CAPÍTULO 1
La actividad en la cocina de Antonio y María era frenética. Amplia, luminosa y con electrodomésticos de última generación; la encimera gris contrastaba con los muebles blancos. Las amplias ventanas derramaban su luz en el interior. Sara llevaba la tarde ultimando detalles para que todo saliera a pedir de boca en la fiesta que le habían encargado organizar sus amigos para los clientes más allegados en el banco.
—Tomás, ¿podemos hablar, por favor? —Sara se dirigió al maître—. Vamos a examinar una vez más el orden en el que deben salir las tandas de alimentos. ¿Hemos calculado bien las cantidades? —Volvieron a repasarlo todo exhaustivamente para que todo fuera intachable—: primero las chacinas, segundo los fritos, tercero las cazuelitas y el postre…
—Sara, por favor, deja ya de darle vueltas, porque seguro que está perfecto. —María se le acercó y le frotó la espalda con cariño, arrullándola.
—Ay, ¿qué haría yo sin ti? Siempre preocupándote por mí y apoyándome. ¿Nunca te he dicho que te quiero mucho? —Sara la envolvió en un tierno abrazo—. ¿Qué hubiera hecho yo sin el apoyo incondicional de mi amiga preferida?
—Yo también te quiero, tontorrona —le contestó María—. Anda, suéltame que vas a hacer que se me salten las lágrimas y van a empezar a llegar los invitados. —Sara se separó de ella clavándole la mirada en sus oscuros ojos para observar que no hubiera resto de llanto—. Hasta dentro de un rato, guapetona. Voy a ver por dónde anda mi querido marido.
Tres horas más tarde, golpeaba con indignación la punta del pie contra el suelo. La rabia la invadía a oleadas. Estaba harta de oír cómo se quejaba una voz estridente al otro lado de uno de los parterres de la terraza.
—Cariño, ¿puedes conseguirme otra copa?, Llevo una hora con esta en la mano y no ha pasado ni un camarero.
Sara se quedó helada ya que ella misma los había visto pasar sin cesar.
—Sí, ahora voy, Mónica —le contestó con amabilidad una voz masculina.
Se oían risas en el grupo que estaba reunido. En realidad, ella no sabía bien si lo hacían por pura diversión o es que les parecían graciosas las impertinencias que salían de la boca de esa maleducada. Además de dañinos, veía los comentarios muy injustos, ya que ella no se había movido de su lugar estratégico para controlar que todo fuera a la perfección.
—Estos rollitos están pringosos. ¡Puaj! Son incomestibles —repetía como un soniquete la tal Mónica.
¡Sería bruja! No se lo podía creer. Sara estaba a punto de estallar de rabia. Si pudiera, le diría unas cuantas cositas a la muy…
—Hola, Sara. —La voz de María, la sacó de sus pensamientos—. Va todo estupendamente, la gente se lo está pasando fenomenal. Como siempre, lo has hecho de maravilla.
Se giró un poco y la vio muy contenta. A Sara el corazón se le ensanchó de agradecimiento y alivio; ya no podía más. Estaba acostumbrada a las críticas y comentarios negativos pero esta vez lo estaba llevando fatal. La condujo hacia el interior de la casa.
—María, ya no aguanto más. Llevo más de una hora escuchando a una arpía quejarse de todo al otro lado del parterre. No me he querido asomar porque estoy en vuestra casa. Pero te juro que como esa zorra no se calle, le tiro de los pelos.
—Eso lo soluciono yo ahora mismo —se carcajeó María con voz cantarina.
—Pero, María ¿qué vas a hacer, inconsciente? —«Esta chica es imparable. ¡Dios mío!, ¿Qué es lo que se propone? Espero que no haya bebido mucho», pensó Sara.
María cogió su mano y, arrastrándola, se dirigió hacia la magnífica terraza donde se estaba celebrando el cóctel. Rodearon el gran parterre lleno de vegetación que separaba los espacios y se acercaron a un grupo que estaba sentado en unos cómodos sofás.
—Hola a todos, chicos. ¿Qué tal lo estáis pasando? —saludó María alegremente—. Os presento a Sara Gómez, amiga mía y dueña de la empresa que organiza el catering —recalcó a propósito.
