos. Cris habría dicho algo si él no hubiera atajado el intento con un beso con el que deseaba avivar los rescoldos del fuego. La besó con fuerza, exigente y avasallador, y ella identificó el sabor del Daniel que conocía, y se esforzó por ser la Cristina de siempre: atrevida, pasional, impetuosa.
A partir de ese momento se empeñaron en olvidarse del entorno, del pasado reciente, y acordaron repetir la danza cuyos pasos conocían y habían practicado mil y una veces, sin querer enterarse de que, por mucho que se empeñaran, el resultado empezaba a tener visos de imitación. Querían quererse igual que antes, como si nada hubiera sucedido, y sin embargo no lo lograban del todo. Aun así, sus cuerpos jóvenes reaccionaban al roce y a la piel, y quince minutos después Cristina tuvo la satisfacción de contemplarse en el espejo segundos antes de llegar al orgasmo, lo cual la excitaba profundamente.
Entonces lo vio. Lo vio, ya sin la menor duda, y antes de distinguir el arma que llevaba en la mano, el instrumento que al cabo de un instante se estrellaría contra la superficie del espejo, Cristina olió el peligro y presintió que Daniel, en cambio, permanecía ajeno a él, demasiado relajado para percibir la amenaza hasta que fue demasiado tarde. Por eso intentó avisarle, exhaló un gemido que tenía poco que ver con el placer. No sirvió de nada. La barra de acero se abatió con fuerza contra la cabeza de su amante y la aplastó con un crujido seco. Ella abrió la boca e intentó traducir el pánico en un grito que nació mudo.
Cristina Silva se llevó consigo una última imagen. En un aciago presagio de lo que sería su final, entrevió su cara fragmentada en la telaraña que surcaba el cristal. Sepultada bajo un cuerpo inerme que se había convertido en un escudo inútil, un peso muerto que le impedía moverse, lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos para eludir la visión de aquella arma que, después de machacar la nuca de Daniel, iba a caer sobre ella sin demostrar el menor atisbo de duda o de piedad.
El dolor es misericordioso. El primer golpe la dejó inconsciente y no sintió nada más.
«Para sobrevivir al sistema hay que engañar al sistema.» Sin saber por qué, esta frase se ha convertido en un mantra en los últimos días. Ni siquiera está seguro de dónde la ha sacado, si la ha oído en alguna película o se trata de un lema que alguien ha soltado por ahí en estos tiempos de indignación pacífica, pero se ajusta como un guante a su situación y, a falta de otro mejor o más original, Héctor lo ha adoptado como síntesis perfecta: la única oración que es capaz de pronunciar, la tesis que justifica lo que está a punto de llevar a cabo.
Sentado en una silla incómoda, en un cuarto insultantemente vacío, su mente no tiene con qué distraerse salvo el reloj de la pared. De plástico barato, tan blanco como las paredes, las manecillas se mueven con lentitud ofensiva. Sabe que la espera forma parte del juego. Él mismo ha estado al otro lado de una puerta parecida a la que ve ahora en el extremo izquierdo de esa habitación y ha aplazado el interrogatorio del sospechoso muchos minutos más de los necesarios. La espera provoca irritación, la irritación da pie al nerviosismo, el nerviosismo engendra descuidos y en ellos, a veces, despunta la verdad.
Eso es precisamente lo que no puede permitirse hoy. Lo que va a contar podría ser cierto. De hecho, lo será siempre y cuando le crean. De eso depende: de su firmeza, de lo convincente de su actuación, del aplomo que aporte como narrador a la historia. Porque la verdad no es un valor absoluto. Lo fue en un pasado reciente; ya no. Quiere persuadirse de que la única verdad que importa es la que es creída, porque los pecadores no pueden permitirse el lujo de aspirar a otra cosa. Sonríe, ignorando por qué le ha venido a la cabeza esa palabra, «pecadores», cuando jamás ha sido un hombre creyente. Si ha tenido fe en algo a lo largo de su vida es precisamente en lo que va a traicionar dentro de un rato. En la necesidad de llegar al fondo de las cosas, de desenterrar los hechos y someterlos a la fría luz de la intemperie. Desea que quienes van a interrogarlo no se parezcan a él, al inspector que ha repetido en múltiples ocasiones que, dado que la justicia es imperfecta, el único consuelo real es sacar los hechos a la luz.
No es que haya renunciado a sus principios. Ahora sabe, sin embargo, que a veces esa catarsis puede traer algo muy distinto al consuelo. Puede conllevar una condena, una maldición. Y sobre todo puede ser, en su esencia, mucho más injusta que una mentira útil.
Carraspea y de nuevo mira, sin querer, el reloj, que sigue avanzando a su ritmo, ajeno a deseos y presiones. Así debería ser el trabajo policial, piensa: automático, coherente en su ejecución, constante y pausado. Aséptico y yermo de emociones. La realidad, en cambio, no puede ser más distinta. Avanza a ráfagas, por corazonadas que a veces suponen un retroceso o desembocan en una vía muerta; después se retoma despacio, intentando aprender la lección, pero el frenesí de la investigación acaba imponiéndose y el paso se acelera otra vez. En ocasiones, con suerte, se llega a la meta después de ese sprint, y se rebasa con el cuerpo dolorido y la cabeza embotada por el esfuerzo.
Por eso pasa lo que pasa. Por eso muere alguien. Por eso él está donde está.
«Engañar al sistema es la única forma de sobrevivir.» Héctor toma aire y lo retiene en sus pulmones con el fin de darse el coraje necesario para enfrentarse a lo que le espera. Nunca ha sido un buen mentiroso, pero ahora debe intentarlo. Lo peor de todo es que jamás ha creído en la venganza: todo sería mucho más sencillo si estuviera convencido de que el asesino de Ruth merece la muerte. No es así, no lo piensa, nunca defendería esa tesis que reivindica el «ojo por ojo» porque le parece simplista, irracional, impropia de un sistema civilizado. Por supuesto que la rabia jugó su papel, pero la ira no da derecho a la venganza, sólo a la justicia.
Tampoco lamenta que ese hombre haya muerto, aunque sí se arrepiente, y mucho, de no haber previsto que eso podía suceder, de no haberse adelantado a los acontecimientos, de no haber intuido el desastre antes de que éste tuviera lugar.
