Índice
Portadilla
Índice
Introducción
Primera parte
1. El niño maldito
2. La niña encontrada
3. Bella ascensión de verano
4. El diálogo de los autómatas
5. Regreso al dragón
6. Donde yo no era más que un fuego cegador
7. Despertar
8. Disimular, callar y huir
9. Las verdades de la mañana
10. El callo en el pie de Gaétan Lepailler
11. La agonía del verano
12. Duelos
13. Dos últimos días
14. La casa del ahorcado
15. Después de la derrota
16. Después de la muerte
Segunda parte
17. La hidra
18. Medianoche en casa del gran maestre
19. La puerta cochera
20. Lo que no se puede decir
21. Bajo el terciopelo
22. La espalda
23. Rose Blanchet
24. Carne de su carne
25. El océano
26. Una noche sin fin
27. La máquina
28. El adiós
29. La marcha
Tercera parte
30. La boda de Jean el Cojo
31. Planes de guerra
32. Mentiras
33. La Vieille Ânesse
34. Pólvora y memorias
35. La levadura
36. El último de los Salerac
37. La lluvia de brumario
38. El comisario y el conde
39. Judith ante el espejo
40. El fin
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Notas
Sobre la autora
Créditos
Grupo Santillana
Quiero vivir.
Es absolutamente necesario porque mi papel en esta historia es demasiado importante. Si no vivo, ¿cómo tendría Charles la revelación que cambiará su vida? ¿Cómo invitaría el viejo conde a Judith a ir a Vaillac? Quiero vivir porque quiero ver el crepúsculo sobre los tejados negros de pizarra de mi castillo, quiero oír el ruido de los autómatas reparados por Guillaume y quiero contar a mis hijos la historia de mi vida y de quienes me la dieron. Debo vivir porque de lo contrario nada llegará a su término.
Perdonadme, no es habitual empezar un relato por su conclusión, ni siquiera en esta época difícil en que me ha tocado nacer. Pero el golpe que acabo de recibir ha sido tan violento que me hace temer lo peor. El impacto me ha recorrido el cuerpo como un terremoto. Oigo gritar a mi madre y siento el dolor que le hace apretar los puños.
Y sé por qué. Yo, que no cierro nunca los ojos, lo veo todo y lo sé todo. Sé cuál es el desquiciamiento que la arroja a esta calle azotada por la lluvia y sé quién es el otro que la vuelve a alcanzar, la locura que le brilla en los ojos. Lo sé todo y lo veo todo. Conozco el presente, el pasado e incluso el porvenir hasta del personaje más insignificante de esta historia, conozco todos los meandros que unen sus destinos, porque nado fuera del tiempo, allí donde tienen su origen las leyendas, en la carne y en la sangre.
Mi madre se hace un ovillo sobre los adoquines cubiertos de barro. Sus sollozos estallan como una tempestad. Su corazón palpita contra mi cráneo. Todo hierve, el mundo tiembla de miedo, la tierra gime de dolor, siento que mi madre renuncia, pero yo quiero vivir, ¡quiero vivir!
Abro las manos, separo los dedos todo lo que puedo, extiendo los brazos: quiero vivir, ¿me oyes? Me aferro con todas mis fuerzas a mi placenta, la aprieto, la muerdo con mi boca sin dientes, ¡quiero vivir! ¡Levántate! ¡Serénate! ¡Vuelve a casa o nos matarás a los dos, a ti y a mí! Quiero oler el aroma de las colinas, quiero cerrar los ojos al sentir el viento de la tarde en la frente, quiero conocer todas las cosas bellas de este mundo frágil y cruel... Quiero...
Los cabellos hundidos en el barro, mi madre lanza un gemido prolongado. ¿Y si no se levantara? ¿Si yo no naciera? ¿Si no llegara a vivir?
En ese caso hace falta que lo cuente. Para los que viven al otro lado, es necesario que diga todo lo que quizá no llegue a ser. Todo lo que sé, aquí, en el fondo del vientre de mi madre. Todo lo que mis ojos ven todavía antes de que sea demasiado tarde.
Primera parte
1. El niño maldito
Érase una vez, en el recodo de un río, una torre plantada como un viejo diente en la cumbre de una colina. Nadie habitaba desde hacía siglos aquella fortaleza robusta cariada por el tiempo y las guerras, último raigón de un esqueleto enterrado en el fondo de las edades. Se la evitaba debido a las víboras que anidaban bajo las piedras. Espesas zarzas impedían además el paso y las gentes del castillo afirmaban que los fantasmas rondaban por la noche durante las heladas invernales o cuando los niños no dormían obedientemente en su cama.
Porque al pie de aquella torre en ruinas, se alzaba un castillo. Acostado sobre la orilla del río, era tan hermoso como fea la torre, lleno de elegante arrogancia, mientras, humildemente, la torre se encogía sobre sí misma. Resplandecía en medio de los árboles del parque como un diamante entre los pechos de una veneciana. No obstante, sólo los forasteros, los bandidos o los soldados de otras comarcas se detenían a contemplarlo desde el camino. Los lugareños, que estaban al tanto de su historia, apretaban el paso sin alzar los ojos. La simple vista de las torrecillas les ponía la carne tan de gallina como una borrasca fría. Por el niño, que aún mucho tiempo después de haberse ido, seguía presente entre las piedras, como un salitre que nada logra quitar de los muros.
