En el último minuto (Saga King y Maxwell 6)

David Baldacci

Fragmento

Creditos

Título original: King and Maxwell

Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto

1.ª edición: octubre 2015

 

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-187-8

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Contenido
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Agradecimientos
guia-1

Para Shane, Jon, Rebecca,

y todo el reparto y equipo de rodaje

de la serie de televisión

Gracias por dar tanta vida a mis personajes.

minuto-1

1

Dos mil cien kilos.

Ese era el peso aproximado del contenido de la caja. Una carretilla elevadora la descargó del camión articulado y la colocó en la trasera de un camión más pequeño. La puerta posterior se cerró con llave y luego mediante una combinación. Se suponía que eran cerraduras inviolables. Lo cierto es que, si se disponía del tiempo necesario, no existían cerraduras inviolables ni puertas infranqueables.

El hombre se puso al volante y cerró la puerta con el sistema de seguridad, le dio al contacto y revolucionó el motor, encendió el aire acondicionado y ajustó el asiento. Tenía un largo trayecto por delante y no demasiado tiempo. Además, hacía un calor infernal. El brillo trémulo del calor resultaba visible en el ambiente y rielaba el paisaje. No le dio demasiadas vueltas a la situación por temor a que le entraran ganas de vomitar.

Habría preferido escolta armada. Incluso un tanque Abrams para ir sobre seguro, pero no estaba contemplado ni en el presupuesto ni en el plan de la misión. El terreno era rocoso y se veía montañoso a lo lejos. Las carreteras tenían más baches que asfalto. Llevaba armas y munición a mansalva. Pero no era más que un hombre con un solo dedo para apretar el gatillo.

Ya no vestía el uniforme. Se lo había quitado por última vez hacía aproximadamente una hora. Se palpó la ropa «nueva», usada y no demasiado limpia. Sacó el mapa y lo desplegó en el asiento delantero mientras el camión articulado se alejaba.

Se encontraba en medio de ninguna parte en un país que seguía anclado en su mayor parte en el siglo IX.

Mientras contemplaba el imponente terreno por el parabrisas, recordó cómo había acabado allí. En aquel entonces le había parecido valiente, heroico incluso. Ahora se sentía como el mayor idiota del mundo por aceptar una misión en la que tenía escasas posibilidades de sobrevivir.

La realidad era que ahí estaba, solo. Tenía un trabajo por hacer y mejor que pusiera manos a la obra. Y si moría, pues bueno, sus preocupaciones acabarían y por lo menos habría una persona que lloraría su muerte.

Aparte del mapa, tenía un GPS. Sin embargo, ahí no era muy fiable, como si los satélites no supieran que ahí abajo había un país por el que la gente necesitaba desplazarse. Por eso llevaba la versión en papel al estilo antiguo en el asiento delantero.

Puso la primera y pensó en lo que llevaba en la caja: más de dos toneladas de una carga muy especial. Sin ella podía considerarse hombre muerto. Incluso con ella podía acabar muerto, si bien estaría en una situación más ventajosa.

Mientras circulaba por la accidentada carretera calculó que tenía unas veinte horas de conducción por delante. Allí no había autopistas. Iría a paso de tortuga. Incluso podía haber alguien que le disparara.

También habría gente esperándole al final. La carga se traspasaría y él junto con ella. Se habían establecido las comunicaciones pertinentes y hecho promesas. Se habían formalizado alianzas. Ahora todo dependía de que él resultara convincente y los demás cumplieran su palabra.

Todo aquello había sonado bien en las interminables reuniones con hombres trajeados y móviles que no paraban de sonar. Una vez allí, solo y rodeado únicamente del paisaje más desolado del mundo, todo parecía un engaño.

Pero él seguía siendo un soldado y continuaría avanzando.

Se dirigió hacia las montañas que perfilaban el horizonte. No llevaba ninguna información personal encima. Sin embargo, portaba documentos que deberían permitirle recorrer la zona sin problemas, aunque nunca se sabía.

Si le paraban, tendría que espabilarse en caso de que consideraran que esos documentos no bastaban. Si querían ver la carga del camión, tendría que negarse. Si insistían, tenía una pequeña caja metálica de acabado negro mate provista de un interruptor lateral y un botón rojo en la parte superior. Cuando accionara el interruptor y pulsara el botón, todavía no habría problema. Si apartaba el dedo del botón mientras el dispositivo estuviera encendido, él y todo lo que hubiera a veinte metros a la redonda desaparecería.

Condujo doce horas seguidas y no vio ni un alma. Atisbó un camello y un burro vagando por ahí. Vio una serpiente muerta. Se encontró con un cadáver en proceso de descomposición, reducido a los huesos por acción de los buitres. Le extrañó que hubiera solo uno. Lo normal habría sido encontrar muchos más, dado que en aquel país se producían matanzas recurrentes. Cada dos por tres otro país intentaba invadirlo. Enseguida ganaban la guerra, perdían todo lo demás y se marchaban a casa con los tanques entre las piernas.