Se produjo un silencio un poco incómodo.
—Hola, Sara. Yo soy Ignacio Solís —le dijo uno de los miembros del grupo rompiendo la incomodidad del momento—, y esta es mi mujer, Pilar Ruiz. Enhorabuena, porque está todo buenísimo y lo estamos pasando fenomenal. Gracias por la invitación, María. —El saludo provenía de un hombre alto, con gafas y algo de calvicie. Sus lentes, posadas en la nariz aguileña, cubrían sus amables ojos castaños.
A Sara le gustó la agradable pareja y los saludó, cariñosa, con un par de besos a cada uno. Un chico mucho más robusto, con el cabello rubio muy rizado y corto, se adelantó le estrechó la mano, mirándola con ojos claros y sonrisa afable.
—Hola, soy Curro López. Encantado de conocer a una chica tan guapísima como tú. Lo estamos pasando muy bien. Te presento a Mónica Núñez, mi acompañante. —Su voz sonó un poco apurada. Sin que a nadie le diera tiempo de decir nada más, esta salió al paso:
—Hola, cariño, en realidad soy su novia, pero es muy tímido y no lo quiere reconocer porque llevamos poco tiempo saliendo —le corrigió con voz zalamera Mónica—. Cuando quieras quedamos y te doy unos consejos acerca de cómo hay que presentar las cosas, cielo. Estoy segura de que quedarás mucho mejor. —Se reía de su propia gracia con voz de falsete.
A Sara se le quedó la boca abierta y no podía cerrarla. Notó como un cable entraba en cortocircuito dentro de su cabeza y no se pudo contener más.
—No tan encantada, Mónica —la saludó con su mejor sonrisa de cartón—. Quizás sí que te convenga quedar con alguien para que te enseñe un poco de educación y saber estar.
El silencio fue sepulcral, por lo que, nerviosa, cogió una copa de champán al vuelo de una bandeja cercana y se la bebió de un trago.
María estalló en carcajadas y no paraba de reírse; mientras, el grupo no reaccionaba.
—Hola, Sara, soy Martín Bringas. Me alegra conocerte. —A Sara se le borró la sonrisa en el acto. Su mirada se quedó enganchada en unos ojos grises como el humo. Los más bonitos que había visto. El tiempo se detuvo para ella mientras notaba su corazón dando brincos. Nunca había sentido nada así en su vida. Alguien, al pasar, la empujó lanzándola directamente contra su pecho e hizo que la copa que él sujetaba en su mano se derramara sobre su camisa de hilo.
Todavía algo confusa, volvió en sí e intentó apartarse, sintiendo cómo la angustia y la humillación por sus actos la iban inundando. Sin saber cómo ni por qué, dijo:
—Oh, cuánto lo siento, Martín. Ahora no te va a quedar más remedio que seguir oliendo toda la noche a whisky o lo que sea que tuvieras en el vaso —le soltó con la más falsa de las sonrisas en el tono más maleducado que le salió.
—¿Pero habéis visto qué persona tan borde? ¡Esto es el colmo! —La voz de pito de Mónica se elevaba, intentando hacerse oír.
Ya tenía motivo para parlotear toda la noche, pensó mientras se alejaba apresuradamente.
Sara entró en el lavabo y trancó la puerta entre las risas de María, que, por lo visto, se lo estaba pasando bomba.
—¡Qué horror! En mi vida he sido más grosera.
—Ya lo sé, nunca te había visto así pero me he divertido mucho. ¡Qué tía! Es insoportable. Se lo tenía merecido. —María no podía dejar de reírse
—Para ya por favor. Estoy horrorizada de lo que he hecho. ¿No le perjudicará a Antonio mi comportamiento, verdad?
—Que va, no te preocupes. —le contestó un poco más serena—. Son amigos desde el colegio, aunque ya no se vean tan a menudo. Son tres marinos de guerra encantadores. Curro, el que estaba con la barbie, está divorciado, tiene tres hijos y trabaja en el Ministerio de Defensa. Es un encanto, pero le gusta mucho la juerga. Ignacio, es todo lo contrario. Es abogado de la armada. Cariñoso y amable. Su mujer, Pilar, y él, son una pareja estupenda.