Por todo ello y por varias cosas más, su castigo está claro. Debe mentir y cargar con la soledad que acompaña a los embustes. El desahogo, esa catarsis liberadora, le está vedado. Sólo una persona le acompañará en ese viaje, aunque sea a distancia. Sí, eso también está claro, y sin duda le duele más que su propio destino. Respira hondo al pensar en Leire Castro, en su decisión inquebrantable, en una obstinación que al final ha sido contagiosa, y se esfuerza por apartar de su mente otros momentos compartidos. Es vital, tristemente imprescindible, ahuyentar el mínimo indicio de que por unos días él dejó de ser sólo su jefe, y para ello hay que olvidar: alejar de la voz esa nota tierna que surge sin querer y revela los sentimientos. No lo han hablado, no ha hecho falta; no obstante, está seguro de que ella ha llegado a la misma conclusión. Quizá sea lo mejor de todos modos. Quizá lo que pasó se debiera al influjo de la primavera, o al caso que investigaron en los últimos tiempos, tan marcado por gente que, en cierto sentido, transgredió las reglas no escritas del amor hasta más allá de lo razonable. Ahora ya da lo mismo. El primer castigo por la mentira es precisamente ése: olvidarse de Leire.
La puerta se abre y, aunque lo aguardaba, no puede evitar un leve sobresalto. Las manecillas del reloj parecen detenerse también. Él se levanta, despacio, fingiendo la tranquilidad necesaria para que el público que le espera al otro lado se crea su actuación. No va a ser fácil. Pero de eso se trata: de engañar al sistema.
De sobrevivir.
Aunque el sol de verano suele molestarle, hoy lo necesita. No ha podido quedarse en el piso, las paredes la oprimían y, dado que su madre está pasando unos días en casa y puede cuidar de Abel, Leire ha optado por salir. Una vez en la calle tampoco se ha sentido con ánimos para pasear, de manera que ha buscado una mesa libre en una terraza cercana y lleva un rato mirando a la gente sin verla realmente. Lo único que le interesa, lo único en lo que Leire puede pensar ahora, es en Héctor enfrentándose a las preguntas, como hizo ella ayer. Capciosas, insinuantes, exhaustivas. La misma cuestión formulada desde ángulos diversos hasta que pierdes cualquier noción de tiempo y todo parece un déjà-vu. Sus interrogantes y tus respuestas forman una especie de sinfonía monocorde, casi amable, con súbitas notas disonantes para las que, afortunadamente, crees estar preparada. O no. ¿Quién puede saberlo?
La gente pasea por la avenida y la Sagrada Familia se interpone entre ellos y el sol. Leire ha pedido un café que no ha llegado aún y, por un instante, siente la tentación de marcharse. Pero no sólo de esa terraza, sino de la ciudad. Contra lo que es habitual en ella, la invade la urgencia de rodearse de su familia, de sus padres, de refugiarse en ellos como una niña pequeña que ha despertado en mitad de la noche asediada por la peor de las pesadillas. Qué absurdo. Ella no había sufrido terrores nocturnos y siempre se había reído de su hermano que, a pesar de ser dos años mayor, corría a cobijarse en la cama de sus padres a media noche. Ella no: nunca había mirado debajo de la cama en busca de posibles monstruos, ni temido al hombre del saco, ni imaginado fantasmas en la oscuridad. Tampoco ha cambiado tanto; es la realidad lo que la inquieta. Lo que han hecho. Lo que contó ayer. Lo que Héctor debe de estar exponiendo en este momento. Lo que ambos tendrán que repetir, juntos y por separado, hasta que se cierre el caso de una vez. Y sin embargo no siente remordimiento alguno. Está convencida de que hizo lo que debía, y eso aleja de su mente cualquier temor que no sea el de algo real. Tangible. De este mundo.
«Lo hice por ti, Ruth», murmura casi en voz alta y, aunque jamás había creído en espíritus ni influencias sobrenaturales, ahora está segura de que esa mujer le da su bendición. Empieza a notar el calor y entrecierra los ojos. Inspira. Ojalá pudiera relajarse, aunque el yoga o la meditación siempre le han parecido bobadas para neuróticos. Daría lo que fuera por visualizar un arroyo, un cielo azul o una fuente, pero a su cabeza sólo llegan imágenes de aquella casa donde encontraron los cuerpos. Han pasado semanas y no ha conseguido olvidarla, y ahora se esfuerza por sumergirse en ella. Por recordar cada detalle, cada instante. Porque cualquier cosa es mejor que pensar en lo otro: en el disparo venido de la nada, como una bomba; en la sangre, esa mancha roja tan pequeña que parecía incapaz de contener la vida de alguien, manchando el suelo de una forma casi impertinente.
Como su mente desdeña los amaneceres y los riachuelos, tiene que conformarse con recurrir a los otros muertos. «Los amantes de Hiroshima», los llamó alguien en la prensa, y aunque la palabra «amante» se le antoja anticuada, debe reconocer que es bonita y que ella misma la usó no hace mucho, en forma de pregunta irónica. «¿Somos amantes?», inquirió. Y Héctor se encogió de hombros, con esa media sonrisa, sin responder enseguida.
No. Debe controlar esos pensamientos que se escapan a la voluntad y se agitan, rebeldes, contra lo que ya está decidido. Debe volver a concentrarse en los amantes muertos, en aquellos que ya se encuentran más allá del desamor o la nostalgia, en los que hallaron una mañana de mayo en el sótano de una casa abandonada, juntos, abrazados, como si hubieran muerto después de hacer el amor.
Ni siquiera notó que el coche se detenía. De hecho, lo último que recordaba era haber apoyado la cabeza en el asiento, agradecida por el suave calor del sol de la mañana que la alcanzaba a través del cristal. La voz de su compañero, tímida, la sacó de unos minutos de sueño reparador.
—Leire… Lo siento —murmuró Roger Fort—. Ya hemos llegado.
Leire parpadeó y por un momento no supo dónde estaba ni qué hacía allí, lo cual le provocó una sensación inmediata de irritación consigo misma y con el mundo en general. Fort debió de notarlo porque sin decir nada más salió del coche, como si quisiera regalarle unos segundos a solas para que regresara del todo al presente. Y ella pensó, aún de mal humor, que en circunstancias normales se habría sentido avergonzada, pero el cansancio acumulado, las noches enteras en vela, le quitaban cualquier atisbo de remordimiento.