A lo largo de esas doce horas, vio que el sol se ponía y volvía a salir. Viajaba en dirección este, de cara al astro. Bajó la visera del parabrisas y siguió adelante. No dejó de poner CD tras CD de música rock a todo trapo. Escuchó Paradise by the Dashboard Light de Meat Loaf veinte veces seguidas al máximo volumen que fue capaz de soportar. Sonreía cada vez que sonaba la voz del comentarista de béisbol. Era un intento de sentirse como en casa.

A pesar de los aullidos de Meat Loaf, se le cerraban los párpados y tuvo que despejarse de una sacudida cuando el vehículo se salió repentinamente del trazado de la carretera, por suerte desierta. No había mucha gente que quisiera vivir en un lugar tan descorazonador, por no decir en extremo peligroso.

Cuando llevaba trece horas de viaje decidió parar en la cuneta para echar una cabezadita. Había avanzado a buen ritmo y disponía de un poco de tiempo. Pero cuando estaba a punto de parar, miró carretera abajo y vio lo que se avecinaba. El cansancio le desapareció de inmediato. La cabezada tendría que esperar.

Una camioneta se acercaba a él a toda velocidad, circulando por el centro de la carretera.

Distinguió dos hombres en la cabina y tres de pie en la plataforma, todos armados con metralletas. Eran como un comité de bienvenida al estilo afgano.

Se paró a un lado de la carretera, bajó la ventanilla, dejó entrar la oleada de calor y esperó. Apagó el equipo de música, silenciando la voz de barítono de Meat Loaf. Esos hombres no apreciarían los gritos prodigiosos ni las letras lujuriosas del roquero.

La camioneta se detuvo a su lado. Mientras dos de los hombres con turbante le apuntaban con sus metralletas, el copiloto se apeó y se acercó a la puerta del camión. También llevaba turbante; las marcas de sudor de la tela ponían de manifiesto la intensidad prolongada del calor.

Miró al hombre mientras se acercaba.

Extendió el brazo para coger los papeles que tenía en el asiento. Estaban junto a la Glock cargada y amartillada. Confiaba en no tener que usarla, ya que si tenía que defenderse de una metralleta con una pistola, sería hombre muerto.

—Documentación —pidió el hombre en pastún.

Se la entregó. Llevaba las firmas necesarias y el sello característico de cada uno de los jefes de los clanes que controlaban aquellos parajes. Contaba con que se sentirían satisfechos. En aquella parte del mundo, desobedecer las órdenes del jefe de un clan solía tener como consecuencia la muerte. Y aquí la muerte era casi siempre cruel y nunca instantánea. Según decían, les gustaba que uno notara cómo moría.

El hombre del turbante, empapado de sudor, tenía los ojos enrojecidos y la ropa tan sucia como la cara. Revisó los papeles y parpadeó rápidamente al ver firmas tan distinguidas.

Alzó la vista hacia el conductor y lo observó de hito en hito antes de devolverle la documentación. Dirigió entonces la mirada hacia la parte trasera del camión con expresión curiosa. El conductor cerró la mano alrededor de la pequeña caja negra y presionó el interruptor lateral. El hombre volvió a hablar en pastún. El conductor negó con la cabeza y dijo que no era posible abrir el camión. Estaba cerrado a cal y canto y él no tenía ni la llave ni la combinación.

El hombre señaló el arma que llevaba y le dijo que esa era su llave.

El conductor apretó el botón rojo. Si le disparaban, soltaría el dedo y aquella especie de «resorte para tontos» detonaría los explosivos y los mataría a todos.

—Los líderes de los clanes fueron tajantes. La carga no puede mostrarse hasta que llegue a su destino —dijo en pastún—. Muy tajantes —recalcó—. Si no te parece bien, tendrás que hablarlo con ellos.

El hombre caviló al respecto y deslizó la mano hacia el arma enfundada.

El conductor intentó respirar con normalidad y evitar que le temblaran las extremidades, pero estar a punto de pasar a mejor vida producía ciertos efectos fisiológicos difíciles de controlar.

Transcurrieron cinco tensos segundos sin que quedara claro si el del turbante se retiraría. Al final se contentó, regresó a su vehículo y le dijo algo al conductor. Al cabo de unos instantes, el vehículo arrancó levantando una nube de polvo.

El conductor desconectó el detonador y esperó a perderlos de vista antes de reanudar la marcha. Al principio condujo despacio y luego pisó el acelerador. Ya no se sentía cansado.

Ya no le hacía falta la música. Bajó el aire acondicionado porque de repente sintió frío. Siguió a rajatabla la ruta planeada. No le convenía desviarse del camino. Oteó el horizonte en busca de más camionetas con hombres armados que fueran hacia él. No vio ninguna. Confiaba en que hubiera corrido la voz a lo largo de la ruta de que su camión tenía vía libre.

Al cabo de casi ocho horas llegó a su destino. Empezaba a anochecer y se había levantado viento. Las nubes racheaban el cielo y la lluvia parecía inminente.