El nombre de la mujer que le había traído a este mundo no se debía decir nunca en voz alta, ni murmurar, ni invocar con el pensamiento, ni incluso susurrar en sueños, hasta tal punto que había acabado por borrarse por completo de los recovecos de la memoria. En cuanto al nombre del padre, se olvidó pronto: desconocido, hasta creerse que nadie había engendrado a la criatura. Y quien no ha sido engendrado por su padre es, con frecuencia, fruto del diablo.
El día de su nacimiento los perros se pusieron a aullar. El cielo adquirió un color extraño, las sombras se borraron y la noche cayó de golpe. El viento mismo dejó de soplar y un silencio inquietante envolvió las orillas del río. En aquellas tinieblas grises lanzó el niño su primer grito. Según el Hombre de Negro, habría sido necesario bautizarlo cuanto antes, matarlo enseguida y enterrarlo de acuerdo con los ritos establecidos. Pero el noble propietario del castillo se opuso: al niño se le permitió vivir y la desgracia se abatió sobre la comarca.
Hay seres a los que es mejor no acercarse y a los que más vale no querer, porque de lo contrario se cierran sobre su prójimo como trampas para lobos y le arrancan una pierna, el corazón y a veces el alma entera. Apenas nacido, el niño atrajo a los corazones sencillos como una carne putrefacta atrae a las bestias desesperadas. Todas las criadas que lo tuvieron en brazos padecieron algún infortunio en menos de un año: a una la royó la viruela, otra se cayó de una escalera de mano, una tercera se incendió al acercarse a los hornos.
La castellana, prudente, ordenó a sus gentes apartarse del innoble retoño, huir de sus llantos tanto como de sus sonrisas seductoras, y así se hizo: no se le dirigieron ni palabras ni miradas, no se le cantaron nanas, ni se le volvió a mimar (o fue preciso hacerlo secretamente, a la manera de las brujas que acudían a los aquelarres las noches de luna llena) como si, a fuerza de ignorarlo, se le hubiera podido borrar de la tierra en la que nunca debería haber nacido. Pero el odioso niño resistió a la indiferencia igual que resistió al frío y a la falta de alimentos, ya que, para poner de manifiesto su constitución sobrehumana, el Hombre de Negro había sugerido que se le sometiera a aquellas pruebas. Se dijo incluso que se había llegado a depositarlo una tarde entre las ruinas de la vieja torre. Las serpientes le hicieron una cuna, las zarzas le sirvieron de velo contra la helada, y los fantasmas lo acunaron toda la noche con sus cantos glaciales.
En resumen, el niño sobrevivió. Creció a medida que pasaban las lunas, adquiriendo bellas proporciones, como una criatura destinada a ser más poderosa que las demás, un mandatario encargado de instaurar algún oscuro reino.
Los años transcurrieron como una fría ascensión de brumas. Los inviernos se alargaban hasta la fiesta de San Juan, antes de la Asunción las uvas se echaban a perder y a los campesinos les devoraban unas fiebres que los hacían veinte años más viejos. Una sombría mañana de otoño en la que la escarcha crujía bajo los pies, un intendente se presentó en el castillo para un asunto ordinario. En el patio cruzó la mirada con el niño. El suelo se abrió de inmediato bajo las botas del buen funcionario. Una mandíbula acerada le trituró los pulmones. Abandonó sus papeles, corrió a su carroza y gritó al cochero que hiciera restallar el látigo. Tres días después, en una carta de complicada caligrafía, explicó que había visto al diablo y que, a partir de tan desgraciado encuentro, una voz lúgubre no dejaba de susurrarle al oído los crímenes por los que sería castigado, prometiéndole morir entre atroces sufrimientos, la cabeza cortada por una máquina para eliminar traidores, en medio de una multitud borracha de odio. Aterrorizado por aquel destino espantoso, prefería evitarlo. Lo encontraron ahorcado por encima de sus libros de contabilidad.
Un terror sordo se apoderó de todos los que se codeaban con el niño, como si tuvieran miedo de ver abrirse la tierra bajo sus pies en el recodo de una escalera. Por los largos corredores del castillo resonaban durante todo el día los padrenuestros y las avemarías que repetían los criados. Las sayas de las camareras no ocultaban ya más que crucifijos e incluso el gran pánfilo del mozo de cuadra, cuando terminaba de almohazar los caballos, se apresuraba a ir a la capilla para confesar sus malos pensamientos. Era una época triste.
Convencido de que Dios lo ponía a prueba, el Hombre de Negro decidió luchar contra la ralea del maligno. Todos los días, mientras el fuego roía los leños húmedos en la chimenea, se encerraba con el niño en la sala de estudio para enseñarle el camino del amor eterno. El monstruo no era nada tonto: aprendió enseguida a leer y a escribir. En cuanto a lo demás, resultó imposible hacer de él un cordero del rebaño del Señor. Aquella mala hierba era incapaz de hacer bien la señal de la cruz, se dormía durante la misa y sostenía los crucifijos cabeza abajo. El Hombre de Negro le pegaba, por supuesto, pero las bofetadas se deslizaban sobre sus mejillas como el agua sobre el cuero bien encerado y el muy desvergonzado alzaba todas las veces unos ojos brillantes de bestia feroz hacia el sabio preceptor que sólo quería su bien.
Durante un crepúsculo seco y ventoso, cuando señores y vasallos escuchaban el benedícite en el comedor a la luz del sol poniente, el mozo de cuadra se presentó gritando que ardía el hogar del administrador. Sin perder tiempo, el noble propietario armó a su gente con baldes. Lucharon toda la noche pero perdieron la batalla. Llevada por un torrente de llamas que subía hacia el cielo, la casa ardió, se inclinó con violencia y finalmente se derrumbó al amanecer, convertida en un montón de piedras negras y de cenizas humeantes. De la familia que vivía allí sólo se salvó una niñita de pocos meses colocada bajo un caldero. Se dice que el castellano cayó de rodillas entre los vapores del alba y que lloró.