Se observó en el retrovisor. Unos círculos oscuros y delatores habían aparecido bajo sus ojos; primero fueron una sombra leve, fácil de maquillar, pero tres meses después se habían hecho oscuros e imborrables. Si seguía así, pronto formarían parte de su cara para siempre, pruebas indelebles de los sacrificios de la maternidad. Sonrió al pensar en Abel y lo echó de menos con una fuerza que casi la sorprendió. Eran las contradicciones en las que vivía inmersa desde hacía cuatro meses: la necesidad física de verlo, tocarlo, sentirlo, unida a la desesperación de las noches cuando el niño decidía, de manera unilateral, llorar como si no hubiera un mañana; como si quisiera acelerar la llegada del día a golpe de berrinche. El médico decía que eran cólicos y que no tardarían en desaparecer, pero Leire empezaba a dudarlo.
Al descender del coche la luz la golpeó en los ojos, impidiéndole ver claramente lo que tenía delante. Una nube acudió en su ayuda y aquella casa abandonada, perdida en los alrededores de la terminal del aeropuerto, apareció ante ella como si alguien acabara de dibujarla. Recordó la llamada, recibida en comisaría a primera hora de la mañana, justo cuando se sentaba a su mesa, y las palabras de su compañero: «Han encontrado dos cadáveres en una casa okupa a las afueras del Prat».
Recuperándose aún de la improvisada siesta, Leire se percató de que Fort charlaba con uno de los policías municipales, y ambos dirigían la mirada hacia el edificio. A sus oídos llegaron palabras como «punkis» y «desalojar» o «hallazgo»; sin embargo, antes de unirse a ellos siguió observando la construcción que se alzaba a pocos metros de distancia. Le costaba creer que alguien, por marginal que fuera, se hubiera atrevido a adentrarse en esa ruina. Lo que se alzaba ante ellos, la obra rectangular de adobe rematada por un tejado que podría haber sufrido los efectos de un bombardeo, era a todas luces inhabitable. La puerta de tablones de madera, carcomidos por los años y la desidia, parecía haber menguado con relación al hueco original, y las ventanas, una a cada lado, tenían un aire siniestro, ya que alguien, esos «tarados» probablemente, las había cubierto con dos parches de la misma tela, negra y raída, para evitar que entrara la luz. Uno de ellos seguía bien sujeto, cegando el hueco; el otro se había soltado y ondeaba al aire, como la bandera de un barco pirata. Extrañamente, sólo los coches de la policía local y los hombres vestidos de uniforme situados delante de la puerta daban al entorno un aire de normalidad.
«Lo que es innegable es que el antro este tiene un terreno enorme», pensó Leire mientras caminaba hacia su compañero. Aunque dicho terreno fuera un campo devorado por arbustos y malas hierbas que se extendía hasta confundirse con el paisaje de fondo.
—Ella es la agente Leire Castro. Leire, el sargento Torres. Él y sus hombres encontraron los cuerpos.
Leire estrechó la mano del sargento, un individuo en la cuarentena que la saludó con una sonrisa nerviosa.
—Los de la científica han llegado hace poco —aclaró—. Están dentro ya.
Miró hacia la carretera antes de añadir:
—Estamos esperando al juez de instrucción.
Justo entonces una sombra enorme se cernió sobre ellos y el suelo vibró bajo sus pies. Torres amplió su sonrisa.
—Dan miedo, ¿eh? El aeropuerto está muy cerca y esos malditos trastos vuelan bajo. —Hizo una pausa—. ¿Saben lo que hay en la casa?
—Dos cadáveres, ¿no? —dijo Leire, en un tono que le salió innecesariamente brusco.
—No sólo, agente Castro. No son sólo dos cuerpos. Dejen que se lo cuente.
Y ella habría jurado que el sargento se estremecía al decirlo.
Torres les contó que habían llegado alrededor de las nueve de la mañana ya que, según su propia teoría, quienes ocupaban casas vacías eran en el mejor de los casos unos vagos por naturaleza, holgazanes inadaptados que no ponían un pie en el mundo antes del mediodía. Aunque en otros asuntos se consideraba un individuo de mentalidad abierta para sus cuarenta y seis años de edad, en lo que atañía a la propiedad privada su juicio era inflexible: no se podía permitir que una cuadrilla de mastuerzos que no habían dado un palo al agua en su vida, y que para colmo arrastraban a una jauría de perros roñosos, se apropiaran de un espacio ajeno. «Hatajo de mugrientos», los llamaba él, y el adjetivo englobaba tanto a los humanos como a esos canes famélicos que los seguían con una devoción tan ciega como incomprensible.
Una semana atrás, cuando le llegó la primera noticia de que unos individuos con pintas raras rondaban por la playa y habían sido vistos caminando en aquella dirección, el sargento se puso a investigar a quién pertenecía la propiedad y llegó a la incómoda conclusión de que, a efectos prácticos, no existía dueño conocido. La última propietaria que constaba como tal era la señora Francisca Maldonado, difunta desde hacía veinte años. Teniendo en cuenta que la susodicha había fallecido a una edad provecta, y que los impuestos correspondientes estaban sin pagar desde antes de que la mujer pasara a mejor vida, la propiedad no era de nadie, técnicamente hablando. Cabía sospechar que el terreno no había sido expropiado por el ayuntamiento y vendido como solar para construir nuevas viviendas porque, años después de que se edificara esa casa, la zona quedó afectada por los planos de obra de la nueva terminal del aeropuerto del Prat. Al final, contra los pronósticos iniciales, la casa y los campos adyacentes habían logrado salvarse y tanto las autoridades como los constructores parecían haberse olvidado de ellos, ya que ni a unos ni a otros les servían de nada: la proximidad del aeropuerto y el tráfico constante de aviones los inutilizaban para cualquier propósito.
En resumidas cuentas, el sargento no estaba dispuesto a aguantar que unos descerebrados y un par de perros, según los testigos, se instalaran en su municipio así, por las buenas, y estaba seguro de que una visita enérgica de las fuerzas del orden los persuadiría de que se largaran. No le importaba adónde fueran ni tenía la menor intención de detenerlos, a no ser que opusieran resistencia o encontrara algo manifiestamente delictivo en el interior, en cuyo caso estaría encantado de enchironarlos a todos. Sí, lo más práctico era plantarse en la casa, hacerlos salir de manera firme aunque no violenta, encargarse de tapiar la puerta y las ventanas y zanjar el tema. El sargento era un fiel seguidor de la máxima de «más vale prevenir que curar» y estaba seguro de que, más pronto o más tarde, una cuadrilla de okupas acabaría dándole problemas. Así que, veinticuatro horas antes, tras varias reuniones y una vez evaluada la información con sus superiores, había sido autorizado a actuar.
