Contenido
Dedicatoria de Vicente Garrido
Agradecimientos de Vicente Garrido
Dedicatoria de Nieves Abarca
Agradecimientos de Nieves Abarca
Agradecimientos de los dos autores
Dramatis personae
Prólogo
Primera parte. Las trompetas del ángel
Segunda parte. La tormenta
PARTE I. EN UN ABRIR Y CERRAR DE OJOS
1. El arrepentido
2. Félix Panticosa
3. Caso abierto
4. Las tribulaciones de Valentina Negro y Javier Sanjuán
5. No despiertes a la serpiente
6. Hipnosis
7. Snuff
8. La mano de Gloria
9. Corazón robado
10. Conexión
11. Clementius van Berden
12. Victoria Álvarez
13. De nuevo, juntos
14. Match
15. Lóbrego romance
16. Sueño profundo
17. La máscara de espejos
18. Demonios olvidados
19. El espejo que no te engaña
20. El castillo
21. Hotel
22. Planeta Misterio
23. Sospechoso habitual
24. Asuntos Internos
25. En un abrir y cerrar de ojos
PARTE II. EL PALACIO DE LA OSCURIDAD
26. Te amo y te comparto
27. Richie Domingo
28. La vida y la muerte
29. Las joyas de Encina Yebra
30. Cita a medianoche
31. El Palacio de la Oscuridad
32. El tiempo vuela
33. Extraños en la noche
34. El perfil
35. Recuerdos envenenados
36. El hotel del terror
37. Escuchas indiscretas
38. Deuda de sangre
39. Alana en apuros
40. La pista escocesa
41. Cita en el juzgado
42. La decisión
43. Acto de justicia
PARTE III. EL REINO DE HADES
Prólogo
44. El castillo de La Palma
45. La confesión de Sanjuán
46. El asalto
47. Trayectos pendientes
48. Cicatrices
49. La rueda de la fortuna
50. Llamada inoportuna
51. Jóvenes en peligro
52. Cancerbero
53. Angustia
54. Sanjuán y Trashorras
55. Revelación
56. El monstruo en el laberinto
57. El sabor del crimen
58. La caza
59. El averno
60. Buenas noticias
61. Cerrando heridas
62. La Trastienda
A mi ahijada Violeta Ramírez Mitjans.
Y a la Villa de Jávea.
VICENTE GARRIDO
Agradecimientos
de Vicente Garrido
Al amigo y comisario jubilado de la Policía Nacional Rafael Luque, por sus consejos y ayuda en esta novela y, más importante, por todo lo que aprendí de él durante muchos años de charlas, trabajo y amistad.
A Juan de Dios y Fran Cantero, criminólogos y grandes lectores.
A Virgilio Latorre, por sus comentarios sobre los personajes malévolos.
A Begoña Filgueira, In Memoriam.
Los dioses no tienen piedad
con los que brillan.
Y a todos los que leen
en estos tiempos de penumbra.
NIEVES ABARCA
Agradecimientos
de Nieves Abarca
A María Teresa Cadenas, insustituible consejera forense y gran conocedora de armamentos varios. A María José Fernández, por su asesoramiento literario. A Cristina-Rajiva, enorme correctora multifunción y choferesa en el Pasatiempo de Betanzos. A Carlos, Álvaro y Fátima, «funcionarios asesinos» de Estrella Galicia. A Mercedes Molist, librera, por su dedicación constante a «colocar» nuestras novelas en cualquier ocasión. A Con Ramos, librera, defensora ancestral de la decencia y de la rectitud literaria. A Mery Conchado, bibliotecaria de pro en esta ciudad coruñesa de cristal. A Vicente Garrido por su eterna paciencia con los guiones. A María Vázquez, Marcos Díez por ser lectores O absoluto. A la Librería Arenas, a Casa Saqués, El Faba y sus clientes literarios, Cervería La Marina y a los foreros que nos reseñan, con más o menos cariño.
Agradecimientos
de los dos autores
Tenemos una deuda con María Elvira Luna Escudero-Alie por su texto «Reflexiones sobre los límites del lenguaje en El espejo y la máscara, de Jorge Luis Borges».
A Jack Mircala, ARTISTA GENIAL, por su maravilloso poema, reflejo fiel de la trama de El hombre de la máscara de espejos.
A los criminólogos y amigos de la criminología siguientes, grandes fans de Valentina Negro: María José Darza, Lola Gómez, Manuel Baulo, Miguel Herraiz y Fernando Parrondo.
Y, por último, a Carmen Romero, nuestra editora, por haber confiado en nosotros desde el principio, gracias de corazón.
Estamos en deuda con la web www.tallerediciones.com por la información obtenida para la historia del corazón de Espoz y Mina.
Dramatis personae
Policías
En la comisaría de Lonzas, A Coruña:
Inspectora Valentina Negro: adscrita a la Policía judicial en el CNP. Adquirió notoriedad por cazar al asesino en serie apodado el Artista.
Inspector jefe Iturriaga: jefe de la Policía judicial.
Subinspector Manuel Velasco: subordinado de Valentina Negro y amigo.
Subinspector Fernández Bodelón: subordinado de Valentina Negro y amigo.
Inspector jefe Antón Louro: jefe de los GOES.
Oficial Germán Romero: técnico informático perteneciente a la Brigada de Investigación Tecnológica.
Comisario principal Enrique Montiel: jefe superior de Policía de Galicia.
En la comisaría de Ponferrada:
Subinspectora Alana Ovejero: adscrita a la Policía judicial. Pasó varios años destinada en Madrid.
Oficial Antonio Regueiro: subordinado de Ovejero.
En la Jefatura Superior de Policía de Madrid:
Oficial Diego Aracil: adscrito a la Brigada de Patrimonio Histórico.
En Edimburgo:
Inspector Hugh Macfarlain: policía adscrito a la Brigada de Desaparecidos.
En la Jefatura Superior de Policía de Valencia:
Rafael Luque: jefe de la Brigada de Homicidios, amigo de Sanjuán.