Al llegar se suponía que tenía que pasar algo muy concreto. Pero no fue así.

minuto-2

2

Lo primero que salió mal fue que se quedó sin combustible mientras franqueaba la puerta abierta del cobertizo de piedra. Tenía depósitos adicionales pero, al parecer, alguien se había equivocado al hacer los cálculos.

Lo segundo que salió mal fue la pistola con que lo encañonaron. No se trataba de ningún hombre con turbante armado con metralleta. Era un hombre de raza blanca como él, con una pistola de calibre 357 ya amartillada.

—¿Algún problema? —preguntó el conductor.

—Para nosotros no —repuso el hombre, que era corpulento, mofletudo y aparentaba estar más cerca de los cuarenta que de los treinta.

—¿Nosotros? —Miró en derredor y vio a otros tipos blancos que aparecían entre las sombras. Todos iban armados y le apuntaban. Allí tantos rostros blancos destacaban como un planeta fuera de órbita—. Esto no forma parte del plan —añadió el conductor.

El mofletudo le tendió sus credenciales.

—Ha habido un cambio en el plan.

El conductor observó la credencial y la placa, según las cuales el hombre se llamaba Tim Simons y era agente de la CIA.

—Si estamos en el mismo bando, ¿por qué me apuntas con una pistola?

—En esta zona del mundo he aprendido a no fiarme de nadie. ¡Baja!

El conductor se colgó la mochila bien cargada al hombro y se apeó del vehículo con dos cosas en la mano.

Una era la Glock, que resultaba inútil mientras le apuntasen con tantas armas.

El segundo objeto era la caja negra, que sí sería útil. De hecho, era el único elemento con el que podía negociar. Activó el detonador y pulsó el botón rojo.

Se la enseñó a Simons.

—Si suelto el botón rojo todos saltaremos por los aires —explicó—. El camión está cableado con pastillas de Semtex. Suficientes para reducir esto a un boquete en el suelo.

—Memeces —espetó Simons.

—Supongo que no te informaron de todos los detalles de la operación.

—Me parece que sí.

—Pues piénsatelo dos veces y mira debajo del hueco de los neumáticos.

Simons asintió hacia uno de los suyos, que sacó una linterna y se arrastró bajo una rueda.

Se retiró y su expresión no requería palabras.

Los hombres dirigieron la vista hacia el conductor. Su superioridad numérica acababa de convertirse en irrelevante. Él lo sabía, así como que su ventaja era frágil. En el juego de ver quién se acobardaba antes solo podía haber un ganador, o dos perdedores. Y a él se le estaba acabando el tiempo. Lo notaba en los dedos que se deslizaban hacia los gatillos, en los pasos hacia atrás que los demás daban de forma subrepticia. Con cada movimiento adivinaba sus pensamientos: salir del alcance explosivo del Semtex y dejar que él lo detonara, o abatirlo con un tiro preciso y, con un poco de suerte, salvar la carga. Con cualquiera de esos métodos, ellos sobrevivirían, lo cual era su objetivo principal. Habría otros cargamentos que interceptar, pero no podrían revivir por arte de magia.

—A no ser que corráis más rápido que Usain Bolt, no conseguiréis salir del radio de la onda expansiva a tiempo —dijo, y alzó la caja—. Y tendremos una eternidad para pensar en nuestros pecados.

—Queremos lo que hay en el camión. Si nos lo das, puedes irte —dijo Simons.

—Me parece que no podrá ser.

Simons miró la caja con nerviosismo.

—Como ves, hay dos furgonetas estacionadas ahí. Las dos tienen el depósito lleno y bidones extras de combustible, las dos con GPS. Las hemos usado para venir aquí pero puedes llevarte una.

El conductor miró las furgonetas. Una negra y otra verde.

—¿Y adónde la llevaría exactamente? —preguntó.

—Pues supongo que lejos de este sitio de mierda.

—Tengo un trabajo que hacer.

—El trabajo ha cambiado.

—Así pues, ¿acabamos con esto de una vez? —Empezó a aminorar la presión sobre el botón.

—Un momento —dijo Simons—. Tranquilo. —Alzó la mano.

—Estoy esperando.

—Coge una furgoneta y lárgate. No vale la pena que mueras por esto, ¿no?

—A lo mejor sí.

—Tienes familia en Estados Unidos.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé. Y supongo que tienes ganas de volver a verles.

—¿Y cómo explico la pérdida del cargamento?

—No hará falta que expliques nada, créeme —repuso Simons.

—Ese es el problema. Que no te creo.

—Entonces vamos a morir todos. Así de sencillo.

El conductor miró las furgonetas. No se creía nada de lo que le habían dicho. Pero deseaba salir vivo de esa situación, luego ya se ocuparía de lo que hiciera falta.

—Mira, está claro que no somos talibanes. Joder, soy de Nebraska. Mis credenciales son auténticas. Estamos en el mismo bando, ¿vale? ¿Por qué si no iba a estar yo aquí?

—¿O sea que quieres que me retire discretamente? —repuso el conductor.