Y eso era exactamente lo que había hecho a las 8.30 horas del miércoles 11 de mayo: desplazarse hasta la casa con algunos de sus hombres. Tras tirar el cigarrillo al suelo y pisarlo con saña, Torres indicó al agente Gómez que procediera a golpear la puerta. Un gesto inútil, porque en ese preciso instante el rugido de un avión que despegaba sofocó cualquier otro sonido y la ráfaga de aire que provocó hizo temblar aquellas tablas de madera con más ímpetu que cualquier puño humano. La improvisada cortina negra de la ventana inició un aleteo frenético, como si fuera un cuervo tullido incapaz de emprender el vuelo, y otro de los agentes, uno de los más jóvenes, agachó la cabeza sobresaltado mientras soltaba un «joder» que, aunque dicho a voz en grito, también resultó inaudible para el resto. Lo cierto era que impresionaba ver aquellos bichos de acero tan de cerca, y por unos segundos las miradas de todos, Torres incluido, siguieron el rastro blanco que el pájaro mecánico dejaba en el cielo con la misma fascinación con que los niños contemplan los globos cuando se les escapan de las manos.
El agente Gómez fue el primero en volver la cabeza, y carraspeó al tiempo que se encogía ligeramente de hombros, como si pidiera permiso antes de llamar a la puerta de nuevo. Esa vez sus golpes sí sonaron, pero al igual que antes, nadie respondió.
—¿Está seguro de que hay alguien aquí, sargento? —preguntó—. Es raro que ni siquiera ladren los perros.
Torres estaba pensando lo mismo cuando oyó un gruñido seco detrás de ellos. Al volverse, se encontró con un bicho delgado como un galgo que los observaba con más curiosidad que otra cosa. Por si acaso, el sargento se llevó la mano a la porra y entonces el perro sí ladró, aunque siguió inmóvil, expectante.
—Maldito chucho —rezongó el sargento. Y, dirigiéndose al resto, ordenó—: A la mierda. Entremos de una vez.
Bajo la atenta mirada del animal, Gómez empujó la puerta y, linterna en mano, entró en la casa seguido por los demás. Luego, cuando lo contaron, formalmente en el atestado policial o en un tono más desenfadado en la intimidad de su círculo de parientes y amigos, alguno dijo que nada más entrar presintió que aquel desalojo no iba a ser como los otros, pero lo cierto es que al principio lo único que les extrañó del interior fue el orden y la limpieza que imperaban en el espacio. Una mesa, cuatro sillas, un sofá viejo y dos butacas, un espejo roto. Entonces alguno enfocó las paredes y sí, en ese momento sí se percataron de que la gente que se había instalado en aquella casa no eran okupas corrientes.
—Ahora lo verán —terminó el sargento, ya a las puertas de la casa—. Todo es de lo más raro. A nadie se le habría ocurrido que pudiera haber un sótano en una casa de esta zona; por aquí todo son marismas. Bueno, llamarlo «sótano» es excesivo: vendría a ser una bodega.
El perro, tumbado a unos metros de distancia, levantó la cabeza al oírlos llegar sin dar muestras de querer acercarse a ellos. Ladró casi por compromiso y luego volvió a echarse, resignado ya a ver su territorio invadido por extraños.
—Es inofensivo —comentó Torres al ver que Roger Fort lo miraba de reojo—. No sé qué haremos con él.
—¿Entramos ya, sargento? —preguntó Leire.
Tanto ella como su compañero habían escuchado educadamente el relato minucioso del sargento; sin embargo, Leire tenía la sensación de que, de algún modo, Torres los estaba reteniendo en el umbral, como si quisiera retrasar su acceso al interior y sembrar en ellos un sentimiento de expectación ante lo que iban a encontrarse allí. Algo que, en el caso de Leire Castro, estaba empezando a generar una incontenible impaciencia.
—Claro. Síganme.
Había poca luz, sólo la que entraba por el hueco de la puerta, de manera que las paredes estaban engullidas por la oscuridad. Torres les dio una linterna a cada uno para que examinaran el espacio. Leire no pudo evitar una exclamación de sorpresa al ver lo que el sargento, reconvertido en una especie de guía, enfocaba con la suya.
Los habitantes de la casa habían cubierto las paredes con lienzos blancos, piezas enormes que iban del suelo al techo. Fort y Leire tardaron un poco en comprender que aquellas telas iban formando una especie de retablo, que se iniciaba en el lado izquierdo de la puerta, con un dibujo de la casa vista desde el exterior. Desde el primer vistazo no les cupo la menor duda de que el artista no era ningún aficionado, ya que no sólo había representado el edificio de forma que resultaba completamente reconocible, sino que también había conseguido transmitir la idea de soledad y abandono que emanaba de él al trazar a su alrededor unos pájaros de alas rígidas que conferían al conjunto un aire macabro. Los pájaros negros se repetían en otro de los cuadros: un fondo color yema salpicado de animales de alas extendidas y picos abiertos, como si gritaran. En realidad, ese color, el amarillo en distintos tonos, era una constante en la obra, aunque no siempre adoptaba la misma forma: a veces se utilizaba para pintar manchas gruesas y dispersas, como si el sol hubiera estallado, otras para dar la impresión de una lluvia sucia y caliente. En otros cuadros, pasaba a la parte inferior del lienzo —arbustos quemados, perros siguiendo un rastro, serpientes secas, o la propia tierra parcheada—, y en uno de ellos, el más impresionante, el que hizo que los tres se detuvieran y lo apuntaran con sus linternas como si quisieran acribillarlo de luz, aquel color lo invadía casi todo. Conformaba un tapiz de flores, delicadamente delineadas en la parte inferior, que iban difuminándose a medida que ascendían, como si el artista estuviera agachado a los pies de un lecho imaginario y desde allí contemplara a sus ocupantes, que aparecían en la parte superior del cuadro. Dos calaveras negras, carbonizadas, dos brazos descarnados, dos manos decrépitas entrelazadas sobre el fondo floral.
Un roce en las piernas hizo que Roger Fort se sobresaltara y dejara caer la linterna al suelo. Era el perro, que lo observaba sin moverse de su lado aun cuando el agente hizo ademán de apartarlo, más por el susto que le había dado que con intención de hacerle daño. Otro animal callejero le habría enseñado los dientes, o habría huido escamado por palizas anteriores; éste se limitó a mirarlo con paciencia, como si ya estuviera acostumbrado a esas reacciones iniciales y no les diera mayor importancia.