Civiles
En Valencia:
Javier Sanjuán: criminólogo y profesor universitario valenciano. Colaborador asiduo con la Policía para ayudar en la resolución de crímenes.
Félix Panticosa: periodista e investigador del misterio. Amigo de Javier Sanjuán.
Verónica Carsí: novia de Panticosa.
Adolfo Sastre: conocido exportador de muebles, amigo de Félix Panticosa.
En A Coruña:
Lúa Castro: periodista en la Gaceta de Galicia.
Jordi el Gafapasta: periodista deportivo, pareja de Lúa Castro.
Manolo Castro: padre de Lúa Castro y policía jubilado.
Alejandro Villalobos: teniente de alcalde y concejal de Seguridad Ciudadana en el Ayuntamiento de A Coruña.
Clementius van Berden: ex ladrón de arte, pintor y falsificador, ahora retirado. Ventrílocuo. Vive con su loro.
Mateo Caravaca: psicólogo. Ex policía.
Xosé García: patólogo en el Complejo Hospitalario Universitario A Coruña.
Marcos Albelo: violador serial de adolescentes, apodado el Peluquero.
Eusebio Brandáriz: abogado de Marcos Albelo.
Richie Domingo: director de una agencia de modelos y regente de un local de intercambios llamado Te amo y te comparto.
Milagros La Puente: madre de Richie Domingo.
Victoria Álvarez: aspirante a modelo y actriz, y estudiante universitaria.
Francisco Álvarez: padre de Victoria.
Belén Egea: mujer desaparecida en extrañas circunstancias años atrás.
Enrique Negro: padre de Valentina Negro.
Freddy Negro: hermano de Valentina Negro.
Tonecho: dueño del restaurante Casa Saqués y amigo de Valentina y Sanjuán.
Anabel Díaz: abogada de Valentina Negro.
En Madrid:
Gerardo Trashorras: director de la revista Planeta Misterio.
Borrell: ladrón de guante blanco.
Martino: hijo de un amigo de Clementius van Berden.
Juan Antonio Espinosa: antiguo ladrón de bancos.
Encina Yebra: estudiante universitaria desaparecida en Ponferrada.
En Edimburgo:
Patty Jones: amiga de Hugh Macfarlain. Madre de...
Catriona Stevenson: una joven desaparecida en extrañas circunstancias.
Andy Roster: dueño del pub Conan Doyle y amigo del inspector Macfarlain.
Gerald Mortimer: empresario escocés. Sospechoso de proxenetismo.
En el Palacio de la Oscuridad:
El hombre de la máscara de espejos.
Cancerbero: sicario y asesino profesional.
Eugenio Valverde: banquero madrileño, coleccionista de arte.
Matthias Schreder: industrial alemán.
Lukas Almaraz: millonario suizo.
En Italia:
Guido Barone: vicecapo de la Policía de Roma.
Rosalia d’Agostino: agente de la Interpol.
En Jávea, Alicante:
Juan Planelles: dueño del restaurante y bodega La Trastienda.
José Martínez Espasa y Eva Gadea: policías locales y amigos de Sanjuán y Valentina.
PRÓLOGO
Te estaré mirando
Un hombre en la calle
vigila tus pasos,
respira tu aliento
y palpa el temblor
desnudo del agua
y el miedo en tus ojos.
JAVIER MAYORAL SÁNCHEZ,
Si por azar
PRIMERA PARTE
Las trompetas del ángel
Viernes, 22 de marzo de 2013
A Coruña, colegio de las Madres Franciscanas,
en la zona de A Zapateira
Andrea salió de su escondrijo detrás del enorme hórreo de piedra, caminó hasta la verja y movió con cuidado la puerta. Apenas miró hacia atrás, temerosa de que alguna profesora o incluso la portera del colegio estuviese mirando en aquel justo momento. Con rapidez, casi con pánico a que su huida fuese descubierta y sin atreverse a cerrar la verja, corrió unos metros camino abajo, apretando los libros contra su abrigo azul marino. Jadeando, se dio la vuelta con excitación y constató que nadie la había visto, así que se subió la falda de tablas hasta dejar a la vista los calcetines largos y reanudó su camino hacia el Campus de Elviña. Había quedado con dos amigas, mayores que ella, que le iban a presentar a un chico que estudiaba primero de Derecho. Era víspera de Semana Santa y prefería tomarse unas cervezas y fumarse unos porros con ellas y otros chicos antes que tener que tragarse todas las misas y celebraciones tediosas que rodeaban siempre las vísperas de la crucifixión de Jesús. Andrea creía en Dios, sí, pero estaba segura de que a Él no le importaría que se saltase un par de obras de teatro insufribles y luego la misa de todos los años, con la asistencia de los padres de las más pequeñas, y la pelea por los canapés y los vinos baratos de después en el pabellón de deportes.
Siguió caminando un buen rato por la calle Castro de Elviña hasta divisar el Campus. El sol le picaba cuando salía entre las nubes y le hacía entrecerrar los ojos. Se revolvió, incómoda, dentro del abrigo de lana con cuello de terciopelo. Al fondo, el cielo perlado de nubes blancas como sábanas recién tendidas enmarcaba una hermosa vista de toda la ciudad de A Coruña, que contrastaba con el azul marino, muy oscuro, del océano en calma. Miró el reloj: llegaba tarde, sus amigas debían de estar ya en la cafetería. ¿Sería mejor esperar el autobús? La parada no estaba lejos, así que sacó el móvil y consultó los horarios de paso. No tardaría más de diez minutos... Sopesó lo que podía tardar andando y se decidió a esperar sentada en la marquesina. Andrea, sofocada por el calor, se quitó el abrigo del uniforme y lo dejó a un lado del asiento, doblado sobre los libros.
El sol del mediodía acariciaba el cabello castaño claro de aquella adolescente solitaria, de piernas cruzadas y calcetines azules, que esperaba en la parada del bus. Miraba su móvil con plena atención, y cada rato levantaba la cabeza aguardando su destino con impaciencia, movía el pie calzado con zapatos castellanos de color granate.