—Protegéis a un demonio —le fustigó su esposa—. Dios os pone en guardia.
Se hizo decir una misa por los difuntos y a la niñita se la amamantó en el castillo. En cuanto al niño maldito, había desaparecido. Se escondía, culpable. Cuando reapareció, el Hombre de Negro le ordenó confesar su crimen, ¡porque era él quien había lanzado las llamas del infierno sobre la casa del pobre administrador! ¡Él, quien había enviado un espíritu maligno para torturar al intendente del rey! ¡Él! ¡Él! El rostro lívido, el niño juró ante Dios que no había hecho nada.
—¡Blasfema! ¡Que le agujereen la lengua!
Lo atraparon, se le infligió el castigo, luego el monstruo escapó y se escondió durante días. Una mañana al alba, el Hombre de Negro lo sorprendió cuando se disponía a robar en la cochera, lo arrastró hasta el patio y le azotó con un látigo provisto de clavos benditos, en presencia de todo el mundo, para recordarle el camino de la redención.
—Dios viene en nuestra ayuda —suspiró la castellana, agitando el abanico mientras los estallidos del látigo se mezclaban con el canto matinal de los pájaros—. Luchar contra Satanás es una ardua tarea...
Al niño se le encerró en el sótano, entre las ratas, sin alimentos. Las criptas resonaban de día y de noche con sus alaridos. Fue la época en la que el castillo se hundió en la maldición que iba a atormentar sus muros hasta el fin de los siglos o, al menos, hasta el final de una época. Llegaron días sombríos: un otoño furioso, un invierno helado... La abominación de aquel niño rezumaba por los muros como una fiebre, supuraba por las junturas como una herida abierta, se maceraba en los antros nauseabundos de la magnífica mansión. Se dejó de bajar a la cueva. Los perros perdieron el pelo y murieron de angustia, e incluso los fantasmas renunciaron a visitar la vieja torre, asustados por los rugidos del diablo.
Un día, por fin, un silencio desacostumbrado reinó entre los muros. Se pensó con alivio que quizá el monstruo había muerto, pero nadie se atrevió a descender a las tinieblas para comprobarlo.
El noble propietario, que regresaba de un periodo de servicio en el ejército, ordenó a su criado que se proveyera de una manta y fuese a buscar a la criatura. El pobre hombre se hundió estremecido en los cimientos del edificio, iluminado por tres candelas que temblaban tanto como él. El olor era pestilente. Al principio no distinguía nada: los sótanos eran grandes y la oscuridad desplazaba las bóvedas a su alrededor. Después lo descubrió al pie de una columna: un cuerpo blanco enrollado como un churrete de cera al pie de una vela apagada. El criado suspiró. El niño, en efecto, parecía muerto. Pero al acercarse la bestia le saltó a la cara, le arañó y le mordió. Como era de buena estatura y poseía la fuerza de un oso, se necesitaron tres hombres para dominarlo. Cuando finalmente quedó aturdido por los golpes y atado en la manta, se descubrieron cadáveres de animales que yacían sobre la tierra húmeda: la criatura se había alimentado de ratas y les había arrancado la piel para fabricarse un cobijo.
—¡Qué abominación! —exclamó la castellana, haciendo la señal de la cruz.
—¡Qué vergüenza! —renegó el castellano.
Confiscó las llaves de todas las habitaciones sin ventanas y él mismo destruyó a mazazos la cerradura del sótano.
—Pactáis con Satanás. Tened cuidado, mi señor: lo pagaréis.
—Desbarráis —replicó él.
Tuvo razón ella, por desgracia: lo pagó, y caro.
El único heredero de aquel antiguo linaje cumplió por entonces los doce años. De constitución delicada, era un ser rubio y taciturno que sólo amaba a los caballos y pasaba largas horas galopando en el parque, como si no encontrase otra manera de domar la locura del mundo que lo rodeaba. Quienes vieron su caída contaron llorando que iba a lomos del gran semental tordo cuando el otro, el maldito, surgió de un matorral. Las hojas tiernas de la primavera no habían brotado aún, de manera que se vio muy bien encabritarse al caballo aterrorizado y caer a tierra su jinete. Al chocar con la grava, su cabeza produjo un ruido sordo semejante al crujido de una rama arrancada por el viento, pero era él, y también su alma, que alzó el vuelo más allá del bosque.
Los ojos echando llamas, la castellana rugió que había que matarlo también a él. ¡Exterminarlo como a una sabandija! ¡Acabar con él como con un lobo! ¡Ha...! No terminó la frase porque se desplomó sobre el embaldosado y no se repuso nunca. El Hombre de Negro amenazó con informar al Papa: se había ido demasiado lejos y era preciso enjuiciar todos los sacrilegios. Al regreso de un largo paseo por la orilla del río, el señor del castillo decidió que se enviaría al niño a un orfanato lejano y que nunca regresaría. A la hija del administrador, que había crecido debajo de la mesa como un gato, se la confiaría a su vez a alguna institución religiosa, de manera que no hubiera ya en el castillo ni niños, ni alaridos, ni recuerdos que royeran el alma, y que se silenciaría para siempre el recuerdo de aquellos años.