—Pues a mí el que me gusta es Martín. No sé lo que me ha entrado cuando me ha mirado y he caído entre sus brazos. Aunque nadie lo diría, porque no he podido ser más antipática ni ensayándolo.
—Me parto al recordar la cara que puso Mónica cuando le has contestado. ¡Qué persona más desagradable! Martín es un guapo con mucho éxito. Es capitán de corbeta y ha estado patrullando por África, protegiendo a los pescadores y mercantes españoles de la piratería. Acaba de llegar de permiso. Creo que se quedará un tiempo, aunque nunca se sabe, porque siempre pasa más tiempo fuera que en Madrid. Si quieres que averigüe algo más se lo tendría que preguntar a Antonio.
—No, por favor. No hagas nada. Después de lo que ha pasado no creo que lo vuelva a ver en mi vida. Por lo menos, yo haré todo lo posible por que así sea, ¡qué vergüenza!
Al cabo de un rato, puesto que estuvieron retocándose un poco el maquillaje para hacer tiempo, ambas volvieron a la fiesta. Sara estuvo pendiente de su personal, resolviendo dudas de última hora. Entró en la cocina para ver si los postres estaban emplatados y dispuestos para salir. No quería que se produjera ningún fallo porque esta era la fiesta que daban sus amigos y tenía especial interés en ayudarlos a quedar bien. Notaba que la mirada de Martín la seguía, por lo que ponía mucho cuidado en mantenerse a distancia. Cuando veía que él se había acercado algo ella, por si acaso, se iba a la otra punta de la terraza. Charlaba y era amable con todas las personas invitadas. Estaba en su naturaleza. Nunca había perdido el control de la manera en que lo había hecho antes, lo que hacía que estuviera abochornada consigo misma.
Vio a un camarero que pasaba con bebidas y cogió otra copa de champán al vuelo. Se la bebió de golpe para borrar los pensamientos negativos. —¡Qué calor hacía esa noche!— Como siguiera así, se iba a emborrachar.
Decidió tomarse un tiempo para serenarse y se escabulló entre la balaustrada de la terraza y una gran palmera que había como decoración. Suspiró y miró el reloj. ¡Las dos de la mañana! Ya empezaba a ser hora de marcharse. Sin embargo se distrajo contemplando el cielo estrellado que cubría la ciudad esa noche.
—¿Qué hace una chica tan guapa como tú en un sitio como este? —Antes de empezar a girarse ya sabía a quién pertenecía esa voz grave y algo ronca. El corazón le dio un vuelco y se puso nerviosa.
—Ah, pero ¿nos conocemos de algo? —le contestó desdeñosa.
Una gran carcajada salió del pecho de Martín, lo que hizo que ella se turbara mucho más —¡la había pillado escondida!—. Definitivamente, era una situación bochornosa.
—¿Esas tenemos? ¿Vas a seguir intentando evitarme toda la noche? Te advierto que no me doy por vencido fácilmente y, a no ser que te importe ir con el White Label con patas, pienso invitarte a que nos acompañes a tomar algo por ahí. Va todo el grupo, excepto Curro y Mónica, que han decidido retirarse —le dijo, guiñándole un ojo con complicidad.
Sara se fijó en que se había cambiado de camisa. Se imaginó que Antonio le habría prestado una.
—Bueno… pues si es así…, me encantaría —le dijo con una gran sonrisa—. Hace mucho tiempo que no salgo de marcha y quizás me venga bien desconectar del trabajo. —Intentó evitar que pensara que le rehuía.
—Estupendo, Sara. Me encanta que vengas —le dijo, ofreciéndole el brazo galantemente para dirigirse a la salida donde lo esperaba el resto del grupo.