El incidente tuvo la virtud de romper el hechizo y devolverlos a todos a su papel de agentes de la ley y no de visitantes improvisados de un museo secreto. Por unos minutos, Leire alumbró con la linterna el resto de la sala. Contra lo que cabía esperar, no estaba demasiado sucia: distinguió latas de comida en un estante, todas sin abrir; una bolsa de basura a medio llenar, un suéter viejo tirado en un rincón y ceniceros llenos de colillas que no eran de tabaco precisamente. Reconoció el olor a hierba que flotaba en el ambiente cerrado de la casa.
—¿Y no hay ningún rastro de los okupas? —preguntó Fort.
El sargento negó con la cabeza.
—Se han esfumado. Hay testigos que los vieron durante el fin de semana, así que no pueden andar muy lejos. Por otro lado, tampoco disponemos de una descripción detallada. Ya saben, las pintas habituales.
Leire caminó hacia la mesa, que estaba apoyada en una de las paredes de la sala y luego se dirigió hacia la cocina, si es que podía llamársele así a aquel cuarto diminuto cuyas paredes habían perdido azulejos con el tiempo y ahora parecían un álbum de cromos incompleto, lleno de huecos blancos que contrastaban con las escasas baldosas azul celeste.
—¿Okupas que friegan los platos antes de irse? —exclamó, irónica—. Sí que han cambiado las cosas.
Era verdad. En la pila de cerámica, rajada por la mitad, se veían varios platos y una olla desconchada, todo perfectamente limpio y seco. El perro se acercó a ella y husmeó en uno de los armarios bajos. Leire intuyó que dentro tenía que estar su comida.
—¿Tienes hambre? —susurró.
Abrió el armario y, efectivamente, encontró un saco de pienso. Buscó un bol, o un recipiente, pero no vio ninguno. El animal, ilusionado ante la perspectiva de alimentarse, soltó un ladrido seco y con el hocico cerró la puerta de la cocina. Allí estaba: un comedero de plástico amarillo. Leire le puso comida y se reunió con su compañero en la sala.
—¿Y los cadáveres? —preguntaba en ese momento Roger Fort.
—Abajo. En el sótano. Después de ver los cuadros, tuve la impresión de que la casa ocultaba algo más de lo que se veía a simple vista. —El sargento carraspeó—. El pintor había plasmado motivos reales: la casa, los perros. Los aviones. Lo único que parecía haber imaginado eran los muertos. Así que decidí inspeccionar la vivienda a fondo. Y los encontré.
»Síganme, por favor, aunque no cabremos todos.
Al cruzar la sala, Leire se fijó en un objeto que no había visto antes. Junto al catre que hacía las veces de cama había un espejo. Linterna en mano vio su cara proyectada en el cristal roto y se estremeció sin querer ante aquella especie de cuadro cubista. Recordó las salas de espejos de los parques de atracciones que deformaban los cuerpos; nunca le habían gustado. El perro, que se había acercado a ella de nuevo tan silenciosamente como si perteneciera al mundo felino, ladró de nuevo. A él tampoco le gustaba su reflejo fragmentado.
Leire sacudió la cabeza y siguió a Fort y a Torres hasta el fondo de la sala. Allí nacía una escalera que subía a la planta superior; detrás quedaba oculta una trampilla que descendía hacia el sótano. Se oía ruido abajo: los de la científica estaban haciendo su trabajo.
Bajaba despacio, detrás de los dos hombres, y aunque ya tenía una idea más o menos clara de lo que le esperaba, no pudo reprimir un gesto de disgusto al dirigir el haz de luz hacia aquella tumba recién profanada. Sabía lo que se encontrarían desde que vio el cuadro en la pared, pero aun así le sorprendió ver el plástico, una especie de hule estampado con flores amarillas arropando los dos cuerpos, que, descompuestos, apenas reducidos a piel y huesos, seguían fundidos en un abrazo eterno.
Ya se había acostumbrado al constante trasiego de aviones y agradecía el sol que brillaba sin complejos a esas horas. Los de la científica seguían dentro de la casa, en plena actividad, y el juez de instrucción había llegado y ordenado el levantamiento de los cadáveres. Una tarea complicada debido al estado de los muertos y a lo empinado de la escalera. Leire se volvió hacia la puerta; no le apetecía nada volver a entrar en aquella casa, pero tuvo que hacerlo cuando Roger Fort se asomó a llamarla, con una sonrisa de satisfacción que se le antojó impropia, casi fuera de lugar. Habían comenzado a trabajar juntos hacía poco, desde que ella se había reincorporado después del permiso de maternidad, y a pesar de que él se mostraba amable y era a todas luces un tipo educado, ella no estaba aún segura de si le caía bien.
—Creo que hemos tenido suerte —le dijo él al verla entrar—. Debajo de los cuerpos había una especie de mochila. No —se corrigió—: una mochila. Dentro podría haber algún objeto que nos ayude a identificarlos.
El forense no había querido arriesgarse a hacer una estimación de cuánto tiempo llevaban muertos, aunque para todos era obvio que aquellos cuerpos hacía años que estaban allí. Leire sabía que el plástico con que los habían tapado podía entorpecer las posibilidades de fijar una fecha exacta. Lo que estaba claro, ya en un análisis preliminar, era que aquellos dos cadáveres —un hombre y una mujer— no habían muerto de forma natural. Una incisión en la base del cráneo de él indicaba que alguien le había golpeado con fuerza. El de ella estaba clara y cruelmente partido en dos.
Con los guantes puestos, Fort abrió la mochila e inspeccionó su contenido. Leire aguardaba, y mientras lo hacía se concentró en los lienzos, que estaban siendo descolgados uno por uno. Retuvo mentalmente el orden en que se encontraban, aunque luego se apreciaría en las fotografías. Sin saber por qué, tenía la sensación de que la disposición de esos lienzos era importante y que, sobre todo, quería contar algo.
—Bien —exclamó Fort, aunque su rostro se ensombreció poco después, al sacar los carnets de identidad que había en sendas billeteras—. Eran muy jóvenes.
Leire observó los documentos. Las caras de las víctimas la miraban con una sonrisa forzada y ojos asustados.
—Daniel Saavedra Domènech. Cristina Silva Aranda. —Leyó las fechas de nacimiento—. Joder, sí que eran jóvenes.
—Alguien tuvo que denunciar su desaparición. No tienen pinta de…
Leire entendió lo que Fort quería decir. Alguien tenía que haber echado de menos a aquellos chicos de nacionalidad española y rostro sonriente. En las siguientes horas, dos familias confirmarían lo que ya sospechaban o tendrían que asumir la muerte de sus esperanzas.
