El faraón del desierto

Valerio Massimo Manfredi

Fragmento

Jerusalén, decimoctavo año del reinado de Nabucodonosor…

Jerusalén, decimoctavo año del reinado

de Nabucodonosor, día nueve del cuarto mes.

Undécimo de Sedecías, rey de Judá.

El profeta volvió primero la mirada hacia el valle plagado de incendios y después hacia el cielo vacío y suspiró. Las trincheras rodeaban las laderas de Sión, los arietes y las máquinas del asedio amenazaban sus bastiones. En las casas desoladas, los niños lloraban pidiendo pan y no había nadie que se lo partiera; extenuados por el ayuno, los ancianos se arrastraban por las calles y caían sin sentido en las plazas de la ciudad.

—Se acabó —le dijo al compañero que lo seguía de cerca—. Se acabó, Baruc. Si el rey no me escucha, no habrá salvación para su casa ni para la casa del Señor. Hablaré con él por última vez, mas abrigo pocas esperanzas.

Siguió andando por las calles solitarias y, al cabo de un trecho, se detuvo para dejar pasar a un grupo de personas que, rápidamente y sin derramar una sola lágrima, transportaban un féretro. En la oscuridad solo se distinguía el cadáver por el color claro del sudario que lo envolvía. Se quedó unos instantes viéndolos bajar casi al trote la calle rumbo al cementerio que el rey había mandado construir al abrigo de las murallas y que, desde hacía tiempo, se había quedado pequeño para albergar los cadáveres que la guerra, el hambre y la carestía vertían, todos los días, en gran número.

—¿Por qué el Señor sostiene a Nabucodonosor de Babilonia y le permite imponer un yugo de hierro a todas las naciones? —inquirió Baruc mientras el profeta reemprendía la marcha—. ¿Por qué se ha aliado con él que ya es el más fuerte?

A poca distancia de donde estaban, junto a la Torre de David comenzó a perfilarse el palacio. El profeta se adentró en la explanada y, mientras la luna asomaba entre las nubes haciendo emerger de la oscuridad la mole silenciosa del Templo de Salomón, volvió la vista atrás. Lo contempló con ojos brillantes mientras la luz lunar se posaba en las grandes columnas arrancándoles destellos y resplandeciendo sobre el mar de bronce y los pináculos dorados. Pensó en los ritos solemnes celebrados durante siglos en aquel patio, en las multitudes que lo abarrotaban en días de fiesta, en el humo que se desprendía de las víctimas ofrendadas al Señor en los altares. Pensó que el fin estaba cerca, que todo moriría en el silencio de los años y los siglos, y a duras penas pudo contener las lágrimas. Baruc lo sacó de su ensimismamiento tocándole el brazo:

—Vamos, rabí, es tarde.

A pesar de lo avanzado de la hora, el rey seguía reunido en consejo con los jefes de su ejército y sus ministros. El profeta se acercó a él y todos se volvieron al oír el golpeteo de su bastón contra las piedras del suelo.

—Has solicitado verme —dijo el rey—. ¿Qué tienes que decirme?

—Ríndete —contestó el profeta plantándose ante él—. Vístete con un sayo, frótate el cabello con ceniza y sal descalzo de la ciudad, póstrate a sus pies y ruega su perdón. El Señor me ha dicho: «Siervo mío, he puesto en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, al país, incluso el ganado de los campos le he entregado». No hay escapatoria, oh mi rey. Entrégate e implora su clemencia. Tal vez él perdone a tu familia y a la casa del Señor.

El rey inclinó la cabeza y guardó silencio. Estaba pálido y delgado y tenía profundas ojeras oscuras.

«Los reyes son el corazón de las naciones», pensaba para sus adentros el profeta mientras lo miraba de hito en hito a la espera de su respuesta, «por naturaleza saben que tienen muchas corazas que los protegen: fronteras y guarniciones, fortalezas y baluartes. Por eso, cuando un rey se siente asediado por el enemigo, su preocupación y su terror crecen desmesuradamente, mil veces más que en el caso del más pobre y humilde de sus súbditos que se sabe desde siempre desnudo.»