El primer aviso siempre es en el sacro, en la base del sacro. Una punzada dolorosa y suave que se concentra como una quemadura de cigarrillo. Luego sube, se expande a través de los nervios, hasta nublar durante un segundo la vista. Un segundo solamente, y todo su ser entiende que ha llegado el momento, su pequeño y feo monstruo abrirá sus fauces y él no podrá ni querrá detenerlo.
Las manos enguantadas tiemblan en el volante, se aferran, ansiedad que dura unos instantes mientras aparca su BMW todoterreno blanco, muy cerca de la parada, a la salida de una curva. Abre la guantera y saca con cuidado una bolsa de plástico que contiene dentro un papel y un pañuelo. Mira su propio rostro en el espejo del coche, y el espejo le devuelve una sonrisa de dientes perfectos y unos ojos honestos detrás de las gafas de pasta azul. Detrás, en el maletero, dispone de todo lo necesario.
Domingo, 24 de marzo de 2013
Zona de San Pedro de Visma
—No voy a tirarme a ninguna, joder, tío, no seas mosca cojonera... Estoy muy enamorado de Maite —dijo Luis.
La voz arrastrada de alcohol sonrió con picardía.
—Es la tradición. Te casas mañana, macho. Tienes que follar por última vez... —Raúl soltó una carcajada mientras le golpeaba el hombro cariñosamente.
Luis movió la cabeza, un poco harto ya de la insistencia de sus colegas, especialmente el pesado de Raúl, que encendía un Camel mientras lo miraba de reojo con burla.
—Pienso hartarme de follar con mi mujer, entérate de una vez. Y si la tuya no quiere follar contigo no es mi pro...
Los demás asistentes a la despedida de soltero empezaron a silbar y a soplar los silbatos y matasuegras para cortar la discusión. Estaban bastante achispados, la muñeca hinchable pasaba de mano en mano provocando gran jolgorio mientras se acercaban en fila al prostíbulo Glamour, un enorme chalet perdido en la carretera, todos pendientes de que ningún coche los atropellase.
Raúl, que había tomado el mando del grupo, sacó del bolsillo una petaca y bebió un largo trago de whisky. Luego se detuvo, justo en el aparcamiento del chalet y levantó los brazos.
—Hemos llegado, amigos. Ahí dentro nos esperan las huríes dueñas del placer más refinado... Os guiaré como Orfeo en los infiernos a través del reino de Hades... —Avanzó unos metros con gestos teatrales.
El grupo volvió a alborotarse y a lanzar al aire la muñeca hinchable. Uno de los asistentes protestó:
—Habla normal, tío. ¿Qué hostia son las huríes? Se nota que tienes estudios, Raúl.
Raúl no contestó. Estaba mirando un bulto un poco más adelante de los dos solitarios coches que había en el párking del prostíbulo.
—¿Qué cojo...? —Se acercó despacio. El bulto, al aproximarse, se convirtió poco a poco en una forma humana que permanecía totalmente inmóvil, encogida. Raúl intentó despejar las brumas del alcohol y descifrar lo que estaba viendo, iluminado apenas por la farola solitaria que alumbraba el aparcamiento.
Una mujer. Vestida con una minifalda de plástico rojo muy escueta, medias negras de rejilla y un corsé también de plástico que ceñía su cuerpo de forma torpe. El pelo trasquilado le daba un aspecto extraño. Los zapatos de tacón se le habían desprendido de los pies. Una señal de alarma palpitó en la mente de Raúl, que soltó la petaca y corrió hacia el cuerpo. Le dio la vuelta por completo, poniéndola boca arriba y se dio cuenta de que parecía una niña maquillada como una prostituta barata. Y también de que parecía muerta.
—¡Joder! ¡Llamad a una ambulancia, daos prisa...! —Acercó la cabeza al pecho pero no pudo escuchar nada. Luego buscó el pulso en la carótida y notó el leve golpeteo de un corazón muy débil.
»¡Venga, joder, una ambulancia! ¿Es que estáis sordos?
Lunes, 25 de marzo de 2013
A Coruña, Hospital Materno Infantil
04:30
La inspectora de la Policía Nacional, Valentina Negro, miró con angustia el pecho de Andrea Mella, que subía y bajaba pausadamente al compás del respirador. De pronto, la joven sufrió una serie de convulsiones que sacudieron su cuerpo, que permanecía sujeto a la camilla. Las mejillas de Valentina se encendieron hasta casi quemarse. Apretó con fuerza los puños y clavó las uñas en las palmas de las manos, para que el dolor mitigase la ira que amenazaba con poseerla entera, y su mirada adquirió un tono severo que oscureció sus facciones delicadas. Los padres de Andrea sollozaban cerca, abrazados en la puerta de la UCI infantil, los hombros sacudidos por momentáneas ráfagas de dolor, mientras la doctora intentaba calmarlos de alguna forma.
«Solo tiene quince años, pedazo de cabrón», dijo para sí la inspectora.
Era la tercera víctima del «Peluquero» en tan solo dos meses, todas ellas adolescentes que estudiaban en colegios privados. Los policías le llamaban el Peluquero porque les cortaba la melena hasta dejarlas trasquiladas por completo. Las secuestraba en pleno día y las mantenía ocultas en algún lugar, donde las violaba y golpeaba repetidas veces. Luego, al cabo de cuarenta y ocho horas, las liberaba en las cercanías de alguna casa de citas aislada, vestidas y pintadas como si fuesen prostitutas. Permanecían todo el tiempo drogadas a base de alcaloides para lograr su completa sumisión, y al recuperar la consciencia, no recordaban casi nada de lo ocurrido. Pero las secuelas físicas eran graves, y las cerebrales aún estaban por determinar. Los especialistas temían que las sobredosis de alcaloides mezclados con otras sustancias pudieran dejar daños permanentes en aquellas niñas.
Valentina le hizo una seña a la doctora y las dos se retiraron a un aparte para no ser oídas por los padres de Andrea.