Desde la escalinata unos días más tarde, mientras el cochero esperaba en la grisura húmeda del alba, el aristócrata contempló por última vez a aquel por quien tanto mal se había producido. El niño trepó al vehículo que desapareció en la bruma. Y eso fue todo.
2. La niña encontrada
Guillaume de Salerac era un hombre feliz. Al menos, tal es la impresión que daba cuando avanzaba a cuatro patas por los campos, seguido lentamente por su caballo, que caminaba tras él.
Dotado de buena cabeza y de constitución robusta, sabía por añadidura contentarse con los bienes que poseía: era por tanto una persona satisfecha.
Es cierto que había nacido hidalgo, primogénito de una antigua familia, heredero de un castillo en Périgord, de bosques donde abundaba la caza, de lomas fértiles, de un río generoso en truchas, de un molino, de un caserío con todos sus habitantes y de una lista bastante larga de derechos señoriales, todo lo cual contribuía sin duda a su tranquilidad de espíritu. Pero, además de aquellos regalos de la fortuna, la mirada singular con que veía las cosas parecía protegerlo contra los reveses de la existencia. El granizo que disgustaba a los campesinos era para él una manifestación admirable de las fuerzas de la Naturaleza. Las enfermedades que diezmaban los rebaños se convertían a sus ojos en objetos dignos de estudio. Dibujaba con ternura las serpientes paralizadas por el frío bajo las piedras y los cadáveres sanguinolentos de los corderos atacados por los lobos. Y le fascinaba tanto el movimiento de los planetas que resultó ser el único que, con ocasión del gran eclipse de 1764, no se escondió debajo de la cama entre alaridos. A veces, inmóvil, contemplaba las nubes, prueba de que los vientos no se detienen nunca... Pese a todo, disgustaba al señor cura tanto como a su propia madre, porque su mucha inteligencia no daba cobijo a una onza de fe sólida, y tantas maravillosas observaciones sabias no impedían que fuese un completo idiota a la hora de calcular el precio de un saco de nueces.
Pasó algún tiempo en el ejército, donde se esperaba verlo alcanzar una graduación que hiciera honor a su apellido: sin éxito. Un día que la tropa se entrenaba para el combate, un insecto de élitros dorados le pasó, volando burlonamente, por debajo de la nariz. Guillaume soltó el florete y corrió tras la criatura alada. Era una cetonia atípica que consiguió capturar antes de desplomarse, porque el desventurado compañero con quien cruzaba el acero le había dado sin querer una estocada en el muslo. Apenas repuesto de la herida, Guillaume corrió, cojeando, a presentar su descubrimiento al señor de Buffon, en el Jardín del Rey. El gran naturalista lo recibió, examinó al hombre tanto como al insecto, le escuchó disertar sobre los lepidópteros y, al final de la entrevista, le ofreció una copita de su mejor aguardiente; parecía adecuado que el conocimiento de la flora y la fauna produjera algún beneficio. Ya antes de apurar su copa, Guillaume supo que había nacido para las ciencias.
Estudió mucho, viajó lo necesario para conocer un poco el mundo, frecuentó diversos salones, trató a filósofos de todos los pelajes, fue admitido en la Academia de las Ciencias y recibió incluso el estimable encargo de colaborar en las láminas de la Enciclopedia: ¡mejor que un bastón de mariscal!
No obstante, de todas las personas que Guillaume de Salerac conoció en su juventud, la que iba a contribuir de forma más duradera a su felicidad fue un honrado barbero de Toulouse. El hombre tenía el prestigio de haber estudiado la circulación sanguínea con los mejores cirujanos de Bagdad y conocía hasta la venilla más insignificante que carga de vida los tejidos. Sus métodos, sin embargo, no eran dignos de un buen cristiano, y no se le invitó nunca a visitar al rey. Qué más daba, a Guillaume de Salerac se le recibió en su casa y tuvo el privilegio de asistir a sus clases. Estrictamente no aprendió nada, por desgracia, ya que desde el primer día la hija del cirujano participó también en la disección.
Guillaume escuchaba como un sordo, sin tener ojos más que para la bella anatomía femenina, y temblaba como un álamo tan pronto como la joven lo miraba por encima de la oveja abierta en canal, objeto de sus estudios. Finalmente, cuando al término de su exposición el sabio concluyó: «La causa del movimiento de la sangre en las venas es el calor del fuego que reside en el corazón y dilata a este último y lo hace funcionar a la manera de una bomba», Guillaume había reconocido ya cien veces que el maldito fuego que dilata las venas no era una simple alegoría de anatomista.
Hombre de ciencia hasta entonces, se convirtió por añadidura en enamorado, es decir, casi en poeta.
Cortejó asiduamente a la hija del cirujano sin dejar de asistir a las clases del padre, que le hizo cortar corderos, cabras, terneras, conejos, gatos, perros y todo lo que el mercado local le ponía entre las manos, hasta el día en que ya no tuvo nada más que abrir, a excepción de su propio corazón. La boda se celebró en la catedral de Toulouse y las festividades duraron tres días con sus noches. Después los jóvenes esposos se retiraron a la calma de Castelroux, en las colinas de Périgord. Hay que creer que allí se entregaron a nuevas experiencias y descubrieron mecanismos que, hasta entonces, les eran desconocidos, porque al año siguiente les nació un hijo al que llamaron François René.