El sargento Torres se unió a ellos.
—¿Han encontrado alguna pista de su identidad?
Leire le mostró los carnets. El hombre asintió con la cabeza.
—Eso les facilitará las cosas. Nosotros seguiremos buscando a los okupas —dijo, y los dos agentes tuvieron la impresión de que le costaba separarse del caso—. Nos mantendremos en contacto.
—Claro —afirmó Leire, aunque no estaba muy convencida de que fuera a ser así—. Encontraremos huellas en la casa, seguro. Quisieran o no, tuvieron que dejar huellas. Si alguno está fichado, podremos identificarlo.
El sargento asintió. Sonrió, con algo parecido a la resignación, y se despidió de ellos.
—Examinaremos el resto del contenido en comisaría —dijo Leire, deseosa de marcharse de allí.
Salieron, y estaban a punto de meterse en el coche cuando un ladrido los detuvo. El perro los observaba desde el umbral y en su expresión, de animal mil veces abandonado, se adivinaba la desolación de quien es consciente de su mala fortuna. Leire suspiró y se dio media vuelta, pero entonces oyó, sorprendida, cómo su compañero silbaba con fuerza al tiempo que abría la puerta trasera del coche.
El perro dudó unos diez segundos. Luego corrió hacia su nuevo destino con la ilusión inocente de los animales. Cuando Leire miró a Fort, éste se había sonrojado ligeramente.
—Siempre he querido tener uno —dijo a modo de explicación.
Ella sonrió. El chico quizá empezaba a caerle bien.
Si en algo notaba que había rebasado con creces la frontera de los cuarenta no era en su forma física, que continuaba siendo bastante decente, ni en su agilidad mental, de la que no tenía demasiadas quejas, todavía. Héctor Salgado sabía ya que la edad se manifestaba en él de una manera más sibilina, inyectándole una dosis sutil de pereza a la hora de emprender ciertas actividades que en algún momento del día, normalmente a primera hora de la mañana, cuando planeaba la jornada, se había propuesto llevar a cabo.
Sin embargo, esa vagancia repentina era algo contra lo que el inspector también había aprendido a luchar. Así que ese miércoles de mayo, al llegar a casa después del trabajo, y a pesar de que su cuerpo le ordenaba subir a la azotea, abrir una cerveza y fumarse tres o cuatro cigarrillos con toda la tranquilidad que concedía estar solo, un conato de rebeldía que él calificaba de juvenil acalló esas sugerencias y le decidió a cambiarse de ropa para salir a correr.
Eran casi las ocho y media, y Héctor comenzó a trotar despacio, con la intención de calentar la musculatura, eludiendo mirar a la gente que se había dejado vencer por la desidia y se relajaba en las terrazas, bebida en mano. Aunque había probado a ponerse cascos y escuchar música mientras hacía ejercicio, la verdad era que disfrutaba más del ruido natural de la calle, del ritmo de sus propios pasos que se aceleraban a medida que pasaban los minutos. Corriendo se abstraía de cuanto le rodeaba hasta niveles increíbles, concentrado únicamente en sentir cómo su cuerpo iba soltando la tensión con cada zancada, preparándose para alcanzar una velocidad con la que muchos de su edad sólo podían soñar. Orgullo tonto, tal vez, pero completamente inocuo. Cuando llegó al Passeig Marítim y notó aliviado la brisa que desprendía aquel domesticado mar de ciudad, casi sonrió, satisfecho de encontrarse allí, ejercitando el cuerpo, en lugar de haberse apoltronado en casa. Sus abdominales, esa parte de la anatomía masculina tan tímida que se resistía a dejarse ver, se lo agradecerían. Y Lola también.
Aceleró aún más la carrera al pensar en ella. Desde la noche de la nevada, cuatro meses atrás, la relación entre los dos había experimentado una especie de nuevo comienzo. Como si acabaran de conocerse y no quisieran comprometerse más de la cuenta, se habían visto de forma esporádica: una vez cada tres semanas más o menos. El lapso de tiempo no era casual, respondía a los viajes que Lola debía hacer a Barcelona, aunque Héctor sospechaba que la periodista aprovechaba cualquier excusa para desplazarse a la Ciudad Condal. Eso sí, jamás lo habría admitido: Lola se escudaba en el trabajo y él no estaba en posición de reprochárselo. Poco a poco, a partir de comentarios sueltos, de frases espontáneas, Héctor había empezado a hacerse a la idea de que su ruptura previa, la que decidió él de manera unilateral para permanecer al lado de su mujer y su hijo, había supuesto para Lola un revés mucho más duro de lo que él se había imaginado. Nada en ella lo había revelado entonces. Lola no era de las que lloraban delante de los hombres: la vida le había enseñado a enfrentarse con aplomo, quizá con dignidad, a las malas noticias. Como madame de Merteuil, la malvada y fría dama francesa que para Héctor siempre tendría los rasgos de Glenn Close, había aprendido a clavarse un cuchillo en la palma de la mano por debajo del mantel y sonreír al mismo tiempo. Pero a diferencia de aquélla, Lola no se merecía tener que hacerlo. Bajo su fachada de mujer dura, resolutiva e incluso un poco adusta, se escondía alguien mucho más frágil que Héctor no había descubierto antes.
En su relación anterior, aquella infidelidad que para él fue sobre todo un desahogo sexual ante la inapetencia habitual de Ruth, la verdadera Lola no había salido a la luz. Se habían visto con tanta frecuencia como les fue posible, habían follado sin hablar y habían hablado sin decir demasiado, porque en esa situación las palabras tendían a deslizarse hacia lugares comunes que ambos detestaban: ni él quería criticar a su mujer delante de Lola, ni ella era tan hipócrita como para dar consejos matrimoniales al hombre con quien acababa de acostarse. Por eso, cuando él decretó el fin, nunca pensó que fuera a afectarle demasiado; como todos los casados que mantenían aventuras con mujeres solteras, estaba casi seguro de que existían otros amantes, una impresión que Lola se había empeñado en reforzar aunque, él lo sabía ahora, se correspondía poco con la verdad.
La brisa se transformaba en aire, y en el paseo ya sólo quedaban otros corredores que también se esforzaban por llegar a una meta que únicamente estaba en sus cabezas. Por superarse. Por ganarle segundos al tiempo. O quizá, como a veces le sucedía a él, esas carreras nocturnas se convertían en un simulacro de huida, la posibilidad remota de alejarse de la rutina, dejarlo todo atrás en busca de un nuevo camino, un final distinto.