***
El trayecto hasta La Habanera, en la calle Génova, transcurrió en un silencio tranquilo. Martín zigzagueaba entre el trafico con gran maestría. Su conducción era fluida y segura. Sara pudo acariciar la suavidad de la piel de la tapicería mientras recordaba el olor a limpio mezclado con aroma masculino que invadía sus fosas nasales cuando estaba junto a él. Aprovechó para mirarlo y observar su perfil: era guapo, muy guapo, o eso le parecía a ella, desde luego. Pronto llegaron y se bajaron para hacerle entrega de las llaves del lujoso Mercedes al guardacoches del local.
Entraron juntos y a Sara le impactó la calidez del ambiente. Un gran patio inspirado en la arquitectura colonial cubana era el centro del local sobre el que estaban dispuestas las mesas. Los techos, muy altos. Todo cubierto por un maravilloso forjado de muelle metálico en forma de pérgola con una iluminación cálida y una enorme variedad de exuberante vegetación; el espacio intentaba rememorar el ambiente de Cuba (la isla anclada en su propio tiempo), en el interior de la cosmopolita Madrid.
Esa noche actuaba un grupo originario de allí. La platea, estaba situada en una esquina donde ya había un ambiente muy animado de personas bailando al son de la música. Enseguida divisaron a sus amigos que estaban acomodados en una mesa. Tomaron asiento y pidieron las bebidas. Para Martín whisky, para ella gin-tonic.
La orquesta acometió los primeros acordes de la canción Despacito, de Luis Fonsi. Sara y María se miraron sonriendo. Martín, que no se había perdido detalle, enseguida se ofreció:
—Sara, ¿te apetece bailar?
—Me encantaría, hace tiempo que no lo hago.
Nada más llegar a la pista, posó las manos en sus caderas y ella en sus anchos hombros para empezar a contonearse a ritmo de reguetón. En el momento en que ella sintió sus manos fue como si las llamas de una inmensa hoguera lamieran su cuerpo; todos sus nervios cobraron vida.
Elevó su mirada y se encontró con la de Martín cargada de deseo. Eso la sorprendió. «Como no vaya con cuidado, me voy a disolver entre sus brazos», pensó, asombrada de sus propios sentimientos. «Al fin y al cabo, llevo siglos sin salir. No me extraña que mi corazón se desboque con el primero que pase», intentó tranquilizarse.
Martín bailaba como un experto y eso, a Sara, le encantaba. Ambos se movían en sintonía, como si llevaran toda la vida haciéndolo. No había nada comparado a lo que se siente cuando se tiene una buena pareja de baile. Su aliento en el cuello le provocaba oleadas de deseo. Sara se aproximó un poco más a él lanzándole una mirada de reojo. Comprobó que los suyos se habían oscurecido. La deseaba, y mucho.
—Como sigamos así, te beso. —No era una petición. Lo daba por hecho sin dejar resquicio a duda alguna ni a malas interpretaciones. Ella tembló.
La canción acabó y Sara se disculpó con Martín para poder ir al cuarto de baño. Comenzó a sonar una alegre salsa mientras buscaba los lavabos con las piernas temblorosas. Nada más entrar, no tardó en asomar por la puerta la melena rizada de María, que, seguro, venía a torturarla.
—¡Qué pasada! ¡Vaya bailecito os habéis marcado! La temperatura en el local por lo menos ha subido diez grados. Estás lanzada.
—No me estropees el momento, pelmaza. Ni se te ocurra pensar que me voy a poner ahora a examinar mis sentimientos. Martín me atrae y me lo voy a intentar pasar bien. Lo demás, ya se verá.
—Bueno, bueno. Usted perdone, señorita, que me voy a pintar los morros y salgo para ver si, observando, Antonio y yo nos inspiramos.
Al quedarse sola otra vez, inhaló y exhaló despacio para poder serenarse. Se sentía como si estuviera al borde un precipicio dispuesta a saltar. Una mezcla de inquietud y ansiedad por lo que estaba segura que iba a pasar la invadía. Estaba muy excitada, y eso que solo habían bailado. Con pensar que podía ocurrir algo más, hacía que le palpitara el vientre de deseo.
Se tomó su tiempo y no se acobardó. Martín le atraía mucho y necesitaba desesperadamente abrir un paréntesis en su vida sin pensar en las consecuencias. Cuando le pareció que había recuperado algo el control, regresó. Al acercarse al grup