Fue por entonces, en la tranquilidad del campo y de la vida de familia, cuando Guillaume de Salerac se convirtió por completo en el hombre feliz que recorría los bosques y herborizaba. El librero de Sarlat le puso enseguida el mote de «Gentilhombre a Cuatro Patas», porque todas las primaveras lo veía pasar encorvado por los prados, las uñas negras de tierra, extrayendo del suelo delicadas hierbas de raíces dentadas, seguido por el caballo que llevaba sus alforjas y que, sin saber latín, arrancaba de una dentellada las matas de diente de león.
Una mañana de mayo del año 1773, cuando avanzaba con el espinazo doblado entre los helechos, Guillaume hizo un descubrimiento que iba a conmocionar su vida, tal vez el más hermoso que pueda hacer un hombre. Allí, sobre el musgo espeso que tapizaba las piedras, posado en lo alto de una de ellas como un animal extraño, vio... no dio crédito en un principio a sus ojos y frunció el ceño:
¡Un pie!
Pequeño.
Rosado y espantosamente sucio.
Terminado en cinco deditos minúsculos, cubiertos todos ellos de sus respectivas uñas.
Al lado, su gemelo se escondía dentro de una zapatilla de satén azul ennegrecida por la tierra.
Estupefacto, Guillaume de Salerac alzó los ojos.
El pie estaba coronado por un tobillo y después por un cuerpo entero. El pie poseía incluso un rostro y, bajo una masa de cabellos rojizos tan desgreñados como un arbusto de espino, dos ojos verdes lo miraban asustados. A su alrededor no había más que el silencio de los helechos, el desorden de las rocas, la profusión de los musgos y una sucesión de troncos de árboles que se prolongaban hasta perderse de vista.
Guillaume llevó al castillo su extraño descubrimiento.
Sus hallazgos provocaban de ordinario un reflejo de huida dado que, a poco que llegara cargado y la sonrisa en sus labios, se sabía que iba a ser necesario extasiarse con sus tesoros, es decir, contemplar durante un tiempo demasiado largo las hierbas y las horribles moscas que exhibía con orgullo ante cualquiera que tuviese la desgracia de recorrer los pasillos en aquel momento. Únicamente su hijo François corría hacia él tan pronto como su caballo aparecía por el camino. Aquel día fue el muchachito quien, después de quedarse inmóvil a mitad del puente levadizo, dio la alerta con sus gritos.
—¡Venid! ¡Ha atrapado un hada!
En menos de un minuto toda la casa estuvo al corriente, y en el salón de las salamandras se produjo un alboroto digno de las mejores ferias de Sarlat. Guillaume de Salerac depositó a la niña encontrada sobre la mesa y la contempló como si fuese una oca roja venida de las Américas.
—¡Jesús, María y José! Pero ¿qué es eso?
Bajo una blanca peluca encopetada, aquel rostro reprobador cubierto de polvos de arroz no era otro que el de Marthe de Salerac. Fortalecido por una larga tradición de discusiones que sabía alimentar maravillosamente, Guillaume aceptó al pie de la letra la pregunta de su madre.
—Veamos, se trata de una niña de raza blanca, pelirroja, de ojos verdes, dos pies y seis pulgadas de estatura, unos tres años de edad...
Lacayos y criadas murmuraron. Marthe puso los ojos en blanco.
—¡Fuera todo el mundo!
Con un rumor de faldas y de zuecos toda la servidumbre se apresuró a salir. En torno a la señora del castillo sólo quedaron Guillaume delante de la mesa, Anne, que se acercó despacio a la niña y, pegado a la chimenea como si hubiera querido transformarse en una de las salamandras esculpidas sobre el dintel, un hombre alto, delgado y silencioso como una serpiente.
—Vemos sin dificultad que no se trata de un búho —replicó Marthe, molesta—. ¿De dónde sale esa niña?
—Ésa es precisamente la pregunta que me hago —respondió Guillaume sonriendo.
—Si no lo sabes, ¿por qué no la has dejado donde estaba?
—Es que, madre mía muy querida, antes de responder a una pregunta tengo por costumbre estudiarla.
—Y yo estoy acostumbrada a tus extravagancias, ¡pero ésta las supera todas!
—Decís eso una y otra vez.
—¡Siempre es verdad!
Mientras los otros reavivaban antiguas querellas, Anne de Salerac se inclinó hacia la niña y la interrogó con voz cantarina.
—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
Sin abrir la boca, sin parpadear siquiera, la niñita miró a la joven con aire asustado.
—Es inútil —intervino Guillaume—. No habla.
—¿Cabe que sea muda? —aventuró Anne.
—¡Y qué importa que sea muda o idiota! Devolvedla a donde la habéis encontrado y no se hable más... ¡Ah, las grandes ideas que tenéis siempre!
Saliendo de su reserva, Jean de Monterlant acababa de hablar. Guillaume lo miró con el desprecio infinito de un mandarín por un cabrero.
—Perdón, querido cuñado, ¿qué sabéis vos, precisamente vos, de las grandes ideas? ¿Las habéis tenido acaso en vuestra vida? Podéis salir si nuestros asuntos os aburren.
—Si no estuviera yo para administrarlos, no quedaría ya gran cosa de vuestros asuntos.
Marthe de Salerac puso los ojos en blanco como una regente exasperada por la disputa de sus ministros.
—Silencio los dos. Jean, sabéis lo que pienso de vos: no tenéis corazón, pero sí razón... Guillaume, ¿por qué has recogido a esta niña?
—Estaba sola, lejos de los caminos, en un bosque donde nunca se llevan a pacer los rebaños...
—Y habéis tenido el deseo irresistible de jugar al buen samaritano.