Era imposible, lo sabía bien, porque antes o después las piernas se negaban a seguirle; daban media vuelta y regresaban al punto de partida, como si alguien tirara de una correa invisible y le marcara los límites. A los cuarenta y pico no se podía permitir hacer lo mismo que a los diecinueve: emprender el vuelo, huir sin miedo hacia un futuro que, teñido por la ilusión y la inmadurez, se antojaba mejor, más atractivo. Escapar a otra ciudad, al otro lado del mar, dando la espalda a una infancia no demasiado feliz y a un padre demasiado aficionado a levantar la mano. A los cuarenta y pico lo que pesaba era el presente, que actuaba como un ancla, manteniéndole sujeto a una tierra, una casa, una vida. «Importa el momento —se dijo—, las posibilidades inmediatas y reales. Correr al límite de las fuerzas, volver a casa con paso relajado, cenar con Guillermo, llamar a Lola.» Y luego, cumplidas ya todas las obligaciones, acudir a una cita que tenía prevista.
Las piernas obedecieron una orden deliberada y aceleraron de manera firme y sostenida. Era completamente de noche cuando, extenuado, casi sin aliento, Héctor emprendió el regreso. A un lado, mar y cielo se confundían ya en un todo negro ribeteado de espuma sucia. Entonces, mientras corría a paso más sosegado, los acontecimientos del día fueron desfilando por su mente, mucho más despierta y nítida que antes de iniciar la carrera.
Las fotos diseminadas sobre su mesa ponían la nota gráfica al relato verbal que sus agentes le ofrecían. Una casa abandonada, ocupada por unos desconocidos que se habían dedicado a decorar las paredes con las imágenes que ahora él tenía ante sí capturadas en fotografías. Un sótano transformado en mausoleo. Un macabro hule estampado a modo de mortaja, como si la tumba fuera un lecho de flores. La fuerte sensación de que los muertos habían sido amantes y de que alguien, probablemente su asesino, había querido que estuvieran juntos.
—¿Sabemos algo más de los cadáveres? —preguntó Héctor.
—Por ahora no —respondió Roger Fort—. Los documentos de identidad están intactos y los nombres coinciden con los de una denuncia por desaparición puesta en 2004. Estamos esperando a que nos llegue el expediente del caso.
Héctor sabía que el expediente tenía que llegar de la unidad que dirigía el inspector Bellver. Todas las denuncias de desapariciones pasaban por su departamento. «Incluida la de Ruth», pensó.
—Crucemos los dedos para que no tarden mucho —dijo secamente.
Leire sonrió. Las relaciones entre su jefe y Dídac Bellver nunca habían sido precisamente fluidas.
—¿Y la mochila? ¿Qué más había dentro? —preguntó Héctor.
El contenido de la mochila estaba cuidadosamente clasificado en bolsas precintadas. Héctor fue revisándolas, una tras otra. Una caja de preservativos. Un par de mudas de ropa interior, masculina y femenina. Un neceser con dos cepillos de dientes y una pequeña botella de gel. Todo eso entraba dentro de lo normal. Lo sorprendente era el resto.
—¿Qué es esto?
Héctor señaló unas hojas de papel, arrugadas y casi ilegibles.
Leire se acercó a la mesa. Había dejado que su compañero se ocupara del resumen oral porque, en el fondo, no terminaba de sentirse centrada en el trabajo.
—Yo diría que son letras de canciones con los acordes de guitarra.
—¿También sabe de música, Fort?
—Bueno, ¿quién no ha tocado en un grupo?
Héctor asintió, educadamente.
—Vale, pueden servirnos de algo. —Cogió un sobre grande, alargado, el típico del correo bancario. Era el último objeto hallado en la mochila.
—Esto es lo más curioso de todo, señor —dijo Fort—. Está claro que quien los mató no buscaba robarles.
Eso era cierto. Porque ningún ladrón, profesional o aficionado, habría pasado por alto el contenido de aquel sobre abultado. Billetes de quinientos euros, perfectamente doblados, y en una cantidad en absoluto desdeñable.
—¿Cuánto hay?
—Veinte billetes idénticos, señor. Diez mil euros, nada menos.
Héctor permaneció pensativo unos instantes, intentando imaginar en qué supuesto alguien podía haber ignorado la existencia de esa cantidad de dinero. Un alguien que había golpeado a aquellas dos personas hasta matarlas y luego las había dispuesto en una especie de rito funerario. Alguien capaz de asesinar pero no de robar a un muerto. De matar y después honrar, a su manera, a sus víctimas.
—Bien. Esperemos a que llegue el informe y a que los forenses hagan su trabajo… —Se interrumpió—. Aunque si existe una denuncia por desaparición, veo improbable que la mochila acabara ahí por casualidad. De todos modos, no se lo comunicaremos a las familias hasta mañana, cuando sepamos más. ¿Algo que destacar en la casa? —preguntó Héctor—. Aparte de los cuadros, claro.
—Un perro —dijo Leire, sonriendo al percatarse cómo enrojecía su compañero. Y al ver la cara de su jefe, añadió en tono más serio—: Están tratando de identificar las huellas dejadas por los ocupantes. A ver si por ahí encontramos algo.
—De acuerdo. Manténganme informado. Y, Leire, intente averiguar algo sobre esos dibujos. Luego los miraré con calma. Ahora debo asistir a una…
Héctor iba a terminar la frase cuando una llamada le informó de que el comisario Savall le esperaba en su despacho.
Oyó entreabrirse la puerta del piso de su casera y se detuvo; hacía días que no coincidía con ella. La mujer salió al rellano y Héctor no dejó de asombrarse de su buen aspecto. Aunque su edad exacta era uno de los secretos mejor guardados del universo, Carmen debía de rondar los setenta años, y sin embargo siempre iba arreglada, incluso en casa. Alguna vez se lo había comentado y ella le había explicado, con una sonrisa, que la vejez era ya suficiente desgracia para añadirle encima el desaliño. Las batas y las zapatillas no estaban pensadas para Carmen, que vestía en todo momento igual que en la calle: de manera cómoda pero formal, como si siempre esperara visitas.
—¡Mira qué cara traes! —le regañó, medio en broma—. Cualquier día esas carreras te darán un disgusto.
—Hay que poner el cuerpo a punto o se oxida —repuso él con una voz más ronca de lo que esperaba.