—No me rendiré —repuso el rey levantando la cabeza—. No sé si Dios, nuestro Señor, ha hablado contigo, si de verdad te ha dicho que ha puesto a su pueblo en manos de un tirano extranjero, de un adorador de ídolos. Me inclino más bien a pensar que algún siervo del rey de Babilonia o el rey mismo ha sido quien ha hablado contigo para corromper tu corazón. Estás a favor del enemigo invasor contra tu rey, ungido por el Señor.

—Mientes —dijo el profeta, indignado—. Nabucodonosor depositó en ti su confianza haciéndote pastor de su pueblo en la tierra de Israel y tú lo has traicionado. Conspiraste a escondidas con los egipcios, que hace tiempo esclavizaron a Israel.

El rey no reaccionó ante aquellas palabras. Se acercó a la ventana y aguzó el oído al sentir un murmullo amortiguado de truenos. El cielo se cernía sobre las murallas de Sión y el gran Templo solo era una sombra en la oscuridad. Con la mano se enjugó el sudor de la frente mientras el trueno iba apagándose a lo lejos, hacia el desierto de Judá. El silencio era total porque en Jerusalén no quedaban ni perros ni pájaros ni ningún otro animal vivo. El hambre había acabado con todos. A las mujeres les estaba prohibido llorar para que el eco de sus lamentaciones no resonara continuamente por toda la ciudad.

—El Señor nos ha dado una tierra en perpetua disputa —dijo de pronto—, encerrada entre poderosos vecinos. Una tierra que nos es arrebatada sin cesar y que nosotros intentamos recuperar desesperadamente manchándonos siempre las manos de sangre.

El rostro del rey estaba pálido como el de un cadáver pero el fulgor de los sueños iluminó brevemente sus ojos:

—Si nos hubiese dado otro lugar remoto y seguro, rico en frutos y ganado, encerrado entre altas montañas, desconocido por las naciones de la tierra, ¿acaso habría conspirado con el faraón? ¿Habría acaso solicitado su ayuda para liberar a mi pueblo del yugo de Babilonia? Contesta —le ordenó—. Y hazlo ahora mismo pues ya no queda tiempo.

El profeta lo miró y comprendió que estaba perdido.

—No tengo nada más que decirte —respondió—. El verdadero profeta es aquel que aconseja la paz. Pero tú te atreves a pedirle al Señor que te dé explicaciones de sus obras, te atreves a desafiar al Señor, tu Dios. Adiós, Sedecías. Como no has querido escucharme, tu camino te conducirá a las tinieblas.

Se volvió hacia su compañero y le dijo:

—Vamos, Baruc, no hay aquí oídos para atender mis palabras.

Salieron. El rey se quedó escuchando el golpetear del bastón del profeta, que se fue alejando entre la columnata del atrio hasta fundirse con el silencio. Miró a sus consejeros y los vio aterrorizados, las caras grisáceas por el cansancio, la larga vigilia y el miedo.

—Ha llegado el momento —dijo—, no podemos esperar más. Poned en marcha el plan que hemos preparado y reunid al ejército con la máxima discreción. Distribuid a escondidas las últimas raciones de alimento, los hombres van a necesitar todas las energías posibles.

Se acercó entonces un oficial de la guardia.

—Señor, la brecha está casi abierta. Una sección del ejército bajo el mando de Etán parte ahora mismo desde la puerta oriental para salir a distraer al enemigo. Ha llegado la hora.

Sedecías asintió. Se despojó de la capa real, se colocó la armadura y se colgó la espada al hombro.

—Vamos —dijo.

Tras él iban Camutal, la reina madre, sus esposas, los eunucos, sus hijos Eliel, Akís y Amasay, y los jefes de su ejército.

Bajaron la escalinata hasta los aposentos de las mujeres y desde allí salieron al jardín de palacio. La cuadrilla de picapedreros estaba a punto de terminar de abrir un paso en las murallas, del lado de la piscina de Siloé, y dos exploradores habían bajado en silencio para comprobar que la abertura estuviese despejada.

El rey esperó a que quitasen las últimas piedras y salió a campo abierto. Desde el valle soplaba el viento seco y caliente que había cruzado el desierto; se apoyó en las piedras de las murallas tratando de dominar la inquietud que lo ahogaba. Entretanto, sus oficiales hicieron salir a toda prisa a los hombres con la orden de parapetarse detrás de las rocas.