—Eso mismo.

—¿Y cómo sugieres que lo haga?

—Para empezar, no sueltes el botón —aconsejó Simons.

—Entonces no apretéis los gatillos. —Se dirigió hacia las furgonetas. Los hombres se separaron para permitirle el paso—. Me llevo la verde —decidió. Vio que Simons parpadeaba casi de forma imperceptible, lo cual era buena señal. Había tomado la decisión correcta. Era obvio que la furgoneta negra tenía una bomba trampa.

Llegó a la furgoneta verde y miró el contacto. Las llaves estaban puestas. También había un GPS en el salpicadero.

—¿Qué alcance tiene el detonador? —preguntó Simons.

—Eso lo sé solo yo.

Soltó la mochila en el asiento delantero, subió al vehículo y puso el motor en marcha. Miró el indicador de combustible. Lleno. Mantenía la mano libre preparada con el detonador.

—¿Cómo podemos fiarnos de que no lo vas a detonar cuando te alejes? —preguntó Simons.

—Es una cuestión de alcance.

—Que no nos has dicho.

—Pues tendrás que fiarte de mí, Nebraska. Igual que yo tengo que fiarme de que esta furgoneta no está manipulada para saltar por los aires en cuanto salga de aquí. O a lo mejor era la otra.

Apretó el acelerador y el vehículo salió del cobertizo de piedra con un rugido. Esperaba que le dispararan pero no fue así.

Supuso que creerían que eso sería como suicidarse si él soltaba el botón como represalia.

Cuando estuvo a una distancia prudencial, miró la caja negra. Si aquellos tipos eran de la CIA, ahí estaban pasando cosas más gordas de lo que le apetecía pensar en ese momento. Pero quería saberlo. Y la única manera era dejar que los acontecimientos se fueran sucediendo y sobrevivir.

Desconectó el detonador y lo dejó a su lado.

Ahora solo quería largarse de allí.

Esperaba que fuera posible. Muchas personas iban a esa parte del mundo a matar o a acabar muertas.

minuto-3

3

Sean King iba al volante y Michelle Maxwell en el asiento del copiloto.

Era lo contrario de lo que solían hacer, dado que lo habitual era que ella condujera como si estuviera participando en una carrera de Fórmula 1. Sean se agarraba a lo que fuera mientras mascullaba sus oraciones, aunque sin mucha confianza en que fueran respondidas.

Había un motivo de peso para que condujera él, al igual que durante las últimas veintiuna noches. Michelle no estaba del todo bien, por lo menos no todavía. Se recuperaba poco a poco, aunque más despacio de lo que a ella le habría gustado.  

Sean la miró.

—¿Qué tal estás?

Ella tenía la mirada fija al frente.

—Voy armada, así que si me lo vuelves a preguntar, te pego un tiro.

—Estoy preocupado, ¿vale?

—Lo sé, Sean, y te lo agradezco. Pero acabé la rehabilitación hace tres semanas. Creo que estoy bien, así que ya puedes dejar de preocuparte.

—Sufriste heridas muy graves, Michelle. Estuviste a punto de morir. Casi te desangras. Así que tres semanas después de acabar la rehabilitación no es tanto después de lo que te pasó.

Michelle se tocó la zona lumbar y luego un muslo. Las cicatrices no le desaparecerían. El recuerdo de lo que le había causado tales heridas era tan vívido como la puñalada inicial en la espalda. Se lo había hecho alguien a quien consideraba un aliado.

Pero seguía con vida. Y Sean la había acompañado en todo momento. Solo que ahora su insistencia empezaba a molestarle.

—Lo sé. Pero fueron dos meses de rehabilitación. Y yo soy de las que se cura rápido. Tú precisamente lo sabes mejor que nadie.

—Es que te fue por los pelos, Michelle. Por los pelos.

—¿Cuántas veces he estado a punto de perderte? —replicó ella, mirándolo enfurecida—. Forma parte de nuestro trabajo, ya se sabe. Si queremos seguridad, tendremos que dedicarnos a otra cosa.

Sean se centró en conducir. Seguía lloviendo a cántaros. La noche era fría, tenebrosa, y las nubes eran evasivas como un coyote. Circulaban por una zona especialmente solitaria del norte de Virginia después de reunirse con un antiguo cliente, Edgar Roy. Lo habían salvado de la pena de muerte. Se lo había agradecido tal como cabía esperar del sabio autista con capacidades extraordinarias y habilidades sociales limitadas que era.

—A Edgar lo he visto bien —comentó Michelle.

—Se le veía muy bien, teniendo en cuenta la alternativa de la inyección letal —repuso Sean, que pareció agradecer el cambio de tema.

Tomaron una curva demasiado rápido en la carretera mojada y sinuosa y Michelle se agarró al reposabrazos.

—Reduce la velocidad —advirtió.

Sean fingió sorpresa.

—Nunca pensé que te oiría pronunciar esas palabras.

—Conduzco rápido porque sé cómo hacerlo.