—¿Cómo está? Las otras dos chicas no estuvieron tanto tiempo en coma...
La doctora Iglesias hizo un gesto indefinido mientras negaba con la cabeza.
—Muy drogada, en pleno síndrome anticolinérgico. Estamos esperando los resultados definitivos del laboratorio, en principio parece que le administraron las mismas substancias que encontramos en las otras dos chicas en muy pequeñas dosis, pero esta vez quizás utilizó una dosis algo mayor. Ha sufrido una intoxicación muy grave... Está deshidratada, tiene contusiones y mordeduras por todo el cuerpo... —La doctora hizo una breve pausa y miró hacia la figura inerte de Andrea—. Sin embargo, creo que el pronóstico será bueno, como en los otros casos. Por lo general con la medicación los síntomas suelen ir remitiendo poco a poco. Habrá que esperar unas horas más. En cuanto tengamos los resultados de la analítica la llamaré. Sé que es difícil, pero necesitamos tiempo, la escopolamina se excreta por la orina muy fácilmente y es complicada de detectar. Las otras substancias permanecen más tiempo en el organismo. Un poco de paciencia...
Pero Valentina Negro, en aquella etapa de su vida, no tenía paciencia. Miró de nuevo hacia la niña, sintió como suyo el dolor de los padres, como un martillo viejo en su pecho, y salió de la UCI a grandes zancadas, presa de una impotencia que amenazaba con ahogarla. Conocía de primera mano los efectos de aquel tipo de substancias y eso la espoleaba todavía más: el hombre que era capaz de secuestrar y violar a aquellas niñas podía acabar matando a alguna adolescente con una sobredosis. Y lo que era peor, descubrir que matar le gustaba más que dejarlas vivas.
Valentina se obligó a centrar sus prioridades. Los de toxicología estaban en camino. Ya le habían informado de que la primera de las niñas secuestradas, Teresa, poco a poco empezaba a recordar retazos, imágenes brumosas del secuestro, pero los psicólogos desaconsejaban el interrogatorio policial. Miró su reloj: eran casi las cinco de la madrugada. No pensaba dormir ni una hora. Solo el tiempo de darse una ducha, tomar un café solo y buscar la manera de poder hablar con aquella chica. El tiempo apremiaba. Hizo un gesto al subinspector Bodelón, que apretaba en su mano un vaso de plástico con restos de café, y ambos se perdieron en los laberínticos pasillos del hospital infantil, buscando un ascensor.
—Imposible. No, inspectora. La cría está aún en estado de shock. Ni debería preguntármelo siquiera.
Valentina Negro clavó sus ojos grises en el pequeño logo de marca que adornaba la chaqueta de diseño italiano de la psicóloga, y luego reprimió un suspiro de hastío. La voz de profesionalidad impostada de aquella mujer la crispaba. «La cría.» Acercó la fotografía de colegio de Andrea Mella a través de la mesa de cristal. Luego acercó otra fotografía de Andrea, tirada en el párking del prostíbulo. Las puso delante de las facciones frías, inmóviles de la especialista.
—Quince años. Tiene quince años. Ha sido violada durante dos días, convertida en la esclava de un hijo de puta que la ha drogado, violado, golpeado, le ha cortado el pelo y ha estado a punto de matarla de una sobredosis. No sabemos todo lo que les hace en realidad. —La inspectora hizo un silencio calculado y prosiguió—: Ya son tres las niñas secuestradas. Y no me cabe la menor duda de que pronto serán más. Necesitamos saber, cualquier tipo de información puede ser crucial para coger a ese tipo.
—Y usted también debe saber que Teresa es una víctima. Y como tal mi deber es protegerla de todo lo que la pueda dañar en este momento.
—Hablaré con los padres —la retó.
—Los padres están de acuerdo conmigo. Teresa empieza ahora a recordar alguna cosa, es cierto, pero si usted tiene algún conocimiento sobre los efectos de ese tipo de alcaloides en la mente, ha de saber que cualquier información que nos proporcione puede ser fruto de un «viaje», de las alucinaciones que sufrió mientras permanecía bajo los efectos de la droga, que contiene escopolamina. Y también hemos encontrado restos de Rohipnol. El cóctel de la violación y el robo. Comprenderá que...
Valentina la interrumpió. Conocía muy bien los efectos de la escopolamina.
—Se sabe de algunas personas que han recordado parte de la experiencia real algún tiempo después. Mire... —la inspectora aspiró hondo y buscó de alguna forma sonar conciliadora—, entiendo a la perfección que es una niña, que ha pasado por una experiencia muy traumática. Pero en este momento lo importante es cazar al desalmado que está haciendo esta monstruosidad. Y la única información de primera mano es la que podamos sacar de las víctimas.
La psicóloga la miró con cierta compasión. O comprensión quizá. Valentina se sintió humillada en cierto modo, como policía y como persona.
—Inspectora, la respuesta es un contundente «no». Lo importante es proteger a la niña. Lo desaconsejo por ahora. Quizá más adelante los padres accedan, no digo que no.
Los ojos grises de Valentina adquirieron un tono plomizo durante un leve momento.
—Quizá más adelante ya no importe. Quizá dentro de un par de semanas, o un mes, tenga a otra niña más a la que proteger de mí, en vez de protegerla de ese cabrón. —La voz seca de la inspectora cortó la conversación de cuajo. Se levantó y salió del despacho lleno de diplomas dando un portazo, sin importarle la mirada de reproche de una mujer mayor con bata blanca que avanzaba por el pasillo con un archivador apretado entre los brazos.
Martes, 26 de marzo de 2013
Comisaría de Lonzas
Laboratorio de la Policía científica
—Aislar la escopolamina es muy complicado si no se tienen los instrumentos adecuados. No hace falta un gran laboratorio, pero sí un buen instrumental... —Víctor Álamo, el joven químico de la Científica se apartó de la mesa blanca y señaló un aparato de vidrio—: Un extractor Soxhlet. Y conocimientos de química, eso téngalo por seguro. Éter para macerar la planta..., filtrarlo en un kitasato...; bien, no le voy a aburrir con el proceso de extracción, inspectora.