De lejos les llegó el sonido de las trompetas y el clamor de la batalla: Etán estaba atacando las líneas de asedio de los babilonios y en el valle sonaban las trompas llamando a retreta a los soldados de Nabucodonosor. El rey Sedecías se animó un poco, el sacrificio de sus hombres no sería en vano y tal vez conseguiría cruzar las líneas enemigas sin sufrir daños y llegar al desierto, donde estaría a salvo. Pasaron algunos minutos y, de pronto, en el fondo del valle se encendió una luz que osciló tres veces a derecha e izquierda.

—¡Por fin la señal! —exclamó el comandante del ejército—. El camino está libre, podemos emprender la marcha.

Pasó el santo y seña al resto de los oficiales para que lo transmitieran a los soldados y dio orden de partir.

El rey marchaba en el centro de la fila y con él iban sus hijos Eliel, el mayor, de doce años, y Akís, de nueve. Amasay, el más pequeño, de apenas cinco años, iba en brazos del ayudante de campo del rey para evitar que su llanto los delatase en caso de que en la zona hubiese espías enemigos.

Llegaron al fondo del valle y el comandante aguzó el oído hacia oriente.

—Etán sigue distrayéndolos —dijo—, quizá nos permita ponernos a salvo. Que el Señor le dé fuerzas y dé fuerzas también a los héroes que se baten a su lado. Vamos, avancemos lo más deprisa posible.

Fueron hacia el sur, en dirección a Hebrón, con la intención de llegar a Beersheba y desde allí buscar refugio en Egipto. Seguían al rey Sedecías alrededor de mil quinientos hombres, todos los que estaban en condiciones de empuñar las armas.

Pero los hombres de Etán, extenuados por las privaciones, no resistieron mucho tiempo el contraataque de los babilonios, numerosos, bien alimentados y pertrechados; no tardaron en sufrir una aplastante derrota que acabó con el grueso de sus tropas. Los supervivientes fueron apresados y torturados hasta morir. Hubo quien al no soportar los atroces sufrimientos reveló los planes del rey; Nabucodonosor fue inmediatamente puesto al corriente.

Dormía en su pabellón en un lecho púrpura, rodeado de sus concubinas, cuando lo despertó el oficial enviado por su comandante Nabuzardán.

El rey se levantó de la cama, ordenó a los eunucos que lo vistiesen y a su ayudante de campo que le llevase la armadura e hiciera preparar el carro de guerra.

—Prepara mi carro y reúne a mis guardias. No esperaré el regreso de Nabuzardán. Yo mismo iré a su encuentro.

El oficial hizo una reverencia y salió para mandar que se hiciera cuanto el rey había solicitado.

Poco después, el rey en persona salía de su pabellón y subía al carro. El auriga agitó el látigo y el escuadrón entero lo siguió en columna levantando una tupida polvareda.

Hacia el este, las nubes se habían dispersado y el cielo comenzaba a iluminarse con las primeras luces del alba. El canto de las alondras se elevaba hacia el sol, que asomaba despacio por el horizonte. Los prisioneros judíos fueron empalados. Por el gran valor exhibido, Etán, su comandante, fue crucificado.

El rey Sedecías llegó a la llanura de Hebrón cuando el sol resplandecía alto en el cielo, y se sentó a la sombra de una palmera para beber agua y comer pan y aceitunas saladas en compañía de sus hombres y reponer así fuerzas. Entretanto, sus oficiales registraban las cuadras de la ciudad en busca de caballos y camellos que les permitiesen avanzar más deprisa.

Cuando terminó de comer y beber, el rey se dirigió al comandante del ejército y le dijo:

—¿Cuánto tiempo crees que hará falta para que mis sirvientes reúnan el número suficiente de caballos, mulas y camellos que nos permita avanzar más veloces con rumbo a Beersheba? Mi hijos están agotados y no pueden seguir caminando.

El comandante iba a responder pero se contuvo y aguzó el oído para escuchar un ruido lejano, como de truenos.

—¿Lo has oído tú también, mi señor?

—Es la tormenta que esta noche se acercaba a Jerusalén.