—Tengo la lista de heridas y las facturas de la terapia para demostrarte lo contrario —espetó él.

Michelle frunció el ceño.

—Bueno, ¿y ahora qué hacemos? Ya hemos terminado con el asunto de Edgar Roy.

—Continuamos con nuestro trabajo como investigadores privados. Tanto Peter Bunting como el gobierno federal han sido muy generosos con el pago, pero lo vamos a guardar para la jubilación o para un momento turbulento.

Michelle alzó la mirada hacia el cielo tormentoso.

—¿Turbulento? Pues vamos a comprarnos un barco. A este paso lo vamos a necesitar para volver a casa.

Sean habría respondido con alguna ocurrencia, pero algo le llamó la atención.

—¡Maldita sea!

Dio un volantazo hacia la izquierda y el Land Cruiser se deslizó lateralmente por la calzada resbaladiza.

—Sigue el giro —aconsejó Michelle tan tranquila.

Sean lo hizo y rápidamente recuperó el control del vehículo. Pisó el freno y paró en el arcén.

—¿Qué demonios era eso? —espetó.

—Querrás decir «quién» era —repuso Michelle, que abrió la puerta y se asomó a la lluvia.

—Michelle, espera.

—Enfoca los faros hacia la derecha. ¡Rápido!

Ella cerró la puerta de golpe y Sean sacó el coche a la carretera.

—Pon las largas —ordenó la mujer.

Él obedeció. Los faros ganaron en intensidad y les permitieron ver más allá con claridad a pesar de la oscuridad y la lluvia.

—Ahí —dijo Michelle, señalando hacia la derecha—. Ve, ve.

Sean pisó el acelerador y el Land Cruiser salió disparado.

La persona que corría por el arcén derecho miró hacia atrás una sola vez. Pero fue suficiente.

—Es un niño —dijo Sean con asombro.

—Un adolescente —corrigió Michelle.

—Bueno, pues ha estado a punto de ser un adolescente muerto —añadió Sean con severidad.

—Sean, lleva pistola.

Él se inclinó más hacia el parabrisas y vio el arma que el joven empuñaba en la mano derecha.

—Esto no pinta bien —dijo.

—Se le ve aterrado.

—Está corriendo en medio de una tormenta con un objeto metálico en la mano. No me extraña que esté asustado. Y encima casi lo atropello, o sea que podría estar muerto.

—Acércate más.

—¿Qué?

—Acércate más.

—¿Para qué quieres que me acerque? Lleva pistola, Michelle.

—Nosotros también. Acércate más.

Aceleró mientras ella bajaba la ventanilla.

Un relámpago iluminó el cielo con un estallido de energía descomunal, seguido de un trueno tan fuerte que pareció un rascacielos derrumbándose.

—¡Oye! —le gritó Michelle al chico—. ¡Oye, tú!

El muchacho volvió a mirar atrás con el rostro blanco por el haz de los faros.

—¿Qué ha pasado? —gritó Michelle—. ¿Estás bien?

La respuesta del chico fue apuntarles con la pistola. Pero no disparó. Salió de la carretera y atajó por un terreno de cultivo, aunque fue resbalando y patinando por la hierba mojada.

—Voy a llamar a la policía —dijo Sean.

—Espera. Para el coche.

Sean aminoró y paró a escasos metros.

Michelle salió del vehículo de un salto.

—¿Qué coño pretendes? —gritó Sean.

—Está claro que tiene un problema. Voy a averiguar de qué se trata.

—¿No se te ha ocurrido que a lo mejor tiene un problema porque acaba de disparar a alguien y huye de la escena del crimen?

—No creo.

Sean la miró con expresión incrédula.

—¿No crees? ¿Y en qué te basas?

—Ahora vuelvo.

—¿Qué? Michelle, espera.

Intentó cogerla del brazo pero no lo consiguió. Salió corriendo a campo traviesa. Al cabo de unos segundos estaba calada hasta los huesos.

Sean golpeó el volante con la palma en gesto de frustración.

—¿Acaso tienes ganas de morir?

Pero Michelle ya no podía oírle.

Se tranquilizó, observó el terreno unos instantes y salió a toda velocidad, giró a la derecha en la siguiente intersección y pisó el acelerador tan bruscamente que la trasera del vehículo patinó. Lo enderezó y siguió conduciendo, despotricando contra su compañera con cada giro del volante.

4

Michelle había perseguido muchas cosas en su vida. Como estrella del atletismo y posterior remera olímpica se había medido en la alta competición. Como policía en Tennessee, había dado alcance a una gran cantidad de criminales que huían de la escena del crimen. Como agente del Servicio Secreto había corrido al lado de las limusinas que transportaban a líderes importantes.

No obstante, esa noche competía contra un adolescente de piernas largas, energía ilimitada y rodillas ágiles, que además le llevaba una ventaja considerable y corría como alma que lleva el diablo, mientras que ella resbalaba una y otra vez en el terreno mojado.

—Espera —le dijo cuando lo atisbó antes de que cambiara de dirección y desapareciera por un sendero flanqueado de árboles.