Valentina negó con la cabeza y le hizo una seña para que prosiguiera.
—No, no me aburres. Me interesa.
Álamo era un hombre extraño, aún joven, pero con las gafas pasadas de moda y el pelo prematuramente canoso aparentaba diez años más de los treinta y pocos que en realidad tenía. Siguió, halagado por captar el interés de la inspectora.
—Luego habría que purificarla; la planta «trompeta del ángel», como la llaman en Estados Unidos por la forma acampanada de sus flores, contiene más alcaloides, como la atropina, y para extraer la escopolamina y dejar el resto nuestro amigo tiene que realizar aún otro proceso distinto. Ahí sí que hace falta cierta sofisticación para conseguir un buen trabajo, así que no me extrañaría que el Peluquero tenga acceso a algún laboratorio químico, o bien él mismo tiene conocimientos y material para obtenerla. De todos modos, esa cantidad tiene que haber afectado mucho a esas niñas, especialmente después de haber mezclado la droga con Rohipnol y éxtasis durante dos días. ¿Cómo están?
—No me han permitido verlas. Dicen que se están recuperando de forma satisfactoria... —Cambió de tema con rapidez—. ¿Tú qué crees entonces? ¿El Peluquero puede ser un químico...?
Álamo asintió.
—Un farmacéutico, un químico, sí, como el profesor de Breaking Bad. —Sonrió su propia broma—. O las dos cosas. Incluso un médico... no sé. Un médico podría sedarlas con cualquier otra droga; el Rohipnol y el éxtasis que aparecen en las analíticas tampoco son difíciles de conseguir... —suspiró con cierta resignación—. Hoy en día todo está en Internet. No sería extraño que estuviese también traficando.
—Imagino que la preparación de la droga forma parte de su ritual, se excita pensando lo hábil que es en muchos aspectos, en cómo se acercará a su víctima, en cómo la abordará... —Valentina comenzó a analizar de forma casi inconsciente la información que le estaba ofreciendo su compañero.
Álamo interrumpió las elucubraciones de la inspectora.
—La trompeta del ángel es una planta muy común y muy bella, adorna muchos jardines en A Coruña, incluso la puede encontrar en lugares públicos, como los Jardines de Méndez Núñez. La gente no sabe que son muy tóxicas, utilizadas por los chamanes para lograr cierto tipo de alucinaciones muy concretas. No tiene que esperar para recolectar..., simplemente, con ir de noche a algún jardín privado o público se puede hacer con un buen cargamento.
Valentina asintió.
—¿Qué piensas? ¿Las roba en los parques? ¿Se podría dar el caso de que estuviese cultivando él mismo la planta en su casa?
—Si tiene conocimientos, puede elaborarla él mismo. Son plantas muy agradecidas, fáciles de cultivar. Y despiden un aroma fascinante, sobre todo al caer la noche. —La enigmática sonrisa del policía incomodó a Valentina de una forma extraña—. De ella se extrae lo que se conoce como «droga del amor», la droga que deja a las personas a total merced y sometimiento del que la administra.
SEGUNDA PARTE
La tormenta
Lunes, 1 de abril de 2013
Los ojos de las adolescentes, las tres ciertamente parecidas y de largo cabello castaño, liso, y uniformes colegiales, perseguían a Valentina a través de la sala desde las fotos que estaban colgadas en el corcho, como si se tratase de tres Giocondas que la acusaban, o eso sentía ella, de no estar haciendo lo suficiente para capturar a su torturador. Se paró un instante para sostener aquellas miradas limpias, hasta que la entrada del subinspector Manuel Velasco, con una carpeta azul y vasos térmicos que intentaba equilibrar en la mano, interrumpió sus cábalas.
—He traído café, inspectora. Cortado sin azúcar para usted.
—Nos va a hacer mucha falta la cafeína, gracias, Velasco. —Lo miró agradecida—. Tu colega Bodelón ha elaborado una lista bastante extensa de todos los lugares donde pudo haber comprado el Peluquero la ropa y los zapatos que les pone a las chicas. Hay mucho que filtrar, aunque quizá sea una tarea inútil. Es ropa barata, de los chinos, zapatos de plástico... Puede haberla conseguido por Internet o en cualquier almacén al por mayor. —Los subinspectores Velasco y Bodelón eran sus más fieles colaboradores, y solo con ellos se permitía Valentina mostrarse vulnerable o derrotada.
—No nos vamos a rendir, jefa. —La llamaban así, y a ella le gustaba—. No hasta que ese cabrón esté en la cárcel.
Valentina agradeció el apoyo con una sonrisa, pero se sentía agobiada. Tres meses de investigación y no habían conseguido avanzar demasiado. Y hacía casi uno que el Peluquero no daba señales de vida. Era la calma que presagiaba la tormenta, sin duda. Su progresión indicaba que pronto iba a actuar de nuevo, y debían estar preparados. Pero los recortes estaban haciendo estragos en la plantilla de Lonzas, muchos efectivos se jubilaban, otros más jóvenes pasaban a segunda actividad, y no había suficientes agentes para cubrir todos los colegios de una forma aceptable. Pero no se lo iban a poner fácil. Por lo menos ella no se lo iba a poner fácil.
Velasco dejó los cafés en la mesa y abrió la carpeta. Sonrió de forma casi imperceptible.
—Tengo nombres. Gente y empresas que han comprado materiales y productos que podrían ser utilizados en la fabricación de escopolamina. No le extrañe que de paso pillemos a algún cabronazo que haya montado un laboratorio clandestino.
—Bien. Dentro de dos horas tendremos una reunión con el inspector jefe Iturriaga. Por lo menos hemos conseguido algo: al fin se han decidido a conminar a todos los colegios de la ciudad para que avisen a las alumnas de que tienen que ser extremadamente cautelosas. No ir solas por la calle, no dejar que nadie se les acerque con un cigarrillo, un papel, una bebida... El gran problema de esta droga es que mucha gente no la toma en serio. Pero, bueno, el dispositivo especial a la salida de las clases es muy visible, puede lograr que se eche para atrás al ver tanta policía, que se ponga nervioso... —dijo, más esperanzada que convencida.