—No, mi señor, esas nubes están ahora sobre el mar. No es esta la voz de la tormenta... —mientras así decía su rostro se transformó en una máscara de terror porque en lo alto de la meseta que se erguía sobre la ciudad había visto una nube de polvo y dentro de ella, desplegados y ocupando amplio espacio, los carros de guerra babilonios.

—Mi señor —le dijo—, estamos perdidos. No nos queda más que morir como hombres, empuñando la espada.

—Yo no quiero morir —dijo Sedecías—, debo salvar el trono de Israel y a mis hijos. Despliega al ejército y haz que me traigan ahora mismo algunos caballos. El Señor luchará a vuestro lado y esta noche, ya vencedores, os reuniréis conmigo en el oasis de Beersheba. He dado órdenes de que la reina madre y mis esposas os esperen en Hebrón. Viajarán con vosotros más cómodamente cuando os reunáis conmigo en Beersheba.

El comandante obedeció, desplegó al ejército, pero a los hombres les temblaron las rodillas al ver bajar hacia ellos raudamente centenares de carros con las guadañas brillantes que sobresalían de los ejes y segaban cuanto encontraban a su paso. La tierra temblaba como sacudida por un terremoto y el aire se llenó de un ruido atronador en el que destacaban los relinchos de millares de caballos y el fragor de las ruedas de bronce.

Algunos volvieron la vista atrás; al comprobar que el rey intentaba huir a caballo en compañía de sus hijos gritaron:

—¡El rey huye! ¡Nos abandona!

Inmediatamente el ejército se desbandó y los hombres huyeron en todas direcciones. Los guerreros babilonios los persiguieron en sus carros como si estuviesen cazando animales salvajes en el desierto. Los traspasaban con sus lanzas o los atravesaban con sus flechas como solían hacer con las gacelas y los antílopes.

El comandante Nabuzardán vio a Sedecías huir a caballo con sus hijos, apretando contra su pecho al más pequeño, montado en su silla, delante de él. Hizo una señal con su estandarte y un grupo de carros dejó de perseguir por la llanura a los fugitivos y se abrió en semicírculo.

Sedecías no tardó en verse rodeado y tuvo que detenerse. Los guerreros babilonios lo llevaron a presencia de Nabuzardán, quien ordenó que lo encadenasen a él y a sus hijos. No les dieron de comer ni de beber; tampoco les permitieron descansar. El rey fue arrastrado por la llanura sembrada de cadáveres de sus soldados y se vio obligado a marchar junto a los demás prisioneros y soportar sus miradas de desprecio porque los había abandonado.

La columna de carros volvió a poner rumbo al norte, hacia Ribla, donde los esperaba Nabucodonosor. Sedecías y sus hijos fueron llevados a su presencia. Eliel, el mayor, intentaba consolar al pequeño Amasay, que lloraba desesperadamente con la cara cubierta de mocos, polvo y lágrimas.

Sedecías se postró con el rostro vuelto hacia el suelo.

—Te suplico, gran rey. Mi inexperiencia y mi debilidad me han hecho ceder a las lisonjas y las amenazas del rey de Egipto y he traicionado tu confianza. Haz conmigo lo que te plazca, pero perdona a mis hijos. No son más que niños inocentes. Llévatelos a Babilonia, permite que crezcan a la vista de tu esplendor y te servirán fielmente.

—¡Levántate, padre! —gritó el príncipe Eliel—. ¡Levántate, oh rey de Israel, no ensucies tu frente en el polvo! No tememos las iras del tirano, no te humilles por nosotros.

El rey de Babilonia estaba sentado en un trono de madera de cedro, a la sombra de un sicómoro; sus pies descansaban sobre un escabel de plata. La barba ensortijada le cubría el pecho y en la cabeza lucía la tiara tachonada de piedras preciosas.

Hacía calor, pero el rey no sudaba; de vez en cuando le llegaba una ráfaga de viento, pero su barba, sus cabellos y su traje permanecían inmóviles como los de una estatua. El rey de Jerusalén yacía a sus pies con la frente en el polvo, pero él tenía la vista clavada en el horizonte, como si estuviese allí solo, sentado en medio del desierto.