Él no esperó, sino que apretó el paso.

Michelle, a pesar de lo que había proclamado ante Sean, no estaba al cien por cien. Le dolía la espalda y la pierna. Los pulmones le ardían. Y el hecho de que el viento y la lluvia la cegaran no ayudaba.

Corrió por el sendero y desenfundó la pistola por si acaso. Siempre se sentía mejor empuñando la Sig. Redobló sus esfuerzos, intentó vencer el dolor y la fatiga y redujo de forma considerable la distancia que los separaba. Un relámpago seguido de un trueno la distrajo unos instantes. Un árbol que estaba a la vera del camino, azotado por el fuerte viento, empezó a derrumbarse; hizo un nuevo acopio de velocidad y pasó rápidamente por su lado. El árbol con la raíz superficial cayó contra la tierra a unos tres metros detrás de ella pero las gruesas ramas, que fácilmente habrían podido aplastarle el cráneo, estuvieron a punto de alcanzarla.

Le había ido por los pelos.

El muchacho se había caído cuando el árbol se vino abajo, pero ya se había levantado y otra vez corría. No obstante, la distancia que los separaba era cada vez menor.

Recurrió a unas reservas que no sabía si todavía le quedaban y se impulsó como si la hubieran lanzado desde un mortero. Dio un salto y alcanzó a placar al joven por las pantorrillas. Él cayó hacia delante mientras Michelle se lanzaba a un lado y luego se levantaba. Le ardían los pulmones y respiraba con dificultad. Se inclinó sin perderlo de vista y con la pistola preparada, porque vio que él seguía armado. Le bastó una mirada para dejar de plantearse la posibilidad de que él le disparara.

El joven se dio la vuelta con el trasero en el suelo y las rodillas dobladas contra el pecho.

—¿Quién coño eres? ¿Por qué me persigues?

—¿Por qué vas por ahí corriendo con una pistola en plena tormenta? —replicó ella.

Se le veía muy joven, de unos quince años. Tenía el pelo caoba pegado al rostro pecoso.

—Déjame en paz —contestó.

Se levantó y Michelle se irguió. Estaban a menos de un metro de distancia. Con su metro setenta y siete, Michelle le sacaba casi diez centímetros, aunque a juzgar por las piernas largas y el tamaño de sus pies, era probable que acabara midiendo más de metro ochenta.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Michelle.

Él empezó a retroceder.

—Déjame en paz, por favor.

—Intento ayudarte. Mi socio y yo casi te atropellamos.

—¿Tu socio?

Michelle decidió que en esa situación era mejor una mentira que la verdad.

—Soy policía.

—¿Policía? —La miró con suspicacia—. Venga, enséñame la placa.

Introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la licencia de detective. Esperó que en la oscuridad diera el pego. Se la enseñó muy rápido.

—¿Vas a decirme ahora de qué va esto? A lo mejor puedo ayudarte.

El joven bajó la mirada, el pecho delgado le subía y le bajaba rápidamente a causa de los jadeos.

—Nadie puede ayudarme.

—Eso es mucho decir. Las cosas no pueden ser tan malas.

Al chico empezaron a temblarle los labios.

—Mira, yo... tengo que volver a casa.

—¿Es de donde huyes?

Asintió.

—¿Y de dónde sacaste la pistola?

—Era de mi padre.

Michelle se apartó el pelo húmedo de los ojos.

—Podemos llevarte si nos dices dónde es.

—No; iré caminando.

—No es buena idea con la que está cayendo. Te puede atropellar un coche o caerte un árbol encima, y ambas cosas han estado a punto de pasarte. ¿Cómo te llamas?

No respondió.

—Yo me llamo Michelle. Michelle Maxwell.

—¿De verdad eres policía?

—Lo fui. Y después agente del Servicio Secreto.

—¿En serio? —Entonces sonó como un adolescente. Un adolescente impresionado.

—Sí. Y ahora soy detective privado. Pero a veces sigo comportándome como policía. Bueno, ¿cómo te llamas?

—Tyler. Tyler Wingo.

—De acuerdo, Tyler Wingo, vamos por el buen camino. Ahora vamos a mi coche y... —Miró más allá del chico, pero no tuvo tiempo de decir nada.

Sean agarró a Tyler por detrás, le hizo soltar la pistola, la apartó dándole un puntapié e hizo que el muchacho se diera la vuelta.

Anonadado, Tyler intentó salir corriendo pero Sean le sujetó por la muñeca. Con su metro noventa y sus cien kilos no le costó inmovilizarlo.

—¡Suéltame! —gritó Tyler.

—Sean, no pasa nada —dijo Michelle—. Suéltale.

Sean lo soltó a regañadientes, se agachó y cogió la pistola. La observó.

—¿Qué coño es esto?

—Una Mauser alemana —dijo Tyler con el ceño fruncido.

—Sin gatillo —comentó Michelle—. Lo he visto con los faros. Resulta un poco difícil de usar como arma a no ser que se arroje contra alguien.