—Callaos, Jean —gruñó Marthe—. Si hay aquí alguien que no se puede quejar de haber sido recogido bajo nuestro techo, sin duda sois vos.
—Sólo os recuerdo que los Salerac no tienen con qué permitirse larguezas de duques.
—Nosotros, no. Pero ella, quizá sí —exclamó Anne de repente.
Ante aquellas palabras, los otros tres callaron. La joven recibió con una sonrisa sus miradas de asombro para señalar luego a la niñita que seguía, petrificada, sobre la mesa.
—Mírenla: está sucia pero tiene buena salud. Los brazos firmes, los ojos vivos y el pelo brillante. La piel no presenta el menor rastro de pústulas y, vamos a ver, los dientes, sanos... ¡ay! ¡Diablos! ¡Cómo muerde!
Aquella breve exposición hundió al salón en un silencio perplejo. No se había considerado hasta entonces que la niña pudiera ser alguien. Intrigados, Marthe de Salerac y Jean de Monterlant se acercaron a su vez a la mesa. La niñita frunció el ceño y apretó un poco los dientes, pero no se movió más que una estatuilla rodeada por una banda de ladrones.
—¿Tal vez la hayan raptado? —aventuró Marthe.
—O quizá nos acusen de haberlo hecho —replicó Jean.
—Eso entraría muy bien en vuestros métodos —ironizó Guillaume.
—Silencio —ordenó Marthe—. Es una pena que no nos diga su nombre... Pero, mirad, ahí, en torno al cuello: ¿no le cuelga algo así como una joya? Mirad vos, querida mía, que tenéis los dedos más finos...
Anne extendió la mano y rozó el cuello de la pequeña. Sí, una fina cadena de oro brillaba bajo sus bucles. Mas cuando la joven esposa quiso examinar lo que parecía ser una crucecita dorada, la criatura dio un salto hacia atrás y lanzó un «¡No!» tan feroz que todos se sobresaltaron. ¡La niña hablaba! O más bien rugía.
Guillaume dirigió una sonrisa burlona a su cuñado.
—Visto su sentido de la propiedad, ¡podría muy bien ser hija vuestra!
Jean iba a replicar cuando se abrió la puerta con estrépito. Una mujer en camisón apareció en el umbral, y se agarró a las jambas de la puerta como si lo necesitara para no derrumbarse de pronto o alzar el vuelo definitivamente.
—Louison, ¿qué haces aquí? —gruñó Marthe—. Vuelve a la cama.
La persona a quien interpelaba tan duramente era una figura grande y pálida que parecía salida de un sueño. Los largos cabellos cenicientos le caían sobre la espalda como una madeja de seda mal peinada y su rostro enjuto no presentaba otro color que el gris violáceo que ribeteaba sus pupilas. Sus ojos brillantes revolotearon por el salón con el aire huraño que dan la fiebre y la melancolía. Era Louise de Salerac o, más bien, Louise de Monterlant: hija de Marthe, hermana de Guillaume, triste esposa de Jean.
—El pequeño François me ha dicho que...
Se interrumpió al descubrir a la niña. Su rostro se transfiguró.
—¡Dios mío, qué guapa es!
Avanzó al instante, los brazos extendidos, los pies temblorosos.
—Pobrecita, no tengas miedo, nos vamos a ocupar de ti como es debido. ¡Qué bonita eres! ¿Quién es el monstruo que te ha abandonado en el bosque?
Y sin vacilar ni filosofar, Louison tomó a la niña en brazos. Extrañamente, la criatura se dejó llevar por aquel cuerpo delgado como si fuese lo que había estado esperando.
—Muy bien, no temas nada, pequeña mía... ¡Qué bien te huele el pelo, qué suave tienes la piel! Pobre tesorito, perdida y completamente sola en el bosque... Ah, ¿quizá tienes hambre? ¿Sed? ¿Quieres beber? ¿Comer algo?
Meciendo a la niña con todo el cuerpo, que se balanceaba a cada paso, Louison hizo lo que a nadie se le había ocurrido: bajar a la cocina y pedir a Eleonora leche de oveja, pan recién hecho, puré de castañas, un poco de miel, en fin, todo lo que estuviera listo; después se sentó en la mesa de los criados e hizo comer a la niña sobre sus rodillas, sin dejar de hablar ni de sonreír, como se juega a las muñecas, hasta el punto de que la cocinera, desconcertada, no habría sabido decir cuál de las dos era una niñita hambrienta.
Marthe de Salerac no tardó en aparecer, sombría y decidida.
—Bien; hemos acordado que tu hermano la lleve a las agustinas de Bergerac.
—¡No!
En un furioso movimiento de sorpresa, Louison agarró a la niña y se volvió hacia su madre con ojos desorbitados. Pese a ser una persona que no había dado nunca la más mínima muestra de cólera, pareció de repente capaz de saltarle a alguien al cuello, de morder, de matar. Marthe se demudó. La mirada de su hija la dejó helada. La soberana de Castelroux sintió quebrarse su esqueleto pero no dejó traslucir nada. En el ojo de Louise se formó una lágrima, enorme y redonda como un espejo de bruja, que desbordó sus párpados, le descendió por la mejilla y cayó sobre la frente de la niña. Marthe bajó los ojos, tragó saliva, respiró honda y tristemente. Una lágrima. Una sola lágrima iba a cambiar el curso de muchas vidas.
—Sea. Si nadie la reclama, nos la quedaremos de momento...