No dijo palabra, no hizo gesto alguno; no obstante, sus sirvientes reaccionaron como si hubiese hablado, como si les hubiese impartido órdenes precisas.

Dos de ellos aferraron a Sedecías por los brazos y lo levantaron, un tercero lo cogió desde atrás por los cabellos para que no pudiese ocultar la cara. Otro arrastró al príncipe Eliel delante de su padre, lo obligó a arrodillarse sujetándolo por los brazos y dándole una patada en la espalda. El joven príncipe no se quejó ni suplicó; apretó los labios al ver que el verdugo se acercaba blandiendo el sable, pero no cerró los ojos. Esos ojos siguieron abiertos cuando la cabeza, cercenada del tronco, rodó a los pies de su padre.

Destrozado por el horror, Sedecías fue presa de escalofríos y convulsiones; la frente se le cubrió de un sudor sanguinolento que le inundó los ojos y el cuello. De lo más profundo de su ser salió un gruñido informe y tremendo, un sollozo entrecortado y enloquecido. Sus ojos se movían desbocados dentro de las órbitas, como deseando apartarse de la visión de aquel tronco inerte del cual brotaban torrentes de sangre que impregnaban el polvo. El grito desesperado del pequeño Amasay atormentó su alma y sus carnes cuando los sirvientes de Nabucodonosor se dispusieron a dar cuenta del segundo de sus hijos, el príncipe Akís.

No era más que un niño, pero la vista de aquella abominación había templado su valor como el acero, o tal vez el Señor, Dios de Israel, había posado en ese momento su mano sobre aquella cabeza inocente. El sable del verdugo se abatió también sobre su cabeza, su cuerpo se aflojó de golpe y su sangre, copiosa, fue a mezclarse con la de su hermano.

Amasay era demasiado pequeño para ser decapitado, razón por la cual el sirviente del rey le abrió la garganta como a un cabrito inmolado en el altar el día de pesach. El cuchillo acalló su llanto infantil transformándolo en gorgoteo, los pequeños miembros inertes palidecieron en el polvo, sus labios se tornaron lívidos y sus ojos, anegados en lágrimas, se volvieron vidriosos y se apagaron al escapar por ellos la vida.

Ya sin voz ni fuerzas, Sedecías pareció venirse abajo pero de repente, en un inesperado arranque de energía, se soltó de sus captores, desenfundó el puñal que uno de ellos llevaba colgado del cinturón y se abalanzó sobre Nabucodonosor. El soberano ni se inmutó, siguió inmóvil en su trono de cedro, con las manos apoyadas en los brazos mientras sus sirvientes aferraban a Sedecías y lo ataban al tronco de una palmera. El verdugo se acercó a él, lo agarró de los cabellos y le inmovilizó la cabeza con una mano, mientras con la otra blandía el puñal afilado con el que le vació las cuencas de los ojos.

Sedecías sintió su cuerpo arder en un relámpago rojo después del cual se hundió en la oscuridad infinita; antes de perder el conocimiento por su mente desfilaron las palabras del profeta. Supo entonces que a partir de aquel día caminaría por lugares infinitamente más horrendos que la muerte y que nunca jamás, mientras viviera, volvería a sentir las lágrimas bañar sus mejillas.

Cumplida su voluntad, el rey Nabucodonosor mandó que ataran a Sedecías con cadenas de bronce y emprendió viaje hacia Babilonia.

A la noche siguiente el profeta llegó a Ribla después de cruzar las líneas enemigas por un lugar que solo él conocía. Por el camino había visto los cuerpos destrozados de los soldados de Israel, atravesados por palos afilados; había visto también el cuerpo de Etán colgado de la cruz, cubierto por una bandada de cuervos y rodeado de perros famélicos que le habían roído los huesos hasta las rodillas.

Llegó a Ribla con el alma llena de horror, pero cuando vio los cuerpos destrozados e insepultos de los jóvenes príncipes y supo que habían obligado al rey a asistir a su suplicio antes de arrancarle los ojos se dejó caer al suelo y se abandonó a la desesperación. En aquel momento atroz pensó en las penas infinitas que su pueblo debía soportar porque Dios lo había elegido, pensó en la carga intolerable que el Señor había puesto sobre los hombros de Israel mientras otras naciones, que vivían en la idolatría, gozaban de riquezas infinitas, de comodidades y poder y se erigían en el instrumento que Dios elegía para flagelar a los desventurados descendientes de Abraham.