—Cierto —reconoció Sean.

—Tyler estaba a punto de decirme dónde vive para que lo llevemos —informó Michelle.

—¿Tyler?

—Tyler Wingo —dijo el chico, enrabietado—. Y más vale que no hayas estropeado la pistola de mi padre. Es una pieza de coleccionista.

Sean se colocó la pistola en la cinturilla.

—Lo cual hace incluso más insensato corretear por ahí con ella bajo la lluvia —señaló.

Tyler miró a Michelle.

—¿Podéis llevarme a casa?

—Sí —dijo ella—. Y a lo mejor de camino puedes contarnos qué ha pasado.

—Ya te he dicho que no podéis hacer nada.

—Tienes razón, no podemos hacer nada si no nos cuentas qué pasa —repuso Michelle.

—Vamos al coche —sugirió Sean—. O acabaremos en el hospital con una neumonía. A no ser que algún rayo nos mate antes —añadió cuando otro relámpago precipitó un trueno ensordecedor.

Regresaron al Land Cruiser. En el maletero había algunas mantas. Michelle cogió tres y le tendió una a Tyler, que se envolvió con ella. Le tendió otra a Sean y se quedó la última.

—Gracias —musitó el chico.

Subió a la parte posterior mientras Michelle se sentaba a su lado. Sean conducía.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

Tyler se lo dijo.

—¿Puedes indicarme el camino? —pidió Sean—. No estoy familiarizado con esta zona.

Tyler le fue guiando hasta girar a la izquierda por un camino en que había unas cuantas casas viejas situadas al final.

—¿Qué casa es? —preguntó Sean.

Tyler señaló una a la derecha. Tenía todas las luces encendidas.

Michelle y Sean intercambiaron una mirada. En el sendero de entrada había un Ford verde claro con matrícula del ejército. Al llegar, una mujer y dos oficiales uniformados salieron al porche cubierto.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó Michelle a Tyler.

—Han venido a decirme que mi padre murió en Afganistán —dijo Tyler.

cap4

4

Michelle había perseguido muchas cosas en su vida. Como estrella del atletismo y posterior remera olímpica se había medido en la alta competición. Como policía en Tennessee, había dado alcance a una gran cantidad de criminales que huían de la escena del crimen. Como agente del Servicio Secreto había corrido al lado de las limusinas que transportaban a líderes importantes.

No obstante, esa noche competía contra un adolescente de piernas largas, energía ilimitada y rodillas ágiles, que además le llevaba una ventaja considerable y corría como alma que lleva el diablo, mientras que ella resbalaba una y otra vez en el terreno mojado.

—Espera —le dijo cuando lo atisbó antes de que cambiara de dirección y desapareciera por un sendero flanqueado de árboles.

Él no esperó, sino que apretó el paso.

Michelle, a pesar de lo que había proclamado ante Sean, no estaba al cien por cien. Le dolía la espalda y la pierna. Los pulmones le ardían. Y el hecho de que el viento y la lluvia la cegaran no ayudaba.

Corrió por el sendero y desenfundó la pistola por si acaso. Siempre se sentía mejor empuñando la Sig. Redobló sus esfuerzos, intentó vencer el dolor y la fatiga y redujo de forma considerable la distancia que los separaba. Un relámpago seguido de un trueno la distrajo unos instantes. Un árbol que estaba a la vera del camino, azotado por el fuerte viento, empezó a derrumbarse; hizo un nuevo acopio de velocidad y pasó rápidamente por su lado. El árbol con la raíz superficial cayó contra la tierra a unos tres metros detrás de ella pero las gruesas ramas, que fácilmente habrían podido aplastarle el cráneo, estuvieron a punto de alcanzarla.

Le había ido por los pelos.

El muchacho se había caído cuando el árbol se vino abajo, pero ya se había levantado y otra vez corría. No obstante, la distancia que los separaba era cada vez menor.

Recurrió a unas reservas que no sabía si todavía le quedaban y se impulsó como si la hubieran lanzado desde un mortero. Dio un salto y alcanzó a placar al joven por las pantorrillas. Él cayó hacia delante mientras Michelle se lanzaba a un lado y luego se levantaba. Le ardían los pulmones y respiraba con dificultad. Se inclinó sin perderlo de vista y con la pistola preparada, porque vio que él seguía armado. Le bastó una mirada para dejar de plantearse la posibilidad de que él le disparara.

El joven se dio la vuelta con el trasero en el suelo y las rodillas dobladas contra el pecho.

—¿Quién coño eres? ¿Por qué me persigues?

—¿Por qué vas por ahí corriendo con una pistola en plena tormenta? —replicó ella.

Se le veía muy joven, de unos quince años. Tenía el pelo caoba pegado al rostro pecoso.

—Déjame en paz —contestó.

Se levantó y Michelle se irguió. Estaban a menos de un metro de distancia. Con su metro setenta y siete, Michelle le sacaba casi diez centímetros, aunque a juzgar por las piernas largas y el tamaño de sus pies, era probable que acabara midiendo más de metro ochenta.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Michelle.