Valentina se detuvo un momento y miró el grueso fajo de papeles que había traído Velasco. Necesitaban más efectivos en el caso. Se avecinaba una montaña de información que iba a ser compleja de procesar con tan poca gente. Se pasó la mano por la cara para despejarse un momento y bebió un sorbo de café templado. Javier Sanjuán le había enviado la noche anterior un perfil del Peluquero. Con un poco de suerte, en la reunión del operativo el jefe sería lo suficientemente inteligente como para tener en cuenta la labor del criminólogo, como habían hecho otras veces.
Vueltas y más vueltas a la salida. En los colegios religiosos su BMW blanco pasa desapercibido, un padre más que va a buscar a sus hijos en su cuatro por cuatro. Coches de la Policía Nacional y de la Policía local que patrullan alrededor. Algunos lo miran, aunque no desconfían. El ser humano de forma inconsciente relaciona juventud, barba, gafas de hipster con la personalidad de un intelectual inofensivo. Lo normal es que busquen a un hombre mayor, a una especie de baboso gordo que observe a las nínfulas con descaro de viejo verde. Y él es joven, de estudiado aspecto amable.
Vuelve a hacer otra pasada por el colegio de las Esclavas. Todas las niñas van en pareja o en grupo. Ríen, las carpetas apretadas contra el pecho, la falda recién subida al abandonar el colegio, todas compitiendo por ver cuál es la más zorra de ellas. Sin embargo, ninguna es lo suficientemente putilla como para llamar su atención; el Pequeño Monstruo bosteza al verlas pasar con sus pretensiones de adultas, ya casi hembras. Los coches se detienen en las inmediaciones formando un atasco monumental; las adolescentes suben al bus, o se pierden dentro de los vehículos familiares.
Mira su reloj. Aún tiene tiempo para dar otra vuelta más. Necesita encontrar a su siguiente muñequita. La urgencia de su «pequeño monstruo» aún no es acuciante, pero en cualquier momento podría comenzar a hacerse insoportable. Él no sabe cuándo empezará. Solo sabe que la punzada en la columna le duele hasta hacerle sangrar la médula.
«Aún queda tiempo para echar un vistazo en la Compañía de María», piensa. Quizás allí encuentre alguna Lolita dispuesta a complacerle como él se merece, un lugar donde la Policía no esté tan pendiente de las niñas... Gira el volante y se dirige con las ventanillas bajadas hacia la avenida de Calvo Sotelo.
Pronto el sudor empapa su camisa blanca y recién planchada de Ralph Lauren. La humedad adhiere la tela al asiento de cuero y le produce una agradable sensación pegajosa.
«Ella» está en la puerta del colegio. Hablando con un hombre mayor que, quizá, sea su entrenador. Es alta, estilizada. Tiene un largo y sedoso pelo castaño que brilla al sol del mediodía, en las manos, un balón de baloncesto que aprieta y bota con destreza mientras sonríe. Las tablas grises de la falda, recogida hasta casi la parte superior de los muslos, se mueven de forma acampanada, mostrando quizá, o eso le parece, un trozo de tela blanca en la ingle.
Aminora la velocidad del BMW hasta quedarse en doble fila delante del portalón. Su respiración, de inmediato, se torna pesada. Luego levanta su móvil de forma disimulada y saca una ráfaga de fotos de la joven. Le calcula unos quince años, aunque aparenta casi dieciocho.
Ella termina la conversación con el hombre, recoge la mochila del suelo y empieza a caminar hacia la avenida de La Habana.
«Eres ya una verdadera putilla. Necesitas que alguien te dé muy pronto una lección. Si deseas atraer la atención de un macho, lo has conseguido... Aunque no del modo que esperarías hacerlo.»
—«Las tres chicas son de complexión similar, pelo castaño lacio, ojos castaños, altas, delgadas y bastante desarrolladas para su edad...» —Valentina leía el perfil realizado por Javier Sanjuán mientras los demás policías escuchaban con atención plena. Cuando terminó, se hizo el silencio. Luego, el inspector jefe Iturriaga se mesó la barba rala.
—Así que tenemos que seguir buscando a alguien con antecedentes, o que por lo menos haya sido sospechoso de acosar anteriormente a otras niñas.
Valentina asintió, y luego tomó el mando. Se había ganado el respeto que todos le tenían desde que terminara con la carrera criminal de Giovanni Nero, alias el Artista, que dos años antes había asolado a la ciudad. Este caso fue muy notable en su carrera. Le apodaron el Artista porque mataba mujeres reproduciendo las imágenes de diferentes obras de arte muy conocidas. Con motivo de la investigación de este asesino en serie conoció a Javier Sanjuán, un profesor de Criminología valenciano que se hallaba en A Coruña en esas fechas. Ambos iniciaron una relación compleja y en muchos sentidos atormentada, y las circunstancias traumáticas que rodearon la captura y muerte del Artista no contribuyeron a mejorar las cosas entre ellos.
—Según Sanjuán —siguió Valentina—, el nivel de sofisticación de los ataques indica que nuestro amigo puede ser reincidente, como pensamos nosotros también en un principio. Quizás empezó acosando a niñas sin pasar a mayores. Fotos, vídeos, flores a la salida del colegio, noviazgos con crías a espaldas de sus padres... Puede estar en alguna base de datos de cualquier otro cuerpo de seguridad de este país. Quiero a alguien desde ahora mismo buscando antecedentes que puedan cuadrar con un hombre joven, quizás en el paro, que viva solo, con conocimientos químicos, de botánica o farmacéuticos. Los antecedentes no solo en Galicia, también fuera.
—En el paro... ¿por los horarios? —Bodelón afirmó a la vez que preguntaba. Se inclinó hacia delante, mientras tomaba notas.