Iba a ser un momento muy largo, porque lo que Marthe ignoraba a la hora de pronunciar aquellas palabras era que nadie reclamaría nunca a la pequeña, ni al día siguiente, ni al otro, ni en el curso de los años, y que se necesitarían muchas revoluciones, muertes y nacimientos para enterrar el misterio de su aparición aquella mañana en los bosques del Sarladés.
—¿Cómo vamos a llamarla?
Con aspecto de sentirse abrumada y envejecida de repente, Marthe se encogió de hombros.
—Miremos el almanaque —suspiró, dejándose caer sobre un taburete—. Sin duda hoy es la fiesta de alguna santa.
3. Bella ascensión de verano
—¡Judith! ¡Judith!
Muchos años después, la joven se sobresaltó al oír su nombre. Por la puerta entreabierta vio pasar un vestido azul que avanzaba a pasos cortos, corredor adelante. ¡Uf! No era más que Hélène que la buscaba por todas partes... o casi... o más bien en ningún sitio, porque Hélène tenía demasiada poca imaginación para venir a husmear aquí, al trastero del tío Guillaume... Judith se apoderó de un cilindro granate que anudó a la cinta de su enagua, bajo los pliegues del vestido, luego cerró el cofre polvoriento donde había visto a su tío, el verano precedente, colocar los fuegos artificiales con los que animó una noche de San Juan que estuvo a punto de terminar en incendio. Salió de puntillas del desván y se lanzó por el pasillo en persecución de su hermana.
—¡Judith! ¿Dónde diablos te habías metido? —exclamó Hélène—. Ven a ver el invento del tío Guillaume. Es increíble: ¡se diría que funciona!
La adolescente fingió sorpresa. Nunca lo había dudado.
Seis meses antes, en una fría velada de enero poco después de la fiesta de los Reyes Magos, Guillaume de Salerac había lanzado las siguientes palabras entusiastas a la familia reunida en el salón:
—¡El verano próximo os prometo que asistiréis a una experiencia que quedará para siempre grabada en la historia de las ciencias!
Como era de esperar, Marthe se había estremecido.
—¡Dios todopoderoso! ¡Qué nos inventará esta vez!
—Una maravilla, mi querida madre.
—¿Cuánto nos va a costar? —había gruñido Jean, que jugaba al chaquete con Anne, sin alzar los ojos de la mesa.
—El papel, la cuerda... y el aire.
Judith cerró su libro (un hermoso volumen encuadernado en tafilete, sacado de la biblioteca de Guillaume, que anunciaba en la cubierta la Guerra de las Galias, pero que escondía en realidad algunos capítulos del Emilio de Rousseau) y aguzó el oído todo lo que pudo. Pero su tío no había añadido nada más. Marthe bordaba un mantel de lino amarillo cerca del fuego, imitada por Hélène, que repetía el mismo motivo en una servilleta. Anne y Jean desplazaban con violencia sus peones sobre el tablero y François sacaba brillo al espadín con el que soñaba atravesar a algún enemigo en una guerra futura, a ser posible gloriosa y sin peligro, sin duda contra los ingleses.
—¿Qué es lo que vais a hacer, tío?
—Ya lo verás.
Al dar la vuelta alrededor de la mesa con las manos a la espalda, el sabio de Castelroux se había acercado a la silla baja donde leía la joven y su mirada cayó sobre la obra. Un brillo divertido le apareció en los ojos.
—Sana lectura, pequeña mía... Muy instructiva.
Ruborizada y pálida al mismo tiempo, Judith temió una reprimenda. Pero Guillaume continuó caminando con sus pensamientos y todos los demás guardaron silencio, en la soledad de su velada familiar.
En el curso de las semanas que siguieron, es decir, durante el final del invierno y toda la primavera de aquel año de 1783, Guillaume se había consagrado a la elaboración de su extraño ingenio. Era un trabajo misterioso: escribía y recibía multitud de cartas, dibujaba planos, se entregaba a abundantes cálculos y realizaba numerosas experiencias a escala reducida en su gabinete de estudios, la Torre Magna del antiguo camino de ronda. Empujada por una curiosidad irresistible, Judith lo seguía como un perro, espiaba todos sus gestos, pero no hacía ni la más mínima pregunta, demasiado intrigada para atreverse a abrir la boca. Cuando una mañana de abril vio el primer paralelepípedo de papel volar de las manos de su tío para subir en línea recta hasta el techo, se estremeció de pies a cabeza, presa de una de las más intensas revelaciones de su vida. ¡La máquina de su tío Guillaume era prodigiosa! ¡Aquella cosa que estaba haciendo tenía la potencia de los sueños que llevan a los cielos! En un relámpago, una intensa admiración la emocionó vivamente y fue sin duda entonces, los ojos alzados a las bóvedas, la nuca echada hacia atrás en una visión casi extática, cuando germinó en ella la oscura idea, el deseo inconfesable... Todo lo demás no fue más que una lenta estratagema meticulosamente montada en su cabeza mientras Guillaume trabajaba en la construcción del aparato.
Hélène y Judith salieron del castillo por el puente levadizo. Era casi mediodía y tuvieron que guiñar los ojos ante la viva luz del sol que las deslumbraba. Judith tomó la mano de su hermana, Hélène le apretó los dedos y echaron a correr por el camino que llevaba hacia el caserío. El viento les azotaba las mejillas, el polvo les irritaba los ojos, el sombrero de Hélène le caracoleó sobre los hombros y el de Judith se le echó a volar por la espalda, liberando sus cabellos rojos como una bandera ondulante. Las dos rieron al mismo tiempo y corrieron todavía más deprisa, ebrias de sol. En el espacio de un parpadeo, Judith vio grabarse las colinas familiares en el fondo de sus ojos, el viento tibio, el polvo rubio del camino, el perfume de los árboles, el canto de los insectos, y a Hélène y a ella en medio de todo aquello, sin aliento, dichosas como niñas eternas bajo el sol de un verano también eterno. Era sin embargo la última vez, aquel día, que bajaban juntas y despreocupadas el viejo camino que contenía todo su mundo.