En aquel momento de profundo desconsuelo cayó en la tentación, pensó que para su pueblo habría sido preferible perder el recuerdo de su existencia, confundirse entre las gentes de la Tierra como una gota de agua en el mar, desaparecer por completo antes que soportar, generación tras generación, el dolor quemante del látigo de Dios.

Reemprendió la marcha sin probar bocado ni beber nada, con los ojos llenos de lágrimas, el alma atormentada y calcinada como las piedras del desierto.

Días después, Nabuzardán entró en Jerusalén con sus tropas y ocupó el palacio real con sus oficiales, sus concubinas y los eunucos. Tomó para sí a algunas de las concubinas de Sedecías que halló en Hebrón, o que habían quedado en el palacio, y otras las repartió entre sus oficiales. Las demás fueron enviadas a Babilonia para que sirvieran como prostitutas en el templo de Astarté. En cambio, a Camutal, la reina madre, la trataron con los honores que correspondía a su rango y fue hospedada en una casa, cerca de la Puerta de Damasco.

Pasó más de un mes sin novedades; únicamente los sirvientes de Nabuzardán recorrían las calles de la ciudad donde hacían recuento de los supervivientes y tomaban nota, sobre todo, de los herreros y herradores. La población reanudó su espera, pues se permitió a los campesinos llevar comida a la ciudad para que sus habitantes pudieran comprarla a elevados precios. Sin embargo no se dejaba salir a nadie, las puertas estaban vigiladas día y noche por guardias; los pocos que intentaban huir sirviéndose de cuerdas para bajar las murallas eran capturados y crucificados en el mismo lugar donde habían sido apresados, para que su suerte sirviera de ejemplo.

Los ancianos estaban desolados, seguros de que todavía les aguardaba lo peor, de que el castigo inevitable era aún más espantoso por el hecho de seguir envuelto en el misterio.

Cierta noche, uno de los sirvientes del Templo despertó a Baruc.

—Levántate, el profeta dice que quiere reunirse contigo en la casa del vendedor de legumbres.

Baruc sabía el significado del mensaje recibido en otras ocasiones cuando había tenido que ir a ver a su maestro en un lugar aislado, al abrigo de miradas indiscretas.

Se vistió, se ciñó el cinturón y atravesó la ciudad desierta y oscura. Seguía caminos que solo él conocía, pasando a menudo por las casas de personas de confianza o cruzando por los tejados o los pasadizos subterráneos para no toparse con las rondas de soldados babilonios que patrullaban la ciudad.

Llegó al lugar de la cita, una casa medio derruida que en tiempos del rey Yoyaquim había pertenecido a un vendedor de legumbres y que luego, ante la falta de herederos, había caído en el abandono. El profeta salió de la oscuridad.

—Que el Señor te proteja, Baruc —le dijo—, sígueme, nos espera un largo viaje.

—Pero rabí —dijo Baruc—, deja que vuelva a mi casa a coger un talego y algunas provisiones. No sabía que debía partir.

—Ya no hay tiempo, Baruc —le advirtió el profeta—, debemos partir ahora porque la ira del rey de Babilonia está a punto de abatirse sobre la ciudad y el Templo. Date prisa, acompáñame.

Cruzó a toda prisa la calle y se dirigió al callejón que llevaba a la base del Templo. El inmenso edificio se alzó ante ellos en cuanto desembocaron en la plaza que flanqueaba el bastión occidental.

El profeta volvió la vista atrás para cerciorarse de que Baruc lo seguía y de inmediato enfiló otro callejón que parecía alejarse de la plaza. Se detuvo ante una puerta y llamó. Se oyó el ruido de pasos e instantes después un hombre les abrió. El profeta lo saludó y lo bendijo; el hombre cogió un candil y echó a andar, guiándolos por un corredor que se internaba en la casa.