—Efectivamente. En el paro o con un tipo de trabajo que le permita tener tiempo libre suficiente para poder acechar a las niñas. Los ataques se produjeron a diferentes horas y en días de la semana distintos. El hijo de puta tiene tiempo para observar, acechar, quizá durante días y para actuar. Debe tener ahorros o alguna fuente de ingresos. El operativo que vigila todos los colegios puede disuadirle, pero no podemos poner un policía a cada niña que ande sola por la calle, así que tenemos que ser eficaces. Según Javier Sanjuán, no tardará en volver a actuar, dado su alto nivel de ira y agresividad.
»¿Qué opináis del perfil geográfico? —preguntó Valentina a su equipo, mientras se dirigía hacia el mapa de la ciudad que contenía diversas anotaciones y marcas. Y luego continuó ella misma con sus hipótesis—: La primera víctima, Emma García, desapareció tras salir de los Escolapios a las dos y media de la tarde de un miércoles, de camino hacia su casa en la ronda de Outeiro. Solía ir andando a clase, así que la pudo interceptar mientras bajaba la cuesta de Os Fortes. La segunda, Teresa de la Fuente, desapareció del colegio de las Esclavas, en Riazor, sobre las cinco y media de la tarde de un lunes. Y la tercera, Andrea Mella, fue vista por última vez en el colegio de las Franciscanas, en A Zapateira, alrededor del mediodía de un viernes..., bien. Sanjuán dice que el punto de anclaje se sitúa claramente en el centro de la ciudad. Y yo he estado meditando sobre ello. En Ciudad Jardín hay muchos chalets unifamiliares en donde se podría perfectamente mantener a alguien secuestrado sin llamar la atención. Y un punto más a favor de esa zona serían los múltiples jardines. Víctor Álamo me ha informado de que son lugares en donde abunda la Brugmansia cándida o trompeta del ángel. Quién sabe si..., en suma, si vive por esa zona puede que nos encontremos con alguien con un cierto poder adquisitivo. Hay que pensar que sus «viveros» son, por ahora, los colegios de pago con niñas uniformadas. Así que ha de merodear de manera forzosa por las zonas donde esas niñas sean vulnerables: entrada o salida del colegio, alguna que haga novillos... Si consiguiéramos hablar con alguna de las chicas, podríamos quizás encontrar una pista que nos abriese un camino. Los de informática están buscando en los chats, en Facebook, Twitter o Tuenti, pero no encuentran nada extraño en la actividad de ninguna de las tres. Así que es muy probable que las encuentre por el viejo método de la vigilancia. Según el perfil, se mueve en su propio coche, que probablemente sea amplio, un todoterreno, o similar, para introducir fácilmente a las víctimas en su interior.
El inspector jefe Iturriaga se revolvió en su asiento, se levantó y se quitó las gafas. Miró con los pequeños ojos del color del coñac a todos los presentes antes de dar por terminada la reunión. Sabía que interrogar a las niñas era necesario, pero el estado mental en el que habían quedado las tres víctimas hacía que los psicólogos desaconsejaran cualquier acercamiento.
—Es cierto, inspectora Negro. Tiene razón. Necesitamos hablar con alguna de esas niñas. Haré lo que pueda, pero está complicado. Ya me han amenazado con enviar a los de Madrid si no conseguimos nada. Así que aplíquense: sé que no es tarea fácil. Pero en peores plazas hemos toreado.
Colegio Compañía de María
20:30
Vanessa se secó el pelo con la toalla y se la enroscó en la cabeza. Luego sacó de la bolsa de deporte la crema hidratante y deslizó sus manos por todo el cuerpo, relajándose tras el duro entrenamiento. La mayoría de sus compañeras de equipo ya habían terminado de ducharse y arreglarse, solo faltaban ella y otra chica nueva, Ana, de un curso superior, a la que no conocía demasiado. Vanessa se demoraba siempre: le gustaba estar unos minutos en soledad dentro del vestuario, hidratando la piel y secándose el pelo con calma. Mandó un mensaje a su madre por Whatsapp: llegaría muy pronto, estaba hambrienta. Antes de secarse el pelo colocó en el asiento del vestuario la sudadera azul marino y la falda gris del uniforme.
Cuando salió del colegio ya había anochecido. Llovía a cántaros. Un relámpago iluminó durante unos segundos el cielo negro como el chapapote y el suelo retumbó pocos segundos después con el estampido tremendo de un trueno. Se puso la capucha de la sudadera sobre la cabeza y echó a correr, la mochila al hombro, lamentando no haberle dicho a su madre que fuese a buscarla. Cruzó la calle desierta casi sin mirar si venían coches. En muy poco tiempo estaba empapada, así que decidió guarecerse dentro de un viejo portal.
Un hombre corría por la avenida de Calvo Sotelo, buscando también algún lugar para protegerse de la tormenta. Cruzó hasta la calle Alfredo Vicenti, y no se paró hasta que los saledizos del antiguo edificio lo ampararon de la fuerza del chaparrón, que pasados los minutos se había convertido en una intensa granizada.
Vanessa se estremeció de frío. El hombre jadeaba, totalmente empapado. Sonrió y se puso a su lado en el portal. Era joven y atractivo, y a pesar de la mojadura, se podía ver que la ropa era elegante. Una gabardina beige, pantalones de pinzas. Se quitó las gafas de pasta y se las secó con un pañuelo. A ella le pareció algo miope, encantador.
—Qué horror, cómo llueve. Me dan un miedo horrible las tormentas. ¿A ti no? Ya desde pequeño. Mi madre solía decir que era un gallina —se encogió de hombros—, pero yo no soy capaz de evitarlo. Fui a buscar tabaco y me pilló justo dentro del estanco.
—A mí tampoco me gustan mucho... —dijo Vanessa—, la verdad es que odio mojarme. Y encima está granizando. —No pudo evitar coquetear un poco. Sonrió a su vez y lo miró abiertamente. Se quitó la capucha de la sudadera, el pelo empapado pegado a la cara y las gotas cayendo por la frente y las mejillas—. Lo peor es que le acabo de decir a mi madre que iba directa a casa y aquí estoy. Se va a preocupar.