Arremangado en mitad del campo, Guillaume de Salerac dirigía como un capitán la maniobra de los criados que tiraban con fuerza para desplegar la vela redonda de su navío. Los curiosos estaban ya acomodados a la sombra de los árboles. Se había invitado a la totalidad de las buenas familias de la comarca y todos, o casi todos, habían acudido en busca de distracción.
—¿Y para qué sirve ese aparato? —preguntó el señor cura.
—Mi marido dice que permitirá explorar las nubes —respondió tímidamente Anne de Salerac.
—Explorar las nubes... —suspiró Marthe mientras desplegaba el abanico.
—¿Y cómo lo llaman? ¿Esa cosa tiene nombre?
—Nuestros amigos de Annonay, que lo han inventado, lo llaman aerostato.
—Mírenlo... qué extraño es.
Las miradas se volvieron hacia el ingenio. Se trataba de un globo gigantesco todavía un poco flojo, todo él de tela y papel, que prometía, una vez inflado, alcanzar el tamaño de un granero. Su base descansaba sobre un estrado atravesado por un agujero, bajo el cual se había colocado una estufa para llenarlo así de aire caliente. Una cuerda pasaba por una anilla en lo más alto, ligada a dos mástiles a los lados para ayudar a su elevación. Otras cuerdas, una decena en total, colgaban a todo alrededor, sujetas, en cada extremo, por un criado. Porque el sabio de Castelroux contaba con ofrecer el espectáculo de una hermosa ascensión, pero sin soltar el globo, un poco como se examina el galope de un purasangre al extremo de un ronzal. La nave celeste tendría una tripulación: tres corderos, frágiles y rubios, que Guillaume había previsto hacer subir en una barquilla de mimbre con el fin de estudiar el efecto del vuelo sobre los animales terrestres.
Los tres corderos destinados a entrar en la historia de Périgord, si no de la aeronáutica, se llamaban Louis, Lambert y Léonard. Guillaume los había escogido con esmero, los había pesado, había calculado su masa conjunta y, en función del total, había concebido las dimensiones de su aerostato, prohibiendo a los pobres animales que adelgazaran o engordaran un solo gramo. Aquella mañana, el cubo en el que se les hacía beber contenía agua mezclada con licor de ciruela, con el fin de embotar cualquier sensación de pánico aéreo.
—¡Ah, querido vecino! —exclamó el barón Arnaud de Puyvallon—. ¡Ya veo el uso que hacéis del licor que os regalé el año pasado!
—Será, querido amigo, vuestra contribución al progreso de nuestra época.
—¡Bella manera de decirlo! Venid al castillo esta noche: me quedan aún algunas botellas que no se beberán vuestros corderos.
Judith y Hélène se unieron al grupo. O más bien Hélène creyó unirse a él en compañía de Judith, pero esta última había dejado correr a su hermana y se detuvo delante del granero. Ni siquiera se dará cuenta, pensó la pelirroja, sólo tiene ojos para el guapo Vincent que pone cara de no estar esperándola allí abajo, a la sombra de los árboles... Hélène, en efecto, se acercaba con aire coqueto al hijo del barón y no se daba cuenta de nada.
Judith entró en el granero. Ménard no estaba allí. ¡Ojalá no faltara a su promesa, porque de lo contrario su plan se iría a pique! La joven se apoderó de la escalera de mano apoyada contra el muro y la trasladó hasta una especie de nicho situado en lo alto.
Había escondido allí dos pieles de cordero robadas a la granjera tres semanas antes, con ocasión del banquete de cumpleaños de la abuela Marthe. Aunque robadas no era el término exacto: se trataba más bien de un préstamo secreto, porque Judith no tenía la más mínima intención de conservar para siempre aquellos horribles vellones hediondos. Y los haría reaparecer a toda prisa en mitad del patio en cuanto dejara de necesitarlos. Decidida, la joven trepó hasta lo alto de la escalera, alzó la piedra que tapaba las pieles y las tiró al suelo.
Se sobresaltó. Al pie de la escalera, los ojos alzados hacia ella, estaba el hijo del granjero. No le había oído acercarse, cualquiera diría que se deslizaba sobre la paja como una musaraña.
—Ah, ¡por fin apareces! ¿Se puede saber qué miras?
El otro no respondió, pero estaba claro que su mirada no se dirigía hacia los zapatos de Judith ni hacia sus ojos interrogadores, y parecían más bien perderse en una vaga zona intermedia, un abismo delimitado por la frontera de sus enaguas y tan lleno de oscuridad como las grutas a la orilla del río.
—¡Bah! —exclamó Judith mientras bajaba—. Como si no me hubieras visto nunca las pantorrillas...
Claro que Ménard se las había visto ya. Igual que las rodillas. E incluso los muslos. Cuando tenían ocho años y se subían a los ciruelos para recoger la fruta antes de que cayera y estallase entre el polvo. También François le había visto ya pantorrillas, rodillas y muslos. Y Hélène, aunque Hélène no supiera trepar a los árboles y se quedara junto a la cerca de centinela por si venía alguien. Porque hubo un v