Él empezó a retroceder.

—Déjame en paz, por favor.

—Intento ayudarte. Mi socio y yo casi te atropellamos.

—¿Tu socio?

Michelle decidió que en esa situación era mejor una mentira que la verdad.

—Soy policía.

—¿Policía? —La miró con suspicacia—. Venga, enséñame la placa.

Introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la licencia de detective. Esperó que en la oscuridad diera el pego. Se la enseñó muy rápido.

—¿Vas a decirme ahora de qué va esto? A lo mejor puedo ayudarte.

El joven bajó la mirada, el pecho delgado le subía y le bajaba rápidamente a causa de los jadeos.

—Nadie puede ayudarme.

—Eso es mucho decir. Las cosas no pueden ser tan malas.

Al chico empezaron a temblarle los labios.

—Mira, yo... tengo que volver a casa.

—¿Es de donde huyes?

Asintió.

—¿Y de dónde sacaste la pistola?

—Era de mi padre.

Michelle se apartó el pelo húmedo de los ojos.

—Podemos llevarte si nos dices dónde es.

—No; iré caminando.

—No es buena idea con la que está cayendo. Te puede atropellar un coche o caerte un árbol encima, y ambas cosas han estado a punto de pasarte. ¿Cómo te llamas?

No respondió.

—Yo me llamo Michelle. Michelle Maxwell.

—¿De verdad eres policía?

—Lo fui. Y después agente del Servicio Secreto.

—¿En serio? —Entonces sonó como un adolescente. Un adolescente impresionado.

—Sí. Y ahora soy detective privado. Pero a veces sigo comportándome como policía. Bueno, ¿cómo te llamas?

—Tyler. Tyler Wingo.

—De acuerdo, Tyler Wingo, vamos por el buen camino. Ahora vamos a mi coche y... —Miró más allá del chico, pero no tuvo tiempo de decir nada.

Sean agarró a Tyler por detrás, le hizo soltar la pistola, la apartó dándole un puntapié e hizo que el muchacho se diera la vuelta.

Anonadado, Tyler intentó salir corriendo pero Sean le sujetó por la muñeca. Con su metro noventa y sus cien kilos no le costó inmovilizarlo.

—¡Suéltame! —gritó Tyler.

—Sean, no pasa nada —dijo Michelle—. Suéltale.

Sean lo soltó a regañadientes, se agachó y cogió la pistola. La observó.

—¿Qué coño es esto?

—Una Mauser alemana —dijo Tyler con el ceño fruncido.

—Sin gatillo —comentó Michelle—. Lo he visto con los faros. Resulta un poco difícil de usar como arma a no ser que se arroje contra alguien.

—Cierto —reconoció Sean.

—Tyler estaba a punto de decirme dónde vive para que lo llevemos —informó Michelle.

—¿Tyler?

—Tyler Wingo —dijo el chico, enrabietado—. Y más vale que no hayas estropeado la pistola de mi padre. Es una pieza de coleccionista.

Sean se colocó la pistola en la cinturilla.

—Lo cual hace incluso más insensato corretear por ahí con ella bajo la lluvia —señaló.

Tyler miró a Michelle.

—¿Podéis llevarme a casa?

—Sí —dijo ella—. Y a lo mejor de camino puedes contarnos qué ha pasado.

—Ya te he dicho que no podéis hacer nada.

—Tienes razón, no podemos hacer nada si no nos cuentas qué pasa —repuso Michelle.

—Vamos al coche —sugirió Sean—. O acabaremos en el hospital con una neumonía. A no ser que algún rayo nos mate antes —añadió cuando otro relámpago precipitó un trueno ensordecedor.

Regresaron al Land Cruiser. En el maletero había algunas mantas. Michelle cogió tres y le tendió una a Tyler, que se envolvió con ella. Le tendió otra a Sean y se quedó la última.

—Gracias —musitó el chico.

Subió a la parte posterior mientras Michelle se sentaba a su lado. Sean conducía.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

Tyler se lo dijo.

—¿Puedes indicarme el camino? —pidió Sean—. No estoy familiarizado con esta zona.

Tyler le fue guiando hasta girar a la izquierda por un camino en que había unas cuantas casas viejas situadas al final.

—¿Qué casa es? —preguntó Sean.

Tyler señaló una a la derecha. Tenía todas las luces encendidas.

Michelle y Sean intercambiaron una mirada. En el sendero de entrada había un Ford verde claro con matrícula del ejército. Al llegar, una mujer y dos oficiales uniformados salieron al porche cubierto.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó Michelle a Tyler.

—Han venido a decirme que mi padre murió en Afganistán —dijo Tyler

minuto-4

5

La mujer corrió hacia ellos bajo la lluvia mientras bajaban del coche. Resbaló en uno de los escalones de cemento, pero enseguida recuperó el equilibrio y cruzó corriendo la pequeña extensión de césped empapado. Despedía vaho por la boca a cada respiració

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