—Tengo un paraguas en el coche. Si esperas un momento, te lo traigo y te lo presto. Ya me lo devolverás...
Ella negó con las manos, sintiéndose a la vez halagada y avergonzada. El hombre insistió.
—Que sí, mujer, tardo medio minuto... Espérame aquí. —Rebuscó en el bolsillo de la gabardina—. Mi coche está cerca... ¿Quieres un cigarrillo, mientras?
Vanessa asintió. Fumaba a escondidas, pero el tabaco era muy caro, y con su asignación semanal no podía permitirse el lujo de comprarlo habitualmente.
Ana esperaba dentro de la puerta del colegio a que cesase la tormenta. Cuando el granizo pareció menguar en su ímpetu furioso, bajó las escaleras y se dirigió a la cervecería Victoria, justo enfrente, donde había quedado con sus amigas. Llegaba tarde. Cruzó la calle a buen paso mojándose el cabello, la ropa, la bolsa de deportes. Le gustaba notar la lluvia en la piel, así que paró al llegar a la acera y miró al cielo, blanqueado de repente por otro relámpago que estalló en la lejanía del mar. La luz iluminó también dos rostros refugiados en un portal, el de Vanessa, su compañera de equipo, sonriente, y el de un hombre de mediana edad, con gafas, de aspecto agradable, que la estaba abrazando. Ana la saludó con un gesto, y ella siguió mirándola con expresión bobalicona, sin apenas reaccionar.
—Vanessa... ¿estás bien? —Ana parpadeó para quitarse las gotas de las pestañas y poder observar mejor a la pareja. Creía haber escuchado a su compañera decir que se iba a casa. ¿Qué hacía allí con un tío mucho mayor que ella?
El hombre hizo una mueca, agarró a su acompañante, y sin más preámbulos, la sacó del portal casi a rastras, apartando a Ana con un gesto seco, mientras dirigía a Vanessa hacia un BMW todoterreno que estaba aparcado muy cerca, en doble fila. Ana vio con asombro que ella no se resistía; al contrario, parecía encantada de estar con él. Mientras el coche arrancaba a toda velocidad, en un gesto intuitivo, corrió para intentar ver la matrícula. Buscó una libreta en su bolsa, a tientas casi, y un bolígrafo. Quería apuntarla para no olvidarse. El BMW hizo un giro prohibido que provocó bocinazos airados y se perdió en un instante.
Pero Ana había sido más rápida. Como un fogonazo en su cerebro, recordó la circular que les habían enviado a casa desde la dirección del colegio, a la que ninguna había hecho demasiado caso: no aceptar nada de ningún desconocido, no trabar conversación con alguien que te aborde en la calle, desconfiar de cualquier hombre que les preguntase una dirección o quisiera acercarse demasiado... Sus dedos empezaron a temblar, y las gotas de la lluvia casi borraron la tinta de la matrícula al caerse la libreta al suelo empapado, en su afán por encontrar el teléfono móvil para llamar a la Policía.
Valentina hablaba por teléfono mientras conducía casi sin ver a causa de la lluvia. A ratos, los relámpagos iluminaban el mar embravecido de Riazor, compitiendo con la intermitente luz de la Torre de Hércules, que intentaba sin demasiada fortuna poner luz en la tenebrosa noche. La sorpresa, la consternación y la furia se atropellaban en su cerebro: el Peluquero nunca actuaba de noche... hasta ahora. Sin duda, los operativos de vigilancia en los colegios lo habían disuadido, pero no lo suficiente.
—¿Dónde estáis? ¡No veo nada, joder! —Apretó el claxon con fuerza para apresurar al vehículo que iba delante de ella—. Ya, ya llego... —Notó su voz temblorosa por la ansiedad—. ¿Está la chica con vosotros? Bien. Estoy aparcando.
Valentina dejó el coche con las luces de emergencia y se precipitó al lugar donde estaban ya los subinspectores Velasco y Bodelón acompañados de varias patrullas, y una nerviosa Ana que basculaba el peso del cuerpo de una pierna a otra y miraba hacia los policías con recelo.
—Tenemos un nombre y una dirección, inspectora. Esta joven ha logrado coger la matrícula del coche que supuestamente se llevó a Vanessa Serrano. El propietario del vehículo se llama Marcos Albelo, es un BMW X5. El vehículo está domiciliado en un bajo de la avenida San Roque de Afuera, muy cerca de aquí; por lo que parece, es de una empresa de cata de vinos.
Valentina sopesó la información.
—¿Te fijaste bien en la matrícula? ¿Estás segura? —La joven asintió con expresión acobardada—. Bien. Cuéntame todo lo que has visto. Todo. De la forma más exacta que puedas recordar.
Tras escuchar las palabras entrecortadas de una nerviosísima Ana, sintió que la invadía la angustia.
—¿Te ha visto cogerle la matrícula?
—No lo sé. Llovía mucho. Salió rápido hacia el paseo de Ronda, y estaba oscuro, había otros coches, no lo creo, pero no estoy segura.
Bodelón intervino:
—Tenemos a los de la sala de pantallas del 092 buscando el coche con las cámaras fijas y a varias patrullas dando vueltas por la zona, pero por ahora nada.
—Diles que busquen especialmente por la zona de Ciudad Jardín. Si ha subido por el paseo de Ronda...
Un rayo enorme descargó en las cercanías. Sacudió el suelo y los hizo encogerse de la impresión. Al momento, el trueno retumbó como un gigante despertándose a lo largo de toda la playa de Riazor. La tormenta estaba prácticamente sobre ellos. Las sirenas de los coches saltaron y la zona quedó totalmente a oscuras.
—Lo que nos faltaba... —Velasco miró su radio con desesperación. Solo se podía oír la estática de forma muy débil—. ¡Se acaba de ir la luz!