—Yo diría que últimamente lo estás ejercitando bastante. —Carmen sonrió—. Y me alegro, no creas.
Él enrojeció aunque su cara de cansancio disimuló en parte el apuro. Aprovechando que Guillermo había estado de viaje de final de curso, Lola había pasado un fin de semana en su casa. A Carmen, casera por casualidad y curiosa por vocación, no se le había escapado la estancia de aquella mujer, la primera que pisaba la casa desde que Ruth se marchó.
Héctor iba a despedirse y subir a su piso, dos plantas más arriba, pero ella no le dejó.
—Espera, no te vayas tan deprisa. Pasa un ratito.
—Huelo a rayos…
La mujer hizo un gesto desdeñoso y cerró la puerta a su espalda.
—Ven a la cocina, tengo algo para ti.
No hizo falta que le dijera de qué se trataba: el olor a empanadas recién horneadas, ese aroma casi crujiente, llegó hasta él y le inundó de recuerdos y de apetito.
—No sé si me habrán quedado bien —dijo ella, mientras sacaba una docena del horno y las colocaba sobre un papel de aluminio, para envolverlas—. Ya sabes que me gusta mezclar recetas.
—Seguro que están ricas. A Guillermo le encantan, ya lo sabe.
—Ese niño tiene que comer más. Ayer lo vi y está un poco más alto, pero flaco como un palillo.
Era verdad. El chico había salido a su madre: huesos finos, extremidades largas, talento para dibujar. Lo único que había sacado de Héctor era lo que éste hubiera preferido no legarle: una seriedad impropia de los catorce años, una madurez temprana que a veces resultaba difícil de tratar. Aunque no todo podía achacarse a la genética. El último año no había sido fácil para nadie, y menos para su hijo.
La mujer hizo un paquete con las empanadas y en el último momento añadió un par más. Luego lo metió todo en una bolsa de plástico, pero no se la dio. La dejó sobre la mesa de la cocina y miró a Héctor con expresión súbitamente triste. Él intuyó de qué se trataba: a Carmen sólo podía inquietarla una persona.
—¿Pasa algo con Carlos? —preguntó.
Carlos, Charly para los amigos, era el hijo de Carmen y una cruz que la mujer no merecía. A sus treinta y pocos años, el prenda se había metido en casi todos los líos imaginables, aunque hasta entonces había logrado salir más o menos bien parado de ellos. Desde su primer arresto a los dieciocho por robar un descapotable y luego estrellarlo, la biografía de Charly era un rosario de delitos de poca monta, juergas eternas y malas compañías. Si tuviera que enviar un currículo para solicitar un empleo, su «experiencia profesional» dejaría boquiabierto a cualquier seleccionador de personal. Por suerte o por desgracia, Charly no se habría visto en esa tesitura; Héctor estaba seguro de que nunca había tenido la menor intención de encontrar un trabajo normal. Cada vez que pensaba en él le venía a la cabeza la letra de un viejo tango, cuyo título desconocía, pero que decía más o menos algo así: «No vayas al puerto, ¡te puede tentar! Hay mucho laburo, te rompés el lomo, y no es de hombre pierna ir a trabajar».
Diez años atrás, cuando Charly estaba en el punto álgido de sus adicciones varias, Héctor le había oído amenazar a su madre y había intervenido de forma tan contundente que el chaval, que entonces tenía apenas veinte años, se había largado de casa y tardado una década en volver. Carmen nunca se lo reprochó abiertamente, aunque el inspector estaba seguro de que en más de una ocasión le había culpado por la ausencia de su único hijo. Una ausencia prolongada, con apariciones puntuales en busca de fondos, que había terminado hacía poco tiempo.
El pasado enero, cual oveja descarriada, Charly había vuelto al redil y se había instalado en el piso que quedaba entre el de Carmen y el suyo propio y que la mujer siempre había mantenido vacío con la esperanza de que su chico regresara. En esos cuatro meses Héctor se lo había cruzado alguna vez por la escalera, aunque ninguno de los dos se había molestado en saludar más que con un gesto vago. Había experiencias difíciles de olvidar, y quienes habían visto a Héctor Salgado furioso tendían a recordar esa imagen con aprensiva nitidez.
Ella suspiró.
—Pasa y no pasa, Héctor. —Se dejó caer en una de las sillas y sus dedos acariciaron un paño de cocina que estaba primorosamente doblado sobre la mesa—. Da igual, vete a cenar. Guillermo te espera. Ya hablaremos en otro momento.
—Ni hablar. No voy a dejarla así. —Su tono de voz dejó traslucir un atisbo de ira al decir—: ¿Le ha causado problemas?
—No.
Él la miraba con incredulidad y ella reforzó la negativa.
—De verdad que no, Héctor. En este aspecto no tengo nada que reprocharle. Está más tranquilo y, hasta donde yo sé, ha dejado las drogas.
Héctor asintió, porque de hecho había tenido la misma impresión en las pocas ocasiones en que lo había visto. Charly era un tipo delgado, de aspecto juvenil, y de lejos, o mejor dicho, de espaldas, uno habría podido confundirlo con un amigo de Guillermo. La cara, sin embargo, no conseguía ocultar del todo los años y la mala vida: mirada huidiza, ojos oscuros incapaces de quedarse quietos un instante; ojeras profundas y perennes; pómulos rígidos que parecían querer horadar una piel fina y pálida, y boca pequeña, condenada por la costumbre a un gesto entre la rebeldía y la desgana. Ruth siempre decía que el muchacho tenía cara de hurón, recordó Héctor, aunque estaba bastante seguro de que su ex mujer se refería a otro animal porque los hurones se le antojaban simpáticos. Charly no.
—¿Entonces?
—Se ha ido —anunció Carmen con voz no demasiado firme—. Hacía tres días que no sabía nada de él y esta mañana he entrado en el piso. Se ha llevado sus cosas.
Héctor no pudo disimular un gesto de fastidio. Carmen no se merecía esos disgustos. ¿Costaba tanto despedirse, dar una explicación aunque fuera mentira y dejar a la pobre mujer tranquila? Su cabeza empezó a enumerar las posibles razones de esa partida improvisada, y se le ocurrieron tantas posibilidades que desistió.
—No me engaño, Héctor —prosiguió ella—. Sé cómo es aunque te juro que nunca he llegado a entender el porqué. Ya de pequeño su mente siempre estaba trajinando la manera de meterse en líos. Pero esta vez estaba más tranquilo