Al fondo del corredor, esculpida en la roca, encontraron una escalera; algunos de sus peldaños se hundían bajo tierra. Cuando llegaron al final de ella, el hombre que los guiaba se detuvo. Rascó el terreno con una pala y descubrió un anillo de hierro y una trampilla. Metió el mango de la pala en el anillo e hizo palanca. La trampilla se levantó dejando al descubierto otra escalera más estrecha y oscura que la primera; la ráfaga de aire que salió por la abertura agitó la llama del candil.

—Adiós, rabí —se despidió el hombre—, que el Señor te ayude.

El profeta le quitó el candil de la mano y comenzó a bajar al subterráneo, pero mientras lo hacía se oyó a lo lejos un grito, seguido de otros, y el subterráneo se llenó de un coro de lamentos, apagados por los anchos muros de la antigua casa. Baruc dio un brinco e hizo ademán de volver sobre sus pasos.

—No te vuelvas —le aconsejó el profeta—. El Señor, nuestro Dios, ha apartado la vista de su pueblo, ha apartado la vista de Sión para entregarla a sus enemigos.

Le temblaba la voz y la luz de la lámpara transformaba sus facciones en una máscara de sufrimiento.

—Sígueme, ya no queda tiempo.

Baruc obedeció y la trampilla se cerró tras ellos.

—¿Cómo hará ese hombre para volver? —preguntó—. Nos hemos quedado con su candil.

—Encontrará el camino —respondió el profeta—. Es ciego.

En ciertos tramos, el corredor se estrechaba tanto que los obligaba a avanzar de lado; en otros, el techo bajaba de tal modo que debían caminar encorvados. Baruc se ahogaba, como si lo hubiesen enterrado vivo y el corazón le latía tumultuosamente en el pecho por la opresión intolerable, pero seguía el ritmo uniforme del profeta, quien al parecer conocía muy bien el camino secreto que conducía a las vísceras de la tierra.

—Nos encontramos en el interior de la vieja cisterna, debajo del pórtico del patio interior —dijo—. Sigamos, ya casi hemos llegado.

Llegó hasta el fondo de la gran cámara hipogea y abrió una pequeña puerta de hierro que daba a otro corredor estrecho y bajo como el primero. Baruc intentaba comprender dónde iban; no tardó en darse cuenta de que su maestro lo guiaba hacia un lugar sagrado e inaccesible, hacia el corazón mismo del Templo, la morada del Dios de los Ejércitos. Subieron otra escalera de piedra y cuando llegaron a lo alto el profeta descorrió una losa, también de piedra, y se volvió hacia él:

—Ahora sígueme y haz lo que yo te diga.

Baruc miró a su alrededor; su corazón se llenó de estupor y admiración: ¡estaba en el interior del Santuario, tras el velo de finísimo lino que cubría la gloria del Señor! Ante él vio el Arca de la Alianza y, sobre ella, dos querubines de oro arrodillados, entre cuyas alas se apoyaba el trono invisible del Altísimo.

Los gritos desesperados de la ciudad les llegaban más nítidos y cercanos, aumentados por el eco que rebotaba entre los pórticos desiertos de infinitos patios.

—Coge todas las vasijas sagradas —le ordenó el profeta—, para que no sean profanadas, y mételas en la cesta que encontrarás en aquel armario. Yo haré otro tanto.

Recogieron las vasijas y, después de cruzar el pequeño espacio del Santuario, llegaron a otra estancia de la vivienda del Sumo Sacerdote.

—Volvamos por donde hemos venido —dijo el profeta—. Debemos coger el Arca.

—¿El Arca? —repitió Baruc—. Jamás conseguiremos llevárnosla.

—Nada es imposible para el Señor —arguyó el profeta—. Ven, ayúdame. A nuestro regreso encontraremos dos animales de carga.

Volvieron al Santuario, introdujeron las varas de madera de acacia en las anillas del Arca y la levantaron sin esfuerzo. Los gritos llenaban los patios exteriores del Templo; eran gritos extranjeros de hombres borrachos de vino y violencia. El profeta caminaba con dificultad, sus piernas ya no conservaban el vigor de otros tiempos y la reliquia sagrada del Éxodo, labrada en oro y madera, era una pesada carga.

Baruc no se sorprendió cuando al regresar a la cámara donde habían colocado las vasijas sagradas vio dos asnos con las albard

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